12/13/2010

La creación del rosado

Mi amigo Valentín acaba de enviarme un libro. Lo escribió él y se llama "La creación del rosado". Lleva dos, la verdad, y lo mejor del asunto es que a fuerza de puñetazos, por batirse a duelo con las palabras y salir airoso, este libro es un regalo que vale la pena celebrar.
Lo he leído de un tirón. Es una joya de noventa páginas que se deshace en experiencias y en batallas contra dragones, serpientes, hijos de puta y demás hierbas, todo perfilado con el toque exacto de la pluma que encuentra su ritmo para decir justo lo que tiene que decir.
Con Valentín Pérez llevo una amistad de años, templada en los noventa, allá en la Mérida cuyos bares céntricos eran suficientes para atracarse de cervezas con quinientos bolos mientras yo hacía un posgrado y él se rajaba el lomo como médico en hospitales hechos trizas, sin medicamentos, y con tipos duros que, me contaba como si nada, te ponían la 38 en plena frente para que les salvaras el carnal.
Son ensayos. Cuarenta y un ensayos a los que la savia se les sale por los poros, es decir, trabajos que nacen de una observación, mínima, oportuna, precisa observación, que luego abre las alas y termina siendo un tratado sobre la experiencia, sobre el arte de vivir, sobre la manera de exprimir los días para extraer de ellos lo mejor y lo peor, lo dulce y lo amargo, lo que en fin hace que estar aquí, de lunes a lunes, signifique mucho más que respirar o abrigar esperanzas o tomarse un café por la mañana y nada más.
Leerlo me ha reconciliado con la vida, lo que es mucho decir cuando en este mundo, embalado vaya usted a saber adónde, justamente la vida encuentra día a día menos adeptos. Valentín es un amigo, claro, pero es mucho más que un amigo. El antro de la avenida Cuatro que elegimos para hablar de Dostoievski, de Orlando Araujo, del Chino Valera, De Marcial La Fuente Estefanía o de las mujeres que nos traían de cabeza, sirvió también como testigo de una amistad que terminó siendo hermandad y aquí estoy, con su última publicación entre las manos descubriendo otra vez lugares y lugarejos, gentes y gentuzas, sonidos, olores y colores, pero sobre todo ideas, porque éste es un libro de ideas, por supuesto, que te saltan en la cara y si no te defiendes acaban por torcerte el pescuezo, nada menos.
"Nietzche y la bailarina", "La mujer de la tos", "El buen humo", "Bailar con María", "Uslar Pietri, un vago y yo" o "El hombre del coleto", son apenas seis propuestas, seis maneras entre más de cuarenta, ya lo dije, de observar esa cosa extraña que llamamos realidad y empaquetarla en textos literarios, cada uno más suculento que el otro. La mirada de mi amigo es una que pone las palabras en su sitio y se conforma con hacerte pensar, logro nada desdeñable, fíjese usted, entre tanta basurilla y entre tanto escritorzuelo de sábado y domingo, cuestión que yo agradezco no sólo en el plano de la literatura, del cine, del arte en general, sino en otros terrenos, no por pragmáticos menos relevantes.
Como ven, la celebración se justifica. Además, la Universidad de Los Andes, entrañable siempre ante mis ojos, ha sido responsable de editar esta obra, cargada no sólo de buena escritura sino muestra de excelente gusto a la hora de elegir portada, colores, papel, tipo de letra y, en fin, mano sobria para materialmente hacer un libro.
Cuando hablaba con Valentín, cuando -me viene a la memoria esa canción de Sabina- no le hacíamos ascos ni a la última copa ni al último bar, mientras se acomodaba los lentes, empinaba el codo y luego se quitaba la espuma pasándose el puño de una camisa mangas largas por la boca, cada vez que él decía algo, en realidad hablaba de sí mismo, de sus obsesiones, de sus miedos, de su infancia, de sus recuerdos, de sus añoranzas, lo que al fin y al cabo me hacía comprender un poco más el sitio donde estaba, la tierra andina que también en ese instante era mi casa, y es precisamente eso lo que respiro en esta obra: una manera de decir que es conversación abierta, que es diálogo, que es toma y dame con rocola al fondo, con cojones, mucho humo y kilates de razonamiento. "La creación del rosado" es un libro de amor que se tradujo en texto para reflexionar sobre el hombre y sus remordimientos, sus placeres, sus aplastamientos o sus indiferencias. De amor, claro, porque se nutre en principio del afecto por la tierra que llenó la niñez y luego la edad madura del autor, pero asimismo del punto de inflexión, de las implicaciones que una mano extendida, o un beso furtivo, o una lágrima en medio de las balas marcan a su paso por nosotros.
Qué duda cabe, vale la pena que lo lea. Entonces seguimos conversando.

11/24/2010

Un asunto de reflejo


Una de estas noches me dio otra vez por coger un libro de Cortázar. Leí la historia del hombre que arrellanado en su sillón de terciopelo verde (“Continuidad de los parques”), absorto en los vaivenes de la novela que tenía en las manos, llegaba, gracias al extraño mundo de lo literario, a ser partícipe, personaje real, actor de la obra cuya lectura disfrutaba al máximo. Era el lector que se leía a sí mismo.
Entonces pude verme en mi sillón azul, ya muy de noche, emocionado ante ese cuento donde otro, igualmente en su butaca, disfrutaba las acciones que terminarían involucrándolo. Sentí también que que me leía a mismo, aunque por fortuna las cosas permanecieron en su sitio: la ficción en la ficción y lo que llamamos realidad bastante aparte, según suele creerse.
Ana María Cian, mujer dada a la tarea de contra viento y marea inventar y llevar a cabo debates, foros, reuniones para pensar esto que somos, allá en la Sala de Arte Sidor organizó lo que ha venido dándose como un homenaje al castellano, una celebración desde estas tierras para conmemorar los cuatrocientos años del Ingenioso Hidalgo. Gracias a la invitación de la gentil Cian participé el martes en el ciclo “El Quijote en la Sala”, destinado a que un grupo de personas leyéramos y comentáramos, en abrazo compartido con el público, fragmentos de la obra cervantina.
Me tocó en suerte el capítulo IX. Ahí, entre otros asuntos, cuenta Cervantes cómo un fajo de cuartillas, en poder de un mozalbete, resulta ser la historia del Quijote, escrita en árabe por el sabio musulmán Sidi Hamete Benegeli y traducida, gracias a oportunas diligencias, por un morisco contratado para ese fin. La historia dentro de la historia, la imagen especular puesta en evidencia.
Leo la prensa esta mañana y tramas diferentes saltan de ella. Tramas que de buenas a primeras se cuelan por los días como si nada, como la pieza adicional en la gigantesca cuenta del rosario que los días van construyendo. Historias de reclamos, de dimes y diretes, de crímenes, de farándula, de hazañas. También encuentro otras, historias que parecen no tener principio o fin porque son un suspenso, un eco mantenido en el tiempo, algo así como la masa gelatinosa de un paréntesis del que no sabemos cuándo se abrió y del que ignoramos el momento de su cierre. Es la historia de los políticos -no de la política, claro, sino de quienes la personalizan-.
En este país la mayoría de los políticos es el reflejo en el espejo del pasado. El de ellos, salvo excepciones, es un cuento muy parecido a una mueca, por eso del resultado final, mediocre, baladí y estúpido,
que en líneas generales les cuelga del verbo y de los hechos. En el fondo, Caldera, Pérez o Chávez se parecen bastante: carroñeros de las mismas desgracias, cada uno es la historia contenida en el otro, la fetidez idéntica del eructo que lo produjo. Serpientes que se muerden la cola, la trabazón de los políticos conforma un círculo que nos empeñamos en mantener incólume.
Dicen que la historia se repite, y de ningún modo es así. Cuando menos, digo yo, no debe ser lineal. Uno cree vivir en una recta, pero echándole ojos al problema surge la impresión de que las curvas están más que presentes. La historia en la historia, la imagen en la imagen.
Un asunto de reflejo, en fin.

