3/19/2014

Ciego y sordo

    La situación política venezolana es un torbellino que comenzó a formarse cuando Hugo Chávez abrió su particular caja de Pandora. Los rayos y truenos del presente tuvieron un período de incubación muy largo, cosa que no debe extrañar a los observadores: la violencia del gobierno, tanto física como hecha lenguaje, es decir, su praxis guerrera a punta de golpes e insultos, de soberbia y de plomo, abrazada con la simbología bélica metida desde siempre y de cabeza en el perfomance oficialista, derivó en esto que vivimos hoy. Quince años de garrote y zanahoria, de odio al por mayor, de listas de Tascón, no son poquita cosa.
    Entonces Maduro pide diálogo. Cabello pide diálogo. Los angelitos colorados de la Asamblea Nacional piden diálogo. ¿Y saben ustedes algo?, no faltaba más. Charlar  -llegar a acuerdos, construir consensos-   es el mecanismo universalmente reconocido para evitar que la sangre llegue al río. Es lo sensato y lo civilizado y por semejante argumento es que este gobierno monologante, charlatán, gritón, bueno para aplastar cuando se sabe fuerte y experto en poner cara de animalito cuchi si advierte que le han plantado una mano en la pechera, propone encuentros de utilería, diálogos de cartón sólo para patearle los cojones a todos una vez que se sienta otra vez oxigenado.
    ¿Hay que dialogar? Frente a un gobierno ciego y sordo, capaz de violar como le ha dado la gana los Derechos Humanos de la gente, capaz de llamar por tuits o por cadena nacional de radio y televisión a ejecutar ataques “fulminantes”  contra quienes protestan; frente a un gobierno que comete atrocidades con los detenidos, que reprime y mata, que tortura, veja, humilla, que tiene a estas alturas tantas cuentas pendientes con la justicia, repito, ¿hay que dialogar?
    Absolutamente. Es preciso, urgente, de vida o muerte hacerlo. Ahí está Mandela como ejemplo que no se debe olvidar nunca. El político más respetado de todo el siglo XX lo fue entre otras razones porque conversó, y ganó. Ahora bien, el poder en Venezuela hará una pantomima si con inocencia imperdonable se termina cayendo en  el embauque, en las trampas, en el juego que propone, dándosele oportunidad de cobrar segundos aires en su empeño de control total. Para sentarse a la mesa es preciso que el señor Maduro dé señales inequívocas de que el llamado a intercambiar ideas, a decirse las verdades y, en fin, a ejercer la palabra que tanta falta hace, es sincero, es real, y no el teatro del absurdo que lo caracteriza. Cuando alguien se ha esforzado tanto para que nadie confíe en él, hay que ser un cínico para luego decir: mira tú, bébete este cafecito, vamos a platicar. Esto ni es bolero ni es rocola, aquí nadie dará puto medio por un llamado a diálogo frente a las luces y las cámaras, mientras por el traspatio se persigue, se dispara, se encarcela y se pasan por el forro los derechos de la gente.
    Caímos en un punto muerto. Los estudiantes no retroceden en sus demandas y Nicolás Maduro opta por más represión, más brutalidad, más imposición.  Pésima forma de continuar llamando al diálogo y peor manera de evidenciar su farsa.

3/07/2014

A propósito de Venezuela

    El chavismo como ideología, ese tinglado de gimnasias entremezcladas con magnesias, va directo al corazón.  Pretende ser fibra emocional, transformarse en sístole y en diástole, remontar  ventrículos, atravesar pericardios, bombear conveniencias vía la “Canción del elegido" o  “Yo pisaré las calles nuevamente”.  
    Es para aplastarse de la risa. El mundo rosa que la Revolución del Siglo XXI obsequia a los venezolanos ha sido posible, no faltaba más, gracias  al Comandante Intergaláctico, especie de Supermán revuelto con Hombre Araña, creador de semejante parapeto. “Corazón de mi patria”, lo llama su feligresía, y quien diga ñe va a la molienda de la nueva historia, jineteada por Mario Silva, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez y el resto de los compadres, afilada jauría de mercachifles a la orden.
    El chavismo vende baratijas a precio de especulador neoliberal. Usted adquiere un bien, cultura oficialista (jaja) o salud bolivariana (jajaja), pongo por caso, y siéntese a esperar los espejitos. No es para menos: jamás antes, nunca en la historia de lo que el mundo ha sido, se construyó algo valioso a partir de cuatro disparates. Si un puñado de bandoleros con boina roja o enfluxados Cartier delirando por una bayoneta coparon las instituciones, leyeron como nadie el hambre y la ignorancia en esta tierras y de esa polvareda chapoteamos hoy en estos lodazales,  implica entonces que rehabilitar el país que cruje y se revienta supondrá ocuparse, en serio y sin descanso (porque la historia no suele andarse con segundas oportunidades), de inocular más democracia, de sembrar más ciudadanía, en las calles, en las familias, en los cafés y en los bares, en los prostíbulos, en los parques, en la escuela, en la vida cotidiana, en cada quien y en cada cual. Un trabajito al que llegamos retrasados.
    A la gente la matan como moscas en las calles, la economía venezolana es una ruina, los corruptos paridos aquí son los más rozagantes de este mundo. La escasez juega a diario al escondido si persigues un pollo, un litro de leche, un medicamento, un paquete de papel higiénico o una bolsa con tres panes. Los hospitales son un burladero, la educación pública una estafa, los afanes de control total el hilo conductor de un gobierno hecho de embustes. La revolución bolivariana (vamos a dejarla así, en minúsculas) parte de un par de premisas que nada más son chasquidos de la lengua. Me explico: ni es revolución ni es bolivariana. Ni nada que se le parezca. ¿Qué es entonces?, una camarilla en el poder de dudosa legitimidad en su origen e ilegítima en su desempeño, trocada en gobierno militarista con serias pretensiones totalitarias. Una dictadura, muy sui generis, actualizada, con las pezuñas metidas de lleno en el siglo XXI. Neodictadura, para usar el término más ilustrativo.
    Hoy, luego de los sucesos que vive Venezuela desde el doce de febrero, la máscara del gobernante está hecha añicos. Un rostro pseudodemocrático desfigurado. La represión salvaje de los manifestantes, la censura a los medios de comunicación, los grupos paramilitares creados, alimentados, lanzados a las calles por el gobierno y protegidos por la Guardia Nacional, la entrega de la soberanía nacional a un gobierno extranjero, los presos políticos, la tortura, los crímenes de lesa humanidad, documentados por una organización tan seria como el Foro Penal Venezolano, a la que habrá siempre que aplaudir, desnuda al régimen exponiéndolo en sus tropelías, locura y bandidaje. Por fortuna ya su imagen internacional vale muy poco. Tristemente, puertas adentro, la izquierda caviar de este país, con sus valedores intelectuales por supuesto, a la fecha no se ha desmarcado,  no ha abierto su boca ni puesto a punto su pluma para denunciar abusos y condenar de inmediato la brutalidad de un gobierno fuera de sus cabales.
    Venezuela vive momentos trágicos, de violencia acrecentada, de sangre y fuego, de fascismo gubernamental contra quienes piensan distinto al poder. La juventud, la decencia, la voz de la calle, van a continuar con las armas de la razón, el coraje y la paz haciéndose escuchar. A nada menos nos debemos como ciudadanos.

3/06/2014

Tabbaq

En el tabaco, en el café, en el vino
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.

Julio Cortázar  (Los Amigos)

2/22/2014

Interrogante

Papá, papáááá,  papáááááááááááááá, ¿las cebras son blancas con rayas negras o negras con rayas blancas?

