1/28/2015

Humo



    Así como escuchar a Mozart incrementa la facultad de razonar sostengo que el humo del tabaco te rejuvenece. No me refiero sólo al cutis, que de por sí es mucho lo que al respecto también hay de ganancia, sino al ámbito menos frívolo de eso que algunos llaman lo espiritual.
    Fíjate que el humo del tabaco es la crema Pond’s del ánimo, sobre todo en tiempos de Lexotanil entremezclado con ilusiones de la Nueva Era. Entra a una librería para que lo compruebes, de Adriana Azzi y Walter Mercado al nirvana colectivo se pretenden pocos pasos, asunto que se cotiza por las nubes en la bolsa de valores del alma. La lista de los más vendidos lo dice todo: la autoayuda se te mete por los ojos, abunda en vallas de cualquier esquina, al punto de que va a ser Paulo Coelho, Robin Sharma o Ismael Cala el próximo Nobel de literatura. Apuesto un ojo de la cara.
    En cuanto a mí, puedo jurar que el humo del tabaco se pasa por la entrepierna semejantes fruslerías New Age.  Leerse el tabaco anda de baja últimamente, y con razón, pero el humo, lo que se dice el humo del Montecristo, del Cohiba, del Partagás o de cualquier humilde cumanés equivale al tantra mítico, al justo equilibrio del nunca bien ponderado Yin y Yan, supone, escríbelo con todas sus letras, la forma expedita de curar llagas de todos los pelajes, ensanchar el alma y renovar sin mala conciencia callosidades del corazón.
    Con la luz difusa de una puesta de sol, encender un habano para acariciar la pituitaria va de la mano con amansar hasta al más feroz espíritu de estos días, en los que reina el encono y la mala leche a borbotones. No hay cuento, el humo del tabaco calza a la perfección en los zapatos del humilde o del encumbrado, del inepto o del cargado de talento y yo repito, sin que me tiemble un músculo del careto, que el humo del tabaco por lo anterior y por mil razones que para qué diablos enumerar aquí, es el elixir de la juventud perdida. Estadistas a lo Churchill, brujos de múltiples raleas, dictadores al más puro estilo de un Castro o escritores de la talla de Cortázar, para que veas, todos, absolutamente todos han compartido el secreto a voces menos guardado de este mundo.
    Sin culpas ni remordimientos me llevo el tabaco a la boca y de bocanada en bocanada aspiro las delicias de ese aroma que tonifica los músculos, limpia bronquios y pulmones, te hace más inteligente y, cuando menos lo esperas, acabas siendo veinte años más joven. Ni Revlon con sus chicas sexy, ni Nina Ricci o Dior vía esqueléticas modelos, ni Lancome y toda la parafernalia. El humo del tabaco. Nada más que el humo del tabaco. Y punto.

1/19/2015

Paradoja

    Siempre me he preguntado qué hace la gente en su automóvil mientras espera que el semáforo pase por fin al verde. Existen momentos que son limbos, existen zonas neblinosas y casi impenetrables aunque afuera estalle la luz, y ese paréntesis que es un semáforo en rojo sin duda anda cargado de relojes sin tiempo, de tierra de nadie donde vaya uno a saber cuánta existencia cabe por milímetro cuadrado.
    Hay quienes se hurgan los oídos, hay quienes se sacan los mocos en afanes lúdicos qué sólo pierden fuerza en función del número de bolitas pegajosas amasadas entre el medio y el pulgar. Hay también quienes cambian de vida mientras dura la estancia en el carro, asunto sorprendente que deja las huellas más profundas porque ha sido un tránsito demasiado intenso para tan poquísimos segundos. Meter la eternidad en un minuto sin duda arroja consecuencias.
    Lo cierto es que un semáforo en rojo deja entrever muchas cosas. Una de ellas, como descubrí hace mil años, consiste en que semejante símbolo de la modernidad lleva en sus alforjas cierta verdad encubierta que desde la adolescencia, para mí, no dejó jamás de evidenciar misterio. Tal verdad, voy a decirlo de una vez, es que entre ese poste de luces y la vida obligatoriamente detenida cuando el rojo hace de las suyas media un calendario sin fechas, el Aleph borgiano, algún bostezo existencial que es agujero negro en medio de esa esquina en apariencia tan normal.
    Mientras aquella mujer se retoca los labios frente al retrovisor o mientras este caballero golpea con los dedos el volante y después enciende un cigarrillo para finalmente cambiar el dial de las noticias a la música, ocurren todos los puntos suspensivos de este mundo. Y los puntos suspensivos no son más que interrogantes clavadas sin misericordia en la carne de cualquier certeza. Un semáforo en rojo supone, quién lo hubiera imaginado, la cara oculta de tantas lunas particulares en el universo que dibujan las calles por las que a diario nos movemos.
    Es mentira que te escudriñas la nariz. Es un total engaño creer que hablas con tu suegra por el celular. No pienses que la cabina del Corolla en su realidad de pecera, en su silencio de aire acondicionado, en la tranquilizadora atmósfera de asiento mullido que te lleva a tu destino es esa línea que converge en el punto de fuga vislumbrado apenas con la inocencia chorreándote como baba por los labios.
    El semáforo en rojo te engulle y es monstruo del mar de los sargazos que ha sido tu vida en el minuto sin espacio ni almanaque que va del rojo al verde y viceversa. 

