4/20/2014
4/13/2014
Te conozco
Silvio Rodríguez: Te conozco
"El lago parece mar, el viento sirve de abrigo...todo se vuelve a inventar, si lo comparto contigo...". Hermosa canción. Dejo el enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=etAl7nkNJtU
Y añado: Candil de nieve, una canción de Raúl Torres, a dúo con Pablo Milanés. El enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=5Yugrb9Pw-g
"El lago parece mar, el viento sirve de abrigo...todo se vuelve a inventar, si lo comparto contigo...". Hermosa canción. Dejo el enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=etAl7nkNJtU
Y añado: Candil de nieve, una canción de Raúl Torres, a dúo con Pablo Milanés. El enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=5Yugrb9Pw-g
4/05/2014
Proust y la parodia literaria
Hace algún tiempo mi querido amigo Carlos Yusti publicó un texto, para divertirse y divertirnos, en el que se propuso "escribir como sus amigos". Cuando me lo hizo llegar reí un montón y admiré mucho más su talento y su inmenso sentido del humor. Copio aquí un fragmento de lo que fue su regalo, a propósito de mi columna "Café del Día".
PROUST Y LA PARODIA LITERARIA
Carlos Yusti
Para
vivir requerimos de la memoria, necesitamos esa sala de espejos de los
recuerdos para ver esa parte de nuestra infancia donde la realidad era menos
árida, donde la Upata de mi niñez era un crepúsculo con pájaros volando en el
cielo: un sueño cayendo como las hojas en la plaza Bolívar. Lo artístico que
tiene la vida se impondrá siempre a las ansias destructoras del hombre. Lo
ético y lo poético por encima de esa pasión salvaje que quiere regresarlo todo
a la prehistoria. Einstein lo dijo en una oportunidad: con todo este despliegue
nuclear la última guerra podría ser con palos y piedras. Me da por creer que
este momento prehistórico que vivimos es un mero accidente. Ojalá y no me
equivoque, ojalá seamos capaces de reconocer la flor que crece con insistencia
entre las piedras.
PROUST Y LA PARODIA LITERARIA
Carlos Yusti
A
Marcel Proust se le asocia por lo general con la actividad literaria llevada al
límite. Enfermizo desde niño, estuvo de vago y bohemio gran parte de su vida.
En esta etapa se dedicó a mirar pasar la vida a su alrededor sin perder detalle.
Un día decide llevar todas sus observaciones al papel. Desde ese instante se
convierte en un escritor metódico y constante. Su actividad como literato, a
primera vista, parece alejada de cualquier requiebro superfluo, de toda
peripecia relajada. No obstante, Proust recurrió a la parodia literaria para
darle rienda a su ingenio y a su sentido de humor.
En
el año 1908 un fraude se convirtió en la comidilla predilecta de los parisinos.
Las anécdotas y chistes proliferaban como moscas irredentas en salones y
tertulias. El fraude involucraba como protagonistas a Sir Julius Werner,
director general de De Beer’s, una sociedad financiera dedicada a la
explotación de minas de diamantes, y al técnico electricista Lemoine. Según se
cuenta Werner y el técnico coincidieron en Londres. Lemoine le aseguró a Sir
Julios que había descubierto un método para fabricar diamantes y el cual apenas
requería solo de un horno, un crisol, carbón y algo de capital. Lemoine le hizo
una demostración al crédulo Werner. Lemoine introdujo un carbón en un horno, le
agregó una sustancia, movió un interruptor y al momento tenía un pequeño
diamante genuino. A Werner le brillaron los ojos de codicia y de allí a
entregarle dinero al técnico hubo un solo paso. Sir Julius fue entregando
pequeñas sumas de dinero hasta completar la cifra de sesenta y cuatro mil
libras esterlinas de la época.
Lemoine,
para hacer creíble su timo, mostraba nuevos diamantes a su incauta víctima,
pero se cuidaba de no revelar su técnica. Entonces, Sir Julius decidió apelar a
los tribunales. Lemoine fue interpelado en presencia de abogados. Su abogado
defensor fue nada menos que el mismo que asistió en su defensa a Richard
Dreyfus. El asunto de los diamantes Lemoine encontró eco a nivel mundial.
El
plan de Lemoine era enrevesado y audaz: consistía en hacer público su método,
comprar el mayor número de acciones de la sociedad de De Beer’s cuando se
produjera la gran baja que dicho anuncio provocaría. Luego vendería de nuevo
las acciones tan pronto el mercado retornara a la normalidad. La investigación
comprobó que los famosos diamantes fabricados en verdad fueron adquiridos por
la esposa de Lemoine en algunas joyerías de París. La prensa se divirtió
durante meses con el caso.
Proust
siguió con atención el caso hasta que pudo verle el lado cómico y enseguida
comprendió que aquel escándalo financiero parecía calcado de una novela de
Balzac o de Flaubert o de cualquier otro autor en boga para el momento.
Cuando
la estafa de los diamantes se hizo pública la parodia literaria vivía su mejor
momento en diarios y revistas. Incluso Charles Müller y Paul Reboux habían
publicado un suculento libro de imitaciones cómicas de escritores titulado “A
la Manière de…”, que fue un éxito editorial.
Con
estos antecedentes Proust, quiso “retratar este trivial caso jurídico”, como lo
denominó en una de sus cartas, a través del estilo de otros escritores. Un caso
tan absurdo requería un tratamiento igual. El primer grupo de autores incluidos
fue Balzac, Emile Faguet, Michelet y Edmond de Goncourt. Las parodias se
publicaron en el suplemento cultural de “Le
Figaro”. El segundo grupo de imitados estaba conformado por Flaubert,
Saint-Beuve y Renan, con el cual disfrutó tanto que el texto se ramificó más de
lo esperado.
Las
parodias de Proust se distinguen por la profundidad con la cual se mete en el
estilo de los otros escritores. Mi preferido es la parodia a Michelet, autor al
que Roland Barthes le dedicara un estupendo libro, debido a su gran nivel de
virtuosismo. Proust, aparte de imitar esos ramalazos eruditos a los que
acostumbraba Michelet, hace malabares con el modo rebuscado y poético. Vale la
pena el inicio del texto: “El diamante puede extraerse a profundidades
singulares (1.300 metros). Para conseguir la piedra, tan brillante, que es la
única que puede desafiar el fuego de una mirada de mujer (en Afganistán, el
diamante se llama “ojo de llama”) sin fin, habrá que descender al reino de la
sombras”.
Para
justifica sus parodias Proust argumenta: “En el caso de los escritores
gravemente intoxicados por Flaubert, jamás recomendaré con el suficiente
encarecimiento la purgante y saludable virtud de la parodia; es preciso que
hagamos una parodia a plena conciencia, para evitar malgastar el resto de
nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias”.
Todo
esto me ha servido como base para acometer la parodia a varios de los
respetables columnistas de este diario. Como no soy Proust, no tengo genio ni
engreimiento para ello, recurro a mi vocación de lector traspapelado entre
libros y bohemia, para escribir mis parodias donde, de forma impune, utilizo
frases, giros y hasta palabras de los textos que pertenecen a los articulistas
parodiados.
Mis
parodias son un homenaje a Diana Gámez, Francisco Arévalo, Adón Soto, Roger
Vilain, Abraham Salloun Bitar, Pedro Suárez, Juan Guerrero. También son un
saludo efusivo a la escritura regular, y que por aparecer en el común papel del
diario es subestimada por esos escritores serios, o de alcurnia, quienes no
consentirían en bajar de categoría para ser leído por el hombre y la mujer de
la cotidianidad diáfana y cruda. Para el escritor sin pruritos el periódico es
una plaza para el diálogo y si Sócrates viviera sin duda escribiría en algún
diario de provincias. Además, estos columnistas parodiados son unos estilistas
a la hora de emplear el lenguaje, al momento de utilizar las palabras, cuestión
que uno como lector agradece.
