5/30/2011

De cómo el disparate se esconde tranquilo a la vuelta de la esquina

Por las calles de la vida suele uno tropezarse con lo humano y lo divino. Eso que en líneas generales nos parece de lo más normal, de golpe y porrazo bien podría ser barrido por la andanada de algo, sin tapujos, ubicable en el mero ámbito de la locura. Me explico: cabalgamos nuestra geografía vital a lomo de razón y sinrazón, curiosa verdad que, a fuerza de estar sembrada en lo más profundo de lo cotidiano, se nos escapa a veces de las manos como jabón entre los dedos.
Exacto. En eso de andar todos los días viendo lo mismo y nada más que lo mismo, compartirá usted mi idea de que ha terminado por desencadenarse una consecuencia inevitable: la aceptación sin ton ni son de ciertas cosillas, rocambolescas, tristes, ridículas, hilarantes cosillas, lo cual nos lleva de la mano y sin remedio, creo yo, derechito hacia el abismo en cuyo fondo reposa el mundo ilógico de lo disparatado.
Me explico más: conocerá usted a esa gente que dice sí cuando quiere decir no. O a aquella otra que responde meneando la cabeza hacia los lados al mismo tiempo que se muere por una afirmación. Habrá tenido la oportunidad de, muy tranquilo y circunspecto, solicitar el teléfono de sultano y obtener como respuesta su número de cédula. Estoy seguro, igualmente, de que a estas alturas ya ha puesto su humanidad en Eleoriente, por ejemplo, con la muy sana e inútil intención de reclamar el cobro de facturas que no debe, o el corte del servicio que ya pagó, y demás típicas aberraciones, qué cabrones miren, sin que esto represente en absoluto novedad por la que alguien tenga que pegar su quijada contra el piso. ¿Se dio cuenta?, el carácter surrealista vive luminosamente entre nosotros. ¿Comprende ahora?, somos el saco y el gato, el chivo y el mecate, y muchísimas veces ni lo uno ni lo otro, aunque todo lo contrario.
Pues bien, en ese ambiente cargado de lo que es y no es y del que como he dicho ya casi media humanidad no se percata, basta hacer un esfuercito para hincarle el diente a la incongruencia redomada, al disparate acurrucado en su trinchera, siempre listo para regalarnos un coñazo en la nariz, el muy hijo de puta. Como muestra, nada más que anteayer un diario guayanés tituló como para joderse en el alma de cualquiera: “Piden a los rebeldes humanizar la guerra en Colombia”. ¿Alguna contradicción? A mí que perdonen estos genios del periodismo local, estos cojonudos de la información y áreas circunvecinas, ¿pero cómo será una guerra humanizada? La verdad es que entre absurdo y absurdo, el bosque de lo real maravilloso es el único que no desaparece en estos tiempos de mierdecillas y de plagas. Asimismo, los iluminados del mundo generosamente han aportado su correspondiente botoncito a la infinita galería de lo que no tiene sentido. Fidel Castro, luego de su rutilante paso por el fecundo manicomio de los totalitarismos, ofrece una pieza magistral en cuanto a torceduras semánticas, nada menos que una imposibilidad hecha lengua: “Socialismo de mercado”. Tiene huevos, la verdad sea dicha.
Los ejemplos pican y se extienden. El mismo Borges, interrogado por algún ingenuo acerca de lo que es un oxímoron, esas contraposiciones fulgurantes del significado
que, como la ocurrencia del argentino, hacen palidecer a un haikú cuando de martillazos en el pulgar se trata, respondió: “Inteligencia militar”. Nada menos. Y el señor Chávez, para no restarse protagonismo, se la pasa chasqueando lo del “Neoliberalismo salvaje”, por manifestar su desacuerdo con lo que Uslar Pietri (“El liberalismo es la flor de la civilización”) escupió a los cuatro vientos en su última entrevista publicada. Menudo dilema. Menuda lenguarada la del uniformado.
¿Tendrá razón el señor Chávez o más bien don Arturo? Si afinamos bien la puntería y echamos mano de una lupa, dése cuenta de otro oxímoron que, cual conejo, brinca de la nada a nuestros brazos: “Hugo Chávez-Uslar Pietri”. Vea pues cómo la abundancia nos inunda.
Para hacerle una jugarreta al disparate, para cazarlo en la esquina misma que le sirve de escondite, vale la pena hacer silencio, caminar sobre la punta de los pies y atraparlo de improviso. El último, el que está de moda, el que se enquistó por estos lares en una especie de locura colectiva, lleva la rúbrica pomposa de “revolución pacífica”. Aquí sí que se fundieron los cables.
No faltaba más. Del sentido al sinsentido, y viceversa, bandeamos de lo lindo como pelota en un billar. Qué coños... qué le vamos a hacer.

5/20/2011

Libros viejos

Hay una diferencia colosal entre la vida y una máquina. Me explico: ayer anduve deambulando por la red, sobre todo en los alrededores de un portal donde se ofrecen libros viejos. La verdad es que pude ver de todo, empezando por una enciclopedia a la que había perdido el rastro desde mis años infantiles, pasando por "Espejo roto", novela escrita por Mercé Rodoreda y de la que Rosa Montero ha hablado maravillas en un articulazo, hasta "Amantes y enemigos", libro de la mismísima Montero, que pareciera evitarme porque son tantas las veces que casi lo atrapo y tantas, pero tantas, las que termino con las manos vacías.
En fin, que eso de la internet está requetebién, en principio porque borra las fronteras, porque coloca las distancias a merced de un click, y luego por aquello de las épocas: uno vive en el siglo XXI y se acabó, o te le encaramas o te aplasta. Pero la verdad sea dicha, las teclas y los microchips terminan por crear ámbitos paralelos, algo así como una realidad abstracta que, a falta de mejor nombre, los entendidos llamaron “virtual”. No se equivocaron.
Aparte de lo meramente utilitario, una librería en la red tiene mucho de dos más dos son cuatro, de cálculo planchado e impecable, de inmaculada asepsia. El polvillo de las obras viejas no se te mete en la nariz, por la sencilla razón de que a la velocidad de la luz, que es a la que se mueven las computadoras, el tiempo es harina de costales diferentes. No hay polilla que moleste, ni páginas amarillentas donde siete u ocho décadas quepan en las palmas de las manos. Una librería de libros viejos es una librería de libros viejos, y eso basta. Lo que se levanta ante los ojos, sin embargo, es en la pantalla tan actual, moderno, colorido y bien trajeado que sólo luego, cuando el ejemplar atravesó medio mundo para llegar a tus dominios, confirmas lo que ya sabías: ante ti se desparrama la cascada de los años, ahora sí que te acaricia la piel de un reloj de arena pulverizado en palabras. El texto que buscabas, roto el hechizo de esa pompa de jabón con sello Microsoft, muestra sin pudores sus poros, sus pliegues, y lo ves en carne y huesos.
Cuando tengo la oportunidad entro sin pensarlo a una librería de éstas. Las hay en Caracas, en Mérida, en Barquisimeto, en Maracaibo. También hubo una en Puerto Ordaz. La vida real, que juega al gato y al ratón hasta los límites de la saciedad o del absurdo, que sin ningún miramiento explota aquí como una primavera, cuela entonces los olores, texturas, colores, sonidos, matices, certezas y dudas. He podido encontrar en ellas títulos raros o ejemplares agotados, cómo no, pero también otras historias que se adhieren como una segunda piel al libro que termino por llevarme entre los brazos. En una edición desvencijada de Becquer y sus “Rimas”, aprovechando a su manera el texto impreso más allá de lo habitual, un enamorado, por ejemplo, se entregó al diálogo amoroso con quien supongo fue destinataria de esa obra, vaya usted a saber por cuáles azares del destino elegida por mi olfato e intereses muchos años después: “Lástima que yo no haya hecho esos versos que siguen. Sin embargo, te los dedico ahora y siempre”. O: “Con todo el corazón te regalo esta rima; léela con detenimiento y ya sabrás por qué”.
En otras ocasiones basta una firma escondida entre las primeras hojas, como ésta muy tímida, hermosa y con trazo casi gótico, hallada en "Todos los fuegos el fuego", de Cortázar: Miguel A. Zaragüita. Caracas. 8/10/69. Basta, digo, porque uno se imagina de seguidas los recovecos de la vida, ciertos extraños laberintos atravesados en todos los caminos desde el preciso instante en que esa rúbrica fue tinta fresca y hasta que vino a parar, mire qué cosas, a un estante de mi biblioteca.
Hay una diferencia colosal entre la vida y una máquina, no cabe duda. Yo prefiero ensuciarme los dedos, prefiero el olor del papel acuchillado por los días al rostro maquillado que dejan entrever los libros viejos desde los escaparates de una librería virtual.
Cada quien con sus vainas, podrá usted argüir con propiedad. Y le doy toda la razón.

¿Tiene salida Venezuela?

