3/14/2013

Nalúa Silva Monterrey: una tejedora de la paz (conversación con Roger Vilain)

Dra. Nalúa Silva, Luis D'aubaterre, Diego Rojas, Carlos Espinosa y Roger Vilain. II Foro Ecos-Nord (Francia-Venezuela).


Nalúa Silva Monterrey (Caracas, 1962), Doctora en Antropología Social y Etnología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, profesora en la Universidad Nacional Experimental de Guayana, ha desarrollado, durante muchos años, un trabajo estrechamente vinculado con los indígenas de la región. Cofundadora del Centro de Investigaciones Antropológicas de la misma Universidad y con más de cuarenta publicaciones científicas en su haber, coordinó técnicamente el proyecto de demarcación de tierras para el territorio ye’kwana y es una apasionada luchadora por los derechos de los pueblos indígenas, así como por la conservación de la cuenca del río Caura.

Entrevista para el libro "Gente que hace escuela" (Caracas: Banesco, 2012).

Roger Vilain:  Hablemos un poco de su infancia, de su niñez. ¿Qué puede recordar al respecto? ¿Cómo evocaría esos años?
Nalúa Silva Monterrey: Mi madre es Virginia Monterrey López. De origen nicaragüense, vino muy niña a Venezuela, y mi papá es René Silva Idrogo, médico, guayanés, aunque nacido en Caracas. Mamá vino a vivir a Venezuela con una tía que estaba en Guasipati y se crió prácticamente aquí. Estudió enfermería y conoció a papá quien, aun cuando nació en Caracas, su familia es de Ciudad Bolívar. Ahí se conocieron.
RV: ¿Nació en Ciudad Bolívar?
NSM: Mi madre me echó a perder el gentilicio porque decidió ir a parir a Caracas, de modo que nací en Caracas el 18 de febrero de 1962. A los pocos meses mis padres regresaron a Ciudad Bolívar. Tengo dos hermanos del matrimonio de mis padres, y en realidad somos trece por parte de papá, que se casó siete veces. Él era un médico gineco-obstreta con una actividad profesional muy destacada, y también como político y como escritor. Escribió varias novelas, ensayos, y cultivó asimismo la poesía, aunque consideraba que era un género muy difícil.
Estudié en el Colegio Nuestra Señora de las Nieves toda primaria y secundaria, institución regida por las hermanas dominicas.
RV: ¿El quehacer intelectual de su padre influyó en usted de alguna manera?
NSM: Somos producto de la educación que recibimos. Pero la influencia no solamente vino de él. Mamá era una gran lectora. Mi abuela materna era una señora cuyo pasatiempo era leer. Entonces, durante mi infancia tuve alrededor gente leyendo. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía cuatro años, y aproximadamente a mis tres, recuerdo que antes de irse al trabajo, todas las tardes, papá me leía Platero y yo. Terminaba de dormir la siesta en su chinchorro y antes de irse a su consulta me daba un poquito de café en el plato y desde el chinchorro se ponía a leerme.
Luego, mis tías también nos compraban libros. Recuerdo una colección llamada Ariel Juvenil y mis hermanos y yo leíamos ahí los grandes clásicos de la literatura universal. Cuando empiezo a leer todo eso, cuando terminé de leer la Iliada, por ejemplo, me interesó saber si era verdad o no que existía Troya. Me puse a indagar en las enciclopedias y descubrí que Schliemann, el descubridor de Troya, era un arqueólogo. Fui interesándome entonces por la arqueología. Tenía, además, una preocupación que chocaba siempre con la cuestión religiosa: de dónde viene el hombre. Recuerdo que en cuarto grado le preguntaba a las monjas que dónde entraban Adán y Eva en relación con los hombres de las cavernas, que qué pasaba allí. Era una preocupación de niña. Yo soy una persona de convicciones religiosas firmes, soy católica practicante, creo en Dios, pero también creo en la evolución del hombre. Me intrigaba, ya de muchachita, cómo se podía compaginar la evolución humana con lo religioso.
RV: ¿Qué respondían ellas?
NSM: Cuando estés más grande lo vas a entender. Pero ocurría que nunca lo entendía porque pasaban los años y no había respuesta para esa inquietud. Después, a punto ya de culminar el bachillerato, le dije a mi padre que iba estudiar arqueología, pero él no estuvo de acuerdo: pensaba que me moriría de hambre. Me dijo: yo quiero que explores arquitectura. Es una carrera muy linda para alguien creativo, inteligente, tú sabes…
RV: ¿Nunca le pasó por la cabeza esa idea, la de estudiar arquitectura?
NSM: Nunca. Pero sucede otra cosa. Como mis padres estaban divorciados, nosotros pasábamos las vacaciones con papá y a menudo íbamos al campo, y ahí estábamos en contacto con los animales, con la naturaleza. Mi padre tenía un  fundo. Íbamos los fines de semana. Dormíamos en chinchorros, cazábamos. Nos relacionamos con gente de campo, aprendimos a vivir en esas condiciones. Para mí eso ha sido una influencia fundamental. Ese tipo de vivencias te va creando un perfil de personalidad. Todo esto con la alegría de un ambiente de camaradería, de juego, de vacaciones.
RV: Volviendo otra vez a la idea de su padre de que estudiara arquitectura, ¿qué ocurrió entonces?
NSM: Yo quería estudiar arqueología. Mi padre accedió, me mandó a Inglaterra, primero a estudiar inglés para luego entrar a la universidad.
RV: Se fue con la idea de estudiar inglés y luego arqueología. ¿Qué pasó luego del primer año allá?
NSM: Veo que el pensum que tenían para arqueología estaba netamente enfocado hacia las islas británicas. ¿Y qué iba a hacer con especializarme en eso, si yo pretendía regresar a trabajar a Venezuela? Entonces cuando termino mi curso de inglés en la Universidad de Cambridge, no continué arqueología, regresé. Entré entonces a estudiar arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, como quería papá.  Terminé el primer año pero no estaba a gusto, no me sentía bien. Y me vine otra vez para Ciudad Bolívar. Quise estudiar antropología, porque la arqueología es una especialidad de la antropología, pero cambiarse de una carrera a otra era muy complicado. ¿Dónde estudiar antropología finalmente? Le escribí a las embajadas y algunas me respondieron enviándome las direcciones de las universidades en las que podría hacerlo, y les escribí  también.  Me contestaron de México, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
RV: ¿Cuál fue su primer título en el área de la antropología?
NSM: Licenciada en Antropología Física.
RV: ¿Cómo se fue perfilando su interés, su vocación por los estudios antropológicos?
NSM: Por la preocupación sobre el origen del hombre. Hay una preocupación religiosa fundamental aquí, de dónde venimos, por qué somos lo que somos. Son preguntas que me hacía desde la infancia.
RV: No le convencía la explicación creacionista.
NSM: Yo no cuestionaba el asunto religioso, como no lo cuestiono hoy. La fe es fe. Cuando entro a la Escuela de Antropología digo: esto es lo que yo quiero. En antropología física podía ir a excavaciones, trabajar con los arqueólogos, y al mismo tiempo satisfacer mis intereses de acercarme al origen del hombre y a la evolución humana, que para mí hasta el día de hoy es algo que me fascina. Ahí, en México, viví cinco años.
RV: Usted ha hablado de su familia, de su madre, de su padre, de su abuela, sus tías, y se ha referido a ellos como la primera influencia a propósito de su vocación. Es una influencia puntual, concreta. Ahora bien, desde el punto de vista de su quehacer profesional, ¿quiénes la estimularon intelectualmente? ¿Qué experiencias al respecto la marcaron en profundidad?
NSM: En México las personas que estaban a mi alrededor eran gente excelente. Recuerdo al profesor de Antropología Física General, José Luis Fernández, un apasionado de la evolución humana. Nos estimuló muchísimo, nos puso a leer, a pensar. Recuerdo al profesor que nos enseñó a manejar huesos, huesos humanos, el doctor Carlos Serrano. Nos llevaba a las excavaciones. Con él pude excavar, por ejemplo, detrás de la Pirámide del Sol, en Teotihuacan. Recuerdo a Eyra Cárdenas, mi directora de tesis de licenciatura, muy preocupada por la genética. También recuerdo a un lingüista, Otto Schumann, quien fue el primero en darme a leer una etnografía completa, para que entendiera cómo viven los pueblos indígenas. Luego, cuando regreso a Venezuela, la principal influencia que tengo es la de Alexander Mansutti, quien después sería mi esposo.
Una experiencia que me marcó para toda la vida fue la del terremoto de México, el del ochenta y cinco. Yo lo viví. Vi lo bueno y lo malo de la gente ante una tragedia. Gente que es capaz de darlo todo por ayudar a los demás, y gente que es vil. Vi gente  totalmente perdida frente a un edifico en el que había muerto toda su familia. Fue una de las experiencias más impactantes de mi vida, y no me vine a Venezuela después del terremoto, yo me quedé ahí, porque dije: aquí es donde en este momento soy necesaria. (En este punto sus ojos se humedecen, su voz se quiebra por momentos).
RV: Una vez que regresa a Venezuela y se instala otra vez en Ciudad Bolívar, ya como antropóloga, ¿qué hace? ¿Cuáles son sus primeros trabajos?
NSM: Regresé a Venezuela aunque me habían ofrecido trabajo en México porque con la tesis de grado obtuvimos, mi compañera de tesis y yo, el “Premio Nacional de Investigación en Antropología Física Juan Comas”.  Al llegar empecé a trabajar en el Instituto Nacional de Deportes estudiando las características antropofísicas de los deportistas.
RV: ¿Qué otras labores desarrolló?
NSM: Empecé a trabajar en el Museo de Etnología (luego le cambiamos el nombre: Museo Etnográfico de Guayana). Me entregaron una colección de cestas indígenas, me pidieron que hiciera un museo con eso.  Tuve entonces que ordenar, previo entrenamiento para ello,  todas esas cestas, clasificarlas, estudiarlas.
RV: Prácticamente, entonces, fue la fundadora del Museo Etnográfico de Guayana.
NSM: Claro, sí, porque me entregaron las piezas y me tocó moldear todo aquello. Comencé a desarrollar las salas, no había dinero para nada. Freddy Carreño, quien dirigía el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, hizo el diseño museográfico completo. Cuando empiezan las actividades, y cuando empiezo a trabajar los materiales con que cuenta el Museo, me di cuenta de que necesitaba más información y comienzo entonces a vincularme con los indígenas. Ellos permanentemente me piden cosas, colaboración, asesorías diversas. En ese momento había una gran efervescencia en el mundo indígena porque se preparaba la constitución de una organización nacional indígena, que era el Consejo Nacional Indio de Venezuela (CONIVE). Hasta ese momento sólo existían organizaciones indígenas separadas, y las ideas de una serie de líderes indígenas como Iris Aray o Noelí Pocaterra. Todos querían fundar una organización nacional. Me fui vinculando cada vez más con ellos hasta que un día vino René Ye’kwana, indígena también, me vio trabajando con la cestería y me dijo: a ti hay que enseñarte cómo funciona todo eso. Los ye’kwanas son un grupo con gran orgullo étnico, de su identidad, y entonces si vas a hablar de ellos, tienes que hacerlo correctamente. Tienes que aprender de su mundo, de su concepción de la vida, de su cosmovisión.  También me dice: vamos a llevarte al Caura. La cuenca del Caura es uno de los lugares de población ye’kwana más importantes. Tenía veinticuatro, veinticinco años, y acepté su ofrecimiento.