Proust
se atrincheró en la parodia para relajarse un poco ante las tensiones que le
producía la monumental novela que ocupó buena parte de su maltrecha existencia.
Yo lo hago para deshuesar el estilo de mis amigos y para liberar la tensión de
mi propio estilo que muchas veces se anquilosa, se agota hasta llegar a lo
aburrido y convencional.
Cuando
se escribe con regularidad para la prensa la tensión por escoger un tema a
veces paraliza al columnista y encoña
todas las tentativas. Escribir es a veces una agradable zozobra. La parodia es
el inigualable divertimento de ese trabajo creador que se llama escritura.
Té de la Tarde
PEDRO
PICAPIEDRA EN LA ASAMBLEA NACIONAL
Carlos
Yusti
(A
la manera de Roger Vilain)
El
país, aparte de africanizarse, parece estar llegando a un grado de troglodismo
prehistórico como nunca antes.
De
las comiquitas de mi infancia, todavía algunas se trasmiten por televisión. Eran
mi escape de la realidad. El coyote ideando trampas para capturar al
correcaminos, el conejo Bus disfrazándose de mujer para engañar al bigotudo
amargado y Pedro Picapiedra viviendo en un mundo prehistórico con su esposa
Vilma y sus vecinos Pablo Mármol y Betty.
El
país de pronto se ha caricaturizado. El paralelismo con las comiquitas de mi
infancia Server es patética por lo exacta: Chávez, ese inefable agente viajero,
se ha convertido en el Coyote que proyecta cada día las trampas más
inverosímiles contra el referéndum, especie de correcaminos siempre calentando
la calle. El presidente no se disfraza de mujer, sino de Pavo Lucas y
encaramado en una moto despista a la bigotuda oposición. Pedro Picapiedras se
instala en la Asamblea Nacional y en vez de argumentos reparte insultos, golpes
o patadas.
Poco
a poco nos vamos enterando: Venezuela es un lugar donde el primitivismo
político ha tomado el rol protagónico. Por donde el ojo logre encontrar una
abertura para ver algo de luz, recibirá un mazazo de oscuridad. La vida aquí es
una zozobra antidiluviana. No obstante, creo que el país bien vale un esfuerzo.
4/04/2014
La dictadura venezolana
El gobierno de este
país escupe a los demás justo el virus que lo carcome: fascismo mondo y
lirondo. Si usted le pregunta a Maduro, a Darío Vivas, a cualquier guapetón con
poder tipo Cabello, Ramírez o Ameliach qué demonios entiende por semejante
asunto, cerrarán el puño, pondrán los ojos en blanco y se escuchará el disco
rayado: fascismo es la oposición, la Iglesia, Voluntad Popular y quienes se
abrazan con el imperio, el diablo y los extraterrestres. La bolsería, quién
puede negarlo a estas alturas, hace mella hasta en el último hueso.
Cuando Chávez
gobernó tuvo a su favor el genio demagogo que lo poseía así como un caudal de
dólares que populista alguno jamás soñó antes. Las cosas fluyeron mejor al son
de la chequera y los bailes de tarima. Misiones de cartón, petróleo para
regalar a manos llenas, corrupción día, tarde y noche. Desaparecido el
Comandante Infinito, Nicolás Maduro aterrizó de cabeza en el piedrero. Sin
dotes histriónicos para facilitar megaembauques, sin méritos ni credenciales de
caudillo tercermundista, el asunto de gobernar se le transformó en un
quebradero de cabeza. Heredó el desastre de Hugo Chávez y muy pronto, a la
velocidad del relámpago, terminó de hacer añicos la cristalería. La inflación
es la más alta del mundo, la inseguridad en las calles una réplica de país en
guerra y la escasez un problema cuya salida sólo pasa por enviar al basurero
cuanta ideología barata anida en las neuronas del Ejecutivo, trocándola sin complejos en empeño por tejer un
sector privado que haga su trabajo: crear riqueza, producir, generar empleo, es
decir, ponerle los patines a la economía. Estaba cantado el escenario del
presente. Ni Chávez primero, ni Maduro después, han calzado los números para
meterse en los zapatos de un estadista.
Cuando medio país
se hartó del Socialismo del Siglo XXI, parapeto típico de republiquetas
bananeras absolutamente refractario al progreso, a la modernidad, a los tiempos
que corren, y se dio cuenta de que no existen instituciones adonde ir ni
instancias que procuren la defensa de la ciudadanía que se atreve a disentir,
salió a protestar a las calles. Y salió en paz. Ese fue el detonante de la
represión más salvaje. Terrorismo de Estado
contra quienes piensan distinto y elevan su voz haciendo que se entere cuanto
señorón jura que el mismo Dios le da unas palmaditas en la espalda para luego
convidarlo a unas cervezas. Lo insólito, más allá de la inaceptable brutalidad
de las fuerzas represivas, ha sido el contubernio entre civiles armados que
apoyan al gobierno atacando y llenado de terror buena parte de la geografía
urbana del país y ciertos efectivos de la Guardia Nacional. Testimonios
documentados a diario, fotografías, videos y testigos de excepción dan cuenta
de una realidad que se tradujo en flagrante violación de los DD.HH. a través de juicios sumarios a alcaldes,
torturas a manifestantes, censura en los medios y un llamado a diálogo cuyo
correlato es mayor represión, insultos y amenazas.
Está claro que la
actitud del gobierno consiste en arrojar
más combustible a las llamas. ¿A quién beneficia semejante conducta? ¿Por qué
instalarse con terquedad en el locus insostenible
de la división y el incremento ciego de la violencia? ¿Qué posibilidad existe
de continuar gobernando con todos los poderes en un puño, bajo la lógica de un
dogma cuyo sumo sacerdote, un aspirante a caudillo iluminado, ha hecho aguas
desde hace mucho tiempo?
A lo mejor Maduro
jamás imaginó el nudo de fuerzas encontradas y disparates que recibiría de su mentor. La
condición de hombre de Estado supone cualidades que se crean mediante años de
experiencia, de preparación, de lecturas (leer libros, leer la vida) y un largo
etcétera con el fin de hacerle frente a los problemas que el arte de gobernar
sin dudas va a encontrarse en el camino. Ni él ni su antecesor caben, repito,
en la talla grande que exige pensar un país, en lidiar con sus circunstancias
reales o imaginarias para finalmente intentar dejarlo mejor de lo que lo
encontraron. Tal es, en verdad, el objetivo fundamental de todo gobernante que
se precie de serlo. Chávez y Maduro, qué duda cabe, hicieron méritos
suficientes para ganarse con honores un sitial en la molienda de la historia.
3/19/2014
Ciego y sordo
La situación política venezolana es un
torbellino que comenzó a formarse cuando Hugo Chávez abrió su particular caja
de Pandora. Los rayos y truenos del presente tuvieron un período de incubación
muy largo, cosa que no debe extrañar a los observadores: la violencia del
gobierno, tanto física como hecha lenguaje, es decir, su praxis guerrera a
punta de golpes e insultos, de soberbia y de plomo, abrazada con la simbología
bélica metida desde siempre y de cabeza en el perfomance oficialista, derivó en esto que vivimos hoy. Quince años
de garrote y zanahoria, de odio al por mayor, de listas de Tascón, no son
poquita cosa.