10/12/2010

Un libro en estos días

Octubre de 1999


Dándole vueltas al caudillismo intragable, al militarismo que espanta por los cuatro costados, al mareo populista de estos años, me vi otra vez con "El pez en el agua", de Mario Vargas Llosa.
Tildado de reaccionario por los carboníferos de una Latinoamérica que lleva décadas haciendo lo que esté a su alcance por hundirse con ahínco en el marasmo del atraso, el escritor peruano da con el perfil que ahora mismo, desde el vientre revolucionario, creen inventar quienes gobiernan.
Partiendo del sentido primigenio, de la obsesión fundacional que todo hombre con aspiración de iluminado guarda en las cavernas de su masa encefálica, los revolucionarios de nuevo pelo, esos que pululan en el ambiente venezolano de los últimos tiempos, suponen que están llegando por primera vez a la pila bautismal que limpiará a la muchedumbre de su pecado original: ser pobres. La pobreza, claro, -que tiene todo de consecuencia imperialista según su catecismo- saldrá con el rabo entre las piernas justo cuando el encantador, uno de esos con espada justiciera, esparza su fuerza vengadora y derrame su grito salva patria.
Entonces habrá que tener mucho cuidado, entonces la oligarquía, por ejemplo, como can asustadizo agachará las orejas y temblará ante la advertencia tantas veces postergada de una forma nueva relativa al mundo y su manera de ser mundo. Llegará, quién lo duda, el tiempo prometido, la fase final,
el paraíso ahora inesquivable .
Lo que el gobierno piensa que inventó hoy mismo en su afán de caída y mesa limpia, en verdad no es más que el sino trágico, enfermo de anacronismo, que la izquierda más atrasada del espectro político reivindica como luz al final del túnel, es decir, más estatismo, más centralismo, más gasto insostenible, más derroche, dilapidación y subdesarrollo, todo lo cual es puesto a punto gracias a la concepción reduccionista de que resulta muy bueno el Estado elefantiásico en contraposición al liberal porque, en fin, estamos mal por culpa de otros (el capital, los imperios, los traidores, los extraterrestres) asunto reversible sólo bajo la actuación de un gobierno revolucionario, encarnación de la justicia, de la verdad y de la historia. No faltaba más. A este falaz razonamiento Vargas Llosa planta el hecho de que sin abrirse a los mercados, sin aprovechar los beneficios de la globalización, sin educación y sin lograr un mínimo de instituciones que funcionen, ningún país sale adelante.
Así, "El pez en el agua" es un compendio de ideas que, sazonadas con recuerdos de la infancia y de la adolescencia, tejen el retrato de una forma invariable (la de los demagogos) a la hora de concebir los vínculos entre el Estado y la gente, o sea, entre aquél y el individuo, abanderados por una cantera adornada por el calificativo de revolucionaria, a la que se le sale al paso encaramados sobre un liberalismo que jamás ha existido desde el Río Grande hasta la Patagonia.
En tiempos como los que vive Venezuela, "El pez en el agua" ha resultado en mi caso el reencuentro (lo leí por primera vez hace algunos años, cuando el gusanillo de la política, al menos en el plano teórico, no me había infectado del todo) con la visión de un individuo que, aparte de novelista, describe como protagonista político la inoperancia de tal quehacer en Latinoamérica. La campaña electoral que Vargas Llosa llevó a cabo con la intención de hacerse presidente del Perú, le permitió explorar el monstruo en sus entrañas. Hacer política en esa nación, o en México, o en Guatemala o Venezuela, tiene aristas parecidas, enromes rasgos comunes, que son precisamente la punta del hilo tomado por el escritor para analizar los vaivenes de nuestro continente, y además para dejar sentadas sus ideas, sus propuestas, su noción de por qué estamos como estamos y qué pudiera hacerse en función del crecimiento, de la modernidad, del desarrollo.
Un país, hoy por hoy, puede escoger entre desarrollarse o permanecer en la ruina. Tal es el punto neurálgico que reverbera en los razonamientos desgajados a lo largo y ancho de las quinientas treinta y ocho páginas del libro.
Vale la pena leerlo.

10/05/2010

Qué cosas, Pablo

Fue más o menos a los trece cuando escuché por vez primera un trabajo de Pablo Milanés. En la Upata de ese entonces los que hoy son amigos de la infancia pasaban junto a mí bastantes horas zarandeando una pelota o echados en los brazos de algún árbol. Coincidíamos en la más importante de nuestras misiones, en la búsqueda sagrada de la aventura diaria que nos movía a sudar la gota gorda apenas arrojábamos los cuadernos luego del timbre final de la clase en el colegio, para entonces, liberados al fin, internarnos en un sitio medio desolado (traspatio de un viejo local que en su momento se llamó “Mueblería Troya”) donde éramos reyes y señores absolutos.
Hasta que llegó ese día. Un día como cualquiera pero con la particularidad de que una canción se metió en medio del balón de fútbol y la carrera en patinetas. Pablo Milanés, con todo y sus letras que las más de las veces constituían verdaderos enigmas, auténticos quebraderos de cabeza, hizo acto de presencia. No me pregunten cuál fue la melodía, porque por mucho que lo intento no consigo recordarla. De “Yolanda” probablemente se trató. Pero, la verdad sea dicha, a partir de ese momento algo nuevo se incorporó en nosotros, lo cual trajo como inmediata consecuencia la llegada de otros nortes, de otros hasta la fecha inimaginables horizontes. Confieso que, junto al descubrimiento de individuos como Julio Verne, Herbert G. Wells o ese personaje de los suplementos de antes, el invencible Kalimán, Pablo Milanés pasó ipso facto a ser parte de los mitos, de los dioses que uno va erigiéndose a medida que se interna en la niñez o en la adolescencia, especies de verdades suficientemente mezcladas con la dosis de mentira necesaria para que salgan a la luz seres cubiertos por un especial halo de misterio embriagador.
Me entregué, en ese tiempo, a la afanosa tarea de rastrear y de alguna manera conseguir los discos del tal Pablo, que era como cariñosamente lo llamaríamos después. La Nueva Trova Cubana se coló en nuestras pupilas, en nuestros cerebros y en nuestros corazones. Pablo y Silvio, Silvio y Pablo, ocuparon muy elevados lugares en el Olimpo particular de cuatro o cinco muchachos que empezaban a recorrer calles y a empaparse de esa cara ignorada de la vida, de sus vericuetos manifestados en taguaras, bares, calles solitarias y burdeles. Existía otro lado. Otra orilla estaba enfrente cuando las extrañas letras, contundentes, arrebatadoras, expresaban mucho más que mil discursos. En definitiva, una forma de cantarle a lo humano y lo divino, desconocida por completo, había aterrizado de golpe y nos llenaba las alforjas de azúcar y de miel. Un mundo mejor era posible. Descubríamos también en la música el espíritu inflamable de la poesía, del arte hecho tierra, hecho país, hecho patria.
Estuvo de moda, sí, la palabrita patria, pero sacándole el cuerpo al sabor ácido y amargo del chauvinismo castrador. Patria olía a cuerpo y alma sembrados en una geografía de afectos. Patria obedecía a razones cargadas de otras nociones como por ejemplo libertad. Ahora que lo menciono, las primeras ideas que de ella obtuve no las hallé en la escuela o en los insoportables textos de Moral y Cívica, ni en los de historia local, ni en las interminables peroratas almidonadas con fechas de júbilo nacional. Las encontré en ciertas canciones, en esos poemas musicales que nos abrían los horizontes y ensanchaban las ganas de vivir la vida a fondo.
Hasta que poco a poco mi andar (qué más quisiera yo, algo así como el que vislumbró Machado) reconoció menesteres, razonamientos posiciones y universos diferentes: más sinceros, más comprometidos, menos dados al gesto siempre listo, como he comprobado después, para la cámara y el flash. Con el tiempo la llama de la Trova se tornó apagadiza a la vez que me topaba, entre otros desencantos, con verdaderas groserías entre un decir y una realidad ubicada a millones de años luz. La Cuba de Mariel para nada reflejaba a la de Silvio. La ansiada libertad no parecía anclar en las calles de la Isla. Pablo Milanés y sus composiciones vagaban en un espacio escenográfico ya sin aliento, todavía hermoso en lo que guardaba como creación, pero falaz y mentiroso en el cuento de trasfondo. Así, mucho del mensaje original se trocó ante mis ojos en chasquidos de la lengua, en burda comidilla de salón y de micrófono, como bien lo grita a viva voz el señor Silvio Rodríguez con el chistecito de que “vivo en un país libre, cual solamente puede ser libre…”
Tendrá sus razones don Pablo (porque le da la real gana, bastaría en circunstancias diferentes) para hacer uso, ojo que de notable privilegio, e instalarse en Madrid (¿por qué no Miami, querido cantor?) abandonando de un porrazo la copia insular del Paraíso. ¿Cómo le quedará el ojo, digo yo, si a estas alturas se atreviera a tararear “amo a esta isla, soy del Caribe, jamás podría pisar tierra firme, porque me inhibe…”?


