6/23/2010

La vida detenida

Hay lugares donde el tiempo fue a parar a las alcantarillas. En ellos la existencia se parece mucho a un plasma, a un ostracismo, a una incertidumbre colgada de un hilillo casi a punto de partirse en dos. Cada vez que piso un aeropuerto la sensación de espacio diferente me aplasta la nariz. Ni modo, el teatro que es el mundo se hace más teatro aún, y el espectador que todos llevamos dentro cobra vida nuevamente. Ahí, en el aire seco de las alegrías por las llegadas o las tristezas de las despedidas, nos transformamos en estatuas griegas, en hieráticos veedores. A través de un libro, una revista, un almuerzo o las vitrinas congeladas de las tiendas acabamos por darle un manotazo a los relojes.
En los aeropuertos, fíjese qué curiosidad, la vida se parece a un limbo donde pasado y futuro son una misma cosa. El presente se muere en ese instante. Vamos, venimos, caminamos, y el mundo encapsulado abarca la justa medida de nuestro corazón que palpita al mismo ritmo de un adiós, de una bienvenida, de un viaje acaso mil veces esperado. En esas zonas raras que son los aeropuertos se erige la más grande pompa de jabón, la extraordinaria presencia de un alto en pleno marasmo de los quehaceres cotidianos.
Cada punto de fuga que es la terminal aérea, donde convergen tantos seres que se cruzan en millones de líneas nada más que para de inmediato irse otra vez a sus vidas, es decir, a la vuelta del tiempo y de sus existencias entregadas como amantes a un ambiente de pareja, familiar o de trabajo, digo, en esos sitios llenos de esperanzas porque los minuteros arranquen de nuevo su cuenta regresiva, cabe la gelatinosa presencia de la negación, del no lugar, del quiebre en el transcurso de una rutina establecida que muy pronto debe restaurarse. Ahí, en esa gota que se salió del océano, la vida no se parece a la vida.
Exacto. La vida detenida que en los aeropuertos va de bruces comienza a desperezarse en pleno abrazo gracias al encuentro, a la llegada, o quizás en un arrobamiento nostálgico ante esa persona que se ha ido. Comienza, qué sé yo, justo en el momento del hola y del adiós.

La chica del Mac

Conocí a una chica en McDonald’s y quedé mudo. Fue hace poco. Entré, pedí ensalada y hamburguesa con tocineta, entonces todo comenzó muy rápido. Desde la mesa observé que tendría veinte o a lo sumo veintidós. Joven, sí, guapa por todos los costados, con el cabello recogido y una gorra encima que la hacía ver como deportista prestada al oficio de las papas fritas.
Tres clientes le hablaban, soltaban frases a quemarropa, y por cómo reaccionaba ella pensé en tres hijos de puta. Que un hombre corteje a una mujer, vale. Que lo haga como se cultiva un jardín, con tacto, con ternura, con la frente en alto y con respeto. Va que chuta. Pero éstos daban la impresión de ser pasto del alcohol entremezclado con sadismo puro y duro. Tres joyas de la corona puestos un fin de semana ahí, frente a una chica hermosa e indefensa, para babear la barra y a ella misma.
La joven era un capullo, claro, abatido por vientos que supo capear de inmejorable forma. A estas alturas, defender doncellas porque un trío de bestias abusen de su condición de machos no es que me quite el sueño ni nada que se le parezca. Pero podría jurar que un minuto más y nos reventamos los cojones todos. Mucha gente piensa que somos humanos y ya. Que semejante cualidad basta para otorgarnos certificado de suficiencia. Que cualquier vida, justamente por humana, es asimismo sagrada. Y yo respondo que se vayan al carajo, que una vida humana esforzándose en perjudicarlo todo es menos sacra y goza de menos respeto que muchos perros de la calle. A éstos, la mayoría de las veces les sobra dignidad, van a trancas y barrancas por el mundo, con la vida a cuestas y con el lomo ulcerado, haciendo de las suyas para engullirse un bocado de alimento y llevando su osamenta con la verticalidad del caso. Tengo un asunto personal con estos individuos. Los machos del barrio me producen náuseas, y al verlos en el Mac haciendo lo que hacían deseé que corriera sangre. La de ellos.
Se creen listos, los más listos de la clase. Y suponen que Dios les cuelga del escroto. Esta gentuza se ha dado a la tarea de convencerse de que la inmortalidad los roza, y con ella la superioridad por encima de cualquiera. Pensé en una Colt, en una Magnum, pum pum, y llévense a éstos a abonar rosales. La vida humana, que es frágil, que es un pétalo o un soplo, y saberlo hace que nos tiemblen hasta las pestañas, exige más que una barra, una caja registradora y una chica acosada por coyotes. La vida es frágil, y bastaría un mínimo descalabro, apenas una tuerca mal puesta, un tornillo fuera de su sitio, un virus que entra y nos atrapa o un borracho al volante que nos lleve por el medio, para darle vuelta al mejor de los presagios, ese que suponemos nos ampara, y mandarnos para siempre a freír espárragos en el infierno. Estos tres salidos de la noche relajada ni siquiera se dan cuenta de lo que puede ser la vida, claro, esa que se empeñan en desperdiciar, o la muerte.
La chica del Mac hizo lo suyo y salió adelante. Plantó cara, fue mujer y fue hombre, resistió, toda una artista de la esgrima, una maga del capote. Le pregunté su nombre, Clara, eso me dijo. Cuatro cosas, mascullaron cuatro cosas y por fin se fueron. Sentí algo de vergüenza, debí romperme la crisma intentando rompérselas a ellos, pensé. Le pedí el favor de aceptar un helado. Cuando iba a negarse levanté mi dedo índice y, llevándolo a los labios, en una especie de susurro aclaré que pagaría uno de vainilla, ya sabes, Clara, para que lo tomes cuando por fin te toque irte. Entonces me largué. Afuera aquellos tres bebían de la misma botella.

6/13/2010

Hojas sueltas

1
Los hechos, piensan unos, son como las aves; vuelan sin decir a dónde. Yo pienso que son como la lluvia; la anuncia un cielo gris.
2
Poema en el agua, como si fuera pez.
Luego el fondo
respirar otras realidades
saltar cuando menos lo esperen.
3
A veces la soledad es una musa que te atrapa,
una especie de sirena en la isla de tu vida
que muestra su encanto y todo lo demás.
4
Me asomo a tu sexo y observo la ciudad dormida.
Despierto tranquilo,
el silencio resopla la última bocanada de la noche
y muerto de risa me señala con el dedo.
5
Esa noche, esa Luna mirándome de reojo,
como cíclope noctámbulo que me cubre con su rostro negro y estrellado.
6
Entrar en una gota de agua y caer desde un techo de zinc.
Entonces mirar un punto allá abajo, medirlo con la precisión más cruel y saltar con todo el cuerpo
sintiendo el vacío
el vértigo
hasta estrellarme y ver cómo salpico de mí mismo.
7
Rompo la silueta llena de otras cosas:
de atardeceres, por ejemplo, a la luz de la luciérnaga que se desploma consumida por el fuego.
Entonces me dibujo mejor,
soy pescador, arrecife, pez azul.
Trazo la línea con los dientes para disfrutar la tibieza de la espuma. Trastoco los cimientos de mis sueños para encontrarme en la cima de ese monte.
Por eso doy tumbos,
me emborracho de estrellas y cometas,
lanzo mis huesos al mar.
8
Lo cierto es que estos poros
cansados de levantar sudores
no saben un coño de enciclopedias
diccionarios
páginas amarillas
luces de neón
o luciérnagas que se roban la noche como soles en medio de la plaza.
Yo sé de una tierra que echa polvo a su paso por las botas
y una boca lanzafuego en medio de las balas.
9
Colgar el teléfono
desconectar la nevera
encerrarse en el mundo
y comenzar a vivir,
entre tantos,
como una botella vieja.
10
Tranquilo
como ciertas hojas seguras de la ruta
de la perfecta sincronía del zig-zag
del suavísimo final de suelo.
11
Y viene la poesía con ese traje de flores rojas.
Para que lo sepa: final feliz, hora de llovizna, de pareja, de abrigos y paraguas, de manos apretadas, de Cortázar a la luz de mi lámpara, de la palabra lumbre.
El pase ansiado de saliva y caricias y te quiero y no me olvides, que soy joven, que tengo la vida por delante, que pez azul, estrellas, luceros, corazones.
12
Voy a lanzarme al combate, al rescate de tus piernas y tus pasos,
pero déjate de historias de pueblo y de calles húmedas de sal de lágrimas, porque yo aquí, en esta esquina, cuento tres y llevo dos.
13
Con la cara de la Luna voy a proponer un juego
con tu rostro y tus brazos
para dar de comer a la imaginación.
Y seré hombre de cielo ancho
y azul
que se trague tu luz y tu cáscara
que te diga "mi amor"
y que de soledad nunca te permita morir.
14
Mi gato gusta hablar de literatura
y lleva un libro deshojado bajo el brazo
y con el rabo marca el compás de las palabras.
A veces mi gato hace el café
y sentado en su cojín, desde lo más íntimo de un ronroneo,
piensa poemas que luego esconde no se sabe dónde.
Mi gato juega al gato y al ratón
y en ocasiones se detiene pensativo
y se rasca los bigotes.
Yo me siento detrás del árbol grande
que da sombras,
entonces saco mis juguetes
para escribir garabatos en la tierra
hasta que aparezcan los luceros.
15
El amante se sacude las manos
y siempre
seguro del día
continúa su caminar hasta la esquina de la plaza.
Lejos ya
del trópico de carne
se empapa en sudor por los amores sembrados como cruces.
Entonces viene
bailando volando jugando
cargado de arcilla
y con cara de tortuga
porque sabe bien
que de amores y canciones
puede vivir para siempre.
16
Y yo me alegro por equivocarme muchas veces
escondido del pudor
del dedo índice
yo por fin me alegro de las naranjas frescas
y de las muchachas llenas de rocío
como lechugas.
Sería tan aburrido
quién sabe
ese manojo de papeles
de hojas apretujadas con un clips
que yo tajantamente me quedo
del lado de los hombres con retazos de carbón sobre sus caras.
17
Pasear por el tejado
retorcerme
virar en círculo
y desplomarme hacia la nada que abraza mi cuerpo.
Entonces comenzar a ronronear
con un movimiento leve de la cola
madurando
sintiendo cómo me hago viejo.
Y ahora sí
hacerme hombre otra vez
hasta encontrar con mis ojos (ahora verdes)
el brillo absoluto de los tuyos.
18
Je, je
un hombre desnudo mira la Luna y se ríe
Je, je
una mujer se guarda el sol entre los senos.
19
Un titiritero de mi pueblo
bebedor de cerveza
de grandes carcajadas
me dijo que la poesía
era una hembra caderuda de enorme cabellera.
20
Licor y música arrebatan sensaciones que el lápiz transcribe a medias
como por joder
haciéndose tu cómplice.

