5/18/2015

Eyaculación precoz



    Entre la anatomía humana y el lenguaje hay un mundo de cosas que los unen. La mecánica de la una se refleja en el otro como  si un espejo hiciera de las suyas. Es raro, pero a veces te pones a sumar peras con mangos y el resultado es satisfactorio, contradiciendo sin piedad a Robert Malavé, profesor verdugo de las matemáticas en la Upata de mi bachillerato. Total, que lenguaje y biología se guiñan los ojos como adolescentes en eso de codificar discursos el primero, pongo por caso, y el hecho de labrar sinapsis justamente para que ello ocurra, en cuanto a la segunda.
    Tengo la impresión de que  andamos flojos de palabras. En la calle, en los cafés, en la perorata amorosa que sostiene una pareja mientras se come a besos a un palmo de esta mesa en la que escribo. Claro que sobran las ideas, cómo no, desfiguradas, destripadas, aunque ideas al fin. Pero palabras, lo que se dice el herraje para levantar lo que pensamos, eso sí que tiene todas las carnes fofas. Faltan palabras y de qué manera, de modo que el asunto trasciende el mero rollo de una visita fugaz al diccionario. Qué va. El lenguaje, nada menos que el lenguaje en una cabeza como la suya o la mía es manual de uso elevado al plano de lo cotidiano, de la sindéresis lingüística  -Dios, qué oración tan rimbombante-, del sentido común trocado en universo de palabras y conceptos bien trenzados. O es así o nos vamos todos al infierno.
    Albahaca, comején, lujuria, por donde las mires son términos proteicos, llevan oxígeno al sentido, regalan vida a cuanto nos rodea. Dices rosa y ahí mismo captas el perfume. Dices orgasmo y levantas una carga de explosivos. Pronuncias cada letra de una sentencia como libertad y de inmediato se te pierde el horizonte. Caderas, nenúfar, gineceo, pruébalo con las que quieras, la fisiología del lenguaje corre por debajo de eso que llamamos comprensión. Andamos cortos de palabras porque somos náufragos en un raro aquelarre: en vez de coger al toro del idioma por los cuernos resulta que éste nos doblega, nos arrastra y nos aplasta. Mala educación, indigencia intelectual, flojera al por mayor o simple mala leche, elige la que quieras, pero es una verdad que te agarró por el pescuezo y no te suelta.
    En quinto de secundaria me dio por suponer que las palabras se parecían mucho a una molécula de oxígeno y que su expansión correlativa, la sintaxis, era una maraña de arterias, un delta azuloso de venas repartido en cualquier acto comunicativo. El cerebro bien oxigenado del lenguaje daría luz verde a mil claridades de orden neuronal, de modo que charlar, contar hasta cien, resolver un polinomio o aprenderse la lección de historia bailaban abrazaditos el son de pegar sujeto y  predicado para elaborar una oración con pie y cabeza. En fin, todo párrafo bien trabajado terminaba por ser chorro de adrenalina sobre la sedación cotidiana. Qué le vamos a hacer, razón tenía quien inventó el lenguaje para luego desentrañar el universo. Lo primero es lo primero y después que llegue lo demás.
    Viéndolo bien un verbo en su punto, una coma en su exacto lugar o el adjetivo o sustantivo irremplazable son una erección a tope. Por eso el pecado mortal de la gramática vive luminoso  en los eyaculadores precoces: antes de seducir vaya uno a saber a quién e irse a la alcoba, arrojan el texto baboso de cuanto sólo quisieron  -pero no pudieron-  decir. Lo expresado es otro cuento, ajeno por supuesto a precocidades de cualquier pelaje. Moraleja y conclusión: hablamos al revés y entendemos al contrario. Quién lo hubiera imaginado.

