1/08/2008

Inteligencia


El mundo está lleno de gente inteligente, no me cabe duda. Pero si a ver vamos, puestos a considerar las opiniones de muchos al respecto, el adjetivo lleno se quedaría corto: repleto, saturado, casi a reventar sería la forma de aludir el asunto. Cualquier encuesta lo demostraría. Sólo basta con pedirle a cada quien su opinión sobre la trama cerebral que porta, y Einstein se reproducirá como conejo.
Sucede sin embargo que en cuestiones de neuronas pasa como cuando leen la lista de los presentes en cualquier actividad. Están todos los que son pero no son todos los que están. A los inteligentes, que son muchos (ya lo he reconocido arriba), se les encuentra en el sitio equivocado, y sitios equivocados aparecen, se multiplican, crecen día a día como la espuma.
En Venezuela, por ejemplo, hay más de estos lugares por kilómetro cuadrado que en cualquier otra región del mundo. No es que el alcalde tal del municipio cual sea un tarado inútil, un bueno para nada o un inepto sin posibilidad alguna de recuperación, nada de eso, la cosa amerita un tratamiento distinto, obedece a un trasfondo de lo más complejo, pues el tipo es en verdad brillante, sólo que se peló en los menesteres.
Pasa lo mismo con un gentío inmenso. La señora que habla y habla de política económica únicamente para que se rían de ella, o esos individuos autosuficientes que juran ser el non plus ultra de lo máximo, la tapa para cualquier frasco. O también aquellos que, parados frente a los espejos, sacando pecho suponen ser la encarnación de Bogart entremezclado con Max Planck, y ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, como sostuvo aquel filósofo metido a adeco, muestra más que suficiente de que no ando demasiado equivocado.
Inteligentes somos todos, decía mi abuelita cada vez que yo me rascaba la cabeza en el fallido intento de despejar x y sustituirla por y, o cuando no daba pie con bola a la hora de buscarle el objeto directo a ciertos elementos gramaticales que por nada del mundo llegaba a comprender, aunque quisiera. Tenía que buscar mi sitio, volvía ella y decía, nada más era cosa de encontrar mi lugar, repetía con cariño hasta el cansancio.
Después de mucho reflexionar llegué a la conclusión de que tenía razón. Es que un mecánico de aviones que sirve para ser mecánico de aviones no debería andarse canturreando boleros en un estudio de televisión, pongo por caso. Y a un papanatas (que los hay, no vaya usted a creer) genio entre los papanatas, tampoco es que le iría muy bien metiéndose a dentista, digo yo. Todas las mañanas, después de comprar el periódico y comenzar a leerlo acompañado de un cachito de jamón en el café de la esquina, compruebo lo que he dicho, si es que he podido decirlo. Desde la primera página brincan las tapas de los frascos, vuelan a placer Bogart y Max Planck, se pelean a dentelladas todos los pechos inflados y saltan a la vista los muchísimos lugares equivocados.
Ayer, sin ir muy lejos, la prensa informa sobre discusiones profundísimas para darle forma a un partido único oficialista. Imagínese usted, cierta cantidad de grupos políticos con trayectoria, cédula de identidad y huellas digitales, suicidándose en nombre de Planck. Pero hay más: échele un vistazo a las creencias del gobernador, buenas para combatir el hampa y dar más libertad a la libertad de expresión: suprimir páginas rojas en los diarios y controlar, cupulera y gobierneramente, a los medios de comunicación social. Un pecho inflado al más puro estilo Bogart, nada más y nada menos.
Pero el mundo está lleno de gente inteligente, el problema no es de neuronas, vuelvo y repito. Estos tipos se desempeñan a años luz del lugar que mejor les iría para hacer las cosas bien, y he ahí el punto focal de cuanto disparate se les sale por los poros. El mismo Presidente, que en cuestiones de intelecto compite con su rolliza humanidad, ha pasado por momentos grises, (no demasiados, claro, Dios no lo permita nunca). Pero de que los ha tenido pues los ha tenido, y entonces la ruta de la empanada, los cultivos hidropónicos, el parque en La Carlota, los fundos zamoranos, la ruta del chocolate, el trueque, los gallineros verticales, la década plateada, la década dorada, los cultivos organopónicos, las bicicletas chinas, el desarrollo endógeno y, en fin, eso que dio en llamar, a falta de mejor nombre, socialismo del siglo XXI.
Yo mismo, en vez de escribir, debería quizás andar en otras lides. En alguna de ellas brillaría, estoy seguro. Es que uno cae de bruces en el lugar equivocado y lo demás es un lío. Que lo digan los políticos.


12/17/2007

Un regalo en Navidad

Pensar que diciembre es tiempo de obsequios, de sonrisas, pero también, claro, de melancolías, de volver la vista atrás y darse cuenta de que el tiempo ha pasado, de que otros, tan entrañables como inolvidables, ya no nos dan la mano, ya no están entre nosotros.
Soy un hombre afortunado. Camila, que hace tres años vino a alumbrarme la vida, espera con asombro a su hermano quien, vaya usted a saber por cuáles enigmáticas razones, es el culpable de que la panza de su madre luzca hinchada, gigantesca, tan grande como el regalo de estos días: una pelota que golpea sin ningún remordimiento, todas las veces de este mundo, contra la pared aguamarina de su cuarto.
Diciembre, que es un mes para pensar en otras cosas, guarda hoy la fuerza de la emoción hecha espera, convertida en espacio justo para reflexionar a ritmo de taquicardia o de tromba marina, es decir, diciembre se me ha convertido, como quien no quiere el asunto, en época de filigrana, torneada a mano, sin rebuscamientos, sin costuras visibles, sólo dada a deglutir la certeza de que otra vez habrá un alumbramiento.
Mientras escribo imagino a Daniel leyendo estas líneas. No son nada del otro mundo, desde luego, ni mi idea es tomar rutas moralizadoras. Nada de eso. Cuando pienso en alguien de ocho meses con sus días, que luego cumplirá años, y después otros tantos, y así, y entonces tecleo para contar ciertas historias, menudas impresiones que deseo expresar a alguien -esas que me atraviesan cuerpo y alma-, pienso con el corazón, exactamente con la adrenalina de por medio: un chorro de latidos que, cosa de lo más extraña, produce una paz muy pocas veces vislumbrable.
Resulta curioso, pero me doy cuenta de que la paternidad es una experiencia con mucho de identidad única y nada de repetitivo. Se es padre una vez, y a la segunda vale decir que lo anterior, el hecho de que ya has sido papá, permanece en un ámbito particular, en el justo lugar de la memoria pero sin mayores conexiones con lo que tienes que vivir ahora. Ser padre es ser padre y punto, lo cual implica que una, dos, tres o más veces juegan cada una a robarse el universo para sí, es decir, exprimes los momentos, o ellos te exprimen a ti, como si no hubiera habido otros. Bendita sea esa realidad.
En Navidad se dan otros sabores, entre otras razones gracias o a pesar de la publicidad, de los televisores, del día a día lleno de vértigo, de un cuento como el de Charles Dickens, y en ésta, la espera rebasó ya los ocho meses. Un hijo en Navidad es un regalo extraordinario, razón que hace infinitamente más dulce, más inconmensurable, más cargada de lo bueno a unas fechas que en las remembranzas conservan hondos gestos familiares, algunas lágrimas furtivas y olorosos recuerdos de la infancia.
Decía arriba que imagino a Daniel leyendo estas palabras, y al hacerlo veo a un niño, y también a un hombre, que a su vez en una Navidad cualquiera espera un hijo. Es que uno se repite en ellos, uno tiende a ver el propio rostro en el océano de vida que conforman los retoños. Hasta que en un instante, en un fogonazo misterioso se encuentran las miradas y entonces te percatas de que él es él y tú eres tú. Ahí descubres el milagro de cuanto ha ocurrido.
Diciembre es tiempo de regalos, y también de perdones. Tiempo para el sosiego, si se puede, y tiempo para la familia. Cuando menos eso me quedó en la piel, más allá de los días en que caminaba de la mano de mi padre o de mi madre. La Navidad huele a pan, huele a vino, es una caja de colores, hay mucho de humano en este mes. Un hijo en Navidad resume todo esto, y aparte de una bendición, es la mejor muestra de que la vida está ahí, hermosa y triunfante, como racimo de flores.

11/25/2007

Pues nada

Resulta que me pongo a pensar y no entiendo. Llevo días sin dormir bien, le doy vueltas al asunto y qué va, la confusión crece sin atenuantes.
Comencé a escribir esto a media noche, ya pasaron las tres y mire, poco qué decir. Y es que en Puerto Ordaz ocurre lo que ocurre en un psiquiátrico, en los manicomios y en otros lugarejos parecidos. Desde alcaldes o concejales, todos en el mismo saco de los buenos para nada, pasando por el que me reventó un vidrio del carro para llevarse las cuatro pendejadas que uno guarda en ellos, y hasta el insecto que me ve como si reclamara algo, la verdad es que no entiendo, me pongo a pensar y por Dios que nada entiendo.
Aquí medio mundo está jodido, pero medio mundo dice que las cosas se van a poner de lo mejor. A cada infeliz que interrogo casi se le saltan las lágrimas, pero de seguidas mira al cielo y jura que la va a pegar, y con pegarla quiere informarnos el pobre que va a tener una suerte del carajo, que va a ganarse un loto, a hallarse una novia con pasta o a salir de abajo porque en fin, este es un país bastante rico. Es que hay pendejos entre muy pendejos, verá usted.
Pero vayamos por partes, como diría Jack el Destripador y según ha escrito el buen Bryce Echenique. Me refería en el párrafo número dos a cierto insecto que me ve como si reclamara algo. A las tres y cuarenta y cinco antes meridiem un bicho asciende por la lámpara del escritorio y desde lo más alto, coronando una montaña y luego de clavar su banderita, octópodo o batracio o qué sé yo abre bien los ojos, levanta las antenas, tan largas como su cuerpo, y si las miradas mataran ya el arriba firmante sería cadáver escribiente.
Esos ojazos que son una esfera perfecta escudriñan cada movimiento, cada inspiración y exhalación. El bicho mueve las antenas pero el tórax y las extremidades guardan inmovilidad de piedra. Se fija en mi inquietud, se ha dado cuenta de mi intranquilidad. Muevo los dedos, tecleo, escribo e intento mantener la vista en la pantalla, asunto que por instantes logra que me olvide del intruso. Pero miro hacia la lámpara y ahí está, en su letargo inamovible, maquinando sobre mí, auscultando la atmósfera de insomnio que a estas alturas es una masa pastosa, gelatinosa, espesa.
Entre el tipo con fe inquebrantable, iluso como nadie, pasto de políticos a la hora de promesas y mi insomnio, media este demonio venido quién sabe de dónde. Lo cierto es que esas exageraciones incrustadas en el lugar de los ojos tienen mucho de máquina, guardan para sí la frialdad de quien observa y analiza, de quien mira y entiende. Y entiende, sí, porque no tengo la más mínima duda: el monstruo que ha conquistado las cimas de mi lámpara comprende lo que yo he pasado por alto. Alberga en sus entrañas la razón de mis desvelos, lo que al fin y al cabo nada importa, nada importa ya porque si a ver vamos, ¿qué puedes entresacar tú de provechoso a partir de un animal que es la respuesta a los enigmas pero del que únicamente vislumbras su cuerpo rocalloso?
Total, que esta ciudad patas arriba es sinónimo del vértigo que cuece a todos. Es también el caldo de cultivo en el que pululan pequeños individuos, seres de todas las calañas, repito, con preponderancia de políticos venidos a menos y otros que creen llegaron a ser más, salvo honrosas excepciones, que las hay. A todas éstas el monstrito parece sonreír. Mientras aporreo las letras observo de reojo y noto un movimiento en la comisura de sus labios (¿estas criaturas tienen labios?), y ya no me queda un ápice de duda, lo que en un principio fue tímida sonrisa ahora es carcajada a mandíbula batiente. Semejante esperpento se burla a sus anchas, goza con mis preocupaciones, disfruta viéndome hecho un guiñapo entre mis pensamientos.
Entonces pienso que es el colmo. Basta con la ciudad y su perreo, es suficiente la insalubridad a la que nos acostumbramos. Tenemos demasiado con la partida de inútiles en tantos cargos, sólo por mencionar un ejemplo, para que venga ahora este engendro, con su cara muy lavada, a rumiar sus soluciones, a guardárselas sólo para él, como si encima de imbécil fuera uno masoquista.
Hay que dormir. De repente me dan ganas de darle un manotazo, pero la mala conciencia no me dejaría en paz luego de semejante acto de barbarie. Hay otros que se merecen el mazazo, y redoblado, por lo que viéndolo bien este bicho sólo se atrevió a invadir mi territorio, a escupirme sus verdades, o a pensarlas, o a lo que sea a estas alturas de la noche. Gran cosota. Pues nada, que hay que dormir para aclarar las cosas. Ahora sí voy a roncar a pierna suelta.

