4/16/2012

Concepción Acevedo de Tailhardat: un nuevo horizonte estético



En el quehacer periodístico y literario venezolanos del siglo XIX la presencia masculina ejerció un dominio absoluto. Para la mujer, otras actividades, como las domésticas, le eran inherentes. La política, la educación, el complejo mundo de los asuntos públicos y la dinámica urbana que nacía de las puertas del hogar hacia afuera constituían ámbitos vedados que la tradición social del diecinueve guardaba con riguroso celo sólo para los hombres.
Concepción Acevedo de Tailhardat nace en Upata, en 1855. La región guayanesa no escapa a la costumbre, a la tradición cuya órbita gira alrededor de lo masculino como centro y acción del acontecer intelectual de nuestros pueblos o ciudades. Sin embargo, esta mujer adelantada a su tiempo abrió el camino, marcó el inicio de la participación e influencia femenina en la cultura venezolana. Dio el campanazo inicial a propósito del pensamiento llevado adelante por mujeres, de la irrupción de otro orden en función de éstas y su influjo en el devenir de las ideas en la Venezuela que le tocó vivir resultó de una vitalidad extraordinaria.
Fue periodista y escritora. Se atrevió -primera mujer venezolana en hacerlo- a resquebrajar los esquemas de una tradición que asfixiaba la voz femenina en otros planos más allá del estrictamente doméstico. Creó revistas dedicadas a las letras, a la reflexión, y una de ellas, Brisas del Orinoco, cuya aparición ocurre en la Ciudad Bolívar de 1.888 y en la que utiliza el seudónimo “Rebeca”, es la primera en su género en el sur del país. Fue poeta, y ya en Flores del alma, poemario publicado también en 1.888, deja entrever las líneas maestras de un discurso que inaugura nuevas propuestas en Venezuela, que lanza a los cuatro vientos una manera diferente de escribir, de expresarse, de abordar temas que nunca antes fueron considerados públicamente por escritora alguna. En su trabajo periodístico desarrolló una labor pionera al involucrarse y abordar cuestiones de orden colectivo. Pensó a propósito de los asuntos públicos relativos a la sociedad venezolana, se interesó en el amplio abanico de los problemas nacionales y latinoamericanos, y no conforme con esto, reconsideró la función social de la mujer en la Venezuela de finales del siglo XIX.
Concepción Acevedo de Tailhardat nació en una familia cuyos recursos económicos escaseaban, lo cual se tradujo en el principal obstáculo a la hora de emprender estudios formales. Sin embargo, muy pronto se transformó en una lectora incansable. Su vocación humanística se manifestó desde temprano y ella misma, en carta inserta en su Flores del alma (1.888) y dirigida al doctor Lorenzo José Mendible, da cuenta de ello:
Desde muy niña fue la lectura mi pasión dominante; dejaba mis juegos infantiles por oír leer á mis hermanos. El deseo de leer libros que ellos leían, me hizo aprender á hacerlo en poquísimo tiempo. A los siete años me apoderaba de los libros y allá bajo la sombra del huerto, devoraba ansiosa, conmovida y febril, aquellas páginas. Leía novelas, comedias, versos, todo cuanto caía en mis manos. Así leí á Cervantes, sin comprenderlo apenas. Recuerdo que con motivo de la obra de Dumas “Los tres Mosqueteros” le hice unos versos á Ana de Austria (…) Jamás podré olvidar la impresión que me causó una obrita titulada: “Pascual Bruno” cuyo autor no recuerdo (…) La pequeña instrucción que poseo la debo no á esfuerzos de los profesores, sino á los autores antiguos y modernos. La poesía me deleitó desde entonces, lloraba con Lozano, cantaba con Zorrilla (…) Fenelón me encantaba; las luchas titánicas de los héroes mitológicos exaltaban mi imaginación y me hacían forjar quimeras irrealizables. Llevando en la mente un mundo de dorados sueños, completamente apartada de todo lo terreno, sólo pensaba en héroes de novela y vivía completamente de ilusiones. Un amigo decía refiriéndose á mí: “Es una criatura que atraviesa la tierra mirando al cielo”. Y si este es un defecto, lo confieso humildemente, siempre he vivido así: aun después que la fría mano de la realidad me ha obligado á descender al suelo, aun en medio de los más amargos desengaños siempre, siempre, he llevado dentro de mí misma un mundo ignorado de todos donde me refugio á respirar auras distintas de las que tan cruelmente han enervado mi existencia.

