8/30/2013

Filósofos

    La gente es rara. Hay quienes odian a los gatos porque sueltan pelos, por sus uñas afiladas que terminan arruinando alfombras o sofás, por esa forma destemplada de gritar su amor a medianoche en los tejados. A mí me parecen tiernas criaturitas que no hacen daño a nadie.
    Tengo un pariente que, vaya uno a saber las razones de semejante asunto, se parece mucho a su mascota. Ese señor es igualito a su perro. Yo no poseo ninguna, pero me he convencido de que llevo algo de felino, de que en lo más íntimo de nuestro fuero interno un gato y yo compartimos más que el hecho de pertenecer a un mismo reino, el animal, y a una misma clase, la mamífera.
    Aprecian estar solos, la curiosidad les chorrea por pelos y bigotes, se la pasan rumiando pensamientos que quién sabe de dónde los sacan, como buscando explicaciones para ciertos problemas de la vida. La verdad es que los gatos gozan contemplando el mundo, que a veces es durísimo con ellos, pobrecitos, lo cual me hace creer que hasta son buenos filósofos, cuestión que los eleva muchísimo más ante mis ojos, usted me entiende, por eso de que yo también disfruto de lo lindo al encontrar con quién hablar de Kant, de Platón o Schopenhauer. Hay que ver.
    En fin, que me entristece un mundo cuando una señora, por ejemplo, los espanta a zapatazos o los agarra por la cola para echarlos de la sala. Tamaña injusticia sí que me hace hervir la sangre, más aún considerando a tanto bueno para nada que deambula por el universo sin que un taconazo termine cayéndole en el parietal. Asombra esa capacidad para permanecer absortos, en plena reflexión sobre asuntos macanudos, dándose a la tarea contemplativa como si fuese la última, como si ahí hallaran el Yin y el Yan, el Logos absoluto, el Aleph borgeano, la respuesta a todas las preguntas y qué sé yo qué más.
    Los días que corren no son los mejores para ellos, sobre todo si sacamos la cuenta y nos ponemos a ver la cantidad de perros, hámsters o canarios que la mayoría prefiere antes que al silencio misterioso de un gato que se echa en un rincón a lamerse las patas y las garras. En el fondo lo comprendo, y es que la verdad sea dicha: un perro es un súbdito cualquiera, una mascota como las demás. Pero un gato es todo lo que a usted se le ocurra menos una compañía faldera, lisa y llanamente porque son librepensadores de la cabeza a los pies. Ya quisiera buena cantidad de intelectuales en este maltratado país, pongo por caso, gozar de la inteligencia y libertad de estos bichos maulladores. Son unos libérrimos a tope, claro, y enamoradizos y fiesteros y noctámbulos, casi diría que vividores al más puro estilo de un Horacio con su Carpe Diem y toda la parafernalia.
    Hay mucho que aprender de estos muchachos, por supuesto, cuestión que exige bastante paciencia y elevadas dosis de trabajo, pero al fin y al cabo se puede, siempre se puede. En eso ando últimamente. De resto, pues nada, me ocupo de las tonterías de siempre.

8/24/2013

No ha llegado aún

    “Hablando se entiende la gente”, dice el refrán.  Qué curioso, pero mientras más lo intento menos me comprenden, y viceversa.
    El lenguaje tiene sus recovecos, sus subidas y bajadas, guarda en medio de llanuras clarísimas cierta especie de vegetación frondosa que da al traste con el hecho particular, meridiano, que lo funda: comunicarnos. Entonces ya ves, cuando dices A otros terminan por entender B, y cuando ese individuo con quien compartes un café afirma C, resulta que captas todo lo contrario. Tú sabes, puedes ir teniendo pistas de a qué diablos me refiero. ¿Me comprendes Méndez?
    En cuestiones de la lengua y sus enredos existe un mundo habitado por seres de todos los pelajes. Entre ellos los mecánicos, pongo por caso. Llega la fecha de entrega luego de quince días con el carro reparándose porque el arranque estaba malo y zas, no, no se acabó el martirio sino que se requieren tres semanas más: es que el clima estuvo frío, al gerente le dolió una muela, hubo vientos fuertes y, para remate, la gigantesca mata de mamón de al lado del taller se vino abajo aplastando enseres, vehículos mal ubicados y demás objetos por el estilo. Qué carajos. Cosas de la vida, te dices, y entonces sacas pecho para aguantar lo que te espera. Los carpinteros, fíjate, también dan la pelea, y la dan fuerte, los herreros ni se diga, ¿y las aerolíneas?, ufff, se esmeran de lo lindo por llevarse todos los elogios. Pero los médicos, pobrecitos, una inmensa cantidad de médicos obtiene a pulso el  primero y el mejor de los lugares.
    Ocurre que se te hincha algo, o casi te asfixias por la tos, o los dolores de cabeza terminan por exprimirte los sesos, de modo que llegas al consultorio, lees la plaquita en la puerta (horario de consultas: lunes a viernes 8-12, 3-6), miras el reloj (9:45 am), preguntas por el fulano y la señora secretaria, peinadita y planchadita, solemnemente te informa que no ha llegado todavía. Lo de la solemnidad no es cuento: pone cara de haber chupado limón, se encarama al altar mayor de la catedral en que está segura que se encuentra y desde su púlpito baja la mirada, se inclina, te observa como a bicho raro y te lanza una frase a quemarropa. “El doctor no ha llegado pero va a venir”. Tú tratas de pedir explicaciones, de solicitar por el amor de Dios información menos abstracta, más cercana al pragmatismo que consiste en señalar la hora en que fulanito de tal hará acto de presencia y ella no señor, no ha llegado aún, es que no ha llegado pero ya vendrá, y tú dale, continúas, incluso haces señas, morisquetas, mímica para que se entere de que ya sólo quieres decir gracias, despedirte, solicitar la bendición divina y amén por los siglos de los siglos pero nada, es que oiga usted señor, el doctor no ha llegado, no ha llegado, es que no ha llegado pero espere porque por ahí debe venir. “Hablando se entiende la gente”, claro. Vaya cojones los de este refrán.
    Te vas, regresas en la tarde. 2:23 pm. Bañada en humo de sahumerios pontifica otra vez sin despegar la vista de la biblia, digo, de la revista Marie Claire, que Orijuela Pérez, o como se llame, no ha llegado porque tuvo un inconveniente. “Lo siento mucho, pero no ha llegado”. Miras de reojo la tablita de la puerta, observas por milésima vez el horario de consulta, entonces buscas, tratas, haces todos los esfuerzos por hablar, por entenderte con ella a punta de lenguaje, de refranes o de lo que sea y la sacerdotisa te detiene en seco: no ha llegado, señor no puedo hacer nada porque no-ha-lle-ga-do. Le preguntas si sabrá algo de su paradero, si vendrá algún día y alguna vez, si el hombre se halla en la ciudad, en el país o en el planeta, y entre bocanadas de incienso recibes otra vez lo tuyo: lo único que sé es que no ha llegado.
    Como el lenguaje hace tiempo dejó de funcionar para lo que supones que funciona, dices adiós, das la media vuelta y comienzas a desaparecer. Ella te llama, oyes esa voz como de trompeta salida del apocalipsis, se te acelera el corazón, hasta cierto punto te alegras porque quién quita, a lo mejor llegó justo cuando dabas la espalda y te largabas. Nítidamente escuchas la pregunta: ¿señor, regresará usted mañana? Nada, ahora sí, mañana sí, podrás mejorarte, podrás salir con las pastillas para la hinchazón, vas a quedar como nuevo. Respondes muy contento que claro, que estarás puntual al día siguiente, que necesitas tratamiento para lo que tienes. ¿Y cómo a qué hora llegará el doctor?, te atreves a susurrar. Ella, frunciendo el ceño y muy risueña, escupe sobre ti: ahí, mire, ahí, ahí en la puerta está el horario de consultas. 

