1/18/2012

El beso y la mejilla



Mayo de 2005

Pues sí, sobre todo en estos tiempos uno anda a la carrera. Andar a la carrera implica varias cosas, entre otras la de darnos cuenta sólo de lo que nos interesa. Lo que nos interesa, verá usted, guarda por lo general una fuerza centrípeta de lo más personalista (yo primero y después yo) donde otras búsquedas o hallazgos bien pueden largarse con su música a otra parte.
Otras búsquedas o hallazgos. Eso es. Andaba yo hace días por ahí y justo al pasar frente a un colegio vi la escena. El hombre, entrado en años, aún con la mochila del niño entre sus brazos lo despedía con un beso. Alrededor lo de siempre, el movimiento constante del tráfico y la quietud pastosa del calor. La vida agolpada en un apuro, metida de lleno en los relojes.
Lo despedía con un beso, y esa imagen, que podría ser una de muchas repetida día a día antes de la entrada al cole, atravesó mis ojos y se incrustó en mi memoria. Porque un gesto cariñoso en medio del estercolero cae de perlas, o porque la sinceridad cobró forma sin demasiados aspavientos entre la vejez y la niñez, lo cierto es que el amor, la ternura, la belleza, lo milagrosamente humano se cuelan por hendijas que si a ver vamos saltan de esa esquina medio visible en la pared, o aparecen en aquella zona poco iluminada del rincón al que no vamos.
Lo milagrosamente humano, nada más y nada menos. Pensé en la historia del anciano y del pequeño. Traté de imaginar cómo serían sus vidas, cómo el fondo de aquel iceberg cuya punta había notado a las puertas de una escuela. Lo milagrosamente humano, ahí converge esto que quizás seamos, por demasiada mierda que en repartir uno se empeñe. Apenas ayer, mientras caminaba por la acera, entre la alcantarilla y un pedazo de cemento vi la hierba abriéndose paso a codazos. Esa visión me llevó otra vez al umbral del colegio y ambas imágenes, como una línea recta que se une en sus extremos hasta hacerse círculo, compartieron encuentro.
Encuentro, sí, de la hierba en plena acera y de un beso acariciando una mejilla. Me gusta escudriñar sus recovecos, cazar cuando se puede hilos comunes. Toparse con la incertidumbre para interrogarla, que también es otra forma de demostrar humanidad. Darse, en fin, de frente con ciertos ángulos de esta cosa llamada realidad, la cual es tal debido a que -como sugirió el buen Cortázar- no se le escapa ni la última migaja del sueño.

Las soluciones mediocres



Octubre de 2005

Existen quienes preñados de buenas o malas intenciones terminan incendiando lo que les rodea: desde su casa, su entorno inmediato, hasta un país. América Latina tiene en sus alforjas mucho que mostrar al respecto, pero sobre todo bastante que aprender.
Una de las materias pendientes que los latinoamericanos deberán aprobar más temprano que tarde es la manera tan ligera de extender cheques en blanco cuando de política se trata. Esa manera, que también es ignorancia, indolencia, comodidad, irresponsabilidad, ha servido de impulso y de sostén a quienes se llenan la boca con la más absoluta demagogia, con retórica populista que arroja ganancias políticas sin cortapisas, pero dejando en contraparte una estela de frustración, rabia y legítimos deseos de superación insatisfechos, tan peligrosos para el alcance de niveles de vida dignos como para la democracia misma.
Venezuela, nido y caldo de cultivo para que florezcan iluminados, más aún en momentos como éste, donde el intercambio de espejitos por lealtad política o votos ha crecido como nunca, tendrá que pisar el acelerador, lo cual implica que la oposición, terca como las mulas, ciega como los topos y narcisista como ella misma, deberá llevar a cabo lo que hasta ahora no da muestras de querer hacer, es decir, competir con el gobierno y darle la pelea desmarcándose de sus políticas, proponiendo el país que estaría dispuesta a construir una vez encaramada en el poder. La oposición no compite, va detrás. No se individualiza para entonces ubicarse en la acera de enfrente y decir lo que tenga que decir, sino que se arropa con las sábana de Chávez. No crea su discurso y su hacer: glosa al Presidente, va a la saga del gobierno, sigue al dedillo sus pautas, muerde todos sus anzuelos. Cualquiera pensaría, y con razón, que un gobierno tan malo como el que tenemos sería más de lo mismo con esta oposición que encabezan un Ramos Allup o un Julio Borges.
Este último, como para no ser menos ante el Hugo Chávez amo y señor de la demagogia encarnada, propone repartir en dinero contante y sonante, tan pronto como desplace al de Sabaneta, parte de los ingresos petroleros. Listo. Cada venezolano tendría su limosnita, sus algo así como doscientos mil bolívares mensuales, porque con Borges sí es verdad que el petróleo ahora es de todos. Si el país se está cubanizando, a decir por el propio justiciero, el señor Borges anda a estas alturas de lo más chaveznizado, o como se diga. Más de lo peor, o sea, más del Chávez busca votos, en campaña eterna, hablador de pistoladas, con el país destartalándose a su paso. Chávez dice y la oposición repite.
Aquí nacen magos a cada instante. Ya William Ojeda, quien le sigue los pasos muy de cerca a la dupleta Chávez-Borges, sacó de la chistera el conejo de más pagos: todo criollo con la edad requerida, inscrito o no, cobrará el seguro social. No hay plan de gobierno, no hay propuestas serias, no hay explicaciones, es decir, algún “cómo” al respecto. Hay demagogia a chorros que se cuela por los poros. ¿Es malo lo ofrecido por Ojeda? Por supuesto que en teoría no, pero olvida aclarar de dónde saldrá el diluvio de millones necesario para cumplir con su palabra. ¿Cómo la hará posible? ¿Cómo encarará semejante ofrecimiento? De eso, claro, es mejor no hablar porque le caen sucitos al pastel.
Este país atraviesa un mal momento. Es pésimo el gobierno y muy mala la oposición. Venezuela, como también Latinoamérica, ha sido tierra de utopías, de grandes logros siempre postergados que imponen al presente esperanzas con poquísimo sustento real; ha sido espacio predilecto para demagogos, dictadores, malabaristas de la palabra, carismáticos sin un dedo de frente, prometedores de oficio, salvapatrias al por mayor, arregladores de entuertos, de un plumazo y sin muchos sacrificios. Por eso engordan los Perón, los Videla, los Lusinchi, los Castro, los Chávez, los que se creen componedores de la humanidad, del mundo y áreas circunvecinas. Por eso abundan, rollizos, quienes se asumen como indispensables, quienes en nombre de la revolución o de la patria o de los pobres o de Bolívar o de no sé qué otro invento pretenden curar de una vez y para siempre, no como hombres de Estado sino como espadones andantes (la de Bolívar que camina por América Latina es un buen ejemplo), los tremendos males de estas destrozadas geografías.
En cuanto a mí, descreo de monsergas o utopías carentes de toda conexión con lo real. Rangel Gómez, el oscuro gobernador de estos parajes, ha gastado litros de saliva ofreciendo promesas, abonando esperanzas en la pobre gente que vio en él otro portento de las mejorías gracias al chasquido de los dedos. Nunca olvido aquella máxima: en política las soluciones mediocres suelen ser las mejores soluciones. Y de qué manera.

¿Dónde estará William Saab?



Diciembre de 2002

Hay gente que emposta la voz y gargarea. Sobre todo, supone que su tarea está cumplida porque un barullo de chillidos son lanzados con puntualidad al barril sin fondo de los discursos pacotilleros.
Hay gente cotorrera en extremo, especialista en embauques lingüísticos, y cuando digo esto me refiero a esa maña encarnada como ninguna por el señor Chávez, que pica y se extiende atravesando de cuajo la caterva de políticos idénticos a los adecos y copeyanos de siempre, sazonada con aires de gran intelectualismo a veces, especie de emergente “intelligentsia”, útil nada más que para hacerle la corte al jefazo de turno.
Hay gente, también, que en cierta etapa de su vida promete y promete, enseña con vehemencia el potencial guardado como para un futuro sin dudas luminoso, pero que pasos más allá pulveriza como si nada, como si un juego de espejos sólo hubiese reflejado una posible cara, un rostro para nada vinculado con la despreciable fisonomía del presente.
Tarek William Saab, triste es decirlo, calza muy bien en la horma derruida de este cuento. De su inclinación hacia esa dama inefable que llaman poesía y de su pasado como “luchador” por los Derechos Humanos, al gélido y desastroso hoy en día, pues media un abismo inundado de inacción, de actitudes contrapuestas a antiguas peroratas y, en fin, de vergonzoso uso y abuso politiquero.
Da lástima, por encima de cualquier cosa, la juventud de este ejemplar, desperdiciada en una revolución inservible de la que le costará una enormidad recuperarse. Fue mucho el empeño, no lo dudo, y mucha la entrega del pobre William a una revolución calenturienta producto de fiebres no sudadas, lo que duplica el golpetazo contra el muro durísimo de la realidad, con la que sin dudas su cerebro, a estas alturas, deberá empezar a conectarse.
Ya quisiera uno verlo moviéndose como peso pluma ante los desmanes que sus camaradas llevaron a cabo en estos días. Cómo me hubiese gustado que de su humanidad toda hubiese emanado un gesto a favor del señor Merhi. Con qué buen agrado mis ojos habrían recibido las imágenes de un Tarek en defensa de la gente que sufrió en Altamira, esa a la que le dispararon a mansalva. Fíjense qué necesario y vital resulta alguien comprometido de verdad y no un hablador de pendejadas.
Queda únicamente la preguntica de rigor, la rutinaria incógnita que se vuelca sobre el farfullero de esta vez: ¿Dónde andará William Saab?.

