5/08/2011

El idiota inteligente

Mucho se habla de “revolución”. Esta palabrita la verdad es que supera con creces los niveles de aparición que término alguno pudiera exhibir en el pasado a ras de boca, a flor de labios, sobre todo ésos que ni por carambola llegan a empalmar con el cerebro.
Cerebro: entraña de lo más extraña, culpable entre otras menudencias de todo cuanto implica raciocinio. Pues bien, he estado meditando en estos días sobre ciertas conductas, sobre manifestaciones a mi juicio untadas de mucho ruido y pocas nueces, relativas a la curiosidad que implica el hecho de que un puñito de intelectuales todavía apoye al régimen. Y cuando digo un puñito me refiero nada más que a eso: cuatro gatos, unos pocos malabaristas cuyos argumentos, cuando los hay, por endebles se pasean entre lo cómico, lo ridículo y lo absurdo.
Por supuesto, lo primero que se me viene a la cabeza es la noción de libertad. Esta gente apela al libérrimo albedrío y se acabó, hace lo que hace porque le da su real gana, lo cual no sería descabellado suponer si no se atravesara ya mismo algo traído por los pelos cuando de “gente que piensa” se trata, asunto que consiste simplemente en convertirla (a la revolución, quiero decir) en receptáculo de algo así como la supraconciencia, el “non plus ultra” de una época, de una cultura o de una sociedad determinada. Tamaña equivocación se remonta a mucho tiempo atrás, pero lo interesante es que de eso llamado con pomposidad la “intelligentsia” tampoco es que se deba esperar más de la cuenta.
Se ha repetido hasta el cansancio que esta es una revolución sin ideas, un parapeto sin intelectuales. La genuflexión, la cerviz deambulando por el piso, valen para ella mucho más que la otra cara melindrosa, crítica, inconforme, siempre dispuesta al debate y al disenso que da la democracia. No faltaba más: las revoluciones, hasta que se demuestre lo contrario, no escuchan más que su vocinglería, no ven más que el perfomance montado por su gente, no dialogan más que con su sombra y, fíjese qué casualidad, tampoco es que anden por ahí contándose. Moraleja y conclusión: no existen revoluciones democráticas. Así de simple. El prototipo del intelectual llamado a transformarse en jarrón chino, en mampara de cualquiera con los sesos hirvientes tiene aquí mucho de espejo: refleja únicamente a quien se le pone enfrente, con la salvedad de que los revolucionarios sufren de un síndrome que la tradición oral, hermanos Grimm mediante, ejemplica de maravillas en aquella vieja bruja del cuento Blanca Nieves. En fin, de ellos va quedando el “sí, señor”, o el “ordene, comandante” que un grupo de muchachos gritara a coro hace muy poco, aparte del polvero, la humareda y los vidrios rotos que otros deberán tarde o temprano recoger.
Pero decía al comienzo que es un error esperar demasiado de los intelectuales, en esencia porque, leyendo a Jean François Revel (“El conocimiento inútil”.Barcelona: Ed. Planeta,1990) he notado cómo pone el dedo en la llaga y termina por domar al menos común de los sentidos, que es el sentido común, llamando pan al pan y vino al vino. Los intelectuales no tienen por qué cargar sobre sus hombros mayores empachos a la hora de propiciar ciertos golpes sobre la mesa. Los dan o no los dan, y aquí demasiados caen de bruces, por la razón sencilla de que, como expresa el mismo Revel, “el intelectual no ostenta, por su etiqueta, ninguna preeminencia en la lucidez. Lo que distingue al intelectual no es la seguridad de su opción, es la amplitud de los recursos conceptuales, lógicos y verbales que despliega al servicio de esta opción para justificarla”. Más claro, pues, no canta un gallo.
Los pocos pensadores con que cuenta esta revolución han callado. Complacientes, silenciaron sus voces unos y las alzaron otros para defender lo que tenían en las narices, o sea, todo un abanico de crímenes y hechos repudiables que van desde la violación constante de los derechos humanos, pasando por la burla reiterada a la Constitución (caso revocatorio, por ejemplo), hasta llegar a claras evidencias de tortura a ciudadanos y a la existencia de presos políticos. La moral, claro, tiene sus particulares recovecos y la actuación al respecto en primera instancia se corresponde con principios sustentados en ella. De eso no hay ninguna duda. Pero como también dice Revel, “hay tantos pensadores de izquierdas, sobre todo después de 1945, como pensadores de derechas que han empleado su talento en justificar la mentira, la tiranía, el asesinato e incluso la necedad. Bertrand Russell, futuro Premio Nobel, declara en 1937: “La Gran Bretaña debiera desarmarse, y si los soldados de Hitler nos invadieran, debiéramos acogerlos amistosamente, como si fueran turistas; así perderían su rigidez y podrían encontrar seductor nuestro estilo de vida”. Bertrand Russell –continúa afirmando el escritor francés- puede ser un eminente filósofo en su especialidad (la lógica simbólica), pero no deja de ser un imbécil en el punto tratado en su frase”.
Estamos de acuerdo, la imbecilidad es completamente libre, no guarda reparos a la hora de escaparse por la boca o de darse a conocer cuando hacen mutis. En eso estamos muy de acuerdo.




Marzo de 2004






Más allá del espejo



Para no olvidar: a propósito de la libertad de expresión en América latina.






El espíritu de libertad se topa a veces con su mueca especular. Del otro lado del espejo, y esto no implica metáfora alguna sino la realidad establecida por regímenes dictatoriales, esa morisqueta se ubica como contraparte de un estado de cosas que, con todos sus problemas, algunos países han logrado erigir. Con esto me refiero, claro, a la enarbolación y defensa de los derechos civiles, de las libertades individuales y de condiciones de vida a cuya dignidad puede aspirar la mayoría porque, en esencia, las oportunidades gozan de una repartición mucho más justa.
En esa otra orilla del espejo labrada por Castro y que se llama Cuba, el poeta y periodista Raúl Rivero, en juicio sumarísimo, hace poco más de un año (04-04-03) fue condenado a dos décadas de presidio. Otros comunicadores apresados esos días sufrieron penas parecidas, que oscilaron entre los catorce y los veintisiete años de cárcel. “Dentro de la Revolución todo, fuera de ella nada”. Tamaño patetismo, espíritu y bandera del gobierno castrista, ilustra bien el por qué de los abusos, de los crímenes que terminan siendo consuetudinarios en esas sociedades.
Las dictaduras, si no son frenadas a tiempo, llegan para quedarse, y en ese camino se las arreglan para adueñarse de la justicia, de los medios de comunicación, de las instituciones y de la voluntad humana. Cuando esto ocurre ya el mal está enquistado, sólo resta escapar o someterse, dar la batalla o morir en vida (algo así como transformarse en zombi), rebelarse o plegarse al dictamen del supremo. Rivero, el poeta Rivero, optó por lo primero, es decir , dijo sus verdades, se atrevió a hablar, expresó opiniones provenientes de su libérrima conciencia, quiso un mejor país, señaló el pus donde lo halló, y hoy paga por ello. El motivo de la condena: violentar, según sus esbirros, el artículo 91 del Código Penal cubano, que castiga “los actos contra la independencia de la integridad territorial del Estado”. O sea, nada menos que atentar contra la patria, ser un “agente a sueldo” de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana (básicamente por escribir en una revista “contrarrevolucionaria” denominada “Encuentro en la Red”, publicación pagada por la Sociedad Interamericana de Prensa que a su vez ha resultado ser, no faltaba más, una organización que apoya la “subversión”). Rivero, además, se vio acusado por escribir para la “Sociedad Hispano Cubana”, la cual, sostiene el régimen, también es “subversiva”. Tal es el listado de sus crímenes.
Es bueno decir que durante la primera parte de esta historia Raúl Rivero cabía en el marco de lo que pudiéramos catalogar como el “buen muchacho”. Graduado en la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, laboró en la mayoría de los diarios (oficialistas, por supuesto) que operan en la Isla. Fue director de la agencia noticiosa Prensa Latina en la Moscú de la Guerra Fría y ejerció asimismo la jefatura de relaciones públicas en una institución denominada Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos. Sin embargo, 1989 marcó el inicio de la ruptura del poeta con el stablishment y es en ese instante cuando empiezan sus problemas. Al dar un paso al frente, al desmarcarse, al comenzar a disentir en público, de inmediato Castro y sus sabuesos lo etiquetan: contrarrevolucionario, traidor, y demás calificativos utilizados en situaciones semejantes. Ya para 1991 Rivero se atreve a firmar junto con otros nueve creadores lo que se conoce como la “Carta de los Intelectuales” o “Carta de los Diez”, en la que exige al gobierno mayores libertades ciudadanas. A partir de ahí se convierte en un notorio y activo militante por los derechos humanos y por la democracia, no solamente en su país sino en América Latina.
Este año, exactamente el veinticuatro de febrero, Raúl Rivero resultó galardonado con el Premio Mundial UNESCO “Guillermo Cano” de Libertad de Prensa 2004, como reconocimiento a su lucha, a su oposición ante las tropelías de la dictadura castrista y a favor de las libertades civiles en un país que desde hace mucho pasó a ser la más grande prisión caribeña. Las voces de protesta por su encarcelamiento no se hicieron esperar, y ahora como nunca continúan los esfuerzos que otros, desde la clandestinidad y desde sus posibilidades, realizan para que más temprano que tarde la brisa de un mejor horizonte se cierna sobre la pisoteada Cuba. Pero hay, no obstante el papel desempeñado por intelectuales y artistas de todo el continente frente a la represión y la violación sistemática de los derechos humanos en la Isla, un silencio en algunos que no deja de llamar la atención, sobre todo porque enérgicamente levantaron sus voces, con toda razón, ante atropellos perpetrados por gobiernos de derecha a lo largo y ancho del territorio latinoamericano. Se me antoja que aquí ocurre lo que ciertos sociólogos bautizaron como “inmunidad revolucionaria”, una especie de callada complicidad o cuando menos vergonzosa indulgencia ante dictaduras de izquierda, partiendo de quienes por elemental sentido común deberían pronunciarse sin ambages y en primerísimo lugar: los intelectuales, los artistas, los cultivadores del pensamiento y la sensibilidad en cualquiera de sus manifestaciones.
En Venezuela acaba de finalizar nada menos que un “Encuentro Mundial de Poesía”, sólo por mencionar un ejemplo, y nada se dijo al respecto, a pesar de que el evento coincidió, días más días menos, con la fecha en que un poeta como Raúl Rivero fue brutal e injustamente encarcelado. Nada se dijo, aunado a esta falta imperdonable de conciencia crítica y de solidaridad, acerca de la encarnizada represión ejercida en Venezuela durante los días finales de febrero. Una mirada que pasa por encima de vagabunderías y vejaciones se instaló feliz, y el claro gesto de un “aquí no ha pasado nada” dejó su estela de conformidad, de pusilánime incondicionalidad , de dale que lo demás no importa.
Del otro lado del espejo existe un mundo que se parece al espanto. La mano del Estado mueve la trama, dictamina, decide quién come y quién no, quién sueña y quién no, quién vive y quién no. Raúl Rivero, el poeta, lo sabe de sobra, y no parece importarle a otros que también hacen poemas, aparte de permanecer callados.