2/14/2014

Salvadores de la patria y vidrios rotos

    La Venezuela del presente es un caso digno de observar con lupa: en el contexto latinoamericano ha aumentado de modo exponencial el número de países que optó por rutas de convivencia democrática, mientras el nuestro retrocedió hasta niveles que dábamos por superados. Craso error.
    El desarrollo, la civilidad, la democracia, son formas de vida en sociedad que se construyen todos los días, es decir, acceder a ellas supone un ejercicio manifiesto de educación continua, de ciudadanía y de vigilancia de las instituciones democráticas que, al menor descuido, corren el peligro de rodar cuesta abajo por el despeñadero. Venezuela ha experimentado tal verdad durante el bodrio revolucionario y las aristas más visibles del desastre son el autoritarismo, el militarismo, el pronunciado declive del respeto a los Derechos Humanos, los elevados niveles de toxicidad a propósito de las libertades ciudadanas, la escasez, la inseguridad en las calles, el pandemónium económico y el intento de instaurar un mega Estado con pretensiones de control total. El fósil político que desde hace mucho es la Cuba de los Castro tiene quien lo llore y quien lo emule.
    La camada gobernante en Venezuela, especie que brilla con luz propia entre la izquierda más retrógrada, lleva pegada de la frente la etiqueta que guía sus desafueros:  1.- esa curiosa  idea de que la historia hace a los hombres y no todo lo contrario (Marx entre ceja y ceja), 2.- la creencia religiosa en un Padrecito Stalin que venga a chasquear los dedos para acabar con los problemas y 3.- el convencimiento absoluto de que la razón, la verdad y la justicia se ubican por siempre de su lado. Semejante acto de fe, desde luego, constituye un prontuario tan peligroso como en gran parte superado (ahí está la izquierda de un Lula Dasilva, de una Bachelet o de un Mujica, sólo para quedarnos en Latinoamérica, con trinos rimbombantes de retórica ideológica para los radicales pero cargadas de sensatez y de visión moderna en el plano de los hechos). Resulta, qué duda cabe a estas alturas, el santo y seña clave para dar con la enfermedad del Tercermundismo, tan agudamente diagnosticada por Carlos Rangel en su momento.
    Quienes gobiernan este país, en consecuencia (hay que repetirlo mil veces para no olvidarlo), tienen la plena certeza de que el universo y sus alrededores obedecen a las leyes del materialismo histórico que tarde o temprano va a parir el Paraíso entre nosotros, de modo que ciertos daños colaterales (¿que no haya Harina Pan?, ¿que el papel tualé coja sus patas y se largue?, ¿que el país refleje números ardiendo por donde le metas el ojo?) son apenas cuestiones secundarias, pequeñeces, sacrificios que ante el pronto advenimiento de la Tierra Prometida bien vale la pena soportar. Lo demás es imperio, es la CIA, es gringo go home y es la ultraderecha internacional.
    La religión de los que pretenden gobernar aquí por los siglos de los siglos es monoteísta. Feligresía obediente y un Dios apoltronado en los altares, o sea, pueblo y comandante eterno, supremo, intergaláctico o como se llame, quien,  aterrizado en Palacio gracias a la burguesa democracia,  la socava desde sus entrañas hasta trocarla en parapeto, despanzurrándola a placer. Los valores universales caben y se subordinan entonces a la única verdad reinante: la del líder carismático. Existe, luego, sólo un sistema ético, cognoscitivo, universalmente válido, nada menos que el de los camaradas al mando. “Dentro de la revolución, todo. Fuera de la revolución, nada”. ¿Les suena?
    Lo anterior se corresponde con lo que Isaiah Berlin denominó monismo y al que impugnó con la valentía, rigor y honestidad intelectual que desplegó a lo largo y ancho de su fecunda labor académica. A tal concepción de los hechos sociales y de la vida misma contrapuso su idea de pluralismo, a saber y en resumidas cuentas, que no existe una única verdad y una única respuesta a las interrogantes y problemas que se nos plantean y que la multiplicidad de verdades, contradictorias entre ellas las más de las veces, pueden coexistir y hallar consenso, negando entonces categorías absolutas, tan caras a mentalidades y regímenes totalitarios. El pluralismo al que se refirió el pensador de Oxford, como se ve, es hilo fundamental del tejido democrático, base inexistente en la ideología y el dogma presente en quienes juran por estos lados tener a Dios tomado por las barbas.
    La Venezuela del presente vive uno de sus más duros momentos. A raíz de sendas marchas protagonizadas esta semana por los trabajadores de la prensa y por los estudiantes universitarios en todo el país, la represión y el bloqueo comunicacional recrudeció. El black out  informativo no ha tenido parangón. A través de las redes sociales numerosos estudiantes denuncian torturas y violaciones a los Derechos Humanos. Varios dirigentes políticos y líderes sociales, nacionales y extranjeros, piensan en la OEA y en su Carta Democrática Interamericana. Papel mojado, ya lo sabemos.
    El descalabro socioeconómico del país era una realidad que, más temprano que tarde, llegaría, sin importar las cifras astronómicas que por razones de factura petrolera abultaron tanto tiempo las arcas del Estado, permitiendo crear un espejismo de bonanza.  Sencillamente el chorro de petrodólares no alcanza para continuar llenando la piñata: Los tres chiflados, entremezclados con Alí Babá, obraron el milagro de hacernos más dependientes, más atrasados y más pobres. Es el rostro de aquel Mar de la Felicidad, sueño de un Chávez  genio de la demagogia, campeón universal del embauque como obra maestra.

2/13/2014

Los debates necesarios

Para entender lo que hemos sido y somos. Para hurgar en este continente tan lleno de contradicciones, un intercambio de ideas entre Vargas Llosa y Octavio Paz. No tiene desperdicio:

http://www.youtube.com/watch?v=LKvjvN2eLD4


1/13/2014

Alquimia

    De niño juraba que llegar a adultos era cosa sin complicaciones. Me rebanaba los sesos develando el misterio pero nada, imposible dar con el mecanismo que propiciaba de golpe y porrazo tal metamorfosis. Imaginaba simplemente que un buen día entraba en mi habitación y despertaba luego noventa centímetros más alto, con canas y bigotes y pastillas para la tensión sobre la mesa de noche. Viéndolo desde el presente,  una alquimia menos llamativa que esa otra responsable de convertir el plomo en oro, en la que también creía de pe a pa.
    El hecho de que mi padre fuese mi padre, con su metro ochenta y yo con mi metro diez, el enigma de que alguien fuese más trigueño o menos lacio, más alto o más bajo, dientón o con los incisivos parecidos a un grano de arroz, me quitaba el sueño a diario. ¿Cómo llegaba uno a ser grande? ¿Cuándo se lograba el cambio? ¿En qué momento proliferaban las arrugas? ¿Por qué no había pistas, ni huellas del proceso ni forma de espiar cuanto ocurría? La explicación era una, ya lo he dicho: cerrando los ojos y yendo a la cama, en algún momento escogido por Dios o quién quita, a lo mejor por la mismísima Santa Eduvigis -de quien mi abuela era devota y de cuyo rostro había imágenes por toda la casa-,  se daba la transformación. De cierto modo éramos Gregorios Samsa aún sin saberlo, fieles subsidiarios de una fatalidad que a todos nos tocaba.
    Un adulto era eso, misterio que me impedía dormir a veces, gente alcanzada por el rayo transformador de la divinidad, llena de achaques, miope las más de las veces, habitante de un mundo diferente al mío por donde lo viera. Entonces me hice adolescente. Crecí. Mi padre me llegaba a la nariz, tuve que comprar afeitadoras, ya no usaba pantalones cortos. Ahí supuse que la humanidad se dividía en dos: los adultos por completo adultos, trasplantados de la infancia a una tierra de nadie a partir de cierta edad, y los adultos que lo son gracias a que se expandieron como el hule, pasaron de los ocho a los cuarenta y dos porque la niñez es un chicle que por fortuna se estira.
    Cada vez que leo a Cortázar termino por reconfirmar la regla. Un maniqueísmo de lo más encantador cubre la Tierra: Cronopios, Famas y en el medio Esperanzas, esos individuos que perdieron el tren al Paraíso, conformes ya con ser veletas, esclavos de las circunstancias, peleles para siempre entre dos aguas.
    La verdad es que disfruto recordando estas cuestiones. Pendejadas de la edad, dice un amigo con quien comparto delirios parecidos. Hoy en día veo niños envejecidos y también ancianos que todavía buscan su Vellocino, lo cual es muy estimulante con lo podrido que anda el patio. Es lo que pretendo enseñar a mis hijos: la realidad puede ser de otra manera.
    En cuanto a mí, sigo leyendo a Cortázar, que era un muchacho a los setenta y tantos y tengo la impresión de que Alicia en el país de las maravillas fue con justicia Alicia en el país de las maravillas porque metió de lleno la nariz en el espejo, asunto muy serio si a ver vamos, sobre todo cuando medio mundo está empeñado en irse a la cama, cerrar los ojos y despertar siendo el mismo cada mañana, así tal cual, una tras otra, hasta el fin de los tiempos.