10/03/2007

El resplandor y la memoria

Mi madre ha estado hurgando en cajas viejas, esos lugares adonde casi siempre van a parar las cosas que entrañan remembranzas. Sobre la mesa están algunas fotos. Las tomo y las observo, y entonces un pedazo de calle, cinco décadas atrás, cobra fisonomía.
El blanco y negro hace de las suyas: cuela un tiempo carcomido, lleno de telarañas. Veo en la foto a un grupo retratado, risueño, algunos apoyados de brazos y otros simplemente con la espalda recostada en las antiguas barandas que antaño rodeaban la plaza Bolívar.
Escribo sobre Upata. Su plaza, la de hoy, no se parece en nada a la que deja ver la escena comprimida en la fotografía. Un airecillo de pueblo, de calma sostenida, me alborota con suavidad un mechón de cabello. Alguno de quienes posan pareciera sospechar, por su mirada, que cincuenta años después otro, que soy yo, se detendría en ese momento, justo el instante de encerrar cierto pedazo de tiempo en este espacio de papel y luz. Fotografiar, qué duda cabe, va más allá de hacer un click. Gracias a ello la ciudad crea su particular historia, evidencia lo que fue y lo que va siendo, y lo que es mejor (o peor): lo que pudo haber sido y no fue.
Noto una ciudad ajena a ésta, aunque ya se sabe que sin aquello ésta sería poco menos que imposible. Veo hoy un cúmulo de calles, gente que va y viene con la velocidad a cuestas, con sus miserias y sus petitorios, con sus políticos y sus niños y sus abuelos. Esta foto sirve para el contraste, es una bisagra entre dos tiempos. Me da la impresión de que con ella el hombre inventó un vaso comunicante que trasciende la apariencia o las arrugas de más, porque nos transforma en el porvenir de la imagen que tenemos enfrente. Somos el porvenir de ese pasado que, como quizás intuía uno de los retratados, probablemente estaremos mucho después considerando, dándole vueltas, lo que en mi caso equivale a escrutar una plaza abarandada y con gente que me mira desde mil novecientos cincuenta y seis.
Hay quienes dan por sentado que las fotografías recogen el tiempo que se fue y lo inmovilizan. Yo presumo más o menos lo contrario, que en ellas gana la rueda a veces trituradora del tiempo, con afán de movimiento. Una foto muestra movimiento, no quietud, y por eso la Upata desgastada del presente (sí, desgastada. A este pueblo le falta labranza, orfebrería) es el resultado dinámico de esa verdad. El resplandor de cinco décadas se sostiene en mis manos, y ahí queda un retrato, unas caras, una plaza, unas barandas, para confirmarlo.
Me pregunto qué sería de aquella dama, del señor con camisa mangas largas y pantalón metido entre las botas. Qué sería de la mujer sonriente y del hombre que ve como si nada, como si supiera de mí y de mi tiempo dedicado también a examinarlos. Él posa y listo, muestra el mejor de sus gestos y hasta nos interroga. Él, quién quita, acaso pensará: ¿qué será de todo esto?, ¿qué será de ése que ahora mismo tiene a bien escudriñarnos allá en el dos mil siete?, ¿qué de esta calle y de esta plaza?. Una fotografía llama al movimiento, claro, y también al diálogo. Dejo la foto encima de la mesa, sigo pensando, llego a la conclusión de que ahí se asienta buena parte de lo que somos. Unas fotos tienen mucho de ADN, guardan la herencia de nuestras andanzas, encierran la línea que conduce hasta el presente, que sabemos también es pasado y es futuro. Son el resplandor y la memoria.

De lo mediocre como obra de arte

Tenía yo la buena costumbre de sintonizar la Emisora Cultural de Caracas, hasta que a unos genios les dio por trastocar el dial. Como este país sufre el síndrome del cangrejo, es decir, va para atrás a velocidades supersónicas, pues resulta que hoy por hoy tenemos una emisora más, y mucha calidad de menos.
En vez de Beethoven, usted se deleita con Darío Vivas. Si le daba por encender el aparato con el ojo puesto en la Primavera de Vivaldi, no señor, cháchara gobiernera en boca de Clemente Scotto.
Darle la patada nada menos que a una señal como la que se despacharon de una dentellada, resultó fácil y sin complicaciones. Le asestaron el puntapié y listo. Pocos alzaron la voz. La sustitución acabó siendo una grosería, un insulto cuyo tamaño prácticamente nadie percibió. Propaganda para el régimen, disparada a quemarropa, parece ser el horizonte que esta empresa (un horror que dieron en llamar "La voz de Guayana") al servicio del poder lleva encajada entre ceja y ceja, lo que en mala hora suena como si nada, como una más entre las voces desplegadas en ese corifeo mediático controlado por el Ejecutivo a lo largo y ancho de esta orilla del mundo llamada Venezuela, para mal de cualquier oído que se respete, desde el pabellón de la oreja, pasando por la cadena de huesecillos y culminando en las profundidades del oído interno.
Uno se pone a pensar en lo mucho que perdimos en este cambalache sin sentido, y qué va, devuélvame mis peroles, compadre. Si el asunto era crear otro apéndice comunicacional del gobierno, si la cosa iba por los caminos politiqueros de y en favor de una parcialidad política, como efectivamente ocurrió, hubiese bastado salir al aire respetando lo existente. Sin zarpazos, pues. Pero nanai, la Emisora Cultural de Caracas, excelente por donde se mire, pagó el precio de la andanada informativa de la revolución, ya se sabe, con silencio sepulcral yéndose con su música a otra parte. La política mediática del imperio ameritaba tamaña puesta en escena, claro, y esa puesta en escena llega al presente, véanlo sin mezquindades, con una programación la mar de equilibrada y en manos de una planta que representa a todos, absolutamente a todos y cada uno de los guayaneses. Exquisita maravilla.
¿Simón Díaz?, no, Iris Varela, camarada. ¿A night at Kimball`s east, de Poncho Sánchez?, tampoco, Nicolás Maduro y su combo, que suena más tropical. ¿Chick Corea o Al Di Meola?, olvídese del tango, que Gardel murió: Hugo Chávez en vivo, desde la Asamblea Nacional. ¿Políticos paralíticos, de Desorden Público?, ni de vaina, políticos en carrera, a paso de vencedores, por si acaso.
Hacer radio, para un gentío, supongo que equivale a chasquear los dedos y recoger los frutos. Armas cuatro parapetos, sueltas dos o tres ideas, te enredas con ellas cual pollo que masca chicle, y terminas inventando un gallinero vertical. Te exprimes los sesos, vuelves a hacer click con el medio y el pulgar, y levantas un fundo zamorano. Pides una taza de café, lanzas otras frases para apretujar en cinco horas, y le das forma a los cultivos hidropónicos. Y así.
Improvisar exige poco, pero cuesta un ojo de la cara. Nada ganó esta región con una nueva radio a las órdenes del líder, y lo que ha sido peor, con la desaparición de una señal que fue por muchos años ejemplo vivo de calidad y cultura puesta al alcance de un botón. Perdimos demasiado, tristemente. La mediocridad, que es una masa gelatinosa difícil de arrancar cuando se desparrama por pisos, techos y paredes, pulula por todos los costados, y es tan libre como peligrosa. La Emisora Cultural estaba ahí, para quien quisiera oírla. Ahora nos queda la antítesis de la imaginación, la otra cara de la creatividad, el lado oscuro de un proyecto a los pies de quien espera el estribillo: “ordene usted mi comandante”. Ésta es, después de todo, la radio que merecemos. Una obra de arte, pero con las patas para arriba. ¿Qué se hizo para evitarlo?.

