9/17/2010

Camila y yo

Hace cinco años, cuando cumplió dos, quise expresar la maravilla de su compañía. Cogí papel y lápiz e intenté no traicionar lo que sentía, es decir, no dejar de lado el hecho cierto de rasguñarme el corazón para dibujarla con palabras.
Ahora cumple siete y mis ganas atraviesan un sendero parecido: mirarme al espejo y encontrarla, echar la vista atrás y darme cuenta de lo que ha sido mi vida con ella, desde ella, gracias a ella. Lo primero que vislumbro es una paradoja. El magnífico instante (eso es la vida, un instante, una fugacidad) en que empezó a darme lecciones, cuando siempre, porque tal es la lógica que nos enseñaron, tenía por hecho dado que el asunto era al revés. Ese instante se estiró como el hule, llega al hoy, se expande fabuloso.
Soy más tolerante, no porque sea más bondadoso sino por una razón más compleja, porque puedo verme en ella, me enseñó a verme en ella, y a ella en mí, y comprendo lo que tanta veces he escuchado, lo que sonaba al oído como frases huecas en boca de farsantes: que es factible reconocerte en otros, que no, que no es retórica ni demagogia, y a ellos puedes percibirlos asimismo en ti. Ya cumple siete años, quiere un pastel, una piñata, quiere estar, me dice a quemarropa papá quiero estar contigo. Es extraño, pero de muchacho casi tenía la convicción de que los hijos eran una etapa de la vida que llegaba o no, que atravesabas o no. Es extraño pero más que eso, tenerlos equivale a comprender de golpe un mecanismo nuevo, un lenguaje nuevo, una vestimenta nueva, un entramado de realidades que te agarra por el cuello y hasta ahí llegaste, compañero, hasta ese horizonte danzaron tus certezas. Entonces aprendes o te hundes, vuelas como el niño que en el fondo quizás no dejaste de ser, o te acabas. Tomas las lecciones que te da ese imberbe o naufragas, y no querrás saber lo que te pierdes.
Desde hace bastante me entregué al toma y daca que implica el juego de preguntas y respuestas. Trabajo en una universidad, pretendo impregnar mis seminarios, por ejemplo, del aroma típico entrañable a la curiosidad. Preguntar, responder, volver a preguntar. Preguntar y preguntarnos, eso es. Nunca, jamás de los jamases barrí el piso como ahora, nadie, podría jurarlo sin temores, sabe acribillarte con las interrogantes justas, con la duda inacabable, con la respuesta inclemente que echa por tierra lo que habías sugerido como explicación hacía un segundo. Un hijo de esa edad te toma por los cuernos, te revuelca a placer, es el filósofo perfecto. Eso he tratado de aprender también, a pensar como ella, deseé lanzarme de cabeza al universo de la infancia, más genuino y más lleno de enigmas, de transparencias, que el mejor mundo novelesco, literario, imaginativo, que por excelencia califica a propósito de mi oficio.
Tengo la impresión de que a medida que crecemos, pues nada, las convenciones terminan por asesinar la promesa que es todo niño. Es contra lo que lucho en gran medida, y casi a sabiendas de que semejante combate a dentelladas tiene pocas garantías de triunfo, me parece que ciertas cosas pueden cambiarse de lugar, mucho de lo que pretendo, sí, quedará en mi pequeña. Es mi norte, mi punto de fuga ahora, darle un manotazo al día a día con la intención de evitar que éste, abrazado con la adultez que poco a poco llega, se salga del todo con la suya.
Mientras, ya no voy siendo el mismo. Porque si llego a fracasar en mi intención, ella, que cumple siete años, venció desde hace mucho. De algún modo me lleva de la mano, adapta mi retina a su mirada, puedo enfocar un poco a su manera, descubro una segunda piel por debajo de las cosas. Ha ganado, ha sido maestra de su padre. Pudo desfreír un huevo.

