6/27/2007

Sin palabras

A la hora de emitir juicios cada quien hace su esfuerzo. Las ideas, balas explosivas construidas luego de darle y darle a la razón, al mundillo escurridizo de la pensadera o después del consabido insomnio, exigen el trampolín que las hará salir a flote, es decir, piden a gritos la presencia del lenguaje.
Hasta aquí todo de maravillas. Pero ya sabemos, una buena idea, empaquetada en una serie de chasquidos horrorosos sin pie ni cabeza, lo más seguro es que goce de mucha pena y poca gloria. Claro, todo lo contrario también suele ocurrir: el vacío, la cáscara sin contenido mínimo cobra vida (vida gris, obvio, pero vida al fin) cuando un pico de oro suelta frases rimbombantes, edulcoradas con el ingrediente de lo que busca transformarse en relumbrón. Aquí es donde más de uno se encandila, y para cuando logra acomodar los ojos casi siempre es demasiado tarde.
En lo particular, desde muy joven me ha llamado la atención ese rompecabezas gigantesco que es un idioma. Sin él nada somos, pero lo más sorprendente es que en el toma y daca en que nos enfrascamos diariamente por la vida y por labrarnos un lugar en ella, el lenguaje nos eleva o nos aplasta, nos da oxígeno o nos hunde en la asfixia balbuceante.
Como una vestimenta que aún sin saberlo nos echamos encima, las palabras, a todo pulmón, lanzan pedazos de lo que vamos siendo: retazos deshilachados de una confusión andante que apenas si da para medio comunicarse, o fogonazos de coherencia y elegancia sustentados en el decir. Casi huella digital, la verdad es que del uso idiomático terminamos por depender, al punto de que en demasiadas ocasiones acabamos esgrimiendo (este escrito es muestra de ello) mucho menos de lo que en realidad nos propusimos.
Yo, que cuando empiezo a sentir las punzadas del aburrimiento me desconecto de todo cuanto parezca poco divertido, disfruto de lo lindo, por ejemplo, observando a los demás en la faena de lidiar con el lenguaje. Como si de una tarde de toros se tratara, veo a algunos, capote en mano, desplegando con destreza lo que les sirve para manifestarse, mientras que otros caen sin remedio destrozados por la bestia que tienen enfrente. Clase aparte es la que conforman nuestros tristes políticos (noten ustedes la relación entre la falta de habilidad para expresar ideas, si es que ellas están, y el desastre que procuran), quienes parecen no pasarla nada mal mientras dan la cómica lingüística. La mayoría sólo dice lo que puede, muy pocas veces lo que quiere. Qué más da.
El trampolín que posibilita el hecho en apariencia comido y digerido que es la comunicación, eso que permite “decir y decirnos”, como afirmó alguna vez el poeta, parece que anda de lo más enfermo. La palabra, otrora cultivada con el exacto cuidado que significa saber lo que ella implica, hoy se la pasa huérfana de usuarios y aporreada de cabo a rabo. Basta con ver a un político morir en el intento. Vale la pena observar sus pataletas, preso de sí mismo en el intento de pegar un sujeto con un predicado.
A falta de lenguaje, por supuesto, sobran las telarañas. Será por eso que entre estos señores reina en estado puro el despelote. Será por eso.

6/14/2007

En la ducha

Metido en la ducha doy con la clave. A veces hace falta darse una vuelta y mandar a la porra eso que nos trae de cabeza, sobre todo cuando a eso se le antoja enmarañarse más y más al punto de lucir total extravagancia.
Y lo hice. A la porra fue a dar el socialismo del siglo XXI. Confieso que por un instante traté de hallarle explicaciones, insistí en darle un tiempecito, algo así como cuando alguien toca a tu puerta, justo a mediodía, y en vez de un portazo decides esperar unos segundos, con la secreta esperanza de que se largue ante la falta de interés. Nada. El vendedor, por supuesto, termina haciendo de las suyas. Por fin, entre el almuerzo y el teléfono que suena, cae un monolito hecho frase: “no estoy interesado”. El tipo de Rena Ware se lleva su música a otra parte.
Pero recordemos que me estoy bañando. Entonces resbaló otro monolito desde las alturas del champú: “revolucionaria fórmula rica en Biobalance Oil Complex”, todo lo cual, según dice más abajo en la etiqueta, viene aderezado con “Clean Exterd Silicons”. Eureka. Eureka, Eureka y mil veces Eureka. Que un líquido para limpiar el pelo sea un líquido revolucionario, a todas éstas, logró que frunciera el ceño. Pero lo otro, el Biobalance, el no sé qué Complex y para remate de males aquello del Exterd Silicons, la verdad es que fue la gota que derramó el vaso, además de la aclaratoria del misterio.
La revolución bolivariana tiene mucho de champú. El socialismo del siglo XXI, si a ver vamos, es primito hermano del Exterd Silicons, no sólo por lo revolucionario sino por lo estrictamente hueco. Tan hablachento es lo uno como lo otro. Echándole una mirada algo más profundilla, uno llega a la conclusión de que la publicidad es la madre de esta indigestión léxica. ¿Qué significan todas esas frases? ¿Qué traen a colación? ¿Qué sugieren o qué explican? ¿Qué denotan en el ámbito de los conceptos? Respuesta: nada en lo absoluto. Desde el horizonte semántico son disparates que se muerden la cola, es decir, no dicen media idea queriendo decir algo. Sirven, eso sí, para la venta. Suenan bien. Llenan con aire un vacío.
Pero hay más. El desabrido socialismo del siglo que recién empieza, frase monumental, punta de lanza a la hora de las loqueteras ideológicas, remolcó del sanatorio par de polizontes la mar de rimbombantes. El socialismo del siglo XXI se encaramó en la espalda dos chasquidos de la lengua, que a la sazón son la misma paja pura: "refundación" y "reinvención". A estas alturas, ya en bata, frente al espejo, cojo el cepillo y lo unto con dentífrico. Me doy cuenta de que aquél vino con cerdas nada menos que “Cross Action”, asunto sospechosamente legible en el mango de mi Oral B, cuestión que me pone los pelos de punta. Si no fuera porque el alto gobierno, pobrecito, va de mal en peor con eso de los espías, el terrorismo, el golpismo y el fascismo, comenzaría a darle vueltas a la idea del complot contra un simple ciudadano. Como la CIA es de oposición la enviaría al diablo desde ya. Pero la inteligencia gobiernera pudiera estar detrás. Son casualidades, comprenderá usted, para ser tomadas muy en cuenta. Primero el champú y luego el cepillito: la revolución metida hasta en el baño.
Pero a lo que iba: desde "refundar" la patria hasta "reinventar" la CVG, la champuceada de estos personajes, o sea, el dentífrico que se comieron tanto refundadores como reinventores, produjo efectos cuyo desbarajuste es a la enésima. Todavía giran fuera de órbita. Sin un mínimo cambio más allá de las palabras, juran por el Che, por Fidel Castro o por Mugabe, qué más da, cambiar la realidad. Entonces la inflación se viene a pique, el desempleo hace zas y coge su camino, el hampa agarra sus corotos, monta su cooperativa y se larga, todo gracias al inefable INE, ese Instituto Nacional de Estadísticas con el pelo muy aseado y los dientes pulquérrimos a fuerza de Oil Complex Biobalance y Cross Action de verdad verdad.
Acabo de lavarme los dientes y ya medio neurótico decido hurgar un poco más. Lo del complot y demás, aquello de que el Estado acaba por introducirse en tu closet o en tu baño, según totalitarismos tipo Cuba, exURSS o Corea del Norte, no es cosa de poca monta. Por no dejar examino el gel de baño, que tiene “esferas de vitamina A y E”. Le echo guante al acondicionador, que termina revelando su socialismo del siglo XXI como si nada, pues dice en la carátula que da brillo gracias al “complejo de Hidra-Silic”. Lo de complejo pasa, la verdad, aunque el complejo azucarero explota en plena cara, pero lo de Hidra es ya el colmo. Semejante monstruo sí que no lo aguanto en mi bañera. De la Schick Exacta, quién lo hubiese imaginado, afirma el cartoncito que llegó con “Micro cabezal”. Vaya usted a saber. Pero lo ya insoportable, el non plus ultra de la revolución globalizada cae en el desayuno, justo con el frasco de las vitaminas, potenciadas con “Glucosamine+Chondroitin Plus de FDC”. Esto sí que es socialismo dentro del socialismo, del siglo XXI y hasta del XXII. Lo endógeno endógeno que te alimenta en pastillitas. Al demonio.
A veces falta darse una vueltecita y mandar a la porra eso que nos trae de cabeza. Así es. Haga usted también la prueba.

6/06/2007

Sigmund Freud es el camino

Cada quien se cuelga de greñas freudianas para acercarse a lo que quiere. El universo de los anhelos es tan complejo como caprichoso, y ahí estamos para hacernos sentir: resulta que el ámbito de lo onírico nos trae como nunca de cabeza, al punto de que pegarse el premio gordo, el kino de las ilusiones, pasa por el tamiz del doctor Freud.
Y no es para menos, toda vez que a punta de inflación o desempleo cualquier ingreso explota en caída libre. Arañar por aquí y rebuscarse por allá es una modalidad que ocupa altos lugares en la cotidianidad, asunto nada desdeñable a la hora de buscarle explicaciones a tanto triple, boloñazo y otros juegos.
Pero Sigmund Freud es el camino. Desde que abrió el hueco por donde las antípodas -es decir, la consciencia y la inconsciencia- pueden finalmente darse el abrazo que las pone a merced de la razón, pues nada, basta con una siestecita para que muchos cubran de oro su futuro, o imaginen derrumbados todos los obstáculos. El dinero, mire qué cosas, espera a la vuelta de la esquina.
El mundo de los sueños es también el mundo de las nuevas esperanzas. Como sudar la gota gorda implica sudar la gota gorda, siempre es importante tener a mano el botón de acceso a la felicidad, que dicho sea de paso ocupa justo el tiempo de gritar bingo a mandíbula batiente. Soñar en clave de cheque es el mejor soporte, un colchón para que reboten las durezas de la vida.
Como para el creador del psicoanálisis los sueños consisten en realizaciones simbólicas de aquellos deseos ubicados en el cuarto oscuro, o sea, en el inconsciente, soñar es darse de nariz nada menos que con la concreción de lo que se desea, sólo que para ser desentrañada exige un aporte intelectual, un pelito de neuronas, pide a gritos que la razón introduzca sus pezuñas para que la felicidad reine cuando despertemos. Soñar con la vecina, con el gato y con un primo que no vemos desde los dos años, puede sugerir el cuatrocientos veintitrés. Roncar a pierna suelta y entrever a la tía Juana con cola de gallina y trompa de cochino, quién quita, da para pensar en el ciento veinticinco. Y así.
Con Freud a la vanguardia no caben medias tintas, la vida psíquica anda parejita con esta otra llena de cafés, corre corre y necesidades. Entre lo inconsciente y lo consciente, o lo que es lo mismo, entre el sótano y la azotea, median peldaños que terminan por darle forma a una escalera en caracol. Allá al fondo está su número. Ocupa la suerte el vaivén de sueño y duermevela. Mire usted, quién lo hubiera sospechado.