4/29/2010

La tragedia del Facebook

Así, con todas sus letras, soy un dinosaurio a la hora de surfear en el oleaje de la tecnología. Si a ver vamos, apenas con la computadora he logrado cubrir el a, b, c de estos asuntos, más a regañadientes que por cualquier otra razón. Todavía guardo la vieja Olivetti en el fondo del escaparate, con sus teclas oxidadas, y de vez en cuando los ataques de nostalgia casi me hacen rescatarla del desuso y de las telarañas.
En estos días un amigo llegó con sus cuentos. Después de cuatro cervezas nos dio por hablar de tiempos en los que, cuales García Márquez, éramos felices e indocumentados. Recordé a Rafael, a Laura, a María Luisa, aquella flaca de senos como rascacielos y caderas incendiarias. Recordé los días universitarios, esa época abrazada al día a día, al Carpe Diem horaciano, justo cuando el horizonte tiene el tamaño exacto de los diecisiete años. Entonces habló del Facebook. Me invitó al Facebook. El tipo hilvanó bien, lo hizo en el momento preciso y en el lugar adecuado. Uno, que prefiere escuchar radio con el radio, ver televisión con el televisor, y usar como agenda esos cuadernos que venden en las papelerías, razón por la que termina dándole la espalda a cuanto celular ofrece estos servicios todo en uno, digo, yo que soy el estegosaurio rey en plena era digital, acabé rindiéndome ante la memoria, ante el hecho facilón de revivir los lustros idos, y respondí que sí.
A la mañana siguiente gozaba del Face en mi computadora. Aprendí a usarlo emocionado, puse fotos, los primos, los colegas de la universidad, uno que otro tío, todos confirmamos otra vez nuestra amistad gracias al milagro de los chips. Mi esposa no daba crédito a lo que tenía enfrente.
Entonces el color rosado se fue haciendo más opaco. Rafael no apareció, Laura de ninguna manera se atravesó en mis búsquedas. María Luisa, la flaca de antaño, lucía en la pantalla con treinta y dos kilos de más, cuatro hijos y un esposo, y yo a estas alturas naufragaba en el océano de la incertidumbre y la tristeza. Es que todo tiempo pasado fue mejor.
Cierta mañana recibí el saludo de aquel degenerado que me quitó una novia, y de otro que terminó siendo un vulgar estafador. Del Facebook, tan ardorosamente presente en la cotidianidad del hoy por hoy, la verdad es que prefería estar bien lejos, porque un dinosaurio es un dinosaurio, y lo demás es puro cuento. Ha sido una tragedia. Yo que pensaba en tanta gente hermosa, en tantos conocidos cuyos rostros había prácticamente olvidado por obra y gracia de los años y sus recovecos. Yo que con el corazón en la mano esperaba todos los días darme de frente con una atmósfera desaparecida, ida hace décadas, cargada de frescura por los cuatro costados, encontré el horror metido en mi computadora. No faltaba más. Gente que no quería ver ni en pintura, mujeres que me dejaron por otro, condenados que me serrucharon algún puesto, sirenas encantadoras transformadas ahora en todo lo contrario, a cada rato salían como conejos, no sé de dónde diablos, convidándome, llamándome, alegrándose porque después de tanto tiempo, ay, Roger, gracias a esta maravilla vuelvo a dar por fin contigo. Ni que estuviera loco.
Por fortuna soy un dinosaurio, eso está más que comprobado. Me quedo con el radio viejo y con mi celular del año de la pera. Y sin el Facebook. ¡Ah!, y sin el bendito Facebook.


4/22/2010

Rozando la epidermis

Tengo una camisa que se las trae. Las guerras de todos los días terminan por curtirlo a uno, y mi camisa azul soporta inclemencias, soles tropicales, lluvias sin fin aparente, cubriéndome como si nada.
Una camisa puede ser la compañera que envejece mientras tú pateas caminos y enfrentas dragones en las calles. Por eso hay camisas de camisas: indignas y desvergonzadas, o tercamente heroicas, como la mía, como la azul que a estas alturas es una segunda piel, una coraza a prueba de granadas y obuses de todos los pelajes.
La compré en una rebaja de octubre, lejos, y ahí estaba, azul como el Atlántico esperándome en el anaquel de aquella tienda. Fiel, mi camisa vieja hace que voltee al pasado, que me descubra en el presente, me hace recordar que somos hojarasca arrastrada por los vientos, pero también que existe la perseverancia, el empeño, la fragua de lo que se va siendo.
Cualquiera se la pone y ya, sale a la calle, pasea con su chica, la arroja luego al cesto de la ropa sucia, mientras lo que ha llevado encima es una indumentaria. Y a veces se llega a más: esa indumentaria termina por ser la vida cotidiana, que ahoga y deja los pulmones y el alma hechos pedazos. La mayoría opta por meterse en una camisa de fuerza.
Toda camisa que se respete tiene un horizonte definido, ser una camisa de principio a fin y demostrarlo a tu lado codo a codo. La mía, desteñida como está, bañada en mil sudores, me guiña un ojo cada vez que va conmigo y vivo la aventura de liarme a trompadas con las circunstancias. Sabe de luchas, de lanzas, de cómo muerdo el polvo sin contemplaciones muchas más veces de las que desearía. Por eso la decencia la acompaña y sé que al fin, cuando la desabotono porque ya he perdido o he ganado y entonces me voy a las duchas, sólo me mira de reojo y parece decir nada, compañero, menudos cojones los de este día que se acabó.
Ya no se encuentran camisas como ésta. Puedo verlas en la vía, en los cafés y en los pasillos, como en procesión sin gracia de algodones, linos, retazos cubriendo cuerpos que solamente llevan un adorno. Mi camisa, por fortuna, es una diferente: conoce su lugar en esta vida, y es todo menos una prenda bonita, fresca o llamativa. Es todo, cualquier cosa menos eso.

4/21/2010

Antonio y las chicas guapas

Cuando lo conocí y pregunté su nombre, respondió sonriente: Antonio José Rojas, “Anthony Joseph Red”, para servirle. Cuida carros frente al Café Jazz, en Puerto Ordaz, y siempre guarda, según dice, el mejor humor para los amigos. Al verme sentado ante la taza y el libro que suelo hojear mientras miro pasar la vida, Antonio abre un paréntesis en su trabajo y se acerca. Por lo general pide que le invite a tomar algo. Yo lo hago con gusto.
Al cabo de los años se ha hecho mi amigo. No las ha tenido todas de su parte porque la vida, ciertos hijos de puta y él mismo se las arreglaron para hacerle bastante corto el horizonte. Fue casi un alcohólico, entró de cabeza al agujero negro que puede ser la noche en una ciudad que si te descuidas te tritura, y vivió y casi murió en su ley, la del más fuerte, la del sálvese quien pueda, la del que patea huevos antes de que lo aplasten primero.
He conocido a pocos como Antonio, sobre todo cuando se habla de coraje, de entereza, de autenticidad, de capacidad para caerse a trompadas con el mundo, llevar las de perder, terminar entre los últimos, y luego ver la luz, salir a flote, resucitar prácticamente. El otro día le dije, justo al sentarse frente a mí y empezar a hojear el libro que traía, y después de aceptarme el café negro, cargado, lleno de adrenalina y de emociones, digo, el otro día le solté en plena cara que me enorgullecía que alguien como él me considerase amigo.
Antonio José Rojas, es decir, “Anthony Joseph Red, para servirle”, sonrió. Entonces habló de sus memorias, de sus anhelos, de su pueblo que está lejos, de esta ciudad con poca alma donde habitan más miserables por milímetro cuadrado que en ningún otro lugar del mundo. Jovial, alegre, confiesa que en este café y cabalgando en bólidos de todas las raleas, las mujeres más guapas jamás le devuelven el saludo. “Ni la mitad de uno”, asegura con sorna.
Mi buen amigo es uno de los individuos más inteligentes que he llegado a conocer. Mezcla de neuronas y cojones, le ha arrancado a dentelladas buena cantidad de tajos a la vida. “Si digo guapas”, afirma a quemarropa, “digo guapas de verdad”. Las mira, las sigue con la vista, y cuando a veces la belleza abusa porque alguna dama se robó toda la hermosura para sí, deja colar un suspiro, una especie de exhalación entre lamento, nostalgia o deseo.
Me gusta su amistad porque nos une entre otras cosas el afán por construir lo que deseamos con las tripas, con las uñas, aunque él las encontrara siempre mucho más difíciles. Haciendo las sumas y las restas, de entre todas sus broncas el resultado ha sido la victoria. Por eso espera la respuesta, el día, que llegará pronto y de eso jura estar seguro, en que la chica guapa que aguarda desde hace tanto lo mire, se detenga un instante, le devuelva el saludo y le entregue el corazón. “Eso lo celebraremos”, cuenta en voz bajísima, “como de costumbre en esta mesa y con un whisky, amigo mío, esa vez con un buen vaso de whisky”.

