2/09/2015
Máscaras
Desde la antigüedad griega los dolores del
alma tuvieron su antídoto más eficaz en la transfiguración catártica. Las
fiestas báquicas, antecedente capital de nuestros carnavales, lograban el
milagro que supone el trueque tan ansiado, no otro que acceder al remanso de
paz luego de la tempestad que todos llevamos dentro.
Un carnaval
-siempre ha sido así- es la cara
oculta de la Luna, con la ventaja de que su oscuridad viene como anillo al dedo
cuando se trata del amor, de la práctica de haceres prohibidos, de la
adrenalina corriendo a borbotones por esas autopistas de glóbulos rojos que nos
atraviesan. Si es verdad que el carnaval lleva en sus entrañas la inocencia
aparente de carrozas y comparsas, la
máscara que lo caracteriza yace ahí señalando el hecho básico que lo conforma,
es decir, su carácter tránsfuga, celestinesco, incitador a los más apetecibles
desenfrenos.
Un carnaval que se respete, desde El Callao
hasta Martinica, desde Trinidad hasta Brasil, es un golpe seco a la razón. Toda
fiesta carnestolenda va de aquí para allá con plomo en las alas de lo
políticamente correcto, lo cual termina consintiendo al Mr. Hyde que anida en
algún lugar de la psiquis humana. Y es en la fiesta de Baco donde ciertos
fantasmas se hacen carne, hormonas, sexo, saliva, sudores y explosiones
contundentes en medio de la algarabía.
En el sambódromo o en las calles del último
pueblo hay un dios haciendo de las suyas, y peor para quien le dé la espalda.
Así como lo blanco existe por lo negro, el Yin se hace verdad por el Yan, el
equilibrio entre nosotros llega a materializarse luego de que su contrapartida,
o sea, la falta de cordura, dispare a quemarropa. Todo
carnaval implica sobresaltos, pero con mucha más fuerza sobresaltos del corazón, y es más, exige a ultranza el
desenfado en las caderas y el uso milimétrico de los antifaces para ocultar
cuanto deba ser ocultado.
Si es posible la eliminación de medias
tintas, es en el carnaval cuando las conjugaciones cósmicas ponen el escenario
a tope. El pasado deja de señalarte con el dedo, el presente espanta al valle
de lágrimas que por lo general te engulle y el futuro, a lo sumo, será un montón de vidrios rotos
después de la erupción y el volcán ya adormecido. Luego la vida va a continuar
como si nada, de calle en calle, de esquina en esquina, abonando terrenos para
las fiestas que vendrán, sin duda ansiadas como todas, peligrosas como todas, pero
siempre vivas, puñal directo al pecho del día a día que nos entumece.
Un carnaval es el no sé qué que tanta falta
hace, qué se le va a hacer. Por eso es la fiesta de las fiestas. Así sea.
2/06/2015
1/28/2015
Humo
Así como escuchar a Mozart incrementa la
facultad de razonar sostengo que el humo del tabaco te rejuvenece. No me
refiero sólo al cutis, que de por sí es mucho lo que al respecto también hay de
ganancia, sino al ámbito menos frívolo de eso que algunos llaman lo espiritual.
Fíjate que el humo del tabaco es la crema
Pond’s del ánimo, sobre todo en tiempos de Lexotanil entremezclado con
ilusiones de la Nueva Era. Entra a una librería para que lo compruebes, de Adriana
Azzi y Walter Mercado al nirvana colectivo se pretenden pocos pasos, asunto que
se cotiza por las nubes en la bolsa de valores del alma. La lista de los más
vendidos lo dice todo: la autoayuda se te mete por los ojos, abunda en vallas
de cualquier esquina, al punto de que va a ser Paulo Coelho, Robin Sharma o
Ismael Cala el próximo Nobel de literatura. Apuesto un ojo de la cara.
En cuanto a mí, puedo jurar que el humo del
tabaco se pasa por la entrepierna semejantes fruslerías New Age. Leerse el tabaco anda de baja últimamente, y
con razón, pero el humo, lo que se dice el humo del Montecristo, del Cohiba, del
Partagás o de cualquier humilde cumanés equivale al tantra mítico, al justo
equilibrio del nunca bien ponderado Yin y Yan, supone, escríbelo con todas sus
letras, la forma expedita de curar llagas de todos los pelajes, ensanchar el
alma y renovar sin mala conciencia callosidades del corazón.
Con
la luz difusa de una puesta de sol, encender un habano para acariciar la
pituitaria va de la mano con amansar hasta al más feroz espíritu de estos días,
en los que reina el encono y la mala leche a borbotones. No hay cuento, el humo
del tabaco calza a la perfección en los zapatos del humilde o del encumbrado,
del inepto o del cargado de talento y yo repito, sin que me tiemble un músculo
del careto, que el humo del tabaco por lo anterior y por mil razones que para
qué diablos enumerar aquí, es el elixir de la juventud perdida. Estadistas a lo
Churchill, brujos de múltiples raleas, dictadores al más puro estilo de un
Castro o escritores de la talla de Cortázar, para que veas, todos,
absolutamente todos han compartido el secreto a voces menos guardado de este
mundo.
Sin culpas ni remordimientos me llevo el
tabaco a la boca y de bocanada en bocanada aspiro las delicias de ese aroma que
tonifica los músculos, limpia bronquios y pulmones, te hace más inteligente y,
cuando menos lo esperas, acabas siendo veinte años más joven. Ni Revlon con sus
chicas sexy, ni Nina Ricci o Dior vía esqueléticas modelos, ni Lancome y toda
la parafernalia. El humo del tabaco. Nada más que el humo del tabaco. Y punto.
1/19/2015
Paradoja
Siempre me he preguntado qué hace
la gente en su automóvil mientras espera que el semáforo pase por fin al verde.
Existen momentos que son limbos, existen zonas neblinosas y casi impenetrables
aunque afuera estalle la luz, y ese paréntesis que es un semáforo en rojo sin duda
anda cargado de relojes sin tiempo, de tierra de nadie donde vaya uno a saber
cuánta existencia cabe por milímetro cuadrado.
Hay quienes se hurgan los oídos, hay
quienes se sacan los mocos en afanes lúdicos qué sólo pierden fuerza en función
del número de bolitas pegajosas amasadas entre el medio y el pulgar. Hay
también quienes cambian de vida mientras dura la estancia en el carro, asunto
sorprendente que deja las huellas más profundas porque ha sido un tránsito
demasiado intenso para tan poquísimos segundos. Meter la eternidad en un minuto
sin duda arroja consecuencias.