8/15/2013

Mueblería Troya

    Para que ustedes vean, uno empieza el día con el pie derecho, poniendo en orden las ideas y los deberes, feliz porque el café de la mañana sabe a gloria, los besos de los hijos llueven como dulces, y bueno, resulta que el pasado o la nostalgia o los recuerdos, que al fin y al cabo son lo mismo, te cogen por el pescuezo a la vuelta de la esquina.
    Cada quien tiene su historia, eso lo sé. Hoy quiero compartir un poco algo de la mía. Una entre tantas, claro. Se trata de la Mueblería Troya, en Upata, o lo que quedaba de ella. Ahí, en ese lugar  de la calle Miranda pasé años de felicidad al por mayor, justamente porque la mueblería y el patio que tenía al fondo y la gente que la frecuentaba daban la impresión de que no eran de este mundo, es decir, rozaban algo cercano a lo que uno halla en los libros, en las historias que te atrapan de cabo a rabo al punto de que ya no puedes desprenderte del fajo que te comes con los ojos.
    De la Troya sobrevivía el viejo caserón y del patio, las pocas veces que logré entrar, ya adulto, y sentarme por ahí para ver cómo los recuerdos navegaban solos por el mar de la memoria, seguía en pie la misma atmósfera, el silencio hecho pedazos por la chiquillada, la luz idéntica a la que me sorprendía tarde a tarde cuando era muchacho, y las pintas, las pintas sobre un paredón desvencijado, sin friso ni color, que alguna vez hiciéramos para joderle la paciencia a los demás: “Kinen es un güebón”, “Yoni no es más pendejo porque no es más grande”, “Jean Claude tiene culo de mujer, “Mayed, deja la paja y busca novia ya”.
    Esta mañana fui a Upata muy temprano. La calle Miranda, como de costumbre, es un hervidero de transeúntes, de perros callejeros, de gatos que deambulan por los techos y de vez en cuando deciden pasear su elegancia por una que otra acera. A una cuadra de la plaza la Mueblería Troya, como los viejos robles, caía en medio de su orgullo y del calor, se venía abajo entre la polvareda, el gentío, los escombros y el edificio que la va a sustituir. Confieso que se me hizo un nudo en la garganta. Tres hombres derribaban su última pared en pie, la delantera, a golpes de mandarria, y yo sólo me detuve a observar cómo ese templo de la infancia, de pelotas, riñas, patinetas y ensoñaciones de todos los pelajes terminaba transformado en amasijos retorcidos.
    Pensé en todos. De pie, en la acera, vislumbré a los compañeros de esos tiempos (tengo la fortuna de que algunos son hoy mis amigos entrañables). Wagih F.Douaihy, propietario, quizás nunca imaginó qué regalo nos hacía al permitirnos, al soportar como el mejor de los estoicos las diabluras que inventamos día a día mientras disfrutábamos creciendo, viviendo, exprimiendo la niñez y después la adolescencia. Donde esté, tengo el pálpito de que hoy dejó escapar alguna lágrima.
    En fin, a mi edad he comprobado que la casa de los recuerdos, la mansión de la memoria permanece incólume aunque la aplanadora de los años se empeñe en lo contrario. En el fondo ese espacio sigue ahí, ocupando el lugar privilegiado que le corresponde: por encima del progreso, de la técnica que no sabe de nostalgias, más allá del desarrollo que tarde o temprano da el zarpazo, los recuerdos andan frescos, van y vienen a placer, quedan al alcance de la mano. Es lo que en definitiva importa. 

8/08/2013

A todos y todas, lectores y lectoras de este manuscrito y manuscrita

    El lenguaje se parece a un bisturí, sirve para abrir con precisión. A veces quien lo usa lleva a cabo una incisión perfecta, donde pone el ojo pone la bala, pero en ciertas ocasiones termina mutilándose a placer. Es lo que ocurre con el lenguaje gobiernero.
    Porque claro, existe un lenguaje gobiernero. Como ya lo han dicho los que saben, toda lengua está ahí para que utilizándola develemos el mundo, le echemos el guante a la realidad, de modo que es el instrumento con que intelectualizamos cuanto nos rodea. Y en ese trayecto de ñapa nos perfila, nos define de algún modo. Hay una jerga médica, otra jurídica, una relativa a los pedantes, otra hamponil, de alcurnia o barriobajera, y así. Cada quien se mete en el lenguaje como puede, o al revés.
    Cuando usted oye hablar a un político venezolano, por esas ondas viaja información de lo lindo. Tengo un conocido que sólo al escuchar treinta segundos a uno de estos ejemplares descubre su filiación ideológica, su edad, su estatura intelectual, su talante para perpetrar embauques o manifestar verdades, sus gustos culinarios, su partidito político, sus anhelos más ocultos, sus pretensiones inmediatas y sus niveles de caradurismo, todo sin márgenes de error. Resulta impresionante.
    Pero decía que existe un lenguaje gobiernero y como tal tiene sus características. ¿Alguna de ellas? Trocar lo cierto en mentira y el embuste en realidad. Por ejemplo: es cierto que proclamaron a Maduro Presidente pero es mentira que sin dudas haya obtenido los votos para serlo. Y así mismo, es embuste que Nicolás haya llegado de segundo y es una realidad que no estamos seguros de si de primero. ¿Comprende el trabalenguas? Exacto, sí, exacto, si le cuesta descifrarlo usted entendió al pelo: tal es el idioma revolucionario del siglo XXI.
    Hugo Chávez fue el sumo sacerdote. No por nada es Comandante Supremo y blablablá. Hizo de la lengua el pináculo mayor de sus logros universales. Chacumbele es el apelativo que Petkoff le regaló por su genio literario. Tranquilo, leyó bien, hablé de genio y de literatura: Chávez transformó una simple charla callejera en el Gargantúa bolivariano: disparates por donde la mires. Su hijo y heredero, el señor Maduro Moros, a la luz de esta verdad ha hecho esfuerzos por atrapar el testigo que le arrojó Rabelais en Miraflores. Sus millones y millonas, ese pueblo y hasta puebla que lo adora, todo ese mar rojo está más que a la vista y a la visto, de modo (o moda) que quien tenga dudas (y dudos, o lo que sea) va a tener que coger tanto odio como odia y largarse (también largarso) con su música a otra parte pues no volverán, ni volverón, y ni un paso atrás o pasa atrós, que no tengo idea de qué será pero forma parte de la jerga que nos toca, tú sabes como son estas cuestiones. Vaya viendo (y vienda) usted.
    Entonces nada, que envidio las habilidades de ese conocido mío, lince, águila, sabueso inequívoco a la hora de entrarle al toro del lenguaje por los cuernos y desnudar a tanto hablador de pendejada y pendejado. Yo hago el intento y en eso estoy, levantando la oreja, captando y ya verán, un día de éstos termino por entenderlo todo, por vislumbrar un montón, por ver la luz desde la lengua. En eso ando.

8/02/2013

Lo normal

   Un tío que era muy sano se pasaba la vida de lo más enfermo. Nadie pudo hacerle ver que su dolor de espalda o la amigdalitis permanente engordaban en su imaginación. Lo normal, pues, era estar mal de salud aunque fuese un rozagante como nadie.
    Me levanto, voy a la ducha, preparo el café, tomo el desayuno, manejo hasta el trabajo. Hay que ver el chorro de acontecimientos que ocurre con precisión de reloj suizo para que mi jornada laboral se dé todos los días como si nada. La complejidad terminará ahogándonos un día de éstos. Lo normal tendría que ser el caos a cada paso, porque se fundió la cafetera o amanecí con fiebre alta o se descompuso el automóvil, pero qué va, de lunes a viernes el escritorio, el cubículo del profesor, los seminarios y lecturas, la universidad monda y lironda.  Milimétricos ajustes para que exista una rutina en cualquiera de sus variantes infinitas.
    Todo es tan riguroso como inventado por un filósofo alemán. Caminar, el simple hecho de dar un paso seguido de otro, por ejemplo, exige que la trama sea mayor, sorprendente e inverosímil: mantener el equilibrio, eso que llamamos andar, supone una cascada de sucesos extraños, de hechos inauditos, incluso cómicos por lo extravagantes, como el líquido que cada quien lleva en los oídos a fin de trasladarse sin problemas sobre ambos pies en línea recta. El colmo de los colmos, diga usted si no.
    Tengo un pariente mitómano cuyo mayor logro es creerse de pe a pa lo que dice a los demás. Alguna vez sostiene que es bombero, otras que es explorador, las más de las veces afirma que es psicoanalista lacaniano y entonces el pobre acaricia a fondo la felicidad. Lo normal, claro, es pensar que el bueno de mi primo es un desquiciado por donde se mire, la excepción a la regla, pero lo cierto es que las excepciones abundan más que ciertas generalizaciones, por mucho que usted o mi abuelita den patadas y peguen todos los gritos al cielo.
    ¿Qué es más normal, la cosa en sí o lo que cualquiera supone sobre ella? ¿Qué es más verdadera, la realidad tal como la vislumbramos o el mundo según mi contraparte? ¿Cabe más en lo normal el universo de lo concreto o el abismo de lo imaginario? Parece muy normal que la Tierra sea plana, que la Luna sea un queso, que las nubes algodón, que el Sol se mueva a nuestro alrededor, que un mango caiga al suelo cuando se desprende de la rama. Lo normal, coño, sería verlo flotar, danzar plácidamente, dang, dang, de aquí para allá sin estrellarse contra el piso. Pero es que el mundo es una cosa seria, joder. Una cosa verdaderamente seria.