10/04/2010

Telefonía

Llegué al restaurante casi al anochecer. Habíamos quedado en vernos a las seis para hablar de los viejos tiempos, de cuando fuimos compinches de colegio y luego de universidad. Un accidente en la avenida produjo colas, trancas y una congestión de puta madre. Llegué tarde, claro, pero ahí estaba Raúl, exactamente como en los días idos, con la barba incipiente y con cara de muchacho a pesar de los años.
Un detalle: Raúl hablaba por el celular. Cortó en seco su conversación, cerró el aparato y ese rostro de niño grande se iluminó con una sonrisa que poco a poco reventó en carcajadas más que estrepitosas. Entonces, luego del abrazo y un sorbo a su cerveza, sonó el teléfono, por lo que de inmediato se instaló otra vez en una conversa interminable.
Toso, me froto las manos, carraspeo a ver qué ocurre. Nada. Mi buen amigo sigue con el móvil adosado a las orejas. Yo pido la segunda, la tercera cerveza de la noche, mientras Raúl le comunica al otro, o a la otra, que ciertos informes, que tales balances y cuales rendimientos porcentuales y dale que te dale.
Un teléfono hace las veces de interlocutor universal, y para qué la presencia de terceros. En un milisegundo, como colándome por una hendija, suelto las interrogantes de rigor. Le pregunto por la familia, a lo que el hombre asiente moviendo la cabeza. El celular aumenta el brillo justo cuando un golpe de luz le aporrea el lomo. Me distraigo escudriñando el aparato hasta que escucho un hasta luego, una despedida que me hace pensar en que ahora sí, vamos a tomar polares y a darle de verdad a la lengua, a la memoria, a regresar a aquella época de la pensión de doña Rosa, a la universidad, a ya usted sabe.
Suena de nuevo el celular. Raúl responde y se emociona porque resulta que a Carolina le aprobaron un crédito o algo por el estilo. Como un polizón, por segunda vez me cuelo entre el pabellón de la oreja y el teléfono de mi amigo, nada más que para preguntar por Raulito, el hijo, y por Patricia, la esposa, y por la señora Laura, la madre. Pero todo sigue igual y el tipo me responde que lo del crédito sí que lo alegra enormemente, que eso hay que celebrarlo, que, caramba, Carolina, nos vemos mañana en la oficina para decírselo a los otros y a ver pa’dónde cogemos en la noche.
Me doy cuenta de que el celular, antes plateado, ahora es de un negro mate que denota sobriedad. Trato de poner orden en ciertas cosas. Pienso un poco hasta que todo encaja: en realidad son dos los aparatos. Raúl anda por la vida con un par de teléfonos colgándole de la cintura. “Un cero cuatro catorce y un cero cuatro dieciséis”, explica con tanta autosuficiencia que no le cabe en el pecho.
Llamo al mesonero, que tiene cara de cualquier cosa menos de mesonero, y ordeno otra cerveza. Raúl sigue en el celular, desde luego, y es que a la pobre María Fernanda no le prende el carro. Hago un esfuerzo por escuchar la voz de esa mujer, medianamente percibida desde el lugar donde permanezco en mi asiento. La voz metálica de María Fernanda resulta entrecortada, aunque logro averiguar que no es un problema de gasolina, no, ni de batería, tampoco. En fin, que la pobre estará varada en Farmatodo.
A la octava cerveza la música de ascensor, esa misma que ponen en restaurantes como éste, resulta el colmo de la mierda. Le hago un gesto con las cejas, la boca y los ojos a mi interlocutor, algo así como una mueca que busca expresar cierto apremio, más o menos como diciéndole: coño, viejito, ¿y entonces? Raúl sonríe y con la mano dice ya va, ya va, ya va.
María Fernanda, viéndolo bien, tiene un nombre de lo más hermoso. Carolina también, por supuesto, no es que me parezca feo, pero vaya uno a saber por qué razón, a María Fernanda le puse un rostro entre dulce y tierno, es decir, entre acaramelado y fresco como una lechuga, mientras que a Carolina la favorecí menos con una cara entrada en años. Total, que mi compañero habla por el celular mientras apenas se da cuenta de que en voz baja, para no interrumpirlo demasiado, le pregunto si quiere otra cerveza. Me dice que no pase el suiche hasta que él diga, que no, María Fernanda, que esa es una pendejadita que se va a resolver ya, que por si acaso, revise otra vez los bornes de la batería.
Me voy, doy un sorbo largo a mi cerveza y me voy. Decido no pagar. Que lo haga él, que al fin y al cabo me convidó para esta vaina. Cuando levanto el brazo para despedirme, Raúl mueve de arriba abajo la cabeza, asintiendo, y entre dientes le escucho soltar un “bueno pues, saludos por tu casa”.
Ayer lo vi de lejos. Llevaba un celular, ahora versión moderna, manos libres, colgando de la oreja izquierda. Iba conversando de lo lindo.

10/03/2010

Gotera

Me dispongo a dormir y escucho la gotera. Mientras uno está despierto todo pasa, esos ruidos imperceptibles se mantienen en sus trece: viven en el subsuelo, se contorsionan a sus anchas detrás de la algarabía de nuestra vida cotidiana, como si no existieran.
Pero al apagar la luz surge otro mundo. No es que no hubiera estado ahí, vuelvo y repito, sino que ciertas cosas tienen su momento, esperan agazapadas -con la mano apretando el puñal- su hora precisa.
Es lo que ocurre ahora mismo. Escucho la gotera y supongo que ella también me escucha a mí, pues la relación que entablamos pareciera sostenerse en una mutua conversa soterrada, en la secreta concepción de que uno es percibido por el otro, y así.
Al principio es un tic-tac de lo más inofensivo, diría que incluso normal cuando se duerme en una habitación con su baño inmediatamente ahí. Total, que problemillas cuya solución requieren del plomero siempre están a la orden del día y ni modo, a buscarle la vuelta al sueño porque mañana hay que madrugar, mañana hay que ir al trabajo, mañana hay que estar muy despierto por lo de la presentación en la oficina.
Pero una gotera se las trae, claro, como un dolor de cabeza o como uno de muelas, que no es poco decir. A las doce de la noche una gotera que taladra el lavamanos tiene el efecto de un misil contra cualquier trinchera onírica. Ni todo el arsenal mundial puede acabarla. Yo, que cojo el sueño por los cuernos y cuando digo a dormir es a dormir, he contado las mil seiscientas treinta y tres, y todavía la noche es joven.
Entonces me levanto y cierro a más no poder las llaves del bendito lavamanos. Parece que he triunfado porque mi enemiga no da muestras de vida ante ese ataque sorpresivo, asunto que me pone feliz y, silbando, retorno a las cobijas. Al minuto la gota hija de puta marca mil seiscientos treinta y cuatro.
Agarro la almohada más voluminosa, construyo una especie de fortaleza para taparme las orejas, pero ella continúa sacándome la lengua. A estas alturas sé que se burla, casi puedo oír sus carcajadas, y cuando le respondo con insultos ella dobla sus esfuerzos y la siento con mayor estruendo. Gotera del Averno, encarnación del mal, degenerada entrometida.
Voy a la sala por el estéreo de mano y por unos discos. Me da la impresión de que una gotera así no resiste el trompeteo del señor Armstrong y, en efecto, cuando el señor Armstrong suelta el primer solo termina por enmudecer. Respiro tranquilo, soy el vencedor, ya puedo descansar.
Uno no es más pendejo porque no es más grande. A punto de lograr dormir y duplicando ese disfrute mientras lamía y relamía el sabor de la victoria, justo cuando me echaba en brazos de Morfeo, adivine qué. Nada insólito por estas tierras, nada que pueda impresionarnos: simplemente que se fue la luz. Así como lo lee: se fue la luz. ¿Imagina usted eso?, todo me había salido del carajo, mi plan de ataque contra la gotera había dado resultado, pero vivimos en la orilla del mundo y ser orilleros de este mundo, es decir, tercamente subdesarrollados por elección propia, da al traste con cualquier esfuerzo para superar perjuicios en el momento menos esperado. ¡El-co-ño-de-la-maaaaaa-dreeeeeeeeeeeeee! Y pensar que la tenía en mis manos, ahí yacía con el pescuezo apretujado la endemoniada bicha, que en ese mismo instante rugió como un volcán y gritó otra vez aquí estoy yo.
Ni qué decir lo que vino luego. El apagón me dejó a los pies de mi verduga, insuperable a la hora de cumplir su cometido. Conté y conté gotas, ovejas, chivos y hasta dinosaurios, pero nada. Me senté a un lado de la cama, lancé improperios, escupí fuego -no quiero mencionar aquí lo que pensé contra Eleoriente-. Con el ánimo rasguñando el piso fui al baño y traté de agarrar una a una cada gota para darle su merecido. A una de ellas estrellé contra la pared, a otra la hice trizas con el puño, otra cayó destrozada en el bidet, pero el ejército que formaban terminó sobrepasándome, su superioridad numérica marcó la diferencia.
Amaneció. Llamé al plomero y respondió que lo esperara a mediodía. Mientras, no aguanté y salí a comprar un lanzallamas. Arruiné el baño, por supuesto, pero la gotera dijo adiós. Llamé al plomero nuevamente para cancelar la cita. Me sentía orgulloso: después de todo, había resultado vencedor.


