5/24/2013

Sapos en la vía


    De ser cierto lo que dice, el audioventilador de Mario Silva voló en pedazos un secreto a toda voz: la injerencia extranjera es tolerada y auspiciada por quienes gobiernan, el Consejo Nacional Electoral es una caja negra, la corrupción engordó como jamás antes, haciendo metástasis a placer, y las pugnas entre facciones convirtieron al oficialismo en archipiélago donde el poder se pretende a fuerza de incisivos, caninos, molares y otros dientecitos por el estilo. A modo de colofón, el miedo, confesado por Silva en sus develados cánticos, reina triunfante en las trincheras gobierneras luego de haber hecho lo que les dio la gana por casi tres lustros.
    No es casualidad que estemos donde estamos. De una conducción inepta, de una pésima gerencia de la cosa pública sólo puede resultar el desastre del presente. Hugo Chávez fue el padre de la criatura, especie de Rey Midas al revés que a su antojo y sin controles de ningún tipo manejó entre disparates un país que debería estar ahora mismo, cuando menos, entre los más cultos, eficientes y desarrollados de América Latina. De los gallineros verticales, de la ruta de la empanada, del trueque, de cada invento producto de cuanto seso calenturiento ha pasado por la revolución, cosechamos la realidad que hoy nos aplasta. Nicolás Maduro ha sostenido que es hijo del señor Chávez, y yo le creo de pe a  pa. Demostró heredar, como el mejor, esa carga de incapacidad y torpeza para dirigir nada menos que los destinos de un país.
    Da escalofríos ver a un hombre, vicario de Chávez en Miraflores, superar al padre Atila cabalgando y arrasando. Su gobierno va a seguir combatiendo a los imperios, va a salvar a la América toda, al planeta y la galaxia si da tiempo, pero no puede con los malandros en las calles, con las escuelas que se caen, con la falta de harina, mantequilla, pollo o papel tualé. No puede con la inflación, con el desastre económico que produjo en las universidades, con el desempleo, con la espeluznante dependencia petrolera, con la improductividad generalizada, con los hospitales que dan lástima, con el cementerio de empresas que a la fecha son la mitad de las que había al comienzo de este incendio. Sabe amenazar, expropiar, asfixiar cuanto huela a emprendimiento, hablar hasta por los codos, abusar del poder y poco más. Menuda clase gobernante ésta, llena de medallas sin haber ganado una batalla.
    El audioventilador del señor Silva implica un golpe seco a propósito de lo que cierta izquierda, local y continental, vendió como historia magna, gesta imaginaria que quiso parecerse a  la Cuba de los hermanitos Castro. Hasta el chavismo más recalcitrante tendrá que revisar las bisagras de su tarima, los soportes de sus creencias, los clavos que la sostienen. No es poca cosa eso que croa Mario Silva desde el pantano revolucionario.
    Mientras tanto el país continúa a la expectativa. La entrega por capítulos de esta novela negra, prometida por Ismael garcía, seguramente arrojará más gasolina al fuego  del escándalo actual. Mucha gente advenediza, numerosos defensores del negociado oficialista aportaron su sainete al explicar con malabarismos lo ocurrido: se trata, claro, de un vulgar montaje. Intelectuales gobierneros, por ejemplo, no han abierto la boca, pobrecitos, o lo han hecho sólo para lanzar chasquidos insufribles de la lengua. Bla, bla, bla, bla. En fin, que ante expresiones hilarantes o insultos como los de Maduro al mensajero, lo cierto es que el mensaje es lo menos considerado por quienes gozan del poder. Más de lo mismo.
    Tengo la impresión de que el piso cruje de lo lindo. Mario Silva prendió una antorcha entre vapores inflamables. Aún no terminan las explosiones.

5/16/2013

Literatura por knock out


    Hace poco me invitaron a un programa para hablar de libros, de autores, de cuentos y poemas. En fin, de escribir y de leer. En algún momento sostuve que seguirá habiendo problemas de comprensión lectora mientras nuestra escuela continúe rebosante de salud a la hora de espantar de cuanta cosa suene a texto, a hoja impresa, a literatura. De inmediato se encendieron las alarmas. Llamó gente para rebatir, para defender, para decir no, no toda la culpa es del colegio, y supongo que tienen algo de razón. Pero si la escuela cumpliera su labor de cabo a rabo o cuando menos mantuviera intacto el interés de los jóvenes por el misterio y por lo novedoso, la cuestión pintaría menos negra a estas alturas.
    Tengo la impresión de que la primaria, el bachillerato y la universidad pretenden enseñar literatura. Si esto es así, partimos ya con la renquera a cuestas. No es posible enseñar literatura: en cualquier caso, lo que ésta ofrece es la aventura de leerla, de llevarla al papel a modo de obra de arte, de sentirla entonces, con el peligro inminente de que llegue a  doblarnos el pescuezo y nos transforme en lectores incurables, furibundos, al punto de, quién sabe, acercarnos a Alonso Quijano, alias Don Quijote, descocado gracias al cóctel de novelas molotov que literalmente engulló sin volver la vista atrás.
    Insisto en que no. En vez de perder tiempo creyendo enseñar literatura, un punto clave es mostrar cómo vivirla, subiendo a los muchachos a un vagón cargado de experiencias placenteras, puente hacia regiones mágicas, lugar donde es posible imaginar e inventar como nos dé la gana. Y la literatura se vive acercándose a los libros, abriéndolos, mordiéndolos, permitiendo que sus jugos nos bañen de pie a cabeza, nos mojen la lengua, inunden nuestro paladar y chorreen como la miel por dientes, cuello y labios. La literatura o es una enfermedad que no tiene remedio o no dejará huella en nosotros.
    La sensibilidad literaria es parte ineludible del asunto, por supuesto. Huelga despertar interés, curiosidad por las buenas historias, esas señoras enigmáticas que vienen empaquetadas en juguetes denominados libros. ¿En qué momento la escuela muestra el rostro divertido de leer? ¿Cuándo un imberbe de quinto grado o de bachillerato disfruta en el salón un rato de lecturas diarias? Me temo que muy pocas veces, por no decir jamás.
    ¿Pero acaso lee el maestro? ¿Son los maestros venezolanos unos enamorados, locos de atar, entregados en cuerpo y alma al romance con lo literario? Permítanme otra vez dudar. Si no hay cultivo de la sensibilidad, si no existe pasión evidente por la cultura, por los libros, por leer y leer y leer, entonces va a resultar más que cuesta arriba esperar que un adolescente coja Los hermanos Karamazov o El falso cuaderno de Narciso Espejo y los abra por la delicia de desmigajarse entre sus páginas, por hundirse en sus tramas o sencillamente por gozar, nada más que por gozar, permitiendo que las letras, los puntos y las comas se le cuelen por las venas. La sensibilidad literaria aparece con mayor facilidad cuando un maestro la lleva en sus entrañas, cuando no puede ocultarla, cuando insufla emoción, alegría, placer y ganas de leer en plena clase.
    En las escuelas de este país la literatura es un objeto, poco más que un bicho expuesto para hincarle el ojo y aprender luego ciertos nombres o características. Pero ocurre que una obra de arte no es contabilidad, física o biología. Los libros y esa cuestión que llamamos literatura es cadáver insepulto, paja elevada al cubo, líneas huecas que poco dicen, poco invitan a soñar y a vivir mil y una aventuras felices o terribles. Cuando la literatura es sinónimo de bostezo encender llamas genuinas por disfrutar leyendo pierde por knock out. Recto al mentón. Entonces leer ya no interesa.
    Esta mañana mi hija, que estudia tercer grado, comentaba la tarea que debe adelantar: un análisis morfológico de algunas oraciones, “y qué largas están, papá, qué laaaaaaaargas”. Llegó el coco con su espada académica castrante, me dije. ¿Hacen falta tales contenidos, más que áridos, poco estimulantes, inservibles a chiquillos tan pequeños? ¿No sería mejor, como sostenía Ángel Rosenblat, dedicarse a enseñarles pocas cosas, leer, escribir, calcular, pero hacerlo bien, realizarlo de la mejor manera? Completamos la tarea, ofrecí mi ayuda a propósito de la aburridísima disección morfológica que abría sus grandes fauces  y mostraba todos los colmillos, y luego nos fuimos a leer, sólo a leer cuentos al café que mis hijos tienen por costumbre visitar conmigo.
    Pero hay casos de casos. He generalizado por razones obvias pero sí, existen maestros que son oro en polvo y justo es decirlo ahora. Los ha habido, los hay y los habrá, gracias a todos los dioses. Recuerdo como si fuera ayer mi primer año de bachillerato. Recuerdo las clases de Castellano y Literatura en las tardes sofocantes del Liceo “La Creación” allá en Upata. Dillys Perdomo leía, leía para nosotros, llegaba, saludaba, sonreía, sacaba un libro, nos leía cuentos, nos leía poemas, hablaba de un tipo que terminó llamándose Gabriel García Márquez, mencionaba a un tal Quiroga, metía de vez en cuando otros nombres que me causaban gracia nada más que al escucharlos: Aquiles, Rufino, Ludovico.  Sí, Aquiles, ése era sin dudas un nombre cómico por donde lo vieras, y para colmo el hombre escribía páginas que me partían de risa. Todos, absolutamente todos nos destornillábamos a mandíbula batiente cada vez que Dillys Perdomo, mi profesora predilecta, ponía sobre el mesón aquél libraco gordo, Humor y amor de Aquiles Nazoa, y nos obsequiaba historias hilarantes sobre el cochino, los gatos, algún perro famélico, un loro, un chichero o unos chivos. Esa mujer nos regalaba las mejores tardes de la vida. ¿Eso era literatura? ¿Toda esa vaina tan sabrosa era la consecuencia de leer? Me interesé desde el primer minuto, me caló de golpe hasta los huesos.
    A aquella dama, mi profesora de primero de bachillerato, le estoy eternamente agradecido. No recuerdo un ápice de qué iba lo demás, es decir,  me importaba un pepino la existencia o no de oraciones yuxtapuestas copulativas, o por dónde había que agarrar al complemento circunstancial de lugar para sacar veinte en el examen. ¿Qué coño era un pluscuamperfecto? Al diablo con eso y con más. Lo que vino después fue la búsqueda desesperada de más libros, más Cortázar y más Poe y Neruda y gente capaz de encaramarme en las nubes desde un trampolín hecho a fuerza de palabras.
    Eso es fundamental, despertar el gusanillo, alimentarlo, dejar que la curiosidad anide, permitir el sarampión de la literatura. Por ahí habría que empezar en nuestra escuela, y no lo hacemos. Por ahí, creo, se anda el camino, pero no arrancamos.