7/24/2013

Visión retrospectiva

    Mi hijo Daniel, que tiene seis años, pregunta a quemarropa: ¿cómo vemos lo que imaginamos? ¿Por qué, si los ojos nos permiten observar sólo hacia afuera, también vemos adentro de nuestras cabezas? ¿Cómo ocurre eso, papá? Respondo que la imaginación es una señora poderosa, que dispone de visión particular, que se ríe a mandíbula batiente de estos pobres ojos, en nada comparables con los de ella.
    Me observa con el ceño fruncido, luego hace una mueca con los labios y termina sentenciando: “tú no sabes nada de nada”. La verdad es que no le falta razón. Entonces pienso en las imágenes, en la ilustración mental que nos fabricamos acerca de mil cosas. Si los años sirven para madurar, para ennoblecernos o para hacernos peores hombres, por ejemplo, también el tiempo va fraguando en nosotros  -o nosotros en él, qué voy a saber yo-  cierto perfil en función de algunos hechos, de ciertos elementos que siempre han estado ahí, acompañándonos, presentes en el despliegue vital sin el que jamás nos convertiríamos en lo que somos.
   Para no ir muy lejos, vea usted, yo mismo tengo una imagen entrañable de los días de la semana. El lunes, no me pregunte por qué, es de una tonalidad verdosa y con cara de pocos amigos. El martes es oscuro, enmarañado, casi un sonámbulo con los párpados semicaídos, el sábado tiene forma de cubo azulado, el domingo es por completo amarillo, pálido y un poco calvo, y así. ¿Que de dónde saco tales referencias?, pues no tengo la menor idea.
    Un amigo llegó a confesarme que para él los números cambian de semblante a medida que ascienden o descienden a partir del cero y que los meses del año cobran fisonomía según los estados de ánimo que atraviesa al momento de nombrarlos, lo cual me pareció ya más plausible por aquello del inconsciente, de Freud y Jung y toda la parafernalia, aunque no dejó de sorprenderme. Le contesté que para mí la palabra ghetto evoca un paisaje de lo más especial, así como banana o cópula. La primera es colorida y también sórdida, lo cual va muy bien con lagos y sauces borroneados por una neblina espesa mientras que las otras dos traen enganchadas mucha saliva y cantidad de espuma a borbotones. Las cosas de la mente, qué ocurrencias. Pero el colmo de los colmos, exclamé, sucede cuando en el camino aparecen términos sofisticados: peróxido de hidrógeno, Linum Usitatissimum, adenosín trifosfato y demás palabrejas por el estilo. Entonces nacen formas danzarinas, muy claras, icónicas diría yo, que se abrazan con el alma, con la identidad profunda del término en cuestión. Fue así como me percaté la otra vez del porte risueño de un corpúsculo. Quién lo hubiera imaginado.
    Fíjese, haga el esfuerzo y fíjese bien cómo vislumbra usted a un ácido graso poliinsaturado. Es más, hagamos un ejercicio a cuatro manos, pongamos por caso la vesícula. Pensemos en su vesícula, o en la mía, ¿no es acaso atractiva por su colorido?, ¿ve esas líneas negro mate que la surcan de arriba a abajo y se ramifican hacia los costados?, ¿nota cómo resplandece en medio de otras partículas vecinas, amorfas, repelentes, nada llamativas? Es un caleidoscopio fascinante. Y no hablemos de la pleura o del humor acuoso.
    En fin, que Daniel tiene toda la razón: no pude responder a su pregunta, no sé nada de nada. Cuánta verdad en una frase.

7/18/2013

Tiempo

    De niño pensaba que los relojes eran un juguete más. Algunos de pilas y otros de cuerda, lo cierto es que a los cuatro o cinco años ese artefacto me parecía el colmo de lo misterioso, extraño hasta la saciedad, al punto  de que cogí el de pared, colgado en el comedor de una tía, lo desarmé como pude, hurgué todo lo hurgable que pueda imaginarse en semejante objeto salido quién sabía de dónde, hasta que alguien se acercó a la mesa para descubrir  -lamentos, regaños y promesas de castigos infernales proferidos de inmediato-  cómo manipulaba el cadáver de lo que momentos antes había sido “una reliquia traída de las Islas Feroe”, según palabras de la buena hermana de mi padre.
    Después de lo anterior ya no destartalé relojes ni los consideré juguetes, o cuando menos no los tradicionales, pero supuse que en ellos deambulaba, muy adentro, el tiempo dividido en horas, minutos y segundos. Veía el reloj de pulsera de mamá, me topaba con el despertador sobre la mesa de noche, observaba con curiosidad infinita las agujas, allá en las alturas del campanario de la iglesia, y juraba que en algún sitio secreto, en compartimentos llenos de telarañas, perdidos en el fondo de cualquier reloj estarían tantos minutos o segundos como fuesen necesarios. ¿Cómo serían? ¿Qué forma tendría las cuatro y media? ¿A qué olería las tres en punto? ¿Eran las horas unas señoronas gordas tal como las imaginaba?
    El tiempo llegó a adquirir ribetes de obsesión. Empecé a figurarme historias de miedo vinculadas con ciertos espectros de la relojería universal. Al caer la tarde y a medida en que se aproximaran las doce de la medianoche crecía en mí un desasosiego imposible de frenar. El reloj también era cosa de brujas o fantasmas. Drácula metido en mi cuarto gracias a la literatura y gracias, cómo no decirlo, al Casio que estrené ese año luego de las fiestas navideñas.
    Los segundos, los minutos y las horas guindaban de las muñecas de la gente, se hallaban sin duda en aquellos aparatos saturados de muñones ínfimos, tornillos diminutos y engranajes fantasiosos, es decir, habitaban una geografía particular. Pero los años, lustros, décadas y siglos implicaban ya otro asunto: exigían nuevas palabras, nombres diferentes como calendario, almanaque y demás cuestiones por el estilo. Una hora no cabía en el mes de agosto pero el mes de agosto, sumado a septiembre, entonces sí calzaba sin problemas en la agenda del setenta y seis que mi viejo usaba para anotar qué sé yo qué. En una agenda, fíjese, existía un año completo, entero de cabo a rabo, en un lustro cinco, en un siglo cien, y en todos esos almanaques perdidos que me tropezaba a veces en los desvanes o en las gavetas del cuarto de la abuela, ¿cuánto, cuánto tiempo cabalgaba en ellos? ¿Cómo lo ocultaba el calendario o de qué mágica manera se hallaba apretujado en el almanaque de la Mueblería Troya?
    Una vez le pregunté a mi padre y me miró sonriendo. Contestó que a él también le llamaba la atención todo ese lío pero que lamentaba no poder ayudarme: tuvo la mala fortuna de crecer sin develar el enigma. “Y ya sabes, hijo, los adultos andan luego pendientes de otras cosas”. La maestra también fue objeto de mis interrogantes, y como si mis inquietudes no existieran, se limitó a decir que me estuviera quieto. La odié un montón pero al tiempo la olvidé. Suelo perdonar, vivo sin rencores.
    Juro que hice lo posible. Traté por todos los medios de dar en el blanco, de descubrir la verdad, de encontrar una hora o cuatro décadas o medio siglo agazapados, escondidos en algún lugar del reloj colgado sobre el pizarrón verde, en el salón de tercer grado. Crecí y ya ven, no lo logré. Me hice adulto pero no lo oculto: aún se arrastra en mí el gusanillo de la duda. Todavía sigo buscando, quién sabe, a lo mejor un día de éstos el sol sale para mí.