4/16/2010

La gramática y el coco

Algunos de mis estudiantes llegan a clases con la idea de que la gramática no sirve para nada. Sienten en lo más profundo de su fuero interno que tratar con ella es tiempo perdido. Además, confiesan que es difícil, aburrida, y que de un plumazo, si tuvieran el poder de hacerlo, sin que les temblara el pulso la desaparecerían de todo régimen de estudios; más aún, la borrarían de la faz de la Tierra. El Coco gramatical anda suelto y haciendo de las suyas. En lo que a mí respecta, suelo echarles el cuento de que si no fuese por su culpa me las vería negras para expresar desde estados de ánimo hasta órdenes, quejas o la más pura y simple frasecilla de amor. Eso de que la gramática carezca de importancia y ande por ahí arreglándoselas para complicarle la existencia a cualquiera, suena cuando menos bastante apresurado. El problema, creo, consiste en que lleva su tiempo vislumbrar conexiones entre ella y la vida misma. Suponer, como la mayoría, que la gramática se divorcia de lo que nos rodea es como aceptar sin ton ni son que las actividades humanas permanecen rígidas, inmóviles, sin interacción alguna, clavadas en compartimentos estancos. No faltaba más. Por mucho que hago el esfuerzo no logro imaginar periódicos, libros, una receta de cocina o un cotorreo en una esquina, sin la presencia vivita y coleando de esa soberana “aridez” que, a falta de mejor nombre, dieron en llamar gramática. ¿Cuál es la herramienta, tipo martillo o serrucho, de la que disponemos para concebir intelectualmente el mundo?, ¿de qué otra cosa podríamos echar mano si no del lenguaje para decir y decirnos?. No en balde Octavio Paz publicó un libro sabiamente titulado: "El mono gramático". O sea, que de primates podemos tener mucho, pero al final nadie nos quita lo bailao, lo cual implica que si de nuestros primos peludos se trata, pues nada, una serie de chasquidos lingüísticos, perfectamente estructurados y únicos, nos mantienen muy a raya. Vea usted por dónde van los tiros. Aclaro: más que vincularse o no con el mundo, la gramática casi es el mundo mismo, asunto menos complicado de aceptar una vez que nos percatamos de que sin ella no somos, de que “sin ella”, como dicen los boleros, no valdríamos más allá de nuestras pobres concreciones, de nuestra humilde condición de trasquilados bípedos. En fin, bien podemos darle con ganas a la lengua, bien podemos sostener, mire pues, una conversa de lo más sabrosa, de lo más humana. Sí, en esto la gramática parece el objeto de un bolero, esas canciones de arrebato que curan o hunden para siempre. Termina por fortuna salvándonos, tiende el puente entre posibles universos, unos oscuros, subterráneos y llenos de telarañas, otros luminosos, apolíneos, redimidos. Las fronteras entre ella y eso que han nombrado “vida real”, insisto, cargan cuando menos bastante neblina a cuestas, un denso claroscuro digno más bien de una pintura del gran Rembrandt. Mientras muchos hacen el intento de desaparecerla, mientras un conglomerado busca esperanzado las maneras de enviarla al infierno si es posible, en lo personal la tengo a buen recaudo. Nada más que por si acaso.

4/13/2010

La chica de Ámsterdam

Cuando bajé del avión me pareció que el tiempo se había detenido. Casi no sentí las horas transcurridas entre Caracas y Ámsterdam, lo cual supuso una alegría adicional: aparte del hecho simple y llano que implicaba estar ya en mi destino, mis energías sobrepasaban las expectativas. Mientras descendía por las escalerillas comencé a imaginar, o mejor dicho, empecé a maquinar mi plan perfecto, la razón fundamental que me había llevado hasta la tierra de los tulipanes.
El clima era el mejor, con ese toque frío que toda la vida he añorado desde estos calorones, típico de tardes primaverales. Seguí con la chaqueta que unos días antes había comprado en una tienda de Upata, y añadí una bufanda con motivos del oso Yogui que el primo Raúl me obsequió cuando supo de mi viaje. Tomé un taxi. Como pude me hice entender: quería ir a la casa de Erick, el amigo ucraniano que no veía desde los días universitarios, quien vivía en este país gracias a una beca de estudios doctorales y, luego, a cierta osadía académica que lo llevó a optar por una cátedra en la universidad y que le arrojó dividendos muy interesantes: alojarse para siempre en el país de sus sueños.
Después de instalarme, darme una ducha y comer como Dios manda, tomé otro taxi. El Barrio Rojo, pequeño espacio que desde hacía mucho había llamado mi atención, estaba ahora al alcance de la mano. El chofer me dejó en pleno corazón de ese lugar hecho a la medida de un golpe de adrenalina. Aquel barrio significaba nada menos que la posibilidad de oír, ver, respirar y sentir el erotismo en plena calle, a la luz del día, martes, viernes o domingo; la transacción de feromonas, el entramado de fluidos que el sexo expone en el vaivén de cuerpos, miembros y lujuria. Pagué, me bajé, para luego pensar que había llegado a mi isla de la felicidad. Estaba en territorio prohibido. Me daba de bruces con mi sueño dorado.
En situaciones como ésta, vagar es una delicia. El placer de no hacer nada, de sólo contemplar, equivale a tenerlo todo. Entré a un bar que llamó mi atención por su fachada claroscura en la que una inmensa mujer de espaldas, con las piernas abiertas, hacía las veces de puerta principal. Pedí whisky y observé. A mi alrededor pululaban parejas de amantes, maricones a granel, putas elegantes, chicas a medio vestir.
Continué el paseo. Una mujer de pelo largo, sobretodo beige y mirada lasciva casi me embrujó. Era una reina en plena calle, una especie de diosa encarnada en alguien común y corriente. A través de su ropaje grueso se perfilaban los senos, se delineaba la cintura, te asaltaban sus caderas. Se fue, pasó de largo, pero había dejado una huella, sentí su presencia como un coñazo en la nariz. “Esas son las mujeres que valen la pena”, mascullé. Y continué mi camino al azar.
Entre abastos de productos afrodisíacos, sexshops de todos los pelajes y bares nudistas para ambos sexos me atrajeron las vitrinas decoradas con chicas ofreciendo sus encantos. Mujeres que, posando como Dios las trajo al mundo, escribían el precio en un cartón rosado. Nada de artificios, nada de trampas, nada de engaños viles: aquí estoy yo, allá estás tú, y en el medio la cifra del acercamiento, el orgasmo prometido.
Una morena brillaba con luz propia. Me acerqué, hablamos, era de Barquisimeto. Le di la vuelta al mundo para comprobar lo que siempre se ha dicho, que las de aquí no tienen competencia, que en cuanto a feminidad y otros encantos como las de aquí no existen otras. Lo comprobé a diez mil kilómetros de estos parajes. María Alejandra Zambrano, que así se llamaba aquella chica, era la ecuación perfecta.

4/06/2010

Amar en París

Existen lugares que te atrapan, ámbitos prefigurados para el encuentro. De entre los muchos cafés que esta ciudad ofrece, hubo uno que valió como mesa familiar, como espacio de contemplación, geografía perfecta a la hora de leerse un periódico en medio de otras gentes y destinos, buena o fatalmente entrecruzados.
Apenas a tres cuadras de la rue Legendre, adonde estuve en una habitación alquilada por dos meses, “Terrase 17” cumplió su parte del ritual: terminó siendo punto de fuga al que iba a parar después de la jornada.
Entonces el café, o la cerveza, el libro entre las manos, el tabaco que no falta nunca. Y en la otra mesa un joven alto, ni de treinta años. Llega el otro, algo mayor, un abrazo, un afecto compartido. Pienso en Venezuela. Uno se la pasa con el país entre las vísceras y como especie de Zavalita en estos días, se pregunta en qué momento se jodió la patria.
Apuro un sorbo y aquellos dos se toman de las manos, resplandece la sinceridad, son transparentes en ese milímetro cuadrado que es un café parisino a las once de la noche. La emoción les explota en pleno rostro, en el cuerpo a cuerpo cuya primera fase transcurre ante tus ojos. Se miran, sonríen, comparten una copa como quien se bebe en ella todos los pedazos del mundo. Estos tipos confiesan a todos que amar es un verbo y se acabó.
Uno de los dos, el más pícaro seguramente, expresa en el brillo de los ojos una alegría como pocas veces puede verse cuando sales a la calle. Más allá del dedo índice y por encima del imbécil que los escruta con sorna, sus miradas se contienen entre sí, una dentro de la otra, como peces juguetones o como batracios que se sacan las lenguas y no se cansan de jugar. Hablan sin palabras, se comunican en su particular idioma a punta de adrenalina y códigos secretos.
Paso la vista al libro de Manuel Vincent que me acompaña en esas horas, disfruto la prosa como avalancha desprendida de un reloj de arena, llevo el tabaco a la boca y doy algunas bocanadas, alzo otra vez los ojos: dos seres humanos permanecen ahí, se dicen amar con París al fondo y a sus pies. En un café la vida pasa, pero no termina. Aquí el lunes es jueves y el jueves es domingo, y asimismo cada quien lleva el fardo del tiempo que puso unos instantes sobre la silla de al lado, para otra vez echárselo a la espalda y atravesar la rue de Batignoles.
Termina la copa. Terminan la botella. Las miradas continúan mirándose, en silencio, casi en agonía, mientras quizás un juez, un transeúnte de lo más normal, siente ganas de partirles la cara, o el culo, y ordenar la calle y el planeta, que miren lo estropeado que anda.
Entonces cojo mi abrigo y pago. Me doy cuenta de que hay gente auténtica, de que estos dos se las traen, de que todavía es posible hallar cojones. Sigo mi camino atado a mi tabaco.


