2/19/2013

Los juegos de la memoria


    Recuerdo los primeros libros que tuve entre mis manos: cinco novelas de aventura en tapa dura, con letras doradas, que daban forma a la colección Clásicos Universales. Fue un regalo de mi madre cuando yo tendría cuatro o cinco años. Me tomó tiempo comenzar a leerlos, a diario los observaba en un rincón de la biblioteca, sabía que eran míos, imaginaba el misterio que llevaban encima. Alguna vez iba a atravesar sus páginas.
    Mi hija Camila pronto va a hacer la Comunión. La biblia que utiliza en cada clase me acompañaba al catecismo hace treinta y cinco años. También mi madre fue la artífice de ese regalo. Como observarán, soy dado a conservar ciertas obras que, vistas en retrospectiva, funcionan como espejos a la hora de escudriñar en el pasado.
     Hace poco me dio por hojear el “Diccionario Práctico EASA” con el que mi pequeña resuelve rompederos de cabeza a propósito de las palabras.  Ha sido la directa heredera del libraco que una tía me obsequió a los cinco años porque su sobrino era entrometido y preguntón. Según ella, resultaba poco menos que imposible mantener por diez minutos el hilo de una conversación entre adultos sin que esa ardilla metiera sus narices lanzando a quemarropa interrogantes sobre qué era nauseabundo, inverosímil, axila o traqueteo.
    Es curioso, pero cojo el EASA y al notar cómo dejé huellas en él, pienso que algunos textos son también cortes geológicos, capas superpuestas como esas que se dejan ver en las excavaciones arqueológicas. De algún modo parte de tu historia queda ahí, al aire libre, legible si te das a la tarea de reconstruir fósiles, empalmar épocas y analizar sedimentos.
    Guardo en la memoria la viva imagen de mi madre forrando los cuadernos. Segundo grado me hacía sentir mayor. Quedaba atrás el kínder, a lo lejos recordaba andanzas con la maestra Báez, de primero “A”. Comenzar segundo no sólo era emocionante sino también un reto: el libro de lectura lucía considerablemente gordo, me habían comprado un compás y un transportador (¿qué diablos era eso?) para hacerle compañía a la solitaria regla con que aprendí a trazar líneas rectas, quebradas, inclinadas y demás misterios por el estilo. Y por si todo lo anterior fuera poco, Laura, con su cabello recogido en una cola de caballo, me hacía latir el corazón más de la cuenta.
    El diccionario finalmente estuvo listo. Forro de papel azul con rombos blancos, forro de plástico encima, y en el medio una etiqueta para identificarlo. Lo abro en el presente mientras Camila colorea páginas de sus tareas, pienso en el colegio, pienso en el niño que fui y en la niña que es mi hija. Pienso en Daniel, más pequeño que ella aún, y me digo el lugar común que nos aplasta las narices: “los tiempos cambian, uff, los tiempos sí que cambian”. Y es bueno que sea así.
    Mierda, culo, vaina, coño, aparecen encerradas en un círculo con tinta negra. Me veo leyendo esas palabras en el diccionario, absorto, sorprendido, preguntándome por qué razón están ahí. ¿No era ése un libro serio? ¿No era un objeto que usaba la maestra? ¿Cómo es que de pronto contiene palabrotas? Puta, pendejo, ñoña, me producían la sensación de que las cosas no estaban en su sitio, de que ese vendaval de términos prohibidos cabían también en una parte semiiluminada de la escuela. Era contradictorio, era un descubrimiento que me confundía.
    Continúo mirando el  libro, noto mi firma en su primera página, debió ser a los seis años. Luego observo otra, quizás ya a los siete u ocho. Veo incluso una adicional, muy distinta, una rúbrica sin dudas imitando a aquella de mi padre, imposible de leer, un verdadero garabato. A semejantes alturas, sexto grado diría yo, me sentía un hombre, un hombre grande, alguien diferente a esos mocosos insignificantes de tercero, cuarto o quinto.
    La verdad es que esa línea temporal que implica un libro largamente usado por nosotros lleva las marcas de lo que hemos sido. Si abres los ojos hallas pistas, la punta de algún hilo que puede arrojarte al ovillo que ahora eres. Paso las páginas: un corazón dibujado con marcador rojo, atravesado por una flecha verde. Una frase escrita en cuti: cutilecutivoy cutiacutipecutidircutiuncutibecutiso. Las iniciales de varios nombres clave: B.A.M., María A.P., A.L.R.G., y también algunos sueltos, desafío abierto para entrometidos capaces de hurgar en mis secretos: Luciana, Alejandra, María Eugenia.
    Camila termina su tarea. Ordena los cuadernos, recoge desperdicios, guarda todo en su morral. ¿Me permites?, y entonces cierra el diccionario, lo coloca junto al resto de los útiles. Se lleva el fardo hasta su habitación sin saber que ahí también voy metido de cabeza.

2/14/2013

Preguntas y respuestas


    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien ose dudarlo nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone la firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.