Abril de 2004.

Lenguaje, realidad y política

Las palabras están hechas de tiempo, de memoria y de presente. El mundo cabe en ellas porque son la única manera de reconocerlo, es decir, a través de las palabras percibimos esa masa amorfa que llamamos realidad.
Ahí, en el pináculo de la condición humana, que es adonde hemos llegado gracias a un lenguaje como el que nos fuimos construyendo, se asienta el juego en sociedad, la posibilidad de encontrarnos y encontrar al otro; se incrusta el hecho extraordinario, antes de que el Homo sapiens obtuviera su partida de nacimiento, de referirnos al amor o a la guerra, de insultar o alabar, de elaborar intrincados sistemas filosóficos o nada más conversar en una esquina. El lenguaje, qué duda cabe, nos humanizó. Por eso basta unos instantes para descubrir a quien se eleva sobre su cresta y se reafirma como bípedo implume, o al que cae destrozado por sus dentelladas, feroces cuando se revierten justo ante la imposibilidad de pegar un sujeto con un predicado. Son los hombres, ni más ni menos, quienes darán uso al lenguaje en una especie de dialéctica que asombra por lo extraño que resulta, pues si bien él está ahí, a la orden y a nuestros meros pies, de algún modo le pertenecemos, de cierta paradójica forma nos atrapa al punto de que podemos afirmar que el lenguaje está en nosotros, claro, pero nosotros igualmente en él.
Vuelvo al primer párrafo: son las palabras el hilo vinculante con la realidad. Ahora bien, la experiencia nos dice que aquélla es una para cada quien, y de ahí el lógico (y sano) relativismo que nos cubre por los cuatro costados. Pero es a estas alturas cuando los usuarios toman, en el peor de los sentidos, de las palabras lo que les conviene para crear mundos abstractos y deslastrar a la retórica de toda unión con lo concreto, con lo que exige pruebas fehacientes, con lo ubicable a un palmo de nuestras narices.
La mayoría de los políticos sirven para ilustrar lo anterior, sobre todo cuando se dan a la tarea de hablar incluso por los codos sacándole el cuerpo a lo tangible. Si algún demagogo habla de libertad, deja abierto en el vocablo un boquete de dimensiones gigantescas, lanza al ruedo un sin fin de posibilidades. La idea de libertad, por ejemplo, es casi infinita aunque en política ipso facto la asociamos con la individual, económica, de expresión, de pensamiento o de prensa, por mucho que un Chávez, un Perón, un Castro, un Lusinchi, un Bush, un Menem, no las hayan mencionado para nada. El término libertad se transforma de este modo en coladera que abre paso a variadas interpretaciones, se toma una buena dosis de laxante semántico, por la razón sencilla de que al pronunciarlo suponemos que se trata de algo bueno, maravilloso además a la hora de campañas. Tenemos, como es obvio, nuestras ideas acerca de lo que es la libertad, o la democracia, pero en concreto pueden ser muy diferentes, e incluso incompatibles. Ahí queda algún vocero del gobierno como ejemplo vomitivo: “excesiva democracia”, llegó a soltar sin que se le notara un mínimo temblor de voz.
Libertad, democracia, patria, igualdad o justicia son palabras que a cada instante resbalan por bocas muy competentes frente al levantamiento de castillos en el aire. Un demagogo es un maestro del embuste discursivo, una máquina pendiente de elaborar chasquidos de la lengua. Le aterra concretar, tiembla ante lo palpable, porque ésos son terrenos de logros o fracasos, de hechos consumados o no, y ahí todos caen para morder el polvo.
En política, como en cualquier ámbito, el lenguaje nos vincula con la realidad. Hay que estar pendientes de cuál realidad está en juego.



Julio de 2004.

5/06/2011

Sal marina

Mi cuerpo rastrojo que sabe de océanos

y de aguas profundas

encerrado

bajo la línea ínfima y poco creíble

de tus pezones rojos y amarillos.

Paisaje con vista hacia el mar

horizontes que desato en mi pupila

y recojo lleno de silencio ansioso

por ese líquido rosado que brota

abundante de tus curvas.

5/05/2011

Tu cuerpo aquí, en medio de las piedras,

sucede que no te conozco

pero recuerdo la historia de tu encuentro

una historia que no es de este mundo,

entonces comprendo,

eres diosa,

saludas a la gente,

te complace subir

y mirar lejos;

deshojas margaritas

pasas la noche en vela

y lees recostada en ese arbol

hasta que aparecen los luceros.

4/29/2011

Retrato de un hombre que camina por la plaza

El gato aquel
sentado
se limpia el lomo
psss, psss
me mira
se acerca
me da la mano
me invita un café
y comienza a hablar de poesía.

4/26/2011

El reino del unicornio

Fragmento número uno: concierto en la menor para piano, o del amor de Robert Schumann por Clara Wieck

Si hacía el esfuerzo y se inclinaba sobre la ventana, obtenía una espléndida vista de la calle. La neblina había aparecido brusca y se desparramaba como una mantequilla que devora todo cuanto toca. Justo en medio de la acera descansaba la silueta entrecortada de un perro echado, indiferente ante el paso de la gente.
Del bolsillo izquierdo de la camisa, doblado hasta formar un rectángulo perfecto, Nicolás extrajo un pañuelo que llevó hasta su nariz. Estornudó varias veces, lo que lo movió a subir el mango y cerrar un poco la ventana. Todavía un hilo de aire, como delgadísimo soplido, le daba directamente en la cara. Se mantuvo otros segundos cubriéndose con el pañuelo y luego dejó caer el brazo.
-Sí, sebastián se ha enamorado. Yo he estado antes así -pienso- y he sentido eso que te postra y que no te deja pensar en lo absoluto.
-La verdad es que si no te recuperas pronto, Sebastián, vas a terminar enloquecido.
Camina despacio, da la impresión de tomar en serio mis recomendaciones, de ref1lexionar todo cuanto le digo.
-¿Tú crees?-, responde como si nada.
La mujer de las flores, una señora entrada en años que tenía desde hace tiempo un puesto de venta del otro lado de la calle, alcanzó un manojo de rosas y los dejó sobre un periódico abierto, ubicado encima de una mesa muy pequeña.
-La rosas -se dijo Nicolás- ya son una expresión gastada. Y pensar que una mujer se desvive por ellas. Algún hombre las comprará emocionado, tomará un taxi, ¡a la avenida cinco con la doce!, gritará, y subirá las escaleras que conducen a la chica como quien trepa al mismo cielo.
Apretó el puño y sintió el pañuelo como una almohada entre sus dedos. Lo llevó otra vez hasta el bolsillo, del que lucía enganchado un bolígrafo dorado.
-Ni siquiera sabrá por qué lo hace: por mera costumbre, por divertirse un poco, quizás por amor.
Llevo las manos dentro de los bolsillos y puede ser esto una señal que me hace parecer más serio aún.
-Es verdad -me pareció que dijo por decir algo-, unos días más en esta situación y tienes toda la razón: iré directo al manicomio. ¿Sabes que los muchachos me toman por payaso desde que estoy así?
Sebastián se pasa la mano por la barba. Piensa en otras cosas, quizás esos recuerdos llenos de polillas, atascados en algún lugar de la memoria donde el paso del tiempo se parece a una cascada, a una mujer de espaldas que camina con una cabellera que le llega a la cintura.
Ya lo creo, pendejo, -susurro mientras golpeo la lata de cerveza con los dedos-. Tú escoges: o hablas, o te callas para siempre, o le dices algo bien pensado, o la invitas a salir, o le agarras una nalga, o te jodes para siempre.
Otra vez sintió deseos de estornudar. Respiró profundo y sus ojos se humedecieron; tenía las manos frías, enrojecidas. La ventana, ya cerrada por completo, fue cubriéndose de diminutas gotas de agua.
Sebastián se detiene, enseña los dientes de ratón enfermo mientras suelta una sonrisa desganada y luego se dedica a hablar durante un rato acerca de no sé cuáles relaciones entre el rostro de las niñas y sus particulares maneras de asumir una conversación con un muchacho.
-Ya he aprendido mi tarea -dice después-, y está feliz:

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso.

No hallar, fuera del bien, centro y reposo,
Mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
Enojado, valiente, fugitivo,
Satisfecho, ofendido, receloso.

Huir el rostro al claro desengaño,
Beber veneno por licor suave,
Olvidar el provecho, amar el daño;

Creer que el cielo en un infierno cabe,
Dar la vida y el alma a un desengaño:
Esto es amor, quien lo probó lo sabe”.


Fragmento número dos: el arte de la fuga o los misterios ancestrales

A.- ¿Es una casualidad que esté aquí, junto contigo, y haya pensado en la mujer de espaldas, la que unos pasos frente a mí esperaba como yo su turno para entrevistarse con la directora de la biblioteca, y precisamente en este instante esa mujer aparece con el paso de pantera, caminando tranquila en nuestra dirección? Esa mujer es hermosa, está divina, y quizás por eso la recuerdo bien, pero aparte, ¿por qué tiene que asomarse?, ¿por qué está ahí enfrente, cubriendo todo mi campo de visión justo cuando pensé en ella hace un segundo?. B.- Uno llega a su departamento con ganas de leer, busca el libro donde encuentras la Noche estrellada, de Van Gogh, y de súbito sientes la corriente, esa especie de chasquido que no permite treguas. Y es en ese momento cuando crees conocer desde hace mucho el paisaje que el cuadro te ofrece, y estás completamente seguro de haber disfrutado de su brisa, de su temperatura, de su noche, de su azul, de su constelación. Entonces, colocas el scherzo número dos en si bemol menor, opus treinta y uno de Chopin, y ocurre igual, la locura de un piano salido quién sabe de dónde, y la sensación de que esa melodía y el cuadro de Van Gogh guardan más que una pertenencia al perímetro del arte.
Sebastián presagia una especie de pulpo a través de los sentidos, y piensa en Freud, y en Novalis, y en Goethe, y en Robert Desnos, y en Brancusi. Y Van Gogh y Chopin se cuelan como una ráfaga helada en una noche de relámpagos.
No hay espacio para la premeditación sino una hendija por donde atraviesa la paradoja que no existe o el ronroneo entrecortado de lo que de este lado nada más consistiría en un pálpito: ese fragmento, el hecho de que un piano deje de ser piano y la mano del scherzo sea la misma que intuyó un ciprés empinado hasta las estrellas, hasta la luna giratoria que se confunde con unos dedos y una melodía que en fin son una misma cosa.




Fragmento número tres: el nacimiento de Venus y Armando Reverón que juega dominó con Boticcelli

Esa taza de café,
y el humo, mira, y el humo,
y tu sonrisa, el humo largo,
y tu sonrisa, azul como
el humo; tu sonrisa larga, tu
humo azul, humo azulísimo;
tu azul, la sonrisa, mira, la
azul de todos los días,
largos y azules, mira,
tu azul y larga sonrisa,
de todos los días de siempre.


