Amar exige12/03/2011
Verbo
Amar exige12/02/2011
11/28/2011
11/22/2011
Punto de fuga
11/21/2011
El Chupacabras
Desde el lejano 1830, justo el momento en que nos separamos efectivamente de la Gran Colombia, iniciamos un camino que, según supusimos, nos llevaría a un futuro cargado de prosperidad y que, lo digo con tristeza, en el presente ha dado media vuelta (paradoja entre paradojas: nuestro “avanzar” desde hace tiempo enfiló hacia el pasado). Al intentar remontar, pues, el río de lo que hemos venido siendo, es importante empezar precisando que el comienzo del período republicano en nuestro país se caracterizó por el exacerbado culto de los personalismos, por el populismo desbocado en la clase dirigente, por las incontables rivalidades que no dieron lugar a la paz, a la reflexión requeridas para llevar adelante un proyecto de nación, y pare usted de contar. Los ideales de un Andrés Bello, de un Simón Rodríguez, habían sido lanzados por la borda. Pero si volvemos un instante al presente, a este minuto en la vida del país que tenemos, y nos preguntamos cuál podría ser el paralelismo de un día como éste, cinco de diciembre, en relación con el boceto ofrecido algunas líneas antes, sin realizar un gran esfuerzo saltará a la vista que (y nada más refiriéndonos al mundillo electoral), los principales contrincantes de la más vergonzosa batalla política se sustentan en idénticas actitudes, en idéntico piso, en el mismo espíritu.
Cuando en el siglo XVIII se experimentó un mediano crecimiento económico producto del aumento en los precios de los productos agrícolas (¡oh azar que siempre nos atiendes!), la deplorable e infortunada situación acaecida a partir de 1830 dio al traste con esta mejoría. Análogamente, hoy cinco de diciembre, mientras leemos la prensa, el desastre de gobierno que padecemos golpea con los pies lo que pudo lograrse en los tan cacareados cuarenta años. (Hay que reivindicar, y resulta urgente aclararlo desde ya, lo que conocemos, a falta de mejor nombre, como período democrático venezolano. Sólo una ignorancia atroz, criminal por donde se mire, es capaz de desconocer lo bueno que en él se generó, muy aparte de la asquerosa actuación que la mayoría de las veces protagonizaron los partidos políticos, sólo por dar un ejemplo de lo que podemos reprocharle).
Lastimosamente, todavía no rompemos con el estado de cosas que existía hace más de ciento cincuenta años. En esa época nos movíamos en el ámbito absoluto de las emociones: la gente de a pie, recién salida de una guerra independentista, sin escuela, sin formación, sin saber leer ni escribir, era manejada por el pequeñísimo número de líderes que para el momento mantenía el poder. Su razonamiento consistía en uno elemental: éste es bueno, aquél es malo. Éste me beneficia, aquél no me beneficia. No hay que esforzarse demasiado para darse cuenta de que también hoy, cinco de diciembre, mientras posiblemente disfruta usted de su café, el espejo de este viaje temporal nos devuelve la exacta imagen que a través de él reflejamos: unos personajes que sufren profunda falta de preparación, y que actúan, en general, bajo los impulsos del instinto. La ausencia de una educación política que funcione como debe ser (que, en fin, siempre ha sido el gran problema a resolver) nos aplasta casi tanto como antes. Manuel Caballero, en uno de sus muy buenos libros titulado “Las crisis de la Venezuela contemporánea”, expone que somos un pueblo culto. No estoy de acuerdo. Y no lo estoy sencillamente porque cuando lleguemos a ese nivel nuestras razones actuarán, y en mucha menor cuantía nuestras pasiones.
La retrospectiva encuentra ahora una de las esencias fundamentales que ha macerado, que ha labrado al quehacer político venezolano: el caudillismo. Si en el XIX se erigió, se fortaleció e imperó, tampoco en el presente ha desaparecido. Probablemente la figura del caudillo como fenómeno latinoamericano explique esa tendencia que mostramos en cuanto a la aceptación, casi siempre resignada, de un gendarme necesario. Cada quien, a su manera, lleva un caudillo adentro y este martes cinco de diciembre, del año 2000, es casi seguro que los más visibles (Chávez, Chávez, y más Chávez) saturan con sus miserias y ridiculeces las páginas de los diarios. Ellos personifican, de un solo golpe y como por arte de magia, la salvación misma; son los héroes de cartón que nuestra psiquis reclama, y para complacernos han transformado lo que son y lo que los rodea en la triste, pobre y perjudicial representación de un templete.
También, en el pasado postindependentista, vivimos tiempos de revoluciones. No sé cuántas se dieron en ese siglo (alguien ha dicho que una cada año y medio), pero lo cierto es que en el diciembre que transcurre no podemos negar la vendimia de una revolución que produce la más espantosa de las carcajadas. Consideremos, y dejémoslo hasta ahí, el parapeto de las Escuelas Bolivarianas y la farsa del Banco del Pueblo. De igual modo, las diferencias de clase estaban a la orden del día, el abismo entre ricos y pobres no podía ser más profundo. ¿Acaso en estos días no ha recrudecido? ¿Acaso la boliburguesía es un cuento de camino?