En general, los latinoamericanos suponen que sus países lograrán desarrollarse o no gracias a la confluencia de circunstancias que les son ajenas. La explotación del Tercer Mundo por las naciones industrializadas, el capitalismo salvaje, la ausencia de “conciencia revolucionaria”, la presencia de multinacionales y una etcétera tan larga como equivocada, son algunas de las causas que, sustentadas en esa creencia siempre alimentada y fortalecida por demagogos de todos los pelajes, impiden iniciar la ruta que podría llevarnos a formar parte del selecto grupo de países civilizados, modernos, democráticos y libres.
Pudiéramos realizar un ejercicio de observación que no exige mayores esfuerzos, podríamos preguntarnos: ¿cuál es nuestra realidad como país?, ¿por qué nos africanizamos?, ¿por qué la miseria, la falta de oportunidades, de educación, de salud, de desarrollo, cayeron a niveles de vergüenza, cuestión a la que ha ayudado con denuedo la administración Chávez?, ¿por qué mueren dieciséis mil personas al año sólo en manos del hampa?. Interrogarse acerca de lo anterior es siempre necesario, y respuestas posibles cabe relacionarlas con la cultura predominante que en América Latina exhiben sus ciudadanos: aquí se vive en la ingenua convicción de que la sociedad y el Estado son mutuamente excluyentes, de que repartir la riqueza va a sacarnos del abismo (sin antes generarla, por supuesto), de que un país hoy en día puede respirar tranquilo sin volcarse con toda su imaginación y su energía a producir, a crear, a aprovechar sus ventajas y sus lados fuertes y a competir sin complejos a escala planetaria.
Latinoamérica fraguó un medio cultural reñido con el desarrollo. La falta de confianza en sus democracias es apenas un ejemplo de ello, lo que construye en gran medida el trampolín sobre el que una partida de pillos, populistas, salvadores y dueños de las llaves del Paraíso se disponen a subir como mecanismo expedito para acceder al poder. En países como los nuestros, ya sabemos, se elige a los gobernantes dándole un zarpazo a la razón; será la adrenalina quien se encargue de entronizar al milagroso de turno. Y así.
La idea de cultura incluye aquí instituciones y valores (como el hecho de que en la gente existan convicciones democráticas a toda prueba), asunto bastante alejado del imaginario colectivo en estas tierras. Ese es precisamente el lado resquebrajado de nuestra sociedad. Un Chávez, un Rangel
, un Acosta Carles como candidatos, son vivos ejemplos de la torcedura a la que me refiero.
Apoyar un proyecto como el chavista deja entrever la muy laxa tesitura democrática de tanta y tanta gente. Yo dudo de eso que muchos afirman por ahí, eso de que el venezolano es demócrata porque desde el cincuenta y ocho le inoculan, vaya usted a saber cómo y quién, tal condición. Pensar así es llamarse a engaño, con el agravante de que entre mentira y mentira, aparte de no ver la realidad que nos desguaza, vamos directo a propiciar escenarios que dábamos por superados. Los venezolanos tenemos el convencimiento, la “mirada” que Carlos Rangel llamó “tercermundista”, mezcolanza de ideas anacrónicas, refractarias al siglo XXI e incapaces de generar riqueza, avances tecnológicos, educación y mejores condiciones de vida. Todavía no se asimila lo que salta a la vista, o sea, que no hay modo de suplir el apego fiel al Estado de Derecho, al comercio mundial, a la economía de mercado, a la democracia contante y sonante, si en verdad pretendemos lograr prosperidad y desarrollo.
Los índices democráticos en Venezuela, según la fundación Konrad Adenauer, son los últimos en Latinoamérica. Esto quiere decir que la relación entre democracia formal y democracia real, esa que vivimos en el día a día como país, no se da de manera compatible, lo cual saca aún más filo a la espada que pende hoy por hoy sobre nuestras cabezas. Salir del foso exige trabajo, disciplina, liderazgo de vanguardia, sacrificios, imaginación, y requiere además la fragua de una forma distinta de concebir la política, la economía, la sociedad, la manera de crecer y abrirse al mundo, es decir, una realidad diferente a la que abrazamos como nicho cultural.
Por los vientos que soplan los cambios urgentes no se van a realizar. Ciertos países muy cercanos a nosotros como Chile o Costa Rica han encontrado el camino, han orientado sus pasos en la dirección de la modernidad y del avance como sociedades, al punto de que sus niveles de pobreza descendieron a ritmo impresionante. Venezuela insiste en el marasmo y la arqueología. Más miseria, más atraso, que es como decir menos futuro. Ahí andamos.

5/10/2011

Ganas de joder

Un amigo chavista, con buena conciencia, jura que el gobierno abre la trocha para llegar al cielo. Me invita a un café y en medio de la charla suelta como si nada, convencido hasta los tuétanos, la más espectacular de las creencias: tenemos derecho a la vivienda, a la educación, a la atención médica, a mil y una cosas nobles. “Lo dice la Constitución”, remata a quemarropa.
Una constitución es un texto por lo general preñado de cosas lindas, cargado de excelentes intenciones (y a veces de algunas no tan buenas, escondidas entre líneas) donde queda plasmado un pacto, un deber ser, una idea, una visión de país fraguada por consenso. Hasta aquí, de maravillas.
Lo malo es que el derecho al Paraíso, pregonado por demagogos y finalmente recogido en los textos constitucionales, viene a cuento justo a la hora de los encantamientos, al momento en que la musculatura populista anda a toda máquina engarzando incautos. Más allá, qué duda puede haber, se recibe un coñazo en la nariz, y es la misma realidad quien cerrando el puño lo propina sin contemplaciones.
Digamos que la educación de un pueblo, la salud, las viviendas dignas para todos, forman el punto de fuga que un gobierno sensato, decente, ético, que trabaja para los suyos, debe y tiene que colocar en el más elevado orden de prioridades. No hacerlo equivale a una perversa imbecilidad. Mi amigo cree que la revolución juega su papel histórico porque unos encachuchados escribieron ciertos derechos y los entronizaron en el librito azul. Ya cumplieron.
En verdad suena hermoso. A ciertos oídos resulta muy agradable la música populista, pero gobernar bien dista años luz de estas maromas leguleyas. Tales derechos suponen metas, son horizontes que deben conquistarse y mantenerse a fuerza de trabajo duro, organizado, bien pensado, sistemático, apoyado en un conglomerado social no refractario a la creación de riqueza. Si somos capaces de producirla, entonces podremos llevar a la realidad, en concreto, el conjunto de frases edulcoradas que por lo general adornan nuestra Constitución. Que nadie se engañe: el bienestar tiene su precio y por detrás de amagos demagógicos y retórica incendiaria es preciso sufragar las cuentas. No hay almuerzo gratis.
Es bueno que el Estado cargue con las facturas al respecto, pero sería mejor que la misma sociedad generara los recursos económicos para que aquél en realidad pague los gastos, que son muchos. ¿Cómo hacerlo? Abriéndose al mundo, produciendo y comerciando intensamente, alentando la inversión local y foránea, siendo más democráticos, educando en serio, respetando al pie de la letra las reglas de juego, ahorrando, integrándose económica y culturalmente a la comunidad internacional, haciendo uso de nuestras ventajas comparativas y aprovechando con inteligencia las fuerzas de la globalización, entre otras cosas. Las dos Coreas, las dos Alemanias, la China de Mao y la China de hoy dan cuenta de lo que digo. Métale la lupa a esas realidades y concluya.
No hacemos mucho con que políticos oscuros, populistas de cualquier pelaje decreten una cantidad de ideas sin piso sólido guindándolas de la Constitución con la espada de la justicia social flameando como llama vengadora, porque si no hay en las arcas la riqueza necesaria para afrontar semejantes maravillas, habremos construido una realidad más retorcida, una pobreza todavía mayor que la de antes. Si no hay quien pague, tristemente, y así se retuerzan de indignación todos y cada uno de los genios gobernantes, terminamos endeudados. Y endeudarse se transforma por mala costumbre en una espiral ascendente cuyo fin es la quiebra, la miseria más profunda y el desequilibrio en todos los flancos.
Hay que aprender a crear riqueza, claro, y esas lecciones pueden darla España, Taiwan, Japón, Chile, Singapur, Irlanda, la India del presente, y un largo número de países que decidieron dejar atrás su atraso y brindarles a sus ciudadanos mayores oportunidades para prosperar. A ser demócratas se aprende, por su puesto. A ser tolerantes también, y a respetar al otro, al diferente, al que no piensa como tú o al que no se viste como tú. Se aprende a pensar, a ser ordenados, laboriosos, disciplinados. Lo más fácil es destrozar al paso, acabar con lo que existe y suponer que en ese trance hemos borrado la historia, porque a partir de ahí, a partir del agente destructor, comienza otra nueva, fundadora, rescatadora, originaria, pura y perfecta. Por eso aquí se habla a cada rato de salvamentos. Medio mundo vive pendiente de ilusiones semejantes. Casi todos nuestros políticos, mediocres, ignorantes como son, quieren salvar algo: las tradiciones, los niños de la calle, la patria, el folclor, el honor, las plazas, las buenas costumbres, la moral, el queso de mano, el palo a pique, el turrón de leche o el carato de maíz, y en sus disparates suponen que tienen la ecuación precisa para ganar, para cobrar sin trabajar, para obsequiar felicidad a rienda suelta. La utopía les hace carantoñas, y de ahí al Mar de la Felicidad hay sólo un paso.
La prosperidad no yace incrustada en las páginas de las constituciones. Es preciso darle forma física, a veces llorarla, perseguirla, pero sobre todo sudarla. Y eso hay que aprenderlo. No se decreta en ningún texto. Ya quisiera Chávez, un inepto como pocos, brindar, producir los recursos y la ayuda requerida para que la mayoría, a través de su empeño, consiguiera ascender en el sinuoso camino al bienestar. Ya quisieran los iluminados de este país, los Araque o los Istúriz, los Jauas o los El Troudis, aportarle a la sociedad venezolana la millonésima parte de lo que otros, en diferentes latitudes, ofrecen a sus semejantes a partir de la riqueza que consolidaron. La Fundación Rockefeller, paladín del capitalismo y ejemplo de todo lo contrario a cuanto anida en los sesos de nuestros revolucionarios, en vista de las hambrunas que azotaban buena parte del continente asiático, en el año cuarenta y cuatro fundó y subvencionó un centro de investigaciones para crear variedades vegetales de alto rendimiento. Años después ese esfuerzo, junto con el de otras instituciones, se tradujo en la Revolución Verde de la India. Asimismo, las campañas relativas a la salud pública inherentes a vacunaciones infantiles consiguió un aliado extraordinario: Bill Gates, a través de la Fundación Bill y Melinda Gates. Sólo en el África subsahariana la ayuda económica y logística prestada por aquél no tiene parangón. La mortandad infantil ha descendido de manera impresionante. ¿Por qué pudieron hacer esto? ¿Por qué han sido exitosos en la consecución del bienestar, tanto para ellos como para otros? Éstas son preguntas que un demagogo como Chávez, un populista como Evo Morales, una caterva de corruptos y aprovechadores como sus aplaudidores, deberían hacerse, pensar y repensar.
Para joder a un país no es preciso esforzarse demasiado. Latinoamérica está plagada de ejemplos muy ilustrativos en este sentido. Decretar mejorías en negro sobre blanco es una forma metafísica de salir adelante, ridícula en la forma y en el fondo, quizás la más retorcida manera de engatuzar a los demás con el cuento de los ofrecimientos sin ton ni son, a diestra y siniestra, peor aún al venderse bajo el engaño de la obligatoriedad de cumplimiento exigida por una Constitución a propósito de sus contenidos.
Son ganas de joder, qué duda cabe. Simples ganas de seguir jodiendo.
Tu cuerpo color rosa me escudriña de reojo.
Como un Cíclope o un mal tiempo mira de lejos y yo
gimo por una barra y una cerveza.
Luego acaricio esas piernas
terminando en la cueva de tu miel.
Invento la historia,
vivo lo absurdo de tus pasos.
Me asomo desde tu sexo y observo la ciudad dormida, borrachos que brindan
por no sé qué.
Despierto tranquilo.
El silencio resopla la última bocanada de la noche
y muerto de risa me señala con el dedo.

5/08/2011

Sfumatto

1.- En un árbol tan viejo como yo

hice un nido para guardarme de la lluvia

y parí un cristal verde muy brillante

para alumbrarme la noche

y dejé migajas alrededor del tronco

donde algunas imágenes, aladas como pájaros,

restregaban sus culpas en medio de la gente.