1/02/2010

Para fumadores

Fumar, afirma alguien sumergido hasta la coronilla en el gran vicio, “ése sí que es un placer”. En tales honduras me ha dado por meterme, ante lo cual añado lo innegable: un tabaco luego del café llega de perlas, justo a la hora en que asoma sus colmillos la modorra postalmuerzo, especie de aura catatónica que se presenta así, como una liviandad inocua, para de a poco arremeter con el peso de una roca en cada párpado. Viéndolo bien, fumar tiene sus uñas calando de lo más hondo. Después de la cópula amorosa muchos sostienen que el cigarrillo es un auténtico broche dorado. No faltaba más, pasar del jolgorio y del jadeo, de la carne hecha explosión a la quietud más absoluta entre bocanada y bocanada, tiene su cuota de sentido, aun cuando semejante escena a estas alturas sea cliché, rutina cinematográfica, marca hollywoodense usada y registrada hasta que se diga lo contrario. Fumar, si a ver vamos, goza de salud envidiable gracias a la resistencia heroica de los fumadores, asunto que a mí, para nada dado a escuchar razones que otros más desocupados y un tanto entrometidos lanzan a los cuatro vientos (siempre con la linda intención de convencer al prójimo, digo, convencerlo de que llevarse un pitillo a los labios es cosa mala, mala, mala) me encanta y me llena de renovadas esperanzas en el ser humano, pues nada peor que andarse por ahí anhelando que otro cambie mientras que quien ardorosamente lo desea resulta la inmutabilidad en pasta. Qué va. Yo vislumbro la cuestión desde otros ángulos. Y es que la nobleza del fumar trasciende al vago que se echa día y noche en brazos de la Polar y de la Belmont. Fíjese que no muy lejos (de la nobleza, aclaro) anda la pipa de la paz, especie bastante alentadora sobre todo por lo que representa en el preciso instante de firmar cualquier fin de cualquier guerra. Fumarla, más temprano que tarde, es el horizonte que pretende definirse, la salvación que todos ansían, el humo pacificador que nadie osaría no respirar. “Fumar es un placer, sensual...” dice la letra de un tango. Nada más y nada menos: de los arrabales al Olimpo, de los mismísimos antros a la garganta de un Gardel. Bogart, el mítico Bogart, sabía de estas cosillas, y ahí queda para siempre su imagen a fuerza de talento, pero también de cigarrillos ladeados que serán lo que usted quiera menos un accesorio como otro. Por supuesto que fumar no es cualquier cosa, y por tamaña verdad, en vez de la muy desabrida “se ha determinado que el fumar es nocivo para la salud. Ley de impuestos sobre cigarrillos”, debería ocupar su lugar un verdadero anuncio, nada restrictivo y por completo alentador, algo así como el subrepticio mensaje que traería aparejados trozos de felicidad, de cielo en las entrañas de la Tierra: “se ha determinado que fumar tiene su lado bueno, mire usted cuánto de humano recogido en una cajetilla”. Porque, la verdad sea dicha, entre lo humano y lo divino se pasea este noble vicio. No en balde un personaje novelesco, de cuyo nombre no me acuerdo ahora por más que le exija a la memoria, sentenció con meridiana lógica lo que era digno de esperarse, es decir, “al cabo de unos días culminó Dios la creación. Vio que lo creado era bueno. Entonces encendió un cigarro”. ¿Quién podría dudarlo?. En el Don Juan de Moliere, la escena número uno del acto primero inicia con el parlamento de Sganarelle, quien lleva una tabaquera en la mano y suelta como si nada lo siguiente: “Digan lo que quieran Aristóteles y toda la filosofía, no hay cosa alguna que iguale al tabaco; en él cifran su pasión las personas bien nacidas, y quien sin tabaco vive no merecería siquiera vivir”. Menudo golpe sobre la mesa. Suscribo esa idea, claro está, porque me quedo con el humo a mediodía, con Moliere y con Sganarelle, con el personaje novelesco de lógica sabia y cortante, y con el señor Bogart. Me quedo, por supuesto, con la pipa de la paz y con las bocanadas que suceden a todo encuentro amoroso que se respete. Y me quedo, también, con “Un cigarrito y un café”, clásico gaitero que sonó a millón alguna vez por estos lares. Con todos ellos me quedo.

7/03/2009

La vida agarra sound track


En las mañanas mi carro es el lugar perfecto para que la radio ejerza su influencia, cumpla su misión. La música y los programas de entrevistas suben al podio. Conversando, César Miguel Rondón y Kiko Bautista dan en el blanco: de cierto modo ella juega con el tiempo, revive el pasado, trae a nosotros el futuro.
Si uno se pone a ver, cada quien tiene su historia musical. Hay gente cuyos días pasan a ritmo de conga o de merengue, aceptarían la rúbrica de Juan Luis Guerra, de Fernandito Villalona. Viven a pleno sol, deambulan al compás de Santo Domingo o San Pedro de Macorís. El poder de la música evidencia el toma y dame que producen sus entrañas: implica que los humanos vuelcan sobre melodías recuerdos, añoranzas, decepciones.
Tengo un amigo que es el vivo retrato de una ópera de Verdi. Otro idéntico a la Novena de Beethoven y otro que desde el desayuno, hasta la hora de dormir, surfea minutos sintiéndose una versión actual de Frank Sinatra en My Way, es decir, apoteósico y desenfrenado, con ganas de llevarse el mundo por delante. Un mínimo esfuerzo serviría para arrancar el velo musical que nos cubre. Hace falta abrir los ojos, claro, pero sobre todo escuchar con atención.
En este país la mayoría es vivaldiana. La mitad de Venezuela es barroca, y la otra también. Abundan los sonidos entramados, confundidos muchas veces, casi superpuestos. Eclécticos algunos, simplemente atiborrados de pianos, trompetas, cuerdas y metales buena parte de los que viven aquí, lo cierto es que el barroquismo se nos sale por los poros, en el buen sentido y en el muy malo también. Se me ocurre que éste es el único lugar del mundo donde Schubert o Bach hubiesen compartido escena con Tito Puente. Cornos y timbales, salsa y scherzos como pareja abrazadita mientras al fondo suena un bolero: Felipe Pirela, Armando Manzanero, Héctor Lavoe cantándole a unos ojos verdes.
Mi hija, que tiene cinco años, va como si nada de Lazy Town a Arroz con leche, de Poncho Sánchez a Toquihno, de Hola don Pepito a los Conciertos de Brandenburgo. Tengo la convicción de que así somos por aquí, vaya usted a saber cómo y por qué, y eso es bueno, entre otras razones debido a que ese reflejo musical, pongo por ejemplo, es fiel imagen de nuestro sentido de la tolerancia.
Como una máquina del tiempo, la música sirve para sacarle la lengua al pasado, o al futuro. Para burlarse del reloj y su cárcel a la que nos tiene acostumbrados. Llegamos hasta ellos por un click, cruzamos la frontera del off para llegar al on y ahí está el mundo a los pies de Chico Buarque o de Santana, y en ese mismo instante la adrenalina, la memoria, la nostalgia haciendo de las suyas.
La vida agarra sound track mientras afuera llueve y en el carro el tiempo se desmenuza, cae a pedazos, se acuesta boca arriba para fumarse un cigarrillo.

12/11/2008

El encanto de la a

Para Daniel

Quizás por eso la primera letra del abecedario se da la mano con los orígenes. Ella empalma con la niñez, con el inicio de la vida, con esos tiempos donde el espacio borroso de lo que apenas comienza nos marca y se abre como una flor. A es la letra que siempre, sin excusas, sin ausencias por ningún motivo, está presente en las portadas de todas las cartillas infantiles. Por algo será.
Es la A quien también se ubica en primer lugar, cómo no, haciendo lo suyo en la canción que mil y una veces navegaba de boca en boca cuando se escuchaba el timbre que nos invitaba a recreo. “A, e, i, o, u, el burro sabe más que tú”. Alta y espigada, como empinándose para medir el horizonte que la niñez tiene enfrente, la A termina por colarse y aparecer ahí, única, primera de la fila. O minúscula e informal, ahora la a, en su circularidad y su baja estatura, guarda todo el parecido del mundo con una pelota, mundo en sí misma, pozo de sueños donde cabe un niño africano, pemón, sueco o taiwanés.
Recuerdo a la a metida de cabeza en un termómetro. La a dando brazadas en la cucharada del medicamento para la tos. La a en boca del doctor, quien finalmente, con su cara regordeta y asomando los ojos por encima de los lentes que colgaban en la punta de una nariz muy alargada, pedía decir aaaaaa. Era de lo más incómodo ese alargamiento forzado, con olores que mudaban como si nada del alcohol al yodo, de esta medicina a esta otra, una especie de pronunciamiento contra los males venidos y por haber, contra el dolor de garganta o de muelas, contra el asma o la fiebre o la parotiditis. Aaaaaaaaa era eso, nada más que eso, un estiramiento mágico, pero a la vez fantasmagórico. Aaaaaaa olía por completo a consultorio.
En ese umbral que se va haciendo más nítido entre la infancia y la adolescencia la a se transforma en un caleidoscopio, sus significaciones se matizan como nunca, cobra otras fisionomías a fuerza de años: una a ya no es la misma a. Metáfora lingüística del universo, supone la prueba letrada en la que el mismo Horacio ve confirmada su sentencia. La a por fin descubre la verdad de cuanto vamos siendo: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. La a, como la vida, es una y es otra, es una y es muchas, y a veces es una y es ninguna.
Esta letra se las trae. Me cae bien desde pequeño, es una grafía con historia, con personalidad -fíjese que esa palabrita, historia, no en balde la usa como cerrojo, como broche de oro-. La a ha sido testigo del acontecer, ha estado presente en la paz y en la guerra, en lo mediocre y en lo extraordinario. Empezando por la idea de amor, mire cómo la a despunta y lo inaugura. A-mor, vid-a, org-a-smo, m-a-cho, hembr-a, a-rte, la a, qué duda puede caber a estas alturas, guarda en su memoria lo que hemos sido y lo que somos.
De la a dice el diccionario: “Primera letra del abecedario y primera de las vocales./Denota el complemento de acción del verbo./Indica dirección, término, situación, intervalo de lugar o de tiempo.” Qué referencia tan simplona, qué definición tan asfixiante. Como para salir espantado. Esta letra es un mundo, claro, ancha, profunda, cambiante. ¿Qué sería de todos sin ella?