Sebastián se divierte con la luz, quiere hablar de la luz, comenta de seguido el cálido romance que sostiene con las hojas del samán que tiene enfrente, en la plaza de su pueblo.
-La luz... Nicolás, Reverón también estuvo aquí.
Nicolás siente un estado de letargo que no le permite conversar, y es por ello que se mantiene en silencio. Sebastián pretende hacer añicos el plácido momento de su amigo, y entonces dispara a quemarropa:
-La luz de esta plaza y la luz de estas hojas son las de Reverón. –Y el muchacho piensa en la primavera, ésa que ha visto en los libros y que ha escudriñado hasta el cansancio gracias a las fotografías.
-La primavera de otras partes -dice Sebastián- no puede ser tan hermosa como ésto.
-¿De qué coño hablas ahora, Sebastián. Te dije el otro día que vas a terminar loco de bolas. Mira a las mujeres, échate unos palos, mastúrbate siquiera, pero déjate de lo mismo, esa bendita manía de buscarle cinco patas a los gatos. Eso que le cuelga, esa vaina que le cuelga al gato de la vida, hermano, aparte de las meras bolotas, cabroncete hijo de puta, es únicamente el rabo. La vida tiene cuatro patas, Sebastián, cuatro malditas patas y no compliques más las cosas. Te vas a volver loco, te vas a volver loco.
-Hablo de la primavera -y con toda la pausa enfatizó-: de la pri-ma-ve-ra.
-Yo no conozco la puta primavera
-¿Ves que el único loco eres tú? ¿Qué será esto si no una eterna primavera?
Sin saber por qué, Nicolás recordó la ocasión en que enfrentaba alguna prueba, allá a lo lejos, en la Escuela de Arte: “la obra pictórica de este artista del Cuatroccento adquiere rasgos particulares por su estrecha relación con el humanismo y la filosofía neoplatónica”.
-Profesores degenerados -pensó de inmediato-, cómo patalean, cómo putean, cómo descalabran lo que se les pone enfrente en sus inmundos discursillos llenos de pedanterías.
“En la mayoría de sus representaciones, el carácter alegórico se identifica por múltiples singularidades en cuanto a lo que pudiera ser su sentido. Según su criterio, ¿cuál es el significado de esta obra?”.
-Pues sí, los voy a joder en su terreno, los voy a escupir, los voy a mear de cabo a rabo: la íntima relación entre este trabajo y el humanismo de la época, es clara. Un artista del siglo XV vuelve la mirada atrás y retoma los valores de la antigüedad grecolatina. Venus, Mercurio... personajes de la mitología griega, son traídos al presente... Hay que vincular la “primavera” con la actitud serena, dulce, sutil, que expresan los sujetos en la obra. La primavera es renacer, con lo cual Boticcelli es consecuente.
–Ya no más, verga. Basta de lenguaje amanerado, de mundillo académico, del que no tiene nada que decir, de quien a fuerza de rebuscamientos termina por expresar cada vez menos y por engatuzar a un puñado de inocentes.
-La primavera es renacer, la primavera es renacer, la primavera es renacer… De todo ese discursillo artificialmente barroco, pensándolo bien, me quedo nada más con esto. La primavera es renacer. Me gusta esa frase, me llama la atención porque es un martillazo, es una metáfora de la vida misma, del inicio con que empieza, es decir, de las andanzas primerizas que terminarán cuando den cuerpo a un ser minado por los años.
La primavera de la plaza, para Nicolás, no era otra cosa que la siempre díscola mirada de esa Venus, abrasadora mirada envuelta por un halo amarillento, luminoso, extraño por todos los costados. El resplandor de los samanes en esta ínfima plaza, el claroscuro que ya cobraba forma, otorgaba un peso de enigma irresoluble a aquella tarde, a la atmósfera que hacía ver densidades que no existen. “La primavera es renacer, la primavera es renacer, la primavera es renacer”: pues sí, la punta de un hilo en plena calle coincide con la plaza de este pueblo, a las cuatro de la tarde. “La primavera es renacer...”, luz por los cuatro costados donde hasta lo más oscuro llega a aporrearte los ojos.
-Y pensar que tú dices no conocer la primavera.
-Nicolás se encoje de hombros: ¿Qué quieres que te diga?, mierda, ¿qué quieres que te diga?



Fragmento número cuatro: de Beethoven a Tito Puente, o viceversa

No, Sebastián no terminó enloquecido. Sebastián echó a un lado la bendita manía de soñar a cada rato (la verdad es que Sebastián soñaba a toda hora, excepto cuando dormía) y ahora tiene un puesto de Salchichas en el Orinokia Mall.
¿Que qué tengo yo en contra de las salchichas? Absolutamente nada. Pero no me dirá usted que el cambio del pobre Sebastián no fue demoledor, un espectáculo como ninguno, la puesta en escena de esos perfomances que lo exigen todo para sí, y que cuando caen, caen con estrépito y sin perdón.
En el presente, lo que se dice en estos días, Sebastián sueña sólo mientras duerme, asunto que a su madre la tiene por primera vez la mar de tranquila, el non plus ultra de la felicidad, pues el pobre de su hijo, la verdad, ya iba dejando atrás todas las marcas como bebé, niño, adolescente y por último adulto extraño, extraño, de lo más extraño.
Sebastián piensa a veces en la primavera, claro, y también en Reverón, y en la niña de sus ojos, aquella del primer fragmento, aunque no la haya mencionado con nombre y apellido. Se llamaba Carolina, creo. Carolina Rincones Almabuena. ¿Extraño apellido, no? Almabuena. Esa fue la primera y última vez que conocí a alguien que se llamara así. En fin, que en el fragmento número uno Sebastián recuerda aquel poema, el de “creer que el cielo en un infierno cabe”, ¿recuerdan? Claro, no lo escribió él, no,no. Es un clásico, uno de esos poemas (y estará usted de acuerdo conmigo en que es una belleza), uno de esos poemas que eran de obligatoria memorización en la escuela por aquello de que el buen decir consistía en el preludio del buen actuar, vaya sacando pues sus conclusiones. Como si un poema, digo yo, hace a las personas mejores o peores.
Pero Sebastián no enloqueció, repito. ¿Nicolás?, nada, fue una excusa. Simple excusa para hablar de Sebastián, que hizo de la niñez el reino del unicornio, ese animalejo que en nuestra infancia sí que existió, con todo y cacho naciéndole en medio de esa cabeza equina.
Sebastián aprendió de memoria poemas, pero no para actuar bien sino para dárselos a las niñas, mire qué cosas. Y vio clarito el vínculo entre la luz de la plaza a las cuatro de la tarde y Reverón, mago de la luminosidad. Y conjugó los samanes de esa misma plaza, hay que decirlo ahora porque no lo dije antes, con el bueno de Alejandro Otero, que también hizo un samán y lo llamó Torre Solar y finalmente se abrazó con Reverón en eso de atrapar la luz y hacer con ella sólo aquello que los Dioses hacen, vaya usted a saber cómo, cuándo o por qué. Y Reverón-Boticcelli-samanes-Otero hablaron idéntico lenguaje. ¿Quién iba a decirlo? Reverón y su luz, Otero y su luz, Boticcelli y su luz, ah, y la primavera como telón de fondo. De Beethoven a Tito Puente, damas y caballeros, media un claro de luna a fuerza de timbales. Y es que Beethoven, si a ver vamos, parece que conoció a Puente. Fíjese, sin ir muy lejos: Tito Puente, Tito Puen-te. Un apellido de lo más sugestivo, puente entre dos mundos, puente entre universos, puente como los de Reverón y Otero o como los de Boticcelli, qué más da.
Van Gogh y su Noche Estrellada asoman las narices también en este entuerto. Porque la luz de Van Gogh es primaveral, o sea, encandila aunque se deje ver desde las siete peeme. Sebastián lo vio también, con esa claridad de antes de las salchichas. El fragmento número dos lo dice todo. La plaza de pueblo, que, para qué ocultarlo más, es la plaza Bolívar de Upata, tiene mucho de Aleph borgeano y entonces ahí están: desde Boticcelli, pasando por Otero, por Van Gogh y Reverón, y terminando en Beethoven, dígame usted, y en el Rey de los timbales, nada más y nada menos.
Pero lo dicho: Sebastián es un cuerdo vendedor que ha encontrado su lugar en este mundo. Más allá de sus sueños, cuando lo hacía despierto, quedan los recuerdos vagos, nostálgicos a veces, de la infancia y de ciertos universos enigmáticos que nos inventábamos cuando éramos niños, y que recobran su vitalidad, por supuesto, cuando dale que te dale, insistimos en vislumbrar escenas de lo onírico más allá del colchón y la medianoche. El reino del unicornio pasó a ser “El reino del happy fat”, que es como se llama el punto de Sebastián en Orinokia. Yo, de cuando en cuando, lo visito y pruebo sus especialidades (el submarino atómico, especie de perro gigante con doble salchicha y pan canilla grande, es una delicia por donde lo mires). Ya no hablamos de doncellas, ni de Venus o Afrodita, ni de luz a las cuatro de la tarde. Hablamos de la única filosofía que cabe en medio de papas fritas y cebollas picadas en rodajas: la filosofía de una cotidianidad que si te descuidas, pues te aplasta.
Y sin embargo vale la pena recordar, razón por la cual he escrito estas cuartillas. Porque la memoria está llena de olvido, como cantaba el poeta, y al revés, según dice la conseja, es necesario escribir, y eso he tratado. Sólo que me ha salido mal, no tiene usted que restregármelo en la cara. Eso de ponerse frente a una computadora y darle rienda suelta a los recuerdos tiene su encanto mientras lo hagamos, tranquilazos, al calor de un buen tabaco o mediante unas cervezas dándole a la lengua con algún interlocutor más borracho que uno, pero recordar y escribir, éso, éso, rediós, es una vaina jodida, mucho más que jodida, yo que se lo digo.
Del reino del unicornio se llega sin problemas al Reino del happy fat, valga la cuña. Acérquese uno de estos días. Sebastián, un unicornio disfrazado de gente normal y corriente, cuerdo como usted y como yo, prepara hamburguesas suculentas, sándwiches con pepinillos y jugos de papelón con limón para lamerse los dedos. Deje de una vez estos fajos. Anímese. Seguramente allá nos encontramos.