12/05/2013

Fontaneros



    La otra vez abrí el diccionario y encontré la palabra zeúgma. Estuve pensativo un rato, dándole vueltas al misterio que encierra vocablo tan extraño. La verdad es que el lenguaje se parece a una pared llena de tuberías y nosotros somos los usuarios, los manipuladores de esa realidad, fontaneros de la lengua en el sueño o la vigilia.
    Zeúgma tiene mucho de término médico enredado en los zapatos. “Tiene usted un zeúgma pericoidal supraestrageno”, ¿se imagina?, como para ponernos el cuero de gallina. Entonces lo repito varias veces: zeúgma, zeúgma, zeúgma, y  a Dios gracias me da por olvidar pronto el asunto.
    Uno piensa en la belleza de la palabra claraboya, por ejemplo, o de celosía, y ante zeúgma no queda más que deprimirse. El lenguaje es una cosa rara, por supuesto, se las trae de pe a pa, y para remate la belleza tiene también sus recovecos, su personalidad más que explosiva, un poder de aplastamiento que no puedes  esquivar. La de algunas mujeres, pongo por caso. Existen chicas lindas, hermosas por donde las mires, pero bellezas, compañero, verás pocas a lo largo del camino.
    Decía Alejandro Otero que determinados cuadros jamás le parecieron bellos, por mucha historia del arte y por mucha muestra en galerías o museo del Prado y blablablá. Eran cualquier cosa, bien construidos, justamente concebidos, milagrosamente pensados, pero bellos nunca. Puedo entender a mi paisano, creo intuir por qué lugarejos lo arrastraba la nariz. En fin, que ante un enigma como éste, frente a la belleza de una hembra levemente estrábica que despacha en una tienda de Altavista yo no sé adónde irá a parar tanto polímero hecho tetas recrecidas o culos ensanchados. ¿Me comprendes Méndez?
    Dejo de pasearme por las nubes y otra vez ahí, el diccionario y la desagradable bernegal, la acomodaticia dialipétala, las horrorosas crótalo, ceporro o zaragata. Hay que ver, uno aprieta aquella tuerca, elimina con la llave una gotera, pero más acá revienta todo un tubo. La fontanería del lenguaje da para obsequiarnos cefaleas a cada rato. Recuerdo ahora mi infancia y esternocleidomastoideo. Vaya palabrita. Esternocleidomastoideo es una mujer de un metro ochenta con piernazas que para qué te cuento pero fíjese, nadie apostaría un centavo porque esternocleidomastoideo coja pizarra a la hora de las galas lingûísticas. Sin embargo yo, feliz, le juego todo y que me lleve el diablo.
    Paso la vista nuevamente por zeúgma, evito olisquear su significado. Lo que menos me interesa es lo que escupe la Real Academia acerca del asunto. Zeúgma es fea con bolas y cristal hermosa. Sobaco es un clásico de la horripilancia mientras caleidoscopio me emociona hasta las lágrimas. Arcoiris, batracio, roncha, adenosín, escoja usted. Hay palabras que me revientan de entrada pero ahí están, como si nada, y existen otras que me encantan pero ni siquiera aparecen en el libro de los libros. Es bueno inventarlas, claro, y para eso estamos. Fontaneros del lenguaje, a mucha honra.

11/28/2013

Un clásico

How can i go on. Freddy Mercury y Monserrat Caballe.

¿Dejo el enlace y la escuchamos?
http://www.youtube.com/watch?v=EaAExrGO5Ks

11/18/2013

La corrupción como forma de vida

    
Tomado de: Expediente contra la corrupción. Revista de Ensayos Políticos. Ediciones de La Causa R, Caracas, año 1, núm. 1, oct. 2013. 
    
    Cometer ilícitos, delinquir, manifestar conductas reñidas con la decencia y con las leyes ha sido, es y será un hecho inherente a la condición humana. Hobbes ya lo decía, palabras más, palabras menos: es tan peligroso el hoyo en el podemos caer que sólo el contrato social nos salva de nuestra naturaleza destructora.
    Así, perseguimos el bien común poniéndonos de acuerdo para vivir en sociedad. Nos protegemos, a fin de cuentas, de nosotros mismos. Corromperse siempre va a resultar una posibilidad al alcance de la mano. No es extraña entonces la corrupción, vista a través del   lente, del abanico a propósito de lo que en ella cabe, y mucho menos la administrativa, entendida aquí como el desvío ilícito de lo público hacia el coto de lo particular.
    Según ONG’s tan serias como Transparencia Internacional, Venezuela posee el triste privilegio de ocupar un sitial de honor entre los países más corruptos del mundo. Si bien el fenómeno existe a lo largo y ancho de este maltratado planeta, ciertas regiones llaman la atención porque el mal, que ha engordado, ha echado raíces y se ha apoderado de la estructura burocrática de los países más golpeados por el flagelo, llega a ser estructural. El aparato jurídico penal luce en ellos carcomido, la seguridad ciudadana y el bienestar social en general distan mucho de ser lo que en teoría deberían, la concentración de poder en manos de un caudillo (un hombre fuerte, un “iluminado”, un presidente sin mayores controles en su gestión) hace de las suyas y el resto de los poderes públicos inclina la cerviz ante el Ejecutivo. Finalmente, la gente, en su inmensa mayoría, no ve con malos ojos el asunto, es decir,  ni condena ni rechaza al pícaro que medra hasta “triunfar” luego de usar la política como medio para enriquecerse. De alguna manera la sociedad se erige en cómplice del problema que nos toca. Nuestro país, triste es decirlo, no escapa a estas verdades.
    Para que lo anterior ocurra deben existir ingredientes fundamentales que sustentan y abonan el florecimiento de la corrupción que cala hasta los huesos en la Venezuela del pasado y del presente: un conjunto de valores, una simbología, una psicología y un lenguaje que erige la plataforma ideológica sobre la que se sustenta el hecho que abordamos. La sociedad venezolana (y esto es observable desde la Colonia) mantiene una relación con el Estado cuyos intereses no convergen en un punto de fuga donde el objetivo es la consecución del bien común. Pareciera que por lo general los ciudadanos no consideran como bien público el patrimonio que deben manejar los distintos gobiernos, de modo que el pillaje en este ámbito puede ser perdonado y, más aún, justificado gracias a que la administración estatal es poco menos que una entelequia, concebida por la mayoría como algo ajeno a ella: una especie de limbo adonde llegan quienes se harán de algún botín. Los bienes colectivos no son percibidos entonces como posesiones de la ciudadanía sino como entera propiedad del Estado, refractario siempre a los intereses del común de los mortales.
    Ésto, sumado a la esperanza depositada en un líder cuya autoridad y carisma resuelvan todos los problemas, abre las puertas de par en par para que América Latina se transforme en caldo de cultivo, en tierra fértil donde el pícaro se desarrolle, transgreda  impunemente, hurte, tome los caminos verdes para lograr sus objetivos, extendiéndose tal mentalidad y tal conducta a todos los niveles del entramado burocrático y político existente. Si el Estado es percibido como un ente lejano al ciudadano cuyos fines no concuerdan con sus esperanzas e intereses (el progreso, el bienestar), no debe extrañar entonces la realidad que hoy como nunca tenemos enfrente.
    El héroe y el pícaro (los dos rostros del líder redentor) se dan la mano, se encaraman en el altar de lo mágico, de lo todopoderoso en función de un ejercicio equivalente  a la exacerbación de la mediocridad y el  populismo en sus peores manifestaciones. Cuando uno y otro (en verdad el anverso y el reverso de esa moneda que supone una sociedad menos contagiada de estos males) se funden, se transforman en el trampolín que brinda el tan ansiado ascenso fácil, lo cual, por otras vías, luce casi inaccesible.
    El cáncer de la corrupción  se pasea rozagante por la administración pública venezolana  y ya sabemos lo que éste provoca en cualquier democracia sin suficientes anticuerpos para combatirlo a fondo: termina socavándola, disminuyéndola a niveles que serán la caricatura de lo que deberíamos construir. Hoy, en Venezuela, es urgente que la decencia prevalezca. Es la única manera de preservar la democracia misma. 

