7/02/2020

Me llevo a París un solo disco


    La editorial Alfaguara publicó cinco tomos con las cartas de Julio Cortázar. La verdad es que durante mucho tiempo fui dado a cierta idea que luego deseché de cabo a rabo: no husmear en la correspondencia de mis ídolos literarios, entre otras razones por aquello del respeto. A la privacidad, al plano íntimo, a ese mundo que no tiene por qué salir a la luz si no nos da la gana y que Cortázar defendía con uñas y dientes. Todo un hacer que preserva de miradas furtivas, chismes de pasillo o cotilleos que nunca vienen al caso.  Sin embargo, vislumbré después que aproximarse con reverencia al universo de nuestros creadores abre puertas para ahondar en una cosmovisión que de otro modo se mantendría siempre a la sombra. Entonces cedí a la tentación.
    Puse los ojos como platos al instante en que los vi sobre el mesón. Cinco libracos de puro magma literario, vital, a dos metros de mí. Acaricié sus portadas, los cogí para saborearlos también gracias al tacto y de inmediato sentí la conexión. O la seña, o el guiño, o como diablos se diga. Ahí, en la librería del Fondo de Cultura Económica ipso facto los introduje en mi mochila previa visita a la sonriente dama de la caja registradora. Entonces chin chin, pagué el precio que dicho sea de paso aterrizó con oferta de por medio. Salí, salí feliz con el tesoro a cuestas igual que cualquier niño en medio de un cajón de golosinas.
    De 1937 a 1984, sí, tal como suena, pero por si acaso devuélvete y relee. Treinta y siete largos años el buen Julio dando volteretas entre un sello postal, París, Buenos Aires y el sistema planetario que erigió a su medida.  En estas cartas lo primero que notas es que el autor de Rayuela fue el sastre de sí mismo, ni más ni menos. Un modisto que para qué Dior o Philippe Laurent y la madre que los parió. Es más,  confieso que el banquete es de troglodita -aún leo y leo, pues no termino los tomos en cuestión-, con el beneficio adicional de que no hay indigestión posible. Desde mis catorce años, época en que descubrí al argentino en una Upata que ya va quedando lejos, leerlo ha significado plena revelación de mil hechos literarios colgados de la vida misma, de las calles o las cafeterías, como si fuesen pellejos desprendidos a fuerza de intensidad y de pasión. Si algo me enseñó este escritor fue a concebir cada mañana, tarde y noche impregnadas de literatura, como algo natural, normalísimo, que colma, que enriquece, que chorrea por la comisura de los labios de modo que vida cotidiana y cuentos y novelas van de la mano entremezclados, fundidos, siendo dos cosas y una misma, lista para llevársela a la boca.
    No tienes idea de cuántas pistas, señas, azares y descubrimientos caben en estas páginas. Un  Cortázar ávido de Francia, un parisino sin haber pisado la ciudad se ve de pronto en determinada habitación de la Casa Argentina de París, en 1952, y entonces comienza la aventura, una que lo lleva a mirarse de golpe por dentro, a toparse sin aviso y sin protesta con Julio Florencio Cortázar en una especie de autohallazgo que le obsequiará las armas para iniciar tarea: ser argentino como ninguno, latinoamericano como el que más y edificar obra tan bonaerense y universal que qué puede importar seguir hablándote de estos asuntos si existen ya los tomazos de marras para que te los comas como se come el pollo con los dedos. Pero ni modo, sumo y sigo.
    He gozado con este Cortázar lleno de asombro en la ciudad que lo recibe, en la París que era nostalgia antes de llegar a ser lo que significó, donde un escritor se prepara, tonifica los músculos y anda y chupa, como las esponjas, el tuétano de la existencia desparramado a izquierda y a derecha. Del lado de acá y del lado de allá, si lo prefieres. Un ser que abre de par en par las ventanas de lo lúdico, de la entrevisión, metido de cabeza en el océano del arte, del intelecto puro y duro, del jazz, del tango, de Stravinski, de Cocteau y del pensamiento por donde te dé la gana, todo en su primera madurez, hasta que como imagen de caleidoscopio se desdibuja paciente, muy de a poco, borroneándose el intelectual en su burbuja y emergiendo por allá alguien cuyo destino pasó de la página impresa, de los libros, de la exquisitez purista del esteta al día a día cuyo punto de fuga es el claxon de los automóviles, la señora que hace los bizcochos al doblar la esquina o el aroma del café en esta realidad que nos aplasta la nariz.
    Noto cómo nacen sus cuentos, el por qué de “Axolotl”, el germen de “La noche boca arriba”, la huella de La Maga antes de soñar con Rayuela. Aquí, en este epistolario, los cronopios dejan su particular estela, hilo de Ariadna que te permite seguirlos hasta sus orígenes. Vaya datos con los que me cruzo y fíjate qué forma tan cortazariana de dar con todos ellos mientras nado entre palabras por el mar a veces sosegado y a veces proceloso de su pluma. “Me llevo a París un solo disco metido entre la ropa”, escribió antes de partir y luego de regalar música, libros, objetos que fueron suyos tantos años en la Argentina que dejaba atrás, “es un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante que se llama Stack O’Lee Blues, y que me guarda toda la juventud”. Yo, lo que soy yo, mientras tanto sigo leyendo el tomo cuatro.

6/09/2020

En estos días


    Como a la mayoría, el encierro me sorprendió por completo. Una sorpresa de doble vertiente: por una parte, la noticia en la Universidad de que toda actividad en el campus se suspendía a partir del mediodía (¿tan pronto?, ¿y eso?, ¿estamos así de complicados?); por otra, el hecho de que el confinamiento terminara significando algo distinto a cuanto imaginé desde un principio.
    A ver si me explico. Tengo entendido que soy alguien cuya relación con cuanto le rodea pasa por un toma y dame sustentado en lo estrictamente fáctico. Pensar, leer o escribir en la calle, en los cafés, en la trastienda del sillón mullido en aquel rincón de casa.  A medida que el tiempo avanza compruebo cómo termino por meterme de cabeza en estas cuatro paredes: aceptándolas, primero a regañadientes, y luego con un dejo de resignación entre equilibrado y a punto de explotar. Entonces el confinamiento, palabreja que al inicio bullía en medio de significados inquietantes, fue protagonista de cierta metamorfosis que hoy viernes ya ni sé desde qué instante dejó de apuñalarme. Confinarse es también un ejercicio a contrapelo de aislarse, supone algún estado cuya catadura, en mi caso, excluye de pe a pa al Robinson Crusoe que con tanta nitidez vislumbré hasta hace muy poco. Un alter ego que poco a poco vuela en mil pedazos.
    Y así los días marcan su particular tránsito en el vaivén de la sala, en la geografía redescubierta del sofá, en el mundillo de pensamientos que en buena medida pretenden diseccionar esto que se nos clavó en lo cotidiano. Por lo que, en primer lugar y aunque suene de lo más raro, he trabajado más que en tiempos sin corona y sin virus. La computadora hace de las suyas, las clases también, de modo que a diario los encuentros ocurren y las discusiones van y vienen, sumergidas en esa masa gelatinosa que dieron en llamar virtualidad. Clases, corrección de pruebas, reuniones de trabajo -el día a día disfrazado de normalidad gracias al chip, a la pantalla líquida, al milagro de un chasquido denominado conexión-, mil y un eventos que impone la academia pero también cine, literatura, charlas con ahínco alrededor del desayuno, escritura y soledad. Ah, y la Casa de papel, serie en las entrañas de Netflix que empezamos a ver -yo sin mayor ánimo, la verdad sea dicha- cuya puesta en escena terminó cogiéndome por el pescuezo y qué le voy a hacer, todos los días de ocho a diez, dos capítulos de un solo golpe, a ver qué pasa y cómo acaba la cuestión, porque son tres temporadas y navego en la mitad de la segunda. En el fondo uno se aferra, al pasado, al futuro, a la inercia o qué sé yo, en una dinámica que todavía llevas contigo aunque le hayan magullado la nariz.
    Y de la soledad, pues de la soledad saltan como liebres búsquedas, vueltas de tuerca, explicaciones en función de estas circunstancias que nos tocan. Ante la pandemia, sus orígenes y consecuencias, intento con mucho ruido y menos nueces cuadricularla, vincularla con el tipo de vida que hemos llevado hasta hoy y entonces pretendo echar una ojeada a cuanto vendrá, a ese caldo espeso que pretendo amasar tan pronto pueda largarme a la calle. ¿Será la misma vida?, ¿habrá que imponer cambios?, ¿transitaremos como si nada por los vientos del presente?, ¿qué de todo esto sacaremos en limpio? Desde la mesa del comedor o mientras te duchas imaginas, piensas, te rebanas las meninges, pretendes embadurnar de lógica común el espacio que te engulle. ¿Seremos capaces de reconfigurar algo -no me preguntes cómo- para darle manotazos a aquellos polvos que quizás trajeron estos lodos?, ¿sí?, ¿no?, ¿estoy diciendo estupideces?, ¿las cosas, el mundo, nuestra realidad o como diablos se diga, en definitiva permanecerán como si nada?
    Lo que soy yo, no me hago demasiadas ilusiones. Sin embargo me da por imaginar que un mínimo de decencia, un impulso ético en función de nosotros mismos y los otros podría sacudir algún resorte, movernos cuando menos a reflexionar qué ha sido todo esto y cómo pretendemos, de cara al futuro, el mundo en que vivimos.  La libertad individual postpandemia, pongo por caso. ¿Cómo asumir lo que vendrá en función de nuestra relación con el Estado -pienso aquí en aquella libertad negativa de la que escribiera Isaiah Berlin-, sobre la base de la seguridad ciudadana?, ¿qué decir acerca de la solidaridad, de quienes comparten con nosotros este mundo, de nuestros vínculos con cuanto se extiende de la epidermis para allá?, ¿cuál será la iniciativa en relación con la seguridad social para que, en vista de esta pesadilla, la cobertura en nuestros países pueda de veras transformarse en amplia y eficaz?, piensa tú, dime tú, ¿es que acaso continúo escribiendo tonterías? ¿Mejor busco otro tema porque ya se sabe que todo cambiará para que todo siga igual?
    Mientras, el encierro hace de las suyas. Una especie de espiral a modo de silencio, definido por cuatro paredes, implica nuevas relaciones con lo otro. Y lo otro es todo aquello que hasta hace muy poco llevaba en el alma connotaciones que al presente van rotando, cambiando, como un caleidoscopio cuya existencia no te imaginabas. Ahí, en el ojo de un huracán que despeina, te sacude y te revienta, vives la experiencia que alguna vez, esperas, comentarás a tus nietos. Vuelvo y digo, ¿seremos los mismos en ese futuro que nos mira de reojo?, es posible que no, aunque lo más probable sea que sí. Por ahora hay que vivir el presente, y el presente obliga cuando menos a decirse cosas, a intentar pensar, a hurgar en el qué haremos desde esto que vamos siendo. Entonces veremos. Seguro que ya veremos.