10/02/2010

El lado oscuro

Todos tenemos un lado oscuro. Yo, por ejemplo, me cuido de mostrar los pies: son una camada de adefesios, con cada dedo peor que el otro, qué se le va a hacer. Y tengo una amiga a quien le da por llorar cada vez que va a un restaurante y colocan esas melodías de fondo parecidas a un apéndice del limbo, sin cuerpo y sin alma, llegando al punto de empapar mantel y piso con un aguacero de lágrimas. Pero lo más extraño le ocurre a Olegario, mi perro, que en más de una ocasión se ha creído ave y le da por pegar brincos todo el día con el objeto de levantar vuelo.
El lado oscuro, esa mácula para muchos insignificante, trae a medio mundo de cabeza. Y más cuando el portador ejerce funciones públicas, por eso de que con facilidad que para qué te cuento irrumpe en la vida de terceros así como si nada. De modo que un político, por decir lo más sobresaliente, no sólo tiene el lado oscuro tan común a cualquiera de nosotros, sino que con seguridad va a restregárselo en la cara incluso a quienes no desean verlo ni en pintura. Estos tipos se las traen.
Ha habido de todo, la verdad. Gente con el lado oscuro de lo más iluminado, e iluminados cuya oscuridad viene muy a cuento. Estos últimos, seres mesiánicos por naturaleza, piensan que son la luz del mundo y no se percatan jamás, pobrecitos, de que las tinieblas casi los engulle por completo.
El otro día me dio por caminar. En esta ciudad que es todo lo que usted quiera menos un lugar apacible para andar erguido por las calles, salí a dar una vuelta al aire libre. Frente a la alcaldía (vamos a dejarla así, en minúsculas) un puñado de sombras me llamó la atención. El lado oscuro había vencido a la luz y se veía con claridad.
Las sombras pululaban, corrían apuradas, daban abrazos y reían. El lado oscuro brillaba con ahínco.
Compré un refresco y me acodé a la balaustrada de un pequeño tarantín para observar con calma. Es curioso advertir cómo en la alcaldía deambula esa ristra de sombras, tan cargada de luminiscencia y a los cuatro vientos.
Por lo general una alcaldía es una alcaldía, algo así como el lugarejo donde un saco de políticos personifica a la desidia. Por lo general, también, cuesta Dios y su ayuda vislumbrar el lado oscuro de estos funcionarios, en esencia por tanta opacidad elevada al infinito. Pero la alcaldía de esta ciudad es una joya entre mil, una perla, o mejor, un azabache como ningún otro. La oscuridad brilla y uno termina encandilado.
Despaché el refresco y pedí otro. Me llamó la atención un perro cojo que olfateaba bolsas de basura a poca distancia de donde me hallaba: apuró el paso, aturdido, y metió el rabo entre las piernas justo cuando estuvo frente al edificio oscurecido. Entonces me di cuenta de que esta alcaldía no tiene parangón, es tan negra y gris como un pedazo de cielo a punta de tormenta. Una alcaldía para la historia, que es mucho decir a cuenta de que refocila su mediocridad y aumenta su negritud cada instante, cada día, cada semana. La autarquía enquistada en cuatro paredes oficiales.
Como dije al comienzo, todos tenemos un lado oscuro, asunto que justifica sólo a medias el lado considerable de la alcaldía en cuestión. A lo que no hay derecho, mire usted, es a exagerar. Y de qué modo.

9/17/2010

Camila y yo

Hace cinco años, cuando cumplió dos, quise expresar la maravilla de su compañía. Cogí papel y lápiz e intenté no traicionar lo que sentía, es decir, no dejar de lado el hecho cierto de rasguñarme el corazón para dibujarla con palabras.
Ahora cumple siete y mis ganas atraviesan un sendero parecido: mirarme al espejo y encontrarla, echar la vista atrás y darme cuenta de lo que ha sido mi vida con ella, desde ella, gracias a ella. Lo primero que vislumbro es una paradoja. El magnífico instante (eso es la vida, un instante, una fugacidad) en que empezó a darme lecciones, cuando siempre, porque tal es la lógica que nos enseñaron, tenía por hecho dado que el asunto era al revés. Ese instante se estiró como el hule, llega al hoy, se expande fabuloso.
Soy más tolerante, no porque sea más bondadoso sino por una razón más compleja, porque puedo verme en ella, me enseñó a verme en ella, y a ella en mí, y comprendo lo que tanta veces he escuchado, lo que sonaba al oído como frases huecas en boca de farsantes: que es factible reconocerte en otros, que no, que no es retórica ni demagogia, y a ellos puedes percibirlos asimismo en ti. Ya cumple siete años, quiere un pastel, una piñata, quiere estar, me dice a quemarropa papá quiero estar contigo. Es extraño, pero de muchacho casi tenía la convicción de que los hijos eran una etapa de la vida que llegaba o no, que atravesabas o no. Es extraño pero más que eso, tenerlos equivale a comprender de golpe un mecanismo nuevo, un lenguaje nuevo, una vestimenta nueva, un entramado de realidades que te agarra por el cuello y hasta ahí llegaste, compañero, hasta ese horizonte danzaron tus certezas. Entonces aprendes o te hundes, vuelas como el niño que en el fondo quizás no dejaste de ser, o te acabas. Tomas las lecciones que te da ese imberbe o naufragas, y no querrás saber lo que te pierdes.
Desde hace bastante me entregué al toma y daca que implica el juego de preguntas y respuestas. Trabajo en una universidad, pretendo impregnar mis seminarios, por ejemplo, del aroma típico entrañable a la curiosidad. Preguntar, responder, volver a preguntar. Preguntar y preguntarnos, eso es. Nunca, jamás de los jamases barrí el piso como ahora, nadie, podría jurarlo sin temores, sabe acribillarte con las interrogantes justas, con la duda inacabable, con la respuesta inclemente que echa por tierra lo que habías sugerido como explicación hacía un segundo. Un hijo de esa edad te toma por los cuernos, te revuelca a placer, es el filósofo perfecto. Eso he tratado de aprender también, a pensar como ella, deseé lanzarme de cabeza al universo de la infancia, más genuino y más lleno de enigmas, de transparencias, que el mejor mundo novelesco, literario, imaginativo, que por excelencia califica a propósito de mi oficio.
Tengo la impresión de que a medida que crecemos, pues nada, las convenciones terminan por asesinar la promesa que es todo niño. Es contra lo que lucho en gran medida, y casi a sabiendas de que semejante combate a dentelladas tiene pocas garantías de triunfo, me parece que ciertas cosas pueden cambiarse de lugar, mucho de lo que pretendo, sí, quedará en mi pequeña. Es mi norte, mi punto de fuga ahora, darle un manotazo al día a día con la intención de evitar que éste, abrazado con la adultez que poco a poco llega, se salga del todo con la suya.
Mientras, ya no voy siendo el mismo. Porque si llego a fracasar en mi intención, ella, que cumple siete años, venció desde hace mucho. De algún modo me lleva de la mano, adapta mi retina a su mirada, puedo enfocar un poco a su manera, descubro una segunda piel por debajo de las cosas. Ha ganado, ha sido maestra de su padre. Pudo desfreír un huevo.

9/15/2010

Schumann y el vallenato

Un enamorado como pocos, uno que de nuestras geografías anduvo lejos pero no de lo que te obsequia la música parida aquí. Uno que llegó hasta los confines de la locura gracias a la Clara, la Clara Wieck de sus sueños. Uno que extrajo hasta el último filón de esta cantera que llamamos vida: Schumann, Robert Schumann abrazado al huracán que encierra un vallenato, un bolero, una salsa o una guaracha.
No se conocieron, jamás llegaron a toparse cara a cara, se desenvolvieron en tiempos por completo diferentes. Nunca sospechó el compositor que un siglo después otro atormentado en el arte de vivir le seguiría los pasos sin saberlo, ése que un buen día dejó en nosotros su nombre para siempre: Daniel Santos, todo canción y cigarrillo él. Cómo los imagino, sin embargo. Cómo puedo verlos enfrascados en una conversa irrepetible, en una cañandonga como pocas, en un momento digno de ambos: Schumann y Santos, Santos y Schumann, sentados en la barra de un bar, amanecidos, mujeres y jaleo, cornos, charrascas, violines, acordeones, metiéndole cobres a una rocola, escuchando boleros, inventando boleros, saboreando boleros y salud, cerveza tras cerveza.
Mientras sentado en el sofá leo y espero la hora del almuerzo, he escuchado su concierto para piano. Ahí están concentrados, aplastantes, parecidos a un coñazo en la nariz, el amor, la esperanza, la pasión, la entrega a toda costa y más allá de cualquier determinismo, la alegría de quien busca todos los días vivir la más espectacular de las vidas. Ahí está su dulce Clara Wieck, sí, quien se llevó como racimo de flores la música que salió de sus entrañas. Noto en la melodía una intensidad sólo comparable con las que escuchamos de este lado del océano, vallenato por supuesto, bolero por su puesto, ranchera por supuesto… e intuyo que es la locura amorosa (el amor, después de todo, es hasta cierto punto una locura, ¿no?) y la fogosidad incendiaria el puente que hace posible comunicarlas. En este sentido me parece que Schumann y nuestros mejores hacedores (esos músicos que dejan el pellejo en la trompeta, en un tambor haciendo que te baile hasta el alma) en definitiva han amado parecidamente, han expresado su arte bajo estructuras, o matices (qué sé yo de palabrejas técnicas, ni qué carajo me interesan), más o menos conectados.
Dicen que la música es una, y no falta razón a esta sentencia. Más aun cuando un lejano mago de las partituras es capaz de entenderse a la perfección con toda una camada, también mágica, pero del Caribe. Pienso en Schumann ante el piano dándose la bomba en "Adiós compay gato" o acompañando de lo lindo a la Sonora Ponceña en el "Pensándolo bien", pienso en Schumann sudado hasta el espíritu con una descarga de teclado en el “Jala Jala”, pienso en Schumann amanecido, despechado, oloroso a ron venezolano y a Cohíba después de toda una noche con "Juanito alimaña", con Ray Barreto, con Johnny Pacheco, con Pérez Prado, con el Binomio de Oro, con Pastor López... Sí, Schumann y el arma arrojadiza de su infinito talento al compás de unos timbales. Schumann tropical a luz del mediodía en una calle de San Félix, fajándose durísimo con cualquier bendito vallenato.