6/04/2007

No entiendo

Tengo un amigo autodenominado progre que acuchilla mi columna en este diario aunque afirma no leer jamás Correo del Caroní. Mi amigo progre odia el mercado, pero ha escrito libros y usted puede comprarlos en cualquier librería de este país. La otra vez, el amigo progre que prefiere un colectivismo porque sí a una economía menos dependiente de partidos y burócratas, olía a Santos, de Cartier, y se mostraba muy a gusto en el climatizado espacio de su Ford, cosa burguesa por antonomasia.
Lo peor es que mi amigo progre cree ser un progre. Ser progre, claro, a su juicio implica hablar bien de Fidel Castro, escupir la bandera de los gringos y gritar con ardor que la revolución bolivariana es la revolución bolivariana así como su progresía es su progresía. Mi amigo progre espanta la mala conciencia cada vez que pisa el freno de la Explorer en el semáforo donde habitan los waraos, para extenderles una mano progre a la que no le importa desprenderse del dinero que, total, es solaz para oligarcas y único alimento de capitalistas.
Mi buen amigo progre me mira con desdén. Y a veces incluso con lástima. Lo que escribo, afirma, no es más que “prosa occidental”, cuestión que me deja perplejo, o sea en el sitio, por lo traída de los pelos. Como si él fuera taiwanés. Dice mi amigo que la miseria y los más necesitados son la médula y el por qué de un gobierno que se debe a ellos, y cuando termina la frase remata con un rictus en la cara que supongo es tan progre como sus ideas. Entonces coge fuerza y empieza a hablar de las misiones, colmo de los colmos, a lo que interpongo de inmediato la nada progresista barricada de un partido de fútbol. Y así.
Mi amigo progre se siente feliz. Si por él fuera, la pompa de jabón en la que vive envolvería a la Tierra, asunto que hubiera terminado por hacernos más alegres, menos miserables, más sensibles y hasta más inteligentes. Una de las razones de su felicidad es que hoy en día aquí, lo que se dice en Venezuela, la gente sufre menos. Al pedirle las razones, empieza otra vez la misma historia, pero lo detengo en seco: justo cuando se dispone a hablar de las misiones grito goooool, y asunto resuelto. La vinotinto, por lo visto, sirve como tema progre en el abanico de las conversaciones políticamente correctas para un progre.
Las neuronas progres de mi amigo hacen sus sinapsis de manera sorprendente. La realidad que a cualquiera se le quiebra en el pescuezo finalmente pasa como anillo al dedo en su cerebro. Nada. Corrupción, inflación, manirrotismo o demagogia tuvieron fecha de nacimiento en aquel mundo contaminado que dieron en llamar Cuarta República, lo que ameritó a estas alturas fecha de caducidad, variable pero fecha al fin, sin que temblara ningún pulso: 2021, 2030 ó 31, qué más da.
Pero ya digo, mi amigo progre es un hombre feliz, bendito sea. Y bien intencionado, además. Se detiene en los semáforos para lanzar unas monedas, se entusiasma ante discursos del rollizo líder, jura que esta tarde o a más tardar mañana será la invasión yanqui, cuyo fin llegará pronto por mecanismos asimétricos. Cree religiosamente en la ruta de la empanada, del chocolate y del casabe. Yo no entiendo a mi progre amigo, la verdad. Sobre todo porque es más inteligente que progre, pero así es el mundo. Un progre de verdad es otra cosa, por supuesto. Sigo sin entender nada.

El obseso

Hay gente que se preocupa demasiado, y con razón. Existen otros que viven atacados por las penas, por las calamidades, y resulta que buena parte de sus tragedias ocupan sólo algún lugar extraño del cerebro, para el que lo imaginario, en este caso sentirse mal, preocuparse o volverse paranoico, es cosa de lo más normal.
El otro día vi a un tipo en la carrera Upata que es esclavo de sus obsesiones. Resulta que el señor, embutido en flux azul marino, pala en mano se ha puesto a hacer un hoyo cuya desembocadura, según él, lo arrojará a la China.
Luego de ver lo insólito por cualquier costado, aún después de que lo inimaginable se cuele por techos y ventanas -y uno ahí, acostumbrado a presenciarlo-, digo, luego de semejante arsenal, que un hombre enfluxado cave el hueco de su vida porque quiere ir a parar a tierras de dragones, tiene bastante sentido. ¿Asombrado?, vaya a la carrera Upata y ahí encontrará al individuo del que hablo, con su obsesión casi materializada. Y es que hay obsesiones de obsesiones. Unas son políticamente neutras, por ejemplo, mientras que otras llevan su carga de perjuicios, también políticos, que para qué te cuento. Las hay inocuas, muy deseables, porque sirven para pasar el rato, para distraerse en una cola en vez de estar mirando el techo, pero también pululan las verdaderamente patológicas, peligrosas por donde las mires, sobre todo aquellas que afectan a los otros en razón de que aterrizan en la arena pública vía abuso de poder. Pero decía que en la carrera Upata, a mediodía o atardeciendo, el obseso que nos toca ve crecer el hoyo que lo depositará en otros espacios y culturas según avanzan las semanas, y cada vez que mi esposa me pide que la lleve a Pórtico (muy cerca del abismo que les cuento) lleno de curiosidad observo al tipo que un buen día caerá de bruces al otro lado de este mundo.
-Buenos días
-Buenos días
-Trabajando, ¿no?
-Pues sí
-Yo también debería, pero me tomé unos minutos para ir con mi señora a Pórtico, usted sabe.
-Ahhh
-¿Y qué es lo que hace usted?
-Abro un foso que me llevará a la China, y usted?
Un obseso es sólo eso, un obseso, y si a ver vamos cada quien tiene su toque, no me lo vaya a negar. Recuerdo una etapa de mi vida en la que juraba, cada miércoles ya casi anocheciendo, que amanecería engripado. Apenas se hacían las seis comenzaba a molestarme la garganta, por lo que al día siguiente era un tirito al suelo que me despertara hecho un guiñapo. De modo que el obseso de esta calle tiene que ver conmigo, aunque la suya sea una obsesión geográfica mientras que la mía únicamente biológica, pero en fin. Estoy seguro de que usted también guarda sus cuentos, cosa además nada criticable, porque si a ver vamos de músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco.
El obseso de la carrera Upata y el obseso que a diario llevamos dentro se parecen bastante. Tengo unos amigos que juegan a los detectives y la obsesión consiste en creerse el asunto de pé a pa. Resuelven crímenes que para la policía resultaron ser unos cangrejos. Usted los ve como dos niños grandes, hurgando en las páginas rojas de los diarios, atando cabos, haciendo deducciones, y llega un momento en que Sherlock Holmes termina por ser un aficionado. Entre el obseso que llegará a la China, el otro que pesca resfriados semanales y quienes aclaran enredos policíacos al más puro estilo de Poirot, media un hilo delgadísimo, tan imperceptible como la obsesión que ahora mismo anda rondándonos la chirimoya.
Y cualquiera piensa que es un dechado de cordura. Viéndolo bien, en lo que a humanos respecta, da la impresión de que todo obsesionado vive en estado natural. Lo otro es locura pura, monda y lironda, eso que notamos en las calles o en la panadería. Creerse normalito, ajeno al diván y al señor Freud es la obsesión de muchos, diría yo. De la mayoría, claro está. Quién lo hubiera imaginado.