6/05/2020

Un clásico

Air Supply. "Here i am", un clásico sin discusión. 

El link: https://www.youtube.com/watch?v=yjKbiD9Lg_I

4/16/2020

Lo real y lo evocado


    Tengo un amigo que ve el mundo en blanco y negro. Quizás así somos en el fondo: tendemos a clasificarlo todo, a intentar separar el trigo de la paja, a diferenciar lo hermoso de lo feo, lo noble de lo innoble y lo valioso de lo menos importante.
    Lo cierto es que semejante esquizofrenia atraviesa las paredes y termina por cubrir todas las superficies. Mi amigo ve el mundo en blanco y negro y no sabe de medias verdades ni supone matices entre un hecho y otro. Una vez alguien le preguntó por ciertas realidades, ésas que no sabes distinguir en un primer momento y pueda que tampoco luego, a lo que sólo respondió con el silencio, una especie de quietud, de encogimiento de hombros porque es mejor callar, no decir nada, que buscarle cinco patas a los gatos. Al pan pan y al vino vino, así que dos más dos son cuatro y lo demás déjaselo a quienes se preocupan por el lado oscuro de la Luna.
    Entre lo real y lo evocado tengo la impresión de que media un terreno con arenas movedizas cuya existencia es aconsejable no dejar de lado. En primer lugar porque puedes perecer engullido y en segundo por elemental sentido común. Mi amigo supone que el universo es un tablero de ajedrez, tú juegas con las negras mientras él se mueve con las blancas y así, te orientas por el cálculo de lo posible, de lo fijado en función de reglas sacrosantas con absoluta precisión de reloj suizo. Dos más dos son cuatro y cuatro y dos son seis, y se acabó.
    Lo real y lo evocado pueden convivir en ámbitos no estancos, tal es el asunto. Aquí la ecuación se complica y si te pones a ver las soluciones distan años luz del manual guardado en la caja de herramientas o en la segunda gaveta a mano derecha, allá  en el cuarto de los trastes. Lo real cabe en la palma de la mano aunque también lo observes en el microscopio, o con los cristales de la entrevisión  -no hay que olvidar la sentencia de Cortázar: “soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja del sueño”-. ¿Entonces? Mi amigo frunce el ceño, se sirve un whisky doble, piensa como Descartes y responde a quemarropa entre una sonrisa burlona. Lo que dice no me dice mucho pero ya lo sabemos, mi amigo ve el mundo en blanco y negro y qué le vamos a hacer. Bebe otro trago, termina de reír por completo y suelta desde las entrañas: “vete a la mierda”.
    Antes de largarme al universo de las heces me da por imaginar lo que tenemos claro y lo que no y concluyo que lo primero es apenas un trozo de oscuridad incrustado en lo segundo, que lo contiene por completo. Y luego vamos por el mundo tan campantes, traqueteando pasos como si fuésemos un número sembrado en medio del gran bosque de las matemáticas, hermosa disciplina que termina por cuadricularnos siempre. Dos más dos continúa siendo cuatro.  Blanco o negro, buenos y malos, izquierdosos y derechosos, brutos o inteligentes, desprevenidos o acuciosos, miserables o dadores, excéntricos y bienpensantes, suma y sigue y dale hasta que te hartes.
    Obedecí a mi amigo en lo de irme pero no en el destino de su sugerencia. Me fui, por supuesto que me fui, pero no sin antes preguntarme hacia qué sitio. ¿Dónde está arriba o abajo? ¿Dónde la diestra o la siniestra? Decidí entrar al primer café que se me puso enfrente. Me gustó que el silencio reinaba por completo.

3/23/2020

Un clásico

I'll Never Love This Way Again - Jona

Un clásico en versión renovada. Hermosa voz.

3/20/2020

La chica del bar


    Entro a un bar de la calle Foch y ahí está. Piernas cruzadas, vestido corto, sonrisa a la medida, copa de cerveza en mano. Por seguirle la corriente pido una igual, Club Premiun helada, tres dedos de espuma con burbujas a punto, y mientras enciendo un tabaco me observa como si nada, como afirmando para sus adentros miren a éste, a ver qué se trae ahora.
    La verdad es que siempre me he tomado el tiempo necesario para detallarla. Desde la primera vez vislumbré en ella cierta condición literaria, un personaje de Margaret Atwood quizás, de Quim Monzó o Bolaños, no lo sé con exactitud, pero sin duda emergiendo de la fantasía hecha ahora realidad, una especie de Afrodita a diez metros de mí desplazándose sobre las aguas como en una aparición cargada de misterio y de erotismo.
    Ríe como ella sola, a menudo entre fantasmagórica, divertida o melancólica. La chica del bar, pongamos que se llama Amelia, Lucía, incluso Bárbara. Sí, Doña Bárbara en pleno dos mil veinte sin caballo, sin hacienda ni sombrero. Doña Bárbara con vestido a mitad de muslos, tan ceñido que casi es otra piel encima de la suya, una piel de durazno que te incita a acariciar con mucha, mucha gloria y poca pena.
    La sigues con la vista y casi mueres, compañero. Una muerte lenta entre piernazas y tetas de infarto. Un morir que supone el más allá aquí mismo, Paraíso incluido, a escasos diez metros entre tú y esas curvas que prometen llevarte a la cueva del placer. Ahí está, ahí yace de cerca y no me preguntes cómo ni por qué pero mírala, róbatela con los ojos, disfruta si puedes de esos labios como una emanación, como cerezas, y si lo haces qué te va importar  el mundo y la madre que lo parió hasta que de nuevo sonrisas, piel, muslos descubiertos, cerveza fría y salud, porque levantas tu vaso y brindas, observas, continúas observando con tu trago alzado mientras vuelves a decir salud y ella sólo ríe, tan campante, tan tranquila, tan pícara que semejante manera de reír no sabes si implica su particular respuesta, su brindis personalísimo únicamente contigo y para ti, o si por el contrario es un hachazo, gesto desolador, tétrico sarcasmo para mandarte al mismo infierno.
    La chica del bar parece comprenderte, es oráculo cuyas respuestas son justo las que necesitas. Da en el clavo como no tienes idea, atiende, sabe, escucha sin interrupciones y nunca, jamás de los jamases abandona esa sonrisa. Como una Gioconda ensimismada tampoco aparta los ojos de donde te encuentres. Lo sabes porque estés donde estés, en tu mesa sorbiendo tu cerveza o al levantarte para ir al baño o acercarte al tipo que sirve tragos en la barra, en todo momento la miras y te mira, desde cualquier ángulo no dejan de coincidir, buscas sus ojos y los hallas sumergidos en los tuyos. Hoy, a estas alturas, sabe de mí más que cualquiera, navega en lo que soy, increpa, recrimina  sin misericordia, o por el contrario asiente, estimula, aprueba y felicita eso que comparto, que cuento desde mi lugar en esta mesa desolada con la autoridad de mujer que tiene a todos cogidos por las bolas.
    Regreso al bar de la Foch y no la encuentro. Por primera vez no está donde la hallaba cualquier fin de semana. La chica con el vestido que la abraza, como una segunda piel, mientras cruza unas piernas muy largas, mientras bebe su cerveza Premium, mientras sonríe y te mira y tú le devuelves el gesto, la chica del bar casi confesándote que ya empezaba a imaginar que no aparecerías se ha ido ve tú a saber a qué parajes y con quién. En su lugar Johnnie Walker, Black Label, deambula en su botella con levita, sombrero y bastón.
     -El afiche estaba casi por venirse al suelo-, dice el barman al otro lado de la barra. 
    -No daba para más-, remata a quemarropa. Entonces frunzo el ceño, me encojo de hombros y me marcho. Afuera, la noche me engulle por completo.