2/12/2013

La voz del poeta


    Cada tanto compartimos un café, conversamos, arreglamos o terminamos de hacer pedazos este mundo. Ha publicado varios libros, todos de poesía, y ahora mismo tiene en mente lo que será un próximo título. Vamos a La Escalera, un café coqueto, aséptico, climatizado hasta en el baño de la cocina, que a él le gusta y a mí me desencanta pero qué se le va a hacer: “o en La Escalera o en ninguna parte, viejo. Esta vez impongo yo”.
    Conozco a Pedro Suárez desde hace una punta de años y créanme que lo digo con orgullo. Es bueno saber que existen los amigos, sobre todo porque son como el azúcar, la leche o el pollo en este pobre país, escasos, poquísimos, de a ratos inexistentes. Con Pedro pasa que es amigo y ya, y la amistad se nutre de un valor de uso que sabes va a estar ahí aunque tengas ocho meses sin saber de él. No hace falta la presencia cotidiana, física, quiero decir. Basta el hecho trascendente, la seguridad de que el tiempo y los kilómetros, la lejanía, forman parte de una realidad circunstancial donde nada hay que demostrar. Somos amigos y punto.
    Pedro Suárez ha escrito desde el hígado o la risa, desde el corazón o las tripas, y su trabajo ronda los temas de siempre, los universales, los profundos, los que llegan a los huesos sencillamente porque la humanidad yace en nosotros. He leído cada uno de sus libros y en todos va de bruces el hachazo necesario para decir esto o aquello con versos puntiagudos, con palabras TNT, con dardos de lenguaje envenenados a punta de existencia, polvo en los zapatos y pulso a tono con el párrafo que siempre intenta redondear.
    Mientras me quejo porque en este lugarejo está prohibido el humo del tabaco, él extiende una pila de cuartillas, me la da, “son los textos de los que te hablé”, dice, y yo paso la vista por encima y observo: “Libro de la sabana”. Anoche pude leerlo de un tirón. Entonces, de seguidas fui poco a poco, a mi manera, releyendo poemas salteados. Violé el orden que el autor había propuesto, machaqué fragmentos que, como islas, formaban perlas solitarias, pequeñas joyas encofradas en una hechura mayor. Es un libro a propósito de la Gran Sabana, un libro de viaje, de aproximación, de vuelo rasante que termina por atravesar de cabo a rabo la geografía física y espiritual de una región que se le incrustó a mi amigo en plena piel.
    “Este es el camino que haré más de dos veces/ me secuestra el salto y la voz pemona/ la sensación de navegar por un tobogán de estrellas/ la manía de dormir los grillos del corazón”. Entonces nada, tobogán e insectos están ahí, acaso a medio paso de mi sillón y de mi lámpara. “Pude tocar El Dorado/ comprobar que el de los libros/ era una torpe infamia/ un mito inacabado”. Y eso creo, que un mito da bandazos entre lo que cuenta y lo que en verdad nos aplasta la nariz, y lo que cuenta aquí se agacha porque un poema le lleva la contraria.
    La Gran Sabana es el motivo, el punto de fuga, materia plástica hecha libro: “Comprobé que la sabana habla su propia lengua/ y que las letras de su abecedario/ están escritas en un cuadernillo editado en el Precámbrico”. Y además: “Te das cuenta de que si olvidas la clave/ no comes ni bebes/ que las camisas planchadas/ se arrugan al cuello/ que la Helicobacter pylori/ es un nudo de corbata/ que sentarse a la mesa y negociar una rosa/ es tan peligroso como escalar el salto Angel”.
    Nada más que decir. Valdrá la pena. Estoy seguro de que bien valdrá la pena saborear estos poemas transformados en el libro que saldrá a la calle. Lo esperaré con alegría.

2/01/2013

Mi amigo escritor

    Alberto Manguel escribió unas líneas que Camila y Daniel suscriben a cada instante: “los niños saben algo que la mayoría de los adultos han olvidado: que la realidad es todo aquello que nos parezca real”. Lo anterior produce un lamento y una tristeza. El lamento es que una frase lapidaria como esta genere tan poco eco en nosotros, es decir, esos adultos, esos bichos raros en los que nos transformamos, y la tristeza, pues la tristeza es la ocurrencia de tal metamorfosis.
    Tengo un amigo que siempre le busca cinco patas a los gatos. También es escritor (los escritores son unos buscadores incansables, me da la impresión) y entonces usted lo ve oteando el horizonte con ojos de felino al acecho nada más que por hallar la sabia que subyace a este artificio con que bañamos el mundo, a este orden tan pulcro, tan aséptico, tan cargado de adultez que hemos construido desde hace tanto y al que nos lanzamos de cabeza.
    Uno anda rodeado, dígame si no, por un océano cuyos progenitores son el bueno de Aristóteles y el inteligente Descartes, o sea, lógicas estructuradas para ver de una manera, pensar de una manera y actuar de una manera. No está mal, tomando en cuenta lo bien cuadriculado que anda el universo, pero mi amigo escritor tiene razón, buscando lo que no se le ha perdido, cuando menos él dio en el blanco al punto de encontrar otros modos de mirar la cosa. Sus libros van por ahí llenos de ironía, sus escritos chorrean humor negro y perspicacia, sus obras leen la vida echando afuera lo que está bajo la alfombra.
    Calles, charcuterías, museos, escuelas, parques, hogares, tiendas, templos, burdeles, plazas, fueron jerarquizados por una mente que los unifica y les otorga su particular pie y cabeza. Eso es bueno, no vaya a ser que andemos más perdidos de lo que ya estamos, pero a mi amigo le encanta llegar a esos lugares y volver añicos ese orden superior que nos guía y nos organiza. Mi amigo es un niño, no cabe duda, pero también mi amigo, como usa barba y tiene canas, ha sido presa del ojo vigilante de lo que yo llamo “un adulto por todo lo alto”, esto es, alguien olorosito y entalcado a propósito de sus funciones como hombre educado, programado, bien llevado. Ha sido presa, digo, porque del cuello le cuelga, hasta que dé muestras de enmienda contundentes, la etiqueta de raro y diferente, generoso eufemismo para no decirle de una buena vez atolondrado, apestado, loco o desquiciado.
    Ese escritor que anda buscándole la quinta pata al gato gusta leer el mundo a su manera, lo cual pasa por considerarlo tierra virgen en cada expedición exploratoria que lleva a cabo todas las mañanas al despuntar el día, justo cuando empieza la faena cachito y jugo mediantes en el abasto de la esquina, servidos por Joao, portu buena gente  y simpátiquísimo como ninguno.
    Según creo haber sugerido ya, y por ser un hombre libre, mi amigo le saca la lengua a ciertos órdenes preestablecidos. Ese pre en preestablecidos, claro está, tiene mucho de plancha y almidón, por lo que siempre es urgente, dice él, salirle al paso con una labor profunda de recreación a propósito de todo cuanto se anteponga entre él y su mirada. Como es lógico suponer, este re de recreación sí que resulta mucho más simpático que el malencarado pre, al que es bueno insuflarle dosis elevadas de anarquía para despeinarlo y desarreglarlo un poco mientras se le hacen cosquillas epistemológicas (perdonen el feo academicismo) a ver si sonríe y cambia por fin de semblante.
    Total, que la labor es ardua pero grata. Y ahora que lo pienso, recuerdo esa sentencia de Cortázar, quien a tono con todo esto llegó a arrojar una frase a quemarropa: “soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja del sueño”.