Día a día


3/21/2015

Cuando el señor Chaderton piensa, mire usted en lo que piensa

    Vamos a hacer un ejercicio de transposición. Cambiemos algunos términos, apenas unos cuantos en el original (cuya diana son los adversarios del gobierno) e imagina ahora a  Capriles, o a Andrés Velásquez, o supón a María Corina, muy trajeada y formalita, en un plató de televisión afirmando ante las cámaras: “Los francotiradores apuntan a cabezas, pero llega un momento en el que una cabeza chavista no se diferencia de una cabeza opositora, salvo en el contenido. El sonido que produce [una bala, claro está] en una cabeza chavista es mucho menor, porque el cráneo es hueco y pasa rápido, pero eso se sabe después que pasa el proyectil”.
    Detente un segundo y lee otra vez. Entonces piensa en lo que estuviera sucediendo aquí si cualquier dirigente opositor hubiera en realidad vociferado (las emitió el embajador venezolano ante la OEA) tales monstruosidades y desplegado semejante abanico de patético humor negro. Humor negro, sí, no creas que has leído mal. Tal fue la excusa dada por el señor Chaderton para justificar lo imperdonable, junto con señalamientos sugiriendo que sus afirmaciones resultaron mediáticamente trastocadas. Yo opiné A pero no opiné A, sino B. Yo manifesté lo que manifesté y muy bien manifestado, pero ustedes los malvados entienden lo contrario, razonan al revés, decodifican mal. Y así. Cantinflas reloaded.
    El señor Roy Chaderton, supongo, sabe mucho del humor, de todos los humores de este mundo. Del blanco, del azul clarito, del negro por supuesto, del humor acuoso y del vítreo, pero sabe un pepino del humor dañino, del humor imbécil, ese que ha disparado bajo un manto de impunidad que sólo da el poder retorcido por el abuso, por el mira que estoy en las alturas, cómodo sitial al que llegamos los privilegiados. Casi puedo verlo en pleno zapping mental con el control remoto ideológico presto a la tarea de ejercitar su magnífico humor a base de crujidos escuálidos o chavistas del occipital. Crujidos como de cáscara de huevo o como de cráneos con mucha materia gris según el caso. Leo de nuevo las declaraciones de Chaderton y digo: hay que ver, este individuo anda de lo más campante haciendo de las suyas por el mundo cuando ya no podría dar un paso más debido al peso infinito de su, ahora sí, negrísima conciencia. Y de seguidas pienso en Geraldine Moreno, en Basil Da Costa, en Kluiverth Roa, en tantos burlados a fuerza de una realidad que es el horror trivializado por un funcionario sin escrúpulos.
    En el fondo el mensaje de Chaderton, con el humor ennegrecido y la sonrisa desdentada que le venga en gana, es siempre el mismo, presente con puntualidad de reloj suizo en totalitarismos de cualquier pelaje. Como el lenguaje nos conforma, como los seres humanos por re o por fa estamos cruzados de cabo a rabo por lo lingüístico, decir escuálido  y asociarlo con calaveras huecas saltando como confetis gracias a balas antojadizas, supone la exclusión, la negación total, la cosificación del otro, de quien es distinto, de quien no piensa ni comparte la lógica del poder (y por ser un vacío andante ni siquiera piensa). El mensaje de Chaderton nace de una  perversión: el convencimiento de que es dueño de la verdad, de la justicia e incluso de la historia, y ya puedes imaginarlo, quien posee las llaves para acceder a tamaño triunvirato posee también superioridad moral para emitir y sentenciar cuanta barbaridad coquetee con sus neuronas.  Minimizar al adversario, transformarlo  en poco menos que un insecto, invalidarlo en todos los terrenos, esa es la idea. Un escuálido es entonces un descerebrado que ve tú a saber qué más podrá ser, porque está vacío de contenido.
    Cuando Chávez inventó la palabreja no andaba tan perdido en la luna de Belén con los pastores. Señalar, disminuir, excluir, convertir en bichos a quienes lleven la impronta de escuálidos colgando de la frente, tenía y tiene objetivo muy bien delimitado. Un escuálido, en fin, es una oquedad y por eso el proyectil le atraviesa la cabeza en un zumbido, no faltaba más. Lo demás es humor negro y sonrisitas de rigor, que para tales menesteres siempre hay gente bien dispuesta, como el triste Chaderton.