9/15/2010

Schumann y el vallenato

Un enamorado como pocos, uno que de nuestras geografías anduvo lejos pero no de lo que te obsequia la música parida aquí. Uno que llegó hasta los confines de la locura gracias a la Clara, la Clara Wieck de sus sueños. Uno que extrajo hasta el último filón de esta cantera que llamamos vida: Schumann, Robert Schumann abrazado al huracán que encierra un vallenato, un bolero, una salsa o una guaracha.
No se conocieron, jamás llegaron a toparse cara a cara, se desenvolvieron en tiempos por completo diferentes. Nunca sospechó el compositor que un siglo después otro atormentado en el arte de vivir le seguiría los pasos sin saberlo, ése que un buen día dejó en nosotros su nombre para siempre: Daniel Santos, todo canción y cigarrillo él. Cómo los imagino, sin embargo. Cómo puedo verlos enfrascados en una conversa irrepetible, en una cañandonga como pocas, en un momento digno de ambos: Schumann y Santos, Santos y Schumann, sentados en la barra de un bar, amanecidos, mujeres y jaleo, cornos, charrascas, violines, acordeones, metiéndole cobres a una rocola, escuchando boleros, inventando boleros, saboreando boleros y salud, cerveza tras cerveza.
Mientras sentado en el sofá leo y espero la hora del almuerzo, he escuchado su concierto para piano. Ahí están concentrados, aplastantes, parecidos a un coñazo en la nariz, el amor, la esperanza, la pasión, la entrega a toda costa y más allá de cualquier determinismo, la alegría de quien busca todos los días vivir la más espectacular de las vidas. Ahí está su dulce Clara Wieck, sí, quien se llevó como racimo de flores la música que salió de sus entrañas. Noto en la melodía una intensidad sólo comparable con las que escuchamos de este lado del océano, vallenato por supuesto, bolero por su puesto, ranchera por supuesto… e intuyo que es la locura amorosa (el amor, después de todo, es hasta cierto punto una locura, ¿no?) y la fogosidad incendiaria el puente que hace posible comunicarlas. En este sentido me parece que Schumann y nuestros mejores hacedores (esos músicos que dejan el pellejo en la trompeta, en un tambor haciendo que te baile hasta el alma) en definitiva han amado parecidamente, han expresado su arte bajo estructuras, o matices (qué sé yo de palabrejas técnicas, ni qué carajo me interesan), más o menos conectados.
Dicen que la música es una, y no falta razón a esta sentencia. Más aun cuando un lejano mago de las partituras es capaz de entenderse a la perfección con toda una camada, también mágica, pero del Caribe. Pienso en Schumann ante el piano dándose la bomba en "Adiós compay gato" o acompañando de lo lindo a la Sonora Ponceña en el "Pensándolo bien", pienso en Schumann sudado hasta el espíritu con una descarga de teclado en el “Jala Jala”, pienso en Schumann amanecido, despechado, oloroso a ron venezolano y a Cohíba después de toda una noche con "Juanito alimaña", con Ray Barreto, con Johnny Pacheco, con Pérez Prado, con el Binomio de Oro, con Pastor López... Sí, Schumann y el arma arrojadiza de su infinito talento al compás de unos timbales. Schumann tropical a luz del mediodía en una calle de San Félix, fajándose durísimo con cualquier bendito vallenato.