2.- Quiero caminar por la plaza, escuchar los techos de hojalata.
Mi pueblo, donde el último color de la memoria se confunde con una rama seca, y el espacio feliz de cuatro calles hace de la vida un eterno café.

3.- Encuéntrame en tus ojos
azules de tanto mar
de tanto cielo y ausencia
en este pueblo de follaje frondoso
donde el viento pega a brandy
cercenando el rostro con la punta
de ciertas hojas secas.

4.- Por eso, en mi pueblo existen bicicletas
sin olvido
con poemas
sudorosas
y de carne y hueso.

5.- Mi pueblo donde vives
en un patio embestido por guayabas.
Tal como soy,
restriego algún
recuerdo
escondido en un rincón verde y camuflado.
No me pidas que te encuentre.
Subiré a aquel árbol empinado que mira desde aquí
para que me lleve a la orilla,
muy cerca de tus pies.

6.- Cada noche
tenebrosa de mi pueblo
una mujer montada en una escoba
sale a asustar a la gente
y por eso
en mi pueblo los gatos
se esconden a las seis
y las personas
no pasan por la plaza
luego de las diez.
En algunas esquinas de mi pueblo
hombres gastados por lamentos
se encuentran de frente con las agujas del reloj
y la arena de los días
baña la penumbra de algunas noches frescas.
Los viejos generosos de mi pueblo
tocan la flauta
para llamar a los santos
y usan pañuelos blanquecinos
reliquias arrugadas de bolsillo.
Todas las calles de mi pueblo se parecen a la Luna
por esos inmensos agujeros
con gestos de mar
y todas las calles de mi pueblo
cuentan las historias
que ya no se cuentan
en los porches de las casas.

El idiota inteligente

Mucho se habla de “revolución”. Esta palabrita la verdad es que supera con creces los niveles de aparición que término alguno pudiera exhibir en el pasado a ras de boca, a flor de labios, sobre todo ésos que ni por carambola llegan a empalmar con el cerebro.
Cerebro: entraña de lo más extraña, culpable entre otras menudencias de todo cuanto implica raciocinio. Pues bien, he estado meditando en estos días sobre ciertas conductas, sobre manifestaciones a mi juicio untadas de mucho ruido y pocas nueces, relativas a la curiosidad que implica el hecho de que un puñito de intelectuales todavía apoye al régimen. Y cuando digo un puñito me refiero nada más que a eso: cuatro gatos, unos pocos malabaristas cuyos argumentos, cuando los hay, por endebles se pasean entre lo cómico, lo ridículo y lo absurdo.
Por supuesto, lo primero que se me viene a la cabeza es la noción de libertad. Esta gente apela al libérrimo albedrío y se acabó, hace lo que hace porque le da su real gana, lo cual no sería descabellado suponer si no se atravesara ya mismo algo traído por los pelos cuando de “gente que piensa” se trata, asunto que consiste simplemente en convertirla (a la revolución, quiero decir) en receptáculo de algo así como la supraconciencia, el “non plus ultra” de una época, de una cultura o de una sociedad determinada. Tamaña equivocación se remonta a mucho tiempo atrás, pero lo interesante es que de eso llamado con pomposidad la “intelligentsia” tampoco es que se deba esperar más de la cuenta.
Se ha repetido hasta el cansancio que esta es una revolución sin ideas, un parapeto sin intelectuales. La genuflexión, la cerviz deambulando por el piso, valen para ella mucho más que la otra cara melindrosa, crítica, inconforme, siempre dispuesta al debate y al disenso que da la democracia. No faltaba más: las revoluciones, hasta que se demuestre lo contrario, no escuchan más que su vocinglería, no ven más que el perfomance montado por su gente, no dialogan más que con su sombra y, fíjese qué casualidad, tampoco es que anden por ahí contándose. Moraleja y conclusión: no existen revoluciones democráticas. Así de simple. El prototipo del intelectual llamado a transformarse en jarrón chino, en mampara de cualquiera con los sesos hirvientes tiene aquí mucho de espejo: refleja únicamente a quien se le pone enfrente, con la salvedad de que los revolucionarios sufren de un síndrome que la tradición oral, hermanos Grimm mediante, ejemplica de maravillas en aquella vieja bruja del cuento Blanca Nieves. En fin, de ellos va quedando el “sí, señor”, o el “ordene, comandante” que un grupo de muchachos gritara a coro hace muy poco, aparte del polvero, la humareda y los vidrios rotos que otros deberán tarde o temprano recoger.
Pero decía al comienzo que es un error esperar demasiado de los intelectuales, en esencia porque, leyendo a Jean François Revel (“El conocimiento inútil”.Barcelona: Ed. Planeta,1990) he notado cómo pone el dedo en la llaga y termina por domar al menos común de los sentidos, que es el sentido común, llamando pan al pan y vino al vino. Los intelectuales no tienen por qué cargar sobre sus hombros mayores empachos a la hora de propiciar ciertos golpes sobre la mesa. Los dan o no los dan, y aquí demasiados caen de bruces, por la razón sencilla de que, como expresa el mismo Revel, “el intelectual no ostenta, por su etiqueta, ninguna preeminencia en la lucidez. Lo que distingue al intelectual no es la seguridad de su opción, es la amplitud de los recursos conceptuales, lógicos y verbales que despliega al servicio de esta opción para justificarla”. Más claro, pues, no canta un gallo.
Los pocos pensadores con que cuenta esta revolución han callado. Complacientes, silenciaron sus voces unos y las alzaron otros para defender lo que tenían en las narices, o sea, todo un abanico de crímenes y hechos repudiables que van desde la violación constante de los derechos humanos, pasando por la burla reiterada a la Constitución (caso revocatorio, por ejemplo), hasta llegar a claras evidencias de tortura a ciudadanos y a la existencia de presos políticos. La moral, claro, tiene sus particulares recovecos y la actuación al respecto en primera instancia se corresponde con principios sustentados en ella. De eso no hay ninguna duda. Pero como también dice Revel, “hay tantos pensadores de izquierdas, sobre todo después de 1945, como pensadores de derechas que han empleado su talento en justificar la mentira, la tiranía, el asesinato e incluso la necedad. Bertrand Russell, futuro Premio Nobel, declara en 1937: “La Gran Bretaña debiera desarmarse, y si los soldados de Hitler nos invadieran, debiéramos acogerlos amistosamente, como si fueran turistas; así perderían su rigidez y podrían encontrar seductor nuestro estilo de vida”. Bertrand Russell –continúa afirmando el escritor francés- puede ser un eminente filósofo en su especialidad (la lógica simbólica), pero no deja de ser un imbécil en el punto tratado en su frase”.
Estamos de acuerdo, la imbecilidad es completamente libre, no guarda reparos a la hora de escaparse por la boca o de darse a conocer cuando hacen mutis. En eso estamos muy de acuerdo.




Marzo de 2004






Más allá del espejo



Para no olvidar: a propósito de la libertad de expresión en América latina.






El espíritu de libertad se topa a veces con su mueca especular. Del otro lado del espejo, y esto no implica metáfora alguna sino la realidad establecida por regímenes dictatoriales, esa morisqueta se ubica como contraparte de un estado de cosas que, con todos sus problemas, algunos países han logrado erigir. Con esto me refiero, claro, a la enarbolación y defensa de los derechos civiles, de las libertades individuales y de condiciones de vida a cuya dignidad puede aspirar la mayoría porque, en esencia, las oportunidades gozan de una repartición mucho más justa.
En esa otra orilla del espejo labrada por Castro y que se llama Cuba, el poeta y periodista Raúl Rivero, en juicio sumarísimo, hace poco más de un año (04-04-03) fue condenado a dos décadas de presidio. Otros comunicadores apresados esos días sufrieron penas parecidas, que oscilaron entre los catorce y los veintisiete años de cárcel. “Dentro de la Revolución todo, fuera de ella nada”. Tamaño patetismo, espíritu y bandera del gobierno castrista, ilustra bien el por qué de los abusos, de los crímenes que terminan siendo consuetudinarios en esas sociedades.
Las dictaduras, si no son frenadas a tiempo, llegan para quedarse, y en ese camino se las arreglan para adueñarse de la justicia, de los medios de comunicación, de las instituciones y de la voluntad humana. Cuando esto ocurre ya el mal está enquistado, sólo resta escapar o someterse, dar la batalla o morir en vida (algo así como transformarse en zombi), rebelarse o plegarse al dictamen del supremo. Rivero, el poeta Rivero, optó por lo primero, es decir , dijo sus verdades, se atrevió a hablar, expresó opiniones provenientes de su libérrima conciencia, quiso un mejor país, señaló el pus donde lo halló, y hoy paga por ello. El motivo de la condena: violentar, según sus esbirros, el artículo 91 del Código Penal cubano, que castiga “los actos contra la independencia de la integridad territorial del Estado”. O sea, nada menos que atentar contra la patria, ser un “agente a sueldo” de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana (básicamente por escribir en una revista “contrarrevolucionaria” denominada “Encuentro en la Red”, publicación pagada por la Sociedad Interamericana de Prensa que a su vez ha resultado ser, no faltaba más, una organización que apoya la “subversión”). Rivero, además, se vio acusado por escribir para la “Sociedad Hispano Cubana”, la cual, sostiene el régimen, también es “subversiva”. Tal es el listado de sus crímenes.
Es bueno decir que durante la primera parte de esta historia Raúl Rivero cabía en el marco de lo que pudiéramos catalogar como el “buen muchacho”. Graduado en la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, laboró en la mayoría de los diarios (oficialistas, por supuesto) que operan en la Isla. Fue director de la agencia noticiosa Prensa Latina en la Moscú de la Guerra Fría y ejerció asimismo la jefatura de relaciones públicas en una institución denominada Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos. Sin embargo, 1989 marcó el inicio de la ruptura del poeta con el stablishment y es en ese instante cuando empiezan sus problemas. Al dar un paso al frente, al desmarcarse, al comenzar a disentir en público, de inmediato Castro y sus sabuesos lo etiquetan: contrarrevolucionario, traidor, y demás calificativos utilizados en situaciones semejantes. Ya para 1991 Rivero se atreve a firmar junto con otros nueve creadores lo que se conoce como la “Carta de los Intelectuales” o “Carta de los Diez”, en la que exige al gobierno mayores libertades ciudadanas. A partir de ahí se convierte en un notorio y activo militante por los derechos humanos y por la democracia, no solamente en su país sino en América Latina.
Este año, exactamente el veinticuatro de febrero, Raúl Rivero resultó galardonado con el Premio Mundial UNESCO “Guillermo Cano” de Libertad de Prensa 2004, como reconocimiento a su lucha, a su oposición ante las tropelías de la dictadura castrista y a favor de las libertades civiles en un país que desde hace mucho pasó a ser la más grande prisión caribeña. Las voces de protesta por su encarcelamiento no se hicieron esperar, y ahora como nunca continúan los esfuerzos que otros, desde la clandestinidad y desde sus posibilidades, realizan para que más temprano que tarde la brisa de un mejor horizonte se cierna sobre la pisoteada Cuba. Pero hay, no obstante el papel desempeñado por intelectuales y artistas de todo el continente frente a la represión y la violación sistemática de los derechos humanos en la Isla, un silencio en algunos que no deja de llamar la atención, sobre todo porque enérgicamente levantaron sus voces, con toda razón, ante atropellos perpetrados por gobiernos de derecha a lo largo y ancho del territorio latinoamericano. Se me antoja que aquí ocurre lo que ciertos sociólogos bautizaron como “inmunidad revolucionaria”, una especie de callada complicidad o cuando menos vergonzosa indulgencia ante dictaduras de izquierda, partiendo de quienes por elemental sentido común deberían pronunciarse sin ambages y en primerísimo lugar: los intelectuales, los artistas, los cultivadores del pensamiento y la sensibilidad en cualquiera de sus manifestaciones.
En Venezuela acaba de finalizar nada menos que un “Encuentro Mundial de Poesía”, sólo por mencionar un ejemplo, y nada se dijo al respecto, a pesar de que el evento coincidió, días más días menos, con la fecha en que un poeta como Raúl Rivero fue brutal e injustamente encarcelado. Nada se dijo, aunado a esta falta imperdonable de conciencia crítica y de solidaridad, acerca de la encarnizada represión ejercida en Venezuela durante los días finales de febrero. Una mirada que pasa por encima de vagabunderías y vejaciones se instaló feliz, y el claro gesto de un “aquí no ha pasado nada” dejó su estela de conformidad, de pusilánime incondicionalidad , de dale que lo demás no importa.
Del otro lado del espejo existe un mundo que se parece al espanto. La mano del Estado mueve la trama, dictamina, decide quién come y quién no, quién sueña y quién no, quién vive y quién no. Raúl Rivero, el poeta, lo sabe de sobra, y no parece importarle a otros que también hacen poemas, aparte de permanecer callados.