Entonces Maduro pide diálogo. Cabello pide
diálogo. Los angelitos colorados de la Asamblea Nacional piden diálogo. ¿Y
saben ustedes algo?, no faltaba más. Charlar
-llegar a acuerdos, construir consensos- es el mecanismo universalmente reconocido
para evitar que la sangre llegue al río. Es lo sensato y lo civilizado y por
semejante argumento es que este gobierno monologante, charlatán, gritón, bueno
para aplastar cuando se sabe fuerte y experto en poner cara de animalito cuchi
si advierte que le han plantado una mano en la pechera, propone encuentros de
utilería, diálogos de cartón sólo para patearle los cojones a todos una vez que
se sienta otra vez oxigenado.
¿Hay que dialogar? Frente a un gobierno
ciego y sordo, capaz de violar como le ha dado la gana los Derechos Humanos de
la gente, capaz de llamar por tuits o por cadena nacional de radio y televisión
a ejecutar ataques “fulminantes” contra
quienes protestan; frente a un gobierno que comete atrocidades con los
detenidos, que reprime y mata, que tortura, veja, humilla, que tiene a estas
alturas tantas cuentas pendientes con la justicia, repito, ¿hay que dialogar?
Absolutamente. Es preciso, urgente, de vida
o muerte hacerlo. Ahí está Mandela como ejemplo que no se debe olvidar nunca.
El político más respetado de todo el siglo XX lo fue entre otras razones porque
conversó, y ganó. Ahora bien, el poder en Venezuela hará una pantomima si con
inocencia imperdonable se termina cayendo en
el embauque, en las trampas, en el juego que propone, dándosele
oportunidad de cobrar segundos aires en su empeño de control total. Para
sentarse a la mesa es preciso que el señor Maduro dé señales inequívocas de que
el llamado a intercambiar ideas, a decirse las verdades y, en fin, a ejercer la
palabra que tanta falta hace, es sincero, es real, y no el teatro del absurdo
que lo caracteriza. Cuando alguien se ha esforzado tanto para que nadie confíe
en él, hay que ser un cínico para luego decir: mira tú, bébete este cafecito,
vamos a platicar. Esto ni es bolero ni es rocola, aquí nadie dará puto medio
por un llamado a diálogo frente a las luces y las cámaras, mientras por el
traspatio se persigue, se dispara, se encarcela y se pasan por el forro los
derechos de la gente.
Caímos en un punto muerto. Los estudiantes
no retroceden en sus demandas y Nicolás Maduro opta por más represión, más
brutalidad, más imposición. Pésima forma
de continuar llamando al diálogo y peor manera de evidenciar su farsa.
3/07/2014
A propósito de Venezuela
El chavismo como ideología, ese tinglado de
gimnasias entremezcladas con magnesias, va directo al corazón. Pretende ser fibra emocional, transformarse
en sístole y en diástole, remontar
ventrículos, atravesar pericardios, bombear conveniencias vía la
“Canción del elegido" o “Yo pisaré las
calles nuevamente”.
Es para aplastarse de la risa. El mundo
rosa que la Revolución del Siglo XXI obsequia a los venezolanos ha sido posible,
no faltaba más, gracias al Comandante Intergaláctico,
especie de Supermán revuelto con Hombre Araña, creador de semejante parapeto.
“Corazón de mi patria”, lo llama su feligresía, y quien diga ñe va a la
molienda de la nueva historia, jineteada por Mario Silva, Diosdado Cabello,
Jorge Rodríguez y el resto de los compadres, afilada jauría de mercachifles a
la orden.
El chavismo vende baratijas a precio de
especulador neoliberal. Usted adquiere un bien, cultura oficialista (jaja) o
salud bolivariana (jajaja), pongo por caso, y siéntese a esperar los espejitos.
No es para menos: jamás antes, nunca en la historia de lo que el mundo ha sido,
se construyó algo valioso a partir de cuatro disparates. Si un puñado de
bandoleros con boina roja o enfluxados Cartier delirando por una bayoneta
coparon las instituciones, leyeron como nadie el hambre y la ignorancia en esta
tierras y de esa polvareda chapoteamos hoy en estos lodazales, implica entonces que rehabilitar el país que
cruje y se revienta supondrá ocuparse, en serio y sin descanso (porque la
historia no suele andarse con segundas oportunidades), de inocular más
democracia, de sembrar más ciudadanía, en las calles, en las familias, en los
cafés y en los bares, en los prostíbulos, en los parques, en la escuela, en la
vida cotidiana, en cada quien y en cada cual. Un trabajito al que llegamos
retrasados.
A la gente la matan como moscas en las
calles, la economía venezolana es una ruina, los corruptos paridos aquí son los
más rozagantes de este mundo. La escasez juega a diario al escondido si
persigues un pollo, un litro de leche, un medicamento, un paquete de papel
higiénico o una bolsa con tres panes. Los hospitales son un burladero, la
educación pública una estafa, los afanes de control total el hilo conductor de
un gobierno hecho de embustes. La revolución bolivariana (vamos a dejarla así,
en minúsculas) parte de un par de premisas que nada más son chasquidos de la
lengua. Me explico: ni es revolución ni es bolivariana. Ni nada que se le
parezca. ¿Qué es entonces?, una camarilla en el poder de dudosa legitimidad en
su origen e ilegítima en su desempeño, trocada en gobierno militarista con
serias pretensiones totalitarias. Una dictadura, muy sui generis, actualizada, con las pezuñas metidas de lleno en el
siglo XXI. Neodictadura, para usar el término más ilustrativo.
Hoy, luego de los sucesos que vive
Venezuela desde el doce de febrero, la máscara del gobernante está hecha
añicos. Un rostro pseudodemocrático desfigurado. La represión salvaje de los
manifestantes, la censura a los medios de comunicación, los grupos paramilitares
creados, alimentados, lanzados a las calles por el gobierno y protegidos por la
Guardia Nacional, la entrega de la soberanía nacional a un gobierno extranjero,
los presos políticos, la tortura, los crímenes de lesa humanidad, documentados
por una organización tan seria como el Foro Penal Venezolano, a la que habrá
siempre que aplaudir, desnuda al régimen exponiéndolo en sus tropelías, locura
y bandidaje. Por fortuna ya su imagen internacional vale muy poco. Tristemente,
puertas adentro, la izquierda caviar de este país, con sus valedores
intelectuales por supuesto, a la fecha no se ha desmarcado, no ha abierto su boca ni puesto a punto su
pluma para denunciar abusos y condenar de inmediato la brutalidad de un
gobierno fuera de sus cabales.
Venezuela vive momentos trágicos, de
violencia acrecentada, de sangre y fuego, de fascismo gubernamental contra
quienes piensan distinto al poder. La juventud, la decencia, la voz de la
calle, van a continuar con las armas de la razón, el coraje y la paz haciéndose
escuchar. A nada menos nos debemos como ciudadanos.
3/06/2014
Tabbaq
En el tabaco, en el café, en el vino
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.
Julio Cortázar (Los Amigos)
2/22/2014
Interrogante
Papá, papáááá, papáááááááááááááá, ¿las cebras son blancas con rayas negras o negras con rayas blancas?
2/14/2014
Salvadores de la patria y vidrios rotos
La Venezuela del presente es un caso digno
de observar con lupa: en el contexto latinoamericano ha aumentado de modo
exponencial el número de países que optó por rutas de convivencia democrática,
mientras el nuestro retrocedió hasta niveles que dábamos por superados. Craso
error.
El desarrollo, la civilidad, la democracia,
son formas de vida en sociedad que se construyen todos los días, es decir,
acceder a ellas supone un ejercicio manifiesto de educación continua, de
ciudadanía y de vigilancia de las instituciones democráticas que, al menor
descuido, corren el peligro de rodar cuesta abajo por el despeñadero. Venezuela
ha experimentado tal verdad durante el bodrio revolucionario y las aristas más
visibles del desastre son el autoritarismo, el militarismo, el pronunciado declive
del respeto a los Derechos Humanos, los elevados niveles de toxicidad a
propósito de las libertades ciudadanas, la escasez, la inseguridad en las calles,
el pandemónium económico y el intento de instaurar un mega Estado con pretensiones
de control total. El fósil político que desde hace mucho es la Cuba de los
Castro tiene quien lo llore y quien lo emule.