11/01/2013

Papel Literario

    El domingo 27 de octubre el diario El Nacional publicó, sólo en la web, su Papel Literario. La razón fue económica, o sea, falta de dólares para importar papel. Ustedes comprenden. La necesidad, pues, obligó a mutilar la edición impresa de esa fecha.
    Lo anterior es perfectamente comprensible. Ante la desolación brutal que vive este país resulta ineludible tomar decisiones, muy drásticas a veces, a la hora de manejar una empresa. Si escasea materia prima para trabajar y salir adelante el corolario exige reacomodos: se eliminarán ciertas páginas, se disminuirán otras y, en fin, se replanteará el asunto con el objetivo de mantenerse a flote.
    Hasta aquí todo hermoso, como el oso. Nada que un buen capitán no lleve a cabo cuando llega la tormenta si la cuestión es evitar naufragios. No obstante,  Papel Literario  -preciso es no olvidarlo-  es el suplemento cultural más longevo de América Latina, es una escuela y un nicho particular en el que se ha pensado el país desde la literatura y desde diferentes manifestaciones del arte; es un espacio con siete décadas a cuestas quebrándonos los platos en la cabeza y es una manera de escrutar el mundo hasta rehacerlo mediante la palabra, las ideas y el pensamiento, lo cual no es concha de ajo ni nada que se le parezca.  Nelson Rivera, su director, escribe desde el lamento: “la falta de divisas necesarias para la compra de papel ha alcanzado también a este diario, como a tantos otros en el país. Mientras este asunto encuentra solución, los lectores podrán encontrarnos en la web”. Y yo le pregunto a este individuo: ¿Por qué coño el suplemento literario fue la víctima escogida? ¿Por qué razón no enviaron al limbo de lo virtual al cuerpo de farándula, sólo por mencionar un ejemplito?
    “Porque nos da la real gana, señor, y déjese ya de andar jodiendo”. Punto. Esa podría ser la lápida para mis interrogantes. Me parece del carajo. Prefiero la honestidad de un escupitajo semejante a la alharaca de la mutilación perpetuada por la mano indolente de una realidad económica y política que nos tiene agarrados por los huevos. La culpa es del gobierno, ajá, con sus prácticas malsanas, con su incapacidad demostrada a lo largo de estos quince años de tragedia nacional. Excusas dadas, vista a la bandera, lloriqueos blandiendo el aire, se acabó. No me anden con pendejadas, por favor.
    Que este gobierno sea un bodrio, un parapeto impresentable y una cueva de ineptos al por mayor no es secreto para nadie. ¿Qué diablos puede importarle a un Maduro, a un Pedro Carreño, a un Cabello o a un Chacón lo literario, el arte y cuanta cosa despida tufos parecidos? Un pepino. ¿Qué demonios pasa si el Papel Literario, y digo más, si El Nacional, El Universal, Correo del Caroní, Tal Cual y demás impresos semejantes, junto a la madre que los parió, son borrados del mapa gracias al desastre económico que hace trizas todo lo que toca? Nada, absolutamente nada ante la mediocridad, la oscuridad, la incultura de tales personajes. Motivo de fiesta, que hay menos estorbos para la revolución. Pero ese no es el punto.
    Lo que resulta imperdonable en este novelón son los dedos índices desplegados en todas direcciones menos en la propia, el cotorreo vacuo y el perenne ya veremos. La cuerda revienta por lo más delgado, claro, y da la casualidad de que para El Nacional lo más delgado, la carnita para la parrilla, lo sacrificable por motivos de fuerza mayor y blablablá ha sido la hechura cultural de un Papel Literario que significa todo un universo a propósito de lo que hemos sido y somos como pueblo, nada menos. No me vengan con monsergas: o importa para El Nacional el suplemento con lo que simboliza e implica, con su carga de décadas llenas de inteligencia y talento creador, con su quehacer a brazo partido en función de una mejor sociedad y unos mejores individuos, o los lamentos son palabra y pose, lenguaradas sin valor y bastante demagogia, que vaya viendo usted, no es exclusiva de Maduro y sus secuaces.
    Si el Papel Literario en verdad supone para estos señores lo que dicen que supone, otro gallo vendrá a cantar al patio, nuevamente tendremos Papel… en la entrega impresa de cada domingo. Lo demás es cháchara de la que estamos hartos, lágrimas de cocodrilo para engordar la historia nacional de los ridículos, paja bruta como de costumbre. Amanecerá y veremos.

10/24/2013

Somos grises

    Uno cree que la vida de los otros es intensa, enigmática, poco aburrida y menos chata que la de nosotros. Me pongo a leer las aventuras de ciertos escritores  -sí, para algunos transitar por este mundo era aventura en carne viva-  y hay que ver, la pirotecnia cotidiana parecía metida en ellos hasta lo más hondo.
    Últimamente he tenido sueños raros. Apenas cierro los ojos siento que puedo atravesar paredes. Gracias a semejante condición, ah, y a la de lograr ser invisible cuando se me antoje, salgo a merodear por las calles, a ver el universo como me provoque, a hurgar en las casas vecinas. Voy y vengo a mi real gana, puedo asomarme a la noche de algunos personajes pero qué va, lo que descubro me deprime sin ningún tipo de atenuantes.
    La que vive enfrente tiene más problemas que razones para sonreír, pobrecita, y yo que la juraba flotando en nubes de algodón, asépticas, rosadas por todos los costados. La escuché el otro día  en plena charla con su amante y no pude un minuto más, salí espantado de la habitación. Ya en otro momento, me armé de valor y espié al señor X, escritor, ensayista para más señas. Conclusión: su vida es un desastre. Todas las veces, y juro que no exagero un ápice, con cada uno de mis elegidos resultó siempre igual, patético, mediocridad por donde te asomaras. De una imagen cargada de misterios, de experiencias vitales que suponía por completo estimulantes, derivó una realidad tan venida a menos como el día a día tuyo, o mío, o de cualquiera. Nada que hacer. Preferí sacarle el cuerpo al mundo de lo onírico y con ello, qué más da, renunciar a todos mis poderes.
    Entonces hallé el equilibrio. No me refiero, claro está, a considerarme dueño de mandalas equis o de mantras ye que sólo yo conozco o manipulo, en lo absoluto, pero la verdad sea dicha: he abierto un poquitín los ojos, me he acercado más al fondo del asunto, que al fin y al cabo es como captar distinto, como ver el patio con otros ojos y otra sensibilidad, vislumbrar, pues,  de modo diferente eso que dieron en llamar género humano. No está mal después de todo.
    Somos grises de cojones, pequeños como insectos, con el ego desmesurado típico de quienes creen tener a Dios cogido por las barbas. Eso es. Sobresalir en algo, observar destreza consumada en determinados quehaceres, brillar en ciertas ocasiones sólo es evidencia de cuán tercos podemos terminar siendo. La vida promedio de cualquiera, en el fondo, es tan oscura como la de Juan, Alexis o el portu de la esquina.
    Así que no hay que tragar cuentos. Yo, que pude atravesar tapias, murallas, hacerme invisible con únicamente roncar a pierna suelta en una cama, soy manojo andante de problemas financieros, laborales, psicológicos y sentimentales. Mi inteligencia, normal tirando a baja, no ayuda demasiado y esto refuerza lo que digo: cero intensidad, nada de aventuras descollantes o existencia inflamada al rojo vivo. Acaso sueños destripados, huidizos como hormigas que escapan de algún dedo empeñado en aplastarlas. Vivo al día y eso me basta. Logré captar el lado oscuro de mi lección, no otro que sacarle punta hasta a las piedras, o lo que es lo mismo, darme de bruces con la mínima sorpresa que flota en el café, en el aire, en el licor de la copa, y bebérmela sin tregua ni respiro. En fin, que ya me estoy pareciendo a Coelho y eso espanta. Ni por el carajo.
    Cuánta paradoja, en una ocasión busqué colarme en la habitación de una mujer, es decir, pretendí burlar rejas, paredes y hacerme invisible, pero no, aún así choqué de frente contra muros, columnas y obstáculos de todos los pelajes. Tiempo después, fíjate, me dijo guapo, ven, por lo que hallé las puertas abiertas de par en par, incluidas sus piernas. Es que somos ciegos, claro, y torpes, pero lo interesante, lo que ya jamás olvido es que en el momento justo alumbra el sol, el tuyo, el que hasta cierto punto llevas apagado adentro, y el de todo Cristo. Es la maravilla. Lo demás es cuento, créeme. Puro cuento y se acabó.

10/18/2013

Gente de película


                                                                                                                                                                                       A Pedro Suárez


    De muchacho me daba por imaginar que la realidad era en verdad una película. Caminaba por las calles, compraba en los abastos, y a cada rato suponía que un ojo gigantesco a modo de lente cinematográfico seguía mis pasos filmándome, tomando panorámicas de la ciudad, empaquetando en celuloide la rutina que me tocaba despellejar con la navaja del absurdo o del humor.
    Soy un animal prehistórico en eso de las tecnologías, pero reconozco que entre una cámara y yo existen más coincidencias que razones para suponernos mutuamente excluyentes. Así como ella registra el universo desde el horizonte de su óptica particular, uno también lleva el mundo adentro, trazado en imágenes, como si desde el estómago un trípode y una handycam se elevaran hasta los ojos capturando la vida en tecnicolor.
    De niño me pasaba que al entrar en un lugar, pongamos por caso un restaurante al que a veces me llevaban mis padres, de pronto a dos mesas terminaba su postre Ursula Andress. Y al rato Jackeline Bisset cruzaba el salón tomada del brazo de un señor que siempre me parecía (todos, todos me lo parecían) indigno de semejante mujer salida quién sabría de dónde. En la plaza, en la parada de utobuses, en el café que existió toda mi infancia a media cuadra de la casa: Alain Delon, Juliet Binoche, Sophia Loren, Woody Allen, Julia Roberts, Stephanie Zimbalist, a cada uno de ellos vislumbré un día cualquiera entre la gente, el tráfico, el ir y venir de la Upata que me tocó transitar años atrás.
    Repito entonces que tengo mucho en común con una cámara de cine aunque jamás he visto una de cerca. Nunca estuve en un plató de filmación y fíjense, juraba que abrir los ojos, salir a la escuela, hacer los deberes, jugar con el perro o telefonear a un compañero formaba parte de un entramado mayor, integraba escenas que todo lo abarcaban, que un director  -acaso Hitchcock si el asunto paraba los pelos, quizás John Ford cuando había trifulcas al estilo vaqueros de por medio-  grababa con paciencia de artista en pleno oficio y ya lo saben, prohibido dedicarse a molestar. Cada quien vive su película particular y la mía era una que duraba veinticuatro horas al día. ¿Algo hilarante en las calles? “Chaplin debe andar muy cerca”, me decía. ¿Enredos truculentos mientras mordía un pan en la cantina del colegio? “Moe, Larry y Curly tienen que estar haciendo de las suyas”. Y así.
    Con el tiempo uno aprende que la vida no es como una pantalla por mucho que lo deseemos, lo cual va poniendo las cosas en su sitio hasta que por fin hallamos nuestro lugar en el set de los adultos. Para que no nos llamen locos, por supuesto. El otro día una estudiante disparó en voz baja: “profesor, usted es igualito al Dr. House”, y juro que la nostalgia me agarró por el pescuezo. Retrocedí una pila de años, me vi comparando al tío Max con Marcelo Mastroianni, a la prima Lola con Catherine Deneuve. Sólo me dio por sonreír, por recordar. No  he sido el único con semejantes ocurrencias, por lo visto. Luego de un buen tiempo el abanico se abrió como una rosa y el gremio de los escritores hizo acto de presencia. Borges deambuló por el mercado de mi pueblo, Cortázar, Dostoievski, Ítalo Calvino, Garmendia y Úslar Pietri fueron avistados cuando menos una vez. Ya a punto de cumplir los dieciocho y en plena  Tropicana, burdel upatense al mejor estilo de “La casa verde”, creí ver a Vargas Llosa Polar en mano sobándole las piernas a una dama.
    Pasaron décadas, quedó atrás una montaña de lunas. Como he dicho antes, la vida no es como una película, y ahora agrego que ni como una novela, pero aún así todavía dejo la puerta semiabierta para charlar con los fantasmas. Anteayer cené con un amigo, conversamos  -por lo general éste es un deporte que me gusta practicar con regularidad-. Al terminar, ya listos para subirnos al carro y largarnos, noté a un señor de pie en un balcón del centro comercial. “Mira a Salman Rushdie”, le dije. Él sonrió desconcertado, le conté entonces el por qué de semejante comentario, mencioné alguna anécdota infantil y noté otra vez su sonrisa a medias, gesto de complicidad que únicamente la amistad ofrece sin trámites mayores. Era Salman Rushdie, claro, estoy seguro de que el tipo del balcón era el mismo Salman Rushdie.