10/01/2007

Un conejo y un sombrero

Por cantidad de razones América Latina es caldo de cultivo para el populismo. En regiones inestables, con exiguos niveles de operatividad institucional y atravesadas por el cáncer de la pobreza a sus anchas, calan bien ciertos chasquidos que con puntualidad inglesa se dejan escuchar todos los días. No en balde quien aprovecha las pasiones que la incontinencia verbal, a manera de espada vengadora, remueve en el corazón y en las entrañas de la gente, tiene asegurada su aparición en las encuestas. De ahí a una alcaldía, a la gobernación, a una curul o a la presidencia hay una distancia proporcional a la retórica desplegada, a la demagogia puesta en escena.
Existe un nombre clave en todo esto: populismo. La palabra “futuro”, en boca de populistas consagrados, equivale a la meta que se deja ver allá bien lejos. El término “pasado”, en contraposición, funciona de maravillas como chivo expiatorio a la hora de repartir culpas y de explicar por qué andan mal las cosas. El presente, el aquí y ahora donde sólo cabe el estadista, hace las veces de limbo, de paréntesis que terminará sus días gracias a la revolución. Un paraíso de cartón llega entonces a velocidad pasmosa: así se entra, por la puerta grande y con alfombra roja, a la realidad que ve la luz en los los discursos y va a morir en el deseo.
Perón, Allende, Getulio Vargas, Menem, Bucaram, Chávez... todos muestran un rostro mortecino si abrimos bien los ojos. De sus neuronas, de sus afiebrados contoneos lingüísticos, del proselitismo a la enésima sólo quedan esparcidos los vidrios rotos de la ruina económica, de la inestabilidad social, de las divisiones de clase. Suponen, sin que nada ni nadie pueda hacerlos ver lo contrario, que de la miseria se escapa sólo redistribuyendo los ingresos, sin tomar en cuenta que el factor clave es el crecimiento, la producción de riqueza. Y es que resulta evidente: si ésta no se crea, mucho menos puede ser repartida. Verdad de Perogrullo.
Obvio, frente el fracaso de lo que guarda sentido sólo ante un puñado de sesos hirvientes, surge la cómoda idea de que las culpas de nuestros males hay que buscarlas más allá de nosotros. Ésta, por supuesto, supone una creencia que no soporta un escrutinio serio, pues si le pasamos revista a experiencias como la chilena, la española o la costarricense, para no ir más lejos, caemos en la cuenta de que con buenas ideas, con un proyecto consensuado de país, con gente preparada en los cargos adecuados y con dosis suficientes de creatividad y voluntad, es posible romper el mito de la dependencia que tanto daño ha producido. La globalización, aquí, jugaría papel fundamental: bien aprovechada, abrazando la modernidad, haciéndonos más competitivos, más productivos y eficientes, serviría como aliada extraordinaria.
Pero el populista, cuya mentalidad de brontosaurio tiene por guía una manera de concebir la realidad y el mundo ubicables en el siglo diecinueve, es en verdad fiel a sí mismo. Ante mil y un fracasos continúa pensando igual. Es, sin duda alguna, un reaccionario compulsivo: cambian los tiempos, cambian los hombres, y aún así su genética, su estructura de razonamiento y su conducta son incapaces de moverse un ápice, de evolucionar, lo cual trae remolcado el hecho lamentable, peligrosísimo por añadidura, de que se crean únicos, supervivientes, y en consecuencia mesiánicos, infalibles, depositarios de la verdad, la razón y la justicia. Menuda concepción.
En líneas generales, el populista latinoamericano termina por volcarse a artificios productores de ilusiones, siempre sobre la base de constructos retóricos. La lengua, para él, jamás podría ser eso que la gente llama “el castigo del cuerpo”. Todo lo contrario: ella labra mundos imposibles, es, ni más ni menos, una maquinita de arrojar pompas de jabón justo cuando la vida real ofrece un muro de concreto impenetrable. De este modo algunas palabras comodines vienen muy a cuento, engordan casi hasta reventar, para luego emitirse con intención explicativa, redentora de tragedias propias. La primera bien puede ser una abstracción beneficiosa hasta el cansancio: patria. De seguidas aparece toda una gama que funciona como fiel acompañante: traición, soberanía, imperio, CIA, apátrida o golpista.
Un populista es un mago, un individuo con talento para hacer algunos trucos y con extraordinarias dotes para el histrionismo, todo muy hermoso salvo que su radio de acción es un país y no un circo. Para obtener lo que ofrece, para lograr lo mínimo lograble según sus cuentos y maquinaciones, tiene que sacar, literalmente, un conejo de un sombrero. Nada menos.

7/30/2007

El bicho humano

La verdad es que el bicho humano impresiona por lo raro. Se sabe que la solidaridad, el perdón, el compartir o la generosidad no son figuras sobresalientes en el altar de los hombres, asunto crucial a la hora de vislumbrarnos cabalgando sobre nuestra condición gregaria. Ya el bueno de Locke, filósofo descomunal en cuanto a contribuciones sobre el estudio de las sociedades, lo intuía de maravillas: para evitar que terminemos descuartizándonos, es necesario pactar, y ese pacto equivale a instaurar un Estado de Derecho, a construir el imperio de la ley. Nada menos.
Yo, que según Ana represento máximo peligro cuando se trata de acomodarnos un rato frente al televisor (en esencia porque hago del control remoto un juguetico nada más que para turistear de modo impositivo y egoísta por el abanico de canales), yo, que soy un peligro viviente contra la paz necesaria para captar qué vaina ocurre, o qué se dice, o qué plantea el programa que ella desea ver, pues nada, yo, responsable absoluto de lo antes mencionado, aún así detuve en seco mi pulgar justo cuando la megalópolis nipona apareció en pantalla, la misma que siempre me ha llamado la atención precisamente por megalópolis, por su exotismo y por su ejemplar manera de decirle adiós al quintomundismo redomado. La ciudad estaba ahí, con sus tiendas y su gente y el neón apretujado y los bares (sí, en Tokio también hay bares) metidos de cabeza a lo largo y ancho de esa hidra urbana con diez mil cabezas. Fue entonces cuando la tecnología (hablar de Japón, claro, es hablar de estas cuestiones) apareció tan cuadrúpeda como canina.
Y es que simpáticos cachorros de metal, perros cuyos lomos brillan por razones de aluminio, son el último grito de la moda inventada en tierras de samurais. En lugar de pelos, pintura metalizada; donde cabe una húmeda nariz, la perfección de hocicos de hojalata; en vez de esa baba que te salpica los cachetes, la asepsia de una boca que abre y cierra por obra y gracia de la electricidad.
Parece que las ventas son millonarias. Un robot de éstos tiene el dólar pegado de la frente, cómo no, pero lo que me hace fruncir el ceño no es el cojonudo éxito económico de tan lindas criaturitas, sino el extraño trueque, el hecho de que semejantes mascotas usurpen la función, y de qué modo, llevada a cabo por aquellas otras que se llaman Bobi y que mueven la cola, felices, sólo al escuchar que abrimos la puerta porque hemos llegado a casa.
En fin, que como decía al principio, ni la solidaridad, ni el amor rociado a diestra y siniestra es algo que nos distinga como especie, asunto a tener en cuenta si alguna vez pretendemos hurgar, echarle un vistazo a la curiosa dedicación, atenciones, mimos y consentimientos prodigados a los canes de silicio, hierro y chips. Que tantos niños sin pan, sin familia, sin instituciones que les brinden mínimo resguardo constituyan una verdad tan grande como dolorosa, se sabe. Pero lo que resultaría de lo más interesante averiguar es qué ocurre en las entrañas humanas, en los recovecos neuronales de los hombres, o lo que sea, al punto de que importe poco una realidad atroz que incluye a jóvenes, a ancianos, a enfermos, a pobres entre pobres, e incluso a animales cotidianamente maltratados, y a su vez importen mucho ciertos robots de compañía.
Mientras más lo conozco, más quiero a mi perro, dijo alguien refiriéndose a los hombres. La verdad es que el bicho humano sorprende por lo raro. La verdad.

6/27/2007

Sin palabras

A la hora de emitir juicios cada quien hace su esfuerzo. Las ideas, balas explosivas construidas luego de darle y darle a la razón, al mundillo escurridizo de la pensadera o después del consabido insomnio, exigen el trampolín que las hará salir a flote, es decir, piden a gritos la presencia del lenguaje.
Hasta aquí todo de maravillas. Pero ya sabemos, una buena idea, empaquetada en una serie de chasquidos horrorosos sin pie ni cabeza, lo más seguro es que goce de mucha pena y poca gloria. Claro, todo lo contrario también suele ocurrir: el vacío, la cáscara sin contenido mínimo cobra vida (vida gris, obvio, pero vida al fin) cuando un pico de oro suelta frases rimbombantes, edulcoradas con el ingrediente de lo que busca transformarse en relumbrón. Aquí es donde más de uno se encandila, y para cuando logra acomodar los ojos casi siempre es demasiado tarde.
En lo particular, desde muy joven me ha llamado la atención ese rompecabezas gigantesco que es un idioma. Sin él nada somos, pero lo más sorprendente es que en el toma y daca en que nos enfrascamos diariamente por la vida y por labrarnos un lugar en ella, el lenguaje nos eleva o nos aplasta, nos da oxígeno o nos hunde en la asfixia balbuceante.
Como una vestimenta que aún sin saberlo nos echamos encima, las palabras, a todo pulmón, lanzan pedazos de lo que vamos siendo: retazos deshilachados de una confusión andante que apenas si da para medio comunicarse, o fogonazos de coherencia y elegancia sustentados en el decir. Casi huella digital, la verdad es que del uso idiomático terminamos por depender, al punto de que en demasiadas ocasiones acabamos esgrimiendo (este escrito es muestra de ello) mucho menos de lo que en realidad nos propusimos.
Yo, que cuando empiezo a sentir las punzadas del aburrimiento me desconecto de todo cuanto parezca poco divertido, disfruto de lo lindo, por ejemplo, observando a los demás en la faena de lidiar con el lenguaje. Como si de una tarde de toros se tratara, veo a algunos, capote en mano, desplegando con destreza lo que les sirve para manifestarse, mientras que otros caen sin remedio destrozados por la bestia que tienen enfrente. Clase aparte es la que conforman nuestros tristes políticos (noten ustedes la relación entre la falta de habilidad para expresar ideas, si es que ellas están, y el desastre que procuran), quienes parecen no pasarla nada mal mientras dan la cómica lingüística. La mayoría sólo dice lo que puede, muy pocas veces lo que quiere. Qué más da.
El trampolín que posibilita el hecho en apariencia comido y digerido que es la comunicación, eso que permite “decir y decirnos”, como afirmó alguna vez el poeta, parece que anda de lo más enfermo. La palabra, otrora cultivada con el exacto cuidado que significa saber lo que ella implica, hoy se la pasa huérfana de usuarios y aporreada de cabo a rabo. Basta con ver a un político morir en el intento. Vale la pena observar sus pataletas, preso de sí mismo en el intento de pegar un sujeto con un predicado.
A falta de lenguaje, por supuesto, sobran las telarañas. Será por eso que entre estos señores reina en estado puro el despelote. Será por eso.