RV: Pudo realizar ese viaje, a la cuenca del Caura…
NSM: Sí, y con el tiempo se fueron estableciendo otros vínculos. Yo empecé realmente a trabajar para ellos, porque me encomendaban diversas tareas. Los he representado ante muchas instancias, nacional e internacionalmente. Por ejemplo, el Consejo Nacional Indio me pidió representarlos ante las Naciones Unidas, en el International Forest Forum. Las Naciones Unidas determinarían ahí qué políticas adoptar mundialmente en función de los bosques tropicales, y esto naturalmente los involucraba. La idea era respetar y defender los derechos de los pueblos indígenas y los bosques. En la Constituyente, por ejemplo, asesoré en materia de territorios indígenas, junto con Alexander Mansutti, quien llevó la mayor parte del peso en ese proceso. Y luego, los indígenas me piden que redacte un borrador para la Ley de Demarcación y Garantía de Hábitat. Lo hice. También me pidieron, la gente del Caura y las comunidades kari’ña del estado Anzoátegui, que los ayudara a montar el expediente para solicitar el reconocimiento de sus derechos territoriales. Fueron los primeros que se introdujeron en su momento. Inventamos una metodología particular de trabajo para cada uno de los casos que se estaban presentando, de modo que las mismas comunidades levantaran la información requerida a escala nacional. Bueno, he podido estar asimismo con los kari’ña, los hoti, y esas experiencias fueron nutriendo mi trabajo en el Museo, pues comienzo a hacer toda una red de relaciones en el país, tanto con otros antropólogos como con otras etnias indígenas.
RV: Aparte de la realización de su trabajo como antropóloga, supongo que la relación con los indígenas, sobre todo con la etnia ye’kwana, derivó en una relación fuertemente afectiva.
NSM: Por supuesto. René Ye’kwana era como mi hermano, él me llevó al Caura, trabajamos mucho juntos. De hecho, me integran en su sistema de parentesco, René me llama hermana menor. Entendí su sensibilidad, sé de sus esperanzas, de sus necesidades más importantes: la tierra, la salud y la educación.
RV: ¿Y su vida profesional, académica, continuó creciendo  en el ámbito universitario?
NSM: Tenía que seguir formándome. Siempre soñé con estudiar antropología en Francia, porque la antropología moderna en realidad se formaliza en Francia. En México estudié francés, y bueno, me fui a Francia a estudiar antropología social y etnología.
RV: ¿Cómo fue entonces esa ida a Francia, la experiencia académica allá, y el regreso nuevamente a Venezuela?
NSM: Conocí a Alexander Mansutti. Nos hicimos amigos, yo estaba haciendo mis trámites para irme a Europa. Llegamos a establecer otro tipo de relación, una relación afectiva, y empezamos a hacer planes juntos como pareja. Nos fuimos. Trabajé con Philippe Descola, quien fue mi director de tesis doctoral en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Allí daban clases Dumont, Godelier, Meillassoux, ellos fueron, entre otros, mis profesores. Iba a la biblioteca del College de France y en ocasiones venía Lévi Strauss, se sentaba, trabajaba, y yo casi moría de la emoción viéndolo sentado al lado mío en aquel lugar. He tenido el privilegio de estar con gente extraordinaria. Por eso soy muy quisquillosa con la excelencia. Yo digo que uno tiene que tratar siempre de ser excelente en lo que hace.
Bueno, estuve en Francia tres años, luego regreso a Venezuela, a Ciudad Bolívar. El Museo había sido cerrado, y entonces entré a la Universidad Nacional Experimental de Guayana y formé parte en 1997 de los fundadores, junto con Alexander Mansutti y Luis D’Aubeterre, del Centro de Investigaciones Antropológicas de la misma institución. La vinculación con los movimientos indígenas continuó, pues en realidad siempre se había mantenido. En un momento determinado me piden que sirva de traductora en un encuentro de los kariñas de las Guayanas. Guayana Inglesa, Francesa, Surinam, Brasil y Venezuela. Ya en el encuentro, obtuve la dirección de un investigador inglés, Marcus Colchester, a quien escribí,  comentándole que el territorio del Caura estaba en peligro de ser inundado porque se pretendía un trasvase del río Caura al Paragua debido a la construcción de una presa. Colchester había trabajado con los Sanema, ante problemas muy parecidos, y creamos un equipo para evitar la inundación del Caura. Iniciamos entonces un proyecto de demarcación de tierras para el territorio ye’kwana, de manera de crear las condiciones para que en un futuro los indígenas pudieran obtener el reconocimiento de sus tierras y, en consecuencia, seguridad jurídica. Eran 4,5 millones de hectáreas, equivalentes al 5% del territorio nacional. Lo llevamos adelante y logramos levantar el mapa. Luego, conjuntamente con la Universidad de Los Andes, logramos que este mapa se registrara como propiedad intelectual de los ye’kwana y sanema de Venezuela. Asimismo, en un trabajo pionero, aquí en la Universidad de Guayana, con los colegas del Centro de Investigaciones Ecológicas, con Judith Rosales, quien estaba empeñada en eso, con Hernán Castellanos,  Elio Sanoja, Nay Valero, Lionel Hernández,  tratamos de que el conocimiento científico fuese llegando a las comunidades indígenas, y para ello hicimos un  trabajo, y lo publicamos, relativo a la adaptación de textos científicos al idioma ye’kwana. Con el Centro de Investigaciones Ecológicas de la Universidad de Guayana hemos formado un equipo sumamente productivo en relación con la conservación de la cuenca del Caura y la lucha por los derechos de los pueblos indígenas, en alianza con las comunidades protagonistas. He aprendido muchísimo de mis colegas de la universidad, su influencia ha sido determinante, por su formación y vocación de trabajo. Además de mis compañeros del Centro de Investigaciones Ecológicas de Guayana, he aprendido de Sergio Milano, Ana Jorge, Luis Guzmán, Carlos Maytin, Glenda Rodríguez. Hay que decir que la Universidad de Guayana ha sido la que ha  dado la cara y ha mantenido una posición muy respetuosa y comprometida, de desarrollo sostenible, con las comunidades indígenas.
RV: Paralelamente a lo anterior, hace usted vida ciudadana organizada. Háblenos un poco al respecto.
NSM: Estoy vinculada a movimientos ecológicos, a ONG’s,  tenemos una organización llamada “Ciudadanos de Angostura”. Allí discutimos acerca de los problemas de la ciudad y presentamos proyectos en atención a cómo deseamos que sea ésta, cómo la imaginamos, cómo la soñamos, cómo la pensamos. Cada vez que notamos un problema, lo discutimos y presentamos posibles vías de solución. Somos muy activos en  ese sentido, sin ser denunciantes de oficio sino tratando siempre de aportar soluciones.
RV: Volviendo a su actividad profesional,  ¿con cuáles ONG’s ha trabajado en relación con el tema indígena?
NSM: Con la Forest  Peoples Programme, por ejemplo, con sede en Inglaterra, muy activa en  lugares en los que hay poblaciones indígenas que habitan en la selva. Me pidieron que formara parte de su directorio. Pude conocer qué ocurría en África, en Finlandia, en Rusia… en los pueblos indígenas que viven en zonas selváticas. Pudimos ayudar a muchas etnias, sin importar dónde estuvieran. Esa experiencia cambió mi visión del mundo. Marcus Colchester, fundador del Forest Peoples Programme, junto con la gente que te mencioné anteriormente (Alexander Mansutti, Descola, Godelier, mis profesores mexicanos y tantos otros) me marcaron profundamente.
RV: ¿Qué otros proyectos la ocupan actualmente?
NSM: Sin desvincularme jamás de mi trabajo en el Caura, que es un proyecto de vida,  desarrollamos ahora uno sobre el patrimonio cultural del estado Bolívar, para inventariarlo, y en ese marco me he interesado por la tradición oral, que es un área poco investigada  aquí. Otro proyecto es uno relativo a la soberanía y territorialidad. Otro, aún no formalizado, es el de la diversidad cultural: cómo se dan los procesos de generación de diversidad cultural y de identidad. Y otro que pretendo realizar alguna vez es una investigación sobre la percepción indígena del entorno.
RV: Frente a una frase como “gente que ha sido escuela”, ¿se siente aludida?
NSM: Esa frase está en participio pasado. Creo que todavía soy una investigadora activa que está trabajando, produciendo y que sigue haciendo cosas. ¿Soy escuela? Uno influye en su entorno, trata de apoyar a la gente y enseñar, en la medida de lo posible, lo que sabe. Que alguien sea “escuela” implica que genera una manera de ver el mundo, de pensar. Ciertamente, el trabajo que venimos desarrollando en el Centro de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Guayana es uno que ha orientado la actividad de otras personas. Entre todos hemos generado una visión compartida de lo  que son los indígenas, del desarrollo sostenible y eso de algún modo se convierte en una línea de pensamiento.
RV: ¿Qué la mueve a continuar trabajando en función de las causas que le son fundamentales?
NSM: Hay un compromiso con el presente, con el futuro, con la gente que está por venir, para que encuentren un mundo mejor, si es posible, del que tenemos ahora. Eso nos obliga a actuar en consecuencia.
RV: ¿Qué momento específico siente que vive hoy? ¿Es hora de balances o de continuidad?
NSM: Simplemente estoy trabajando activamente. Tengo muchas metas que quiero alcanzar y creo que vivo un momento de continuidad. No obstante, siempre, cuando terminamos un trabajo, se hace un balance para evaluar lo realizado. Aunque, repito, éste es un momento de continuidad para mí, creo que también hago balances, pero no como el fin de un camino sino para ver dónde estoy.
RV: Si le dieran a escoger una imagen para Venezuela, ¿cuál elegiría?
NSM: Un atardecer en el puente Angostura.
RV: ¿Una imagen, frase o recuerdo para definir su vida?
NSM: Una colega del IVIC me dijo que yo era una “tejedora de la paz”. 