1/10/2015

Buenas costumbres

    El mundo está lleno de gente con magníficas costumbres. Yo mismo, a veces, cojo el camino recomendado por tanto beato suelto y me doy de bruces con algunos puntos para por fin ganarme el cielo. Hasta que  echo todo a perder.
    El otro día estaba dale que te dale a la lectura en un café atestado de moscas con mucha moralina cuando noté que varios ojos se clavaban en mi mesa. Con elegancia e intenciones más que santas, no me cabe duda, una señora escupió estos  sabios consejos desde su platico de galletas y agua mineral gasificada: “las hojas de los libros no se doblan, hijo” y  “¿no sabes que rayarlos es tan feo como doblarlos o ensuciarlos?, ¿es que no te da vergüenza?”.
    Juro por Dios que me provocó responder con una grosería, pero qué se le va a hacer, la crianza es la crianza, asunto que mi madre llevó a cabo por lo visto con esmero que rompió suelos y piedras. Entonces asentí y continué mi tarea. Pero la verdad sea dicha: el mundo anda como anda gracias a las buenas costumbres. Una buena costumbre es la viva esencia de una patada en la espinilla, lo cual no es concha de ajo, más aún considerando el innegable hecho de que a más costumbres dignas de Carreño, más patanes por kilómetro cuadrado en el país chatarra que vamos teniendo.
    A ver, uno tiene la buena costumbre de aguantarse ciertas necedades (el ejemplo de la individua protectora de bibliografía está  todavía caliente), de sonreír cuando lo que te provoca es patear, de decir bueno, sí, y no vete al carajo, de dar las gracias a un grupo de bestias que en la reunión con el jefe te acaba de obsequiar, pongo por caso, una tarde de aburrimiento hasta el tope, hasta las mismísimas orejas, sumo y sigo: de aplaudir en vez de abuchear, de ser gente frente a un pelotón de equinos, de estarse quietecito en lugar de tomar un AK-47 y ponerse a volar huevos, de contar hasta cien para no reventar cojones a la cuenta de tres. Y así.
    Las buenas costumbres por lo general hacen causa común a favor de la nada elevada tarea de engordar lo políticamente correcto. El horror es tal que si tus costumbres no son las mejores según el baremo de la doña o el don entrados en carnes de sapientísima costumbrología, pues vas de cabeza, zuas zuas, a las calderas del sótano, es decir, a las cuevas sulfurosas de la incandescente moral pública.
    Leo a Juan Nuño y resaltan unas líneas que me gustan: “¿Qué sería de esta pobre y miserable civilización sin el pecado? Los días se alegran, las tardes resplandecen, las noches se soportan y la humanidad sigue existiendo…”, cuestión que, agrego yo, es una verdad del tamaño de la mejor mala costumbre.
    Las malas costumbres están ahí para purificar almas o destronar reyes de pacotilla. Una mala costumbre brilla más que las más asépticas realizaciones en el universo insípido del costumbrismo mejor cultivado. Por eso Cioran da qué pensar, por eso Ambrose Bierce tiene ganado un sitial entre los peor acostumbrados de este valle de lágrimas. Justo por eso Rafael Bolívar Coronado no podía llamarse sino Rafael Bolívar Coronado. Borges tuvo la mala costumbre de ser genio, así como tantos otros la buena de ser mentecatos por donde les pegues el ojo.
    En cuanto a mí, pues celebro el fumar, el beber y el bailar pegao, sana práctica sugerida en su momento por el Inquieto Anacobero, alias Daniel Santos, otro que se pasó las más respetables costumbres por el forro del gaznete y de la materia gris. Vuelvo y digo: el mundo está lleno de gente con magníficas costumbres, cosa que, hay que aceptarlo de una buena vez, lo pone en el triste lugarejo que por elemental lógica le corresponde. Dime tú si no.

12/19/2014

La izquierda imbécil

    Por varios artículos que he escrito resulta que para algunos soy una bestia de derechas. Así, tal cual, con todas las letras y la mala leche apuntándome a la sien.
    No voy a contarles de insultos y otras ñoñerías por el estilo. Hay todo un menú que mandé al fogón del basural. Sin dar ni pedir tregua a la hora de los chacales, la verdad es que no sabe uno qué pensar a propósito del lugarejo adonde suelen afincarse ciertas nociones de izquierda o de derecha. Tan jabonosos como éstas  -y relativos y por lo tanto escurridizos-  son señalamientos espaciales tipo arriba, o abajo, o más acá o más allá, y así ad infinitum.  Salvo que el espécimen, fusil en mano, viva en el carbonífero político  -lo cual no es fruslería, por cierto-  mi adhesión a la diestra es tan verídica como su posible pertenencia al Ministerium für Staatssicherheit, es decir Stasi, de la mira tú, democratísima República Democrática Alemana, valgan las redundancias y los concomitantes disparates.
    Porque si revolver el pus o mostrar con el índice el caldo enrarecido del gobierno que aquí hace de las suyas supone un marco semejante, entonces los ángeles de la izquierda redentora deberían practicar ipso facto el arte de mover con mayor celeridad que de costumbre las neuronas, cuando las tengan, en medio del silencio más atronador, es decir, pensar más y callarse la boca de inmediato. Conclusión: ahogar toda emisión de idiotez tras idiotez por cada chasquido de la lengua, y de la pluma. Ahí están los defensores de las dictaduras buenas, las de izquierda claro está, sinvergüenzas donde los hay si es preciso arrastrarse, alcahuetear crímenes, mirar para otro lado cuando se violan a placer Derechos Humanos y demás perlas por el estilo. La ex Unión Soviética en su momento y todavía la pisoteada Cuba están ahí para romperles el espejo en el cogote.
    Para un señor que se siente metido de cabeza en aguas plácidamente izquierdosas, el corifeo particular de Castro, en el que abundan imbéciles a más no poder, debe ser el colmo de la sensatez en estos días. Corrección política latinoamericana hasta los tuétanos. Benedetti, el poeta Cardenal, Eduardo Galeano y otros santurrones de las dictaduras alabadas, a cada uno mordió el juego de caninos típico del iluminado, ése que llegó montado en una nube a resolverte los problemas, reales o imaginarios. Dale un vistazo a Chávez, con el legado calenturiento objeto de reverencia que su religión impone. Léanse, y luego me cuentan, las babosadas vergonzosas de Gustavo Pereira, las bolserías de Luis Alberto Crespo, las ocurrencias hilarantes de Brito García en defensa de esta panda de ineptos y cuanta fantasía encantada arroja para afuera el buche de tanto poeta revolucionario disfrazado de Che.
    Aquí, lo que se dice aquí, ser de derechas o de izquierdas pasa de lejos por el cedazo de la razón. Piensan más los cojones que la materia gris, y me voy quedando corto. Maniqueísmo por donde lo mires, el quehacer político de la Venezuela actual, saturada de fariseos forrados en trajes Brioni, se alimenta de clichés al más puro estilo de la propaganda carburada  como jamás antes en el manicomio perpetrado por los hermanitos Castro. Izquierda o derecha ya no son categorías dinámicas, lógicamente cambiantes, cuyos rostros fueron perfilándose al paso del tiempo y, sobre todo, en función de los años y las experiencias, asunto que es lo que tú quieras menos baladí. Para un señor de la izquierda venezolana un pterodáctilo tiene mucho de paloma mensajera y un triceratops es el vivo retrato del rinoceronte que mastica paja en las llanuras del Congo, vaya animalitos tan chistosos.
    Entre la izquierda pedorra de este país, ajena a pensar por sí misma en su inmensa mayoría, capaz de entregarse muda, acrítica, mansa, a los dicterios de un militar ignorante como una tapia, y las batallas de un Petkoff o de un Pompeyo Márquez, me quedo con los contestatarios, los soñadores, los sensibles, los respondones y los indóciles, o sea estos últimos, y con la idea metida en los huesos  de que al mar de las estupideces, el mismo aquél de la felicidad, le queda  cada día menos tiempo entre los dinosaurios que para desgracia de tantos aún pastan entre nubes  de ventosidades ideológicas.                                    