3/06/2020

Fantasmas en la memoria


    La gente hace cualquier cosa por recordar pero lo que soy yo intento darme de bruces con el olvido. La gran manía de estos tiempos es ésa, pillarlo todo con la evocación al punto de convertir la desmemoria en trazas lejanas de lo que ya no es.
    Los nunca olvidadizos Funes tienen mucho a su favor porque de ellos cuelgan mil aliados inimaginables. Fitina en cápsulas blandas, ginseng en gotas milagrosas, terapias oxigenantes del cerebro, fármacos de cualquier pelaje para patearle los huevos a la desmemoria y, en fin, mil modos de aborrecer la amnesia que si te pones a ver, un buen día todo puede acabar en tétricas realidades que de sólo imaginarlas me ponen los pelos de punta.
    Supón que todo lo recuerdas. Mírate engullido por un agujero negro donde el cuento borgeano pasó a ser realidad monda y lironda. Por un segundo ten la certeza de que guardas en tu cabezota los trozos intactos de lo vivido, ayer, hoy, mañana y siempre. El infierno, compañero, las pailas ardientes de una cotidianidad que al mínimo descuido te masticará y escupirá sin remedio.
    Leí hace años que el escritor Ednodio Quintero siente por Japón y su cultura una admiración entrañable. Sé que es cierto porque fue mi profesor en la universidad y semejante adoración le chorreaba por los poros. En el documento que llegó a mis manos contó una historia: sus padres viajaron al Oriente becados por asuntos académicos. El señor embarazó a una japonesa y el niño, al nacer, se quedó con ellos. Cuando regresaron a Venezuela fue presentado en el registro civil de Las Mesitas, allá en los Andes trujillanos. ¿Cómo salido de un relato de Cortázar, no?, pues bien, la historia explica al pelo esa atracción de Quintero por el mundo japonés. Al morir el padre, el escritor continúa diciéndonos que por casualidad halla un fajo de papeles en un baúl perdido y justo en ese instante vislumbra la impronta del Japón en su vida familiar. Descubre asimismo la experiencia de mamá y papá en aquellas lejanías al punto de que luego, al comentarla con ella, termina por confesarle la verdad: ocurre que no es su verdadera madre.  Punto y fin. Colorín colorado, el relato se ha acabado, lo cual deja entrever una historia extravagante que me impresionó, me dejó lelo, patidifuá en el preciso momento de haberla conocido.
    Seguí hurgando acerca de lo referido por Quintero, cuestión que sumó más datos al escueto testimonio que he expresado aquí. Sin embargo, con el tiempo creo haber obviado detalles,  aspectos claves al respecto, y por supuesto mis recuerdos son apenas el vestigio de una verdad que ve tú a saber si lo es en el estricto sentido que esa palabreja significa.
    Mejor así, claro. Ahora que lo pienso, el cuento de mi profe escritor estarás de acuerdo conmigo en que resulta extraño, muy literario, incluso fantástico por donde lo mires. Me he preguntado si serán ciertos, si tales acontecimientos pasan por el cedazo de lo auténtico o se mueven en esa masa gelatinosa de los relativismos a la hora de decir lo que decimos, de exponer con palabras cuanto nos sucede. ¿Será alimentada nuestra narrativa por la imaginación y blablablá, heredera o derivada del olvido que siempre anida en nosotros? ¿Serán nuestras lagunas, desmemorias y páginas mentales en blanco motor de ensoñaciones clave a la hora de nombrarnos Homo sapiens?  Pueda que sí o pueda que no, a mí que me registren. Importa un rábano, digo yo, la terapia génica o como diablos se diga en función del recuerdo y sus bondades. Para qué decir no, si sí: el olvidadizo que voy siendo mira el mundo con la belleza, sueño y fantasía que ya quisiera para sí aquel Funes, súpermemorioso, que tan en buena hora nos obsequió Borges con un cuento -fíjate ahora qué paradoja- por completo inolvidable.

2/28/2020

La terraza del café


    Me siento en la terraza de un café a ver pasar la vida. Expresso, bolsa de tabaco para la pipa y un libro de cuentos de Ednodio Quintero, página noventa y tres. Ver desde una mesa de café tiene la ventaja de que enfocas como nunca, pones tu atención a punto, olvidas por un rato las historias de Quintero y ya, de veras ves, miras, hurgas en eso que de otra manera sería imposible contemplar.
    Me siento en la terraza del café y observo. La vendedora de rosas salta de mesa en mesa, el hombre del sombrero toma la mano de esa chica, aquel perro echado da la impresión de escrutar el universo  mientras una nube de mosquitos es desfigurada por la violencia de su cola. Veo desde esta mesa de café y pienso. Escenas de infancia, calles empedradas, tarantines, quioscos, ventas ambulantes a cada lado de la calle. Miro desde el café y sin dejar de ver, ubicado justo en esta mesa con mantel a cuadros, me detengo en lo que no veo. Es decir, veo como cualquiera, en concreto, eso que mis ojos abarcan desde la trinchera en plena calle Foch pero me concentro en mirar lo que no veo nada más que sentado en esta silla. Y ahí aparece un trozo de playa en la costa, ciertos puestos de verduras en un mercado maloliente, una mujer semidesnuda que baila alrededor de un tubo.
    Sentado aquí miro cuanto tengo enfrente y basta con eso. No miro como miras tú, o como yo mismo lo hago fuera de este paréntesis que es sentarme a ver desde el café. Tan pronto miro desde la terraza del café se abre una dimensión distinta y lo que menos importa a simple vista es eso que veo sentado en este sitio. Es mucho más urgente, cobra relevancia incuestionable, necesidad ontológica según diría algún filósofo frustrado, cuanto no veo desde aquí y cuanto no podría mirar si no me hubiese dispuesto a contemplar desde esta terraza de café.
    La verdad es que ver desde la mesa de un café tiene mucho de mirada hacia adentro, dime tú si no. Un adentro que por raro que te suene puedes vislumbrar en el afuera que es este horizonte apostado ahí, al mirar de cierto modo cuando echas un vistazo desde la mesa en la terraza del café. Por eso de vez en cuando vale la pena sentarse a observar no como observan tantos que se sientan y entre cortado y galletitas hurgan y escudriñan hasta que se cansan de atisbar, sino, digo, vale la pena observar justo eso que no ves desde esta posición, desde la geografía de la mesa que eliges y es atalaya, escondrijo, rincón único a la hora de pasar la vista por los recovecos de eso que se expande frente a ti, como un gas, aunque no puedas verlo si ves como ves cuando no estás sentado en la terraza de un café.
    Entonces sigues en lo tuyo, miras a lo lejos, bajas luego la vista para comprobar que todo sigue como lo dejaste: Ednodio Quintero en su libro, un expresso que se enfría, media botella de agua mineral, tu pipa apagada a un lado del cuaderno listo para que apuntes tonterías. Y escuchas el ruido, las voces de muchos que ocupan mesas cercanas, y alguien que sentencia: “aquí hace falta un Hitler”, y otro que suelta: “ese virus es un invento de la CÍA”. Y vuelves de seguidas a mirar, a cubrir el horizonte, a ver lo que jamás verías sin tomarte la molestia de observar desde esta mesa de café.