Asuntos de identidad



Alguien, con seguridad pasmosa, emitió hace muy poco una serie de opiniones que, como mínimo, comprendieron a mi juicio generalizaciones más que exageradas.
En un programa de televisión mañanero habló de lo humano y lo divino, y entre sus muchas disquisiciones se dio el tupé de describir cómo somos los venezolanos. Los venezolanos somos así, los venezolanos somos asao. Los venezolanos somos de esta manera, los venezolanos somos de esta otra. El muy tranquilo señor, sentadito y pontificando como en una especie de sagrada clase magistral, nos metió de un plumazo en un mismo saco. ¿Habráse visto tamaña forma de despachar matices y diferencias? ¿Habráse visto semejante culto al fácil parlanchineo y qué flojera de pensar?
Buscar identidades únicas y luego definirlas, cuadricularlas y espetarlas de buenas a primeras, como si tal cosa, es de entrada una pretensión demasiado abarcante, con el añadido de que, estoy seguro, jamás podrá darse con ellas. Sin embargo, aunque constituya una paradoja, tal búsqueda conlleva sin dudas a que nos conozcamos mejor, a que buceemos en lo que supuestamente nos conforma aunque, repito, nunca demos con ese bendito algo, unitario y totalizador, que permitiría colgarnos una etiqueta del pescuezo para clasificarnos como pollos en charcutería.
Aparte de claros e indiscutibles signos identificatorios (religión más o menos común, lengua, ciertos hábitos, etc.), no creo en una manera unitaria, rectilínea, de pensarnos, de vislumbrarnos, de considerarnos. Es decir, me parece que nadie tiene en sus manos el concepto de lo que nos define, de lo que algunos quisieran asir para encasillarnos bajo un rótulo.
Esa esquiva y de ningún modo definitiva identidad, eso intangible que hace sentir venezolano al venezolano, francés al francés o nicaragüense al nicaragüense; esa sensación abrumadora, jabonosa, escurridiza que se derrumba en buena parte ante análisis que no necesariamente son los más cejudos, impulsados por afanes clasificatorios, cuando mucho nos otorga algo así como sentido de pertenencia y noción de una entelequia, peligrosísima por cierto, que llamamos patria, cuestión nada desdeñable por supuesto (todo lo contrario) pero que no se termina ahí gracias al afortunado hecho de que las culturas se ponen en contacto, dialogan, cambian, cuestión que viene a erigirse casi en el motor de la riqueza social y política, etcétera, etcétera, de los pueblos de la Tierra.
La globalización, si a ver vamos y si somos lo suficientemente listos como para aprovecharle aspectos más que positivos, puede brindar la posibilidad de mundializar lo que tan íntimamente sentimos que nos conforma, sin que se produzcan los tan cacareados efectos de desarraigo en aras de un pensamiento único. El diálogo intercultural, el contacto entre pueblos, sería obviamente mayor, más hondo, y para nada disminuiría, digo yo, nuestra particular (y esto ya aquí también es, fíjense, una generalización) concepción de la vida y de la realidad. Se puede ser universal y no decirle adiós al sentido de indentidad, cosa por completo diferente a la idea de identidad preconcebida bajo un marco inamovible, etiquetador, rígido, único, no dinámico.
Decir que somos de una manera o somos de otra y nada más es cuando menos un reduccionismo, y como todo reduccionismo, miope y superficial. Si llegamos a una conclusión como esa ya no habrá más que hacer, ya no habrá nada más que inventar en el seno de nuestras sociedades, ya no habrá incluso esperanza para el cambio y el avance (siempre, y qué bueno, tendremos que propiciar cambios).
En lo particular, me quedo con la humana e inconmensurable variedad.

Revelación



Sigo tus huellas
para dar conmigo

1/17/2012

Las cuatro y diez



Detuve los relojes
llevé el tiempo
a la palma de mi mano
para hurgarlo
increparlo
y despeinarlo
hasta encontrarte.

1/12/2012

Solitario



A veces intuyo lo otro
la espalda
palabras ocultas bajo el césped
como lombrices.
Entiendo la razón
lo putrefacto sigue inalterado
no se puede desfreir un huevo.

1/11/2012

Nosotros dos



Hoy es tres de enero y cumples cinco años. Si tuviera que decirte qué cosas he aprendido a tu lado, quizás empezaría por una paradoja: creo a veces que soy quien enseña, uno supone al principio que ciertas convicciones y modos de imaginar el mundo están ahí y punto, y resulta que ese cuchillo que tienes por inteligencia, ya a tu edad, manda al diablo lo que juraba seguro, cómodamente ubicable en el terreno de las certezas, a estas alturas más o menos inamovibles.
Craso error. Cumples cinco años y me tomo un tiempo para pensar en ti, en mi, en nosotros dos. Tu llegada reforzó lo que tu hermana había inaugurado, es decir, he regresado de alguna manera a mi infancia, y ahí encuentro a mi padre, lo recuerdo, lo escudriño y me hago preguntas. Así como guardo imágenes, escenas, así como fui haciéndome una opinión, una semblanza, un retrato de mi viejo a lo largo de los años, me da por pensar en cómo empezarás a verme, en cómo irás perfilando al hombre que voy siendo.
Esta mañana me dijiste “ahora que tengo cinco años, peso más kilómetros”. Sonreí, reiteras que las cosas tienen una cara oculta, pones enfrente la contraparte que se esconde justo a un palmo de cuanto suponemos brillando a plena luz del sol. Yo, que he tratado de asomarme a ciertos balcones y hurgar paisajes con mis ojos y con los de otros, caigo de bruces, hecho polvo, asombrado ante ti como no lo hubiera creído posible. Es cierto, a veces pesamos kilómetros, no faltaba más, y en muchas ocasiones miramos con las manos, sentimos con los ojos, besamos con la imaginación o cogemos por los cuernos al toro de nuestros anhelos aunque no lo sepamos del todo. Porque, según te he observado, es verdad que la esperanza es lo último que se nos va, y es verdad que la alegría está agazapada en unos ojos tristes, en un insecto que vuela, en una tarde o en un amanecer, en unas cuantas líneas que puedan decir algo y, también, claro, en la inteligencia cortante de un chiquillo que apenas cumple cinco años.
No sé, no tengo idea de cómo me percibes. Ignoro qué imagen vas guardando de mí en esto de compartir ambos, de decirte haz esto o haz lo otro, de abrazarte o de llevarte a la escuela, en fin, de criarte. Ojalá resulte una presencia tranquilizadora, dulcificadora, arrebatadora, impulsadora, que es como he guardado yo la de mi padre.
Mientras, te miro y me miro, me siento y disfruto cada palabra que inventas (sí, las inventas) o cada historia que fabricas. Me encantaría poseer tu capacidad, tu habilidad para la fabulación, aunque reconozco que contigo he vuelto otra vez a la niñez y qué bueno, qué cosa magnífica, para quien pretende escribir y crear mundos hechos de lenguaje, labrar realidades a partir de ensoñaciones. Es lo que todos deberíamos estar haciendo, a cada rato, siempre, y fíjate, muy pocos se dan a la tarea.
Termino ya, el papel se acaba y esto es para la prensa. Papá escribe una columna de opinión en el periódico y ha querido compartir tu cumpleaños con sus lectores. Feliz día y a soplar fuerte las velas, con el ímpetu de siempre, con el que para ti un gancho de ropa es la espada de los mosqueteros o la caja de colores un barco que navega por los siete mares.