12/10/2014

Los nuevos tiempos

    
                                                                                                           A Pedro Suárez, el más moderno de mis amigos
    
    Parece que la gente se toma la molestia de ir contigo al cine, o a almorzar, y de antemano debes estar agradecido. Los tiempos cambian, qué se le va a hacer, y semejantes cambios te aplastan de golpe la nariz, te dicen como si nada y a los cuatro vientos: oye tú, cabroncete, mira que te estás poniendo viejo. Como si envejecer fuese algo del otro mundo. Como si el paso de los años por fuerza tendría que suponer alguna maldición divina.
    A lo que voy: los tiempos cambian, pero semejante dinámica te cae de perlas o es un trancazo en la espinilla según el cristal con que lo mires. Salgo a almorzar con Lucía, compañera de liceo a quien no veo desde hace una punta de años. Todo a punto, todo rosadito hasta que suena el celular. Y si no suena, pues será ella quien haga las llamadas. Y si no es charla clásica, vía oralidad telefónica monda y lironda, va a ser conversación escrita, con cigarrillo entre el índice y el medio, por los recovecos del chat. Pasan los minutos, muchos, la sopa se enfría, yo miro al techo, qué puta sensación de desperdicio. Es que envejezco como buena bestia. Como lo que soy.
    Antes, diría mi abuelita, almorzar era almorzar, con hola y qué tal y cuéntame y te cuento y mira a Alejandra lo grande que está. Almorzar era plantarse ante la mesa con la carga de significaciones ya sabidas que el verbo en cuestión lleva soplada hasta las entrañas. Pero resulta que llego con mi amiga al Jardin Des Crepes y ella enfrente y yo aquí, acomodándome la servilleta sobre las piernas, y entonces la señora hace de las suyas, coge el celular o abre el periódico (da lo mismo) y hay que comprender que el mundo es así, que éste es el siglo XXI, el mejor de todos los habidos y por haber, de modo que tranquilo, Rogerín, tranquilo, búscate unas damas chinas o enciende la radio de tu móvil hasta el fin de la jornada y se acabó. Cada quien en lo suyo.
    La madre que la parió. Uno va a ese restaurante dispuesto a sacarle los mocos a los años, es decir, a hablar hasta por los codos de lo humano y lo divino, de los tiempos idos y blablablá, pero fíjate que si la susodicha te cambia por el celular eso es lo más normal del universo. Es preciso paciencia, comprensión. En cambio, cuando la mandas a hurgarle las pelotas a Apolonio eres un vejuco amargadete, un tipo con bastante mala leche, lo que se dice un patán intransigente, premoderno, incapaz de asimilar que el siglo XXI es el siglo XXI y lo demás paja para los equinos. Ahí lo tienes: el glamour de las tecnologías trepándote las piernas, muslos, pecho, cuello.
    Con toda parsimonia me acerqué hasta el plato, alcé la crem-de-fois-a-la-turtié, o como se llame, y le dí media vuelta justo encima de su linda cabellera rubia. Gritó como Naomi Watts en King Kong. Salí a la calle sonriente, vengado, feliz. La ciudad permanecía como si nada.

11/28/2014

Hay que ver cómo es la gente

  Hay palabras que viven bajo tierra. Existen muchas, estoy más que seguro, cuya predilección es hacer nido en la cara oscura de la Luna. Me explico: así como existen palabras feas por donde les metas el ojo  -aperturar, empoderar, accesar y un etcétera que exige al Libro Gordo de Petete sólo para ellas-, las hay con vocación de anonimato por los cuatro costados.
    Conozco gente que tiene bastante de término silente, es decir, personas que nacieron tomando para sí el mutis existencial que las lleva sin mayores sobresaltos de la cuna hasta la tumba. Así como ves pasar a un hombre atravesado de oquedades, un queso gruyére con nombre y apellido, pongo por caso, te das de bruces con vocablos que vinieron a este valle de lágrimas nada más que para hacer tienda en el diccionario. Palabras que de pe a pa son como esos bichos subterráneos, insectos o batracios, qué sé yo, viviendo sin ojos, sin oxígeno, sin luz: babosas entre el humus de principio a fin.
    Acleido, por ejemplo. Euforbiácea, doncellueca. Ahora que lo pienso, tengo un amigo acléidico hasta los huesos con todo y que algunas veces se da el lujo de salir a la  calle, de atender cuando lo llamo por teléfono, en fin. Los euforbiáceos son simplemente impresentables y de los doncelluecos para qué te cuento. Palabras que terminan siendo como miles de fulanos, individuos lexicales, combinación sorda de sílabas  petrificadas en las cuatro paredes de un glosario, quién lo iba a decir. Un diccionario polvoriento es también la casa de transeúntes que te tropiezas en las calles, que pagan a punto sus impuestos, que no rompen un plato.
    El otro día caminaba aburrido por la avenida Las Américas y observé a una señora con el rostro y los gestos de asfacelo y caparídeo que me pararon los pelos. La seguí en medio de la muchedumbre, traté de dar con el misterio de lo que representa a simple vista pero nada, no soy como esos inspectores que ves en las películas de detectives, metódicos, deductivos hasta el hígado, capaces de escudriñar bajo los árboles, entre raíces o detritos y sacar las más sorprendentes conclusiones. Por más que lo intenté no hallé mínimo significado, plausible, convincente. Al no llevar conmigo un diccionario que pudiera de una vez por todas resolver el asunto, me encogí de hombros y continué andando seguro de que la buena mujer había nacido únicamente para ser consultada en el Larousse. Vaya existencia miserable.
    Costribo, ultriz, xenismo, ulano, ménsula, trincadura, la lista es larga. Voy por la calle y ahí están, más ulanas que nunca, más ultrices que la madre que las parió, más xenistas que la última ménsula trincada del desierto.
    El bueno de mi amigo cabe a sus anchas en el lugarejo más gris del Espasa Calpe, acomodado entre una veintena de sustantivos fofos en plena página doscientos veintitrés. Si te lo tropiezas por ahí sabrás al pelo de qué hablo. Hay que ver cómo es la gente. Hay que ver.