La camada gobernante en Venezuela, especie
que brilla con luz propia entre la izquierda más retrógrada, lleva pegada de la
frente la etiqueta que guía sus desafueros: 1.- esa curiosa idea de que la historia hace a los hombres y
no todo lo contrario (Marx entre ceja y ceja), 2.- la creencia religiosa en un
Padrecito Stalin que venga a chasquear los dedos para acabar con los problemas
y 3.- el convencimiento absoluto de que la razón, la verdad y la justicia se
ubican por siempre de su lado. Semejante acto de fe, desde luego, constituye un
prontuario tan peligroso como en gran parte superado (ahí está la izquierda de
un Lula Dasilva, de una Bachelet o de un Mujica, sólo para quedarnos en
Latinoamérica, con trinos rimbombantes de retórica ideológica para los
radicales pero cargadas de sensatez y de visión moderna en el plano de los
hechos). Resulta, qué duda cabe a estas alturas, el santo y seña clave para dar
con la enfermedad del Tercermundismo, tan agudamente diagnosticada por Carlos
Rangel en su momento.
Quienes gobiernan este país, en
consecuencia (hay que repetirlo mil veces para no olvidarlo), tienen la plena
certeza de que el universo y sus alrededores obedecen a las leyes del materialismo
histórico que tarde o temprano va a parir el Paraíso entre nosotros, de modo
que ciertos daños colaterales (¿que no haya Harina Pan?, ¿que el papel tualé coja
sus patas y se largue?, ¿que el país refleje números ardiendo por donde le
metas el ojo?) son apenas cuestiones secundarias, pequeñeces, sacrificios que
ante el pronto advenimiento de la Tierra Prometida bien vale la pena soportar.
Lo demás es imperio, es la CIA, es gringo go
home y es la ultraderecha internacional.
La religión de los que pretenden gobernar aquí
por los siglos de los siglos es monoteísta. Feligresía obediente y un Dios
apoltronado en los altares, o sea, pueblo y comandante eterno, supremo, intergaláctico
o como se llame, quien, aterrizado en Palacio
gracias a la burguesa democracia, la
socava desde sus entrañas hasta trocarla en parapeto, despanzurrándola a
placer. Los valores universales caben y se subordinan entonces a la única
verdad reinante: la del líder carismático. Existe, luego, sólo un sistema
ético, cognoscitivo, universalmente válido, nada menos que el de los camaradas
al mando. “Dentro de la revolución, todo. Fuera de la revolución, nada”. ¿Les
suena?
Lo anterior se corresponde con lo que
Isaiah Berlin denominó monismo y al que impugnó con la valentía, rigor y
honestidad intelectual que desplegó a lo largo y ancho de su fecunda labor
académica. A tal concepción de los hechos sociales y de la vida misma
contrapuso su idea de pluralismo, a saber y en resumidas cuentas, que no existe
una única verdad y una única respuesta a las interrogantes y problemas que se
nos plantean y que la multiplicidad de verdades, contradictorias entre ellas
las más de las veces, pueden coexistir y hallar consenso, negando entonces
categorías absolutas, tan caras a mentalidades y regímenes totalitarios. El pluralismo
al que se refirió el pensador de Oxford, como se ve, es hilo fundamental del
tejido democrático, base inexistente en la ideología y el dogma presente en
quienes juran por estos lados tener a Dios tomado por las barbas.
La Venezuela del presente vive uno de sus
más duros momentos. A raíz de sendas marchas protagonizadas esta semana por los
trabajadores de la prensa y por los estudiantes universitarios en todo el país,
la represión y el bloqueo comunicacional recrudeció. El black out informativo no ha
tenido parangón. A través de las redes sociales numerosos estudiantes denuncian
torturas y violaciones a los Derechos Humanos. Varios dirigentes políticos y
líderes sociales, nacionales y extranjeros, piensan en la OEA y en su Carta
Democrática Interamericana. Papel mojado, ya lo sabemos.
El descalabro socioeconómico del
país era una realidad que, más temprano que tarde, llegaría, sin importar las
cifras astronómicas que por razones de factura petrolera abultaron tanto tiempo
las arcas del Estado, permitiendo crear un espejismo de bonanza. Sencillamente el chorro de petrodólares no
alcanza para continuar llenando la piñata: Los tres chiflados, entremezclados
con Alí Babá, obraron el milagro de hacernos más dependientes, más atrasados y
más pobres. Es el rostro de aquel Mar de la Felicidad, sueño de un Chávez genio de la demagogia, campeón universal del
embauque como obra maestra.
2/13/2014
Los debates necesarios
Para entender lo que hemos sido y somos. Para hurgar en este continente tan lleno de contradicciones, un intercambio de ideas entre Vargas Llosa y Octavio Paz. No tiene desperdicio:
http://www.youtube.com/watch?v=LKvjvN2eLD4
http://www.youtube.com/watch?v=LKvjvN2eLD4
1/13/2014
Alquimia
De niño juraba que llegar a adultos era
cosa sin complicaciones. Me rebanaba los sesos develando el misterio pero nada,
imposible dar con el mecanismo que propiciaba de golpe y porrazo tal
metamorfosis. Imaginaba simplemente que un buen día entraba en mi habitación y
despertaba luego noventa centímetros más alto, con canas y bigotes y pastillas
para la tensión sobre la mesa de noche. Viéndolo desde el presente, una alquimia menos llamativa que esa otra
responsable de convertir el plomo en oro, en la que también creía de pe a pa.
El hecho de que mi padre fuese mi padre,
con su metro ochenta y yo con mi metro diez, el enigma de que alguien fuese más
trigueño o menos lacio, más alto o más bajo, dientón o con los incisivos parecidos
a un grano de arroz, me quitaba el sueño a diario. ¿Cómo llegaba uno a ser
grande? ¿Cuándo se lograba el cambio? ¿En qué momento proliferaban las arrugas?
¿Por qué no había pistas, ni huellas del proceso ni forma de espiar cuanto
ocurría? La explicación era una, ya lo he dicho: cerrando los ojos y yendo a la
cama, en algún momento escogido por Dios o quién quita, a lo mejor por la mismísima
Santa Eduvigis -de quien mi abuela era devota y de cuyo rostro había imágenes
por toda la casa-, se daba la transformación.
De cierto modo éramos Gregorios Samsa aún sin saberlo, fieles subsidiarios de
una fatalidad que a todos nos tocaba.
Un adulto era eso, misterio que me impedía
dormir a veces, gente alcanzada por el rayo transformador de la divinidad,
llena de achaques, miope las más de las veces, habitante de un mundo diferente
al mío por donde lo viera. Entonces me hice adolescente. Crecí. Mi padre me
llegaba a la nariz, tuve que comprar afeitadoras, ya no usaba pantalones
cortos. Ahí supuse que la humanidad se dividía en dos: los adultos por completo
adultos, trasplantados de la infancia a una tierra de nadie a partir de cierta
edad, y los adultos que lo son gracias a que se expandieron como el hule,
pasaron de los ocho a los cuarenta y dos porque la niñez es un chicle que por
fortuna se estira.
Cada vez que leo a Cortázar termino por
reconfirmar la regla. Un maniqueísmo de lo más encantador cubre la Tierra : Cronopios, Famas y
en el medio Esperanzas, esos individuos que perdieron el tren al Paraíso, conformes
ya con ser veletas, esclavos de las circunstancias, peleles para siempre entre
dos aguas.
