2/24/2007

El derecho y el revés

Llegué temprano, coloqué el reloj encima de la mesa y procedí a desvestirme. Primero me recosté para revisar los documentos del servicio que debía entregar al día siguiente, luego apagué la luz, dejé los zapatos a un lado de la cama y me dispuse a dormir.
Del suelo escapó un destello borroso, una fosforescencia que producía paz. A la derecha unos arbustos, casi invisibles, y lo demás un desierto apenas roto por nuestra presencia. Noté que tenía fiebre; pensé en la vieja, que se había puesto a la orden. No le di importancia pero temblaba; sudando me levanté, envuelto en una sábana me deslicé hasta el armario y al azar, aprovechando la luz que entraba por la ventana, encontré dos cobijas, una encima de la otra.
Ella apareció con su bolso de piel, dentro de ese vestido negro que la hacía lucir mejor. Le pedí perdón, no el perdón de los hombres sino ese que piden los niños, de una vez y para siempre. Me miró con extrañeza, como si fuese la primera vez. Podría jurar que era ella. Cristina, ahora con la boca de rojo, con ese cuerpo de hoja. La recordaba bien desde mis años en la escuela, desde mis once años que no impidieron una declaración de amor, ni un beso imaginario detrás del muro del colegio. En el patio, a esas horas después de clase yo me entregaba a la tarea excitante de observarla, de seguir el paso de sus ojos que a veces se topaban con los míos.
Me cambié de posición, pasé la punta de la sábana por encima de la frente y limpié el sudor. Lo salobre me llegaba hasta los labios; me dolía el cuerpo. Tomé sus manos, sentí sus dedos afianzándose con fuerza como en el intento de que el silencio hiciera lo demás. El sudor era mayor, el silencio absoluto me tragaba por entero.-Siempre he dicho que no existe el absoluto-, pensé.
Volví a secarme, cerré los ojos otra vez y deseé estar con ella, quise morir y regresar a una época de cosas imposibles hoy, porque la edad es el freno de la claridad y la imaginación choca contra un muro demasiado real. Corría hacia la sala de canto, usaba el uniforme violeta con la M.I. de “María Inmaculada” prendida sobre el bolsillo izquierdo de la camisa. La vi entrar por el pasillo de paredes verdes, con el pelo alborotando su imagen de disculpa, de pronta incorporación a la faena. Ahí estaban las canciones que después acabarían en la misa del domingo. Me miró de frente, no hizo más que sonreír.
Grité su nombre en la calle, alteré la tranquilidad de una esquina para llamar su atención en medio de la gente. “Historia de ayer” fue la película del día, a ella le hizo gracia pero a mí me dejó el sabor de un tono empalagoso, de novelas de amor como las que papá grande leía después del noticiero de las cinco.
La sed demasiado brusca, el calor, el corazón perfectamente audible: tactac, tactac, tactac. Me solté una cobija, el gato se callaba por momentos para reaparecer con la fuerza del primer maullido. Decidí ladearme hacia la izquierda y encontré en su rostro un barniz rosado, con el brillo opaco sobre los labios que dejaba traducir la osadía heroica de los quince años. El cuaderno de Latín, la pizarra sucia de polvo blanco que presenció mis sobresaltos, mis nerviosismos disimulados a medias y que ella gozaba hasta decir basta. Le entregué el poema que hablaba de las rosas rojas, de las rosas blancas y de las rosas como ella. Lo escribí en una noche. Como siempre ella rió. Con lentitud pasó la vista por encima del papel y luego lo dobló con suavidad, hasta dejarlo entre las páginas de un libro. Luego supe que dormía con él debajo de la almohada y que lo mostraba a las amigas de la escuela.
Me incorporé sorprendido por las náuseas. Palpé varias veces el cuello para percatarme de la fiebre. Estaba mejor, al menos no había frío. La sed persistía aún pero fui incapaz de levantarme; preferí la seguridad de mi cobija.-La vida es un inmenso helado-, comenté.-De mantecado-, agregó ella.
Estaba en casa, había regresado. Ya en la habitación recordaba esos gestos que volcaban mi atención en todo momento sobre ella. Llegó a decirme, como si de una sagrada confesión se tratase, que la poesía era una vaina extraordinaria. Me dijo que de grande seríamos poetas, eso sí, poetas de pluma, de libros y de vida. Que el mundo de las cosas era la equivocación más grande y que por eso se quedaba con lo otro, con lo que prefería no explicar porque yo a lo mejor no entendería.
Sentí náuseas nuevamente, mucho más fuertes esta vez. Llegó a mi boca ese sabor ácido y amargo de la bilis; lo intenté dos veces y no pude. Saqué los brazos de entre la maraña de trapos: cuatro y cincuenta. El auto se detuvo frente a la casa de mis padres y percibí la lluvia suave, mágica, como una piel por encima de las cosas. Ella cuidaba de la abuela. Sus manos delgadas, muy delicadas, sostenían la taza de café que extendió para ofrecerme. El chico lloraba y dijo que lo llevaría al doctor, que la fiebre lo atacó mientras dormía.
De un salto me deshice de las sábanas. Medio aturdido, busqué en el piso con los pies y encontré las pantuflas debajo de la cama. Había amanecido por completo. Fui al baño, no quise afeitarme porque no me sentía del todo bien, cuestión evidenciable en unas ojeras muy marcadas. Luego abrí el chorro de agua tibia para limpiarme los dientes. Sonó el teléfono y Cristina, mi mujer, llamó desde tan lejos para hablarme de otras cosas.

2/14/2007

Algunas veces el cine

En el intento de arreglar, ordenar, propiciar un sentido, se nos acaba la existencia. Dar con algo, perpetrar un hallazgo, es la meta por excelencia y la razón que mueve al hombre a emprender grandes o pequeños desafíos, cotidianas luchas contra molinos que cada quien enfrenta a su manera.
Mientras esto ocurre descubrimos e inventamos formas para llegar, mecanismos de aproximación. Eso que llaman “la vida”, con su sociedad a cuestas, viene a constituir una "realidad segunda" en la que nos enredamos y en la que cabemos a medias (la "realidad primera" es nada menos que el horizonte vislumbrado desde el presente que nos luce incompleto). Vinculado con lo que representa la conquista de ese horizonte se alza el secreto del largo devenir del hombre, de su tremenda y personal historia: ahí, en el intento únicamente humano de ordenación consciente, se afinca nuestra posibilidad de éxito.
Una de esas búsquedas, de esos ensayos consuetudinarios, se produce en mí ante una escapada al cine. Hacerlo es una forma, entre muchísimas, de hurgar territorios. Lo cierto es que en una película anidan esperanzas y concreciones: grandes las primeras, mínimas y escurridizas las segundas, pero siempre dispuestas en todo caso a ir al saco de las experiencias que nos afirman y nos muestran otros rostros y otras posibilidades.
El mundo del cine se parece bastante al nuestro, al que existe de la pantalla para acá. Pero no es el mismo, desde luego. Su realidad carece de la desorganización propia de la vida misma. Quizá es esta la razón por la que, en mi caso, lo cinematográfico conforme un material de búsqueda excelente (ya sabemos, cada quien tiene las suyas) y en ocasiones propicie además encuentros que marcan para siempre. El cine expresa una realidad en apariencia idéntica a la que nos rodea, a la que nos contiene, pero diferenciada (de ahí su grandeza, su condición de Arte) porque tiene pie y cabeza, porque posee un orden que nos dice algo. En ese mare magnum que es la vida, tal orden es lo que deseamos encontrar, el objeto de nuestra eterna indagación. Una realidad clave en cualquier proyección que se respete es nada menos que la sintaxis bien pensada, bien articulada, la vida estructurada que somos capaces de desentrañar en hora y media o dos.
Toda película es una manera muy particular de acercarse a una realidad determinada, es en sí misma también una búsqueda, pero con el aliciente de que guarda cosas para ser lanzadas a los cuatro vientos o, mejor, a alguien que de veras las pretenda recibir (fueron concebidas y realizadas en función de esta certeza). Al fin y al cabo, parafraseando un poco a Borges, cada película debe tener su espectador, aunque sea uno.
Ir al cine es correr tras la liebre saltarina de nuestras secretas esperanzas. El cine, mágico lugar que, en dos platos, para muchos no es más que una sala de proyección y punto, se erige en verdad como campo de batalla, como escenario donde se realizará una partecita de nuestra guerra personal por darle sentido al sinsentido, orden al desorden, significado a lo insignificante. No en balde la emoción atrapa desde el mismo instante en que decidimos ir, desde que empezamos a vestirnos, desde que compramos el boleto, desde que decimos sí al ritual de las cotufas. Encuentros y descubrimientos, diversión, hallazgos y acaso desencantos. Esa es la promesa que el cine arroja a quemarropa, válida opción, sin duda alguna, para armar posibles realidades, para acercarnos a un punto de llegada.