3/13/2013

Oficios de la memoria


    Recordar es a veces una experiencia que puede sorprender. Estoy sentado en el café de siempre, con el libro a punto, el agua mineral, el tabaco enredado entre los dedos. Entonces, no sé por qué razón, me viene a la cabeza una imagen casi en blanco y negro: ella me encanta, me sorprende cada día. Soy un imberbe de apenas nueve años con la certeza de que esa niña, ubicada unos pupitres más allá, es el amor de mis amores.
    Me lleno de valor y una tarde calurosa, plena de sol en el patio del colegio, confieso la maraña de emociones que traspasa lo que soy con sólo imaginarla. Se lo digo con todas sus letras: “estoy enamorado de ti”. Entonces el golpe en la mandíbula. Lo que viene de inmediato es el desprecio que me obsequia con la sencillez de una sonrisa helada, que es casi una mueca, y la fiereza de un desplante, que es dar la media vuelta e irse. Recordar, digo, es una experiencia que hoy por hoy llega aumentada, impresionante, debido a que el presente hace quizás de lupa, de lente capaz de deformarla. La sonrisa de cuchillo, el hecho de encoger los hombros y continuar  su camino aparece en mi memoria como el horror de todos los horrores, como el dolor más hondo atravesando el cuerpo del joven que fui en aquellos tiempos.
    Pasan unos años. Estoy en mi habitación y acabo de ducharme. Frente al espejo invierto el tiempo necesario: lucho con el peine hasta que cada hebra parece ocupar el sitio que elijo para ella. Poco después la penumbra del cine se presta para la aventura furtiva del amor. Tomo su mano, la chica que yace a mi lado no es mi novia pero ardo en deseos porque alguna vez lo sea. Se llama Alejandra o Carolina, llevo par de meses transitando por la calle de la amargura en brazos del  enamoramiento y justo ahora, sin percatarme de cómo llego al cielo o de qué ruta he tomado para agarrarlo por asalto nos besamos. Estamos comiéndonos a besos en la sala oscura de un cine de pueblo sin importar la pantalla ni la gente alrededor ni el mundo en que vivimos. Por primera vez siento en mi boca una lengua que no es la mía, que entra y sale como pez y se pasea a sus anchas procurando cosquillas, sensaciones, adrenalina a chorros. Siento su saliva, su respiración, siento sus dientes mordiendo mis labios con sapiencia, poco a poco. Fui feliz como ninguno. El recuerdo cobra rostro de faena mil veces esperada, ansiada, compartida. Jamás antes siquiera había soñado con alegría parecida. Dos horas de besos sin descanso, dos horas respirando a medias, entregado al hecho de vivir por fin la vida de otros que besaban así sólo en películas. Ella, absoluta responsable de que por semanas el insomnio hiciera estragos en mis noches, de pronto estaba ahí, era real, de carne y huesos, y yo permanecía a su lado nada menos que entregado a la más apetitosa, a la más dulce tarea que pudiera imaginar en esos días.
    Jugamos al béisbol, viernes por la tarde. Mi turno al bate, tres strikes, se acabó. Ni siquiera alcancé a ver los lanzamientos. Debió ocurrir en el ochenta y uno o el ochenta y dos, cuando el béisbol, y asimismo el fútbol, formaban parte inseparable de la vida cotidiana. ¡Mariquita! Al poncharme escucho el dardo claramente dirigido a mí. ¡Mariquita, tres strikes, mariquita! Sentí el incendio, las llamas subiendo desde el pecho a la cabeza. Giré, corrí loco de rabia, llegué a tercera base donde me esperaba una mole, ancha, pesada, gigantesca, repitiendo varias veces la misma palabreja. El recuerdo llega otra vez cargado de sorpresa, transmutado, con la impresión de que llevaba a cabo una hazaña irrepetible. Me había atrevido, estaba desafiando a un ser más que temido por cuanto adolescente tuviera dos dedos frente. Cada embestida fue como un martillazo, cada voltereta por los aires como un suplicio parecido al de Jesús cuando aquellos matones lo golpeaban en esas películas que nos ponían las monjas acerca de ese hombre melenudo y tan extravagante. Llega el recuerdo en imágenes saturadas de heroísmo (me habían apaleado pero era un héroe, era mi propio héroe). Tenía magulladuras hasta en las uñas y qué diablos, qué importaba a esas alturas.
    Recordar sorprende a veces. No somos los mismos, claro, pero la historia de lo que has construido tiende a asomarse por ciertos ventanales y hacerte cosquillas en los pies. Ahí en el fondo hay literatura de la buena, hay capítulos que te encargas de conectar con otros, y con otros, en el intento de otorgarle pie y cabeza a lo que van siendo los años, el tiempo, la línea que sale del ahora perdiéndose en el punto de fuga del pasado.
    La gramática de los recuerdos guarda el hecho ventajoso de que puedes editar algunas cosas, de modo que sentado en el café fumas, coges un sorbo de la taza, te metes por completo en la memoria, en aguas que te parecen tuyas, plenamente conocidas. Entonces te vas explicando, reconoces esa sombra que rebota en el espejo, sabes que el libro que has vivido sorprende a cada paso y terminas diciendo qué coño, así andamos todos, así nos echamos de cabeza al lago pantanoso de lo que inventamos porque toda vida es realidad y es fantasía, es ficción al más puro estilo novelesco. Y qué maravilla que así sea.