La verdad es que disfruto recordando estas
cuestiones. Pendejadas de la edad, dice un amigo con quien comparto delirios
parecidos. Hoy en día veo niños envejecidos y también ancianos que todavía
buscan su Vellocino, lo cual es muy estimulante con lo podrido que anda el
patio. Es lo que pretendo enseñar a mis hijos: la realidad puede ser de otra
manera.
En cuanto a mí, sigo leyendo a Cortázar,
que era un muchacho a los setenta y tantos y tengo la impresión de que Alicia
en el país de las maravillas fue con justicia Alicia en el país de las
maravillas porque metió de lleno la nariz en el espejo, asunto muy serio si a
ver vamos, sobre todo cuando medio mundo está empeñado en irse a la cama,
cerrar los ojos y despertar siendo el mismo cada mañana, así tal cual, una tras
otra, hasta el fin de los tiempos.
12/05/2013
Fontaneros
La otra vez abrí el diccionario y encontré
la palabra zeúgma. Estuve pensativo un rato, dándole vueltas al misterio que
encierra vocablo tan extraño. La verdad es que el lenguaje se parece a una
pared llena de tuberías y nosotros somos los usuarios, los manipuladores de esa
realidad, fontaneros de la lengua en el sueño o la vigilia.
Zeúgma tiene mucho de término médico
enredado en los zapatos. “Tiene usted un zeúgma pericoidal supraestrageno”, ¿se
imagina?, como para ponernos el cuero de gallina. Entonces lo repito varias
veces: zeúgma, zeúgma, zeúgma, y a Dios
gracias me da por olvidar pronto el asunto.
Uno piensa en la belleza de la palabra
claraboya, por ejemplo, o de celosía, y ante zeúgma no queda más que deprimirse.
El lenguaje es una cosa rara, por supuesto, se las trae de pe a pa, y para
remate la belleza tiene también sus recovecos, su personalidad más que
explosiva, un poder de aplastamiento que no puedes esquivar. La de algunas mujeres, pongo por
caso. Existen chicas lindas, hermosas por donde las mires, pero bellezas,
compañero, verás pocas a lo largo del camino.
Decía Alejandro Otero que determinados
cuadros jamás le parecieron bellos, por mucha historia del arte y por mucha
muestra en galerías o museo del Prado y blablablá. Eran cualquier cosa, bien
construidos, justamente concebidos, milagrosamente pensados, pero bellos nunca.
Puedo entender a mi paisano, creo intuir por qué lugarejos lo arrastraba la
nariz. En fin, que ante un enigma como éste, frente a la belleza de una hembra
levemente estrábica que despacha en una tienda de Altavista yo no sé adónde irá
a parar tanto polímero hecho tetas recrecidas o culos ensanchados. ¿Me
comprendes Méndez?
Dejo de pasearme por las nubes y otra vez
ahí, el diccionario y la desagradable bernegal, la acomodaticia dialipétala,
las horrorosas crótalo, ceporro o zaragata. Hay que ver, uno aprieta aquella
tuerca, elimina con la llave una gotera, pero más acá revienta todo un tubo. La
fontanería del lenguaje da para obsequiarnos cefaleas a cada rato. Recuerdo
ahora mi infancia y esternocleidomastoideo. Vaya palabrita.
Esternocleidomastoideo es una mujer de un metro ochenta con piernazas que para
qué te cuento pero fíjese, nadie apostaría un centavo porque esternocleidomastoideo
coja pizarra a la hora de las galas lingûísticas. Sin embargo yo, feliz, le
juego todo y que me lleve el diablo.
Paso la vista nuevamente por zeúgma, evito
olisquear su significado. Lo que menos me interesa es lo que escupe la Real Academia acerca del
asunto. Zeúgma es fea con bolas y cristal hermosa. Sobaco es un clásico de la
horripilancia mientras caleidoscopio me emociona hasta las lágrimas. Arcoiris,
batracio, roncha, adenosín, escoja usted. Hay palabras que me revientan de
entrada pero ahí están, como si nada, y existen otras que me encantan pero ni
siquiera aparecen en el libro de los libros. Es bueno inventarlas, claro, y
para eso estamos. Fontaneros del lenguaje, a mucha honra.
11/28/2013
Un clásico
How can i go on. Freddy Mercury y Monserrat Caballe.
¿Dejo el enlace y la escuchamos?
http://www.youtube.com/watch?v=EaAExrGO5Ks
¿Dejo el enlace y la escuchamos?
http://www.youtube.com/watch?v=EaAExrGO5Ks
11/18/2013
La corrupción como forma de vida
Tomado de: Expediente contra la corrupción. Revista de Ensayos Políticos. Ediciones de La Causa R, Caracas, año 1, núm. 1, oct. 2013.
Cometer ilícitos, delinquir, manifestar
conductas reñidas con la decencia y con las leyes ha sido, es y será un hecho
inherente a la condición humana. Hobbes ya lo decía, palabras más, palabras
menos: es tan peligroso el hoyo en el podemos caer que sólo el contrato social
nos salva de nuestra naturaleza destructora.
Así, perseguimos el bien común poniéndonos
de acuerdo para vivir en sociedad. Nos protegemos, a fin de cuentas, de
nosotros mismos. Corromperse siempre va a resultar una posibilidad al alcance
de la mano. No es extraña entonces la corrupción, vista a través del lente, del abanico a propósito de lo que en
ella cabe, y mucho menos la administrativa, entendida aquí como el desvío
ilícito de lo público hacia el coto de lo particular.
Según ONG’s tan serias como Transparencia
Internacional, Venezuela posee el triste privilegio de ocupar un sitial de
honor entre los países más corruptos del mundo. Si bien el fenómeno existe a lo
largo y ancho de este maltratado planeta, ciertas regiones llaman la atención
porque el mal, que ha engordado, ha echado raíces y se ha apoderado de la
estructura burocrática de los países más golpeados por el flagelo, llega a ser
estructural. El aparato jurídico penal luce en ellos carcomido, la seguridad
ciudadana y el bienestar social en general distan mucho de ser lo que en teoría
deberían, la concentración de poder en manos de un caudillo (un hombre fuerte,
un “iluminado”, un presidente sin mayores controles en su gestión) hace de las
suyas y el resto de los poderes públicos inclina la cerviz ante el Ejecutivo.
Finalmente, la gente, en su inmensa mayoría, no ve con malos ojos el asunto, es
decir, ni condena ni rechaza al pícaro
que medra hasta “triunfar” luego de usar la política como medio para
enriquecerse. De alguna manera la sociedad se erige en cómplice del problema
que nos toca. Nuestro país, triste es decirlo, no escapa a estas verdades.
Para que lo anterior ocurra deben existir
ingredientes fundamentales que sustentan y abonan el florecimiento de la corrupción
que cala hasta los huesos en la
Venezuela del pasado y del presente: un conjunto de valores,
una simbología, una psicología y un lenguaje que erige la plataforma ideológica
sobre la que se sustenta el hecho que abordamos. La sociedad venezolana (y esto
es observable desde la Colonia )
mantiene una relación con el Estado cuyos intereses no convergen en un punto de
fuga donde el objetivo es la consecución del bien común. Pareciera que por lo
general los ciudadanos no consideran como bien público el patrimonio que deben
manejar los distintos gobiernos, de modo que el pillaje en este ámbito puede
ser perdonado y, más aún, justificado gracias a que la administración estatal
es poco menos que una entelequia, concebida por la mayoría como algo ajeno a ella:
una especie de limbo adonde llegan quienes se harán de algún botín. Los bienes
colectivos no son percibidos entonces como posesiones de la ciudadanía sino
como entera propiedad del Estado, refractario siempre a los intereses del común
de los mortales.