9/11/2010

Misterios temporales

En estos días, cargados de adrenalina y de vértigo, el tiempo vale más que cualquier cosa. La gente se apura por él y se esclaviza en su nombre hasta el punto, fíjense ustedes tamaña disposición, de vender su alma al mismo diablo si éste ofreciera años de más. Sin embargo existen necios que se toman la molestia de evadirlo tantas veces como oportunidades tengan para hacerlo. Lo cierto es que el tiempo se nos mete en el alma como gusano en la manzana, y a veces pudre y a veces regenera. Lo primero se da cuando pretendemos vivir más allá de su alcance, de sus entrañas, de sus inesquivables tentáculos; lo segundo aparece en los felices casos de aquello que a falta de mejor nombre calificamos como segundas oportunidades: gente que pierde y, al perder, la vida le obsequia un nuevo chance.
Si miramos hacia atrás se muestra en ocasiones carcomido y lleno de telarañas, irreconocible a veces, saturado de ese claroscuro únicamente visible en las pinturas de Rembrandt. Ahí abreva la experiencia -el tiempo, motor de arrastre, sedimento, sapiencia- , fulgor indispensable para que la existencia cobre fisonomía propia. Y ahí también reina la historia, madre absoluta de todos los presentes. Si miramos adelante, entonces por ejemplo aquello que soñamos, aquello que en algún momento hemos podido imaginar (las utopías, incluidas las que existen y las que existirán), caben en los frágiles pétalos de su terrible cuenta regresiva. El tiempo, el implacable, como afirma el poeta en su canción, qué duda cabe, cubre con sus brazos la seguridad del presente y la incertidumbre de lo que vendrá. No en balde para los romanos aquel Saturno, rey de Lacio, fue dotado con el mágico conocimiento de lo que ha sido y de lo que podrá ser.
Esa especie casi en extinción, esas personan que gozan de una calma que parece de ultratumba, esos que viven con el milimétrico cálculo de las cosas por hacer, dicen con justicia que es que no hay otro remedio: al tiempo es preciso darle tiempo. Y algo más o menos parecido me arrojaron en la cara aquella tarde calurosa luego de un ataque de valor: “Dame tiempo, dame tiempo”, dijo la muchacha nada más al escuchar lo que a las claras emanaba el rancio tufo de las declaraciones amorosas. Y ese retazo que pedía, ese que de ningún modo entregué porque era joven, porque era un imberbe y blablablá, otorgó razón (es verdad que el tiempo es oro) a la trillada frase que desde entonces comprendí a cabalidad.
“Allá en el fondo está la muerte”, escribió Julio Cortázar, si recuerdo bien, refiriéndose a un reloj. Quizás por esto los de arena deshojan los días grano a grano, uno tras otro hasta el último, que nos sepulta para siempre. Está bien claro: el señor que mide esa invención llamada tiempo siempre ha tenido la última palabra, y la ha tenido porque también posee la hora final, que se acompaña con una campanada. En nosotros se tiende largo a largo, de Este a Oeste o viceversa, dando la impresión de la más larga línea recta que cada vida pueda sospechar, y contrasta por cierto con esa circularidad pasmosa adoptada en ciertos pueblos donde el regreso, la vuelta, el eterno retorno es una ley, presa, asimismo, de la inexorabilidad que sin perdón nos agobia en el presente.
Hay un tiempo para todo. “Todo tiene su tiempo”, reza la frase bíblica. Qué verdad tan contundente, ejemplo clarísimo de que el tránsito vital es sucesión de hechos yuxtapuestos; hacemos el amor o hacemos el almuerzo, hacemos la paz o hacemos la guerra... Yo, que soy un redomado terco, intento hallar a Cronos en diversas y variadas ocasiones con la sencilla intención de continuar hurgándolo, conociéndolo, sintiéndolo. Aquí nada mejor que la hora cenital, la del almuerzo, cuando una chica hermosa, pero que muy hermosa, habla de él en las noticias de la tele.
Un compañero de camino que se deja ver abrazado a mi muñeca. Un compañero para siempre que bien cabe en la palma de la mano (dicen que en sus líneas se ocultan sus secretos). Si nos abandona, en definitiva, estaremos para siempre muertos.

