11/30/2011

¿Andrés Bello entre nosotros?


El viernes 25-11 fui invitado, junto con algunos colegas de la Universidad de Guayana, a dialogar sobre Andrés Bello a propósito de los 230 años de su nacimiento. La cita fue en la Universidad Católica Andrés Bello. Dejo aquí la conferencia que escribí para ese día.

Siempre, cuando se trata de conmemorar el natalicio de Andrés Bello, cuando celebramos el Día del Idioma, las escuelas, universidades, colegios, instituciones de cualquier naturaleza, políticos, académicos, gente de la “cultura”, llevan bajo el brazo, de buena fe y quizás con el mejor ánimo, la puesta en escena que año a año cobra vida e intenta dar cuenta del legado y la labor de un venezolano como pocos.
En mis años de bachillerato, y por supuesto en aquellos de primaria, se llenaban carteleras, se hacían actos culturales, el nombre de Bello anidaba en mil cabezas y esas dos sílabas repercutían durante algunos días. Yo buscaba con afán la ayuda de un primo, bueno para el dibujo, que invariablemente me regalaba el placer de entrar, pecho erguido y sonriente, al salón de tercer grado con la pintura que terminaría seleccionada para la exposición bellista. En fin.
Sin embargo, después de algunos años, luego de trajinar ciertos caminos y observar con otros ojos, me pregunto qué tanto conocemos del hombre que recordamos hoy, es decir, cuánto sabemos acerca de la vida que le tocó vivir, por qué hizo lo que hizo, cuál fue su herencia y de qué modo semejante obra nos perfila y nos influye en el presente.
¿Es Andrés Bello conocido en Venezuela? ¿Bebemos de su fuente, de su creatividad, de su genialidad a la hora de construir ideas, desentrañar la lengua, hacer poesía, labrar como nadie una conciencia americana? Creo que no. Me da la impresión de que cometemos el error de la superficialidad, del acomodo fácil, poco exhaustivo ante una obra monumental que está a la altura de las más complejas, totalizadoras y hermosas de la cultura occidental.
Hago memoria y vuelvo a mi escuela primaria. De aquel Bello, el de las carteleras, el señor serísimo cuyo rostro, hierático, de hombre regañón, aparecía impreso hasta en algún billete, el Andrés Bello que llegaba a mí como una bocanada de modorra, de fastidio incomparable, digo, ese hombre tenía más de zona oscura, de pesadez glacial, que procuraba, que lograba un rechazo visceral y las ganas enormes de partir a la carrera tan sólo al escuchar su nombre. Nuestra escuela, qué duda cabe, no estaba (¿lo está hoy?) a la altura de su intelecto, de su sensibilidad, y lo que quizás es peor, de su talante de maestro. Bello me parecía alguien lejano, un ser tan poco mío como un extraterrestre. En verdad ese señor no tenía nada que ver con lo que me rodeaba, ni con lo que me interesaba.
Hoy reflexiono con ustedes y me pregunto cosas. Bello era maestro, era un educador. Es cierto que fue el mejor gramático que conocía y que ha conocido Hispanoamérica. Nadie, ni antes ni después de él ha vislumbrado, ha descrito la anatomía de la lengua española de un modo tan preciso, tan riguroso. Nadie ha logrado escribir una gramática española como la que desarrolló. También fue un jurista indiscutible, redactor de un código civil. Es decir, fue un civilista en la más amplia concepción que el término supone. Fue, asimismo, el creador de una cosmografía, autor de una profunda, abstracta, filosofía del entendimiento. Por supuesto, Bello, abrazado con Bolívar y Miranda, echó el cemento y construyó el andamio sobre el que puede pensarse e intentarse la integración latinoamericana. Don Andrés Bello fue un poeta, como muy pocos, que abrevó en las fuentes del clasicismo grecorromano y desde su hacer literario se transformó en el libertador cultural de América. Como afirma Luis Alberto Crespo: “¿acaso algún profesor explicará a sus alumnos que en los poemas “Alocución a la poesía” y “Silva a la agricultura de la zona tórrida” se vislumbraba ya el “Canto general” de Neruda? ¿Estará en los anaqueles del liceo un ejemplar de su gramática? ¿Qué alumno podría resumir al menos su valor lingüístico?”.
Pero Bello fue más. En la “Gazeta de Caracas”, cuya aparición abre el tránsito de la imprenta en nuestro país y, por si fuera poco, el periodismo en Venezuela, escribió el editorial inaugural. Era un lunes 24 de octubre de 1808. Si a ver vamos, es el primer periódico fundado en Venezuela y por casi tres años se desempeñó como su redactor. Fue, entonces, el primer periodista venezolano. De igual modo, cuando la “Gazeta…” se hallaba en el número 68, en noviembre de 1809, Bello tiene la idea, y la lleva a cabo, de insertar un prospecto del libro intitulado “Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela”. Ahí se le ocurre además incluir un pequeño documento de su autoría: “Resumen de historia de Venezuela”, que llegó a ser el primer texto de historia nacional publicado. Como vemos, nuestro autor fue un editor extraordinario, para lo que vale mencionar además las revistas “Biblioteca americana” (1823) y “El repertorio americano” (1826).
La genialidad de este venezolano arrojó un producto intelectual, hay que decirlo otra vez, monumental. Sus obras completas alcanzan los veintiséis tomos. No obstante, creo que el mismo Bello estaría absolutamente de acuerdo con que su trabajo, sus desvelos, sus reflexiones, sus escritos, dan pie para llamarlo, sencillamente, maestro. Su proyecto fundamental, que trasciende ganar la batalla contra el imperio español desde la perspectiva militar, lleva consigo otra causa: la de nuestra independencia intelectual, cultural, tan necesaria y vital como la política. Es necesario reconstruir las instituciones, crear otra realidad social, formar a la gente. Hace falta perfilar ciudadanos, sembrar cultura, mostrar otra cara de la vida a quienes habitan un territorio diezmado por la guerra de independencia, inmersos en calamidades de todo tipo. Resulta imperativo levantar, crear, inventar una república libre. Bello sabe de sobra que es una tarea ciclópea, pero sabe también que es la única vía para alcanzar poco a poco mejores condiciones de vida. A todo esto se entrega desde su destierro en Londres, y luego desde Chile.
