9/24/2012

Nueve años



    Hoy cumples años y estoy feliz. Empecé a escribirte hace seis, justo a tus tres, y ese hecho se ha multiplicado cada vez que un veinticinco de septiembre pasa por nuestras vidas.
    No sé con exactitud, ni mucho menos, qué será la felicidad, cómo definirla a modo de diccionario. Ni falta que hace. De lo que estoy seguro es de que puedo sentirla a fondo, más desde que estoy contigo, y me alegra, y me da paz, y me lleva a ti de una manera, digamos, parecida a un vientecillo que me invita a pensar, a imaginarte, a vislumbrarte de cara al presente y al futuro.
    Soy un privilegiado de cabo a rabo nada más que por vivir la experiencia de aprender de ti. Te lo he dicho antes: por lo general supongo que te enseño el mundo, que tomo tu mano y avanzamos juntos, pero resulta que me das lecciones de apreciación, es decir, eres mi maestra en el arte de mirar las cosas al revés, mirarlas no solamente como son sino además como podrían ser.
    Tu padre escribe, escribe textos, se da de bruces con la imaginación, juega con las letras, intenta decir cosas a través de la literatura. De eso, de poemas o ensayos o novelas o cuentos hemos conversado otras veces. ¿Pero sabes algo?, me has orientado, me has empujado a escribir mejor, a escribir con la piel y los ojos más abiertos, a encontrarme conmigo un poco más. Después de tu llegada sé cómo enfocar ciertas cuestiones, creo entrever qué pinta la Luna por su cara oculta, sé qué duendes corretean por nuestras habitaciones, y entonces les doy la mano, converso con ellos, llevo al papel cuanto descubro en la tarea. Tú eres mi ejemplo para semejante aprendizaje. Observándote capto la idea, doy con el hallazgo que me abrió otras posibilidades.
    Hoy cumples años, y más allá de los patines que deseas y el beso que siempre me pides y me das, quiero regalarte estos rasguños que son, ya sabes, mi forma preferida de expresar el agradecimiento que le debo a la vida porque estás aquí. El otro día, al salir de mi habitación a buscar un vaso de agua te hallé en la sala, tumbada en el sofá con la lámpara encendida. Leías. Ahí estabas, soñando, perdida entre párrafos y hojas, entre dibujos, letras, puntos y seguidos o signos de interrogación. Me acerqué a ti, se me ocurrió hacerte una fotografía con el teléfono que vi sobre la mesa, justo al lado del gato de madera que te gusta,  para luego echarme a tu lado y dialogar sobre el libro que tenías entre las manos, charlar de los misterios que te perturban el sueño, de las maravillas que de a poco vas saboreando en estos días (la vida no es un valle de lágrimas, eso no lo olvides nunca), de cómo un personaje literario tiene tanto de nosotros y al revés. Esa noche tuve la certeza, al verte devorando las páginas, de que no todo está perdido. El mundo, esto también lo has remarcado para mí, puede ser un lugar más vivible, más noble, más humano. Sacudes, renuevas, traes a colación mis viejas esperanzas.
    Y nada, nada, que ya va siendo hora de ir terminando y de decirte feliz cumpleaños, Camila, mientras te abrazo y te beso y subo a una nube al contemplar tu sonrisa de gato amarillo, que es como suelo llamarte en secreto con ese lenguaje inventado que a diario compartimos y que crece, crece, justo como una panza hinchada por tantos caramelos y helados y pasteles. Un beso, enorme, desde la escritura, únicamente para ti.

En concierto VII


La señorita Camila Vilain al piano.
Un ensayo a cuatro manos. 

9/21/2012

Recuerdos de cine

    Recuerdo la primera vez que fui a un cine, en los setenta. Tendría yo siete u ocho años. Recuerdo también que pasé los días previos sumergido en una emoción que resultaba nueva para mí, que descubrí, conocí y soboreé aquella vez y que me ha acompañado hasta hoy con puntualidad de reloj suizo cada vez que espero ansioso un hecho, un encuentro, un momento de relevancia o significación.
    Desde esos días me dio por imaginar muchas veces que la vida era una puesta en escena, que la calle era un set de filmación al que acudíamos puntuales, quizás sin saberlo, actores, directores y demás. Suponía que al conversar con otros, al jugar con un amigo, al caminar tomado de la mano de mi madre por la acera, dábamos vida a una película que alguien en algún lugar estaría viendo como yo en aquella noche de cine.
    Esa sensación sufrió matices, fue evolucionando, y ya en la adolescencia comencé a pensar que en la pizzería, en el liceo, al intercambiar miradas con una muchacha o cuando pedía un refresco en la tienda de la esquina, un inmenso ojo se desprendía de mí y volaba por los aires observándolo todo, captándolo todo, averiguándolo todo. Era mi versión particular de hacer películas: a partir de ese ojo que no dejaba escapatoria a nada ni a nadie podía asumir el rol de director, controlar lo que ocurría, sentirme todopoderoso. Cortaba escenas, las repetía si llegaba a considerarlo necesario, ponía cámara lenta, en fin, pegaba los ladrillos de lo cotidiano a mi manera. Era asimismo un modo de parecer adulto, menos invisible e insignificante. Era un poder que sólo yo tenía y que con seguridad iba a gustar a las chicas. Era, para no decir más, un jovencito con suerte.
    Llegué a creer que la vida era como una película. Esa convicción se mantuvo durante  años. Entonces por mi mente apareció la idea de hacerme cineasta. Mi madre gritó al  cielo, mi padre sonrió como si nada, con su pipa entre los labios. Iba a dedicarme al cine, iba a vérmelas en serio con una cámara, es decir, con ese ojo que todo lo observaba y que salía de mí desde la infancia. La vida era como el cine, sí, a diario participábamos de una función, o de otra y otra.
    Hasta que viendo otras películas y pateando otras calles y otros lugarejos hice el descubrimiento mayor. Vagabundear por ahí, besar a una chica, tomar cervezas con los amigotes o bailar merengue en una fiesta distaba años luz de una mínima condición cinematográfica. La vida era la vida y punto. La vida era un saco de gatos y era urgente organizarla, ponerle orden y concierto, insuflarle sentido, labrarle pie y cabeza. No  había director ni guiones ni maquilladores. Estabas tú y tu soledad. El cine era exactamente lo contrario: te lo entregaban con inicio y fin. El cine venía estructurado de agencia, de paquete, en una película el trabajo estaba hecho, tú lo entenderías o no, lo exprimirías o no, pero ya existía ahí un horizonte predeterminado. No, la vida no era como el cine, la cuestión lucía al revés, el cine era como ella, si acaso, y notarlo exigía vivir a fondo, vivir de sol a sol, vivir mirando con el cuerpo y tocando con los ojos. Al descubrirlo me asusté, me encogí de hombros, pensé que el cine y la vida guardaban menos cosas en común de las que suponemos. Diga usted si no.