3/08/2013

Aspirinas


    El otro día soñé que tomaba una aspirina y entonces ella limpiaba mi memoria. Desperté emocionado, fui a la cocina por un vaso de agua y la pastilla.
    Al amanecer ocurrió algo extraordinario. Salí como de costumbre a trabajar y cuando me vi frente a la puerta, introduje la llave y empujé, caí de bruces en el campo de béisbol que solía frecuentar con otros amiguetes para armar juegos, correrías y broncas hasta que casi anocheciera. Olvidé, claro, que estaba en la oficina: recordé una tarde hacía ya treinta y tres años.
    Continué con la aspirina en las mañanas. Entonces borré de un plumazo los rostros de mis acreedores. Cuando alguno andaba junto a mí sus perfiles, contornos y relieves eran los de una novia de la adolescencia o los de ciertos familiares llenos de buenas intenciones. Sumo y sigo: cada vez que cojo el carro para llevar a los niños al colegio termino por mandar al diablo esto que soy. De inmediato me transformo en amiguito de seis años con morral sobre la espalda y  deberes que entregar a la maestra. Jamás imaginé que una simple dosis de la Bayer suplantara a un Alzheimer selectivo, lo cual es una bendición tomando en cuenta el país que tenemos y la ciudad en la que deambulamos.
    La otra vez, sin ir muy lejos, abrí los ojos en plena madrugada y observé perplejo que la mujer con quien dormía no era la misma que compartía siempre mi cama. Guardé silencio, me fui a la sala, que tampoco era la mía, hasta que opté por calmarme, encender un cigarrillo, girar la manilla de la puerta y lanzarme en volandas a la calle. Sin reconocer esa ciudad vagué por horas. Olvidaba el pueblo al que pertenecía y en su lugar me daba cuenta de que atravesaba callejuelas vistas en una película de los setenta.
    Hay que ver. La memoria juega a veces al gato y al ratón y lo más perdurable, placentero, digno de completa permanencia yace dentro de nosotros como ser vivo agazapado en algún túnel de lo que vamos siendo. Por supuesto, lo más perdurable y placentero suele andarse abrazado con lo otro, eso que corre bajo el césped, aquello que más de una vez metemos debajo de la alfombra.
    Limpiar la memoria era recordar de otras maneras, es decir, asomarse al pasado vía una especie de jeringa que sólo inyecta lo prescrito, y lo prescrito es justo eso que te hace suspirar al echar la vista atrás. Pero ya no he regresado, lo confieso, de semejante modo a otros tiempos y lugares.
    Soñé que tomaba dos cucharadas de jarabe para la tos y el mundo volvía a ocupar su sitio, la aspirina y sus efectos quedaban en el baúl sin fondo de cuanto vamos anulando. Amaneció, corrí a la cesta de medicamentos para comprobarlo, bebí ambas cucharadas de pe a pa. La vida continuó como si nada pero un día de éstos, no faltaba más, vuelvo por las aspirinas.

3/01/2013

El miedo


    Recuerdo la primera vez que vi un pescado en la nevera. En el pasillo del mercado un lugar mínimo exponía, como yo los cuadros de ciertos cómics en mi habitación, cabezas de cerdo colgando de unos ganchos en el techo, pollos recién sacrificados, conejos despanzurrados boca arriba. Y justo en la esquina, a mi derecha, custodiado por trozos de jamón y quesos,  sobre un nicho de hielo granizado estaba él, inmenso, con los ojos abiertos y la boca no cerrada por completo.
    El pescado parecía estar vivo aunque yo intuía que era imposible. Sin embargo ahí lo veía, como recién salido del agua y listo para saltar de su cama antártica y masticarme, engullirme, hacerme presa de esas fauces sembradas de cuchillos como los que mi madre guardaba en la cocina. Yo sabía que no podía estar vivo, claro, aunque tampoco juraría que estaba muerto. Semejante incertidumbre, inasible para mi entendimiento, me convertía en el niño más asustado de este mundo.
    El pescado no dejaba de mirarme. Sus ojos abiertos, opacos, únicamente se ocupaban de mí, de mí y de nadie más. Darme cuenta de que yo colmaba el interés de aquel monstruo hacía que un frío helado me recorriera hasta las uñas. Mientras mi madre pedía queso, un poco de carne, salchichón o cosas así, yo me movía de un lado a otro, de un extremo a otro del congelador para descubrir con pánico que, me ubicara donde me ubicara, en cualquier punto de ese cuadrado minúsculo que implicaba aquel abasto el pescado siempre estaba viéndome: sus ojos abiertos me seguían, absortos, con ese brillo mate en la pupila que me recordaba a ciertos seres de ultratumba en las películas de horror vistas casi siempre a escondidas.
    Nada produjo tantas pesadillas como ese animal medio vivo o medio muerto escudriñándome desde su abismo en el refrigerador. Nada pudo quitarme el habla o entrecortarme la respiración al despertar sudoroso a media noche más que esa bestia dispuesta a devorarme. Ni las brujas de los cuentos, ni los fantasmas que vi en series de t.v. al deslizarme sigiloso hasta la sala cuando el resto roncaba a pierna suelta, ni las historias de Allan Poe que empecé a leer en la biblioteca de la escuela. Nada. El miedo palpable, hecho materia y escamas, el miedo en su estado puro era el pescado de ojos abiertos y dientes puntiagudos que acechaba mis pasos a lo largo de la tienda.
    Llegué a soñar mil veces con ese ser venido quién sabe de dónde. Al intentar dormir, al meterme a la cama, sentía que debajo navegaba el bicho con la boca semiabierta. Imaginaba que de un momento a otro rozaría sus aletas contra mí, prueba suficiente de que andaba a un palmo de mi cuerpo, a esas alturas convertido en una masa temblorosa. Sus ojos descubrirían mi escondite, me adivinarían debajo de las sábanas, hallándome por fin, condenándome a la perdición.
    Luego de bastantes años, en estos días pasé otra vez por el negocio de Don Pipo, el dueño, un  italiano calvo y barrigón que gesticulaba hasta con los codos. Todo ocupaba su lugar. La nevera, el olor inconfundible del local,  los pollos descuartizados, los cerdos colgados de esos ganchos, los conejos abiertos, acostados panza arriba y el pescado, el pescado ahí con su mirada sin tiempo ni memoria, observando, con los ojos abiertos hurgando vaya uno a saber qué.

