6/27/2014

Calle Bolívar, cine Principal

    La infancia suele ofrecernos el tiempo perfecto para ser felices. Me refiero a la felicidad absoluta, por supuesto, y no a esa otra que luego, años después, intentamos mordisquear de a ratos mientras dura la adultez.
    En mi caso ser feliz va aparejado al cine que, a cuadra y media de la casa, llevaba en las entrañas la posibilidad de darle un puntapié a la vida cotidiana. Bud Spencer y Terence Hill, Bruce Lee y la “Operación Dragón”, Mario Moreno haciendo de las suyas, todo esto suponía entrarle a las cosas por su lado menos rígido, más alegre, diferente por donde lo vieras de ese modo tan cargado de bostezo que tenían los días cuando sólo el colegio, los deberes, la hojarasca rutinaria  -pesada como una montaña-  se arrojaba sobre mí.
    Confieso con la nostalgia del caso que el cine Principal, lugarejo clave en horas de la adolescencia, invadió a su antojo el corazón de un puñado de manganzones ávidos de respirar otros aires. La Upata de esos tiempos, echada en brazos del V.H.S., de los patines en la plaza, del mundial México 86 o de las permanentes luciendo furiosas en las cabelleras de cuanta quinceañera se paseara por la calle, fue un pueblo que sin pena ni gloria daba cobijo a la anarquía en medio de sus inamovibles coordenadas: 8°1’00’’ de latitud norte y 62°24’0’’W de longitud.
    Entonces el cine latía a fuerza de sístoles y diástoles arrastrándonos por las aguas de la imaginación, haciéndonos intuir que en ese rayo de luz cabía también, aparte de la carcajada fácil o la evasión más oportuna, la mirada diferente que inventaba un mundo cuando menos más interesante, jamás antes contemplado.
    No era poca cosa. Me atrevo a sostener que para mi generación el cine Principal, a pocos metros de ese otro tesoro gigantesco que fue la plaza Bolívar, significa hoy pilar de valor incalculable a la hora de evocar aquellos años. Los primeros besos, las primeras novias, los primeros cigarrillos, los primeros tragos de un ron más que barato a pico de la carterita que corría de mano en mano entre los amigotes, las primeras piernas dibujándose bajo nuestras manos, las primeras, en fin, caminatas por la arena de una playa llamada descubrimiento. Ahí, en las butacas del cine Principal contemplamos mil y una películas, excelentes, buenas, regulares, malas y malísimas, y vi proyectado asimismo el despliegue de mi propio encuentro con la condición adulta.
    El cine de cinco, de siete, de nueve, todas las funciones colmaron los bolsillos donde danzaban entremezclados algunas monedas, un chocolate, una caja de chiclet’s o las simples manos vacías. Viéndolo bien, mi amor por la pantalla grande, mi interés por la forma en que una buena película da en el clavo al momento de poner la vida patas arriba y sacudirla, nace en la inmensa sala del Principal, hoy guarida de un supermercado chino en el que escasean la Harina Pan, los pañales y el aceite junto con los gritos destemplados de la muchedumbre porque la película había sido cortada. Joder, cómo pasa el tiempo. Hay que ver.
    Todas las veces que soñé con una chica, en las muchas o pocas ocasiones que tuve para sentirme a solas con ella, salir al cine y convidarla a ver “Flashdance” supuso el modo expedito de, llegado ese momento no apto para cardíacos, acercar mi mano a la suya y jugarme el premio gordo de la lotería. El cine fue más que el cine, y ahí, a oscuras, la película que iba siendo mi propia existencia, con sus esperanzas a cuestas, con la alegría del romance o la bofetada a punto, terminaba fundida con la historia de Richard Gere y Debra Winger en “Reto al destino” o con las ocurrencias de Buster Keaton en sus múltiples variantes. Coronar un amor a la saga de Robby Benson y Lynn-Holly Johnson en “Castillos de Hielo”, música de fondo de Melissa Manchester fue, lo reconozco a miles de kilómetros andados, el non plus ultra de un idilio tantas veces esperado.
    Siempre he tenido la sensación de que la realidad parece en ocasiones un plató de filmación. Y no es para menos: el cine, desde la lejana infancia, llegó a constituir el día a día, ese punto de fuga que es lo cotidiano como centro y señor de todas las verdades. La vida, ni más ni menos, como sucedánea de una obra de arte.  