9/11/2010

Misterios temporales

En estos días, cargados de adrenalina y de vértigo, el tiempo vale más que cualquier cosa. La gente se apura por él y se esclaviza en su nombre hasta el punto, fíjense ustedes tamaña disposición, de vender su alma al mismo diablo si éste ofreciera años de más. Sin embargo existen necios que se toman la molestia de evadirlo tantas veces como oportunidades tengan para hacerlo. Lo cierto es que el tiempo se nos mete en el alma como gusano en la manzana, y a veces pudre y a veces regenera. Lo primero se da cuando pretendemos vivir más allá de su alcance, de sus entrañas, de sus inesquivables tentáculos; lo segundo aparece en los felices casos de aquello que a falta de mejor nombre calificamos como segundas oportunidades: gente que pierde y, al perder, la vida le obsequia un nuevo chance.
Si miramos hacia atrás se muestra en ocasiones carcomido y lleno de telarañas, irreconocible a veces, saturado de ese claroscuro únicamente visible en las pinturas de Rembrandt. Ahí abreva la experiencia -el tiempo, motor de arrastre, sedimento, sapiencia- , fulgor indispensable para que la existencia cobre fisonomía propia. Y ahí también reina la historia, madre absoluta de todos los presentes. Si miramos adelante, entonces por ejemplo aquello que soñamos, aquello que en algún momento hemos podido imaginar (las utopías, incluidas las que existen y las que existirán), caben en los frágiles pétalos de su terrible cuenta regresiva. El tiempo, el implacable, como afirma el poeta en su canción, qué duda cabe, cubre con sus brazos la seguridad del presente y la incertidumbre de lo que vendrá. No en balde para los romanos aquel Saturno, rey de Lacio, fue dotado con el mágico conocimiento de lo que ha sido y de lo que podrá ser.
Esa especie casi en extinción, esas personan que gozan de una calma que parece de ultratumba, esos que viven con el milimétrico cálculo de las cosas por hacer, dicen con justicia que es que no hay otro remedio: al tiempo es preciso darle tiempo. Y algo más o menos parecido me arrojaron en la cara aquella tarde calurosa luego de un ataque de valor: “Dame tiempo, dame tiempo”, dijo la muchacha nada más al escuchar lo que a las claras emanaba el rancio tufo de las declaraciones amorosas. Y ese retazo que pedía, ese que de ningún modo entregué porque era joven, porque era un imberbe y blablablá, otorgó razón (es verdad que el tiempo es oro) a la trillada frase que desde entonces comprendí a cabalidad.
“Allá en el fondo está la muerte”, escribió Julio Cortázar, si recuerdo bien, refiriéndose a un reloj. Quizás por esto los de arena deshojan los días grano a grano, uno tras otro hasta el último, que nos sepulta para siempre. Está bien claro: el señor que mide esa invención llamada tiempo siempre ha tenido la última palabra, y la ha tenido porque también posee la hora final, que se acompaña con una campanada. En nosotros se tiende largo a largo, de Este a Oeste o viceversa, dando la impresión de la más larga línea recta que cada vida pueda sospechar, y contrasta por cierto con esa circularidad pasmosa adoptada en ciertos pueblos donde el regreso, la vuelta, el eterno retorno es una ley, presa, asimismo, de la inexorabilidad que sin perdón nos agobia en el presente.
Hay un tiempo para todo. “Todo tiene su tiempo”, reza la frase bíblica. Qué verdad tan contundente, ejemplo clarísimo de que el tránsito vital es sucesión de hechos yuxtapuestos; hacemos el amor o hacemos el almuerzo, hacemos la paz o hacemos la guerra... Yo, que soy un redomado terco, intento hallar a Cronos en diversas y variadas ocasiones con la sencilla intención de continuar hurgándolo, conociéndolo, sintiéndolo. Aquí nada mejor que la hora cenital, la del almuerzo, cuando una chica hermosa, pero que muy hermosa, habla de él en las noticias de la tele.
Un compañero de camino que se deja ver abrazado a mi muñeca. Un compañero para siempre que bien cabe en la palma de la mano (dicen que en sus líneas se ocultan sus secretos). Si nos abandona, en definitiva, estaremos para siempre muertos.

9/06/2010

El camarero del Dindurra

Me gustan los cafés porque en ellos suelo ver pasar la vida. Tengo algunos que han calado por completo: ahí he sido testigo de mil historias, he confesado y y también fui confidente, y déjenme decirles que a falta de una mesa amplia para trabajar, ésa que sólo encuentras en tu estudio de toda la vida, las de los cafés son el mejor sitio para echar encima tus libros, el fajo de notas, los papeles que escribes poco a poco mientras vas ordenando las ideas y diciendo mira, esta boca es mía.
Ahora escribo en el café Dindurra. A mi izquierda taza humeante, vaso de agua, y en la boca un cumanés, digno ejemplar cuando no tienes el habano a mano. Julio, uno de los camareros, es joven, algo gordo, diligente. Va y viene entre las mesas y si se te ocurre darle aliento, pues se toma el asunto en serio y conversa como si llevara años conociéndote. Vive solo, tiene una hija aún pequeña que está con su madre, lejos, porque ya sabes, cuando me dejó se la llevó con ella. Al decirlo puedo ver la tristeza en su careto, el rictus de nostalgia que se filtra desde adentro.
Es casi Navidad. Le pregunto qué hará en estos días, adónde irá la Nochebuena, y responde que estará en la habitación que alquila, pululando, imaginando cómo la pequeña recibe, desenvuelve y luego juega con la muñeca que piensa comprarle. Una de paquete, hermano, que si la ves te cagas. Una como pocas, nada de regalitos de postín, no, le haré llegar la muñeca, colega, la muñeca.
Lo dice y noto un chorro de alegría corriéndole por los costados. Es suficiente con eso, le basta suponer que su chiquilla va a estar feliz. Ha sufrido, ha mordido el polvo, sabe lo que es estar solo o estar triste, más en fechas cuando a la mayoría le da por aminorar hipocresías o poner bajo cero histerias cotidianas para aumentar artificialmente abrazos, besos, porque la ocasión lo exige y dale que te dale.
Llevo tiempo conociéndolo. Al tomar asiento y desplegar mi material de guerra se acerca con lo acostumbrado: café y agua. Entonces me quedo callado esperando que abra la boca. Sé que quiere parlotear, hablar un poco de su historia, del presente y del futuro, del pasado que lo trajo a esta ciudad. Conversa entre ires y venires, entre órdenes de pizzas o refrescos, entre personajes de todas las raleas, entre seres elevados o hijos de la gran puta incapaces de imaginar qué puede estar pasando el camarero que les pone el yogurt y la galleta enfrente. Conversa entre maromas, de a ratos, educado, cauto, digno, como ya quisieran tantos patiquines que tienes que cruzarte día a día sin excepción.
Casi alcanza para su regalo, me suelta a quemarropa. Un poco más, dos o tres días con propinas y tal, y el envío llegará justo para la noche de Año Nuevo. Cómo se va a reír esa chiquilla, cuenta. Por un momento iba a decir: aquí está, cabroncete, algo para la muñeca porque quiero acciones en esas sonrisas, pero me contuve, es decir, no me atreví. Prometí hacerle un obsequio, un adorno para el cabello o algo parecido. Y así fue.