5/18/2007

Chuang Tzú, Borges y el señor Cortázar

Siempre he soñado. Desde que tengo uso de razón lo hago a diario, y por supuesto ha habido de todo: sueños de lo más hermosos, coqueteos con la maravilla hecha mujer -sólo por dar un ejemplo-, de los que al despertar queda un aire de cruda decepción, pero también sueños espantosos, pesadillas que literalmente me obligan a abrir los ojos envuelto en un estado de espasmo total, de miedo atávico, de sudores e insomnios que duran el resto de la noche.
Impulsado por la curiosidad, desde hace tiempo me dio por investigar el mundo de lo onírico. Me explico: porque me llama la atención que desde la infancia y hasta hoy haya soñado cada noche con puntualidad de reloj suizo, justamente por eso decidí averiguar el significado de los que en apariencia pudieran resultar más reveladores.
Para ellos, para esos sueños inquietantes, por supuesto, existe todo un mundo. Semejante propósito, el de estudiarlos con ahínco de entomólogo, implica sumergirse en teorías de diversas perspectivas, en horizontes que se pierden de vista, en concepciones una más atractiva que la otra. Desde el horóscopo tradicional, ese que conocemos por su presencia en revistas y periódicos de cualquier pelaje, pasando por la filosofía china y terminando en el psicoanálisis freudiano, mi interés fue llevándome a escudriñarlos poco a poco, a indagar en las posibles razones, y desde luego en las diversas explicaciones de cuanto me ocurría.
Pero confieso que nada sólido pude entresacar de mis andanzas. Ni de la montaña de libros consultados, ni de las horas entregadas a dialogar con entendidos sobre el tema. Nada logré y, en contrapartida, obtuve mayor desconcierto, frustración y decepciones. Los sueños, Segismundo, sueños son.
De entre los miles que he tenido, vale la pena sin embargo traer a colación sólo algunos que supongo podrán interesar al lector, si no tanto como a mí, quizás sí lo suficiente como para que prosiga con este fajo de cuartillas pegado de los ojos.
Desde hace cuatro o cinco años, cuando soñar día a día, como he dicho al comienzo, era para mí una actividad tan normal como ir al baño, mis sueños dieron un giro tan brusco como inexplicable y tan extraño como misterioso. Comencé al principio por experimentar cierta dificultad para dormir, cosa que jamás representó mayor problema en mí, salvo cuando había razones de cansancio, de preocupaciones o emociones muy intensas, que dicho sea de paso tampoco es que ocurrieran demasiado. Por lo general al cerrar los ojos dormía como un bebé. El cambio, sin embargo, empezó a darse justo en una noche de Navidad. Esa noche soñé mucho, muchísimo. Y entre otras cosas soñé con una sombra.
Era de mujer. Con absoluta nitidez en mi sueño se perfilaba una sombra femenina, no me pregunten cómo o por qué, a lo que se añadía una convicción tajante: llevaba faldas ni muy largas ni muy cortas, botas, y una especie de sombrero llamativo con una rosa acomodada al lado izquierdo. No más desperté salí a la calle, y debo decir que el más helado de los temblores me recorrió hasta las uñas. La mujer de mi sueño salía del café al que yo entraba.
No dejé de pensar en lo anterior durante todo el día. Estaba perplejo, no hallaba pie ni cabeza a semejante experiencia, lo cual me impidió llevar a cabo las actividades que normalmente emprendo sin perturbaciones, hasta que llegó la hora de acostarme. En medio de no pocos inconvenientes para lograr dormir, a menudo imbuido en el vaivén que implica estar entre sueño y duermevela, logré relajarme un poco. Otra vez soñé, como de costumbre, y lo hice con el mar. Soñé con agua, con costas, casi sentía el salitre en plena boca. Vislumbré entonces lo que supuse era una playa, y en efecto, al cabo de unos instantes pasó ante mí un sin fin de personajes variopintos, algunos echados sobre la arena, otros metidos en el agua. Vi a un niño caminando, de la mano de su padre. Al día siguiente, lo juro por lo más sagrado, ese chico atravesaba la calle, también tomado de la mano, a pocos metros de donde me hallaba.
El psicoanálisis, dice Nicola Abbagnano en su famoso Diccionario de Filosofía que me di a la tarea de escrutar en todas sus entradas y en cada uno de los términos relativos al hecho que se erguía ante mí, “es esencialmente una tentativa de explicar la vida del hombre”. Y los sueños, en fin y para no aburrirlos, “serían expresiones deformadas y simbólicas de los deseos reprimidos”. La verdad es que no dudo del bueno de Abbagnano, pero el carácter insólito de lo que soñaba carecía de explicación convincente si atendía sólo a sus palabras. Sentía abrirse un vacío, un abismo que al parecer no tenía fondo, lo que me llevó a continuar mi búsqueda acercándome a otras fuentes en procura de algo más de sosiego. Lo mismo sentí con cada escuela -los lacanianos son un desastre, déjenme decirles- a la que me aproximé con el propósito de dar sentido a cuanto me intranquilizaba.
Nada sucedió. Repito, no encontré ayuda en mis indagaciones, ni mucho menos solución alguna. Seguí soñando cada noche hasta el sol de hoy, pero con la diferencia de que en el presente me importa un comino quiénes se cuelen en mis sueños. A veces tengo experiencias cargadas de un humor espeluznante, como por ejemplo ayer mismo, cuando me topé con una amiga que hacía más de veinte años no veía. O eso creía yo. Escudriñaba artefactos en una tienda de electrodomésticos en la calle Miranda de Upata y era ella, juraba que era ella. Al entrar al local, saludarla con efusividad y luego de una amplia sonrisa estrecharle la mano y abrazarla, la pobre comenzó a gritar histérica, golpeándome a la vez con un paraguas que llevaba entre las manos. Aparte del extremo patetismo de la escena, ya recuperado de la vergüenza y habiéndome excusado muchas veces con la asustada mujer, llegué a la conclusión de que la tal señora no había existido antes salvo en el mundo de lo onírico. De ahí creí conocerla, claro.
Cansado de los chascos, de las equivocaciones, de la confusión inmensa que me producen estos sueños mezclados sin pudor con la vida real monda y lironda, hoy por hoy paso por alto lo que veo en ellos, usted sabe, para evitar males mayores. De cualquier modo, no dejo de preguntarme en ocasiones qué significarán, qué querrá decir ese universo que nace de mis entrañas inconscientes y por qué me ocurre todo esto. Con el tiempo fui perdiendo interés en el asunto, pero, comprenderá usted, es que de vez en cuando me muerde el gusanillo de la duda, me invade la incertidumbre y la curiosidad, y siento ganas de lanzarme otra vez a buscar ciertas respuestas. Pero en fin, sueño con algo, con alguien, y ese alguien termina a mi lado en la panadería, pidiendo una canilla y una lata de refresco. ¿Qué más da?, la realidad es tan enigmática como los sueños mismos, y si a ver vamos, uno nunca sabe si de verdad está despierto o continúa como un lirón, roncando a pierna suelta. Me sirve de consuelo, eso sí, una vieja conferencia de Jorge Luis Borges que atesoro desde hace meses, pronunciada a propósito de la literatura fantástica -especialidad que cultivó con maestría- y en la que en un pasaje se refirió a Chuang Tzú, según sus palabras místico chino del siglo V antes de nuestra era: “Chuang Tzú soñó que era una mariposa, y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre”. Como para caerse de culo. A lo mejor la realidad es esa otra, la que irrumpe a la hora de dormir, y esto de ponerme a teclear para decirle a usted lo que llevo dicho hasta ahora es un sueño que ni modo, terminará como si nada, como finalizan ciertos sueños de un momento a otro: pellizcados, acabados, en la ducha y en pos del desayuno. Ahí está Cortázar y La noche boca arriba, verdadera obra maestra, sugerente como el señor Tzú. ¿No ha leído aún ese relato?, ahí hallé mucho de lo que ahora sirve para mitigar la incertidumbre, esclarecer el pensamiento y aceptar la realidad sencillamente como lo que es: un todo que trasciende lo evidente, lo percibido de la epidermis para allá. Qué horóscopos, teorías freudianas ni qué ocho cuartos. Para variar, con razón el mismo Borges llegó a escribir: “mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de ella, que va siendo ya lo mismo”. Cuánta verdad en esas líneas. ¿Por qué continuar buscando más?.

5/03/2007

Un hombre feliz

Subía yo por la avenida 4 cuando me percaté de que no tenía cabeza. Así como lee: no tenía cabeza.
En un primer momento, comprenderá usted, el susto fue mayúsculo. No daba crédito al reflejo que arrojaban las vidrieras cuando pasaba frente a ellas. Tenía ante mí un tronco, un par de piernas y unos brazos moviéndose acompasados, pero sin la presencia de esa protuberancia unida al cuello adonde van a parar nariz, ojos, orejas y rostro.
Sentía mi corazón como una máquina a punto de estallar, algo parecido al ruido que emiten los carros descompuestos, casi desahuciados por el uso y el abuso. Mi corazón iba a salírseme del pecho, por lo que tomé la decisión de detenerme, justo frente al gran espejo de Farmatodo, y aspirar profundamente el aire que a todas luces me faltaba.
Me pellizqué, me froté la cara con las manos, y fue entonces cuando comprendí que era definitivo. Me había transformado en poco menos que un engendro. Lo que llegué a contemplar, incrédulo y estupefacto, era un monstruo. Decir que me froté la cara con las manos es decir una mentira, claro. Por mucho que intenté dar con ella, con eso que pierde relevancia para la conciencia por tratarse de una presencia tan natural como el hecho de tener pulgares o vellos en la piel, precisamente por eso, únicamente atiné a lanzar brazadas que se ahogaron en un vacío que fui incapaz de explicarme por más vueltas que le di al asunto. No lograba controlar las piernas. Sentí náuseas. Lloré. A todas éstas, lleno de pánico e impresionado a más no poder, a punto de perder el juicio, pensé en examinar mejor mi situación, intenté ganar algo de calma para luego analizar con mayor detenimiento todo cuanto me ocurría. La calle no se me antojó el mejor de los lugares para un examen a fondo del sitio de mi anatomía en el que debería hallarse mi cabeza. Fue cuando pensé de pronto en Jaramillo.
El viejo Jaramillo tenía un café sucio, mal iluminado y peor ventilado, justo a pocos pasos de Farmatodo. Bastaba cruzar la calle, bajar unos metros en dirección al viaducto de la 26, y entonces darse de bruces con el lugarejo, que dicho sea de paso carecía de nombre, de letrero que fungiera como identificación, de algo que al fin y al cabo pudiera servir de gancho llamativo a la hora de atraer posibles clientes. Jaramillo tenía su cuchitril casi al lado del Santa Rosa, otro café, pero éste sí, uno de ésos como Dios manda, saturado de coquetas, pulquérrimas mesitas dispuestas en hileras con manteles impecables y oloroso a grano colombiano, recién molido y listo para ser utilizado. Pero no nos dispersemos. La cuestión es que se me vino a la mente (iba a decir a la cabeza, qué ironía) Jaramillo porque en el baño de ese antro había un espejo que me serviría. Decidí encerrarme para escudriñar mi cuerpo sin molestias, sin transeúntes.
En efecto, llegué al café de Jaramillo, un viejo cascarrabias, inteligente y buen conversador (¿qué más puede uno exigir cuando se dispone a disfrutar de un marroncito?) y en la desesperación casi dejo las sienes en la puertecilla del baño, cosa de lo más curiosa, porque aún sin el menor rastro de cabeza encima de los hombros, actuaba, pensaba y podría decirse que hasta sentía como si dispusiera de ella. Gracias a Dios no había nadie, por lo que giré apurado el mango y me introduje, sintiendo otra vez el corazón en la punta de la lengua. Ya adentro me aflojé el nudo de la corbata, tiré el maletín a un lado, coloqué el manojo de carpetas, cuadernos y otros documentos encima del lavamanos e intenté verme de frente.
Nada. No había nada. Un golpe de desánimo me acribilló el pecho. Sentí las lágrimas brotar otra vez, el cosquilleo sutil en su camino cuesta abajo a través de las mejillas. Entonces traté de consolarme de todas las maneras imaginables. Por último, recé un Padrenuestro, luego un Ave María, los que de algún modo actuaron como apaciguadores: el efecto hizo que pensara con algo más de nitidez, al punto que reconsideré mi estado, no tan perdido ahora como supuse en un principio.
Pensé en Kafka, en el pobre Gregorio Samsa convertido de buenas a primeras, sin ninguna explicación, en un vulgar bicho, en insecto repugnante. Pensé además en las historias de Indias, esas leyendas y cuentos inverosímiles que había leído con fruición desde mi época de estudiante en esta misma ciudad. Como si presenciara una extraña proyección cinematográfica, para mi asombro y sin el menor asomo de dificultad, vi con claridad las enigmáticas ilustraciones de un libro que prácticamente había olvidado, uno de Mandeville en el que seres descabezados habitaban la antigua región guayanesa más allá de los tiempos prehispánicos y hasta la llegada de Colón. En lo que hoy es Venezuela Walter Raleigh supuso haberlos encontrado, según lo refiere un estudioso de seriedad incuestionable como Vladimir Acosta en su edición de El continente prodigioso, llevado a la imprenta por la Universidad Central de Venezuela. Un prodigio, eso era. Y un prodigio, pues, acabó siendo mi nueva realidad.
Me sentí perseguido, expulsado de un imaginario medieval que, más que imaginario, resultó una concreción verídica, tan real como el hecho de que hoy en día sea un hombre sin cabeza. Mi condición y el lugar de donde vengo no dejan lugar para la duda, lo que trae a cuento cierta pesadez, cierta irresoluble confusión, típica de las cosas que están ahí, que existen, que te agarran por el cuello y te obligan a fruncir el ceño, pero que no comprendemos ni podremos entender jamás del todo. Yo encarno el paso de una realidad a otra que antes sólo vislumbraba en las ensoñaciones de Julio Verne, de Salgari, de H.G. Wells en sus mejores obras, y tal verdad me alegra de una forma indescriptible. Como por acto de magia se esfumaron los temores. El acéfalo que desde ese mismo instante acepté ser vive ocupado en otras cosas, tan o más interesantes, e incluso fascinantes, que las ejercidas por un sencillo profesor universitario, ocupación que era mi oficio hasta aquella fecha memorable, al punto de que en el presente resultaría terrible, impensable, muy triste además, retroceder a mi antigua vida, tan mediocre, tan gris, tan predecible, tan llena del lugar común que define por antonomasia a los humanos. Esta es mi historia, y es una historia de alegrías. He logrado ser, qué duda cabe después de tantos años, un hombre feliz.