9/10/2012

Un libro para el olvido



Entro con Camila a una librería y mientras ella va directo a su rincón preferido yo me dispongo a vagabundear por pasillos y anaqueles. Entonces un ejemplar me llama la atención: “Un día para siempre. Treinta y tres ensayos sobre el 4F”. Por un momento pienso que se trata de un debate, del ejercicio de esa esgrima intelectual que me gusta, que necesitamos tanto, que permite contrastar ideas, gozar con la defensa y el ataque a propósito de quienes se lanzan al ruedo de las discusiones bien llevadas. Cojo el libro y no, salta a la vista de inmediato que son textos masajéandose el ombligo. Lo edita el gobierno, forma parte de una colección denominada “4F, la revolución de Febrero”.
Que cuatro, diez o veinte hagan una colecta y publiquen sus panfletos, vale. A favor o en contra de lo que sea. Pero que ciertos fulanos usen lo que pago, lo que desembolsillamos todos en impuestos para que el Ejecutivo cobre y se dé el vuelto, es pésima manera de empezar a mostrar lo que los mueve. Examino un poco más eso que tengo entre las manos y me informan que la Red Nacional de Escritores y Escritoras Socialistas (¿por qué no también socialistos?) de Venezuela, tiene vela en el entierro. Digo ajá, muy bien. Ya en la portada se vislumbra buena parte de lo que viene, y para darle un sorbo a lo que viene se me ocurre hojear a fondo el ejemplar.
Recorro nombres, a algunos he leído. Hay gente inteligente ahí, joven, talentosa. Hay otros cuya obra es de dudosa valía, y hay aún más, individuos que han medrado, que supieron ser blancos cuando tocaba, o verdes si era el momento, o rojos según el viento. Una característica los distingue: el silencio, permanecer callados ante el desastre que reina en el país luego de catorce años de disparates revolucionarios.
Adornan con sus firmas ensayistas como Luis Britto García, Luis Alberto Angulo, Gustavo Pereira, Earle Herrera, Luis Alberto Crespo, Laura Antillano, entre otros. Así anda el patio. Leo, reviso, me pongo cómodo, observo: un compendio de escritos laudatorios, red impresionante de odas a un hecho criminal como el golpe de Estado del 92. No hace falta ser un genio para percatarse de que es un libro apologético, que ensalza y justifica aquella felonía de Hugo Chávez y sus secuaces. Es triste, grave y peligroso que intelectuales de todos los ámbitos sucumban ante el poder y se transformen en sus defensores automáticos, en sombras de lo que su naturaleza libertaria los llevaría en teoría a enarbolar, a resguardar con celo. Intelectuales orgánicos, ya lo sabemos.
Pereira abre el libro con una pieza maestra de fantasía y genuflexión: “La otra independencia”. Otra independencia, claro, que le debemos al militar apoltronado en Miraflores. No faltaba más. Se trata de un texto en el que es posible percibir con nitidez cómo ciertas ideologías pueden convertirse en gríngolas obligando a que la realidad se adapte a ellas y no al revés, según indica cualquier lógica digna de ese nombre. Leo este ensayo en su totalidad, quizás por ser el primero. A los demás basta con mirarlos de soslayo para que el tufo de la fiesta alrededor de la fecha patria inunde los rincones.
En un país cayéndose a pedazos, con museos destartalados, prácticamente inexistentes, con la política de cañería metiendo sus pezuñas hasta en el último reducto de lo que toca el Estado (cultura incluida, por supuesto). En un país cuyo gobierno en turno abofeteó toda meritocracia en función de un color y una franela, recentralizando, ahogando a niveles de asfixia el aparato administrativo y mucho más. En un país donde la clase política dominante ensaya proyectos sacados de la manga y del sombrero, generadores de mayor miseria, de mayor atraso, donde se confisca a placer, se acaba con propiedades, se retrocede a tiempos y a realidades que ya habíamos superado, se despilfarran sumas inimaginables de dinero con cada fiebre que sufre el comandante. En un país donde hay presos políticos, donde se persigue a periodistas y se cierran a discreción medios de comunicación, en un país donde explotan refinerías sin investigarse el por qué, donde se caen los puentes, se destruyó la vialidad, se pudren los alimentos, se producen más de ciento cincuenta mil muertes violentas en poco más de una década, se acaba la división de poderes y se endiosa a un mediocre entregándole el presente y el futuro de generaciones. En un país donde la educación es sinónimo de estafa, la inflación la más alta de América, la salud un lodazal, los apagones el pan de cada día, la corrupción una de las más abyectas del mundo, en un país donde el gobierno inventó el apartheid político más espeluznante de nuestra historia republicana (la lista de Tascón). En un país con tales indicadores cierto grupo no despreciable de gente vinculada al pensamiento, al arte, a la sensibilidad, escribe un libro para alabar a un gobierno militarista, autoritario, para enaltecer sus andanzas, para elevar al Olimpo de lo magno un hecho ruin como es todo golpe de Estado contra gobiernos libremente constituidos.
Para estos señores, supongo, hay golpes buenos y golpes malos. El de un bebé de pecho como Chávez fue magnífico. Imagino que para ellos hay dictaduras buenas (la de los angelitos Castro, por ejemplo) y dictaduras malas (la de un hijo de puta como Pinochet, pongo por caso). Tengo la certeza de que a buena tajada de la izquierda venezolana no le ha pasado por la corteza cerebral que con ideología basura y consignas vacuas, con alharacas y celestinaje, con caudillos entronizados porque les otorgaron un chequecito en blanco, no se accede al desarrollo ni se logran mejores condiciones de vida para los pueblos. Esa izquierda que ni olvida ni aprende, la izquierda caviar edulcorada con intelectuales sumisos, cómplices, ciegos y sordos por re o por fa, continúa nostálgica de la Guerra Fría soñando con un Stalin que venga a solucionar los problemas. Y bien gracias.
No es criticable ser de izquierdas, ni mucho menos, como no lo es ser de derechas. El abanico ideológico es amplio y variopinto. Lo que me parece despreciable es que un intelectual olvide lo que debería encarnar y defender con uñas y dientes: su condición contestataria, de librepensador, de observador implacable cuando se trata de escrutar el poder y denunciar sus desafueros.
Finalmente dejo el libro en su lugar y continúo mi paseo por las estanterías. Camila me mira y sonríe. Yo encuentro, feliz, las obras completas de Rafael Cadenas.

9/09/2012

Deseante



Se desviste el lenguaje
nacen palabras
manzana guarda un gemido
laxitud huele a caderas
sin párrafos huecos
sin excusas
estás
dices sí
cumples lo prometido
y queda el idioma al desnudo
navega a deshoras por tu espuma
tiembla aquel trébol
se mete la noche en mi saliva
entonces me doy cuenta
descubro
que mujer es un sonido gótico
crepúsculo es el polo Sur
y abecedario molde de tus montes
de tus jugos
de todos tus olores.