2/04/2020

La belleza de la melancolía


    Acabo de leer  Vista desde un punto, de Arturo Úslar Pietri, y sentí nostalgia. Hallé ese libro mientras caminaba por el centro gracias al vicio de recalar en lugares donde puedes olfatear estantes, encontrar títulos raros y charlar con el librero, experiencia que procuro repetir los fines de semana.
    En esas estaba cuando el ejemplar de Monte Ávila se me atravesó como si nada. Por setenta centavos -no es broma, setenta centavos-  lo metí en la mochila y me largué al café de costumbre con el ímpetu hedonista a punto: lanzarme en brazos de sus páginas, de un buen cappuccino, del tabaco y del silencio. Y hay que ver cómo esa señora llamada memoria juega a placer con nosotros. Lo digo porque la avalancha de imágenes llegó de golpe, hizo de las suyas, me llevó a otras épocas mientras chapoteaba en la lectura.
    Conocí a Úslar siendo un imberbe de ocho o diez años en aquella Upata ya desdibujada por los años. Narraba, como un Scherezade de estos tiempos, las mil y una historias que ha sido capaz de inventarse el homo sapiens desde el período de las cavernas hasta su viaje a las estrellas. En Valores humanos, programa de televisión emitido por VTV a las once de la noche que acabó por convertirse en ícono de cultura, buen hacer televisivo y buena entraña, el maestro disertaba sobre el Renacimiento, las costumbres medievales, los románticos alemanes o el Holocausto. No sé por qué diablos me gustaba tanto -el poder encantatorio del escritor hacía trizas conmigo- pero la verdad es que mi madre, hosca como gata en celo en cuanto a la hora de irse a la cama, complacía el capricho de estarme despierto un rato más “únicamente por tratarse de un programa como ése”. Ahora, transcurridos cuarenta años, tengo a mi lado el libro de don Úslar y lo miro, toco sus hojas, recuerdo su oficio intelectual y me digo fíjate tú, qué días aquellos, vaya manera de volver con la imaginación a la Venezuela que dejaste hace más de tres años.
    Úslar Pietri fue el primer ensayista que leí en su columna Pizarrón, los domingos en El Nacional. Tendría yo doce, máximo trece años. Kalimán, Memín Pingüín, Águila Solitaria y los artículos del caraqueño eran tesoros que cada siete días esperaba allá en el kiosco de la esquina, a dos cuadras de mi casa. Siempre me he preguntado qué pude ver en los textos de Pizarrón, qué sirenas alucinantes vislumbraba en ellos, y como ocurría con la tv, en el universo de su escritura pienso que terminó por engancharme el talante aventurero, la atmósfera intrigante de tantos enigmas propuestos en la saga -pues sí, leí a Úslar como al autor de El señor de los anillos-, contaminándome hasta lo indecible, de modo que sus entregas para la prensa siempre me dejaron con ganas de leer más, resultaron cortísimas, fugaces, poco espaciosas ante el vasto tamaño de aquel periódico cuyo único interés, para mí, radicaba en un artículo de opinión. Luego me hallé de frente con sus novelas y cuentos y años después, ya en la Mérida de mi época universitaria, gocé como niño con chupete cada vez que el viejo amigo daba una entrevista en ciertos programas de televisión.
    Acabo de leer el libro que hallé en Quito y aquí está, sobre la mesa del café, entre el humo del tabaco y entre Upata, Mérida o Caracas. Muchas veces, en vacaciones, de paso por la capital y antes de continuar al Sur, a casa de mis padres, Caracas supuso uno o dos días de errancias por el centro en  busca de libros usados, de casettes a buenos precios -descubrí a Bill Evans, a Stan Getz, a Poncho Sánchez-, supuso algunas cervezas con paisanos que hacían estudios en la Central, en fin, literatura, música, también cine en el entrañable Ateneo. Ahí, en esa Caracas de los ochenta, abría de par en par el cofre de los deseos, lleno de miel y de sorpresas deslumbrantes: libros encontrados como perlas en las profundidades de algunos tarantines bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas, libros medianamente asequibles en la Librería Lectura, en Chacaíto, libros escondidos en los tenderetes  de algún vendedor furtivo en pleno bulevar de Sabana Grande y Úslar, de pronto Úslar, puntual al saltar como conejo en medio de semejantes búsquedas.
    El otro día, cuando menos lo esperaba, hizo acto de presencia. No tienes idea, ni puta idea de qué manera esa felicidad casi olvidada irrumpió tal como ayer. Y yo cumplí, leyendo, y él cumplió, con el obsequio de delicias hechas páginas. Y la melancolía fue una invitada inesperada. Y fue, claro, una dama más que bienvenida.

1/30/2020

La inteligencia como un dolor de muelas


    Enciendes la tele o la radio, te das una vuelta por la cuadra, escuchas cierto murmullo en la mesa contigua a la que ocupas y dices hay que ver cómo está el patio. Y el patio, lo descubres cada vez que pones patitas en la calle, termina siendo músicas a toda pasta, turistas cámara al pescuezo para la foto de la estatua que aparece en los folletos y gente con el chicle a punto,  rascándose los huevos en cualquier esquina.
    Si lo anterior te cubre de cabo a rabo, suma y sigue. En mis cuentas entra de cajón el tipo que quiere ser inteligente, para remate no sólo dispuesto a restregarte lo listo que es a quemarropa sino a mantenerlo desplegado, como un pavo real del intelecto, las putas veces que se te ponga enfrente.
    Imagino que cualquiera desea serlo. Inteligente, digo. Pero una cosa es eso, anhelar cierta condición como algo natural y necesario y otra la patética intención de hacer ver, de mostrar, de soplar al cuello de los otros tu talento (real o no), tu capacidad de ser muy pilas (falsa o verdadera), tu encarnación del lince que todos deben conocer, apreciar, envidiar en sus fueros más profundos.
    Entonces basta poner un pie en las aceras para darte de bruces con semejantes personajes. Juro por todos los dioses que su número es directamente proporcional a la estupidez que hace mella en nosotros, con la facilidad del cuchillo atravesando la manteca. Frente a tales fenómenos saco mis pistolas: si el asunto toma el cariz que a todas luces pulula, pues abajo las neuronas, las circunvoluciones cerebrales, el coeficiente intelectual y demás pseudoindicadores parecidos. Estos bichos se metieron entre ceja y ceja que ser inteligente es el numerito que les tocó a rajatabla en la lotería de las cabezas súper amobladas, de modo que resulta urgente espantarlos, darles con la punta de la bota en la espinilla, mandar al diablo tanta  pelotudez empaquetada en un ego como el de Maradona.
    Como si ser inteligente fuese el único horizonte. Como si la inteligencia, esa masa informe, extraña, gelatinosa y tantas veces esquiva implicara un fin y no apenas el medio. He conocido brutos redomados sumamente listos y lumbreras andantes, verdaderos asnos por la línea del medio. Jumentos de pe a pa que los ves y no lo crees. Me saca de las casillas el cretino que frunce el ceño y se sostiene en ademán de genio el mentón con la mano izquierda, para soltar con airecillo superior la voz  en plan aquí estoy mira qué maravilla y pretender pontificado neuronal con pies de vidrio o barro. Estamos hasta las narices de individuos fagocitados por una creencia, la de que son la última Coca Cola en el erial de nosotros, pobres mentes coloquiales mondas y lirondas.
    En la panadería están, en las salas de espera de los hospitales, en el autobús, en la academia, en la reunión de padres y representantes de tu hijo, en el bar, en el salón de clases, en las farmacias y también en los burdeles. Como de infecciones parecidas casi que no hay lugar a salvo decides darte unas vacaciones, alejarte, procurarte la asepsia que supone el mar, las olas, el cielo estrellado de sus noches. En esas andas cuando echado en la tumbona miras de reojo el libro que lee un señor gordo a dos metros de ti: “Cómo ser inteligente en diez lecciones”. Y ahí acaba el asunto. Ahí coges tu cerveza y te largas en silencio, para no volver jamás.