Lo cierto es que un semáforo en rojo deja
entrever muchas cosas. Una de ellas, como descubrí hace mil años, consiste en
que semejante símbolo de la modernidad lleva en sus alforjas cierta verdad
encubierta que desde la adolescencia, para mí, no dejó jamás de evidenciar
misterio. Tal verdad, voy a decirlo de una vez, es que entre ese poste de luces
y la vida obligatoriamente detenida cuando el rojo hace de las suyas media un
calendario sin fechas, el Aleph borgiano, algún bostezo existencial que es
agujero negro en medio de esa esquina en apariencia tan normal.
Mientras aquella mujer se retoca los labios
frente al retrovisor o mientras este caballero golpea con los dedos el volante
y después enciende un cigarrillo para finalmente cambiar el dial de las
noticias a la música, ocurren todos los puntos suspensivos de este mundo. Y los
puntos suspensivos no son más que interrogantes clavadas sin misericordia en la
carne de cualquier certeza. Un semáforo en rojo supone, quién lo hubiera
imaginado, la cara oculta de tantas lunas particulares en el universo que
dibujan las calles por las que a diario nos movemos.
Es mentira que te escudriñas la nariz. Es
un total engaño creer que hablas con tu suegra por el celular. No pienses que
la cabina del Corolla en su realidad de pecera, en su silencio de aire acondicionado,
en la tranquilizadora atmósfera de asiento mullido que te lleva a tu destino es
esa línea que converge en el punto de fuga vislumbrado apenas con la inocencia
chorreándote como baba por los labios.
El semáforo en rojo te engulle y es
monstruo del mar de los sargazos que ha sido tu vida en el minuto sin espacio
ni almanaque que va del rojo al verde y viceversa.
1/10/2015
Buenas costumbres
El mundo está lleno de gente con magníficas
costumbres. Yo mismo, a veces, cojo el camino recomendado por tanto beato
suelto y me doy de bruces con algunos puntos para por fin ganarme el cielo. Hasta
que echo todo a perder.
El otro día estaba dale que te dale a la
lectura en un café atestado de moscas con mucha moralina cuando noté que varios
ojos se clavaban en mi mesa. Con elegancia e intenciones más que santas, no me
cabe duda, una señora escupió estos
sabios consejos desde su platico de galletas y agua mineral gasificada: “las
hojas de los libros no se doblan, hijo” y “¿no sabes que rayarlos es tan feo como
doblarlos o ensuciarlos?, ¿es que no te da vergüenza?”.
Juro por Dios que me provocó responder con una
grosería, pero qué se le va a hacer, la crianza es la crianza, asunto que mi
madre llevó a cabo por lo visto con esmero que rompió suelos y piedras. Entonces asentí
y continué mi tarea. Pero la verdad sea dicha: el mundo anda como anda gracias
a las buenas costumbres. Una buena costumbre es la viva esencia de una patada
en la espinilla, lo cual no es concha de ajo, más aún considerando el innegable
hecho de que a más costumbres dignas de Carreño, más patanes por kilómetro
cuadrado en el país chatarra que vamos teniendo.
A ver, uno tiene la buena costumbre de
aguantarse ciertas necedades (el ejemplo de la individua protectora de
bibliografía está todavía caliente), de
sonreír cuando lo que te provoca es patear, de decir bueno, sí, y no vete al
carajo, de dar las gracias a un grupo de bestias que en la reunión con el jefe te
acaba de obsequiar, pongo por caso, una tarde de aburrimiento hasta el tope,
hasta las mismísimas orejas, sumo y sigo: de aplaudir en vez de abuchear, de
ser gente frente a un pelotón de equinos, de estarse quietecito en lugar de
tomar un AK-47 y ponerse a volar huevos, de contar hasta cien para no reventar
cojones a la cuenta de tres. Y así.
Las buenas costumbres por lo general hacen
causa común a favor de la nada elevada tarea de engordar lo políticamente
correcto. El horror es tal que si tus costumbres no son las mejores según el
baremo de la doña o el don entrados en carnes de sapientísima costumbrología,
pues vas de cabeza, zuas zuas, a las calderas del sótano, es decir, a las
cuevas sulfurosas de la incandescente moral pública.
Leo a Juan Nuño y resaltan unas líneas que
me gustan: “¿Qué sería de esta pobre y miserable civilización sin el pecado?
Los días se alegran, las tardes resplandecen, las noches se soportan y la humanidad
sigue existiendo…”, cuestión que, agrego yo, es una verdad del tamaño de la
mejor mala costumbre.
Las malas costumbres están ahí para
purificar almas o destronar reyes de pacotilla. Una mala costumbre brilla más
que las más asépticas realizaciones en el universo insípido del costumbrismo mejor
cultivado. Por eso Cioran da qué pensar, por eso Ambrose Bierce tiene ganado un
sitial entre los peor acostumbrados de este valle de lágrimas. Justo por eso
Rafael Bolívar Coronado no podía llamarse sino Rafael Bolívar Coronado. Borges
tuvo la mala costumbre de ser genio, así como tantos otros la buena de ser
mentecatos por donde les pegues el ojo.
En cuanto a mí, pues celebro el
fumar, el beber y el bailar pegao, sana práctica sugerida en su momento por el
Inquieto Anacobero, alias Daniel Santos, otro que se pasó las más respetables
costumbres por el forro del gaznete y de la materia gris. Vuelvo y digo: el mundo está lleno
de gente con magníficas costumbres, cosa que, hay que aceptarlo de una buena
vez, lo pone en el triste lugarejo que por elemental lógica le corresponde. Dime tú si no.
12/19/2014
La izquierda imbécil
Por varios artículos que he escrito resulta
que para algunos soy una bestia de derechas. Así, tal cual, con todas las
letras y la mala leche apuntándome a la sien.
No voy a contarles de insultos y otras
ñoñerías por el estilo. Hay todo un menú que mandé al fogón del basural. Sin dar
ni pedir tregua a la hora de los chacales, la verdad es que no sabe uno qué
pensar a propósito del lugarejo adonde suelen afincarse ciertas nociones de
izquierda o de derecha. Tan jabonosos como éstas -y relativos y por lo tanto escurridizos- son señalamientos espaciales tipo arriba, o abajo,
o más acá o más allá, y así ad infinitum. Salvo que el espécimen, fusil en mano, viva
en el carbonífero político -lo cual no
es fruslería, por cierto- mi adhesión a
la diestra es tan verídica como su posible pertenencia al Ministerium für Staatssicherheit,
es decir Stasi, de la mira tú, democratísima República Democrática Alemana,
valgan las redundancias y los concomitantes disparates.