7/10/2013

Dedos



    Créame, hay extensiones de uno mismo con identidad particular. Me explico: existen partes de lo que somos que, llegado el tiempo, adquieren personalidad, cobran vida aparte, cuentan más de ellas que de nosotros, lo cual me llama mucho la atención.
    Por ejemplo los dedos. Llevo días observándolos. Andan por todas partes colgados de las manos y cada uno de ellos, junto a los otros nueve, se expresa a propósito del mundo en que vivimos. Y no es para menos, ¿quién en su sano juicio podría atravesar como si nada la polvareda que nos cubre?
    La otra vez, sentado en una mesa del café al que acudo con frecuencia, vi a una señora abriendo su cartera. Una señora abriendo su cartera es la imagen más cotidiana de este mundo, pero si te detienes un segundo, si pones el foco sobre el coro al que dan vida sus falanges, verás que hablan de lo lindo. Hay dedos nerviosos, hay otros serenos, casi monjes contemplando. Los he notado alegres, pensativos, ojerosos, lascivos, eufóricos, deprimidos. Hay de todo.
    No, no necesariamente lo que cuentan (en ocasiones cuentan de verdad: uno, dos, tres, suman o restan) es reflejo o copia fiel de Rodrigo, Juan o María. Ya lo he dicho, en conjunto adquieren autonomía y presencia, suficiente para obviar al organismo del que al fin y al cabo se desprenden como vitales excrecencias. Entonces me divierto siguiéndolos con la mirada y tengo la impresión, sin exagerar un ápice, de que se dan cuenta, de que me siguen la corriente, de que entrañan figuras, ritos, perfomances cuyo lenguaje es posible descifrar sin pongo el empeño necesario.
    Los dedos que acarician, esos que ascienden por las piernas de una dama, se detienen, navegan en círculos y continúan la cuesta hasta llegar al Paraíso, o los que abrazan un tabaco, sostienen una taza, golpean con insistencia la superficie de una mesa, los dedos, sí, recorren este mundo llevando en las espaldas a Luciano o a Martita mientras abren puertas y neveras, aprietan el gatillo o mueven el whisky con el hielo. Estamos equivocadísimos: ellos, ellos nos llevan, nos aguantan, vamos pegados como sanguijuelas, en absoluto lo contrario. Y no es lo mismo, desde luego, observarlos manipular el labial de una mujer, girar la rosca y lograr que suba el tubo de carmín, que verlos hurgar ciertas narices o percatarse de sus uñas, negras, sucias de tanto hacer innombrable. Cada meñique, pulgar o índice en lo suyo y se acabó.
    Lo cierto es que los noto ir y venir y justo entonces fijo la mirada en los míos. Se llevan bien con el bolígrafo que ahora mismo sirve para escribir lo que escribo, saben encender un Partagás, suelen ocuparse de otros menesteres que no pienso revelar aquí. Estoy seguro de que me ven llenos de intriga, de sorpresa y de espanto, y se burlan a veces, y se ríen a mandíbula batiente y bueno, quizás tengan ya una idea de cómo soy y cómo pienso y en qué ando, así como yo me he hecho con los años cierta imagen de qué les gusta y qué pretenden los muy cabrones con sus vidas.
    En fin, que sigo en mis trece sin mirar atrás. Un día de éstos voy a dar en el clavo, sabré a qué atenerme, el diálogo por fin florecerá. Mientras tanto continúo ojeándolos y nada, ellos con sus cosas, por supuesto, y yo con las mías, no faltaba más.

7/07/2013

Un cuento de Camila

Camila escribe un cuento para la escuela. Regresa a mediodía a casa, lo saca de su bolso, me lo regala. Transcribo aquí exactamente lo que hallé en la hoja ilustrada.

    Había una vez un padre muy cariñoso, amoroso, lector, amigable y con un look de cebrita.
    Él tenía una hija que lo quería mucho. Él tenía un secreto, tenía el poder de la diversión, sacaba su pipa mágica, apuntaba y tiraba una poción burbujeante de risas y carcajadas.
    Un  día leía el periódico y encontró una noticia terrible. Un meteoro cayó en Francia, hizo que todos se volvieran aburridos.
    El padre y Camila (su hija) se hicieron unas capas que decían: la del papá= Diverman, y la de Camila= Cosquillitas. Se fueron volando con el poder de las cosquillas y llegaron en diez segundos a Francia, pero se preguntaron: ¿en qué lugar era?
    Viajaron a Toulouse pero no encontraron ningún meteoro. Se sentaron a pensar y a pensar pero después de un momento se les ocurrió: ¡París! Claro, fueron tan rápido como pudieron, buscaron Notre Dame, pero no había nada. Luego, caminando, vieron a una persona toda de color gris así que la siguieron hasta que llegaron a la torre Eiffel y hallaron el meteoro en la cúspide. Diverman fumó sus burbujas y Cosquillitas se puso sus guantes cosquilludos y bueno, salvaron París.

7/05/2013

El otro lado del sueño

    Hay gente rara. El señor X pasa el día dispuesto a soñar, con lo que las horas de vigilia se convierten en un limbo bastante incómodo para su gusto. Antes de meterse a la cama el señor X se pone su mejor camisa, escoge un pantalón muy fino, le saca brillo a sus zapatos y anuda a la perfección una corbata azul con John Lennon estampado dándole un chance a la paz.
    Al amanecer X despierta de la vida misma. Mientras duerme, vive, y mientras pulula por las calles o pone al día sus quehaceres en la oficina parece sufrir la pesadilla total, la angustia onírica transformada en día a día. El verdadero sueño se despliega en las mañanas luego del dentífrico y la huida al trabajo, pero cuando está dormido, en la vida de las noches, con los grillos afuera y Orión brillando a toda marcha, se entrega a  la experiencia más enriquecedora que ha descubierto después de surfear en los cayos de Florida y arrojarse en parapente desde las montañas merideñas. El señor X apaga la luz y penetra en ese espacio, vedado para la mayoría, en que vive de verdad verdad, en que deambula a sus anchas convirtiendo en realidad, vaya paradoja, cuanto ha soñado mientras hace la cola del banco o lleva a sus hijos al colegio.
    La otra vez lo hallé en el centro comercial y me pidió ayuda para trasladar algunas bolsas hasta el carro. Era un traje de buzo, con careta y reloj water resist incluidos. Su esposa comentó feliz que lucía de lo mejor con ese atuendo, que sin dudas iba a resultar incómodo entrar a la cama sin desprenderse de las chapaletas, que los tanques de oxígeno pesaban más de la cuenta pero en fin, bucear, nadar junto a mantarrayas y ciertos peces de un rojo o un amarillo jamás vistos bien valía hasta el más alto sacrificio.
    La verdad es que X halló el modo de filtrar el arcoiris al gris mortecino de su medianía. En una ocasión llegó a contarme que alguna vez, cuando la adrenalina le bañaba el pecho mientras colgaba de unas cuerdas a cinco mil metros en el Aconcagua, soñó con planillas, escritorios, voces que iban y venían, soñó con un jefe y unos horarios que eran para morirse, soñó que regresaba a casa cargado con carpetas, balances, documentos por firmar, soñó con una novia que era su novia y tres perros que eran los suyos y unas deudas y un amigo que era yo.
    El señor X sueña en plena vigilia, a ese punto llega su costumbre a estas alturas, y sólo en las noches, luego de cenar, escuchar el noticiero y apagar la lamparita empieza su verídica historia, la vida real que para el común de los mortales supone roncar a pierna suelta hasta el chirrido del despertador.
    Yo he aprendido a entender lo que le ocurre. A veces lo envidio como a nadie: me invaden unas ganas enormes de atarme un paracaídas en la espalda o comprarme un vestido de pirata, irme entonces a la cama y vivir el vértigo a tope hasta el amanecer. Y al despertar soñar que imparto seminarios, que trabajo en una universidad, que debo culminar por fin el artículo especializado antes de que acabe el mes y demás experiencias oníricas por el estilo. Qué va, aún no me decido.
    Ayer lo vi en el supermercado. Llevaba encima un pijama verde y pantuflas de cuero negras. Soñaba, entre verduras y desinfectantes, que se daba de bruces conmigo y charlábamos de lo lindo. 