5/09/2013

Gente rara


    Uno cree que ha visto mucho y se equivoca. La verdad es que los días traen dinamita entre los brazos y si te descuidas verás cómo explotan frente a tus narices.
    Hay gente normalita que se despierta en las mañanas, se calza el ánimo con buenas intenciones y sale a la calle a despachar las horas que tiene por delante. Bien. Persiguen un ideal, construyen su futuro, esperan los frutos de una siembra que iniciaron desde mucho antes. Y hay quienes trajinan los lunes, los martes o los jueves con la misma expectativa pero con ciertos cables enredados, con algunos desajustes a propósito de lo que uno se acostumbró a encontrar en líneas generales.
    A ver si me explico: tengo un amigo de lo más simpático, el alma de las fiestas, un compadrito inigualable si la cosa es salir de tragos y de farra, pero el pobre carga encima una condición poco envidiable: las buenas noticias le caen de la patada, son un coñazo en la nariz. Mi amigo es un cristiano como pocos, jamás arrojaría la bilis por esas cosas buenas que le sucede a la gente, por esos felices acontecimientos mil veces perseguidos, soñados, esperados por tantos en cada momento de sus vidas. No. Mi amigo es decente y lo aparenta. Yo doy fe de que es así.
    Pero si llegas con el cuento de que se ganó la lotería, cierra los ojos blasfemando y te manda al carajo antes de que espabiles. Si obtiene un aumento en el trabajo sufre taquicardias, lo rechaza de inmediato y escribe al jefe haciéndole saber que aumentos como ése son lo último que espera. La otra vez lo propusieron para un ascenso porque es un empleado excelente por donde lo mires. Los perpetradores del asunto ya no se cuentan entre sus amigos. Hay gente rara, la verdad, por eso a mi amigo sólo le doy malas noticias. Me pidió el otro día que lo acompañara al médico debido a unas dolencias estomacales (cuando su mujer le dijo que seguramente era una simple indigestión, armó una bronca de mil diablos) y se puso muy feliz al leer en el informe que era imperativo meterle el bisturí.  Qué coño.
    Lo cierto es que sonríe al escuchar que no, que no llegará a tiempo para entregar los documentos porque el tránsito está más que insufrible, y siente una especie de serenidad, de éxtasis místico ante el extravío de su cartera, cosa que descubre al momento de tocarse los bolsillos cuando intenta pagar la leche en el supermercado. En fin, la amistad es algo que valoro desde niño y no estoy dispuesto a acabarla por la estupidez de levantar el teléfono para desearle feliz cumpleaños cada ocho de diciembre. No y no.
    Existen quienes caen de bruces mañana, tarde y noche cazando golpes de suerte, esperando lo mejor de lo mejor, imaginando la noticia de sus vidas y nada, se contentan al final con las dosis de hechos cotidianos que van de malos, regulares a buenos, lo cual me luce fantástico pero en el fondo envidio al bueno de mi amigo, capaz de hallar felicidad en la orilla opuesta de este lago, en la cara oculta de la Luna y demás lugarejos por el estilo.
    Es que hay gente rara, claro, pero no menos dada a escarbar por alegría donde se encuentre. De no toparse con un aguafiestas cargado de magníficas noticias, mi amigo vive sonriendo, diría yo que inmerso en el nirvana a su manera, que al fin y al cabo es el mejor modo (quizás el único) de sentirla, de acariciar su lomo de felino arisco tan insuficiente casi siempre.
    Ayer lo telefoneé para desearle lo peor por la lumbalgia que padece, acrecentada como nunca la última semana según me ha contado su mujer. Me dio las gracias, se quejó muy contento de esos dolores musculares recurrentes y saltó de gozo al escucharme confirmar que su dolencia le sienta cada día mejor. Hay gente rara, estoy de acuerdo, ¿pero quién podría sentirse a salvo?

5/03/2013

H2O


    En tercer grado empecé a notar que ciertas cosas no son lo que aparentan. La escuela, que hasta ese momento era un templo digno de credibilidad a ciegas, mostró sus pies de barro, dejó salir el humo de algunos enclenques argumentos.
    Decía la maestra que el agua, fuente de vida, incolora, inodora e insípida, se vestía de líquida, sólida o gaseosa según las circunstancias. A los siete años no se anda uno con rebuscamientos, lo cual fue pura verdad hasta que una tarde se hizo la luz, se encendieron todos los bombillos, se me iluminó el entendimiento gracias a un suceso de lo más curioso, tan vivo en la memoria que lo recuerdo aún con plena nitidez.
    Tuve la certeza de que el agua era lo que pregonaba la maestra, pero vislumbré además fantasmas en medio de la idea cuadriculada que a propósito de ella traía el libro de ciencias. Comencé por imaginar una gota, luego abrí el chorro del grifo, después la nevera para hurgar botellas de agua mineral. Vi cubos de hielo en el congelador, vi la lluvia a través de la ventana, vi el río Yocoima, miserable, fétido, apenas un hilo en la Upata de esos años, vi los charcos en las calles, vi la piel húmeda sobre tantas hojas al amanecer y vi lo que ocurría al girar el mango de la ducha. Júrelo: el líquido vital, fuente de vida, inodoro, insaboro e incoloro, así, tal cual, era una estafa.
    Tuve para mí que la escuela escamoteaba la virtud más extraordinaria de esa sustancia tan misteriosa. El agua pasó a ser un elemento mágico, quizás materia proveniente quién sabe de dónde en cuyas entrañas nacía, se materializaba, ganaba realidad lo imposible: el hecho de que, como plastilina transparente, adoptara cualquier forma imaginable. Nunca, jamás de los jamases mi maestra de tercero habló de semejante asunto, el más apasionante, el más raro de cuanto guardé en lo más profundo luego de observar y leer y leer y leer sobre el tema que terminó obsesionándome.
    Fue la primera vez que me sentí estafado. Maestra y escuela se pasaron al bando de los malos. Entonces me divertí a placer, creí darme de cabeza con un descubrimiento sin igual, inesperado, fabuloso. Me divertí horrores al observarla empozada, desapareciendo como por  encantamiento en la cuenca de mi mano. Me sorprendió una y otra vez averiguar cómo su fantasmagórico ser era capaz de camuflarse en mil personajes, tan distintos, tan diversos, tan múltiples en apariencia. Mil corporeidades llenas de todas las cosas, en una sola cosa. El agua fue la caja de Pandora, en alguna ocasión  me pareció muñeca rusa, y más adelante, cuando leí aquel cuento de un tal Borges cuyo nombre no me decía mucho, El Aleph, pues nada, de inmediato una gota, de lluvia o de rocío o del lavamanos fue sin dudas el punto donde todas las formas y todos los mundos confluyeron en el mismo instante y lugar.
    Han pasado muchos años y no pienso de modo muy distinto.  Se da un fenomenal aplastamiento de las convenciones en esa molécula tan divertida que es el agua con que chapoteamos, acomodamos el whisky, nos aseamos o regamos las margaritas todas las mañanas. El tiempo se hace polvo, se  desmigajan las décadas y esa chica no deja de sorprenderme todavía. Póngase los ojos de muchacho y dése cuenta. Joder, es que parece cosa de Merlín.

5/01/2013

Yoani Sánchez: Conversación en libertad

No tiene desperdicio. Coloquio con Yoani Sánchez, Mario Vargas Llosa, J.J. Armas Marcelo y Antonio Guedes en Casa de América, Madrid.