2/05/2007

Historia particular de una gaveta

En mi mesa de noche el tiempo se detuvo. El día a día, saturado de adrenalina, cargado de vértigo, sobrecalienta los relojes. Pareciera que la modernidad puso a sudar los minuteros, y en esa carrera, que poco tiene de olímpica, las cosas pasan, ocurren o no, siempre en brazos del fórceps que supone un quehacer jadeante, listo para la manzanilla, el valium o el lexotanil.
Pero mi mesa de noche es una realidad aparte, lo cual obliga a mencionar que, palabras más palabras menos, existen espacios desconocidos y extraños, sitios en los que el vacío absoluto cabe por los cuatro costados, sobre todo cuando vacíos de todos los pelajes andan muy de moda: vacío en los políticos, vacío intelectual, vacío social, vacío en las instituciones. Vacío, claro, lleno en mi gaveta de otras cosas.
Un objeto así, casi inefable pero sumamente útil, lo consigue usted en cualquier tienda, en cualquier rincón de esos dispuestos para venderle artículos de hogar, desde grifos o cerraduras hasta lámparas o juegos de cuarto. Semejante pieza cuyo único objetivo, cuya teleológica razón de ser, estoy seguro, implica engullir todo cuanto va engordando, todo cuanto abulta la lista de nuestras pertenencias no deseadas, o cuando menos postergadas, digo, semejante pieza abunda como si nada en la ciudad, en sus terrenales comercios, como abundan aquéllas menos elevadas, menos dadas a planos filosóficos vedados a gente tipo usted o tipo yo. Quién lo iba a decir.
Ayer no más, mientras buscaba un clavo de pared para colgar una litografía, la gaveta inferior de mi mesita fue el lugar exacto para hallarlo. Noté también que estaba una linterna vieja, con las pilas oxidadas, así como fotos donde aparecía muy joven y con más cabellos. Total, que mi gaveta es una caja de Pandora y vaya usted a saber qué encuentra uno en sus entrañas.
En ella entra el mundo por completo. Las pastillas para cualquier mal o el libro que está en cola; diez o quince bolígrafos viejos o un racimo de carnés vencidos desde el ochenta y cuatro. Qué más da, la gaveta de marras se las sabe todas, asunto nada despreciable cuando uno olvidó dónde puso el manual del DVD o las postales que envió el primo Francisco la pasada navidad. Una gaveta es el non plus ultra de los baúles sin fondo, la prueba palpable de una dimensión desconocida en la que hasta lo inimaginable tiene su lugar.
El otro día hojeé en una librería cierto libraco dedicado a lugares extraños, misteriosos, esos que según su autor pueblan la Tierra y en los que, sin esperar mucho, usted se da de bruces con un ovni, un bicho raro tipo yeti o un sencillo zombi. La verdad es que me vino a la memoria la humilde gavetica, desdeñada, tan poco dada a truculencias, a flashes, a aparecer en los diarios, a constantes tintineos de copas. Alérgica a las muchedumbres, encerrada en sí misma y con su enigma a cuestas, mi gaveta bien podría haber ocupado la primera página de aquel libro gordo dedicado a lo raro, a lo que hace fruncir ceños. En fin.
Pero una gaveta es una gaveta, claro está, y una mesa de noche se encuentra casi en cualquier habitación que se respete, diría yo. Tendrá usted sus historias personales, sus experiencias insólitas, no me cabe duda. En cuanto a mí, también encontré en ella un pedazo de melancolía, doblada en dos, y un trozo enorme de amor que alguna vez ya no sentí por un loro verdeazul que me acribilló con el pico. Vi de reojo algo de rabia, verde y maloliente, y hasta una sensación de desconsuelo por un incidente que no vale la pena referir. Mi gaveta es un objeto donde el tiempo se detuvo, sí. Ahora mismo tomo un poco de alegría y la guardo en ella, justo al lado de un almanaque de bolsillo amarillento y encima de unas llaves que de entrada no identifico, pero qué puede importar. Tendrá usted sus historias, desde luego. Seguramente las tendrá. Como ve, yo también tengo las mías.

1/15/2007

Objetividad a toda prueba

Hay gente dedicada a meterse en cosas raras. Sólo por mencionar a la familia, yo, por ejemplo, llevo trece años meditando sobre quién llegó primero, si el huevo o la gallina. Por si esto fuera poco, un primo lejano analiza de cabo a rabo, todos los días de su vida, el espín tal del electrón cuál, vaya usted a saber cómo y por qué.
Ayer, un señor muy afectuoso obsequiaba algunos besos a una dama, justo en la mesa contigua a la que había elegido quien escribe. Nadie de los presentes pudo percatarse, por simples razones de geografía (los otros comensales estaban lo suficientemente distanciados) que un mesonero, recatado y como quien cuenta algún secreto, le pedía al enamorado más decoro al expresar sus sentimientos. Lo que unos besos de lo más ingenuos provocaron, me pareció el colmo de la exageración llevada al plano del reclamo.
Entonces, cuando todo parece volver a lo normal, enciendo el televisor y la realidad supera nuevamente a la ficción. Ahora resulta que un político exige al periodista que practique la objetividad, asunto que me devuelve al inicio de este escrito: hay gente dedicada a meterse en cosas raras.
Supongo que lo de objetivo pasa por hecho tan normal como ir al baño o ponerse la camisa. Esa es una palabreja que efervece en la mayoría de las bocas. Andarse con objetividades, digo, para el político de marras debe consistir en cuadricular la realidad de modo que esa realidad no presente mayores diferencias con aquella que percibe un chino, un alemán o un esquimal. Para esta gente la objetividad tiene certificado de origen, fecha de caducidad y no es más que un buen aparatico listo para producir salchichas, es decir, nada menos que piezas en serie.
Soberbia estupidez, claro. Ocurre que la objetividad se da de bruces con el más puro concepto de lo humano, pues es sabido hasta el cansancio que cada cabeza es un mundo, y si no pregúntenle al psiquiatra. Para complacer al político, digamos que para darle gusto, tendríamos todos que estar locos, lo cual tampoco es que sea un embuste muy sonoro, pero lo que sí es cierto es que de la objetividad en cuestión se va directo al manicomio. En fin, que lo único objetivo que conozco es una piedra o un tornillo o un alambre retorcido.
Pero ser objetivo está de moda. La objetividad se balancea a sus anchas incluso en las escuelas de comunicación social. El periodismo objetivo, frase disparatada que más de una vez ha salido de las entrañas de los medios, pareciera ser usada para edulcorar textos o imágenes, lo que llama mucho la atención, por razones más que obvias. Que lo diga un político cualquiera, pasa. Pero que lo manifieste un comunicador es preocupante.
Me siento a teclear y, justo a tres para las doce, un insecto atraviesa la pantalla del computador. Es ajeno a mí, no me ve, no se percata. Lo sigo con la vista mientras mantengo el ritmo con los dedos hasta que alza el vuelo y se pierde en el estudio. Ese bicho es objetivo, desde luego. Yo sí que no lo soy, y no porque me sea negada de buenas a primeras la condición de insecto o cosa repugnante (hay quienes son eso y algo más, ¿no le parece?) sino porque he sido capaz de vislumbrarlo, de hacerme una idea, de formarme un concepto, de enredarlo entre neurona y neurona. De modo que la objetividad tiene poco que ver con el homo sapiens sapiens, si es que no me estoy equivocando demasiado. Total, que entre seguir con mis indagaciones sobre el huevo o la gallina y exigir ser objetivo a quienes por naturaleza son su antítesis, me quedo con lo primero. Cuando menos existe la posibilidad, remota pero posibilidad al fin, de entresacarle el misterio a quien lo guarde, sin abogar con semejante acto por la demencia colectiva. La objetividad, si a ver vamos, es el último grito de la necedad. Hay que ser bien politiquero, hay que ser.