10/07/2008

La mudez de la h

(Para Yerianni y Valentina, Nicolás y Jean Claude, Laurita, Diego, Fernando y Ricardo. Para Sofía, Camila y el pequeño Daniel)

Hay gente que no habla, que nunca lo ha hecho. Existen personajillos incapaces de decir esta boca es mía. Muchos se quedan sin voz cuando más les urge gritar. Y otros echan mano del mutismo como mecanismo para mirarle el rostro a los dioses, para lograr con él ese estado místico previo a la comunión divina.
Lo anterior es parte de la vida, o así me parecía. Por ejemplo, cuando observaba en la niñez a dos señores parloteando gracias a la lengua de señas, nada, era una forma extraña de decir las cosas, pero qué importaba. Ahora bien, lo que me costó entender, lo que jamás logré arrancar de mi asombro fue que la hache fuera muda.
¿Cómo iba a ser? ¿Qué entuerto fascinante arrojaba semejante afirmación? Una vez le pregunté a la maestra si las letras conversaban. Llegué aquella mañana con el morral a cuestas disparando a quemarropa:
-Maestra, ¿la efe puede hablar con la doblevé?
Aún recuerdo su reacción, su sonrisita, su cortés invitación a formar, a estarme quieto, a apurarme para cantar el himno. Lo canté, y mientras lo hacía imaginaba un romance entre la corpulenta be mayúscula y la mínima ere, y me preguntaba cómo haría la í de María si se enamoraba de aquella lejana eme. Qué trucos inventaría la a para besar a la espigada ele en un universo como Claudia, y así. Pensaba en el caos, analizaba variables, sacaba conclusiones. La mudez de la hache era un misterio que esa misma noche me produjo fiebre. Llegué a soñar con ella: la hache, pobrecita, sentada en el último pupitre, perdida en su mutismo mientras a su alrededor danzaban letras parlanchinas. Soñé con la palabra alcohol, que yacía inmensa, azulada, en su frasco sobre el cajón de los primeros auxilios. Vi en sueños a Honduras, de cuya existencia supe por la clase de Sociales. Apareció hamaca y, años después, la majestuosa Alhambra.
La escuela sirvió poco para iluminar estos enredos. Un profesor de Castellano respondió alguna vez que era muda porque le habían comido la lengua los ratones, y en ese mismo instante el tipo me pareció despreciable, el colmo de la estupidez hecha persona. Que la hache fuese muda era muy triste, y también injusto, claro, ¿por qué ella sí y las demás no? Surgió entonces una pregunta filosófica, comenzó a aflorar el sentimiento descorazonador de que las cosas pueden ser precarias, de que la relatividad es una presencia común en la vida cotidiana.
Cierta vez, en cuarto grado, me dio por escribir helementhal en un examen, y camihón y habuelita y chondhucto haudhithivho hextherno. Si la hache era muda, total, serviría para jugar. Me rasparon la prueba, me regañaron en la escuela, llamaron a mis padres con la urgencia que el caso ameritaba. Llegué a pensar que querían enmudecerme. Imaginé a mi pobre amiga, supuse cuál sería su historia. Entendí su silencio, comprendí al dedillo por qué se estaba como si nada ante la algarabía que la rodeaba en una palabrita tan dinámica como alharaca. En esa fiesta sí que no había piñatas para ella.
Sonreí. Sentí el alivio de un peso menos sobre los hombros. Había descubierto algo nuevo: el lenguaje también tenía su lógica, la escuela era un lugar contradictorio, la hache era la letra más divertida del abecedario.
Aquella noche dormí como un lirón.

8/29/2008

Mi baño y yo

Ir al baño es un rito indispensable. Más allá de lavarse los dientes o las manos, por encima del aseo en cualquiera de sus manifestaciones, el baño es la catedral del regocijo, un espacio aparte donde todo se dispone para la quietud, para los ratos de silencio cuando únicamente es preciso acabar con la rutina, con el bullicioso ir y venir de la cotidianidad.
Sentados, cómodamente sentados en el altar de los dioses, el baño se transforma en un espacio paralelo. Es el rincón sagrado de mi casa, punto sobre el que converge todo el hieratismo de quien va en busca de la Piedra Filosofal, y esperanza de los que persiguen ciertas soluciones luego de ablandarlas a fuerza de cálculo puro y duro, de montañas de neuronas.
En el baño de mi casa he arreglado el mundo. Nada menos. Ahí hallé las mil y una formas de despachar dolores de cabeza. Le salí al paso a trabas de múltiples pelajes. El baño de mi casa es un Olimpo situado a un lado de la sala en el que vaya usted a saber cómo y por qué, todo invita al recogimiento filosófico, al encuentro con la verdad, a la superación de los males, es decir, a la felicidad monda y lironda.
Tengo un amigo que juega al ajedrez para espantar sobresaltos, y otro al que le da por sudar la gota gorda corriendo en las mañanas con el noble fin de despejar la mente, oxigenarse, dar en el clavo a la hora de alejar entuertos. Qué va, nada mejor que ir al baño. Claro, los hay atorrantes, bizarros por donde los veas, como los de carretera o los de ciertos restaurantes, que si te metes en ellos mueres asfixiado o septisémico. Pero el mío es el Oráculo de Delfos en pleno siglo XXI. No existe templo para el pensamiento, para el funcionamiento de la materia gris, más efectivo que esas cuatro paredes a manera de nave central, cuyo altar uso a diario para la limpieza del cuerpo y del espíritu. Un lavamanos, una ducha y la poceta, ¡ah, la poceta! Qué no hubieran arrojado al mundo, aparte de sus cargas intestinales, San Angustín o San Anselmo, Sócrates, Platón o Aristóteles.
Yo, entre el batiburrillo de todos los días y ese rincón para echarse a placer que con toda razón reclamamos porque de otro modo iríamos directo al manicomio, escogí hace años la Capilla Sixtina que es el bueno de mi baño. Ahí me abro a la comprensión y la contemplación, al pensamiento, a la soledad y a la razón, a la duda y al método para vencerla.
Entre National Geographic y algunos cómics -a mis quince Playboy yacía oculta debajo del bidé-, abriéndose paso junto al papel tualé y una cestita con flores que mi esposa ubicó encima del tanque, unos ejemplares esperan con resignación su turno para ser abiertos, acaso leídos, hojeados cuando menos mientras se vacían las tripas y aparece “in crescendo” la atmósfera perfecta para entender la vida y sus misterios, y por supuesto disfrutarla.
Mi baño es la filosofía hecha hogar, nicho, ámbito sagrado, sitio de peregrinaje. Un universo paralelo al trajinado, tan pedestre, que va siendo el resto de la casa. Ahí cabe la felicidad a sus anchas.

4/26/2008

El dinosaurio

A mi amigo Alirio Pérez Lo Presti

Dice mi esposa que soy un dinosaurio. No es para menos. Prefiero un sin fin de cosas que hace tiempo cayeron en desuso, gracias, entre otras razones, al peñasco imponente de una modernidad que te devora con sus fauces.
Las cosas viejas me atraen, qué se le va a hacer. El cuarto de los trastos, una montaña de periódicos amarillentos, la entrañable Remington que fue desplazada por la computadora. Dice mi mujer que soy un caso perdido, el vivo retrato, en plena época de chips y superconductores, de una especie muerta, enterrada, a Dios gracias ya extinta.
Tengo un amigo escritor que dos veces por semana, cuando viene a casa a visitarnos, luce unas manchas blanquecinas en las manos, muestra con orgullo los dedos impregnados del corrector líquido que buen favor le hace al momento de quitar entuertos en sus textos, de espantar duendes tipográficos. Es otro miembro del clan, uno más de los poquísimos que quedan, otro dinosaurio en pleno siglo veintiuno.
Cada vez que doy mis clases, en las ocasiones de una charla cualquiera, al momento de una reunión para hablar de lo humano o lo divino, de algo interesante o fastidioso, de lo universal o simplemente de eso que te llama la atención, por minúsculo que sea, cada vez, digo, medio mundo lanza la pregunta, ofrece el Vellocino, restriega en plena cara la Piedra Filosofal de la academia moderna: “profesor, ¿va a querer el video beam?” Mi respuesta, que invariablemente es negativa, resulta un escupitajo. Una conferencia, entonces, no es una conferencia, así como escribir no es escribir sin la pantalla o cocinar no es cocinar porque se echó a perder el microondas. Yo soy un dinosaurio, qué le voy a hacer, y esa mala leche empalma con la buena conciencia. A veces tengo la impresión de que antiguaya semejante es una pieza de museo magnífica, foco de interés para estudiosos de todos los pelajes y demás cultores de la avanzada tecnológica, ante la cual, dicho sea de paso, no es que tenga nada en contra.
Diego Rojas Ajmad, colega de la universidad que es un espadachín de la pantalla líquida, del universo electrónico y de la realidad virtual, el otro día vio de reojo mi celular LG, modelo fósil, tan bueno que repica bajo el agua pero carbonífero por todos los costados, y recomendó ipso facto que me cuidara de un tétanos. Otro amigo, Álvaro Molina, aderezó la idea con aditamentos de lo más impublicables. Y así. Pedro Suárez se frota las manos y disfruta cada letra antes de colgarme su sentencia: premoderno.
Qué se le va a hacer, vuelvo y repito. De los peroles viejos, de entre un sin fin de artefactos que fueron vapuleados por el vértigo del progreso queda el olorcito a naftalina, el cutis aporreado, pero también cierto entrañable sabor a vino centenario, a roble milenario, a ecos de otros tiempos.
De un indiscutible dinosaurio puede esperase cualquier cosa. Incluso la peor. Prefiero una hoja de papel a una computarizada, con su carga de árboles talados y demás. Un tarantín de libros viejos es un tarantín de libros viejos, con alergias de por medio, aunque la asepsia de otras librerías, en el mejor de los emplazamientos, te haga cosquillas en la espalda, cruce las piernas insinuándose y termines bajo un mismo techo y unas mismas sábanas.
En fin, que mi esposa tiene toda la razón del mundo. Los dinosaurios existen, no vaya usted a creer, y hay que observarlos, pobrecitos, y llevarles la contraria y mantenerlos a raya, no vaya a ser que acaben un mal día con ciertos celulares de avanzada, videos beam de última generación o libros ecológicos sin una mota de polvo, gordos de silicio y llenos de teclitas por doquier.
He dicho.