6/24/2014

Mañana soñé contigo

    Mañana tuve una idea y ayer la voy a concretar.  A veces el pasado está a la vuelta de la esquina, entonces pisas el acelerador para avanzar, para hacer más corta la distancia entre el hoy y el ayer, de modo que la bruma desaparece poco a poco, las telarañas caen desvencijadas, el polvo abandona muebles y anaqueles.
    Pienso en el mañana, qué delicia, y las imágenes brillan con ahínco: los ochenta, mi infancia en los setenta, los Beatles una década antes, la caída de Pérez Jiménez, la dictadura gomecista, el siglo XIX y demás señas. Mañana tuve una idea y ya sabes, como todas las ideas ésta lleva el fuego de lo posible, el pleno ayer en sus entrañas. El otro día, martes de la semana próxima para hablar con propiedad, a un amigo se le saltaron las lágrimas recordando el porvenir, dejando adrede que la nostalgia invadiera algunas reminiscencias, tiempos que vendrán, épocas con el sabor picoso y añejo del futuro.
    Tuve una idea, mañana tuve una idea que estoy seguro cumpliré en el mediano plazo, en un pasado, fíjate, no muy distante, porque una cosa sí que es cierta, te duermes en los laureles y te lleva la corriente, te aplasta el tremedal, así que más vale pensar en el pasado, en tu pasado y lo que esperas realizar en él hasta desearlo incluso con los huesos, luchar a brazo partido, conquistarlo sin excusas vanas.
    En  más de una ocasión he escuchado que la esperanza es lo último en perderse. Sé muy bien que esta sentencia encierra una verdad cargada de utopía, saturada de entusiasmo. Imaginar la vida dentro de diez, veinte, treinta años, vislumbrar ese pasado luminoso, echar de menos el futuro que mañana mismo, ahí, a la vuelta de la esquina, era un presente con bastante gris y poco rosa, todo esto, digo, es el acicate para labrar a pulso épocas antañas, prueba tajante, inobjetable, de que lo mejor comienza apenas, de que lo pretérito se acerca indetenible y te muerde los talones, viene, te empapa con su promesa bien trajeada.
    Cada vez que hurgo en el futuro doy por sentado que la historia es un trabajo para fontaneros, es decir, mueves una tuerca aquí, das unos martillazos por allá, al punto de abrirle paso a la memoria como si fuese un desagüadero. Se forman espejismos, claro, zonas de incertidumbre quieta, inamovible, que el mañana se encarga de encajarte entre ceja y ceja.  La verdad sea dicha: de fontanero sólo un poco, de dinamitero todo. Construir los tiempos idos a fuerza de mandar al diablo esa parálisis metida de cabeza en el futuro pluscuamperfecto que viviste hace tantos años ya.
    Las décadas entrantes quedan para la historia, bolitas de naftalina haciendo de las suyas. Lo cierto es que si te empeñas el ayer ofrece su mejor semblante, previo plan de conquista al más cojonudo estilo de un orfebre. El futuro ya pasó, eso lo sabes, pero del pasado recoges en las manos la utopía y la distopía, lo posible y lo imposible, lo que sin dudas, escríbelo, llegará para ti, de manera que cinco lustros hacia atrás y plaf, accedes a tu particular nirvana, a tu realidad soñada, siempre y cuando el esfuerzo y el sudor y toda la parafernalia. Mañana tuve una idea y ayer la voy a concretar, créeme. Cuestión de empecinarse un poco y agarrar el toro de lo que se fue por los cuernos. Siempre guardé mis esperanzas en un pasado mejor, pues él nos pertenece como el sudor a los poros, el guante a la mano o el lomo de gato a la caricia. Mañana tuve una idea, júralo. Ayer la voy a cumplir. Punto.

6/09/2014

Buscadores de Libros

Camila, Daniel y yo disfrutando del último evento realizado en Orinokia por la gente de "Buscadores de Libros". No hay palabras para agradecer lo que hacen por la ciudad, por los libros, por contagiar su amor a la lectura. Enhorabuena.

6/03/2014

Dar en el clavo



    Hay una tienda en el centro que ofrece anteojos para todos los gustos: la vida haciendo juego con los cristales de su preferencia. Menuda apuesta la de este lugarejo.
    Uno hace cualquier cosa por alimentar la fe en el porvenir o por subirle decibeles a las ganas de comerse el mundo, lo cual está rebién, sobre todo si consideramos cómo anda el patio en este país de plagas y malezas. Uno se mira al espejo, claro, y espera que el rebote se parezca al perfil de la alegría, procura labrar un horizonte entre tanto ramaje que nubla la mirada, y lo cierto es que cuesta un ojo de la cara meterse semejante embuste. La vida cotidiana es un estertor llamado lunes, o martes, o miércoles, al punto de que cada quien, con su cada cual, saca sus cuentas a ver si va a parar con sus huesos a otra parte. La Venezuela del siglo XXI construyendo su futuro desde el retrovisor.
    En esa tienda del centro hay cristales para zambullirse en aguas de lo más tranquilas, el Caribe con palmeras al alcance de la mano. Lentes rosa para un sound track pink al más puro estilo del sueño que le vaya apeteciendo. Todo barato, todo a cien.
    El otro día me dio por probarme algunos y para qué te cuento. Rosados, verdosos, naranja fosforescentes, paz y amor en una tierra destrozada por reptiles, gorilas, tiburones del pónganme en el sitio, en el mero sitio, camarada, y mi talento acabará con lo demás. Estaba al fondo, sobre una repisa de madera: cristales de un negro mate que produjeron en el acto cierta melancolía, una extraña sensación punzante, muy triste, como jamás antes padecí. Par de anteojos cuchi, vivo retrato de lo que abunda hoy a manos llenas.
    Noté otros azulados, dando la impresión de hielo, de calculada atmósfera hundida hasta los huesos en algún invierno sueco, nórdico, de perfección primermundista tan ajena a disparates de por estos lados. Cogí otros con tono mandarina, cítricos, que me cargaron el alma de un sentimiento edénico, utópico, imposible de explicar aunque me cuele en el pellejo de Cortázar, de Lezama Lima o García Márquez. Lo veía y no lo creía. Lo vivía y me pellizcaba.
    Terminé abalanzado sobre unos lentes de vidrios incoloros. Reposaron sobre mi nariz, enfoqué, miré a través de ellos ansioso, con la idea de hurgar, de averiguar qué ámbito de la existencia cobraría otra forma de la gracia y el sentido. Nada. Nada de nada. El mundo siguió tal como hoy, en función de mis ímpetus y de mis emociones, de mis sonrisas o sudores. Pagué y salí con ellos puestos. Tuve que decidir qué y cómo observar. Tuve que dibujar el universo a mi manera. Fue lo mejor de lo mejor: había dado en el clavo, hallé por fin lo que tanto había buscado.