1/07/2007

Cultura a secas

A raíz del artículo 14 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, muchos intérpretes, compositores y gente vinculada con el arte aprueban felices que el cincuenta por ciento de la programación musical en los medios consista en producción nacional. Supongo que la idea está asociada con una mano cuidadora, es decir, con la confianza en que un artículo como ése protegerá lo nuestro de las fauces de lo foráneo, siempre listas a arrancar sus tajadas a costa de no importa qué.
El nacionalismo, la defensa de una identidad que nos adhiere a determinadas geografías, por supuesto, tiene relaciones consanguíneas justificadoras de la aceptación sin más cuando se trata de leyes que, en apariencia, preservan la esencia de nuestras raíces. Así, he escuchado últimamente que sin el brazo firme de Luis Herrera al respecto (también este señor llevó adelante leguleyismos parecidos), Ilan Chester o Yordano brillarían por su ausencia, o que Simón Díaz o Adrenalina Caribe serían menos conocidos, promocionados, y en consecuencia respetados y queridos.
Supongo que el concepto de lo venezolano, la idea de que nos cubre un manto prístino de cultura criolla linda con la noción de pureza. Del mismo modo en que existe pureza racial, pensarán erróneamente unos, existiría la cultural. Quienes razonan así, por fortuna, se equivocan. ¿Son Pedro Pérez o José García, ambos nombres llegados de España, más venezolanos que Ilan Czenstochouski Schehter o Giordano Di Marzo? Seguramente sí, pero no olvidemos que en su momento los dos primeros fueron tan ajenos a la consabida “identidad regional”, que a tantos quita el sueño, como la música que por ejemplo intentan mantener a raya. Y en verdad, tanto Ilan como Yordano o Simón Díaz calaron y se sembraron en estas tierras no gracias a la influencia de decretos y burócratas, sino a fuerza de talento, que para nada es lo mismo.
Igual ocurre con el joropo, con el arpa o con el cuatro. Del primero basta decir que la palabra viene del arábigo “xarop” y que nace asimismo de lo que trajo la conquista en sus alforjas: bailes flamencos y andaluces (de aquí que el zapateo sea uno de sus rasgos). En cuanto a la segunda, al parecer su origen es teutónico, y ya en el siglo IX presentaba, nada más y nada menos, la forma que le conocemos hoy. El tercero proviene del árabe “guitar”, y éste a su vez del griego “kithara”. Toda una trayectoria, notémoslo, que echa por tierra el concepto inamovible de cultura fraguado en lo meramente autóctono, en aquel disparate que supone a lo venezolano proveniente de lo venezolano. La identidad, vista a través de estos cristales, es un instrumento punzopenetrante a medio paso del peor chauvinismo.
Lo “venezolano” no se va a defender con mayor fuerza, ni se dará a conocer con más profundidad, ni llegará a relucir con brillo renovado mediante imposiciones. Por el contrario, me parece que realidades como la del artículo 14 desempeñan un rol que a la postre termina echando tiros por la culata. No son legalismos de ningún tipo los que harán levantar orejas, llenas de avidez ante lo producido aquí, sino el mercado, los consumidores, libres de elegir lo que desean escuchar o mirar justo al encender sus radios o televisores. No existe en la historia de la civilización música que trascienda ni libro que se sostenga ni película que permanezca en pie luego del paso del tiempo, luego del escrutinio ciego de una o dos generaciones. Para que continúen haciéndose y para que lleguen al gran público, la buena música y cualquier manifestación del arte exigen receptores capaces de apreciarlas, de disfrutarlas, de hacerlas suyas a través de la sensibilidad y no por obra y gracia de leguleyismos condenados al fracaso. En este punto, claro, es vital la educación. Sólo con ella, pienso yo, acaso el mercado elija las mejores opciones.

12/31/2006

Revista cultural

El otro día alguien me pidió un escrito para una “revista cultural”. Accedí de inmediato porque me gusta eso de escribir, pero el gusano de la duda pronto hizo acto de presencia.
Y es que, la verdad, a la hora de tomar asiento para elaborar mis rasguños tipográficos, comencé a preguntarme por la identidad implícita de esa cosa en la que aparecería mi artículo, es decir, me aguijoneó la incertidumbre acerca de lo que la gente entiende por publicaciones de esa naturaleza. Empecé, claro, por tratar de comprender el sentido que el término cultura cobra en la masa encefálica y en la boca de ciertos personajes. Supuse entonces que para muchos se presenta sumergido en líquidos desinfectantes, por aquello de la higiene y la apariencia, no fuese a ocurrir que de un momento a otro a alguien le diera por asociar la palabrita con otros quehaceres, sencillos e inferiores quehaceres, más culturosos, quizás, que culturales, lo cual para nada es la idea cuando de acartonamientos y ropaje almidonado se trata.(Cartones y almidones, sí. Ésos son los materiales con que la idea de cultura está fraguada para algunos).
Cuando aquel señor pidió mi participación en lo que próximamente sacaría a la luz, ¿qué querría decir al colgarle ese adjetivo a su revista? ¿Acaso que le echara jabón al lenguaje para limpiarlo de toxinas poco culturales? ¿qué apelara a temas “serios”, únicos dignos de ocupar algún lugar en la restringida consideración de lo que para él es o no “cultura”?, vaya usted a saber. Lo cierto es que van siendo bastantes los que igualan tal palabra a la asepsia de un quirófano, hecho que a mi juicio equivale a peligro de maniqueísmo, a idea de grilletes y mazmorra para algún pobre coño o puta o carajo, asunto siempre vivo en puristas de todos los pelajes, y por cierto muy de moda casi siempre.
En cuanto a mí, asumo la cuestión de manera por completo diferente. Entiendo, por ejemplo, que la revista "Imagen", "Letras Libres" o "Qué Leer" no son más culturales que "Feriado", "Zeta", "Estampas" o la chismosa "Vanidades". En ellas cabe completica una manera de entender y de escrutar el mundo, y ahí se reflejan ciertos modos, afloran haciéndose visibles ciertas puntas de hilos que nos muestran en nuestra pura condición de Homo Sapiens y que pudiéramos tomar hasta llegar quién quita al mismo ovillo, si abrimos bien los ojos. Es posible hablar de cultura occidental, de cultura democrática, de cultura popular y hasta de cultura adeca, otra vez adjetivando con explosivos la palabra, pero de ahí a la bendita “revista cultural”, frase tautológica por donde se mire, hay un limbo que no logro franquear.
Me dispuse entonces a escribir (y lo hice), sólo que mi entrega se ubicó a años luz de todo cuanto añoraba mi decepecionado peticionario. No más al leer “Estrategias infalibles para papar moscas en la calle”, simple reflexión que intenté desarrollar acerca del ocio en el siglo que pasó, con cara de terror el individuo dobló en cuatro las cuartillas, se rió como cumpliendo un rito obligatorio, y salió en carrera para no dejarse ver jamás. Supongo que mi escrito no cabía en el serísimo volumen que publicaría aquel hombre.
En fin, ¿qué diablos podrá ser, dígamelo de una vez si usted lo sabe, una revista cultural?.