8/30/2010

Coños

Ciertos textos que escribo, según mi madre, cabrían en cualquier antología de lo vulgar. Es que escribir cosas así, llenas de palabrotas, la verdad es que para ella no tiene mucho sentido. Soy un caso perdido. Cuando las suelto, cuando digo coño o digo mierda, en verdad no hay mejor término para expresar lo que deseo. Decir coño o decir mierda tiene sus implicaciones, no necesariamente estéticas, y tal como van las cosas, hay que ver, ya se imaginará usted el precio de un coño bien afirmado, bien pronunciado, bien sacudido en la cara de tanto miserable que jamás se atrevería con uno de ellos pero anda por ahí, como si nada el condenado, sucio hasta los huevos de indignidad o de vergonzosa ausencia de cojones.
Porque hay que ser decentes, coño. No hablo de decencias canónicas, esas que venden las iglesias o embadurnan a apóstoles o fanáticos de todos los pelajes. Me refiero a quienes abren la puerta al amanecer y salen a ese Coliseo que es la vida, a la batalla de todos los días por hacer del mundo algo más vivible y más soportable, más alegre, sí, más tierno y menos sembrado de cruces, y regresan al anochecer felices o mordiendo el polvo, destrozados o con el alma iluminada, pero siendo ellos mismos, con la frente en alto, demostrando que hay ciertos asuntos, intransferibles y sagrados asuntos que no se pueden mercadear, ni traicionar, ni permitir que los caguen las palomas.
Coño, es eso. Que faltan hombres y mujeres y sobran habitantes en un país que si nos descuidamos se va a ir al carajo. Hombres y mujeres para construir presentes y futuros llenos del material que decidamos meter en tales acepciones. Porque decir presentes y proyectar futuros supone rascarse la cabeza, exclamar un coño que nazca en las tripas y terminar dándose de bruces con el rostro de lo que hemos echado a un lado tantas veces y demasiados años: tomar nuestras riendas, cabrearnos cuando haya que hacerlo, para entonces fabricar una sociedad acorde con lo que soñamos. Coño, coño, coño, nada menos.
A mí, qué quieren que les diga, decencia es una palabra que me gusta y coño, para variar, me encanta. Van de la mano a la hora de enhebrar destinos, siempre y cuando quien lo haga lleve a cuestas el arsenal que cada obra exige, por aquello de la pasión, la constancia, la convicción, la terquedad a prueba de municiones. Hay que ver, coño, hay que ver.

8/01/2010

Enfermedad

No sé si será peor a medida que pase el tiempo, si iremos al abismo como ganado al matadero o algún día pongamos freno. Lo cierto es que uno vive su rutina y en el medio aparecen aromas putrefactos, síntomas de la enfermedad que vive este país.
En estos días me encontré una cartera. Negra, pequeña, de piel, y entonces documento de identidad, Visa y Master, buena cantidad de efectivo. Pasta importante, diría un amigo a quien le excita el tintineo de las monedas.
Ahí, en el café que frecuento para ver pasar la vida, fumar tabaco y leer a pierna suelta sin que nadie se percate de que existo, un letrero daba cuenta del asunto: “Cartera extraviada, cuero negro, no muy grande, cierre dorado. Si la encuentra, por favor notificarlo aquí. Buena gratificación”. Hablé con Marcelo, el viejo dependiente, conversador como nadie, amigo de sus amigos y catador de vinos “porque es lo mejor que se puede beber en este mundo”.
-Viejo, yo tengo esa cartera.
Cogió el teléfono y al terminar dijo que mañana, a tal hora, estaría la dueña por ahí. Era alta, delgada, mayor, una anciana dulce y bien trajeada. Se alegró cuando Marcelo me puso frente a ella. Saludé y le devolví lo que había hallado. Cuando iba a largarme me llamó, noté sorpresa, algo de estupefacción o qué sé yo, “joven, venga, le voy a dar su recompensa”.
Uno sabe que las cosas andan mal, a estas alturas nadie va a decirme cómo se juegan las cartas aquí o allá, pero confieso que me entristeció, algo así como verificar otra vez lo que ya sabemos desde hace mucho: que vamos para atrás, que nada, que para construir un país y para crear futuro es preciso cambiar desde mil flancos diferentes.
-¿Mi recompensa?, señora, por Dios, nada más le doy algo que es suyo.
Es todo. Eso es todo. Debería ser así, me dice el doctor Jeckyll al oído. El hecho de que alguien deba recompensarlo a uno por devolver cualquier cosa, por decir oiga, tome, perdió esto, lo encontré yo y aquí está, huele mal. Si la ética individual supone que una realidad de ese calibre va de lo mejor, peor para quien piense de ese modo y actúe de ese modo. Pero cuando en la ética colectiva merodean concepciones parecidas, implica que el tumor dejó de ser benigno, y habrá que inventar algo o nos lleva el diablo sin que lo notemos.
Que la señora no pudiera creerlo, me espanta. Que no le entrara por ningún costado eso de que su regalo o su recompensa o como quiera llamarlo, está de más, y de que no viene al caso, y de que a cuenta de qué, y de que ya, mujer, deje el asunto de ese tamaño y qué bueno que tiene de regreso sus papeles y su viruta intacta, sinceramente hace que encienda ahora mi tabaco y piense en lo mierdecilla que va siendo el país donde hasta hace poco supuse que podían crecer mis hijos. Viéndolo bien, me dije: hay que ver. Por lo menos escribe para que te descojones. Y eso hago. Cada uno lleva su cruz, su voz, su airecillo de felicidad o no, colega, pero eso de asfixiar la capacidad de asombro y aceptar retorcimientos porque bueno, son los tiempos que vivimos, simplemente es como para mandar todo al carajo. Y no es que uno espere, como Penélope, sentado en un banco del andén, a que San Telmo diga vamos, todo bien, todo bien, cabroncetes, y suene la música y final feliz. No. Hay que transpirar y eso se sabe, y hay que joderse en San Telmo, por supuesto.
Otros tiempos, los que refería mi abuela, me dieron siempre la impresión de lejanía, de pasado cargado de claroscuros y telarañas al escucharla hablar cuando era adolescente. Y ella mencionaba a gente que no conocía, lugares que nunca había pisado, y hablaba de entereza, honradez, coraje, trabajo, esfuerzo, dignidad, cosas así, y me seguía dando la impresión de que semejantes comentarios traían aparejados un dejo de señalamiento, de dedo índice sobre el universo que estábamos fraguando. En fin.
-Señora, gracias, pero no.- Entonces le dí la mano y ella me dio un beso. Salí. Afuera el mundo continuaba dando vueltas.

7/16/2010

Recordarán ustedes...

Recordarán ustedes que hace pocas semanas escribí a favor de la unión homosexual. En esa columna argumenté que el matrimonio gay no sólo debería legalizarse, sino también que el heterosexual no tiene por qué ser mejor o peor que aquél.
Pues bien, llovieron los correos y para darles una ilustradita valga este botón: “Ahora resulta que apoya usted a cierta minoría enfermiza. Ya digo yo que semejante conducta debe tener sus por qués. ¿Es usted maricón de nacimiento o será una condición adquirida?”
Que sea yo lo que sea no viene a cuento, aunque mis preferencias consistan en un par de piernas depiladas o unas caderas como Dios manda. Conozco machos de medio pelo, muchos ocultando su debilidad de fondo, y tengo amigos gays sensibles, cultos, más inteligentes que la inmensa mayoría de mierdecillas trajinadas en serie por una sociedad hipócrita.
Si usted me pone a escoger, la verdad es que admiro el temple de los gays y detesto a los retacos de pensamiento. La estatura moral de ellos por lo general me asombra. Hay que tener coraje, hay que llenarse de equilibrio, y toda la parafernalia, para no volarle los huevos a tantos despreciables que diariamente señalan, condenan y llevan a la hoguera, por sus juicios a priori y su cortedad humana, a quienes son diferentes, a quienes decidieron otras rutas y otros pliegues de su existencia a la hora de meterse con alguien en la cama.
A veces, desde la terraza de un café o al caminar por la calle los observo. Noto el amor a flor de piel y percibo la asfixia que les quita el habla, el aliento, la vida misma. El miedo en muchas ocasiones empotrado en sus miradas. Hay que tener control de acero para no hacer justicia con las manos y cargarse a cuantos destruyen vidas apenas comenzando: el adolescente que empieza a descubrir sus preferencias, el joven que se atrevió a arrojar una palabra hermosa al otro, sujeto del deseo, y entonces verse acribillado a burlas, a ofensas de todos los calibres, a desprecios por una culpa que no tienen. Respeto y admiro a esos que llevan tales cruces con la dignidad que ya quisieran algunos miserables para sí.
A ver qué mejor puede ser un heterosexual como manda la Iglesia, que un homosexual como no manda nadie. Si a ver vamos, en ninguna parte puede hallarse la respuesta, es decir, ¿a cuento de qué imaginar y luego aceptar que Julián, Luis o Pedro son más o menos enfermos que Raúl, Cintia o Nicomedes, por el sólo hecho de que los primeros son homosexuales y los segundos no? ¿De dónde demonios alguien se metió en el bolsillo una conclusión cuyas premisas son falsas por donde las mires? ¿Quién dijo que usted está como una uva de salud, corporal o espiritual, o es mejor, o vale más, que el fulano de enfrente, decente, trabajador, honrado, pagador de impuestos y homosexual? Yo sostengo que los inquisidores de todos los pelajes vayan a soplar pitos a otra parte, y que los enderezadores del mundo, casi siempre perfectas nulidades andantes, terminen rumiando sus ideas en la misma hoguera que preparan para otros.