5/22/2014

El día en que clavando un clavo me di cuenta de que el mundo es mucho más que ésto

Hay una relación clara entre un martillo y un clavo. Uno despanzurra al otro, lo deja patitieso y bueno, que el diablo después pague la cuenta. Se ve ahí cierta yuxtaposición de acciones que para qué te cuento. Imagen 1: Dedos, clavo entre los dedos, pared. Imagen 2: Martillo en mano, primer golpe, segundo golpe, tercer golpe… aplastamiento del pulgar.
    Tengo un conocido que se jacta de sus olvidos. Hay tipos que viven con la idea enfermiza de recordarlo todo, de pretender guardar memoria hasta del día en que su mujer les dio con los tacones. Somos lo que recordamos y es por eso que ante  semejante imperativo uno da un ojo por patear la amnesia, y luego existe. Qué Descartes y la madre que lo parió, con toda la parafernalia.
   Mi amigo se desvive por alcanzar no recordar. Si usted resuelve crucigramas, toma pastillas de fitina, ejercita las neuronas en el arte de abrazarse a la memoria como anillo al dedo, como guante a la mano, como sombrero al perímetro craneal, Julián José Tomedes Díaz, Pepe para los que entraron en confianza, prefiere una laguna mental, un vacío entre ceja y ceja pues la gloria del olvido exige mucho más que su contrario, la puta evocación, asunto según él echado a un lado por media humanidad tras la inútil pretensión de intentar andar forrados de reminiscencias.
    Pensándolo bien, yo suscribo de pe a pa su teoría. ¿Se imagina usted? En vez de echarse en el chinchorro y recordar, tendría uno que ponerse a fabricar memorias. Nada más cercano a la idea febril de inventarse la vida a la medida. Al fin y al cabo, Calderón no andaba tan equivocado: la vida es sueño y digo yo que en medio de tan triste marejada  cogeríamos por el pescuezo a cuanto nos traspasa de frontal a occipital. Coño, es que me froto las manos mientras me relamo.
    Julián José Tomedes Díaz juega al gato y al ratón sirviéndose el café o al comprar el pan en la tienda de la esquina, sólo que ahora el roedor es quien persigue. Si uno se llena de paciencia y agarra el martillo y el cincel y comienza a modelar esto o aquello, remembranzas que per secula quisiéramos tener, llegará el día en que la felicidad nos aplaste como a cucarachas. Entonces no habrá excusa, usted vivirá chapoteando en endorfinas. El arte de vivir será el arte de olvidar, todo yuxtapuesto a la evocación prefabricada.
    Por lo pronto el buen Pepe elabora alusiones, construye los anales que le dicta su talante, al punto de que cuando entra al baño para rasurarse el espejo le devuelve esa imagen que es boceto ya planificado. El tipo va avanzando. ¿Que pasar los días así equivale a mentirse a uno mismo, como aquél que engulle éxtasis hasta dormido? Quién quita, a lo mejor, pero de cualquier modo las máscaras florecen viva usted en Nueva York o en la Isla de Crusoe. Elija pues.
    Hay una relación clara entre un martillo y un clavo. Y hay otra no menos evidente entre lo que hemos sido y somos, de modo que olvidando se interrumpe por lo sano la más enferma de nuestras yuxtaposiciones. Uno fragua lo que fue, desde el ahora, y el presente entra en los bolsillos como lo soñábamos hace cuarenta años. Pero hay que espantar recuerdos, eso sí. Julián José Tomedes Díaz, Pepe para los amigos, es un genio entre los genios y como a tal lo llaman loco. Cuánta razón lleva entre manos.

5/18/2014

Ver, escuchar, pensar

César Miguel Rondón en conversación con Mario Vargas Llosa:

http://www.youtube.com/watch?v=M3QyQ4_L0uM

5/13/2014

Discurso, realidad y disparate

    El lenguaje es un bosque y ahí habita el espíritu de mil cosas. Las palabras son frutos, pulpa y carne, jugo semántico que nos toca exprimir para darle sentido a la experiencia.
    Hoy en día la debacle lingüística no se asienta en el reducido número de términos que cualquiera usa para comunicarse, ni siquiera en el analfabetismo funcional que crece como la espuma. No es verdad que la mediocridad en la lengua implique el poco sex appeal que medio mundo percibe en los libros, o en los buenos libros, sino que el asunto va bastante más allá, se expande hacia arriba y hacia abajo, por lo que a estas alturas la cuestión supone el peliagudo hecho del vacío de contenidos, o su tergiversación impune: las palabras se han desinflado en su quehacer significativo, transformándose nada menos que en su antítesis por obra y gracia de una torcedura que pareciera llegar para quedarse. Pongo por caso: “El ejercicio de la libertad es incompatible con cualquier tipo de presión o amenaza. Nadie en lo personal está facultado para determinar si el derecho a la libre expresión está bien usado o no lo está. Para esa calificación están los Tribunales de la República. Ninguna otra autoridad, al menos así ocurre en este país, puede pronunciarse sobre materia tan complicada y difícil (…) Nada hay que defina mejor la condición en sí de un régimen político, que su actitud frente a la prensa. Si ésta es perseguida, amordazada, silenciada, será un régimen tiránico y despótico”.
    Lo anterior no es un discurso de Capriles, ni dicción rimbombante en Ramón Guillermo Aveledo. Tamaña verdad  tampoco es retórica sutil de algún escuálido fascista, vende patria, imperialista. Nada de eso, en lo absoluto. Lo anterior, cáigase para atrás y ríase luego a mandíbula batiente, son palabras de José Vicente Rangel. ¿Que no?, ¿que no me cree un pepino?, ¿que no puede ser y punto? ¿que no? Pues que sí. Búsquelo y léalo, si tiene estómago, en  Simón Jurado Blanco: Medidas de alta policía o el “avepismo en la prensa”. New York, Prineo Press, INC, 1960, p. 40, recogido por Jesús Sanoja Hernández en Entre golpes y revoluciones, Tomo II, Caracas: Debate, 2007.
    Cuando una verdad única se mete entre ceja y ceja lo demás es ruido y pocas nueces y yo, qué carajos voy a hacerle, en el plano de los particularismos descreo, odio, detesto las verdades únicas por la razón sencilla de que nos automatizan, falsifican la realidad plural, contradictoria, dinámica en la que me gusta andar incrustado. Así por ejemplo ahí queda por los siglos de los siglos el parrafito de Rangel, un hombre cuya verdad es una sola, ya la sabemos, y lo demás no existe. Así por ejemplo, en nombre del socialismo se cometen injusticias, abusos de cualquier pelaje, crímenes que jamás deben ocurrir. La palabra socialismo, ¿qué significa en el presente?, ¿qué diablos cruza las neuronas de Jorge Rodríguez cuando la pronuncia casi en éxtasis? ¿qué relámpago de paroxismo atraviesa a Diosdado Cabello, a Maduro, a Aristóbulo Istúriz, en el mismo instante en que so-cia-lis-mo deja de ser sílabas sueltas para obrar el milagro de esa palabreja tan desinflada, mal usada, manoseada, puteada, en estos tiempos de cambalache al más puro estilo de Discépolo? ¿Hablamos de socialismo escandinavo, vietnamita, soviético, francés, cubano, español? ¿Hablamos del que existe (noten las democracias) en la “República Popular Democrática de Corea” (Corea del Norte, qué bolas las de esta gente) o en la “República Federal Democrática de Nepal” o en la “Gran República Árabe Libia Popular y Socialista” o en la “República Democrática Popular Lao? Ponga usted cuanta ocurrencia se le antoje y búsquele respuestas a semejantes disparates. Nada de nada. Horror vacui. Saco de gatos por donde lo mires.
    Una de dos: o estos señores del gobierno son muy inteligentes y sabihondos, pero se hacen los pendejos, o conforman una pléyade de trasnochados  -derruidos por esa ideología que sobrevive al carbonífero-, con las fauces abiertas para tragarse al mundo, sus tristezas, injusticias, pobrezas y riquezas, con acento en esto último, off course, no vaya a ser que el Paraíso se les escabulle de las manos luego de tanto patear al terco capitalismo. Yo, lo que voy siendo yo mismo, los ubico en el grupete número dos, con perdón de quien piense diferente, claro está, jurando que estos ángeles llegaron de Saturno o de Plutón para guiarnos y enseñarnos y salvarnos y bla, bla, bla, bla, blá. No me jodan a mis cuarenta y cuatro tacos.
    Esta gente, enjabonada de supercherías, se venda los ojos para no observar la lección política que ofrece nuestro entorno. Ideología chatarra, es decir, comunismo entremezclado con otros ismos desechables, para ellos construyen y dan cuenta de la realidad, a la fuerza, y no al contrario, que es como bien debe ser. La realidad, el día a día, la experiencia cotidiana, los hechos, dictaminan sobre la falibilidad o no del mandato ideológico. Por tal razón en Latinoamérica, y por supuesto en Venezuela, quienes se han entregado a convicciones negadas, superadas por la historia, acaban aplastados por el dogma de esa religión que es una máquina de triturar sueños funestos: la ideología a secas. Tal es el modelo típico de esquematismo, de visión unilateral de, en gran medida, la triste y peorra izquierda venezolana que hace vida en el gobierno de Maduro y, antes, en el de Hugo Chávez (en el fondo un mismo y solo entuerto).
    Semejante izquierda fue capaz de doblegarse, de inclinarse sin vergüenza ante un militar que les ofreció el Edén ahí mismo, a la vuelta de la esquina, coartada perfecta para otra vez, como si el tiempo no hubiese transcurrido, como si los relojes no dejaran a su paso la osamenta molida del desbarajuste humano, abjurar en la práctica de la democracia, por burguesa y otras babosadas similares, y rendirse a colectivismos que en mala hora sembraron de fracasos, sangre y miseria a los pueblos que ciegos y esperanzados se echaron en sus brazos. Mala cosa. Punto. Muy mala cosa y nada más que decir.

5/11/2014

Palabra de urbe

En el 2008 el Consejo de Publicaciones de la Universidad de los Andes publicó mi libro Palabra de Urbe. Hurgando por ahí encontré y leí otra vez el texto que, el día de su presentación en la Universidad de Guayana, mi amigo y colega Diego Rojas Ajmad leyó en su papel de presentador. Con mi eterno agradecimiento por sus palabras, lo traigo a mi desván.

    Quiero iniciar estas breves palabras acerca del libro de Roger Vilain con una confesión proferida a quemarropa: esto que ven aquí, esto que dice “Roger Vilain. Palabra de urbe. Ensayos mínimos de filosofía cotidiana, editado por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes en el año 2008”, no es un libro. Es en realidad un envase que contiene un exfoliante y crema antiarrugas que rejuvenece hasta al más entrado en años. Si no lo consiguen en la librería Latina o en Tecniciencia, de seguro lo hallarán en un Farmatodo en medio de frascos de crema Ponds.
    ¿Por qué les digo esto? Porque el libro de Roger Vilain, Palabra de Urbe, nos cambia el alma y la mirada, hace que observemos la realidad con ojos de asombro y, cual adanes en el paraíso, nos impele a ir por el mundo nombrando nuevamente las cosas, como si las estuviéramos viendo por primera vez.
    Roger Vilain nos muestra un mundo visto con ojos de niño, con ojos, nada inocentes, que nos hablan de gatos, de gavetas, de barberías, de zapatos, de mariachis, de perros, de vagabundos, nos habla sobre el fumar, sobre el mascar chicle, sobre el carnaval, sobre el teléfono celular, sobre la compañía de electricidad, sobre diversas cosas, personas, instituciones y sitios que, a simple vista, quizás nada tengan de filosófico ni literario, pero Vilain los hace motivo de reflexión agradable y profunda.
    Para mí que Vilain siguió el consejo de Manuel García Morente, aquel filósofo español quien en la década de los cuarenta dictó unas conferencias en Argentina y en una de ellas dijo lo siguiente:
    "Para abordar la filosofía, para entrar en el territorio de la filosofía, una primera disposición de ánimo es absolutamente indispensable. Es absolutamente indispensable que el aspirante a filósofo se haga bien cargo de llevar a su estado una disposición infantil. El que quiere ser filósofo necesitará puerilizarse, infantilizarse, hacerse como el niño pequeño". (García Morente, Manuel, Lecciones preliminares de filosofía, Argentina, Losada, 1973).
    Roger Vilain, en Palabra de Urbe, es eso: un niño filósofo que hasta en el mascar chicle ve un acto para la reflexión y la discusión. Si Santa Teresa había dicho que Dios se encuentra hasta en las ollas de la cocina, Roger no se queda atrás y nos dice que en lo más sencillo y cotidiano podemos hallar la sabiduría. Él mismo confiesa su estrategia cuando dice, en la página 29 de su libro, lo siguiente:
    "A veces, si uno hace el esfuerzo, se percata de otras cosas. Yo, por ejemplo, salgo a la calle y me doy cuenta de pequeños accidentes, de cuestiones que pasan desapercibidas, de pliegues ínfimos que a la mayoría mantiene sin cuidado". (“Lo que dicen los pies”).
    Eso es lo que hace Vilain a lo largo de 164 deliciosas páginas, las cuales recomiendo sobremanera. Gracias Roger Vilain por brindarnos unas horas gratas con tu libro y gracias también por enaltecer la producción intelectual de la Universidad Nacional Experimental de Guayana.