9/05/2012

Lector




Tengo dos lectores
dos o tres lectores
amigos
gente que lee y dice
pasa la vista y comenta.
Transeúntes fugaces
compañeros de trabajo.
Sólo dos o tres, ¿y eso qué importa?
Entonces abro el libro,el libro de otro. Acabo de encender un Bermúdez. Pido café.
Llueve a cántaros mientras el sol se niega a dar la espalda.
Surrealismo puro.
Hay una luz hermosa
un rapto de magia
hay poesía en la ciudad.
Aceptas
abres los ojos y te das cuenta
de que la tarde tiene un alma propia.

9/04/2012

Leer con el cuerpo




Tengo casi quince años trabajando en universidades y no exagero si digo que el grueso de los estudiantes lee muy poco, y lee muy mal. Me llama la atención el fenómeno pues se extiende por las cuatro esquinas de este país. ¿No enseñan a leer bien en la primaria? ¿Es un problema de falta de amor por los libros, es decir, no se da un acercamiento suficiente a ellos en los años de la infancia? ¿Tiene que ver con la ausencia de calado, de énfasis en las relaciones del muchacho y el lenguaje?
Quizás la respuesta implique una íntima combinación de reflexiones a propósito de tales interrogantes. No lo sé. Pero me ha dado por pensar en cómo le cogí cariño a las palabras y en cómo ellas terminaron siendo motivo de alegría y de diversión a cualquier hora. Sé poco de métodos o de la disciplina necesaria para insuflarle a alguien semejantes cosas, de modo que a mis hijos intento mostrarles el asunto desde otros horizontes, ésos que me embrujaron en la infancia.
Supongo que por ser único hijo la soledad pegaba menos si la acompaña de imaginación. Desde que tengo uso de razón me recuerdo imaginando: andar por la sala era a su vez meterme de cabeza en selvas africanas, en montes preñados de aventuras, en cazar tigres o elefantes y enfrentar peligros dignos de Tarzán. Los muebles, los cojines, los adornos, formaban parte de un mundo al que sólo yo accedía y de cuyas llaves era absoluto propietario. La vida cotidiana, el día a día, se entremezcló sin problemas con lo otro, con universos inventados cargados de maravillas. Salir o entrar de esas realidades que casi se tocaban no tenía ningún inconveniente. Creo que así fui leyendo por primera vez.
Leía en los objetos de la casa, en las paredes, en las sombras mohosas de la humedad pegada de los techos. Los carros tenían rostro y había que definirlos, dar con ellos. La ropa colgada en las vitrinas decía cosas. Tengo la impresión de que el clima de misterio derivado de esas experiencias creó una predisposición, incitó a curiosear más, despertó agallas dispuestas a continuar hurgando en otros ámbitos. Los libros, justo entonces aparecieron los libros.
Cada vez que leo un libro, incluso si hago el esfuerzo de pensar en los primeros, leo, más que con los ojos, con la piel, con los poros, con el hígado, con los riñones o con el corazón. Por eso leer a los cinco años funcionaba, abría paso a lo enigmático, a lo provocador, generaba chorros inmensos de emociones. Si no entendía lo escrito en esas páginas trataba entonces de inventarlas, de soñar imágenes a partir de mínimas partes del rompecabezas, de fantasear, de llenarlo todo de mentiras (mis mentiras), de asustarme o alegrarme, de meter el cuerpo en la lectura.
Pienso que quizás nuestra escuela enseña a medias la técnica, pero no la poética de la lectura, el perfomance de la lectura, que es donde a mi juicio se asienta el verdadero enganche, el disfrute total, el estado casi hipnótico que permite saborear con las uñas y los dientes lo que lees. Pocas experiencias, a mis cuarenta y dos tacos, como los momentos de felicidad que me han ofrecido los libros. Eso, por ejemplo, es lo que deseo mostrar a mis pequeños, a Camila y a Daniel, apoyado en la intuición y en el placer que sé que buscamos los humanos por naturaleza. Leer no es una maldición divina, tampoco un castigo escolar como ocurre en demasiados coles. Es todo lo contrario. Mi trabajo en la universidad, que pasa por dar clases, por investigar, por viajar, por dar conferencias, por asistir a congresos y, ¡oh maravilla!, por leer y escribir artículos y libros, me llena de una certeza que no abunda en mucha gente: la de vivir de un oficio que no considero un trabajo sino diversión pura, placer, disfrute a plenitud.
Si se enseña a imaginar más se enseña a leer mejor, de tal manera que es factible habilitar así un espacio en nosotros que de a poco va aproximándonos a los libros aún sin conocer las letras. En mí, imaginar empezó siendo la posibilidad secreta de andar por la calle o por las habitaciones de la casa y, de pronto, caer de bruces en trance, inventar relaciones entre una lámpara y un florero o entre el dentífrico y las pipas de mi padre. Imaginar fue el paso previo a enamorarme de cuentos, novelas o poemas. Leer el mundo como primera caricia al universo del lenguaje escrito, de la literatura. Ése quizás sea el detonante.