Ésto,
sumado a la esperanza depositada en un líder cuya autoridad y carisma resuelvan
todos los problemas, abre las puertas de par en par para que América Latina se
transforme en caldo de cultivo, en tierra fértil donde el pícaro se desarrolle,
transgreda impunemente, hurte, tome los
caminos verdes para lograr sus objetivos, extendiéndose tal mentalidad y tal
conducta a todos los niveles del entramado burocrático y político existente. Si
el Estado es percibido como un ente lejano al ciudadano cuyos fines no
concuerdan con sus esperanzas e intereses (el progreso, el bienestar), no debe
extrañar entonces la realidad que hoy como nunca tenemos enfrente.
El héroe y el pícaro (los dos rostros del
líder redentor) se dan la mano, se encaraman en el altar de lo mágico, de lo
todopoderoso en función de un ejercicio equivalente a la exacerbación de la mediocridad y el populismo en sus peores manifestaciones.
Cuando uno y otro (en verdad el anverso y el reverso de esa moneda que supone
una sociedad menos contagiada de estos males) se funden, se transforman en el
trampolín que brinda el tan ansiado ascenso fácil, lo cual, por otras vías,
luce casi inaccesible.
El cáncer de la corrupción se pasea rozagante por la administración
pública venezolana y ya sabemos lo que
éste provoca en cualquier democracia sin suficientes anticuerpos para
combatirlo a fondo: termina socavándola, disminuyéndola a niveles que serán la
caricatura de lo que deberíamos construir. Hoy, en Venezuela, es urgente que la
decencia prevalezca. Es la única manera de preservar la democracia misma.
11/01/2013
Papel Literario
El domingo 27 de octubre el diario El Nacional publicó, sólo en la web, su Papel Literario. La razón fue económica,
o sea, falta de dólares para importar papel. Ustedes comprenden. La necesidad,
pues, obligó a mutilar la edición impresa de esa fecha.
Lo anterior es perfectamente comprensible.
Ante la desolación brutal que vive este país resulta ineludible tomar
decisiones, muy drásticas a veces, a la hora de manejar una empresa. Si escasea
materia prima para trabajar y salir adelante el corolario exige reacomodos: se
eliminarán ciertas páginas, se disminuirán otras y, en fin, se replanteará el
asunto con el objetivo de mantenerse a flote.
Hasta aquí todo hermoso, como el oso. Nada
que un buen capitán no lleve a cabo cuando llega la tormenta si la cuestión es
evitar naufragios. No obstante, Papel Literario -preciso es no olvidarlo- es el suplemento cultural más longevo de
América Latina, es una escuela y un nicho particular en el que se ha pensado el
país desde la literatura y desde diferentes manifestaciones del arte; es un
espacio con siete décadas a cuestas quebrándonos los platos en la cabeza y es
una manera de escrutar el mundo hasta rehacerlo mediante la palabra, las ideas
y el pensamiento, lo cual no es concha de ajo ni nada que se le parezca. Nelson Rivera, su director, escribe desde el
lamento: “la falta de divisas necesarias para la compra de papel ha alcanzado
también a este diario, como a tantos otros en el país. Mientras este asunto
encuentra solución, los lectores podrán encontrarnos en la web”. Y yo le
pregunto a este individuo: ¿Por qué coño el suplemento literario fue la víctima
escogida? ¿Por qué razón no enviaron al limbo de lo virtual al cuerpo de farándula,
sólo por mencionar un ejemplito?
“Porque nos da la real gana, señor, y
déjese ya de andar jodiendo”. Punto. Esa podría ser la lápida para mis
interrogantes. Me parece del carajo. Prefiero la honestidad de un escupitajo
semejante a la alharaca de la mutilación perpetuada por la mano indolente de
una realidad económica y política que nos tiene agarrados por los huevos. La
culpa es del gobierno, ajá, con sus prácticas malsanas, con su incapacidad
demostrada a lo largo de estos quince años de tragedia nacional. Excusas dadas,
vista a la bandera, lloriqueos blandiendo el aire, se acabó. No me anden con
pendejadas, por favor.
Que este gobierno sea un bodrio, un
parapeto impresentable y una cueva de ineptos al por mayor no es secreto para
nadie. ¿Qué diablos puede importarle a un Maduro, a un Pedro Carreño, a un
Cabello o a un Chacón lo literario, el arte y cuanta cosa despida tufos
parecidos? Un pepino. ¿Qué demonios pasa si el Papel Literario, y digo más, si El
Nacional, El Universal, Correo del Caroní, Tal Cual y demás impresos semejantes, junto a la madre que los
parió, son borrados del mapa gracias al desastre económico que hace trizas todo
lo que toca? Nada, absolutamente nada ante la mediocridad, la oscuridad, la
incultura de tales personajes. Motivo de fiesta, que hay menos estorbos para la
revolución. Pero ese no es el punto.
Lo que resulta imperdonable en este novelón
son los dedos índices desplegados en todas direcciones menos en la propia, el
cotorreo vacuo y el perenne ya veremos. La cuerda revienta por lo más delgado,
claro, y da la casualidad de que para El
Nacional lo más delgado, la carnita para la parrilla, lo sacrificable por
motivos de fuerza mayor y blablablá ha sido la hechura cultural de un Papel Literario que significa todo un
universo a propósito de lo que hemos sido y somos como pueblo, nada menos. No
me vengan con monsergas: o importa para El
Nacional el suplemento con lo que simboliza e implica, con su carga de
décadas llenas de inteligencia y talento creador, con su quehacer a brazo
partido en función de una mejor sociedad y unos mejores individuos, o los
lamentos son palabra y pose, lenguaradas sin valor y bastante demagogia, que
vaya viendo usted, no es exclusiva de Maduro y sus secuaces.
Si el Papel
Literario en verdad supone para estos señores lo que dicen que supone, otro
gallo vendrá a cantar al patio, nuevamente tendremos Papel… en la entrega impresa de cada domingo. Lo demás es cháchara
de la que estamos hartos, lágrimas de cocodrilo para engordar la historia
nacional de los ridículos, paja bruta como de costumbre. Amanecerá y veremos.
10/24/2013
Somos grises
Uno cree que la vida de los otros es
intensa, enigmática, poco aburrida y menos chata que la de nosotros. Me pongo a
leer las aventuras de ciertos escritores
-sí, para algunos transitar por este mundo era aventura en carne
viva- y hay que ver, la pirotecnia
cotidiana parecía metida en ellos hasta lo más hondo.
Últimamente he tenido sueños raros. Apenas
cierro los ojos siento que puedo atravesar paredes. Gracias a semejante
condición, ah, y a la de lograr ser invisible cuando se me antoje, salgo a merodear
por las calles, a ver el universo como me provoque, a hurgar en las casas
vecinas. Voy y vengo a mi real gana, puedo asomarme a la noche de algunos
personajes pero qué va, lo que descubro me deprime sin ningún tipo de
atenuantes.
La que vive enfrente tiene más problemas
que razones para sonreír, pobrecita, y yo que la juraba flotando en nubes de
algodón, asépticas, rosadas por todos los costados. La escuché el otro día en plena charla con su amante y no pude un
minuto más, salí espantado de la habitación. Ya en otro momento, me armé de
valor y espié al señor X, escritor, ensayista para más señas. Conclusión: su
vida es un desastre. Todas las veces, y juro que no exagero un ápice, con cada
uno de mis elegidos resultó siempre igual, patético, mediocridad por donde te
asomaras. De una imagen cargada de misterios, de experiencias vitales que
suponía por completo estimulantes, derivó una realidad tan venida a menos como
el día a día tuyo, o mío, o de cualquiera. Nada que hacer. Preferí sacarle el
cuerpo al mundo de lo onírico y con ello, qué más da, renunciar a todos mis poderes.