4/26/2013

Qué pesimista, joder, qué pesimista


    La otra vez hablaba con Carlos Espinoza, profesor bueno como pocos, sobre geografía, movimientos telúricos, escalas de Richter y sismógrafos. Llegué a casa, encendí el televisor y miré con sorpresa que informaban de un terremoto en Malasia. Al día siguiente mi hija pide que le cuente qué diablos es un torbellino. Nos metemos en el tema, cojo un libro de ciencias olvidado en la biblioteca desde mis años universitarios, y los vientos planetarios hacen de las suyas. Alisios, bandas de lluvia, convergencias intertropicales, zonas de baja presión, frentes fríos o calientes, todo edulcorado con nombrecitos tan sugestivos como aterradores: Ophelia, Katrina, Arlene, Cindy, Irene, verdaderas femmes fatales de la climatología. Al amanecer oigo en la radio lo ocurrido: un tornado arrasa varias islas del Caribe.
    A veces pienso que soy el culpable de ciertas ocurrencias. Terremotos, huracanes, incidentes menos espectaculares pero no por ello menos graves como el de hace quince días, cuando noté a una anciana caminando por la acera, al pie de un edificio, e imaginé el matero de un octavo piso cayendo justo sobre su cabeza. Al instante fui testigo de cómo semejante objeto le pulverizaba el parietal.
    Leí en una revista que todo cuanto ocurre guarda relación oculta o evidente con sucesos anteriores en apariencia inconexos. Es decir, llueve en Tegucigalpa porque hay fenómenos ligados, sin importar distancia y geografías, enmarañados, trenzados, y zas, ese aguacero en verdad se originó en Montevideo. Y así. Experimentamos una constelación de hechos que tejen una red, y según los entendidos las casualidades se transforman entonces en causalidades. No negará usted que como realidad monda y lironda, aquí el realismo mágico suelta babas en pañales.
    Lo cierto es que mi sensación de culpabilidad no cede. Veo un campo convertido en erial, pongamos por caso, un maizal reducido a cenizas por el fuego, y tamaña realidad se me traduce en muchos platos menos sobre mil y una mesas. Colorario: en dos o tres días me entero sin sorpresa de otra mortandad por hambre en Bangladesh. Chapoteo en la piscina con mis hijos, jugamos al gato y el ratón metidos en el agua, hago oleaje con el cuerpo y con las manos, y el noticiero de las diez confirma lo que temo: tsunami en el sudeste asiático.
    En ocasiones me da por creer que cuando tocan a la puerta y voy a abrir, aparecerá un policía con esposas y boleta para detenerme. Luego, al ver que es el vecino quien viene por azúcar, recobro la tranquilidad no sin antes percatarme de que la taza que se lleva es la respuesta a cierta lógica inefable que en cuestión de un mes se materializará en forma de diabetes. Hay que ver.
    Lo anterior tiene su lado bueno: en vez de imaginar inundaciones o maremotos bastaría suponer que ese florero con gladiolas equivale a un sembradío de margaritas en lo que hasta ayer fue algún campo de minas ruandés, o que el rayo de luz entre aquellas nubes grises será el relumbrón de inteligencia necesario para que israelíes y palestinos acuerden la paz definitiva. Pero qué va, es un ejercicio de lo más inútil, jamás dio los resultados esperados. He comprobado en carne propia lo fácil que es lograr vientos de trescientos kilómetros por hora en el Golfo de México a partir de lo más nimio en Maturín, y lo imposible que termina siendo fumar la pipa de la paz en cualquier sitio desde el humo que desprende mi Cohiba.
    Enfrente unos pájaros se acercan, se acurrucan, se acarician con sus picos, están jugando a los besos. Ojalá el periódico diga mañana que el amor anda en las calles desatado, no sea que en su lugar titulen que los gavilanes, esas aves de rapiña convertidas en ladrones o en hijos de puta de cualquier pelaje, continúan  como si nada haciendo de las suyas y bien gracias. Ojalá, joder. Ojalá.

4/19/2013

Futuro


    Me siento a escribir. En este café que es mi trinchera cojo un Balmoral entre los dedos, lo enciendo, doy algunas bocanadas, dispongo las comas, distribuyo puntos y seguido, le tuerzo el cuello a ciertos diálogos y muerdo el polvo cuando me da por reinventar metáforas.
    Toca mi hombro varias veces para hacerme reaccionar, para romper el cerco de concentración que construí entre la calle y el ruido por un lado, y los folios, el lápiz y yo por el otro. La señora, anciana ya, quiere leerme la mano. “Voy a decirte cosas buenas”, afirma sonriendo.
    Siempre me ha importado poco esa manía de andarse uno adivinando el futuro. Nostradamus, Merlín, el brujo de la esquina y el horóscopo tienen mucho de conservadores, guardan muy adentro la idea de dirigir los hilos, controlarlos a placer, mantener el sistema a favor de la tranquilidad que da otear el horizonte y espantar los moros de las costas. Y que me perdonen los de la Nueva Era, los futurólogos de mil pelajes y otros sabuesos por el estilo.
    Medio mundo pagaría lo que no tiene con tal de apaciguar incertidumbres. Yo tengo por bueno que ignorar el desenlace, asistir al paso de los años con poquísimas certezas es gasolina con octanaje de primera, es decir, vivir resulta entonces una aventura digna de corsarios de la vida, de bucaneros de esta película en caliente que supone desgranar con pasión el minutero.
    “Voy a decirte cosas buenas”, repite de pie, a un lado de mi asiento, sin apartar aún la mano de mi hombro. Yo debo ser un bicho raro. Insisto: me importa medio rábano la lectura de la mano, o de la borra o del tabaco. A veces pienso que en el afán por saberlo todo aquí y ahora, de una buena vez porque somos impacientes y no hay que llegar tarde a la oficina, pateamos las machorras bolas de cuanto es mejor labrar con pulso, de cuanto es posible erigir a fuerza de tiempo y experiencia irrepetible justamente gracias a la incógnita que ella trae consigo mientras la desmenuzamos y la saboreamos.
    Eso. Pues sabor. Cuestión de sabor, y mire qué gastronómico se va poniendo el patio. Si usted me dice cosas buenas, señora, le da un hachazo en medio de la frente al asunto que es vivir. No me diga cosas buenas, y ni por asomo las malas, que tampoco es que sea yo un practicante del sadismo como deporte extremo o cosa parecida. Deje mis manos en su sitio, con el puro entre el índice y el medio, y ya le digo, prefiero usarlas para acariciar las piernas de esa dama, o levantarle la falda a aquella otra, y para nada ocuparme de sus líneas, callos, protuberancias y otros recovecos.
    Si usted pide que ponga boca arriba la palma de mi mano con la intención de echarle una leidita, yo le sugiero que abra a García Márquez, Condorito, el periódico del día, a insulsos redomados como el bueno de Coelho o E.L. James y páseles la vista, que algo queda. ¿Me acepta un café? Cuénteme de arenas movedizas, de terrenos vírgenes e inexplorados, dígame algo untado de adrenalina o de vértigo donde la seguridad vuele siempre en mil pedazos. Hábleme del lado más oscuro, divertido, profundo y enigmático de toda vida humana: el hecho de atravesar los días sin barómetro ni brújula, sin aspirinas, certidumbres, chalecos antibalas o manuales para calentar la sopa.  Le pido ese café, charlemos. Siéntese. Yo invito.

4/11/2013

Hablar de poesía


    Mi amigo Francisco Arévalo ha tenido la ocurrencia de invitarme como panelista a un foro sobre la “viabilidad de la poesía en el siglo XXI”. Conozco a Francisco desde hace una punta de años y sé que es un poeta de raza: nada hay más valioso para él que su oficio, su vida se mueve en función de la literatura y por tales razones y otras muchas lo respeto hasta los huesos, de modo que prácticamente me ha agarrado por las pelotas. Imposible negarme a debatir el asunto.
    Tengo para mí que la poesía no es cuestión de viabilidades. Es un hacer, una práctica, un modo de trasegar el mundo y entendernos con él que no acepta un ápice su negación. Si la poesía desaparece lo humano finaliza justo donde comenzó la terrible, escandalosa y quizás feliz historia de lo que vamos siendo: en el homínido chillón, allá en las cavernas, que termina por alzarse y desde sus andanzas obsequia un puntapié al mero hecho de copular o tragar, hasta inventar música, escribir literatura, esculpir un David o llegar a las estrellas.
    No sé definir la poesía. Confieso además que me importa un rábano el asunto. Dijo San Agustín, a propósito del  tiempo, que “si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”, y estoy convencido de que semejante apreciación viene como anillo al dedo para lo poético. ¿Es viable la poesía para este siglo XXI que, en pañales aún, muestra ya lo disparatado que parece su futuro? Afirmo que no me cabe duda. O existe ese misterio y se cultiva, y se alimenta y se cuida, o sea, mantenemos en nosotros el temblor ante un soneto de Quevedo, el asombro ante lo que nos conmueve, ante una película de Bergman, por ejemplo, o simplemente al diablo, que se joda todo esto. No creo exagerar, de modo que lo vuelvo a repetir, muy poco a poco para que me entiendan: o sentimos más, o la poesía nos taladra hasta los tuétanos, aunque no tengamos puta idea de quién pueda ser esa señora, o nos vamos todos al carajo, a las cuevas de donde salimos, a lanzar chillidos con los monos.
    Me da la impresión de que hay poetas de poetas, así como hay tonos y matices en esa escala necesaria de cuanto hacemos como humanos. Hay poesía que permanece y destroza la prueba de los años, y existe otra que queda pataleando aquí y ahora. Hay quien dice “tienen los días un rostro verde a fuerza de masticar andanzas” y ya, listo, pasa por taquilla a reclamar certificado de poeta. En la poesía, digo yo, hay belleza y hay fealdad (la belleza de lo bello y la belleza de lo feo), y hay cultura bebida a borbotones, en los libros y en la calle, y hay trabajo de picapedrero, hasta reventar, hasta sudar la gota gorda y más, con el idioma, con los días, con las ideas, y hay talento, inteligencia, sensibilidad, relojería, martillo, yunque y cincel, y  cojones, muchos cojones. La poesía está llena hasta la coronilla de cojones, para mirarnos en ciertos espejos y quebrarlos en nuestras cabezas, para transgredir, para levantar la voz en cualquier sitio, para develar el universo, señalarlo con el dedo, aplastarlo o salvarlo, celebrarlo o mandarlo de una vez al basurero.
    ¿Será viable la poesía en el siglo XXI? Yo insisto en que lo es desde que caminamos erguidos, desde que andamos en dos pies, desde que descubrimos la sintaxis de un lenguaje que permite dar con el mundo en que nos incrustamos sólo para hacerlo nuestro. No es verdad que la ciencia, no es verdad que la tecnología, nos salvarán de la tragedia, de caer como moscas por las enfermedades, por la estupidez que nos adorna el gentilicio o por los peligros que un manojo de neuronas, suponemos,  sea capaz de conjurar. Seguiremos aquí y continuaremos el quehacer humano gracias a la poesía, al arte, es decir, debido al relámpago que nos alumbra al punto de sacarnos lágrimas frente a un cuadro de Velázquez o ante una injusticia cerca o lejos de nuestras narices. Seguiremos siendo humanos, en el siglo veintiuno o en el noventa y dos, porque la sensibilidad halló nido en nosotros.
    Hay mucho que pensar, bastante que decirnos. Hablar de poesía es hablar de humanidad, asunto que, imagino, va a servir de lo lindo al conversar el tema con los asistentes. Mi querido Francisco Arévalo ha tenido una magnífica idea: ponernos a hablar de poesía, que es como invitarnos a considerar lo que debería ser ineludible.