5/09/2014

Viajera del río

Ciudad Bolívar, Viajera del río y Aquiles Machado. Un clásico guayanés.

Para escucharla: http://www.youtube.com/watch?v=8vC9PT27PqE

Beso

Beso que sube por tus piernas...y se detiene ahí.

5/03/2014

Un clásico

Come what may. Air Supply.

El enlace: http://www.youtube.com/watch?v=Wf3chODkDJc

4/13/2014

Te conozco

Silvio Rodríguez: Te conozco

"El lago parece mar, el viento sirve de abrigo...todo se vuelve a inventar, si lo comparto contigo...". Hermosa canción. Dejo el enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=etAl7nkNJtU

Y añado: Candil de nieve, una canción de Raúl Torres, a dúo con Pablo Milanés. El enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=5Yugrb9Pw-g

4/05/2014

Proust y la parodia literaria

Hace algún tiempo mi querido amigo Carlos Yusti publicó un texto, para divertirse y divertirnos, en el que se propuso "escribir como sus amigos". Cuando me lo hizo llegar reí un montón y admiré mucho más su talento y su inmenso sentido del humor. Copio aquí un fragmento de lo que fue su regalo, a propósito de mi columna "Café del Día".

PROUST Y LA PARODIA LITERARIA 
Carlos Yusti

A Marcel Proust se le asocia por lo general con la actividad literaria llevada al límite. Enfermizo desde niño, estuvo de vago y bohemio gran parte de su vida. En esta etapa se dedicó a mirar pasar la vida a su alrededor sin perder detalle. Un día decide llevar todas sus observaciones al papel. Desde ese instante se convierte en un escritor metódico y constante. Su actividad como literato, a primera vista, parece alejada de cualquier requiebro superfluo, de toda peripecia relajada. No obstante, Proust recurrió a la parodia literaria para darle rienda a su ingenio y a su sentido de humor.

En el año 1908 un fraude se convirtió en la comidilla predilecta de los parisinos. Las anécdotas y chistes proliferaban como moscas irredentas en salones y tertulias. El fraude involucraba como protagonistas a Sir Julius Werner, director general de De Beer’s, una sociedad financiera dedicada a la explotación de minas de diamantes, y al técnico electricista Lemoine. Según se cuenta Werner y el técnico coincidieron en Londres. Lemoine le aseguró a Sir Julios que había descubierto un método para fabricar diamantes y el cual apenas requería solo de un horno, un crisol, carbón y algo de capital. Lemoine le hizo una demostración al crédulo Werner. Lemoine introdujo un carbón en un horno, le agregó una sustancia, movió un interruptor y al momento tenía un pequeño diamante genuino. A Werner le brillaron los ojos de codicia y de allí a entregarle dinero al técnico hubo un solo paso. Sir Julius fue entregando pequeñas sumas de dinero hasta completar la cifra de sesenta y cuatro mil libras esterlinas de la época.

Lemoine, para hacer creíble su timo, mostraba nuevos diamantes a su incauta víctima, pero se cuidaba de no revelar su técnica. Entonces, Sir Julius decidió apelar a los tribunales. Lemoine fue interpelado en presencia de abogados. Su abogado defensor fue nada menos que el mismo que asistió en su defensa a Richard Dreyfus. El asunto de los diamantes Lemoine encontró eco a nivel mundial.

El plan de Lemoine era enrevesado y audaz: consistía en hacer público su método, comprar el mayor número de acciones de la sociedad de De Beer’s cuando se produjera la gran baja que dicho anuncio provocaría. Luego vendería de nuevo las acciones tan pronto el mercado retornara a la normalidad. La investigación comprobó que los famosos diamantes fabricados en verdad fueron adquiridos por la esposa de Lemoine en algunas joyerías de París. La prensa se divirtió durante meses con el caso.

Proust siguió con atención el caso hasta que pudo verle el lado cómico y enseguida comprendió que aquel escándalo financiero parecía calcado de una novela de Balzac o de Flaubert o de cualquier otro autor en boga para el momento.

Cuando la estafa de los diamantes se hizo pública la parodia literaria vivía su mejor momento en diarios y revistas. Incluso Charles Müller y Paul Reboux habían publicado un suculento libro de imitaciones cómicas de escritores titulado “A la Manière de…”, que fue un éxito editorial.