Así como antes encontramos refugio en la heroicidad del pasado, en el talante épico que una generación de hombres nacidos aquí gestó, hoy, cinco de diciembre, los bufones que gobiernan repiten el mismo hecho en el intento de velar y distraer la atención de la mediocridad y el hazmerreír que en poco tiempo han construido. Y así como antes fuimos tutorados por constituciones perfectas, pero siempre con el país a sus espaldas, diciembre nos sorprende sin la consecución de mayores y radicales diferencias. Nuestra constitución de estreno permanece en el hiperuranio, irrespetada hasta el cansancio, toda vez que el Presidente y su pandilla hacen con ella lo que les viene en gana.
Por último, el siglo XIX no deparaba crecimiento, esperanza de mejores condiciones de vida a la inmensa mayoría de la gente salvo que un golpe de suerte ocurriera (lo que los llevaba, en consecuencia, a probar fortuna incursionando en la revolución armada o en la aventura del oro que apenas nacía en las selvas guayanesas). La verdad sea dicha: hoy martes, cinco de diciembre, los venezolanos creen como nunca en el azar, en la astrología, en la ayuda que llegue desde afuera. No propiciamos, y por lo tanto no existe, una conciencia del trabajo creador, del sudor y del esfuerzo individual como la única vía para salir del foso en el que nos hallamos.
La capacidad que ha demostrado este gobierno para desaprovechar oportunidades doradas, para acabar con lo que encuentra a su paso, para dividir y fomentar odios de todo tipo, es sorprendente y más que peligrosa. Sorprendente por la naturaleza de Midas, de Rey Midas patas arriba, éste es un gobierno que todo lo que toca va a parar al basurero; peligrosa porque Chávez nos acerca, con el fuego de su incompetencia, nulidad y torpeza, a un barril de combustible. El monstruo, el mito de un ser que siembra la desolación, el Chupacabras del que hizo las delicias toda prensa amarillista que se respete, está de vuelta. Sí, el pueblo guarda sus verdades, deja al descubierto sus misterios, y en ocasiones a plena luz del día.
11/20/2011
11/18/2011
11/16/2011
Plegaria
Cultura Sónica
Hablar de educación supone mirar el alma humana. Desde que nació Occidente se ha pensado el hecho educativo a partir de ángulos diversos, pero siempre, no faltaba más, educarse y educar nos diferencia de un ser vivo a secas para acercarnos a la idea de individuo, cabal, civilizado, capaz de vivir en sociedad.Cuerpo adentro
Cae la lluviacae
alzo el rostro
se aplastan las gotas
contra él
una estrella
mil luceros
dos trozos de sol
danzan a lo lejos
tu lengua en mi epidermis
tus dedos
raíces caminantes
avanzan por mi espalda
bailan tap con mis cabellos
bebo un daikirí en tu lagrimal
me acerco
me acerco más a tus caderas
sueltas dos botones
oigo el click del sujetador
cremallera abajo
recorro justo la distancia
que va desde tu vientre
al punto Sur
meridional
de la Venus que
guardas entre piernas
entonces nos bebemos
jugamos al gato y al ratón
te muerdo despacito
y finalmente
en tus pozos y en tus pliegues
cae la lluvia
cae
sin que pensemos
nunca
en abrir nuestros paraguas.
11/15/2011
Mientras escribo
Estudio, leo un poco, intento escribir con los dientes, con los pies, con el sudor de los dedos una conferencia para mañana a las nueve aeme. Respiro, cojo aire, sí, respiro hondo, un tabaco, un café, pienso, respiro y pienso, doy vuelta a las ideas, las miro de reojo, me gustan menos. Escucho un clásico (http://www.youtube.com/watch?v=IlMmLWv8sNk) y otra vez a las andanzas, al golpe de las teclas y a ver qué aparece, cómo nace un texto, cómo coge cuerpo, acaso, lo que muy temprano va a ser pasto de los asistentes. Nocturno
11/11/2011
La vaca y el jugo
11/09/2011
¿Qué hubo, señor Gardel?
11/07/2011
Vasos comunicantes
Es curioso. Yo, que suelo cargar una caja de tabacos encima y encenderlos en cafés, con lecturas o escrituras de por medio, acabo de olisquear bocanadas que un señor entrado en años arroja desde la mesa junto a mí. El efecto ha sido arrollador.Pensé en mi padre. Me llegó “ipso facto” su recuerdo. Guardo una pipa que era suya y por bastante tiempo llevé conmigo, en la memoria, aromas de picaduras, de tabaco rubio o negro que él fumaba mientras conducía, mientras leía el periódico y a la vez yo lo observaba, niño aún, en esa especie de rito fabuloso que consistía en un puro goce: el placer de pensar y jugar con las volutas, con cada chupada, con las ideas que iban y venían al leer, al reflexionar frente al volante, en un silencio de a ratos fracturado sólo para dialogar conmigo.