2/19/2013

Los juegos de la memoria


    Recuerdo los primeros libros que tuve entre mis manos: cinco novelas de aventura en tapa dura, con letras doradas, que daban forma a la colección Clásicos Universales. Fue un regalo de mi madre cuando yo tendría cuatro o cinco años. Me tomó tiempo comenzar a leerlos, a diario los observaba en un rincón de la biblioteca, sabía que eran míos, imaginaba el misterio que llevaban encima. Alguna vez iba a atravesar sus páginas.
    Mi hija Camila pronto va a hacer la Comunión. La biblia que utiliza en cada clase me acompañaba al catecismo hace treinta y cinco años. También mi madre fue la artífice de ese regalo. Como observarán, soy dado a conservar ciertas obras que, vistas en retrospectiva, funcionan como espejos a la hora de escudriñar en el pasado.
     Hace poco me dio por hojear el “Diccionario Práctico EASA” con el que mi pequeña resuelve rompederos de cabeza a propósito de las palabras.  Ha sido la directa heredera del libraco que una tía me obsequió a los cinco años porque su sobrino era entrometido y preguntón. Según ella, resultaba poco menos que imposible mantener por diez minutos el hilo de una conversación entre adultos sin que esa ardilla metiera sus narices lanzando a quemarropa interrogantes sobre qué era nauseabundo, inverosímil, axila o traqueteo.
    Es curioso, pero cojo el EASA y al notar cómo dejé huellas en él, pienso que algunos textos son también cortes geológicos, capas superpuestas como esas que se dejan ver en las excavaciones arqueológicas. De algún modo parte de tu historia queda ahí, al aire libre, legible si te das a la tarea de reconstruir fósiles, empalmar épocas y analizar sedimentos.
    Guardo en la memoria la viva imagen de mi madre forrando los cuadernos. Segundo grado me hacía sentir mayor. Quedaba atrás el kínder, a lo lejos recordaba andanzas con la maestra Báez, de primero “A”. Comenzar segundo no sólo era emocionante sino también un reto: el libro de lectura lucía considerablemente gordo, me habían comprado un compás y un transportador (¿qué diablos era eso?) para hacerle compañía a la solitaria regla con que aprendí a trazar líneas rectas, quebradas, inclinadas y demás misterios por el estilo. Y por si todo lo anterior fuera poco, Laura, con su cabello recogido en una cola de caballo, me hacía latir el corazón más de la cuenta.
    El diccionario finalmente estuvo listo. Forro de papel azul con rombos blancos, forro de plástico encima, y en el medio una etiqueta para identificarlo. Lo abro en el presente mientras Camila colorea páginas de sus tareas, pienso en el colegio, pienso en el niño que fui y en la niña que es mi hija. Pienso en Daniel, más pequeño que ella aún, y me digo el lugar común que nos aplasta las narices: “los tiempos cambian, uff, los tiempos sí que cambian”. Y es bueno que sea así.
    Mierda, culo, vaina, coño, aparecen encerradas en un círculo con tinta negra. Me veo leyendo esas palabras en el diccionario, absorto, sorprendido, preguntándome por qué razón están ahí. ¿No era ése un libro serio? ¿No era un objeto que usaba la maestra? ¿Cómo es que de pronto contiene palabrotas? Puta, pendejo, ñoña, me producían la sensación de que las cosas no estaban en su sitio, de que ese vendaval de términos prohibidos cabían también en una parte semiiluminada de la escuela. Era contradictorio, era un descubrimiento que me confundía.
    Continúo mirando el  libro, noto mi firma en su primera página, debió ser a los seis años. Luego observo otra, quizás ya a los siete u ocho. Veo incluso una adicional, muy distinta, una rúbrica sin dudas imitando a aquella de mi padre, imposible de leer, un verdadero garabato. A semejantes alturas, sexto grado diría yo, me sentía un hombre, un hombre grande, alguien diferente a esos mocosos insignificantes de tercero, cuarto o quinto.
    La verdad es que esa línea temporal que implica un libro largamente usado por nosotros lleva las marcas de lo que hemos sido. Si abres los ojos hallas pistas, la punta de algún hilo que puede arrojarte al ovillo que ahora eres. Paso las páginas: un corazón dibujado con marcador rojo, atravesado por una flecha verde. Una frase escrita en cuti: cutilecutivoy cutiacutipecutidircutiuncutibecutiso. Las iniciales de varios nombres clave: B.A.M., María A.P., A.L.R.G., y también algunos sueltos, desafío abierto para entrometidos capaces de hurgar en mis secretos: Luciana, Alejandra, María Eugenia.
    Camila termina su tarea. Ordena los cuadernos, recoge desperdicios, guarda todo en su morral. ¿Me permites?, y entonces cierra el diccionario, lo coloca junto al resto de los útiles. Se lleva el fardo hasta su habitación sin saber que ahí también voy metido de cabeza.

2/14/2013

Preguntas y respuestas


    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien ose dudarlo nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone la firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.

2/12/2013

La voz del poeta


    Cada tanto compartimos un café, conversamos, arreglamos o terminamos de hacer pedazos este mundo. Ha publicado varios libros, todos de poesía, y ahora mismo tiene en mente lo que será un próximo título. Vamos a La Escalera, un café coqueto, aséptico, climatizado hasta en el baño de la cocina, que a él le gusta y a mí me desencanta pero qué se le va a hacer: “o en La Escalera o en ninguna parte, viejo. Esta vez impongo yo”.
    Conozco a Pedro Suárez desde hace una punta de años y créanme que lo digo con orgullo. Es bueno saber que existen los amigos, sobre todo porque son como el azúcar, la leche o el pollo en este pobre país, escasos, poquísimos, de a ratos inexistentes. Con Pedro pasa que es amigo y ya, y la amistad se nutre de un valor de uso que sabes va a estar ahí aunque tengas ocho meses sin saber de él. No hace falta la presencia cotidiana, física, quiero decir. Basta el hecho trascendente, la seguridad de que el tiempo y los kilómetros, la lejanía, forman parte de una realidad circunstancial donde nada hay que demostrar. Somos amigos y punto.
    Pedro Suárez ha escrito desde el hígado o la risa, desde el corazón o las tripas, y su trabajo ronda los temas de siempre, los universales, los profundos, los que llegan a los huesos sencillamente porque la humanidad yace en nosotros. He leído cada uno de sus libros y en todos va de bruces el hachazo necesario para decir esto o aquello con versos puntiagudos, con palabras TNT, con dardos de lenguaje envenenados a punta de existencia, polvo en los zapatos y pulso a tono con el párrafo que siempre intenta redondear.
    Mientras me quejo porque en este lugarejo está prohibido el humo del tabaco, él extiende una pila de cuartillas, me la da, “son los textos de los que te hablé”, dice, y yo paso la vista por encima y observo: “Libro de la sabana”. Anoche pude leerlo de un tirón. Entonces, de seguidas fui poco a poco, a mi manera, releyendo poemas salteados. Violé el orden que el autor había propuesto, machaqué fragmentos que, como islas, formaban perlas solitarias, pequeñas joyas encofradas en una hechura mayor. Es un libro a propósito de la Gran Sabana, un libro de viaje, de aproximación, de vuelo rasante que termina por atravesar de cabo a rabo la geografía física y espiritual de una región que se le incrustó a mi amigo en plena piel.
    “Este es el camino que haré más de dos veces/ me secuestra el salto y la voz pemona/ la sensación de navegar por un tobogán de estrellas/ la manía de dormir los grillos del corazón”. Entonces nada, tobogán e insectos están ahí, acaso a medio paso de mi sillón y de mi lámpara. “Pude tocar El Dorado/ comprobar que el de los libros/ era una torpe infamia/ un mito inacabado”. Y eso creo, que un mito da bandazos entre lo que cuenta y lo que en verdad nos aplasta la nariz, y lo que cuenta aquí se agacha porque un poema le lleva la contraria.
    La Gran Sabana es el motivo, el punto de fuga, materia plástica hecha libro: “Comprobé que la sabana habla su propia lengua/ y que las letras de su abecedario/ están escritas en un cuadernillo editado en el Precámbrico”. Y además: “Te das cuenta de que si olvidas la clave/ no comes ni bebes/ que las camisas planchadas/ se arrugan al cuello/ que la Helicobacter pylori/ es un nudo de corbata/ que sentarse a la mesa y negociar una rosa/ es tan peligroso como escalar el salto Angel”.
    Nada más que decir. Valdrá la pena. Estoy seguro de que bien valdrá la pena saborear estos poemas transformados en el libro que saldrá a la calle. Lo esperaré con alegría.