4/25/2007

El gordo Herrera

El tuerto Rojas y el gordo Herrera vivían en el pasado. De niños el tuerto no era tuerto y el gordo era flaco como un silbido, pero ya se sabe, los años procuran cambios e incluso, a veces, obran milagros.
En la posada de Irina, lugar donde hicimos nuestro nicho en buena parte de la vida universitaria, el gordo Herrera ocupaba la habitación contigua a la mía mientras que el tuerto Rojas dormía enfrente. De ambos guardo los mejores recuerdos, aunque uno de ellos resulte en extremo fascinante.
Un día el gordo no llegó, lo esperamos como de costumbre el tuerto y yo para fumar unos cigarros, hablar de Borges, de Cortázar, de música, de mujeres y empujarnos unos rones, pero no llegó esa noche. Ni la otra. Ni tampoco la siguiente.
-He encontrado el amor de mi vida -dijo tranquilo a su regreso-.
-¿El amor de tu vida? -preguntó el tuerto fingiendo desinterés-.
-Pues sí, el verdadero, el único y eterno amor de mi vida -respondió el gordo de lo más convencido-.
-Lo que vas a encontrar es una coñacera de mi parte si vuelves a asustarnos así, gordo hijo de puta -mugió Rojas sin considerar quién pudiera escuchar sus alaridos y sin importarle la cercanía de doña Irina-
El gordo Herrera era así, enamoradizo y, en el fondo, ingenuo hasta reventar. Cierta vez se aturdió por una chiquilla de Alta Vista, hermosa por donde la miraras, pero demasiado para un gordo sin nada que ofrecer en esta vida, según comentó ésta a Rosa Delfina Córcega, amiga, exnovia y compañera de universidad del mismo gordo. Pasó ocho días encerrado, cuatro sin comer, tres sin probar agua, y al noveno salió como una tromba de la habitación para convidarme a mí, y por supuesto al tuerto, a que lo ayudáramos con ese despecho que le comía el alma. Tres o cuatro bares de Castillito resultaron suficiente: al día siguiente el buen gordo, aparte de una resaca monstruosa, juraba haber rejuvenecido. La chiquilla de Alta Vista no era más que un recuerdo hecho cenizas.
Por lo visto, parece que la historia se repite. El gordo ama con desesperación a Laura González de Alcibíades, casada como podrán notar, única culpable de su taquicardia permanente, de su falta de apetito, de sus desvelos cotidianos y de sus ensoñaciones infinitas. Laura González de Alcibíades es el amor de su vida, no se cansa de repetirlo adonde quiera que va, y ya no hay fuerza sobre este mundo capaz de arrancársela del pecho.
Se lo dije una vez, y otra vez y otra:
-Gordo maricón, déjate de ésas, búscate una menos enrollada. Búscate una ninfa de la universidad, solterita, o a lo sumo deslumbrada por un patiquincito con Ford Fairlane y chequera. Búscate una lechuguita fresca, una tierna, una carajita que esté como Dios manda, una mamita, pues.
Si hay alguien terco en esta vida, ese es el gordo Herrera. No, por supuesto que mandó para el carajo toda intromisión, cualquier palabrerío en contra de una hembra llamada Laura González de Alcibíades, casada, sí, pero la verdad sea dicha: un hembrón, compañero (la vi de lejos días después, cuando el gordo quedó en encontrarse con ella al salir de la Unexpo). Un hembrón que daba al traste con la lógica y la sensatez, con el más mínimo sentido de la prudencia y la sindéresis. Una hembra fértil, con las feromonas a tope, con esas piernas de infarto y unas tetas, caballo, que en vez de tetas parecían las almohadas del paraíso.
Cuando cayó al pavimento, estoy seguro de que el gordo Herrera sólo pensaba en su Laurita. Imagínense ustedes, en pleno siglo XX un enamorado muerto de un pistoletazo por retar al otro a duelo. Así como lo leen: el gordo Herrera cayó, pum pum, largo a largo porque el señor Alcibíades desenfundó primero.
El tuerto Rojas no ha dejado, aún hoy, de hablar de aquel asunto. Fue él quien apoyó, sin un ápice de duda, al gordo en su locura. El tuerto Rojas despachaba con voracidad, olvidé decirlo antes, cuanta novela, tratado o pasquín del romanticismo europeo y latinoamericano cayera entre sus manos. Nerval, Isaacs, los autores franceses y alemanes. Eran su vicio incurable. El alma romántica y el sueño, la obra maestra de Albert Béguin, figuraba entre las lecturas obligatorias que con placer ocupaban sus energías y su tiempo. Fue un aficionado empedernido a la noche, a los tugurios, a los libros de corsarios y de mosqueteros, por lo que la idea del gordo Herrera le pareció desde el principio una manera sublime, hermosa a más no poder, de resolver el nudo amoroso que no le dejaba paz. Recuerdo que el Correo del Caroní informó lo ocurrido con apego a los hechos, pero sin mencionar lo principal: se trataba de un muerto por amor, por enredos pasionales, sí, pero era un muerto del siglo XIX, un romántico enloquecido que mordió el suelo de la calle China, en Villa Asia, a las tres de la mañana luego de que un proyectil le atravesara de cabo a rabo el cráneo. Alcíbíades no tuvo otro remedio. Cogió el arma que el tuerto Rojas le ofrecía, un 38 cañón corto que descansaba sobre un cojín rojo y pequeño (lo de “desenfundar” fue sólo un decir), y obligado por el mismo gordo, por el tuerto y por mí (lo habíamos secuestrado y obligado a atender, prácticamente a golpes, el reto que dos días antes le había lanzado el pobre Herrera) tuvo la habilidad, el tino, la suerte o qué sé yo, de poner la bala donde puso el ojo.
Así fue como el gordo se quedó para siempre en el pasado. Vivió en el siglo XX, desde luego, pero era un ser de otros tiempos, un personaje que parecía sacado de una novela de Dumas (quién quita si el mismo Dartagnan, vaya usted a saber). Lo cierto es que el gordo Herrera cayó fulminado a las tres de la mañana, pero con las meras tetas de su Laura encajadas entre ceja y ceja, no faltaba más. Después de eso, claro, la vida siguió como si nada.

3/26/2007

Naturalezas muertas


Siempre he preferido la vida. Será por eso que no logro explicarme la pasión de un amigo por coleccionar mariposas, clavaditas ellas y demás con alfileres de colores en el fondo de una caja que huele a naftalina.
Mi buen amigo afirma que es naturalista. A todas estas, me pongo a pensar en semejante adjetivo, que tiene mucho de jactancioso, y sólo vislumbro a un tipo que va a La Llovizna a merodear, come galletas Kraker Bran y sacrifica mariposas cuyas alas extiende, cuales trofeos, en su particular cementerio de animales.
Mientras escribo recuerdo instantes de mi infancia, flashes que llegan a la memoria como martillazos, secos e intensos, y me veo comprando barajitas. La naturaleza, que de niño suponía, y por fortuna supongo todavía, impregnada de sol, aire libre, montañas azules y mariposas zigzagueando sobre el pasto, si a ver vamos cabía en cromos que irían a parar, obviando alfileres de por medio, en el santo lugar de un álbum de figuritas. Nuestras colecciones eran eso: el dibujo o la fotografía que enseñaba las fauces de un león o el cuello ridículamente inmenso de alguna jirafa. Menuda diferencia con el naturalista de marras.
Pero mi amigo tiene sus ocurrencias. Una de ellas es que el cementerio sirve para conocer mejor a esas criaturas. Dígame usted. Yo solamente frunzo el ceño. No sé, huele muy mal tamaña justificación, tiene pinta de una excusa como otras. Lo cierto es que la caja que huele a naftalina ocupa lugar privilegiado en la sala de su casa, y como un florero más, o una pintura o una obra de Lladró, pasa los días expuesta a la mirada de curiosos, de gente que ve en la crucificción de mariposas un exotismo digno del naturalista que traga Kraker Bran, quiere a los perros como a nadie y apoya con vehemencia el protocolo de Kioto. Me da por pensar que a estas alturas mi amigo, más que un inocente amante de lo natural y otras cantaletas por el estilo, tiene cierto parecido, por eso de asesinar en serie, con el más famoso entre famosos, con el señor Jack, el mismísimo Destripador.
Repito, siempre he preferido la vida. Entonces tengo la impresión de que una mariposa o un saltamontes o un batracio, incluso una sanguijuela, son milagros que aporrean los ojos precisamente por milagros, por chorros de vitalidad, y ahí están, al alcance de la mano. Así como un poro de la piel, en su humilde existencia, en su aparente insignificancia, encierra nada menos que una clase magistral de poesía, cualquier mariposa es un soneto gongoriano volador, una pieza literaria alada, un aria de cualquier ópera que se respete incrustada de pie a cabeza en pocos milímetros de colorido y perfección, por lo que destriparla vía alfileres me parece la barbarie personificada en naturalista más que degenerado. En fin, cada loco con su tema. Unos atraviesan cuerpos vivos para satisfacer afanes decorativos en los salones de sus casas, y otros se meten a vegetarianos. Mire usted, vaya que hay de todo. Mi amigo naturalista jura por su madre que es amante de la naturaleza. El otro día me hizo llegar un documento para que lo leyera y suscribiera, contándome entre “los abajo firmantes”. Una proclama a favor del morrocoy guayanés, que está en vías de extinción y blablablá. Su rúbrica encabezaba el manuscrito, seguida de otras, supongo que de naturalistas y no tan naturalistas. Firmé, claro, y luego me encogí de hombros. Una certeza atravesó mis neuronas: el buenazo de mi amigo, por más firmas en comunicados o palmaditas que dé a sus perros antes de salir para el trabajo, es un verdadero amante, sí, pero de las naturalezas muertas.