9/06/2010

El camarero del Dindurra

Me gustan los cafés porque en ellos suelo ver pasar la vida. Tengo algunos que han calado por completo: ahí he sido testigo de mil historias, he confesado y y también fui confidente, y déjenme decirles que a falta de una mesa amplia para trabajar, ésa que sólo encuentras en tu estudio de toda la vida, las de los cafés son el mejor sitio para echar encima tus libros, el fajo de notas, los papeles que escribes poco a poco mientras vas ordenando las ideas y diciendo mira, esta boca es mía.
Ahora escribo en el café Dindurra. A mi izquierda taza humeante, vaso de agua, y en la boca un cumanés, digno ejemplar cuando no tienes el habano a mano. Julio, uno de los camareros, es joven, algo gordo, diligente. Va y viene entre las mesas y si se te ocurre darle aliento, pues se toma el asunto en serio y conversa como si llevara años conociéndote. Vive solo, tiene una hija aún pequeña que está con su madre, lejos, porque ya sabes, cuando me dejó se la llevó con ella. Al decirlo puedo ver la tristeza en su careto, el rictus de nostalgia que se filtra desde adentro.
Es casi Navidad. Le pregunto qué hará en estos días, adónde irá la Nochebuena, y responde que estará en la habitación que alquila, pululando, imaginando cómo la pequeña recibe, desenvuelve y luego juega con la muñeca que piensa comprarle. Una de paquete, hermano, que si la ves te cagas. Una como pocas, nada de regalitos de postín, no, le haré llegar la muñeca, colega, la muñeca.
Lo dice y noto un chorro de alegría corriéndole por los costados. Es suficiente con eso, le basta suponer que su chiquilla va a estar feliz. Ha sufrido, ha mordido el polvo, sabe lo que es estar solo o estar triste, más en fechas cuando a la mayoría le da por aminorar hipocresías o poner bajo cero histerias cotidianas para aumentar artificialmente abrazos, besos, porque la ocasión lo exige y dale que te dale.
Llevo tiempo conociéndolo. Al tomar asiento y desplegar mi material de guerra se acerca con lo acostumbrado: café y agua. Entonces me quedo callado esperando que abra la boca. Sé que quiere parlotear, hablar un poco de su historia, del presente y del futuro, del pasado que lo trajo a esta ciudad. Conversa entre ires y venires, entre órdenes de pizzas o refrescos, entre personajes de todas las raleas, entre seres elevados o hijos de la gran puta incapaces de imaginar qué puede estar pasando el camarero que les pone el yogurt y la galleta enfrente. Conversa entre maromas, de a ratos, educado, cauto, digno, como ya quisieran tantos patiquines que tienes que cruzarte día a día sin excepción.
Casi alcanza para su regalo, me suelta a quemarropa. Un poco más, dos o tres días con propinas y tal, y el envío llegará justo para la noche de Año Nuevo. Cómo se va a reír esa chiquilla, cuenta. Por un momento iba a decir: aquí está, cabroncete, algo para la muñeca porque quiero acciones en esas sonrisas, pero me contuve, es decir, no me atreví. Prometí hacerle un obsequio, un adorno para el cabello o algo parecido. Y así fue.

8/30/2010

Coños

Ciertos textos que escribo, según mi madre, cabrían en cualquier antología de lo vulgar. Es que escribir cosas así, llenas de palabrotas, la verdad es que para ella no tiene mucho sentido. Soy un caso perdido. Cuando las suelto, cuando digo coño o digo mierda, en verdad no hay mejor término para expresar lo que deseo. Decir coño o decir mierda tiene sus implicaciones, no necesariamente estéticas, y tal como van las cosas, hay que ver, ya se imaginará usted el precio de un coño bien afirmado, bien pronunciado, bien sacudido en la cara de tanto miserable que jamás se atrevería con uno de ellos pero anda por ahí, como si nada el condenado, sucio hasta los huevos de indignidad o de vergonzosa ausencia de cojones.
Porque hay que ser decentes, coño. No hablo de decencias canónicas, esas que venden las iglesias o embadurnan a apóstoles o fanáticos de todos los pelajes. Me refiero a quienes abren la puerta al amanecer y salen a ese Coliseo que es la vida, a la batalla de todos los días por hacer del mundo algo más vivible y más soportable, más alegre, sí, más tierno y menos sembrado de cruces, y regresan al anochecer felices o mordiendo el polvo, destrozados o con el alma iluminada, pero siendo ellos mismos, con la frente en alto, demostrando que hay ciertos asuntos, intransferibles y sagrados asuntos que no se pueden mercadear, ni traicionar, ni permitir que los caguen las palomas.
Coño, es eso. Que faltan hombres y mujeres y sobran habitantes en un país que si nos descuidamos se va a ir al carajo. Hombres y mujeres para construir presentes y futuros llenos del material que decidamos meter en tales acepciones. Porque decir presentes y proyectar futuros supone rascarse la cabeza, exclamar un coño que nazca en las tripas y terminar dándose de bruces con el rostro de lo que hemos echado a un lado tantas veces y demasiados años: tomar nuestras riendas, cabrearnos cuando haya que hacerlo, para entonces fabricar una sociedad acorde con lo que soñamos. Coño, coño, coño, nada menos.
A mí, qué quieren que les diga, decencia es una palabra que me gusta y coño, para variar, me encanta. Van de la mano a la hora de enhebrar destinos, siempre y cuando quien lo haga lleve a cuestas el arsenal que cada obra exige, por aquello de la pasión, la constancia, la convicción, la terquedad a prueba de municiones. Hay que ver, coño, hay que ver.