3/20/2015

Verdades imaginarias

    La gente es rara. Como el mundo no está hecho a imagen y semejanza de nuestros ideales, resulta que procuramos adaptarnos y se acabó, problema solucionado.
    Porque somos inconformes, inventamos por ejemplo la literatura. Ahí crecemos, nos sentimos otros, vivimos las vidas que nos dé la gana. Yo en ese plano soy el típico bicho que se enriquece los días a costa de cuentos, ensayos o poemas, al punto de que no concibo cómo alguien puede acabar el calendario sin dedicarse a la lectura, a los textos, a las historias de cualquier pelaje. Panaderos, bomberos, jueces, políticos o notarios, vaya manera de entregarse a la existencia. Qué le vamos a hacer.
    El otro día iba por la calle y una dama fumaba un cigarrillo. Era uno de mentira. Pensé en mi infancia, cuando también me llevaba a la boca semejantes artilugios, pero de chocolate. La señora fumaba, exhalaba un vapor blanquecino a modo de humo que me  entristeció hasta lo indecible. Un cigarrillo de metal a pilas, quién lo iba a decir.
    Novias virtuales, muñecas de hule para el sexo más seguro de este mundo, la verdad es que entre el universo y lo que vamos siendo media, según los entendidos, una realidad prefabricada, benditos sean Freud, Jung y todo el gentío que se dedica a escudriñar los recovecos del alma. La señora enciende un cigarrillo, sin fósforos, sólo mueve el interruptor para que el mundo siga color rosa. Entonces fuma de lo lindo, o cree fumar, que para eso inventaron tales artefactos.  Así como elaboramos verdades, recuerdos, ámbitos paralelos, etcétera etcétera, creamos embustes de lo más venidos a cuento. Así, la ficción de una novela se aproxima a la invención que echamos a la calle hasta construir eso que llaman vida cotidiana. Luego la cuadratura del círculo roza  la circularidad del triángulo, y lo real junto con lo imaginario terminan en una amalgama que vaya uno a saber dónde empieza y dónde finaliza.
    A todas éstas, yo también hago mis historias. En días pasados sentí dolores punzantes en el vientre y fui a parar al médico, quien sólo me recomendó descanso. “Usted anda más fuerte que un roble”, sentenció. Cuando expresé mi horror al negar con contundencia su opinión, prescribió algo para los nervios, pero yo nada más quería algunas cucharadas para el abdomen. Por no dejar asentí y de inmediato me largué. Ya en la farmacia eché a la basura el récipe del ansiolítico pidiendo de seguidas aspirinas, que a lo mejor funcionan para lo que me aquejaba. Dicho y hecho, me sané en el acto, lo cual demuestra cuán cerca estamos de concretar aquello que en verdad añoramos con fervor. Tenía razón Conny Méndez.
    Lo cierto es que no hace falta ser Edison o Graham Bell para transformar el presente y el futuro. Labramos realidades apoyadas sobre el piso jabonoso de lo que llevamos entre ceja y ceja e inventamos verdades mondas y lirondas en función de lo que nos apetezca. Es que las certezas también caben en un tubo de ensayo. Y después dicen que lo onírico y lo real son aves de cielos diferentes. No me vayas a venir  tú con ese cuento. No me vayas a venir.

3/08/2015

La felicidad, ja, ja

Cojo prestado un título de Bryce Echenique y los invito a un sorbo de felicidad.

Por supuesto, el link: https://www.youtube.com/watch?v=w40ushYAaYA

2/15/2015

2/09/2015

Máscaras

    Desde la antigüedad griega los dolores del alma tuvieron su antídoto más eficaz en la transfiguración catártica. Las fiestas báquicas, antecedente capital de nuestros carnavales, lograban el milagro que supone el trueque tan ansiado, no otro que acceder al remanso de paz luego de la tempestad que todos llevamos dentro.
    Un carnaval  -siempre ha sido así-  es la cara oculta de la Luna, con la ventaja de que su oscuridad viene como anillo al dedo cuando se trata del amor, de la práctica de haceres prohibidos, de la adrenalina corriendo a borbotones por esas autopistas de glóbulos rojos que nos atraviesan. Si es verdad que el carnaval lleva en sus entrañas la inocencia aparente de carrozas  y comparsas, la máscara que lo caracteriza yace ahí señalando el hecho básico que lo conforma, es decir, su carácter tránsfuga, celestinesco, incitador a los más apetecibles desenfrenos.
    Un carnaval que se respete, desde El Callao hasta Martinica, desde Trinidad hasta Brasil, es un golpe seco a la razón. Toda fiesta carnestolenda va de aquí para allá con plomo en las alas de lo políticamente correcto, lo cual termina consintiendo al Mr. Hyde que anida en algún lugar de la psiquis humana. Y es en la fiesta de Baco donde ciertos fantasmas se hacen carne, hormonas, sexo, saliva, sudores y explosiones contundentes en medio de la algarabía.
    En el sambódromo o en las calles del último pueblo hay un dios haciendo de las suyas, y peor para quien le dé la espalda. Así como lo blanco existe por lo negro, el Yin se hace verdad por el Yan, el equilibrio entre nosotros llega a materializarse luego de que su contrapartida, o sea, la falta de cordura, dispare a quemarropa.   Todo carnaval implica sobresaltos, pero con mucha más fuerza sobresaltos  del corazón, y es más, exige a ultranza el desenfado en las caderas y el uso milimétrico de los antifaces para ocultar cuanto deba ser ocultado.
    Si es posible la eliminación de medias tintas, es en el carnaval cuando las conjugaciones cósmicas ponen el escenario a tope. El pasado deja de señalarte con el dedo, el presente espanta al valle de lágrimas que por lo general te engulle y el futuro, a  lo sumo, será un montón de vidrios rotos después de la erupción y el volcán ya adormecido. Luego la vida va a continuar como si nada, de calle en calle, de esquina en esquina, abonando terrenos para las fiestas que vendrán, sin duda ansiadas como todas, peligrosas como todas, pero siempre vivas, puñal directo al pecho del día a día que nos entumece.
    Un carnaval es el no sé qué que tanta falta hace, qué se le va a hacer. Por eso es la fiesta de las fiestas. Así sea.