3/06/2007

Neuronas y páginas

Entrar en una biblioteca es como pasear por un cerebro humano. Anaqueles, obras y autores dan la impresión de formar cierto orden bien pensado, un cúmulo de experiencias tales que da cuerpo al puñado de ideas que son el recinto donde se hace tinta y página la aventura intelectual del bicho humano.
Cada vez que pongo el pie en una biblioteca, desde la mía hasta la última que he visitado en estos días, no deja de colarse el temblorcillo que se siente cuando reconocemos estar frente a una incógnita de proporciones importantes, ante la idea de que un misterio vive ahí desde hace siglos. Dándole vueltas al asunto, entre dudas que van y encogimientos de hombros que vienen, me doy cuenta de que una biblioteca se parece mucho a esa entraña que algunos usan para pensar (bueno, otros no tanto y otros nada en lo absoluto) por eso de que en ella abundan, diría que casi como en nosotros, contradicciones increíbles, rarezas de lo más llamativas, y pastiches, ensaladas, menjurjes cuyo trasfondo resulta ser uno y el mismo: las ideas.
Dice la lógica que la caja craneana del bípedo implume no es un saco desfondado al que van a parar tales ideas (aunque a veces sí), ni la habitación patas arriba de un adolescente poco dado a las escobas o a la cama tendida (aunque a veces también). Esa misma lógica, con rigor de matemático enclaustrado, se respira de buenas a primeras entre los pasillos, entre los estantes de una biblioteca, al punto de hacerse tan pesada que casi se podría tocar. Es la lógica del orden, de la organización, del viaje cultural planificado que parte de la A y finaliza en la Z. Entrar en una biblioteca, repito, es como pasear por un cerebro humano, y esa tarde de aventuras trae sorpresas de la mano, pues aquella lógica aplastante en más de una ocasión empieza a desandar caminos y a tomar atajos, callejuelas semioscuras, vericuetos menos claros para la razón.
Como en los quehaceres neuronales, el bosque de libros formando pasillos hace sinapsis, conjuga a la perfección temas, zonas del conocimiento, épocas y autores. La biología del cerebro y la sociología de una biblioteca bailan pegaditas el bolero donde en más de una ocasión saltan chispas, las mismas producidas cuando a partir de una cartografía milimétrica (mapa de la biblioteca ideal) asoma el cuerpo de lo contradictorio. No olvido un título hallado mientras hurgaba en la biblioteca de mi pueblo (“Cómo enseñar a pensar”), ubicado con exactitud al lado de otro cuya existencia se me antojó su antípoda: “La muerte de la razón”. Ambos, así como si nada, vivían sus existencias recostados el uno contra el otro, abrazados, diría yo, en medio de tamaños mundos excluyentes.
Pero eso no era todo. Con sólo avanzar unos pasos y echar la vista a un estante escogido al azar, “Desarrollemos la lectura” brincó cual liebre para de inmediato darme de nariz con “Adiós a los libros”. ¿Quién entiende tal saco de gatos?, ¿desarrollar lo que unos centímetros más allá muere en la despedida de los textos? Para remate, las contradicciones no se quedaron en contradicciones. Hubo más: todas las rarezas ganaron figuración. Así, entre sorpresa y sorpresa me vi de frente con “Aprendizaje mediante el retroproyector” (¿todo un libraco para semejante propuesta?), y además me saltó encima el colmo del surrealismo hecho sección de economía: “La administración de lo absurdo”. Como podrá usted suponer, lo anterior, aunado a “Hágase rico en ocho días” produjo fuego: tal mescolanza dio sus frutos, es decir, el mundo parado de cabeza que era esta biblioteca en la que convergieron, como en el Aleph de Borges, las más disímiles obras del pensamiento humano sin distingo, orden o sistematización alguna, entreveradas y fundidas en un solo punto que las contenía.
Sobre “Aumente su autoestima y transforme su vida”, agarradito de la mano con “Los orígenes de la civilización”, el clásico de V. Gordon Childe, tan historiador, tan erudito, tan British Academy, no pretendo pronunciar palabra. Así como un ser vivo es atacado por la esquizofrenia, ciertos desequilibrios siembran de cortocircuitos esas mentes silenciosas, polvorientas, denominadas biblioteca. Los pies en la cabeza, la chicha con la limonada tiene sus vías de aparición, y entre la materia gris que nos define y una sala atiborrada de libros note que la distancia es micrométrica. Entrar en una biblioteca, por supuesto, es como pasear por un cerebro humano.

2/24/2007

El derecho y el revés

Llegué temprano, coloqué el reloj encima de la mesa y procedí a desvestirme. Primero me recosté para revisar los documentos del servicio que debía entregar al día siguiente, luego apagué la luz, dejé los zapatos a un lado de la cama y me dispuse a dormir.
Del suelo escapó un destello borroso, una fosforescencia que producía paz. A la derecha unos arbustos, casi invisibles, y lo demás un desierto apenas roto por nuestra presencia. Noté que tenía fiebre; pensé en la vieja, que se había puesto a la orden. No le di importancia pero temblaba; sudando me levanté, envuelto en una sábana me deslicé hasta el armario y al azar, aprovechando la luz que entraba por la ventana, encontré dos cobijas, una encima de la otra.
Ella apareció con su bolso de piel, dentro de ese vestido negro que la hacía lucir mejor. Le pedí perdón, no el perdón de los hombres sino ese que piden los niños, de una vez y para siempre. Me miró con extrañeza, como si fuese la primera vez. Podría jurar que era ella. Cristina, ahora con la boca de rojo, con ese cuerpo de hoja. La recordaba bien desde mis años en la escuela, desde mis once años que no impidieron una declaración de amor, ni un beso imaginario detrás del muro del colegio. En el patio, a esas horas después de clase yo me entregaba a la tarea excitante de observarla, de seguir el paso de sus ojos que a veces se topaban con los míos.
Me cambié de posición, pasé la punta de la sábana por encima de la frente y limpié el sudor. Lo salobre me llegaba hasta los labios; me dolía el cuerpo. Tomé sus manos, sentí sus dedos afianzándose con fuerza como en el intento de que el silencio hiciera lo demás. El sudor era mayor, el silencio absoluto me tragaba por entero.-Siempre he dicho que no existe el absoluto-, pensé.
Volví a secarme, cerré los ojos otra vez y deseé estar con ella, quise morir y regresar a una época de cosas imposibles hoy, porque la edad es el freno de la claridad y la imaginación choca contra un muro demasiado real. Corría hacia la sala de canto, usaba el uniforme violeta con la M.I. de “María Inmaculada” prendida sobre el bolsillo izquierdo de la camisa. La vi entrar por el pasillo de paredes verdes, con el pelo alborotando su imagen de disculpa, de pronta incorporación a la faena. Ahí estaban las canciones que después acabarían en la misa del domingo. Me miró de frente, no hizo más que sonreír.
Grité su nombre en la calle, alteré la tranquilidad de una esquina para llamar su atención en medio de la gente. “Historia de ayer” fue la película del día, a ella le hizo gracia pero a mí me dejó el sabor de un tono empalagoso, de novelas de amor como las que papá grande leía después del noticiero de las cinco.
La sed demasiado brusca, el calor, el corazón perfectamente audible: tactac, tactac, tactac. Me solté una cobija, el gato se callaba por momentos para reaparecer con la fuerza del primer maullido. Decidí ladearme hacia la izquierda y encontré en su rostro un barniz rosado, con el brillo opaco sobre los labios que dejaba traducir la osadía heroica de los quince años. El cuaderno de Latín, la pizarra sucia de polvo blanco que presenció mis sobresaltos, mis nerviosismos disimulados a medias y que ella gozaba hasta decir basta. Le entregué el poema que hablaba de las rosas rojas, de las rosas blancas y de las rosas como ella. Lo escribí en una noche. Como siempre ella rió. Con lentitud pasó la vista por encima del papel y luego lo dobló con suavidad, hasta dejarlo entre las páginas de un libro. Luego supe que dormía con él debajo de la almohada y que lo mostraba a las amigas de la escuela.
Me incorporé sorprendido por las náuseas. Palpé varias veces el cuello para percatarme de la fiebre. Estaba mejor, al menos no había frío. La sed persistía aún pero fui incapaz de levantarme; preferí la seguridad de mi cobija.-La vida es un inmenso helado-, comenté.-De mantecado-, agregó ella.
Estaba en casa, había regresado. Ya en la habitación recordaba esos gestos que volcaban mi atención en todo momento sobre ella. Llegó a decirme, como si de una sagrada confesión se tratase, que la poesía era una vaina extraordinaria. Me dijo que de grande seríamos poetas, eso sí, poetas de pluma, de libros y de vida. Que el mundo de las cosas era la equivocación más grande y que por eso se quedaba con lo otro, con lo que prefería no explicar porque yo a lo mejor no entendería.
Sentí náuseas nuevamente, mucho más fuertes esta vez. Llegó a mi boca ese sabor ácido y amargo de la bilis; lo intenté dos veces y no pude. Saqué los brazos de entre la maraña de trapos: cuatro y cincuenta. El auto se detuvo frente a la casa de mis padres y percibí la lluvia suave, mágica, como una piel por encima de las cosas. Ella cuidaba de la abuela. Sus manos delgadas, muy delicadas, sostenían la taza de café que extendió para ofrecerme. El chico lloraba y dijo que lo llevaría al doctor, que la fiebre lo atacó mientras dormía.
De un salto me deshice de las sábanas. Medio aturdido, busqué en el piso con los pies y encontré las pantuflas debajo de la cama. Había amanecido por completo. Fui al baño, no quise afeitarme porque no me sentía del todo bien, cuestión evidenciable en unas ojeras muy marcadas. Luego abrí el chorro de agua tibia para limpiarme los dientes. Sonó el teléfono y Cristina, mi mujer, llamó desde tan lejos para hablarme de otras cosas.