Entonces hallé el equilibrio. No me
refiero, claro está, a considerarme dueño de mandalas equis o de mantras ye que
sólo yo conozco o manipulo, en lo absoluto, pero la verdad sea dicha: he
abierto un poquitín los ojos, me he acercado más al fondo del asunto, que al
fin y al cabo es como captar distinto, como ver el patio con otros ojos y otra
sensibilidad, vislumbrar, pues, de modo
diferente eso que dieron en llamar género humano. No está mal después de todo.
Somos grises de cojones, pequeños como
insectos, con el ego desmesurado típico de quienes creen tener a Dios cogido
por las barbas. Eso es. Sobresalir en algo, observar destreza consumada en
determinados quehaceres, brillar en ciertas ocasiones sólo es evidencia de cuán
tercos podemos terminar siendo. La vida promedio de cualquiera, en el fondo, es
tan oscura como la de Juan, Alexis o el portu de la esquina.
Así que no hay que tragar cuentos. Yo, que
pude atravesar tapias, murallas, hacerme invisible con únicamente roncar a
pierna suelta en una cama, soy manojo andante de problemas financieros,
laborales, psicológicos y sentimentales. Mi inteligencia, normal tirando a
baja, no ayuda demasiado y esto refuerza lo que digo: cero intensidad, nada de
aventuras descollantes o existencia inflamada al rojo vivo. Acaso sueños
destripados, huidizos como hormigas que escapan de algún dedo empeñado en
aplastarlas. Vivo al día y eso me basta. Logré captar el lado oscuro de mi
lección, no otro que sacarle punta hasta a las piedras, o lo que es lo mismo,
darme de bruces con la mínima sorpresa que flota en el café, en el aire, en el
licor de la copa, y bebérmela sin tregua ni respiro. En fin, que ya me estoy
pareciendo a Coelho y eso espanta. Ni por el carajo.
Cuánta paradoja, en una ocasión busqué colarme
en la habitación de una mujer, es decir, pretendí burlar rejas, paredes y hacerme
invisible, pero no, aún así choqué de frente contra muros, columnas y
obstáculos de todos los pelajes. Tiempo después, fíjate, me dijo guapo, ven,
por lo que hallé las puertas abiertas de par en par, incluidas sus piernas. Es
que somos ciegos, claro, y torpes, pero lo interesante, lo que ya jamás olvido
es que en el momento justo alumbra el sol, el tuyo, el que hasta cierto punto
llevas apagado adentro, y el de todo Cristo. Es la maravilla. Lo demás es
cuento, créeme. Puro cuento y se acabó.
10/18/2013
Gente de película
A Pedro Suárez
De muchacho me daba por imaginar que la
realidad era en verdad una película. Caminaba por las calles, compraba en los
abastos, y a cada rato suponía que un ojo gigantesco a modo de lente
cinematográfico seguía mis pasos filmándome, tomando panorámicas de la ciudad,
empaquetando en celuloide la rutina que me tocaba despellejar con la navaja del
absurdo o del humor.
Soy un animal prehistórico en eso de las
tecnologías, pero reconozco que entre una cámara y yo existen más coincidencias
que razones para suponernos mutuamente excluyentes. Así como ella registra el
universo desde el horizonte de su óptica particular, uno también lleva el mundo
adentro, trazado en imágenes, como si desde el estómago un trípode y una
handycam se elevaran hasta los ojos capturando la vida en tecnicolor.
De niño me pasaba que al entrar en un
lugar, pongamos por caso un restaurante al que a veces me llevaban mis padres,
de pronto a dos mesas terminaba su postre Ursula Andress. Y al rato Jackeline
Bisset cruzaba el salón tomada del brazo de un señor que siempre me parecía
(todos, todos me lo parecían) indigno de semejante mujer salida quién sabría de
dónde. En la plaza, en la parada de utobuses, en el café que existió toda mi
infancia a media cuadra de la casa: Alain Delon, Juliet Binoche, Sophia Loren,
Woody Allen, Julia Roberts, Stephanie Zimbalist, a cada uno de ellos vislumbré
un día cualquiera entre la gente, el tráfico, el ir y venir de la Upata que me
tocó transitar años atrás.
Repito entonces que tengo mucho en común
con una cámara de cine aunque jamás he visto una de cerca. Nunca estuve en un
plató de filmación y fíjense, juraba que abrir los ojos, salir a la escuela,
hacer los deberes, jugar con el perro o telefonear a un compañero formaba parte
de un entramado mayor, integraba escenas que todo lo abarcaban, que un director -acaso Hitchcock si el asunto paraba los
pelos, quizás John Ford cuando había trifulcas al estilo vaqueros de por
medio- grababa con paciencia de artista
en pleno oficio y ya lo saben, prohibido dedicarse a molestar. Cada quien vive
su película particular y la mía era una que duraba veinticuatro horas al día.
¿Algo hilarante en las calles? “Chaplin debe andar muy cerca”, me decía.
¿Enredos truculentos mientras mordía un pan en la cantina del colegio? “Moe, Larry
y Curly tienen que estar haciendo de las suyas”. Y así.
Con el tiempo uno aprende que la vida no es
como una pantalla por mucho que lo deseemos, lo cual va poniendo las cosas en
su sitio hasta que por fin hallamos nuestro lugar en el set de los adultos. Para
que no nos llamen locos, por supuesto. El otro día una estudiante disparó en
voz baja: “profesor, usted es igualito al Dr. House”, y juro que la nostalgia
me agarró por el pescuezo. Retrocedí una pila de años, me vi comparando al tío
Max con Marcelo Mastroianni, a la prima Lola con Catherine Deneuve. Sólo me dio
por sonreír, por recordar. No he sido el
único con semejantes ocurrencias, por lo visto. Luego de un buen tiempo el
abanico se abrió como una rosa y el gremio de los escritores hizo acto de
presencia. Borges deambuló por el mercado de mi pueblo, Cortázar, Dostoievski,
Ítalo Calvino, Garmendia y Úslar Pietri fueron avistados cuando menos una vez.
Ya a punto de cumplir los dieciocho y en plena Tropicana, burdel upatense al mejor estilo de
“La casa verde”, creí ver a Vargas
Llosa Polar en mano sobándole las piernas a una dama.
Pasaron décadas, quedó atrás una montaña de
lunas. Como he dicho antes, la vida no es como una película, y ahora agrego que
ni como una novela, pero aún así todavía dejo la puerta semiabierta para
charlar con los fantasmas. Anteayer cené con un amigo, conversamos -por lo general éste es un deporte que me
gusta practicar con regularidad-. Al terminar, ya listos para subirnos al carro
y largarnos, noté a un señor de pie en un balcón del centro comercial. “Mira a
Salman Rushdie”, le dije. Él sonrió desconcertado, le conté entonces
el por qué de semejante comentario, mencioné alguna anécdota infantil y noté
otra vez su sonrisa a medias, gesto de complicidad que únicamente la amistad
ofrece sin trámites mayores. Era Salman Rushdie, claro, estoy seguro de que el
tipo del balcón era el mismo Salman Rushdie.
10/10/2013
Día de la Raza, o como se llame
Junto a mi mesa conversan dos tipos
mayores. Alzan la voz, gesticulan, piden más café, y por mucho que me escudo
intentando escapar de esas diatribas con No
digas noche, de Amos Oz, un comentario hace saltar mi taza, los libros, el
cenicero y la botella de agua mineral.
Tengo la costumbre de vivir y dejar vivir.