Abril de 2004.

Lenguaje, realidad y política

Las palabras están hechas de tiempo, de memoria y de presente. El mundo cabe en ellas porque son la única manera de reconocerlo, es decir, a través de las palabras percibimos esa masa amorfa que llamamos realidad.
Ahí, en el pináculo de la condición humana, que es adonde hemos llegado gracias a un lenguaje como el que nos fuimos construyendo, se asienta el juego en sociedad, la posibilidad de encontrarnos y encontrar al otro; se incrusta el hecho extraordinario, antes de que el Homo sapiens obtuviera su partida de nacimiento, de referirnos al amor o a la guerra, de insultar o alabar, de elaborar intrincados sistemas filosóficos o nada más conversar en una esquina. El lenguaje, qué duda cabe, nos humanizó. Por eso basta unos instantes para descubrir a quien se eleva sobre su cresta y se reafirma como bípedo implume, o al que cae destrozado por sus dentelladas, feroces cuando se revierten justo ante la imposibilidad de pegar un sujeto con un predicado. Son los hombres, ni más ni menos, quienes darán uso al lenguaje en una especie de dialéctica que asombra por lo extraño que resulta, pues si bien él está ahí, a la orden y a nuestros meros pies, de algún modo le pertenecemos, de cierta paradójica forma nos atrapa al punto de que podemos afirmar que el lenguaje está en nosotros, claro, pero nosotros igualmente en él.
Vuelvo al primer párrafo: son las palabras el hilo vinculante con la realidad. Ahora bien, la experiencia nos dice que aquélla es una para cada quien, y de ahí el lógico (y sano) relativismo que nos cubre por los cuatro costados. Pero es a estas alturas cuando los usuarios toman, en el peor de los sentidos, de las palabras lo que les conviene para crear mundos abstractos y deslastrar a la retórica de toda unión con lo concreto, con lo que exige pruebas fehacientes, con lo ubicable a un palmo de nuestras narices.
La mayoría de los políticos sirven para ilustrar lo anterior, sobre todo cuando se dan a la tarea de hablar incluso por los codos sacándole el cuerpo a lo tangible. Si algún demagogo habla de libertad, deja abierto en el vocablo un boquete de dimensiones gigantescas, lanza al ruedo un sin fin de posibilidades. La idea de libertad, por ejemplo, es casi infinita aunque en política ipso facto la asociamos con la individual, económica, de expresión, de pensamiento o de prensa, por mucho que un Chávez, un Perón, un Castro, un Lusinchi, un Bush, un Menem, no las hayan mencionado para nada. El término libertad se transforma de este modo en coladera que abre paso a variadas interpretaciones, se toma una buena dosis de laxante semántico, por la razón sencilla de que al pronunciarlo suponemos que se trata de algo bueno, maravilloso además a la hora de campañas. Tenemos, como es obvio, nuestras ideas acerca de lo que es la libertad, o la democracia, pero en concreto pueden ser muy diferentes, e incluso incompatibles. Ahí queda algún vocero del gobierno como ejemplo vomitivo: “excesiva democracia”, llegó a soltar sin que se le notara un mínimo temblor de voz.
Libertad, democracia, patria, igualdad o justicia son palabras que a cada instante resbalan por bocas muy competentes frente al levantamiento de castillos en el aire. Un demagogo es un maestro del embuste discursivo, una máquina pendiente de elaborar chasquidos de la lengua. Le aterra concretar, tiembla ante lo palpable, porque ésos son terrenos de logros o fracasos, de hechos consumados o no, y ahí todos caen para morder el polvo.
En política, como en cualquier ámbito, el lenguaje nos vincula con la realidad. Hay que estar pendientes de cuál realidad está en juego.



Julio de 2004.

5/06/2011

Sal marina

Mi cuerpo rastrojo que sabe de océanos

y de aguas profundas

encerrado

bajo la línea ínfima y poco creíble

de tus pezones rojos y amarillos.

Paisaje con vista hacia el mar

horizontes que desato en mi pupila

y recojo lleno de silencio ansioso

por ese líquido rosado que brota

abundante de tus curvas.

5/05/2011

Tu cuerpo aquí, en medio de las piedras,

sucede que no te conozco

pero recuerdo la historia de tu encuentro

una historia que no es de este mundo,

entonces comprendo,

eres diosa,

saludas a la gente,

te complace subir

y mirar lejos;

deshojas margaritas

pasas la noche en vela

y lees recostada en ese arbol

hasta que aparecen los luceros.

4/29/2011

Retrato de un hombre que camina por la plaza

El gato aquel
sentado
se limpia el lomo
psss, psss
me mira
se acerca
me da la mano
me invita un café
y comienza a hablar de poesía.

4/26/2011

El reino del unicornio

Fragmento número uno: concierto en la menor para piano, o del amor de Robert Schumann por Clara Wieck

Si hacía el esfuerzo y se inclinaba sobre la ventana, obtenía una espléndida vista de la calle. La neblina había aparecido brusca y se desparramaba como una mantequilla que devora todo cuanto toca. Justo en medio de la acera descansaba la silueta entrecortada de un perro echado, indiferente ante el paso de la gente.
Del bolsillo izquierdo de la camisa, doblado hasta formar un rectángulo perfecto, Nicolás extrajo un pañuelo que llevó hasta su nariz. Estornudó varias veces, lo que lo movió a subir el mango y cerrar un poco la ventana. Todavía un hilo de aire, como delgadísimo soplido, le daba directamente en la cara. Se mantuvo otros segundos cubriéndose con el pañuelo y luego dejó caer el brazo.
-Sí, sebastián se ha enamorado. Yo he estado antes así -pienso- y he sentido eso que te postra y que no te deja pensar en lo absoluto.
-La verdad es que si no te recuperas pronto, Sebastián, vas a terminar enloquecido.
Camina despacio, da la impresión de tomar en serio mis recomendaciones, de ref1lexionar todo cuanto le digo.
-¿Tú crees?-, responde como si nada.
La mujer de las flores, una señora entrada en años que tenía desde hace tiempo un puesto de venta del otro lado de la calle, alcanzó un manojo de rosas y los dejó sobre un periódico abierto, ubicado encima de una mesa muy pequeña.
-La rosas -se dijo Nicolás- ya son una expresión gastada. Y pensar que una mujer se desvive por ellas. Algún hombre las comprará emocionado, tomará un taxi, ¡a la avenida cinco con la doce!, gritará, y subirá las escaleras que conducen a la chica como quien trepa al mismo cielo.
Apretó el puño y sintió el pañuelo como una almohada entre sus dedos. Lo llevó otra vez hasta el bolsillo, del que lucía enganchado un bolígrafo dorado.
-Ni siquiera sabrá por qué lo hace: por mera costumbre, por divertirse un poco, quizás por amor.
Llevo las manos dentro de los bolsillos y puede ser esto una señal que me hace parecer más serio aún.
-Es verdad -me pareció que dijo por decir algo-, unos días más en esta situación y tienes toda la razón: iré directo al manicomio. ¿Sabes que los muchachos me toman por payaso desde que estoy así?
Sebastián se pasa la mano por la barba. Piensa en otras cosas, quizás esos recuerdos llenos de polillas, atascados en algún lugar de la memoria donde el paso del tiempo se parece a una cascada, a una mujer de espaldas que camina con una cabellera que le llega a la cintura.
Ya lo creo, pendejo, -susurro mientras golpeo la lata de cerveza con los dedos-. Tú escoges: o hablas, o te callas para siempre, o le dices algo bien pensado, o la invitas a salir, o le agarras una nalga, o te jodes para siempre.
Otra vez sintió deseos de estornudar. Respiró profundo y sus ojos se humedecieron; tenía las manos frías, enrojecidas. La ventana, ya cerrada por completo, fue cubriéndose de diminutas gotas de agua.
Sebastián se detiene, enseña los dientes de ratón enfermo mientras suelta una sonrisa desganada y luego se dedica a hablar durante un rato acerca de no sé cuáles relaciones entre el rostro de las niñas y sus particulares maneras de asumir una conversación con un muchacho.
-Ya he aprendido mi tarea -dice después-, y está feliz:

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso.

No hallar, fuera del bien, centro y reposo,
Mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
Enojado, valiente, fugitivo,
Satisfecho, ofendido, receloso.

Huir el rostro al claro desengaño,
Beber veneno por licor suave,
Olvidar el provecho, amar el daño;

Creer que el cielo en un infierno cabe,
Dar la vida y el alma a un desengaño:
Esto es amor, quien lo probó lo sabe”.