En efecto, su sensibilidad, su vocación, su disciplina, evidente desde sus primeros años, la lleva a transformarse en una autodidacta cuya formación y audacia harán de ella la mujer con el temple suficiente como para forjarse un nombre protagónico en el panorama de las letras y el pensamiento de finales del siglo XIX en Venezuela. Después de Brisas del Orinoco y Flores del alma, publicados, como he mencionado ya, en 1.888, continúa su labor pionera en el periodismo venezolano y se convierte en redactora de las revistas El Ávila (Caracas, 1.891) y La Lira, también de Caracas, en 1895.
Las condiciones políticas, sociales y económicas de la Venezuela de la segunda mitad del XIX no son las mejores para el desarrollo del quehacer intelectual. Upata, Guayana en general, vive, como el resto del país, momentos de aislamiento, de pobreza educativa, que desde muchos frentes afecta con fuerza el ámbito de los saberes, de la cultura, en prácticamente cualquiera de sus manifestaciones. Creo que lo anterior es innegable. Sin embargo, vale la pena detenerse en este aspecto y preguntarse: ¿en verdad era tal la situación? ¿El hecho cultural en el sur venezolano llegaba a niveles de marginalidad, de casi completa invisibilidad?
Sostiene Mirla Alcibíades (2006) que “el interés por la cultura fue mucho más intenso y entusiasta en el sur de Venezuela durante el siglo XIX de lo que se acostumbra suponer” (p. 16). Tal sentencia es la conclusión derivada de un conjunto de premisas vinculadas con la realidad geográfica de la región guayanesa (específicamente Ciudad Bolívar y su condición de puerto que la hacía lugar de entrada y salida de embarcaciones provenientes de y con destino a las principales metrópolis occidentales). En ese sentido, Alcibíades se muestra convencida de que para la época existía en Guayana, a pesar de que en apariencia cabría suponer lo contrario, un horizonte educativo y una actividad cultural que permitía, efectivamente, acercarse a los libros, revistas y otras fuentes de información documental a quienes estuvieran dispuestos a hacerlo.
No olvidemos que bajo el influjo de Antonio Leocadio Guzmán se intentó ampliar el radio de acción de la educación en Venezuela. Según Alcibíades, en El Venezolano podemos leer, ya para 1843, que “se ha establecido en Angostura, el 13 de Mayo, un Colegio nacional de niñas bajo la dirección de la sra. Josefa Zurroarregui de Olazarra” (p. 30), y continúa reflexionando la investigadora: “La noticia precedente es importante porque se concreta apenas dos años después de la apertura del Colegio de niñas en Caracas” (p. 30). Así, notemos que en Ciudad Bolívar se crea semejante institución en un período de tiempo bastante corto luego de que la primera de éstas fuese inaugurada en Caracas, en 1841. Pero notemos además que “esa preocupación constante por impartir instrucción a las jovencitas se materializó en 1847 con la creación de la Escuela para niñas de Upata, y muchos conocieron de la regentada por la sra. Melchora Level de Duarte” (p. 30). Es decir, cuatro años después del Colegio nacional de niñas de Ciudad Bolívar, Upata posee ya una Escuela para ellas.
Si bien es cierto que el clima general para acceder a la cultura, en consonancia con la realidad económica y social del país estaba lejos de ser óptimo -necesario es aclararlo una vez más-, es preciso detenerse en lo planteado por la profesora Alcibíades: en Guayana, por una serie de razones que trascienden el alcance de este artículo, hasta cierto punto se dieron las condiciones para que el flujo de ideas provenientes de Europa, el intercambio cultural a través de publicaciones diversas y el intenso comercio con otras latitudes, creara un caldo de cultivo tendente al estímulo del hecho creador y al florecimiento del quehacer intelectual.
A propósito de Guayana y sus relaciones con otras regiones del país y del mundo, Mirla Alcibíades llega a afirmar:
Es cierto que se vive lejos de Caracas y otros lugares poblados, pero esa desventaja (si es que, en realidad, puede verse esto como un punto desventajoso) se convierte para la Odalisca del Orinoco -como se denominaba a Ciudad Bolívar- en situación favorable porque la obligaba a establecer mecanismos internos a fin de sellar contactos con otras zonas, tanto de Venezuela como del resto del mundo (…) Cuando se mira la entrada y salida de buques de la rada de Ciudad Bolívar se nos revela un espacio geográfico que mira de frente otros continentes. Las costas del Orinoco eran puerta de entrada cotidiana para embarcaciones venidas de diversas latitudes. Así como era frecuente que los pobladores del cantón capital recibieran goletas, bergantines, balandras, lanchas… que llegaban del resto del país, también era verdad que entraban muchas embarcaciones del exterior. De allí que, tanto era habitual para un guayanés la familiaridad con embarcaciones procedentes del interior: San Fernando, Nutrias, Camaguán, Cafifí, Cumaná, Pampatar, Upata, Arauca,… como formaba parte de su rutina cotidiana la experiencia de tener en sus riberas transporte marítimo procedente del exterior: Demerara, Trinidad, Liverpool, Bremen, Tobago, Cuba, Nueva York, Sant Tomas, Havre de Gras, Nueva Granada, Martinica, Barbados, Hamburgo, Santa Lucía (…) El contacto con otros espacios nacionales e internacionales posibilitó el ingreso de una serie de mercancías y productos, entre los que se deben tomar en cuenta los materiales impresos. De esa manera, pudo el lector guayanés recibir revistas, periódicos y libros, tanto de Venezuela como del exterior (p.37-38).