2/06/2015

Un clásico

Against all odds. Phil Collins.

El link:  https://www.youtube.com/watch?v=ZmmtysVKuec

1/28/2015

Humo



    Así como escuchar a Mozart incrementa la facultad de razonar sostengo que el humo del tabaco te rejuvenece. No me refiero sólo al cutis, que de por sí es mucho lo que al respecto también hay de ganancia, sino al ámbito menos frívolo de eso que algunos llaman lo espiritual.
    Fíjate que el humo del tabaco es la crema Pond’s del ánimo, sobre todo en tiempos de Lexotanil entremezclado con ilusiones de la Nueva Era. Entra a una librería para que lo compruebes, de Adriana Azzi y Walter Mercado al nirvana colectivo se pretenden pocos pasos, asunto que se cotiza por las nubes en la bolsa de valores del alma. La lista de los más vendidos lo dice todo: la autoayuda se te mete por los ojos, abunda en vallas de cualquier esquina, al punto de que va a ser Paulo Coelho, Robin Sharma o Ismael Cala el próximo Nobel de literatura. Apuesto un ojo de la cara.
    En cuanto a mí, puedo jurar que el humo del tabaco se pasa por la entrepierna semejantes fruslerías New Age.  Leerse el tabaco anda de baja últimamente, y con razón, pero el humo, lo que se dice el humo del Montecristo, del Cohiba, del Partagás o de cualquier humilde cumanés equivale al tantra mítico, al justo equilibrio del nunca bien ponderado Yin y Yan, supone, escríbelo con todas sus letras, la forma expedita de curar llagas de todos los pelajes, ensanchar el alma y renovar sin mala conciencia callosidades del corazón.
    Con la luz difusa de una puesta de sol, encender un habano para acariciar la pituitaria va de la mano con amansar hasta al más feroz espíritu de estos días, en los que reina el encono y la mala leche a borbotones. No hay cuento, el humo del tabaco calza a la perfección en los zapatos del humilde o del encumbrado, del inepto o del cargado de talento y yo repito, sin que me tiemble un músculo del careto, que el humo del tabaco por lo anterior y por mil razones que para qué diablos enumerar aquí, es el elixir de la juventud perdida. Estadistas a lo Churchill, brujos de múltiples raleas, dictadores al más puro estilo de un Castro o escritores de la talla de Cortázar, para que veas, todos, absolutamente todos han compartido el secreto a voces menos guardado de este mundo.
    Sin culpas ni remordimientos me llevo el tabaco a la boca y de bocanada en bocanada aspiro las delicias de ese aroma que tonifica los músculos, limpia bronquios y pulmones, te hace más inteligente y, cuando menos lo esperas, acabas siendo veinte años más joven. Ni Revlon con sus chicas sexy, ni Nina Ricci o Dior vía esqueléticas modelos, ni Lancome y toda la parafernalia. El humo del tabaco. Nada más que el humo del tabaco. Y punto.

1/19/2015

Paradoja

    Siempre me he preguntado qué hace la gente en su automóvil mientras espera que el semáforo pase por fin al verde. Existen momentos que son limbos, existen zonas neblinosas y casi impenetrables aunque afuera estalle la luz, y ese paréntesis que es un semáforo en rojo sin duda anda cargado de relojes sin tiempo, de tierra de nadie donde vaya uno a saber cuánta existencia cabe por milímetro cuadrado.
    Hay quienes se hurgan los oídos, hay quienes se sacan los mocos en afanes lúdicos qué sólo pierden fuerza en función del número de bolitas pegajosas amasadas entre el medio y el pulgar. Hay también quienes cambian de vida mientras dura la estancia en el carro, asunto sorprendente que deja las huellas más profundas porque ha sido un tránsito demasiado intenso para tan poquísimos segundos. Meter la eternidad en un minuto sin duda arroja consecuencias.
    Lo cierto es que un semáforo en rojo deja entrever muchas cosas. Una de ellas, como descubrí hace mil años, consiste en que semejante símbolo de la modernidad lleva en sus alforjas cierta verdad encubierta que desde la adolescencia, para mí, no dejó jamás de evidenciar misterio. Tal verdad, voy a decirlo de una vez, es que entre ese poste de luces y la vida obligatoriamente detenida cuando el rojo hace de las suyas media un calendario sin fechas, el Aleph borgiano, algún bostezo existencial que es agujero negro en medio de esa esquina en apariencia tan normal.
    Mientras aquella mujer se retoca los labios frente al retrovisor o mientras este caballero golpea con los dedos el volante y después enciende un cigarrillo para finalmente cambiar el dial de las noticias a la música, ocurren todos los puntos suspensivos de este mundo. Y los puntos suspensivos no son más que interrogantes clavadas sin misericordia en la carne de cualquier certeza. Un semáforo en rojo supone, quién lo hubiera imaginado, la cara oculta de tantas lunas particulares en el universo que dibujan las calles por las que a diario nos movemos.
    Es mentira que te escudriñas la nariz. Es un total engaño creer que hablas con tu suegra por el celular. No pienses que la cabina del Corolla en su realidad de pecera, en su silencio de aire acondicionado, en la tranquilizadora atmósfera de asiento mullido que te lleva a tu destino es esa línea que converge en el punto de fuga vislumbrado apenas con la inocencia chorreándote como baba por los labios.
    El semáforo en rojo te engulle y es monstruo del mar de los sargazos que ha sido tu vida en el minuto sin espacio ni almanaque que va del rojo al verde y viceversa. 