6/14/2007

En la ducha

Metido en la ducha doy con la clave. A veces hace falta darse una vuelta y mandar a la porra eso que nos trae de cabeza, sobre todo cuando a eso se le antoja enmarañarse más y más al punto de lucir total extravagancia.
Y lo hice. A la porra fue a dar el socialismo del siglo XXI. Confieso que por un instante traté de hallarle explicaciones, insistí en darle un tiempecito, algo así como cuando alguien toca a tu puerta, justo a mediodía, y en vez de un portazo decides esperar unos segundos, con la secreta esperanza de que se largue ante la falta de interés. Nada. El vendedor, por supuesto, termina haciendo de las suyas. Por fin, entre el almuerzo y el teléfono que suena, cae un monolito hecho frase: “no estoy interesado”. El tipo de Rena Ware se lleva su música a otra parte.
Pero recordemos que me estoy bañando. Entonces resbaló otro monolito desde las alturas del champú: “revolucionaria fórmula rica en Biobalance Oil Complex”, todo lo cual, según dice más abajo en la etiqueta, viene aderezado con “Clean Exterd Silicons”. Eureka. Eureka, Eureka y mil veces Eureka. Que un líquido para limpiar el pelo sea un líquido revolucionario, a todas éstas, logró que frunciera el ceño. Pero lo otro, el Biobalance, el no sé qué Complex y para remate de males aquello del Exterd Silicons, la verdad es que fue la gota que derramó el vaso, además de la aclaratoria del misterio.
La revolución bolivariana tiene mucho de champú. El socialismo del siglo XXI, si a ver vamos, es primito hermano del Exterd Silicons, no sólo por lo revolucionario sino por lo estrictamente hueco. Tan hablachento es lo uno como lo otro. Echándole una mirada algo más profundilla, uno llega a la conclusión de que la publicidad es la madre de esta indigestión léxica. ¿Qué significan todas esas frases? ¿Qué traen a colación? ¿Qué sugieren o qué explican? ¿Qué denotan en el ámbito de los conceptos? Respuesta: nada en lo absoluto. Desde el horizonte semántico son disparates que se muerden la cola, es decir, no dicen media idea queriendo decir algo. Sirven, eso sí, para la venta. Suenan bien. Llenan con aire un vacío.
Pero hay más. El desabrido socialismo del siglo que recién empieza, frase monumental, punta de lanza a la hora de las loqueteras ideológicas, remolcó del sanatorio par de polizontes la mar de rimbombantes. El socialismo del siglo XXI se encaramó en la espalda dos chasquidos de la lengua, que a la sazón son la misma paja pura: "refundación" y "reinvención". A estas alturas, ya en bata, frente al espejo, cojo el cepillo y lo unto con dentífrico. Me doy cuenta de que aquél vino con cerdas nada menos que “Cross Action”, asunto sospechosamente legible en el mango de mi Oral B, cuestión que me pone los pelos de punta. Si no fuera porque el alto gobierno, pobrecito, va de mal en peor con eso de los espías, el terrorismo, el golpismo y el fascismo, comenzaría a darle vueltas a la idea del complot contra un simple ciudadano. Como la CIA es de oposición la enviaría al diablo desde ya. Pero la inteligencia gobiernera pudiera estar detrás. Son casualidades, comprenderá usted, para ser tomadas muy en cuenta. Primero el champú y luego el cepillito: la revolución metida hasta en el baño.
Pero a lo que iba: desde "refundar" la patria hasta "reinventar" la CVG, la champuceada de estos personajes, o sea, el dentífrico que se comieron tanto refundadores como reinventores, produjo efectos cuyo desbarajuste es a la enésima. Todavía giran fuera de órbita. Sin un mínimo cambio más allá de las palabras, juran por el Che, por Fidel Castro o por Mugabe, qué más da, cambiar la realidad. Entonces la inflación se viene a pique, el desempleo hace zas y coge su camino, el hampa agarra sus corotos, monta su cooperativa y se larga, todo gracias al inefable INE, ese Instituto Nacional de Estadísticas con el pelo muy aseado y los dientes pulquérrimos a fuerza de Oil Complex Biobalance y Cross Action de verdad verdad.
Acabo de lavarme los dientes y ya medio neurótico decido hurgar un poco más. Lo del complot y demás, aquello de que el Estado acaba por introducirse en tu closet o en tu baño, según totalitarismos tipo Cuba, exURSS o Corea del Norte, no es cosa de poca monta. Por no dejar examino el gel de baño, que tiene “esferas de vitamina A y E”. Le echo guante al acondicionador, que termina revelando su socialismo del siglo XXI como si nada, pues dice en la carátula que da brillo gracias al “complejo de Hidra-Silic”. Lo de complejo pasa, la verdad, aunque el complejo azucarero explota en plena cara, pero lo de Hidra es ya el colmo. Semejante monstruo sí que no lo aguanto en mi bañera. De la Schick Exacta, quién lo hubiese imaginado, afirma el cartoncito que llegó con “Micro cabezal”. Vaya usted a saber. Pero lo ya insoportable, el non plus ultra de la revolución globalizada cae en el desayuno, justo con el frasco de las vitaminas, potenciadas con “Glucosamine+Chondroitin Plus de FDC”. Esto sí que es socialismo dentro del socialismo, del siglo XXI y hasta del XXII. Lo endógeno endógeno que te alimenta en pastillitas. Al demonio.
A veces falta darse una vueltecita y mandar a la porra eso que nos trae de cabeza. Así es. Haga usted también la prueba.

6/06/2007

Sigmund Freud es el camino

Cada quien se cuelga de greñas freudianas para acercarse a lo que quiere. El universo de los anhelos es tan complejo como caprichoso, y ahí estamos para hacernos sentir: resulta que el ámbito de lo onírico nos trae como nunca de cabeza, al punto de que pegarse el premio gordo, el kino de las ilusiones, pasa por el tamiz del doctor Freud.
Y no es para menos, toda vez que a punta de inflación o desempleo cualquier ingreso explota en caída libre. Arañar por aquí y rebuscarse por allá es una modalidad que ocupa altos lugares en la cotidianidad, asunto nada desdeñable a la hora de buscarle explicaciones a tanto triple, boloñazo y otros juegos.
Pero Sigmund Freud es el camino. Desde que abrió el hueco por donde las antípodas -es decir, la consciencia y la inconsciencia- pueden finalmente darse el abrazo que las pone a merced de la razón, pues nada, basta con una siestecita para que muchos cubran de oro su futuro, o imaginen derrumbados todos los obstáculos. El dinero, mire qué cosas, espera a la vuelta de la esquina.
El mundo de los sueños es también el mundo de las nuevas esperanzas. Como sudar la gota gorda implica sudar la gota gorda, siempre es importante tener a mano el botón de acceso a la felicidad, que dicho sea de paso ocupa justo el tiempo de gritar bingo a mandíbula batiente. Soñar en clave de cheque es el mejor soporte, un colchón para que reboten las durezas de la vida.
Como para el creador del psicoanálisis los sueños consisten en realizaciones simbólicas de aquellos deseos ubicados en el cuarto oscuro, o sea, en el inconsciente, soñar es darse de nariz nada menos que con la concreción de lo que se desea, sólo que para ser desentrañada exige un aporte intelectual, un pelito de neuronas, pide a gritos que la razón introduzca sus pezuñas para que la felicidad reine cuando despertemos. Soñar con la vecina, con el gato y con un primo que no vemos desde los dos años, puede sugerir el cuatrocientos veintitrés. Roncar a pierna suelta y entrever a la tía Juana con cola de gallina y trompa de cochino, quién quita, da para pensar en el ciento veinticinco. Y así.
Con Freud a la vanguardia no caben medias tintas, la vida psíquica anda parejita con esta otra llena de cafés, corre corre y necesidades. Entre lo inconsciente y lo consciente, o lo que es lo mismo, entre el sótano y la azotea, median peldaños que terminan por darle forma a una escalera en caracol. Allá al fondo está su número. Ocupa la suerte el vaivén de sueño y duermevela. Mire usted, quién lo hubiera sospechado.

6/04/2007

No entiendo

Tengo un amigo autodenominado progre que acuchilla mi columna en este diario aunque afirma no leer jamás Correo del Caroní. Mi amigo progre odia el mercado, pero ha escrito libros y usted puede comprarlos en cualquier librería de este país. La otra vez, el amigo progre que prefiere un colectivismo porque sí a una economía menos dependiente de partidos y burócratas, olía a Santos, de Cartier, y se mostraba muy a gusto en el climatizado espacio de su Ford, cosa burguesa por antonomasia.
Lo peor es que mi amigo progre cree ser un progre. Ser progre, claro, a su juicio implica hablar bien de Fidel Castro, escupir la bandera de los gringos y gritar con ardor que la revolución bolivariana es la revolución bolivariana así como su progresía es su progresía. Mi amigo progre espanta la mala conciencia cada vez que pisa el freno de la Explorer en el semáforo donde habitan los waraos, para extenderles una mano progre a la que no le importa desprenderse del dinero que, total, es solaz para oligarcas y único alimento de capitalistas.
Mi buen amigo progre me mira con desdén. Y a veces incluso con lástima. Lo que escribo, afirma, no es más que “prosa occidental”, cuestión que me deja perplejo, o sea en el sitio, por lo traída de los pelos. Como si él fuera taiwanés. Dice mi amigo que la miseria y los más necesitados son la médula y el por qué de un gobierno que se debe a ellos, y cuando termina la frase remata con un rictus en la cara que supongo es tan progre como sus ideas. Entonces coge fuerza y empieza a hablar de las misiones, colmo de los colmos, a lo que interpongo de inmediato la nada progresista barricada de un partido de fútbol. Y así.
Mi amigo progre se siente feliz. Si por él fuera, la pompa de jabón en la que vive envolvería a la Tierra, asunto que hubiera terminado por hacernos más alegres, menos miserables, más sensibles y hasta más inteligentes. Una de las razones de su felicidad es que hoy en día aquí, lo que se dice en Venezuela, la gente sufre menos. Al pedirle las razones, empieza otra vez la misma historia, pero lo detengo en seco: justo cuando se dispone a hablar de las misiones grito goooool, y asunto resuelto. La vinotinto, por lo visto, sirve como tema progre en el abanico de las conversaciones políticamente correctas para un progre.
Las neuronas progres de mi amigo hacen sus sinapsis de manera sorprendente. La realidad que a cualquiera se le quiebra en el pescuezo finalmente pasa como anillo al dedo en su cerebro. Nada. Corrupción, inflación, manirrotismo o demagogia tuvieron fecha de nacimiento en aquel mundo contaminado que dieron en llamar Cuarta República, lo que ameritó a estas alturas fecha de caducidad, variable pero fecha al fin, sin que temblara ningún pulso: 2021, 2030 ó 31, qué más da.
Pero ya digo, mi amigo progre es un hombre feliz, bendito sea. Y bien intencionado, además. Se detiene en los semáforos para lanzar unas monedas, se entusiasma ante discursos del rollizo líder, jura que esta tarde o a más tardar mañana será la invasión yanqui, cuyo fin llegará pronto por mecanismos asimétricos. Cree religiosamente en la ruta de la empanada, del chocolate y del casabe. Yo no entiendo a mi progre amigo, la verdad. Sobre todo porque es más inteligente que progre, pero así es el mundo. Un progre de verdad es otra cosa, por supuesto. Sigo sin entender nada.