4/24/2011

Fernando Savater

Julio de 2005






Hablar de intelectuales no es, ni mucho menos, el mejor tema para entablar diálogos, en primer lugar porque existen otros de mayor frescura e interés, y en segundo porque, fastidio entre fastidios, la mayoría se cree, muy jactanciosos ellos, el ombligo de este mundo.
Pero como toda regla dejaría de serlo si no observara cuando menos alguna excepción, entonces hoy me atrevo a proponer el nombre de Fernando Savater, alguien que en el presente constituye sin lugar a dudas la antítesis del típico, engreído y aburrido hombre de pensamiento que pulula en nuestras sociedades. Su quehacer transita a lomo de inteligencia, de humor, de ironía, de buena escritura, de buena y mala leche, de esa humildad que nada tiene que ver con falsas modestias, lo cual siempre agradece el amplio abanico de lectores que de él se ocupan con fruición casi devota, quienes afirman, entre otras menudencias, encontrar en sus escritos muy posibles respuestas a aquellas interrogantes que, en tanto humanos, pues sin el menor empacho nos acribillan el sueño.
Esta semana, mientras paseaba los ojos por los anaqueles de un lugar interesante y extraño en Puerto Ordaz, mientras los letreros ("libros usados", "libros en cinco idiomas", "tenga cuidado, que lo estoy filmando") se dejaban entrever desvencijados y sin mayor cuidado, Savater, en otra de sus ocurrencias, de un salto y sin aviso pudo plantarse enfrente gracias a un título sin pena ni gloria: "El arte de vivir".
Con la apariencia de un librito de autoayuda, al hojearlo pude descubrir la charla que el autor llevó a cabo en Madrid con Juan Arias, periodista y buen conversador, ya hace algunos años, y en la que se expone en forma abierta y con la franqueza que lo caracteriza la lucidez y el sentido del humor savateriano, lucidez que propina un latigazo, un coñazo en la nariz, un martillazo sobre la conciencia de quien lee, para luego obligarlo a pensar, a tomar en serio las palabras. ¿Ejemplo? Ahí van unas, muy a contrapelo de lo que se advierte en estas geografías, dicho sea de paso: "la idea de que el Estado tiene que basarse en una homogeneidad y no en una armonía de diferencias es un disparate".
Como buen filósofo, Savater baja la lámpara y apunta hacia las grandes incógnitas que el hombre se ha hecho desde siempre. Los valores, la felicidad, la guerra, la muerte, el poder, la ciudad, la cultura, el viejo y el nuevo milenio, el amor, la religión, las diferentes formas de lo autoritario. En fin, el transcurrir de aquel señor llamado tiempo y sus andanzas terriblemente aplastadoras de narices, cuya acción, diaria y por eso común, no deja de empaparnos con la más helada de las aguas. Sumo y sigo: "La realidad cotidiana tiene ya tantas cosas sorprendentes que el hecho de preguntarme si existirá también el cuerpo astral me interesa menos, pues la verdad es que aún no conocemos completamente el nuestro, ese que palpamos con nuestras manos".
"Feliz sólo puede serlo el que es invulnerablemente dichoso", se lee en alguna de las doscientas y tantas páginas que bien pueden devorarse en dos sentadas. Y la felicidad, que es un estado al que Savater considera desproporcionado (prefiere hablar de algo así como momentos más o menos prolongados de alegría), de alguna manera se coló por completo en este libro. Este es un libro feliz tanto en el instante de su creación, de su hechura, como después de su paso por los brazos del lector, lo cual es ya mucho decir. Hay que tener claro, por si acaso, que hoy por hoy, basura literaria es lo que abunda.
Fernando Savater invita a la conversa descarnada, sabrosísima, obsequia un plato para degustar, para pensar lo cotidiano, pero también lo menos dado al día a día o a la molienda de la rutina fácil. La idea, con toda seguridad, es también reírse del mundo y de uno mismo, y no le falta sentido a la propuesta. Leerlo no será perder el tiempo.

4/18/2011

Piernas, lujuria, castidad


I


Siempre he sido así. O mentira, no siempre, no desde que tengo uso de razón. La memoria no me alcanza para recordar cuándo empecé, pero sí puedo decir, sin temor a equivocarme, que ya a los ocho, a los nueve años, me llamaban la atención los hombres, los hombres maduros, grandes, los hombres hechos y derechos, como le decía mi tía al primo Leandro cada vez que éste lloraba por cualquier barrabasada. Es que las hormonas o la psiquis, qué sé yo, tienen al toro cogido por los cuernos. De la niñez, de mi niñez paradisíaca recuerdo como si fuera ayer, es decir, llevo clavada la vez en que el vecino se bajó los pantalones y orinó como si nada. Fue un día en que mamá tardó algo más en regresar del trabajo, cargada de bolsas, de carpetas, de documentos en papel sellado. Lo vi orinar porque el baño de la sala estaba abierto, y no me ruboricé un ápice. Lo vi sacárselo, vaciarse, sacudírselo y luego devolverlo a las entrañas de los pantalones. Fue electricidad, un estremecimiento que apenas me dio algún susto pasajero. Había preguntado por ella, por María de la Concepción Bracho, mi madre, y le dije que no estaba. Me pidió el baño, entró, y ya saben lo demás. Vi lo que vi y la invasión de sensaciones, la corriente eléctrica, el temblor en todo el cuerpo. Cuando empezaron a aflorar los vellos tenía plena seguridad de lo que iba a ser en esta vida: una amante como nadie. Si algunos afirman que supieron siempre para lo que servían, yo debo decir que sirvo a la perfección para el amor. Cuando mis labios vaginales se pintarrajearon de negro, y al final el monte de Venus tapizó mi piel en la entrepierna, la virginidad que me amparaba tenía ya sus días contados. A mi primo Federico de Jesús Fernández Bracho lo miré con lujuria. Lo incité a estar conmigo. Sabrá Dios qué es mirar con lujuria para una niña de esa edad, pero juro que en el fondo intuía de lo mejor el significado de aquello. El pobre se horrorizó tanto que la erección le tardó un mundo, hasta que por fin terminé sintiendo el bulto que me produjo un golpe seco de adrenalina en el pecho. Ese golpe lo sentí como una premonición, como mil veces después sentiría expeler semen de tantísimos testículos, de las machorras bolas, es decir, nada menos que como una eyaculación. Federico de Jesús Fernández Bracho, pum pum, cogió fuerza y venció a la gravedad. Qué delicia. Mi primera vez y todo quedaría en familia, jajaja. Así como a María Virginia, la prima menor, se le aguaba la boca con sólo ver un chocolate, a mí se me hizo líquida la chocha, que era el nombre cariñoso utilizado por mi madre para referirse a los genitales femeninos. Mi chochita nadaba en un mar salado, pidiendo a gritos su barco de velas para hundirlo, para tragárselo, para esconderlo en sus profundidades. Entonces ocurrió el milagro, se instauró en mí la felicidad, supe para siempre qué era ser el centro del universo. Federico de Jesús Fernández Bracho, mi primo, no tuvo compasión de mí, porque a los dieciocho no se anda la gente con contemplaciones y la pasión anida en la epidermis, a buena hora. ¡Bendito sea mi primo, y que Dios lo tenga hoy en la gloria! Atravesó el himen y me atravesó el alma. Desde ese instante viví para los hombres.


II


Las Matemáticas tenía el típico bombillo rojo sobre la puerta de la entrada principal, pero debo decir que no era un prostíbulo cualquiera. Me explico: ya había cobrado cierta fama, por lo que unos me temían y otros se acercaban por curiosidad. La noticia corrió como la pólvora en el pueblecillo que para esos días nada tenía que ver con la agitada Upata de estos días. Federico de Jesús llevó en sus espaldas el peso de haber seducido a una niña. Pero eso no es todo: cargó además con la vergüenza de que esa niña, justo cuando era violada y apenas introduciéndole el miembro en plena boca, se lo arrancara de cuajo a su verdugo. Sí, literalmente de cuajo, porque todo el mundo imaginó que lo mordí con todas mis fuerzas, con toda mi rabia, con todo mi asco. La pobre niña tuvo esa ocurrencia, gracias a los dioses, de frenar en seco ella misma su suplicio. Pero no, no era un prostíbulo cualquiera porque estaba yo, que era el alma y corazón de ese nido de lascivia, de ese lugarejo del amor furtivo. Yo sí que sabía hacerlo de verdad. Verá usted, hago de todo, y en realidad disfruto como nadie el hecho de sentirme atragantada por ese miembro férreo que me descuartiza. Comienzo por enloquecer a mi amante, por desquiciarlo a fuerza de ganas, de deseo, de una erección incontrolable apenas comienzo a tocarme, a acariciar mis senos, a frotarme un dedo por la chocha, a ponerme el liguero y a sujetar las medias mientras él, fuera de sí, siente que la sangre se le ha vuelto lava. Es que estas bestias saben de echar pico y pala, pero no de amar. Son unas máquinas, nada más que eso. Estos seres llegan, se tiran unos rones, la ven a una sentada en la barra, se acercan, y lo demás es ir directo al grano. Si no fuera porque me alimento de sexo, ya habría enviado a estos bastardos al demonio. Pero vayamos por partes. Aquí los penes abundan: de eso trata mi historia. Las Matemáticas, no obstante lo que he dicho, fue mi sitio predilecto. Salía poco, en las noches estaba todo el tiempo pendiente de la clientela, jugando al gato y al ratón con todo aquél dispuesto a la entrega, mientras de día dormía lo suficiente para luego ir nuevamente por la dosis justa de placer. De Las Matemáticas he guardado el secreto más grande, también el más extraño, y ese hecho innombrable estuvo presente desde los tiempos de mi primo, el bueno de Federico de Jesús Fernández, ya lo he mencionado, que ojalá descanse en paz, vuelvo y repito. Fue ese instante el que marcó mi vida. A partir de ahí mi destino cobró el significado que da sentido a estas cuartillas.