1/10/2015

Buenas costumbres

    El mundo está lleno de gente con magníficas costumbres. Yo mismo, a veces, cojo el camino recomendado por tanto beato suelto y me doy de bruces con algunos puntos para por fin ganarme el cielo. Hasta que  echo todo a perder.
    El otro día estaba dale que te dale a la lectura en un café atestado de moscas con mucha moralina cuando noté que varios ojos se clavaban en mi mesa. Con elegancia e intenciones más que santas, no me cabe duda, una señora escupió estos  sabios consejos desde su platico de galletas y agua mineral gasificada: “las hojas de los libros no se doblan, hijo” y  “¿no sabes que rayarlos es tan feo como doblarlos o ensuciarlos?, ¿es que no te da vergüenza?”.
    Juro por Dios que me provocó responder con una grosería, pero qué se le va a hacer, la crianza es la crianza, asunto que mi madre llevó a cabo por lo visto con esmero que rompió suelos y piedras. Entonces asentí y continué mi tarea. Pero la verdad sea dicha: el mundo anda como anda gracias a las buenas costumbres. Una buena costumbre es la viva esencia de una patada en la espinilla, lo cual no es concha de ajo, más aún considerando el innegable hecho de que a más costumbres dignas de Carreño, más patanes por kilómetro cuadrado en el país chatarra que vamos teniendo.
    A ver, uno tiene la buena costumbre de aguantarse ciertas necedades (el ejemplo de la individua protectora de bibliografía está  todavía caliente), de sonreír cuando lo que te provoca es patear, de decir bueno, sí, y no vete al carajo, de dar las gracias a un grupo de bestias que en la reunión con el jefe te acaba de obsequiar, pongo por caso, una tarde de aburrimiento hasta el tope, hasta las mismísimas orejas, sumo y sigo: de aplaudir en vez de abuchear, de ser gente frente a un pelotón de equinos, de estarse quietecito en lugar de tomar un AK-47 y ponerse a volar huevos, de contar hasta cien para no reventar cojones a la cuenta de tres. Y así.
    Las buenas costumbres por lo general hacen causa común a favor de la nada elevada tarea de engordar lo políticamente correcto. El horror es tal que si tus costumbres no son las mejores según el baremo de la doña o el don entrados en carnes de sapientísima costumbrología, pues vas de cabeza, zuas zuas, a las calderas del sótano, es decir, a las cuevas sulfurosas de la incandescente moral pública.
    Leo a Juan Nuño y resaltan unas líneas que me gustan: “¿Qué sería de esta pobre y miserable civilización sin el pecado? Los días se alegran, las tardes resplandecen, las noches se soportan y la humanidad sigue existiendo…”, cuestión que, agrego yo, es una verdad del tamaño de la mejor mala costumbre.
    Las malas costumbres están ahí para purificar almas o destronar reyes de pacotilla. Una mala costumbre brilla más que las más asépticas realizaciones en el universo insípido del costumbrismo mejor cultivado. Por eso Cioran da qué pensar, por eso Ambrose Bierce tiene ganado un sitial entre los peor acostumbrados de este valle de lágrimas. Justo por eso Rafael Bolívar Coronado no podía llamarse sino Rafael Bolívar Coronado. Borges tuvo la mala costumbre de ser genio, así como tantos otros la buena de ser mentecatos por donde les pegues el ojo.
    En cuanto a mí, pues celebro el fumar, el beber y el bailar pegao, sana práctica sugerida en su momento por el Inquieto Anacobero, alias Daniel Santos, otro que se pasó las más respetables costumbres por el forro del gaznete y de la materia gris. Vuelvo y digo: el mundo está lleno de gente con magníficas costumbres, cosa que, hay que aceptarlo de una buena vez, lo pone en el triste lugarejo que por elemental lógica le corresponde. Dime tú si no.

