4/02/2013

Historia e ideología


    La literatura suele a veces resultar más objetiva que la historia, o más nítida, o con mejor puntería a la hora de dar en el blanco a propósito de ciertos horizontes que podríamos encontrar en ella.
    De entre algunos monstruos que parió el siglo veinte, y con esto aludo especialmente al comunismo, se pretendió ver en la historia la piedra de toque en función del devenir humano. Determinismos fueron y vinieron y, gracias a ellos, sería imposible inventar la puesta en escena de todos los días, es decir, construir nuestra particular película, protagonizándola. La cárcel de la historia, o si se prefiere, la camisa de fuerza cuyas directrices infligen al hombre su tramoya, su hacer  ineludible, estaba  ahí para ser en primer lugar obedecida y después desentrañada por el dogma y por la ideología, asunto que supuso la llegada de caudillos, de intérpretes mayores, de magos carismáticos al más puro estilo Copperfield (con menos flashes, claro, pero muchas bayonetas). The Big Brother  hizo de las suyas: prometió embolsillarse las llaves de la Edad de Oro exigiendo, eso sí, que el fin justificara los medios. Resultado pragmático inminente: el Gulag, los floridos campos de concentración europeos y un etcétera de longitud tan larga como aterradora.
    La literatura, decía al comienzo, suele ser más objetiva que la historia, sobre todo luego de que los años permiten a ese señor llamado  tiempo realizar su obra de molienda, de condenas, de expiaciones y demás hierbas por el estilo. Leo otra vez a Arthur Koestler, me introduzco de lleno en el universo gélido, escalofriante, de Rubachof, ese activista revolucionario que vive, agoniza y muere en El cero y el infinito, cayendo un día cualquiera en desgracia con la nomenklatura. El libro muestra cómo los regímenes que se empantanaron en  la fabricación del socialismo real, escudándose en determinismos históricos para desde ahí manipular el pasado, el presente e incluso el futuro gracias a las fulanas leyes de la historia, todas las veces desembocaron en el aplastamiento absoluto de cuantas sociedades pretendían liberar. En sus altares ideológicos, tales regímenes entronizan al Jefe Supremo (llamado Número Uno en la novela de Koestler) vía una religión pagana que sólo atiende a los dictámenes de la camarilla en el poder. Requieren y se elaboran, a la medida, una particular epopeya, una heroicidad de plastilina originada en el comienzo mismo de los tiempos, guiada por el oculto pero inexorable hilo de una historia cuyo punto de fuga consiste en ellos, los escogidos, los camaradas, sabia de un sistema que es la encarnación de la verdad, de la justicia, la redención y la igualdad.
    Mucho mejor que cualquier historiador, Koestler perfila, pone ante nosotros, dibuja el drama   -acaso como A. Solshenitsyn, otro maestro en el arte de desnudar la impostura-,   lo que en realidad terminó siendo  el comunismo, con sus asesinatos, delaciones, torturas, brutalidad, crímenes de toda índole y control de masas e individuos. En un momento podemos leer: “ -El partido no se equivoca jamás  -dijo Rubachof-. Tú y yo podremos equivocarnos. Pero el partido, no. El partido, camarada, es algo mucho más grande que tú y que yo y que otros mil como tú y como yo. El partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia. La Historia no tiene escrúpulos ni vacilaciones. Inerte e infalible, corre hacia su fin. A cada curva de su carrera deposita el fango que arrastra y los cadáveres de los ahogados. La Historia conoce su camino. Nunca comete errores. El que no tiene una fe absoluta en la Historia no debe estar en las filas del partido”.
    Lo cierto es que la historia, como es posible suponer desde ya, no es un ser vivo o una conciencia superior, un ente capaz de equivocarse o salir airoso en su accionar. La historia es nada menos que una hechura humana: somos los hombres quienes le permitimos respirar, quienes labramos su desenvoltura sobre la base de nuestras conductas, decisiones y actitudes. Tuvo razón Popper al criticar con valentía y dureza  las supuestas leyes que enmarcan el determinismo histórico. Cuánta razón tuvo el sabio vienés, y de qué contundente manera. 

2 comentarios:

Antolín Martínez dijo...

Fragmento de mi artículo sobre el genocidio:
Se estima que antes del siglo XX, el número de víctimas por genocidio fue alrededor de 133 millones, mientras que durante el siglo XX, el número de asesinados en genocidios fue, aproximadamente, 260 millones de seres humanos. Los más ilustres genocidas, verdaderos asesinos en masa, han sido: Mao, Stalin y Hitler, en orden de mayor a menor número de víctimas asesinadas (77, 62 y 21 millones).

roger vilain dijo...

Así es Antolín. El siglo XX fue el de las dos guerras, el de la bomba atómica, el de genocidios indecibles, pero también conoció la otra cara de la moneda: vanguardias artísticas, el humanismo ecuménico de cierta gente extraordinaria, y un largo etcétera. Abismos y cimas de lo humano, nada menos.
Un abrazo.