Sentí el humo en la nariz y me fui a los setenta, a los ochenta, a los noventa, a días antes de su muerte. Ahora que lo pienso, creo que comencé a fumar puros nada más que por las ganas de escarbar en ciertas capas, por el deseo inmenso de redescubrir sensaciones asociadas con papá y que estaban ahí, en las raíces de mi memoria olfativa. Encender un tabaco y percibir sus olores desata un efecto-cascada de recuerdos, abre un baúl de imágenes que yo sé no voy a hallar de otra manera.
Respiro el humo de la mesa que está próxima a la que me sirve de trinchera y sí, pienso en mi padre, ya no como reacción instantánea sino a conciencia y a placer. Me hubiera gustado compartir con él un Partagás, un Cohiba, un cumanés, o extenderle aquellas cerillas de madera para que prendiera la carga de su pipa. La vida es un soplo y me doy cuenta, como tantas veces, de que también voy conociendo mucho más al hombre que no veo desde hace tanto, que no dejo de compartir a su lado aun cuando ya no está. Es curioso, pero recordar de esta manera implica que la memoria hace a fondo su trabajo, es decir, modela en el presente una figura, agrega un poco de esto o aquello y resulta entonces que mi viejo, por ejemplo, ha cambiado, va dentro de mí muy diferente a la última vez que caminamos juntos y charlamos, abrazado a esas conspicuas formas, caprichosas, entrañables, que el recuerdo y los años de ausencia van creando.
Lo imagino a mi lado, o frente a mí, en esta mesa de café, yo un amante de tantas cosas que él también amó, y me pregunto si podría verme en sus pupilas así como puedo vislumbrarme en los ojos de Daniel o de Camila, mis dos pequeños hijos. Creo que ser padre va siendo como ser hijo al revés, de modo que también me encojo de hombros al interrogarme sobre qué hallaría él en mi mirada. En fin. Lo imagino en toda su estatura, y me veo apenas un chicuelo, recitándole al oído aquellas frases que me enseñó a decirle, como un secreto entre los dos, en la primera infancia: “Je t'aime. Je suis ton petit garçon. Je t'aime beaucoup”. Lo imagino, lo escucho, también desde mi preescolar o mis primeros años del colegio, con su mal español, con todas esas erres arrastradas, desconcertado porque era increíble, absolutamente increíble que alguien pudiera hablar así, de una forma tan extraña, tan poco común, tan alocada y divertida. Lo imagino, ahora sí, desde el mesón en el que lucho con los deberes de segundo o tercer grado, fascinado, mientras él está al teléfono y habla con su hermana, la tía a quien yo todavía no conocía, en esa lengua deslumbrante, llena de sonidos que era música para mis oídos.
Lo imagino a mi lado, o frente a mí, en esta mesa de café y siento ganas de abrazarlo, un abrazo fuerte, gigantesco, abarcante. Luego, siento además ganas de besarlo en las mejillas, en cada una de ellas, como solía hacer conmigo en las mañanas. Después hablar, eso, conversar, conversar de mil asuntos, de tanta cosa que permaneció en el tintero, de tanta promesa que voló por los aires, de tantos planes y decires y cuentos que nos echamos sólo a medias. Diálogo sin cortapisas, claro. Nada nuevo, cosas que aprendí a su lado. Y entonces decirle te amo, te recuerdo, te llevo en los adentros. Mirar el reloj y acordarme de aquel verso de Cortázar: “Allá en el fondo está la muerte”. Luego continuar hablando, diciendo, ya sin importar la presencia de alguien en esa mesa de al lado, ya sin que una bocanada desate este regreso a otros tiempos.
11/05/2011
Revista "válvula". Edición facsimilar
Presentación de "Revista válvula (1928). Edición facsimilar" (ULA-UNEG). Estudio crítico de Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad. Caracas, librería El Buscón, jueves 27 de octubre de 2011. Sobra decir que esa necesidad de cambio fue un fenómeno común en Latinoamericana, no como mera importación de fórmulas europeas de los llamados istmos vanguardistas, sino de resultas de una verdadera revolución del arte occidental y nosotros, quiérase o no, somos occidentales; o acaso debo corregir la frase: nosotros también somos occidentales. Así pues, válvula constituyó la materialización de la vanguardia más estrepitosa de nuestra contemporaneidad, una ruptura que, sedimentada en la conciencia artística colectiva, haría posible un segundo y más profundo momento de cambio: la luminosa década de los sesenta cuando varios grupos literarios retomaron aquel espíritu del año 28 y lo convirtieron en obras que aún hoy continúan regulando el horizonte mental de quienes nos dedicamos a la literatura.
De tal modo, válvula gravita en casi todos los acercamientos históricos que dan cuenta de la entrada del país en el tortuoso camino de la modernización de las formas y contenidos estético-literarios, y aunque tal vez sea cierto lo que señalan los prologuistas y artífices de esta nueva presentación de la revista sobre la poca profundidad de los trabajos que recalan en ella (los cuales, reunidos, acaso “no alcanzan –dicen– las siete cuartillas”), no es menos obvio, como también reconocen, que las firmas impresas en aquella aventura se convertirían en referencias ineludibles de nuestra tradición. Sea propicio recordar, entonces, que en septiembre de aquel mismo 1928 aparecería Barrabás y otros relatos, libro de cuentos de Arturo Uslar Pietri (redactor del manifiesto que abre la revista), el cual se transformaría en el volumen por antonomasia del relato vanguardista venezolano, pese a que dos o tres de las piezas que lo integran no son, en rigor, rupturales.
