4/25/2014

Literatura y vida cotidiana

    Soy profesor en una universidad y entre otras actividades debo leer. A veces, cuando estoy en un café y enciendo un tabaco y abro luego un libro, me pregunto no sin cierto rubor: ¿por esto me pagan?, ¿por semejante placer debo cobrar? Si algo se encuentra en los confines del valle de lágrimas que para muchos supone ejercer un oficio, ése es el que adelanto casi a diario en los quehaceres académicos. Leer, entonces, como un vicio que se asienta en el hedonismo, únicamente en el goce que intenta escrutar el mundo con ojos distintos, horizontes diferentes, perspectivas incluso contrarias que quizás sólo el hecho literario extiende sobre la mesa con las cartas boca arriba.
    El vicio de leer es uno que nace en cierto instante por alguna razón que no vamos a explorar aquí, y termina ejerciendo la más fascinante de las sensaciones: la de desplegar el abanico, la de ser capaces  de soñar los sueños de otros como si fuesen propios, la de terminar  convencidos de que es posible escudriñar mejor esto que somos. Captar en concreto lo que por lo general es una nebulosa. La vida adquiere así contornos que se van siempre reformando. El sentido de la existencia gana cierta nitidez que de otro modo implicaría nada más que materia oscura, ceguera permanente.
    Hay quienes piensan que la literatura es una figura sucedánea, es decir, actividad para la escuela, quehacer para llenar el tiempo libre, espacio que exige hacer a un lado otras cuestiones porque es justo dedicarle un tiempo predeterminado. Yo creo que es parte de la vida misma, puedo concebirla, y de hecho la concibo así, como inseparable de los días que vivo. Es, en fin, un no sé qué que está metido de cabeza en mi cotidianidad, formando parte de ella como también forma parte la acción simple de dormir o lavarse o sentir hambre. No pretendo definir qué es la literatura. Me interesa desgajar sobre todo cómo la entiendo y qué relación podemos llevar con ella.
    Las palabras, incluso aún sin entenderlas, seducen. No es lo mismo decir una cosa de una manera que decirla de otra, por ejemplo. El lenguaje  nos atraviesa por completo, nos define, y también lo definimos, de modo que termina siendo aquello que permite confiscar el mundo. ¿De qué disponemos a la hora de aprehender e intelectualizar todo cuanto nos rodea? De palabras, de lenguaje. Sin ellos seríamos lechugas en el campo o alambres retorcidos tirados por ahí, no seres humanos. De niño  -y todos los niños creo que viven ese embrujamiento-, hojear un libro equivalía a experimentar el goce en estado puro. Pasar las páginas de uno de cuentos, detenerse en las ilustraciones, imaginar la realidad más allá de ésta que nos tuerce la nariz, implicaba caer rendido ante la seducción de las palabras. De adultos, por ejemplo, ocurre más o menos igual: el encanto del lenguaje es posible hallarlo, aunque no seamos lectores consumados, en la música de otros idiomas. Por eso escuchamos decir que el francés es una lengua cargada de romanticismo o que el alemán lleva por dentro nada menos que la aridez de una lógica cortante. Que el italiano es una partitura explosiva, que muchos idiomas son dulces y otros secos y ásperos. Aunque nada de lo anterior sea estrictamente cierto, sí es verdad que todo ello ocurre porque las palabras, los párrafos, la entonación, las sílabas, las formas de pronunciar el mundo, los textos en general, conforman una realidad que yace en lo más profundo de la condición humana. Es mentira que son sólo herramientas, instrumentos a los que echamos mano para comunicarnos. Si así fuera su existencia entre nosotros equivaldría a una presencia técnica, muy pobre, cuando su razón de ser toca a plenitud el hecho medular de que sin ellas, sin las lenguas, no somos.
    Justamente, por eso no existe cultura humana que no haya inventado literatura. Sea oral u escrita, la poesía, las historias, los dramas, aparecen cuando comenzamos a dejar atrás gruñidos y el lenguaje perfila a quienes escudriñarán el átomo, crearán a Hamlet o El Quijote y llegarán a las estrellas.
    Cuando era niño tenía la costumbre de hallar en los cuentos que leía a gente de mi entorno. A mi familia, a mis amigos, de tal manera que en ocasiones me rascaba la cabeza confundido preguntándome si en Blanca Nieves y los siete enanos, Tío Tigre y Tío Conejo, La isla del tesoro, El hombre invisible, Sandokan o Gulliver, sus autores habrían conocido a ciertos tíos o a algunos primos. Casi podía jurar en aquellos días de infancia que mi padre o mi madre estaban metidos de cabeza en esos libros, lo cual me fascinaba y aterraba en proporciones más o menos equivalentes. Esa fue la primera vez que intuí algo que jamás dejó de sorprenderme: que la literatura habita debajo de mi cama, que ella se introduce en mi casa por la puerta principal o brinca por las ventanas, que a veces se lanza por el techo pero que siempre, absolutamente siempre, se encuentra en el día  a día que me toca transitar.
    La literatura es lenguaje y el lenguaje es vida cotidiana. El lenguaje, pues, no era la gramática que con torpeza tenía la obligación  de estudiar en primaria y secundaria. No era esa triste y árida experiencia, la de despanzurrar una frase, un texto, para encontrar un complemento directo o un artículo determinado, un pluscuamperfecto cargado de fastidio o una oración yuxtapuesta copulativa. Repito, la literatura es lenguaje y el lenguaje es vida cotidiana, y así, pude descubrir otro secreto: que el arte y la literatura son requeridos por nosotros tal como necesitamos del agua, del amor, del sexo, del sueño y de lo que sentimos más íntimo.