El obseso

Hay gente que se preocupa demasiado, y con razón. Existen otros que viven atacados por las penas, por las calamidades, y resulta que buena parte de sus tragedias ocupan sólo algún lugar extraño del cerebro, para el que lo imaginario, en este caso sentirse mal, preocuparse o volverse paranoico, es cosa de lo más normal.
El otro día vi a un tipo en la carrera Upata que es esclavo de sus obsesiones. Resulta que el señor, embutido en flux azul marino, pala en mano se ha puesto a hacer un hoyo cuya desembocadura, según él, lo arrojará a la China.
Luego de ver lo insólito por cualquier costado, aún después de que lo inimaginable se cuele por techos y ventanas -y uno ahí, acostumbrado a presenciarlo-, digo, luego de semejante arsenal, que un hombre enfluxado cave el hueco de su vida porque quiere ir a parar a tierras de dragones, tiene bastante sentido. ¿Asombrado?, vaya a la carrera Upata y ahí encontrará al individuo del que hablo, con su obsesión casi materializada. Y es que hay obsesiones de obsesiones. Unas son políticamente neutras, por ejemplo, mientras que otras llevan su carga de perjuicios, también políticos, que para qué te cuento. Las hay inocuas, muy deseables, porque sirven para pasar el rato, para distraerse en una cola en vez de estar mirando el techo, pero también pululan las verdaderamente patológicas, peligrosas por donde las mires, sobre todo aquellas que afectan a los otros en razón de que aterrizan en la arena pública vía abuso de poder. Pero decía que en la carrera Upata, a mediodía o atardeciendo, el obseso que nos toca ve crecer el hoyo que lo depositará en otros espacios y culturas según avanzan las semanas, y cada vez que mi esposa me pide que la lleve a Pórtico (muy cerca del abismo que les cuento) lleno de curiosidad observo al tipo que un buen día caerá de bruces al otro lado de este mundo.
-Buenos días
-Buenos días
-Trabajando, ¿no?
-Pues sí
-Yo también debería, pero me tomé unos minutos para ir con mi señora a Pórtico, usted sabe.
-Ahhh
-¿Y qué es lo que hace usted?
-Abro un foso que me llevará a la China, y usted?
Un obseso es sólo eso, un obseso, y si a ver vamos cada quien tiene su toque, no me lo vaya a negar. Recuerdo una etapa de mi vida en la que juraba, cada miércoles ya casi anocheciendo, que amanecería engripado. Apenas se hacían las seis comenzaba a molestarme la garganta, por lo que al día siguiente era un tirito al suelo que me despertara hecho un guiñapo. De modo que el obseso de esta calle tiene que ver conmigo, aunque la suya sea una obsesión geográfica mientras que la mía únicamente biológica, pero en fin. Estoy seguro de que usted también guarda sus cuentos, cosa además nada criticable, porque si a ver vamos de músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco.
El obseso de la carrera Upata y el obseso que a diario llevamos dentro se parecen bastante. Tengo unos amigos que juegan a los detectives y la obsesión consiste en creerse el asunto de pé a pa. Resuelven crímenes que para la policía resultaron ser unos cangrejos. Usted los ve como dos niños grandes, hurgando en las páginas rojas de los diarios, atando cabos, haciendo deducciones, y llega un momento en que Sherlock Holmes termina por ser un aficionado. Entre el obseso que llegará a la China, el otro que pesca resfriados semanales y quienes aclaran enredos policíacos al más puro estilo de Poirot, media un hilo delgadísimo, tan imperceptible como la obsesión que ahora mismo anda rondándonos la chirimoya.
Y cualquiera piensa que es un dechado de cordura. Viéndolo bien, en lo que a humanos respecta, da la impresión de que todo obsesionado vive en estado natural. Lo otro es locura pura, monda y lironda, eso que notamos en las calles o en la panadería. Creerse normalito, ajeno al diván y al señor Freud es la obsesión de muchos, diría yo. De la mayoría, claro está. Quién lo hubiera imaginado.

5/18/2007

Chuang Tzú, Borges y el señor Cortázar

Siempre he soñado. Desde que tengo uso de razón lo hago a diario, y por supuesto ha habido de todo: sueños de lo más hermosos, coqueteos con la maravilla hecha mujer -sólo por dar un ejemplo-, de los que al despertar queda un aire de cruda decepción, pero también sueños espantosos, pesadillas que literalmente me obligan a abrir los ojos envuelto en un estado de espasmo total, de miedo atávico, de sudores e insomnios que duran el resto de la noche.
Impulsado por la curiosidad, desde hace tiempo me dio por investigar el mundo de lo onírico. Me explico: porque me llama la atención que desde la infancia y hasta hoy haya soñado cada noche con puntualidad de reloj suizo, justamente por eso decidí averiguar el significado de los que en apariencia pudieran resultar más reveladores.
Para ellos, para esos sueños inquietantes, por supuesto, existe todo un mundo. Semejante propósito, el de estudiarlos con ahínco de entomólogo, implica sumergirse en teorías de diversas perspectivas, en horizontes que se pierden de vista, en concepciones una más atractiva que la otra. Desde el horóscopo tradicional, ese que conocemos por su presencia en revistas y periódicos de cualquier pelaje, pasando por la filosofía china y terminando en el psicoanálisis freudiano, mi interés fue llevándome a escudriñarlos poco a poco, a indagar en las posibles razones, y desde luego en las diversas explicaciones de cuanto me ocurría.
Pero confieso que nada sólido pude entresacar de mis andanzas. Ni de la montaña de libros consultados, ni de las horas entregadas a dialogar con entendidos sobre el tema. Nada logré y, en contrapartida, obtuve mayor desconcierto, frustración y decepciones. Los sueños, Segismundo, sueños son.
De entre los miles que he tenido, vale la pena sin embargo traer a colación sólo algunos que supongo podrán interesar al lector, si no tanto como a mí, quizás sí lo suficiente como para que prosiga con este fajo de cuartillas pegado de los ojos.
Desde hace cuatro o cinco años, cuando soñar día a día, como he dicho al comienzo, era para mí una actividad tan normal como ir al baño, mis sueños dieron un giro tan brusco como inexplicable y tan extraño como misterioso. Comencé al principio por experimentar cierta dificultad para dormir, cosa que jamás representó mayor problema en mí, salvo cuando había razones de cansancio, de preocupaciones o emociones muy intensas, que dicho sea de paso tampoco es que ocurrieran demasiado. Por lo general al cerrar los ojos dormía como un bebé. El cambio, sin embargo, empezó a darse justo en una noche de Navidad. Esa noche soñé mucho, muchísimo. Y entre otras cosas soñé con una sombra.
Era de mujer. Con absoluta nitidez en mi sueño se perfilaba una sombra femenina, no me pregunten cómo o por qué, a lo que se añadía una convicción tajante: llevaba faldas ni muy largas ni muy cortas, botas, y una especie de sombrero llamativo con una rosa acomodada al lado izquierdo. No más desperté salí a la calle, y debo decir que el más helado de los temblores me recorrió hasta las uñas. La mujer de mi sueño salía del café al que yo entraba.
No dejé de pensar en lo anterior durante todo el día. Estaba perplejo, no hallaba pie ni cabeza a semejante experiencia, lo cual me impidió llevar a cabo las actividades que normalmente emprendo sin perturbaciones, hasta que llegó la hora de acostarme. En medio de no pocos inconvenientes para lograr dormir, a menudo imbuido en el vaivén que implica estar entre sueño y duermevela, logré relajarme un poco. Otra vez soñé, como de costumbre, y lo hice con el mar. Soñé con agua, con costas, casi sentía el salitre en plena boca. Vislumbré entonces lo que supuse era una playa, y en efecto, al cabo de unos instantes pasó ante mí un sin fin de personajes variopintos, algunos echados sobre la arena, otros metidos en el agua. Vi a un niño caminando, de la mano de su padre. Al día siguiente, lo juro por lo más sagrado, ese chico atravesaba la calle, también tomado de la mano, a pocos metros de donde me hallaba.
El psicoanálisis, dice Nicola Abbagnano en su famoso Diccionario de Filosofía que me di a la tarea de escrutar en todas sus entradas y en cada uno de los términos relativos al hecho que se erguía ante mí, “es esencialmente una tentativa de explicar la vida del hombre”. Y los sueños, en fin y para no aburrirlos, “serían expresiones deformadas y simbólicas de los deseos reprimidos”. La verdad es que no dudo del bueno de Abbagnano, pero el carácter insólito de lo que soñaba carecía de explicación convincente si atendía sólo a sus palabras. Sentía abrirse un vacío, un abismo que al parecer no tenía fondo, lo que me llevó a continuar mi búsqueda acercándome a otras fuentes en procura de algo más de sosiego. Lo mismo sentí con cada escuela -los lacanianos son un desastre, déjenme decirles- a la que me aproximé con el propósito de dar sentido a cuanto me intranquilizaba.
Nada sucedió. Repito, no encontré ayuda en mis indagaciones, ni mucho menos solución alguna. Seguí soñando cada noche hasta el sol de hoy, pero con la diferencia de que en el presente me importa un comino quiénes se cuelen en mis sueños. A veces tengo experiencias cargadas de un humor espeluznante, como por ejemplo ayer mismo, cuando me topé con una amiga que hacía más de veinte años no veía. O eso creía yo. Escudriñaba artefactos en una tienda de electrodomésticos en la calle Miranda de Upata y era ella, juraba que era ella. Al entrar al local, saludarla con efusividad y luego de una amplia sonrisa estrecharle la mano y abrazarla, la pobre comenzó a gritar histérica, golpeándome a la vez con un paraguas que llevaba entre las manos. Aparte del extremo patetismo de la escena, ya recuperado de la vergüenza y habiéndome excusado muchas veces con la asustada mujer, llegué a la conclusión de que la tal señora no había existido antes salvo en el mundo de lo onírico. De ahí creí conocerla, claro.
Cansado de los chascos, de las equivocaciones, de la confusión inmensa que me producen estos sueños mezclados sin pudor con la vida real monda y lironda, hoy por hoy paso por alto lo que veo en ellos, usted sabe, para evitar males mayores. De cualquier modo, no dejo de preguntarme en ocasiones qué significarán, qué querrá decir ese universo que nace de mis entrañas inconscientes y por qué me ocurre todo esto. Con el tiempo fui perdiendo interés en el asunto, pero, comprenderá usted, es que de vez en cuando me muerde el gusanillo de la duda, me invade la incertidumbre y la curiosidad, y siento ganas de lanzarme otra vez a buscar ciertas respuestas. Pero en fin, sueño con algo, con alguien, y ese alguien termina a mi lado en la panadería, pidiendo una canilla y una lata de refresco. ¿Qué más da?, la realidad es tan enigmática como los sueños mismos, y si a ver vamos, uno nunca sabe si de verdad está despierto o continúa como un lirón, roncando a pierna suelta. Me sirve de consuelo, eso sí, una vieja conferencia de Jorge Luis Borges que atesoro desde hace meses, pronunciada a propósito de la literatura fantástica -especialidad que cultivó con maestría- y en la que en un pasaje se refirió a Chuang Tzú, según sus palabras místico chino del siglo V antes de nuestra era: “Chuang Tzú soñó que era una mariposa, y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre”. Como para caerse de culo. A lo mejor la realidad es esa otra, la que irrumpe a la hora de dormir, y esto de ponerme a teclear para decirle a usted lo que llevo dicho hasta ahora es un sueño que ni modo, terminará como si nada, como finalizan ciertos sueños de un momento a otro: pellizcados, acabados, en la ducha y en pos del desayuno. Ahí está Cortázar y La noche boca arriba, verdadera obra maestra, sugerente como el señor Tzú. ¿No ha leído aún ese relato?, ahí hallé mucho de lo que ahora sirve para mitigar la incertidumbre, esclarecer el pensamiento y aceptar la realidad sencillamente como lo que es: un todo que trasciende lo evidente, lo percibido de la epidermis para allá. Qué horóscopos, teorías freudianas ni qué ocho cuartos. Para variar, con razón el mismo Borges llegó a escribir: “mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de ella, que va siendo ya lo mismo”. Cuánta verdad en esas líneas. ¿Por qué continuar buscando más?.