2/01/2013

Mi amigo escritor

    Alberto Manguel escribió unas líneas que Camila y Daniel suscriben a cada instante: “los niños saben algo que la mayoría de los adultos han olvidado: que la realidad es todo aquello que nos parezca real”. Lo anterior produce un lamento y una tristeza. El lamento es que una frase lapidaria como esta genere tan poco eco en nosotros, es decir, esos adultos, esos bichos raros en los que nos transformamos, y la tristeza, pues la tristeza es la ocurrencia de tal metamorfosis.
    Tengo un amigo que siempre le busca cinco patas a los gatos. También es escritor (los escritores son unos buscadores incansables, me da la impresión) y entonces usted lo ve oteando el horizonte con ojos de felino al acecho nada más que por hallar la sabia que subyace a este artificio con que bañamos el mundo, a este orden tan pulcro, tan aséptico, tan cargado de adultez que hemos construido desde hace tanto y al que nos lanzamos de cabeza.
    Uno anda rodeado, dígame si no, por un océano cuyos progenitores son el bueno de Aristóteles y el inteligente Descartes, o sea, lógicas estructuradas para ver de una manera, pensar de una manera y actuar de una manera. No está mal, tomando en cuenta lo bien cuadriculado que anda el universo, pero mi amigo escritor tiene razón, buscando lo que no se le ha perdido, cuando menos él dio en el blanco al punto de encontrar otros modos de mirar la cosa. Sus libros van por ahí llenos de ironía, sus escritos chorrean humor negro y perspicacia, sus obras leen la vida echando afuera lo que está bajo la alfombra.
    Calles, charcuterías, museos, escuelas, parques, hogares, tiendas, templos, burdeles, plazas, fueron jerarquizados por una mente que los unifica y les otorga su particular pie y cabeza. Eso es bueno, no vaya a ser que andemos más perdidos de lo que ya estamos, pero a mi amigo le encanta llegar a esos lugares y volver añicos ese orden superior que nos guía y nos organiza. Mi amigo es un niño, no cabe duda, pero también mi amigo, como usa barba y tiene canas, ha sido presa del ojo vigilante de lo que yo llamo “un adulto por todo lo alto”, esto es, alguien olorosito y entalcado a propósito de sus funciones como hombre educado, programado, bien llevado. Ha sido presa, digo, porque del cuello le cuelga, hasta que dé muestras de enmienda contundentes, la etiqueta de raro y diferente, generoso eufemismo para no decirle de una buena vez atolondrado, apestado, loco o desquiciado.
    Ese escritor que anda buscándole la quinta pata al gato gusta leer el mundo a su manera, lo cual pasa por considerarlo tierra virgen en cada expedición exploratoria que lleva a cabo todas las mañanas al despuntar el día, justo cuando empieza la faena cachito y jugo mediantes en el abasto de la esquina, servidos por Joao, portu buena gente  y simpátiquísimo como ninguno.
    Según creo haber sugerido ya, y por ser un hombre libre, mi amigo le saca la lengua a ciertos órdenes preestablecidos. Ese pre en preestablecidos, claro está, tiene mucho de plancha y almidón, por lo que siempre es urgente, dice él, salirle al paso con una labor profunda de recreación a propósito de todo cuanto se anteponga entre él y su mirada. Como es lógico suponer, este re de recreación sí que resulta mucho más simpático que el malencarado pre, al que es bueno insuflarle dosis elevadas de anarquía para despeinarlo y desarreglarlo un poco mientras se le hacen cosquillas epistemológicas (perdonen el feo academicismo) a ver si sonríe y cambia por fin de semblante.
    Total, que la labor es ardua pero grata. Y ahora que lo pienso, recuerdo esa sentencia de Cortázar, quien a tono con todo esto llegó a arrojar una frase a quemarropa: “soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja del sueño”.


1/24/2013

El otro Jack


    Hay libros que nos gustan de cabo a rabo, pero éstos son la minoría. Lo común es hallar escritos-mosaicos irregulares: nos atrapa buena parte de lo que hay en ellos, pero también muestran lunares, manchas, zonas oscuras cuya existencia termina desalentándonos con fuerza.
    Una tarde en Maracaibo miraba pasar la vida en un café del centro. Como las mesas estaban repletas, alguien se acercó, saludó y pidió ocupar un sitio junto a mí. Era un señor entrado en años, calvo, de lentes, con los dientes amarillos por la nicotina. Yo leía, tenía en las manos algo de Cynthia Ozick, recuerdo bien. Entonces lanzó a quemarropa algo más o menos así: “también suelo acercarme a estos lugares y leer, sólo que a estas alturas leo lo que me da la gana y lo que me da la gana es justamente lo que me da placer”. Lectura y hedonismo, claro está. Me gustó lo que el recién llegado ponía sobre el mantel.
    Hay gente, siempre lo he dicho, que anda por el mundo llamando la atención. Personas que chorrean esa especie de magma, de aura que no deja de producir curiosidad. Gente que le busca cinco patas a los gatos y bueno, basta que los tropecemos para de golpe saber que son ejemplares raros, individuos de lo más extraños, seres capaces de descolocar las cosas y seguir como si nada.
    Pidió agua mineral y echó afuera su historia. En dos platos, mi acompañante pasaba los días engordando su biblioteca ideal, un entramado de libros cuyo único punto en común era que todas, todas y cada una de sus líneas, párrafos y páginas otorgaran  placer total al ser leídos. Si hallaba un pasaje indigno de la misión que se había propuesto completar, sencillamente lo tachaba. Si era una hoja, o dos o tres o diez, las arrancaba, de modo que sólo permaneciera aquello placentero. Debía perdurar lo que a su juicio era un tesoro digno de ser leído y degustado en cualquier lugar o circunstancia. Aquella biblioteca era su maravilla, labrarla suponía la obra de una vida. Lo escuché con atención y asentí, le dije que su plan era de fábula. ¿Era feliz de esa manera?, pues bien, no era yo quién para opinar en contra.
    Ahora, en otra ciudad y otro café, con un ensayo de Alberto Manguel sobre la mesa doy chupadas al Davidoff que alguien tuvo el buen tino de obsequiarme. También desde esta trinchera miro pasar la vida y sin que esta vez nadie se acerque, pida permiso y ose ocupar la silla frente a mí, acaso porque las mesas no están ahora repletas, acaso porque los días y sus circunstancias ya no son los mismos, abro al azar el libro, paso los ojos por la página treinta y dos, y leo: “Me viene a la mente el moralista Joseph Joubert, cuyos hábitos de lectura fueron descritos por Chateubriand: cuando leía, arrancaba de los libros las páginas que no le gustaban, y de este modo iba conformando una biblioteca personal hecha de volúmenes destripados con cubiertas medio sueltas”.
    Fruncí el ceño, levanté mucho las cejas, pensé en el café de Maracaibo y en aquel Jack, destripador de libros, calvo, con los dientes amarillentos por acción del cigarrillo, y en el señor Joubert, este otro despanzurrador que tenía ahí mismo, justo a mis pies en ese instante, hecho letras y hecho obra literaria. Pedí otro café y continué leyendo. Continué leyendo, no faltaba más.

1/17/2013

Populismo a la carta


    El último pronunciamiento del Tribunal Supremo de Justicia, avalando la tesis del continuismo oficialista, ha producido con razón el levantamiento de numerosas voces condenando lo ocurrido. Enhorabuena.
    El gobierno de Hugo Chávez es dueño de una legitimidad de origen empañada a medida que pasaron los años gracias a su conducta en el poder. Es lo que se conoce como legitimidad de desempeño, venida muy a menos sin lugar a dudas. Hoy no es un secreto para nadie que los poderes públicos duermen la siestecita de los justos en el bolsillo del Ejecutivo y que, en consecuencia, los debidos contrapesos volaron en mil pedazos. Todos los equilibrios se fueron, pues, con su música a otra parte. Chávez ha hecho poco menos que materializar buena parte de sus delirios, lo cual es una realidad de la que aún no se desprenden las peores consecuencias. En tal sentido el perfomance del Tribunal Supremo no sorprende, en esencia porque es un apéndice, un tentáculo más del gigantesco pulpo en que se ha transformado el Estado venezolano, y actúa según la lógica de intereses extrajudiciales.
    No sé adónde irá a parar todo esto. Ignoro cuál será el punto de fuga de unos hechos que, partiendo de incontables violaciones a la Constitución, tejieron un entramado cuya figura lamentable es la Venezuela de estos días. Pero sí tengo la certeza de que es necesario, urgente, señalar las perversiones. Quienes se dedican al pensamiento, científicos, profesionales, escritores, artistas, académicos, intelectuales de aquí o allá, están llamados, entre otros, a lanzar la voz de alerta y plantar cara ante los hechos. Es lo menos que se espera de ellos en una sociedad tan convulsa, de muy frágil democracia, como la venezolana.
    Las complicaciones y derivas políticas, tragicómicas, dolorosas, inaceptables, que en determinados momentos sufre un país cualquiera, pueden muy bien ser específicas e inherentes a ciertas geografías a lo largo y ancho de este mundo, pero no hay que equivocarse: éticamente demandan pronunciamientos, toma de conciencia, nos tocan en tanto humanos y resulta imperativo actuar. ¿Y cómo actúa un intelectual? Pensando, escribiendo, debatiendo, alzando su voz, su autoridad moral y su quehacer para  deplorar, para denunciar las tropelías y desafueros del poder vengan del lugar que vengan. Lo intelectuales demócratas tienen trabajo en Venezuela.
    La herramienta clave de Chávez ha sido el populismo, condición desafecta al progreso y a la libertad que ha brillado con luz propia en los sesos hirvientes del   caudillaje latinoamericano durante décadas. Es usando tal moneda como logró socavar instituciones, engordar la corrupción hasta hacerla una rémora constitutiva del país, y llevarlo, por ejemplo, a los primeros lugares del club de naciones con mayor retroceso económico, inflación o violencia callejera. El populismo, de vasta e ingrata presencia en nuestra historia, es un formidable muro de contención frente a cualquier esfuerzo por crear sistemas democráticos que gocen de buena salud y alienten el crecimiento y el progreso cuando reina la pobreza. En el presente, la democracia venezolana es una mascarada.
    Mucha gente ligada a la cultura ha permanecido callada, negando y justificando cuanto disparate sacó el mandón de la chistera. Se trata de una frivolidad moral poco menos que impresionante, una debilidad de carácter, de visión y horizonte democrático, de ausencia de escrúpulos políticos a favor de una peligrosa manera de asir la ideología socialista: como una verdad colectiva superior, dueña por lo tanto de la razón, de la verdad y de la historia. Al ocurrir esto, el fin justifica los medios y de ahí a inclinar la cerviz y quebrar lanzas por un ídolo político entronizado con inciensos y demás sahumerios en el amplio santoral de los demagogos, hay sólo un paso. ¿Por qué actúan de esa manera? Por comodidad u oportunismo, por ceguera, por sed de poder o cobardía, y acaso por cierta ingenuidad difícil de concebir a estas alturas.
    Quienes han dado un golpe sobre la mesa y lo continúan haciendo, esos que día y noche se atrevieron a manifestar lo que pensaron, con alta voz, con claridad, y le han salido al paso a tanta torpeza, a tanta locura trasnochada con una valentía sin cortapisas, es decir, intelectuales incapaces de abdicar frente a su norte -la libertad-, seguramente encontrarán ecos a sus voces. Ojalá mucho más en horas tan amargas.