1/22/2020

Yo, el inmigrante


    De alguna manera todos somos de todas partes así que nadie, de entrada, es originario de un único lugar. Semejante afirmación guarda bastante lógica pues a estas alturas hablar de pureza cultural, racial o cosa parecida es un disparate por donde lo mires. Cada quien crea sus afectos, construye un sentido de pertenencia, echa en la memoria la fascinación, alegrías, frustraciones y anhelos vinculados al sitio que le tocó vivir, pero en el fondo nos traviesa la condición múltiple de llevar en las alforjas esa transhumancia de quienes vinieron antes.
    Mi padre es el ejemplo más próximo que tengo al respecto. Llegó a Venezuela embadurnado de juventud y ahí labró sus días como extranjero que de a poco fue ganándose un lugar en la geografía que le sirvió de asiento. Hizo amigos, apreció y se sintió apreciado en aquel presente no exento de incertidumbres y erigió un futuro con las manos. Formó una familia, trabajó, soñó, murió años después en la Upata que se le incrustó como una estaca de vida en pleno corazón. Jamás hubo en él partición alguna en cuanto a su espacio existencial: era un francés venezolano y un venezolano francés. Así, sin más contradicciones, sin otros efectos mutuamente excluyentes.
    Nunca imaginé que me tocaría ir tras sus pasos. Mientras estuve en Venezuela juraba alejarme de ella sólo por períodos muy cortos. Unas vacaciones, un viaje debido a razones académicas, cierto traslado por motivos diversos pero con el punto de fuga anclado en mi zona de confort, no otra que esa donde coseché familia, amigos, sudores, proyectos, en fin, el día a día como invención y experiencia constitutiva.
    Pero ya sabes, el mundo es como es así que llegó el momento de partir. Lo que no sorprende a nadie ya: el país como espejo hecho pedazos; los hijos, que merecen un futuro cuya concreción estás cuando menos obligado a despejar; tú mismo, porque vivir supone esforzarte, quebrarte el lomo aquí o allá, darte de bruces con los fantasmas que te persiguen e intentar domarlos en función del horizonte que te habías metido entre ceja y ceja. De tal manera que irrumpe de pronto, como aguacero en el trópico, la palabra exilio. Uno autoimpuesto, abrazado a tu respiración, a cada minuto de tus días.
    Llevo más de tres años en Quito, ciudad que a decir verdad me atrapó a primera vista. Debo aclarar que soy un hombre con suerte, he escrito en otra parte que mi estadía en la Mérida venezolana durante mis años universitarios hizo lo suyo: al llegar aquí noté un no sé qué, cierta familiaridad que me arrojó otra vez a aquellos tiempos idos. Me los devolvió cubiertos de nostalgias, lo que supuso el primer paso de un encuentro menos duro con la nueva realidad. Después, tengo la impresión de que sucedió a la inversa: por razones que ignoro le caí bien a esta ciudad cargada de tanto por reconocer, de interrogantes y de frío y bueno, hay que celebrar que nos llevamos de puta madre hasta el presente.
    Decía arriba que jamás pasó por mis circunvoluciones cerebrales moverme de Venezuela, instalarme en otras latitudes. Eso que llaman venezolanidad, cosa que ignoro desde el intelecto pero que soy capaz de percibir, de asimilar con los poros, la adrenalina, el subconsciente o como diablos se diga, estuvo arraigada en mí hasta la médula. Emigrar era un verbo carente del cemento necesario para atarme siquiera a una posibilidad. Pero aquí estoy, hecho caldo de cultivo, magma con fondo de Ciudad Guayana, de Upata, de los Llanos o de Mérida entremezclado con una tierra extraña que también ahora conforma al hombre que voy siendo. Entonces recuerdo a mi padre y sonrío, lo comprendo mejor, lo conozco más que ayer, sé qué le cruzaba el alma al recordar historias de su infancia, lugares cotidianos de su juventud, la vida como abanico de momentos aceptados, incorporados, novedosos en función de realidades que llegan, que abarcan y asfixian y oxigenan luego, por fin hechas suyas sin que se contradigan o repelen. También soy un inmigrante en la ciudad de Quito, amalgama entre el país que traigo en las espaldas y éste que me recibe y me deja ser y me permite. Toda una experiencia que jamás busqué. Todo un entramado que enriquece.

1/08/2020

La punta de la nariz para los lentes


    De niño me causaba gracia la costumbre de ciertos señores: llevar lentes sobre la punta, a un milímetro de ese abismo que aparece enfrente cuando casi se acaba la nariz. Si me lo pidieras no podría explicar las causas, pero sí te puedo asegurar que semejante escena era tan risible como cualquiera de Chaplin protagonizando sus entuertos. Los anteojos en la punta de cualquier nariz colaban la idea de trozo de acetato en plena proyección, es decir, pedazo de cine metido en la vida real, en tu rutina cotidiana.
    Hoy, ya pasadas las lunas de rigor, instalada la presbicia como vieja desdentada para nublarte los ojos, llevo el estuche con mis lentes en el bolsillo de más de una camisa. Me gusta leer artículos, novelas, ensayos y textos de mil pelajes que se publican en las redes. Gozo al hacerlo, soy un hedonista en eso de buscar libros, probarlos, degustarlos como a un vino viejo, sorbo a sorbo -o trozo a trozo, ve tú a saber qué palabra utilizar aquí- de modo que no pierdo el chance de lanzarme de cabeza sobre algún café que aparezca en el camino cuando menos dos veces por semana. En tales paraísos enciendo la pipa, pido un macchiato, me enredo entre páginas escritas, veo pasar la vida alrededor.
    Y entonces los lentes. Mis gafas, especie de duendes que obran el milagro de dejarte coger letras y palabras por los cuernos hasta hacerlas otra vez visibles, mágicamente apreciables a través de los cristales ubicados sobre la punta lejana de tu respingada nariz. Horror, claro. El niño que fui me mira de reojo y le crujen las mandíbulas, ríe como hiena frente a mí. Yo encojo los hombros,  con indiferencia frunzo el ceño, sigo en mis trece, continúo haciendo lo que hago.
    Quién lo iba a decir. Mencioné antes que me gusta ver pasar la vida alrededor, de vez en cuando alzar la vista del libro que devoro en este café sobrado de transeúntes y para ello mis anteojos son cómplices perfectos: en la punta de la nariz hacen de la historia libresca que sostengo entre manos un plasma de cien pulgadas en tecnicolor. Para remate,  como si lo anterior fuese poco, cada tanto permiten un chapuzón en las aguas del contexto. Unos lentes ahí, justo por estar en la mera punta del órgano nasal posibilitan tal hazaña: leer lo que tienes a  treinta centímetros del rostro y si te da la gana, apenas con levantar los ojos por encima de los vidrios, definir con claridad a la dama que camina al otro lado de la calle.
    El niño que fui no deja de observarme. Pegado a la mesa, con pantalones cortos y franela de Brasil en el mundial ochenta y dos el muy cabrón sonríe mientras lo pícaro se le sale por los poros. Soy Charles Chaplin en mitad de sus enredos, soy uno de Los Tres Chiflados sentado en esta silla de café, soy Cantinflas en la escena que prefieras. Tengo doce años, me río de mí, hoy tan cómico, tan patéticamente domeñado, tan señor mayor con estos lentes de pasta verde en plena punta de una nariz que nunca jamás iba a saber de ellos. Entonces le devuelvo la mirada, el hombre que voy siendo fija los ojos en el muchacho que ríe ahora con más ganas y con las pupilas convertidas en puñal lo increpo, indago, pregunto qué ha sido de él, por qué ha vuelto de pronto, qué razones existieron para haberse largado del modo en que lo hizo.
    Como no hay respuestas -sólo carcajadas de lo más hirientes- me hago de la vista gorda. Regreso mi interés a “Lo que fue presente”, diario de Héctor Abad Faciolince para notar de inmediato que el título es mucho más que un título. En la página ciento veintidós leo: “Aquí todo lo feo recobra sus derechos porque mira lo hermoso con la frente alta. Y lo hermoso se ríe para hermosear, sin compasión, a lo feo”. Menuda explicación, vaya manera de ponerme frente a mí en este café de una ciudad que ahora es hogar, exilio, ruta que apunta a nuevas perspectivas. Quién lo hubiera imaginado.

12/14/2019

Un clásico

Rod Stewart - Have yourself a merry little Christmas
Me gusta diciembre, un mes lleno de reconciliación, recuerdos, renovaciones... Feliz Navidad!