7/12/2010

La mujer de la mesa

Era guapa y morena, vestía falda corta, negra, y una blusa mínima abotonada hasta donde provocar hace de las suyas.
En la mesa del café, ya entrada la noche, Lucía camina sobre sus tacones altos y va y viene, paseándose por los alrededores, como diciendo mira tú, dame lo tuyo y aquí tienes lo mío. Una vez se sentó, me pidió fuego, y entonces habló de la noche, de los jaleos cotidianos y me preguntó qué hacía.
Miro pasar la vida, respondí. Cruzó las piernas y siguió charlando. Lucía, de veintiséis años, tenía una chiquilla de nueve y desde que la echaron de casa conoció el infierno traducido en día a día. La vida es un saco de gatos, pero siempre nos las arreglamos para fabricar nuestra historia. Soñaba con ligarse al tipo de su vida, más temprano que tarde y ya, porque vivir es un arte y exige cultura para eso, temple, cojones en su sitio. Pedí dos cervezas, y a la tercera ronda Lucía fumaba distendida mientras yo la escuchaba interesado, como si fuésemos amigos de años.
Ella escogió hacer lo que hacía, “a mucha honra, coño”, y recitó con voz dulce un poema de Carlos Ossa, que hablaba de putas y de sexo y de la noche como un cuarto oscuro inventado únicamente para ciertos placeres que media humanidad, juraba, moría sin haberlos sospechado. Me dijo guapo, ¿puedo pedir otra?, y yo le contesté que dos, que también una para mí.
Extendió su brazo delgado y largo, como pieza de Lladró, y cogió la cartera pequeñísima que había dejado encima de la mesa. La abrió, sacó un labial carmín, un espejo diminuto y un libro manoseado. Anda, ábrelo, página cuarenta y dos. Le pasé la vista y hurgué tres o cuatro líneas. En voz alta guapo, ¿qué te pasa?, también estoy aquí. Lo hice, descubrí la voz de un poeta ruso refiriéndose a entrepiernas, muslos, sudores y jadeos. Era largo, cargado de ese tono, de ese ritmo que puedes encontrar cuando te aplasta una obra literaria. Al terminar alcé la vista y vi sus ojos húmedos, vi su rostro encendido y el poema y Lucía me conmovieron hasta los tuétanos. Déjame leerte otro, y leyó otro. ¿Más cerveza Lucía? Pues sí, ya que insistes.
Si vienes luego, si te acercas por aquí voy a traer algunos de los míos, dijo. Iba a escribir su libro, tenía todo previsto. Anda, cuéntame un poco, permíteme escuchar uno de ésos, comenté. Lo hizo y disfruté con sus palabras, gocé el verbo de aquella mujer que recitaba de memoria. Le agradecí el gesto, le agradecí el favor, le agradecí el privilegio que me daba. Nada, guapetón, la próxima vez vamos a conversar de cine. Entonces encendió otro cigarrillo y pidió la última cerveza.

6/23/2010

La vida detenida

Hay lugares donde el tiempo fue a parar a las alcantarillas. En ellos la existencia se parece mucho a un plasma, a un ostracismo, a una incertidumbre colgada de un hilillo casi a punto de partirse en dos. Cada vez que piso un aeropuerto la sensación de espacio diferente me aplasta la nariz. Ni modo, el teatro que es el mundo se hace más teatro aún, y el espectador que todos llevamos dentro cobra vida nuevamente. Ahí, en el aire seco de las alegrías por las llegadas o las tristezas de las despedidas, nos transformamos en estatuas griegas, en hieráticos veedores. A través de un libro, una revista, un almuerzo o las vitrinas congeladas de las tiendas acabamos por darle un manotazo a los relojes.
En los aeropuertos, fíjese qué curiosidad, la vida se parece a un limbo donde pasado y futuro son una misma cosa. El presente se muere en ese instante. Vamos, venimos, caminamos, y el mundo encapsulado abarca la justa medida de nuestro corazón que palpita al mismo ritmo de un adiós, de una bienvenida, de un viaje acaso mil veces esperado. En esas zonas raras que son los aeropuertos se erige la más grande pompa de jabón, la extraordinaria presencia de un alto en pleno marasmo de los quehaceres cotidianos.
Cada punto de fuga que es la terminal aérea, donde convergen tantos seres que se cruzan en millones de líneas nada más que para de inmediato irse otra vez a sus vidas, es decir, a la vuelta del tiempo y de sus existencias entregadas como amantes a un ambiente de pareja, familiar o de trabajo, digo, en esos sitios llenos de esperanzas porque los minuteros arranquen de nuevo su cuenta regresiva, cabe la gelatinosa presencia de la negación, del no lugar, del quiebre en el transcurso de una rutina establecida que muy pronto debe restaurarse. Ahí, en esa gota que se salió del océano, la vida no se parece a la vida.
Exacto. La vida detenida que en los aeropuertos va de bruces comienza a desperezarse en pleno abrazo gracias al encuentro, a la llegada, o quizás en un arrobamiento nostálgico ante esa persona que se ha ido. Comienza, qué sé yo, justo en el momento del hola y del adiós.

La chica del Mac

Conocí a una chica en McDonald’s y quedé mudo. Fue hace poco. Entré, pedí ensalada y hamburguesa con tocineta, entonces todo comenzó muy rápido. Desde la mesa observé que tendría veinte o a lo sumo veintidós. Joven, sí, guapa por todos los costados, con el cabello recogido y una gorra encima que la hacía ver como deportista prestada al oficio de las papas fritas.
Tres clientes le hablaban, soltaban frases a quemarropa, y por cómo reaccionaba ella pensé en tres hijos de puta. Que un hombre corteje a una mujer, vale. Que lo haga como se cultiva un jardín, con tacto, con ternura, con la frente en alto y con respeto. Va que chuta. Pero éstos daban la impresión de ser pasto del alcohol entremezclado con sadismo puro y duro. Tres joyas de la corona puestos un fin de semana ahí, frente a una chica hermosa e indefensa, para babear la barra y a ella misma.
La joven era un capullo, claro, abatido por vientos que supo capear de inmejorable forma. A estas alturas, defender doncellas porque un trío de bestias abusen de su condición de machos no es que me quite el sueño ni nada que se le parezca. Pero podría jurar que un minuto más y nos reventamos los cojones todos. Mucha gente piensa que somos humanos y ya. Que semejante cualidad basta para otorgarnos certificado de suficiencia. Que cualquier vida, justamente por humana, es asimismo sagrada. Y yo respondo que se vayan al carajo, que una vida humana esforzándose en perjudicarlo todo es menos sacra y goza de menos respeto que muchos perros de la calle. A éstos, la mayoría de las veces les sobra dignidad, van a trancas y barrancas por el mundo, con la vida a cuestas y con el lomo ulcerado, haciendo de las suyas para engullirse un bocado de alimento y llevando su osamenta con la verticalidad del caso. Tengo un asunto personal con estos individuos. Los machos del barrio me producen náuseas, y al verlos en el Mac haciendo lo que hacían deseé que corriera sangre. La de ellos.
Se creen listos, los más listos de la clase. Y suponen que Dios les cuelga del escroto. Esta gentuza se ha dado a la tarea de convencerse de que la inmortalidad los roza, y con ella la superioridad por encima de cualquiera. Pensé en una Colt, en una Magnum, pum pum, y llévense a éstos a abonar rosales. La vida humana, que es frágil, que es un pétalo o un soplo, y saberlo hace que nos tiemblen hasta las pestañas, exige más que una barra, una caja registradora y una chica acosada por coyotes. La vida es frágil, y bastaría un mínimo descalabro, apenas una tuerca mal puesta, un tornillo fuera de su sitio, un virus que entra y nos atrapa o un borracho al volante que nos lleve por el medio, para darle vuelta al mejor de los presagios, ese que suponemos nos ampara, y mandarnos para siempre a freír espárragos en el infierno. Estos tres salidos de la noche relajada ni siquiera se dan cuenta de lo que puede ser la vida, claro, esa que se empeñan en desperdiciar, o la muerte.
La chica del Mac hizo lo suyo y salió adelante. Plantó cara, fue mujer y fue hombre, resistió, toda una artista de la esgrima, una maga del capote. Le pregunté su nombre, Clara, eso me dijo. Cuatro cosas, mascullaron cuatro cosas y por fin se fueron. Sentí algo de vergüenza, debí romperme la crisma intentando rompérselas a ellos, pensé. Le pedí el favor de aceptar un helado. Cuando iba a negarse levanté mi dedo índice y, llevándolo a los labios, en una especie de susurro aclaré que pagaría uno de vainilla, ya sabes, Clara, para que lo tomes cuando por fin te toque irte. Entonces me largué. Afuera aquellos tres bebían de la misma botella.