1/07/2012

El paseante



Me gusta caminar, me gusta pasear. Siempre he preferido irme a pie al trabajo (cuando era chico andaba los cinco kilómetros hasta la escuela) que esperar un por puesto o tomar un taxi. A la mayoría de la gente le molesta el sol, los zapatos, los callos de los pies o qué sé yo. La verdad es que en mi caso éstas son dificultades mínimas. Verá, más allá de percances que implican dolencias corporales o imponderables climatológicos, el calor o una llovizna guardan su particular encanto. Por fortuna soy un hombre sano, y caminar, viéndolo bien, quizás ha modelado semejante estado. De modo que pasear cobró en mí un efecto doble. Ha servido para la salud, y además se convirtió en mi pasatiempo favorito.
Cuando atravieso la calle Miranda, desde esa esquina donde alguna vez estuvo la farmacia Piar y hasta llegar al puesto de empanadas de Narcisa Palma, este pueblo se transforma. No es que sus casas dejen de ser casas o sus avenidas sufran algún cambio. No. Pero darse de bruces con la imaginación, abrirse camino a fuerza de invenciones que van y vienen casi al ritmo de los pasos, de las caminatas, tiene un significado que vale la pena escudriñar. Vamos a ver si me explico.
Un día vi La bella y la bestia, de Jean Cocteau, y juro por todos los dioses que esta calle era parte de la escenografía. La calle Miranda era una calle, cómo no, pero resulta que ante mis ojos iba mucho más allá de La bella y la bestia, digo, de esas versiones mediocres, comunes, venidas a menos que por lo general nos llegan a través de las malas adaptaciones y de las caricaturas Disney. Qué va. Cocteau y este pueblo sí que iban de la mano, aunque Cocteau era francés, de allá lejos, y esta calle un enjambre de gente, de casas, de tarantines comerciales a la orilla de un país llamado Venezuela. Caminar implica un encontronazo con la hendija, con la entrevisión que de buenas a primeras gana su espacio a fuerza de codazos.
Pero dije mal, o cuando menos fui sincero a medias. No sólo me gusta pasear, también me gusta el cine, y la literatura. Me gustan desde niño, no porque la escuela haya ejercido una influencia determinante en esos apetitos -todo lo contrario-, ni porque en la familia abundaran los lectores. Me gustan esas cosas porque simplemente muestran la vida no como es, sino como podría llegar a ser. Vaya usted a saber a cuenta de qué nace una novela o cómo se gesta una historia cinematográfica, cómo se crea un personaje y cómo se elabora la sintaxis de una obra maestra. Lo que sí sé, y muy bien, es que un cuento, una película que se las trae, terminan por ser la Celestina de un dinamitero. Todo lector o todo amante de películas entra de cabeza al mundo de los subversivos, y el mundo de los subversivos resulta siempre peligroso. Si no pregúntele a Bradbury, a Cabrera Infante. Pregúntele al pobre Quiján, Raúl Santamaría Quiján, el loco del pueblo, que según la leyenda de tanto leer casi termina fulminado por una apoplejía a media cuadra de la plaza Bolívar.
Salgo a pasear todas las tardes. Antes de bajar enciendo un tabaco y luego me dispongo a ver el mundo desde estos pasos que alguna vez ya no estarán, desde estos pies que serán pasto de gusanos. Ver el mundo en movimiento tiene sus ventajas. No es lo mismo la quietud del sillón, el silencio aséptico que muchos se procuran, que el ruido de buhoneros, de transeúntes apurados y, en fin, el ritmo ardiente de la calle Miranda. La calle Miranda es una página llena, un libro abierto, un fotograma en tecnicolor.
Desde que tengo uso de razón me llamó la atención el nombre de la mueblería. Troya. Se llamaba Troya. Era un nombre enigmático para este pueblecillo donde se respira todo menos el aroma mitológico, y más aún para un chico de siete u ocho años. Al pasar por ahí, a la altura del edificio San Francisco y sólo con cruzar la calle, justo enfrente la mueblería se abría como una flor en pleno campo. Luego supe que Troya había sido una guerra, y quizás por eso asocié las paredes carcomidas y las ventanas desvencijadas del establecimiento con los fragores de un combate. Imaginar Troya, que debe ser como imaginar esta calle, guardó entonces el encanto de lo clásico, lo que uno percibe a partir de ciertas remembranzas, de ciertas asociaciones que sabrán los dioses por qué y cómo suelen darse en la carambola que supone salir a pasear, pensar en la mitología, y hasta ver a Odiseo en medio de la gente. La historia de esa guerra, descubierta en la aburrida clase de la escuela, vino a interesarme gracias a este golpe de tres bandas, porque la vida es así y mire que tiene sentido, mucho sentido, buscarle la quinta pata al gato.
Como me gusta la literatura me ha dado por pensar que la vida posee bastante de cosa libresca. Voy a confesar asuntos que por lo general mantengo reservados. Da la casualidad de que al salir a la calle, la sensación de que uno vive cierta historia que otro ha escrito cobra fuerza. O el cine. También he imaginado que el mundo es un inmenso cine y que algunos de nosotros somos los actores. Que estas casas y el cielo y los pájaros y mis conversaciones no son más que parte de la obra. Un obra de arte, o una obra mediocre, qué más da. Por eso La bella y la bestia, por eso Cocteau, por eso tantas veces la señora de la esquina, la de los periódicos, a media luz guarda el semblante de Catherine Deneuve en Los paraguas de Cherburgo, y el vendedor de hamburguesas es nada menos que Nino Castelnuovo.
Tomo una bocanada y expulso el humo con placer. Es un Bermúdez, nada extraordinario pero me gusta. Eso es suficiente. Comienza a lloviznar. Ja, ja, ja, pienso en Bailando bajo la lluvia, pienso en Toto soportando el frío y la lluvia, por días, por meses, sólo por amor bajo aquel portal a la espera de su amada. Cinema Paradiso. Algo tan hermoso como Cinema Paradiso. Le doy otra chupada al cumanés, juego con el humo. Entro a la librería de don Ramiro.
El viejo vende libros, lápices, cuadernos, tarjetas. Los anaqueles están dispuestos en líneas paralelas, a veces perpendiculares, formando recovecos, de modo que en ocasiones, cuando te tomas el tiempo para hurgar en ellos y te entregas a la tarea de perderte en sus entrañas, no sabes si estás en una librería o en un verdadero laberinto. Es una sensación extraña, no sólo porque hay buenos ejemplares compartiendo espacio con peluches o pegatinas escolares, sino por la razón sencilla de que ahí la atmósfera casi puede materializarse, casi es posible tocarla. Mal iluminada, el claroscuro te traga por entero. Es una librería donde puedes hallar un ejemplar viejo, usado, con la rúbrica de algún dueño perdido en el pasado, o uno nuevo, inmaculado, oloroso a tinta fresca. La virginidad de los libros tiene que ver con su lectura, claro está, pero asimismo involucra el manoseo, la caricia, los ojos que recorren cada una de sus páginas como si fuesen piernas femeninas.
Entro a la librería y es como si entrara al cielo. Entrar a una librería tiene el efecto misterioso de procurarme una tranquilidad que sólo he encontrado en la paz de las iglesias. O de los templos, según corregía la hermana Amelia allá en segundo grado. “Se llaman templos, templos, tem-plos”. Un templo y una librería comparten el mismo punto de fuga, el horizonte común del alma humana. Ahí, en ese lugar con polvo y telarañas, Nicolás, Luis Canache o Adán Astudillo, amigos de años, dan cuerpo a la feligresía. Yo soy otro, por supuesto, un fiel que únicamente por respeto -en los templos no se fuma- abandona su tabaco en la soledad del cenicero que descansa sobre el escritorio carcomido de Ramiro.
El calor es una gelatina. Nicolás sonríe al verme y le masculla algo a Luis, en voz muy baja. Los saludo, me alegro de encontrarlos. Adán se quita los anteojos y suelta: “mire, poeta, Los autonautas de la cosmopista. Llevo aaaaños buscándolo”. Luis pregunta por Mariana, por Carlitos, por Alfredo. “Estamos todos bien”, respondo. Estamos todos bien. Qué película, una fiesta, un brindis por la amistad es lo que es, la prueba fehaciente de que la soledad también es un lugar para el encuentro.
Me detengo ante una biografía de Kawabata. La hojeo, la ojeo, la dejo otra vez en su lugar. Escucho un ruido hacia la entrada y es Ramiro cerrando la puerta porque viene de la calle. Había ido por un café con leche. Y entonces se echa en la silla y se hunde en una montaña de papeles que cubre el escritorio.