1/24/2013

El otro Jack


    Hay libros que nos gustan de cabo a rabo, pero éstos son la minoría. Lo común es hallar escritos-mosaicos irregulares: nos atrapa buena parte de lo que hay en ellos, pero también muestran lunares, manchas, zonas oscuras cuya existencia termina desalentándonos con fuerza.
    Una tarde en Maracaibo miraba pasar la vida en un café del centro. Como las mesas estaban repletas, alguien se acercó, saludó y pidió ocupar un sitio junto a mí. Era un señor entrado en años, calvo, de lentes, con los dientes amarillos por la nicotina. Yo leía, tenía en las manos algo de Cynthia Ozick, recuerdo bien. Entonces lanzó a quemarropa algo más o menos así: “también suelo acercarme a estos lugares y leer, sólo que a estas alturas leo lo que me da la gana y lo que me da la gana es justamente lo que me da placer”. Lectura y hedonismo, claro está. Me gustó lo que el recién llegado ponía sobre el mantel.
    Hay gente, siempre lo he dicho, que anda por el mundo llamando la atención. Personas que chorrean esa especie de magma, de aura que no deja de producir curiosidad. Gente que le busca cinco patas a los gatos y bueno, basta que los tropecemos para de golpe saber que son ejemplares raros, individuos de lo más extraños, seres capaces de descolocar las cosas y seguir como si nada.
    Pidió agua mineral y echó afuera su historia. En dos platos, mi acompañante pasaba los días engordando su biblioteca ideal, un entramado de libros cuyo único punto en común era que todas, todas y cada una de sus líneas, párrafos y páginas otorgaran  placer total al ser leídos. Si hallaba un pasaje indigno de la misión que se había propuesto completar, sencillamente lo tachaba. Si era una hoja, o dos o tres o diez, las arrancaba, de modo que sólo permaneciera aquello placentero. Debía perdurar lo que a su juicio era un tesoro digno de ser leído y degustado en cualquier lugar o circunstancia. Aquella biblioteca era su maravilla, labrarla suponía la obra de una vida. Lo escuché con atención y asentí, le dije que su plan era de fábula. ¿Era feliz de esa manera?, pues bien, no era yo quién para opinar en contra.
    Ahora, en otra ciudad y otro café, con un ensayo de Alberto Manguel sobre la mesa doy chupadas al Davidoff que alguien tuvo el buen tino de obsequiarme. También desde esta trinchera miro pasar la vida y sin que esta vez nadie se acerque, pida permiso y ose ocupar la silla frente a mí, acaso porque las mesas no están ahora repletas, acaso porque los días y sus circunstancias ya no son los mismos, abro al azar el libro, paso los ojos por la página treinta y dos, y leo: “Me viene a la mente el moralista Joseph Joubert, cuyos hábitos de lectura fueron descritos por Chateubriand: cuando leía, arrancaba de los libros las páginas que no le gustaban, y de este modo iba conformando una biblioteca personal hecha de volúmenes destripados con cubiertas medio sueltas”.
    Fruncí el ceño, levanté mucho las cejas, pensé en el café de Maracaibo y en aquel Jack, destripador de libros, calvo, con los dientes amarillentos por acción del cigarrillo, y en el señor Joubert, este otro despanzurrador que tenía ahí mismo, justo a mis pies en ese instante, hecho letras y hecho obra literaria. Pedí otro café y continué leyendo. Continué leyendo, no faltaba más.

1/17/2013

Populismo a la carta


    El último pronunciamiento del Tribunal Supremo de Justicia, avalando la tesis del continuismo oficialista, ha producido con razón el levantamiento de numerosas voces condenando lo ocurrido. Enhorabuena.
    El gobierno de Hugo Chávez es dueño de una legitimidad de origen empañada a medida que pasaron los años gracias a su conducta en el poder. Es lo que se conoce como legitimidad de desempeño, venida muy a menos sin lugar a dudas. Hoy no es un secreto para nadie que los poderes públicos duermen la siestecita de los justos en el bolsillo del Ejecutivo y que, en consecuencia, los debidos contrapesos volaron en mil pedazos. Todos los equilibrios se fueron, pues, con su música a otra parte. Chávez ha hecho poco menos que materializar buena parte de sus delirios, lo cual es una realidad de la que aún no se desprenden las peores consecuencias. En tal sentido el perfomance del Tribunal Supremo no sorprende, en esencia porque es un apéndice, un tentáculo más del gigantesco pulpo en que se ha transformado el Estado venezolano, y actúa según la lógica de intereses extrajudiciales.
    No sé adónde irá a parar todo esto. Ignoro cuál será el punto de fuga de unos hechos que, partiendo de incontables violaciones a la Constitución, tejieron un entramado cuya figura lamentable es la Venezuela de estos días. Pero sí tengo la certeza de que es necesario, urgente, señalar las perversiones. Quienes se dedican al pensamiento, científicos, profesionales, escritores, artistas, académicos, intelectuales de aquí o allá, están llamados, entre otros, a lanzar la voz de alerta y plantar cara ante los hechos. Es lo menos que se espera de ellos en una sociedad tan convulsa, de muy frágil democracia, como la venezolana.
    Las complicaciones y derivas políticas, tragicómicas, dolorosas, inaceptables, que en determinados momentos sufre un país cualquiera, pueden muy bien ser específicas e inherentes a ciertas geografías a lo largo y ancho de este mundo, pero no hay que equivocarse: éticamente demandan pronunciamientos, toma de conciencia, nos tocan en tanto humanos y resulta imperativo actuar. ¿Y cómo actúa un intelectual? Pensando, escribiendo, debatiendo, alzando su voz, su autoridad moral y su quehacer para  deplorar, para denunciar las tropelías y desafueros del poder vengan del lugar que vengan. Lo intelectuales demócratas tienen trabajo en Venezuela.
    La herramienta clave de Chávez ha sido el populismo, condición desafecta al progreso y a la libertad que ha brillado con luz propia en los sesos hirvientes del   caudillaje latinoamericano durante décadas. Es usando tal moneda como logró socavar instituciones, engordar la corrupción hasta hacerla una rémora constitutiva del país, y llevarlo, por ejemplo, a los primeros lugares del club de naciones con mayor retroceso económico, inflación o violencia callejera. El populismo, de vasta e ingrata presencia en nuestra historia, es un formidable muro de contención frente a cualquier esfuerzo por crear sistemas democráticos que gocen de buena salud y alienten el crecimiento y el progreso cuando reina la pobreza. En el presente, la democracia venezolana es una mascarada.
    Mucha gente ligada a la cultura ha permanecido callada, negando y justificando cuanto disparate sacó el mandón de la chistera. Se trata de una frivolidad moral poco menos que impresionante, una debilidad de carácter, de visión y horizonte democrático, de ausencia de escrúpulos políticos a favor de una peligrosa manera de asir la ideología socialista: como una verdad colectiva superior, dueña por lo tanto de la razón, de la verdad y de la historia. Al ocurrir esto, el fin justifica los medios y de ahí a inclinar la cerviz y quebrar lanzas por un ídolo político entronizado con inciensos y demás sahumerios en el amplio santoral de los demagogos, hay sólo un paso. ¿Por qué actúan de esa manera? Por comodidad u oportunismo, por ceguera, por sed de poder o cobardía, y acaso por cierta ingenuidad difícil de concebir a estas alturas.
    Quienes han dado un golpe sobre la mesa y lo continúan haciendo, esos que día y noche se atrevieron a manifestar lo que pensaron, con alta voz, con claridad, y le han salido al paso a tanta torpeza, a tanta locura trasnochada con una valentía sin cortapisas, es decir, intelectuales incapaces de abdicar frente a su norte -la libertad-, seguramente encontrarán ecos a sus voces. Ojalá mucho más en horas tan amargas.