3/23/2013

No comprendo


    Hay gente que vive en su mundo y todos bien. Conozco individuos cuyo día a día es un hueco lleno de aire, insignificante, y mientras ni se entienden ni nadie los comprende calzan puntos para llegar lejos con el flux de moda y la corbata a cuadros.
    Los políticos, pongo por caso. ¿Conoce usted gremio tan falto de significado? ¿Quién sospecha lo que encierran sus entrañas? Yo pretendo escribir más de la cuenta, deseo a veces inventar algún cuento medio interesante o sacarme de la manga cierto artículo poco convencional, y de inmediato caigo en el fracaso, nadie me publica. Escribo un verso con mucho potencial, “upsti corazón preato conti piernas labiocrom”, por ejemplo, y al instante aparecen problemas con la editorial. Un político dice cosas pero no dice nada, mueve la boca, lanza chillidos, ¿qué significan? Sin embargo  ganan elecciones, triunfan de lo lindo, le hacen cosquillas a eso que se llama éxito. Es que somos raros.
    -Upsti corazón preato conti piernas labiocrom. ¿Qué diablos es esto?
    - Un verso, un poema
    - Felicidades, pero en la revista no saldrá
    -¿Por qué no?
    -Porque no significa nada
    -¿No significa nada?
    -Pues no
    -Pues sí
    -A ver, ¿qué significa?
    -Eso, upsti corazón preato conti piernas labiocrom
    -¡Vete a la mierda!
    Ni qué decir de un escultor. Hacen cualquier cosa, un garabato sin imaginación, una bagatela con los materiales, y mientras el significado rueda por las alcantarillas más y más atención acaparan. Fin de mundo. A los pintores ni vale la pena mencionarlos, hay óleos que significan mucho menos que mi poema y véalos, se escriben tomos para explicar sus obras. Pero lo verdaderamente impresionante yace en la mirada, en los ojos combinados con el ceño algo fruncido. Toda una técnica, vea usted. Hay gente que se ubica en un café, en el púlpito del templo o ante un escritorio cualquiera y sienta cátedra. El vacío, el gesto insondable, una mirada filosófica, y jure que llegó el artista, preparen los sahumerios.
    Somos de lo más extraños pero yo sigo en mis trece. Aprendí a ser testarudo en la niñez. Upsti corazón preato conti piernas labiocrom. A mucha honra.

3/14/2013

Nalúa Silva Monterrey: una tejedora de la paz (conversación con Roger Vilain)

Dra. Nalúa Silva, Luis D'aubaterre, Diego Rojas, Carlos Espinosa y Roger Vilain. II Foro Ecos-Nord (Francia-Venezuela).


Nalúa Silva Monterrey (Caracas, 1962), Doctora en Antropología Social y Etnología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, profesora en la Universidad Nacional Experimental de Guayana, ha desarrollado, durante muchos años, un trabajo estrechamente vinculado con los indígenas de la región. Cofundadora del Centro de Investigaciones Antropológicas de la misma Universidad y con más de cuarenta publicaciones científicas en su haber, coordinó técnicamente el proyecto de demarcación de tierras para el territorio ye’kwana y es una apasionada luchadora por los derechos de los pueblos indígenas, así como por la conservación de la cuenca del río Caura.

Entrevista para el libro "Gente que hace escuela" (Caracas: Banesco, 2012).