5/03/2007

Un hombre feliz

Subía yo por la avenida 4 cuando me percaté de que no tenía cabeza. Así como lee: no tenía cabeza.
En un primer momento, comprenderá usted, el susto fue mayúsculo. No daba crédito al reflejo que arrojaban las vidrieras cuando pasaba frente a ellas. Tenía ante mí un tronco, un par de piernas y unos brazos moviéndose acompasados, pero sin la presencia de esa protuberancia unida al cuello adonde van a parar nariz, ojos, orejas y rostro.
Sentía mi corazón como una máquina a punto de estallar, algo parecido al ruido que emiten los carros descompuestos, casi desahuciados por el uso y el abuso. Mi corazón iba a salírseme del pecho, por lo que tomé la decisión de detenerme, justo frente al gran espejo de Farmatodo, y aspirar profundamente el aire que a todas luces me faltaba.
Me pellizqué, me froté la cara con las manos, y fue entonces cuando comprendí que era definitivo. Me había transformado en poco menos que un engendro. Lo que llegué a contemplar, incrédulo y estupefacto, era un monstruo. Decir que me froté la cara con las manos es decir una mentira, claro. Por mucho que intenté dar con ella, con eso que pierde relevancia para la conciencia por tratarse de una presencia tan natural como el hecho de tener pulgares o vellos en la piel, precisamente por eso, únicamente atiné a lanzar brazadas que se ahogaron en un vacío que fui incapaz de explicarme por más vueltas que le di al asunto. No lograba controlar las piernas. Sentí náuseas. Lloré. A todas éstas, lleno de pánico e impresionado a más no poder, a punto de perder el juicio, pensé en examinar mejor mi situación, intenté ganar algo de calma para luego analizar con mayor detenimiento todo cuanto me ocurría. La calle no se me antojó el mejor de los lugares para un examen a fondo del sitio de mi anatomía en el que debería hallarse mi cabeza. Fue cuando pensé de pronto en Jaramillo.
El viejo Jaramillo tenía un café sucio, mal iluminado y peor ventilado, justo a pocos pasos de Farmatodo. Bastaba cruzar la calle, bajar unos metros en dirección al viaducto de la 26, y entonces darse de bruces con el lugarejo, que dicho sea de paso carecía de nombre, de letrero que fungiera como identificación, de algo que al fin y al cabo pudiera servir de gancho llamativo a la hora de atraer posibles clientes. Jaramillo tenía su cuchitril casi al lado del Santa Rosa, otro café, pero éste sí, uno de ésos como Dios manda, saturado de coquetas, pulquérrimas mesitas dispuestas en hileras con manteles impecables y oloroso a grano colombiano, recién molido y listo para ser utilizado. Pero no nos dispersemos. La cuestión es que se me vino a la mente (iba a decir a la cabeza, qué ironía) Jaramillo porque en el baño de ese antro había un espejo que me serviría. Decidí encerrarme para escudriñar mi cuerpo sin molestias, sin transeúntes.
En efecto, llegué al café de Jaramillo, un viejo cascarrabias, inteligente y buen conversador (¿qué más puede uno exigir cuando se dispone a disfrutar de un marroncito?) y en la desesperación casi dejo las sienes en la puertecilla del baño, cosa de lo más curiosa, porque aún sin el menor rastro de cabeza encima de los hombros, actuaba, pensaba y podría decirse que hasta sentía como si dispusiera de ella. Gracias a Dios no había nadie, por lo que giré apurado el mango y me introduje, sintiendo otra vez el corazón en la punta de la lengua. Ya adentro me aflojé el nudo de la corbata, tiré el maletín a un lado, coloqué el manojo de carpetas, cuadernos y otros documentos encima del lavamanos e intenté verme de frente.
Nada. No había nada. Un golpe de desánimo me acribilló el pecho. Sentí las lágrimas brotar otra vez, el cosquilleo sutil en su camino cuesta abajo a través de las mejillas. Entonces traté de consolarme de todas las maneras imaginables. Por último, recé un Padrenuestro, luego un Ave María, los que de algún modo actuaron como apaciguadores: el efecto hizo que pensara con algo más de nitidez, al punto que reconsideré mi estado, no tan perdido ahora como supuse en un principio.
Pensé en Kafka, en el pobre Gregorio Samsa convertido de buenas a primeras, sin ninguna explicación, en un vulgar bicho, en insecto repugnante. Pensé además en las historias de Indias, esas leyendas y cuentos inverosímiles que había leído con fruición desde mi época de estudiante en esta misma ciudad. Como si presenciara una extraña proyección cinematográfica, para mi asombro y sin el menor asomo de dificultad, vi con claridad las enigmáticas ilustraciones de un libro que prácticamente había olvidado, uno de Mandeville en el que seres descabezados habitaban la antigua región guayanesa más allá de los tiempos prehispánicos y hasta la llegada de Colón. En lo que hoy es Venezuela Walter Raleigh supuso haberlos encontrado, según lo refiere un estudioso de seriedad incuestionable como Vladimir Acosta en su edición de El continente prodigioso, llevado a la imprenta por la Universidad Central de Venezuela. Un prodigio, eso era. Y un prodigio, pues, acabó siendo mi nueva realidad.
Me sentí perseguido, expulsado de un imaginario medieval que, más que imaginario, resultó una concreción verídica, tan real como el hecho de que hoy en día sea un hombre sin cabeza. Mi condición y el lugar de donde vengo no dejan lugar para la duda, lo que trae a cuento cierta pesadez, cierta irresoluble confusión, típica de las cosas que están ahí, que existen, que te agarran por el cuello y te obligan a fruncir el ceño, pero que no comprendemos ni podremos entender jamás del todo. Yo encarno el paso de una realidad a otra que antes sólo vislumbraba en las ensoñaciones de Julio Verne, de Salgari, de H.G. Wells en sus mejores obras, y tal verdad me alegra de una forma indescriptible. Como por acto de magia se esfumaron los temores. El acéfalo que desde ese mismo instante acepté ser vive ocupado en otras cosas, tan o más interesantes, e incluso fascinantes, que las ejercidas por un sencillo profesor universitario, ocupación que era mi oficio hasta aquella fecha memorable, al punto de que en el presente resultaría terrible, impensable, muy triste además, retroceder a mi antigua vida, tan mediocre, tan gris, tan predecible, tan llena del lugar común que define por antonomasia a los humanos. Esta es mi historia, y es una historia de alegrías. He logrado ser, qué duda cabe después de tantos años, un hombre feliz.

4/25/2007

El gordo Herrera

El tuerto Rojas y el gordo Herrera vivían en el pasado. De niños el tuerto no era tuerto y el gordo era flaco como un silbido, pero ya se sabe, los años procuran cambios e incluso, a veces, obran milagros.
En la posada de Irina, lugar donde hicimos nuestro nicho en buena parte de la vida universitaria, el gordo Herrera ocupaba la habitación contigua a la mía mientras que el tuerto Rojas dormía enfrente. De ambos guardo los mejores recuerdos, aunque uno de ellos resulte en extremo fascinante.
Un día el gordo no llegó, lo esperamos como de costumbre el tuerto y yo para fumar unos cigarros, hablar de Borges, de Cortázar, de música, de mujeres y empujarnos unos rones, pero no llegó esa noche. Ni la otra. Ni tampoco la siguiente.
-He encontrado el amor de mi vida -dijo tranquilo a su regreso-.
-¿El amor de tu vida? -preguntó el tuerto fingiendo desinterés-.
-Pues sí, el verdadero, el único y eterno amor de mi vida -respondió el gordo de lo más convencido-.
-Lo que vas a encontrar es una coñacera de mi parte si vuelves a asustarnos así, gordo hijo de puta -mugió Rojas sin considerar quién pudiera escuchar sus alaridos y sin importarle la cercanía de doña Irina-
El gordo Herrera era así, enamoradizo y, en el fondo, ingenuo hasta reventar. Cierta vez se aturdió por una chiquilla de Alta Vista, hermosa por donde la miraras, pero demasiado para un gordo sin nada que ofrecer en esta vida, según comentó ésta a Rosa Delfina Córcega, amiga, exnovia y compañera de universidad del mismo gordo. Pasó ocho días encerrado, cuatro sin comer, tres sin probar agua, y al noveno salió como una tromba de la habitación para convidarme a mí, y por supuesto al tuerto, a que lo ayudáramos con ese despecho que le comía el alma. Tres o cuatro bares de Castillito resultaron suficiente: al día siguiente el buen gordo, aparte de una resaca monstruosa, juraba haber rejuvenecido. La chiquilla de Alta Vista no era más que un recuerdo hecho cenizas.
Por lo visto, parece que la historia se repite. El gordo ama con desesperación a Laura González de Alcibíades, casada como podrán notar, única culpable de su taquicardia permanente, de su falta de apetito, de sus desvelos cotidianos y de sus ensoñaciones infinitas. Laura González de Alcibíades es el amor de su vida, no se cansa de repetirlo adonde quiera que va, y ya no hay fuerza sobre este mundo capaz de arrancársela del pecho.
Se lo dije una vez, y otra vez y otra:
-Gordo maricón, déjate de ésas, búscate una menos enrollada. Búscate una ninfa de la universidad, solterita, o a lo sumo deslumbrada por un patiquincito con Ford Fairlane y chequera. Búscate una lechuguita fresca, una tierna, una carajita que esté como Dios manda, una mamita, pues.
Si hay alguien terco en esta vida, ese es el gordo Herrera. No, por supuesto que mandó para el carajo toda intromisión, cualquier palabrerío en contra de una hembra llamada Laura González de Alcibíades, casada, sí, pero la verdad sea dicha: un hembrón, compañero (la vi de lejos días después, cuando el gordo quedó en encontrarse con ella al salir de la Unexpo). Un hembrón que daba al traste con la lógica y la sensatez, con el más mínimo sentido de la prudencia y la sindéresis. Una hembra fértil, con las feromonas a tope, con esas piernas de infarto y unas tetas, caballo, que en vez de tetas parecían las almohadas del paraíso.
Cuando cayó al pavimento, estoy seguro de que el gordo Herrera sólo pensaba en su Laurita. Imagínense ustedes, en pleno siglo XX un enamorado muerto de un pistoletazo por retar al otro a duelo. Así como lo leen: el gordo Herrera cayó, pum pum, largo a largo porque el señor Alcibíades desenfundó primero.
El tuerto Rojas no ha dejado, aún hoy, de hablar de aquel asunto. Fue él quien apoyó, sin un ápice de duda, al gordo en su locura. El tuerto Rojas despachaba con voracidad, olvidé decirlo antes, cuanta novela, tratado o pasquín del romanticismo europeo y latinoamericano cayera entre sus manos. Nerval, Isaacs, los autores franceses y alemanes. Eran su vicio incurable. El alma romántica y el sueño, la obra maestra de Albert Béguin, figuraba entre las lecturas obligatorias que con placer ocupaban sus energías y su tiempo. Fue un aficionado empedernido a la noche, a los tugurios, a los libros de corsarios y de mosqueteros, por lo que la idea del gordo Herrera le pareció desde el principio una manera sublime, hermosa a más no poder, de resolver el nudo amoroso que no le dejaba paz. Recuerdo que el Correo del Caroní informó lo ocurrido con apego a los hechos, pero sin mencionar lo principal: se trataba de un muerto por amor, por enredos pasionales, sí, pero era un muerto del siglo XIX, un romántico enloquecido que mordió el suelo de la calle China, en Villa Asia, a las tres de la mañana luego de que un proyectil le atravesara de cabo a rabo el cráneo. Alcíbíades no tuvo otro remedio. Cogió el arma que el tuerto Rojas le ofrecía, un 38 cañón corto que descansaba sobre un cojín rojo y pequeño (lo de “desenfundar” fue sólo un decir), y obligado por el mismo gordo, por el tuerto y por mí (lo habíamos secuestrado y obligado a atender, prácticamente a golpes, el reto que dos días antes le había lanzado el pobre Herrera) tuvo la habilidad, el tino, la suerte o qué sé yo, de poner la bala donde puso el ojo.
Así fue como el gordo se quedó para siempre en el pasado. Vivió en el siglo XX, desde luego, pero era un ser de otros tiempos, un personaje que parecía sacado de una novela de Dumas (quién quita si el mismo Dartagnan, vaya usted a saber). Lo cierto es que el gordo Herrera cayó fulminado a las tres de la mañana, pero con las meras tetas de su Laura encajadas entre ceja y ceja, no faltaba más. Después de eso, claro, la vida siguió como si nada.