Fragmento número dos: el arte de la fuga o los misterios ancestrales

A.- ¿Es una casualidad que esté aquí, junto contigo, y haya pensado en la mujer de espaldas, la que unos pasos frente a mí esperaba como yo su turno para entrevistarse con la directora de la biblioteca, y precisamente en este instante esa mujer aparece con el paso de pantera, caminando tranquila en nuestra dirección? Esa mujer es hermosa, está divina, y quizás por eso la recuerdo bien, pero aparte, ¿por qué tiene que asomarse?, ¿por qué está ahí enfrente, cubriendo todo mi campo de visión justo cuando pensé en ella hace un segundo?. B.- Uno llega a su departamento con ganas de leer, busca el libro donde encuentras la Noche estrellada, de Van Gogh, y de súbito sientes la corriente, esa especie de chasquido que no permite treguas. Y es en ese momento cuando crees conocer desde hace mucho el paisaje que el cuadro te ofrece, y estás completamente seguro de haber disfrutado de su brisa, de su temperatura, de su noche, de su azul, de su constelación. Entonces, colocas el scherzo número dos en si bemol menor, opus treinta y uno de Chopin, y ocurre igual, la locura de un piano salido quién sabe de dónde, y la sensación de que esa melodía y el cuadro de Van Gogh guardan más que una pertenencia al perímetro del arte.
Sebastián presagia una especie de pulpo a través de los sentidos, y piensa en Freud, y en Novalis, y en Goethe, y en Robert Desnos, y en Brancusi. Y Van Gogh y Chopin se cuelan como una ráfaga helada en una noche de relámpagos.
No hay espacio para la premeditación sino una hendija por donde atraviesa la paradoja que no existe o el ronroneo entrecortado de lo que de este lado nada más consistiría en un pálpito: ese fragmento, el hecho de que un piano deje de ser piano y la mano del scherzo sea la misma que intuyó un ciprés empinado hasta las estrellas, hasta la luna giratoria que se confunde con unos dedos y una melodía que en fin son una misma cosa.




Fragmento número tres: el nacimiento de Venus y Armando Reverón que juega dominó con Boticcelli

Esa taza de café,
y el humo, mira, y el humo,
y tu sonrisa, el humo largo,
y tu sonrisa, azul como
el humo; tu sonrisa larga, tu
humo azul, humo azulísimo;
tu azul, la sonrisa, mira, la
azul de todos los días,
largos y azules, mira,
tu azul y larga sonrisa,
de todos los días de siempre.


Sebastián se divierte con la luz, quiere hablar de la luz, comenta de seguido el cálido romance que sostiene con las hojas del samán que tiene enfrente, en la plaza de su pueblo.
-La luz... Nicolás, Reverón también estuvo aquí.
Nicolás siente un estado de letargo que no le permite conversar, y es por ello que se mantiene en silencio. Sebastián pretende hacer añicos el plácido momento de su amigo, y entonces dispara a quemarropa:
-La luz de esta plaza y la luz de estas hojas son las de Reverón. –Y el muchacho piensa en la primavera, ésa que ha visto en los libros y que ha escudriñado hasta el cansancio gracias a las fotografías.
-La primavera de otras partes -dice Sebastián- no puede ser tan hermosa como ésto.
-¿De qué coño hablas ahora, Sebastián. Te dije el otro día que vas a terminar loco de bolas. Mira a las mujeres, échate unos palos, mastúrbate siquiera, pero déjate de lo mismo, esa bendita manía de buscarle cinco patas a los gatos. Eso que le cuelga, esa vaina que le cuelga al gato de la vida, hermano, aparte de las meras bolotas, cabroncete hijo de puta, es únicamente el rabo. La vida tiene cuatro patas, Sebastián, cuatro malditas patas y no compliques más las cosas. Te vas a volver loco, te vas a volver loco.
-Hablo de la primavera -y con toda la pausa enfatizó-: de la pri-ma-ve-ra.
-Yo no conozco la puta primavera
-¿Ves que el único loco eres tú? ¿Qué será esto si no una eterna primavera?
Sin saber por qué, Nicolás recordó la ocasión en que enfrentaba alguna prueba, allá a lo lejos, en la Escuela de Arte: “la obra pictórica de este artista del Cuatroccento adquiere rasgos particulares por su estrecha relación con el humanismo y la filosofía neoplatónica”.
-Profesores degenerados -pensó de inmediato-, cómo patalean, cómo putean, cómo descalabran lo que se les pone enfrente en sus inmundos discursillos llenos de pedanterías.
“En la mayoría de sus representaciones, el carácter alegórico se identifica por múltiples singularidades en cuanto a lo que pudiera ser su sentido. Según su criterio, ¿cuál es el significado de esta obra?”.
-Pues sí, los voy a joder en su terreno, los voy a escupir, los voy a mear de cabo a rabo: la íntima relación entre este trabajo y el humanismo de la época, es clara. Un artista del siglo XV vuelve la mirada atrás y retoma los valores de la antigüedad grecolatina. Venus, Mercurio... personajes de la mitología griega, son traídos al presente... Hay que vincular la “primavera” con la actitud serena, dulce, sutil, que expresan los sujetos en la obra. La primavera es renacer, con lo cual Boticcelli es consecuente.
–Ya no más, verga. Basta de lenguaje amanerado, de mundillo académico, del que no tiene nada que decir, de quien a fuerza de rebuscamientos termina por expresar cada vez menos y por engatuzar a un puñado de inocentes.
-La primavera es renacer, la primavera es renacer, la primavera es renacer… De todo ese discursillo artificialmente barroco, pensándolo bien, me quedo nada más con esto. La primavera es renacer. Me gusta esa frase, me llama la atención porque es un martillazo, es una metáfora de la vida misma, del inicio con que empieza, es decir, de las andanzas primerizas que terminarán cuando den cuerpo a un ser minado por los años.
La primavera de la plaza, para Nicolás, no era otra cosa que la siempre díscola mirada de esa Venus, abrasadora mirada envuelta por un halo amarillento, luminoso, extraño por todos los costados. El resplandor de los samanes en esta ínfima plaza, el claroscuro que ya cobraba forma, otorgaba un peso de enigma irresoluble a aquella tarde, a la atmósfera que hacía ver densidades que no existen. “La primavera es renacer, la primavera es renacer, la primavera es renacer”: pues sí, la punta de un hilo en plena calle coincide con la plaza de este pueblo, a las cuatro de la tarde. “La primavera es renacer...”, luz por los cuatro costados donde hasta lo más oscuro llega a aporrearte los ojos.
-Y pensar que tú dices no conocer la primavera.
-Nicolás se encoje de hombros: ¿Qué quieres que te diga?, mierda, ¿qué quieres que te diga?



Fragmento número cuatro: de Beethoven a Tito Puente, o viceversa

No, Sebastián no terminó enloquecido. Sebastián echó a un lado la bendita manía de soñar a cada rato (la verdad es que Sebastián soñaba a toda hora, excepto cuando dormía) y ahora tiene un puesto de Salchichas en el Orinokia Mall.
¿Que qué tengo yo en contra de las salchichas? Absolutamente nada. Pero no me dirá usted que el cambio del pobre Sebastián no fue demoledor, un espectáculo como ninguno, la puesta en escena de esos perfomances que lo exigen todo para sí, y que cuando caen, caen con estrépito y sin perdón.
En el presente, lo que se dice en estos días, Sebastián sueña sólo mientras duerme, asunto que a su madre la tiene por primera vez la mar de tranquila, el non plus ultra de la felicidad, pues el pobre de su hijo, la verdad, ya iba dejando atrás todas las marcas como bebé, niño, adolescente y por último adulto extraño, extraño, de lo más extraño.
Sebastián piensa a veces en la primavera, claro, y también en Reverón, y en la niña de sus ojos, aquella del primer fragmento, aunque no la haya mencionado con nombre y apellido. Se llamaba Carolina, creo. Carolina Rincones Almabuena. ¿Extraño apellido, no? Almabuena. Esa fue la primera y última vez que conocí a alguien que se llamara así. En fin, que en el fragmento número uno Sebastián recuerda aquel poema, el de “creer que el cielo en un infierno cabe”, ¿recuerdan? Claro, no lo escribió él, no,no. Es un clásico, uno de esos poemas (y estará usted de acuerdo conmigo en que es una belleza), uno de esos poemas que eran de obligatoria memorización en la escuela por aquello de que el buen decir consistía en el preludio del buen actuar, vaya sacando pues sus conclusiones. Como si un poema, digo yo, hace a las personas mejores o peores.
Pero Sebastián no enloqueció, repito. ¿Nicolás?, nada, fue una excusa. Simple excusa para hablar de Sebastián, que hizo de la niñez el reino del unicornio, ese animalejo que en nuestra infancia sí que existió, con todo y cacho naciéndole en medio de esa cabeza equina.
Sebastián aprendió de memoria poemas, pero no para actuar bien sino para dárselos a las niñas, mire qué cosas. Y vio clarito el vínculo entre la luz de la plaza a las cuatro de la tarde y Reverón, mago de la luminosidad. Y conjugó los samanes de esa misma plaza, hay que decirlo ahora porque no lo dije antes, con el bueno de Alejandro Otero, que también hizo un samán y lo llamó Torre Solar y finalmente se abrazó con Reverón en eso de atrapar la luz y hacer con ella sólo aquello que los Dioses hacen, vaya usted a saber cómo, cuándo o por qué. Y Reverón-Boticcelli-samanes-Otero hablaron idéntico lenguaje. ¿Quién iba a decirlo? Reverón y su luz, Otero y su luz, Boticcelli y su luz, ah, y la primavera como telón de fondo. De Beethoven a Tito Puente, damas y caballeros, media un claro de luna a fuerza de timbales. Y es que Beethoven, si a ver vamos, parece que conoció a Puente. Fíjese, sin ir muy lejos: Tito Puente, Tito Puen-te. Un apellido de lo más sugestivo, puente entre dos mundos, puente entre universos, puente como los de Reverón y Otero o como los de Boticcelli, qué más da.
Van Gogh y su Noche Estrellada asoman las narices también en este entuerto. Porque la luz de Van Gogh es primaveral, o sea, encandila aunque se deje ver desde las siete peeme. Sebastián lo vio también, con esa claridad de antes de las salchichas. El fragmento número dos lo dice todo. La plaza de pueblo, que, para qué ocultarlo más, es la plaza Bolívar de Upata, tiene mucho de Aleph borgeano y entonces ahí están: desde Boticcelli, pasando por Otero, por Van Gogh y Reverón, y terminando en Beethoven, dígame usted, y en el Rey de los timbales, nada más y nada menos.
Pero lo dicho: Sebastián es un cuerdo vendedor que ha encontrado su lugar en este mundo. Más allá de sus sueños, cuando lo hacía despierto, quedan los recuerdos vagos, nostálgicos a veces, de la infancia y de ciertos universos enigmáticos que nos inventábamos cuando éramos niños, y que recobran su vitalidad, por supuesto, cuando dale que te dale, insistimos en vislumbrar escenas de lo onírico más allá del colchón y la medianoche. El reino del unicornio pasó a ser “El reino del happy fat”, que es como se llama el punto de Sebastián en Orinokia. Yo, de cuando en cuando, lo visito y pruebo sus especialidades (el submarino atómico, especie de perro gigante con doble salchicha y pan canilla grande, es una delicia por donde lo mires). Ya no hablamos de doncellas, ni de Venus o Afrodita, ni de luz a las cuatro de la tarde. Hablamos de la única filosofía que cabe en medio de papas fritas y cebollas picadas en rodajas: la filosofía de una cotidianidad que si te descuidas, pues te aplasta.
Y sin embargo vale la pena recordar, razón por la cual he escrito estas cuartillas. Porque la memoria está llena de olvido, como cantaba el poeta, y al revés, según dice la conseja, es necesario escribir, y eso he tratado. Sólo que me ha salido mal, no tiene usted que restregármelo en la cara. Eso de ponerse frente a una computadora y darle rienda suelta a los recuerdos tiene su encanto mientras lo hagamos, tranquilazos, al calor de un buen tabaco o mediante unas cervezas dándole a la lengua con algún interlocutor más borracho que uno, pero recordar y escribir, éso, éso, rediós, es una vaina jodida, mucho más que jodida, yo que se lo digo.
Del reino del unicornio se llega sin problemas al Reino del happy fat, valga la cuña. Acérquese uno de estos días. Sebastián, un unicornio disfrazado de gente normal y corriente, cuerdo como usted y como yo, prepara hamburguesas suculentas, sándwiches con pepinillos y jugos de papelón con limón para lamerse los dedos. Deje de una vez estos fajos. Anímese. Seguramente allá nos encontramos.