1/15/2013

La pizza de Camila

Tu crujiente pan caliente,
bajo ese tomate manchado,
de orégano espolvoreado,
que resbala por mis dientes.

Tu queso fundido y gratinado,
encima de tropezones,
de pollo, de champiñones,
creo que me he enamorado.

La comida de los dioses,
la diosa de la comida,
a mi el alma se me encoge,
cuando se acaba la pizza.


Anónimo

1/09/2013

X



    X, escritor amigo, publica un libro cada año. X crea historias que atrapan desde la primera línea, aunque para lograrlas posee el más curioso de los métodos.
    Justo cuando X me habló del asunto recordé mi época de escuela, en especial el tercer grado. La maestra mandaba a leer a diario por lo que cada quien, hubiera lluvias, truenos o centellas, se alzaría como protagonista en su momento. Me explico: tarde o temprano tocaba subir al escenario, es decir, pararse frente a los compañeros, abrir el tomo y leer el cuento escogido. Yo lo hacía muy bien pero con una condición: llevar mi propio libro. Si por casualidad lo olvidaba en casa era hombre muerto. Jamás, en aquel lejano tercer grado, pude descifrar con solvencia cuanto hallaba escrito en los textos, idénticos, de Pedrito, Luisito o Rafaelito.
    X escribe en su Remington viejísima, lo cual le da un aire de artista bohemio demodé y de dinosaurio fuera de contexto poco visto en estos días. Mientras quienes se entregan a las teclas usan computadoras de última generación, mi amigo echa mano del Typex y de su maquinita. Caso contrario, afirma, resulta imposible escribir las tramas que obviamente nacen de su imaginación, pero también de sus dedos. A falta de máquina, para resultar coherente, usa bolígrafo o lápiz, pero nada más que los suyos. Al ponerse a trabajar con instrumental ajeno de inmediato se da el bloqueo, la parálisis, el blanco mental y digital incapaz de hacer a un lado salvo con el regreso de la Remington o hurgando en su escritorio hasta dar con el Mongol Nº 2 o el Paper Mate Kilométrico Plus.
    Así están las cosas. Entre X y yo media un hacer (la escritura en su caso; la lectura en el mío) entrelazado por un virus extraño. Un buen día cogí el libro Angelito de Moncho, o el de Elena, ya no recuerdo con exactitud, y al pasar la vista por las letras pude dar con los significados, encontré el desenlace feliz de tanta letra junto a otra que únicamente aparecía cuando el Angelito en cuestión  llevaba una etiqueta que decía “Propiedad de: Roger Vilain. Colegio María Inmaculada. Tercer grado A”. Cogí el libro de otro y se dio el milagro, leí a placer, vaya uno a saber por cuales designios de la divinidad, del azar o del caos.
    X sueña historias que luego echa afuera con la punta de los dedos. Pero ahora mismo su máquina está descompuesta, le saltan ciertas letras, el rodillo se trabó, y para remate es zurdo y acaba de romperse el brazo izquierdo. La verdad es que a veces a cualquiera le caen las siete plagas. El punto es que mi pobre amigo X no puede usar sus herramientas de trabajo y me ha pedido contar a manera de conjuro un poco de su historia que, como referí antes, de algún modo se da la mano con la mía.
    Mejorará, claro, arreglará su Remington de los cincuenta, continuará pariendo obras la mar de fabulosas y, por qué no, el día menos esperado también lo hará desde una Laptop suya, de fulano o de sultano, o de una Macintosh bañada de modernidad, o desde un bolígrafo cualquiera. No me cabe duda, sólo es cuestión de tiempo. Un asunto de paciencia. Mientras tanto ya he cumplido, aquí está el escrito que pidió. Ojalá sirva para algo.