12/12/2006

Al revés

Todo el mundo persigue un ideal. El otro día alguien mencionaba que su sueño era convertirse en un magnífico pianista. Mi sobrino, que apenas tiene doce años, quiere ser el gran piloto. Otros se queman las pestañas porque la fulana beca es para los mejores, e incluso algunos han pactado con el diablo sólo por conservar su cánon de perfección, que es la eterna juventud. Y así.
Yo, como los demás, también guardo mis anhelos. De un tiempo para acá me ha dado por imaginar un mundo diferente, verá usted. Uno en el que ciertas cosas –los ideales, pongo por caso- se pusieran de patas para arriba. Entonces me pregunto: ¿qué tal si a los sueños de grandeza se les asesta un golpe en plena nuca?.
Un golpe en plena nuca significa lo que para mí viene siendo el afán de lo peor. Me explico: entre tanta gente con ganas de subirse al pedestal más alto, me carcome el afán por ocupar los últimos lugares. Y es que para ser el peor, muy contrariamente a lo que la mayoría supone, hay que empeñarse de lo lindo. Es verdad que hay gente buena, excelente, incluso, en esto o en aquello, pero tarde o temprano tiene uno que aceptar lo irremediable, es decir, que competir por el rezague cuesta también Dios y su ayuda.
Porque una cosa es apuntar al cielo y otra es dar el tiro al suelo. Esto último lo hace cualquiera. Pero erigirse en primer escritor de obras insalvables, en un patético esgrimista o en arquitecto postrero, no me negará que implica un reto de lo más interesante, sobre todo por la competencia que engorda cada día sin frenos -no pasa una semana en la que no se rompan las mejores marcas-. Un ejemplillo ilustrativo: si el presidente, que se esmera como nadie en hacer las cosas bien, no acierta ni por carambolas, imagine el adversario en que se convertiría si decidiera ser el peor. Para ganarle habría que emplearse a fondo, y pienso que ni así. De modo que la antítesis de lo mejor requiere vocación, talento y trabajo, mucho más del que con gran entrega hace sudar a un medallista de las Olimpíadas.
Me ha dado, pues, por ser el peor. Como juego muy mal al ajedrez, decidí participar en un torneo. Salí contento porque ocupé el penúltimo lugar, nada malo si consideramos que apenas fue el primer intento. Estoy convencido de que los sueños de bajeza no tienen por qué avergonzar a nadie. Todo lo contrario, sus cuotas de exigencia, repito, superan con creces las de los trillados de grandeza, aparte de que van siendo menos aburridos. En el fondo, sin embargo, terminan por compartir nicho, culminan en un abrazo profundo y de lo más unificador, pues los hermana el sacrificio, el esfuerzo por alcanzar un objetivo, las ansias de acceder a lo mejor -sí: lo mejor de lo mejor y lo mejor de lo peor-. La serpiente, pues, mordiéndose otra vez la cola.
Si un presidente, un ministro, un gobernador, un alcalde, un puñado de concejales, pobrecitos, a quienes salvo excepciones todo les sale de la patada cuando en realidad lo que pretenden es un resultado óptimo, cambian de perfil, de óptica, y deciden enfrascarse en rollos para los que muestran un talento natural, o sea, deciden esforzarse por conquistar elevadas posiciones en el campo de las mediocridades, quién quita, a lo mejor por estar buscando hacer las cosas mal éstas empiezan a salirles bien. Eureka. Hasta para eso serviría mi sueño, a favor de semejantes personajes, malos entre los malos en este pobre país, obraría mi afán por colocar de cabeza esas elevadas ansias que en líneas generales cualquiera manifiesta. En cuanto a mí concierne, seguiré en mis trece. Estoy a la caza de un nuevo trofeo, no otro que escribir el peor de lo artículos. El peor de los peores, que ya es mucho decir. Si usted no entiende éste, o lo va aborreciendo a medida que se adentra en la lectura, entonces voy por buen camino. Mientras tanto, le doy las gracias por leerme.

12/01/2006

Un día tranquilo

Pasa una muchacha con el ombligo al descubierto. En este café la vida es efervescencia, algo así como agua en ebullición. Pasa tranquila, sin percatarse de que ha aumentado el hervidero. La muchacha con el jeans ceñido, los zapatos deportivos, el bolso al hombro y el ombligo al descubierto coge por los cuernos al toro de las miradas y se mete en el bolsillo todos los niveles de testosterona, los ojos lúbricos, la tremenda magnitud de los deseos.
Pensé que iba a ser éste un día tranquilo. De la taza de café a la revista Zeta, del teléfono que se mantiene en silencio al humo de cigarros entremezclados con aceite de frituras. La muchacha del ombligo al descubierto es en realidad una tromba marina, y después de ella sólo hay que recoger los vidrios rotos.
Qué cosas. Uno cree algo, uno cree por ejemplo que un día tranquilo cuadra perfecto en la planificación inocente que se lleva a cabo allá, en las cavernas de la imaginación, pero resulta que la vida tiene sus meandros, acata con fuerza los dictados de un cuerpo de infarto coronado por un ombligo y su plena desnudez. Nada rebuscado, redondo y perfecto, el de esta chica asoma equidistante del botón metálico del pantalón y la línea suave, como una caricia, donde acaba la blusa semitransparente.
Esta mujer con el ombligo al descubierto es cualquier cosa menos una mujer con el ombligo al descubierto. Perdón, no es cualquier cosa, es un volcán, y ahora la mayoría estamos patitiesos, patidifuás, patas arriba o como quiera que se llame esto de permanecer quemados vivos, bañados en lava, arrasados por un Vesubio de estos tiempos en la Pompeya que llegó a ser este café.
De un día tranquilo se elevan las cenizas. Quién lo hubiera imaginado: levantarse temprano, tomar el jugo de costumbre, comprar los periódicos, comprar una revista, y luego la estocada, el barullo del ombligo sobre las caderas que arrasaron con un café de pueblo en pleno día soleado. Como para coger palco.
Un ombligo al descubierto tiene mucho de puerta semiabierta. Entonces llega uno y da el empujoncito que faltaba para que la escena cobre el tamaño de cada sueño húmedo, de un chorro de adrenalina, de cada feromona trocada en alimento para el inconsciente. Pregúntele al doctor Freud. El café, a estas alturas, no es más que un museo de las pasiones, esas señoras reprimidas que danzan como si nada entre vigilia y duermevela. Pregúnteselo al de la mesa tres, pregúntemelo a mí.
Un día tranquilo termina siendo el embrollo hecho cuerpo modelado por los dioses. Un día tranquilo, viéndolo bien, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Es mil veces preferible, desde luego, un ombligo al descubierto.

11/23/2006

Celebraciones personales

Mi hija, que tiene dos años, no se cansa de exaltar la belleza de las cosas. Como todo es lindo para ella, cada vez que ve un zapato o un trapo de cocina o una zanahoria dibuja muy tranquila la sonrisa mientras con sus ojos encuentra los míos, que saben de su éxtasis, de su constante asombro, de cómo, según ella, la hermosura termina por colarse hasta en el último reducto de lo que la rodea.
La verdad es que había perdido la costumbre. Cada vez más optamos por la úlcera, es decir, por la desdeñable convicción de que somos adultos y ya, lo cual exime por lo general de variar ángulos para acceder a otras miradas. Aquí, la vecinita de enfrente, que tiene cinco años, también hace de las suyas: en asuntos de miradas gana por paliza a cualquiera de nosotros, o sea, a la gente grande y circunspecta, básicamente por aquello de que en sus manos un lápiz es un lápiz pero también un avión, un duende o un barco de vela.
Lo cierto es que de la niñez bien puede uno aprender ciertas cosas. Yo, que soy un redomado terco, tuve que esperar a que Camila me restregara algunas verdades en la cara. Entonces claro, poco a poco apuro la brazada hasta dar con el ritmo que mejor se adapte al paso del maestro. Jadeante, pero con el ánimo acariciando las nubes, cada paseo por los intersticios de la sala o por los recovecos de la cocina significa algo así como una lección al revés. Mientras juro que estoy enseñándole a vivir, ella acaba por brindarme el zumo de la vida. Carpe diem, así es. Es horaciana la niñez, y en cada palmo de ella esa frase anida, cobra plenitud. Carpe diem, aprovecha el día. Basta un pequeñuelo para que la frase se personifique.
Cuando llevaba diez minutos hojeando (¿debería escribir destrozando?) una revista vieja, la exclamación apareció como si nada. ¡Maravilloso!, la oí decir con un dejo de tranquilidad, extraña manera de expresar lo que en el fondo guarda la sorpresa ante el más mínimo hecho. Fruncí el ceño en el acto, pues esa palabrita, en medio de sus poco más de setecientos treinta días en este mundo, confieso que me sonó de lo más rara. Pero ahí también estuvo cuando halló un cabo de vela en la gaveta, y cuando se dio de bruces con los gatos que deambulan por el estacionamiento. Le di la razón. Y es que, desde luego, maravilloso es un conejo, un pastel, un virus, un renacuajo, un limonero, un poro de la piel. Lo maravilloso y lo bello son ahora dos categorías renovadas. El oxígeno se ha dado una vuelta por el lado fatigado, sombreado de las cosas. Las telarañas que los años van tejiendo a contrapelo de la lucidez, para hacernos obsecuentes con lo rutinario, con la ausencia de alegría o con la simple circunstancia de observar en una sola dirección, fueron espantadas de un plumazo. Hizo falta, por supuesto, el golpe de mirada, una vuelta de tuerca que en esta ocasión vino aparejada con la infancia. Y así. Como uno cree que se las sabe todas, piensa que la razón (ah, la razón de los mayores) y las neuronas son señoras autosuficientes; supone además que el universo goza de la estricta dimensión de una dendrita, con el agravante de que ésta se ubica en el espacio justo de nuestra particular caja craneana. Termino entonces por considerarme adulto a plenitud, con todos los derechos inherentes a la causa. Hasta que nos rompen el plato en la cabeza. Hasta que el asombro se cuela sin contemplaciones y una imberbe se incrusta para siempre en tus entrañas.