Roger Vilain:  Hablemos un poco de su infancia, de su niñez. ¿Qué puede recordar al respecto? ¿Cómo evocaría esos años?
Nalúa Silva Monterrey: Mi madre es Virginia Monterrey López. De origen nicaragüense, vino muy niña a Venezuela, y mi papá es René Silva Idrogo, médico, guayanés, aunque nacido en Caracas. Mamá vino a vivir a Venezuela con una tía que estaba en Guasipati y se crió prácticamente aquí. Estudió enfermería y conoció a papá quien, aun cuando nació en Caracas, su familia es de Ciudad Bolívar. Ahí se conocieron.
RV: ¿Nació en Ciudad Bolívar?
NSM: Mi madre me echó a perder el gentilicio porque decidió ir a parir a Caracas, de modo que nací en Caracas el 18 de febrero de 1962. A los pocos meses mis padres regresaron a Ciudad Bolívar. Tengo dos hermanos del matrimonio de mis padres, y en realidad somos trece por parte de papá, que se casó siete veces. Él era un médico gineco-obstreta con una actividad profesional muy destacada, y también como político y como escritor. Escribió varias novelas, ensayos, y cultivó asimismo la poesía, aunque consideraba que era un género muy difícil.
Estudié en el Colegio Nuestra Señora de las Nieves toda primaria y secundaria, institución regida por las hermanas dominicas.
RV: ¿El quehacer intelectual de su padre influyó en usted de alguna manera?
NSM: Somos producto de la educación que recibimos. Pero la influencia no solamente vino de él. Mamá era una gran lectora. Mi abuela materna era una señora cuyo pasatiempo era leer. Entonces, durante mi infancia tuve alrededor gente leyendo. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía cuatro años, y aproximadamente a mis tres, recuerdo que antes de irse al trabajo, todas las tardes, papá me leía Platero y yo. Terminaba de dormir la siesta en su chinchorro y antes de irse a su consulta me daba un poquito de café en el plato y desde el chinchorro se ponía a leerme.
Luego, mis tías también nos compraban libros. Recuerdo una colección llamada Ariel Juvenil y mis hermanos y yo leíamos ahí los grandes clásicos de la literatura universal. Cuando empiezo a leer todo eso, cuando terminé de leer la Iliada, por ejemplo, me interesó saber si era verdad o no que existía Troya. Me puse a indagar en las enciclopedias y descubrí que Schliemann, el descubridor de Troya, era un arqueólogo. Fui interesándome entonces por la arqueología. Tenía, además, una preocupación que chocaba siempre con la cuestión religiosa: de dónde viene el hombre. Recuerdo que en cuarto grado le preguntaba a las monjas que dónde entraban Adán y Eva en relación con los hombres de las cavernas, que qué pasaba allí. Era una preocupación de niña. Yo soy una persona de convicciones religiosas firmes, soy católica practicante, creo en Dios, pero también creo en la evolución del hombre. Me intrigaba, ya de muchachita, cómo se podía compaginar la evolución humana con lo religioso.
RV: ¿Qué respondían ellas?
NSM: Cuando estés más grande lo vas a entender. Pero ocurría que nunca lo entendía porque pasaban los años y no había respuesta para esa inquietud. Después, a punto ya de culminar el bachillerato, le dije a mi padre que iba estudiar arqueología, pero él no estuvo de acuerdo: pensaba que me moriría de hambre. Me dijo: yo quiero que explores arquitectura. Es una carrera muy linda para alguien creativo, inteligente, tú sabes…
RV: ¿Nunca le pasó por la cabeza esa idea, la de estudiar arquitectura?
NSM: Nunca. Pero sucede otra cosa. Como mis padres estaban divorciados, nosotros pasábamos las vacaciones con papá y a menudo íbamos al campo, y ahí estábamos en contacto con los animales, con la naturaleza. Mi padre tenía un  fundo. Íbamos los fines de semana. Dormíamos en chinchorros, cazábamos. Nos relacionamos con gente de campo, aprendimos a vivir en esas condiciones. Para mí eso ha sido una influencia fundamental. Ese tipo de vivencias te va creando un perfil de personalidad. Todo esto con la alegría de un ambiente de camaradería, de juego, de vacaciones.
RV: Volviendo otra vez a la idea de su padre de que estudiara arquitectura, ¿qué ocurrió entonces?
NSM: Yo quería estudiar arqueología. Mi padre accedió, me mandó a Inglaterra, primero a estudiar inglés para luego entrar a la universidad.
RV: Se fue con la idea de estudiar inglés y luego arqueología. ¿Qué pasó luego del primer año allá?
NSM: Veo que el pensum que tenían para arqueología estaba netamente enfocado hacia las islas británicas. ¿Y qué iba a hacer con especializarme en eso, si yo pretendía regresar a trabajar a Venezuela? Entonces cuando termino mi curso de inglés en la Universidad de Cambridge, no continué arqueología, regresé. Entré entonces a estudiar arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, como quería papá.  Terminé el primer año pero no estaba a gusto, no me sentía bien. Y me vine otra vez para Ciudad Bolívar. Quise estudiar antropología, porque la arqueología es una especialidad de la antropología, pero cambiarse de una carrera a otra era muy complicado. ¿Dónde estudiar antropología finalmente? Le escribí a las embajadas y algunas me respondieron enviándome las direcciones de las universidades en las que podría hacerlo, y les escribí  también.  Me contestaron de México, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
RV: ¿Cuál fue su primer título en el área de la antropología?
NSM: Licenciada en Antropología Física.
RV: ¿Cómo se fue perfilando su interés, su vocación por los estudios antropológicos?
NSM: Por la preocupación sobre el origen del hombre. Hay una preocupación religiosa fundamental aquí, de dónde venimos, por qué somos lo que somos. Son preguntas que me hacía desde la infancia.
RV: No le convencía la explicación creacionista.
NSM: Yo no cuestionaba el asunto religioso, como no lo cuestiono hoy. La fe es fe. Cuando entro a la Escuela de Antropología digo: esto es lo que yo quiero. En antropología física podía ir a excavaciones, trabajar con los arqueólogos, y al mismo tiempo satisfacer mis intereses de acercarme al origen del hombre y a la evolución humana, que para mí hasta el día de hoy es algo que me fascina. Ahí, en México, viví cinco años.
RV: Usted ha hablado de su familia, de su madre, de su padre, de su abuela, sus tías, y se ha referido a ellos como la primera influencia a propósito de su vocación. Es una influencia puntual, concreta. Ahora bien, desde el punto de vista de su quehacer profesional, ¿quiénes la estimularon intelectualmente? ¿Qué experiencias al respecto la marcaron en profundidad?
NSM: En México las personas que estaban a mi alrededor eran gente excelente. Recuerdo al profesor de Antropología Física General, José Luis Fernández, un apasionado de la evolución humana. Nos estimuló muchísimo, nos puso a leer, a pensar. Recuerdo al profesor que nos enseñó a manejar huesos, huesos humanos, el doctor Carlos Serrano. Nos llevaba a las excavaciones. Con él pude excavar, por ejemplo, detrás de la Pirámide del Sol, en Teotihuacan. Recuerdo a Eyra Cárdenas, mi directora de tesis de licenciatura, muy preocupada por la genética. También recuerdo a un lingüista, Otto Schumann, quien fue el primero en darme a leer una etnografía completa, para que entendiera cómo viven los pueblos indígenas. Luego, cuando regreso a Venezuela, la principal influencia que tengo es la de Alexander Mansutti, quien después sería mi esposo.
Una experiencia que me marcó para toda la vida fue la del terremoto de México, el del ochenta y cinco. Yo lo viví. Vi lo bueno y lo malo de la gente ante una tragedia. Gente que es capaz de darlo todo por ayudar a los demás, y gente que es vil. Vi gente  totalmente perdida frente a un edifico en el que había muerto toda su familia. Fue una de las experiencias más impactantes de mi vida, y no me vine a Venezuela después del terremoto, yo me quedé ahí, porque dije: aquí es donde en este momento soy necesaria. (En este punto sus ojos se humedecen, su voz se quiebra por momentos).
RV: Una vez que regresa a Venezuela y se instala otra vez en Ciudad Bolívar, ya como antropóloga, ¿qué hace? ¿Cuáles son sus primeros trabajos?
NSM: Regresé a Venezuela aunque me habían ofrecido trabajo en México porque con la tesis de grado obtuvimos, mi compañera de tesis y yo, el “Premio Nacional de Investigación en Antropología Física Juan Comas”.  Al llegar empecé a trabajar en el Instituto Nacional de Deportes estudiando las características antropofísicas de los deportistas.
RV: ¿Qué otras labores desarrolló?
NSM: Empecé a trabajar en el Museo de Etnología (luego le cambiamos el nombre: Museo Etnográfico de Guayana). Me entregaron una colección de cestas indígenas, me pidieron que hiciera un museo con eso.  Tuve entonces que ordenar, previo entrenamiento para ello,  todas esas cestas, clasificarlas, estudiarlas.
RV: Prácticamente, entonces, fue la fundadora del Museo Etnográfico de Guayana.
NSM: Claro, sí, porque me entregaron las piezas y me tocó moldear todo aquello. Comencé a desarrollar las salas, no había dinero para nada. Freddy Carreño, quien dirigía el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, hizo el diseño museográfico completo. Cuando empiezan las actividades, y cuando empiezo a trabajar los materiales con que cuenta el Museo, me di cuenta de que necesitaba más información y comienzo entonces a vincularme con los indígenas. Ellos permanentemente me piden cosas, colaboración, asesorías diversas. En ese momento había una gran efervescencia en el mundo indígena porque se preparaba la constitución de una organización nacional indígena, que era el Consejo Nacional Indio de Venezuela (CONIVE). Hasta ese momento sólo existían organizaciones indígenas separadas, y las ideas de una serie de líderes indígenas como Iris Aray o Noelí Pocaterra. Todos querían fundar una organización nacional. Me fui vinculando cada vez más con ellos hasta que un día vino René Ye’kwana, indígena también, me vio trabajando con la cestería y me dijo: a ti hay que enseñarte cómo funciona todo eso. Los ye’kwanas son un grupo con gran orgullo étnico, de su identidad, y entonces si vas a hablar de ellos, tienes que hacerlo correctamente. Tienes que aprender de su mundo, de su concepción de la vida, de su cosmovisión.  También me dice: vamos a llevarte al Caura. La cuenca del Caura es uno de los lugares de población ye’kwana más importantes. Tenía veinticuatro, veinticinco años, y acepté su ofrecimiento.
RV: Pudo realizar ese viaje, a la cuenca del Caura…
NSM: Sí, y con el tiempo se fueron estableciendo otros vínculos. Yo empecé realmente a trabajar para ellos, porque me encomendaban diversas tareas. Los he representado ante muchas instancias, nacional e internacionalmente. Por ejemplo, el Consejo Nacional Indio me pidió representarlos ante las Naciones Unidas, en el International Forest Forum. Las Naciones Unidas determinarían ahí qué políticas adoptar mundialmente en función de los bosques tropicales, y esto naturalmente los involucraba. La idea era respetar y defender los derechos de los pueblos indígenas y los bosques. En la Constituyente, por ejemplo, asesoré en materia de territorios indígenas, junto con Alexander Mansutti, quien llevó la mayor parte del peso en ese proceso. Y luego, los indígenas me piden que redacte un borrador para la Ley de Demarcación y Garantía de Hábitat. Lo hice. También me pidieron, la gente del Caura y las comunidades kari’ña del estado Anzoátegui, que los ayudara a montar el expediente para solicitar el reconocimiento de sus derechos territoriales. Fueron los primeros que se introdujeron en su momento. Inventamos una metodología particular de trabajo para cada uno de los casos que se estaban presentando, de modo que las mismas comunidades levantaran la información requerida a escala nacional. Bueno, he podido estar asimismo con los kari’ña, los hoti, y esas experiencias fueron nutriendo mi trabajo en el Museo, pues comienzo a hacer toda una red de relaciones en el país, tanto con otros antropólogos como con otras etnias indígenas.
RV: Aparte de la realización de su trabajo como antropóloga, supongo que la relación con los indígenas, sobre todo con la etnia ye’kwana, derivó en una relación fuertemente afectiva.
NSM: Por supuesto. René Ye’kwana era como mi hermano, él me llevó al Caura, trabajamos mucho juntos. De hecho, me integran en su sistema de parentesco, René me llama hermana menor. Entendí su sensibilidad, sé de sus esperanzas, de sus necesidades más importantes: la tierra, la salud y la educación.
RV: ¿Y su vida profesional, académica, continuó creciendo  en el ámbito universitario?
NSM: Tenía que seguir formándome. Siempre soñé con estudiar antropología en Francia, porque la antropología moderna en realidad se formaliza en Francia. En México estudié francés, y bueno, me fui a Francia a estudiar antropología social y etnología.
RV: ¿Cómo fue entonces esa ida a Francia, la experiencia académica allá, y el regreso nuevamente a Venezuela?
NSM: Conocí a Alexander Mansutti. Nos hicimos amigos, yo estaba haciendo mis trámites para irme a Europa. Llegamos a establecer otro tipo de relación, una relación afectiva, y empezamos a hacer planes juntos como pareja. Nos fuimos. Trabajé con Philippe Descola, quien fue mi director de tesis doctoral en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Allí daban clases Dumont, Godelier, Meillassoux, ellos fueron, entre otros, mis profesores. Iba a la biblioteca del College de France y en ocasiones venía Lévi Strauss, se sentaba, trabajaba, y yo casi moría de la emoción viéndolo sentado al lado mío en aquel lugar. He tenido el privilegio de estar con gente extraordinaria. Por eso soy muy quisquillosa con la excelencia. Yo digo que uno tiene que tratar siempre de ser excelente en lo que hace.
Bueno, estuve en Francia tres años, luego regreso a Venezuela, a Ciudad Bolívar. El Museo había sido cerrado, y entonces entré a la Universidad Nacional Experimental de Guayana y formé parte en 1997 de los fundadores, junto con Alexander Mansutti y Luis D’Aubeterre, del Centro de Investigaciones Antropológicas de la misma institución. La vinculación con los movimientos indígenas continuó, pues en realidad siempre se había mantenido. En un momento determinado me piden que sirva de traductora en un encuentro de los kariñas de las Guayanas. Guayana Inglesa, Francesa, Surinam, Brasil y Venezuela. Ya en el encuentro, obtuve la dirección de un investigador inglés, Marcus Colchester, a quien escribí,  comentándole que el territorio del Caura estaba en peligro de ser inundado porque se pretendía un trasvase del río Caura al Paragua debido a la construcción de una presa. Colchester había trabajado con los Sanema, ante problemas muy parecidos, y creamos un equipo para evitar la inundación del Caura. Iniciamos entonces un proyecto de demarcación de tierras para el territorio ye’kwana, de manera de crear las condiciones para que en un futuro los indígenas pudieran obtener el reconocimiento de sus tierras y, en consecuencia, seguridad jurídica. Eran 4,5 millones de hectáreas, equivalentes al 5% del territorio nacional. Lo llevamos adelante y logramos levantar el mapa. Luego, conjuntamente con la Universidad de Los Andes, logramos que este mapa se registrara como propiedad intelectual de los ye’kwana y sanema de Venezuela. Asimismo, en un trabajo pionero, aquí en la Universidad de Guayana, con los colegas del Centro de Investigaciones Ecológicas, con Judith Rosales, quien estaba empeñada en eso, con Hernán Castellanos,  Elio Sanoja, Nay Valero, Lionel Hernández,  tratamos de que el conocimiento científico fuese llegando a las comunidades indígenas, y para ello hicimos un  trabajo, y lo publicamos, relativo a la adaptación de textos científicos al idioma ye’kwana. Con el Centro de Investigaciones Ecológicas de la Universidad de Guayana hemos formado un equipo sumamente productivo en relación con la conservación de la cuenca del Caura y la lucha por los derechos de los pueblos indígenas, en alianza con las comunidades protagonistas. He aprendido muchísimo de mis colegas de la universidad, su influencia ha sido determinante, por su formación y vocación de trabajo. Además de mis compañeros del Centro de Investigaciones Ecológicas de Guayana, he aprendido de Sergio Milano, Ana Jorge, Luis Guzmán, Carlos Maytin, Glenda Rodríguez. Hay que decir que la Universidad de Guayana ha sido la que ha  dado la cara y ha mantenido una posición muy respetuosa y comprometida, de desarrollo sostenible, con las comunidades indígenas.
RV: Paralelamente a lo anterior, hace usted vida ciudadana organizada. Háblenos un poco al respecto.
NSM: Estoy vinculada a movimientos ecológicos, a ONG’s,  tenemos una organización llamada “Ciudadanos de Angostura”. Allí discutimos acerca de los problemas de la ciudad y presentamos proyectos en atención a cómo deseamos que sea ésta, cómo la imaginamos, cómo la soñamos, cómo la pensamos. Cada vez que notamos un problema, lo discutimos y presentamos posibles vías de solución. Somos muy activos en  ese sentido, sin ser denunciantes de oficio sino tratando siempre de aportar soluciones.
RV: Volviendo a su actividad profesional,  ¿con cuáles ONG’s ha trabajado en relación con el tema indígena?
NSM: Con la Forest  Peoples Programme, por ejemplo, con sede en Inglaterra, muy activa en  lugares en los que hay poblaciones indígenas que habitan en la selva. Me pidieron que formara parte de su directorio. Pude conocer qué ocurría en África, en Finlandia, en Rusia… en los pueblos indígenas que viven en zonas selváticas. Pudimos ayudar a muchas etnias, sin importar dónde estuvieran. Esa experiencia cambió mi visión del mundo. Marcus Colchester, fundador del Forest Peoples Programme, junto con la gente que te mencioné anteriormente (Alexander Mansutti, Descola, Godelier, mis profesores mexicanos y tantos otros) me marcaron profundamente.
RV: ¿Qué otros proyectos la ocupan actualmente?
NSM: Sin desvincularme jamás de mi trabajo en el Caura, que es un proyecto de vida,  desarrollamos ahora uno sobre el patrimonio cultural del estado Bolívar, para inventariarlo, y en ese marco me he interesado por la tradición oral, que es un área poco investigada  aquí. Otro proyecto es uno relativo a la soberanía y territorialidad. Otro, aún no formalizado, es el de la diversidad cultural: cómo se dan los procesos de generación de diversidad cultural y de identidad. Y otro que pretendo realizar alguna vez es una investigación sobre la percepción indígena del entorno.
RV: Frente a una frase como “gente que ha sido escuela”, ¿se siente aludida?
NSM: Esa frase está en participio pasado. Creo que todavía soy una investigadora activa que está trabajando, produciendo y que sigue haciendo cosas. ¿Soy escuela? Uno influye en su entorno, trata de apoyar a la gente y enseñar, en la medida de lo posible, lo que sabe. Que alguien sea “escuela” implica que genera una manera de ver el mundo, de pensar. Ciertamente, el trabajo que venimos desarrollando en el Centro de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Guayana es uno que ha orientado la actividad de otras personas. Entre todos hemos generado una visión compartida de lo  que son los indígenas, del desarrollo sostenible y eso de algún modo se convierte en una línea de pensamiento.
RV: ¿Qué la mueve a continuar trabajando en función de las causas que le son fundamentales?
NSM: Hay un compromiso con el presente, con el futuro, con la gente que está por venir, para que encuentren un mundo mejor, si es posible, del que tenemos ahora. Eso nos obliga a actuar en consecuencia.
RV: ¿Qué momento específico siente que vive hoy? ¿Es hora de balances o de continuidad?
NSM: Simplemente estoy trabajando activamente. Tengo muchas metas que quiero alcanzar y creo que vivo un momento de continuidad. No obstante, siempre, cuando terminamos un trabajo, se hace un balance para evaluar lo realizado. Aunque, repito, éste es un momento de continuidad para mí, creo que también hago balances, pero no como el fin de un camino sino para ver dónde estoy.
RV: Si le dieran a escoger una imagen para Venezuela, ¿cuál elegiría?
NSM: Un atardecer en el puente Angostura.
RV: ¿Una imagen, frase o recuerdo para definir su vida?
NSM: Una colega del IVIC me dijo que yo era una “tejedora de la paz”. 