Bello, repito, fue un educador, un humanista. Quiso abarcarlo todo desde su erudición, quiso, qué duda puede haber, comprenderlo todo. Nada humano le era ajeno. Fue un perfecto hombre del Renacimiento. Domingo Miliani y Óscar Sambrano Urdaneta han dicho, con razón, que “para escribir sobre todas las materias que abarcó Andrés Bello se necesitaría una legión de especialistas en gramática, literatura, lenguas clásicas, educación, derecho romano, legislación, geografía, cosmografía, filosofía, historia y periodismo. El secreto de tan dilatados conocimientos reside en una vocación que no se debilitó jamás, y en una acerada disciplina de trabajo que se le convirtió en una segunda naturaleza”. Aún en medio de estrecheces económicas inmensas, solo, lejos de los suyos y de su país, donde finalmente hizo una familia, observó una voluntad de hierro en función de su quehacer, de lo que había elegido como oficio de vida. Para que nos hagamos una idea de las vicisitudes cotidianas en las que transcurría su existencia, veamos lo que él mismo escribe a Bolívar en carta fechada el 21 de diciembre de 1826: “mi destino presente no me proporciona sino lo muy preciso para mi subsistencia y la de mi familia, que es algo crecida. Carezco de los medios necesarios, aún para dar una educación decente a mis hijos; mi constitución, por otra parte, se debilita; me lleno de arrugas y canas; y veo delante de mí, no digo la pobreza, que ni a mí, ni a mi familia, nos espanta, pues ya estamos hechos a tolerarla, sino la mendicidad”.
Pero decía antes que Bello fue un educador. Su norte, su gran preocupación, su ideal era en verdad la cultura, la cultura desde un horizonte popular. Le importaba civilizar. “Yo -decía- ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el gobierno; como una necesidad primera y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas”.
Veía la necesidad de excelentes maestros, de los mejores libros, de métodos eficaces de enseñanza. A todo eso había que volcarse, procurarlo, hallarlo, crearlo. Bello, en su discurso a propósito de la apertura de la Universidad de Chile, en 1843, afirmaba: “la instrucción literaria y científica es la fuente de donde la instrucción elemental se nutre y vivifica”. Ángel Rosenblat se preguntaba alguna vez, en 1966, y yo retomo esa pregunta, “si el bajo nivel que tiene hoy nuestra enseñanza elemental y media (repito, se lo preguntaba ya en 1966) no se debe a que no hemos sabido dar toda su altura, toda su fuerza germinativa, a nuestros centros de enseñanza superior, a nuestra vida intelectual, científica, artística”.
Se me ocurre añadir, y quisiera compartirlo con ustedes esta noche, que la hipertrofia de la razón, el ensimismamiento tecnocientífico, el humanismo de poca monta que puede uno hallar prácticamente en cualquier parte, de alguna manera exige una aproximación urgente, hoy por hoy, a lo que en realidad significó Andrés Bello, a su programa de acción en función de la enseñanza, de la forja del carácter y del ser ciudadano, con toda la carga de implicaciones que el término posee. ¿No será (sigo preguntándome) que nuestras escuelas, nuestros liceos, incluso buena parte de nuestras universidades, ejercen su función de espaldas a sus ideas? Continúa diciéndonos el profesor Rosenblat: “la escuela adolece hoy de un gran mal: enseña muchas asignaturas, proporciona mucha ciencia infusa, informa (por lo común bastante mal), pero no forma (más bien deforma). No enseña ni siquiera a leer bien y mucho menos a escribir bien. Ahí reside su deficiencia más grave, porque leer y escribir es el único fundamento del saber y del pensar. En cambio, toda la obra educadora de Bello se centra en el preocupación por la lengua, que era para él el instrumento de la formación cultural”.
Cabe pensar al respecto, cabe detenerse un momento y volver a preguntarse: ¿Conocemos, pues, en verdad a nuestro Andrés Bello?, ¿lo conocemos más allá de lo que veía en él en mi infancia, en aquellas carteleras del colegio y en aquellos dibujos que hacía otro y terminaban en la exposición anual sobre él? Tengo la impresión de que incluso la manera en que propiciamos la enseñanza de la lengua, el acercamiento a ella desde la academia, es antibellista.
A lo alargo y ancho del país la gente, las instituciones, los académicos, se llenan la boca con su nombre. Imaginan que siguen su pensamiento porque imparten cátedras en las que nuestro hombre destacó universalmente. Se imponen a los alumnos, y lo que resulta más grave, a los más pequeños de la educación primaria, definiciones lingüísticas, conceptos, nociones, ideas que el mismo Bello desdeñaba, dándole preponderancia al análisis gramatical abstracto, alejado de la vida cotidiana, de la rutina de los estudiantes, de su quehacer diario, cuando enseñar la lengua es en primer lugar mostrar su riqueza, sus matices, su capacidad para hacernos soñar, con la lectura, con la literatura, con el habla viva de todos los días, por ejemplo. No hay manera de deshonrar más el pensamiento de Andrés Bello que ciertas tendencias de la escuela venezolana. ¿Lo conocemos de verdad? ¿Echamos mano de sus propuestas? ¿Lo estudiamos a fondo y lo llevamos a las aulas? Hemos convertido la enseñanza del idioma en un largo bostezo, sinónimo de una sesión aburridísima de clases. Si esto es así, valdrá cada vez menos celebrar el nacimiento del ilustre caraqueño, importará muy poco colocar su nombre a bibliotecas desvencijadas, plazas, museos, calles o parques. Será un saludo más a la bandera colgar retratos para adornar oficinas, erigirle bustos, lanzar proclamas en su nombre. Creo que lo mejor, lo que resultaría fundamental llevar a cabo, alimentar, procurar con urgencia y con agradecimiento a su hacer y en su memoria, es transformar a Andrés Bello en ícono viviente, en carne y hueso, en motor del mejoramiento paulatino, sostenido, indetenible de la educación venezolana, sustentados en su ideario y en sus enseñanzas, en su descubrimiento, en su conocimiento, en la puesta en práctica de lo que hoy nos obsequia como su invalorable herencia.