    Uno cree en demasiadas ocasiones que la literatura queda lejos de lo cotidiano. Uno piensa por lo general que la literatura y la rutina de nuestro día a día son compartimentos estancos, para remate mutuamente excluyentes. Es un error, desde luego. Como lo es suponer que el arte abstracto, sólo por darles un ejemplo, tiene poco que ver con eso que llamamos realismo. Y resulta que vivimos rodeados de abstracción, de símbolos que bien pudieran parecer inescrutables de buenas a primeras. Pienso en un crucifijo, pienso en la balanza que denota la justicia, pienso en la cruz roja, pienso en las señales de tránsito o en el tablero de un carro. Signos y símbolos abstractos que andan codo a codo con nosotros entremezclados con el universo de lo que suponemos lo real. Si hurgamos un poco más en el asunto quizás notemos que lo abstracto es tan realista como jamás lo imaginamos, y es más, lo abstracto a veces tiene más realismo que el cuadro al óleo del atardecer que cuelga orgulloso en la sala de la tía Adelina.
    Pues la literatura guarda también esas verdades. Yo estoy convencido a estas alturas de que la literatura chapotea en las calles de Ciudad Bolívar o Helsinki, en las panaderías y en los cafés, en la aburrida y tan aparentemente poco literaria cotidianidad. Porque leer las palabras en una novela, leer los versos del poeta y leer historias a través de los siglos va de la mano con leer el abanico frondoso de cuanto va existiendo. La mirada lee, como escribió alguna vez Joan Manuel Gisbert, “lo que había bajo la piel de los rostros, los mensajes de las manos y los cuerpos, los elementos que dotaban de una especial atmósfera a los lugares, los cambios de luz y de color de los espacios abiertos, las huellas del paso del tiempo, las formas seductoras del arte, los vestigios del pasado, los atisbos del futuro y tantas otras manifestaciones de la diversidad del mundo que se ofrecía a nuestra percepción”. Leer las horas y los meses, leer el pulso del acontecer que termina atravesándonos desde que amanece y hasta que nos vamos a la cama.  Leer de semejante modo, claro está, e intentar llevarlo entonces al plano literario.
    No es verdad, hay que subrayarlo siempre, que lo literario sólo pertenece al ámbito libresco y para hallarlo es preciso abrir un texto escrito. Encontramos literatura, como vemos, en el día a día, en la experiencia intrascendente de la cotidianidad; descubrimos que la literatura es una forma de entender el mundo, una forma de navegar en él. Digamos con Flaubert que la literatura es una manera de vivir.
    Jamás olvido lo que en cierto momento, ya hace bastantes años, escuché decir a un querido profesor: sentir y captar las imágenes de la realidad se eleva a niveles insospechados y cobra mayor intensidad cuando la experiencia es traducida mediante estructuras verbales. El lenguaje otra vez haciendo de las suyas, torciéndonos el cuello hasta que el universo, extendido de nuestra epidermis hacia afuera, entra en la cuenca de la mano, en la impresión de la pupila, en pleno abecedario. Creo que si la literatura fuese un cúmulo de párrafos con la intención de expresar algo en función de ciertas vivencias que nos exaltan o aplastan,  ésta fuese asimismo materia prescindible. Por fortuna la literatura tiene poco que ver con lo que nos enseñan en la escuela y se aleja bastante de esas verdades irreductibles que encierran los manuales. Nada más propicio para destrozar en un joven la curiosidad por el arte de escribir y el placer de leer que dejarlo a su suerte frente a la visión que endosa a la literatura un recetario de técnicas al uso, de “gramática novelesca” (si me permiten usar tamaña componenda), de rimas asonantes y consonantes o recursos literarios que es preciso hallar en cada página so pena de fracasar en los exámenes.
    Recuerdo un cuento en el que alguien asesinaba a una nevera y ésta aparecía desangrada en la cocina. Recuerdo los perros, loros, cochinos y chicheros de Aquiles Nazoa, los bares y las putas de Francisco Arévalo, las palabrotas en los escritos de Pérez Reverte, recuerdo una novela en la que tantas páginas cuentan la historia de un día en la vida de un señor llamado Bloom. Reducir la experiencia a una maraña de símbolos, quizás la invención más trascendente de la humanidad, podría morir ahí: un quehacer comunicativo cuyo desenlace es una cuartilla impresa. Sin embargo  -y cito con esto a Cunqueiro-, precisamente como quien bebe agua, necesitamos de igual modo beber sueños. Y el agua y el sueño conforman verdades que a su manera están ahí todos los días, todas las horas y todos los instantes. La literatura, también tengo esa impresión, puede explicar el mundo, y al hacerlo no necesariamente echa mano de abstracciones inaccesibles para los no iniciados, como lo hace la filosofía, o de ecuaciones cargadas de un significado oculto, sino de hechos concretos, del tú y el yo y el nosotros que está hasta el tope empapado de existencia común, monda y lironda. De modo que escribir y leer van abrazados con el minutero que nos despierta a las seis, nos pone en la oficina a las ocho, nos invita a almorzar a las doce y así más o menos por el estilo, con todas las variantes que a ustedes se les ocurran. Con razón Antonio Tabucchi llegó a decir  que “la literatura siempre ha sido un excelente instrumento para medir tanto la adquisición de certezas como su abandono”.
    Así, es posible llevar adelante el acto de leer (también el de escribir) para ir conociendo el mundo. Digan lo que digan los epistemólogos, y me perdonan la herejía, guardo las más firmes sospechas de que la literatura es una forma de conocimiento, un conocimiento ontológico del mundo en la medida en que vamos respirándolo, incorporándolo, internalizándolo de una manera particularísima, hasta hacernos una idea de cómo es y de cómo nos movemos en su seno a propósito de nuestra condición humana.