Tamaña máxima la aprendí de mi padre hace una punta de años, de modo que entre
ceja y ceja llevo la convicción de que cada quien con su cada cual, cada oveja
con su pareja, cada loco con su tema o cada luna con su medianoche. Lo
contrario es cercenar la más íntima de las necesidades, que es la de
privacidad, y es darle un hachazo a la libertad en el mero centro del
occipital. Conmigo no cuenten para eso.
Pero a veces se entremezcla la gimnasia con
la magnesia y qué va, el cóctel resulta intragable a cualquier hora, lo que me
hace fruncir el ceño, levantar como zorro las orejas, detenerme a propósito del bodrio que mis
vecinos tejen a quemarropa. Entonces ya ven, este sábado comento en voz alta
para ustedes. Y es que el mundo chorrea belleza, enigmas que bien valen el
recogimiento y la contemplación, pero también miserias, escupitajos cargados de
prejuicios y resentimientos que, como está el patio, hay que despacharlos
rápido sin darles tregua ni respiro.
No sé de qué iba la charla en su contexto
general y me interesaba un pepino, pero alguien habló de Venezuela, y luego de
América, y de España, y de ahí surgió la acusación, la palabra genocidio -que
por supuesto no ha sido lavado todavía, decían-; de ahí se materializó el
prejuicio, el dedo índice, la imbécil creencia de que todo el mal que nos
agobia hoy tiene certificado de nacimiento en la Conquista y comienza en
aquellos días llenos de espadas, de sotanas y de cruces.
No conozco un sólo país ajeno a la pólvora
o al cuchillo, a la violencia demencial en cualquiera de sus manifestaciones. No
existe sociedad humana virgen, de espaldas a mil avatares en que las injusticias
no se abracen con la sangre, con la explotación o la traición, con las más
bajas pasiones a la hora de anexarse territorios, defender dioses, imponer
cosmovisiones y enarbolar mejores formas de matar o pisotear. Así que no me
vengan con cuentos: dos buenos señores dándole a la lengua, consumiendo café
plus con cremita premium de cereza y chocolate derretido al canto, que pagarán
su cuenta al pelo y seguro también sus
impuestos, que pobrecitos, lancen como si nada cuatro inocuas pendejadas producto
de una charla típica de ociosos en un cafetín de pueblo, vamos, no debería ser
para tanto. Pero lo es. De percepciones así, de sentirnos dueños del circo y sus
alrededores, de tanto suponer que Dios ha bajado, que lo tenemos agarrado por
las barbas, que nos brinda una cerveza helada mientras asiente dándonos palmaditas
en el hombro, nace la creencia de que somos superiores, de que nos ultrajaron y
hay que cobrar venganza antes o después, pero cobrarla. A partir de disparates como ése aparecen las
más alocadas supercherías sobre nosotros
y sobre el lugar que ocupamos en la trama dura y caníbal de este mundo, que por
cierto no es ningún lecho de rosas.
Nacionalismos de todos los pelajes,
complejos de superioridad o de
inferioridad letales, ideas de pureza racial o cultural y otros delirios por el
estilo, Hitler, Stalin, Milosevic, Pinochet, Castro, Pol Pot, Nerón, sume y
siga y dígame, coño, si no hay que educar en serio para poner de patitas en la
calle a cuanto huela a suposiciones parecidas, a asépticos diálogos como éste, a
tantos tirios y troyanos incapaces de meterse en la historia sin gríngolas
ideológicas con pies de barro, incapaces de advertir que existe otro, que hay
alguien distinto a ti y que es maravilloso que eso ocurra.
Por supuesto que España conquistó, y lo hizo a la fuerza y a
la bruta, con saña y crímenes de por medio. Negarlo es una absoluta necedad
pero lo otro, alimentar odios, resucitar rencores, culpabilizar y no olvidar, hoy
por hoy, es una imbecilidad tallada a fuego lento. A las alturas del año que
vivimos la España de la Conquista forma parte de la historia, la historia con
mayúsculas, y quien pretenda ahora hacer
lodos con aquellos polvos es un tarado que únicamente se cura con lecturas, con
libros, con eso que dieron en llamar cultura. Lo otro es bolsería y bajeza
humana, buenas para escupir sandeces y peligrosísimas si hallan tierra fértil
en la que materializarse. Al carajo con ellas. Siempre.
10/04/2013
El rosado y el ahora
En este país somos los primeros en algunas
cosas. En mujeres bellas, por ejemplo. ¿Quién se atreve a dudarlo?, en más
pícaros por centímetro cuadrado o en gente que se cree la más feliz del mundo.
El otro día leía el periódico y hay que
ver, somos unos tigres en inflación por las nubes, unos linces en asfixiar la
libertad económica o en inseguridad en las calles, somos los campeones en
corrupción, en descalabros de cualquier ralea y otras lindezas por el estilo. Complete
usted la lista y cáigase para atrás.
Recuerdo con nostalgia aquellos primeros
tiempos de estos últimos fenomenales quince años en que un súper pensador, una
caja de machetes llamada Jorge Giordani pegaba gritos a propósito de la década
plateada, que ya venía, y la dorada, que Venezuela tenía a tirito, todo en
perfecta armonía con Chávez vociferando el cuento de la potencia. Sin que le
temblara un pelo repetía mañana, tarde y noche que este país hoy hecho un
moñongo iba a ser una potencia, económica, tecnológica, pesquera, zandunguera y
cuanto disparate le atravesaba los sesos mientras alternaba arengas con bailes,
cuentos, chistes e insultos a quienes le recomendaban menos litio y más
estudio.
Resulta que ya somos un motor fundido. La
Venezuela de este nuevo siglo camina para atrás a paso de vencedores, lo cual
es tan verdad que si te descuidas un segundo terminas aplastado, pateado,
vuelto una maraña de escombros por cuarenta mil razones aunque fíjate tú,
tenemos patria, comandantes supremos, espadas que caminan por América Latina y
bandidos dispuestos a continuar llenándose los bolsillos a cuenta del erario
público, que al fin al cabo también les pertenece, no vayas tú a ponerte necio.
Tengo la impresión de que Giordani, Jorgito Rodríguez, un bebé de pecho como
Pedro Carreño o ese estadista que es Nicolás Maduro agarraron al toro de los
problemas por los cuernos y éste acabó seccionándoles la femoral, pobrecitos
los bienintencionados. Hay que llamar a los bomberos.
Estoy en la consulta médica, respiro,
respiro otra vez, me obligo a aguantar porque ya saben, esperar tu turno
mientras llega el doctor Pérez o la doctora Aguerrevere supone armarte de una
paciencia que no tienes y que no te da la gana de tener. Entonces lo observas
sobre la mesita: el periódico del día, el único que existe en esa sala de los
mil demonios, el diario Vea,
gobiernero, embustero, nido de plumíferos que escriben todos masajeándose el
ombligo. Bostezo y lo abro. Venezuela es tierra rosadita, es una fantasía que
el comandante ha hecho realidad únicamente para ti. No tiene parangón. Es el paraíso
que te niegas a aceptar por malagradecido, por imperialista, por esa carga de
odio y desamor que te inyectó el capitalismo. Por algo la Central Intelligence
Agency, alias CÍA, te corre por la venas y andas por la vida untado de
pitiyanquismo, de oligarca hasta debajo de las uñas. El diario Vea es la luz, y la luz a veces
encandila. Cuando te acostumbres notarás las maravillas, verás qué país tan
súper del carajo la revolución ha modelado a tu medida.
Mientras tanto llega Aguerrevere. Dejo el
periódico en su sitio. Venezuela continúa tan gris como antes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





