6/28/2013

Qué raro

    Las palabras no sólo significan lo que significan: dicen más que lo estrictamente lingüístico, lo cual ridiculiza al diccionario. Pero más extraño aún es la relación que tienen con ciertos hechos, con algunos elementos que también trascienden la mera cuestión idiomática.
    Vamos a ver. Dices flor y semejante sonido casi despide un aroma de jazmín, por poco impregna los espacios con el azahar. Tú dices flor, repito, y esa cosa con pétalos, estambres, pistilo y gineceo no puede existir bajo otro mantra, desaparece si deja de llamarse así. Imagina por ejemplo que ese monosílabo tan perfumado fuese sustituido por axila, por tornillo, por alambre o por sebáceo. ¿Lo ves? Una flor es una flor. Más allá queda el caos y la locura.
    Estoy convencido de que las palabras son como una segunda piel, es decir, toman para sí el perfil, la forma, la geografía total de cuanto tocan. La palabra mesa se parece al objeto mesa, cerdo es idéntica a ese animal tan simpático, y así con refrigerador o palangana. Las palabras terminan por robar tu identidad, qué le vas a hacer. El asunto se complica, claro, justo cuando se atraviesa un dolor de cabeza como esternocleidomastoideo. Yo he hecho algunos experimentos y créeme, los resultados dicen mucho acerca de nosotros. Psicología y vocabulario andan agarraditos. Esternocleidomastoideo, esternocleidomastoideo, esternocleidomastoideo, ¿en qué piensas tú con el esternocleidomastoideo metido entre el velo del paladar y la punta de la lengua? ¿A qué puede parecerse una palabreja tan extraña? La primera vez que la leí, por andar hurgando en lo que no debía, tuve ante mis ojos  un puñado de glándulas apretujadas, trozos de piel sanguinolenta rodeada de pellejos y demás asquerosas adherencias. Vislumbré una parte oculta de mi cuerpo.  Esternocleidomastoideo, fíjate, es como el duodeno o el bazo, enigmas que sin embargo arrojan la apariencia que las letras nos dibujan. No sé a ti, pero a mí me parece fascinante: ¿cómo diablos es un bazo? ¿Qué aspecto le ponemos a la fisonomía del útil duodeno? La maravilla nos habita y nos rodea.
    Un carnicero tiene rostro de carnicero, ese apelativo describe como nadie a quien lo lleva a cuestas. Un chofer tiene nariz, mandíbula y orejas de chofer. La otra vez fui  a una consulta médica y salí espantado porque ese individuo, embutido en una bata, tenía tal cara de panadero que para qué te cuento y vamos, por nada de este mundo iba a operarme con quien prepara el campesino, el sobao o el de jamón.
    Las palabras guardan sus misterios, que son muchos, pero las verdades también salen a flote si nos empeñamos en hallarlas. Las palabras hacen de las suyas todos los días y a cada rato, cuestión que me llevó a tratarlas con cuidado, no vaya a ser que confunda gimnasia con magnesia y termine como terminan tantos: ahorcados por un adjetivo con malas pulgas o hechos polvo gracias a sustantivos amargados.
    Tengo para mí que el lenguaje es un código de códigos. Decimos dame una taza de café, pero también decimos infinitamente más con su apariencia trivial e inocentona. Pensaba en el humor vítreo y en la banda de mielina, pensaba en una glándula sudorípara. Me pasó por la cabeza el páncreas, tan ceñudo él, tan serio, tan pancreático por donde lo mires. El mundo es así, complejo, difícil, testarudo, casi tanto como las palabras. Qué raro. Qué le vamos a hacer.

6/25/2013


De aquel jarro de vino que a nadie perjudica,
llena tu copa y bebe, y sírveme a mi otra,
muchacho, antes de que haga, sin prestar atención,
con tu tierra y la mía un jarro el alfarero.


Omar Khayyam

6/20/2013

Calle Roma, número 43



    Hay gente que juega al ajedrez, al fútbol, hay quienes cantan bingo los sábados por la noche mientras mastican canapés y beben cócteles de parchita o de cereza. Un hombre juega a recordar, abre una lata de salchichas, destapa una Coca-Cola, ppfffff, y se entrega a la tarea de cambiar recuerdos como si fueran barajitas.
    En la calle Roma número 43 vive un tipo más bien joven cuya afición lo ha hecho feliz. Sabe, como tú o como yo, que la memoria tiene mucho de cangrejo y nos arrastra hacia atrás, y entonces suspiramos, y blablablá, lo cual es lo más fácil, claro, lo que no tiene chiste, eso que todos hacemos con muy poco esfuerzo para bien o para mal. Pero ha aprendido además que tiene bastante de caracol (resulta lenta, sí, maleable además), algo de águila (podría elevarnos a alturas insospechadas, a zonas de verdadero vértigo), y es sin duda un poco felina (nos obsequia imágenes soñadas, elegantísimas, sensuales por donde las mires, como el andar de una pantera). Un hombre recuerda que por esa mujer sufrió a corazón roto, recuerda los muertos de una guerra, lleva adentro gestos de dolor o de abandono. Arroja los dados, juega a los naipes con el olvido en la palma de la mano. Un grito revienta los cristales, lleva en la espalda toda la tristeza de este mundo pero a la vez explota en un cuadro de Munch, en los gritos del silencio, esa película que es otra obra de arte, y así hasta el infinito.
    El número 43 de la calle Roma es la buhardilla de un hombre que cambia recuerdos como si fueran manzanas, que los hace o los rehace en medio del humo de un tabaco y las notas de Béla Bartók sobre el piano. Mientras alguien coge el presente por el mango del pasado, ese hombre mira lo que ya se fue y trastoca imágenes, fragua la memoria a partir del hoy convertido en voluntad. Un recuerdo es mentira y es verdad, es pieza cinematográfica. Este hombre, en el 43 de la calle Roma, decide qué recordar y qué no, cómo evocar y cómo darle un apretón de manos a la amnesia.
    Un hombre ha descubierto que Borges (¿era Borges?) tenía razón, que somos lo  que soñamos, o lo que imaginamos, es decir, lo que recordamos. Un hombre apuesta por no olvidar lo que le da la gana, y lo que le da la gana termina por ocurrir años atrás: llegó a ser cuanto añoraba desde las entrañas.
    La verdad es que el asunto me parece demasiado artificial, incluso falto de gracia, pero cada quien con sus líos. En la calle Roma número 43 vive un personaje, puedo jurarlo frente a este crucifijo, que en vez de recordar al modo en que lo hacemos llegó a inventar un mecanismo a su manera, cuestión nada fácil si a ver vamos porque una cosa es ser sujeto de los recuerdos, como somos todos y se acabó, y otra es ser sujetador de aquellos, noten por favor la diferencia.
    Qué más da. Una vez me dio por seguirle la corriente, por cambiar recuerdos a la usanza de un moderno tejedor de fábulas y casi me quedo sin pasado. Por poco y termino sin nostalgias. Cuando le conté lo sucedido recomendó que lo olvidara, que siguiera en mis empeños pero ya ven, no tengo espíritu para aventuras así que desistí.
    Anoche soñé con una amiga de la infancia, uno de esos amores que a los nueve años son cenizas sin haber pasado por el fuego. En el mismo sueño apareció Cristina, esa chica con cuerpo de guitarra que me lazó a la calle de la amargura bien entrado ya en la adolescencia. Quise practicar de nuevo, jugar a placer, cambiar de recuerdos a mi antojo. Finalmente dije al diablo, me quedo con el pretérito perfecto y demás tiempos afines tales como los conozco. Cada quien en lo suyo. Y hasta ahí llegué.

6/14/2013

He dicho

    Me ha dado por leer nuevamente Rayuela y reencontrarme con el Julio que conocí de adolescente. Abro al azar el libro, café sobre la mesa, Bermúdez encendido entre el índice y el medio, y zas, capítulo setenta y tres, hallo la historia del napolitano que estuvo años mirando y nada más que mirando un tornillo sobre el suelo.
    Hay de todo. Conocí una vez a un hombre entregado por completo a la tarea de escudriñar atardeceres. Luego a otro capaz de contemplar goteras  -era su especialidad- durante horas, y después a otro que observaba las formas de las nubes siete días a la semana. Todos tenían fama de locos, pero la verdad es que estaban más cuerdos que cualquiera. Existen tipos, raros de verdad, que pasan décadas con el ojo pegado al microscopio, o con el culo fundido a una silla en la oficina, o estudiando bichos media vida en las selvas africanas y nadie grita al cielo ni pone en entredicho la salud mental de estos señores. Es que somos de lo más extraños, por supuesto.
    En alguna ocasión trabé amistad con cierta joven literata que escribía ensayos con una pluma azul, novelas policíacas con tinta roja y poesías muy logradas, claro, pero con bolígrafo negro. Cuando trastocaba los lápices y cruzaba la receta el resultado era el desastre: poemas novelados, ensayos con métrica asonante y otros disparates por el estilo.
    Yo mismo guardo en la memoria experiencias parecidas. En primer grado la maestra nos acostumbró a leer en el salón y para ello cada quien, según su turno, cogía el libro y debía hacerlo en voz alta frente a toda la clase. Si olvidaba el texto en casa y alguien  me prestaba el suyo no podía hacer la tarea. Sabía leer sólo en mi libro, en el mío y de nadie más. Por fortuna, con los años superé el obstáculo de modo que hoy leo aquí y allá con relativa suficiencia sin importarme de quién sea el ejemplar que sostengo entre las manos.
    Recuerdo que en Rayuela al bueno de Oliveira le daba en ocasiones por dedicarse a pensar en cosas absolutamente inútiles, método que al transcurrir el tiempo le pareció cada vez más fecundo y necesario. Yo lo suscribo de pe a pa y hasta la última coma por tratarse de una verdad que a través de vías alternas llegué a experimentar desde hace mucho. Sí: pensar en cosas inútiles, según Oliveira; papar moscas cualquier día y a cualquier hora, según mi filosofía. Moraleja y conclusión: desfruncir el ceño, practicar el dulce placer de no hacer nada, correr espantado de toda seriedad, de toda impostura adultísima, ceja enarcada incluida, que hace de las suyas por el patio. En esas, exactamente en esas ando. He dicho.