10/10/2013

Día de la Raza, o como se llame

    Junto a mi mesa conversan dos tipos mayores. Alzan la voz, gesticulan, piden más café, y por mucho que me escudo intentando escapar de esas diatribas con No digas noche, de Amos Oz, un comentario hace saltar mi taza, los libros, el cenicero y la botella de agua mineral.
    Tengo la costumbre de vivir y dejar vivir. Tamaña máxima la aprendí de mi padre hace una punta de años, de modo que entre ceja y ceja llevo la convicción de que cada quien con su cada cual, cada oveja con su pareja, cada loco con su tema o cada luna con su medianoche. Lo contrario es cercenar la más íntima de las necesidades, que es la de privacidad, y es darle un hachazo a la libertad en el mero centro del occipital. Conmigo no cuenten para eso.
    Pero a veces se entremezcla la gimnasia con la magnesia y qué va, el cóctel resulta intragable a cualquier hora, lo que me hace fruncir el ceño, levantar como zorro las orejas,  detenerme a propósito del bodrio que mis vecinos tejen a quemarropa. Entonces ya ven, este sábado comento en voz alta para ustedes. Y es que el mundo chorrea belleza, enigmas que bien valen el recogimiento y la contemplación, pero también miserias, escupitajos cargados de prejuicios y resentimientos que, como está el patio, hay que despacharlos rápido sin darles tregua ni respiro.
    No sé de qué iba la charla en su contexto general y me interesaba un pepino, pero alguien habló de Venezuela, y luego de América, y de España, y de ahí surgió la acusación, la palabra genocidio -que por supuesto no ha sido lavado todavía, decían-; de ahí se materializó el prejuicio, el dedo índice, la imbécil creencia de que todo el mal que nos agobia hoy tiene certificado de nacimiento en la Conquista y comienza en aquellos días llenos de espadas, de sotanas y de cruces.
    No conozco un sólo país ajeno a la pólvora o al cuchillo, a la violencia demencial en cualquiera de sus manifestaciones. No existe sociedad humana virgen, de espaldas a mil avatares en que las injusticias no se abracen con la sangre, con la explotación o la traición, con las más bajas pasiones a la hora de anexarse territorios, defender dioses, imponer cosmovisiones y enarbolar mejores formas de matar o pisotear. Así que no me vengan con cuentos: dos buenos señores dándole a la lengua, consumiendo café plus con cremita premium de cereza y chocolate derretido al canto, que pagarán su cuenta al pelo y seguro  también sus impuestos, que pobrecitos, lancen como si nada cuatro inocuas pendejadas producto de una charla típica de ociosos en un cafetín de pueblo, vamos, no debería ser para tanto. Pero lo es. De percepciones así, de sentirnos dueños del circo y sus alrededores, de tanto suponer que Dios ha bajado, que lo tenemos agarrado por las barbas, que nos brinda una cerveza helada mientras asiente dándonos palmaditas en el hombro, nace la creencia de que somos superiores, de que nos ultrajaron y hay que cobrar venganza antes o después, pero cobrarla.  A partir de disparates como ése aparecen las más alocadas supercherías  sobre nosotros y sobre el lugar que ocupamos en la trama dura y caníbal de este mundo, que por cierto no es ningún lecho de rosas.
    Nacionalismos de todos los pelajes, complejos de superioridad  o de inferioridad letales, ideas de pureza racial o cultural y otros delirios por el estilo, Hitler, Stalin, Milosevic, Pinochet, Castro, Pol Pot, Nerón, sume y siga y dígame, coño, si no hay que educar en serio para poner de patitas en la calle a cuanto huela a suposiciones parecidas, a asépticos diálogos como éste, a tantos tirios y troyanos incapaces de meterse en la historia sin gríngolas ideológicas con pies de barro, incapaces de advertir que existe otro, que hay alguien distinto a ti y que es maravilloso que eso ocurra.
    Por supuesto que  España conquistó, y lo hizo a la fuerza y a la bruta, con saña y crímenes de por medio. Negarlo es una absoluta necedad pero lo otro, alimentar odios, resucitar rencores, culpabilizar y no olvidar, hoy por hoy, es una imbecilidad tallada a fuego lento. A las alturas del año que vivimos la España de la Conquista forma parte de la historia, la historia con mayúsculas, y quien pretenda ahora  hacer lodos con aquellos polvos es un tarado que únicamente se cura con lecturas, con libros, con eso que dieron en llamar cultura. Lo otro es bolsería y bajeza humana, buenas para escupir sandeces y peligrosísimas si hallan tierra fértil en la que materializarse. Al carajo con ellas. Siempre.

Un clásico

Close your eyes. Michael Bublé. Dejo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=Chio1TqKFRk

10/04/2013

El rosado y el ahora


    En este país somos los primeros en algunas cosas. En mujeres bellas, por ejemplo. ¿Quién se atreve a dudarlo?, en más pícaros por centímetro cuadrado o en gente que se cree la más feliz del mundo.
    El otro día leía el periódico y hay que ver, somos unos tigres en inflación por las nubes, unos linces en asfixiar la libertad económica o en inseguridad en las calles, somos los campeones en corrupción, en descalabros de cualquier ralea y otras lindezas por el estilo. Complete usted la lista y cáigase para atrás.
    Recuerdo con nostalgia aquellos primeros tiempos de estos últimos fenomenales quince años en que un súper pensador, una caja de machetes llamada Jorge Giordani pegaba gritos a propósito de la década plateada, que ya venía, y la dorada, que Venezuela tenía a tirito, todo en perfecta armonía con Chávez vociferando el cuento de la potencia. Sin que le temblara un pelo repetía mañana, tarde y noche que este país hoy hecho un moñongo iba a ser una potencia, económica, tecnológica, pesquera, zandunguera y cuanto disparate le atravesaba los sesos mientras alternaba arengas con bailes, cuentos, chistes e insultos a quienes le recomendaban menos litio y más estudio.
    Resulta que ya somos un motor fundido. La Venezuela de este nuevo siglo camina para atrás a paso de vencedores, lo cual es tan verdad que si te descuidas un segundo terminas aplastado, pateado, vuelto una maraña de escombros por cuarenta mil razones aunque fíjate tú, tenemos patria, comandantes supremos, espadas que caminan por América Latina y bandidos dispuestos a continuar llenándose los bolsillos a cuenta del erario público, que al fin al cabo también les pertenece, no vayas tú a ponerte necio. Tengo la impresión de que Giordani, Jorgito Rodríguez, un bebé de pecho como Pedro Carreño o ese estadista que es Nicolás Maduro agarraron al toro de los problemas por los cuernos y éste acabó seccionándoles la femoral, pobrecitos los bienintencionados. Hay que llamar a los bomberos.
    Estoy en la consulta médica, respiro, respiro otra vez, me obligo a aguantar porque ya saben, esperar tu turno mientras llega el doctor Pérez o la doctora Aguerrevere supone armarte de una paciencia que no tienes y que no te da la gana de tener. Entonces lo observas sobre la mesita: el periódico del día, el único que existe en esa sala de los mil demonios, el diario Vea, gobiernero, embustero, nido de plumíferos que escriben todos masajeándose el ombligo. Bostezo y lo abro. Venezuela es tierra rosadita, es una fantasía que el comandante ha hecho realidad únicamente para ti. No tiene parangón. Es el paraíso que te niegas a aceptar por malagradecido, por imperialista, por esa carga de odio y desamor que te inyectó el capitalismo. Por algo la Central Intelligence Agency, alias CÍA, te corre por la venas y andas por la vida untado de pitiyanquismo, de oligarca hasta debajo de las uñas. El diario Vea es la luz, y la luz a veces encandila. Cuando te acostumbres notarás las maravillas, verás qué país tan súper del carajo la revolución ha modelado a tu medida.
    Mientras tanto llega Aguerrevere. Dejo el periódico en su sitio. Venezuela continúa tan gris como antes. 