Voy al fondo, con el inconveniente de que mientras más avanzo hay menos luz. Así es esta librería: atenta contra los clientes, contra sí misma, favorece sólo al oculista. Dos pasillos a la izquierda, luego cruzo a la derecha y sigo un poco más. Disfruto de los libros, paso la vista por ellos como si fuera una máquina, como un escáner, con la solvencia que da el hecho de llevar años visitando estos lugares. Cojo otra biografía, esta vez es Graham Greene, libraco muy antiguo de un tal Ronald Matthews. No lo he escuchado, ignoro ese nombre. “Los libros pueden significar tanto como los seres vivientes; no fingen ni adulan; si pueden seducirnos, es sólo por lo que son o por lo que nosotros les aportamos”. Página sesenta y siete. Lo abro al azar y después de leer me digo que es apenas una frasecilla. En la portada Greene luce circunspecto, muy formal. Es un inglés, uno que supo escribir. “Los engranajes no habían comenzado a moverse; el porvenir no estaba todo cerca de mí, en los estantes, esperando escoger entre la vida de un práctico contable, de un funcionario colonial, de un plantador en China, o bien, de un empleado fijo de banca. Esperando elegir entre la felicidad o la desdicha y, más tarde, entre varias muertes, una forma precisa de muerte; pues es tan cierto que escogemos nuestra muerte, casi como escogemos nuestro trabajo”. Página noventa y seis. Y eso es lo que hacemos, ¿no?, escoger, elegir, dar al fin con la muerte que terminamos por seleccionar. Luis, Adán y Nicolás se fueron ya, no los veo, juraría que se esfumaron.
Aquí da la impresión de que el tiempo se detiene. Este local lleno de estantes parece una pompa de jabón en la geografía marchita de este pueblo. Antes y ahora, siempre me pareció que abrir esa puerta, pasar al interior, implica abrazarse con una galería saturada de otras cosas, cargada de cierto no sé qué brumoso, de tiempos que no son éstos.
Otra vez cruzan el umbral. Raúl da unos pasos seguido por Marcos y Javier. Saludan al dueño, que fuma un cigarrillo sentado en su escritorio mientras pasa la vista al periódico del día. En la Mueblería, Raúl, Javier -su hermano-, y yo, reinábamos a nuestras anchas. Un jardín particular, un revival del Edén pero en pleno siglo XX. Béisbol, fútbol, mujeres desnudas. Sí, mujeres desnudas y cigarros furtivos. Mujeres en cueros arrancadas de Playboy, la apetecida revista que robábamos a Jorge, el hermano mayor de Mayed, y manteníamos escondidas en el mejor lugar posible: debajo del colchón de alguna cama.
No me han visto aún. Sigo pensando, recordando. Estar vivo tiene esa particularidad, puedes sentir de otra manera, una que no crees olvidar nunca; la realidad es algo implícito, sobreentendido. La realidad te aplasta la nariz y entonces juegas a la pelota, a los vaqueros, a la gallinita ciega o a ser héroe. La realidad tiene ahí que ver con tus entrañas. Estar vivo supone que no te preguntes por estar vivo, más si tienes doce o trece años, como tenía yo, cuando la inmortalidad rondaba a cada paso.
Me dan el abrazo de costumbre, preguntan por mi madre -primero Marcos y luego Raúl-, por los días sin verme. El dueño ofrece un poco de té y vamos a buscarlo. Llevamos las tazas de regreso hasta el pequeño espacio en el que estábamos para seguir conversando. Estar vivo es más o menos eso, preocuparse por los otros, supongo, pensar en los amigos y esperar que a diario la rutina deje de ser rutina, que se transforme en invención, que se renueve, que te aplaste la sorpresa. Me parece que vivir es como ir al dentista, pero sin demasiado miedo a la anestesia. Vivir es no estar paralizado.
Cuando veo la hilera de libros de Cortázar uno de ellos logra que se me ilumine el rostro. Desde hace años lo busco sin éxito porque pareciera que huye de mí, que se me escabulle como agua entre los dedos. La vuelta al día en ochenta mundos está ahí, esperándome, casi guiñándome los ojos. Habría sido imposible que otro lo encontrase, tengo la seguridad de que La vuelta al día era para mí y se acabó: nos topamos de frente. Quedé en visitarlos en la noche, unos rones, una pasta al dente, vino. Raúl se excusa, se retira, se va a la gallera, que según él es el palacio del deporte más apasionante de este mundo. Le gustan esas escaramuzas, ve en ellas un arte que a la mayoría produce náuseas.
Cortázar es alto, bastante alto. La mitología empalma con la realidad, se encuentran como una mano y un guante, y en este caso Julio confirma semejante idea: es tan alto como los cuentos tejidos al respecto. Suelo hallarlo aquí, sólo aquí, asunto de lo más curioso porque nunca va a otros lugares. No lo veo en la plaza, ni caminando por ahí; resulta extraño pero no lo veo siquiera en los cafés, que no abundan demasiado aunque existen unos pocos. Prefiere el whisky con hielo, “con mucho, mucho hielo por favor”. El ron martiniqueño, que bebe dando sorbos pequeñísimos en su bungalow isleño. A lo Clark Gable, lleva siempre un cigarrillo colgado de los labios.
La calle Miranda termina siendo un pasadizo. Esta calle y esta librería guardan una relación que trasciende el perímetro del arte. A través de esos cristales -los del arte, digo-, que dan lugar a otra mirada, a otra vuelta de tuerca, la calle, la librería, el sitio exacto donde alguna vez existió la mueblería Troya, cobran el punto justo de lo que para cualquiera finaliza en misterio, en enigma cuya solución pasa por saber que no tiene solución, o cuando menos no una razonable.
Uschie Digard, Uschie Digard, ¡ah!, Uschie Digard, la hembra Playboy que aquellos años se paseó a sus anchas por la mueblería, que se mantuvo en pelotas, dueña de unas tetas que para qué te cuento, de unas nalgas cuyas redondeces no tienen paralelo en la historia de los culos sembrados en nuestras fantasías y nuestras revistas, se deja ver entre la Fuente de Soda Sabatino y la esquina de la plaza. Al atardecer, cuando sopla la brisa y la luz cae como a través de un vitral gótico, Uschie luce su ropaje mínimo, sus tetas imponentes, mueve las caderas y nos echa en cara esas curvas de infarto, ese rostro tal como lo vimos en papel glasé. Entra a esta bendita librería, arroja un “buenas tardes” casi susurrándolo, viene directo hacia mí.
Ni Marlene Dietrich en Der Blaue Engel. Nada se asemeja a esta mujer que arroja feromonas todo el día. Ni la Loren en aquella escena con Mastroianni a sus pies, acurrucado encima de la cama presa de aullidos de felicidad mientras Sophia hace de las suyas. Ni Liv Ullman. Ni Bardot. Nada de nada. Se despide, se va, con malicia da la vuelta y atraviesa de regreso esa puerta que hace tres minutos abrió para clavarse ante mis ojos.
Estar vivo tiene sus encantos, pero tiene también su lado oscuro. Estar vivos hace que soñemos. Convengamos en que la vida de todos los días, el tránsito mondo y lirondo desde el domingo hasta el domingo obliga a que se den estados entre vigilia y duermevela, entre lo ficticio y eso que llamamos real, entre… pero paciencia, un momento, esperemos un momento.
Cojo La vuelta al día y la coloco sobre el escritorio de Ramiro. Me llevo ese libro, ¿recuerdan?, les dije que era una cita organizada de antemano, me lo llevo y punto. Cortázar se mesa la barba, enciende otro Gitane. El tabaco le cae como el agua al sediento. Juega al gato y al ratón con el mundo, con las cosas, con el tablero que supone el movimiento de los días y de las noches. Si la vida es como yo lo aseguraba estaba equivocado. La vida es un poco como la vamos suponiendo, como la vamos perfilando entre ceja y ceja, más allá de circunstancias que a veces pesan como lápidas. Y conste que no soy sartreano, jamás de los jamases.
Sigo explorando anaqueles. Me llevo la mano a los bolsillos y de inmediato recuerdo la cinta de ese mismo nombre, La mano en los bolsillos, una historia que me atrapó, que me ayudó a entender la vida. A entender la vida. Sí, a entender la vida. La dirigió Bellocchio. ¿No podría ser éste un set de esa película? ¿No será ésta una función, en un cine cualquiera, digamos la función de las siete, y yo y todos y la librería y la calle Miranda y la Mueblería sólo un rollo de acetato?
He llegado a la conclusión de que estoy muerto. Camino, salgo a pasear, vago por ahí, jamás desayuno almuerzo o ceno, ni tengo cosas pendientes que resolver a última hora. Es perfecto. Lo más perfecto es la muerte, y lo más raro, light, casi posmoderno. Esta calle es un universo, se da a sí misma el comienzo y el final, se muerde la cola, es el punto de origen y el punto de fuga, es decir, me percato de que el cielo y a veces el infierno caben trenzados, juntos y también revueltos en este único espacio que los contiene. La muerte es borgeana, quién lo iba a decir. Todo un Aleph.
Estar muerto ofrece sus atractivos: el mundo gana otro matiz, se despliega de modos diferentes. Ignoro cuándo morí y cómo. Tampoco me interesa. Intuyo que lo estoy y eso me basta, vivo mi muerte y nada más, lo que me hace un muerto original, casi un muerto de la risa. Tornattore hace su entrada, saluda al viejo que continúa fumando. Llega hablando con Kinen, un amigo de la infancia. Suena la banda, escucho el solo de violín. Ennio Morricone, la música es de Ennio Morricone.