8/01/2010

Enfermedad

No sé si será peor a medida que pase el tiempo, si iremos al abismo como ganado al matadero o algún día pongamos freno. Lo cierto es que uno vive su rutina y en el medio aparecen aromas putrefactos, síntomas de la enfermedad que vive este país.
En estos días me encontré una cartera. Negra, pequeña, de piel, y entonces documento de identidad, Visa y Master, buena cantidad de efectivo. Pasta importante, diría un amigo a quien le excita el tintineo de las monedas.
Ahí, en el café que frecuento para ver pasar la vida, fumar tabaco y leer a pierna suelta sin que nadie se percate de que existo, un letrero daba cuenta del asunto: “Cartera extraviada, cuero negro, no muy grande, cierre dorado. Si la encuentra, por favor notificarlo aquí. Buena gratificación”. Hablé con Marcelo, el viejo dependiente, conversador como nadie, amigo de sus amigos y catador de vinos “porque es lo mejor que se puede beber en este mundo”.
-Viejo, yo tengo esa cartera.
Cogió el teléfono y al terminar dijo que mañana, a tal hora, estaría la dueña por ahí. Era alta, delgada, mayor, una anciana dulce y bien trajeada. Se alegró cuando Marcelo me puso frente a ella. Saludé y le devolví lo que había hallado. Cuando iba a largarme me llamó, noté sorpresa, algo de estupefacción o qué sé yo, “joven, venga, le voy a dar su recompensa”.
Uno sabe que las cosas andan mal, a estas alturas nadie va a decirme cómo se juegan las cartas aquí o allá, pero confieso que me entristeció, algo así como verificar otra vez lo que ya sabemos desde hace mucho: que vamos para atrás, que nada, que para construir un país y para crear futuro es preciso cambiar desde mil flancos diferentes.
-¿Mi recompensa?, señora, por Dios, nada más le doy algo que es suyo.
Es todo. Eso es todo. Debería ser así, me dice el doctor Jeckyll al oído. El hecho de que alguien deba recompensarlo a uno por devolver cualquier cosa, por decir oiga, tome, perdió esto, lo encontré yo y aquí está, huele mal. Si la ética individual supone que una realidad de ese calibre va de lo mejor, peor para quien piense de ese modo y actúe de ese modo. Pero cuando en la ética colectiva merodean concepciones parecidas, implica que el tumor dejó de ser benigno, y habrá que inventar algo o nos lleva el diablo sin que lo notemos.
Que la señora no pudiera creerlo, me espanta. Que no le entrara por ningún costado eso de que su regalo o su recompensa o como quiera llamarlo, está de más, y de que no viene al caso, y de que a cuenta de qué, y de que ya, mujer, deje el asunto de ese tamaño y qué bueno que tiene de regreso sus papeles y su viruta intacta, sinceramente hace que encienda ahora mi tabaco y piense en lo mierdecilla que va siendo el país donde hasta hace poco supuse que podían crecer mis hijos. Viéndolo bien, me dije: hay que ver. Por lo menos escribe para que te descojones. Y eso hago. Cada uno lleva su cruz, su voz, su airecillo de felicidad o no, colega, pero eso de asfixiar la capacidad de asombro y aceptar retorcimientos porque bueno, son los tiempos que vivimos, simplemente es como para mandar todo al carajo. Y no es que uno espere, como Penélope, sentado en un banco del andén, a que San Telmo diga vamos, todo bien, todo bien, cabroncetes, y suene la música y final feliz. No. Hay que transpirar y eso se sabe, y hay que joderse en San Telmo, por supuesto.
Otros tiempos, los que refería mi abuela, me dieron siempre la impresión de lejanía, de pasado cargado de claroscuros y telarañas al escucharla hablar cuando era adolescente. Y ella mencionaba a gente que no conocía, lugares que nunca había pisado, y hablaba de entereza, honradez, coraje, trabajo, esfuerzo, dignidad, cosas así, y me seguía dando la impresión de que semejantes comentarios traían aparejados un dejo de señalamiento, de dedo índice sobre el universo que estábamos fraguando. En fin.
-Señora, gracias, pero no.- Entonces le dí la mano y ella me dio un beso. Salí. Afuera el mundo continuaba dando vueltas.