6/07/2013

La universidad venezolana



    En Venezuela las universidades atraviesan uno de sus más negros momentos. Por encima de lenguaradas populistas que el gobierno echa afuera para maquillarse las arrugas a propósito del tema, lo cierto es que la educación superior venezolana (la media y básica son harinas para otros costales) ha sido cercada, apaleada y languidece por falta de oxígeno, por asfixia artificial.
    ¿Por qué un gobierno debería emprender el ataque brutal, constante, premeditado y alevoso que sufren las universidades en este país, con el objetivo de reducirlas a su mínima expresión? La razón fundamental es política: los gobiernos de Hugo Chávez y ahora el de Maduro  -en el fondo el mismo parapeto-  han pretendido controlar la sociedad de cabo a rabo, única manera de imponer ese disparate ideológico llamado Socialismo del Siglo XXI. Controlar poderes públicos, controlar sindicatos, controlar Ong’s, controlar el pulso, el colesterol y los sueños de la gente. Sumo y sigo: controlar el pensamiento, controlar la prensa, controlar los resortes que hacen de un país esa fabulosa abstracción fraguada entre individuos que le dan vida.
    Las universidades venezolanas, hoy por hoy, luego de catorce años de pedradas y locuras oficialistas mantienen su dignidad intacta. En ningún momento fueron títeres del Ejecutivo, nunca inclinaron la cerviz ante pretensiones de imposición ideologicopartidista por sobre la razón y misión, sagrada, de toda institución universitaria que se respete: generar conocimiento, formar profesionales, construir desarrollo, representar el futuro.
    Lo anterior explica la patética radiografía actual relativa a la universidad venezolana. Si no pudieron ser manipuladas, si no fueron tomadas desde adentro mediante elecciones (salvo contadísimas excepciones el oficialismo recibe una paliza cada vez que las hay), entonces llovieron agresiones y sufrió un criminal cerco económico dirigido a destruir su autonomía, su capacidad de acción por falta de insumos, su presencia como institución librepensadora gracias a la hipoxia en cualquiera de sus flancos. Así, las universidades se desplomarían, se desnaturalizarían perdiendo peso específico y abrazándose con la anomia. En cuestión de poco tiempo morirían de inanición: tales son las sumas y las restas gobierneras. Por algo el sistema paralelo de universidades, inventado hace ya tiempo por los victimarios, saltó rosadito, rozagante, al escenario nacional.
    Resulta prácticamente imposible producir, mantener el ritmo de trabajo, innovar, imaginar y emprender soluciones, hacer ciencia, crear, bajo el clima económico y político que intenta desgarrar a nuestras universidades públicas. La universidad venezolana lo ha logrado pese a los cuchillos, las trampas y el estrangulamiento. La Universidad Nacional Experimental de Guayana, sólo por nombrar un caso, con uñas y dientes publica libros, revistas académicas especializadas, sostiene en pie nada menos que a once centros de investigación en ecología, antropología, humanidades, matemáticas, física, gerencia, educación y un etcétera tan hermoso como fructífero. Se trata de una universidad joven y pequeña, pero con frutos que están a la vista, con visibilidad en el espectro académico nacional. Sus publicaciones, su alto perfil profesional, la generación de productos intelectuales de primera línea desarrollados en su seno y el hecho incuestionable de que cuenta con una planta de profesores e investigadores atravesada por la terquedad, por el afán de hacer, por superar el aplastamiento gubernamental, demuestran que la universidad en Venezuela está viva, reflexionando, haciendo, cumpliendo su tarea, y saldrá airosa del crimen pretendido: silenciarla, convertirla en ventrílocua de una ideología, de un partido político, de una impostura que traiciona su razón de ser, la esencia misma de la pluralidad que le es inherente. En nuestra Universidad de Guayana, y esto es una tragedia que impacta y sufren por igual el resto de las universidades, el presupuesto para su funcionamiento, aprobado por el Estado, no llega al veinticinco por ciento de lo solicitado. ¿Qué le importa a este gobierno la calidad en la educación superior? ¿Qué le importa la investigación en ciencias naturales o sociales? ¿Qué le importa el papel vital de las universidades en el presente y el futuro del país? Un pepino, absolutamente nada. Metérselas en el bolsillo y hacer con ellas lo que le venga en gana, transformarlas en entidades genuflexas, inertes, acríticas, en brazos dependientes de trasnochos políticos, ése es el asunto, la pretensión y el objetivo. Lo otro es pasto de burgueses.
    Las universidades en Venezuela están en pie de lucha. No van a doblegarse. Nunca la mediocridad de un gobierno carcomido por el oscurantismo medieval pudo más que instituciones seguras de su valía y conscientes de su rol histórico en momentos como los que atraviesa este maltratado país. Se hará la luz, no cabe duda. Saldrá el sol más temprano que tarde.

5/28/2013

El oficinista

    Tengo un colega cuya imaginación envidio. Mientras yo trabajo un mundo para rasguñar media línea, él me restriega a cada rato cuantas maravillas paren sus neuronas. Lo observo en la oficina, en el bar, en los pasillos, miro lo que lleva a cabo en función de sus ensoñaciones, y la verdad es que no sé por qué no se metió a escritor, a guionista de cine o cosa parecida. La gente se equivoca en sus oficios.
    Lo primero que noté me pareció de lo más raro. Mi colega devora revistas, historietas de amor o de vaqueros que compra semanalmente en los quioscos. Entonces las abre justo a la mitad y como si de un moderno Jack El Destripador se tratara, las mutila en ese punto. Luego se divierte a placer: lee la mitad de cada una para continuar, a su manera, creando él mismo tramas, situaciones, desenlaces como le viene en gana. Le sale de maravillas. Si usted llega a ir a su casa, verá el revistero de la sala a tope, lleno nada más que de ejemplares despanzurrados. En los cafés, en la oficina, cuando el aburrimiento se hace insoportable, pido a mi colega su versión de tal o cual historia. El resultado siempre es fabuloso.
    La otra vez, luego del trabajo, fuimos todos al cine. Mi colega escogió una de acción, yo voté por la última de Nicole Kidman (su rostro justifica todo) y alguien sugirió un melodrama de esos típicos de Hollywood. Optamos por la telenovela. Avanzada la proyección, mi colega se puso en pie, dio una excusa de poca monta y se largó. Al otro día me echó a la cara el resto de la película y juro por Dios que mejoraba por completo el bodrio que yo acababa de ver de cabo a rabo. Me quedé pasmado.
    Pasa también con las conversaciones en la calle o con los discursos del jefe cuando está malhumorado. Mi colega escucha únicamente la primera parte y en medio, digamos, de una charla muy amena sobre el papel de los espías en la Segunda Guerra Mundial, abandona el sitio como si tuviera algo urgente que atender. Entonces se da lo acostumbrado: termina relatándome, mientras se sirve un café en la oficina, cómo finalizó el diálogo según lo reconstruye a fuerza de invención monda y lironda. Quedo con la boca abierta.
    Triste es decirlo pero el pasatiempo de semejante personaje humilla cada gota de sudor que arrojo en el esfuerzo de crear algo digno de leerse. Tengo metida entre ceja y ceja la idea de transformarme en escritor, de inventar cuentos que subyuguen, que atrapen al lector como si cada página fuese un monstruo capaz de coger por el pescuezo a quien ose posar su vista en ella. Yo lo observo, lo escudriño, estudio con atención el modo de alumbrar ficciones que tiene mi colega, pero la verdad sea dicha, jamás podré igualarlo en esto de fraguar historias imaginadas.  Mientras tanto, no me desanimo, sigo dándole a las teclas. A lo mejor un día de éstos sale mi gran obra. A lo mejor.