2/14/2007

Algunas veces el cine

En el intento de arreglar, ordenar, propiciar un sentido, se nos acaba la existencia. Dar con algo, perpetrar un hallazgo, es la meta por excelencia y la razón que mueve al hombre a emprender grandes o pequeños desafíos, cotidianas luchas contra molinos que cada quien enfrenta a su manera.
Mientras esto ocurre descubrimos e inventamos formas para llegar, mecanismos de aproximación. Eso que llaman “la vida”, con su sociedad a cuestas, viene a constituir una "realidad segunda" en la que nos enredamos y en la que cabemos a medias (la "realidad primera" es nada menos que el horizonte vislumbrado desde el presente que nos luce incompleto). Vinculado con lo que representa la conquista de ese horizonte se alza el secreto del largo devenir del hombre, de su tremenda y personal historia: ahí, en el intento únicamente humano de ordenación consciente, se afinca nuestra posibilidad de éxito.
Una de esas búsquedas, de esos ensayos consuetudinarios, se produce en mí ante una escapada al cine. Hacerlo es una forma, entre muchísimas, de hurgar territorios. Lo cierto es que en una película anidan esperanzas y concreciones: grandes las primeras, mínimas y escurridizas las segundas, pero siempre dispuestas en todo caso a ir al saco de las experiencias que nos afirman y nos muestran otros rostros y otras posibilidades.
El mundo del cine se parece bastante al nuestro, al que existe de la pantalla para acá. Pero no es el mismo, desde luego. Su realidad carece de la desorganización propia de la vida misma. Quizá es esta la razón por la que, en mi caso, lo cinematográfico conforme un material de búsqueda excelente (ya sabemos, cada quien tiene las suyas) y en ocasiones propicie además encuentros que marcan para siempre. El cine expresa una realidad en apariencia idéntica a la que nos rodea, a la que nos contiene, pero diferenciada (de ahí su grandeza, su condición de Arte) porque tiene pie y cabeza, porque posee un orden que nos dice algo. En ese mare magnum que es la vida, tal orden es lo que deseamos encontrar, el objeto de nuestra eterna indagación. Una realidad clave en cualquier proyección que se respete es nada menos que la sintaxis bien pensada, bien articulada, la vida estructurada que somos capaces de desentrañar en hora y media o dos.
Toda película es una manera muy particular de acercarse a una realidad determinada, es en sí misma también una búsqueda, pero con el aliciente de que guarda cosas para ser lanzadas a los cuatro vientos o, mejor, a alguien que de veras las pretenda recibir (fueron concebidas y realizadas en función de esta certeza). Al fin y al cabo, parafraseando un poco a Borges, cada película debe tener su espectador, aunque sea uno.
Ir al cine es correr tras la liebre saltarina de nuestras secretas esperanzas. El cine, mágico lugar que, en dos platos, para muchos no es más que una sala de proyección y punto, se erige en verdad como campo de batalla, como escenario donde se realizará una partecita de nuestra guerra personal por darle sentido al sinsentido, orden al desorden, significado a lo insignificante. No en balde la emoción atrapa desde el mismo instante en que decidimos ir, desde que empezamos a vestirnos, desde que compramos el boleto, desde que decimos sí al ritual de las cotufas. Encuentros y descubrimientos, diversión, hallazgos y acaso desencantos. Esa es la promesa que el cine arroja a quemarropa, válida opción, sin duda alguna, para armar posibles realidades, para acercarnos a un punto de llegada.

2/05/2007

Historia particular de una gaveta

En mi mesa de noche el tiempo se detuvo. El día a día, saturado de adrenalina, cargado de vértigo, sobrecalienta los relojes. Pareciera que la modernidad puso a sudar los minuteros, y en esa carrera, que poco tiene de olímpica, las cosas pasan, ocurren o no, siempre en brazos del fórceps que supone un quehacer jadeante, listo para la manzanilla, el valium o el lexotanil.
Pero mi mesa de noche es una realidad aparte, lo cual obliga a mencionar que, palabras más palabras menos, existen espacios desconocidos y extraños, sitios en los que el vacío absoluto cabe por los cuatro costados, sobre todo cuando vacíos de todos los pelajes andan muy de moda: vacío en los políticos, vacío intelectual, vacío social, vacío en las instituciones. Vacío, claro, lleno en mi gaveta de otras cosas.
Un objeto así, casi inefable pero sumamente útil, lo consigue usted en cualquier tienda, en cualquier rincón de esos dispuestos para venderle artículos de hogar, desde grifos o cerraduras hasta lámparas o juegos de cuarto. Semejante pieza cuyo único objetivo, cuya teleológica razón de ser, estoy seguro, implica engullir todo cuanto va engordando, todo cuanto abulta la lista de nuestras pertenencias no deseadas, o cuando menos postergadas, digo, semejante pieza abunda como si nada en la ciudad, en sus terrenales comercios, como abundan aquéllas menos elevadas, menos dadas a planos filosóficos vedados a gente tipo usted o tipo yo. Quién lo iba a decir.
Ayer no más, mientras buscaba un clavo de pared para colgar una litografía, la gaveta inferior de mi mesita fue el lugar exacto para hallarlo. Noté también que estaba una linterna vieja, con las pilas oxidadas, así como fotos donde aparecía muy joven y con más cabellos. Total, que mi gaveta es una caja de Pandora y vaya usted a saber qué encuentra uno en sus entrañas.
En ella entra el mundo por completo. Las pastillas para cualquier mal o el libro que está en cola; diez o quince bolígrafos viejos o un racimo de carnés vencidos desde el ochenta y cuatro. Qué más da, la gaveta de marras se las sabe todas, asunto nada despreciable cuando uno olvidó dónde puso el manual del DVD o las postales que envió el primo Francisco la pasada navidad. Una gaveta es el non plus ultra de los baúles sin fondo, la prueba palpable de una dimensión desconocida en la que hasta lo inimaginable tiene su lugar.
El otro día hojeé en una librería cierto libraco dedicado a lugares extraños, misteriosos, esos que según su autor pueblan la Tierra y en los que, sin esperar mucho, usted se da de bruces con un ovni, un bicho raro tipo yeti o un sencillo zombi. La verdad es que me vino a la memoria la humilde gavetica, desdeñada, tan poco dada a truculencias, a flashes, a aparecer en los diarios, a constantes tintineos de copas. Alérgica a las muchedumbres, encerrada en sí misma y con su enigma a cuestas, mi gaveta bien podría haber ocupado la primera página de aquel libro gordo dedicado a lo raro, a lo que hace fruncir ceños. En fin.
Pero una gaveta es una gaveta, claro está, y una mesa de noche se encuentra casi en cualquier habitación que se respete, diría yo. Tendrá usted sus historias personales, sus experiencias insólitas, no me cabe duda. En cuanto a mí, también encontré en ella un pedazo de melancolía, doblada en dos, y un trozo enorme de amor que alguna vez ya no sentí por un loro verdeazul que me acribilló con el pico. Vi de reojo algo de rabia, verde y maloliente, y hasta una sensación de desconsuelo por un incidente que no vale la pena referir. Mi gaveta es un objeto donde el tiempo se detuvo, sí. Ahora mismo tomo un poco de alegría y la guardo en ella, justo al lado de un almanaque de bolsillo amarillento y encima de unas llaves que de entrada no identifico, pero qué puede importar. Tendrá usted sus historias, desde luego. Seguramente las tendrá. Como ve, yo también tengo las mías.

1/15/2007

Objetividad a toda prueba

Hay gente dedicada a meterse en cosas raras. Sólo por mencionar a la familia, yo, por ejemplo, llevo trece años meditando sobre quién llegó primero, si el huevo o la gallina. Por si esto fuera poco, un primo lejano analiza de cabo a rabo, todos los días de su vida, el espín tal del electrón cuál, vaya usted a saber cómo y por qué.
Ayer, un señor muy afectuoso obsequiaba algunos besos a una dama, justo en la mesa contigua a la que había elegido quien escribe. Nadie de los presentes pudo percatarse, por simples razones de geografía (los otros comensales estaban lo suficientemente distanciados) que un mesonero, recatado y como quien cuenta algún secreto, le pedía al enamorado más decoro al expresar sus sentimientos. Lo que unos besos de lo más ingenuos provocaron, me pareció el colmo de la exageración llevada al plano del reclamo.
Entonces, cuando todo parece volver a lo normal, enciendo el televisor y la realidad supera nuevamente a la ficción. Ahora resulta que un político exige al periodista que practique la objetividad, asunto que me devuelve al inicio de este escrito: hay gente dedicada a meterse en cosas raras.
Supongo que lo de objetivo pasa por hecho tan normal como ir al baño o ponerse la camisa. Esa es una palabreja que efervece en la mayoría de las bocas. Andarse con objetividades, digo, para el político de marras debe consistir en cuadricular la realidad de modo que esa realidad no presente mayores diferencias con aquella que percibe un chino, un alemán o un esquimal. Para esta gente la objetividad tiene certificado de origen, fecha de caducidad y no es más que un buen aparatico listo para producir salchichas, es decir, nada menos que piezas en serie.
Soberbia estupidez, claro. Ocurre que la objetividad se da de bruces con el más puro concepto de lo humano, pues es sabido hasta el cansancio que cada cabeza es un mundo, y si no pregúntenle al psiquiatra. Para complacer al político, digamos que para darle gusto, tendríamos todos que estar locos, lo cual tampoco es que sea un embuste muy sonoro, pero lo que sí es cierto es que de la objetividad en cuestión se va directo al manicomio. En fin, que lo único objetivo que conozco es una piedra o un tornillo o un alambre retorcido.
Pero ser objetivo está de moda. La objetividad se balancea a sus anchas incluso en las escuelas de comunicación social. El periodismo objetivo, frase disparatada que más de una vez ha salido de las entrañas de los medios, pareciera ser usada para edulcorar textos o imágenes, lo que llama mucho la atención, por razones más que obvias. Que lo diga un político cualquiera, pasa. Pero que lo manifieste un comunicador es preocupante.
Me siento a teclear y, justo a tres para las doce, un insecto atraviesa la pantalla del computador. Es ajeno a mí, no me ve, no se percata. Lo sigo con la vista mientras mantengo el ritmo con los dedos hasta que alza el vuelo y se pierde en el estudio. Ese bicho es objetivo, desde luego. Yo sí que no lo soy, y no porque me sea negada de buenas a primeras la condición de insecto o cosa repugnante (hay quienes son eso y algo más, ¿no le parece?) sino porque he sido capaz de vislumbrarlo, de hacerme una idea, de formarme un concepto, de enredarlo entre neurona y neurona. De modo que la objetividad tiene poco que ver con el homo sapiens sapiens, si es que no me estoy equivocando demasiado. Total, que entre seguir con mis indagaciones sobre el huevo o la gallina y exigir ser objetivo a quienes por naturaleza son su antítesis, me quedo con lo primero. Cuando menos existe la posibilidad, remota pero posibilidad al fin, de entresacarle el misterio a quien lo guarde, sin abogar con semejante acto por la demencia colectiva. La objetividad, si a ver vamos, es el último grito de la necedad. Hay que ser bien politiquero, hay que ser.