4/24/2011

Fernando Savater

Julio de 2005






Hablar de intelectuales no es, ni mucho menos, el mejor tema para entablar diálogos, en primer lugar porque existen otros de mayor frescura e interés, y en segundo porque, fastidio entre fastidios, la mayoría se cree, muy jactanciosos ellos, el ombligo de este mundo.
Pero como toda regla dejaría de serlo si no observara cuando menos alguna excepción, entonces hoy me atrevo a proponer el nombre de Fernando Savater, alguien que en el presente constituye sin lugar a dudas la antítesis del típico, engreído y aburrido hombre de pensamiento que pulula en nuestras sociedades. Su quehacer transita a lomo de inteligencia, de humor, de ironía, de buena escritura, de buena y mala leche, de esa humildad que nada tiene que ver con falsas modestias, lo cual siempre agradece el amplio abanico de lectores que de él se ocupan con fruición casi devota, quienes afirman, entre otras menudencias, encontrar en sus escritos muy posibles respuestas a aquellas interrogantes que, en tanto humanos, pues sin el menor empacho nos acribillan el sueño.
Esta semana, mientras paseaba los ojos por los anaqueles de un lugar interesante y extraño en Puerto Ordaz, mientras los letreros ("libros usados", "libros en cinco idiomas", "tenga cuidado, que lo estoy filmando") se dejaban entrever desvencijados y sin mayor cuidado, Savater, en otra de sus ocurrencias, de un salto y sin aviso pudo plantarse enfrente gracias a un título sin pena ni gloria: "El arte de vivir".
Con la apariencia de un librito de autoayuda, al hojearlo pude descubrir la charla que el autor llevó a cabo en Madrid con Juan Arias, periodista y buen conversador, ya hace algunos años, y en la que se expone en forma abierta y con la franqueza que lo caracteriza la lucidez y el sentido del humor savateriano, lucidez que propina un latigazo, un coñazo en la nariz, un martillazo sobre la conciencia de quien lee, para luego obligarlo a pensar, a tomar en serio las palabras. ¿Ejemplo? Ahí van unas, muy a contrapelo de lo que se advierte en estas geografías, dicho sea de paso: "la idea de que el Estado tiene que basarse en una homogeneidad y no en una armonía de diferencias es un disparate".
Como buen filósofo, Savater baja la lámpara y apunta hacia las grandes incógnitas que el hombre se ha hecho desde siempre. Los valores, la felicidad, la guerra, la muerte, el poder, la ciudad, la cultura, el viejo y el nuevo milenio, el amor, la religión, las diferentes formas de lo autoritario. En fin, el transcurrir de aquel señor llamado tiempo y sus andanzas terriblemente aplastadoras de narices, cuya acción, diaria y por eso común, no deja de empaparnos con la más helada de las aguas. Sumo y sigo: "La realidad cotidiana tiene ya tantas cosas sorprendentes que el hecho de preguntarme si existirá también el cuerpo astral me interesa menos, pues la verdad es que aún no conocemos completamente el nuestro, ese que palpamos con nuestras manos".
"Feliz sólo puede serlo el que es invulnerablemente dichoso", se lee en alguna de las doscientas y tantas páginas que bien pueden devorarse en dos sentadas. Y la felicidad, que es un estado al que Savater considera desproporcionado (prefiere hablar de algo así como momentos más o menos prolongados de alegría), de alguna manera se coló por completo en este libro. Este es un libro feliz tanto en el instante de su creación, de su hechura, como después de su paso por los brazos del lector, lo cual es ya mucho decir. Hay que tener claro, por si acaso, que hoy por hoy, basura literaria es lo que abunda.
Fernando Savater invita a la conversa descarnada, sabrosísima, obsequia un plato para degustar, para pensar lo cotidiano, pero también lo menos dado al día a día o a la molienda de la rutina fácil. La idea, con toda seguridad, es también reírse del mundo y de uno mismo, y no le falta sentido a la propuesta. Leerlo no será perder el tiempo.

4/18/2011

Piernas, lujuria, castidad


I


Siempre he sido así. O mentira, no siempre, no desde que tengo uso de razón. La memoria no me alcanza para recordar cuándo empecé, pero sí puedo decir, sin temor a equivocarme, que ya a los ocho, a los nueve años, me llamaban la atención los hombres, los hombres maduros, grandes, los hombres hechos y derechos, como le decía mi tía al primo Leandro cada vez que éste lloraba por cualquier barrabasada. Es que las hormonas o la psiquis, qué sé yo, tienen al toro cogido por los cuernos. De la niñez, de mi niñez paradisíaca recuerdo como si fuera ayer, es decir, llevo clavada la vez en que el vecino se bajó los pantalones y orinó como si nada. Fue un día en que mamá tardó algo más en regresar del trabajo, cargada de bolsas, de carpetas, de documentos en papel sellado. Lo vi orinar porque el baño de la sala estaba abierto, y no me ruboricé un ápice. Lo vi sacárselo, vaciarse, sacudírselo y luego devolverlo a las entrañas de los pantalones. Fue electricidad, un estremecimiento que apenas me dio algún susto pasajero. Había preguntado por ella, por María de la Concepción Bracho, mi madre, y le dije que no estaba. Me pidió el baño, entró, y ya saben lo demás. Vi lo que vi y la invasión de sensaciones, la corriente eléctrica, el temblor en todo el cuerpo. Cuando empezaron a aflorar los vellos tenía plena seguridad de lo que iba a ser en esta vida: una amante como nadie. Si algunos afirman que supieron siempre para lo que servían, yo debo decir que sirvo a la perfección para el amor. Cuando mis labios vaginales se pintarrajearon de negro, y al final el monte de Venus tapizó mi piel en la entrepierna, la virginidad que me amparaba tenía ya sus días contados. A mi primo Federico de Jesús Fernández Bracho lo miré con lujuria. Lo incité a estar conmigo. Sabrá Dios qué es mirar con lujuria para una niña de esa edad, pero juro que en el fondo intuía de lo mejor el significado de aquello. El pobre se horrorizó tanto que la erección le tardó un mundo, hasta que por fin terminé sintiendo el bulto que me produjo un golpe seco de adrenalina en el pecho. Ese golpe lo sentí como una premonición, como mil veces después sentiría expeler semen de tantísimos testículos, de las machorras bolas, es decir, nada menos que como una eyaculación. Federico de Jesús Fernández Bracho, pum pum, cogió fuerza y venció a la gravedad. Qué delicia. Mi primera vez y todo quedaría en familia, jajaja. Así como a María Virginia, la prima menor, se le aguaba la boca con sólo ver un chocolate, a mí se me hizo líquida la chocha, que era el nombre cariñoso utilizado por mi madre para referirse a los genitales femeninos. Mi chochita nadaba en un mar salado, pidiendo a gritos su barco de velas para hundirlo, para tragárselo, para esconderlo en sus profundidades. Entonces ocurrió el milagro, se instauró en mí la felicidad, supe para siempre qué era ser el centro del universo. Federico de Jesús Fernández Bracho, mi primo, no tuvo compasión de mí, porque a los dieciocho no se anda la gente con contemplaciones y la pasión anida en la epidermis, a buena hora. ¡Bendito sea mi primo, y que Dios lo tenga hoy en la gloria! Atravesó el himen y me atravesó el alma. Desde ese instante viví para los hombres.


II


Las Matemáticas tenía el típico bombillo rojo sobre la puerta de la entrada principal, pero debo decir que no era un prostíbulo cualquiera. Me explico: ya había cobrado cierta fama, por lo que unos me temían y otros se acercaban por curiosidad. La noticia corrió como la pólvora en el pueblecillo que para esos días nada tenía que ver con la agitada Upata de estos días. Federico de Jesús llevó en sus espaldas el peso de haber seducido a una niña. Pero eso no es todo: cargó además con la vergüenza de que esa niña, justo cuando era violada y apenas introduciéndole el miembro en plena boca, se lo arrancara de cuajo a su verdugo. Sí, literalmente de cuajo, porque todo el mundo imaginó que lo mordí con todas mis fuerzas, con toda mi rabia, con todo mi asco. La pobre niña tuvo esa ocurrencia, gracias a los dioses, de frenar en seco ella misma su suplicio. Pero no, no era un prostíbulo cualquiera porque estaba yo, que era el alma y corazón de ese nido de lascivia, de ese lugarejo del amor furtivo. Yo sí que sabía hacerlo de verdad. Verá usted, hago de todo, y en realidad disfruto como nadie el hecho de sentirme atragantada por ese miembro férreo que me descuartiza. Comienzo por enloquecer a mi amante, por desquiciarlo a fuerza de ganas, de deseo, de una erección incontrolable apenas comienzo a tocarme, a acariciar mis senos, a frotarme un dedo por la chocha, a ponerme el liguero y a sujetar las medias mientras él, fuera de sí, siente que la sangre se le ha vuelto lava. Es que estas bestias saben de echar pico y pala, pero no de amar. Son unas máquinas, nada más que eso. Estos seres llegan, se tiran unos rones, la ven a una sentada en la barra, se acercan, y lo demás es ir directo al grano. Si no fuera porque me alimento de sexo, ya habría enviado a estos bastardos al demonio. Pero vayamos por partes. Aquí los penes abundan: de eso trata mi historia. Las Matemáticas, no obstante lo que he dicho, fue mi sitio predilecto. Salía poco, en las noches estaba todo el tiempo pendiente de la clientela, jugando al gato y al ratón con todo aquél dispuesto a la entrega, mientras de día dormía lo suficiente para luego ir nuevamente por la dosis justa de placer. De Las Matemáticas he guardado el secreto más grande, también el más extraño, y ese hecho innombrable estuvo presente desde los tiempos de mi primo, el bueno de Federico de Jesús Fernández, ya lo he mencionado, que ojalá descanse en paz, vuelvo y repito. Fue ese instante el que marcó mi vida. A partir de ahí mi destino cobró el significado que da sentido a estas cuartillas.