7/16/2010

Recordarán ustedes...

Recordarán ustedes que hace pocas semanas escribí a favor de la unión homosexual. En esa columna argumenté que el matrimonio gay no sólo debería legalizarse, sino también que el heterosexual no tiene por qué ser mejor o peor que aquél.
Pues bien, llovieron los correos y para darles una ilustradita valga este botón: “Ahora resulta que apoya usted a cierta minoría enfermiza. Ya digo yo que semejante conducta debe tener sus por qués. ¿Es usted maricón de nacimiento o será una condición adquirida?”
Que sea yo lo que sea no viene a cuento, aunque mis preferencias consistan en un par de piernas depiladas o unas caderas como Dios manda. Conozco machos de medio pelo, muchos ocultando su debilidad de fondo, y tengo amigos gays sensibles, cultos, más inteligentes que la inmensa mayoría de mierdecillas trajinadas en serie por una sociedad hipócrita.
Si usted me pone a escoger, la verdad es que admiro el temple de los gays y detesto a los retacos de pensamiento. La estatura moral de ellos por lo general me asombra. Hay que tener coraje, hay que llenarse de equilibrio, y toda la parafernalia, para no volarle los huevos a tantos despreciables que diariamente señalan, condenan y llevan a la hoguera, por sus juicios a priori y su cortedad humana, a quienes son diferentes, a quienes decidieron otras rutas y otros pliegues de su existencia a la hora de meterse con alguien en la cama.
A veces, desde la terraza de un café o al caminar por la calle los observo. Noto el amor a flor de piel y percibo la asfixia que les quita el habla, el aliento, la vida misma. El miedo en muchas ocasiones empotrado en sus miradas. Hay que tener control de acero para no hacer justicia con las manos y cargarse a cuantos destruyen vidas apenas comenzando: el adolescente que empieza a descubrir sus preferencias, el joven que se atrevió a arrojar una palabra hermosa al otro, sujeto del deseo, y entonces verse acribillado a burlas, a ofensas de todos los calibres, a desprecios por una culpa que no tienen. Respeto y admiro a esos que llevan tales cruces con la dignidad que ya quisieran algunos miserables para sí.
A ver qué mejor puede ser un heterosexual como manda la Iglesia, que un homosexual como no manda nadie. Si a ver vamos, en ninguna parte puede hallarse la respuesta, es decir, ¿a cuento de qué imaginar y luego aceptar que Julián, Luis o Pedro son más o menos enfermos que Raúl, Cintia o Nicomedes, por el sólo hecho de que los primeros son homosexuales y los segundos no? ¿De dónde demonios alguien se metió en el bolsillo una conclusión cuyas premisas son falsas por donde las mires? ¿Quién dijo que usted está como una uva de salud, corporal o espiritual, o es mejor, o vale más, que el fulano de enfrente, decente, trabajador, honrado, pagador de impuestos y homosexual? Yo sostengo que los inquisidores de todos los pelajes vayan a soplar pitos a otra parte, y que los enderezadores del mundo, casi siempre perfectas nulidades andantes, terminen rumiando sus ideas en la misma hoguera que preparan para otros.