1/07/2007

Cultura a secas

A raíz del artículo 14 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, muchos intérpretes, compositores y gente vinculada con el arte aprueban felices que el cincuenta por ciento de la programación musical en los medios consista en producción nacional. Supongo que la idea está asociada con una mano cuidadora, es decir, con la confianza en que un artículo como ése protegerá lo nuestro de las fauces de lo foráneo, siempre listas a arrancar sus tajadas a costa de no importa qué.
El nacionalismo, la defensa de una identidad que nos adhiere a determinadas geografías, por supuesto, tiene relaciones consanguíneas justificadoras de la aceptación sin más cuando se trata de leyes que, en apariencia, preservan la esencia de nuestras raíces. Así, he escuchado últimamente que sin el brazo firme de Luis Herrera al respecto (también este señor llevó adelante leguleyismos parecidos), Ilan Chester o Yordano brillarían por su ausencia, o que Simón Díaz o Adrenalina Caribe serían menos conocidos, promocionados, y en consecuencia respetados y queridos.
Supongo que el concepto de lo venezolano, la idea de que nos cubre un manto prístino de cultura criolla linda con la noción de pureza. Del mismo modo en que existe pureza racial, pensarán erróneamente unos, existiría la cultural. Quienes razonan así, por fortuna, se equivocan. ¿Son Pedro Pérez o José García, ambos nombres llegados de España, más venezolanos que Ilan Czenstochouski Schehter o Giordano Di Marzo? Seguramente sí, pero no olvidemos que en su momento los dos primeros fueron tan ajenos a la consabida “identidad regional”, que a tantos quita el sueño, como la música que por ejemplo intentan mantener a raya. Y en verdad, tanto Ilan como Yordano o Simón Díaz calaron y se sembraron en estas tierras no gracias a la influencia de decretos y burócratas, sino a fuerza de talento, que para nada es lo mismo.
Igual ocurre con el joropo, con el arpa o con el cuatro. Del primero basta decir que la palabra viene del arábigo “xarop” y que nace asimismo de lo que trajo la conquista en sus alforjas: bailes flamencos y andaluces (de aquí que el zapateo sea uno de sus rasgos). En cuanto a la segunda, al parecer su origen es teutónico, y ya en el siglo IX presentaba, nada más y nada menos, la forma que le conocemos hoy. El tercero proviene del árabe “guitar”, y éste a su vez del griego “kithara”. Toda una trayectoria, notémoslo, que echa por tierra el concepto inamovible de cultura fraguado en lo meramente autóctono, en aquel disparate que supone a lo venezolano proveniente de lo venezolano. La identidad, vista a través de estos cristales, es un instrumento punzopenetrante a medio paso del peor chauvinismo.
Lo “venezolano” no se va a defender con mayor fuerza, ni se dará a conocer con más profundidad, ni llegará a relucir con brillo renovado mediante imposiciones. Por el contrario, me parece que realidades como la del artículo 14 desempeñan un rol que a la postre termina echando tiros por la culata. No son legalismos de ningún tipo los que harán levantar orejas, llenas de avidez ante lo producido aquí, sino el mercado, los consumidores, libres de elegir lo que desean escuchar o mirar justo al encender sus radios o televisores. No existe en la historia de la civilización música que trascienda ni libro que se sostenga ni película que permanezca en pie luego del paso del tiempo, luego del escrutinio ciego de una o dos generaciones. Para que continúen haciéndose y para que lleguen al gran público, la buena música y cualquier manifestación del arte exigen receptores capaces de apreciarlas, de disfrutarlas, de hacerlas suyas a través de la sensibilidad y no por obra y gracia de leguleyismos condenados al fracaso. En este punto, claro, es vital la educación. Sólo con ella, pienso yo, acaso el mercado elija las mejores opciones.

12/31/2006

Revista cultural

El otro día alguien me pidió un escrito para una “revista cultural”. Accedí de inmediato porque me gusta eso de escribir, pero el gusano de la duda pronto hizo acto de presencia.
Y es que, la verdad, a la hora de tomar asiento para elaborar mis rasguños tipográficos, comencé a preguntarme por la identidad implícita de esa cosa en la que aparecería mi artículo, es decir, me aguijoneó la incertidumbre acerca de lo que la gente entiende por publicaciones de esa naturaleza. Empecé, claro, por tratar de comprender el sentido que el término cultura cobra en la masa encefálica y en la boca de ciertos personajes. Supuse entonces que para muchos se presenta sumergido en líquidos desinfectantes, por aquello de la higiene y la apariencia, no fuese a ocurrir que de un momento a otro a alguien le diera por asociar la palabrita con otros quehaceres, sencillos e inferiores quehaceres, más culturosos, quizás, que culturales, lo cual para nada es la idea cuando de acartonamientos y ropaje almidonado se trata.(Cartones y almidones, sí. Ésos son los materiales con que la idea de cultura está fraguada para algunos).
Cuando aquel señor pidió mi participación en lo que próximamente sacaría a la luz, ¿qué querría decir al colgarle ese adjetivo a su revista? ¿Acaso que le echara jabón al lenguaje para limpiarlo de toxinas poco culturales? ¿qué apelara a temas “serios”, únicos dignos de ocupar algún lugar en la restringida consideración de lo que para él es o no “cultura”?, vaya usted a saber. Lo cierto es que van siendo bastantes los que igualan tal palabra a la asepsia de un quirófano, hecho que a mi juicio equivale a peligro de maniqueísmo, a idea de grilletes y mazmorra para algún pobre coño o puta o carajo, asunto siempre vivo en puristas de todos los pelajes, y por cierto muy de moda casi siempre.
En cuanto a mí, asumo la cuestión de manera por completo diferente. Entiendo, por ejemplo, que la revista "Imagen", "Letras Libres" o "Qué Leer" no son más culturales que "Feriado", "Zeta", "Estampas" o la chismosa "Vanidades". En ellas cabe completica una manera de entender y de escrutar el mundo, y ahí se reflejan ciertos modos, afloran haciéndose visibles ciertas puntas de hilos que nos muestran en nuestra pura condición de Homo Sapiens y que pudiéramos tomar hasta llegar quién quita al mismo ovillo, si abrimos bien los ojos. Es posible hablar de cultura occidental, de cultura democrática, de cultura popular y hasta de cultura adeca, otra vez adjetivando con explosivos la palabra, pero de ahí a la bendita “revista cultural”, frase tautológica por donde se mire, hay un limbo que no logro franquear.
Me dispuse entonces a escribir (y lo hice), sólo que mi entrega se ubicó a años luz de todo cuanto añoraba mi decepecionado peticionario. No más al leer “Estrategias infalibles para papar moscas en la calle”, simple reflexión que intenté desarrollar acerca del ocio en el siglo que pasó, con cara de terror el individuo dobló en cuatro las cuartillas, se rió como cumpliendo un rito obligatorio, y salió en carrera para no dejarse ver jamás. Supongo que mi escrito no cabía en el serísimo volumen que publicaría aquel hombre.
En fin, ¿qué diablos podrá ser, dígamelo de una vez si usted lo sabe, una revista cultural?.


12/12/2006

Al revés

Todo el mundo persigue un ideal. El otro día alguien mencionaba que su sueño era convertirse en un magnífico pianista. Mi sobrino, que apenas tiene doce años, quiere ser el gran piloto. Otros se queman las pestañas porque la fulana beca es para los mejores, e incluso algunos han pactado con el diablo sólo por conservar su cánon de perfección, que es la eterna juventud. Y así.
Yo, como los demás, también guardo mis anhelos. De un tiempo para acá me ha dado por imaginar un mundo diferente, verá usted. Uno en el que ciertas cosas –los ideales, pongo por caso- se pusieran de patas para arriba. Entonces me pregunto: ¿qué tal si a los sueños de grandeza se les asesta un golpe en plena nuca?.
Un golpe en plena nuca significa lo que para mí viene siendo el afán de lo peor. Me explico: entre tanta gente con ganas de subirse al pedestal más alto, me carcome el afán por ocupar los últimos lugares. Y es que para ser el peor, muy contrariamente a lo que la mayoría supone, hay que empeñarse de lo lindo. Es verdad que hay gente buena, excelente, incluso, en esto o en aquello, pero tarde o temprano tiene uno que aceptar lo irremediable, es decir, que competir por el rezague cuesta también Dios y su ayuda.
Porque una cosa es apuntar al cielo y otra es dar el tiro al suelo. Esto último lo hace cualquiera. Pero erigirse en primer escritor de obras insalvables, en un patético esgrimista o en arquitecto postrero, no me negará que implica un reto de lo más interesante, sobre todo por la competencia que engorda cada día sin frenos -no pasa una semana en la que no se rompan las mejores marcas-. Un ejemplillo ilustrativo: si el presidente, que se esmera como nadie en hacer las cosas bien, no acierta ni por carambolas, imagine el adversario en que se convertiría si decidiera ser el peor. Para ganarle habría que emplearse a fondo, y pienso que ni así. De modo que la antítesis de lo mejor requiere vocación, talento y trabajo, mucho más del que con gran entrega hace sudar a un medallista de las Olimpíadas.
Me ha dado, pues, por ser el peor. Como juego muy mal al ajedrez, decidí participar en un torneo. Salí contento porque ocupé el penúltimo lugar, nada malo si consideramos que apenas fue el primer intento. Estoy convencido de que los sueños de bajeza no tienen por qué avergonzar a nadie. Todo lo contrario, sus cuotas de exigencia, repito, superan con creces las de los trillados de grandeza, aparte de que van siendo menos aburridos. En el fondo, sin embargo, terminan por compartir nicho, culminan en un abrazo profundo y de lo más unificador, pues los hermana el sacrificio, el esfuerzo por alcanzar un objetivo, las ansias de acceder a lo mejor -sí: lo mejor de lo mejor y lo mejor de lo peor-. La serpiente, pues, mordiéndose otra vez la cola.
Si un presidente, un ministro, un gobernador, un alcalde, un puñado de concejales, pobrecitos, a quienes salvo excepciones todo les sale de la patada cuando en realidad lo que pretenden es un resultado óptimo, cambian de perfil, de óptica, y deciden enfrascarse en rollos para los que muestran un talento natural, o sea, deciden esforzarse por conquistar elevadas posiciones en el campo de las mediocridades, quién quita, a lo mejor por estar buscando hacer las cosas mal éstas empiezan a salirles bien. Eureka. Hasta para eso serviría mi sueño, a favor de semejantes personajes, malos entre los malos en este pobre país, obraría mi afán por colocar de cabeza esas elevadas ansias que en líneas generales cualquiera manifiesta. En cuanto a mí concierne, seguiré en mis trece. Estoy a la caza de un nuevo trofeo, no otro que escribir el peor de lo artículos. El peor de los peores, que ya es mucho decir. Si usted no entiende éste, o lo va aborreciendo a medida que se adentra en la lectura, entonces voy por buen camino. Mientras tanto, le doy las gracias por leerme.