12/19/2014

La izquierda imbécil

    Por varios artículos que he escrito resulta que para algunos soy una bestia de derechas. Así, tal cual, con todas las letras y la mala leche apuntándome a la sien.
    No voy a contarles de insultos y otras ñoñerías por el estilo. Hay todo un menú que mandé al fogón del basural. Sin dar ni pedir tregua a la hora de los chacales, la verdad es que no sabe uno qué pensar a propósito del lugarejo adonde suelen afincarse ciertas nociones de izquierda o de derecha. Tan jabonosos como éstas  -y relativos y por lo tanto escurridizos-  son señalamientos espaciales tipo arriba, o abajo, o más acá o más allá, y así ad infinitum.  Salvo que el espécimen, fusil en mano, viva en el carbonífero político  -lo cual no es fruslería, por cierto-  mi adhesión a la diestra es tan verídica como su posible pertenencia al Ministerium für Staatssicherheit, es decir Stasi, de la mira tú, democratísima República Democrática Alemana, valgan las redundancias y los concomitantes disparates.
    Porque si revolver el pus o mostrar con el índice el caldo enrarecido del gobierno que aquí hace de las suyas supone un marco semejante, entonces los ángeles de la izquierda redentora deberían practicar ipso facto el arte de mover con mayor celeridad que de costumbre las neuronas, cuando las tengan, en medio del silencio más atronador, es decir, pensar más y callarse la boca de inmediato. Conclusión: ahogar toda emisión de idiotez tras idiotez por cada chasquido de la lengua, y de la pluma. Ahí están los defensores de las dictaduras buenas, las de izquierda claro está, sinvergüenzas donde los hay si es preciso arrastrarse, alcahuetear crímenes, mirar para otro lado cuando se violan a placer Derechos Humanos y demás perlas por el estilo. La ex Unión Soviética en su momento y todavía la pisoteada Cuba están ahí para romperles el espejo en el cogote.
    Para un señor que se siente metido de cabeza en aguas plácidamente izquierdosas, el corifeo particular de Castro, en el que abundan imbéciles a más no poder, debe ser el colmo de la sensatez en estos días. Corrección política latinoamericana hasta los tuétanos. Benedetti, el poeta Cardenal, Eduardo Galeano y otros santurrones de las dictaduras alabadas, a cada uno mordió el juego de caninos típico del iluminado, ése que llegó montado en una nube a resolverte los problemas, reales o imaginarios. Dale un vistazo a Chávez, con el legado calenturiento objeto de reverencia que su religión impone. Léanse, y luego me cuentan, las babosadas vergonzosas de Gustavo Pereira, las bolserías de Luis Alberto Crespo, las ocurrencias hilarantes de Brito García en defensa de esta panda de ineptos y cuanta fantasía encantada arroja para afuera el buche de tanto poeta revolucionario disfrazado de Che.
    Aquí, lo que se dice aquí, ser de derechas o de izquierdas pasa de lejos por el cedazo de la razón. Piensan más los cojones que la materia gris, y me voy quedando corto. Maniqueísmo por donde lo mires, el quehacer político de la Venezuela actual, saturada de fariseos forrados en trajes Brioni, se alimenta de clichés al más puro estilo de la propaganda carburada  como jamás antes en el manicomio perpetrado por los hermanitos Castro. Izquierda o derecha ya no son categorías dinámicas, lógicamente cambiantes, cuyos rostros fueron perfilándose al paso del tiempo y, sobre todo, en función de los años y las experiencias, asunto que es lo que tú quieras menos baladí. Para un señor de la izquierda venezolana un pterodáctilo tiene mucho de paloma mensajera y un triceratops es el vivo retrato del rinoceronte que mastica paja en las llanuras del Congo, vaya animalitos tan chistosos.
    Entre la izquierda pedorra de este país, ajena a pensar por sí misma en su inmensa mayoría, capaz de entregarse muda, acrítica, mansa, a los dicterios de un militar ignorante como una tapia, y las batallas de un Petkoff o de un Pompeyo Márquez, me quedo con los contestatarios, los soñadores, los sensibles, los respondones y los indóciles, o sea estos últimos, y con la idea metida en los huesos  de que al mar de las estupideces, el mismo aquél de la felicidad, le queda  cada día menos tiempo entre los dinosaurios que para desgracia de tantos aún pastan entre nubes  de ventosidades ideológicas.                                    