11/03/2014

Casos raros

    Juancho, un amigo de la infancia, tiene dos pies que viven haciendo de las suyas. Uno no sabe si reír a mandíbula batiente o llorar a moco tendido cada vez que sus extremidades inferiores juegan al gato y al ratón con el resto de ese cuerpo al que yacen adheridas. Total, que la naturaleza tiene sus cosas raras, no faltaba más, asunto que en estos días se ha intensificado al punto de que el bueno de amigo fue al podólogo con ánimo de mejorar sus días.
    Podólogo, podólogo, podólogo. Suena más a nombre de jardinería que a ciencia médica, pero en fin, la cuestión es que cuando Juancho mueve un pie con la inocente intención, digamos, de girar hacia la izquierda, éste se va incólume para la derecha, y cuando a veces desea poner ruta hacia adelante, el bueno para nada con el mayor descaro emprende marcha atrás, lo cual genera en mi amigo problemas no digamos ya peliagudos de locomoción, sino existenciales de marca mayor que para qué Sartre o Heiddeger y la madre que los parió.
    El doctor Sánchez, según los entendidos toda una eminencia en el arte de la podología, ha dicho que no hay motivo de preocupación. Dispuso apenas de un jarabe para los nervios acompañado de masajes interdiarios en ambas plantas de los pies y yemas de los dedos. Pero lo cierto es que después del doctor Sánchez, podólogo hasta la pared de enfrente, los episodios que tanto molestan a Juancho no sólo continúan como si nada: se han incrementado de forma exponencial sin que medie causa lógica a propósito de semejantes hechos, de modo que mi amigo visitó ahora al psiquiatra, quien restó importancia a lo referido por tan llamativo paciente, dedicando la sesión completa a pontificar sobre cierto estudio de la mente y de la personalidad que está llevando a cabo y sobre cayos, pies de atleta, problemas en las uñas y diversos males que con toda seguridad inciden en lo que ocurre.
    El otro día, pobrecito, al despertar en la mañana quiso ponerse los zapatos y al intentar anudarse los cordones cada pie empezó a sacudirse a su real gana, como poseído por el espíritu de alguno que obviamente no es el suyo. Lo peor fue que después de una lucha sin cuartel que lo dejó exhausto y sudoroso, cada uno decidió tomar rumbo contrario a propósito del otro, desatándose la situación más ridícula en toda esta historia, que dicho sea de paso parece salida de un cuento de Borges. Al hallarlo en posición tan poco decorosa, abierto de piernas, tirado en el suelo, con ambos pies brincando a su antojo como si fuesen batracios o pulgas en un circo, su mujer cogió el martillo del fondo del closet y optó por golpearle los pulgares -¿qué otra cosa hubiera podido hacer la buena señora?-, dejándole ambos dedos machacados y sin posibilidad de calzarse para llegar a la junta de las ocho en la oficina. Menudo lío apenas despuntando el día.
    Según el podólogo de marras, quien otra vez fue consultado, mi amigo sufre de cansancio extremo. Es la opinión categórica de una autoridad en la materia. Entonces Juancho bebe valerianas, toronjiles, aguas de cayena aliñadas con gotas de passiflora y endulzadas con miel de la India pero nada, su pie derecho se encamina por recovecos muy particulares y el izquierdo toma el horizonte que le venga en gana. Caso único de extremidades autónomas cuyas desconexiones con la corteza cerebral son evidentes, sentenció por último el psicólogo de la empresa en que labora. Supe que el asunto va a ser presentado en el  cuadragésimo noveno Encuentro Internacional de Podología, a celebrarse en Viena. Casos raros, sin ninguna duda. Casos sumamente raros.

10/28/2014

Lecciones de escritura


    Hay quienes piensan que escribir es agarrar el lápiz, domar de algún modo el lenguaje, contar una historia y de seguidas estampar la firma. Yo vislumbro lo anterior como absolutamente cierto, claro, si semejante acción supone condición necesaria, pero no suficiente, para hacer literatura.
    No por moverse con fluidez entre los recovecos de la lengua se tiene al toro cogido por los cuernos. Tampoco vale una historia y ya, con principio, desarrollo y fin. El hecho literario exige, exige mucho, de lo que se deriva una verdad casi siempre pasada por alto entre tanta tinta vertida sobre miles de cuartillas: escribir lleva aparejada una vuelta de tuerca, un plus adicional que requiere uso del lenguaje, por supuesto, en combinación mortal con la trama que se despelleja al filo de toda historia que se respete. Quiero decir,  y fíjese por dónde va el asunto, que escribir lleva en sus entrañas la puesta en práctica de un alto en el camino, de un ojo escrutador cuyo calado implica puñalada trapera a cierta lógica que por cotidiana practicamos incluso sin percibirla. Escribir es detenerse, afinar una mirada o cuantas resulten necesarias hasta encontrar el ritmo único sin el que será imposible  expresar lo que tiene que ser dicho. Nada más y nada  menos.
    Un cuento, una novela, un artículo de prensa, una crónica, un ensayo, un poema, van a ser dignos de esos nombres cuando lo que llevan entre manos pase al lector a lomo de palabras que trastocan la realidad porque esa realidad fue abordada desde escondrijos poco transitados, capaces de obsequiarle a quien se asome un buen coñazo en la nariz. Si un texto no te tumba al suelo pierde peso literario, se transforma en puñado de párrafos amontonados, de modo que a falta de mejor lugar lo arrojo al basurero.
    Llevo algún tiempo en eso de rasguñar papeles. Me ha dado por escribir poemas, cuentos, ensayos, crónicas, artículos, y vaya usted a saber qué diablos fui pariendo en cada atrevimiento. Leer mucho, leer como un condenado, leer hasta la etiqueta del pote del champú mientras te duchas, eso, eso y sentarte a teclear sin contemplaciones, son los maestros. No hay más: talento, si lo tienes, terquedad, lectura y escritura. Pero yo encontré además, entre las mil formas que cada quien vislumbra mientras chapotea en las aguas de adjetivos, frases, preposiciones o tachaduras, que mis hijos son algo así como escritores a sus soberanas ganas, verdaderos creadores deambulando por la casa, correteando entre los muebles de la sala, obsequiándome lecciones cada vez que me dispongo a hacerles caso.
    Tienen la facultad de labrar mundos. Transforman la caja del papel tualé en nave espacial, olisquean flores exóticas justo cuando la rutina anda metiéndose por puertas, ventanas y rendijas. Invitan a ser niño otra vez, de modo que he aprendido poco a poco a reordenarlo todo, a hurgar de otras maneras, con lo que el día a día escupe ahora perlas que antes  eran invisibles. Escribir es observar a cada rato, enfocar desde peñascos poco aptos para otear el horizonte. La capacidad de búsqueda, la imaginación a prueba  de adultez, el toma y dame con la lógica que casi con seguridad mañana terminará engulléndolos arroja como consecuencia la maravilla de que puedan sacarle punta hasta a una piedra. Creo haber aprendido eso de mis hijos y para siempre les voy a estar agradecido. Lo que pueda hacer con tal regalo quién sabe si terminará en pieza literaria o en materia para las pocetas, pero de cualquier modo ya no soy el mismo, cuestión que a fin de cuentas  es el hecho existencial de envergadura. A diario me brindan lecciones de escritura, lo que desde luego ignoran. Cuando tengan edad   para entenderlo va a ser muy placentero hacérselos saber, con el añadido de que  -¿quién podría decir si sí o si no?-, acaso lleguen a mostrarme historias, poesía, textos nacidos de sus plumas.  Ya llegará el día de descubrirlo.