5/24/2013

Sapos en la vía


    De ser cierto lo que dice, el audioventilador de Mario Silva voló en pedazos un secreto a toda voz: la injerencia extranjera es tolerada y auspiciada por quienes gobiernan, el Consejo Nacional Electoral es una caja negra, la corrupción engordó como jamás antes, haciendo metástasis a placer, y las pugnas entre facciones convirtieron al oficialismo en archipiélago donde el poder se pretende a fuerza de incisivos, caninos, molares y otros dientecitos por el estilo. A modo de colofón, el miedo, confesado por Silva en sus develados cánticos, reina triunfante en las trincheras gobierneras luego de haber hecho lo que les dio la gana por casi tres lustros.
    No es casualidad que estemos donde estamos. De una conducción inepta, de una pésima gerencia de la cosa pública sólo puede resultar el desastre del presente. Hugo Chávez fue el padre de la criatura, especie de Rey Midas al revés que a su antojo y sin controles de ningún tipo manejó entre disparates un país que debería estar ahora mismo, cuando menos, entre los más cultos, eficientes y desarrollados de América Latina. De los gallineros verticales, de la ruta de la empanada, del trueque, de cada invento producto de cuanto seso calenturiento ha pasado por la revolución, cosechamos la realidad que hoy nos aplasta. Nicolás Maduro ha sostenido que es hijo del señor Chávez, y yo le creo de pe a  pa. Demostró heredar, como el mejor, esa carga de incapacidad y torpeza para dirigir nada menos que los destinos de un país.
    Da escalofríos ver a un hombre, vicario de Chávez en Miraflores, superar al padre Atila cabalgando y arrasando. Su gobierno va a seguir combatiendo a los imperios, va a salvar a la América toda, al planeta y la galaxia si da tiempo, pero no puede con los malandros en las calles, con las escuelas que se caen, con la falta de harina, mantequilla, pollo o papel tualé. No puede con la inflación, con el desastre económico que produjo en las universidades, con el desempleo, con la espeluznante dependencia petrolera, con la improductividad generalizada, con los hospitales que dan lástima, con el cementerio de empresas que a la fecha son la mitad de las que había al comienzo de este incendio. Sabe amenazar, expropiar, asfixiar cuanto huela a emprendimiento, hablar hasta por los codos, abusar del poder y poco más. Menuda clase gobernante ésta, llena de medallas sin haber ganado una batalla.
    El audioventilador del señor Silva implica un golpe seco a propósito de lo que cierta izquierda, local y continental, vendió como historia magna, gesta imaginaria que quiso parecerse a  la Cuba de los hermanitos Castro. Hasta el chavismo más recalcitrante tendrá que revisar las bisagras de su tarima, los soportes de sus creencias, los clavos que la sostienen. No es poca cosa eso que croa Mario Silva desde el pantano revolucionario.
    Mientras tanto el país continúa a la expectativa. La entrega por capítulos de esta novela negra, prometida por Ismael garcía, seguramente arrojará más gasolina al fuego  del escándalo actual. Mucha gente advenediza, numerosos defensores del negociado oficialista aportaron su sainete al explicar con malabarismos lo ocurrido: se trata, claro, de un vulgar montaje. Intelectuales gobierneros, por ejemplo, no han abierto la boca, pobrecitos, o lo han hecho sólo para lanzar chasquidos insufribles de la lengua. Bla, bla, bla, bla. En fin, que ante expresiones hilarantes o insultos como los de Maduro al mensajero, lo cierto es que el mensaje es lo menos considerado por quienes gozan del poder. Más de lo mismo.
    Tengo la impresión de que el piso cruje de lo lindo. Mario Silva prendió una antorcha entre vapores inflamables. Aún no terminan las explosiones.

5/16/2013

Literatura por knock out


    Hace poco me invitaron a un programa para hablar de libros, de autores, de cuentos y poemas. En fin, de escribir y de leer. En algún momento sostuve que seguirá habiendo problemas de comprensión lectora mientras nuestra escuela continúe rebosante de salud a la hora de espantar de cuanta cosa suene a texto, a hoja impresa, a literatura. De inmediato se encendieron las alarmas. Llamó gente para rebatir, para defender, para decir no, no toda la culpa es del colegio, y supongo que tienen algo de razón. Pero si la escuela cumpliera su labor de cabo a rabo o cuando menos mantuviera intacto el interés de los jóvenes por el misterio y por lo novedoso, la cuestión pintaría menos negra a estas alturas.
    Tengo la impresión de que la primaria, el bachillerato y la universidad pretenden enseñar literatura. Si esto es así, partimos ya con la renquera a cuestas. No es posible enseñar literatura: en cualquier caso, lo que ésta ofrece es la aventura de leerla, de llevarla al papel a modo de obra de arte, de sentirla entonces, con el peligro inminente de que llegue a  doblarnos el pescuezo y nos transforme en lectores incurables, furibundos, al punto de, quién sabe, acercarnos a Alonso Quijano, alias Don Quijote, descocado gracias al cóctel de novelas molotov que literalmente engulló sin volver la vista atrás.
    Insisto en que no. En vez de perder tiempo creyendo enseñar literatura, un punto clave es mostrar cómo vivirla, subiendo a los muchachos a un vagón cargado de experiencias placenteras, puente hacia regiones mágicas, lugar donde es posible imaginar e inventar como nos dé la gana. Y la literatura se vive acercándose a los libros, abriéndolos, mordiéndolos, permitiendo que sus jugos nos bañen de pie a cabeza, nos mojen la lengua, inunden nuestro paladar y chorreen como la miel por dientes, cuello y labios. La literatura o es una enfermedad que no tiene remedio o no dejará huella en nosotros.
    La sensibilidad literaria es parte ineludible del asunto, por supuesto. Huelga despertar interés, curiosidad por las buenas historias, esas señoras enigmáticas que vienen empaquetadas en juguetes denominados libros. ¿En qué momento la escuela muestra el rostro divertido de leer? ¿Cuándo un imberbe de quinto grado o de bachillerato disfruta en el salón un rato de lecturas diarias? Me temo que muy pocas veces, por no decir jamás.
    ¿Pero acaso lee el maestro? ¿Son los maestros venezolanos unos enamorados, locos de atar, entregados en cuerpo y alma al romance con lo literario? Permítanme otra vez dudar. Si no hay cultivo de la sensibilidad, si no existe pasión evidente por la cultura, por los libros, por leer y leer y leer, entonces va a resultar más que cuesta arriba esperar que un adolescente coja Los hermanos Karamazov o El falso cuaderno de Narciso Espejo y los abra por la delicia de desmigajarse entre sus páginas, por hundirse en sus tramas o sencillamente por gozar, nada más que por gozar, permitiendo que las letras, los puntos y las comas se le cuelen por las venas. La sensibilidad literaria aparece con mayor facilidad cuando un maestro la lleva en sus entrañas, cuando no puede ocultarla, cuando insufla emoción, alegría, placer y ganas de leer en plena clase.
    En las escuelas de este país la literatura es un objeto, poco más que un bicho expuesto para hincarle el ojo y aprender luego ciertos nombres o características. Pero ocurre que una obra de arte no es contabilidad, física o biología. Los libros y esa cuestión que llamamos literatura es cadáver insepulto, paja elevada al cubo, líneas huecas que poco dicen, poco invitan a soñar y a vivir mil y una aventuras felices o terribles. Cuando la literatura es sinónimo de bostezo encender llamas genuinas por disfrutar leyendo pierde por knock out. Recto al mentón. Entonces leer ya no interesa.
    Esta mañana mi hija, que estudia tercer grado, comentaba la tarea que debe adelantar: un análisis morfológico de algunas oraciones, “y qué largas están, papá, qué laaaaaaaargas”. Llegó el coco con su espada académica castrante, me dije. ¿Hacen falta tales contenidos, más que áridos, poco estimulantes, inservibles a chiquillos tan pequeños? ¿No sería mejor, como sostenía Ángel Rosenblat, dedicarse a enseñarles pocas cosas, leer, escribir, calcular, pero hacerlo bien, realizarlo de la mejor manera? Completamos la tarea, ofrecí mi ayuda a propósito de la aburridísima disección morfológica que abría sus grandes fauces  y mostraba todos los colmillos, y luego nos fuimos a leer, sólo a leer cuentos al café que mis hijos tienen por costumbre visitar conmigo.
    Pero hay casos de casos. He generalizado por razones obvias pero sí, existen maestros que son oro en polvo y justo es decirlo ahora. Los ha habido, los hay y los habrá, gracias a todos los dioses. Recuerdo como si fuera ayer mi primer año de bachillerato. Recuerdo las clases de Castellano y Literatura en las tardes sofocantes del Liceo “La Creación” allá en Upata. Dillys Perdomo leía, leía para nosotros, llegaba, saludaba, sonreía, sacaba un libro, nos leía cuentos, nos leía poemas, hablaba de un tipo que terminó llamándose Gabriel García Márquez, mencionaba a un tal Quiroga, metía de vez en cuando otros nombres que me causaban gracia nada más que al escucharlos: Aquiles, Rufino, Ludovico.  Sí, Aquiles, ése era sin dudas un nombre cómico por donde lo vieras, y para colmo el hombre escribía páginas que me partían de risa. Todos, absolutamente todos nos destornillábamos a mandíbula batiente cada vez que Dillys Perdomo, mi profesora predilecta, ponía sobre el mesón aquél libraco gordo, Humor y amor de Aquiles Nazoa, y nos obsequiaba historias hilarantes sobre el cochino, los gatos, algún perro famélico, un loro, un chichero o unos chivos. Esa mujer nos regalaba las mejores tardes de la vida. ¿Eso era literatura? ¿Toda esa vaina tan sabrosa era la consecuencia de leer? Me interesé desde el primer minuto, me caló de golpe hasta los huesos.
    A aquella dama, mi profesora de primero de bachillerato, le estoy eternamente agradecido. No recuerdo un ápice de qué iba lo demás, es decir,  me importaba un pepino la existencia o no de oraciones yuxtapuestas copulativas, o por dónde había que agarrar al complemento circunstancial de lugar para sacar veinte en el examen. ¿Qué coño era un pluscuamperfecto? Al diablo con eso y con más. Lo que vino después fue la búsqueda desesperada de más libros, más Cortázar y más Poe y Neruda y gente capaz de encaramarme en las nubes desde un trampolín hecho a fuerza de palabras.
    Eso es fundamental, despertar el gusanillo, alimentarlo, dejar que la curiosidad anide, permitir el sarampión de la literatura. Por ahí habría que empezar en nuestra escuela, y no lo hacemos. Por ahí, creo, se anda el camino, pero no arrancamos.