Con estos antecedentes Proust, quiso “retratar este trivial caso jurídico”, como lo denominó en una de sus cartas, a través del estilo de otros escritores. Un caso tan absurdo requería un tratamiento igual. El primer grupo de autores incluidos fue Balzac, Emile Faguet, Michelet y Edmond de Goncourt. Las parodias se publicaron en el suplemento cultural de “Le Figaro”. El segundo grupo de imitados estaba conformado por Flaubert, Saint-Beuve y Renan, con el cual disfrutó tanto que el texto se ramificó más de lo esperado.

Las parodias de Proust se distinguen por la profundidad con la cual se mete en el estilo de los otros escritores. Mi preferido es la parodia a Michelet, autor al que Roland Barthes le dedicara un estupendo libro, debido a su gran nivel de virtuosismo. Proust, aparte de imitar esos ramalazos eruditos a los que acostumbraba Michelet, hace malabares con el modo rebuscado y poético. Vale la pena el inicio del texto: “El diamante puede extraerse a profundidades singulares (1.300 metros). Para conseguir la piedra, tan brillante, que es la única que puede desafiar el fuego de una mirada de mujer (en Afganistán, el diamante se llama “ojo de llama”) sin fin, habrá que descender al reino de la sombras”.

Para justifica sus parodias Proust argumenta: “En el caso de los escritores gravemente intoxicados por Flaubert, jamás recomendaré con el suficiente encarecimiento la purgante y saludable virtud de la parodia; es preciso que hagamos una parodia a plena conciencia, para evitar malgastar el resto de nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias”.

Todo esto me ha servido como base para acometer la parodia a varios de los respetables columnistas de este diario. Como no soy Proust, no tengo genio ni engreimiento para ello, recurro a mi vocación de lector traspapelado entre libros y bohemia, para escribir mis parodias donde, de forma impune, utilizo frases, giros y hasta palabras de los textos que pertenecen a los articulistas parodiados.

Mis parodias son un homenaje a Diana Gámez, Francisco Arévalo, Adón Soto, Roger Vilain, Abraham Salloun Bitar, Pedro Suárez, Juan Guerrero. También son un saludo efusivo a la escritura regular, y que por aparecer en el común papel del diario es subestimada por esos escritores serios, o de alcurnia, quienes no consentirían en bajar de categoría para ser leído por el hombre y la mujer de la cotidianidad diáfana y cruda. Para el escritor sin pruritos el periódico es una plaza para el diálogo y si Sócrates viviera sin duda escribiría en algún diario de provincias. Además, estos columnistas parodiados son unos estilistas a la hora de emplear el lenguaje, al momento de utilizar las palabras, cuestión que uno como lector agradece.

Proust se atrincheró en la parodia para relajarse un poco ante las tensiones que le producía la monumental novela que ocupó buena parte de su maltrecha existencia. Yo lo hago para deshuesar el estilo de mis amigos y para liberar la tensión de mi propio estilo que muchas veces se anquilosa, se agota hasta llegar a lo aburrido y convencional.

Cuando se escribe con regularidad para la prensa la tensión por escoger un tema a veces paraliza al columnista  y encoña todas las tentativas. Escribir es a veces una agradable zozobra. La parodia es el inigualable divertimento de ese trabajo creador que se llama escritura.

                                                      Té de la Tarde                  
                         PEDRO PICAPIEDRA EN LA ASAMBLEA NACIONAL
                                                      Carlos Yusti
                                              (A la manera de Roger Vilain)

El país, aparte de africanizarse, parece estar llegando a un grado de troglodismo prehistórico como nunca antes.

De las comiquitas de mi infancia, todavía algunas se trasmiten por televisión. Eran mi escape de la realidad. El coyote ideando trampas para capturar al correcaminos, el conejo Bus disfrazándose de mujer para engañar al bigotudo amargado y Pedro Picapiedra viviendo en un mundo prehistórico con su esposa Vilma y sus vecinos Pablo Mármol y Betty.

El país de pronto se ha caricaturizado. El paralelismo con las comiquitas de mi infancia Server es patética por lo exacta: Chávez, ese inefable agente viajero, se ha convertido en el Coyote que proyecta cada día las trampas más inverosímiles contra el referéndum, especie de correcaminos siempre calentando la calle. El presidente no se disfraza de mujer, sino de Pavo Lucas y encaramado en una moto despista a la bigotuda oposición. Pedro Picapiedras se instala en la Asamblea Nacional y en vez de argumentos reparte insultos, golpes o patadas.

Poco a poco nos vamos enterando: Venezuela es un lugar donde el primitivismo político ha tomado el rol protagónico. Por donde el ojo logre encontrar una abertura para ver algo de luz, recibirá un mazazo de oscuridad. La vida aquí es una zozobra antidiluviana. No obstante, creo que el país bien vale un esfuerzo.

Para vivir requerimos de la memoria, necesitamos esa sala de espejos de los recuerdos para ver esa parte de nuestra infancia donde la realidad era menos árida, donde la Upata de mi niñez era un crepúsculo con pájaros volando en el cielo: un sueño cayendo como las hojas en la plaza Bolívar. Lo artístico que tiene la vida se impondrá siempre a las ansias destructoras del hombre. Lo ético y lo poético por encima de esa pasión salvaje que quiere regresarlo todo a la prehistoria. Einstein lo dijo en una oportunidad: con todo este despliegue nuclear la última guerra podría ser con palos y piedras. Me da por creer que este momento prehistórico que vivimos es un mero accidente. Ojalá y no me equivoque, ojalá seamos capaces de reconocer la flor que crece con insistencia entre las piedras.