6/13/2010

Hojas sueltas

1
Los hechos, piensan unos, son como las aves; vuelan sin decir a dónde. Yo pienso que son como la lluvia; la anuncia un cielo gris.
2
Poema en el agua, como si fuera pez.
Luego el fondo
respirar otras realidades
saltar cuando menos lo esperen.
3
A veces la soledad es una musa que te atrapa,
una especie de sirena en la isla de tu vida
que muestra su encanto y todo lo demás.
4
Me asomo a tu sexo y observo la ciudad dormida.
Despierto tranquilo,
el silencio resopla la última bocanada de la noche
y muerto de risa me señala con el dedo.
5
Esa noche, esa Luna mirándome de reojo,
como cíclope noctámbulo que me cubre con su rostro negro y estrellado.
6
Entrar en una gota de agua y caer desde un techo de zinc.
Entonces mirar un punto allá abajo, medirlo con la precisión más cruel y saltar con todo el cuerpo
sintiendo el vacío
el vértigo
hasta estrellarme y ver cómo salpico de mí mismo.
7
Rompo la silueta llena de otras cosas:
de atardeceres, por ejemplo, a la luz de la luciérnaga que se desploma consumida por el fuego.
Entonces me dibujo mejor,
soy pescador, arrecife, pez azul.
Trazo la línea con los dientes para disfrutar la tibieza de la espuma. Trastoco los cimientos de mis sueños para encontrarme en la cima de ese monte.
Por eso doy tumbos,
me emborracho de estrellas y cometas,
lanzo mis huesos al mar.
8
Lo cierto es que estos poros
cansados de levantar sudores
no saben un coño de enciclopedias
diccionarios
páginas amarillas
luces de neón
o luciérnagas que se roban la noche como soles en medio de la plaza.
Yo sé de una tierra que echa polvo a su paso por las botas
y una boca lanzafuego en medio de las balas.
9
Colgar el teléfono
desconectar la nevera
encerrarse en el mundo
y comenzar a vivir,
entre tantos,
como una botella vieja.
10
Tranquilo
como ciertas hojas seguras de la ruta
de la perfecta sincronía del zig-zag
del suavísimo final de suelo.
11
Y viene la poesía con ese traje de flores rojas.
Para que lo sepa: final feliz, hora de llovizna, de pareja, de abrigos y paraguas, de manos apretadas, de Cortázar a la luz de mi lámpara, de la palabra lumbre.
El pase ansiado de saliva y caricias y te quiero y no me olvides, que soy joven, que tengo la vida por delante, que pez azul, estrellas, luceros, corazones.
12
Voy a lanzarme al combate, al rescate de tus piernas y tus pasos,
pero déjate de historias de pueblo y de calles húmedas de sal de lágrimas, porque yo aquí, en esta esquina, cuento tres y llevo dos.
13
Con la cara de la Luna voy a proponer un juego
con tu rostro y tus brazos
para dar de comer a la imaginación.
Y seré hombre de cielo ancho
y azul
que se trague tu luz y tu cáscara
que te diga "mi amor"
y que de soledad nunca te permita morir.
14
Mi gato gusta hablar de literatura
y lleva un libro deshojado bajo el brazo
y con el rabo marca el compás de las palabras.
A veces mi gato hace el café
y sentado en su cojín, desde lo más íntimo de un ronroneo,
piensa poemas que luego esconde no se sabe dónde.
Mi gato juega al gato y al ratón
y en ocasiones se detiene pensativo
y se rasca los bigotes.
Yo me siento detrás del árbol grande
que da sombras,
entonces saco mis juguetes
para escribir garabatos en la tierra
hasta que aparezcan los luceros.
15
El amante se sacude las manos
y siempre
seguro del día
continúa su caminar hasta la esquina de la plaza.
Lejos ya
del trópico de carne
se empapa en sudor por los amores sembrados como cruces.
Entonces viene
bailando volando jugando
cargado de arcilla
y con cara de tortuga
porque sabe bien
que de amores y canciones
puede vivir para siempre.
16
Y yo me alegro por equivocarme muchas veces
escondido del pudor
del dedo índice
yo por fin me alegro de las naranjas frescas
y de las muchachas llenas de rocío
como lechugas.
Sería tan aburrido
quién sabe
ese manojo de papeles
de hojas apretujadas con un clips
que yo tajantamente me quedo
del lado de los hombres con retazos de carbón sobre sus caras.
17
Pasear por el tejado
retorcerme
virar en círculo
y desplomarme hacia la nada que abraza mi cuerpo.
Entonces comenzar a ronronear
con un movimiento leve de la cola
madurando
sintiendo cómo me hago viejo.
Y ahora sí
hacerme hombre otra vez
hasta encontrar con mis ojos (ahora verdes)
el brillo absoluto de los tuyos.
18
Je, je
un hombre desnudo mira la Luna y se ríe
Je, je
una mujer se guarda el sol entre los senos.
19
Un titiritero de mi pueblo
bebedor de cerveza
de grandes carcajadas
me dijo que la poesía
era una hembra caderuda de enorme cabellera.
20
Licor y música arrebatan sensaciones que el lápiz transcribe a medias
como por joder
haciéndose tu cómplice.

4/29/2010

La tragedia del Facebook

Así, con todas sus letras, soy un dinosaurio a la hora de surfear en el oleaje de la tecnología. Si a ver vamos, apenas con la computadora he logrado cubrir el a, b, c de estos asuntos, más a regañadientes que por cualquier otra razón. Todavía guardo la vieja Olivetti en el fondo del escaparate, con sus teclas oxidadas, y de vez en cuando los ataques de nostalgia casi me hacen rescatarla del desuso y de las telarañas.
En estos días un amigo llegó con sus cuentos. Después de cuatro cervezas nos dio por hablar de tiempos en los que, cuales García Márquez, éramos felices e indocumentados. Recordé a Rafael, a Laura, a María Luisa, aquella flaca de senos como rascacielos y caderas incendiarias. Recordé los días universitarios, esa época abrazada al día a día, al Carpe Diem horaciano, justo cuando el horizonte tiene el tamaño exacto de los diecisiete años. Entonces habló del Facebook. Me invitó al Facebook. El tipo hilvanó bien, lo hizo en el momento preciso y en el lugar adecuado. Uno, que prefiere escuchar radio con el radio, ver televisión con el televisor, y usar como agenda esos cuadernos que venden en las papelerías, razón por la que termina dándole la espalda a cuanto celular ofrece estos servicios todo en uno, digo, yo que soy el estegosaurio rey en plena era digital, acabé rindiéndome ante la memoria, ante el hecho facilón de revivir los lustros idos, y respondí que sí.
A la mañana siguiente gozaba del Face en mi computadora. Aprendí a usarlo emocionado, puse fotos, los primos, los colegas de la universidad, uno que otro tío, todos confirmamos otra vez nuestra amistad gracias al milagro de los chips. Mi esposa no daba crédito a lo que tenía enfrente.
Entonces el color rosado se fue haciendo más opaco. Rafael no apareció, Laura de ninguna manera se atravesó en mis búsquedas. María Luisa, la flaca de antaño, lucía en la pantalla con treinta y dos kilos de más, cuatro hijos y un esposo, y yo a estas alturas naufragaba en el océano de la incertidumbre y la tristeza. Es que todo tiempo pasado fue mejor.
Cierta mañana recibí el saludo de aquel degenerado que me quitó una novia, y de otro que terminó siendo un vulgar estafador. Del Facebook, tan ardorosamente presente en la cotidianidad del hoy por hoy, la verdad es que prefería estar bien lejos, porque un dinosaurio es un dinosaurio, y lo demás es puro cuento. Ha sido una tragedia. Yo que pensaba en tanta gente hermosa, en tantos conocidos cuyos rostros había prácticamente olvidado por obra y gracia de los años y sus recovecos. Yo que con el corazón en la mano esperaba todos los días darme de frente con una atmósfera desaparecida, ida hace décadas, cargada de frescura por los cuatro costados, encontré el horror metido en mi computadora. No faltaba más. Gente que no quería ver ni en pintura, mujeres que me dejaron por otro, condenados que me serrucharon algún puesto, sirenas encantadoras transformadas ahora en todo lo contrario, a cada rato salían como conejos, no sé de dónde diablos, convidándome, llamándome, alegrándose porque después de tanto tiempo, ay, Roger, gracias a esta maravilla vuelvo a dar por fin contigo. Ni que estuviera loco.
Por fortuna soy un dinosaurio, eso está más que comprobado. Me quedo con el radio viejo y con mi celular del año de la pera. Y sin el Facebook. ¡Ah!, y sin el bendito Facebook.