Es así como Guayana sobrepasa un obstáculo que quizás, sólo quizás, era una desventaja: su lejanía de otros centros poblados del país. Crea una viva, dinámica red comercial y cultural con distintas regiones de Occidente, y será posible entonces la constante circulación de ideas a través de material impreso.
Yolanda Segnini en Las luces del gomecismo (1987) aporta datos muy interesantes en cuanto al número de publicaciones periódicas venezolanas, distribuidas por regiones. Para los años 1.890-1.899 en el estado Bolívar, que al momento contaba con 55.744 habitantes, existían cinco publicaciones de carácter periódico. Es importante resaltar que ese número equivale al cuarto lugar en todo el país, después del distrito Federal, el estado Carabobo y el estado Zulia, los cuales poseían respectivamente 113.204, 169.313 y 150.776 habitantes. Nótese que desde el horizonte demográfico, para la última década del siglo XIX Bolívar sorprende por el número de publicaciones que se mantienen en el tiempo. Así, Segnini comenta:
Estos datos y cifras en un principio parecen incompatibles con la imagen tradicional de una Venezuela campesina y analfabeta que, con posterioridad, es presuntamente “rescatada” de un oscuro destino por la reciente aparición del petróleo. (p. 43).

Sin lugar a dudas Concepción Acevedo de Tailhardat bebió de las fuentes literarias y periodísticas que una realidad como la anterior permitió construir. Es decir, de ese tránsito de libros, de revistas, de periódicos, de folletines en la Guayana de la segunda mitad del siglo XIX, nuestra autora se alimentó, se valió, y fue entonces haciéndose como intelectual, como mujer que sería luego la primera activista de las nuevas ideas, revolucionarias y contundentes, en el profundo sentido que el término supone. Concepción Acevedo dio los primeros pasos en el campo de la participación, desde el pensamiento, desde las letras, en los asuntos públicos. Reflexionó acerca de problemas (políticos, sociales) de índole nacional y latinoamericana que jamás antes habían sido considerados por una escritora venezolana, y rompió esquemas en cuanto al particular tratamiento del material literario que llegó a publicar. Acevedo hizo a un lado, con su obra, la consabida tradición que apartaba a la mujer de toda función social ajena a las actividades típicamente aceptadas e impuestas por las costumbres de la época.
Pedro Díaz Seijas (1.966) nos dice que a fines del siglo XIX Venezuela vive “un momento de transición. En poesía se acentúa la búsqueda de una moderna expresión y una temática, menos de compromiso que la del romanticismo del primer período” (.p. 299). Es decir, las búsquedas formales pretenden nuevos temas y nuevas maneras estéticas de expresión. Si a decir de Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani (1.991) “el romanticismo se hace presente en la vida hispanoamericana durante la década de 1.830-40 y se mantiene hasta 1.880-90, cuando es reemplazado por el Modernismo” (p. 163), es lógico suponer que la poesía de Concepción Acevedo abrevó de las fuentes románticas llegadas de Europa y jugó papel preponderante, protagónico, en ese momento de transición aludido por Díaz Seijas, lo cual es, además, evidente en su poemario. Hay rasgos románticos en su hacer, huellas innegables de él en su escritura, en sus temas. Pero desde esa temática es notable además una búsqueda que hasta cierto punto empalma con el Modernismo que ya a