III


Aquel hombre a medio afeitar, con el aliento impregnado de licor me apretaba las nalgas. Llegó a ser doloroso y se lo dije, a lo que el cretino sólo respondió dándole más fuerza. De todos modos lo gozaba. No sé si tengo algo de masoquista, pero la vulgaridad y hasta cierto punto la violencia redoblan mi excitación. Tenía el miembro que le iba explotar, ante lo que yo, histérica, disfrutaba sus vaivenes sumados a la presión de sus manos en mis ancas. Soy una yegua, le gritaba, tu potra, tuya en cuatro patas, soy tu perra. Sentía fascinación por ese glande envuelto en una película babosa, hinchado de sangre, adosado a un tallo sembrado de venas que como un hierro entraba y salía de mi chochita hirviendo. Lo trituré, lo mastiqué, literalmente acabé con él sin ningún problema. Fue el éxtasis total. Dormí unas horas. Sentí calor y fue por eso que terminé abriendo los ojos. Había amanecido por completo, serían las siete o las ocho. No me gusta despertarme así, tan temprano, porque conciliar otra vez el sueño se transforma en un quehacer muy dificultoso. Sin embrago lo intenté hasta que se hicieron las once. Me duché, cogí la pantaleta y me la puse. Encima me eché una camiseta blanca, larga, para salir y buscar algo en la nevera. Esa noche me inspiré y al final alcancé lo que esperaba. Debo decir que tengo buenas tetas. Mi talla es 38, lo que de antemano me da un margen de acción extraordinario. Cuando camino por las calles las dos razones que llevo colgadas en el pecho hacen las delicias de cuanto bicho masculino pasa por delante. Me excita que me miren, me embarga una sensación de lujuria incontrolable cada vez que un macho viene hacia mí y de pronto clava los ojos en estos melones como queriendo comérselos, como queriendo disfrutar esos manjares en el primer rincón que se atraviese en el camino. Juro que el noventa y ocho por ciento de los hombres sueña con unas tetas grandes, para nada extraño: chuparlas, mordisquearlas, colocar el pene en medio de ellas y sentir que por fin pusieron pie en el Paraíso. Eso lo sé y le he sacado provecho, no faltaba más. Aquella noche me decidí por sostenes transparentes, entre blanco y marfil, un color que hace resaltar mis pechos acanelados. Me puse bragas blancas, igual, transparentes, de esa tela que enseña el pubis afeitado a modo de rectángulo y cuyos vellos se extienden desde abajo y hasta muy arriba. Me encanta una chocha sembrada de pelos, pero reconozco que a muchos no les hace gracia semejante preferencia en estos menesteres, así que por lo general echo mano de tijeras, de la afeitadora, y asunto arreglado. En fin, que pantaletas transparentes dejan a la vista ese regalo de los dioses, esa fruta al alcance de la mano que va a devorarlos sin contemplaciones, que los hombres, pobrecillos, sueñan en la bacanal que inspiran mis caderas. Opté por el corset y por las medias negras. Aposté a lo clásico: zapatos de tacón y el pelo recogido en moño atrás, amplio, glamoroso, que de por sí evidencia abundante cabellera. El carmesí, que me ha sentado bien desde siempre, hacía de mis labios una vagina a flor de piel. Con razón siempre he dicho que soy un sexo con patas: es que me miro en el espejo y me gusta lo que veo, observo las redondeces, toco mis muslos, duros, paso el dedo medio por la chocha, acaricio mi vientre, y estoy segura de que si fuera hombre me encendería como nadie, me daría una cogida de los mil diablos, me haría de todo con esa verga inmensa que guardaría en la entrepierna. Soy capaz de levantar a un muerto, y precisamente eso es lo que me atrae de mí misma, eso que me hace poderosa, irresistible, dueña de voluntades ajenas que sin chistar ceden ante mis feromonas, ante mi carne, ante unas piernas de infarto y ante estas tetas de padre y señor mío. Así, sintiéndome la puta más puta entre las putas, con la piel de gallina por estar pensando en mil y un hombres, salí al salón y caminé directo hacia la barra.


IV


Me senté, pedí un trago de whisky. El cantinero sirvió el Something Special cargado, como me gusta. Tres cubos de hielo y de seguidas encender un cigarrillo. Marlboro, porque es fuerte y recio, como el vaquero que se deja ver sobre la cajetilla. Quién pudiera tirarse al tipo de esa caja. Qué macho. Qué huevos. Yo tendría todos los orgasmos de este mundo y a él lo haría acabar a chorros, si es que antes no lo mato de un ataque al corazón. Pero decía que fui directo hasta la barra, y mientras pedía el trago y sacaba el cigarrillo ya uno de bigotes, con jeans y camisa mangas largas venía en volandas hacia mí. Se sentó, me saludó, hablamos un momento, y yo misma, sin dejar resquicio para que nada pudiera entrometerse, tomé su mano y la coloqué sobre mi pierna. La dejó algunos segundos como si nada, inmóvil, para luego apretar un poco y regalarme una caricia que poco a poco se extendió desde la ingle hasta casi la rodilla. Entonces puso su otra mano en mi otra pierna, se paró frente a mí empujándome hacia él, y las caricias se hicieron más intensas. Fuimos a la habitación. Hice que se acostara boca arriba. Tenía el miembro erecto, impresionante. Lo tomé como a un juguete, lo acaricié, lo besé, lo saboreé. Le obsequié una felación mientras me masturbaba con su dedo. Saqué la leche condensada de la mesita de noche y bañé su glande con ella. Fue una delicia sorber de a poco el dulce que se chorreaba por ese pito que me pedía a gritos. Me senté sobre él, a cabalgarlo, pero se trataba de un caballo no apto para carreras de fondo. Justo cuando lo sentí venirse en mis entrañas, le arranqué sin más el miembro. Lo engullí de un bocado.


V


Lo último, lo más impresionante, eso que finalmente me llevó a execrar mi oficio y a transformarme en una asceta de por vida, ocurrió al día siguiente. Como de costumbre, fui a comer algo a mediodía. Las Matemáticas es un lugar mágico, por las noches la rocola, el humo, el bullicio entremezclados con risas de pasión, jadeos y canciones de Javier Solís hacen que al amanecer te reverberen los oídos. Y acto seguido, cuando amanece y sólo queda olor a sexo y a cerveza rancia la quietud es capaz de superar hasta el silencio de una iglesia. Pues bien, ya entrada la noche un hombre joven puso sus ojos en mí. El pobre era un manjar: apuesto por donde lo miraras. Fue verlo y encenderme. El tipo me prendió fuego, era yo una antorcha humana. Sentada como estaba, con la minifalda oscura y la blusa mínima, muy generosa a la hora de mostrar lo que tiene que mostrar, crucé las piernas a propósito. Pasó los ojos por ellas, noté sus ademanes, muy morbosos, su manera de decirme que esa noche de bestias sería para los dos. Ahí mismo, sólo con ver a ese ejemplar e imaginando el colgajo más allá de la bragueta, mi chocha se inundó de agua salada. Me sentí húmeda por dentro y por fuera, en el alma y en el cuerpo. Quise que me hiciera suya en ese instante, que me hundiera su carne en plena barra: haría de aquel bar un Coliseo, nosotros en la arena, los otros observándonos y Javier Solís al ritmo de nuestros vaivenes. Adoptamos la posición del misionero luego de una buena tanda de caricias, chupadas y mordiscos. Ni qué decir de los juegos con la punta de su lengua y mis pezones, con toda su boca y mi chochita. Me penetró por completo, y mientras iba y venía empujando su bate con fuerza abrí el coño para morderlo desde la raíz. Mi vagina lo tragó sin masticarlo. Sólo escuché un grito que se ahogó entre quejidos menores apagados en sollozos. Abrí otra vez el coño, mordí, volví a morder, lo abrí de nuevo, y ese hombre entró a pedazos en mi ser, llenó con su cuerpo todos mis apetitos. Trituré sus huesos, me embutí sus entrañas, con mi sexo arranqué sus extremidades inferiores, después el resto del tronco, y poco a poco fue quedando menos de él, hasta que de mi chocha colgaba apenas su mano derecha dando la impresión de despedida, de decir por fin adiós a este valle de lágrimas.


VI


Al salir de misa regreso presurosa a casa. Cuando amanece doy gracias por la vida, por un nuevo día, y entonces me dispongo a esperar, con paciencia y mortificación, que el reloj del campanario marque las cinco de la tarde para devolverme, entre repiques de campanas, otra vez a la casa del Señor.

4/15/2011

Venezuela: 1830 a nuestros días

Hablar de política, en el marco de una república, supone hablar de ciudadanos, y esta condición se fragua a través de los años sobre la base de un caldo de cultivo que debe incluir las posibles formas de gobierno, las instituciones, la sociedad como una red de relaciones cuyo punto de fuga es la libertad y los derechos fundamentales. Venezuela: 1830 a nuestros días, es una aproximación histórica al quehacer político venezolano desde la fundación de la República y hasta el presente. Sin duda, el período colonial dejó una impronta que no es posible soslayar: marcó a fuego cierta condición, cierta manera de entender lo social, un horizonte desde el que partió la aventura de lo construido hasta ahora, sobre el cual el tiempo y la tinta han corrido abrazados en un intento de comprensión de lo venezolano y, más aún, de lo hispanoamericano. La venezolanidad, así, fue atravesada por una doble línea, paradójica además, que Arráiz Lucca señala luego de su travesía por la trama de nuestras andanzas políticas, esto es, da cuenta en primer lugar del Derecho Indiano, del cabildo como “ámbito en el que los terratenientes del patio, y otros criollos con poder, ventilaban sus asuntos, y gobernaban sobre ellos mucho más de lo que cierta historiografía admite”, y en segundo, da cuenta además del caudillismo, ese modo de actuar que aún es observable en el ovillo político venezolano. El libro que esta noche tengo el honor de presentar, más que la relación histórica de unos acontecimientos, cobra el perfil de un análisis sociológico, es decir, construye desde la historia una fisonomía política que incorpora felizmente la reflexión y el escrutinio de algunos por qués, de cómo hemos sido para ser esto que somos, lo cual apunta hacia el futuro, toda vez que del presente, del aquí y ahora se abre un signo de interrogación que llama al debate, al diálogo entre tradición y modernidad, y entre ésta y los tiempos por venir. No es poca cosa. El libro de Arráiz Lucca, como la Rayuela de Cortázar, puede leerse de varias maneras. Es uno y es muchos. En este sentido ofrece posibilidades abiertas de aproximación, creando un juego entre obra y lector que trasciende la relación unívoca. Así, puede leerse a partir de una consideración sustentada en la necesidad de toparse con un manual de historia. Sería entonces un suscinto, ameno y logrado texto en función de esta apetencia. De igual modo es un libro de consulta. Los hechos, los datos, la madeja de acontecimientos se halla lo suficientemente explicitada, señalada, clarificada, al punto de facilitar ciertas búsquedas puntuales. En mi caso, opto por otra variante, encuentro un documento que reflexiona sobre, que argumenta a propósito de. Esto implica que la presentación de lo ocurrido, las relaciones concatenadas en el tiempo poseen el valor agregado de un atrevimiento que uno termina por agradecer: la tarea interpretativa, el hecho de que el autor fije posición, dé explicaciones, se entregue a la tarea de pensar. Cuando este elemento se encuentra presente, como en efecto ocurre aquí, el trabajo de investigación, el discurso académico, la apelación a la historia y sus afanes de objetividad (asunto este último poco menos que imposible) se transforman en una delicia. Ésto, junto con el manejo del lenguaje, hace del libro de Arráiz una pieza literaria. Decía que podemos leer la obra a partir de un horizonte amplio. El mío entonces rescata al autor que escribe un ensayo, con todas sus implicaciones, de tal manera que aparte de la información histórico-política, siempre presente en el volumen, resalto las consideraciones acerca del caudillo como personaje fundamental en la Venezuela del siglo XIX (que nace y va ganando cuerpo desde mucho tiempo atrás). Si a ver vamos, tomando esta punta de hilo es posible vislumbrar buena parte del entramado político actual acercándonos al caudillismo como fenómeno, remontándonos a su aparición y a su desenvolvimiento en la historia del poder en Venezuela. Si pretendemos analizar cómo fue la siembra republicana, cómo erigimos una República después de la separación de la Gran Colombia, es clave estudiar la presencia, el fenómeno del caudillo y su influencia en el país que se va haciendo. Éste es un valor inmenso que aplaudo en Venezuela: 1830 a nuestros días. Arráiz Lucca se pregunta, “¿podía no ser el caudillismo el signo de la Venezuela republicana, cuando lo había sido durante la Venezuela colonial?”, y afirma, “toda una generación de próceres de la independencia, pasando por encima de las instituciones, buscó el poder para sí, como si se tratara de una deuda que la nación había contraído con ellos”. En paralelo, de la mano del caudillo va surgiendo la idea de que éste, es decir el hombre fuerte, posee dotes de buen gobernante; nace la creencia, que atraviesa el siglo XIX, el XX y lo que va del XXI, de que ciertos personajes tienen en sus manos, por una extraña combinación de carisma, don de mando, militarismo y mano dura, las herramientas para lograr el progreso si se ubican al frente del gobierno. La profesionalización del ejército, que Gómez lleva a cabo durante su dictadura, acentúa de alguna manera semejantes convicciones toda vez que el imaginario caudillesco, ya elevado aquí a la categoría de mito, es recogido en el seno de la institución castrense, produciéndose entonces “prácticas que se tornaron en creencias populares. Me refiero a la disciplina, el orden, la obediencia debida, la verticalidad del mando, que fueron asentándose como valores fundamentales para el ejercicio del poder civil, cuando provenían de fuente militar”. El libro que Arráiz nos ofrece es una especie de disección anatómica del poder, y seguir sus pistas a lo largo de nuestra historia republicana brinda la no muy extendida oportunidad de disfrutar de una prosa suelta, fresca, magníficamente estructurada, junto con la aventura intelectual que supone escudriñar, desde la separación de la Gran Colombia, en el tejido político venezolano hasta llegar al país del siglo XXI. El caudillismo, los conservadores, los liberales, la Guerra Federal, los tiempos de Guzmán Blanco, la hegemonía militar tachirense, el advenimiento de la democracia, la Venezuela petrolera, los golpes de Estado, el Pacto de Punto Fijo, los años del bipartidismo, la crisis de la democracia de partidos políticos, la antipolítica, hasta las presidencias de Hugo Chávez, constituyen momentos cuyas tramas y puestas en escena guardan relaciones entre sí, lazos íntimos, vasos comunicantes que patentizan procesos y fenómenos aparecidos no por azares sin sentido sino todo lo contrario: la historia explica, y explica mucho, tanto así que más allá de preservar la memoria y posibilitar la conciencia de nosotros mismos, destila los vapores de eso que vamos siendo y de aquello que probablemente seremos. Ya para ir finalizando, sostiene el autor que “de la historia política venezolana puede decirse que está determinada por dos factores principales: el militar y el petrolero. El primero ha dificultado la instauración de una práctica democrática, aunque también puede decirse que ha sido expresión de un espíritu autoritario de tradición histórica. El segundo ha terminado por hacer del Estado venezolano un Leviatán que cada día deja menos espacio para la iniciativa particular, dificultándole gravemente a la nación la diversificación de su economía”. Nuestros laberintos, esto es, la imagen especular que la historia nos devuelve, es una guía, sirve entre otras cosas para vislumbrar caminos, trazar posibles rutas, mirar el horizonte. Hemos cometido errores, a veces costosísimos, hemos fraguado un país, esto es innegable, y entramos tardíamente a la Modernidad. ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro destino? ¿Cómo afrontar peligros para terminar logrando el desarrollo, el despegue, el acceso a mejores condiciones de vida para todos? He ahí una incertidumbre. Venezuela: 1830 a nuestros días ofrece algunas pistas, coloca enfrente una voz. Vale el esfuerzo de escucharla.