3/13/2013

Oficios de la memoria


    Recordar es a veces una experiencia que puede sorprender. Estoy sentado en el café de siempre, con el libro a punto, el agua mineral, el tabaco enredado entre los dedos. Entonces, no sé por qué razón, me viene a la cabeza una imagen casi en blanco y negro: ella me encanta, me sorprende cada día. Soy un imberbe de apenas nueve años con la certeza de que esa niña, ubicada unos pupitres más allá, es el amor de mis amores.
    Me lleno de valor y una tarde calurosa, plena de sol en el patio del colegio, confieso la maraña de emociones que traspasa lo que soy con sólo imaginarla. Se lo digo con todas sus letras: “estoy enamorado de ti”. Entonces el golpe en la mandíbula. Lo que viene de inmediato es el desprecio que me obsequia con la sencillez de una sonrisa helada, que es casi una mueca, y la fiereza de un desplante, que es dar la media vuelta e irse. Recordar, digo, es una experiencia que hoy por hoy llega aumentada, impresionante, debido a que el presente hace quizás de lupa, de lente capaz de deformarla. La sonrisa de cuchillo, el hecho de encoger los hombros y continuar  su camino aparece en mi memoria como el horror de todos los horrores, como el dolor más hondo atravesando el cuerpo del joven que fui en aquellos tiempos.
    Pasan unos años. Estoy en mi habitación y acabo de ducharme. Frente al espejo invierto el tiempo necesario: lucho con el peine hasta que cada hebra parece ocupar el sitio que elijo para ella. Poco después la penumbra del cine se presta para la aventura furtiva del amor. Tomo su mano, la chica que yace a mi lado no es mi novia pero ardo en deseos porque alguna vez lo sea. Se llama Alejandra o Carolina, llevo par de meses transitando por la calle de la amargura en brazos del  enamoramiento y justo ahora, sin percatarme de cómo llego al cielo o de qué ruta he tomado para agarrarlo por asalto nos besamos. Estamos comiéndonos a besos en la sala oscura de un cine de pueblo sin importar la pantalla ni la gente alrededor ni el mundo en que vivimos. Por primera vez siento en mi boca una lengua que no es la mía, que entra y sale como pez y se pasea a sus anchas procurando cosquillas, sensaciones, adrenalina a chorros. Siento su saliva, su respiración, siento sus dientes mordiendo mis labios con sapiencia, poco a poco. Fui feliz como ninguno. El recuerdo cobra rostro de faena mil veces esperada, ansiada, compartida. Jamás antes siquiera había soñado con alegría parecida. Dos horas de besos sin descanso, dos horas respirando a medias, entregado al hecho de vivir por fin la vida de otros que besaban así sólo en películas. Ella, absoluta responsable de que por semanas el insomnio hiciera estragos en mis noches, de pronto estaba ahí, era real, de carne y huesos, y yo permanecía a su lado nada menos que entregado a la más apetitosa, a la más dulce tarea que pudiera imaginar en esos días.
    Jugamos al béisbol, viernes por la tarde. Mi turno al bate, tres strikes, se acabó. Ni siquiera alcancé a ver los lanzamientos. Debió ocurrir en el ochenta y uno o el ochenta y dos, cuando el béisbol, y asimismo el fútbol, formaban parte inseparable de la vida cotidiana. ¡Mariquita! Al poncharme escucho el dardo claramente dirigido a mí. ¡Mariquita, tres strikes, mariquita! Sentí el incendio, las llamas subiendo desde el pecho a la cabeza. Giré, corrí loco de rabia, llegué a tercera base donde me esperaba una mole, ancha, pesada, gigantesca, repitiendo varias veces la misma palabreja. El recuerdo llega otra vez cargado de sorpresa, transmutado, con la impresión de que llevaba a cabo una hazaña irrepetible. Me había atrevido, estaba desafiando a un ser más que temido por cuanto adolescente tuviera dos dedos frente. Cada embestida fue como un martillazo, cada voltereta por los aires como un suplicio parecido al de Jesús cuando aquellos matones lo golpeaban en esas películas que nos ponían las monjas acerca de ese hombre melenudo y tan extravagante. Llega el recuerdo en imágenes saturadas de heroísmo (me habían apaleado pero era un héroe, era mi propio héroe). Tenía magulladuras hasta en las uñas y qué diablos, qué importaba a esas alturas.
    Recordar sorprende a veces. No somos los mismos, claro, pero la historia de lo que has construido tiende a asomarse por ciertos ventanales y hacerte cosquillas en los pies. Ahí en el fondo hay literatura de la buena, hay capítulos que te encargas de conectar con otros, y con otros, en el intento de otorgarle pie y cabeza a lo que van siendo los años, el tiempo, la línea que sale del ahora perdiéndose en el punto de fuga del pasado.
    La gramática de los recuerdos guarda el hecho ventajoso de que puedes editar algunas cosas, de modo que sentado en el café fumas, coges un sorbo de la taza, te metes por completo en la memoria, en aguas que te parecen tuyas, plenamente conocidas. Entonces te vas explicando, reconoces esa sombra que rebota en el espejo, sabes que el libro que has vivido sorprende a cada paso y terminas diciendo qué coño, así andamos todos, así nos echamos de cabeza al lago pantanoso de lo que inventamos porque toda vida es realidad y es fantasía, es ficción al más puro estilo novelesco. Y qué maravilla que así sea.