12/13/2019

Ella fuma en el café


    La mesa de un café es trinchera y atalaya, es el lugar cuyo punto de fuga supone eso que me dedico a cultivar mientras enciendo un tabaco, pido agua mineral y dispongo taza humeante y libro listos para la batalla.
    Nada como leer en estos sitios que considero divanes, camillas para la contemplación en pleno bullicio cotidiano. La mesa de un café suscribe el raro hecho de albergarme en sus entrañas y producir cierto efecto que de otras maneras cuesta mucho más hallar: siento paz en medio de la calle, olvido tensiones y otras piedras en zapatos, escribo con placer redoblado, leo  -devoro- páginas y páginas como si estuviera en casa y de cuando en cuando alzo la vista para ver pasar la vida alrededor.
    En esas estaba la otra tarde cuando noté que venía cerca. Falda corta, blusa muy ceñida al cuerpo, medias negras, zapatillas altas. Todo un clásico, pensé de inmediato. Marqué con el dedo índice la página setenta y tres del libro de Chocrón que encontré hace poco en una librería de viejo y continué observando. Cuarenta y tantos, susurré en voz baja, a lo mejor ejecutiva en una empresa de las inmediaciones, poco maquillaje, bolso pequeño -a juego con la minifalda-, cabello recogido. Me llamó la atención, para qué voy a negarlo, semejante andar, semejante paso de pantera, y lo que es peor,  el sólido tum-tum de sus caderas que en el arrebato pasaron a dos metros de mí sacándome la lengua.
    Laura, quizás se llame Laura. Toma asiento dos mesas más allá, deja la cartera sobre una de las tres sillas vacías luego de haber sacado un cigarrillo, cruza una pierna, vuelve otra vez al bolso, hurga, coge un encendedor, cierra. La mesa en la que estoy hace las veces de platea y mi asiento se transforma en butaca de un cine cualquiera. Entonces me acomodo, doy una chupada al Partagás que había olvidado sobre el cenicero y ahí está de nuevo, Laura con el rostro semiiluminado mientras enciende el cigarrillo, mientras baja la pierna y sobre ella cruza la otra, mientras el humo crea una nube azul que combina con los flecos blancos de su blusa.
    Tiene unas piernas que para qué te cuento y para más señas tiene unas tetas de infarto. Al cruzarlas deja ver la piel sin marcas, lisa como espejo que destella gracias a la luz del sol que  acaricia sin obstáculos. Rodillas, muslos, y más allá el ámbito oculto que puedo imaginar sin demasiadas complicaciones: bikini diminuto -también negro-, sedas, encajes, transparencias.
    En mi butaca contemplo el paisaje y nada, parece que no pasa nada en esta puesta en escena que ocurre sin razones ni por qués, echada en brazos de la casualidad. Laura fuma, no como Sharon Stone en aquella imagen memorable de Bajos instintos sino como Laura, como ella, nada más que ella aquí y ahora en este café saturado  de erotismo. El aire es una baba, la temperatura una masa pegajosa, el atardecer especie de quietud con gemidos y jadeos inocultables. Cambia de posición, se acomoda sobre el asiento, su falda empequeñece debido a tales contorsiones. El nylon repite su brillo por un golpe certero de luz y casi puedo ver el fin de las medias rematadas en ligas con bordados y arabescos.
    Pide un café o un jugo o qué sé yo y espera. Espera como si fuese el personaje de Beckett soñando con Godot. Fuma, goza en el acto de fumar, aprieta con los labios el filtro de su cigarrillo que a estas alturas es una colilla casi fláccida empapada de rouge. Respira hondo mientras continúa su espera. Vuelve a la carga, lo acerca con lentitud, lo lleva otra vez a los labios y en una chupada larga y lenta da la impresión de engullir el mundo por completo. Una explosión, toda la carga acumulada revienta sostenida por su mano izquierda en la boca, en los labios, en la cara a borbotones, a humaradas, a interminable fuego lento. Fuma, y el humo continúa bañándola de nubes, cubriéndola en torrentes.
    Termina su taza y deja unas monedas al lado. Se limpia con la servilleta, elimina restos de café sobre la comisura de los labios. Ya no cruza las piernas y en fracciones de segundo se arregla la falda, la estira de modo que atraviese esa frontera de la mitad de los muslos hacia abajo. Toma el labial de la cartera, se retoca.
    Entonces se levanta, camina despacio, pasa por mi lado y me observa de reojo como quien mira a un bicho raro. Continúa su caminata mientras al fondo, en la pantalla, puedo leer: The End.

11/29/2019

La ceniza del cigarro


    Hay cosas que aún después de acabarse expresan mucho. La ceniza del cigarro es una de ellas, en principio porque toda ceniza lleva adentro cierta presencia evocadora capaz de sugerir, de guiñarte un ojo, de decir a su real gana mil y un asuntos pues carga en las espaldas todo de cuanto ha sido testigo.
    Me pongo a contemplar un cigarro reducido a la mitad. Reposa al borde de un pequeño recipiente que está sobre la mesa, adosado a una columna de ceniza que no se desprendió. Ahí se muestra semidesnudo algún pedazo de historia, cabe en ella la punta de un témpano en cuyas profundidades júralo que palpitó la vida, reverberaron los sueños, se agitaron esperanzas. La ceniza de un cigarro, como libro abierto, da cuenta de ese espacio lleno de sístoles y diástoles que existió a su antojo mientras no ardió el fósforo que acabó con todo.
    ¿Qué carga en la memoria el cadáver de un Marlboro? ¿De qué será testigo ese Gitane consumado? ¿Qué puede contarte un L&M hecho añicos? El cigarrillo luego de almorzar, el cigarrillo para coronar orgasmos memorables, el cigarrillo a lo Bogart mientras Sam Spade charla muy muy de cerca con Ruth Wonderly, el cigarrillo que fumó Sharon Stone cruzando esas piernazas en Bajos instintos, el último cigarrillo que Julio Cortázar se llevó a los labios cuando escribía Rayuela, el cigarrillo como personaje en Sólo para fumadores -obra maestra de Ramón Ribeyro-, el cigarrillo en aquella foto de Albert Camus, el cigarrillo compañía de un escritor junto al sonido de las teclas, el cigarrillo que enciendes echándote en brazos del simple placer, el cigarrillo y el café en una canción del grupo Guaco, el cigarrillo que cuelga de los labios del soldado viendo llover bombas tirado en su trinchera, el cigarrillo lleno aún de rojo carmesí aplastado contra el cenicero, el cigarrillo que ansías para soportar mejor la espera. Entonces observo la ceniza de lo que parece un Lucky Strike desvencijado y digo hay que ver, imagina un poco la de cuentos, la de chismes, la de escenas normalitas o no, reprochables o no, eróticas o no, y supón que por un mínimo instante puedes entrever lo que hubo antes, la carga de memoria y de sentido que guarda en las entrañas ese cúmulo de nada y todo que implica la ceniza de un Camel. Lo que soy yo, respeto y reverencio tantas colillas arrojadas al suelo, tantas echadas a los contenedores cuyos secretos propiciarían escándalos sin parangón, historias de porno para arriba, sádico voyeurismo que en algún momento ha tocado la existencia sin importar horas ni lugares.
    En el cuerpo semicalcinado de un cigarro las cenizas guardan el alcohol de mareos y borracheras. Por eso digo que me da por preguntarles, mirarlos de frente, increparlos hasta acariciar respuestas para enigmas insondables. Dime tú si no: entras a esa habitación, contemplas sábanas, mesa de noche, cortinaje, respiras el aire de un hotel que no está mal y ahí, resquebrajando la asepsia que te envuelve, descubres el pequeño cenicero, el cigarrillo truncado a medio fumar. Entonces, un poco más allá, ves otro con rouge intenso sobre el filtro. Luego piensas: menudo perfomance, qué batalla campal en el king size. Después guardas las maletas, te echas sobre la cama, cierras los ojos, duermes. Y al amanecer el día transcurre como si nada.

11/21/2019

Cortázar en gotas, Thomas Mann, ungüento



       Josefo Pérez Papadopoulos, amigo y colega de la universidad, es un apasionado de la antropología. Por serlo, anda averiguando ciertas relaciones entre la medicina tradicional y la indígena, lo cual hoy por hoy hace de él un experto en tales lides. Si tienes un mal que te impide vivir como deseas, mi amigo tendrá al pelo sugerencias prácticas, ancestrales por decir lo menos, que acabarán con el problema. Créeme que saldrás renovado, lleno de energías repotenciadas, como liebre saltarina lista para continuar en este valle de lágrimas.
    Cada vez que podemos compartimos charla entremezclada con café, y también créeme que de sólo atender a cuanto manifiesta he experimentado mejoría en todo nivel. Soy más perspicaz, menos enfermizo, mucho más apto para la felicidad, cuestión directamente proporcional al objetivo que, en el fondo, siempre perseguí en el plano del vivir.
    Pues nada, que un descreído como yo terminó por introducir en primer lugar los pies, luego las piernas y por último el cuerpo todo en las aguas sanadoras que hasta hace meses tenía puta idea de que existieran. Dime tú si no: de lo humano descubrí que poco me es ajeno, corroborado de pe a pa en función de la experiencia que me engulle.
    La experiencia que me engulle, claro, ha desplegado sus alas, va siendo una que jamás supuse para mí. Entonces eureka, de a ratos desato las amarras y aquí voy, cogiendo impulso gracias a extrañas brazadas, a inconcebibles movimientos, a trampolines que fabrico a punta de uñas, dientes, manotazos y sinuosidades de todos los pelajes. Hoy en día he creado un sistema propio, una terapia individual sustentada en búsquedas no sé si valoradas por otros en el pasado, por ti o por aquél en el afán de hacerle morisquetas a la adversidad.
    Me explico: la literatura también hace de las suyas, más allá del arte y por encima de metáforas, estilos o estéticas de cualquier índole, de modo que ya no voy al médico ni tomo aspirinas o antibióticos como solía hacerlo tiempo atrás. Me explico aún más: puedo decir que he dado en el clavo a propósito del hecho literario, que descubrí, pongo por caso, que para malestares respiratorios Thomas Mann es especial. “La montaña mágica” funciona no sólo como expectorante sino que hace las veces de caldo puesto a punto para inhalaciones. Despeja, afloja el pecho, descongestiona, limpia a fondo los pulmones. Cógela y lee, haz el intento, practícalo y después me cuentas.
    Para dolores musculares los cuentos de Fernando Iwasaki. Para la obesidad, “Un artista del hambre”, del gran Kafka. Si lo tuyo son jaquecas o migrañas el remedio es “Cefalea”, que Cortázar escribió quizás para exorcizar tamaños malestares. Hago aquí un inciso y, ahora que lo pienso, buena parte del misterio de la creación, de las novelas, cuentos o poemas, sé que está más que vinculada con indagaciones para nada relativas a lo estrictamente literario. Ja, quién lo hubiera dicho, es que quién lo hubiera sospechado.
    Cuando hay pérdida del apetito hallé luego de mucho escudriñar la solución: seis páginas diarias -no más, para evitar indigestión- de “La gente feliz lee y toma café”, cuya autora es Agnés Martin-Lugard, y si hay complicaciones artríticas las novelas de Heinrich Böll o los libros de Iván Égüez resultan una maravilla -el por qué de esta dupla no me lo preguntes. Ignoro razones específicas-. Hasta aquí y únicamente por ahora los descubrimientos, mis encontronazos terapéuticos con letras, párrafos, capítulos cuyos recovecos sanitarios he probado una y mil veces. Sé que no son bastantes pero ten por seguro que su cortedad no supone falencias en cuanto al hecho que nos interesa: mandar al cuerno los males referidos. Mientras, trabajo, indago, continúo en mis trece. Ya verá Papadopoulos cómo le planto este hallazgo diferente. Por lo pronto aquí lo dejo para ustedes.