5 comentarios:

Halcón peregrino dijo...

Excelente. Sencilla y reflexiva.

Besos.

roger vilain dijo...

Es lo más difícil, lo que de alguna manera busco cuando escribo: sencillez y, hasta donde uno pueda y lo permitan las neuronas y el talento, profundidad. Gracias por leer. Beso también.

carlos espinoza dijo...

De las mejores cosas que te he escuchado. Todos, en esa aula de postgrado de la UCAB, corroboramos contigo que Bello es un desconocido.Tu charla mostró otra vez la inteligencia que posees.

Arantxa Valecillos dijo...

Excelente! Me ha servido mucho esta lectura. Soy estudiante de cine en Mérida y estoy en un proceso investigativo sobre la educación en Venezuela para la realización de un cortometraje. Si no es mucha molestia estaría encantada de recibir cualquier recomendación (libros, artículos, etc.) Muchísimas gracias.

roger vilain dijo...

Gracias por acercarte y leer Arantxa. Creo que para lo que quieres hacer resultaría muy interesante que conversaras con la gente de la Facultad de Humanidades, Escuela de Educación, allá en la ULA Mérida. Seguramente encontrarás ahí material clave a propósito de la historia de educación en Venezuela y sobre las ideas de Bello al respecto.
Saludos Cordiales.