O el extraño caso de José Antonio Ramos Sucre, quien colabora con un texto que ya anuncia lo que sería su poética del año 29 cuando publica los memorables Las formas del fuego y El cielo de esmalte, pero que, andado el tiempo, confundiría al crítico literario rumano Ştefan Baciu al incorporarlo en su Antología de la poesía surrealista latinoamericana (1974), por lo cual recibiría una reprimenda de nuestro Francisco Rivera y del mismísimo Octavio Paz, respectivamente. Quién sabe, a lo mejor Baciu se dejó llevar por el hecho de que Ramos Sucre había publicado en válvula.
Como quiera que sea, el índice de la revista revela que la generación del 18, ya constituida, se traslapó con la naciente generación del 28, cuyo más sonoro recuerdo quizá sea válvula: es inevitable asociar su nombre con el desarrollo de la vida política venezolana de la segunda mitad del siglo XX. Y es que, permítanme citar lugares comunes de nuestra historiografía literaria, el índice de válvula sirve para conocer de un vistazo los nombres de aquellos que casi de inmediato devendrían figuras no sólo literarias, sino sobremanera públicas en el contexto del país; quiero decir (y de nuevo permítanme una salida fácil): como su título lo indica, por válvula salieron las personalidades descollantes de la Venezuela post-gomecista y, sobre todo, de la democracia representativa, la que se dio a conocer en la llamada “Semana del Estudiante” (febrero de 1928). De allí su impacto en el imaginario cultural venezolano, pese a la rara evidencia de tratarse de un solitario número; válvula es, pues, el emblema de un instante de la historia reciente del país.
No obstante lo trascendental del aporte de la revista, hasta hoy, ochenta y tres años después de su irrupción en la vida pública, ningún organismo puso el debido empeño de reeditar aquellas sesenta páginas. Un hecho insólito al cual no terminamos de acostumbrarnos los que trabajamos o hemos trabajado en eso que se llama la cultura institucionalizada, con todo y que la padecemos diariamente: válvula es apenas un ejemplo de la incuria a la cual sometemos los objetos de nuestra memoria histórica. Por fortuna, dos universidades han sumado esfuerzos, la de Los Andes y la Nacional Experimental de Guayana (energías discriminadas en varios organismos de sus respectivos senos: Dirección General de Cultura y Extensión ULA, Ediciones Actual, Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Febres” ULA, Fondo Editorial Universidad de Guayana, Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes Univ. de Guayana), para traernos de nuevo aquel fascinante y mítico gesto: la primera edición –facsimilar– de válvula.
En este punto debo hacer los debidos elogios a Vilain y a Rojas Ajmad puesto que ambos, sobreponiéndose a la incuria a la que me referí antes, hicieron una labor de pesquisa, a ratos decepcionante, en pos de un ejemplar completo de la revista; y luego, una vez hallado, el delicado proceso de reproducirlo sin convertir en polvo aquel material único. Si esto no bastara, han hecho acompañar el facsímil con una polémica presentación que cuestiona algunas opiniones recurrentes sobre la vanguardia latinoamericana, y venezolana en particular, que todavía circulan en ciertos manuales y estudios relativos al fenómeno. Más aún, examinan el alcance de válvula en algunos contextos intelectuales y dejan el campo abierto en relación con sus proyecciones en una historia de la cultura venezolana del siglo XX. Un rotundo logro crítico y de rigor que deja en claro, una vez más, que contra todo, los universitarios venezolanos seguimos, como siempre, trabajando. Albricias a los ejecutores de esta magnífica realización, y a las instituciones involucradas mis renovadas muestras de respeto.
11/03/2011
11/01/2011
Poema y canción
Quizás una de las más hermosas canciones de amor. "Viajera del río", del poeta Manuel Yánez (Ciudad Bolívar, estado Bolívar), interpretada por Serenata Guayanesa: 10/31/2011
10/27/2011
Sala gourmet
sería un pudín con chantillí
o pensándolo mejor
quién sabe
un trozo de turrón
con chocolate
un baño de miel
sobre cheese cake.
Me guiñarían el ojo
me dejarían abrazos
me lanzarían cien besos
qué sé yo
parecería Sinatra a lo New York
Machado redivivo
John Dos Pasos hecho lápiz y papel.
Pero ya ven
ya ven
sigo en mis trece
doy el rasguño
golpeo las teclas
vuelco mi copa y qué más da.
Si yo escribiera delicioso.
10/26/2011
Presentación
10/25/2011
Lluvia
En tus labiosse guarda la tarde
sus colores
iluminan tus caderas
y el claroscuro
de las 6:30 en punto
incendia para siempre mis deseos.
Me atrapa la textura
el aroma
el sabor de tu entrepierna
me lleva a Saturno
esa medialuna
que dibujan tus lunares
y el vaivén de tus pezones dentro de mi beso
aproxima la explosión
torrente
lluvia
que guardo para ti
mientras sonreimos.