Un clásico



Barry Manilow: "Mandy"

http://www.youtube.com/watch?v=AM7SQzq3yHQ

1/06/2012

Válvula



Agradezco a la profesora Diana Gámez, de la Universidad de Guayana, sus gentiles palabras a propósito de la presentación, en Puerto Ordaz, del libro que Diego Rojas Ajmad y yo realizáramos a propósito de la revista "Válvula". Dejo aquí lo que sirvió como presentación el día del evento.

Válvula (Diana Gámez)

Quienes escribimos en la prensa tenemos el pálpito de que en estas fechas decembrinas nuestros escasos lectores disminuyen considerablemente. La gente está en otras cosas y quiere descansar, busca evadirse, piensa en su familia, en sus amigos, en los niños, en las hallacas y hasta en los regalos, no obstante la dura situación económica que afecta los bolsillos de la mayoría de los venezolanos.
Pero a los escribidores nos cuesta soltar la pluma, por lo que no dudamos en buscar un tema especial que no tendría cabida en la cotidianidad de la Venezuela de hoy -invadida, colonizada y envenenada- por las ambiciones de un individuo que no deja espacio para la paz y la tranquilidad.
Por eso quiero compartir con mis lectores lo ocurrido el pasado 15 de diciembre en la sala de Publicaciones Periódicas de la Universidad de Guayana, donde fue bautizado el libro Pensar la Ciudad dedicado a los 50 años de Ciudad Guayana. Eliécer Calzadilla habló con emoción y propiedad de este trabajo, publicado por el Centro de Investigaciones y Estudios de Literatura y Artes (Ciela).
Me correspondió presentar la investigación de Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad en torno a la revista válvula (así, en minúsculas). Se trata de una coedición entre la Universidad de los Andes -de donde egresaron los autores- y de la UNEG, que cuenta con un facsímil del único número que vio la luz esta publicación, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez.
Con esta revista se inicia la vanguardia en aquella Venezuela bucólica y agreste dominada por la bota militar. Nelson Himiob -figura importante de la generación del 28- fue el comisario para la administración. Cuenta válvula con las firmas de Agustín Silva Díaz, Israel Peña Arreaza, Pedro Rivero, Antonio Clavo, Gonzalo Carnevali, Carlos Eduardo Frías, Alfonzo Espinoza, J. Gabaldón Márquez, Arturo Uslar Pietri, Vicente Fuentes, Antonio Arráiz, J.A Ramos Sucre, Juan Oropeza, José Nucete Sardi, José Salazar Domínguez, Miguel Otero Silva, Julio Morales Lara, Rafael Rivero, Fernando Paz Castillo, Rolando Anzola, Rafael José Cayama, Luis Rafael Castro, Francisco de Ramón, Pedro Sotillo, Leopoldo Landaeta, Hernando Chaparro Albarracín, Nelson Himiob, Víctor H. Escala y Rafael Ángel Barroeta.
Para entender el significado y la importancia de los movimientos de vanguardia debemos señalar que estos se corresponden con rupturas radicales. La oposición a formas estéticas previas tienen que ver con búsquedas de nuevos lenguajes, nuevos mundos expresivos que pretenden sustituir la concepción preexistente de la realidad. La liberación es un rasgo que define al vanguardismo, condición que propicia la rebeldía e induce a posiciones claramente iconoclastas.
La liberación del individuo implica la superación de obstáculos no sólo estéticos, sino también morales o políticos. Esta renovación del hombre y la sociedad trae aparejada, con frecuencia, la politización de estos movimientos, que oscilaron entre posiciones revolucionarias (surrealismo, futurismo ruso, p.e.) y las ideologías más reaccionarias como el futurismo italiano de Marinetti, muy cercano al fascismo.
Para Eric Hobsbawn, hacia 1914 ya existía prácticamente todo lo que se puede englobar bajo el término -amplio y poco definido- de vanguardia: el cubismo, el expresionismo, el futurismo y la abstracción en la pintura; el funcionalismo y el rechazo del ornamento en la arquitectura. El abandono de la tonalidad en la música y la ruptura con la tradición en la literatura.
Las únicas innovaciones formales que se registraron después de 1914 en el mundo de la vanguardia parecen reducirse a dos: el dadaísmo, que prefiguró al surrealismo en la mitad occidental de Europa y el constructivismo soviético en Europa del este. El surrealismo significó un aporte real al repertorio de estilos artísticos vanguardistas. De su novedad daba fe su capacidad para escandalizar, producir incomprensión o provocar, en ocasiones, una desconcertada carcajada, incluso entre los representantes de vanguardias precedentes.
Es oportuno subrayar que el chileno Vicente Huidobro, quien asumió en París las propuestas del creacionismo -promotor de un alejamiento de la realidad que conduce a la abstracción- llega a España en 1918. Su influencia es notable en aquel país, lo que se acrecienta con la incorporación de figuras como Gerardo Diego y Juan Larrea. Uno de los mayores logros de este grupo fue haber combinado los planteamientos rupturistas de la vanguardia con la tradición poética española.
Todo lo anterior precede y marca el surgimiento de válvula en 1928. Pilar inaugural de las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX en Venezuela, tal como concluyen Roger Vilain y Diego Rojas en el estudio de este mensuario, que pasó por la tipografía Vargas sólo una vez, pero cuya impronta se vivifica cuando el talento y la capacidad de escritores e investigadores como Vilain y Rojas se posan en sus 56 páginas.

12/19/2011

Líquido


Al desnudarte
me bebo la noche espumosa
en que te encuentras

12/15/2011

Si ella fuera mi lectora

Si ella fuera mi lectora
inventaría vocales
fabricaría asonancias, qué sé yo
si tan sólo fuera
diez minutos mi lectora
construiría la octava dimensión
a fuerza de sintaxis
a lomo de sustantivos
a razón de ciertas preposiciones por segundo
si ella fuera mi lectora
coño
como lo es de tantos
de tantos y de tantos
le daría vueltas al abecedario
soñaría fonemas
con la imaginación a tope hallaría
la Piedra Filosofal hecha texto
hecha obra literaria
hecha fragmento de lenguaje abrazado
con aromas líquidos
saliendo de sus muslos
haciéndose oración yuxtapuesta copulativa
(eso, sí, copulativa)
si ella fuera mi lectora
como lo es de otros
de dos o tres o de otros
tejería el cuento perfecto
el poema total
podría tomar cada palabra
y sentármela en las piernas
podría sin duda
coger el toro por los cuernos
y frase tras frase
llevarlas a la cuenca de mi mano
e increparlas
y charlar de tú a tú con ellas
seducirlas
decirles
decirles a la cara
ladren
bailen
salten
chillen
putas
hagan su strep tease
vamos a la cama
luego a la taberna
si ella fuera mi lectora
si únicamente me leyera
como lee a otros
no habría poema más hermoso
ni lenguaje más altisonante
ni fuego en la memoria
ni dientes para arrancar ideas de cuajo
no habría líneas de erotismo
de erotismo
de infinito erotismo
como las que escribiría
no existiría gramática generativa
capaz de hacerme frente
pero ya ven
soy un rasguñador al borde de un sístole
impulsado apenas por un diástole
si ella fuera mi lectora
si lo que llevo al papel
significara algo
cualquier cosa
un miserable poco
si mi lápiz
como Hermes
llevara en las alas
un no sé qué importante...
pero ya ven
deambulo a solas
anoto
subrayo
digo
vuelvo a decir
me rompo la crisma con el muro
doy pobres arañazos al papel.





12/14/2011

Tu aliento dibuja mis recuerdos
voces de juventud
memoria de entrepiernas.
Busco ese rostro en caracol
el asombro de tu iris
la tranquilidad relampagueante
de alguna lágrima
al vuelo.
Brillantes y húmedos
así son tus globos oculares
con pestañas voluptuosas
siluetas almendradas
y humor vítreo de Lledró.
Entonces doy conmigo
puedo observarme desde ti
otra vez encuentro esto que soy.




12/12/2011

Entre nosotros

-Papá, papáááááááááá, papáááááá
-Estoy aquí, aquí estoy. Dime, cariño, ¿qué ocurre?
-Quiero ver Jorge El Curioso, quiero Discovery Kids
-Daniel, es tarde ya, es de noche, hay que dormir, mañana tienes escuela, ¿recuerdas?
-Noooooooooo, no, noooo, nooooooo... Voy a hablar con Dios, voy a hablar con Dios para que no exista la noche y para no tener que ir a dormiiiiiiiir. Nooooo...
-Hijo, Dios ya debe estar acostado, le hablas después. Mientras, te duermes y mañana resuelves ese asunto. ¿Te parece?
-Aaaaahhh, aaaaahhh, y a ti te lanzaré a los dinosaurios.