III


Aquel hombre a medio afeitar, con el aliento impregnado de licor me apretaba las nalgas. Llegó a ser doloroso y se lo dije, a lo que el cretino sólo respondió dándole más fuerza. De todos modos lo gozaba. No sé si tengo algo de masoquista, pero la vulgaridad y hasta cierto punto la violencia redoblan mi excitación. Tenía el miembro que le iba explotar, ante lo que yo, histérica, disfrutaba sus vaivenes sumados a la presión de sus manos en mis ancas. Soy una yegua, le gritaba, tu potra, tuya en cuatro patas, soy tu perra. Sentía fascinación por ese glande envuelto en una película babosa, hinchado de sangre, adosado a un tallo sembrado de venas que como un hierro entraba y salía de mi chochita hirviendo. Lo trituré, lo mastiqué, literalmente acabé con él sin ningún problema. Fue el éxtasis total. Dormí unas horas. Sentí calor y fue por eso que terminé abriendo los ojos. Había amanecido por completo, serían las siete o las ocho. No me gusta despertarme así, tan temprano, porque conciliar otra vez el sueño se transforma en un quehacer muy dificultoso. Sin embrago lo intenté hasta que se hicieron las once. Me duché, cogí la pantaleta y me la puse. Encima me eché una camiseta blanca, larga, para salir y buscar algo en la nevera. Esa noche me inspiré y al final alcancé lo que esperaba. Debo decir que tengo buenas tetas. Mi talla es 38, lo que de antemano me da un margen de acción extraordinario. Cuando camino por las calles las dos razones que llevo colgadas en el pecho hacen las delicias de cuanto bicho masculino pasa por delante. Me excita que me miren, me embarga una sensación de lujuria incontrolable cada vez que un macho viene hacia mí y de pronto clava los ojos en estos melones como queriendo comérselos, como queriendo disfrutar esos manjares en el primer rincón que se atraviese en el camino. Juro que el noventa y ocho por ciento de los hombres sueña con unas tetas grandes, para nada extraño: chuparlas, mordisquearlas, colocar el pene en medio de ellas y sentir que por fin pusieron pie en el Paraíso. Eso lo sé y le he sacado provecho, no faltaba más. Aquella noche me decidí por sostenes transparentes, entre blanco y marfil, un color que hace resaltar mis pechos acanelados. Me puse bragas blancas, igual, transparentes, de esa tela que enseña el pubis afeitado a modo de rectángulo y cuyos vellos se extienden desde abajo y hasta muy arriba. Me encanta una chocha sembrada de pelos, pero reconozco que a muchos no les hace gracia semejante preferencia en estos menesteres, así que por lo general echo mano de tijeras, de la afeitadora, y asunto arreglado. En fin, que pantaletas transparentes dejan a la vista ese regalo de los dioses, esa fruta al alcance de la mano que va a devorarlos sin contemplaciones, que los hombres, pobrecillos, sueñan en la bacanal que inspiran mis caderas. Opté por el corset y por las medias negras. Aposté a lo clásico: zapatos de tacón y el pelo recogido en moño atrás, amplio, glamoroso, que de por sí evidencia abundante cabellera. El carmesí, que me ha sentado bien desde siempre, hacía de mis labios una vagina a flor de piel. Con razón siempre he dicho que soy un sexo con patas: es que me miro en el espejo y me gusta lo que veo, observo las redondeces, toco mis muslos, duros, paso el dedo medio por la chocha, acaricio mi vientre, y estoy segura de que si fuera hombre me encendería como nadie, me daría una cogida de los mil diablos, me haría de todo con esa verga inmensa que guardaría en la entrepierna. Soy capaz de levantar a un muerto, y precisamente eso es lo que me atrae de mí misma, eso que me hace poderosa, irresistible, dueña de voluntades ajenas que sin chistar ceden ante mis feromonas, ante mi carne, ante unas piernas de infarto y ante estas tetas de padre y señor mío. Así, sintiéndome la puta más puta entre las putas, con la piel de gallina por estar pensando en mil y un hombres, salí al salón y caminé directo hacia la barra.


IV


Me senté, pedí un trago de whisky. El cantinero sirvió el Something Special cargado, como me gusta. Tres cubos de hielo y de seguidas encender un cigarrillo. Marlboro, porque es fuerte y recio, como el vaquero que se deja ver sobre la cajetilla. Quién pudiera tirarse al tipo de esa caja. Qué macho. Qué huevos. Yo tendría todos los orgasmos de este mundo y a él lo haría acabar a chorros, si es que antes no lo mato de un ataque al corazón. Pero decía que fui directo hasta la barra, y mientras pedía el trago y sacaba el cigarrillo ya uno de bigotes, con jeans y camisa mangas largas venía en volandas hacia mí. Se sentó, me saludó, hablamos un momento, y yo misma, sin dejar resquicio para que nada pudiera entrometerse, tomé su mano y la coloqué sobre mi pierna. La dejó algunos segundos como si nada, inmóvil, para luego apretar un poco y regalarme una caricia que poco a poco se extendió desde la ingle hasta casi la rodilla. Entonces puso su otra mano en mi otra pierna, se paró frente a mí empujándome hacia él, y las caricias se hicieron más intensas. Fuimos a la habitación. Hice que se acostara boca arriba. Tenía el miembro erecto, impresionante. Lo tomé como a un juguete, lo acaricié, lo besé, lo saboreé. Le obsequié una felación mientras me masturbaba con su dedo. Saqué la leche condensada de la mesita de noche y bañé su glande con ella. Fue una delicia sorber de a poco el dulce que se chorreaba por ese pito que me pedía a gritos. Me senté sobre él, a cabalgarlo, pero se trataba de un caballo no apto para carreras de fondo. Justo cuando lo sentí venirse en mis entrañas, le arranqué sin más el miembro. Lo engullí de un bocado.


V


Lo último, lo más impresionante, eso que finalmente me llevó a execrar mi oficio y a transformarme en una asceta de por vida, ocurrió al día siguiente. Como de costumbre, fui a comer algo a mediodía. Las Matemáticas es un lugar mágico, por las noches la rocola, el humo, el bullicio entremezclados con risas de pasión, jadeos y canciones de Javier Solís hacen que al amanecer te reverberen los oídos. Y acto seguido, cuando amanece y sólo queda olor a sexo y a cerveza rancia la quietud es capaz de superar hasta el silencio de una iglesia. Pues bien, ya entrada la noche un hombre joven puso sus ojos en mí. El pobre era un manjar: apuesto por donde lo miraras. Fue verlo y encenderme. El tipo me prendió fuego, era yo una antorcha humana. Sentada como estaba, con la minifalda oscura y la blusa mínima, muy generosa a la hora de mostrar lo que tiene que mostrar, crucé las piernas a propósito. Pasó los ojos por ellas, noté sus ademanes, muy morbosos, su manera de decirme que esa noche de bestias sería para los dos. Ahí mismo, sólo con ver a ese ejemplar e imaginando el colgajo más allá de la bragueta, mi chocha se inundó de agua salada. Me sentí húmeda por dentro y por fuera, en el alma y en el cuerpo. Quise que me hiciera suya en ese instante, que me hundiera su carne en plena barra: haría de aquel bar un Coliseo, nosotros en la arena, los otros observándonos y Javier Solís al ritmo de nuestros vaivenes. Adoptamos la posición del misionero luego de una buena tanda de caricias, chupadas y mordiscos. Ni qué decir de los juegos con la punta de su lengua y mis pezones, con toda su boca y mi chochita. Me penetró por completo, y mientras iba y venía empujando su bate con fuerza abrí el coño para morderlo desde la raíz. Mi vagina lo tragó sin masticarlo. Sólo escuché un grito que se ahogó entre quejidos menores apagados en sollozos. Abrí otra vez el coño, mordí, volví a morder, lo abrí de nuevo, y ese hombre entró a pedazos en mi ser, llenó con su cuerpo todos mis apetitos. Trituré sus huesos, me embutí sus entrañas, con mi sexo arranqué sus extremidades inferiores, después el resto del tronco, y poco a poco fue quedando menos de él, hasta que de mi chocha colgaba apenas su mano derecha dando la impresión de despedida, de decir por fin adiós a este valle de lágrimas.


VI


Al salir de misa regreso presurosa a casa. Cuando amanece doy gracias por la vida, por un nuevo día, y entonces me dispongo a esperar, con paciencia y mortificación, que el reloj del campanario marque las cinco de la tarde para devolverme, entre repiques de campanas, otra vez a la casa del Señor.