10/24/2011
Chateau
10/22/2011
Cartas a los Jonquières
Caminaba frente a una librería de la calle Florida, en Buenos Aires, y lo vi. Pensé que en Argentina encontraría mucho de Cortázar, bastante material escrito, abundantes referencias alrededor de su vida y de su obra, pero no fue así. “Cartas a los Jonquières” apareció de pronto, como una irrupción fantasmal sobre ese anaquel que lo ofrecía por 109 pesos. Invité a Camila a entrar. Ella estuvo dispuesta, feliz de echarse en brazos de la sección infantil, atestada de colores, brillo, juegos, ilustraciones, con una alfombra para tirarse de espaldas a leer o sillas mínimas que por nada aceptaban la intromisión de los adultos.Me dediqué a recorrerla de cabo a rabo, con el placer de quienes hacen esperar el último sorbo para que no se acabe tan pronto la copa. Vi, olí, toqué, fui y vine. Entonces me planté frente al mueble de los Jonquières, lo tomé y lo abrí: eran cartas. 553 páginas de un epistolario como para meterse de bruces en una vida, la de Julio, honda, enigmática, llena de esos episodios, de esa manera de concebir ciertas cuestiones, que tanto me llaman la atención.
Confieso que desde la adolescencia le he dado la espalda a las biografías, y lo que tenía en las manos de cierta forma lo era. Son pocas las que leí en toda mi vida: Verne, Dostoievski, Darwin, la de Christian Barnard, que hallé durante los años universitarios en una librería de viejo, otra del gran Isaiah Berlin, extensa, muy bien documentada, y, no faltaba más, dos del propio Julio, la que escribió Mario Goloboff en los noventa y la menos ambiciosa de Alberto Cousté. Les he dado la espalda por respeto hacia lo que consideraba el derecho de cualquiera, vivo o muerto, a mantener espacios de privacidad, de anonimato, de oscuridad en su propia vida. Así pensaba y todavía hoy coqueteo con esa idea. ¿Por qué leer las cartas, pedazos de entrañas biográficas que alguien, vaya usted a saber por cuáles motivos y bajo qué impulsos o resortes vitales, envió por ejemplo a sus íntimos? García Márquez escribió “Cuando era feliz e indocumentado” y al leerlo comprendí el valor de ese coto particular de cada quien en el plano de la individualidad que con uñas y dientes es tan necesario defender. Pero entiendo también que aproximarse al mundo más personal, en este caso de un escritor (el epistolario es una ventana magnífica para afinar el enfoque), supone acrecentar el conocimiento de éste, descubrirlo aún más, enriquecer el diálogo con él y con su obra. Permitirse dar dos o tres pasos en esa dirección probablemente sea un acto contradictorio luego de lo confesado atrás, estaremos de acuerdo, pero asimismo un placer tentador y voyeurista, en función del acercamiento comedido (y en tal sentido respetuoso, finalmente) entre extremos que no tienen por qué excluirse mutuamente. “Cartas a los Jonquières” fue una tentación, por supuesto, y sucumbí. Abrí el libro, leí la primera línea, lo hojeé, vi ciertas fotografías, pasé la vista por algunos fragmentos salteados del Cortázar joven a su amigo Eduardo y a la esposa de éste, con quienes mantuvo correspondencia desde el inicio de su periplo parisino, en 1950, y hasta pocos meses antes de su fallecimiento, en 1984. Fue una delicia absoluta.
Leyéndolo observo cómo nacieron los Cronopios. Encuentro la razón, los motivos subterráneos que quizás explican el por qué de La Maga, el por qué de ciertos cuentos, el por qué de “La vuelta al día en ochenta mundos” o “Último round”. Me doy de bruces con el jazz a tope y la filosofía que esconde, con el boxeo y la estética que lleva implícita según Cortázar. Hay en este libro señales, guiños, complicidades que corren por debajo de la mesa, claves para continuar disfrutando, hurgando y hallando, siempre hallando en el universo de este autor, que no vislumbré en ninguno de sus textos publicados.
De Argentina a París y viceversa. Cortázar se fue a Francia y se encontró con él en plena calle, en un bistrot barato, en un parque más o menos oculto, en tantos y tantos rincones que por lo general resbalan a la mayoría. Se fue a Francia y en la página 31 leo y sonrío: “No creas que estoy triste, ¡París es tan hermoso! Aquí hasta la tristeza se vuelve actividad estética. De modo que tal vez esté triste, pero estoy aprendiendo a depositar esa melancolía en tanta cosa bella que me rodea. Quisiera poder mostrarte, por ejemplo, un atardecer en el Pont du Carrousel. Venía del Louvre con una amiga y nos paramos a mirar Notre-Dame, lejana, con una bruma azul. Entonces, en menos de un minuto, ocurrió el milagro, la locura absoluta. Los faroles de gas se encendieron de golpe, y la piedra de los pretiles, yo no sé por qué mezcla de aire y luz, se puso intensamente rosa. Nosotros la mirábamos mudos. Entonces vimos que la proa de la Cité y las torres lejanas habían pasado instantáneamente a un violeta profundo, y a la vez el río estaba verde, un verde lleno de oro. Yo cerré los ojos, desesperado al comprender que eso no podía durar, que esa cosa veneciana iba a degradar instantáneamente, a perderse… Pero duró, dos o tres minutos, el tiempo de ver subir las primeras estrellas. Nos fuimos de allí sin poder hablar, demasiado felices para decir que lo éramos. Cosas así pagan viejas deudas de la vida”.