12/13/2010

La creación del rosado

Mi amigo Valentín acaba de enviarme un libro. Lo escribió él y se llama "La creación del rosado". Lleva dos, la verdad, y lo mejor del asunto es que a fuerza de puñetazos, por batirse a duelo con las palabras y salir airoso, este libro es un regalo que vale la pena celebrar.
Lo he leído de un tirón. Es una joya de noventa páginas que se deshace en experiencias y en batallas contra dragones, serpientes, hijos de puta y demás hierbas, todo perfilado con el toque exacto de la pluma que encuentra su ritmo para decir justo lo que tiene que decir.
Con Valentín Pérez llevo una amistad de años, templada en los noventa, allá en la Mérida cuyos bares céntricos eran suficientes para atracarse de cervezas con quinientos bolos mientras yo hacía un posgrado y él se rajaba el lomo como médico en hospitales hechos trizas, sin medicamentos, y con tipos duros que, me contaba como si nada, te ponían la 38 en plena frente para que les salvaras el carnal.
Son ensayos. Cuarenta y un ensayos a los que la savia se les sale por los poros, es decir, trabajos que nacen de una observación, mínima, oportuna, precisa observación, que luego abre las alas y termina siendo un tratado sobre la experiencia, sobre el arte de vivir, sobre la manera de exprimir los días para extraer de ellos lo mejor y lo peor, lo dulce y lo amargo, lo que en fin hace que estar aquí, de lunes a lunes, signifique mucho más que respirar o abrigar esperanzas o tomarse un café por la mañana y nada más.
Leerlo me ha reconciliado con la vida, lo que es mucho decir cuando en este mundo, embalado vaya usted a saber adónde, justamente la vida encuentra día a día menos adeptos. Valentín es un amigo, claro, pero es mucho más que un amigo. El antro de la avenida Cuatro que elegimos para hablar de Dostoievski, de Orlando Araujo, del Chino Valera, De Marcial La Fuente Estefanía o de las mujeres que nos traían de cabeza, sirvió también como testigo de una amistad que terminó siendo hermandad y aquí estoy, con su última publicación entre las manos descubriendo otra vez lugares y lugarejos, gentes y gentuzas, sonidos, olores y colores, pero sobre todo ideas, porque éste es un libro de ideas, por supuesto, que te saltan en la cara y si no te defiendes acaban por torcerte el pescuezo, nada menos.
"Nietzche y la bailarina", "La mujer de la tos", "El buen humo", "Bailar con María", "Uslar Pietri, un vago y yo" o "El hombre del coleto", son apenas seis propuestas, seis maneras entre más de cuarenta, ya lo dije, de observar esa cosa extraña que llamamos realidad y empaquetarla en textos literarios, cada uno más suculento que el otro. La mirada de mi amigo es una que pone las palabras en su sitio y se conforma con hacerte pensar, logro nada desdeñable, fíjese usted, entre tanta basurilla y entre tanto escritorzuelo de sábado y domingo, cuestión que yo agradezco no sólo en el plano de la literatura, del cine, del arte en general, sino en otros terrenos, no por pragmáticos menos relevantes.
Como ven, la celebración se justifica. Además, la Universidad de Los Andes, entrañable siempre ante mis ojos, ha sido responsable de editar esta obra, cargada no sólo de buena escritura sino muestra de excelente gusto a la hora de elegir portada, colores, papel, tipo de letra y, en fin, mano sobria para materialmente hacer un libro.
Cuando hablaba con Valentín, cuando -me viene a la memoria esa canción de Sabina- no le hacíamos ascos ni a la última copa ni al último bar, mientras se acomodaba los lentes, empinaba el codo y luego se quitaba la espuma pasándose el puño de una camisa mangas largas por la boca, cada vez que él decía algo, en realidad hablaba de sí mismo, de sus obsesiones, de sus miedos, de su infancia, de sus recuerdos, de sus añoranzas, lo que al fin y al cabo me hacía comprender un poco más el sitio donde estaba, la tierra andina que también en ese instante era mi casa, y es precisamente eso lo que respiro en esta obra: una manera de decir que es conversación abierta, que es diálogo, que es toma y dame con rocola al fondo, con cojones, mucho humo y kilates de razonamiento. "La creación del rosado" es un libro de amor que se tradujo en texto para reflexionar sobre el hombre y sus remordimientos, sus placeres, sus aplastamientos o sus indiferencias. De amor, claro, porque se nutre en principio del afecto por la tierra que llenó la niñez y luego la edad madura del autor, pero asimismo del punto de inflexión, de las implicaciones que una mano extendida, o un beso furtivo, o una lágrima en medio de las balas marcan a su paso por nosotros.
Qué duda cabe, vale la pena que lo lea. Entonces seguimos conversando.

11/24/2010

Un asunto de reflejo


Una de estas noches me dio otra vez por coger un libro de Cortázar. Leí la historia del hombre que arrellanado en su sillón de terciopelo verde (“Continuidad de los parques”), absorto en los vaivenes de la novela que tenía en las manos, llegaba, gracias al extraño mundo de lo literario, a ser partícipe, personaje real, actor de la obra cuya lectura disfrutaba al máximo. Era el lector que se leía a sí mismo.
Entonces pude verme en mi sillón azul, ya muy de noche, emocionado ante ese cuento donde otro, igualmente en su butaca, disfrutaba las acciones que terminarían involucrándolo. Sentí también que que me leía a mismo, aunque por fortuna las cosas permanecieron en su sitio: la ficción en la ficción y lo que llamamos realidad bastante aparte, según suele creerse.
Ana María Cian, mujer dada a la tarea de contra viento y marea inventar y llevar a cabo debates, foros, reuniones para pensar esto que somos, allá en la Sala de Arte Sidor organizó lo que ha venido dándose como un homenaje al castellano, una celebración desde estas tierras para conmemorar los cuatrocientos años del Ingenioso Hidalgo. Gracias a la invitación de la gentil Cian participé el martes en el ciclo “El Quijote en la Sala”, destinado a que un grupo de personas leyéramos y comentáramos, en abrazo compartido con el público, fragmentos de la obra cervantina.
Me tocó en suerte el capítulo IX. Ahí, entre otros asuntos, cuenta Cervantes cómo un fajo de cuartillas, en poder de un mozalbete, resulta ser la historia del Quijote, escrita en árabe por el sabio musulmán Sidi Hamete Benegeli y traducida, gracias a oportunas diligencias, por un morisco contratado para ese fin. La historia dentro de la historia, la imagen especular puesta en evidencia.
Leo la prensa esta mañana y tramas diferentes saltan de ella. Tramas que de buenas a primeras se cuelan por los días como si nada, como la pieza adicional en la gigantesca cuenta del rosario que los días van construyendo. Historias de reclamos, de dimes y diretes, de crímenes, de farándula, de hazañas. También encuentro otras, historias que parecen no tener principio o fin porque son un suspenso, un eco mantenido en el tiempo, algo así como la masa gelatinosa de un paréntesis del que no sabemos cuándo se abrió y del que ignoramos el momento de su cierre. Es la historia de los políticos -no de la política, claro, sino de quienes la personalizan-.
En este país la mayoría de los políticos es el reflejo en el espejo del pasado. El de ellos, salvo excepciones, es un cuento muy parecido a una mueca, por eso del resultado final, mediocre, baladí y estúpido,
que en líneas generales les cuelga del verbo y de los hechos. En el fondo, Caldera, Pérez o Chávez se parecen bastante: carroñeros de las mismas desgracias, cada uno es la historia contenida en el otro, la fetidez idéntica del eructo que lo produjo. Serpientes que se muerden la cola, la trabazón de los políticos conforma un círculo que nos empeñamos en mantener incólume.
Dicen que la historia se repite, y de ningún modo es así. Cuando menos, digo yo, no debe ser lineal. Uno cree vivir en una recta, pero echándole ojos al problema surge la impresión de que las curvas están más que presentes. La historia en la historia, la imagen en la imagen.
Un asunto de reflejo, en fin.