10/15/2014

La piel sobre las cosas


    Uno anda por la vida observando los hechos, poniéndole el ojo a cuanto se nos cruza enfrente y lo cumbre es que vemos sólo de a ratos, contemplamos nada más la piel de la cebolla. Apenas sentimos el impacto en la nariz cuando debajo bulle un cúmulo de causas cuyas menudas consecuencias te aplastan el órgano nasal. Nos conformamos con el tabique roto. Así despachamos la cuestión.
    Por lo general suelo ver la forma de las cosas. Quiero decir, me da por suponer que una silla vieja o el abrigo que cuelga del perchero constituyen un saco de papas arrojado en el camino, y las papas vaya usted a saber si son papas o melones. Pues sí, es como para fruncir el ceño, qué se le va a hacer. De algún modo me las he arreglado para hurgar el mundo que se expone de la epidermis para allá.
    En cierta ocasión me dio por contarles de los carros viejos, así que traigo un pequeño ejemplo a manera de recordatorio. Tengo la costumbre de ponerles rostro a los bólidos que tropiezo en el camino. Un Ford Fairlane de los ochenta, pongo por caso. Sonrisa abierta, cara de pocos amigos. Un Ford Fairlane de los ochenta equivale al personaje que rueda por ahí sobre los límites de lo que termina uno por catalogar como seguro, es decir, borderline: hoy como, fumo, encuentro cama y ducha caliente pero mañana quién quita, cada amanecer lleva pegado de la frente sus particulares quebraderos de cabeza, trae con él su propio afán, y miren que el asunto no tiene un pelo de bíblico. Ford Fairlane, Fiat Supermirafiori o Mustang del 84, lo cierto es que uno a uno pasea su careto por las calles y yo me divierto descubriéndolos, estudiando sus caras, imaginándoles incluso posibles estados de ánimo, y doy por sentado que también ellos, no faltaba más, disfrutan del mutuo reconocimiento. Total, que suelo ver la forma de las cosas, como decía arriba, con lo cual Mustang y Ford Fairlane son Mustang y Ford Fairlane más un puñado de recovecos escondidos, semánticos o como se llamen,  que si me pongo a contarles, ufffff, si me pongo a contarles.
    Llego a mi café predilecto, otra vez un Bermúdez, cumanés que se deja encender como los grandes, humo, chupada, humo, chupada, marrón espumoso de seguidas, el libro en la página noventa y tres, y entonces un hombre entrado en años abre el periódico dos mesas más allá. Pienso en cómo luciría décadas atrás, qué imagen de sí mismo arrojaría en su infancia. Recorro las sienes, la piel fofa de los brazos, el lunar apenas perceptible sobre la barbilla, pantalones cortos, franela con restos de helado, canicas, trompo, la madre apurándolo con el refresco. La forma de las cosas es también esa mano enguantada que al salir deja relieves, huellas, marcas de lo que estuvo y ya no. Ciertos hechos son lomo de felino arqueándose bajo caricias, elementos sueltos a sus anchas sacándole la lengua a los relojes, jugando al gato y al ratón con los transeúntes.
    Es como para fruncir el ceño, claro está. Y aunque la vida o la ciudad fueron pensadas a fuerza de plancha y de almidón, de uno más uno son dos porque Aristóteles y su lógica o Descartes y su método, la verdad es que hay una piel por encima de la superficie y hay sacos de papas que son también melones, figúrese la confusión. Es bueno mirarse en los espejos, hace falta ponerse a ronronear como los gatos.

10/04/2014

Para hablar de libros...

Con Liliana Elías y Eliécer Calzadilla. Mil gracias por la invitación.

10/03/2014

La crítica literaria no es un acto de onanismo


Roger Vilain. Capítulo de libro (VV.AA). Universidad Central de Venezuela. Próxima publicación.