9/27/2013

El hombre que meó en la esquina

    A lo mejor me estoy poniendo viejo, pero últimamente he visto a muchos con la bragueta abierta arrojando orín como si nada en las esquinas. Y la verdad es que me toca los cojones el asunto.
    Voy en el carro, mi hija ocupa el asiento de atrás. En plena calle un tipo se pone de frente a la pared y descarga la vejiga, se deleita contemplando el chorro, para él no hay diferencias entre la poceta y la avenida. La niña pregunta a quemarropa: papá, ¿qué hace ese señor ahí? Entonces, porque deseo darle la espalda a la cuestión, invento una de Disney mientras el retrovisor recoge a un perfecto hijo de puta guardándose el miembro, feliz después de mearse en el alma suya, mía, de todos.
    Tengo la impresión de que los años van haciendo su trabajo conmigo. Tiempito atrás me hubiese limitado a observar la escena, a mascullar entre dientes ojalá que se te pudra el pito, so cabrón, y pues nada, a seguir mi camino con Michael Bublé desde el estéreo y su You and I, que vale la pena escuchar sin mayores perturbaciones. Pero ahora me revienta a la ene, me quema la sangre el atrevimiento de un vago y un inútil hecho un cerdo borracho de cerveza, meando en la vía pública porque aquí estoy yo si no me han visto.
    Antes había un poco de respeto, cuando menos. En los tiempos de mi abuela o de mis padres valían más tu nombre y tus acciones que todo el oro de este mundo y eso fue lo que bebí en la casa, desde que era un tripón creyéndose inmortal y joven para siempre, y eso fue lo que aprendí en la escuela, porque de nada sirve que te llamen doctor o lo que sea si terminas siendo un patán y un sirvengüenza. Pero como les venía diciendo, me invento una de Disney, continúo la marcha observando en el espejo la imagen que se repite dos o tres veces por semana y hay que ver, todo bien gracias, es que somos tan modernos y tan siglo XXI que un tipo rociando úrea pantalón abajo en los jardines de la acera es cool y es cosa de los nuevos tiempos, no me aprietes los cojones.
    Imagino, mientras el retrovisor pone al alcance de la mano a este señor que sigue su camino vacío de orín y eructando cervezas, que se detiene un carro de la policía, que le dicen al oído oye, capullo, ¿dónde aprendiste a satisfacer públicamente tus necesidades?, y entonces lo agarran por los huevos alzándolo en peso para echarlo al fondo de la jaula. E imagino también que en las mazmorras el caballero en cuestión aprende, vía sus colegas de pernocta, a utilizar un urinario, a mear en privado, en el baño pues, como Dios manda, y hasta a bajar la palanquita.
    Pero dejo de pensar. Enfrente un semáforo cambia de amarillo a rojo. Me detengo. Los vendedores de espejitos saltan a la vía, los saltimbanquis reanudan su función y el hombre que meó en la esquina dos cuadras atrás se pierde contento, silbando a lo lejos.

9/21/2013

Un clásico

Don't throw it all away our love. Un cásico del grupo Bee Gees. Dejo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=MvYdJky2DbI&list=PLEDA912AF83F9DF15

9/20/2013

Plagas y cafés

    Me gusta escribir y leer en los cafés. Aprecio mucho más a las ciudades por ese regalo invalorable que extienden desde bulevares, plazas o locales mínimos abriéndose paso en las aceras.
    Tengo amigos que llaman pan al pan y vino al vino,  es decir, van a los cafés con ánimo de chismorreo, se dan de bruces con la gente, con el día a día empaquetado en un guayoyo o un marrón, y de ahí al trabajo, al hecho cotidiano que se repetirá sin falta durante toda la semana y listo, se acabó, mañana será otro día. Yo, que le busco la quinta pata al gato, resulta que los considero espacios para la contemplación, sitios donde la vida va y viene en plena ebullición, en completo estado de entrecruzamientos permanentes, por lo que llegar a ellos, tomar asiento, observar en silencio, abrir un libro o escribir este artículo mientras enciendo un tabaco se parece mucho a un ritual sin el que la tarde no muere, no se completa del todo. Un café es ese Aleph donde todo existe y confluye: la azarosa trashumancia de nuestra cotidianidad que es posible acariciar con las manos.
    Es impresionante lo dispuestas que andan las personas a hablar de cualquier cosa mientras el con leche se termina. Para ellas la mesa de un café no se distingue de una de billar o de ping-pong, no presenta mayores diferencias con la de un bar o con la de un tahúr. Un café, lo que se dice la mesa de un café, es para mí templo sagrado en el que busco reflexionar en paz cada pendejada que me atraviesa las sienes, y en consecuencia llego a ella con la actitud del peregrino subido al altar de sus dioses para desde ahí trajinar mejor sus dudas, sus enigmas, sus interrogantes. En los cafés leo, y leo mucho, y también escribo y miro atardeceres y pienso y luego existo, claro, y hasta mando para el mismísimo carajo a media humanidad y a la madre que la parió (políticos e intelectuales en primer lugar, no faltaba más). En fin, sentarse en un café tiene para este servidor connotaciones distintas a las de la mayoría, qué le voy a hacer, lo cual genera situaciones lamentables de las que acabo por huir espantado tan pronto comienzan a manifestarse.
    Leo a placer, sobre la mesa dejo dos o tres libros que suelo hurgar como un roedor, mi libreta para anotar vainas también ocupa su lugar, el marrón humeante está donde debe estar, el fajo de hojas blancas, el vaso de agua helada, el tabaco entre el índice y el medio, y entonces Julio o Pedro o Luis José que interrumpen como les da la gana, y después Ramón y Bernardo, y luego Manuel, Francisco, Leandro, Antonio o Mario hacen lo suyo, aunque sólo falte sobre mi trinchera un letrerito que diga: “Se agradece no joder, coño, estoy leyendo”. Hay que ver cómo cualquiera te saca de lo que estás haciendo, hace de tu concentración una papilla que luego debes tirar por el desagüe. Es increíble la manera en que te encuentran absorto y qué diablos, se sientan sin mediar palabra, te dan una palmadita y preguntan por tu suegra, llegan para saber qué lees, que escribes, qué piensas sobre la última bolsería de Nicolás Maduro o sobre la goleada que le propinaron a la Vinotinto.
    Mi abuela hablaba de respeto, de consideraciones, solía decir que era bueno practicar el arte de ponerse en los zapatos de los otros. Eso intento cada minuto de mi vida.  Lo último que deseo es terminar siendo un moscardón zumbante en orejas de terceros. Pero cómo abundan, santo Dios. Cómo se multiplican estos bichos.