10/12/2010

Un libro en estos días

Octubre de 1999


Dándole vueltas al caudillismo intragable, al militarismo que espanta por los cuatro costados, al mareo populista de estos años, me vi otra vez con "El pez en el agua", de Mario Vargas Llosa.
Tildado de reaccionario por los carboníferos de una Latinoamérica que lleva décadas haciendo lo que esté a su alcance por hundirse con ahínco en el marasmo del atraso, el escritor peruano da con el perfil que ahora mismo, desde el vientre revolucionario, creen inventar quienes gobiernan.
Partiendo del sentido primigenio, de la obsesión fundacional que todo hombre con aspiración de iluminado guarda en las cavernas de su masa encefálica, los revolucionarios de nuevo pelo, esos que pululan en el ambiente venezolano de los últimos tiempos, suponen que están llegando por primera vez a la pila bautismal que limpiará a la muchedumbre de su pecado original: ser pobres. La pobreza, claro, -que tiene todo de consecuencia imperialista según su catecismo- saldrá con el rabo entre las piernas justo cuando el encantador, uno de esos con espada justiciera, esparza su fuerza vengadora y derrame su grito salva patria.
Entonces habrá que tener mucho cuidado, entonces la oligarquía, por ejemplo, como can asustadizo agachará las orejas y temblará ante la advertencia tantas veces postergada de una forma nueva relativa al mundo y su manera de ser mundo. Llegará, quién lo duda, el tiempo prometido, la fase final,
el paraíso ahora inesquivable .
Lo que el gobierno piensa que inventó hoy mismo en su afán de caída y mesa limpia, en verdad no es más que el sino trágico, enfermo de anacronismo, que la izquierda más atrasada del espectro político reivindica como luz al final del túnel, es decir, más estatismo, más centralismo, más gasto insostenible, más derroche, dilapidación y subdesarrollo, todo lo cual es puesto a punto gracias a la concepción reduccionista de que resulta muy bueno el Estado elefantiásico en contraposición al liberal porque, en fin, estamos mal por culpa de otros (el capital, los imperios, los traidores, los extraterrestres) asunto reversible sólo bajo la actuación de un gobierno revolucionario, encarnación de la justicia, de la verdad y de la historia. No faltaba más. A este falaz razonamiento Vargas Llosa planta el hecho de que sin abrirse a los mercados, sin aprovechar los beneficios de la globalización, sin educación y sin lograr un mínimo de instituciones que funcionen, ningún país sale adelante.
Así, "El pez en el agua" es un compendio de ideas que, sazonadas con recuerdos de la infancia y de la adolescencia, tejen el retrato de una forma invariable (la de los demagogos) a la hora de concebir los vínculos entre el Estado y la gente, o sea, entre aquél y el individuo, abanderados por una cantera adornada por el calificativo de revolucionaria, a la que se le sale al paso encaramados sobre un liberalismo que jamás ha existido desde el Río Grande hasta la Patagonia.
En tiempos como los que vive Venezuela, "El pez en el agua" ha resultado en mi caso el reencuentro (lo leí por primera vez hace algunos años, cuando el gusanillo de la política, al menos en el plano teórico, no me había infectado del todo) con la visión de un individuo que, aparte de novelista, describe como protagonista político la inoperancia de tal quehacer en Latinoamérica. La campaña electoral que Vargas Llosa llevó a cabo con la intención de hacerse presidente del Perú, le permitió explorar el monstruo en sus entrañas. Hacer política en esa nación, o en México, o en Guatemala o Venezuela, tiene aristas parecidas, enromes rasgos comunes, que son precisamente la punta del hilo tomado por el escritor para analizar los vaivenes de nuestro continente, y además para dejar sentadas sus ideas, sus propuestas, su noción de por qué estamos como estamos y qué pudiera hacerse en función del crecimiento, de la modernidad, del desarrollo.
Un país, hoy por hoy, puede escoger entre desarrollarse o permanecer en la ruina. Tal es el punto neurálgico que reverbera en los razonamientos desgajados a lo largo y ancho de las quinientas treinta y ocho páginas del libro.
Vale la pena leerlo.

10/05/2010

Qué cosas, Pablo

Fue más o menos a los trece cuando escuché por vez primera un trabajo de Pablo Milanés. En la Upata de ese entonces los que hoy son amigos de la infancia pasaban junto a mí bastantes horas zarandeando una pelota o echados en los brazos de algún árbol. Coincidíamos en la más importante de nuestras misiones, en la búsqueda sagrada de la aventura diaria que nos movía a sudar la gota gorda apenas arrojábamos los cuadernos luego del timbre final de la clase en el colegio, para entonces, liberados al fin, internarnos en un sitio medio desolado (traspatio de un viejo local que en su momento se llamó “Mueblería Troya”) donde éramos reyes y señores absolutos.
Hasta que llegó ese día. Un día como cualquiera pero con la particularidad de que una canción se metió en medio del balón de fútbol y la carrera en patinetas. Pablo Milanés, con todo y sus letras que las más de las veces constituían verdaderos enigmas, auténticos quebraderos de cabeza, hizo acto de presencia. No me pregunten cuál fue la melodía, porque por mucho que lo intento no consigo recordarla. De “Yolanda” probablemente se trató. Pero, la verdad sea dicha, a partir de ese momento algo nuevo se incorporó en nosotros, lo cual trajo como inmediata consecuencia la llegada de otros nortes, de otros hasta la fecha inimaginables horizontes. Confieso que, junto al descubrimiento de individuos como Julio Verne, Herbert G. Wells o ese personaje de los suplementos de antes, el invencible Kalimán, Pablo Milanés pasó ipso facto a ser parte de los mitos, de los dioses que uno va erigiéndose a medida que se interna en la niñez o en la adolescencia, especies de verdades suficientemente mezcladas con la dosis de mentira necesaria para que salgan a la luz seres cubiertos por un especial halo de misterio embriagador.
Me entregué, en ese tiempo, a la afanosa tarea de rastrear y de alguna manera conseguir los discos del tal Pablo, que era como cariñosamente lo llamaríamos después. La Nueva Trova Cubana se coló en nuestras pupilas, en nuestros cerebros y en nuestros corazones. Pablo y Silvio, Silvio y Pablo, ocuparon muy elevados lugares en el Olimpo particular de cuatro o cinco muchachos que empezaban a recorrer calles y a empaparse de esa cara ignorada de la vida, de sus vericuetos manifestados en taguaras, bares, calles solitarias y burdeles. Existía otro lado. Otra orilla estaba enfrente cuando las extrañas letras, contundentes, arrebatadoras, expresaban mucho más que mil discursos. En definitiva, una forma de cantarle a lo humano y lo divino, desconocida por completo, había aterrizado de golpe y nos llenaba las alforjas de azúcar y de miel. Un mundo mejor era posible. Descubríamos también en la música el espíritu inflamable de la poesía, del arte hecho tierra, hecho país, hecho patria.
Estuvo de moda, sí, la palabrita patria, pero sacándole el cuerpo al sabor ácido y amargo del chauvinismo castrador. Patria olía a cuerpo y alma sembrados en una geografía de afectos. Patria obedecía a razones cargadas de otras nociones como por ejemplo libertad. Ahora que lo menciono, las primeras ideas que de ella obtuve no las hallé en la escuela o en los insoportables textos de Moral y Cívica, ni en los de historia local, ni en las interminables peroratas almidonadas con fechas de júbilo nacional. Las encontré en ciertas canciones, en esos poemas musicales que nos abrían los horizontes y ensanchaban las ganas de vivir la vida a fondo.
Hasta que poco a poco mi andar (qué más quisiera yo, algo así como el que vislumbró Machado) reconoció menesteres, razonamientos posiciones y universos diferentes: más sinceros, más comprometidos, menos dados al gesto siempre listo, como he comprobado después, para la cámara y el flash. Con el tiempo la llama de la Trova se tornó apagadiza a la vez que me topaba, entre otros desencantos, con verdaderas groserías entre un decir y una realidad ubicada a millones de años luz. La Cuba de Mariel para nada reflejaba a la de Silvio. La ansiada libertad no parecía anclar en las calles de la Isla. Pablo Milanés y sus composiciones vagaban en un espacio escenográfico ya sin aliento, todavía hermoso en lo que guardaba como creación, pero falaz y mentiroso en el cuento de trasfondo. Así, mucho del mensaje original se trocó ante mis ojos en chasquidos de la lengua, en burda comidilla de salón y de micrófono, como bien lo grita a viva voz el señor Silvio Rodríguez con el chistecito de que “vivo en un país libre, cual solamente puede ser libre…”
Tendrá sus razones don Pablo (porque le da la real gana, bastaría en circunstancias diferentes) para hacer uso, ojo que de notable privilegio, e instalarse en Madrid (¿por qué no Miami, querido cantor?) abandonando de un porrazo la copia insular del Paraíso. ¿Cómo le quedará el ojo, digo yo, si a estas alturas se atreviera a tararear “amo a esta isla, soy del Caribe, jamás podría pisar tierra firme, porque me inhibe…”?