11/14/2019

Mi amigo y yo


    La amistad tiene sus cosas raras. Hay gente a la que frecuento a diario y dista de ser cofrade, y están los que veo poco, incluso demasiado poco, pero son amigos entrañables.
    Tampoco es que haya muchos. Un tipo con tantas amistades como estrellas en el cielo confieso que me pone los pelos de punta: o es un mentecato o un vulgar estafador, y de semejantes personajes aprendí a cuidarme desde hace bastante. En fin, que un amigo viene siendo aquello que lleva en las alforjas eso que también tú portas en las tuyas, porque ambos saben que cuando se cuecen las habas se erigen asimismo los afectos, y las habas se cuecen a fuego lento entre actos cómplices, fidelidades e intereses más o menos comunes a propósito de lo labrado. Lo labrado, aquí, implica brazos abiertos, manos estrechadas, señas, comprensiones mutuas, patadas en la ingle a tiempos y lugares.
    Tengo amigos que no veo desde hace una punta de años. La última vez que estuvimos juntos, libando unas cervezas y dándole a la lengua como si conversar fuera la actividad que más nos humaniza, fue tan fluido y simple que nos parecía que a la mañana siguiente todos coincidiríamos en la oficina, como si viviéramos en esta ciudad y fuésemos alegres compañeros de trabajo. Por mucho tiempo que transcurra, por bastante geografía que se atraviese en medio, cuando nos encontramos las cosas discurren tocadas por aguas jabonosas y apenas sentimos que ese señor llamado cronos ha pasado, que ha lanzado sus escupitajos sobre nosotros, y entonces seguimos la charla, destrozamos temas, acuchillamos razones, obviamos excusas y vacíos, dándole luz verde a aquella discusión suspendida al amanecer de un pasado añoso porque se iba haciendo hora de largarse al aeropuerto.
    Para mis amigos -y clarines que para mí también- un viernes, pongo por caso, es día del almanaque al que llegamos y un abrazo, cubitos de hielo, whisky clink clink, brindo por ti, por tus hijos, ¿cómo ha estado tu madre?, y ese encuentro, repito, es la extensión de uno anterior ocurrido dos, tres, cinco años atrás pero qué diablos importa porque el gran secreto es que somos jodidamente amigos, jodidamente entrañables, y el secreto viene aparejado con la llave maestra que abre los candados y te arroja al fondo del aquí, todo a punto en el ahora que es ese viernes cualquiera de dos mil ocho, dos mil dieciséis, diecisiete o diecinueve.
    Creo que en el fondo la amistad lleva consigo una sensación de pertenencia -más bien una seguridad- que al ser compartida tiende puentes de acero inoxidable. La amistad deviene así en punto en común muy duro de fraguar. En estos días leía algo de Borges y me enteré de que en cierta ocasión se le ocurrió afirmar que la amistad no requiere de frecuencia, a diferencia del amor entre parejas que la exige so pena de que el asunto acabe con las patas para arriba. Por eso a Bioy Casares, su amigo del alma, se le olvidó participarle de su boda. Yo lo entiendo, claro, y me atrevo a decir más: si un amigo es un amigo, verlo todos los días carece de importancia. Mi amigo lo es  por la razón compleja de que atamos cabos por debajo de la mesa, al punto de que tal cuestión permite obsequiarle un manotazo al mapa y echar los relojes a los siete mares.
    Mis amigos lo saben, firman y confirman al pelo lo anterior,  así que palabras como las que llevo escritas han calado en sus certezas. Lo otro -coincidir a cada rato, coger el teléfono para charlar a diario- resulta el acto políticamente correcto que, estoy seguro, terminamos detestando. Celebro que en mi caso no sea así. Ni en el de ellos.

10/24/2019

La verdadera realidad


    Siendo niño me convencí de que el mundo está mal hecho. En el colegio las monjas explicaban cómo el mismo Dios se había entregado a la tarea de materializar el universo pero yo, abatido, fruncía el ceño en mi pupitre mientras restaba crédito a semejante historia, no por su condición divina sino por tanto resultado chapucero. Dios, mi Dios, nunca habría firmado obra parecida.
    Entonces, como vivía absorto por los dibujos animados, terminé persuadido de una verdad a rajatabla: ahí yace la perfección total, esa es la realidad digna de los dioses, una tan lejos de este valle de lágrimas que olvídate, somos apenas un deseo, anhelo utópico flotando en líquidos oníricos. Tristes sombras de ve tú a saber qué proyectos abortados.
    En el santoral de mis comiquitas Tom y Jerry ocupó lugar preponderante, y no es para menos. Como en la vida misma, lo bueno y lo malo, lo apetecible y lo aborrecible, etcétera, etcétera, etcétera, hacen de las suyas mientras luchan a brazo partido por llegar triunfantes a la meta. El combate a dentelladas para imponer cuanto creemos, eso que a la postre originó lo que Darwin llamaba victoria de los más aptos -con la diferencia aquí de que los más aptos podían ser los menos, los débiles, los vulnerables, seres a quienes la biología habría barrido de un plumazo- erige como foco ciertas aventuras de un gato y un ratón, con la particularidad de que éstos envían al mismo infierno tanta cotidianidad, tanta cosa predecible de este lado del televisor. Marcan una realidad distinta, permiten suponer un mundo en cuyas leyes tiene cabida el disparate, la sinrazón, la lógica asentada sobre otra forma de contemplarnos ante los espejos. Y ahí aparecía yo, me sentía cómodo entre esos personajes, mi fe en lo que se dejaba ver en la pantalla cobraba carnadura, seguridad a prueba de cañones y entonces no, podía jurar que no vivíamos en el mejor de los mundos posibles -te pelaste de cabo a rabo, Gottfried Wilhelm Leibniz- sino todo lo contrario.
    Las comiquitas eran tan reales como la mesa o la licuadora, tan verdaderas como el lápiz o el maletín de la maestra. Para mí eran la realidad viva y coleando, y lo eran porque llevaban sobre las espaldas el universo que aprendí a meterme entre ceja y ceja. Por eso nunca me intrigó lo que a muchos marcaba frontera con esto que somos: desde su cueva Jerry estiraba el brazo cuarenta o cincuenta metros y al mover con sigilo una mano, tomaba el queso que Tom guardaba a un palmo de su cama. Y Tom, al abrir un ojo y percatarse del robo en pleno desarrollo, alargaba los dedos de una pata, los extendía hasta la cocina, abría con ellos el gabinete, reptaba en su interior y cogía el martillo de aplastar la carne para estrellarlo en las sienes del ladrón. Asunto resuelto, no más problemas por ahora. Al ratoncito le lloverían otras oportunidades para ganar y desquitarse.
    El mundo de El lagarto Juancho, Las Urracas parlanchinas, Mazinger Z o El conejo de la suerte fue uno que sustituyó con creces las verdades truculentas de esa masa gelatinosa, incomprensible, poco agraciada, injusta las más de las veces, en que se había convertido el día a día. Una clase de historia, los ejercicios de matemáticas, delirios como algunas explicaciones sobre el origen del sol o los volcanes y, para remate, fantasías tipo oración yuxtapuesta copulativa, sujeto, predicado, complemento circunstancial y otros chasquidos de la lengua sí que suponían embustes colosales. ¿Qué era en verdad creíble, real, aceptable, el fototropismo negativo de las raíces de los árboles o la voz astuta del zorro Brillantín en Las fábulas del bosque verde? Piensa un poco, adivina. ¿Acaso la realidad invisible de inaguantables restas y divisiones de quebrados, la multiplicación de polinomios, o más bien el vuelo de una nave, entre cometas y asteroides por toda la Vía Láctea, transportando al Capitán Futuro? Sumo y sigo: ¿el concepto de patria, la noción de ciudadano, los deberes y derechos en la Constitución o las fabulosas peripecias del gallo Claudio? Elige tú.
    Lo que soy yo, tomé partido desde pequeñín. Aún en estos días me pregunto por el buen Jerry y sus avatares, recuerdo a Porkys y su tartamudez, vislumbro en el pasado a la tortuga D’artagnan, colgada de una liana, en mil fragores blandiendo su espada nada menos que en combate con un rayo. Esa era, con toda razón, la realidad. Y es que no podía ser de otra manera. Dime tú si no.