11/10/2006

Ay, Jalisco

Me di cuenta en una celebración, ésas donde a medio jolgorio salta un mariachi y luego de cantar el cumpleaños sabrá Dios por qué razón la mayoría termina echando chistes.
De aquellos jinetes mexicanos, charros con pistola al cinto y demás, queda sin dudas un suspiro, apenas la sombra de una época que Jorge Negrete o Pedro Infante hicieron suya a través del celuloide. Pantalones ajustados, camisa blanca y chaqueta corta eran un símbolo, que junto al sombrero inmenso y las armas a cada lado mostraba un carácter macizo e intimidatorio, algo así como el “mírame y no me toques” típico de una presencia que está ahí para que la vean y no para ver, para que la admiren, no para admirar.
Como rito que no puede echarse a un lado, como una ceremonia, la voz se escuchó débil y lejana, para entonces aumentar los decibeles y tronar en pleno centro del salón de fiestas. El charro se detuvo cerca de un mesón atiborrado de tequeños, jamones y quesos, y el repertorio se desplegó en enjambre que arrancó con “Jalisco, no te rajes” y finalizó con el infaltable “El rey”. Por supuesto, mientras el espectáculo se da uno opta por ciertas conductas: se atraganta de comida, conversa de lo lindo con algún otro aburrido, pisa el acelerador de la bebida, pone cara de yo no fui y se dedica a mirar alrededor como en busca de la Piedra Filosofal, o simplemente disfruta del concierto. Yo, que por lo general no estoy para mariachis porque me gustan demasiado poco, elegí con mucho gusto las opciones tres y cuatro.
En fin, que entre un sorbo y otro se pasaron las canciones y podría jurar que hasta terminó atrapándome el aura teatral que cobró vida en pleno bonche, sobre todo por el histrionismo excepcional que el charro intérprete imponía a su hacer. La verdad es que este personaje sabía lo que hacía: con naturalidad y gracia otorgó valor agregado al espectáculo simplón que el resto de los músicos hubiese ofrecido sin más.
Pero de que los “tiempos modernos” meten a veces sus pezuñas donde no los han llamado, no cabe la menor duda. Y no lo menciono por el juego de luces estroboscópicas ubicado en el lugar elegido como pista para bailar, sino por un detalle, una mínima mácula apenas perceptible en el charro estrella. En su fiel atuendo (o casi), fracturando el aire de otra época que supongo creyó manifestar mediante su tradicional vestimenta, justo en el lugar ocupado antaño por una pistola colgante que terciada ahí expresaba muy bien la recia condición de quien la llevaba consigo, el punto luminoso, verde, titilante de un aparato ajeno a la pólvora terminó por ocupar completamente mi atención.
Incrustado en la cintura como aberración humillante para ése que a estas alturas se desgañitaba con “María bonita”, un celular yacía sin pena ni gloria. Estaba ahí, como diciendo vamos, sigan la parranda que aquí no ha pasado nada. Pero, comprenderá usted, de inmediato me asaltó la decepción. El magnífico aroma de fingimiento actoral que antes se respiraba cayó con estrépito. En este caso, las manos de la modernidad pusieron el caldo morado, entre otras razones porque a la mentira que implica una buena puesta en escena se le vieron las costuras. Vivimos tiempos modernos, y eso es una maravilla. Lo malo es que en ocasiones sus brazos se cuelan por hendijas no aptas para ellos. En cuanto a mí, otro trago sirvió para dejar estas lides. La fiesta terminó como si nada.

11/09/2006

Se sabe que el que vuelve no se fue

Un día, ya cercana la fecha de Navidad, el hombre que llevaba un libro bajo el brazo caminó hacia la casa de mis padres. Después de entrar y apoltronarse en el sofá ubicado frente al televisor, se quedó para siempre en el sabor que sus palabras cobraron en mí luego de aquel primer regalo: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Y es que como buen compinche, abrió el libro apolillado que guardaba y leyó el poema que hablaba de amores -así lo recuerdo todavía- a la luz de la luna y a la orilla de un mar entumecido por el frío de un otoño en Isla Negra.
Neruda, quien llegaba antes de la fecha de Navidad, se quedó como un latido o como un vendaval justo en medio del tren de la memoria. Entonces le conté de los espectros que durante muchas noches espantaban mi sueño, y le hablé de las princesas que aún no lograba rescatar. También le dije de otras cosas, por ejemplo del reloj sin tiempo que Toto, mi perro, había destrozado a dentelladas. Así de a poco, de a ratos robados a la realidad de la pelota y del colegio, Neruda dibujó los rostros, siluetas, colores y sonidos de sus palabras, y ellas, de este modo, pudieron servir más que para decir el nombre de las cosas.
El señor que llevaba un libro bajo el brazo llegó hasta la esquina de la plaza y luego cruzó la calle Sucre. Sonriendo se fue hasta la casa de mis padres para después, días o meses después, guardar su pipa ennegrecida y cargado de poemas salir tranquilo por la misma puerta que una vez golpeó con sus nudillos. “Se sabe que el que vuelve no se fue”, le oí decir entre dientes. Han pasado las horas, han caído muchas hojas, han llegado otros libros y otras navidades. En esta tarde y su lluvia y su infusión de manzanilla y Ana que me mira con sus ojos orientales logro vislumbrar el mismo poema, la página cuarenta, el verso arrellanado en el sofá: “Se sabe que el que vuelve no se fue, y así la vida anduve y desanduve mudándome de traje y de planeta, acostumbrándome a la compañía, a la gran muchedumbre del destierro, a la gran soledad de las campanas”.

O sea, o sea

Pensar cuesta trabajo, y si tienen dudas échenle un vistazo a los políticos. Con un paquete de neuronas básico, cualquiera se emociona al escupir tres palabras, bisílabas cuando mucho, a ras de boca y de materia gris.
Entonces o sea lleva las de ganar. Entre parloteos esquizofrénicos y chasquidos de la lengua que dicen de todo menos lo que se quiso decir, si es que se quiso, o sea coge impulso hasta inundar todas las frases de todos los discursos de todo aquél que se respete, es decir, de todo aquél capaz de estar en algo, porque sépase que estar en algo, a la moda, ser de ahora y no unos de esos anticuados, almidonados y engominados aburridos, pasa por meter un o sea cada cuatro segundos si el asunto es oral, o cada tres palabrejitas si nos complicamos a la ene y tomamos la vía escrita.
Bueno, o sea, que le llegó la caja, o sea, la encomienda, pero no está aquí, o sea en esta oficina, porque llegó pero se la llevaron y entonces la trajeron otra vez, o sea, usted no estaba y la trajeron para acá, o sea, para el otro local que queda allá donde el señor González, o sea, ¿ve? Yo, comprenderá usted, no veo nada y aún hoy sigo con la vista hecha migajas. No veo nada en lo absoluto pero cojo las pinzas y trato de agarrar al vuelo ciertas ideas: el mensaje que supongo tuvo este señor en la punta de la lengua pero no en las oraciones. En fin.
O sea es el comodín, el as bajo la manga. Imagino un instante el mundo sin o sea, Venezuela sin o sea, algo así como la felicidad en estado lingüístico, un punto a favor de la juntura inteligente del sujeto con el predicado, que ya es mucho decir. O sea, el dios o sea de quienes dicen lo que pueden mientras lo que quieren cae por el desagüe.
Supongo que se habrán percatado de que a mucha honra cada día hablamos (y de escribir ni se diga) peor. Y es que hablar o escribir requiere algo más que el o sea en medio de cada triste frase, y más lecturas y más ganas y más pasión y más escuelas y más maestros. Y cuando digo más no me refiero a cantidades, aclaro de una vez y por si acaso. Eso de que andamos mal, de que nos africanizamos, de que aquí da lo mismo un verbo que un sustantivo que un o sea a fuerza de escasísimo intelecto, da mucho que reflexionar, porque entre otras cosas sin palabras no hay ideas y sin palabras, antecedente lógico, tampoco hay pensamiento, aunque para desgracia siga habiendo políticos con pe de poco, digo, por eso del enanismo intelectual y demás hierbas. Dan ganas de torcerle el pescuezo a ciertos tipos, sí, exactamente a ésos en que piensa usted ahora, básicamente por el cojonudo lío que arman tan sólo con abrir la soberana boca o con rayar algunas líneas, que para efectos del o sea hemos visto son la misma plaga. Todo por unos o sea de menos, que si a ver vamos es nada considerando el universo de usuarios que nos gastamos. O sea, que seguimos en lo mismo. Que estamos bien jodidos. O sea.