12/01/2006

Un día tranquilo

Pasa una muchacha con el ombligo al descubierto. En este café la vida es efervescencia, algo así como agua en ebullición. Pasa tranquila, sin percatarse de que ha aumentado el hervidero. La muchacha con el jeans ceñido, los zapatos deportivos, el bolso al hombro y el ombligo al descubierto coge por los cuernos al toro de las miradas y se mete en el bolsillo todos los niveles de testosterona, los ojos lúbricos, la tremenda magnitud de los deseos.
Pensé que iba a ser éste un día tranquilo. De la taza de café a la revista Zeta, del teléfono que se mantiene en silencio al humo de cigarros entremezclados con aceite de frituras. La muchacha del ombligo al descubierto es en realidad una tromba marina, y después de ella sólo hay que recoger los vidrios rotos.
Qué cosas. Uno cree algo, uno cree por ejemplo que un día tranquilo cuadra perfecto en la planificación inocente que se lleva a cabo allá, en las cavernas de la imaginación, pero resulta que la vida tiene sus meandros, acata con fuerza los dictados de un cuerpo de infarto coronado por un ombligo y su plena desnudez. Nada rebuscado, redondo y perfecto, el de esta chica asoma equidistante del botón metálico del pantalón y la línea suave, como una caricia, donde acaba la blusa semitransparente.
Esta mujer con el ombligo al descubierto es cualquier cosa menos una mujer con el ombligo al descubierto. Perdón, no es cualquier cosa, es un volcán, y ahora la mayoría estamos patitiesos, patidifuás, patas arriba o como quiera que se llame esto de permanecer quemados vivos, bañados en lava, arrasados por un Vesubio de estos tiempos en la Pompeya que llegó a ser este café.
De un día tranquilo se elevan las cenizas. Quién lo hubiera imaginado: levantarse temprano, tomar el jugo de costumbre, comprar los periódicos, comprar una revista, y luego la estocada, el barullo del ombligo sobre las caderas que arrasaron con un café de pueblo en pleno día soleado. Como para coger palco.
Un ombligo al descubierto tiene mucho de puerta semiabierta. Entonces llega uno y da el empujoncito que faltaba para que la escena cobre el tamaño de cada sueño húmedo, de un chorro de adrenalina, de cada feromona trocada en alimento para el inconsciente. Pregúntele al doctor Freud. El café, a estas alturas, no es más que un museo de las pasiones, esas señoras reprimidas que danzan como si nada entre vigilia y duermevela. Pregúnteselo al de la mesa tres, pregúntemelo a mí.
Un día tranquilo termina siendo el embrollo hecho cuerpo modelado por los dioses. Un día tranquilo, viéndolo bien, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Es mil veces preferible, desde luego, un ombligo al descubierto.

11/23/2006

Celebraciones personales

Mi hija, que tiene dos años, no se cansa de exaltar la belleza de las cosas. Como todo es lindo para ella, cada vez que ve un zapato o un trapo de cocina o una zanahoria dibuja muy tranquila la sonrisa mientras con sus ojos encuentra los míos, que saben de su éxtasis, de su constante asombro, de cómo, según ella, la hermosura termina por colarse hasta en el último reducto de lo que la rodea.
La verdad es que había perdido la costumbre. Cada vez más optamos por la úlcera, es decir, por la desdeñable convicción de que somos adultos y ya, lo cual exime por lo general de variar ángulos para acceder a otras miradas. Aquí, la vecinita de enfrente, que tiene cinco años, también hace de las suyas: en asuntos de miradas gana por paliza a cualquiera de nosotros, o sea, a la gente grande y circunspecta, básicamente por aquello de que en sus manos un lápiz es un lápiz pero también un avión, un duende o un barco de vela.
Lo cierto es que de la niñez bien puede uno aprender ciertas cosas. Yo, que soy un redomado terco, tuve que esperar a que Camila me restregara algunas verdades en la cara. Entonces claro, poco a poco apuro la brazada hasta dar con el ritmo que mejor se adapte al paso del maestro. Jadeante, pero con el ánimo acariciando las nubes, cada paseo por los intersticios de la sala o por los recovecos de la cocina significa algo así como una lección al revés. Mientras juro que estoy enseñándole a vivir, ella acaba por brindarme el zumo de la vida. Carpe diem, así es. Es horaciana la niñez, y en cada palmo de ella esa frase anida, cobra plenitud. Carpe diem, aprovecha el día. Basta un pequeñuelo para que la frase se personifique.
Cuando llevaba diez minutos hojeando (¿debería escribir destrozando?) una revista vieja, la exclamación apareció como si nada. ¡Maravilloso!, la oí decir con un dejo de tranquilidad, extraña manera de expresar lo que en el fondo guarda la sorpresa ante el más mínimo hecho. Fruncí el ceño en el acto, pues esa palabrita, en medio de sus poco más de setecientos treinta días en este mundo, confieso que me sonó de lo más rara. Pero ahí también estuvo cuando halló un cabo de vela en la gaveta, y cuando se dio de bruces con los gatos que deambulan por el estacionamiento. Le di la razón. Y es que, desde luego, maravilloso es un conejo, un pastel, un virus, un renacuajo, un limonero, un poro de la piel. Lo maravilloso y lo bello son ahora dos categorías renovadas. El oxígeno se ha dado una vuelta por el lado fatigado, sombreado de las cosas. Las telarañas que los años van tejiendo a contrapelo de la lucidez, para hacernos obsecuentes con lo rutinario, con la ausencia de alegría o con la simple circunstancia de observar en una sola dirección, fueron espantadas de un plumazo. Hizo falta, por supuesto, el golpe de mirada, una vuelta de tuerca que en esta ocasión vino aparejada con la infancia. Y así. Como uno cree que se las sabe todas, piensa que la razón (ah, la razón de los mayores) y las neuronas son señoras autosuficientes; supone además que el universo goza de la estricta dimensión de una dendrita, con el agravante de que ésta se ubica en el espacio justo de nuestra particular caja craneana. Termino entonces por considerarme adulto a plenitud, con todos los derechos inherentes a la causa. Hasta que nos rompen el plato en la cabeza. Hasta que el asombro se cuela sin contemplaciones y una imberbe se incrusta para siempre en tus entrañas.

11/10/2006

Ay, Jalisco

Me di cuenta en una celebración, ésas donde a medio jolgorio salta un mariachi y luego de cantar el cumpleaños sabrá Dios por qué razón la mayoría termina echando chistes.
De aquellos jinetes mexicanos, charros con pistola al cinto y demás, queda sin dudas un suspiro, apenas la sombra de una época que Jorge Negrete o Pedro Infante hicieron suya a través del celuloide. Pantalones ajustados, camisa blanca y chaqueta corta eran un símbolo, que junto al sombrero inmenso y las armas a cada lado mostraba un carácter macizo e intimidatorio, algo así como el “mírame y no me toques” típico de una presencia que está ahí para que la vean y no para ver, para que la admiren, no para admirar.
Como rito que no puede echarse a un lado, como una ceremonia, la voz se escuchó débil y lejana, para entonces aumentar los decibeles y tronar en pleno centro del salón de fiestas. El charro se detuvo cerca de un mesón atiborrado de tequeños, jamones y quesos, y el repertorio se desplegó en enjambre que arrancó con “Jalisco, no te rajes” y finalizó con el infaltable “El rey”. Por supuesto, mientras el espectáculo se da uno opta por ciertas conductas: se atraganta de comida, conversa de lo lindo con algún otro aburrido, pisa el acelerador de la bebida, pone cara de yo no fui y se dedica a mirar alrededor como en busca de la Piedra Filosofal, o simplemente disfruta del concierto. Yo, que por lo general no estoy para mariachis porque me gustan demasiado poco, elegí con mucho gusto las opciones tres y cuatro.
En fin, que entre un sorbo y otro se pasaron las canciones y podría jurar que hasta terminó atrapándome el aura teatral que cobró vida en pleno bonche, sobre todo por el histrionismo excepcional que el charro intérprete imponía a su hacer. La verdad es que este personaje sabía lo que hacía: con naturalidad y gracia otorgó valor agregado al espectáculo simplón que el resto de los músicos hubiese ofrecido sin más.
Pero de que los “tiempos modernos” meten a veces sus pezuñas donde no los han llamado, no cabe la menor duda. Y no lo menciono por el juego de luces estroboscópicas ubicado en el lugar elegido como pista para bailar, sino por un detalle, una mínima mácula apenas perceptible en el charro estrella. En su fiel atuendo (o casi), fracturando el aire de otra época que supongo creyó manifestar mediante su tradicional vestimenta, justo en el lugar ocupado antaño por una pistola colgante que terciada ahí expresaba muy bien la recia condición de quien la llevaba consigo, el punto luminoso, verde, titilante de un aparato ajeno a la pólvora terminó por ocupar completamente mi atención.
Incrustado en la cintura como aberración humillante para ése que a estas alturas se desgañitaba con “María bonita”, un celular yacía sin pena ni gloria. Estaba ahí, como diciendo vamos, sigan la parranda que aquí no ha pasado nada. Pero, comprenderá usted, de inmediato me asaltó la decepción. El magnífico aroma de fingimiento actoral que antes se respiraba cayó con estrépito. En este caso, las manos de la modernidad pusieron el caldo morado, entre otras razones porque a la mentira que implica una buena puesta en escena se le vieron las costuras. Vivimos tiempos modernos, y eso es una maravilla. Lo malo es que en ocasiones sus brazos se cuelan por hendijas no aptas para ellos. En cuanto a mí, otro trago sirvió para dejar estas lides. La fiesta terminó como si nada.