8/31/2012

Tú en el guardarropas



Uno vive pensando en lo concreto, en lo que está. La gente se desvive por ver una imagen, sentir olores, reconocer volúmenes, y la verdad es que optan por lo más fácil: referirse a, dar con, hablar de lo que resulta obvio. Lo complicado es lo no obvio.
Cada vez que abro el guardarropas y veo trajes colgados, ya no pienso en trajes como tales sino en ausencias. Un traje colgado es lo que evoca, la otra cara de una realidad que supones constreñida a límites precisos y que de súbito no tiene fin. Un traje abrazado a su perchero es como los zapatos en la estantería o las pantuflas debajo de la cama, consisten en vacíos que se llenan con cuerpos reales o imaginarios, por lo general soñados, ansiados, prestos a ocupar el espacio que esas prendas conforman a modo de guante listo para que la mano entre.
Así como abrir el guardarropas es lanzarse de cabeza a un mundo desconocido para la mayoría, lo real a veces no es tan cuadriculado como suponemos. A ver si le doy vuelta a esta frase. Si usted observa con detenimiento su chaqueta de piel, o su vestido de gala, o incluso la ropa interior de encaje que guarda la señora en la segunda gaveta a la derecha, notará quizás que son más interesantes las ausencias que las presencias, lo irreal más que la realidad, lo a simple vista inexistente más que lo existente, y es que, como digo, tiene sentido para nosotros la otra cara de la moneda, o de la Luna, o como quiera usted llamarlo, porque dicen mucho, muchísimo, esas oquedades en pantalones o jerseys que todo el entramado de supuestas objetividades en las que nos movemos. La otra vez miraba un pañuelo azul marino y ahí estaba ella, hace años, mordiendo su pizza y lanzándome besos desde el otro lado de la mesa. Observaba los puños de una camisa blanca y lo cierto es que los puños no importaban, aparecía otra vez ella enrollándomelos hasta los codos. Y así. Un guardarropas es como un baúl, un baúl con fondo (los sin fondo terminan siendo demasiado complicados) en los que la memoria tiene la medida exacta de los trapos que llevan por dentro.
Tengo la seguridad de que Freud tenía razón, pienso que hoy por hoy sale ileso de tanta crítica mal habida y de tanto deslenguado con poca inteligencia. Y digo más: Freud era un asiduo de su guardarropas, que por supuesto trascendía el hecho grosero de sólo contener algunos pantalones. Entre un guardarropas y la mente humana hay una distancia imperceptible, tanto, que esas prendas envolventes, esos cuerpos que cabrían en ellas son como los sueños. En ellos, un objeto es símbolo de otro, como un sostén la evocación de unos senos o una blusa descotada el molde de esa espalda llena de pecas. Imagino al doctor Freud dándole un puntapié al escritorio y al diván e instalándose cómodamente, copa de vino en la mano, tabaco encendido en la otra, frente al guardarropas de su dormitorio ocupado en la tarea de arrancarle sus secretos.
En la mente que habita un guardarropas o en el guardarropas que llevamos dentro del cerebro cabe el mundo a sus anchas. Me asusta pensar que esa franela desvencijada es mi madre o mi abuelita. Es asombroso darse cuenta de que aquellos calcetines sin color son el tipo que en la adolescencia me quitó una novia. Impresiona descubrir implicaciones, darse de bruces con significados que de otro modo jamás hubiesen hecho acto de presencia.
Quizá deberíamos aprender más de guardarropas y menos de otras cosas tan poco funcionales. En las escuelas de psiquiatría, en los libros de psicología, en la vida diaria, en fin, semejantes muebles son el abismo, el pozo insondable de lo que vamos construyendo. Son lo que fuimos, somos y podemos ser. Hay más de Pedro o Juan en un traje que cuelga de un gancho en el armario que Pedro o Juan ante nosotros, lo cual lleva a concluir que eso que no está, que se dibuja gracias al contorno de unas telas, que se insinúa y se mete en nuestros pliegues como gusano en la manzana, toca más a fondo que todas las presencias, digamos, a la manera de este vaso o este computador.
Te veo en el guardarropas. Tú en el guardarropas. Poco importa esa foto que me regalaste en el 82. ¿Para qué el vídeo de aquel viaje a los Andes en el 95? Tú en el guardarropas, que es un cerebro cargado de lo menos obvio, de lo que más perdura.

8/24/2012

Política al revés



Chávez es un zorro viejo. A estas alturas más viejo que zorro, pero igual vale. Está seguro de que el tiempo se detuvo, para él los años han pasado pero no sus ideas: actúa como si nadara a sus anchas en las aguas de la política. Craso error.
Para empezar, el caudillo que hace más de trece años cobró altos dividendos en los lodazales que dejó el sistema de partidos del antiguo stablishmet, es hoy una mueca retorcida. Y lo es porque no ha sabido leer los signos, las aristas, ciertos pliegues que los años elaboran sin piedad. Hugo Chávez continúa en sus trece, es decir, pretende dividir, oxigenar resentimientos, insulta a cada instante, miente, engaña, elude la confrontación de altura, cara a cara con quienes lo adversan, lo cual lleva implícito un único objetivo, no otro que evitar un hecho que de sólo imaginarlo le produce escalofríos: debatir su obra de gobierno, conversar sobre los problemas reales de Venezuela, centrar la discusión en la gestión que ha hecho de este país uno peor del que encontró.
Lo que el Presidente lleva a cabo a estas alturas es desenterrar la antipolítica trocándose en resucitador, justo a la manera de aquel iluminado que apareció en los noventa y que tanto le ha servido todos estos lustros. Hoy por hoy su estrategia es tan torpe que se le saltan las costuras. Otra vez los gringos, otra vez la burguesía, otra vez los imperios cargan con las culpas y pagan el desastre, otra vez el capital y los traidores a la patria, otra vez los fantasmas que se inventa a propósito de las fiebres que jamás llegó a sudar.
Lo que la gente de esta sociedad anhela es simplemente un gobierno decente, eficiente, que en verdad se ocupe de lo que es su principal deber: procurar educación de calidad, hospitales de primera, combate a la miseria, control de la inflación, ofertas de trabajo, vivienda, vialidad, tranquilidad, que no la maten en las calles, y por ahí el desempeño de este bodrio revolucionario es una vergüenza y una calamidad.
No, la antipolítica en el presente es una búsqueda gobiernera inútil porque tantos años de locuras arrojan un lastre que resulta imposible ocultar bajo la alfombra. Chávez es un zorro viejo, más viejo que zorro, no cabe duda, y la prueba fehaciente de su decrepitud es el guion de esta campaña electoral, copia fiel y amarillenta de eso que le funcionó en los estertores del bipartidismo cuando adecos, copeyanos y demás hierbas daban las últimas brazadas de agonía, tal como él en estas horas. Fíjense cómo el hombre terminó emulándolos.