12/28/2012

Velocidad de crucero

    Mi hijo Daniel quiere un helicóptero. Uno de juguete, claro, pero que vuele de verdad. A sus casi seis años prefiero que se eleve sólo a ras del suelo, y entonces me entrego al hecho de subirme con él a otras naves, a otros aparatos, a otras invenciones.
    Pedirle al Niño Jesús una máquina capaz de despegar es de lo más emocionante, por supuesto, asunto que en mis días de imberbe hubiese hecho las delicias del patio. Pero qué va, existían parapetos voladores menos reales y más imaginarios. Le cuento de esos tiempos, abrazo las historias que guardo en la memoria con el lenguaje que le gusta: el de la algarabía y el de las aventuras.
    En la cama, echados al amanecer, un golpe de almohada bien puede resultar el encendido que implica ascender y navegar. Volar también ocurre desde un  colchón entre café, abrazos o sonrisas. Durante mi época infantil atravesar las nubes, visitar Júpiter o Marte, pilotar cohetes, suponía una caja de cartón elegida como nave, tenía que ver con la mata de guayaba, en el patio, y su ramaje dispuesto para cobijar  a quienes deambularan en busca de adrenalina, sueños y nuevas experiencias.
    Daniel toca un botón y se prende cierta luz, mueve la palanca y sentimos que nos elevamos. Ríe, y esas carcajadas dejan entrever sin duda que el helicóptero añorado es poco comparado con esto. Volamos, vagamos a placer. Allá abajo, mira, está tu calle, tu casa, corren tus amigos. Papá, ¿las nubes son de algodón?, ¿podemos ir a Francia?, ¿a Liliput?, ¿nos metemos en ese arcoiris? Zarandeamos interrogantes mientras observo cómo la dicha chorrea por la comisura de sus labios. Le gusta despeinarse, goza con el viento que le tumba la gorra del Caracas, se empina a más no poder para arrojarse de seguidas en picada, a toda velocidad, hasta ascender nuevamente en medio del vértigo y las hormigas en la panza.
    “Es como en El Principito”, me dice. “Es así, pero mejor”, reconoce. Tiene su planeta, Daniel fabrica un cuerpo celeste para él, tiene además un lugar preferido en ese astro, de modo que en cada chance prende los motores y allá va, al sitio más divertido que haya de existir nunca jamás. Yo lo veo y regreso a mi particular historia, a mis andanzas parecidas, cuando disfrutaba de su edad. Su avión también es la máquina del tiempo. Ahora él es quien me enseña, me indica el camino, me toma de la mano y es capaz de hacerme cosquillas en el cuello. Coloca frente a mí el espejo en que nos contemplamos sin que medien estaturas, años cumplidos, dientes de leche o quién engendró  a quién. Somos dos y basta. Volamos y eso es suficiente. Danzamos perdidos en un solo abrazo.


12/20/2012

Lentes


    Hay gente que usa lentes y desde que eso ocurre deja de ser lo que era. Tengo un conocido con muy mala vista, por lo que le recetaron anteojos multifocales que reducirían sus problemas al mínimo. Resulta que se transformó en otro.
    Transformarse en otro supuso enfocar mucho mejor de lejos y de cerca, pero lo más llamativo fue que también escudriñó nuevos horizontes: con sus lentes no sólo vio las cosas claramente sino que las vio incluso por dentro.
    En mi infancia soñaba con tener visión de superhéroe, es decir, mirar a través de las paredes, y en momentos lascivos de la adolescencia añoré poder echar un ojo más allá de los vestidos femeninos. Fui un frustrado, por supuesto, pero ahora que lo pienso mi amigo es capaz de lograr eso y otros beneficios adicionales. Qué suerte tienen unos.
    Conozco a un señor entrado en años cuya vida ha sido de lo más kafkiana. No despertó como Gregorio Samsa, convertido en bicho, pero al abrir los ojos una mañana y calarse sus anteojos, empezó a notar que no sólo podía leer periódicos, libros o manuales de instrucciones, sino leer los pensamientos de cualquiera, otro de mis anhelos infantiles. Cuando aquella chica me mando a freír papas, allá en la adolescencia, luego de lanzar excusas como besos para justificar el puntapié, ¿qué tal haberle escrutado las neuronas? ¿Decía ella la verdad? ¿Acaso mentía como bellaca?
    Como gracias a los años mi vista se ha venido a menos, en estos días fui al oftalmólogo, que resultó ser oftalmóloga. Conclusión: anteojos para ver de lejos, para ver de cerca y para distancias medias. Cuando pregunté qué más me miró con extrañeza. Iba a indagar si con ellos podría atravesar la bella falda azul que lucía en ese momento, si sería capaz de vencer la barrera de una blusa, de un brassiere, de un vestido largo o corto, iba a preguntar si con mis lentes el bikini mínimo adornado con encajes que quizás llevaba justo en ese instante terminaría rendido ente el asedio de mis cristales superpoderosos, pero nada, hice silencio, decidí guardarme las interrogantes, comprendí en el acto su completo desconcierto.
    Al escribir esto que tiene usted enfrente llevo mis anteojos puestos. En mi café predilecto, mientras rasguño el papel, de cuando en cuando hago esfuerzos por adivinar pensamientos, por darme cuenta de qué esconden las paredes, pero no señor, qué va. Soy un ser normal que ahora usa lentes y no se transformó en otro. Cuánto lo lamento. Cuánto.