Porque si revolver el pus o mostrar con el
índice el caldo enrarecido del gobierno que aquí hace de las suyas supone un
marco semejante, entonces los ángeles de la izquierda redentora deberían
practicar ipso facto el arte de mover
con mayor celeridad que de costumbre las neuronas, cuando las tengan, en medio
del silencio más atronador, es decir, pensar más y callarse la boca de
inmediato. Conclusión: ahogar toda emisión de idiotez tras idiotez por cada chasquido
de la lengua, y de la pluma. Ahí están los defensores de las dictaduras buenas,
las de izquierda claro está, sinvergüenzas donde los hay si es preciso arrastrarse,
alcahuetear crímenes, mirar para otro lado cuando se violan a placer Derechos
Humanos y demás perlas por el estilo. La ex Unión Soviética en su momento y
todavía la pisoteada Cuba están ahí para romperles el espejo en el cogote.
Para un señor que se siente metido de
cabeza en aguas plácidamente izquierdosas, el corifeo particular de Castro, en
el que abundan imbéciles a más no poder, debe ser el colmo de la sensatez en
estos días. Corrección política latinoamericana hasta los tuétanos. Benedetti,
el poeta Cardenal, Eduardo Galeano y otros santurrones de las dictaduras
alabadas, a cada uno mordió el juego de caninos típico del iluminado, ése que
llegó montado en una nube a resolverte los problemas, reales o imaginarios.
Dale un vistazo a Chávez, con el legado calenturiento objeto de reverencia que
su religión impone. Léanse, y luego me cuentan, las babosadas vergonzosas de Gustavo
Pereira, las bolserías de Luis Alberto Crespo, las ocurrencias hilarantes de
Brito García en defensa de esta panda de ineptos y cuanta fantasía encantada
arroja para afuera el buche de tanto poeta revolucionario disfrazado de Che.
Aquí, lo que se dice aquí, ser de derechas
o de izquierdas pasa de lejos por el cedazo de la razón. Piensan más los
cojones que la materia gris, y me voy quedando corto. Maniqueísmo por donde lo
mires, el quehacer político de la Venezuela actual, saturada de fariseos forrados
en trajes Brioni, se alimenta de clichés al más puro estilo de la propaganda
carburada como jamás antes en el
manicomio perpetrado por los hermanitos Castro. Izquierda o derecha ya no son
categorías dinámicas, lógicamente cambiantes, cuyos rostros fueron perfilándose
al paso del tiempo y, sobre todo, en función de los años y las experiencias, asunto
que es lo que tú quieras menos baladí. Para
un señor de la izquierda venezolana un pterodáctilo tiene mucho de paloma
mensajera y un triceratops es el vivo retrato del rinoceronte que mastica paja
en las llanuras del Congo, vaya animalitos tan chistosos.
Entre la izquierda pedorra de este país, ajena a pensar por sí misma en su inmensa mayoría, capaz de entregarse muda,
acrítica, mansa, a los dicterios de un militar ignorante como una tapia, y las
batallas de un Petkoff o de un Pompeyo Márquez, me quedo con los
contestatarios, los soñadores, los sensibles, los respondones y los indóciles, o
sea estos últimos, y con la idea metida en los huesos de que al mar de las estupideces, el mismo
aquél de la felicidad, le queda cada día
menos tiempo entre los dinosaurios que para desgracia de tantos aún pastan
entre nubes de ventosidades ideológicas.
12/10/2014
Los nuevos tiempos
A Pedro Suárez, el más moderno de mis amigos
Parece que la
gente se toma la molestia de ir contigo al cine, o a almorzar, y de antemano
debes estar agradecido. Los tiempos cambian, qué se le va a hacer, y semejantes
cambios te aplastan de golpe la nariz, te dicen como si nada y a los cuatro
vientos: oye tú, cabroncete, mira que te estás poniendo viejo. Como si
envejecer fuese algo del otro mundo. Como si el paso de los años por fuerza
tendría que suponer alguna maldición divina.
A lo que voy:
los tiempos cambian, pero semejante dinámica te cae de perlas o es un trancazo
en la espinilla según el cristal con que lo mires. Salgo a almorzar con Lucía,
compañera de liceo a quien no veo desde hace una punta de años. Todo a punto,
todo rosadito hasta que suena el celular. Y si no suena, pues será ella quien
haga las llamadas. Y si no es charla clásica, vía oralidad telefónica monda y
lironda, va a ser conversación escrita, con cigarrillo entre el índice y el
medio, por los recovecos del chat. Pasan los minutos, muchos, la sopa se
enfría, yo miro al techo, qué puta sensación de desperdicio. Es que envejezco
como buena bestia. Como lo que soy.
Antes, diría mi
abuelita, almorzar era almorzar, con hola y qué tal y cuéntame y te cuento y
mira a Alejandra lo grande que está. Almorzar era plantarse ante la mesa con la
carga de significaciones ya sabidas que el verbo en cuestión lleva soplada
hasta las entrañas. Pero resulta que llego con mi amiga al Jardin Des Crepes y
ella enfrente y yo aquí, acomodándome la servilleta sobre las piernas, y
entonces la señora hace de las suyas, coge el celular o abre el periódico (da
lo mismo) y hay que comprender que el mundo es así, que éste es el siglo XXI,
el mejor de todos los habidos y por haber, de modo que tranquilo, Rogerín,
tranquilo, búscate unas damas chinas o enciende la radio de tu móvil hasta el
fin de la jornada y se acabó. Cada quien en lo suyo.
La madre que la
parió. Uno va a ese restaurante dispuesto a sacarle los mocos a los años, es
decir, a hablar hasta por los codos de lo humano y lo divino, de los tiempos
idos y blablablá, pero fíjate que si la susodicha te cambia por el celular eso
es lo más normal del universo. Es preciso paciencia, comprensión. En cambio, cuando
la mandas a hurgarle las pelotas a Apolonio eres un vejuco amargadete, un tipo
con bastante mala leche, lo que se dice un patán intransigente, premoderno,
incapaz de asimilar que el siglo XXI es el siglo XXI y lo demás paja para los
equinos. Ahí lo tienes: el glamour de las tecnologías trepándote las piernas, muslos, pecho,
cuello.