8/09/2012

Un autor, un libro, una historia




Tomo asiento en mi café de siempre, pido una taza, enciendo el tabaco, y de pronto parece que el mundo se hace más vivible. Acabo de terminar "Mientras escribo" (Random House Mondadori, 2001), de Stephen King, recomendación puntual de mi amigo Francisco Arévalo. Nos encontramos frente a frente en una librería caraqueña en estos días (el libro y yo, quiero decir), y lo compré, y aquí está sobre la mesa, rozando el platillo de la taza, entre el cenicero y el agua mineral.
De King no había leído media letra, y no lo había hecho por simples razones de mundos que no parecen encontrarse un ápice. No me atraen las novelas de terror y supongo que este señor se especializa en ellas. Aún lo creo. Pero explicaciones aparte, "Mientras escribo" es una obra que pretende reflexionar sobre el trabajo de escritor, sobre el quehacer literario y las variables que lo circundan. Escribir es un oficio, tan oficio como el de herrero o plomero, y entonces hay que dominarlo, de modo que con esa idea abrí el libro para cerrarlo trescientas trece páginas después.
Creo que no hay texto que valga demasiado al configurarse sólo como manual de escritura creativa. Si tal hubiese sido el norte de King la etiqueta del fracaso, en mayúsculas, luciría ahora mismo colgando de su frente. Escribir es un oficio, ya lo he dicho arriba, pero es también uno de los ejercicios más subjetivos de este mundo. Los misterios de la creación literaria empalman con los de la literatura misma en tanto objeto concreto, para lo cual sobran pócimas, recetas, embrujos de cualquier ralea. No hay forma de producir escritores en serie porque una obra de arte tiene poco de Oscar Mayer o Plumrose. A escribir se aprende escribiendo, y por supuesto leyendo, sin caminos verdes de por medio.
No, no se trata de enseñar a escribir. Tampoco de hurgar en los enigmas de la obra literaria para transformarse en el pirata de un océano libresco con la intención de robarle sus secretos, es decir, sus múltiples tesoros. Ahí de ningún modo funciona semejante lógica, y si no pregúntenle a los formalistas rusos, a la crítica freudiana, a insufribles como Derrida y compañía, a lacanianos, marxistas y otras hierbas, al grueso de la teoría literaria de todo el siglo veinte.
El mérito de Stephen King radica en que ha logrado un libro que es en primer lugar una historia: la de sus vínculos con la hechura literaria. Es un texto que en el fondo narra su formación como escritor, la novela de su vida como autor, y eso ya es asunto que, si se hace bien, vale la pena leer porque da luces a propósito de una manera, íntima y única, de aproximarse al ámbito del arte. No es poca cosa.
Lo que el autor obsequia a lo largo de "Mientras escribo" es ni más ni menos que el ars poética de alguien que escribe novelas y cuentos pero que además se entregó a la tarea de pensar de qué va el asunto. Transita los recovecos de la imaginación hecha libro, lo que al fin y al cabo es el cuento de cómo un prestidigitador de palabras (él o cualquier otro) lidia con una frase, con la sintaxis, con la fantasía, con la obligatoriedad de cerrar la puerta del estudio para escribir historias de domingo a domingo llueve, truene o relampaguee. Nos cuenta su labor como orfebre de relatos quizás no tan dignos del fuego o del olvido, y al hacerlo en verdad echa mano de sus poderes de fabulación, y nos atrapa. Francisco Arévalo, con quien semanalmente comparto un café o más para hablar del mundo y de la vida, no estaba equivocado: leerlo resultó divertido y provechoso. Y de qué modo.

8/03/2012

Dioses en la Tierra




No pude ver a Diosa Canales. Yo viajaba mientras la ninfa paseaba su cuerpazo por Upata y Puerto Ordaz. Nada, gajes del oficio, cuestiones de trabajo: ella en el suyo y yo en el mío.
Piernas de infarto, un metro no sé cuánto de carne hecha escultura, da la impresión de que Afrodita se equivocó de arriba a abajo y en vez de bailar en el Olimpo aterrizó por estas playas. Y uno feliz, claro. Para qué decir no, si sí.
Si vamos a hablar de arte, hoy en día lo divertido parece cuajar más que lo sesudo, sostiene Mario Vargas Llosa, aunque no necesariamente lo primero es refractario a lo segundo, o viceversa. ¿Pero quién va a contemplar a una Diosa, Canales para más señas, esperando que te explique el Tractatus de un tal Wittgenstein o la Crítica de la razón pura de ese aburrido que es Kant? Si llega a darse, si por un descalabro de las proporciones ocurre semejante aberración, paso por taquilla, que me devuelvan mis reales y a otro bar porque la noche es joven.
Mi admirado Vargas Llosa acaba de publicar un ensayo como los que me gustan: polémico, atrevido, audaz. Lo que se dice un coñazo en la nariz. En él frunce el ceño a propósito de los tiempos que corren. El simple espectáculo supera lo que décadas atrás sin dudas constituía factor clave en una obra de arte: rigor en la propuesta, profundidad en función de lo expresado, lo cual no llega abrazadito con cierta pirotecnia fácil o el fiasco de artilugios espectaculares para captar público sin mayores exigencias.
El mercado de opciones, de posibilidades, de ofertas en el plano de lo que uno paga para ver es plural, bastante más ancho y ajeno que lo evidente a la primera ojeada (esto lo digo yo), medio vacío o medio lleno según se vea, lo que está requetebién si consideramos aquello que siempre nos ha pateado la espinilla: cada cabeza es un mundo y muy bueno que así sea. No todo es arte, no todo es cánon a lo occidental y san, se acabó. Este planeta no es menos o más porque tal verdad se imponga y la civilización del espectáculo, según la conseja del peruano, pierde fuerza pues cada quien con su cada cual, así de sencillito, sobre todo si la Diosa de tus sueños debe estar tan clara como el agua, despejadita y lúcida como filósofa alemana: no le interesa para nada, qué demonios va a importarle a ella, o a mí en la media luz del escenario, soñando con la planicie de su vientre a pocos pasos, hacer arte o no hacerlo. Afrodita obsequia exactamente eso, un despliegue de música, sudor, poca ropa, feromonas, luces en el cielo, y su figura danzarina termina por ser golpe directo a los sentidos, chorro de adrenalina que te abrasa, te bendice, te deja patitieso, patidifuá, feliz entre cerveza y cerveza y el abismo entre ella y tú termina por aproximarse a dos milímetros. ¿Me comprendes Méndez?
De modo que en mi altar particular Diosa Canales hace de las suyas. La religión del erotismo humedece el pedestal desde el que lanza sus miradas lúbricas y yo, pobre terrícola, pobre mortal, feligrés absoluto o como se llame, soy equilibrista del deseo, trapecista de su cabellera, navegante de sus líquidos y sí, pago el tequila que brinda su espectáculo, y échemelo doble, compa, porque los dioses andan de juerga, deambulan como si nada por el patio, se sientan en mis piernas así sea por cuestiones de taquilla.