9/15/2013

Chavez's Legacy, de Ari Chaplin

Excelente reseña del Dr. Fernando Mires a propósito del libro Chavez's Legacy The Transformation from Democracy to a Mafia State (University Press of America, 2013), de Ari Chaplin. Vale la pena leerlo. Dejo aquí el link de la reseña en cuestión: 


9/13/2013

Sueños a mediodía

    Hay quienes piensan la vida como algoritmo, o ecuación, es decir, fórmula  prefigurada que transitamos partiendo de A con ánimo de llegar a B. Y se acabó. Menuda forma de atravesar este valle de lágrimas, o de alegrías, o de las dos según se vea.
    En lo personal me gusta andar caminos que sin duda complican las cosas pero terminan obsequiando trozos de felicidad que para qué te cuento. El asunto exige una dieta a contrapelo de cuanto aparece en el diccionario, en las escuelas, en los libros de Coelho y demás recetarios por el estilo. Para medio mundo hurgamos, registramos, intentamos aprehender esto que llamamos existencia porque somos bichos capaces de pensar. La razón, entonces, como faro, Descartes  transformado en sumo sacerdote y punto: el saber llegando por añadidura. Me parece que la savia de lo que nos rodea, de la vida hasta su último filón llega además en función de otros modos de escudriñarle la nariz. Otros mucho más asombrosos, eficaces, enriquecedores.
    Para demasiada gente existir es respirar tranquila en la chatura de sus días. Piensan, claro, luego existen. Yo incluyo en el asunto a la fantasía monda y lironda. Los sueños, la imaginación, lo que tantas veces se esconde debajo de la alfombra es también una manera de buscar, es otra ruta de aproximación a lo que vamos siendo, ojo fabuloso que despliega mil y un horizontes imposibles de contemplar si lo desechamos sólo porque las actividades cotidianas hacen de la razón deidad única y totalizadora.
    Creo que la imaginación es una cantera de pensamiento extraordinario, los sueños una callejuela con mucho que decir a propósito del conocer, la fantasía un mecanismo de relojería sin parangón a la hora de vislumbrar facetas, perfiles, rostros nuevos del vivir incapaces de dibujarse a plenitud cuando nada más utilizamos para ello el herraje de un puñado de neuronas haciendo sinapsis cartesianamente. Qué va, no somos bípedos razonadores: en verdad somos animales que sueñan, lo cual es bastante más ambicioso y divertido que andarse por ahí como si con lo primero obtuviéramos de golpe las llaves del Paraíso.
    Desde que nacemos la mayoría se empeña en acabar con el iluso que llevamos dentro, estupidez que procura seres de lo más formalitos, adultos planchados y almidonados buenos para despellejar los días y las semanas a fuerza de cruda razón pero castrados para dar un paso más: correr a sus anchas por otros recovecos, justamente los que exigen usar el lado oscuro del cerebro, tomarse unos tragos con Dionisos, levantarle la falda a ciertas damas circunspectas. La verdad es que poco aprendemos a soñar. Poco hacemos por darle una palmadita en el hombro al niño que en el fondo puede hallar nido en nosotros, al punto de que la realidad termina cuadriculándose en función de un arcoiris blanco y negro. Triste, muy triste, pero cierto.
    Prefiero el mundo como ovillo. Me gusta verme como gato zaranjeando ahí, maraña de estambre y pelos y descubrimientos. El mundo, desde luego, sin corbata y sin paltó. En eso creo de cabo a rabo. Cada quien con sus vainas.

9/07/2013

El otro mago

I
    Ya sé que la magia no existe. No como la he entendido desde niño: algo, un no sé qué que te permite sacar conejos de un sombrero, transformar piedras en palomas o lograr que un vaso de agua se convierta en papelillo.
    A mi edad créeme que no estoy para cuentos. Uno vive su vida, estudia ingeniería, plomería o se mete a taxista, y lo otro es alimento para demagogos. Los magos quedan para historias fantásticas o novelitas rosa de las que andamos hasta los dientes.
    No, es que no estoy para cuentos. De muchacho sí, es decir, a los once o doce años iba a casa de Tomás o Jeremías y en un santiamén todo adquiría tonos pastel. Pero la magia, lo que se dice la magia, dicen que hay que buscarla dentro de uno, en el fondo, y creer en ciertas posibilidades. Para eso están los sesudos que chorrean pavadas a diestra y a siniestra. Pero lo otro, esa urdimbre de malabarismos típicos de feria surge prácticamente de la nada. La felicidad al alcance de la mano. El asunto consiste en pasarla bien.
    A veces, al salir tomado de la mano de mi madre y tropezarme en las aceras con gente apurada que iba de aquí para allá sin fijarse en los demás, como incrustada en un tubo que alguien después arrojaba a la vida y a las calles, jugaba a imaginar que una de ellas terminaba con el pie metido en algún hueco que se la tragaba por completo. Jamás pude acertar, en ningún momento se cumplió lo que pudo haber sido mi truco favorito, resultó imposible hacer que las circunstancias obedecieran eso que ordenaba gracias a una varita imaginaria.
    Crear mundos, alzarse con todo el poder y coger al toro por los cuernos  -el toro de la realidad embrujada desde tus hechizos, quiero decir-, repito,  nunca se me dio así como así. Yo soy un descreído sin remedio, asunto que agrava  todo el lío de modo que aún en la primera infancia rechacé lo que otros niños aceptan sin mirar atrás. Transformar la realidad, aparecer y desaparecer objetos con un chasquido de los dedos, convertir mi almohada en oso y, en fin, dominar el arte de transformar el plomo en oro, todo, absolutamente todo esto no ha tenido un ápice que ver conmigo.
    Mientras Raúl o José Luis volaban como Supermán o hacían de las suyas al más puro estilo de Merlín, mi yo interior andaba seguro de sus limitaciones. No me luciría con poderes extraordinarios y demás hierbas parecidas. La magia era para los magos, y los magos, caballero, vaya a buscarlos en los circos, no en un miércoles cualquiera mientras tomas el taxi para llegar por ejemplo al aeropuerto.

II
    Estudiar literatura, mi viejo dice que estudiar literatura es una vaina para ricos. Ven acá, muchacho pendejo, coge el teléfono, llama, toma, ya mismo  pídele trabajo a cuanta empresa se te enrede entre los ojos y el dedo índice. Coge el teléfono y repasa las páginas amarillas, paséate por ellas, insiste, insiste, dices que estudiaste eso, literatura o como se llame, ajá, dices eso y pides un trabajito, anda. Entonces me cuentas.
    Mi viejo jura que me moriré de hambre. Tu primo Ernesto, tu primo Carlos, tu primo Antonio, esos son tipos serios: odontólogo, contador, abogado. Tú eres tan inteligente, qué carricito tan inteligente, puedes estudiar lo que te dé la gana y mírate, feliz porque pasarás hambre de por vida.

III
    Cierro los ojos y me veo sentado. Percibo la dureza de las tablas. Estoy en un circo, uno de esos miserables y tristes que recaló en el pueblo como barcaza de segunda que toca puerto en medio de trasatlánticos o yates. En el escenario un personaje conocido realiza trucos mientras la mayoría aplaude. Una gallina sale de un saco vacío, un palo de escoba pasa a ser ramo de flores. Me encuentro en lo alto de las gradas, hechas con tablones  superpuestos encajados a otros mediante piezas de metal unidas con tornillos a diversos aparejos. El mago, vaya sorpresa que me llevo, es también el carnicero del mercado. Las veces que acompaño a mi madre para ayudarla con las bolsas de chuletas o bistecs, ese señor es el que atiende. Quién lo hubiera imaginado, ahora es mago en este circo. Es que ya lo sé, no existe la magia como no existe Santa Claus o el Hada de los Dientes o toda esa palabrería con que pretenden adornar la infancia. Sé muy bien que Supermán tampoco vuela, que Hulk ni es verde ni vive en parte alguna y sé también que los milagros, los de antes, los de ahora y los que llegarán en el futuro son ensoñación monda y lironda.

IV
    Como la magia hace plaf al estrellarse contra el suelo, prefiero ir sobre seguro. La gente se persigna, las señoras ponen el Ave María Purísima en sus bocas y el asunto fluye, dicen ellas. Para hallar cosas perdidas o para rogar un favorcito en pleno vendaval la magia sirve para el sosiego o para la resignación. También para que no se acabe la esperanza. Yo no. O estudio o me liquidan en el primer examen. O me gano el pan o nadie me va a multiplicar los peces. O hecho afuera todo el sudor de este mundo o al diablo, jamás llegaré a esa línea del horizonte que busco trasegar. Entonces nada, clavos, martillo, cincel, neuronas, braga de trabajo y adiós padrenuestroqueestasenloscielos. Chao suerte, hola romperme el lomo en la faena. Adiós señor improvisado, salud diez horas diarias con el culo aplastado en una silla pegándole a las teclas.

V
    A las teclas, sí. El viejo estaba equivocado. Ni cogí el teléfono ni patiné sobre páginas amarillas. Soy un escritor, así como lo lee: es-cri-tor. Peor que estudiar literatura, ya lo sé. Aún escucho sus palabras, el grito al cielo, la condena eterna, el desengaño final, definitivo, porque tu primo Ernesto, odontólogo, y tú un bueno para nada que terminará arrasado por quién sabe qué cosa, vencido por la vida, hecho polvo por la estupidez.
    Un caso perdido, eso es. Y aunque la magia pertenece a  Disney fíjate que desde hace mucho me la paso hurgando en algo que se le parece. Es decir, no hay varitas mágicas, no soporto a Harry Potter, tampoco trago a un Copperfield lleno de embustes, de glamour rosé y toda la parafernalia, de chicas guapas y un talento discutible, pero meto las narices en ese espacio extraño que es la fantasía. En semejante plano he aprendido a navegar. Un escritor crea fantasías, un escritor engaña a su manera y ese engaño debe estar lleno de verdades o estarás jodido compañero, o nadie creerá el embuste que cuentes en doscientas treinta páginas.
    En fin, que soy escritor, a mis veintitrés años soy un escritor que no estudió literatura y que a estas alturas seguiría siendo la vergüenza de su padre, que Dios lo tenga en la gloria. Un poemario, ni medio en el bolsillo, una novela negra, dos libros de cuentos, otro de ensayos, todos más o menos aceptados por esa señora extraña que dieron en llamar “la crítica”. 