12/13/2012

Soy un premoderno


    José Miguel quiere un Blackberry. Cuesta ocho mil bolívares más impuestos  pero eso es lo de menos porque a José Miguel le encantan los juegos que trae el aparatico y prefiere además un teléfono con t mayúscula. José Miguel tiene seis años.
    Colgada del árbol navideño está la carta. Puedes leer el saludo, después la aclaratoria indispensable: “me he portado bien durante todo el año”, y acto seguido el juguete que es el non plus ultra de un Niño Jesús acorde con los días que corren. A veces me da por ponerme a recordar y se me viene a la memoria otra época y otras navidades, cuando regalar era menos complejo y cuando la palabra niño cabía en una pelota remendada o en un barco de papel. La señora Sara, madre de José Miguel, cuenta que su hijo es de lo más moderno y qué más da. En tiempos de computadoras no puedes pensar en carritos de madera.
    Como soy un redomado cavernícola siento la necesidad de coger a lo moderno por el cuello y ponerlo de patitas en la calle. Lo moderno, cuando se trata de Blackberrys y mocosos de seis años, tiene un fuerte olor a publicidad metida por los ojos y a padre o madre más pendientes del Sony LH de 86’’ XGX Color Print Platinum Plus que de abrazar a sus hijos y enseñarles algo más que decir aló aló, tío Pedro me compraron un teléfono, oye, mira cómo sé marcar tu número, y otras putadas por el estilo. La verdad es que uno se pone melancólico, será por las fechas, o la edad, o tantos niños jesuses virtuales con cara de andróginos paletos que nada tienen que ver con aquél otro que nació en Belén, según cuentan los enterados, y en las madrugadas del veinticinco de diciembre se colaba como zorro hasta tu habitación para dejarte un tren de hojalata, o una pelota con un bate, o un camión de plástico para que jugaras a los policías y a los bomberos.
    Este mes cumpliré cuarenta y tres tacos y el otro día recordaba mis navidades y los regalos que solíamos pedir, otras fierecillas como yo y yo mismo, y hay que ver, en nada se parecen a lo que se va estilando en estos lares. No digo que sea malo (Dios me libre), o sea bueno. Sólo es. Pero entre un Blackberry Special Pantalla Líquida Stereo Sound and Dolby System con cubierta de cuero negro y toda la parafernalia, y aquellos pequeños obsequios en los diciembres de mi infancia, escojo “Un cuento de Navidad”, comiquita que año a año transmitía la tele al amanecer del veinticinco lloviera, tronara o relampagueara, y que yo veía y veía echado en el sofá roñoso de la sala aún con el rompecabezas en los brazos, regalo del Niño Jesús hallado horas antes en medio de las sábanas.
    José Miguel vive la época que le tocó y se acabó, dice su madre. Yo digo que está de maravillas, y que más maravilloso se pondría el patio si al Black se le añadiera parte de lo que hemos sido, de lo que arrastramos en el alma como gente que heredó una cultura, es decir, algo de la historia humana que supone celebrar la Navidad, con sus implicaciones, causas y consecuencias, más allá del regalo consabido, de la hallaca por la hallaca o el feliz año por el feliz año. Tengo la seguridad de que los niños vislumbran mucho mejor que los adultos eso que tintinea en el espíritu que nos une, en el cuento común, en el lazo que termina por agruparnos y  acercarnos, y  puede hacerlos mejores que nosotros, más sensibles que nosotros, más cultos, más inteligentes, solidarios, conscientes, pensantes o felices que nosotros. La Navidad da para eso y para más, no cabe duda. Es que yo soy un premoderno. A mucha honra.

12/06/2012

Un libro entre los libros


    La ingenuidad es libre. Así como en ocasiones hallas a alguien, a una mujer por ejemplo, y piensas que es así o es asao pero terminas finalmente (o fatalmente) convencido de que la guachafita es lo suyo, así te das de bruces con ciertas publicaciones, con algunos textos que te sorprenden para siempre.
    Los libros son como la gente: hay de todo. Esta verdad de Perogrullo viene a cuento por un hecho feliz, apoyado en la experiencia de lector que lo persigue a uno desde que sale el sol y hasta que se despide. Hay libros para leer con el café, libros para lecturas vespertinas, hay libros que se te meten  en los huesos y no puedes soltarlos aunque la mañana te sorprenda entre sus brazos. Los hay insufribles, opacos, sin nada para ti, y están aquellos, por supuesto, incapaces de pasar la prueba de la mesa de noche, es decir, ven correr los días apilados sobre un mueble que también será su tumba.
    Pero a veces se encuentran libros que terminan por leerlo a uno. Creo que son los imprescindibles: te guiñan un ojo en el estante de la librería o cuando clavas la vista en su primera línea. Entonces quedas atrapado. Son libros pescadores, despliegan las redes a placer y si estás hecho para ellos, escríbelo, no tienes escapatoria. En el océano de las bibliografías dan forma a una especie que trasciende, que va más allá, que domina todas las lenguas, tiempos y lugares.
    Cuando un libro puede leerte significa que puede entonces descifrarte, destejerte, darte un coñazo en la nariz. Son además libros espejo porque se paran frente a ti y registran cosas, hechos, sedimentos que te pertenecen, que están en ti, de los que no tenías ni idea. Un libro así te agarra por las pelotas y eres hombre muerto, aunque claro, semejante muerte es nada menos que una resurrección, pues ocurre ahí que te iluminas, que te tienden una emboscada poniéndote junto a lo que has sido o eres. Te encuentras, te miras de frente, te tocas los lunares y las pecas.
    Decía Borges que él se jactaba no de los libros que había escrito (y mira que parió unos clásicos) sino de los que había leído. Creo entender bastante bien semejante afirmación. Mientras más libros hallo en mi camino, mucho más de mí soy capaz de hurgar desde el papel. Y al escudriñarme de ese modo también tropiezo con todos los hombres, me sumerjo en el género humano. Nada menos.
    Gracias a los libros me transformo en libro. Hay libros, como escribí antes, que te leen, que te releen, lo cual supone convertirte en texto, en negro sobre blanco, en grafías e imágenes mentales, en sintaxis, en puntos suspensivos, en puntos y comas, en oraciones yuxtapuestas copulativas y en significados, eso, en significados de ti mismo que ignorabas y vislumbras de repente. Libros de fuego que te marcan, libros adivinatorios, libros tiburón por sus mandíbulas, que las tienen como nadie.
    Al caminar por una librería, al meterme en una biblioteca, al abrir el ejemplar por vez primera busco exactamente eso: un indicio, la posibilidad de entrever el diálogo profundo, el cruce de miradas que quizás proponga el toma y dame que estoy esperando. Por lo general no ocurre así, pero en ocasiones obra el milagro. Ya desde los inicios, desde el primer párrafo incluso, intuyes de qué va el asunto. Puede ser buena la historia, extraordinario lo que tienes en las manos, pero no más. Terminas, llegas al punto y final  y  se acabó, baja el telón. Pero cuando ese manojo de papeles tiene el poder de desenmarañar tus jeroglíficos, si llega a suceder que observas la partitura de lo que vas siendo, tropezaste entonces con el nirvana literario. Tales son los libros que yo busco. Tal es la esperanza que me lleva a encontrarlos.