12/10/2014

Los nuevos tiempos

    
                                                                                                           A Pedro Suárez, el más moderno de mis amigos
    
    Parece que la gente se toma la molestia de ir contigo al cine, o a almorzar, y de antemano debes estar agradecido. Los tiempos cambian, qué se le va a hacer, y semejantes cambios te aplastan de golpe la nariz, te dicen como si nada y a los cuatro vientos: oye tú, cabroncete, mira que te estás poniendo viejo. Como si envejecer fuese algo del otro mundo. Como si el paso de los años por fuerza tendría que suponer alguna maldición divina.
    A lo que voy: los tiempos cambian, pero semejante dinámica te cae de perlas o es un trancazo en la espinilla según el cristal con que lo mires. Salgo a almorzar con Lucía, compañera de liceo a quien no veo desde hace una punta de años. Todo a punto, todo rosadito hasta que suena el celular. Y si no suena, pues será ella quien haga las llamadas. Y si no es charla clásica, vía oralidad telefónica monda y lironda, va a ser conversación escrita, con cigarrillo entre el índice y el medio, por los recovecos del chat. Pasan los minutos, muchos, la sopa se enfría, yo miro al techo, qué puta sensación de desperdicio. Es que envejezco como buena bestia. Como lo que soy.
    Antes, diría mi abuelita, almorzar era almorzar, con hola y qué tal y cuéntame y te cuento y mira a Alejandra lo grande que está. Almorzar era plantarse ante la mesa con la carga de significaciones ya sabidas que el verbo en cuestión lleva soplada hasta las entrañas. Pero resulta que llego con mi amiga al Jardin Des Crepes y ella enfrente y yo aquí, acomodándome la servilleta sobre las piernas, y entonces la señora hace de las suyas, coge el celular o abre el periódico (da lo mismo) y hay que comprender que el mundo es así, que éste es el siglo XXI, el mejor de todos los habidos y por haber, de modo que tranquilo, Rogerín, tranquilo, búscate unas damas chinas o enciende la radio de tu móvil hasta el fin de la jornada y se acabó. Cada quien en lo suyo.
    La madre que la parió. Uno va a ese restaurante dispuesto a sacarle los mocos a los años, es decir, a hablar hasta por los codos de lo humano y lo divino, de los tiempos idos y blablablá, pero fíjate que si la susodicha te cambia por el celular eso es lo más normal del universo. Es preciso paciencia, comprensión. En cambio, cuando la mandas a hurgarle las pelotas a Apolonio eres un vejuco amargadete, un tipo con bastante mala leche, lo que se dice un patán intransigente, premoderno, incapaz de asimilar que el siglo XXI es el siglo XXI y lo demás paja para los equinos. Ahí lo tienes: el glamour de las tecnologías trepándote las piernas, muslos, pecho, cuello.
    Con toda parsimonia me acerqué hasta el plato, alcé la crem-de-fois-a-la-turtié, o como se llame, y le dí media vuelta justo encima de su linda cabellera rubia. Gritó como Naomi Watts en King Kong. Salí a la calle sonriente, vengado, feliz. La ciudad permanecía como si nada.

11/28/2014

Hay que ver cómo es la gente

  Hay palabras que viven bajo tierra. Existen muchas, estoy más que seguro, cuya predilección es hacer nido en la cara oscura de la Luna. Me explico: así como existen palabras feas por donde les metas el ojo  -aperturar, empoderar, accesar y un etcétera que exige al Libro Gordo de Petete sólo para ellas-, las hay con vocación de anonimato por los cuatro costados.
    Conozco gente que tiene bastante de término silente, es decir, personas que nacieron tomando para sí el mutis existencial que las lleva sin mayores sobresaltos de la cuna hasta la tumba. Así como ves pasar a un hombre atravesado de oquedades, un queso gruyére con nombre y apellido, pongo por caso, te das de bruces con vocablos que vinieron a este valle de lágrimas nada más que para hacer tienda en el diccionario. Palabras que de pe a pa son como esos bichos subterráneos, insectos o batracios, qué sé yo, viviendo sin ojos, sin oxígeno, sin luz: babosas entre el humus de principio a fin.
    Acleido, por ejemplo. Euforbiácea, doncellueca. Ahora que lo pienso, tengo un amigo acléidico hasta los huesos con todo y que algunas veces se da el lujo de salir a la  calle, de atender cuando lo llamo por teléfono, en fin. Los euforbiáceos son simplemente impresentables y de los doncelluecos para qué te cuento. Palabras que terminan siendo como miles de fulanos, individuos lexicales, combinación sorda de sílabas  petrificadas en las cuatro paredes de un glosario, quién lo iba a decir. Un diccionario polvoriento es también la casa de transeúntes que te tropiezas en las calles, que pagan a punto sus impuestos, que no rompen un plato.
    El otro día caminaba aburrido por la avenida Las Américas y observé a una señora con el rostro y los gestos de asfacelo y caparídeo que me pararon los pelos. La seguí en medio de la muchedumbre, traté de dar con el misterio de lo que representa a simple vista pero nada, no soy como esos inspectores que ves en las películas de detectives, metódicos, deductivos hasta el hígado, capaces de escudriñar bajo los árboles, entre raíces o detritos y sacar las más sorprendentes conclusiones. Por más que lo intenté no hallé mínimo significado, plausible, convincente. Al no llevar conmigo un diccionario que pudiera de una vez por todas resolver el asunto, me encogí de hombros y continué andando seguro de que la buena mujer había nacido únicamente para ser consultada en el Larousse. Vaya existencia miserable.
    Costribo, ultriz, xenismo, ulano, ménsula, trincadura, la lista es larga. Voy por la calle y ahí están, más ulanas que nunca, más ultrices que la madre que las parió, más xenistas que la última ménsula trincada del desierto.
    El bueno de mi amigo cabe a sus anchas en el lugarejo más gris del Espasa Calpe, acomodado entre una veintena de sustantivos fofos en plena página doscientos veintitrés. Si te lo tropiezas por ahí sabrás al pelo de qué hablo. Hay que ver cómo es la gente. Hay que ver.