Con toda
parsimonia me acerqué hasta el plato, alcé la crem-de-fois-a-la-turtié, o como
se llame, y le dí media vuelta justo encima de su linda cabellera rubia. Gritó
como Naomi Watts en King Kong. Salí a la calle sonriente, vengado, feliz. La
ciudad permanecía como si nada.
11/28/2014
Hay que ver cómo es la gente
Hay palabras que viven bajo tierra. Existen muchas,
estoy más que seguro, cuya predilección es hacer nido en la cara oscura de la
Luna. Me explico: así como existen palabras feas por donde les metas el
ojo -aperturar, empoderar, accesar y un
etcétera que exige al Libro Gordo de Petete sólo para ellas-, las hay con
vocación de anonimato por los cuatro costados.
Conozco gente que tiene bastante de término
silente, es decir, personas que nacieron tomando para sí el mutis existencial
que las lleva sin mayores sobresaltos de la cuna hasta la tumba. Así como ves
pasar a un hombre atravesado de oquedades, un queso gruyére con nombre y
apellido, pongo por caso, te das de bruces con vocablos que vinieron a este valle de lágrimas nada más que para hacer tienda en el diccionario. Palabras que de pe a pa
son como esos bichos subterráneos, insectos o batracios, qué sé yo, viviendo
sin ojos, sin oxígeno, sin luz: babosas entre el humus de principio a fin.
Acleido, por ejemplo. Euforbiácea,
doncellueca. Ahora que lo pienso, tengo un amigo acléidico hasta los huesos con
todo y que algunas veces se da el lujo de salir a la calle, de atender cuando lo llamo por
teléfono, en fin. Los euforbiáceos son simplemente impresentables y de los
doncelluecos para qué te cuento. Palabras que terminan siendo como miles de
fulanos, individuos lexicales, combinación sorda de sílabas petrificadas en las cuatro paredes de un
glosario, quién lo iba a decir. Un diccionario polvoriento es también la casa de
transeúntes que te tropiezas en las calles, que pagan a punto sus impuestos,
que no rompen un plato.
El otro día caminaba aburrido por la
avenida Las Américas y observé a una señora con el rostro y los gestos de
asfacelo y caparídeo que me pararon los pelos. La seguí en medio de la muchedumbre,
traté de dar con el misterio de lo que representa a simple vista pero nada, no
soy como esos inspectores que ves en las películas de detectives, metódicos,
deductivos hasta el hígado, capaces de escudriñar bajo los árboles, entre
raíces o detritos y sacar las más sorprendentes conclusiones. Por más
que lo intenté no hallé mínimo significado, plausible, convincente. Al no
llevar conmigo un diccionario que pudiera de una vez por todas resolver el
asunto, me encogí de hombros y continué andando seguro de que la buena mujer
había nacido únicamente para ser consultada en el Larousse. Vaya existencia
miserable.
Costribo, ultriz, xenismo, ulano, ménsula,
trincadura, la lista es larga. Voy por la calle y ahí están, más ulanas que
nunca, más ultrices que la madre que las parió, más xenistas que la última ménsula
trincada del desierto.
El bueno de mi amigo cabe a sus anchas en
el lugarejo más gris del Espasa Calpe, acomodado entre una veintena de
sustantivos fofos en plena página doscientos veintitrés. Si te lo tropiezas por
ahí sabrás al pelo de qué hablo. Hay que ver cómo es la gente. Hay que ver.11/14/2014
11/03/2014
Casos raros
Juancho, un amigo de la infancia,
tiene dos pies que viven haciendo de las suyas. Uno no sabe si reír a mandíbula
batiente o llorar a moco tendido cada vez que sus extremidades inferiores
juegan al gato y al ratón con el resto de ese cuerpo al que yacen adheridas.
Total, que la naturaleza tiene sus cosas raras, no faltaba más, asunto que en
estos días se ha intensificado al punto de que el bueno de amigo fue al
podólogo con ánimo de mejorar sus días.
Podólogo, podólogo, podólogo. Suena más a
nombre de jardinería que a ciencia médica, pero en fin, la cuestión es que
cuando Juancho mueve un pie con la inocente intención, digamos, de girar hacia
la izquierda, éste se va incólume para la derecha, y cuando a veces desea poner
ruta hacia adelante, el bueno para nada con el mayor descaro emprende marcha
atrás, lo cual genera en mi amigo problemas no digamos ya peliagudos de
locomoción, sino existenciales de marca mayor que para qué Sartre o Heiddeger y
la madre que los parió.
El doctor Sánchez, según los entendidos
toda una eminencia en el arte de la podología, ha dicho que no hay motivo de
preocupación. Dispuso apenas de un jarabe para los nervios acompañado de
masajes interdiarios en ambas plantas de los pies y yemas de los dedos. Pero lo
cierto es que después del doctor Sánchez, podólogo hasta la pared de enfrente,
los episodios que tanto molestan a Juancho no sólo continúan como si nada: se
han incrementado de forma exponencial sin que medie causa lógica a propósito de
semejantes hechos, de modo que mi amigo visitó ahora al psiquiatra, quien restó
importancia a lo referido por tan llamativo paciente, dedicando la sesión
completa a pontificar sobre cierto estudio de la mente y de la personalidad que
está llevando a cabo y sobre cayos, pies de atleta, problemas en las uñas y
diversos males que con toda seguridad inciden en lo que ocurre.
El otro día, pobrecito, al despertar en la
mañana quiso ponerse los zapatos y al intentar anudarse los cordones cada pie
empezó a sacudirse a su real gana, como poseído por el espíritu de alguno que
obviamente no es el suyo. Lo peor fue que después de una lucha sin cuartel que
lo dejó exhausto y sudoroso, cada uno decidió tomar rumbo contrario a propósito
del otro, desatándose la situación más ridícula en toda esta historia, que dicho
sea de paso parece salida de un cuento de Borges. Al hallarlo en posición tan
poco decorosa, abierto de piernas, tirado en el suelo, con ambos pies brincando
a su antojo como si fuesen batracios o pulgas en un circo, su mujer cogió el
martillo del fondo del closet y optó por golpearle los pulgares -¿qué otra cosa
hubiera podido hacer la buena señora?-, dejándole ambos dedos machacados y sin
posibilidad de calzarse para llegar a la junta de las ocho en la oficina.
Menudo lío apenas despuntando el día.