3/26/2007

Naturalezas muertas


Siempre he preferido la vida. Será por eso que no logro explicarme la pasión de un amigo por coleccionar mariposas, clavaditas ellas y demás con alfileres de colores en el fondo de una caja que huele a naftalina.
Mi buen amigo afirma que es naturalista. A todas estas, me pongo a pensar en semejante adjetivo, que tiene mucho de jactancioso, y sólo vislumbro a un tipo que va a La Llovizna a merodear, come galletas Kraker Bran y sacrifica mariposas cuyas alas extiende, cuales trofeos, en su particular cementerio de animales.
Mientras escribo recuerdo instantes de mi infancia, flashes que llegan a la memoria como martillazos, secos e intensos, y me veo comprando barajitas. La naturaleza, que de niño suponía, y por fortuna supongo todavía, impregnada de sol, aire libre, montañas azules y mariposas zigzagueando sobre el pasto, si a ver vamos cabía en cromos que irían a parar, obviando alfileres de por medio, en el santo lugar de un álbum de figuritas. Nuestras colecciones eran eso: el dibujo o la fotografía que enseñaba las fauces de un león o el cuello ridículamente inmenso de alguna jirafa. Menuda diferencia con el naturalista de marras.
Pero mi amigo tiene sus ocurrencias. Una de ellas es que el cementerio sirve para conocer mejor a esas criaturas. Dígame usted. Yo solamente frunzo el ceño. No sé, huele muy mal tamaña justificación, tiene pinta de una excusa como otras. Lo cierto es que la caja que huele a naftalina ocupa lugar privilegiado en la sala de su casa, y como un florero más, o una pintura o una obra de Lladró, pasa los días expuesta a la mirada de curiosos, de gente que ve en la crucificción de mariposas un exotismo digno del naturalista que traga Kraker Bran, quiere a los perros como a nadie y apoya con vehemencia el protocolo de Kioto. Me da por pensar que a estas alturas mi amigo, más que un inocente amante de lo natural y otras cantaletas por el estilo, tiene cierto parecido, por eso de asesinar en serie, con el más famoso entre famosos, con el señor Jack, el mismísimo Destripador.
Repito, siempre he preferido la vida. Entonces tengo la impresión de que una mariposa o un saltamontes o un batracio, incluso una sanguijuela, son milagros que aporrean los ojos precisamente por milagros, por chorros de vitalidad, y ahí están, al alcance de la mano. Así como un poro de la piel, en su humilde existencia, en su aparente insignificancia, encierra nada menos que una clase magistral de poesía, cualquier mariposa es un soneto gongoriano volador, una pieza literaria alada, un aria de cualquier ópera que se respete incrustada de pie a cabeza en pocos milímetros de colorido y perfección, por lo que destriparla vía alfileres me parece la barbarie personificada en naturalista más que degenerado. En fin, cada loco con su tema. Unos atraviesan cuerpos vivos para satisfacer afanes decorativos en los salones de sus casas, y otros se meten a vegetarianos. Mire usted, vaya que hay de todo. Mi amigo naturalista jura por su madre que es amante de la naturaleza. El otro día me hizo llegar un documento para que lo leyera y suscribiera, contándome entre “los abajo firmantes”. Una proclama a favor del morrocoy guayanés, que está en vías de extinción y blablablá. Su rúbrica encabezaba el manuscrito, seguida de otras, supongo que de naturalistas y no tan naturalistas. Firmé, claro, y luego me encogí de hombros. Una certeza atravesó mis neuronas: el buenazo de mi amigo, por más firmas en comunicados o palmaditas que dé a sus perros antes de salir para el trabajo, es un verdadero amante, sí, pero de las naturalezas muertas.

3/06/2007

Neuronas y páginas

Entrar en una biblioteca es como pasear por un cerebro humano. Anaqueles, obras y autores dan la impresión de formar cierto orden bien pensado, un cúmulo de experiencias tales que da cuerpo al puñado de ideas que son el recinto donde se hace tinta y página la aventura intelectual del bicho humano.
Cada vez que pongo el pie en una biblioteca, desde la mía hasta la última que he visitado en estos días, no deja de colarse el temblorcillo que se siente cuando reconocemos estar frente a una incógnita de proporciones importantes, ante la idea de que un misterio vive ahí desde hace siglos. Dándole vueltas al asunto, entre dudas que van y encogimientos de hombros que vienen, me doy cuenta de que una biblioteca se parece mucho a esa entraña que algunos usan para pensar (bueno, otros no tanto y otros nada en lo absoluto) por eso de que en ella abundan, diría que casi como en nosotros, contradicciones increíbles, rarezas de lo más llamativas, y pastiches, ensaladas, menjurjes cuyo trasfondo resulta ser uno y el mismo: las ideas.
Dice la lógica que la caja craneana del bípedo implume no es un saco desfondado al que van a parar tales ideas (aunque a veces sí), ni la habitación patas arriba de un adolescente poco dado a las escobas o a la cama tendida (aunque a veces también). Esa misma lógica, con rigor de matemático enclaustrado, se respira de buenas a primeras entre los pasillos, entre los estantes de una biblioteca, al punto de hacerse tan pesada que casi se podría tocar. Es la lógica del orden, de la organización, del viaje cultural planificado que parte de la A y finaliza en la Z. Entrar en una biblioteca, repito, es como pasear por un cerebro humano, y esa tarde de aventuras trae sorpresas de la mano, pues aquella lógica aplastante en más de una ocasión empieza a desandar caminos y a tomar atajos, callejuelas semioscuras, vericuetos menos claros para la razón.
Como en los quehaceres neuronales, el bosque de libros formando pasillos hace sinapsis, conjuga a la perfección temas, zonas del conocimiento, épocas y autores. La biología del cerebro y la sociología de una biblioteca bailan pegaditas el bolero donde en más de una ocasión saltan chispas, las mismas producidas cuando a partir de una cartografía milimétrica (mapa de la biblioteca ideal) asoma el cuerpo de lo contradictorio. No olvido un título hallado mientras hurgaba en la biblioteca de mi pueblo (“Cómo enseñar a pensar”), ubicado con exactitud al lado de otro cuya existencia se me antojó su antípoda: “La muerte de la razón”. Ambos, así como si nada, vivían sus existencias recostados el uno contra el otro, abrazados, diría yo, en medio de tamaños mundos excluyentes.
Pero eso no era todo. Con sólo avanzar unos pasos y echar la vista a un estante escogido al azar, “Desarrollemos la lectura” brincó cual liebre para de inmediato darme de nariz con “Adiós a los libros”. ¿Quién entiende tal saco de gatos?, ¿desarrollar lo que unos centímetros más allá muere en la despedida de los textos? Para remate, las contradicciones no se quedaron en contradicciones. Hubo más: todas las rarezas ganaron figuración. Así, entre sorpresa y sorpresa me vi de frente con “Aprendizaje mediante el retroproyector” (¿todo un libraco para semejante propuesta?), y además me saltó encima el colmo del surrealismo hecho sección de economía: “La administración de lo absurdo”. Como podrá usted suponer, lo anterior, aunado a “Hágase rico en ocho días” produjo fuego: tal mescolanza dio sus frutos, es decir, el mundo parado de cabeza que era esta biblioteca en la que convergieron, como en el Aleph de Borges, las más disímiles obras del pensamiento humano sin distingo, orden o sistematización alguna, entreveradas y fundidas en un solo punto que las contenía.
Sobre “Aumente su autoestima y transforme su vida”, agarradito de la mano con “Los orígenes de la civilización”, el clásico de V. Gordon Childe, tan historiador, tan erudito, tan British Academy, no pretendo pronunciar palabra. Así como un ser vivo es atacado por la esquizofrenia, ciertos desequilibrios siembran de cortocircuitos esas mentes silenciosas, polvorientas, denominadas biblioteca. Los pies en la cabeza, la chicha con la limonada tiene sus vías de aparición, y entre la materia gris que nos define y una sala atiborrada de libros note que la distancia es micrométrica. Entrar en una biblioteca, por supuesto, es como pasear por un cerebro humano.