12/11/2011

Pensar la Ciudad

A propósito de los cincuenta años de la fundación de nuestra ciudad, en el Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes de la Universidad de Guayana acabamos de publicar un libro (Pensar la ciudad. Ciudad Guayana en su cincuentenario. Ediciones de la Univ. de Guayana, 2011), en el que un grupo de escritores e investigadores venezolanos se dan a la tarea de reflexionar acerca de la ciudad como espacio vital del hombre contemporáneo. Un libro que pretendemos salte al ruedo del debate, siempre necesario, sobre qué hemos hecho y hacemos para pensar la polis que habitamos, para hurgarla, reconsiderarla y proyectarla a un futuro que resulta urgente construir.

12/09/2011

Mácula
anverso
nubes desteñidas
puedo ser un sin fin
de cosas nada buenas
catálogo de abismos
sombra entre desechos.
Lo bueno anida lejos
de mis tripas
o mi piel
un kilo de hierbajos
un montón de arena calcinada
dos o tres pasos felinos
en Olduvai
o en Madagascar.
Poco
en verdad
uno va siendo muy poco.






12/08/2011

Quisiera ser

Qué manera tiene
de lanzar flores a otros.
Quisiera ser
cuando menos
mi alter ego
para acercarme
un poco
quizás tan sólo un poco
a tantos pétalos
y pétalos
y pétalos.

12/06/2011

Onírico

Te pienso y te sueño
me atrevo a soñarte

desde mi vigilia
a plena luz
a mediodía
te sueño además
en las noches
con los grillos
con las amapolas y luciérganas
agitando
sus cuerpos de fuego
alrededor de ciertas madrugadas.
Sueño que te sueño
sueño que me sueñas
al Sol
o boca arriba
frente a esa Luna
entre cometas
y luceros
entre asteroides
y Vía Láctea
mientras doy vueltas
sobre los anillos de Saturno
a un paso de Andrómeda
a un respiro
de la constelación de alguna Venus desvestida.
Te sueño
te pienso
hasta que despertar
es la cara oculta
del planeta en que me encuentro.

12/03/2011

Aquí, elucubrando...

Escribir:
cerrar el puño
dar un coñazo
aplastar esa nariz


Verbo

Amar exige
espantar fantasmas
fumigar malezas y rastrojos.
Otra vez
llevó razón el poeta:
amar es verbo
sudor
mediodías
y mediasnoches.
Amar es verbo, sí,
no sustantivo

12/02/2011

Bashoo

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo

11/28/2011

Descuelgo,vuelvo, reincido, descongelo

Quiero
contigo
acariciar el día
como si fuera
lomo de gato

11/22/2011

Punto de fuga

Cuelgo el blog. Se va al congelador. Hibernación. Siesta. ¿A quién le importa leer? ¿Para qué tanto cable y tanto chips? El mundo sigue dando vueltas. Hasta la próxima.

11/21/2011

El Chupacabras



Miércoles, diciembre de 2000




No digamos que el pueblo es sabio, pero aceptemos que guarda sus verdades. Y una de ellas quizás podamos encontrarla entre los seres que conforman su imaginario. Para muestra un botón: ahí está el ya muy famoso Chupacabras. En extremo peligroso, afirman los entendidos que es capaz de acabar con el macho mejor plantado de un rebaño de búfalos sin otorgarle el mínimo respiro. Pero hagamos un alto y pasemos, antes de darle continuidad a esta idea, a lo que verdaderamente me interesa: extenderles una invitación. En un ejercicio de memoria, de reconocimiento histórico, echemos un vistazo al pasado venezolano, a aquel siglo XIX en el que se origina la República. Acaso topemos, helados de sorpresa y con un terror digno de Hitchcock, con el vivo retrato de lo que vamos siendo; con el mismísimo monstruo que nos ofrece, hoy, la mitología contemporánea.
Desde el lejano 1830, justo el momento en que nos separamos efectivamente de la Gran Colombia, iniciamos un camino que, según supusimos, nos llevaría a un futuro cargado de prosperidad y que, lo digo con tristeza, en el presente ha dado media vuelta (paradoja entre paradojas: nuestro “avanzar” desde hace tiempo enfiló hacia el pasado). Al intentar remontar, pues, el río de lo que hemos venido siendo, es importante empezar precisando que el comienzo del período republicano en nuestro país se caracterizó por el exacerbado culto de los personalismos, por el populismo desbocado en la clase dirigente, por las incontables rivalidades que no dieron lugar a la paz, a la reflexión requeridas para llevar adelante un proyecto de nación, y pare usted de contar. Los ideales de un Andrés Bello, de un Simón Rodríguez, habían sido lanzados por la borda. Pero si volvemos un instante al presente, a este minuto en la vida del país que tenemos, y nos preguntamos cuál podría ser el paralelismo de un día como éste, cinco de diciembre, en relación con el boceto ofrecido algunas líneas antes, sin realizar un gran esfuerzo saltará a la vista que (y nada más refiriéndonos al mundillo electoral), los principales contrincantes de la más vergonzosa batalla política se sustentan en idénticas actitudes, en idéntico piso, en el mismo espíritu.
Cuando en el siglo XVIII se experimentó un mediano crecimiento económico producto del aumento en los precios de los productos agrícolas (¡oh azar que siempre nos atiendes!), la deplorable e infortunada situación acaecida a partir de 1830 dio al traste con esta mejoría. Análogamente, hoy cinco de diciembre, mientras leemos la prensa, el desastre de gobierno que padecemos golpea con los pies lo que pudo lograrse en los tan cacareados cuarenta años. (Hay que reivindicar, y resulta urgente aclararlo desde ya, lo que conocemos, a falta de mejor nombre, como período democrático venezolano. Sólo una ignorancia atroz, criminal por donde se mire, es capaz de desconocer lo bueno que en él se generó, muy aparte de la asquerosa actuación que la mayoría de las veces protagonizaron los partidos políticos, sólo por dar un ejemplo de lo que podemos reprocharle).
Lastimosamente, todavía no rompemos con el estado de cosas que existía hace más de ciento cincuenta años. En esa época nos movíamos en el ámbito absoluto de las emociones: la gente de a pie, recién salida de una guerra independentista, sin escuela, sin formación, sin saber leer ni escribir, era manejada por el pequeñísimo número de líderes que para el momento mantenía el poder. Su razonamiento consistía en uno elemental: éste es bueno, aquél es malo. Éste me beneficia, aquél no me beneficia. No hay que esforzarse demasiado para darse cuenta de que también hoy, cinco de diciembre, mientras posiblemente disfruta usted de su café, el espejo de este viaje temporal nos devuelve la exacta imagen que a través de él reflejamos: unos personajes que sufren profunda falta de preparación, y que actúan, en general, bajo los impulsos del instinto. La ausencia de una educación política que funcione como debe ser (que, en fin, siempre ha sido el gran problema a resolver) nos aplasta casi tanto como antes. Manuel Caballero, en uno de sus muy buenos libros titulado “Las crisis de la Venezuela contemporánea”, expone que somos un pueblo culto. No estoy de acuerdo. Y no lo estoy sencillamente porque cuando lleguemos a ese nivel nuestras razones actuarán, y en mucha menor cuantía nuestras pasiones.
La retrospectiva encuentra ahora una de las esencias fundamentales que ha macerado, que ha labrado al quehacer político venezolano: el caudillismo. Si en el XIX se erigió, se fortaleció e imperó, tampoco en el presente ha desaparecido. Probablemente la figura del caudillo como fenómeno latinoamericano explique esa tendencia que mostramos en cuanto a la aceptación, casi siempre resignada, de un gendarme necesario. Cada quien, a su manera, lleva un caudillo adentro y este martes cinco de diciembre, del año 2000, es casi seguro que los más visibles (Chávez, Chávez, y más Chávez) saturan con sus miserias y ridiculeces las páginas de los diarios. Ellos personifican, de un solo golpe y como por arte de magia, la salvación misma; son los héroes de cartón que nuestra psiquis reclama, y para complacernos han transformado lo que son y lo que los rodea en la triste, pobre y perjudicial representación de un templete.
También, en el pasado postindependentista, vivimos tiempos de revoluciones. No sé cuántas se dieron en ese siglo (alguien ha dicho que una cada año y medio), pero lo cierto es que en el diciembre que transcurre no podemos negar la vendimia de una revolución que produce la más espantosa de las carcajadas. Consideremos, y dejémoslo hasta ahí, el parapeto de las Escuelas Bolivarianas y la farsa del Banco del Pueblo. De igual modo, las diferencias de clase estaban a la orden del día, el abismo entre ricos y pobres no podía ser más profundo. ¿Acaso en estos días no ha recrudecido? ¿Acaso la boliburguesía es un cuento de camino?
Así como antes encontramos refugio en la heroicidad del pasado, en el talante épico que una generación de hombres nacidos aquí gestó, hoy, cinco de diciembre, los bufones que gobiernan repiten el mismo hecho en el intento de velar y distraer la atención de la mediocridad y el hazmerreír que en poco tiempo han construido. Y así como antes fuimos tutorados por constituciones perfectas, pero siempre con el país a sus espaldas, diciembre nos sorprende sin la consecución de mayores y radicales diferencias. Nuestra constitución de estreno permanece en el hiperuranio, irrespetada hasta el cansancio, toda vez que el Presidente y su pandilla hacen con ella lo que les viene en gana.
Por último, el siglo XIX no deparaba crecimiento, esperanza de mejores condiciones de vida a la inmensa mayoría de la gente salvo que un golpe de suerte ocurriera (lo que los llevaba, en consecuencia, a probar fortuna incursionando en la revolución armada o en la aventura del oro que apenas nacía en las selvas guayanesas). La verdad sea dicha: hoy martes, cinco de diciembre, los venezolanos creen como nunca en el azar, en la astrología, en la ayuda que llegue desde afuera. No propiciamos, y por lo tanto no existe, una conciencia del trabajo creador, del sudor y del esfuerzo individual como la única vía para salir del foso en el que nos hallamos.
La capacidad que ha demostrado este gobierno para desaprovechar oportunidades doradas, para acabar con lo que encuentra a su paso, para dividir y fomentar odios de todo tipo, es sorprendente y más que peligrosa. Sorprendente por la naturaleza de Midas, de Rey Midas patas arriba, éste es un gobierno que todo lo que toca va a parar al basurero; peligrosa porque Chávez nos acerca, con el fuego de su incompetencia, nulidad y torpeza, a un barril de combustible. El monstruo, el mito de un ser que siembra la desolación, el Chupacabras del que hizo las delicias toda prensa amarillista que se respete, está de vuelta. Sí, el pueblo guarda sus verdades, deja al descubierto sus misterios, y en ocasiones a plena luz del día.