11/03/2014

Casos raros

    Juancho, un amigo de la infancia, tiene dos pies que viven haciendo de las suyas. Uno no sabe si reír a mandíbula batiente o llorar a moco tendido cada vez que sus extremidades inferiores juegan al gato y al ratón con el resto de ese cuerpo al que yacen adheridas. Total, que la naturaleza tiene sus cosas raras, no faltaba más, asunto que en estos días se ha intensificado al punto de que el bueno de amigo fue al podólogo con ánimo de mejorar sus días.
    Podólogo, podólogo, podólogo. Suena más a nombre de jardinería que a ciencia médica, pero en fin, la cuestión es que cuando Juancho mueve un pie con la inocente intención, digamos, de girar hacia la izquierda, éste se va incólume para la derecha, y cuando a veces desea poner ruta hacia adelante, el bueno para nada con el mayor descaro emprende marcha atrás, lo cual genera en mi amigo problemas no digamos ya peliagudos de locomoción, sino existenciales de marca mayor que para qué Sartre o Heiddeger y la madre que los parió.
    El doctor Sánchez, según los entendidos toda una eminencia en el arte de la podología, ha dicho que no hay motivo de preocupación. Dispuso apenas de un jarabe para los nervios acompañado de masajes interdiarios en ambas plantas de los pies y yemas de los dedos. Pero lo cierto es que después del doctor Sánchez, podólogo hasta la pared de enfrente, los episodios que tanto molestan a Juancho no sólo continúan como si nada: se han incrementado de forma exponencial sin que medie causa lógica a propósito de semejantes hechos, de modo que mi amigo visitó ahora al psiquiatra, quien restó importancia a lo referido por tan llamativo paciente, dedicando la sesión completa a pontificar sobre cierto estudio de la mente y de la personalidad que está llevando a cabo y sobre cayos, pies de atleta, problemas en las uñas y diversos males que con toda seguridad inciden en lo que ocurre.
    El otro día, pobrecito, al despertar en la mañana quiso ponerse los zapatos y al intentar anudarse los cordones cada pie empezó a sacudirse a su real gana, como poseído por el espíritu de alguno que obviamente no es el suyo. Lo peor fue que después de una lucha sin cuartel que lo dejó exhausto y sudoroso, cada uno decidió tomar rumbo contrario a propósito del otro, desatándose la situación más ridícula en toda esta historia, que dicho sea de paso parece salida de un cuento de Borges. Al hallarlo en posición tan poco decorosa, abierto de piernas, tirado en el suelo, con ambos pies brincando a su antojo como si fuesen batracios o pulgas en un circo, su mujer cogió el martillo del fondo del closet y optó por golpearle los pulgares -¿qué otra cosa hubiera podido hacer la buena señora?-, dejándole ambos dedos machacados y sin posibilidad de calzarse para llegar a la junta de las ocho en la oficina. Menudo lío apenas despuntando el día.
    Según el podólogo de marras, quien otra vez fue consultado, mi amigo sufre de cansancio extremo. Es la opinión categórica de una autoridad en la materia. Entonces Juancho bebe valerianas, toronjiles, aguas de cayena aliñadas con gotas de passiflora y endulzadas con miel de la India pero nada, su pie derecho se encamina por recovecos muy particulares y el izquierdo toma el horizonte que le venga en gana. Caso único de extremidades autónomas cuyas desconexiones con la corteza cerebral son evidentes, sentenció por último el psicólogo de la empresa en que labora. Supe que el asunto va a ser presentado en el  cuadragésimo noveno Encuentro Internacional de Podología, a celebrarse en Viena. Casos raros, sin ninguna duda. Casos sumamente raros.