10/04/2010

Telefonía

Llegué al restaurante casi al anochecer. Habíamos quedado en vernos a las seis para hablar de los viejos tiempos, de cuando fuimos compinches de colegio y luego de universidad. Un accidente en la avenida produjo colas, trancas y una congestión de puta madre. Llegué tarde, claro, pero ahí estaba Raúl, exactamente como en los días idos, con la barba incipiente y con cara de muchacho a pesar de los años.
Un detalle: Raúl hablaba por el celular. Cortó en seco su conversación, cerró el aparato y ese rostro de niño grande se iluminó con una sonrisa que poco a poco reventó en carcajadas más que estrepitosas. Entonces, luego del abrazo y un sorbo a su cerveza, sonó el teléfono, por lo que de inmediato se instaló otra vez en una conversa interminable.
Toso, me froto las manos, carraspeo a ver qué ocurre. Nada. Mi buen amigo sigue con el móvil adosado a las orejas. Yo pido la segunda, la tercera cerveza de la noche, mientras Raúl le comunica al otro, o a la otra, que ciertos informes, que tales balances y cuales rendimientos porcentuales y dale que te dale.
Un teléfono hace las veces de interlocutor universal, y para qué la presencia de terceros. En un milisegundo, como colándome por una hendija, suelto las interrogantes de rigor. Le pregunto por la familia, a lo que el hombre asiente moviendo la cabeza. El celular aumenta el brillo justo cuando un golpe de luz le aporrea el lomo. Me distraigo escudriñando el aparato hasta que escucho un hasta luego, una despedida que me hace pensar en que ahora sí, vamos a tomar polares y a darle de verdad a la lengua, a la memoria, a regresar a aquella época de la pensión de doña Rosa, a la universidad, a ya usted sabe.
Suena de nuevo el celular. Raúl responde y se emociona porque resulta que a Carolina le aprobaron un crédito o algo por el estilo. Como un polizón, por segunda vez me cuelo entre el pabellón de la oreja y el teléfono de mi amigo, nada más que para preguntar por Raulito, el hijo, y por Patricia, la esposa, y por la señora Laura, la madre. Pero todo sigue igual y el tipo me responde que lo del crédito sí que lo alegra enormemente, que eso hay que celebrarlo, que, caramba, Carolina, nos vemos mañana en la oficina para decírselo a los otros y a ver pa’dónde cogemos en la noche.
Me doy cuenta de que el celular, antes plateado, ahora es de un negro mate que denota sobriedad. Trato de poner orden en ciertas cosas. Pienso un poco hasta que todo encaja: en realidad son dos los aparatos. Raúl anda por la vida con un par de teléfonos colgándole de la cintura. “Un cero cuatro catorce y un cero cuatro dieciséis”, explica con tanta autosuficiencia que no le cabe en el pecho.
Llamo al mesonero, que tiene cara de cualquier cosa menos de mesonero, y ordeno otra cerveza. Raúl sigue en el celular, desde luego, y es que a la pobre María Fernanda no le prende el carro. Hago un esfuerzo por escuchar la voz de esa mujer, medianamente percibida desde el lugar donde permanezco en mi asiento. La voz metálica de María Fernanda resulta entrecortada, aunque logro averiguar que no es un problema de gasolina, no, ni de batería, tampoco. En fin, que la pobre estará varada en Farmatodo.
A la octava cerveza la música de ascensor, esa misma que ponen en restaurantes como éste, resulta el colmo de la mierda. Le hago un gesto con las cejas, la boca y los ojos a mi interlocutor, algo así como una mueca que busca expresar cierto apremio, más o menos como diciéndole: coño, viejito, ¿y entonces? Raúl sonríe y con la mano dice ya va, ya va, ya va.
María Fernanda, viéndolo bien, tiene un nombre de lo más hermoso. Carolina también, por supuesto, no es que me parezca feo, pero vaya uno a saber por qué razón, a María Fernanda le puse un rostro entre dulce y tierno, es decir, entre acaramelado y fresco como una lechuga, mientras que a Carolina la favorecí menos con una cara entrada en años. Total, que mi compañero habla por el celular mientras apenas se da cuenta de que en voz baja, para no interrumpirlo demasiado, le pregunto si quiere otra cerveza. Me dice que no pase el suiche hasta que él diga, que no, María Fernanda, que esa es una pendejadita que se va a resolver ya, que por si acaso, revise otra vez los bornes de la batería.
Me voy, doy un sorbo largo a mi cerveza y me voy. Decido no pagar. Que lo haga él, que al fin y al cabo me convidó para esta vaina. Cuando levanto el brazo para despedirme, Raúl mueve de arriba abajo la cabeza, asintiendo, y entre dientes le escucho soltar un “bueno pues, saludos por tu casa”.
Ayer lo vi de lejos. Llevaba un celular, ahora versión moderna, manos libres, colgando de la oreja izquierda. Iba conversando de lo lindo.

10/03/2010

Gotera

Me dispongo a dormir y escucho la gotera. Mientras uno está despierto todo pasa, esos ruidos imperceptibles se mantienen en sus trece: viven en el subsuelo, se contorsionan a sus anchas detrás de la algarabía de nuestra vida cotidiana, como si no existieran.
Pero al apagar la luz surge otro mundo. No es que no hubiera estado ahí, vuelvo y repito, sino que ciertas cosas tienen su momento, esperan agazapadas -con la mano apretando el puñal- su hora precisa.
Es lo que ocurre ahora mismo. Escucho la gotera y supongo que ella también me escucha a mí, pues la relación que entablamos pareciera sostenerse en una mutua conversa soterrada, en la secreta concepción de que uno es percibido por el otro, y así.
Al principio es un tic-tac de lo más inofensivo, diría que incluso normal cuando se duerme en una habitación con su baño inmediatamente ahí. Total, que problemillas cuya solución requieren del plomero siempre están a la orden del día y ni modo, a buscarle la vuelta al sueño porque mañana hay que madrugar, mañana hay que ir al trabajo, mañana hay que estar muy despierto por lo de la presentación en la oficina.
Pero una gotera se las trae, claro, como un dolor de cabeza o como uno de muelas, que no es poco decir. A las doce de la noche una gotera que taladra el lavamanos tiene el efecto de un misil contra cualquier trinchera onírica. Ni todo el arsenal mundial puede acabarla. Yo, que cojo el sueño por los cuernos y cuando digo a dormir es a dormir, he contado las mil seiscientas treinta y tres, y todavía la noche es joven.
Entonces me levanto y cierro a más no poder las llaves del bendito lavamanos. Parece que he triunfado porque mi enemiga no da muestras de vida ante ese ataque sorpresivo, asunto que me pone feliz y, silbando, retorno a las cobijas. Al minuto la gota hija de puta marca mil seiscientos treinta y cuatro.
Agarro la almohada más voluminosa, construyo una especie de fortaleza para taparme las orejas, pero ella continúa sacándome la lengua. A estas alturas sé que se burla, casi puedo oír sus carcajadas, y cuando le respondo con insultos ella dobla sus esfuerzos y la siento con mayor estruendo. Gotera del Averno, encarnación del mal, degenerada entrometida.
Voy a la sala por el estéreo de mano y por unos discos. Me da la impresión de que una gotera así no resiste el trompeteo del señor Armstrong y, en efecto, cuando el señor Armstrong suelta el primer solo termina por enmudecer. Respiro tranquilo, soy el vencedor, ya puedo descansar.
Uno no es más pendejo porque no es más grande. A punto de lograr dormir y duplicando ese disfrute mientras lamía y relamía el sabor de la victoria, justo cuando me echaba en brazos de Morfeo, adivine qué. Nada insólito por estas tierras, nada que pueda impresionarnos: simplemente que se fue la luz. Así como lo lee: se fue la luz. ¿Imagina usted eso?, todo me había salido del carajo, mi plan de ataque contra la gotera había dado resultado, pero vivimos en la orilla del mundo y ser orilleros de este mundo, es decir, tercamente subdesarrollados por elección propia, da al traste con cualquier esfuerzo para superar perjuicios en el momento menos esperado. ¡El-co-ño-de-la-maaaaaa-dreeeeeeeeeeeeee! Y pensar que la tenía en mis manos, ahí yacía con el pescuezo apretujado la endemoniada bicha, que en ese mismo instante rugió como un volcán y gritó otra vez aquí estoy yo.
Ni qué decir lo que vino luego. El apagón me dejó a los pies de mi verduga, insuperable a la hora de cumplir su cometido. Conté y conté gotas, ovejas, chivos y hasta dinosaurios, pero nada. Me senté a un lado de la cama, lancé improperios, escupí fuego -no quiero mencionar aquí lo que pensé contra Eleoriente-. Con el ánimo rasguñando el piso fui al baño y traté de agarrar una a una cada gota para darle su merecido. A una de ellas estrellé contra la pared, a otra la hice trizas con el puño, otra cayó destrozada en el bidet, pero el ejército que formaban terminó sobrepasándome, su superioridad numérica marcó la diferencia.
Amaneció. Llamé al plomero y respondió que lo esperara a mediodía. Mientras, no aguanté y salí a comprar un lanzallamas. Arruiné el baño, por supuesto, pero la gotera dijo adiós. Llamé al plomero nuevamente para cancelar la cita. Me sentía orgulloso: después de todo, había resultado vencedor.


10/02/2010

El lado oscuro

Todos tenemos un lado oscuro. Yo, por ejemplo, me cuido de mostrar los pies: son una camada de adefesios, con cada dedo peor que el otro, qué se le va a hacer. Y tengo una amiga a quien le da por llorar cada vez que va a un restaurante y colocan esas melodías de fondo parecidas a un apéndice del limbo, sin cuerpo y sin alma, llegando al punto de empapar mantel y piso con un aguacero de lágrimas. Pero lo más extraño le ocurre a Olegario, mi perro, que en más de una ocasión se ha creído ave y le da por pegar brincos todo el día con el objeto de levantar vuelo.
El lado oscuro, esa mácula para muchos insignificante, trae a medio mundo de cabeza. Y más cuando el portador ejerce funciones públicas, por eso de que con facilidad que para qué te cuento irrumpe en la vida de terceros así como si nada. De modo que un político, por decir lo más sobresaliente, no sólo tiene el lado oscuro tan común a cualquiera de nosotros, sino que con seguridad va a restregárselo en la cara incluso a quienes no desean verlo ni en pintura. Estos tipos se las traen.
Ha habido de todo, la verdad. Gente con el lado oscuro de lo más iluminado, e iluminados cuya oscuridad viene muy a cuento. Estos últimos, seres mesiánicos por naturaleza, piensan que son la luz del mundo y no se percatan jamás, pobrecitos, de que las tinieblas casi los engulle por completo.
El otro día me dio por caminar. En esta ciudad que es todo lo que usted quiera menos un lugar apacible para andar erguido por las calles, salí a dar una vuelta al aire libre. Frente a la alcaldía (vamos a dejarla así, en minúsculas) un puñado de sombras me llamó la atención. El lado oscuro había vencido a la luz y se veía con claridad.
Las sombras pululaban, corrían apuradas, daban abrazos y reían. El lado oscuro brillaba con ahínco.
Compré un refresco y me acodé a la balaustrada de un pequeño tarantín para observar con calma. Es curioso advertir cómo en la alcaldía deambula esa ristra de sombras, tan cargada de luminiscencia y a los cuatro vientos.
Por lo general una alcaldía es una alcaldía, algo así como el lugarejo donde un saco de políticos personifica a la desidia. Por lo general, también, cuesta Dios y su ayuda vislumbrar el lado oscuro de estos funcionarios, en esencia por tanta opacidad elevada al infinito. Pero la alcaldía de esta ciudad es una joya entre mil, una perla, o mejor, un azabache como ningún otro. La oscuridad brilla y uno termina encandilado.
Despaché el refresco y pedí otro. Me llamó la atención un perro cojo que olfateaba bolsas de basura a poca distancia de donde me hallaba: apuró el paso, aturdido, y metió el rabo entre las piernas justo cuando estuvo frente al edificio oscurecido. Entonces me di cuenta de que esta alcaldía no tiene parangón, es tan negra y gris como un pedazo de cielo a punta de tormenta. Una alcaldía para la historia, que es mucho decir a cuenta de que refocila su mediocridad y aumenta su negritud cada instante, cada día, cada semana. La autarquía enquistada en cuatro paredes oficiales.
Como dije al comienzo, todos tenemos un lado oscuro, asunto que justifica sólo a medias el lado considerable de la alcaldía en cuestión. A lo que no hay derecho, mire usted, es a exagerar. Y de qué modo.