Según el podólogo de marras, quien otra vez
fue consultado, mi amigo sufre de cansancio extremo. Es la opinión categórica de
una autoridad en la materia. Entonces Juancho bebe valerianas, toronjiles,
aguas de cayena aliñadas con gotas de passiflora y endulzadas con miel de 10/28/2014
Lecciones de escritura
Hay quienes piensan que escribir es agarrar
el lápiz, domar de algún modo el lenguaje, contar una historia y de seguidas
estampar la firma. Yo vislumbro lo anterior como absolutamente cierto, claro,
si semejante acción supone condición necesaria, pero no suficiente, para hacer
literatura.
No por moverse con fluidez entre los recovecos
de la lengua se tiene al toro cogido por los cuernos. Tampoco vale una historia
y ya, con principio, desarrollo y fin. El hecho literario exige, exige mucho,
de lo que se deriva una verdad casi siempre pasada por alto entre tanta tinta
vertida sobre miles de cuartillas: escribir lleva aparejada una vuelta de
tuerca, un plus adicional que
requiere uso del lenguaje, por supuesto, en combinación mortal con la trama que
se despelleja al filo de toda historia que se respete. Quiero decir, y fíjese por dónde va el asunto, que escribir
lleva en sus entrañas la puesta en práctica de un alto en el camino, de un ojo escrutador
cuyo calado implica puñalada trapera a cierta lógica que por cotidiana practicamos
incluso sin percibirla. Escribir es detenerse, afinar una mirada o cuantas
resulten necesarias hasta encontrar el ritmo único sin el que será
imposible expresar lo que tiene que ser
dicho. Nada más y nada menos.
Un cuento, una novela, un artículo de
prensa, una crónica, un ensayo, un poema, van a ser dignos de esos nombres
cuando lo que llevan entre manos pase al lector a lomo de palabras que
trastocan la realidad porque esa realidad fue abordada desde escondrijos poco
transitados, capaces de obsequiarle a quien se asome un buen coñazo en la
nariz. Si un texto no te tumba al suelo pierde peso literario, se transforma en
puñado de párrafos amontonados, de modo que a falta de mejor lugar lo arrojo al
basurero.
Llevo algún tiempo en eso de rasguñar
papeles. Me ha dado por escribir poemas, cuentos, ensayos, crónicas, artículos,
y vaya usted a saber qué diablos fui pariendo en cada atrevimiento. Leer mucho,
leer como un condenado, leer hasta la etiqueta del pote del champú mientras te
duchas, eso, eso y sentarte a teclear sin contemplaciones, son los maestros. No
hay más: talento, si lo tienes, terquedad, lectura y escritura. Pero yo
encontré además, entre las mil formas que cada quien vislumbra mientras
chapotea en las aguas de adjetivos, frases, preposiciones o tachaduras, que mis
hijos son algo así como escritores a sus soberanas ganas, verdaderos creadores deambulando
por la casa, correteando entre los muebles de la sala, obsequiándome lecciones
cada vez que me dispongo a hacerles caso.
Tienen la facultad de labrar mundos.
Transforman la caja del papel tualé en nave espacial, olisquean flores exóticas
justo cuando la rutina anda metiéndose por puertas, ventanas y rendijas. Invitan
a ser niño otra vez, de modo que he aprendido poco a poco a reordenarlo todo, a
hurgar de otras maneras, con lo que el día a día escupe ahora perlas que
antes eran invisibles. Escribir es
observar a cada rato, enfocar desde peñascos poco aptos para otear el
horizonte. La capacidad de búsqueda, la imaginación a prueba de adultez, el toma y dame con la lógica que
casi con seguridad mañana terminará engulléndolos arroja como consecuencia la
maravilla de que puedan sacarle punta hasta a una piedra. Creo haber aprendido
eso de mis hijos y para siempre les voy a estar agradecido. Lo que pueda hacer
con tal regalo quién sabe si terminará en pieza literaria o en materia para las
pocetas, pero de cualquier modo ya no soy el mismo, cuestión que a fin de
cuentas es el hecho existencial de
envergadura. A diario me brindan lecciones de escritura, lo que desde luego
ignoran. Cuando tengan edad para
entenderlo va a ser muy placentero hacérselos saber, con el añadido de que -¿quién podría decir si sí o si no?-, acaso
lleguen a mostrarme historias, poesía, textos nacidos de sus plumas. Ya llegará el día de descubrirlo.
10/15/2014
La piel sobre las cosas
Uno anda por la vida observando los hechos,
poniéndole el ojo a cuanto se nos cruza enfrente y lo cumbre es que vemos sólo
de a ratos, contemplamos nada más la piel de la cebolla. Apenas sentimos el
impacto en la nariz cuando debajo bulle un cúmulo de causas cuyas menudas
consecuencias te aplastan el órgano nasal. Nos conformamos con el tabique roto.
Así despachamos la cuestión.
Por lo general suelo ver la forma de las
cosas. Quiero decir, me da por suponer que una silla vieja o el abrigo que
cuelga del perchero constituyen un saco de papas arrojado en el camino, y las
papas vaya usted a saber si son papas o melones. Pues sí, es como para fruncir
el ceño, qué se le va a hacer. De algún modo me las he arreglado para hurgar el
mundo que se expone de la epidermis para allá.
En cierta ocasión me dio por contarles de
los carros viejos, así que traigo un pequeño ejemplo a manera de recordatorio. Tengo
la costumbre de ponerles rostro a los bólidos que tropiezo en el camino. Un
Ford Fairlane de los ochenta, pongo por caso. Sonrisa abierta, cara de pocos
amigos. Un Ford Fairlane de los ochenta equivale al personaje que rueda por ahí
sobre los límites de lo que termina uno por catalogar como seguro, es decir,
borderline: hoy como, fumo, encuentro cama y ducha caliente pero mañana quién
quita, cada amanecer lleva pegado de la frente sus particulares quebraderos de
cabeza, trae con él su propio afán, y miren que el asunto no tiene un pelo de
bíblico. Ford Fairlane, Fiat Supermirafiori o Mustang del 84, lo cierto es que
uno a uno pasea su careto por las calles y yo me divierto descubriéndolos,
estudiando sus caras, imaginándoles incluso posibles estados de ánimo, y doy
por sentado que también ellos, no faltaba más, disfrutan del mutuo
reconocimiento. Total, que suelo ver la forma de las cosas, como decía arriba,
con lo cual Mustang y Ford Fairlane son Mustang y Ford Fairlane más un puñado
de recovecos escondidos, semánticos o como se llamen, que si me pongo a contarles, ufffff, si me
pongo a contarles.