11/06/2006

La raíz imaginaria


Hay espacios que son islas. Existen lugares donde el día a día disminuye la velocidad para regodearse sobre sí mismo, para mostrar la cara oculta de lo que también es posible.
Poner los pies en una barbería tiene que ver con lo anterior. Y digo una barbería, con todas sus letras y con la carga de significaciones que esos establecimientos guardan para quienes se tomen la molestia de ver más que tijeras, aguas de colonia y afiches de cantantes o estrellas de fútbol.
Para empezar, el barbero es un demiurgo. Sacerdote incrustado en su habitáculo, cobra y se da el vuelto al labrarse letra a letra en medio de ofensivas o repliegues verbales, en medio de conversas sin principio ni fin que en una barbería adquieren el apelativo de infinitas. El barbero resume al dedillo eso que tan bien define a quienes blanden la espada de los gestos, las maromas de la lengua y la truculencia seria y circunspecta, todo al empuñar tijeras, manipular geles, desenfundar la cero cero.
Qué duda cabe: el barbero es un espadachín, especie de malabarista donde cabe la celebración del gol más reciente o donde se concentra el escupitajo sin cuartel contra políticos de cualquier pelaje. Si el Aleph borgeano tuviera un referente en la ciudad, ése sería una barbería. Templo destinado al ritual humano por excelencia (conversar, no cabe duda), en el mundillo de sus cuatro paredes la palabra se remonta al principio de los tiempos, es decir, a la oralidad como fuente de lo primero y de lo último, alfa y omega del quehacer humano, única manera de asir la realidad, de meterse el universo en los bolsillos. Hablar se hace entonces una fiesta, implica concretar un hechizo, es la vuelta a Homero o a Virgilio.
La silla del barbero, ese monumento actual pero a la vez totémico, se me ocurre que bien puede marcar el punto de contacto entre la vida cosmopolita y el pensamiento primigenio. En ella se abrazan la modernidad y lo remoto: desde el televisor que transmite vía satélite el clásico de los clásicos, nada menos que el Brasil Argentina, por ejemplo, hasta el pensamiento mágico de interlocutores cuyas fuerzas se crecen en el verbo, en el afán que afeitadores y afeitados manifiestan cuando de lanzar ideas o refutar opiniones se trata, vistos a la luz de lo fundacional, de aquel grupo de hombres embrujados por una buena charla al calor de la lumbre, al comienzo de lo humano.
Si hay un lugar en el que el mundo se invente y se reinvente a cada instante, sus coordenadas llevan a la barbería. La silla del barbero equivale a fogata que invita, tiene que ver con la placidez del nicho a la hora de la sobremesa; cobra un clima de recogimiento dado al intercambio de palabras, a la exposición sosegada, al simple hecho de contarse unos cuentos, como en los tiempos de la Ilíada o la Odisea, que el mundo termina por acomodarse en la palma de la mano. Y ahí el barbero, junto con quien está sentado y junto con quienes esperan turno para rebajarse los cabellos, manipulan la mentira, juegan con la verdad, asisten al asombro de crear universos diferentes, todos y cada uno a la medida de ciertas necesidades, de tal o cual empecinamiento, de infinitos antojos. Vuelve a nacer lo religioso. El hombre se reafirma como hombre.
El pasado y el futuro queda a la vuelta de la esquina. Basta entrar a una barbería para escuchar las predicciones. “El presente es el futuro del pasado”, como indicó alguien, y el futuro, además, adquiere certificado de nacimiento, previsto, sentenciado, rubricado por esa cofradía de monjes enfrascados en sus profecías. Entrar a una barbería, digo yo, es dar cuenta de la raíz imaginaria, de qué hemos sido, por qué somos y qué podremos ser, siempre a la sombra de esa sintaxis carnavalesca que es el verbo creador en cualquier barbería que se respete.
Por eso, en la silla del barbero se prefiguran todos los tiempos. Los presentes son presentes según la vena del momento, y Ronaldo o Joao (el Portu de la esquina), Cassius Clay o Chita (la mona de Tarzán), Francisco Franco o Tatiana Capote, Raúl Leoni o Betulio González, caben sin dificultad en la esfera de cristal labrada a fuerza de blandir palabras, establecer realidades y entregarse al hecho de ser dioses. Los misterios insondables del mundo se aclaran en ella. La silla del barbero tiene mucho de silla, por supuesto, pero más de diván y de confesionario. Merlín sería feliz alrededor de ella, como humilde interlocutor a la espera de una buena rapada, o como sacerdote con dominio total de cepillos, hojillas y tijeras. Ahí, entre espejos, champúes o secadores, se dan los hallazgos más profundos. Siempre en una barbería, claro.

11/01/2006

El filósofo

Mi perro es un gran filósofo. Tras su cara regordeta de la que brota una mirada imperturbable, se entrega a profundas reflexiones, a inefables consideraciones sobre lo humano y lo divino, a impenetrables razonamientos que sólo su condición canina, digo yo, es capaz de albergar en relación con el mundo de los hombres.Ayer, por ejemplo, me descubrió mirando la televisión, y ahora que lo menciono, apenas alcanzo a imaginar cuánta lástima (o diversión, qué sé yo) le habré producido nada más que por el hecho de estarme un tiempo precioso ante ese bendito aparato, y para remate pendiente de un manojo de políticos.Comienza por sentarse y ladear un poco la cabeza. Así, en esa posición, como un extraño pensador supongo que le da vuelta a los problemas y, oh sorpresa, flirtea con algunas soluciones porque las más de las veces termina agitando felizmente la cola para, como quien no quiere la cosa, venirse de lo más tranquilo y echarse junto a mí luego de un bostezo que denota cierto aire de autosuficiencia, de satisfacción, de fíjate que lo he logrado, que ya desearía uno hallar en muchos por ahí.A veces, el muy condenado se pasa horas y horas observándome con esos ojos que despiden una especie de sabiduría bastante esquiva, rarísima de encontrar en la mayoría de la gente. Mi perro, y esto lo digo con la convicción de quien ha comprobado estupefacto palabra a palabra lo que dice, hecho el loco sabe más de lo que cualquiera (inocente y despectivamente) pudiera imaginar, y ha llegado a ese estado, podría jurarlo sin remordimientos, a fuerza de silencio reflexivo, de neuronas, de puro y perruno ejercicio intelectual.Me divierto pensando en lo mucho que gozará el tipo escuchando mis conversaciones, mis pobres análisis en compañía de uno que otro amigo. Estoy seguro de que en secreto se dobla de la risa luego de escuchar lo que decimos. Él se ríe de nosotros y sus carcajadas he aprendido a percibirlas a través de un leve movimiento de su boca y de su lengua, que lleva a cabo en numerosas ocasiones. Se ríe de todos, de mí, de mis inadvertidos compañeros y de un gentío que escucha hablar cuando sintonizo los noticieros en la tele. A veces, y créame que no exagero un ápice, el movimiento de la boca y de la lengua llega a convertirse en algo que no dudo en calificar de incontrolable, lo cual hace que se le llenen de lágrimas los ojos y se retuerza con las patas para arriba. Cuando eso ocurre aprovecho para estudiarlo con más detenimiento, pero en un santiamén se da cuenta y de inmediato recobra la postura de perro normal echándose, muy tranquilo él, a mordisquear un hueso de goma que siempre utiliza en esos casos.Mi perro es un gran filósofo, él debe guardar muchas respuestas. Lo lamentable es que jamás lo he escuchado hablar (tengo la sospecha de que puede hacerlo). Estoy seguro de que prefiere su mundo de gruñidos y ladridos. Allá él con sus vainas.