Cortázar se fue a Francia y se encontró a sí mismo. A la vuelta de una esquina observó a un tipo de barba que era él. En París se metió de lleno en Argentina, en Latinoamérica, a su manera y con mil aciertos y otro puñado de errores. Compré el libro, claro. Camila escogió el suyo y salimos, contentos, a buscar un café para seguir leyendo y conversando.
10/20/2011
Biografía

Desde tus senos
levanté los ojos
y miré ese valle.
Entonces respiré hondo
esperé un poco
me abracé a un pezón
luego a otro
pude mordisquearlos
degustarlos
contemplarlos
como a una flor en la palma de la mano.
Los besé
sí
los besé
pasé mi lengua hirviendo
de mil modos distintos
para luego
comenzar a descender
colina abajo
por tu vientre
por tu ombligo
por la línea de tus vellos
más allá
más al sur.
Probé el vino escondido entre esos labios
supe de tus jugos
supe de tus pliegues
justo entre tus piernas naufragué
me hundí a placer
y sólo entonces
únicamente entonces
fui un hombre feliz.
10/19/2011
Expulsión
10/18/2011
Viaje al fondo de unas sábanas
10/16/2011
Revista Válvula. Estudio crítico.
"Revista Válvula. (1928). Edición facsimilar". Estudio crítico de Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad. Edit. Universidad de Los Andes-Universidad de Guayana. Mérida, 2011.10/15/2011
La duda virtual
Un correo electrónico es un correo electrónico. Usted ingresa a ese espacio y ahí están sus cartas y sus fotos y las noticias que le mandan. Pero también es un lugar para el misterio. Por mucha asepsia que encuentre en medio de pulidos bytes o higiénicos párrafos cibernéticos, aparecen sin que nadie los espere otros personajes, algo así como los no convidados a la fiesta, especies de duendes venidos quién sabe de dónde.Me explico. Ayer, para no ir muy lejos, abrí el correo y la mensajería estaba a reventar. Treinta sobres recién llegados titilaban esperando el click. Dos de un viejo amigo, uno de la universidad, veintisiete cargados de fantasmagórica presencia. Cuando no son bombas infecciosas (¿qué cara tendrá un virus digital?), es un avisito de tal o cual resort notificándome la gran noticia: he ganado el sorteo grande. Debo darme con una roca en los dientes. Una semana gratis, completamente gratis, en el Mediterrané de Martinica. Alegría de tísico, claro. Todo un burdo truco para que termines desembolsillando incluso más que sin premio de sorteo. Sumo y sigo. Cuando no es el curioso envío de algún interesado en que te largues del país (obtenga ya, ya, pero ya su green card, y llévese el perro, el loro y hasta el gato!), es la publicidad del Paraíso en la Tierra: ungüentos, aparatos, bebedizos, grageas para agrandar el miembro masculino, en minutos, o en segundos, sin esfuerzo, sin reacciones secundarias y sin público que aceche. Total privacidad. Resultados garantizados o le devolvemos su dinero.
Entonces uno se pregunta, frunce el ceño, encoge los hombros. Un correo electrónico casi viene a ser la pieza oscura al final del corredor, o el ático sembrado de telarañas que es lugar común en ciertas películas de Hollywood. Hay de todo. Cabe todo. Así tenga usted una cuenta de lo más discreta, resguardada sólo para amigos y conocidos más o menos cercanos, siempre hallará en su bandeja de entrada la extraña invitación a conocer más gente. Un correo electrónico es la versión digital de aquella horrible canción del brasilero: "Yo quiero tener un millón de amigos...". No faltará, júrelo, el dato que necesitaba, aquella información que cambiará su vida para siempre según el ardid publicitario que le aplasten en la cara.
Trato aparte merecen las cadenas. No las gubernamentales, que ya son el colmo de la intromisión y del embuste, sino esas variaciones sobre un mismo tema que viven de morderse la cola, de repetirse hasta el infinito. Alguien escribe sobre la machaca (¿qué coño es la machaca?, se pregunta uno mientras borra de un tirón el mensajito), y durante toda la mañana se desatará, para perplejidad, rabietas y posterior resignación, un verdadero ataque postal. Luis, Pedro, Miguel, Yisel, Raúl, José, Yusmira, Rosney, Amagdilis, John Alejandro, atcétera, etcétera, etcétera, desfilarán como si nada por la pantalla de su computadora. Son las cadenas, que vengan de donde vengan, terminan copando lo poco que queda en el maltrecho espacio libre donde se guardan los mensajes y consumiendo la última gota de paciencia.