    El juego plástico de las palabras, la función vertebradora del lenguaje yace en buena medida sobre tal conocimiento, alimentado en la molienda de la historia, la historia con letras doradas y en mayúsculas, pero también la historia menuda que termina imponiéndose de sol a sol, todos los días, desde que fuimos Homo sapiens. La historia hecha literatura, quiero decir, porque ésta tiene la particularidad de que en ocasiones resulta más objetiva que aquélla, si me permiten nuevamente ejercer el papel de hereje. En la universidad, muchas veces hablamos de los días que corren en mi clase de literatura o de filosofía. Hablar de los días que corren es hablar de Homero o de Aquino, o de Rimbaud o Ramos sucre. Hablar de lo moderno y de lo antiguo es también hablar de Rafael Cadenas, de su obra, por supuesto, y con esto quiero dejar dicho, que conste en actas esta tarde, que la literatura enfoca como nadie el universo en el que nos movemos. Cuando un estudiante preguntaba hace poco por el clima de horror, de incertidumbre, de espanto que caracterizó a las típicas dictaduras latinoamericanas, del Caribe y del Cono Sur, le recomendé vérselas con La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Noten por favor que no referí un libro de historia. La literatura lleva a cuestas nuestro ámbito estrictamente cotidiano, y empinándose sobre ello cuenta una historia, la lleva al plano de lo concreto, la hace creíble, a la altura del café de la otra cuadra o del burdel, el palacio o el planeta Mercurio si es preciso. La literatura, qué maravilla que así sea, anida en el tabaco que enciendo a las cinco de la tarde o en las piernas de una dama, en unas medias sucias, en un lucero de la noche. Sume y siga. Es una clara incitación a hacer un alto y detenerse, a disminuir el vértigo,  a observar la vida.
    Cuenta Patxi Zubizarreta en un bello ensayo sobre el hecho de leer, intitulado Yo también habría jugado al fútbol, una anécdota que alguna vez le oyó a Bernardo Atxaga: “el autor  -el lector-  venía a proponer que, en la clase, incluso a nivel individual, se hiciera una colección de los textos más hermosos, más incisivos, más conmovedores que se habían leído durante el curso; pero su propuesta era novedosa en el sentido de que no se limitaba a la literatura stricto sensu: los textos podían recogerse también de algún diálogo de alguna película, de la letra de una canción, de la etiqueta de una botella de vino, de un anuncio, de una noticia, en definitiva, del mundo cotidiano que nos rodea”. Ahí radica, me parece, buena parte del meollo que vine a compartir hoy con ustedes: la literatura y la cotidianidad vistas como una matriuska, esas muñecas cuya maravilla consiste en que una de ellas, la mayor, contiene a las demás. En el caso que nos toca, lo maravilloso es aún más impresionante, pues la literatura contiene a la vida y la vida a su vez a la literatura. Nada menos.
    Vargas llosa afirma que la literatura nos hace vivir otras vidas que jamás podríamos siquiera imaginar. Vicariamente usurpamos el lugar de otros, nos metemos dentro de otras pieles. Nuestra gris, chata, mediocre realidad se ve impelida de pronto hacia espacios desconocidos, estimulantes. Desde la música, y en el fondo por supuesto desde la poesía, Joaquín Sabina lleva a cabo un planteamiento parecido. Canta, sin hacerlo explícito, lo que en gran medida supone el hecho literario zambullido en el espíritu humano. El discurso musical lee la diversidad, la experiencia cotidiana en el común trajín de múltiples oficios y en la canción nos dice que la literatura es el sostén  de la existencia, conforma la savia que impide la locura colectiva: “más de cien palabras más de cien motivos, para no cortarse de un tajo las venas. Más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena”.
    Alfonso Reyes sostuvo una idea que me gustaría repetir hoy aquí: “el escribir, según los diálogos platónicos, no pasa de  ser una diversión. La escritura, accidente del lenguaje, pudo o no haber sido: el lenguaje existe sin ella. Pero la escritura, al dar fijeza a la fluidez de lenguaje, funda una de las bases indispensables a la verdadera civilización. Al menos, lo que nosotros entendemos por tal. Cierta dosis de conservación en las cosas nos parece una cláusula sine qua non para aceptar el contrato de la existencia”.  Tal conservación marca con justicia el hálito fundamental que derivó en Shakespeare, San Juan de la Cruz, Gabriel García Márquez o Kavafis. El contrato de la existencia pasa por trastocar el hilo cotidiano de los días y llevarlo al horizonte literario mediante el poder del lenguaje y la ficción.
    “La palabra  -humo de la boca en el jeroglifo chino-“, continúa diciéndonos Alfonso Reyes, “quiere deshacerse en el aire; se la lleva el viento. Verba volant, scripta manent. Para que persista la palabra, para que ligue y comprometa la conducta del que la profiere, nació el derecho burocrático que, mientras llegaba el derecho constitucional, por lo menos obligaba al soberano a no desdecirse constantemente. Para que no se pierdan las creaciones de la palabra, los fastos humanos que ella recoge y perpetúa, el museo y la escuela del hombre, que ella por sí sola representa, para todos esos fines mágicos se inventó la fijación del lenguaje”. Y esos fines mágicos, y semejante fijación, permitió recoger un gesto, entresacar un diálogo, vislumbrar una escena intrascendente, registrarla por los siglos. Literatura y vida cotidiana haciéndose caricias, juntas en un mismo sofá, cara a cara a pesar de los pesares.
    Fue posible entonces leer diferente, hallar literatura en el fondo de un baúl desvencijado, en los simples quehaceres de todos los días, en el corre corre inevitable del cualquier momento en la existencia de todos ustedes. Miren alrededor y díganme si no.
    Apelo otra vez a Reyes. “hay una estética latente en todas nuestras concepciones y, como dijo Santayana, hasta el aire es arquitectura”. Sin el lenguaje no somos, creo haberlo sugerido en esta charla, de modo que la experiencia cotidiana pasa por el tamiz de una mirada que la fija y la transforma en obra literaria. Tal realización, por cierto, no podría estar más cerca de nosotros.