Monólogo mascando chicle

Mascar chicle es casi un deber sagrado. A ver si me explico: para muchos, cada día incluso antes de cepillarse, coger una pastilla de menta y llevársela a la boca equivale a una ofrenda que va directo a la diosa razón. Es que darle a las muelas para masajear gomas de mascar, me ha dicho alguien, es un acto que ayuda en asuntos del pensamiento. Pongamos que el tipo está en lo cierto. Entonces uno puede hacerse el perspicaz e indagar, por ejemplo, sobre la diferencia entre el simple chiclecito y el caramelo ese que entregan cuando no hay sencillo para el vuelto. ¿Serán ambos tan buenos para el poder de raciocinio? ¿El efecto involucra solamente al chicle? Si lo segundo es lo que vale, es posible aún, en un alarde de curiosidad ociosa, hurgar qué tan efectivo resulta el entrañable Adam`s, cajetilla clásica y demás, en relación con el discreto Trident, el pomposo Freshenup o el humilde Bolibomba. Pero la verdad es sólo una: cualquier goma funciona de idéntica manera, todas acaban por agudizar el intelecto, según los entendidos, ocupando el plano de los meros asuntos del paladar aquello de las diversas marcas. Un chicle es un chicle y se acabó. En realidad no sé muy bien por dónde va la cosa. En mi familia hay quienes comen chicle hasta dormidos, y que yo sepa continúan sufriendo la misma cortedad en lo atinente a las neuronas. En mis clases, aun cuando hemos acordado no rumiar durante las dos horas, sé que más de uno viola con descaro esa norma y ni así. Tampoco es que brillen demasiado. El otro día una señora comentaba que un chicle era el mejor estimulante, el té a las cinco para los ingleses. Con un chicle había vencido todas las dificultades, todos los entuertos a la hora de responder cualquier examen universitario, al punto de que llegado el éxito y el momento de los agradecimientos, usted sabe, mister Adam`s ocupaba el tercer puesto. ¿Los dos primeros?, Dios y sus padres. Mire usted. La verdad, yo no comprendo demasiado estas cosillas, y aunque acabo de meterme uno a la boca, nada que ver cuando la idea es hallar respuestas, dar en el clavo o destacarse. Qué se le va a hacer. Desde luego, existen casos cuyo patetismo es antológico: hay gente imposibilitada, digamos, para montarse en bicicleta y mascar chicle a la vez, lo que en mi caso pienso que no llega a tanto. Pero uno nunca sabe. De todas formas he decidido insistir. Hace tiempo fui al abasto y me traje un buen surtido, gomas de todos los sabores, que para alimentar la inteligencia o el poder reflexivo ahí está la variedad, el matiz, el abanico amplio, por eso de que nada en blanco y negro resulta saludable ni para el cuerpo ni para la mente, lo que es una verdad de Perogrullo. La mesa de noche está repleta. Ya mi esposa sabe que ante un problema económico elijo los de frutas con líquido por dentro, y frente a quebraderos de cabeza laborales opto por la caja de los mentolados. En fin, pasa el tiempo y todo anda como si nada. Sigo en mis trece, o sea, sin hacerme más inteligente, más dado al pensamiento o a algo que se le parezca. Cuestión de paciencia, claro. La clave es insistir, supongo.

10/31/2006

Sexo oral

La vida es un saco de gatos y hace falta cumplir años para darse cuenta. El otro día un amigo hablaba del genérico masculino, y decía que su supervivencia, que su soberbia vitalidad cuando de darle a la lengua se trata, es muestra indudable de que en asuntos de lenguaje el machismo era cosa de lo más común. Ponía ejemplos de sobra, y para darle fuerza a su argumento se sacaba de la manga aquella frase lapidaria: "Todos los hombres son mortales", asunto que hace presente, claro, el hecho meridiano de que al decir hombre se dice también mujer, aunque ésta brille por su ausencia. Y ponía otros: "Los políticos son unos desvergonzados", "Los de aquí son los mejores estudiantes", "Estos obtuvieron un pobre rendimiento" o "Los niños del mundo representan la esperanza". Así, aunque ellas, las obviadas damas, estén implícitas en las oraciones anteriores, mi buen amigo se rebela ante semejante insolidaridad lingüística. Golpea la mesa con los puños por lo que a todas luces, según su perspectiva, no es más que otra forma, y vaya forma, de exclusión sexista.Pero un saco de gatos es un saco de gatos, qué se le va a hacer. Y lo que es peor, a veces tendemos a que la confusión aumente de manera exponencial. Carlos Andrés Pérez, vivo como una ardilla, se olía el asunto y entonces disparaba a quemarropa: "Venezolanos, venezolanas". Los de ahora, como si estuvieran muy conscientes de que las serpientes se muerden sus colas, espetan llenos de felicidad: "compañeros y compañeras", "usuarios y usuarias", y hasta "niños, niñas y adolescentes". Un avance es un avance, imposible negarlo.Así que le sigo la corriente y le doy la razón. Mi amigo pone cara de vencedor, de guerrero triunfante. El lenguaje tiene la culpa y no nosotros, por supuesto, que jugamos con las palabras a través de los siglos y somos quienes moldeamos significaciones, procuramos cambios semánticos, y en fin, percibimos matices en cuanto a maneras muy particulares de aprehender esta realidad que terminamos construyendo. Ni modo, como en política, en quehaceres gramaticales los chivos expiatorios están a la orden del día, al punto de que aquí el índice acusador apunta nada menos que a la mismísima lengua. Menudos gatos los de este saco.Pero le doy la razón, he dicho. El tipo alza los brazos (quizás las brazas, cuidado con las exclusiones) al cielo, coge un cigarrillo, o cigarrilla, para finalmente sentir que su causa tiene fundamento (¿tendré que escribir fundamenta?) y todavía, aunque no lo parezca, seguir creyendo en individuos e individuas capaces de arrojar lanzas (y lanzos, porque lo que es bueno para la pava también lo es para el pavo, qué duda cabe) en aras de la igualdad, la horizontalidad y el trato equivalentes.Mi artículo, que también es una artícula, creo yo a estas alturas que va haciendo justicia (obvio que también justicio) a los excluidos de ambos bandos. Naturalmente, uno y por supuesto una a veces termina por no cumplir del todo, ni de la toda. Pero algo es algo, y alga, que para lo demás poco a poco iremos (y claro, iremas) viendo cómo salir adelante. Mientras tanto, vuelvo a repetir que mi amigo tiene toda la razón. Salvemos a las chicas de la exclusión gramatical, que de la exclusión en los trabajos, en las sociedades, en las calles, en las universidades y en la vida mire usted que el asunto exige otras broncas y no pocos cabreos, algo más difíciles de sobrellevar. Pero es que la vida es un saco de gatos. Nada menos que un saco de gatos.

Lo que dicen los pies



A veces, si uno hace el esfuerzo, se percata de otras cosas. Yo, por ejemplo, salgo a la calle y me doy cuenta de pequeños accidentes, de cuestiones que pasan desapercibidas, de pliegues ínfimos que a la mayoría mantienen sin cuidado. Vamos a ver si me explico. En estos días tuve una magnífica idea: descubrir a la gente según el estado de sus pies, o sea, llegarle a la cara a través de los zapatos que encontraba a cada paso. No vaya a creer, es una tarea difícil. Si usted tiene enfrente alguna descripción, o conoce al padre o a la madre, o a un hermano, ya la cosa es menos complicada, dar con el posible rostro se simplifica a la enésima. Pero sólo con los pies, nada más que con los pies... Al principio tuve mil contratiempos. Únicamente lo hacía por darle rienda suelta a aquel primer impulso, no otro que encontrar una que otra singularidad, alguna conexión oculta entre las extremidades inferiores y los rostros. Pero después el asunto fue tornándose menos complejo, si es que tal palabra cabe a la hora de referirme a lo que me refiero. La verdad es que a determinados pies (en realidad a determinados zapatos. Vayamos contando las cosas como son) le iban como anillo al dedo tal o cual tipología facial, y lo mejor, lo sorprendente y divertido era que al alzar la vista me topaba con que no había equivocación: esa cara coincidía plenamente con la que segundos antes estaba imaginándome. Sorprendente. Ayer no más salí a dar una vuelta, y fíjese que terminé por repetir la práctica que ya iba siendo rutinaria. Primero fueron unas botas altas, ridículamente altas, sucias y no sé por qué insinuando mucha barba. Eran botas viejas, pero a la vez llenas de esa curtiembre como la que propician tierras calurosas, costeras, con bastante brisa. Conclusión: rostro sin afeitar, cabellos al viento, sin peinado definido. Con exactitud de máquina fue eso lo que hallé al subir un poco la mirada. Tal era la imagen del hombre que estaba ahí parado, como si nada, ausente de todo experimento. Lo mismo ocurrió algunos pasos después, a pocos metros del kiosko en el que compro los periódicos. Rojos y brillantes, de tacones altos, con dos dedos de marfil asomando por la punta, aquellos zapatos reflejaban el trasfondo romántico de una cara arcillosa, cuidada hasta la exageración. Cuando moví los ojos hacia el rostro, ya me era conocido. Lo había detallado, claro, antes de verlo. Pero lo verdaderamente curioso pasó esta mañana, mientras deambulaba por el centro y decidí entrar en una tienda cuya pared de fondo consistía en un inmenso espejo que abarcaba desde el rodapié hasta el techo. Me acerqué, pues el reflejo de zapatos que iban y venían como en una especie de danza especular resultaba fascinante. A los pocos minutos de contemplar modelos diferentes, formas de lo más atractivas y colores multiplicados por mil gracias a la ilusión de ese espejo que tan oportunamente había encontrado, vi un par marrón, inmóvil, de línea muy sencilla, deteriorado por el uso y el abuso. Reconocí los míos. Eran mis pies, es decir, mis zapatos. Entonces me imaginé, dibujé un rostro que de a poco cobró fisonomía. Cuando opté por dar con mi cara en el espejo descubrí que no era yo. Había otro en mi lugar. Desde ese día no he intentado descubrir a la gente de esa forma. Ya no practico ese ejercicio, lo cual por fortuna ha devuelto las cosas a su sitio. Ahora me miro en el espejo y soy yo mismo, aunque me cuesta muchísimo reconocer a los demás. No importa, dicen que la vida es así, que da sus vueltas y es extraña. Muy cierto eso, la verdad. ¿No le parece?.