3/01/2008

Cultura en cápsulas

Entro a la librería y al cabo de husmear por un rato se planta frente a mis narices un ejemplar que me llama la atención.
En este mundo la velocidad es un valor. Los segundos cuelgan apurados del reloj, compiten por desmigajarse, aplastándonos sin mínima piedad. El tiempo es un monstruo amenazante: por una parte huimos de él y por otra intentamos doblegarlo.
Ahí, feliz en su anaquel yacía “1000 preguntas de cultura general con sus respuestas”. Lo tomé, lo hojeé un poco, y noté entonces el gancho que era su razón de vida, un cúmulo de datos a manera de respuestas frente a interrogantes de cualquier ralea.
La velocidad es un valor, sin duda. Casi un símbolo sagrado, pero resulta que a estas alturas ya va siendo supersónica. Importa menos el aprendizaje sudoroso: es imperativo el dato a flor de piel, la respuesta galopante en la punta de la lengua, amasada y digerida. Nuestra realidad es una realidad prefabricada, asunto ubicado tras bastidores en eso de lograr cierta cultura acorde con los días presentes, de cartón, encapsulada, pero, dirán algunos beneficiarios inocentes, cultura al fin.
Un libro para construir gente sabihonda de la noche a la mañana. Menuda pendejada. Aquello de la gimnasia entremezclada con la magnesia aparece donde menos se lo espera uno, y para remate usufructuando el verdadero y único conocimiento, ése producto de lecturas detenidas, sosegadas, de reflexión constante, de digestión de ideas que a la vuelta de los años llegan a decantar en algo más o menos compatible con la sabiduría.
Alguna vez, en un café destartalado de Upata, Pedro Suárez y quien esto escribe presenciamos el vómito de datos pintorescos e información impresionante que un hombre, algo pasado de tragos, arrojara a voz en cuello luego de proclamarse filósofo a los cuatro vientos. Su histrionismo me trajo el recuerdo de Funes, memorioso personaje que inventó Jorge Luis Borges, porque el individuo era nada más que una máquina repetidora, alguien que en apariencia desconocía el olvido, un Funes upatense indigestado con la información que a velocidad astronómica echaba afuera mientras empinaba el codo.
Supongo que este libro, con sus preguntas y respuestas, hace las veces de fármaco a favor de la cultura, por lo que se empeña lanza en ristre contra la ignorancia. Sólo que el conocimiento empaquetado, cuadriculado, listo para servir como amalgama urgente, como aspirina intelectual, digo yo que dura poco. Justo lo que el vértigo en los días que corren. Justo eso.

2/07/2008

Un carnaval para el mundo


De entre las fascinaciones humanas el cuerpo ocupa los primeros puestos. Es sabido que lo desconocido, la misteriosa sensación de encontrarse al borde de experiencias límite, siempre llama la atención, seduce de manera impresionante, quizás porque la adrenalina marcha codo a codo con nuestros anhelos. Pero el cuerpo humano, albergue de pasiones, cuna de placeres y elemento productor de feromonas, no negará usted que es, y con cuánta razón, la Tierra de Gracia, el verdadero Paraíso por el que algunos, menos afortunados, sucumben, y otros terminan por elevarse, aún más allá de la carne.
Los carnavales de Río dan fe de lo anterior. El culto al desenfreno que los antiguos, tanto como los modernos, han vivido a tope, tiene en la catarsis el hilo conductor donde el jadeo, el sudor, la risa, el baile o unos muslos que se yerguen como dos columnas son el non plus ultra de un hacer erótico cuyo destino no es más que el cuerpo mismo.
Dicen los que saben que todo acontecimiento con ropajes de erotismo exige una fórmula maravillosa: desvestirse hasta cierto punto, insinuar más que mostrar. Una carroza en Río es una vitrina, perfecta pasarela que guarda el taconeo de mujeres border line, justo en la frontera donde un latido de más implica ataque fulminante al corazón. Cuando el éxtasis llega a cotas de arte, entonces irrumpen la gracia, las curvas, la piernas de infarto como deletreadas a lo Henry Miller. Una mulata en Río se transforma en oráculo, y otro, y otro, y otro va cayendo presa de sus profecías, aunque no se pronuncie una palabra.
De Copacabana al sambódromo dista la medida justa que separa a un trago de más y uno de menos. La mínima variante entre esos dos cielos se equipara con la pérdida total o la ganancia máxima, finalmente -ésta última- no otra cosa que el placer a punto, el placer carnal, el placer humano en su estricta animalidad. De placeres, pues, está hecho todo carnaval que se respete, y el de Río, diga usted si no, guarda el oleaje perfecto para todo surfista del hedonismo.
Como contraparte de la luminosidad apolínea, el Rey Baco viene por sus fueros. En cada uno de nosotros habita un doctor Jeckyll jactancioso de su verticalidad, pero con mister Hyde pisándole los talones, es decir, deshojándole la margarita a quienes prefieren la asepsia de un quirófano y las fiestas con karaokes, pulcras tarjetas de invitación, bajo techo y vigilados. Los carnavales de Río ponen una venda al ojo escrutador que nos ausculta desde lo más profundo de nuestro inconsciente, para bien o para mal, y de ahí los vidrios rotos al amanecer, de ahí la entrega por completo o la autolimitación y el equilibrio -nunca falta un aguafiestas, qué se le va a hacer-. En fin, que en la noche profunda de Dionisos usted verá lo que hace. Cada quien con su estricto cada cual.
Río es locura, colorido, misterios ancestrales, brillo que encandila a la medianoche a fuerza de samba, decibeles y bilis en la punta de la lengua, justo cuando llega a amanecer. Horror y fiesta en un abrazo que termina cuando el sol se pone enfrente, al calor de la resaca, de las emociones y de los cuerpos fundidos.

1/08/2008

Inteligencia


El mundo está lleno de gente inteligente, no me cabe duda. Pero si a ver vamos, puestos a considerar las opiniones de muchos al respecto, el adjetivo lleno se quedaría corto: repleto, saturado, casi a reventar sería la forma de aludir el asunto. Cualquier encuesta lo demostraría. Sólo basta con pedirle a cada quien su opinión sobre la trama cerebral que porta, y Einstein se reproducirá como conejo.
Sucede sin embargo que en cuestiones de neuronas pasa como cuando leen la lista de los presentes en cualquier actividad. Están todos los que son pero no son todos los que están. A los inteligentes, que son muchos (ya lo he reconocido arriba), se les encuentra en el sitio equivocado, y sitios equivocados aparecen, se multiplican, crecen día a día como la espuma.
En Venezuela, por ejemplo, hay más de estos lugares por kilómetro cuadrado que en cualquier otra región del mundo. No es que el alcalde tal del municipio cual sea un tarado inútil, un bueno para nada o un inepto sin posibilidad alguna de recuperación, nada de eso, la cosa amerita un tratamiento distinto, obedece a un trasfondo de lo más complejo, pues el tipo es en verdad brillante, sólo que se peló en los menesteres.
Pasa lo mismo con un gentío inmenso. La señora que habla y habla de política económica únicamente para que se rían de ella, o esos individuos autosuficientes que juran ser el non plus ultra de lo máximo, la tapa para cualquier frasco. O también aquellos que, parados frente a los espejos, sacando pecho suponen ser la encarnación de Bogart entremezclado con Max Planck, y ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, como sostuvo aquel filósofo metido a adeco, muestra más que suficiente de que no ando demasiado equivocado.
Inteligentes somos todos, decía mi abuelita cada vez que yo me rascaba la cabeza en el fallido intento de despejar x y sustituirla por y, o cuando no daba pie con bola a la hora de buscarle el objeto directo a ciertos elementos gramaticales que por nada del mundo llegaba a comprender, aunque quisiera. Tenía que buscar mi sitio, volvía ella y decía, nada más era cosa de encontrar mi lugar, repetía con cariño hasta el cansancio.
Después de mucho reflexionar llegué a la conclusión de que tenía razón. Es que un mecánico de aviones que sirve para ser mecánico de aviones no debería andarse canturreando boleros en un estudio de televisión, pongo por caso. Y a un papanatas (que los hay, no vaya usted a creer) genio entre los papanatas, tampoco es que le iría muy bien metiéndose a dentista, digo yo. Todas las mañanas, después de comprar el periódico y comenzar a leerlo acompañado de un cachito de jamón en el café de la esquina, compruebo lo que he dicho, si es que he podido decirlo. Desde la primera página brincan las tapas de los frascos, vuelan a placer Bogart y Max Planck, se pelean a dentelladas todos los pechos inflados y saltan a la vista los muchísimos lugares equivocados.
Ayer, sin ir muy lejos, la prensa informa sobre discusiones profundísimas para darle forma a un partido único oficialista. Imagínese usted, cierta cantidad de grupos políticos con trayectoria, cédula de identidad y huellas digitales, suicidándose en nombre de Planck. Pero hay más: échele un vistazo a las creencias del gobernador, buenas para combatir el hampa y dar más libertad a la libertad de expresión: suprimir páginas rojas en los diarios y controlar, cupulera y gobierneramente, a los medios de comunicación social. Un pecho inflado al más puro estilo Bogart, nada más y nada menos.
Pero el mundo está lleno de gente inteligente, el problema no es de neuronas, vuelvo y repito. Estos tipos se desempeñan a años luz del lugar que mejor les iría para hacer las cosas bien, y he ahí el punto focal de cuanto disparate se les sale por los poros. El mismo Presidente, que en cuestiones de intelecto compite con su rolliza humanidad, ha pasado por momentos grises, (no demasiados, claro, Dios no lo permita nunca). Pero de que los ha tenido pues los ha tenido, y entonces la ruta de la empanada, los cultivos hidropónicos, el parque en La Carlota, los fundos zamoranos, la ruta del chocolate, el trueque, los gallineros verticales, la década plateada, la década dorada, los cultivos organopónicos, las bicicletas chinas, el desarrollo endógeno y, en fin, eso que dio en llamar, a falta de mejor nombre, socialismo del siglo XXI.
Yo mismo, en vez de escribir, debería quizás andar en otras lides. En alguna de ellas brillaría, estoy seguro. Es que uno cae de bruces en el lugar equivocado y lo demás es un lío. Que lo digan los políticos.