11/20/2011

Cuestión de fe

Alguna vez
tuve la certeza
de que el amor era azul

11/18/2011

Confesión

Quiero
contigo
beber vino recinoso
en las tabernas de tu cuerpo

11/16/2011

Plegaria

Ojalá nunca pierda
ese fervor
como luz que explota
de golpe
en los ojos.
Ojalá nunca me abandone
esa ansiedad deliciosa
frente a la belleza.

Cultura Sónica

Hablar de educación supone mirar el alma humana. Desde que nació Occidente se ha pensado el hecho educativo a partir de ángulos diversos, pero siempre, no faltaba más, educarse y educar nos diferencia de un ser vivo a secas para acercarnos a la idea de individuo, cabal, civilizado, capaz de vivir en sociedad.


Para conversar de éste y otros temas nos acompaña esta tarde Aura Balbi, psicóloga, doctora en Ciencias de la Educación, profesora de la Universidad de Guayana adscrita al Centro de Investigaciones en Ciencias de la Educación, amiga con quien compartimos espacios de trabajo, dudas, mil interrogantes sobre esto que hemos sido y somos.


Bienvenida Aura a "Cultura Sónica", es un honor y un placer inmenso que compartas con nosotros el programa de hoy.

Cuerpo adentro

Cae la lluvia
cae
alzo el rostro
se aplastan las gotas
contra él
una estrella
mil luceros
dos trozos de sol
danzan a lo lejos
tu lengua en mi epidermis
tus dedos
raíces caminantes
avanzan por mi espalda
bailan tap con mis cabellos
bebo un daikirí en tu lagrimal
me acerco
me acerco más a tus caderas
sueltas dos botones
oigo el click del sujetador
cremallera abajo
recorro justo la distancia
que va desde tu vientre
al punto Sur
meridional
de la Venus que
guardas entre piernas
entonces nos bebemos
jugamos al gato y al ratón
te muerdo despacito
y finalmente
en tus pozos y en tus pliegues
cae la lluvia
cae
sin que pensemos
nunca
en abrir nuestros paraguas.

11/15/2011

Mientras escribo

Estudio, leo un poco, intento escribir con los dientes, con los pies, con el sudor de los dedos una conferencia para mañana a las nueve aeme. Respiro, cojo aire, sí, respiro hondo, un tabaco, un café, pienso, respiro y pienso, doy vuelta a las ideas, las miro de reojo, me gustan menos. Escucho un clásico (http://www.youtube.com/watch?v=IlMmLWv8sNk) y otra vez a las andanzas, al golpe de las teclas y a ver qué aparece, cómo nace un texto, cómo coge cuerpo, acaso, lo que muy temprano va a ser pasto de los asistentes.

Nocturno

Anduve
la otra noche dije sí
acaricié sus crines
piqué con las espuelas
mordí el frío
alcé los brazos
fui jinete
fui un jinete
por fin
sobre la Luna llena

11/11/2011

La vaca y el jugo

Llego a casa y Camila es toda sonrisas y besos. Me lleva a la computadora y me explica, muy solemnemente, que ha escrito varios cuentos. Abre sus carpetas y entonces leo. Leo y disfruto, le comento lo mucho que me gustan y terminamos en un abrazo profundo y muy largo. Dejo aquí uno de ellos, tal y como apareció ante mí. Con ustedes, La vaca y el jugo:


Había una vez una vaca llamada Nicole que no botaba leche, botaba jugo. Y un día de mucha sequía el granjero no podía hacer jugo ya que no tenía árboles de donde sacar frutas para tomar y comer. Entonces ya que la vaca Nicole no podía hablar y solo decir MU la vaca trató con señas pero con sus patas gruesas no podía hacerlas. La vaca Nicole no se rindió jamás en su vida, siguió su camino y se dirigió al granjero a ver si podía hablar con la palabra MU, así que le dijo MU MUMU MUM MU MUM MU. Aunque el granjero no le entendió ni una palabra de lo que dijo ella empezó a estudiar hasta que aprendió a escribir y le escribió hola granjero yo no boto leche yo boto jugo. Y entonces el granjero obtuvo jugo para todos sus amigos. Y fin.

11/09/2011

¿Qué hubo, señor Gardel?

Si arrastré por este mundo

la vergüenza de haber sido

y el dolor de ya no ser.

Bajo el ala del sombrero

cuantas veces, embozada,una lágrima asomada

yo no pude contener.

Si crucé por los caminos

como un paria que el destino

se empeñó en deshacer.

Si fui flojo, si fui ciego, sólo quiero que comprendas

el valor que representa

el coraje de querer.

11/07/2011

Vasos comunicantes

Es curioso. Yo, que suelo cargar una caja de tabacos encima y encenderlos en cafés, con lecturas o escrituras de por medio, acabo de olisquear bocanadas que un señor entrado en años arroja desde la mesa junto a mí. El efecto ha sido arrollador.
Pensé en mi padre. Me llegó “ipso facto” su recuerdo. Guardo una pipa que era suya y por bastante tiempo llevé conmigo, en la memoria, aromas de picaduras, de tabaco rubio o negro que él fumaba mientras conducía, mientras leía el periódico y a la vez yo lo observaba, niño aún, en esa especie de rito fabuloso que consistía en un puro goce: el placer de pensar y jugar con las volutas, con cada chupada, con las ideas que iban y venían al leer, al reflexionar frente al volante, en un silencio de a ratos fracturado sólo para dialogar conmigo.
Sentí el humo en la nariz y me fui a los setenta, a los ochenta, a los noventa, a días antes de su muerte. Ahora que lo pienso, creo que comencé a fumar puros nada más que por las ganas de escarbar en ciertas capas, por el deseo inmenso de redescubrir sensaciones asociadas con papá y que estaban ahí, en las raíces de mi memoria olfativa. Encender un tabaco y percibir sus olores desata un efecto-cascada de recuerdos, abre un baúl de imágenes que yo sé no voy a hallar de otra manera.
Respiro el humo de la mesa que está próxima a la que me sirve de trinchera y sí, pienso en mi padre, ya no como reacción instantánea sino a conciencia y a placer. Me hubiera gustado compartir con él un Partagás, un Cohiba, un cumanés, o extenderle aquellas cerillas de madera para que prendiera la carga de su pipa. La vida es un soplo y me doy cuenta, como tantas veces, de que también voy conociendo mucho más al hombre que no veo desde hace tanto, que no dejo de compartir a su lado aun cuando ya no está. Es curioso, pero recordar de esta manera implica que la memoria hace a fondo su trabajo, es decir, modela en el presente una figura, agrega un poco de esto o aquello y resulta entonces que mi viejo, por ejemplo, ha cambiado, va dentro de mí muy diferente a la última vez que caminamos juntos y charlamos, abrazado a esas conspicuas formas, caprichosas, entrañables, que el recuerdo y los años de ausencia van creando.
Lo imagino a mi lado, o frente a mí, en esta mesa de café, yo un amante de tantas cosas que él también amó, y me pregunto si podría verme en sus pupilas así como puedo vislumbrarme en los ojos de Daniel o de Camila, mis dos pequeños hijos. Creo que ser padre va siendo como ser hijo al revés, de modo que también me encojo de hombros al interrogarme sobre qué hallaría él en mi mirada. En fin. Lo imagino en toda su estatura, y me veo apenas un chicuelo, recitándole al oído aquellas frases que me enseñó a decirle, como un secreto entre los dos, en la primera infancia: “Je t'aime. Je suis ton petit garçon. Je t'aime beaucoup”. Lo imagino, lo escucho, también desde mi preescolar o mis primeros años del colegio, con su mal español, con todas esas erres arrastradas, desconcertado porque era increíble, absolutamente increíble que alguien pudiera hablar así, de una forma tan extraña, tan poco común, tan alocada y divertida. Lo imagino, ahora sí, desde el mesón en el que lucho con los deberes de segundo o tercer grado, fascinado, mientras él está al teléfono y habla con su hermana, la tía a quien yo todavía no conocía, en esa lengua deslumbrante, llena de sonidos que era música para mis oídos.
Lo imagino a mi lado, o frente a mí, en esta mesa de café y siento ganas de abrazarlo, un abrazo fuerte, gigantesco, abarcante. Luego, siento además ganas de besarlo en las mejillas, en cada una de ellas, como solía hacer conmigo en las mañanas. Después hablar, eso, conversar, conversar de mil asuntos, de tanta cosa que permaneció en el tintero, de tanta promesa que voló por los aires, de tantos planes y decires y cuentos que nos echamos sólo a medias. Diálogo sin cortapisas, claro. Nada nuevo, cosas que aprendí a su lado. Y entonces decirle te amo, te recuerdo, te llevo en los adentros. Mirar el reloj y acordarme de aquel verso de Cortázar: “Allá en el fondo está la muerte”. Luego continuar hablando, diciendo, ya sin importar la presencia de alguien en esa mesa de al lado, ya sin que una bocanada desate este regreso a otros tiempos.