10/30/2006

El coleccionista de momentos




Tuve un gato llamado Sancho que era la mar de receloso. Si por ejemplo una persona llegaba a casa y se estaba más de la cuenta hablando y compartiendo, sus leves ronroneos se transformaban en crecientes alaridos.
Sancho, que era un espécimen muy dado a escuchar lo que decían los demás, buscaba la mejor ubicación sobre un sofá desde el que contemplar el panorama. Cuando alguien se instalaba en la sala o en el comedor, corría al mullido mueble y se estaba pendiente de dimes y diretes.
Aquel gato sabía vivir la vida. No sé si tenía una, tres o siete, pero de lo que estoy seguro es de su afán por arrebatarles hasta la última gota de savia, es decir, era un maestro en el arte de agigantar todo lo disfrutable y al mismo tiempo muy hábil a la hora de minimizar efectos de lo inevitable.
En fin, que mi buen gato era horaciano por donde lo mirásemos. Echar una siesta, liarse a trompadas en plena madrugada por una minina, pensar encima del tejado, bostezar, huir de ciertos pantuflazos, disfrutar de una sardina, caminar a paso de pantera, afilarse las uñas con el forro de los muebles, lamerse el cuerpo como si en ello lo apostara todo o sencillamente espiar conversaciones, la verdad es que en eso, y en más, Sancho era el vivo retrato de lo que Horacio esgrimió como su afanosa búsqueda: Carpe diem (aprovecha el día).
Ni el valium, ni el lexotanil, mucho menos el prozac, ni siquiera una humilde valeriana llegó a probar ese animal tan sabio. Como para él vivir la vida significa exactamente eso, vivir la vida, entonces vivir la vida tenía que ver con aplicarle a los días una especie de camisa de fuerza: cada experiencia es algo así como la última, de modo que no valen distracciones. Había que entregarse y nada más.
Un gato dado a la filosofía no es que sea fácil de hallar, pero Sancho había escuchado hablar de los antiguos, o los había leído incluso, vaya usted a saber cómo y por qué, asunto que además no me hubiese sorprendido en lo absoluto. Supongo que de ahí aprendió sus cosas raras, de esas charlas en la sala de mi casa, que en ocasiones tocaban a griegos, a latinos y a modernos. Mi gato fue el único que trascendió teorías, constructos filosóficos que llenan cuartillas y cuartillas o reflexiones de salón al calor de una cena o de unos tragos. Mi gato bebió de las fuentes horacianas y todo ello fue a parar a su vida cotidiana. Nada menos.
Así como la gente se dedica a guardar monedas, cajas de fósforos o sellos de correo, Sancho llegó a coleccionar momentos. Y cada uno con la dosis justa de bostezos, ronroneos, maullidos o arañazos. Qué gato tan extraño, no se lo voy a negar, pero gato al fin (dicen que son completamente libres, cuestión que yo suscribo en todas sus palabras). Un día cualquiera se marchó. Entonces regresa cuando quiere, escudriña por ahí, bebe algo de leche, se echa en el sofá y otra vez se pierde por semanas. Vivirá sus experiencias, eso lo tengo por seguro. Quizás se fue a buscar otros momentos.

Las ideas del señor Hungtinton


En su edición de abril de 2004 la revista Letras Libres ofrece un ensayo del académico norteamericano Samuel P. Huntington (El desafío hispano). En él, su autor afirma que los Estados Unidos son objeto de una creciente amenaza: la inmigración proveniente de México, cada vez más numerosa, lo cual pudiera dar al traste con la cultura "angloparlante y blanca" que manifiesta esa nación.
Ya con anterioridad Huntington escribió un libro tan conocido como polémico, en el que se ocupa de vislumbrar el posible choque de civilizaciones entre la cultura islámica y Occidente. En ambos escritos se evidencia el síndrome de lo que durante siglos ha servido como excusa para excluir, infravalorar y en demasiadas ocasiones someter al otro: la creencia de que ciertas identidades (en general la propia, la que nos define como grupo social, pueblo o nación) se verían trastocadas, por no decir destruidas, si experimentan mayores contactos con otra diferente. De aquí al chauvinismo, a nacionalismos mal concebidos y por tal razón en extremo peligrosos, hay pocos pasos.
Sostiene el profesor Huntington en El desafío hispano que "la continuidad de los elevados niveles de inmigración mexicana e hispana en general, unida a las bajas tasas de asimilación de dichos inmigrantes a la sociedad y la cultura americanas, podrían acabar por transformar a Estados Unidos en un país de dos lenguas, dos culturas y dos pueblos". Es decir, Huntington rechaza la inmigración mexicana porque, según él, en primer lugar es muy alta, y en segundo, poco dada a la asimilación, asunto que traería en consecuencia la ruptura de la unidad cultural estadounidense. Nada, a mi juicio, más reñido con la realidad.
Es sabido que toda comunidad de inmigrantes, lejos de echarse voluntariamente a un ghetto, poco a poco tiende al abrazo con el grupo que la recibe. Al cabo de unas generaciones la amalgama cultural, producto del encuentro, termina siendo enriquecedora desde cualquier punto de vista. Quienes llegan, quienes hacen su vida en un país que los acoge y les brinda su seno revitalizándoles el sentido de la existencia y desplegando para ellos el abanico de nuevas posibilidades, por lo general no sólo se adaptan asimilándose a la cultura receptora, sino que la engrandecen con experiencias, costumbres, horizontes, valores y perspectivas que antes no tenía.
Precisamente esto ha ocurrido en la América de habla hispana durante la posguerra. De ello dan fe los miles de europeos venidos a estas tierras y sembrados aquí desde aquellos días de incertidumbre. Ha ocurrido también entre Occidente y el Islam. ¿Quién podría hablar de pureza racial o cultural a estas alturas? En castellano existen más de tres mil palabras heredadas del árabe. Después de la caída de Roma, por más de tres centurias Europa permaneció sin producir libros, y por si fuera poco, desestimulada en la búsqueda de conocimiento. Sin embargo, mientras tal sequía intelectual se daba, durante el siglo IX, en la Córdoba del esplendor hispanomusulmán, los eruditos árabes rastreaban y desenterraban a Aristóteles, así como al pensamiento romano, dándose la mano luego, en semejante tarea, con alguien de la talla de Alfonso X El Sabio. El Islam y Occidente se abrazaban, y ese abrazo tiene ecos que llegan al siglo XXI.
Asimismo, en las riberas del Tajo, Toledo guardaba en sus entrañas medievales al cristianismo, judaísmo e islamismo. En ese conglomerado humano, ejemplo de coexistencia pacífica y de encuentro entre culturas al que el profesor Huntington le teme, el afán de saber y la mano árabe rindieron frutos, pues nació un movimiento intelectual rico y extraño, dispuesto a la recopilación y sistematización de saberes, su comparación, su estudio y traducción (los originales existían en griego y latín), cuyo nombre conocemos como Escuela de Traductores de Toledo. Así, esta ciudad aleccionaba al mundo en cuanto a que sin importar credos, lenguas o geografías, el conocimiento nos pertenece a todos y las culturas pueden respirar juntas, oxigenándose, sin matarse.
Salvaguardar la sabiduría milenaria de los clásicos, alimentada además por el pensamiento árabe y judío, fue el legado de la Escuela de Traductores a la humanidad. Los mexicanos (los hispanos, para decir más) y Estados Unidos, el Islam y Occidente, bien pueden vivir y enriquecerse mutuamente si nos empeñamos en espantar miedos irracionales, nacionalismos exacerbados e ideas que entroncan con una imaginaria pureza cultural, insostenible ante un mínimo análisis histórico, que por cierto Huntington pasó por alto.