3 comentarios:

Antolín Martínez dijo...

"Es mentira que son sólo herramientas, instrumentos a los que echamos mano para comunicarnos. Si así fuera su existencia entre nosotros equivaldría a una presencia técnica, muy pobre, cuando su razón de ser toca a plenitud el hecho medular de que sin ellas, sin las lenguas, no somos."
Esa frase resume lo que muchas veces uno ha sentido respecto al lenguaje. Sin él no somos. Quizás por eso uno siente gozo hedonista, placer, cuando lee algo bien escrito, algo poético, algo bien dicho y dicho con sinceridad, mientras que aborrece lo mal escrito, lo mal dicho; como el asesinato de la lengua que se perpetra cada vez que los voceros del gobierno actual profieren alguna palabra que debió execrarse del diccionario, o profiriendo un hilo de palabras no execrables que unidas son armas letales para el intelecto y el sentir del receptor.
Y, si te pagan por hacer lo que te place, perteneces a una pequeña élite que puede considerarse feliz, pues muchos somos los que hacemos lo que hacemos para ganarnos la vida sin que lo que hagamos sea precisamente lo que más nos gusta hacer.
Saludos.

roger vilain dijo...

Tienes toda la razón, Antolín. Toda la razón. Un abrazo fuerte.

luis lizardi dijo...

En pocas palabras : la literatura excita la imaginacion .