4/15/2011

Venezuela: 1830 a nuestros días

Hablar de política, en el marco de una república, supone hablar de ciudadanos, y esta condición se fragua a través de los años sobre la base de un caldo de cultivo que debe incluir las posibles formas de gobierno, las instituciones, la sociedad como una red de relaciones cuyo punto de fuga es la libertad y los derechos fundamentales. Venezuela: 1830 a nuestros días, es una aproximación histórica al quehacer político venezolano desde la fundación de la República y hasta el presente. Sin duda, el período colonial dejó una impronta que no es posible soslayar: marcó a fuego cierta condición, cierta manera de entender lo social, un horizonte desde el que partió la aventura de lo construido hasta ahora, sobre el cual el tiempo y la tinta han corrido abrazados en un intento de comprensión de lo venezolano y, más aún, de lo hispanoamericano. La venezolanidad, así, fue atravesada por una doble línea, paradójica además, que Arráiz Lucca señala luego de su travesía por la trama de nuestras andanzas políticas, esto es, da cuenta en primer lugar del Derecho Indiano, del cabildo como “ámbito en el que los terratenientes del patio, y otros criollos con poder, ventilaban sus asuntos, y gobernaban sobre ellos mucho más de lo que cierta historiografía admite”, y en segundo, da cuenta además del caudillismo, ese modo de actuar que aún es observable en el ovillo político venezolano. El libro que esta noche tengo el honor de presentar, más que la relación histórica de unos acontecimientos, cobra el perfil de un análisis sociológico, es decir, construye desde la historia una fisonomía política que incorpora felizmente la reflexión y el escrutinio de algunos por qués, de cómo hemos sido para ser esto que somos, lo cual apunta hacia el futuro, toda vez que del presente, del aquí y ahora se abre un signo de interrogación que llama al debate, al diálogo entre tradición y modernidad, y entre ésta y los tiempos por venir. No es poca cosa. El libro de Arráiz Lucca, como la Rayuela de Cortázar, puede leerse de varias maneras. Es uno y es muchos. En este sentido ofrece posibilidades abiertas de aproximación, creando un juego entre obra y lector que trasciende la relación unívoca. Así, puede leerse a partir de una consideración sustentada en la necesidad de toparse con un manual de historia. Sería entonces un suscinto, ameno y logrado texto en función de esta apetencia. De igual modo es un libro de consulta. Los hechos, los datos, la madeja de acontecimientos se halla lo suficientemente explicitada, señalada, clarificada, al punto de facilitar ciertas búsquedas puntuales. En mi caso, opto por otra variante, encuentro un documento que reflexiona sobre, que argumenta a propósito de. Esto implica que la presentación de lo ocurrido, las relaciones concatenadas en el tiempo poseen el valor agregado de un atrevimiento que uno termina por agradecer: la tarea interpretativa, el hecho de que el autor fije posición, dé explicaciones, se entregue a la tarea de pensar. Cuando este elemento se encuentra presente, como en efecto ocurre aquí, el trabajo de investigación, el discurso académico, la apelación a la historia y sus afanes de objetividad (asunto este último poco menos que imposible) se transforman en una delicia. Ésto, junto con el manejo del lenguaje, hace del libro de Arráiz una pieza literaria. Decía que podemos leer la obra a partir de un horizonte amplio. El mío entonces rescata al autor que escribe un ensayo, con todas sus implicaciones, de tal manera que aparte de la información histórico-política, siempre presente en el volumen, resalto las consideraciones acerca del caudillo como personaje fundamental en la Venezuela del siglo XIX (que nace y va ganando cuerpo desde mucho tiempo atrás). Si a ver vamos, tomando esta punta de hilo es posible vislumbrar buena parte del entramado político actual acercándonos al caudillismo como fenómeno, remontándonos a su aparición y a su desenvolvimiento en la historia del poder en Venezuela. Si pretendemos analizar cómo fue la siembra republicana, cómo erigimos una República después de la separación de la Gran Colombia, es clave estudiar la presencia, el fenómeno del caudillo y su influencia en el país que se va haciendo. Éste es un valor inmenso que aplaudo en Venezuela: 1830 a nuestros días. Arráiz Lucca se pregunta, “¿podía no ser el caudillismo el signo de la Venezuela republicana, cuando lo había sido durante la Venezuela colonial?”, y afirma, “toda una generación de próceres de la independencia, pasando por encima de las instituciones, buscó el poder para sí, como si se tratara de una deuda que la nación había contraído con ellos”. En paralelo, de la mano del caudillo va surgiendo la idea de que éste, es decir el hombre fuerte, posee dotes de buen gobernante; nace la creencia, que atraviesa el siglo XIX, el XX y lo que va del XXI, de que ciertos personajes tienen en sus manos, por una extraña combinación de carisma, don de mando, militarismo y mano dura, las herramientas para lograr el progreso si se ubican al frente del gobierno. La profesionalización del ejército, que Gómez lleva a cabo durante su dictadura, acentúa de alguna manera semejantes convicciones toda vez que el imaginario caudillesco, ya elevado aquí a la categoría de mito, es recogido en el seno de la institución castrense, produciéndose entonces “prácticas que se tornaron en creencias populares. Me refiero a la disciplina, el orden, la obediencia debida, la verticalidad del mando, que fueron asentándose como valores fundamentales para el ejercicio del poder civil, cuando provenían de fuente militar”. El libro que Arráiz nos ofrece es una especie de disección anatómica del poder, y seguir sus pistas a lo largo de nuestra historia republicana brinda la no muy extendida oportunidad de disfrutar de una prosa suelta, fresca, magníficamente estructurada, junto con la aventura intelectual que supone escudriñar, desde la separación de la Gran Colombia, en el tejido político venezolano hasta llegar al país del siglo XXI. El caudillismo, los conservadores, los liberales, la Guerra Federal, los tiempos de Guzmán Blanco, la hegemonía militar tachirense, el advenimiento de la democracia, la Venezuela petrolera, los golpes de Estado, el Pacto de Punto Fijo, los años del bipartidismo, la crisis de la democracia de partidos políticos, la antipolítica, hasta las presidencias de Hugo Chávez, constituyen momentos cuyas tramas y puestas en escena guardan relaciones entre sí, lazos íntimos, vasos comunicantes que patentizan procesos y fenómenos aparecidos no por azares sin sentido sino todo lo contrario: la historia explica, y explica mucho, tanto así que más allá de preservar la memoria y posibilitar la conciencia de nosotros mismos, destila los vapores de eso que vamos siendo y de aquello que probablemente seremos. Ya para ir finalizando, sostiene el autor que “de la historia política venezolana puede decirse que está determinada por dos factores principales: el militar y el petrolero. El primero ha dificultado la instauración de una práctica democrática, aunque también puede decirse que ha sido expresión de un espíritu autoritario de tradición histórica. El segundo ha terminado por hacer del Estado venezolano un Leviatán que cada día deja menos espacio para la iniciativa particular, dificultándole gravemente a la nación la diversificación de su economía”. Nuestros laberintos, esto es, la imagen especular que la historia nos devuelve, es una guía, sirve entre otras cosas para vislumbrar caminos, trazar posibles rutas, mirar el horizonte. Hemos cometido errores, a veces costosísimos, hemos fraguado un país, esto es innegable, y entramos tardíamente a la Modernidad. ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro destino? ¿Cómo afrontar peligros para terminar logrando el desarrollo, el despegue, el acceso a mejores condiciones de vida para todos? He ahí una incertidumbre. Venezuela: 1830 a nuestros días ofrece algunas pistas, coloca enfrente una voz. Vale el esfuerzo de escucharla.

12/13/2010

La creación del rosado

Mi amigo Valentín acaba de enviarme un libro. Lo escribió él y se llama "La creación del rosado". Lleva dos, la verdad, y lo mejor del asunto es que a fuerza de puñetazos, por batirse a duelo con las palabras y salir airoso, este libro es un regalo que vale la pena celebrar.
Lo he leído de un tirón. Es una joya de noventa páginas que se deshace en experiencias y en batallas contra dragones, serpientes, hijos de puta y demás hierbas, todo perfilado con el toque exacto de la pluma que encuentra su ritmo para decir justo lo que tiene que decir.
Con Valentín Pérez llevo una amistad de años, templada en los noventa, allá en la Mérida cuyos bares céntricos eran suficientes para atracarse de cervezas con quinientos bolos mientras yo hacía un posgrado y él se rajaba el lomo como médico en hospitales hechos trizas, sin medicamentos, y con tipos duros que, me contaba como si nada, te ponían la 38 en plena frente para que les salvaras el carnal.
Son ensayos. Cuarenta y un ensayos a los que la savia se les sale por los poros, es decir, trabajos que nacen de una observación, mínima, oportuna, precisa observación, que luego abre las alas y termina siendo un tratado sobre la experiencia, sobre el arte de vivir, sobre la manera de exprimir los días para extraer de ellos lo mejor y lo peor, lo dulce y lo amargo, lo que en fin hace que estar aquí, de lunes a lunes, signifique mucho más que respirar o abrigar esperanzas o tomarse un café por la mañana y nada más.
Leerlo me ha reconciliado con la vida, lo que es mucho decir cuando en este mundo, embalado vaya usted a saber adónde, justamente la vida encuentra día a día menos adeptos. Valentín es un amigo, claro, pero es mucho más que un amigo. El antro de la avenida Cuatro que elegimos para hablar de Dostoievski, de Orlando Araujo, del Chino Valera, De Marcial La Fuente Estefanía o de las mujeres que nos traían de cabeza, sirvió también como testigo de una amistad que terminó siendo hermandad y aquí estoy, con su última publicación entre las manos descubriendo otra vez lugares y lugarejos, gentes y gentuzas, sonidos, olores y colores, pero sobre todo ideas, porque éste es un libro de ideas, por supuesto, que te saltan en la cara y si no te defiendes acaban por torcerte el pescuezo, nada menos.
"Nietzche y la bailarina", "La mujer de la tos", "El buen humo", "Bailar con María", "Uslar Pietri, un vago y yo" o "El hombre del coleto", son apenas seis propuestas, seis maneras entre más de cuarenta, ya lo dije, de observar esa cosa extraña que llamamos realidad y empaquetarla en textos literarios, cada uno más suculento que el otro. La mirada de mi amigo es una que pone las palabras en su sitio y se conforma con hacerte pensar, logro nada desdeñable, fíjese usted, entre tanta basurilla y entre tanto escritorzuelo de sábado y domingo, cuestión que yo agradezco no sólo en el plano de la literatura, del cine, del arte en general, sino en otros terrenos, no por pragmáticos menos relevantes.
Como ven, la celebración se justifica. Además, la Universidad de Los Andes, entrañable siempre ante mis ojos, ha sido responsable de editar esta obra, cargada no sólo de buena escritura sino muestra de excelente gusto a la hora de elegir portada, colores, papel, tipo de letra y, en fin, mano sobria para materialmente hacer un libro.
Cuando hablaba con Valentín, cuando -me viene a la memoria esa canción de Sabina- no le hacíamos ascos ni a la última copa ni al último bar, mientras se acomodaba los lentes, empinaba el codo y luego se quitaba la espuma pasándose el puño de una camisa mangas largas por la boca, cada vez que él decía algo, en realidad hablaba de sí mismo, de sus obsesiones, de sus miedos, de su infancia, de sus recuerdos, de sus añoranzas, lo que al fin y al cabo me hacía comprender un poco más el sitio donde estaba, la tierra andina que también en ese instante era mi casa, y es precisamente eso lo que respiro en esta obra: una manera de decir que es conversación abierta, que es diálogo, que es toma y dame con rocola al fondo, con cojones, mucho humo y kilates de razonamiento. "La creación del rosado" es un libro de amor que se tradujo en texto para reflexionar sobre el hombre y sus remordimientos, sus placeres, sus aplastamientos o sus indiferencias. De amor, claro, porque se nutre en principio del afecto por la tierra que llenó la niñez y luego la edad madura del autor, pero asimismo del punto de inflexión, de las implicaciones que una mano extendida, o un beso furtivo, o una lágrima en medio de las balas marcan a su paso por nosotros.
Qué duda cabe, vale la pena que lo lea. Entonces seguimos conversando.