fines del siglo XIX inicia su consolidación y expansión. No obstante, la influencia romántica, como se mencionó ya, permanece, cala hondo en ella, y las rupturas temáticas se transforman en su búsqueda fundamental: desde los estertores del Romanticismo nuestra autora introduce en la poesía venezolana escrita por mujeres un golpe de timón que inaugura una particular manera de expresión estética. Es justamente lo que Concepción Acevedo lleva adelante, con el empuje y el mérito adicional -repitámoslo- de que se trata de una mujer rebelándose contra el orden establecido, contra el canon imperante, contra lo que una sociedad pacata y en muchos aspectos adormecida, espera y permite de lo femenino. Una mujer no puede participar en el debate público, no puede pensar la sociedad, no puede desviarse de los asuntos del hogar y del cuidado de los hijos, una mujer no puede leer y escribir, dirigir periódicos, porque su rol está determinado de antemano. Ese rol la confina a las tareas de la casa. Concepción Acevedo de Tailhardat lleva al clímax de la rebeldía su trabajo intelectual y se desembaraza de todo cuanto reniegue de su vocación, de todo cuanto vaya en detrimento de su hacer periodístico-literario. Lucha a brazo partido contra la corriente, y resulta vencedora.
Si nos detenemos un poco en su poemario Flores del Alma, editado, como se ha dicho ya, en la Ciudad Bolívar de 1.888, es posible observar algunas transgresiones que por vez primera una mujer lleva adelante desde la literatura (comentaré aquí, con ejemplos, sólo lo atinente al ámbito de su poesía. Considerar su obra periodística en este primer trabajo de aproximación es una tarea que desborda las posibilidades de este ensayo). Así, en su poema titulado “Himno a la patria”, nos percatamos sin ambages de que una mujer, en pleno siglo XIX, da la espalda a lo doméstico, a lo políticamente correcto, y entonces escribe: “Si en lugar de una pluma pudiera/ una espada mi mano empuñar,/ni un inglés que pisara mi patria/ en su suelo pudiera quedar!/ Juana de Arco y la Estuardo sublime/ de la tumba su voz alzarán,/ que Inglaterra es cobarde y traidora/ de coraje temblando os dirán:/ Que la sangre de Carlos primero/ negra mancha en la historia arrojó/ Napoleón, el atleta del siglo, maldiciendo á Inglaterra expiró!...”
Que una dama escriba lo anterior es sencillamente un atrevimiento para la época. Concepción Acevedo se expresa, manifiesta sus pareceres echando mano del discurso literario, y se involucra en política nacional. Dice lo que piensa, lo hace público. A partir de su erudición, de su cultura, es capaz de alzar con fuerza la voz. Más adelante, en otro texto que lleva por nombre “Por qué no cantó” es elocuente: “Porque los mismos/ que me excitaron,/ más tarde injustos,/ me criticaron./ Pues hay quien dice/ que la mujer/ debe ocuparse/ sólo en barrer./ ¡Erróneo juicio!/ ¡Idea infundada!/ ¿Creen que tenemos el alma helada?/ ¿Creen que en la mente/ de una mujer/ grandeza y fuego/ no puede haber!...” Sin duda se está dando un golpe sobre la mesa. Sin duda alguna algo ocurre, algo se resquebraja en la tradición literaria relativa a la mujer. La voz es distinta, el tema es distinto, el tono diferente, la rebeldía y audacia enormes. En “Ilusiones”, leemos: “…Déjenme loca si esto es locura;/ vejeten otros con su cordura,/ ¿vida de cuerdos?... triste vivir!/ prefiero siempre loca existir…/ Es pues inútil que se me diga:/ vida de sueños,/ vida perdida!”. Hay aquí una asunción del Yo, es decir, se manifiesta una idea, una concepción del ser, y luego se asume tal postura. Lo está llevando a cabo, digámoslo una vez más, la primera mujer que se atrevió a hacerlo a través del discurso literario.