    Hace algunos años, mientras estudiaba literatura en la Universidad de Los Andes, noté que las teorías, que los mecanismos de aproximación a ella sufrían una especie de partenogénesis a propósito del todo que pretendían conformar. Existía un modo, científico, aséptico, que apelaba a la cirugía lingüística y cuyo estandarte fundamental reposaba sobre el hecho literario estéticamente autónomo, inmanentista, ajeno al mundo exterior que trasciende el texto y su perfecta y objetiva deriva, y había otro, pragmático, mucho más empírico o a caballo entre ambos modelos, que terminó por deslumbrarme hasta el presente.
    La primera de estas concepciones, es bueno decirlo desde ya, me ponía los pelos de punta. Por mucho que toda una corriente de pensamiento sostuviera que los estudios literarios funcionaban mejor y daban en el blanco con puntería refinada al transformarse en laboratorio o en quirófano, y que toda obra literaria lo es en función de la relojería interna que la constituye  -razón por la cual es preciso  disectarla para entenderla mejor y, acaso, saborearla mejor-, lo cierto es que desde esos días su contracara arrojó un gancho que aún hoy continúa siendo el estímulo, el motor capaz de hacerme gozar en el intento de escrutar los vínculos, relaciones, vasos comunicantes, pasadizos o puentes entre la literatura y la vida cotidiana, monda y lironda, que día a día emprendemos tal como si nada. Esa contracara supone vislumbrar la crítica como actividad diferente, en su hacer, al de un Formalismo Ruso, pongo por caso, y en general al de la tradición clásica estructuralista proveniente de Praga.
    Parto entonces de una premisa incierta para buen trozo de la tradición crítica. La literatura no es un compartimento estanco o una cápsula de entrecruzamientos y vínculos propios ajenos a un contexto mayor, sino por el contrario, dibuja un todo conformado por una red de relaciones donde el texto, pero también el resto de los elementos existentes en los procesos de comunicación, tienen mucho qué decir. Así, la literatura se alimenta de la vida, del magma que bulle en el plano de lo social, y viceversa. La literatura vista entonces no como hecho ahistórico cuyos múltiples engranajes permanecen desinfectados, refractarios a la literatura misma: en ella la rueda de lo contextual, de la obra y del receptor, del momento de la emisión, de la cultura que la genera o la recibe, danzan y se mantienen en contacto, interactúan, contaminándose, en un proceso que no acaba y que es tan diverso como diversas son las condiciones que rodean la creación e interpretación de un texto literario.
    Si aceptamos que el plano específico de la literatura viene dado sólo por las características inherentes al lenguaje que la hace posible[i], aceptamos entonces que aquélla es una manera particular de referir, exenta de canales cuyos entrecruzamientos permiten crear un universo íntimamente vinculado con la historia, con la sociedad, con la vida humana. “La poesía se centra en el signo y la prosa pragmática en el referente”, escribió Jakobson[ii]. Cuándo él mismo se pregunta: ¿”Cómo se manifiesta la poeticidad?”, y de seguidas sostiene que “cuando las palabras y su composición, su significado, su forma exterior e interior adquieren un peso y un valor autónomo en vez de referirse indiferentemente a la realidad”[iii], tal concepción entronca, como es obvio, con su idea acerca de las estrategias verbales que posibilitan la existencia de la literatura.[iv] Estrategias verbales que enfrentan a la postre un manojo de contradicciones imposibles de deshacer, pues pareciera que el discurso literario, para ser lo que es, requiere asimismo y como mínimo de un contexto y de un hecho adicional que resultará por completo fascinante: la disposición subjetiva de un receptor capaz de aportar sentido a lo que lee. Como puede verse, lo anterior no es poca cosa.
    Durante mis años de estudiante universitario descubrir el efecto del lector significó hallar, así lo consideré y así lo considero aún, la otra cara de la medalla. Entre el autor y el lector, teniendo al texto como protagonista, se abría un mundo de posibilidades creativas, de guiños, de complicidades, de enriquecimiento cuyo fundamento era la obra literaria misma. Ésta no poseía ya la condición de adminículo inamovible, de características o cualidades inmanentes, sino todo lo contrario, es decir, obra abierta[v] que propicia una marejada de significaciones cambiantes, diversas, capaces de, a través de la elaboración artística, hurgar en el fondo común del alma humana.
    Desde la perspectiva fenomenológica Edmond Husserl, J. Hillis Miller, Georges Pullet y otros autores trabajaron en función de describir cómo se manifiesta el mundo a la conciencia. A partir de sus ideas la crítica fenomenológica pretendió dibujar, sistematizar, evidenciar el universo presente en la conciencia del autor tal como éste lo expresa en su quehacer artístico, es decir, en su obra. Aquí empiezo a entrever la crítica que me interesa. En el “Reader Response Criticism”, alentado por Stanley Fish y W. Iser, efectivamente el receptor considera la obra como aquello que se manifiesta, que aparece frente a su conciencia[vi], relacionada al extremo con su bagaje de experiencias y su cultura. Eureka. Autor y receptor fraguando una realidad múltiple y porosa. Más adelante Hans Robert Jauss se apoya en los hombros de Dilthey y Gadamer y la crítica que propone desmenuza con ahínco los tablones interconectados que desde el texto vinculan a quien escribe y a quien lee. Una pieza literaria, así, parte en esencia de un “horizonte de expectativas”, de tal manera que su interpretación no sólo exige ahora la experiencia, la cultura, el “horizonte” de un lector determinado sino que se sustenta además “en la historia de la recepción de una obra y su relación con las diversas normas estéticas y conjuntos de expectativas que permiten leerla en diferentes épocas”.[vii] Como ya había sugerido Dilthey, en el plano de las “geisteswissenschaften”, o ciencias del espíritu, comprender un texto lleva aparejada una experiencia particular y novedosa: el lector hará las veces de resucitador, es decir, a través de su experiencia renovará el entramado vital que bulle, que se encuentra expresado en todo texto.[viii]
    Alguna vez la doctora Carmen Luisa Domínguez, lingüista de la Universidad de Los Andes a quien siempre admiré gracias a las experiencias únicas de sus clases tanto en pregado como en postgrado y debido a su notable excelencia académica, me dio a leer un libro en función del seminario que en cierta ocasión llevábamos a cabo. Se trataba de “El lenguaje como semiótica social”, de Michael A. Halliday. Confieso que lo leí aturdido y al mismo tiempo fascinado. En mi incipiente travesía por las aguas de la lingüística sentí que conectaba con ese manojo de cuartillas que de pronto había llegado a mis manos. Esas ideas, la exquisita agudeza intelectual, los razonamientos y argumentos del profesor Halliday, empalmaban, dialogaban frenéticamente con Gadamer, con  Dilthey, filósofos a quienes por aquellos días me acercaba con tanta curiosidad como timidez. En cierto punto Halliday sostenía que “el lenguaje sólo surge a la existencia cuando funciona en algún medio. No experimentamos el lenguaje en el aislamiento  -si lo hiciéramos no lo reconoceríamos como lenguaje-, sino siempre en relación con algún escenario, con algún antecedente de personas, actos y sucesos de los que derivan su significado las cosas que se dicen. Es lo que se denomina ‘situación’, por lo cual decimos que el lenguaje funciona en ‘contextos de situación’, y cualquier explicación del lenguaje que omita incluir la situación como ingrediente esencial posiblemente resulte artificial e inútil”.[ix] El “horizonte de expectativas” de Gadamer así como la “situación” de Halliday parecían apuntar sin duda hacia ámbitos más o menos comunes.
    Partiendo de lo anterior, creo que la labor del crítico es una que se dilata entre mínimo tres puntos fundamentales: el autor, el texto-contexto, el receptor. Sé que las teorías inmanentistas han realizado aportes significativos innegables al considerar, al enfocar sobremanera el tejido interno de una obra literaria, pero creo asimismo que intentar dar con la cualidad intrínseca de la literatura echando mano sólo del texto como entidad autónoma, lleva a callejones sin salida y, finalmente, a girar en círculos, cuestión que tarde o temprano debilita el edificio teórico que se pretende erigir.
    La crítica para la que toda obra literaria es una cerrazón sin conexiones con la historia, con la vida humana imbuida en sus miserias y grandezas, resulta a la postre una labor tan oscura,  tan pobremente abstracta a mi juicio que termina convirtiéndose en reducto inerte para iniciados exquisitos. ¿A quién le habla el crítico? ¿A un puñado de especialistas?  ¿A un gremio o a una industria cultural? ¿A un grupo infinitamente más amplio, no experto, necesitado de puentes entre él y las obras, de orientación y de formación del gusto? La actividad del crítico no supone  -nada más alejado de ella-  el quehacer de un onanista sino su polo opuesto, la antítesis del hermetismo cosificado e intrascendente. De cierto modo es la voz que clama en el desierto, un polemista, un librepensador quien ejerce la crítica literaria y a la vez, en los tiempos que corren, hace crítica cultural. Desde esa óptica implica hasta cierta medida un guía inteligente, porque abre puertas y confronta, debate, da algunos golpes sobre la mesa, ampliando las posibilidades de valoración e interpretación textual. No en balde Graciela Montaldo manifiesta con tino que “los trabajos más sugestivos de nuestra época son aquellos que, leyendo varios textos (discursos y prácticas) (…), tratan de armar nuevos sentidos para darle significaciones nuevas a las experiencias de nuestro pasado y nuestro presente que constantemente se están transformando”.[x]
   “Un libro es un espejo donde se encuentran las miradas del autor que lo escribió y del lector que aporta su imaginación para recrear la historia”,[xi] ha escrito Fernando Alonso, y la verdad es que si no fuese así, si un libro, si una obra literaria consistiera en una serie de tramas autorreferenciales, una nada sin connotaciones extrapolables al acontecer humano, donde el lector estuviese más cerca de la meretriz que lleva a cabo su función sin fuego y sin disfrute que del volcán de sentidos, polisemia y participación plena que lo caracteriza al momento de fundirse con la historia, con el texto que tiene entre sus manos, pues la literatura y la crítica  -esta última también en numerosas ocasiones obra literaria- serían actividades poco trascendentes, desérticas, impermeables a la sazón vital y al fondo común humano que nos incita a vivir  -vicariamente, es cierto, pero vivir al fin-  las vidas que sabemos imposibles de gozar o sufrir de otra manera. Un libro es la ventana que da a ese lugar que enriquecerá nuestra existencia, y eso implica tener presente, yo lo entiendo así desde el inicio de los tiempos, que la literatura incide en lo que somos, produce cambios (lentos, desde luego, pero hondos y permanentes), y posibilita, como la lluvia, los vientos y el sol sobre ciertos paisajes, que el relieve humano cobre otros matices, gane configuraciones acaso únicas, de otro modo impensables en lo que vamos siendo.
    Por supuesto, decir que la literatura acarrea cambios en los individuos, y como consecuencia lógica en las sociedades, lleva a afirmar también que no me refiero a movimientos sísmicos ni a reacomodos violentos de ninguna especie. Lo que pretendo expresar es algo que he experimentado en carne propia: sin los libros, sin literatura, sin leer, estoy convencido de que no sería la persona que soy, para bien o para mal, porque sé que los poemas, las historias, los ensayos o los dramas que me han marcado a través de los años propiciaron aristas, pliegues, texturas o como quiera que se les llame, difíciles de extirpar y responsables de una visión particular de la existencia que sin duda no estaría presente sin el hechizo de los buenos libros.
    Hay una hermosa reflexión de Juan Farías que tiene bastante que ver con lo que he tratado de decir aquí. Él llegó a afirmar: “para mí, la literatura no es saber quién dejó escrito:
    Olvidado de las máscaras que he sido,
    seré en la muerte mi total olvido.
Para mí, la literatura es saber por qué lo escribió, qué sentía y, sobre todo, qué me hace sentir a mí”.[xii] De manera que la literatura lleva consigo escondrijos que resulta imperioso develar, y para hacerlo es preciso adelantar una labor detectivesca. Hurgar en la palabra, escarbar en frases, párrafos, ideas. Descubrir uno o muchos universos incrustados en el que nos conforma y suponemos único e inamovible. Ésa es, es gran medida, la tarea del lector y por supuesto la tarea del crítico, que en el fondo es un lector sui generis, entrenado, mordido por la pasión, por las ganas de lanzarse de cabeza en la literatura y nadar en ella, compartir lo que encuentra, hacerlo con más o menos estilo pero siempre, absolutamente siempre, embrujado sin remedio. El crítico, el que yo imagino y quisiera emular hasta donde fuese posible tiene en cuenta lo anterior. Lo que halla para sí lo halla asimismo, al expresarlo en sus trabajos, para otros. Gilgamesh, nos sigue diciendo Farías, “seguirá pasándole sus sueños al Capitán de las Estrellas mientras un chico y una chica, cogidos de la mano paseando por la playa, al nacer el día recuperan sin darse cuenta los suspiros de Petrarca”.[xiii] La literatura, pues, guarda en sí una forma de entender el mundo y es además una forma de estar en él. Nos obliga a detenernos para pensar la vida, para escudriñar esto que somos. Los críticos que más aprecio lo saben de sobra.
    La moral, la ética, el carácter ígneo de la literatura no están desvinculados de la crítica que nos aproxima a ellos, echando su particular mirada a los abismos del texto que nos quema las manos. El quehacer humano reverbera en toda ella, de modo que es documento fehaciente y testimonio fabuloso del sedimento compartido por todos los hombres: nada menos que mitos, esperanzas, tragedias, incertidumbres, grandezas o abyecciones que terminan por configurarnos.
    Las ficciones literarias están ahí para decirnos algo, al punto de que descifrarlas exige una labor por completo creativa  -sí, creativa-  que nos pone frente al espejo para contemplarnos de diversos modos. El crítico literario, hay que repetirlo una vez más, no alienta un acto de onanismo. Adelanta, y qué bueno que así sea, una tarea rebosante de otras cosas.  