Un correo electrónico, pues, es un misterio. Obvio. Tan misterio que el Santo Grial de la Modernidad trocada en chips lo fraguan miles de invasores, botellas lanzadas al océano virtual que no sabemos cuándo y cómo atracarán en nuestros puertos. Pero de que llegan, llegan. Yo, que tengo pocos amigos, que estoy contento con mi ciudadanía, que me conformo con lo que tengo entre las piernas, así no más, tal y como vino al mundo, sin potages o saumerios para la virilidad, daría lo que fuera por espantar la invasión, por conjurar el terror, por acabar con los duendes, por colocar de una vez a buen resguardo el ámbito de la mensajería de textos.
Pero la duda es la duda, y caes. Ahí se presenta, en la encrucijada que implica mover el dedo y hacer click o no. Entonces te decides, abres finalmente ese mensaje de lo más enigmático, oprimes el botón y ya, se acabó, condenado para siempre, das luz verde a un virus que se mete en las entrañas de tu máquina, que destroza el mundo de virtualidad tantas veces labrado a tu medida.
10/14/2011
10/13/2011
10/10/2011
Partenogénesis
10/05/2011
El teatro de los libros
9/24/2011
9/23/2011
9/22/2011
9/21/2011
9/20/2011
Mala leche
Abril de 2008Pues nada. Pasa el tiempo y es como si no pasara. Ahora resulta que un político, gobernador de este estado para más señas, le quita importancia a un problema con la animosidad del mago que saca conejos de un sombrero. Vainas van y vainas vienen.
Ha dicho el político de marras que el tema de la delincuencia está politizado. Entiendo, si de entender frases se trata, que la inseguridad y los malandros, en números crecientes no precisamente por su puntería a la hora de combatir estos males, son el hiperbólico registro de ciertas pupilas opositoras, ociosas, para remate imperialistas, golpistas, etcétera, etcétera, etcétera. O sea ha afirmado el señor, sin que le tiemble el meñique, que este desastre de país, con sus 16 mil muertos anuales gracias al hampa, equivale en realidad a un problemilla de poca monta, politizado, eso sí, por los malos de siempre que deben ser la prensa, el ciudadano común o los críticos de cualquier pelaje. Mala leche, hombre, mala leche.
Desde el bueno de Platón el asunto anda más o menos claro. Si usted se toma la molestia de hojear su obra "Las Leyes", si le echamos un vistazo a lo que con pelos y señales se viene discutiendo desde que Occidente es Occidente, el diálogo platónico pone frente a nuestras narices un hecho indiscutible hasta para el más tarugo: todos somos políticos, lo cual arroja una conclusión la mar de incómoda para ciertos seres: el juego de la política se ensambla a partir de piezas múltiples, diversas, plurales, y mientras más disímiles mejor.
El gobernador soltó una verdad queriendo expresar lo contrario. El pobre sostuvo tranquilazo que un kilo de estopas como el de la delincuencia fue politizado, como he de pensar que politizadas quedan demás pendejaditas llamadas perreras, falta de agua en la ciudad, ineptitud de su parte, pésimo suministro eléctrico o destartalada vialidad que si te descuidas, ¡plaf!, terminas engullido por un cráter. Lo dicho: políticos somos todos, y en la polis se atacan políticamente los dolores de cabeza. No hay tu tía. El gobernador entiende la cuestión, pero al revés. Pobre ser. Mala leche, pura mala leche.
Por falta de politización, en el elevado y mejor sentido del término, los salvadores de la patria tienen ganado un terreno formidable. Gracias a la ausencia de educación política, de pensamiento político a diestra y siniestra, en la gente monda y lironda, en quienes piden un chachito en la cafetería, en los ciudadanos, es que un demagogo del tamaño de Hugo Chávez llega nada menos que a la presidencia. Como cualquier fulano entiende que la política (y la natural politización que ella produce) no es asunto que le competa, como Perico de los Palotes, Juan Gutiérrez, Pedro Pérez o Ramón Bermúdez sienten que entre ellos y la política media un kilometraje de espanto, entonces Rangel Gómez, patético gobernador de estas tierras, dice lo que dice, como si nada, como si escupiera una genialidad y aquí estoy yo para que se maravillen.
Educar sería la solución, qué duda cabe. Lo menciono porque a estas alturas pensará usted en qué coño habrá de hacerse para salir de semejante salto atrás. Educar es la vía, aún so pena de que en el camino politiqueros en los cargos acaben con lo que medio queda. Mientras Latinoamérica no apruebe materias pendientes como disminución de la pobreza, inclusión social o educación de calidad, los cantos de sirena, esas voces tentadoras a lomo de iluminados, tanques o manuales marxistas leninistas, se escucharán siempre a la vuelta de la esquina.
Imagine usted lo que el gobernador piensa de política, o de los políticos. Imagíneselo politizando, cogiendo al toro de los problemas por los cuernos del quehacer político en mayúsculas, que a todos nos incumbe. Imagine por un instante que el hombre sabe de polis y otras hierbas. Imagine usted que un estadista gobierna a este estado. Qué va, tanta fantasía, de un plumazo, hiere a las neuronas. El gobernador, eso sí, masculla sus frases a los medios, hace las veces de Chávez en pequeño, en provincia, y pam, pam, listo, a poner cara de autosuficiencia porque el asunto está resuelto. Y los amiguetes a aplaudir.