1/15/2013

La pizza de Camila

Tu crujiente pan caliente,
bajo ese tomate manchado,
de orégano espolvoreado,
que resbala por mis dientes.

Tu queso fundido y gratinado,
encima de tropezones,
de pollo, de champiñones,
creo que me he enamorado.

La comida de los dioses,
la diosa de la comida,
a mi el alma se me encoge,
cuando se acaba la pizza.


Anónimo

1/09/2013

X



    X, escritor amigo, publica un libro cada año. X crea historias que atrapan desde la primera línea, aunque para lograrlas posee el más curioso de los métodos.
    Justo cuando X me habló del asunto recordé mi época de escuela, en especial el tercer grado. La maestra mandaba a leer a diario por lo que cada quien, hubiera lluvias, truenos o centellas, se alzaría como protagonista en su momento. Me explico: tarde o temprano tocaba subir al escenario, es decir, pararse frente a los compañeros, abrir el tomo y leer el cuento escogido. Yo lo hacía muy bien pero con una condición: llevar mi propio libro. Si por casualidad lo olvidaba en casa era hombre muerto. Jamás, en aquel lejano tercer grado, pude descifrar con solvencia cuanto hallaba escrito en los textos, idénticos, de Pedrito, Luisito o Rafaelito.
    X escribe en su Remington viejísima, lo cual le da un aire de artista bohemio demodé y de dinosaurio fuera de contexto poco visto en estos días. Mientras quienes se entregan a las teclas usan computadoras de última generación, mi amigo echa mano del Typex y de su maquinita. Caso contrario, afirma, resulta imposible escribir las tramas que obviamente nacen de su imaginación, pero también de sus dedos. A falta de máquina, para resultar coherente, usa bolígrafo o lápiz, pero nada más que los suyos. Al ponerse a trabajar con instrumental ajeno de inmediato se da el bloqueo, la parálisis, el blanco mental y digital incapaz de hacer a un lado salvo con el regreso de la Remington o hurgando en su escritorio hasta dar con el Mongol Nº 2 o el Paper Mate Kilométrico Plus.
    Así están las cosas. Entre X y yo media un hacer (la escritura en su caso; la lectura en el mío) entrelazado por un virus extraño. Un buen día cogí el libro Angelito de Moncho, o el de Elena, ya no recuerdo con exactitud, y al pasar la vista por las letras pude dar con los significados, encontré el desenlace feliz de tanta letra junto a otra que únicamente aparecía cuando el Angelito en cuestión  llevaba una etiqueta que decía “Propiedad de: Roger Vilain. Colegio María Inmaculada. Tercer grado A”. Cogí el libro de otro y se dio el milagro, leí a placer, vaya uno a saber por cuales designios de la divinidad, del azar o del caos.
    X sueña historias que luego echa afuera con la punta de los dedos. Pero ahora mismo su máquina está descompuesta, le saltan ciertas letras, el rodillo se trabó, y para remate es zurdo y acaba de romperse el brazo izquierdo. La verdad es que a veces a cualquiera le caen las siete plagas. El punto es que mi pobre amigo X no puede usar sus herramientas de trabajo y me ha pedido contar a manera de conjuro un poco de su historia que, como referí antes, de algún modo se da la mano con la mía.
    Mejorará, claro, arreglará su Remington de los cincuenta, continuará pariendo obras la mar de fabulosas y, por qué no, el día menos esperado también lo hará desde una Laptop suya, de fulano o de sultano, o de una Macintosh bañada de modernidad, o desde un bolígrafo cualquiera. No me cabe duda, sólo es cuestión de tiempo. Un asunto de paciencia. Mientras tanto ya he cumplido, aquí está el escrito que pidió. Ojalá sirva para algo.

12/28/2012

Velocidad de crucero

    Mi hijo Daniel quiere un helicóptero. Uno de juguete, claro, pero que vuele de verdad. A sus casi seis años prefiero que se eleve sólo a ras del suelo, y entonces me entrego al hecho de subirme con él a otras naves, a otros aparatos, a otras invenciones.
    Pedirle al Niño Jesús una máquina capaz de despegar es de lo más emocionante, por supuesto, asunto que en mis días de imberbe hubiese hecho las delicias del patio. Pero qué va, existían parapetos voladores menos reales y más imaginarios. Le cuento de esos tiempos, abrazo las historias que guardo en la memoria con el lenguaje que le gusta: el de la algarabía y el de las aventuras.
    En la cama, echados al amanecer, un golpe de almohada bien puede resultar el encendido que implica ascender y navegar. Volar también ocurre desde un  colchón entre café, abrazos o sonrisas. Durante mi época infantil atravesar las nubes, visitar Júpiter o Marte, pilotar cohetes, suponía una caja de cartón elegida como nave, tenía que ver con la mata de guayaba, en el patio, y su ramaje dispuesto para cobijar  a quienes deambularan en busca de adrenalina, sueños y nuevas experiencias.
    Daniel toca un botón y se prende cierta luz, mueve la palanca y sentimos que nos elevamos. Ríe, y esas carcajadas dejan entrever sin duda que el helicóptero añorado es poco comparado con esto. Volamos, vagamos a placer. Allá abajo, mira, está tu calle, tu casa, corren tus amigos. Papá, ¿las nubes son de algodón?, ¿podemos ir a Francia?, ¿a Liliput?, ¿nos metemos en ese arcoiris? Zarandeamos interrogantes mientras observo cómo la dicha chorrea por la comisura de sus labios. Le gusta despeinarse, goza con el viento que le tumba la gorra del Caracas, se empina a más no poder para arrojarse de seguidas en picada, a toda velocidad, hasta ascender nuevamente en medio del vértigo y las hormigas en la panza.
    “Es como en El Principito”, me dice. “Es así, pero mejor”, reconoce. Tiene su planeta, Daniel fabrica un cuerpo celeste para él, tiene además un lugar preferido en ese astro, de modo que en cada chance prende los motores y allá va, al sitio más divertido que haya de existir nunca jamás. Yo lo veo y regreso a mi particular historia, a mis andanzas parecidas, cuando disfrutaba de su edad. Su avión también es la máquina del tiempo. Ahora él es quien me enseña, me indica el camino, me toma de la mano y es capaz de hacerme cosquillas en el cuello. Coloca frente a mí el espejo en que nos contemplamos sin que medien estaturas, años cumplidos, dientes de leche o quién engendró  a quién. Somos dos y basta. Volamos y eso es suficiente. Danzamos perdidos en un solo abrazo.