Consideremos ahora un poema dedicado a “hablar de política”, dedicado al Señor Doctor José Marín Emazábel y que se titula “Mi candidato”: “¿Quién con más tino podrá regir/ los intereses del grande Estado?/ ¿quién en el pueblo más simpatía/ y más cariño se habrá captado?/ ¿Quién del que sufre/ con mano amiga,/ calma las penas, el mal mitiga?/ ¿A quién bendice la gratitud?/ ¿á quién aclama la multitud?/ Al que es modelo de ciudadano,/ tipo cumplido de caballero,/ de alma tan buena, tan generosa,/ y al par que bueno, recto y severo”. Existen aquí cuando menos un par de aspectos que mencionar. El primero, otra vez el tema. Nuevamente sorprende la poeta con un texto en el que se da al traste con la poesía edulcorada, sentimental, predecible, perfilada por lo que socialmente se consideraba aceptable en alguien de su condición. Un poema que hurga en lo político, en lo público, en la diatriba del poder y que es una toma de posición (mi candidato). En segundo lugar, llama la atención el verso “Al que es modelo de 'ciudadano'” (entrecomillado mío). No es inocente la aparición del término que hace referencia a la idea de ciudadanía, entendida ésta justamente como la participación de la gente en los asuntos de la ciudad. Obviamente, para ser modelo de ciudadano es preciso albergar ciertos rasgos, como los dados al candidato en cuestión, pero quizás otros, como los que Concepción Acevedo se atreve a modelar en su condición de mujer. Ella se siente ciudadana, y en consecuencia ejercerá tal ciudadanía.
Finalmente, para terminar ya con este brevísimo paseo por la obra poética de Acevedo, notemos cómo se rebela su voz incluso ante la fe divina. Luego de la muerte de uno de sus hijos, podemos leer en “Dolora”: “Podrán olvidarse los otros amores/ que el alma arrullaron cual brisa fugaz,/ en ella dejando tan sólo un recuerdo;/ mas ¡ay! el del hijo que muerto lloramos/ no pasa, ni puede borrarse jamás./ Porque al separarse de nuestro regazo/ aquel á quien dimos gozosos el sér,/ estallan las fibras más tiernas del alma,/ en olas hirvientes se anegan mis ojos,/ vacila y se extingue la luz y la fe”. El último verso da cuenta de ese rapto de vacilación y de duda, lo cual resulta, de nuevo, un quiebre frontal con la tradición literaria hasta la fecha.
Semejante propósito, tal cuestionamiento del rol de la mujer estuvo manifiestamente presente en el desarrollo de la labor intelectual de Concepción Acevedo. Ya en 1895, en Caracas y como directora del periódico La Lira, llega a expresar:
En diciéndose periodismo sentimos una como pasión inmensa que nos arrastra hacia el invento de Guttenberg. El periodismo es cátedra de enseñanza, abierta a todas las inteligencias. El periodismo honrado heraldo de lo bueno y lo útil, es luz, y sus claridades normalizan la vida de los pueblos civilizados. La prensa es pues astro de irradiaciones espléndidas en los hermosos campos de la civilización occidental (…) Ha llegado ya el ansiado momento de que la mujer ocupe nuestros merecidos en los torneos de la inteligencia y en los destinos sociales, sin traspasar, se entiende, los límites de lo racional y lo justo.(http://diariodelosandes.com/content/view/124586/435