Llego a mi café predilecto, otra vez un
Bermúdez, cumanés que se deja encender como los grandes, humo, chupada, humo, chupada,
marrón espumoso de seguidas, el libro en la página noventa y tres, y entonces
un hombre entrado en años abre el periódico dos mesas más allá. Pienso en cómo
luciría décadas atrás, qué imagen de sí mismo arrojaría en su infancia. Recorro
las sienes, la piel fofa de los brazos, el lunar apenas perceptible sobre la
barbilla, pantalones cortos, franela con restos de helado, canicas, trompo, la
madre apurándolo con el refresco. La forma de las cosas es también esa mano
enguantada que al salir deja relieves, huellas, marcas de lo que estuvo y ya
no. Ciertos hechos son lomo de felino arqueándose bajo caricias, elementos
sueltos a sus anchas sacándole la lengua a los relojes, jugando al gato y al
ratón con los transeúntes.
Es como para fruncir el ceño, claro está. Y
aunque la vida o la ciudad fueron pensadas a fuerza de plancha y de almidón, de
uno más uno son dos porque Aristóteles y su lógica o Descartes y su método, la
verdad es que hay una piel por encima de la superficie y hay sacos de papas que
son también melones, figúrese la confusión. Es bueno mirarse en los espejos,
hace falta ponerse a ronronear como los gatos.
10/04/2014
10/03/2014
La crítica literaria no es un acto de onanismo
Hace algunos
años, mientras estudiaba literatura en la Universidad de Los
Andes, noté que las teorías, que los mecanismos de aproximación a ella sufrían
una especie de partenogénesis a propósito del todo que pretendían conformar.
Existía un modo, científico, aséptico, que apelaba a la cirugía lingüística y
cuyo estandarte fundamental reposaba sobre el hecho literario estéticamente
autónomo, inmanentista, ajeno al mundo exterior que trasciende el texto y su
perfecta y objetiva deriva, y había otro, pragmático, mucho más empírico o a
caballo entre ambos modelos, que terminó por deslumbrarme hasta el presente.
La primera
de estas concepciones, es bueno decirlo desde ya, me ponía los pelos de punta.
Por mucho que toda una corriente de pensamiento sostuviera que los estudios
literarios funcionaban mejor y daban en el blanco con puntería refinada al
transformarse en laboratorio o en quirófano, y que toda obra literaria lo es en
función de la relojería interna que la constituye -razón por la cual es preciso disectarla para entenderla mejor y, acaso,
saborearla mejor-, lo cierto es que desde esos días su contracara arrojó un gancho
que aún hoy continúa siendo el estímulo, el motor capaz de hacerme gozar en el
intento de escrutar los vínculos, relaciones, vasos comunicantes, pasadizos o
puentes entre la literatura y la vida cotidiana, monda y lironda, que día a día
emprendemos tal como si nada. Esa contracara supone vislumbrar la crítica como
actividad diferente, en su hacer, al de un Formalismo Ruso, pongo por caso, y
en general al de la tradición clásica estructuralista proveniente de Praga.
Parto
entonces de una premisa incierta para buen trozo de la tradición crítica. La
literatura no es un compartimento estanco o una cápsula de entrecruzamientos y
vínculos propios ajenos a un contexto mayor, sino por el contrario, dibuja un
todo conformado por una red de relaciones donde el texto, pero también el resto
de los elementos existentes en los procesos de comunicación, tienen mucho qué
decir. Así, la literatura se alimenta de la vida, del magma que bulle en el
plano de lo social, y viceversa. La literatura vista entonces no como hecho
ahistórico cuyos múltiples engranajes permanecen desinfectados, refractarios a
la literatura misma: en ella la rueda de lo contextual, de la obra y del
receptor, del momento de la emisión, de la cultura que la genera o la recibe,
danzan y se mantienen en contacto, interactúan, contaminándose, en un proceso
que no acaba y que es tan diverso como diversas son las condiciones que rodean
la creación e interpretación de un texto literario.
Si aceptamos
que el plano específico de la literatura viene dado sólo por las
características inherentes al lenguaje que la hace posible[i], aceptamos entonces que
aquélla es una manera particular de referir, exenta de canales cuyos
entrecruzamientos permiten crear un universo íntimamente vinculado con la
historia, con la sociedad, con la vida humana. “La poesía se centra en el signo
y la prosa pragmática en el referente”, escribió Jakobson[ii]. Cuándo él mismo se
pregunta: ¿”Cómo se manifiesta la poeticidad?”, y de seguidas sostiene que
“cuando las palabras y su composición, su significado, su forma exterior e
interior adquieren un peso y un valor autónomo en vez de referirse
indiferentemente a la realidad”[iii], tal concepción
entronca, como es obvio, con su idea acerca de las estrategias verbales que
posibilitan la existencia de la literatura.[iv] Estrategias verbales que
enfrentan a la postre un manojo de contradicciones imposibles de deshacer, pues
pareciera que el discurso literario, para ser lo que es, requiere asimismo y
como mínimo de un contexto y de un hecho adicional que resultará por completo
fascinante: la disposición subjetiva de un receptor capaz de aportar sentido a
lo que lee. Como puede verse, lo anterior no es poca cosa.
Durante mis
años de estudiante universitario descubrir el efecto del lector significó
hallar, así lo consideré y así lo considero aún, la otra cara de la medalla.
Entre el autor y el lector, teniendo al texto como protagonista, se abría un
mundo de posibilidades creativas, de guiños, de complicidades, de
enriquecimiento cuyo fundamento era la obra literaria misma. Ésta no poseía ya
la condición de adminículo inamovible, de características o cualidades
inmanentes, sino todo lo contrario, es decir, obra abierta[v] que propicia una marejada
de significaciones cambiantes, diversas, capaces de, a través de la elaboración
artística, hurgar en el fondo común del alma humana.
Desde la
perspectiva fenomenológica Edmond Husserl, J. Hillis Miller, Georges Pullet y
otros autores trabajaron en función de describir cómo se manifiesta el mundo a
la conciencia. A partir de sus ideas la crítica fenomenológica pretendió
dibujar, sistematizar, evidenciar el universo presente en la conciencia del
autor tal como éste lo expresa en su quehacer artístico, es decir, en su obra.