10/18/2019

El arte de subrayar los libros


    Voy al café de costumbre: un libro entre las manos, tabaco, macchiato, agua mineral. “Lección pasada de moda”, de Javier Marías, página ciento dieciséis. Entonces comienzo a leer, me atrapan los tentáculos que un buen libro utiliza para enganchar a su presa.
    Y los síntomas van apareciendo. Son sensaciones que disparan sin perdón a quemarropa, pues la magia de la historia ingerida por los ojos no da tregua, y al no darla quiero retenerla, de algún modo obligarla a permanecer conmigo, a la vista, dispuesta siempre a brincarme en los brazos tan pronto haya cerrado el libro y vuelva luego a él con ánimo de perderme en sus entrañas. Leo, operan los mecanismos del simple seducir, entro de golpe en ese estado cuya analogía exacta es la levitación.
    Ya no puedo, ni quiero, evitar el asunto. Cojo el bolígrafo y subrayo. Subrayo lo que me patea, todo aquello escrito con la fuerza para estremecer desde la frase, desde las imágenes, desde el lenguaje, desde las ideas. Resalto, hago anotaciones al margen, también convierto esa hoja impresa en block de notas, consecuencia inevitable de la fascinación. Leer supone entre otras cosas incrementar cuanto me gusta, marcar esto que hallo en los intersticios de un párrafo o en las meras tripas de un decir que no tiene vuelta atrás: hay, repito, que subrayarlo, hay que insuflarle neón a tope, hay que preservarlo en las alturas.
    No te imaginas las mil escenas que he protagonizado gracias a rasguñar folios aquí o allá, porque me da la gana. La gente, tan circunspecta donde se encuentre haciendo de las suyas -quizá en la mesa contigua devorándose un yogurt, engullendo feliz la torta de manzana o dándole a la lengua mientras acaba el helado-, más de una vez me mira como a bicho raro, entomólogo frente al microscopio, y en ocasiones se aproxima sin perder ápice de circunspección para atreverse a gruñir: “¿Sabe qué?, los libros no se rayan, los libros no se maltratan, es que los libros, señor, no se destruyen”.
    Menuda confesión y vaya manera de ponerla en práctica. Como si echarte en brazos de lo que lees, con pasión cultivada desde la niñez, fuese un acto equivalente a monstruosidad sin par, es decir, perfecto crimen de lesa bibliofilia. Frente a tamaña intromisión opto -con circunspección idéntica a la de esta artillera de café- por mandarla al mismo infierno y cerrar de una buena vez el capítulo en cuestión, pero antes de que la potencia se transforme en acto me muerdo la lengua y nada más me limito a sonreír, a dar las gracias, a desear suerte y continuar pegado al buen Marías.
    Tengo para mí que enredarme con un libro implica un toma y dame que pasa por el diálogo, el dime y también te digo, la captura al vuelo de ciertos guiños mutuos y, sin duda, la lúdica experiencia de llevarles la contraria o sucumbir frente a sus argumentos. Para eso es necesario lápiz, bolígrafo, resaltador o cualquier instrumento capaz de dejar huella sobre el texto que leo y que me reta. Subrayar se transforma en diana, punto de fuga de una relación que entre ese objeto y yo hemos labrado a pulso y subrayar, lo digo sin remordimientos, es la mejor forma de ponerme los guantes y recibir mi buena tunda, no sin antes lanzar ganchos, rectos, ramalazos a la cabeza o al hígado y, en fin, intercambiar los golpes necesarios.
    Hay quienes tienen libros, bibliotecas enteras, volúmenes exquisitos cuyos lomos cuchis lucen de lo lindo frente a las cortinas de la sala. Combinan que te cagas. A mí que me registren, pero un libro sin rasguños, sin cicatrices que evidencien su paso por la vida termina siendo algo así como la imagen casta de un puritanismo ajeno a las hormonas, a los líquidos sexuales o al juego de caricias que llevará por fin a la entrega y al orgasmo.
    Desde la mesa del café practico, porque me sale de los cojones, el hecho de subrayar mis ejemplares. De tapa blanda o dura, de bolsillo o de la colección fulana por la que te sacan una buena pasta, subrayar es demostrar cariño, amor mondo y lirondo, interés por cuanto cabe esperar de una charla entre nosotros. Lo demás es monserga y fruslería que para qué te cuento. Y punto, y se acabó.  

10/13/2019

Salir, irse, emigrar


    Emigrar supone mudar el cuerpo pero también el alma. Irse, cuando lo que tenías como horizonte era permanecer en tu lugar de origen, lleva en las entrañas una realidad que no es fácil describir, sobre todo porque irse equivale al destierro que te fractura por lo menos en dos: un pedazo se queda en la tierra donde naciste y otro lleva la mochila a cuestas por esos mundos de Dios.   
    En cuanto a mí, he sido afortunado. Salí con trabajo, con un norte más o menos visible allá a lo lejos. Obtuve una plaza como profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y desde mi llegada sólo encontré muestras de afecto, de amistad, de respeto por el quehacer intelectual, de profundo y consolador espacio para llegar, para intentar crear, para estar.
    En mis tres años en Quito, ciudad que va siendo parte de mis querencias más profundas, he hallado a muchos con menos suerte pero con agallas infinitas si lo que resta es plantarle cara al presente, al futuro. Después de todo, lo urgente pasa por darle un manotazo a la ignominia, eso que Maduro y su corporación del crimen instalaron a lo largo y ancho de un país, lo cual exige tomar el morral, echar ahí lo poco que puedas remolcar en la huida, y lanzarte a la aventura como Quijote lanza en ristre para desfacer entuertos.
    Los he visto llegar apenas con lo que llevan puesto. Los he visto ofrecer en las aceras caramelos por algunos centavos y los he visto agradecer con sinceridad a prueba de fuego la ayuda que viene -a veces tarde, a menudo insuficiente- de otros capaces de encontrar enfrente el reflejo de sí mismos. En el fondo albergamos cierto sedimento que nos aproxima, humanidad que danza codo a codo en Quito, Buenos Aires,Tegucigalpa, Lima o Madrid.
    Me alegra saber que desde aquí, a pesar de los pesares y más allá de incomprensiones bullendo a la vuelta de la esquina, gente hecha de madera única ha dado un golpe sobre la mesa. En Quito, nada más que por mencionar un par de ejemplos, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) llevan adelante planes de ayuda que trascienden paños de agua tibia. La labor desplegada con uñas, corazón y dientes, dice mucho acerca de la realidad que atravesamos: frente a la indiferencia o señalamientos vanos, digamos, por el lugar de procedencia, cabe el trabajo apostólico, la entrega desinteresada de tantos, de muchísimos cuyo punto de fuga es echar una mano, curar, salvar vidas, ofrecer un lugar amplio para que no mueran anhelos e ilusiones. Lo digo con conocimiento de causa: desde la Universidad  he tenido la magnífica oportunidad de acercarme, de participar en el proyecto PUCE-Solidaria y me faltan palabras para agradecer la buena voluntad, el espíritu de hermanos puesto a la orden mediante su Dirección de Identidad y Misión, a la que estoy adscrito. En fin, que la mano amiga y el abrazo sanador viven día a día, sin desfallecer.
    Emigrar es una experiencia que implica cierta esquizofrenia, partición de cuerpo y alma que, como creo haber insinuado al comienzo, desgaja vidas enteras. Me refiero a la migración no sustentada en un proyecto de futuro. Me refiero por supuesto al hecho de salir como sinónimo de escape, de único y urgente modo de salvación cuando en tu tierra eres preso de conciencia, un convicto por tus ideas, por tu pobreza material o por tu falta de oportunidades. Exiliado aún sin haber echado a andar más allá de las fronteras.
    Siento profundo respeto por quienes decidieron quedarse. Gente que resiste, que lucha con fiereza y estoicismo contra los zarpazos del poder omnímodo. Y siento asimismo admiración por quienes forman la diáspora, en su mayoría esparcidos por este planeta sin más andamios para caminar erguidos que la voluntad y la esperanza. Sé que esta verdad terminará por hacer del sufrimiento la escuela del renacimiento. Nada ni nadie me saca de la cabeza una convicción plena: la concreción de un ideal de libertad, la vuelta a sus orígenes de una familia desmembrada -Venezuela- cuya tragedia jamás debió ocurrir.