Notas:

[i] Para profundizar en esta idea, Cfr.: Ceserani, Remo.(2004). Introducción a los estudios literarios. Barcelona: Crítica.
[ii] Jakobson, Roman y Morris Halle.(1969). Fundamentos del lenguaje Madrid: Ciencia Nueva. Pág. 42.
[iii] Op.cit. pág. 4.
[iv] Una elaborada descripción, así como una discusión muy enriquecedora sobre las ideas de Jakobson, pueden hallarse en: 1. Culler, Jonathan.(2000). Breve introducción a la teoría literaria. Barcelona: Crítica y en 2. Eagleton, Terry.(1988). Una introducción a la teoría literaria. México: F.C.E.
[v] Echo mano aquí al título del espléndido trabajo de Umbeto Eco cuya lectura permite ahondar en las complejas relaciones autor-lector. Cfr.: Eco, Umberto.(1965). Obra abierta. Barcelona: Seix Barral.
[vi] Para profundizar más a propósito de la estética de la recepción, Cfr.: Eagleton, Terry.(1988). Una introducción a la teoría literaria. México: F.C.E.
[vii] Culler, Jonathan.(2000). Breve introducción a la teoría literaria. Barcelona: Crítica. Pág. 148.
[viii] Para una aproximación acerca de las ideas y trabajos de Dilthey, Cfr.: Ferrater Mora, José.(2004). Diccionario de Filosofía. Barcelona: Ariel. Tomo I.
[ix] Halliday, Michael.(1994). El lenguaje como semiótica social. Bogotá: F.C.E. Pág. 42.
[x] Montaldo, Graciela.(2001). Teoría crítica, teoría cultural. Caracas: Equinoccio. Págs. 119-120.
[xi] Alonso, Fernando.(2002). “El más grande de los tesoros”. En: Hablemos de leer. Salamanca: Anaya. Pág. 25.
[xii] Farías, Juan.(2002). “En voz alta”. En: Hablemos de leer. Salamanca: Anaya. Pág. 70.
[xiii] Op.cit. pág. 72.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Alonso, Fernando.(2002).”El más grande de los tesoros”. En: Hablemos de leer. Salamanca: Anaya.
Caserani, Remo.(2004). Introducción a los estudios literarios. Barcelona: Crítica.
Culler, Jonathan.(2000). Breve introducción a la teoría literaria. Barcelona: Crítica.
Eagleton, Terry.(1988). Una introducción a la teoría literaria. México: F.C.E.
Eco, Umberto.(1965). Obra abierta. Barcelona: Seix Barral.
Farías, Juan.(2002). “En voz alta”. En: Hablemos de leer. Salamanca: Anaya.
Ferrater Mora, José.(2004). Diccionario de Filosofía. Barcelona: Ariel.
Halliday, Michael.(1994). El lenguaje como semiótica social. Bogotá: F.C.E.
Jakobson, Roman y Morris Halle.(1969). Fundamentos del lenguaje. Madrid: Ciencia Nueva.
Montaldo, Graciela.(2001). Teoría crítica, teoría cultural. Caracas: Equinoccio.