Concepción Acevedo de Tailhardat llevó adelante una obra que marcó el hito inicial de la incorporación de la mujer venezolana en el mapa de la literatura, el periodismo y el pensamiento venezolanos. Su nombre está asociado a los nuevos caminos que trazó. Sobre la base de su hacer en el terreno de la cultura fue, no cabe duda, una adelantada a su tiempo, visionaria capaz de intuir que más allá de los oficios del hogar, del plano de lo esencialmente doméstico, la mujer posee idénticas capacidades que los hombres, igual necesidad vital de realización en los ámbitos que elija, y por ello luchó a partir de lo que sabía hacer, que era reflexionar y escribir. Fue una intelectual comprometida con su época y en tal sentido no calló. Prefirió levantar la voz para decir verdades, sus verdades, que la sociedad no estaba acostumbrada a escuchar. Lo hizo y marcó una ruta, una senda a las generaciones siguientes de escritoras que ya no permanecerían encerradas, silentes, ensimismadas por prejuicios e imposiciones de cualquier naturaleza.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Acevedo de Tailhardat, Concepción (1.888). Flores del alma. Ciudad Bolívar: Imprenta al Vapor.

Alcibíades, Mirla (2006). Periodismo y literatura en Concepción Acevedo de Tailhardat (1855-1953). Caracas: CELARG.

Seijas, Pedro Díaz (1966). La antigua y la moderna literatura venezolana. Caracas: Armitano.

Sambrano Urdaneta, Óscar y Domingo Miliani (1.991). Literatura hispanoamericana. Caracas: Monte Ávila.

Segnini, Yolanda (1987). Las luces del gomecismo. Caracas: Alfadil.

Sosa, Teresa (2012). “Escritura periodística de mujeres venezolanas en el siglo XIX”. En: Diario de Los Andes. Dirección URL: http://diariodelosandes.com/content/view/124586/435

7 comentarios:

Halcón peregrino dijo...

Que bueno rescatar de las fauces de la historia la vida de esta gran mujer, ícono de emancipación y descubrir además, que es tu paisana.

Beso.

Antolín Martínez dijo...

Excelente artículo.

roger vilain dijo...

Halcón, siempre me pareció fascinante el trabajo de investigación documental, y es lo que hago cuando se trata de la academia.Gracias por leer y comentar. Antolín, muchas gracias por acercarte a este espacio. Un placer que leas y compartas opiniones. Bienvenidos ambos. Abrazos.

roger vilain dijo...

Halcón, siempre me pareció fascinante el trabajo de investigación documental, y es lo que hago cuando se trata de la academia.Gracias por leer y comentar. Antolín, muchas gracias por acercarte a este espacio. Un placer que leas y compartas opiniones. Bienvenidos ambos. Abrazos.

Taylhardat dijo...

Excelente escrito sobre mi abuela. Confíe que no lo conocía. Ella fue efectivamente una mujer adelantada a su tiempo. Este escrito es un merecido tributo a mi abuela. Muchas gracias señor Halcón. Adolfo R Taylhardat

Taylhardat dijo...

Excelente escrito sobre mi abuela. Confíe que no lo conocía. Ella fue efectivamente una mujer adelantada a su tiempo. Este escrito es un merecido tributo a mi abuela. Muchas gracias señor Halcón. Adolfo R Taylhardat

Gustavo Taylhardat dijo...

Quiero expresarle mis mas sentidas gracias por este excelente artículo que describe vivamente la labor periodistica de nuestra abuela, Concepción Acevedo. Su investigación ha abarcado mucho mas de lo que hasta ahora hemos conocido. Personas ligadas a las letras en Venezuela como Yolanda Segnini (a quien conocí personalmente en la presentación de su libro Luces del Gomecismo), Lucila Palacios y muchos mas siempre han dedicado bellas palabras a esta mujer que siempre estuvo adelantada al tiempo cronológico que le tocó vivir. Gracias nuevamente, Gustavo Taylhardat.