12/17/2007

Un regalo en Navidad

Pensar que diciembre es tiempo de obsequios, de sonrisas, pero también, claro, de melancolías, de volver la vista atrás y darse cuenta de que el tiempo ha pasado, de que otros, tan entrañables como inolvidables, ya no nos dan la mano, ya no están entre nosotros.
Soy un hombre afortunado. Camila, que hace tres años vino a alumbrarme la vida, espera con asombro a su hermano quien, vaya usted a saber por cuáles enigmáticas razones, es el culpable de que la panza de su madre luzca hinchada, gigantesca, tan grande como el regalo de estos días: una pelota que golpea sin ningún remordimiento, todas las veces de este mundo, contra la pared aguamarina de su cuarto.
Diciembre, que es un mes para pensar en otras cosas, guarda hoy la fuerza de la emoción hecha espera, convertida en espacio justo para reflexionar a ritmo de taquicardia o de tromba marina, es decir, diciembre se me ha convertido, como quien no quiere el asunto, en época de filigrana, torneada a mano, sin rebuscamientos, sin costuras visibles, sólo dada a deglutir la certeza de que otra vez habrá un alumbramiento.
Mientras escribo imagino a Daniel leyendo estas líneas. No son nada del otro mundo, desde luego, ni mi idea es tomar rutas moralizadoras. Nada de eso. Cuando pienso en alguien de ocho meses con sus días, que luego cumplirá años, y después otros tantos, y así, y entonces tecleo para contar ciertas historias, menudas impresiones que deseo expresar a alguien -esas que me atraviesan cuerpo y alma-, pienso con el corazón, exactamente con la adrenalina de por medio: un chorro de latidos que, cosa de lo más extraña, produce una paz muy pocas veces vislumbrable.
Resulta curioso, pero me doy cuenta de que la paternidad es una experiencia con mucho de identidad única y nada de repetitivo. Se es padre una vez, y a la segunda vale decir que lo anterior, el hecho de que ya has sido papá, permanece en un ámbito particular, en el justo lugar de la memoria pero sin mayores conexiones con lo que tienes que vivir ahora. Ser padre es ser padre y punto, lo cual implica que una, dos, tres o más veces juegan cada una a robarse el universo para sí, es decir, exprimes los momentos, o ellos te exprimen a ti, como si no hubiera habido otros. Bendita sea esa realidad.
En Navidad se dan otros sabores, entre otras razones gracias o a pesar de la publicidad, de los televisores, del día a día lleno de vértigo, de un cuento como el de Charles Dickens, y en ésta, la espera rebasó ya los ocho meses. Un hijo en Navidad es un regalo extraordinario, razón que hace infinitamente más dulce, más inconmensurable, más cargada de lo bueno a unas fechas que en las remembranzas conservan hondos gestos familiares, algunas lágrimas furtivas y olorosos recuerdos de la infancia.
Decía arriba que imagino a Daniel leyendo estas palabras, y al hacerlo veo a un niño, y también a un hombre, que a su vez en una Navidad cualquiera espera un hijo. Es que uno se repite en ellos, uno tiende a ver el propio rostro en el océano de vida que conforman los retoños. Hasta que en un instante, en un fogonazo misterioso se encuentran las miradas y entonces te percatas de que él es él y tú eres tú. Ahí descubres el milagro de cuanto ha ocurrido.
Diciembre es tiempo de regalos, y también de perdones. Tiempo para el sosiego, si se puede, y tiempo para la familia. Cuando menos eso me quedó en la piel, más allá de los días en que caminaba de la mano de mi padre o de mi madre. La Navidad huele a pan, huele a vino, es una caja de colores, hay mucho de humano en este mes. Un hijo en Navidad resume todo esto, y aparte de una bendición, es la mejor muestra de que la vida está ahí, hermosa y triunfante, como racimo de flores.

11/25/2007

Pues nada

Resulta que me pongo a pensar y no entiendo. Llevo días sin dormir bien, le doy vueltas al asunto y qué va, la confusión crece sin atenuantes.
Comencé a escribir esto a media noche, ya pasaron las tres y mire, poco qué decir. Y es que en Puerto Ordaz ocurre lo que ocurre en un psiquiátrico, en los manicomios y en otros lugarejos parecidos. Desde alcaldes o concejales, todos en el mismo saco de los buenos para nada, pasando por el que me reventó un vidrio del carro para llevarse las cuatro pendejadas que uno guarda en ellos, y hasta el insecto que me ve como si reclamara algo, la verdad es que no entiendo, me pongo a pensar y por Dios que nada entiendo.
Aquí medio mundo está jodido, pero medio mundo dice que las cosas se van a poner de lo mejor. A cada infeliz que interrogo casi se le saltan las lágrimas, pero de seguidas mira al cielo y jura que la va a pegar, y con pegarla quiere informarnos el pobre que va a tener una suerte del carajo, que va a ganarse un loto, a hallarse una novia con pasta o a salir de abajo porque en fin, este es un país bastante rico. Es que hay pendejos entre muy pendejos, verá usted.
Pero vayamos por partes, como diría Jack el Destripador y según ha escrito el buen Bryce Echenique. Me refería en el párrafo número dos a cierto insecto que me ve como si reclamara algo. A las tres y cuarenta y cinco antes meridiem un bicho asciende por la lámpara del escritorio y desde lo más alto, coronando una montaña y luego de clavar su banderita, octópodo o batracio o qué sé yo abre bien los ojos, levanta las antenas, tan largas como su cuerpo, y si las miradas mataran ya el arriba firmante sería cadáver escribiente.
Esos ojazos que son una esfera perfecta escudriñan cada movimiento, cada inspiración y exhalación. El bicho mueve las antenas pero el tórax y las extremidades guardan inmovilidad de piedra. Se fija en mi inquietud, se ha dado cuenta de mi intranquilidad. Muevo los dedos, tecleo, escribo e intento mantener la vista en la pantalla, asunto que por instantes logra que me olvide del intruso. Pero miro hacia la lámpara y ahí está, en su letargo inamovible, maquinando sobre mí, auscultando la atmósfera de insomnio que a estas alturas es una masa pastosa, gelatinosa, espesa.
Entre el tipo con fe inquebrantable, iluso como nadie, pasto de políticos a la hora de promesas y mi insomnio, media este demonio venido quién sabe de dónde. Lo cierto es que esas exageraciones incrustadas en el lugar de los ojos tienen mucho de máquina, guardan para sí la frialdad de quien observa y analiza, de quien mira y entiende. Y entiende, sí, porque no tengo la más mínima duda: el monstruo que ha conquistado las cimas de mi lámpara comprende lo que yo he pasado por alto. Alberga en sus entrañas la razón de mis desvelos, lo que al fin y al cabo nada importa, nada importa ya porque si a ver vamos, ¿qué puedes entresacar tú de provechoso a partir de un animal que es la respuesta a los enigmas pero del que únicamente vislumbras su cuerpo rocalloso?
Total, que esta ciudad patas arriba es sinónimo del vértigo que cuece a todos. Es también el caldo de cultivo en el que pululan pequeños individuos, seres de todas las calañas, repito, con preponderancia de políticos venidos a menos y otros que creen llegaron a ser más, salvo honrosas excepciones, que las hay. A todas éstas el monstrito parece sonreír. Mientras aporreo las letras observo de reojo y noto un movimiento en la comisura de sus labios (¿estas criaturas tienen labios?), y ya no me queda un ápice de duda, lo que en un principio fue tímida sonrisa ahora es carcajada a mandíbula batiente. Semejante esperpento se burla a sus anchas, goza con mis preocupaciones, disfruta viéndome hecho un guiñapo entre mis pensamientos.
Entonces pienso que es el colmo. Basta con la ciudad y su perreo, es suficiente la insalubridad a la que nos acostumbramos. Tenemos demasiado con la partida de inútiles en tantos cargos, sólo por mencionar un ejemplo, para que venga ahora este engendro, con su cara muy lavada, a rumiar sus soluciones, a guardárselas sólo para él, como si encima de imbécil fuera uno masoquista.
Hay que dormir. De repente me dan ganas de darle un manotazo, pero la mala conciencia no me dejaría en paz luego de semejante acto de barbarie. Hay otros que se merecen el mazazo, y redoblado, por lo que viéndolo bien este bicho sólo se atrevió a invadir mi territorio, a escupirme sus verdades, o a pensarlas, o a lo que sea a estas alturas de la noche. Gran cosota. Pues nada, que hay que dormir para aclarar las cosas. Ahora sí voy a roncar a pierna suelta.

10/03/2007

El resplandor y la memoria

Mi madre ha estado hurgando en cajas viejas, esos lugares adonde casi siempre van a parar las cosas que entrañan remembranzas. Sobre la mesa están algunas fotos. Las tomo y las observo, y entonces un pedazo de calle, cinco décadas atrás, cobra fisonomía.
El blanco y negro hace de las suyas: cuela un tiempo carcomido, lleno de telarañas. Veo en la foto a un grupo retratado, risueño, algunos apoyados de brazos y otros simplemente con la espalda recostada en las antiguas barandas que antaño rodeaban la plaza Bolívar.
Escribo sobre Upata. Su plaza, la de hoy, no se parece en nada a la que deja ver la escena comprimida en la fotografía. Un airecillo de pueblo, de calma sostenida, me alborota con suavidad un mechón de cabello. Alguno de quienes posan pareciera sospechar, por su mirada, que cincuenta años después otro, que soy yo, se detendría en ese momento, justo el instante de encerrar cierto pedazo de tiempo en este espacio de papel y luz. Fotografiar, qué duda cabe, va más allá de hacer un click. Gracias a ello la ciudad crea su particular historia, evidencia lo que fue y lo que va siendo, y lo que es mejor (o peor): lo que pudo haber sido y no fue.
Noto una ciudad ajena a ésta, aunque ya se sabe que sin aquello ésta sería poco menos que imposible. Veo hoy un cúmulo de calles, gente que va y viene con la velocidad a cuestas, con sus miserias y sus petitorios, con sus políticos y sus niños y sus abuelos. Esta foto sirve para el contraste, es una bisagra entre dos tiempos. Me da la impresión de que con ella el hombre inventó un vaso comunicante que trasciende la apariencia o las arrugas de más, porque nos transforma en el porvenir de la imagen que tenemos enfrente. Somos el porvenir de ese pasado que, como quizás intuía uno de los retratados, probablemente estaremos mucho después considerando, dándole vueltas, lo que en mi caso equivale a escrutar una plaza abarandada y con gente que me mira desde mil novecientos cincuenta y seis.
Hay quienes dan por sentado que las fotografías recogen el tiempo que se fue y lo inmovilizan. Yo presumo más o menos lo contrario, que en ellas gana la rueda a veces trituradora del tiempo, con afán de movimiento. Una foto muestra movimiento, no quietud, y por eso la Upata desgastada del presente (sí, desgastada. A este pueblo le falta labranza, orfebrería) es el resultado dinámico de esa verdad. El resplandor de cinco décadas se sostiene en mis manos, y ahí queda un retrato, unas caras, una plaza, unas barandas, para confirmarlo.
Me pregunto qué sería de aquella dama, del señor con camisa mangas largas y pantalón metido entre las botas. Qué sería de la mujer sonriente y del hombre que ve como si nada, como si supiera de mí y de mi tiempo dedicado también a examinarlos. Él posa y listo, muestra el mejor de sus gestos y hasta nos interroga. Él, quién quita, acaso pensará: ¿qué será de todo esto?, ¿qué será de ése que ahora mismo tiene a bien escudriñarnos allá en el dos mil siete?, ¿qué de esta calle y de esta plaza?. Una fotografía llama al movimiento, claro, y también al diálogo. Dejo la foto encima de la mesa, sigo pensando, llego a la conclusión de que ahí se asienta buena parte de lo que somos. Unas fotos tienen mucho de ADN, guardan la herencia de nuestras andanzas, encierran la línea que conduce hasta el presente, que sabemos también es pasado y es futuro. Son el resplandor y la memoria.