9/08/2014

El otro espejo

    Hay quienes piensan que ver es abrir los ojos y contemplar el panorama, pero la verdad es que éste es un verbo indócil por donde lo mires. Claro está, levantas los párpados y miras, ves las nubes en el cielo o a tu tía Berenice dándose  fresco con el abanico, pero yo hablo aquí de otras rutas menos evidentes. Voy a tratar de explicarme.
    Guardo objetos en mi casa que han estado conmigo (o yo con ellos, o ambas  cosas, vaya uno a saber) desde que tengo uso de razón. Primero en la de mis padres y luego en la mía. Ése fue el camino andado. Trozos de memoria en plena cotidianidad, petrificados, guiñándome un ojo cada vez que nos topamos frente a frente. Un juego de tazas de café, una polvera de cristal que mi abuela usaba a diario luego de su ducha, un estuche de madera, estrellado,  siempre sobre el tramo inferior de una mesa de ratán. Después de tantos años, cada vez que los observo en dos o tres lugares que mis manos y el azar inventaron para ellos, se enciende el mecanismo que desencadena imágenes, olores, escenas resucitadas en muchas ocasiones del modo menos oportuno. Una visita, pongo por caso. Estamos en la sala, charlando alegremente sobre literatura o cine o economía o política y entonces miro de reojo la caja de madera que asoma su timidez desde lo alto de la biblioteca. Nada qué decir, las opiniones del señor Alfredo se convierten en ecos de una realidad perdida, los gestos de doña Paula, su simpática mujer, son ya material de fondo gelatinoso, una puesta en escena sin importancia porque mi padre enciende su pipa con aquél gesto de desenfado que ya a mis ocho años era la más viva muestra de que el disfrute total, la felicidad absoluta metida en un instante podía existir aunque a veces no lo pareciera, y sí, mi padre enciende su pipa, da bocanadas, me relaja y me divierte y es magia pura tanto humo saliendo de su boca. Casi sin darme cuenta sus manos manipulan otra vez la caja de fósforos, sacan un nuevo palillo, lo encienden, mientras  a la velocidad del rayo acercan esa antorcha hasta la chimenea. Queda el aroma, queda una nube azulísima, queda, sobre el cojín del sofá, un atado de tabaco Caporal que luego irá al bolsillo de una camisa verde mar. Paula termina, o continúa, qué voy a saber yo, sus disquisiciones sobre la inflación, los impuestos y el puto gobierno y noto que me mira como a bicho raro, y su marido, el buen Alfredo, y todos, absolutamente todos, verdaderos entomólogos con malas pulgas contemplando al octópodo que yace enfrente.
    Recuerdo con precisión gestos, sensaciones, inflexiones de voz, ciertos brillos de pupila. Vienen diálogos enteros, extraños pero vivos, alrededor de esos objetos. Veo a mi madre limpiándolos con un paño, pasándoles la mano, soplando aquí y allá, a mi abuela recién salida del baño con manchas blanquecinas de Jean Marie Farine en el cuello. Todo regresa al instante, todo entremezclado y ordenado a la vez. Esos objetos están aquí pero no están, son la prueba fehaciente de que también somos lo que recordamos, y lo que recordamos viene empaquetado en cápsulas que a veces te rodean como si fueses una isla en plena rutina de una mañana de un jueves. Es mentira que la realidad es hoy, es falso que el presente es todo cuanto tienes. Me da la impresión de que lo real es una maraña de convenciones, de accidentes infinitos, de presentes y pasados e incluso futuros. Es un puñado de memoria o de anhelos o de sueños entremezclados con mucha duermevela. Cortázar lo percibió sin dudas: “Soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja de sueño”. Menuda puntería.
    La polvera, el juego de tazas de café, están ahí, reciben mi reflejo, rasguñan, escarban en los muros que uno termina por llegar a ser hasta dar con esas piezas, fósiles que llevamos dentro, porque somos muro y somos asimismo lechos incrustados de amonitas, rocas del Terciario, huesos petrificados y otros misterios por el estilo.  
    Mucha gente jura que mirar es abrir los ojos y contemplar el panorama. Pues ahora que lo pienso tienen toda la razón, sólo que ver implica entonces asomarse a un abismo que produce vértigo, tan grande que estás cogido por el cuello, obligado a vislumbrar otros asuntos, además del panorama. Ciertos objetos, en mi casa, son una especie rara en el gigantesco muestrario de cosas que suele uno arrinconar en sus estancias. Yo lo sé y ellos lo saben. Un modo de mirarme en espejos diferentes. Eso es.

9/03/2014

Un clásico

O mejor... dos clásicos: Rosario Flores y "Palabras de amor". El link:

http://www.youtube.com/watch?v=ndIHsELruNc

8/27/2014

La historia, otra vez

    Como muchos, yo también admiré en Israel su capacidad de construcción. Ese Estado que nació en el siglo XX en pocas décadas fue capaz de levantar un vergel  -tal es el lugar común-  sobre la aridez más asfixiante.
    En muy contadas ocasiones el lugar común ha sido tan cabal y cierto. Luego de una diáspora cuyo centro neurálgico fue la esperanza en la Tierra Prometida, el pueblo israelí  hizo un país, un nicho, una patria geográficamente real, levantó una democracia, y con asombro para el mundo fue quemando etapas, persiguiendo el desarrollo a la velocidad del rayo. Cada día más sus condiciones de vida mejoraron y no es exagerado afirmar que, con toda certeza, aleccionaron a quienes dudaban de su asentamiento y despegue.
    Florecer en el desierto, crecer en lo económico, brindar sanidad y educación, todo ello comporta un hacer que ya quisieran otros para sí. El holocausto significó una vergüenza para la especie  que no debe jamás repetirse. Los judíos lo superaron, emergieron del infierno al que fueron obligados a descender, y dejaron constancia de lo que es capaz el espíritu humano cuando se decide a permanecer, crear y trascender.
    A veces, sin embargo, las lecciones que arroja la historia resbalan incluso por la epidermis menos tersa. Quiero decir, parecieran no penetrar, o hacerlo mal, lo cual es igualmente lamentable. El fin del conflicto israelí-palestino implica el mutuo reconocimiento, o sea, el hecho objetivo  de que ambas partes compartan la verdad incuestionable, e inevitable, de que deben coexistir. Coexistir sin entrematarse, es lo que pretendo enfatizar. Y da la impresión de que el gobierno de Israel  -o sus gobiernos sucesivos, para ser más claro-  no ha asimilado la enseñanza que, por haber sido el pueblo judío protagonista en carne viva, tuvo que internalizar con mayor tino: no infligirle a otros el padecimiento que fue parte de su realidad en razón de la estupidez y la ceguera del poder. Hoy en día Palestina vive su holocausto, sufre la agresión salvaje de un país que, bajo el pretexto de la propia defensa, diezma y derrama sufrimientos indecibles a una población civil que al presente suma una carnicería de niños volados en pedazos, ancianos, hombres y mujeres víctimas de una matanza que jamás debió ocurrir.
    Es cierto que todo país goza del legítimo derecho a protegerse. Es verdad que Hamas practica el terror pero su fundamentalismo, hay que decirlo, en poco se diferencia de ese otro que usa las bombas en función del arrase total. Algunos vecinos de Israel han afirmado su pretensión de borrarlo del mapa. Es lo que promueve aquél contra Palestina, vista la brutalidad y desproporción de los ataques en la Franja de Gaza. El terrorismo de Hamas no va a acabarse con el terrorismo del gobierno judío.
    Por fortuna, ha habido y hay gente que piensa en la realidad beligerante entre Israel y Palestina. Intelectuales judíos y árabes  -Edward Said hace algún tiempo, Daniel Gavron, Azmi Bishara, Amos Oz, entre otros-  se han tomado en serio la necesidad de hacer propuestas para la paz, de escribir, de debatir, de alzar la voz con valentía a propósito de lo que viene ocurriendo en el Medio Oriente, y eso, más temprano que tarde, se hace sentir, aporta espacios de reflexión que tanta falta hacen en medio de las tensiones y las balas.
    Repito lo que de cierto modo dije antes: tanto Israel como Palestina tendrán que reconocerse mutuamente como Estados soberanos, como realidades que están ahí y están, además,  para quedarse. Tal reconocimiento implica, desde luego, dar y recibir, obtener pero también ceder. El respeto, la admiración que mereció el Estado de Israel en su afán de labrar, de construir para la vida está siendo acribillado, bombardeado por él mismo, con la misma fuerza que castiga a otro pueblo mucho menos poderoso y con idéntico derecho a existir, autodeterminarse y vivir en paz. En algún momento, ojalá que sea muy pronto, la locura en Gaza tendrá que cesar. Quizás en ese entonces la paz se encuentre más cerca esta vez.