11/27/2012

Las balas y la fiesta


    En la Asamblea Nacional los oficialistas celebran un golpe de Estado. Elevan a magna fecha el segundo intento de tomar Miraflores a punta de metralla y tanques, perpetrado el 27 de noviembre de 1.992.
    Según los políticos en el poder y según quienes ejercen la función de intelectuales gobierneros (pintores, escritores, músicos, cineastas y otros creadores de viejo y nuevo cuño), las felonías de aquel ya lejano año están plenamente justificadas: basta con observar los resultados luego de catorce años en el trono. Hoy por hoy Venezuela es una maravilla, mírese por donde se mire.
    Cada vez que un dinosaurio accede a un puesto clave en la anatomía política de este país, le da por emular a Othar, el caballo de Atila. Lugar que pisa, lugar que no verá otra vez crecer la hierba. Esto implica meterse entre ceja y ceja la falsa idea de la refundación. Refundar se transforma en logorrea, va a parar en lenguaradas revolucionarias, será el verbo mimado de cuanto nostálgico de los sesenta deambule por el patio, al punto de que sus chácharas incluirán mañana, tarde y noche chasquidos como refundación de la república, refundación de las instituciones, refundación de la hallaca carupanera, refundación de la patria, refundación de la democracia, refundación de la Sociedad Protectora de los Comejenes. Este es el país, voy euros a lochas, con más refundaciones sobre el planeta Tierra. La refundadera del siglo XXI, Sociedad Anónima.
Yo, al escuchar tales pronunciamientos, me pregunto qué ocurrirá, cómo se darán las conexiones, qué pasará por la caja craneana, las dendritas, el axón, la banda de mielina y el cerebelo de Hugo Chávez, Cilia Flores, Nicolás Maduro o esa cáfila de intelectuales justificadores de cuanto disparate inventa el teniente coronel. ¿Cómo defender lo indefendible? ¿Con qué argumentos pretender una legitimación del bodrio que gobierna? Hay que ver, menuda ideología, menudas gríngolas se gastan estos personajes.
    En  el 213 a.C. hubo alguien que deseó cambiar la historia  (y por supuesto refundar) casi tanto como el señor Chávez. Oin Shi Huangdi fue un emperador chino que no satisfecho con su puesto de mandón sin par creyó que enviando el pasado al basurero la China de aquellos tiempos, y la del futuro, sería obra enteramente suya. Tengo la certeza de que la manía refundadora de Chávez y sus adláteres, por la que pasa el hecho de exaltar a fecha patria lo que han sido vulgares y brutales intentos de  golpes de Estado, tiene en el fondo bastante que ver con el emperador asiático. En líneas generales todo autócrata en seria mezcolanza con demagogia y populismo, empeñado además en perpetuarse en el carguito, acuna el sueño de borrar lo que había antes y reescribir el libro de un país a su medida. Oin Shi Huangdi ordenó la quema de textos de historia y de las noticias sobre el pasado. Ordenó asimismo desaparecer las obras de Lao-tsé y Confucio. Todo escrito alejado de cualquier fin práctico debía llegar a su fin consumido por el fuego. El objetivo de tamaña piromanía no era otra que inscribir su nombre como único protagonista y hacedor del territorio, del país que lo vio nacer. Ya sabemos en qué desembocó esa locura recurrente: la molienda del tiempo lo mandó a freír monos, aun cuando Oin Shi Huangdi fue un guerrero inmenso, un hombre con capacidad de sobra para hacerse amo y señor de la tierra en que vivió. ¿Qué diablos ha demostrado ser el Presidente?
    Chávez y quienes lo ensalzan no refundarán un pepino, no acabarán de un plumazo la historia para entronizarse ellos, y lo que sí es una tragedia, destruirán con imaginación y talento lo poco que continúa en pie. Si un golpe de Estado es vía legítima para llegar al poder, como sostiene el oficialismo a propósito del levantamiento que celebran hoy, entonces yo soy astronauta. Ni el 4 de febrero ni el 27 de noviembre del 92 son fechas para estar alegres. Por el contrario, nos recuerdan a los caídos de esos días, jóvenes embaucados, llevados inútilmente al matadero, y nos recuerdan que, entre otras cosas, extender cheques en blanco a ignorantes y aprendices de brujo ávidos de poder total resulta siempre mucho más caro que plegarse a la democracia, a la civilidad y a la decencia.