4/04/2014

La dictadura venezolana

    El gobierno de este país escupe a los demás justo el virus que lo carcome: fascismo mondo y lirondo. Si usted le pregunta a Maduro, a Darío Vivas, a cualquier guapetón con poder tipo Cabello, Ramírez o Ameliach qué demonios entiende por semejante asunto, cerrarán el puño, pondrán los ojos en blanco y se escuchará el disco rayado: fascismo es la oposición, la Iglesia, Voluntad Popular y quienes se abrazan con el imperio, el diablo y los extraterrestres. La bolsería, quién puede negarlo a estas alturas, hace mella hasta en el último hueso.
    Cuando Chávez gobernó tuvo a su favor el genio demagogo que lo poseía así como un caudal de dólares que populista alguno jamás soñó antes. Las cosas fluyeron mejor al son de la chequera y los bailes de tarima. Misiones de cartón, petróleo para regalar a manos llenas, corrupción día, tarde y noche. Desaparecido el Comandante Infinito, Nicolás Maduro aterrizó de cabeza en el piedrero. Sin dotes histriónicos para facilitar megaembauques, sin méritos ni credenciales de caudillo tercermundista, el asunto de gobernar se le transformó en un quebradero de cabeza. Heredó el desastre de Hugo Chávez y muy pronto, a la velocidad del relámpago, terminó de hacer añicos la cristalería. La inflación es la más alta del mundo, la inseguridad en las calles una réplica de país en guerra y la escasez un problema cuya salida sólo pasa por enviar al basurero cuanta ideología barata anida en las neuronas del Ejecutivo,  trocándola sin complejos en empeño por tejer un sector privado que haga su trabajo: crear riqueza, producir, generar empleo, es decir, ponerle los patines a la economía. Estaba cantado el escenario del presente. Ni Chávez primero, ni Maduro después, han calzado los números para meterse en los zapatos de un estadista.
    Cuando medio país se hartó del Socialismo del Siglo XXI, parapeto típico de republiquetas bananeras absolutamente refractario al progreso, a la modernidad, a los tiempos que corren, y se dio cuenta de que no existen instituciones adonde ir ni instancias que procuren la defensa de la ciudadanía que se atreve a disentir, salió a protestar a las calles. Y salió en paz. Ese fue el detonante de la represión más salvaje. Terrorismo de Estado  contra quienes piensan distinto y elevan su voz haciendo que se entere cuanto señorón jura que el mismo Dios le da unas palmaditas en la espalda para luego convidarlo a unas cervezas. Lo insólito, más allá de la inaceptable brutalidad de las fuerzas represivas, ha sido el contubernio entre civiles armados que apoyan al gobierno atacando y llenado de terror buena parte de la geografía urbana del país y ciertos efectivos de la Guardia Nacional. Testimonios documentados a diario, fotografías, videos y testigos de excepción dan cuenta de una realidad que se tradujo en flagrante violación de los DD.HH.  a través de juicios sumarios a alcaldes, torturas a manifestantes, censura en los medios y un llamado a diálogo cuyo correlato es mayor represión, insultos y amenazas.
    Está claro que la actitud del gobierno  consiste en arrojar más combustible a las llamas. ¿A quién beneficia semejante conducta? ¿Por qué instalarse con terquedad en el locus insostenible de la división y el incremento ciego de la violencia? ¿Qué posibilidad existe de continuar gobernando con todos los poderes en un puño, bajo la lógica de un dogma cuyo sumo sacerdote, un aspirante a caudillo iluminado, ha hecho aguas desde hace mucho tiempo?
    A lo mejor Maduro jamás imaginó el nudo de fuerzas encontradas y disparates que recibiría de su mentor. La condición de hombre de Estado supone cualidades que se crean mediante años de experiencia, de preparación, de lecturas (leer libros, leer la vida) y un largo etcétera con el fin de hacerle frente a los problemas que el arte de gobernar sin dudas va a encontrarse en el camino. Ni él ni su antecesor caben, repito, en la talla grande que exige pensar un país, en lidiar con sus circunstancias reales o imaginarias para finalmente intentar dejarlo mejor de lo que lo encontraron. Tal es, en verdad, el objetivo fundamental de todo gobernante que se precie de serlo. Chávez y Maduro, qué duda cabe, hicieron méritos suficientes para ganarse con honores un sitial en la molienda de la historia.

3/19/2014

Ciego y sordo

    La situación política venezolana es un torbellino que comenzó a formarse cuando Hugo Chávez abrió su particular caja de Pandora. Los rayos y truenos del presente tuvieron un período de incubación muy largo, cosa que no debe extrañar a los observadores: la violencia del gobierno, tanto física como hecha lenguaje, es decir, su praxis guerrera a punta de golpes e insultos, de soberbia y de plomo, abrazada con la simbología bélica metida desde siempre y de cabeza en el perfomance oficialista, derivó en esto que vivimos hoy. Quince años de garrote y zanahoria, de odio al por mayor, de listas de Tascón, no son poquita cosa.
    Entonces Maduro pide diálogo. Cabello pide diálogo. Los angelitos colorados de la Asamblea Nacional piden diálogo. ¿Y saben ustedes algo?, no faltaba más. Charlar  -llegar a acuerdos, construir consensos-   es el mecanismo universalmente reconocido para evitar que la sangre llegue al río. Es lo sensato y lo civilizado y por semejante argumento es que este gobierno monologante, charlatán, gritón, bueno para aplastar cuando se sabe fuerte y experto en poner cara de animalito cuchi si advierte que le han plantado una mano en la pechera, propone encuentros de utilería, diálogos de cartón sólo para patearle los cojones a todos una vez que se sienta otra vez oxigenado.
    ¿Hay que dialogar? Frente a un gobierno ciego y sordo, capaz de violar como le ha dado la gana los Derechos Humanos de la gente, capaz de llamar por tuits o por cadena nacional de radio y televisión a ejecutar ataques “fulminantes”  contra quienes protestan; frente a un gobierno que comete atrocidades con los detenidos, que reprime y mata, que tortura, veja, humilla, que tiene a estas alturas tantas cuentas pendientes con la justicia, repito, ¿hay que dialogar?
    Absolutamente. Es preciso, urgente, de vida o muerte hacerlo. Ahí está Mandela como ejemplo que no se debe olvidar nunca. El político más respetado de todo el siglo XX lo fue entre otras razones porque conversó, y ganó. Ahora bien, el poder en Venezuela hará una pantomima si con inocencia imperdonable se termina cayendo en  el embauque, en las trampas, en el juego que propone, dándosele oportunidad de cobrar segundos aires en su empeño de control total. Para sentarse a la mesa es preciso que el señor Maduro dé señales inequívocas de que el llamado a intercambiar ideas, a decirse las verdades y, en fin, a ejercer la palabra que tanta falta hace, es sincero, es real, y no el teatro del absurdo que lo caracteriza. Cuando alguien se ha esforzado tanto para que nadie confíe en él, hay que ser un cínico para luego decir: mira tú, bébete este cafecito, vamos a platicar. Esto ni es bolero ni es rocola, aquí nadie dará puto medio por un llamado a diálogo frente a las luces y las cámaras, mientras por el traspatio se persigue, se dispara, se encarcela y se pasan por el forro los derechos de la gente.
    Caímos en un punto muerto. Los estudiantes no retroceden en sus demandas y Nicolás Maduro opta por más represión, más brutalidad, más imposición.  Pésima forma de continuar llamando al diálogo y peor manera de evidenciar su farsa.