Aquí empiezo a entrever la crítica que me interesa. En el “Reader Response Criticism”, alentado por Stanley Fish y W. Iser,
efectivamente el receptor considera la obra como aquello que se manifiesta, que
aparece frente a su conciencia[vi], relacionada al extremo
con su bagaje de experiencias y su cultura. Eureka. Autor y receptor fraguando
una realidad múltiple y porosa. Más adelante Hans Robert Jauss se apoya en los
hombros de Dilthey y Gadamer y la crítica que propone desmenuza con ahínco los
tablones interconectados que desde el texto vinculan a quien escribe y a quien
lee. Una pieza literaria, así, parte en esencia de un “horizonte de
expectativas”, de tal manera que su interpretación no sólo exige ahora la
experiencia, la cultura, el “horizonte” de un lector determinado sino que se
sustenta además “en la historia de la recepción de una obra y su relación con
las diversas normas estéticas y conjuntos de expectativas que permiten leerla
en diferentes épocas”.[vii] Como ya había sugerido
Dilthey, en el plano de las “geisteswissenschaften”,
o ciencias del espíritu, comprender un texto lleva aparejada una experiencia
particular y novedosa: el lector hará las veces de resucitador, es decir, a
través de su experiencia renovará el entramado vital que bulle, que se
encuentra expresado en todo texto.[viii]
Alguna vez
la doctora Carmen Luisa Domínguez, lingüista de la Universidad de Los
Andes a quien siempre admiré gracias a las experiencias únicas de sus clases
tanto en pregado como en postgrado y debido a su notable excelencia académica,
me dio a leer un libro en función del seminario que en cierta ocasión
llevábamos a cabo. Se trataba de “El
lenguaje como semiótica social”, de Michael A. Halliday. Confieso que lo
leí aturdido y al mismo tiempo fascinado. En mi incipiente travesía por las
aguas de la lingüística sentí que conectaba con ese manojo de cuartillas que de
pronto había llegado a mis manos. Esas ideas, la exquisita agudeza intelectual,
los razonamientos y argumentos del profesor Halliday, empalmaban, dialogaban
frenéticamente con Gadamer, con Dilthey,
filósofos a quienes por aquellos días me acercaba con tanta curiosidad como
timidez. En cierto punto Halliday sostenía que “el lenguaje sólo surge a la
existencia cuando funciona en algún medio. No experimentamos el lenguaje en el
aislamiento -si lo hiciéramos no lo
reconoceríamos como lenguaje-, sino siempre en relación con algún escenario,
con algún antecedente de personas, actos y sucesos de los que derivan su
significado las cosas que se dicen. Es lo que se denomina ‘situación’, por lo
cual decimos que el lenguaje funciona en ‘contextos de situación’, y cualquier
explicación del lenguaje que omita incluir la situación como ingrediente
esencial posiblemente resulte artificial e inútil”.[ix] El “horizonte de
expectativas” de Gadamer así como la “situación” de Halliday parecían apuntar
sin duda hacia ámbitos más o menos comunes.
Partiendo de
lo anterior, creo que la labor del crítico es una que se dilata entre mínimo
tres puntos fundamentales: el autor, el texto-contexto, el receptor. Sé que las
teorías inmanentistas han realizado aportes significativos innegables al
considerar, al enfocar sobremanera el tejido interno de una obra literaria,
pero creo asimismo que intentar dar con la cualidad intrínseca de la literatura
echando mano sólo del texto como entidad autónoma, lleva a callejones sin
salida y, finalmente, a girar en círculos, cuestión que tarde o temprano
debilita el edificio teórico que se pretende erigir.
La crítica
para la que toda obra literaria es una cerrazón sin conexiones con la historia,
con la vida humana imbuida en sus miserias y grandezas, resulta a la postre una
labor tan oscura, tan pobremente
abstracta a mi juicio que termina convirtiéndose en reducto inerte para
iniciados exquisitos. ¿A quién le habla el crítico? ¿A un puñado de
especialistas? ¿A un gremio o a una
industria cultural? ¿A un grupo infinitamente más amplio, no experto,
necesitado de puentes entre él y las obras, de orientación y de formación del
gusto? La actividad del crítico no supone
-nada más alejado de ella- el
quehacer de un onanista sino su polo opuesto, la antítesis del hermetismo
cosificado e intrascendente. De cierto modo es la voz que clama en el desierto,
un polemista, un librepensador quien ejerce la crítica literaria y a la vez, en
los tiempos que corren, hace crítica cultural. Desde esa óptica implica hasta
cierta medida un guía inteligente, porque abre puertas y confronta, debate, da
algunos golpes sobre la mesa, ampliando las posibilidades de valoración e
interpretación textual. No en balde Graciela Montaldo manifiesta con tino que
“los trabajos más sugestivos de nuestra época son aquellos que, leyendo varios
textos (discursos y prácticas) (…), tratan de armar nuevos sentidos para darle
significaciones nuevas a las experiencias de nuestro pasado y nuestro presente
que constantemente se están transformando”.[x]
“Un libro es
un espejo donde se encuentran las miradas del autor que lo escribió y del
lector que aporta su imaginación para recrear la historia”,[xi] ha escrito Fernando
Alonso, y la verdad es que si no fuese así, si un libro, si una obra literaria
consistiera en una serie de tramas autorreferenciales, una nada sin
connotaciones extrapolables al acontecer humano, donde el lector estuviese más
cerca de la meretriz que lleva a cabo su función sin fuego y sin disfrute que
del volcán de sentidos, polisemia y participación plena que lo caracteriza al
momento de fundirse con la historia, con el texto que tiene entre sus manos,
pues la literatura y la crítica -esta
última también en numerosas ocasiones obra literaria- serían actividades poco
trascendentes, desérticas, impermeables a la sazón vital y al fondo común
humano que nos incita a vivir -vicariamente,
es cierto, pero vivir al fin- las vidas
que sabemos imposibles de gozar o sufrir de otra manera. Un libro es la ventana
que da a ese lugar que enriquecerá nuestra existencia, y eso implica tener
presente, yo lo entiendo así desde el inicio de los tiempos, que la literatura
incide en lo que somos, produce cambios (lentos, desde luego, pero hondos y
permanentes), y posibilita, como la lluvia, los vientos y el sol sobre ciertos
paisajes, que el relieve humano cobre otros matices, gane configuraciones acaso
únicas, de otro modo impensables en lo que vamos siendo.