Mala leche, claro. Por eso andamos como andamos. Pasa el tiempo y es como si no pasara. La misma polvareda, el mismo hedor. Mala leche. Pura mala leche.
9/16/2011
El blog
Este blogque pocos visitan
que poco divulgo
este blog
mi isla de palabras y de historias
anónimo
sin pedigrí
cuyos escritos a nadie interesan salvo a pocos:
un amigo, un estudiante, algún curioso y ya, paremos de contar,
es el lugar para inventarme
es el vertedero de mí mismo
aquí caigo y me levanto
muero y resucito
levanto la falda de esa chica
fornico al idioma.
Este blog me cae simpático
éste
que importa a tan pocos
que a nadie interesa
(digo, a un amigo, a un estudiante, a algún curioso y basta)
tiene mira telescópica y metralla de altísimo calibre
para reventar huevos al vuelo
para saldar cuentas pendientes.
Aquí deambulo como en casa
abro una lata de cerveza
me quito los zapatos
camino en interiores
será puta la puta
maricón el maricón
loco el desquiciado y al contrario.
Aquí
de día o de noche
jamás todos los gatos fueron pardos.
9/12/2011
Café de otoño
El viento juega al gato y al ratón con unas hojasobservo
sonrío
la vida es así
depende del a veces
depende a veces del a veces.
La Luna allá arriba
cabe en la cuenca de mi mano
y alumbra
cabe justo entre dermis y epidermis
alza su vestido para chorrear luz
abre su sexo entre orgasmo y orgasmo.
Luna de plomo, Luna lunera
Luna y viento
jugando al gato y al ratón con unas hojas,
con unas hojas secas.
Es que la vida es así
suele comportarse de ese modo
testaruda
quisquillosa
suele entregarse a cualquiera en ocasiones.
Por eso me gusta llevarle la contraria
por eso toco sus piernas y me quemo.
Es que ella es así,
qué más da
la vida es siempre así.
Es posible que quienes buscan el poder a como dé lugar (y quienes lo persiguen de alguna otra manera) encuentren rebuscadas formas para dar el salto de felino. Pero aquí, lo que se dice en estas tierras y en estos tremedales, la demagogia en pasta tiene su coro de voces inocentes, guarda un nicho tibio las veinticuatro horas del día, listo para darle uso, burlón y desechable, tan pronto suene el click que ordena la apertura de campaña. Así más o menos se definen las cosas, o lo que viene siendo igual, tal es el modo, endémico en los predios patrios, de intentar llevarse el triunfo a los bolsillos.Un pobre, por supuesto, es moneda de uso corriente mientras exista un candidato a la redonda. Vale lo que cuesta un voto, asunto nada despreciable si es que de usar la calculadora se trata. Total, que la pobreza pica, se extiende, y para cuando usted despabila vuelve el politiquero otra vez al picoteo con la fuerza de todo el uso y el abuso que representa sin ambages.
Con razón el hambre gana empuje en una bajadita directamente proporcional a la demagogia que se tenga enfrente. Obvio, mientras más pobres, seguro que lo demagógico, salpicado aquí y allá con el infaltable populismo, halla caldo de cultivo para reiniciar andanzas. La pobreza crea pobreza, pues, pero mediante carambolas, es decir, gracias al interesado movimiento que se inicia arriba, en las esferas de poder grueso, duro y puro, único eslabón (más los salpicados) que conservará su rosagancia, su salud y su papada cuando lleguen los desastres.
Ya lo dicen los que saben: un discurso en su momento hace las veces de una bomba atómica. Y si le queda alguna duda, ahí está Rafael Caldera en el Congreso luego de la metralla golpista. Por esto, quien pretenda tomar el coroto por los cuernos (la silla presidencial o alguna otra remotamente parecida) debe afinar la lengua, los gestos y la historia. Sí, la historia es infaltable, pues de ella se escupe con facilidad lo mitológico, la excusa perfecta, el cuento chino, la justificación total, o como le plazca a usted llamar al simple embuste. Moraleja: para llegar al poder, sobre todo en parajes como éstos, dé por hecho una atragantada con mentira.
La pobreza es un negocio, qué duda va a caber. Si alguien se molesta en sacar cuentas no encontraría sobre la faz de este país atolondrado ejemplo parecido de inversión y ganancias segurísimas. La pobreza es un negocio, por supuesto que sí, hasta que a la Caperucita se le noten los colmillos, los inmensos ojos para ver mejor y las grandes orejas, puntiagudas y peludas. Cuando eso pasa, justo al momento en que algo así comienza a producirse, lo demás es previsible. La debacle se colará por las ventanas, brincará los paredones o terminará metiéndose por la cocina. Y lo que es peor: hasta podría tomar la puerta grande, o sea, la principal. Se han visto casos.
Que cada quien resuelva o que cada cual entienda. La moraleja y conclusión, en esta fábula común, termina poniéndola usted.
9/11/2011
Pienso, luego existo...
9/07/2011
Un clásico
Música, poesía y baile. Paul McCartney & The Wings. Goodnight tonight:
http://www.youtube.com/watch?v=mzEYdjdp4hw&feature=related


