3/08/2013

Aspirinas


    El otro día soñé que tomaba una aspirina y entonces ella limpiaba mi memoria. Desperté emocionado, fui a la cocina por un vaso de agua y la pastilla.
    Al amanecer ocurrió algo extraordinario. Salí como de costumbre a trabajar y cuando me vi frente a la puerta, introduje la llave y empujé, caí de bruces en el campo de béisbol que solía frecuentar con otros amiguetes para armar juegos, correrías y broncas hasta que casi anocheciera. Olvidé, claro, que estaba en la oficina: recordé una tarde hacía ya treinta y tres años.
    Continué con la aspirina en las mañanas. Entonces borré de un plumazo los rostros de mis acreedores. Cuando alguno andaba junto a mí sus perfiles, contornos y relieves eran los de una novia de la adolescencia o los de ciertos familiares llenos de buenas intenciones. Sumo y sigo: cada vez que cojo el carro para llevar a los niños al colegio termino por mandar al diablo esto que soy. De inmediato me transformo en amiguito de seis años con morral sobre la espalda y  deberes que entregar a la maestra. Jamás imaginé que una simple dosis de la Bayer suplantara a un Alzheimer selectivo, lo cual es una bendición tomando en cuenta el país que tenemos y la ciudad en la que deambulamos.
    La otra vez, sin ir muy lejos, abrí los ojos en plena madrugada y observé perplejo que la mujer con quien dormía no era la misma que compartía siempre mi cama. Guardé silencio, me fui a la sala, que tampoco era la mía, hasta que opté por calmarme, encender un cigarrillo, girar la manilla de la puerta y lanzarme en volandas a la calle. Sin reconocer esa ciudad vagué por horas. Olvidaba el pueblo al que pertenecía y en su lugar me daba cuenta de que atravesaba callejuelas vistas en una película de los setenta.
    Hay que ver. La memoria juega a veces al gato y al ratón y lo más perdurable, placentero, digno de completa permanencia yace dentro de nosotros como ser vivo agazapado en algún túnel de lo que vamos siendo. Por supuesto, lo más perdurable y placentero suele andarse abrazado con lo otro, eso que corre bajo el césped, aquello que más de una vez metemos debajo de la alfombra.
    Limpiar la memoria era recordar de otras maneras, es decir, asomarse al pasado vía una especie de jeringa que sólo inyecta lo prescrito, y lo prescrito es justo eso que te hace suspirar al echar la vista atrás. Pero ya no he regresado, lo confieso, de semejante modo a otros tiempos y lugares.
    Soñé que tomaba dos cucharadas de jarabe para la tos y el mundo volvía a ocupar su sitio, la aspirina y sus efectos quedaban en el baúl sin fondo de cuanto vamos anulando. Amaneció, corrí a la cesta de medicamentos para comprobarlo, bebí ambas cucharadas de pe a pa. La vida continuó como si nada pero un día de éstos, no faltaba más, vuelvo por las aspirinas.

3/01/2013

El miedo


    Recuerdo la primera vez que vi un pescado en la nevera. En el pasillo del mercado un lugar mínimo exponía, como yo los cuadros de ciertos cómics en mi habitación, cabezas de cerdo colgando de unos ganchos en el techo, pollos recién sacrificados, conejos despanzurrados boca arriba. Y justo en la esquina, a mi derecha, custodiado por trozos de jamón y quesos,  sobre un nicho de hielo granizado estaba él, inmenso, con los ojos abiertos y la boca no cerrada por completo.
    El pescado parecía estar vivo aunque yo intuía que era imposible. Sin embargo ahí lo veía, como recién salido del agua y listo para saltar de su cama antártica y masticarme, engullirme, hacerme presa de esas fauces sembradas de cuchillos como los que mi madre guardaba en la cocina. Yo sabía que no podía estar vivo, claro, aunque tampoco juraría que estaba muerto. Semejante incertidumbre, inasible para mi entendimiento, me convertía en el niño más asustado de este mundo.
    El pescado no dejaba de mirarme. Sus ojos abiertos, opacos, únicamente se ocupaban de mí, de mí y de nadie más. Darme cuenta de que yo colmaba el interés de aquel monstruo hacía que un frío helado me recorriera hasta las uñas. Mientras mi madre pedía queso, un poco de carne, salchichón o cosas así, yo me movía de un lado a otro, de un extremo a otro del congelador para descubrir con pánico que, me ubicara donde me ubicara, en cualquier punto de ese cuadrado minúsculo que implicaba aquel abasto el pescado siempre estaba viéndome: sus ojos abiertos me seguían, absortos, con ese brillo mate en la pupila que me recordaba a ciertos seres de ultratumba en las películas de horror vistas casi siempre a escondidas.
    Nada produjo tantas pesadillas como ese animal medio vivo o medio muerto escudriñándome desde su abismo en el refrigerador. Nada pudo quitarme el habla o entrecortarme la respiración al despertar sudoroso a media noche más que esa bestia dispuesta a devorarme. Ni las brujas de los cuentos, ni los fantasmas que vi en series de t.v. al deslizarme sigiloso hasta la sala cuando el resto roncaba a pierna suelta, ni las historias de Allan Poe que empecé a leer en la biblioteca de la escuela. Nada. El miedo palpable, hecho materia y escamas, el miedo en su estado puro era el pescado de ojos abiertos y dientes puntiagudos que acechaba mis pasos a lo largo de la tienda.
    Llegué a soñar mil veces con ese ser venido quién sabe de dónde. Al intentar dormir, al meterme a la cama, sentía que debajo navegaba el bicho con la boca semiabierta. Imaginaba que de un momento a otro rozaría sus aletas contra mí, prueba suficiente de que andaba a un palmo de mi cuerpo, a esas alturas convertido en una masa temblorosa. Sus ojos descubrirían mi escondite, me adivinarían debajo de las sábanas, hallándome por fin, condenándome a la perdición.
    Luego de bastantes años, en estos días pasé otra vez por el negocio de Don Pipo, el dueño, un  italiano calvo y barrigón que gesticulaba hasta con los codos. Todo ocupaba su lugar. La nevera, el olor inconfundible del local,  los pollos descuartizados, los cerdos colgados de esos ganchos, los conejos abiertos, acostados panza arriba y el pescado, el pescado ahí con su mirada sin tiempo ni memoria, observando, con los ojos abiertos hurgando vaya uno a saber qué.

2/19/2013

Los juegos de la memoria


    Recuerdo los primeros libros que tuve entre mis manos: cinco novelas de aventura en tapa dura, con letras doradas, que daban forma a la colección Clásicos Universales. Fue un regalo de mi madre cuando yo tendría cuatro o cinco años. Me tomó tiempo comenzar a leerlos, a diario los observaba en un rincón de la biblioteca, sabía que eran míos, imaginaba el misterio que llevaban encima. Alguna vez iba a atravesar sus páginas.
    Mi hija Camila pronto va a hacer la Comunión. La biblia que utiliza en cada clase me acompañaba al catecismo hace treinta y cinco años. También mi madre fue la artífice de ese regalo. Como observarán, soy dado a conservar ciertas obras que, vistas en retrospectiva, funcionan como espejos a la hora de escudriñar en el pasado.
     Hace poco me dio por hojear el “Diccionario Práctico EASA” con el que mi pequeña resuelve rompederos de cabeza a propósito de las palabras.  Ha sido la directa heredera del libraco que una tía me obsequió a los cinco años porque su sobrino era entrometido y preguntón. Según ella, resultaba poco menos que imposible mantener por diez minutos el hilo de una conversación entre adultos sin que esa ardilla metiera sus narices lanzando a quemarropa interrogantes sobre qué era nauseabundo, inverosímil, axila o traqueteo.
    Es curioso, pero cojo el EASA y al notar cómo dejé huellas en él, pienso que algunos textos son también cortes geológicos, capas superpuestas como esas que se dejan ver en las excavaciones arqueológicas. De algún modo parte de tu historia queda ahí, al aire libre, legible si te das a la tarea de reconstruir fósiles, empalmar épocas y analizar sedimentos.
    Guardo en la memoria la viva imagen de mi madre forrando los cuadernos. Segundo grado me hacía sentir mayor. Quedaba atrás el kínder, a lo lejos recordaba andanzas con la maestra Báez, de primero “A”. Comenzar segundo no sólo era emocionante sino también un reto: el libro de lectura lucía considerablemente gordo, me habían comprado un compás y un transportador (¿qué diablos era eso?) para hacerle compañía a la solitaria regla con que aprendí a trazar líneas rectas, quebradas, inclinadas y demás misterios por el estilo. Y por si todo lo anterior fuera poco, Laura, con su cabello recogido en una cola de caballo, me hacía latir el corazón más de la cuenta.
    El diccionario finalmente estuvo listo. Forro de papel azul con rombos blancos, forro de plástico encima, y en el medio una etiqueta para identificarlo. Lo abro en el presente mientras Camila colorea páginas de sus tareas, pienso en el colegio, pienso en el niño que fui y en la niña que es mi hija. Pienso en Daniel, más pequeño que ella aún, y me digo el lugar común que nos aplasta las narices: “los tiempos cambian, uff, los tiempos sí que cambian”. Y es bueno que sea así.
    Mierda, culo, vaina, coño, aparecen encerradas en un círculo con tinta negra. Me veo leyendo esas palabras en el diccionario, absorto, sorprendido, preguntándome por qué razón están ahí. ¿No era ése un libro serio? ¿No era un objeto que usaba la maestra? ¿Cómo es que de pronto contiene palabrotas? Puta, pendejo, ñoña, me producían la sensación de que las cosas no estaban en su sitio, de que ese vendaval de términos prohibidos cabían también en una parte semiiluminada de la escuela. Era contradictorio, era un descubrimiento que me confundía.
    Continúo mirando el  libro, noto mi firma en su primera página, debió ser a los seis años. Luego observo otra, quizás ya a los siete u ocho. Veo incluso una adicional, muy distinta, una rúbrica sin dudas imitando a aquella de mi padre, imposible de leer, un verdadero garabato. A semejantes alturas, sexto grado diría yo, me sentía un hombre, un hombre grande, alguien diferente a esos mocosos insignificantes de tercero, cuarto o quinto.
    La verdad es que esa línea temporal que implica un libro largamente usado por nosotros lleva las marcas de lo que hemos sido. Si abres los ojos hallas pistas, la punta de algún hilo que puede arrojarte al ovillo que ahora eres. Paso las páginas: un corazón dibujado con marcador rojo, atravesado por una flecha verde. Una frase escrita en cuti: cutilecutivoy cutiacutipecutidircutiuncutibecutiso. Las iniciales de varios nombres clave: B.A.M., María A.P., A.L.R.G., y también algunos sueltos, desafío abierto para entrometidos capaces de hurgar en mis secretos: Luciana, Alejandra, María Eugenia.
    Camila termina su tarea. Ordena los cuadernos, recoge desperdicios, guarda todo en su morral. ¿Me permites?, y entonces cierra el diccionario, lo coloca junto al resto de los útiles. Se lleva el fardo hasta su habitación sin saber que ahí también voy metido de cabeza.