5/09/2013

Gente rara


    Uno cree que ha visto mucho y se equivoca. La verdad es que los días traen dinamita entre los brazos y si te descuidas verás cómo explotan frente a tus narices.
    Hay gente normalita que se despierta en las mañanas, se calza el ánimo con buenas intenciones y sale a la calle a despachar las horas que tiene por delante. Bien. Persiguen un ideal, construyen su futuro, esperan los frutos de una siembra que iniciaron desde mucho antes. Y hay quienes trajinan los lunes, los martes o los jueves con la misma expectativa pero con ciertos cables enredados, con algunos desajustes a propósito de lo que uno se acostumbró a encontrar en líneas generales.
    A ver si me explico: tengo un amigo de lo más simpático, el alma de las fiestas, un compadrito inigualable si la cosa es salir de tragos y de farra, pero el pobre carga encima una condición poco envidiable: las buenas noticias le caen de la patada, son un coñazo en la nariz. Mi amigo es un cristiano como pocos, jamás arrojaría la bilis por esas cosas buenas que le sucede a la gente, por esos felices acontecimientos mil veces perseguidos, soñados, esperados por tantos en cada momento de sus vidas. No. Mi amigo es decente y lo aparenta. Yo doy fe de que es así.
    Pero si llegas con el cuento de que se ganó la lotería, cierra los ojos blasfemando y te manda al carajo antes de que espabiles. Si obtiene un aumento en el trabajo sufre taquicardias, lo rechaza de inmediato y escribe al jefe haciéndole saber que aumentos como ése son lo último que espera. La otra vez lo propusieron para un ascenso porque es un empleado excelente por donde lo mires. Los perpetradores del asunto ya no se cuentan entre sus amigos. Hay gente rara, la verdad, por eso a mi amigo sólo le doy malas noticias. Me pidió el otro día que lo acompañara al médico debido a unas dolencias estomacales (cuando su mujer le dijo que seguramente era una simple indigestión, armó una bronca de mil diablos) y se puso muy feliz al leer en el informe que era imperativo meterle el bisturí.  Qué coño.
    Lo cierto es que sonríe al escuchar que no, que no llegará a tiempo para entregar los documentos porque el tránsito está más que insufrible, y siente una especie de serenidad, de éxtasis místico ante el extravío de su cartera, cosa que descubre al momento de tocarse los bolsillos cuando intenta pagar la leche en el supermercado. En fin, la amistad es algo que valoro desde niño y no estoy dispuesto a acabarla por la estupidez de levantar el teléfono para desearle feliz cumpleaños cada ocho de diciembre. No y no.
    Existen quienes caen de bruces mañana, tarde y noche cazando golpes de suerte, esperando lo mejor de lo mejor, imaginando la noticia de sus vidas y nada, se contentan al final con las dosis de hechos cotidianos que van de malos, regulares a buenos, lo cual me luce fantástico pero en el fondo envidio al bueno de mi amigo, capaz de hallar felicidad en la orilla opuesta de este lago, en la cara oculta de la Luna y demás lugarejos por el estilo.
    Es que hay gente rara, claro, pero no menos dada a escarbar por alegría donde se encuentre. De no toparse con un aguafiestas cargado de magníficas noticias, mi amigo vive sonriendo, diría yo que inmerso en el nirvana a su manera, que al fin y al cabo es el mejor modo (quizás el único) de sentirla, de acariciar su lomo de felino arisco tan insuficiente casi siempre.
    Ayer lo telefoneé para desearle lo peor por la lumbalgia que padece, acrecentada como nunca la última semana según me ha contado su mujer. Me dio las gracias, se quejó muy contento de esos dolores musculares recurrentes y saltó de gozo al escucharme confirmar que su dolencia le sienta cada día mejor. Hay gente rara, estoy de acuerdo, ¿pero quién podría sentirse a salvo?

5/03/2013

H2O


    En tercer grado empecé a notar que ciertas cosas no son lo que aparentan. La escuela, que hasta ese momento era un templo digno de credibilidad a ciegas, mostró sus pies de barro, dejó salir el humo de algunos enclenques argumentos.
    Decía la maestra que el agua, fuente de vida, incolora, inodora e insípida, se vestía de líquida, sólida o gaseosa según las circunstancias. A los siete años no se anda uno con rebuscamientos, lo cual fue pura verdad hasta que una tarde se hizo la luz, se encendieron todos los bombillos, se me iluminó el entendimiento gracias a un suceso de lo más curioso, tan vivo en la memoria que lo recuerdo aún con plena nitidez.
    Tuve la certeza de que el agua era lo que pregonaba la maestra, pero vislumbré además fantasmas en medio de la idea cuadriculada que a propósito de ella traía el libro de ciencias. Comencé por imaginar una gota, luego abrí el chorro del grifo, después la nevera para hurgar botellas de agua mineral. Vi cubos de hielo en el congelador, vi la lluvia a través de la ventana, vi el río Yocoima, miserable, fétido, apenas un hilo en la Upata de esos años, vi los charcos en las calles, vi la piel húmeda sobre tantas hojas al amanecer y vi lo que ocurría al girar el mango de la ducha. Júrelo: el líquido vital, fuente de vida, inodoro, insaboro e incoloro, así, tal cual, era una estafa.
    Tuve para mí que la escuela escamoteaba la virtud más extraordinaria de esa sustancia tan misteriosa. El agua pasó a ser un elemento mágico, quizás materia proveniente quién sabe de dónde en cuyas entrañas nacía, se materializaba, ganaba realidad lo imposible: el hecho de que, como plastilina transparente, adoptara cualquier forma imaginable. Nunca, jamás de los jamases mi maestra de tercero habló de semejante asunto, el más apasionante, el más raro de cuanto guardé en lo más profundo luego de observar y leer y leer y leer sobre el tema que terminó obsesionándome.
    Fue la primera vez que me sentí estafado. Maestra y escuela se pasaron al bando de los malos. Entonces me divertí a placer, creí darme de cabeza con un descubrimiento sin igual, inesperado, fabuloso. Me divertí horrores al observarla empozada, desapareciendo como por  encantamiento en la cuenca de mi mano. Me sorprendió una y otra vez averiguar cómo su fantasmagórico ser era capaz de camuflarse en mil personajes, tan distintos, tan diversos, tan múltiples en apariencia. Mil corporeidades llenas de todas las cosas, en una sola cosa. El agua fue la caja de Pandora, en alguna ocasión  me pareció muñeca rusa, y más adelante, cuando leí aquel cuento de un tal Borges cuyo nombre no me decía mucho, El Aleph, pues nada, de inmediato una gota, de lluvia o de rocío o del lavamanos fue sin dudas el punto donde todas las formas y todos los mundos confluyeron en el mismo instante y lugar.
    Han pasado muchos años y no pienso de modo muy distinto.  Se da un fenomenal aplastamiento de las convenciones en esa molécula tan divertida que es el agua con que chapoteamos, acomodamos el whisky, nos aseamos o regamos las margaritas todas las mañanas. El tiempo se hace polvo, se  desmigajan las décadas y esa chica no deja de sorprenderme todavía. Póngase los ojos de muchacho y dése cuenta. Joder, es que parece cosa de Merlín.