De lo mediocre como obra de arte

Tenía yo la buena costumbre de sintonizar la Emisora Cultural de Caracas, hasta que a unos genios les dio por trastocar el dial. Como este país sufre el síndrome del cangrejo, es decir, va para atrás a velocidades supersónicas, pues resulta que hoy por hoy tenemos una emisora más, y mucha calidad de menos.
En vez de Beethoven, usted se deleita con Darío Vivas. Si le daba por encender el aparato con el ojo puesto en la Primavera de Vivaldi, no señor, cháchara gobiernera en boca de Clemente Scotto.
Darle la patada nada menos que a una señal como la que se despacharon de una dentellada, resultó fácil y sin complicaciones. Le asestaron el puntapié y listo. Pocos alzaron la voz. La sustitución acabó siendo una grosería, un insulto cuyo tamaño prácticamente nadie percibió. Propaganda para el régimen, disparada a quemarropa, parece ser el horizonte que esta empresa (un horror que dieron en llamar "La voz de Guayana") al servicio del poder lleva encajada entre ceja y ceja, lo que en mala hora suena como si nada, como una más entre las voces desplegadas en ese corifeo mediático controlado por el Ejecutivo a lo largo y ancho de esta orilla del mundo llamada Venezuela, para mal de cualquier oído que se respete, desde el pabellón de la oreja, pasando por la cadena de huesecillos y culminando en las profundidades del oído interno.
Uno se pone a pensar en lo mucho que perdimos en este cambalache sin sentido, y qué va, devuélvame mis peroles, compadre. Si el asunto era crear otro apéndice comunicacional del gobierno, si la cosa iba por los caminos politiqueros de y en favor de una parcialidad política, como efectivamente ocurrió, hubiese bastado salir al aire respetando lo existente. Sin zarpazos, pues. Pero nanai, la Emisora Cultural de Caracas, excelente por donde se mire, pagó el precio de la andanada informativa de la revolución, ya se sabe, con silencio sepulcral yéndose con su música a otra parte. La política mediática del imperio ameritaba tamaña puesta en escena, claro, y esa puesta en escena llega al presente, véanlo sin mezquindades, con una programación la mar de equilibrada y en manos de una planta que representa a todos, absolutamente a todos y cada uno de los guayaneses. Exquisita maravilla.
¿Simón Díaz?, no, Iris Varela, camarada. ¿A night at Kimball`s east, de Poncho Sánchez?, tampoco, Nicolás Maduro y su combo, que suena más tropical. ¿Chick Corea o Al Di Meola?, olvídese del tango, que Gardel murió: Hugo Chávez en vivo, desde la Asamblea Nacional. ¿Políticos paralíticos, de Desorden Público?, ni de vaina, políticos en carrera, a paso de vencedores, por si acaso.
Hacer radio, para un gentío, supongo que equivale a chasquear los dedos y recoger los frutos. Armas cuatro parapetos, sueltas dos o tres ideas, te enredas con ellas cual pollo que masca chicle, y terminas inventando un gallinero vertical. Te exprimes los sesos, vuelves a hacer click con el medio y el pulgar, y levantas un fundo zamorano. Pides una taza de café, lanzas otras frases para apretujar en cinco horas, y le das forma a los cultivos hidropónicos. Y así.
Improvisar exige poco, pero cuesta un ojo de la cara. Nada ganó esta región con una nueva radio a las órdenes del líder, y lo que ha sido peor, con la desaparición de una señal que fue por muchos años ejemplo vivo de calidad y cultura puesta al alcance de un botón. Perdimos demasiado, tristemente. La mediocridad, que es una masa gelatinosa difícil de arrancar cuando se desparrama por pisos, techos y paredes, pulula por todos los costados, y es tan libre como peligrosa. La Emisora Cultural estaba ahí, para quien quisiera oírla. Ahora nos queda la antítesis de la imaginación, la otra cara de la creatividad, el lado oscuro de un proyecto a los pies de quien espera el estribillo: “ordene usted mi comandante”. Ésta es, después de todo, la radio que merecemos. Una obra de arte, pero con las patas para arriba. ¿Qué se hizo para evitarlo?.

10/01/2007

Un conejo y un sombrero

Por cantidad de razones América Latina es caldo de cultivo para el populismo. En regiones inestables, con exiguos niveles de operatividad institucional y atravesadas por el cáncer de la pobreza a sus anchas, calan bien ciertos chasquidos que con puntualidad inglesa se dejan escuchar todos los días. No en balde quien aprovecha las pasiones que la incontinencia verbal, a manera de espada vengadora, remueve en el corazón y en las entrañas de la gente, tiene asegurada su aparición en las encuestas. De ahí a una alcaldía, a la gobernación, a una curul o a la presidencia hay una distancia proporcional a la retórica desplegada, a la demagogia puesta en escena.
Existe un nombre clave en todo esto: populismo. La palabra “futuro”, en boca de populistas consagrados, equivale a la meta que se deja ver allá bien lejos. El término “pasado”, en contraposición, funciona de maravillas como chivo expiatorio a la hora de repartir culpas y de explicar por qué andan mal las cosas. El presente, el aquí y ahora donde sólo cabe el estadista, hace las veces de limbo, de paréntesis que terminará sus días gracias a la revolución. Un paraíso de cartón llega entonces a velocidad pasmosa: así se entra, por la puerta grande y con alfombra roja, a la realidad que ve la luz en los los discursos y va a morir en el deseo.
Perón, Allende, Getulio Vargas, Menem, Bucaram, Chávez... todos muestran un rostro mortecino si abrimos bien los ojos. De sus neuronas, de sus afiebrados contoneos lingüísticos, del proselitismo a la enésima sólo quedan esparcidos los vidrios rotos de la ruina económica, de la inestabilidad social, de las divisiones de clase. Suponen, sin que nada ni nadie pueda hacerlos ver lo contrario, que de la miseria se escapa sólo redistribuyendo los ingresos, sin tomar en cuenta que el factor clave es el crecimiento, la producción de riqueza. Y es que resulta evidente: si ésta no se crea, mucho menos puede ser repartida. Verdad de Perogrullo.
Obvio, frente el fracaso de lo que guarda sentido sólo ante un puñado de sesos hirvientes, surge la cómoda idea de que las culpas de nuestros males hay que buscarlas más allá de nosotros. Ésta, por supuesto, supone una creencia que no soporta un escrutinio serio, pues si le pasamos revista a experiencias como la chilena, la española o la costarricense, para no ir más lejos, caemos en la cuenta de que con buenas ideas, con un proyecto consensuado de país, con gente preparada en los cargos adecuados y con dosis suficientes de creatividad y voluntad, es posible romper el mito de la dependencia que tanto daño ha producido. La globalización, aquí, jugaría papel fundamental: bien aprovechada, abrazando la modernidad, haciéndonos más competitivos, más productivos y eficientes, serviría como aliada extraordinaria.
Pero el populista, cuya mentalidad de brontosaurio tiene por guía una manera de concebir la realidad y el mundo ubicables en el siglo diecinueve, es en verdad fiel a sí mismo. Ante mil y un fracasos continúa pensando igual. Es, sin duda alguna, un reaccionario compulsivo: cambian los tiempos, cambian los hombres, y aún así su genética, su estructura de razonamiento y su conducta son incapaces de moverse un ápice, de evolucionar, lo cual trae remolcado el hecho lamentable, peligrosísimo por añadidura, de que se crean únicos, supervivientes, y en consecuencia mesiánicos, infalibles, depositarios de la verdad, la razón y la justicia. Menuda concepción.
En líneas generales, el populista latinoamericano termina por volcarse a artificios productores de ilusiones, siempre sobre la base de constructos retóricos. La lengua, para él, jamás podría ser eso que la gente llama “el castigo del cuerpo”. Todo lo contrario: ella labra mundos imposibles, es, ni más ni menos, una maquinita de arrojar pompas de jabón justo cuando la vida real ofrece un muro de concreto impenetrable. De este modo algunas palabras comodines vienen muy a cuento, engordan casi hasta reventar, para luego emitirse con intención explicativa, redentora de tragedias propias. La primera bien puede ser una abstracción beneficiosa hasta el cansancio: patria. De seguidas aparece toda una gama que funciona como fiel acompañante: traición, soberanía, imperio, CIA, apátrida o golpista.
Un populista es un mago, un individuo con talento para hacer algunos trucos y con extraordinarias dotes para el histrionismo, todo muy hermoso salvo que su radio de acción es un país y no un circo. Para obtener lo que ofrece, para lograr lo mínimo lograble según sus cuentos y maquinaciones, tiene que sacar, literalmente, un conejo de un sombrero. Nada menos.