2/14/2013

Preguntas y respuestas


    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien ose dudarlo nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone la firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.

2/12/2013

La voz del poeta


    Cada tanto compartimos un café, conversamos, arreglamos o terminamos de hacer pedazos este mundo. Ha publicado varios libros, todos de poesía, y ahora mismo tiene en mente lo que será un próximo título. Vamos a La Escalera, un café coqueto, aséptico, climatizado hasta en el baño de la cocina, que a él le gusta y a mí me desencanta pero qué se le va a hacer: “o en La Escalera o en ninguna parte, viejo. Esta vez impongo yo”.
    Conozco a Pedro Suárez desde hace una punta de años y créanme que lo digo con orgullo. Es bueno saber que existen los amigos, sobre todo porque son como el azúcar, la leche o el pollo en este pobre país, escasos, poquísimos, de a ratos inexistentes. Con Pedro pasa que es amigo y ya, y la amistad se nutre de un valor de uso que sabes va a estar ahí aunque tengas ocho meses sin saber de él. No hace falta la presencia cotidiana, física, quiero decir. Basta el hecho trascendente, la seguridad de que el tiempo y los kilómetros, la lejanía, forman parte de una realidad circunstancial donde nada hay que demostrar. Somos amigos y punto.
    Pedro Suárez ha escrito desde el hígado o la risa, desde el corazón o las tripas, y su trabajo ronda los temas de siempre, los universales, los profundos, los que llegan a los huesos sencillamente porque la humanidad yace en nosotros. He leído cada uno de sus libros y en todos va de bruces el hachazo necesario para decir esto o aquello con versos puntiagudos, con palabras TNT, con dardos de lenguaje envenenados a punta de existencia, polvo en los zapatos y pulso a tono con el párrafo que siempre intenta redondear.
    Mientras me quejo porque en este lugarejo está prohibido el humo del tabaco, él extiende una pila de cuartillas, me la da, “son los textos de los que te hablé”, dice, y yo paso la vista por encima y observo: “Libro de la sabana”. Anoche pude leerlo de un tirón. Entonces, de seguidas fui poco a poco, a mi manera, releyendo poemas salteados. Violé el orden que el autor había propuesto, machaqué fragmentos que, como islas, formaban perlas solitarias, pequeñas joyas encofradas en una hechura mayor. Es un libro a propósito de la Gran Sabana, un libro de viaje, de aproximación, de vuelo rasante que termina por atravesar de cabo a rabo la geografía física y espiritual de una región que se le incrustó a mi amigo en plena piel.
    “Este es el camino que haré más de dos veces/ me secuestra el salto y la voz pemona/ la sensación de navegar por un tobogán de estrellas/ la manía de dormir los grillos del corazón”. Entonces nada, tobogán e insectos están ahí, acaso a medio paso de mi sillón y de mi lámpara. “Pude tocar El Dorado/ comprobar que el de los libros/ era una torpe infamia/ un mito inacabado”. Y eso creo, que un mito da bandazos entre lo que cuenta y lo que en verdad nos aplasta la nariz, y lo que cuenta aquí se agacha porque un poema le lleva la contraria.
    La Gran Sabana es el motivo, el punto de fuga, materia plástica hecha libro: “Comprobé que la sabana habla su propia lengua/ y que las letras de su abecedario/ están escritas en un cuadernillo editado en el Precámbrico”. Y además: “Te das cuenta de que si olvidas la clave/ no comes ni bebes/ que las camisas planchadas/ se arrugan al cuello/ que la Helicobacter pylori/ es un nudo de corbata/ que sentarse a la mesa y negociar una rosa/ es tan peligroso como escalar el salto Angel”.
    Nada más que decir. Valdrá la pena. Estoy seguro de que bien valdrá la pena saborear estos poemas transformados en el libro que saldrá a la calle. Lo esperaré con alegría.

2/01/2013

Mi amigo escritor

    Alberto Manguel escribió unas líneas que Camila y Daniel suscriben a cada instante: “los niños saben algo que la mayoría de los adultos han olvidado: que la realidad es todo aquello que nos parezca real”. Lo anterior produce un lamento y una tristeza. El lamento es que una frase lapidaria como esta genere tan poco eco en nosotros, es decir, esos adultos, esos bichos raros en los que nos transformamos, y la tristeza, pues la tristeza es la ocurrencia de tal metamorfosis.
    Tengo un amigo que siempre le busca cinco patas a los gatos. También es escritor (los escritores son unos buscadores incansables, me da la impresión) y entonces usted lo ve oteando el horizonte con ojos de felino al acecho nada más que por hallar la sabia que subyace a este artificio con que bañamos el mundo, a este orden tan pulcro, tan aséptico, tan cargado de adultez que hemos construido desde hace tanto y al que nos lanzamos de cabeza.
    Uno anda rodeado, dígame si no, por un océano cuyos progenitores son el bueno de Aristóteles y el inteligente Descartes, o sea, lógicas estructuradas para ver de una manera, pensar de una manera y actuar de una manera. No está mal, tomando en cuenta lo bien cuadriculado que anda el universo, pero mi amigo escritor tiene razón, buscando lo que no se le ha perdido, cuando menos él dio en el blanco al punto de encontrar otros modos de mirar la cosa. Sus libros van por ahí llenos de ironía, sus escritos chorrean humor negro y perspicacia, sus obras leen la vida echando afuera lo que está bajo la alfombra.
    Calles, charcuterías, museos, escuelas, parques, hogares, tiendas, templos, burdeles, plazas, fueron jerarquizados por una mente que los unifica y les otorga su particular pie y cabeza. Eso es bueno, no vaya a ser que andemos más perdidos de lo que ya estamos, pero a mi amigo le encanta llegar a esos lugares y volver añicos ese orden superior que nos guía y nos organiza. Mi amigo es un niño, no cabe duda, pero también mi amigo, como usa barba y tiene canas, ha sido presa del ojo vigilante de lo que yo llamo “un adulto por todo lo alto”, esto es, alguien olorosito y entalcado a propósito de sus funciones como hombre educado, programado, bien llevado. Ha sido presa, digo, porque del cuello le cuelga, hasta que dé muestras de enmienda contundentes, la etiqueta de raro y diferente, generoso eufemismo para no decirle de una buena vez atolondrado, apestado, loco o desquiciado.
    Ese escritor que anda buscándole la quinta pata al gato gusta leer el mundo a su manera, lo cual pasa por considerarlo tierra virgen en cada expedición exploratoria que lleva a cabo todas las mañanas al despuntar el día, justo cuando empieza la faena cachito y jugo mediantes en el abasto de la esquina, servidos por Joao, portu buena gente  y simpátiquísimo como ninguno.
    Según creo haber sugerido ya, y por ser un hombre libre, mi amigo le saca la lengua a ciertos órdenes preestablecidos. Ese pre en preestablecidos, claro está, tiene mucho de plancha y almidón, por lo que siempre es urgente, dice él, salirle al paso con una labor profunda de recreación a propósito de todo cuanto se anteponga entre él y su mirada. Como es lógico suponer, este re de recreación sí que resulta mucho más simpático que el malencarado pre, al que es bueno insuflarle dosis elevadas de anarquía para despeinarlo y desarreglarlo un poco mientras se le hacen cosquillas epistemológicas (perdonen el feo academicismo) a ver si sonríe y cambia por fin de semblante.
    Total, que la labor es ardua pero grata. Y ahora que lo pienso, recuerdo esa sentencia de Cortázar, quien a tono con todo esto llegó a arrojar una frase a quemarropa: “soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja del sueño”.