3/07/2014

A propósito de Venezuela

    El chavismo como ideología, ese tinglado de gimnasias entremezcladas con magnesias, va directo al corazón.  Pretende ser fibra emocional, transformarse en sístole y en diástole, remontar  ventrículos, atravesar pericardios, bombear conveniencias vía la “Canción del elegido" o  “Yo pisaré las calles nuevamente”.  
    Es para aplastarse de la risa. El mundo rosa que la Revolución del Siglo XXI obsequia a los venezolanos ha sido posible, no faltaba más, gracias  al Comandante Intergaláctico, especie de Supermán revuelto con Hombre Araña, creador de semejante parapeto. “Corazón de mi patria”, lo llama su feligresía, y quien diga ñe va a la molienda de la nueva historia, jineteada por Mario Silva, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez y el resto de los compadres, afilada jauría de mercachifles a la orden.
    El chavismo vende baratijas a precio de especulador neoliberal. Usted adquiere un bien, cultura oficialista (jaja) o salud bolivariana (jajaja), pongo por caso, y siéntese a esperar los espejitos. No es para menos: jamás antes, nunca en la historia de lo que el mundo ha sido, se construyó algo valioso a partir de cuatro disparates. Si un puñado de bandoleros con boina roja o enfluxados Cartier delirando por una bayoneta coparon las instituciones, leyeron como nadie el hambre y la ignorancia en esta tierras y de esa polvareda chapoteamos hoy en estos lodazales,  implica entonces que rehabilitar el país que cruje y se revienta supondrá ocuparse, en serio y sin descanso (porque la historia no suele andarse con segundas oportunidades), de inocular más democracia, de sembrar más ciudadanía, en las calles, en las familias, en los cafés y en los bares, en los prostíbulos, en los parques, en la escuela, en la vida cotidiana, en cada quien y en cada cual. Un trabajito al que llegamos retrasados.
    A la gente la matan como moscas en las calles, la economía venezolana es una ruina, los corruptos paridos aquí son los más rozagantes de este mundo. La escasez juega a diario al escondido si persigues un pollo, un litro de leche, un medicamento, un paquete de papel higiénico o una bolsa con tres panes. Los hospitales son un burladero, la educación pública una estafa, los afanes de control total el hilo conductor de un gobierno hecho de embustes. La revolución bolivariana (vamos a dejarla así, en minúsculas) parte de un par de premisas que nada más son chasquidos de la lengua. Me explico: ni es revolución ni es bolivariana. Ni nada que se le parezca. ¿Qué es entonces?, una camarilla en el poder de dudosa legitimidad en su origen e ilegítima en su desempeño, trocada en gobierno militarista con serias pretensiones totalitarias. Una dictadura, muy sui generis, actualizada, con las pezuñas metidas de lleno en el siglo XXI. Neodictadura, para usar el término más ilustrativo.
    Hoy, luego de los sucesos que vive Venezuela desde el doce de febrero, la máscara del gobernante está hecha añicos. Un rostro pseudodemocrático desfigurado. La represión salvaje de los manifestantes, la censura a los medios de comunicación, los grupos paramilitares creados, alimentados, lanzados a las calles por el gobierno y protegidos por la Guardia Nacional, la entrega de la soberanía nacional a un gobierno extranjero, los presos políticos, la tortura, los crímenes de lesa humanidad, documentados por una organización tan seria como el Foro Penal Venezolano, a la que habrá siempre que aplaudir, desnuda al régimen exponiéndolo en sus tropelías, locura y bandidaje. Por fortuna ya su imagen internacional vale muy poco. Tristemente, puertas adentro, la izquierda caviar de este país, con sus valedores intelectuales por supuesto, a la fecha no se ha desmarcado,  no ha abierto su boca ni puesto a punto su pluma para denunciar abusos y condenar de inmediato la brutalidad de un gobierno fuera de sus cabales.
    Venezuela vive momentos trágicos, de violencia acrecentada, de sangre y fuego, de fascismo gubernamental contra quienes piensan distinto al poder. La juventud, la decencia, la voz de la calle, van a continuar con las armas de la razón, el coraje y la paz haciéndose escuchar. A nada menos nos debemos como ciudadanos.

3/06/2014

Tabbaq

En el tabaco, en el café, en el vino
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.

Julio Cortázar  (Los Amigos)

2/22/2014

Interrogante

Papá, papáááá,  papáááááááááááááá, ¿las cebras son blancas con rayas negras o negras con rayas blancas?