11/06/2011

La nostalgia
es un ser vivo
respirando en mí

11/05/2011

Revista "válvula". Edición facsimilar

Presentación de "Revista válvula (1928). Edición facsimilar" (ULA-UNEG). Estudio crítico de Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad. Caracas, librería El Buscón, jueves 27 de octubre de 2011.

El 5 de enero de 1928 “un puñado de hombres jóvenes con fe, con esperanza y sin caridad” (manifiesto “válvula”, p. 7) presentó al público caraqueño el primer y único número de la revista que abriría, para cierto sector de la crítica y la historiografía literarias, la modernidad del arte escrito en Venezuela: válvula. Se trataba de un gesto que vino a cristalizar, como explican Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad en el nítido prólogo de esta edición en facsímil, las inquietudes renovadoras que saturaban el ambiente cultural de la ciudad como resultado de la precipitación constante de ideas del otro lado del Atlántico, pero también, qué duda cabe, de las necesidades internas de una literatura un tanto cansada de los juegos de salón en que había devenido la escuela modernista y, sobre todo, de la burda pintura de la realidad nacional –en el caso de la narrativa– hecha con trazos mal acabados, en virtud de una enrarecida asunción de servicio público asumida por muchos de nuestros escritores de principios de siglo XX.
Sobra decir que esa necesidad de cambio fue un fenómeno común en Latinoamericana, no como mera importación de fórmulas europeas de los llamados istmos vanguardistas, sino de resultas de una verdadera revolución del arte occidental y nosotros, quiérase o no, somos occidentales; o acaso debo corregir la frase: nosotros también somos occidentales. Así pues, válvula constituyó la materialización de la vanguardia más estrepitosa de nuestra contemporaneidad, una ruptura que, sedimentada en la conciencia artística colectiva, haría posible un segundo y más profundo momento de cambio: la luminosa década de los sesenta cuando varios grupos literarios retomaron aquel espíritu del año 28 y lo convirtieron en obras que aún hoy continúan regulando el horizonte mental de quienes nos dedicamos a la literatura.
De tal modo, válvula gravita en casi todos los acercamientos históricos que dan cuenta de la entrada del país en el tortuoso camino de la modernización de las formas y contenidos estético-literarios, y aunque tal vez sea cierto lo que señalan los prologuistas y artífices de esta nueva presentación de la revista sobre la poca profundidad de los trabajos que recalan en ella (los cuales, reunidos, acaso “no alcanzan –dicen– las siete cuartillas”), no es menos obvio, como también reconocen, que las firmas impresas en aquella aventura se convertirían en referencias ineludibles de nuestra tradición. Sea propicio recordar, entonces, que en septiembre de aquel mismo 1928 aparecería Barrabás y otros relatos, libro de cuentos de Arturo Uslar Pietri (redactor del manifiesto que abre la revista), el cual se transformaría en el volumen por antonomasia del relato vanguardista venezolano, pese a que dos o tres de las piezas que lo integran no son, en rigor, rupturales.
O el extraño caso de José Antonio Ramos Sucre, quien colabora con un texto que ya anuncia lo que sería su poética del año 29 cuando publica los memorables Las formas del fuego y El cielo de esmalte, pero que, andado el tiempo, confundiría al crítico literario rumano Ştefan Baciu al incorporarlo en su Antología de la poesía surrealista latinoamericana (1974), por lo cual recibiría una reprimenda de nuestro Francisco Rivera y del mismísimo Octavio Paz, respectivamente. Quién sabe, a lo mejor Baciu se dejó llevar por el hecho de que Ramos Sucre había publicado en válvula.
Como quiera que sea, el índice de la revista revela que la generación del 18, ya constituida, se traslapó con la naciente generación del 28, cuyo más sonoro recuerdo quizá sea válvula: es inevitable asociar su nombre con el desarrollo de la vida política venezolana de la segunda mitad del siglo XX. Y es que, permítanme citar lugares comunes de nuestra historiografía literaria, el índice de válvula sirve para conocer de un vistazo los nombres de aquellos que casi de inmediato devendrían figuras no sólo literarias, sino sobremanera públicas en el contexto del país; quiero decir (y de nuevo permítanme una salida fácil): como su título lo indica, por válvula salieron las personalidades descollantes de la Venezuela post-gomecista y, sobre todo, de la democracia representativa, la que se dio a conocer en la llamada “Semana del Estudiante” (febrero de 1928). De allí su impacto en el imaginario cultural venezolano, pese a la rara evidencia de tratarse de un solitario número; válvula es, pues, el emblema de un instante de la historia reciente del país.
No obstante lo trascendental del aporte de la revista, hasta hoy, ochenta y tres años después de su irrupción en la vida pública, ningún organismo puso el debido empeño de reeditar aquellas sesenta páginas. Un hecho insólito al cual no terminamos de acostumbrarnos los que trabajamos o hemos trabajado en eso que se llama la cultura institucionalizada, con todo y que la padecemos diariamente: válvula es apenas un ejemplo de la incuria a la cual sometemos los objetos de nuestra memoria histórica. Por fortuna, dos universidades han sumado esfuerzos, la de Los Andes y la Nacional Experimental de Guayana (energías discriminadas en varios organismos de sus respectivos senos: Dirección General de Cultura y Extensión ULA, Ediciones Actual, Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Febres” ULA, Fondo Editorial Universidad de Guayana, Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes Univ. de Guayana), para traernos de nuevo aquel fascinante y mítico gesto: la primera edición –facsimilar– de válvula.
En este punto debo hacer los debidos elogios a Vilain y a Rojas Ajmad puesto que ambos, sobreponiéndose a la incuria a la que me referí antes, hicieron una labor de pesquisa, a ratos decepcionante, en pos de un ejemplar completo de la revista; y luego, una vez hallado, el delicado proceso de reproducirlo sin convertir en polvo aquel material único. Si esto no bastara, han hecho acompañar el facsímil con una polémica presentación que cuestiona algunas opiniones recurrentes sobre la vanguardia latinoamericana, y venezolana en particular, que todavía circulan en ciertos manuales y estudios relativos al fenómeno. Más aún, examinan el alcance de válvula en algunos contextos intelectuales y dejan el campo abierto en relación con sus proyecciones en una historia de la cultura venezolana del siglo XX. Un rotundo logro crítico y de rigor que deja en claro, una vez más, que contra todo, los universitarios venezolanos seguimos, como siempre, trabajando. Albricias a los ejecutores de esta magnífica realización, y a las instituciones involucradas mis renovadas muestras de respeto.


Dr. Carlos Sandoval

Universidad Simón Bolívar

11/03/2011

Nada menos

Con una chica inteligentííííííííííííííííísima

Mecánica ondulatoria


Cada vez
mientras camino
abrazo el eco de tus pasos.

11/01/2011

Poema y canción

Quizás una de las más hermosas canciones de amor. "Viajera del río", del poeta Manuel Yánez (Ciudad Bolívar, estado Bolívar), interpretada por Serenata Guayanesa:



Dejo además la excelente versión de Ilan Chester: http://www.youtube.com/watch?v=UjAT8Hkn5Nc

Disfrútenla.