7/27/2012

Martes 24



Debo trabajar, y trabajar pasa a veces por coger un avión y largarse a otra ciudad. Eso hice el martes 24. Avior, vuelo tal, 12:00 m. Justo a las diez y media hacía cola para el chequeo luego de que Leonardo, mi primo, me diera el aventón hasta la terminal.
Uno hace los planes del día, piensa en cumplir parte de ellos al minuto de llegar, es decir, poner manos a la obra desde el mismo instante de pisar tierra en Maiquetía. Pero qué va. Una línea aérea es como la dimensión desconocida. Avior, en este caso, fue un agujero negro del que no escapó siquiera un mínimo suspiro. A las once había pasado a la sala de embarque sin saber que estaba succionado, que habitaba ya las entrañas de un monstruo como los de un cuento gótico.
Debo decir que un retraso en los vuelos de este país cutre son cosita de todos los días. Si la salida está indicada para las tres, la costumbre lleva a que sea a las cinco, y así. Nada nuevo bajo las nubes. Una Venezuela absurda, una cotidianidad patas arriba, unas empresas aéreas surrealistas. Pero en Avior decidieron quebrar marcas e imponer categoría.
Llovía a cántaros. Por los ventanales húmedos del restaurante vi aterrizar nuestro avión, contemplé el enorme chorro de agua que dejaba a su paso tras tocar la pista. Imaginé por un momento a un ferry volador sobre un río de aguacero y truenos. Dijeron entonces que el enorme barco había perdido un caucho en el aterrizaje. Al rato corrigieron: no fue uno, fueron dos.
Hasta aquí todo de maravillas. Esas cosas ocurren aquí y en la China. Gajes del oficio. La lógica aristotélica funciona bien aún en palos de agua torrenciales y aterrizajes bien movidos. Se cumple el protocolo, se busca un gato (o como se llame) para cambiar las ruedas, y a volar de nuevo, nena, que el cielo es poesía pura al elevarnos. Pero no. No y no. Avior es Avior y hay que innovar, crear, abrazar otros horizontes, trastocar rutinas fastidiosas.
Traerán los cauchos de valencia. Ya llegan. Los cauchos vienen en camino. Paciencia. Los cauchos están ya más cerca, hay que alegrarse. Los cauchos, perdonen la información anterior, están en Barcelona. Los cogemos, ¡zas!, los trasladamos, llegan aquí y cambiarlos es cosa de muchachos. Falta muy poco, vamos, a pasarla bien, atrévanse.
Debo decir que el personal en tierra fue amable. Fue en verdad un cuerpo dispuesto a escuchar reclamos, críticas, comentarios más o menos punzopenetrantes, en fin. A las tres de la tarde nos dieron almuerzo. A las cuatro andaba yo terminando un libro gordo que devoraba entre miradas al reloj y preguntas a la señorita que hacía su trabajo, la pobre, como podía y a lo scout: siempre sonriente. Pero Avior es otra vaina, trasciende el hecho concreto de un puñado de empleados que bienintencionados cumplen su trabajo sin la menor posibilidad de solucionar mayormente los problemas. Avior, como dije al comienzo, es un monstruo con el estómago tan grande que nos engulló a todos de un bocado, nos molió, nos rumió y terminó escupiéndonos como le dio la gana. Avior está y no está, es y no es. Avior es hamletiana por donde la mires, quién lo hubiera imaginado. Es entelequia con las alas bien puestas, es abstracción, surrealismo del malo, ése que te da un coñazo en la nariz mientras te preguntas por qué caíste en sus garras, por qué te pasan esas cosas, por qué a ti y al pato Donald le ocurren semejantes experiencias.
Vi mi Casio quartz plateado, redondo, marcando las nueve de la noche. A esa hora sonó el click de mi cinturón de seguridad. Faltaban diez minutos para despegar. Nueve horas de retraso pero no importa demasiado, no es asunto para amargarse y alborotar úlceras o bilis, rediós. Avior implanta un nuevo récord, suenan cohetes, lanzan fuegos artificiales.
Esperé alguna explicación coherente, una historia más original por la odisea mientras desde el 2A escuchaba a la aeromoza pronunciar frases como carreteo y despegue, respaldo de sus asientos en posición vertical y cuestiones por el estilo. Nada, ni un ápice, ni ñe a propósito de la tardanza, de esa descomunal irresponsabilidad, de semejante falta de consideración y de respeto por los pasajeros. Decidí no escuchar más. Obvié el discurso de la chica y me dispuse a escudriñar sus piernas, a adivinar su figura en la media luz de la cabina, a inventarme una mejor puesta en escena. Luego cerré los ojos y dormí. Sólo dormí.

7/22/2012

Las raíces torcidas de América Latina



Son bastantes los estudiosos que se preguntan acerca de lo que es Latinoamérica. Esa interrogante incluye por supuesto la búsqueda de la punta del hilo que eche una mano a la hora de revisar el ovillo de lo que implica nuestro presente, en el intento de hallar respuestas en cuanto a qué sucedió y sucede para que estemos como estamos.

Carlos Alberto Montaner, en un lúcido y estimulante ensayo del que me he permitido tomar el título para estas notas, da cuenta, con profundidad, erudición, rigor investigativo y valentía, de ciertos elementos que a su juicio han venido conformando lo que no sin angustia manifiesta en su trabajo: América Latina (esa “promesa incumplida”, como la llama Vargas Llosa) no ha sabido y no ha querido construir su futuro, es decir, labrar su desarrollo, lo cual la convirtió, y el presente no es excepción para tal sentencia, en la región más empobrecida de Occidente.

Se trata de un libro que estudia la miseria, la forma de vida y el fracaso de un conjunto de países hispanoamericanos. Las posibles razones para ese extravío, así como la salida del laberinto, son tratados con la pasión propia de quien conoce en profundidad la realidad que intenta dibujar mediante las palabras. No en balde, el estudio se sustenta en una muy osada e inteligente indagación histórica. La historia, sugiere Montaner, puede arrojar luces a la iniciativa de continuar buceando y realizando hallazgos sorprendentes en nuestro intrincado pasado, donde yace parte indiscutible de la explicación relativa a la situación que hoy vivimos.

La historia nos brinda, por ejemplo, la posibilidad cierta de escudriñar el machismo marcadamente observable en estas tierras, que tanto daño y segregación produjo y continúa produciendo en las mujeres. La historia nos ofrece, si la abordamos de cierta manera, una nueva visión del racismo en Latinoamérica (lo ha habido y lo hay, afirma con argumentos el autor). La historia nos brinda sólidas pistas al momento de dirigir miradas hacia las sociedades del presente, en las que no se ha podido aún dar con un Estado que en verdad asuma con seriedad y buenos oficios aquello que es su obligación: los intereses de la inmensa mayoría.

Montaner, como una especie de tejedor que se sirve del tiempo y de lo que la memoria nos lanza a la cara, crea una red de explicaciones y ensaya respuestas que, más allá de lo discutibles que puedan resultar, constituyen un valioso intento de aproximación a lo que conformamos, en suma novedoso, iluminador y atractivo, esto último entre otras razones por la agilidad de su pluma y por la clara forma de abordar y divulgar temas que de por sí resultan a veces áridos e inextricables. La gran historia, incluida aquí esa que nos llega de la Madre Patria (porque, de algún modo, la historia de España también se hace nuestra) es el fundamento seminal que Montaner se encarga de perseguir, cual sabueso, para armar entonces su particular concepción, llena hasta la médula de irreverencia, de sentido autocrítico, de novísimas formas de entender el pasado. Allí se asientan en gran medida las bondades que el libro posee.