12/20/2012

Lentes


    Hay gente que usa lentes y desde que eso ocurre deja de ser lo que era. Tengo un conocido con muy mala vista, por lo que le recetaron anteojos multifocales que reducirían sus problemas al mínimo. Resulta que se transformó en otro.
    Transformarse en otro supuso enfocar mucho mejor de lejos y de cerca, pero lo más llamativo fue que también escudriñó nuevos horizontes: con sus lentes no sólo vio las cosas claramente sino que las vio incluso por dentro.
    En mi infancia soñaba con tener visión de superhéroe, es decir, mirar a través de las paredes, y en momentos lascivos de la adolescencia añoré poder echar un ojo más allá de los vestidos femeninos. Fui un frustrado, por supuesto, pero ahora que lo pienso mi amigo es capaz de lograr eso y otros beneficios adicionales. Qué suerte tienen unos.
    Conozco a un señor entrado en años cuya vida ha sido de lo más kafkiana. No despertó como Gregorio Samsa, convertido en bicho, pero al abrir los ojos una mañana y calarse sus anteojos, empezó a notar que no sólo podía leer periódicos, libros o manuales de instrucciones, sino leer los pensamientos de cualquiera, otro de mis anhelos infantiles. Cuando aquella chica me mando a freír papas, allá en la adolescencia, luego de lanzar excusas como besos para justificar el puntapié, ¿qué tal haberle escrutado las neuronas? ¿Decía ella la verdad? ¿Acaso mentía como bellaca?
    Como gracias a los años mi vista se ha venido a menos, en estos días fui al oftalmólogo, que resultó ser oftalmóloga. Conclusión: anteojos para ver de lejos, para ver de cerca y para distancias medias. Cuando pregunté qué más me miró con extrañeza. Iba a indagar si con ellos podría atravesar la bella falda azul que lucía en ese momento, si sería capaz de vencer la barrera de una blusa, de un brassiere, de un vestido largo o corto, iba a preguntar si con mis lentes el bikini mínimo adornado con encajes que quizás llevaba justo en ese instante terminaría rendido ente el asedio de mis cristales superpoderosos, pero nada, hice silencio, decidí guardarme las interrogantes, comprendí en el acto su completo desconcierto.
    Al escribir esto que tiene usted enfrente llevo mis anteojos puestos. En mi café predilecto, mientras rasguño el papel, de cuando en cuando hago esfuerzos por adivinar pensamientos, por darme cuenta de qué esconden las paredes, pero no señor, qué va. Soy un ser normal que ahora usa lentes y no se transformó en otro. Cuánto lo lamento. Cuánto.

12/13/2012

Soy un premoderno


    José Miguel quiere un Blackberry. Cuesta ocho mil bolívares más impuestos  pero eso es lo de menos porque a José Miguel le encantan los juegos que trae el aparatico y prefiere además un teléfono con t mayúscula. José Miguel tiene seis años.
    Colgada del árbol navideño está la carta. Puedes leer el saludo, después la aclaratoria indispensable: “me he portado bien durante todo el año”, y acto seguido el juguete que es el non plus ultra de un Niño Jesús acorde con los días que corren. A veces me da por ponerme a recordar y se me viene a la memoria otra época y otras navidades, cuando regalar era menos complejo y cuando la palabra niño cabía en una pelota remendada o en un barco de papel. La señora Sara, madre de José Miguel, cuenta que su hijo es de lo más moderno y qué más da. En tiempos de computadoras no puedes pensar en carritos de madera.
    Como soy un redomado cavernícola siento la necesidad de coger a lo moderno por el cuello y ponerlo de patitas en la calle. Lo moderno, cuando se trata de Blackberrys y mocosos de seis años, tiene un fuerte olor a publicidad metida por los ojos y a padre o madre más pendientes del Sony LH de 86’’ XGX Color Print Platinum Plus que de abrazar a sus hijos y enseñarles algo más que decir aló aló, tío Pedro me compraron un teléfono, oye, mira cómo sé marcar tu número, y otras putadas por el estilo. La verdad es que uno se pone melancólico, será por las fechas, o la edad, o tantos niños jesuses virtuales con cara de andróginos paletos que nada tienen que ver con aquél otro que nació en Belén, según cuentan los enterados, y en las madrugadas del veinticinco de diciembre se colaba como zorro hasta tu habitación para dejarte un tren de hojalata, o una pelota con un bate, o un camión de plástico para que jugaras a los policías y a los bomberos.
    Este mes cumpliré cuarenta y tres tacos y el otro día recordaba mis navidades y los regalos que solíamos pedir, otras fierecillas como yo y yo mismo, y hay que ver, en nada se parecen a lo que se va estilando en estos lares. No digo que sea malo (Dios me libre), o sea bueno. Sólo es. Pero entre un Blackberry Special Pantalla Líquida Stereo Sound and Dolby System con cubierta de cuero negro y toda la parafernalia, y aquellos pequeños obsequios en los diciembres de mi infancia, escojo “Un cuento de Navidad”, comiquita que año a año transmitía la tele al amanecer del veinticinco lloviera, tronara o relampagueara, y que yo veía y veía echado en el sofá roñoso de la sala aún con el rompecabezas en los brazos, regalo del Niño Jesús hallado horas antes en medio de las sábanas.
    José Miguel vive la época que le tocó y se acabó, dice su madre. Yo digo que está de maravillas, y que más maravilloso se pondría el patio si al Black se le añadiera parte de lo que hemos sido, de lo que arrastramos en el alma como gente que heredó una cultura, es decir, algo de la historia humana que supone celebrar la Navidad, con sus implicaciones, causas y consecuencias, más allá del regalo consabido, de la hallaca por la hallaca o el feliz año por el feliz año. Tengo la seguridad de que los niños vislumbran mucho mejor que los adultos eso que tintinea en el espíritu que nos une, en el cuento común, en el lazo que termina por agruparnos y  acercarnos, y  puede hacerlos mejores que nosotros, más sensibles que nosotros, más cultos, más inteligentes, solidarios, conscientes, pensantes o felices que nosotros. La Navidad da para eso y para más, no cabe duda. Es que yo soy un premoderno. A mucha honra.

12/06/2012

Un libro entre los libros


    La ingenuidad es libre. Así como en ocasiones hallas a alguien, a una mujer por ejemplo, y piensas que es así o es asao pero terminas finalmente (o fatalmente) convencido de que la guachafita es lo suyo, así te das de bruces con ciertas publicaciones, con algunos textos que te sorprenden para siempre.
    Los libros son como la gente: hay de todo. Esta verdad de Perogrullo viene a cuento por un hecho feliz, apoyado en la experiencia de lector que lo persigue a uno desde que sale el sol y hasta que se despide. Hay libros para leer con el café, libros para lecturas vespertinas, hay libros que se te meten  en los huesos y no puedes soltarlos aunque la mañana te sorprenda entre sus brazos. Los hay insufribles, opacos, sin nada para ti, y están aquellos, por supuesto, incapaces de pasar la prueba de la mesa de noche, es decir, ven correr los días apilados sobre un mueble que también será su tumba.
    Pero a veces se encuentran libros que terminan por leerlo a uno. Creo que son los imprescindibles: te guiñan un ojo en el estante de la librería o cuando clavas la vista en su primera línea. Entonces quedas atrapado. Son libros pescadores, despliegan las redes a placer y si estás hecho para ellos, escríbelo, no tienes escapatoria. En el océano de las bibliografías dan forma a una especie que trasciende, que va más allá, que domina todas las lenguas, tiempos y lugares.
    Cuando un libro puede leerte significa que puede entonces descifrarte, destejerte, darte un coñazo en la nariz. Son además libros espejo porque se paran frente a ti y registran cosas, hechos, sedimentos que te pertenecen, que están en ti, de los que no tenías ni idea. Un libro así te agarra por las pelotas y eres hombre muerto, aunque claro, semejante muerte es nada menos que una resurrección, pues ocurre ahí que te iluminas, que te tienden una emboscada poniéndote junto a lo que has sido o eres. Te encuentras, te miras de frente, te tocas los lunares y las pecas.
    Decía Borges que él se jactaba no de los libros que había escrito (y mira que parió unos clásicos) sino de los que había leído. Creo entender bastante bien semejante afirmación. Mientras más libros hallo en mi camino, mucho más de mí soy capaz de hurgar desde el papel. Y al escudriñarme de ese modo también tropiezo con todos los hombres, me sumerjo en el género humano. Nada menos.
    Gracias a los libros me transformo en libro. Hay libros, como escribí antes, que te leen, que te releen, lo cual supone convertirte en texto, en negro sobre blanco, en grafías e imágenes mentales, en sintaxis, en puntos suspensivos, en puntos y comas, en oraciones yuxtapuestas copulativas y en significados, eso, en significados de ti mismo que ignorabas y vislumbras de repente. Libros de fuego que te marcan, libros adivinatorios, libros tiburón por sus mandíbulas, que las tienen como nadie.
    Al caminar por una librería, al meterme en una biblioteca, al abrir el ejemplar por vez primera busco exactamente eso: un indicio, la posibilidad de entrever el diálogo profundo, el cruce de miradas que quizás proponga el toma y dame que estoy esperando. Por lo general no ocurre así, pero en ocasiones obra el milagro. Ya desde los inicios, desde el primer párrafo incluso, intuyes de qué va el asunto. Puede ser buena la historia, extraordinario lo que tienes en las manos, pero no más. Terminas, llegas al punto y final  y  se acabó, baja el telón. Pero cuando ese manojo de papeles tiene el poder de desenmarañar tus jeroglíficos, si llega a suceder que observas la partitura de lo que vas siendo, tropezaste entonces con el nirvana literario. Tales son los libros que yo busco. Tal es la esperanza que me lleva a encontrarlos.