2/24/2007

El derecho y el revés

Llegué temprano, coloqué el reloj encima de la mesa y procedí a desvestirme. Primero me recosté para revisar los documentos del servicio que debía entregar al día siguiente, luego apagué la luz, dejé los zapatos a un lado de la cama y me dispuse a dormir.
Del suelo escapó un destello borroso, una fosforescencia que producía paz. A la derecha unos arbustos, casi invisibles, y lo demás un desierto apenas roto por nuestra presencia. Noté que tenía fiebre; pensé en la vieja, que se había puesto a la orden. No le di importancia pero temblaba; sudando me levanté, envuelto en una sábana me deslicé hasta el armario y al azar, aprovechando la luz que entraba por la ventana, encontré dos cobijas, una encima de la otra.
Ella apareció con su bolso de piel, dentro de ese vestido negro que la hacía lucir mejor. Le pedí perdón, no el perdón de los hombres sino ese que piden los niños, de una vez y para siempre. Me miró con extrañeza, como si fuese la primera vez. Podría jurar que era ella. Cristina, ahora con la boca de rojo, con ese cuerpo de hoja. La recordaba bien desde mis años en la escuela, desde mis once años que no impidieron una declaración de amor, ni un beso imaginario detrás del muro del colegio. En el patio, a esas horas después de clase yo me entregaba a la tarea excitante de observarla, de seguir el paso de sus ojos que a veces se topaban con los míos.
Me cambié de posición, pasé la punta de la sábana por encima de la frente y limpié el sudor. Lo salobre me llegaba hasta los labios; me dolía el cuerpo. Tomé sus manos, sentí sus dedos afianzándose con fuerza como en el intento de que el silencio hiciera lo demás. El sudor era mayor, el silencio absoluto me tragaba por entero.-Siempre he dicho que no existe el absoluto-, pensé.
Volví a secarme, cerré los ojos otra vez y deseé estar con ella, quise morir y regresar a una época de cosas imposibles hoy, porque la edad es el freno de la claridad y la imaginación choca contra un muro demasiado real. Corría hacia la sala de canto, usaba el uniforme violeta con la M.I. de “María Inmaculada” prendida sobre el bolsillo izquierdo de la camisa. La vi entrar por el pasillo de paredes verdes, con el pelo alborotando su imagen de disculpa, de pronta incorporación a la faena. Ahí estaban las canciones que después acabarían en la misa del domingo. Me miró de frente, no hizo más que sonreír.
Grité su nombre en la calle, alteré la tranquilidad de una esquina para llamar su atención en medio de la gente. “Historia de ayer” fue la película del día, a ella le hizo gracia pero a mí me dejó el sabor de un tono empalagoso, de novelas de amor como las que papá grande leía después del noticiero de las cinco.
La sed demasiado brusca, el calor, el corazón perfectamente audible: tactac, tactac, tactac. Me solté una cobija, el gato se callaba por momentos para reaparecer con la fuerza del primer maullido. Decidí ladearme hacia la izquierda y encontré en su rostro un barniz rosado, con el brillo opaco sobre los labios que dejaba traducir la osadía heroica de los quince años. El cuaderno de Latín, la pizarra sucia de polvo blanco que presenció mis sobresaltos, mis nerviosismos disimulados a medias y que ella gozaba hasta decir basta. Le entregué el poema que hablaba de las rosas rojas, de las rosas blancas y de las rosas como ella. Lo escribí en una noche. Como siempre ella rió. Con lentitud pasó la vista por encima del papel y luego lo dobló con suavidad, hasta dejarlo entre las páginas de un libro. Luego supe que dormía con él debajo de la almohada y que lo mostraba a las amigas de la escuela.
Me incorporé sorprendido por las náuseas. Palpé varias veces el cuello para percatarme de la fiebre. Estaba mejor, al menos no había frío. La sed persistía aún pero fui incapaz de levantarme; preferí la seguridad de mi cobija.-La vida es un inmenso helado-, comenté.-De mantecado-, agregó ella.
Estaba en casa, había regresado. Ya en la habitación recordaba esos gestos que volcaban mi atención en todo momento sobre ella. Llegó a decirme, como si de una sagrada confesión se tratase, que la poesía era una vaina extraordinaria. Me dijo que de grande seríamos poetas, eso sí, poetas de pluma, de libros y de vida. Que el mundo de las cosas era la equivocación más grande y que por eso se quedaba con lo otro, con lo que prefería no explicar porque yo a lo mejor no entendería.
Sentí náuseas nuevamente, mucho más fuertes esta vez. Llegó a mi boca ese sabor ácido y amargo de la bilis; lo intenté dos veces y no pude. Saqué los brazos de entre la maraña de trapos: cuatro y cincuenta. El auto se detuvo frente a la casa de mis padres y percibí la lluvia suave, mágica, como una piel por encima de las cosas. Ella cuidaba de la abuela. Sus manos delgadas, muy delicadas, sostenían la taza de café que extendió para ofrecerme. El chico lloraba y dijo que lo llevaría al doctor, que la fiebre lo atacó mientras dormía.
De un salto me deshice de las sábanas. Medio aturdido, busqué en el piso con los pies y encontré las pantuflas debajo de la cama. Había amanecido por completo. Fui al baño, no quise afeitarme porque no me sentía del todo bien, cuestión evidenciable en unas ojeras muy marcadas. Luego abrí el chorro de agua tibia para limpiarme los dientes. Sonó el teléfono y Cristina, mi mujer, llamó desde tan lejos para hablarme de otras cosas.

2/14/2007

Algunas veces el cine

En el intento de arreglar, ordenar, propiciar un sentido, se nos acaba la existencia. Dar con algo, perpetrar un hallazgo, es la meta por excelencia y la razón que mueve al hombre a emprender grandes o pequeños desafíos, cotidianas luchas contra molinos que cada quien enfrenta a su manera.
Mientras esto ocurre descubrimos e inventamos formas para llegar, mecanismos de aproximación. Eso que llaman “la vida”, con su sociedad a cuestas, viene a constituir una "realidad segunda" en la que nos enredamos y en la que cabemos a medias (la "realidad primera" es nada menos que el horizonte vislumbrado desde el presente que nos luce incompleto). Vinculado con lo que representa la conquista de ese horizonte se alza el secreto del largo devenir del hombre, de su tremenda y personal historia: ahí, en el intento únicamente humano de ordenación consciente, se afinca nuestra posibilidad de éxito.
Una de esas búsquedas, de esos ensayos consuetudinarios, se produce en mí ante una escapada al cine. Hacerlo es una forma, entre muchísimas, de hurgar territorios. Lo cierto es que en una película anidan esperanzas y concreciones: grandes las primeras, mínimas y escurridizas las segundas, pero siempre dispuestas en todo caso a ir al saco de las experiencias que nos afirman y nos muestran otros rostros y otras posibilidades.
El mundo del cine se parece bastante al nuestro, al que existe de la pantalla para acá. Pero no es el mismo, desde luego. Su realidad carece de la desorganización propia de la vida misma. Quizá es esta la razón por la que, en mi caso, lo cinematográfico conforme un material de búsqueda excelente (ya sabemos, cada quien tiene las suyas) y en ocasiones propicie además encuentros que marcan para siempre. El cine expresa una realidad en apariencia idéntica a la que nos rodea, a la que nos contiene, pero diferenciada (de ahí su grandeza, su condición de Arte) porque tiene pie y cabeza, porque posee un orden que nos dice algo. En ese mare magnum que es la vida, tal orden es lo que deseamos encontrar, el objeto de nuestra eterna indagación. Una realidad clave en cualquier proyección que se respete es nada menos que la sintaxis bien pensada, bien articulada, la vida estructurada que somos capaces de desentrañar en hora y media o dos.
Toda película es una manera muy particular de acercarse a una realidad determinada, es en sí misma también una búsqueda, pero con el aliciente de que guarda cosas para ser lanzadas a los cuatro vientos o, mejor, a alguien que de veras las pretenda recibir (fueron concebidas y realizadas en función de esta certeza). Al fin y al cabo, parafraseando un poco a Borges, cada película debe tener su espectador, aunque sea uno.
Ir al cine es correr tras la liebre saltarina de nuestras secretas esperanzas. El cine, mágico lugar que, en dos platos, para muchos no es más que una sala de proyección y punto, se erige en verdad como campo de batalla, como escenario donde se realizará una partecita de nuestra guerra personal por darle sentido al sinsentido, orden al desorden, significado a lo insignificante. No en balde la emoción atrapa desde el mismo instante en que decidimos ir, desde que empezamos a vestirnos, desde que compramos el boleto, desde que decimos sí al ritual de las cotufas. Encuentros y descubrimientos, diversión, hallazgos y acaso desencantos. Esa es la promesa que el cine arroja a quemarropa, válida opción, sin duda alguna, para armar posibles realidades, para acercarnos a un punto de llegada.

2/05/2007

Historia particular de una gaveta

En mi mesa de noche el tiempo se detuvo. El día a día, saturado de adrenalina, cargado de vértigo, sobrecalienta los relojes. Pareciera que la modernidad puso a sudar los minuteros, y en esa carrera, que poco tiene de olímpica, las cosas pasan, ocurren o no, siempre en brazos del fórceps que supone un quehacer jadeante, listo para la manzanilla, el valium o el lexotanil.
Pero mi mesa de noche es una realidad aparte, lo cual obliga a mencionar que, palabras más palabras menos, existen espacios desconocidos y extraños, sitios en los que el vacío absoluto cabe por los cuatro costados, sobre todo cuando vacíos de todos los pelajes andan muy de moda: vacío en los políticos, vacío intelectual, vacío social, vacío en las instituciones. Vacío, claro, lleno en mi gaveta de otras cosas.
Un objeto así, casi inefable pero sumamente útil, lo consigue usted en cualquier tienda, en cualquier rincón de esos dispuestos para venderle artículos de hogar, desde grifos o cerraduras hasta lámparas o juegos de cuarto. Semejante pieza cuyo único objetivo, cuya teleológica razón de ser, estoy seguro, implica engullir todo cuanto va engordando, todo cuanto abulta la lista de nuestras pertenencias no deseadas, o cuando menos postergadas, digo, semejante pieza abunda como si nada en la ciudad, en sus terrenales comercios, como abundan aquéllas menos elevadas, menos dadas a planos filosóficos vedados a gente tipo usted o tipo yo. Quién lo iba a decir.
Ayer no más, mientras buscaba un clavo de pared para colgar una litografía, la gaveta inferior de mi mesita fue el lugar exacto para hallarlo. Noté también que estaba una linterna vieja, con las pilas oxidadas, así como fotos donde aparecía muy joven y con más cabellos. Total, que mi gaveta es una caja de Pandora y vaya usted a saber qué encuentra uno en sus entrañas.
En ella entra el mundo por completo. Las pastillas para cualquier mal o el libro que está en cola; diez o quince bolígrafos viejos o un racimo de carnés vencidos desde el ochenta y cuatro. Qué más da, la gaveta de marras se las sabe todas, asunto nada despreciable cuando uno olvidó dónde puso el manual del DVD o las postales que envió el primo Francisco la pasada navidad. Una gaveta es el non plus ultra de los baúles sin fondo, la prueba palpable de una dimensión desconocida en la que hasta lo inimaginable tiene su lugar.
El otro día hojeé en una librería cierto libraco dedicado a lugares extraños, misteriosos, esos que según su autor pueblan la Tierra y en los que, sin esperar mucho, usted se da de bruces con un ovni, un bicho raro tipo yeti o un sencillo zombi. La verdad es que me vino a la memoria la humilde gavetica, desdeñada, tan poco dada a truculencias, a flashes, a aparecer en los diarios, a constantes tintineos de copas. Alérgica a las muchedumbres, encerrada en sí misma y con su enigma a cuestas, mi gaveta bien podría haber ocupado la primera página de aquel libro gordo dedicado a lo raro, a lo que hace fruncir ceños. En fin.
Pero una gaveta es una gaveta, claro está, y una mesa de noche se encuentra casi en cualquier habitación que se respete, diría yo. Tendrá usted sus historias personales, sus experiencias insólitas, no me cabe duda. En cuanto a mí, también encontré en ella un pedazo de melancolía, doblada en dos, y un trozo enorme de amor que alguna vez ya no sentí por un loro verdeazul que me acribilló con el pico. Vi de reojo algo de rabia, verde y maloliente, y hasta una sensación de desconsuelo por un incidente que no vale la pena referir. Mi gaveta es un objeto donde el tiempo se detuvo, sí. Ahora mismo tomo un poco de alegría y la guardo en ella, justo al lado de un almanaque de bolsillo amarillento y encima de unas llaves que de entrada no identifico, pero qué puede importar. Tendrá usted sus historias, desde luego. Seguramente las tendrá. Como ve, yo también tengo las mías.