Creo haber comprendido algo más los gigantescos problemas latinoamericanos después de entromparme, sin prejuicios, con un trabajo como éste. Mucho de lo que padece hoy en día Venezuela (que no deja de ser común al resto de los países de la región) salta a la vista y es tratado con ahínco en las doscientas quince páginas que dan cuerpo al texto. Así, en relación con el militarismo, me permito mostrarles nada más que un botón como abreboca: “La cuestión de fondo radica en la inconformidad de una parte sustancial de los latinoamericanos con el Estado en el que se dan cita en calidad de ciudadanos. No creen en él”. Aparte, fíjese usted en esto otro: “¿...qué une, al margen de la fama, a Pelé y al Duque Hernández? Además de ser ambos grandes deportistas, son negros y eso tal vez haga pensar que en América Latina existe una envidiable armonía racial, mayor que la que se observa en Estados Unidos. Pero acaso estemos ante una apreciación engañosa. Se trata de un racismo distinto”. Y ya para finalizar las siempre odiosas citas, mójese los dedos, imagínese el océano de diatribas, reflexiones, dimes y diretes que una frase como la que sigue seguramente da a lugar en la muy prejuiciosa Latinoamérica, y que a dentelladas de razonamiento sostiene y defiende Montaner: “No hay en el universo latinoamericano demasiado aprecio por los empresarios triunfadores o los capitanes de industria. La lista de los cien hombres más ricos del país casi siempre coincide, al milímetro, con los cien más odiados: se les suele culpar de la extendida pobreza que padecen los latinoamericanos. Los millones que son indigentes y se alimentan mal supuestamente son las víctimas de estos inescrupulosos millonarios. Es lo que dice la izquierda, lo que se repite desde numerosos púlpitos religiosos, lo que se asegura en las universidades. Ése es el catecismo de todos los partidos populistas, y en América Latina casi todas las fuerzas políticas, incluidas las conservadoras, recurren a esa lengua y a esos esquemas de razonamiento”.

Se trata de una invitación al pensamiento, a la reflexión, a redescubrirnos a partir de una perspectiva que no ha sido la más transitada ni en Venezuela ni en América Latina. Lo que el profesor Montaner manifiesta a los cuatro vientos luego de su paso, armado con el bisturí y las tijeras de disección, por nuestra íntima historia, bien vale la pena considerar y reevaluar. Sin duda, ciertas claves para comprender cómo andamos esperan en el libro.

7/20/2012

Escritor



Un escritor amigo escribe poemas inexistentes. Nada mejor, me decía, que hacerlo con bolígrafos sin tinta, de esos listos para tirar a la basura luego de acabada su vida útil.
Su vida útil, qué frase ésta. Diría yo que lo más trascendente en la historia de esos kilométricos empezó después de que con ellos no pudiera darse un solo trazo, de los normales, de los que a diario construimos usted o yo pero no él, mi amigo escritor, quien como he dicho es un poeta cuya obra invisible está ahí, llenando fajos de cuartillas listas para quien desee abrir los ojos y leer.
Me telefoneó hace días, pasadas las once de la noche. Habló con voz de urgencia y dijo que fuera hasta su casa pues tenía algo de vida o muerte que decirme. Dejé la bata y me eché encima camisa y pantalón. Mi amigo bebía un whisky en las rocas: de inmediato abrió la puerta de su estudio. Cogió unos folios en blanco y me los dio a leer. Pensé que era una broma, supuse algún trastorno en su salud, pero no, simplemente sugirió que leyera, que meditara un poco, que pusiera atención, que le ofreciera mi opinión sobre esos versos.
Pude darme cuenta de que las obras literarias son como las viejas fotos que sacábamos de jóvenes. Estaban las imágenes sobre el papel y estaba el rollo en negativo, es decir, que hay cuentos o ensayos o poemas tal y como los encontramos en los libros y los hay a la manera en que mi amigo los escribe. Se llenan imaginariamente cuartillas y cuartillas y a la vez se leen imaginariamente textos y más textos, con lo cual ganamos un mundo en materia literaria, en costos de producción, edición o cosas por el estilo, de tal forma que una excelente biblioteca, en lugar de ocupar tanto espacio en anaqueles (con el añadido del polvo, los gérmenes, las molestas alergias), termina ubicándose en el lugar imaginado que mejor nos convenga. Problemas resueltos.
Mi amigo colecciona bolígrafos gastados, plumas fuentes sin una gota de tinta, lápices desvencijados como si fuesen restos de cigarrillos aplastados en un cenicero. De ahí, dice, nacerá su legado, saldrán sus obras maestras inexistentes. Yo creo que está en lo cierto. Basta leer lo que escribe y percatarse. Sólo basta con eso.

7/13/2012

Nocturno




Cabalgas sobre mí
entonces lluevo tibio
espeso
en tus adentros.

7/11/2012

Felino



Entre sábanas y polvaredas
chirrían las patas de las camas
arden al rojo nuestros cuerpos
mientras fluye esta noche
líquida
espumosa
pegajosa.
Soy un animal nocturno
al acecho
otra vez
de tus caderas.

7/10/2012

Vamos siendo



El lenguaje nos hace y nos deshace aunque uno se empeñe en obviarlo. Damos mil vueltas, miramos para otro lado, alzamos los ojos al cielo y nada, dependemos de fonemas, de lexemas, de esa cosa que llamamos sintaxis. Las palabras, qué duda cabe, son el vehículo de las ideas.
El lenguaje nos da forma. Uno lo ve en las esquinas o en las escuelas. También en la barra, en el burdel, conversando con los curas y en medio de un templete. Por más que insistamos y por más que machaquemos, no hay camisa de fuerza para un objeto directo, un sintagma nominal, una oración yuxtapuesta copulativa. Pero somos tercos y ridículos, entonces comenzamos otra vez, nos arrojamos al abismo sin misericordia en la necia pretensión de represar la fuerza de una frase.
Y a la sazón vamos procurando ciertos monstruos. Tenemos algo de Frankenstein entremezclado con los tres cerditos. Somos creadores y a la vez ingenuos. En medio de un jolgorio, justo a la entrada de un bonche que se ve muy tentador, asumimos el rol del musculitos que en la puerta pide cédula, certificado de salud, juramento notariado de portarse bien. Tú sí, oye, tú no. Cogemos por el cuello a un adjetivo y ya sabes, cabroncete, lárgate por donde llegaste, o nos rendimos a los pies de sustantivos vacuos o parrafadas de lo más idiotas. Hay que ver.
Como si las palabras roncha o sobaco o chicharrón con arepas fueran sediciosas, apestadas, qué sé yo. No caben en el libro de poesía, son expulsadas de una tierra que también les pertenece. Como si pétalo fuera pétalo, o lágrima lágrima, o la frase cada día sube una flor a tus labios a buscarme fuera cada día sube una flor a tus labios a buscarme. No faltaba más.
En el frontispicio de la literatura todo vale, pero muchos pretenden colgar ahí el manual de uso, la receta impoluta para embutir cuentos, poemas y ensayos a lo salchicha. Se amasa el lenguaje, una pizca de sal, dos dedos de aceite, se corta así, se dobla allá, y el texto nace fulgurante, muy correcto, el colmo de lo literario. Tú sí, coño, pero tú no, que eres una preposición sin copete, que pareces un complemento circunstancial barriobajero, que tienes mucho de adverbio venido a menos y nada de plástico en las tetas.
Tengo la impresión de que a la mayoría los coge el toro del lenguaje y no se enteran. Habría que pararse ante el espejo y observar con atención. Mirar qué vamos siendo a fuerza de palabras, de sílabas, de párrafos que nos definen por todos los costados. A ver si nos gusta lo que hallamos. A ver si largamos esa sonrisa a lo Bogart y aquí estoy, nena, puedes irte desmayando. A ver si después nos sentimos tan lo que creemos.