VI
    Por lo general voy a un café y me entrego. Desde hace tiempo llego a mi mesa favorita, como el circo a mi pueblo y como el barco de segunda al puerto, para cumplir la tarea que tarde a tarde realizo como un quehacer sagrado: escribir. A las cinco y media El Diente Roto me espera con las sillas dispuestas. Entro, el rincón acostumbrado, café, agua mineral, tabaco, hojas blancas, bolígrafo barato. “El demonio que me habita” salió en este lugar, así como “La ventana de la casa azul” y “El reino del unicornio”.
    Mi mesa preferida está ubicada justo bajo el bombillo que ilumina parte del salón principal  cuya luz se cuela a través del pasillo que termina en otra sala, más amplia que la primera pero también más bulliciosa. La historia es simple, una línea recta que culmina en gancho al hígado: alguien escribe un cuento sórdido, erótico, oscuro. Un personaje cuenta lo que ocurre, siempre en primera persona, entre una mujer joven, dedicada a la pintura, y un hombre algo menor cuya aspiración es darle forma a su primera novela. Él escribe y mientras escribe la observa y mientras la observa día a día, a cada instante y con pasión obsesiva, crea la obra maestra que luego llegará, por fin, a los anaqueles de las librerías. Un reality literario, no cabe la menor duda.
    Ella también está ahí, la chica de la barra. La chica de la barra pide un Johnnie Walker en las rocas y luego del primer sorbo pasa la vista alrededor. Me ve pero no me ve, es decir, yo escribo y fumo pero todo indica que soy un pobre bicho que no vale la pena contemplar. No se percata de que estoy. Me mira pero no me mira. “Me observan, luego existo”, variante cartesiana que viene muy a cuento a propósito de las circunstancias. Moraleja y conclusión: soy poco menos que un insecto.
    Cruza la pierna y desde su asiento la chica de la barra es Venus emergiendo de su vaso, la Venus del whisky que ya va por la mitad. La falda es corta y el hecho de estar sentada la hace más diminuta aún. Piernas de infarto, cintura de infarto, subo la vista: tetas de paro cardíaco. La Venus de la barra bebe sola, bebe a placer mientras el insecto no le quita los ojos de encima y escribe y sueña, y escribe y recuerda la varita mágica de aquellos magos de pueblo y ojalá funcione, ojalá, ojalá, ella dispuesta para mí al calor de un hechizo, de Merlín, de Copperfield, maldita sea, pero ya sabes, ya lo requetesabes, la magia es pasto de individuos tan distintos, tan poco yo, tan imposibles para mí, qué se le va a hacer.
    Voy a dibujarla con palabras. No, voy a filmarla, escenas a base de escritura. Uno, dos, tres, acción. Sílabas, letras que la encierran y la entregan. Una mujer sabe lo que tiene, una mujer de verdad, caballero, conoce al pelo lo que lleva entre las piernas y lo que guarda en medio de esa maraña de neuronas. Voy a filmar a esa mujer con mis palabras y la película final cobrará vida sobre estas cuartillas aún en blanco. Ella sabe lo que tiene y yo también soy capaz de adivinarla. Ambos lo sabemos, estamos aquí para encontrarnos. Otro Johnnie Walker, me mira, claro, sin mirarme otra vez pasa los ojos por mí y de esta no presencia en que me he transformado me atrevo, la atrapo, toco sus piernas, abrazo con morbo su cintura, la traigo hacia mí, hurgo en su piel, recorro sus hombros, bajo, continúo bajando hasta las nalgas, hasta llegar a la falda cortísima y meter las manos en el fuego que ya nadie va a apagar. Me mira, esta vez sí me mira y me percato de cómo sus ojos se sostienen en los míos.  Escribo, no hay apuros, no hay presiones. Va a ocurrir lo que tiene que ocurrir y nadie apuesta a lo contrario. No hay magia, no hay trucos, no hay espectáculo para la galería. El conejo hace juego con el estofado. Nada de chisteras.
    Escribo: “Pasa las manos por sus piernas, de a poco recorre la cara interna de sus muslos”, y al desprender la vista del papel noto que finaliza el movimiento, que cumple su parte con la devoción que pongo en el libreto. Continúo, insisto, escribo ahora: “bebe un sorbo, apenas se moja los labios lleva a su lugar un mechón de cabello despeinado. Suelta dos botones de su camisa semitransparente”. De inmediato la acción se superpone al guión en pleno desarrollo. Sincronía, total complicidad. “Me levanto, nos besamos, abandonamos el lugar porque el mundo, el sexo, la vida, nos guiñan un ojo desde afuera”. En efecto, me levanté y al acercarme nos besamos como si sólo importara arrojarse a unos labios que esperan, a ese juego de lenguas y saliva y jadeos para salir después al mundo que desde hace tanto nos reclama.  

9/03/2013

Fumo, observo, pienso

    La magia de la lectura tiene que ver con darle todo el crédito a cada cuartilla que nos pasa por enfrente, asunto que supone un acto de fe con clima religioso: es preciso creer lo que nos cuentan. De tal premisa la conclusión será una o ninguna, es decir, caeremos atrapados por la historia que el prestidigitador de palabras lanza como hechizo o simplemente el libro no habrá cumplido su tarea más importante: coger al lector por el pescuezo y llevarlo así hasta la página final.
    Seis de la tarde. Camila y yo vamos a nuestro café de costumbre. Leemos. Desde esta terraza las luces del crepúsculo cubren hasta la última molécula de todo y con ellas me gusta desmigajar cuentos, saborear un marrón, fumar el tabaco poco a poco. Créeme que la experiencia resulta extraordinaria. El silencio termina imponiéndose a pesar del tránsito, de la gente, de la calle en plena ebullición. Ella devora la Historia de Judy  y yo despacho Filosofía feroz, de Michel Onfray, que al fin y al cabo fue decepcionante.
    Onfray pretende una condición que no cualquiera alcanza: la de enfant terrible. Y no termina siéndolo porque su pretensión es evidente. En vez de arrojar verdades a contracorriente de lo políticamente correcto y se acabó, su puesta en escena no convence. Demasiadas luces de bengala. Mucho ruido y pocas nueces. Leo estos ensayos y pienso que el autor devino en un Eduardo Galeano francés, otro irredento que ya crecidito supone al universo binario desde las entrañas hasta la epidermis. La izquierda y la derecha, o sea, los buenos y los malos, permítanme reír a mandíbula batiente. El mundo en perfecto blanco y negro, el libro como puñado de señalamientos: contra los ricos, contra el imperio, contra las grandes religiones monoteístas, contra las elecciones, contra los gringos, contra el capitalismo, contra el liberalismo. Y hasta ahí. Un catecismo manoseado hasta el hartazgo por la izquierda dinosáurica latinoamericana. No hay propuestas, ni aporte intelectual, ni alternativas que trasciendan el lloriqueo simplón. Si el capital es el lobo feroz, el culpable de la miseria universal, de los piojos en las cabelleras del mundo o de la putería en París y en San Fernando de Atabapo, si las elecciones en las democracias occidentales son el golpe concebido para la dominación  de los pueblos, si un liberal es el vivo retrato de un apestado pululando tranquilamente por ahí,  ¿qué pone usted sobre la mesa, señor Onfray? ¿Dónde están los sustitutos para el acabóse? ¿Qué hacer para paliarlo? Silencio sepulcral.
    Enciendo mi tabaco, dejo los lentes sobre el libro aún abierto, observo a Camila en lo suyo, transfigurándose en hada, en pirata, en dragón. Sigo sus ojos, fijos en cada cuartilla que es el mundo para ella en este instante. Imagino la aventura que vive ya mismo, las imágenes que pasarán por su cabeza, la curiosidad, la disposición para el ensueño que la caracteriza, la creatividad en plena faena, regalándole voces, movimientos, vida a cuanto ofrece el autor embutido en cada línea.
    Es curioso, desde luego, pero leer resulta justamente eso, construir otra vez lo que de algún modo viene empaquetado a manera de propuesta por un demiurgo que llaman escritor. Sí, un libro es una compilación de sugerencias, un streep tease a propósito de las ideas y lo más interesante es que tienes participación directa, ayudas a desvestir, formas parte del elenco. No dejo de observarla, me encanta hallar gestos casi imperceptibles en su rostro, alguna sonrisa diminuta, el entrecejo fruncido apenas un instante después. Tal es la geografía del goce literario expresado en quien se acerca a una novela o a un fajo de poemas nada más que por placer. Camila navega los siete mares y está absorta. Eso es leer, resucitar lo que tienes entre manos, recrear la obra que se desata ante ti y hacerla tuya. Me alegra saber que a su edad ya lo disfruta.