11/25/2012

Camila en concierto


Sala de Arte Sidor. Viernes 23-11-2012.  7:00 p.m.
Tema: Cruella de Vil

11/20/2012

La realidad imaginada

    Un número importante de ingleses, según he leído, cree que Churchill y Dickens son personajes imaginarios mientras que Robin Hood y Sherlock Holmes andan por ahí, vivitos y coleando, haciendo de las suyas.
    Lo cierto es que el dato no me extraña. La ficción, por no ir muy lejos, supera con creces a esa señora tan rara que llamamos realidad, asunto verificable si echamos un vistazo al patio con ahínco. Una cosa es lo que damos por sentado y otra aquello que nos aplasta la nariz.
    En ocasiones veo a cierta gente y me da por pensar que son batracios. Enciendo el televisor, abro una revista, aparecen Pinochet o Castro y lo que en principio es plena fantasía de quien observa enseguida cobra verdadera identidad: sacan sus enormes lenguas, croan a placer, dan enormes saltos y se adueñan de la repugnancia en pasta.
    En la escuela muchas veces me impactaron las historias que hallé en algunos libros. El Capitán Nemo parecía sudar, se despeinaba, exponía su nerviosismo o su serenidad a cada rato, sin duda respiraba como yo. El Capitán Nemo era de carne y hueso, vivía entre mis vecinos, formaba parte del puñado de amigos con quienes me divertía a diario. Y fíjese usted, Simón Bolívar era un tipo de lo más libresco, planchado, acartonado, creación burda y fastidiosa de una maestra empeñada en trastocar mis días. Durante mucho tiempo tuve la certeza de que El Libertador no había existido nunca. Cómo comprendo a los ingleses.
    Aunque parezca mentira hay lugares mucho más reales que otros y algunos menos dados a dejarse encorsetar por la existencia física. Espacios que caben sin esfuerzo en la memoria, en el imaginario colectivo, o no. Existen ciudades metidas de cabeza entre tus sienes, casi ubicables en un mapa, llenando por completo nuestro particular globo terráqueo, y existen ésas que parecen salidas de un cuento de Borges.
    ¿A quién se le ocurre que en un punto geográfico específico, demostrado por exactas coordenadas, yace una ciudad llamada Skjope? ¿Dónde cabe que Ashgabat está llena de tráfico, de vidas y de historias? ¿Qué decir de Ouagadougou, la capital de Burkina Faso, o de Tórshavn, de Islas Feroe, o de Ndjemena, principal centro poblado de la República del Chad? ¿No le parece que Nouméa, capital de Nueva Caledonia, o Vaduz, metrópolis de Liechtenstein, poseen ecos de irrealidad que no se pueden negar un ápice? No hay nada, podría jurarlo, nada más literario, más ficticio que una ciudad cuyo nombre es Nuuk, y no obstante ahí está, helada y tranquila en Groelandia. Longyearbyen, Cockburn, Nuku’alofa, Asmara, Alofi, Yangon, la lista es larga.
    Sin embargo menciono a Macondo y más de uno siente que alguna vez ha estado ahí. Siente sus calles, vislumbra sus atardeceres. No conoces a un fabulador de nombre Gabriel García Márquez, tampoco leíste Cien años de soledad, lo tuyo es la oficina o el negocio o cazar elefantes en África o qué sé yo, pero Macondo te dice mucho, Macondo es dueña de una cartografía tan real como Caracas o Ciudad Bolívar. También Liliput o Ciudad Gótica. Comala, la Atlántida, Rocadura, Santa María de Neiva, todas, todas reverberan en nosotros, dialogan sin dificultad con lo que vamos siendo, nos suenan a montón. Pero por supuesto, claro que entiendo a los ingleses.
    Que Sherlock Holmes forme parte de la realidad me parece fabuloso, bastante que lo necesitamos. Que Charles Dickens pulule entre laberintos y recovecos de la imaginación, tampoco es que le hubiera molestado demasiado, ahora que lo pienso. Hay de todo. La verdad es que las piezas de lo real o lo ficticio nunca estuvieron equitativamente repartidas y un mínimo de justicia en ello no se percibe de buenas a primeras. En lo personal, con gusto despacharía a varios centenares de individuos al cesto de lo irreal, y otro tanto haría trayéndome a unos cuantos de allá para acá, sin que me temblara un pelo. Cada día estoy más de acuerdo con los ingleses. Diga usted si no.


11/15/2012

Ser o no ser



    Me enamoré una vez de una chica que no estaba. Al andar cerca de mí ni la sentía, apenas vislumbraba su presencia, pero al irse a Italia ella comenzó a hacerse notar nada más que por su ausencia.
    Cosas así ocurren y ya, van ganando espacio como una enfermedad que te come por dentro y tú sin percatarte, y al fin, ya sin remedio, descubres la realidad que te aplasta como a un bicho.
    Con razón para muchos enamorarse es enfermarse (una enfermedad benigna, por supuesto). Fiebre, tos constante, taquicardias recurrentes. Ir al médico pronto fue un trámite sin consecuencias: descanso, algo para aflojar el pecho, cuidados con la dieta y tome, esto es para que suban las defensas.
    Las defensas, ajá. Resulta que puedes defenderte de ciertos atacantes ubicados en tu campo visual, puedes percibirlos con cierta antelación. Es factible, en fin, la defensa a propósito de un enemigo más o menos concreto que de algún modo está parado enfrente, pero jamás llevarla a cabo si el asunto cobra ribetes inimaginables. ¿Cómo atrincherarse para eludir la no presencia de alguien? ¿Qué es eso de escudarse en función de que ella estaría aquí, y cada vez con mayor fuerza, justamente por su ausencia?
    He tenido siempre la impresión de que existen hechos corriendo bajo el césped, por debajo de la mesa, subterráneos, abrazándose con otros para que por re o por fa termines involucrado, sin que te percates, en la nueva realidad que te coge por el cuello. Estaba enamorado de un vacío, andaba prendado de una huella, de esa forma que desaparece poco a poco una vez que el cuerpo se levanta del sillón y se aleja del cojín quedando sólo el hueco, el molde, la ausencia ahora visible, hecha fiebre con palpitaciones.
    Es curioso, pero termina uno por extrañar lo que nunca formó parte de lo cotidiano. Un fantasma es eso, un no sé qué poco explicable en relación con cierta existencia que no es. Suena complejo, suena rudo, ya lo sé, ni yo mismo logro comprenderlo, pero créame que a veces somos mucho más dados al guante que a la mano, a la fascinación onírica que a la realidad monda y lironda. En ocasiones estamos más pendientes del labial sobre la copa que de la boca en cuestión, o de la forma de sus glúteos llenando con valles y relieves esa falda colgada en el armario que de ella en carne viva, en carne y huesos. Qué le vamos a hacer.
    Estuve prendado de una chica que no estaba, y no estar era en efecto la presencia. Después, al paso de los años regresó, vino a mi lado. Ocurrió entonces que comencé a extrañar su ausencia, me enamoré esta vez del hueco que antes sentía tan a mi lado, tan conmigo, tan afín, tan ella. Me fui lejos, mandé al diablo toda cercanía hasta encontrar de nuevo la felicidad venida a menos. Otra vez se hizo notar porque no estaba. ¿Somos de lo más extraños, no? De lo más extraños, qué más da.