Daniel y el chocolate



Daniel: Papá, papáááá, papááááááá
Yo: Dime, cariño, dime
D: ¿Ves aquella Nutella gigantesca?
Y: Ah, sí, claro, ufffff, qué grande, es un adorno, no es de verdad
D: Papi...
Y: ¿Sí?
D: ¿Qué harías con una Nutella así de gigante en casita?
Y: Bueno, a ver, a ver... Creo que compartiría un poco con todos. Eso haría.
D: ¿Y tú Camila?
C: Me comería un pedazo, luego la guardaría, y tendría para después y después y después y después y después. ¿Y tú Daniel?, ¿qué harías con esa Nutella tan requeteinmensa?
D: La llevaría a mi cuarto, pondría Alvin y las ardillas y ya, listo, me la comería toda, toda, toooooooodaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Luego de publicado el texto anterior y en vista de que la señorita Camila Vilain entrara y lo leyera, manifestando su más enérgica protesta, procedo entonces a realizar algunas modificaciones que según ella resulta indispensable realizar, pues a su juicio se dieron graves alteraciones de parlamento en boca de los personajes involucrados en la conversa. Así que ahora mismo copio fiel y exactamente la hoja manuscrita que me ha hecho llegar después de pasearse por el blog, fruncir el ceño y evidenciar su descontento:

Camila: Papá, papá, papááááááá
Roger: ¿Sí?
C: ¿Qué harías si tuvieras una Nutella tan grande como ésa?
Y: Me la comería día tras día
C: Ah, yo compartiría con todos
D: Y yo pondría Alvin y las ardillas y me la comería tooooooodaaaaaaaaaaaaaaa.
Y: Jajajajajajajajajajajajajaja.

Las soluciones mediocres



En febrero de 2005 publiqué este escrito. De esa fecha hasta el presente han cambiado ciertas cosas. Saque usted sus conclusiones.

Existen quienes preñados de buenas o malas intenciones terminan incendiando lo que les rodea: desde su casa, su entorno inmediato, hasta un país. América Latina tiene en sus alforjas mucho que mostrar al respecto, pero sobre todo bastante que aprender.

Una de las materias pendientes que los latinoamericanos deberán aprobar más temprano que tarde es la manera tan ligera de extender cheques en blanco cuando de política se trata. Esa manera, que también es ignorancia, indolencia, comodidad, irresponsabilidad, ha servido de impulso y de sostén a quienes se llenan la boca con la más absoluta demagogia, con retórica populista que arroja ganancias políticas sin cortapisas, pero dejando en contraparte una estela de frustración, rabia y legítimos deseos de superación insatisfechos, tan peligrosos para el alcance de niveles de vida dignos como para la democracia misma.

Venezuela, nido y caldo de cultivo para que florezcan iluminados, más aún en momentos como éste, donde el intercambio de espejitos por lealtad política o votos ha crecido como nunca, tendrá que pisar el acelerador, lo cual implica que la oposición, terca como las mulas, ciega como los topos y narcisista como ella misma, deberá llevar a cabo lo que hasta ahora no da muestras de querer hacer, es decir, competir con el gobierno y darle la pelea desmarcándose de sus políticas, proponiendo el país que estaría dispuesta a construir una vez encaramada en el poder. La oposición no compite, va detrás. No se individualiza para entonces ubicarse en la acera de enfrente y decir lo que tenga que decir, sino que se arropa con las sábana de Chávez. No crea su discurso y su hacer: glosa al Presidente, va a la saga del gobierno, sigue al dedillo sus pautas, muerde todos sus anzuelos. Cualquiera pensaría, y con razón, que un gobierno tan malo como el que tenemos sería más de lo mismo con esta oposición que encabezan un Ramos Allup o un Julio Borges.

Este último, como para no ser menos ante el Hugo Chávez amo y señor de la demagogia encarnada, propone repartir en dinero contante y sonante, tan pronto como desplace al de Sabaneta, parte de los ingresos petroleros. Listo. Cada venezolano tendría su limosnita, sus algo así como doscientos mil bolívares mensuales, porque con Borges sí es verdad que el petróleo ahora es de todos. Si el país se está cubanizando, el señor Borges anda a estas alturas de lo más chaveznizado, o como se diga. Más de lo peor, o sea, más del Chávez busca votos, en campaña eterna, hablador de pendejadas, con el país destartalándose a su paso. Chávez dice y la oposición repite.

Aquí nacen magos a cada instante. Ya William Ojeda, quien le sigue los pasos muy de cerca a la dupleta Chávez-Borges, sacó de la chistera el conejo de más pagos: "todo criollo con la edad requerida, inscrito o no, cobrará el seguro social". No hay plan de gobierno, no hay propuestas serias, no hay explicaciones, es decir, algún “cómo” al respecto. Hay demagogia a chorros que se cuela por los poros. ¿Es malo lo ofrecido por Ojeda? Por supuesto que en teoría no, pero olvida aclarar de dónde saldrá el diluvio de millones necesario para cumplir con su palabra. ¿Cómo la hará posible? ¿Cómo encarará semejante ofrecimiento? De eso, claro, es mejor no hablar porque le caen sucitos al pastel.

Este país atraviesa un mal momento. Es pésimo el gobierno y muy mala la oposición. Venezuela, como también Latinoamérica, ha sido tierra de utopías, de grandes logros siempre postergados que imponen al presente esperanzas con poquísimo sustento real; ha sido espacio predilecto para demagogos, dictadores, malabaristas de la palabra, carismáticos sin un dedo de frente, prometedores de oficio, salvapatrias al por mayor, arregladores de entuertos, de un plumazo y sin muchos sacrificios. Por eso engordan los Perón, los Videla, los Lusinchi, los Castro, los Chávez, los que se creen componedores de la humanidad, del mundo y áreas circunvecinas. Por eso abundan, rollizos, quienes se asumen como indispensables, quienes en nombre de la revolución o de la patria o de los pobres o de Bolívar o de no sé qué otro invento pretenden curar de una vez y para siempre, no como hombres de Estado sino como espadones andantes, los tremendos males de estas destrozadas geografías.

En cuanto a mí, descreo de monsergas o utopías carentes de toda conexión con lo real. Rangel Gómez, el oscuro gobernador de estos parajes, ha gastado litros de saliva ofreciendo promesas, abonando esperanzas en la pobre gente que vio en él otro portento de las mejorías gracias al chasquido de los dedos. Nunca olvido aquella máxima: en política las soluciones mediocres suelen ser las mejores soluciones. Y de qué manera.