Por
supuesto, decir que la literatura acarrea cambios en los individuos, y como
consecuencia lógica en las sociedades, lleva a afirmar también que no me
refiero a movimientos sísmicos ni a reacomodos violentos de ninguna especie. Lo
que pretendo expresar es algo que he experimentado en carne propia: sin los
libros, sin literatura, sin leer, estoy convencido de que no sería la persona
que soy, para bien o para mal, porque sé que los poemas, las historias, los
ensayos o los dramas que me han marcado a través de los años propiciaron
aristas, pliegues, texturas o como quiera que se les llame, difíciles de
extirpar y responsables de una visión particular de la existencia que sin duda
no estaría presente sin el hechizo de los buenos libros.
Hay una
hermosa reflexión de Juan Farías que tiene bastante que ver con lo que he
tratado de decir aquí. Él llegó a afirmar: “para mí, la literatura no es saber
quién dejó escrito:
Olvidado de
las máscaras que he sido,
seré en la
muerte mi total olvido.
Para mí, la literatura es saber por qué lo escribió,
qué sentía y, sobre todo, qué me hace sentir a mí”.[xii] De manera que la
literatura lleva consigo escondrijos que resulta imperioso develar, y para
hacerlo es preciso adelantar una labor detectivesca. Hurgar en la palabra,
escarbar en frases, párrafos, ideas. Descubrir uno o muchos universos
incrustados en el que nos conforma y suponemos único e inamovible. Ésa es, es
gran medida, la tarea del lector y por supuesto la tarea del crítico, que en el
fondo es un lector sui generis, entrenado,
mordido por la pasión, por las ganas de lanzarse de cabeza en la literatura y
nadar en ella, compartir lo que encuentra, hacerlo con más o menos estilo pero
siempre, absolutamente siempre, embrujado sin remedio. El crítico, el que yo
imagino y quisiera emular hasta donde fuese posible tiene en cuenta lo
anterior. Lo que halla para sí lo halla asimismo, al expresarlo en sus
trabajos, para otros. Gilgamesh, nos sigue diciendo Farías, “seguirá pasándole
sus sueños al Capitán de las Estrellas mientras un chico y una chica, cogidos
de la mano paseando por la playa, al nacer el día recuperan sin darse cuenta
los suspiros de Petrarca”.[xiii] La literatura, pues,
guarda en sí una forma de entender el mundo y es además una forma de estar en él.
Nos obliga a detenernos para pensar la vida, para escudriñar esto que somos.
Los críticos que más aprecio lo saben de sobra.
La moral, la
ética, el carácter ígneo de la literatura no están desvinculados de la crítica
que nos aproxima a ellos, echando su particular mirada a los abismos del texto
que nos quema las manos. El quehacer humano reverbera en toda ella, de modo que
es documento fehaciente y testimonio fabuloso del sedimento compartido por
todos los hombres: nada menos que mitos, esperanzas, tragedias, incertidumbres,
grandezas o abyecciones que terminan por configurarnos.
Las
ficciones literarias están ahí para decirnos algo, al punto de que descifrarlas
exige una labor por completo creativa
-sí, creativa- que nos pone
frente al espejo para contemplarnos de diversos modos. El crítico literario,
hay que repetirlo una vez más, no alienta un acto de onanismo. Adelanta, y qué
bueno que así sea, una tarea rebosante de otras cosas.
Notas:
Notas:
[i] Para profundizar en esta
idea, Cfr.: Ceserani, Remo.(2004). Introducción
a los estudios literarios. Barcelona: Crítica.
[ii]
Jakobson, Roman y Morris Halle.(1969). Fundamentos
del lenguaje Madrid: Ciencia Nueva. Pág. 42.
[iii]
Op.cit. pág. 4.
[iv] Una elaborada
descripción, así como una discusión muy enriquecedora sobre las ideas de
Jakobson, pueden hallarse en: 1. Culler, Jonathan.(2000). Breve introducción a la teoría literaria. Barcelona: Crítica y en
2. Eagleton, Terry.(1988). Una introducción
a la teoría literaria. México: F.C.E.
[v]
Echo mano aquí al título del espléndido trabajo de Umbeto Eco cuya lectura
permite ahondar en las complejas relaciones autor-lector. Cfr.: Eco,
Umberto.(1965). Obra abierta.
Barcelona: Seix Barral.
[vi] Para profundizar más a
propósito de la estética de la recepción, Cfr.: Eagleton, Terry.(1988). Una introducción a la teoría literaria.
México: F.C.E.
[vii]
Culler, Jonathan.(2000). Breve introducción
a la teoría literaria. Barcelona: Crítica. Pág. 148.
[viii] Para una aproximación
acerca de las ideas y trabajos de Dilthey, Cfr.: Ferrater Mora, José.(2004). Diccionario de Filosofía. Barcelona:
Ariel. Tomo I.
[ix]
Halliday, Michael.(1994). El lenguaje
como semiótica social. Bogotá: F.C.E. Pág. 42.
[x]
Montaldo, Graciela.(2001). Teoría crítica,
teoría cultural. Caracas: Equinoccio. Págs. 119-120.
[xi] Alonso, Fernando.(2002).
“El más grande de los tesoros”. En: Hablemos
de leer. Salamanca: Anaya. Pág. 25.
[xii]
Farías, Juan.(2002). “En voz alta”. En: Hablemos
de leer. Salamanca: Anaya. Pág. 70.
[xiii]
Op.cit. pág. 72.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
Alonso, Fernando.(2002).”El más grande de los
tesoros”. En: Hablemos de leer.
Salamanca: Anaya.
Caserani, Remo.(2004). Introducción a los estudios literarios. Barcelona: Crítica.
Culler, Jonathan.(2000). Breve introducción a la teoría literaria. Barcelona: Crítica.
Eagleton, Terry.(1988). Una introducción a la teoría literaria. México: F.C.E.
Eco, Umberto.(1965). Obra abierta. Barcelona: Seix Barral.
Farías, Juan.(2002). “En voz alta”. En: Hablemos de leer. Salamanca: Anaya.
Ferrater Mora, José.(2004). Diccionario de Filosofía. Barcelona: Ariel.
Halliday, Michael.(1994). El lenguaje como semiótica social. Bogotá: F.C.E.
Jakobson, Roman y Morris Halle.(1969). Fundamentos del lenguaje. Madrid:
Ciencia Nueva.
Montaldo, Graciela.(2001). Teoría crítica, teoría cultural. Caracas: Equinoccio.
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