7/12/2010

La mujer de la mesa

Era guapa y morena, vestía falda corta, negra, y una blusa mínima abotonada hasta donde provocar hace de las suyas.
En la mesa del café, ya entrada la noche, Lucía camina sobre sus tacones altos y va y viene, paseándose por los alrededores, como diciendo mira tú, dame lo tuyo y aquí tienes lo mío. Una vez se sentó, me pidió fuego, y entonces habló de la noche, de los jaleos cotidianos y me preguntó qué hacía.
Miro pasar la vida, respondí. Cruzó las piernas y siguió charlando. Lucía, de veintiséis años, tenía una chiquilla de nueve y desde que la echaron de casa conoció el infierno traducido en día a día. La vida es un saco de gatos, pero siempre nos las arreglamos para fabricar nuestra historia. Soñaba con ligarse al tipo de su vida, más temprano que tarde y ya, porque vivir es un arte y exige cultura para eso, temple, cojones en su sitio. Pedí dos cervezas, y a la tercera ronda Lucía fumaba distendida mientras yo la escuchaba interesado, como si fuésemos amigos de años.
Ella escogió hacer lo que hacía, “a mucha honra, coño”, y recitó con voz dulce un poema de Carlos Ossa, que hablaba de putas y de sexo y de la noche como un cuarto oscuro inventado únicamente para ciertos placeres que media humanidad, juraba, moría sin haberlos sospechado. Me dijo guapo, ¿puedo pedir otra?, y yo le contesté que dos, que también una para mí.
Extendió su brazo delgado y largo, como pieza de Lladró, y cogió la cartera pequeñísima que había dejado encima de la mesa. La abrió, sacó un labial carmín, un espejo diminuto y un libro manoseado. Anda, ábrelo, página cuarenta y dos. Le pasé la vista y hurgué tres o cuatro líneas. En voz alta guapo, ¿qué te pasa?, también estoy aquí. Lo hice, descubrí la voz de un poeta ruso refiriéndose a entrepiernas, muslos, sudores y jadeos. Era largo, cargado de ese tono, de ese ritmo que puedes encontrar cuando te aplasta una obra literaria. Al terminar alcé la vista y vi sus ojos húmedos, vi su rostro encendido y el poema y Lucía me conmovieron hasta los tuétanos. Déjame leerte otro, y leyó otro. ¿Más cerveza Lucía? Pues sí, ya que insistes.
Si vienes luego, si te acercas por aquí voy a traer algunos de los míos, dijo. Iba a escribir su libro, tenía todo previsto. Anda, cuéntame un poco, permíteme escuchar uno de ésos, comenté. Lo hizo y disfruté con sus palabras, gocé el verbo de aquella mujer que recitaba de memoria. Le agradecí el gesto, le agradecí el favor, le agradecí el privilegio que me daba. Nada, guapetón, la próxima vez vamos a conversar de cine. Entonces encendió otro cigarrillo y pidió la última cerveza.

6/23/2010

La vida detenida

Hay lugares donde el tiempo fue a parar a las alcantarillas. En ellos la existencia se parece mucho a un plasma, a un ostracismo, a una incertidumbre colgada de un hilillo casi a punto de partirse en dos. Cada vez que piso un aeropuerto la sensación de espacio diferente me aplasta la nariz. Ni modo, el teatro que es el mundo se hace más teatro aún, y el espectador que todos llevamos dentro cobra vida nuevamente. Ahí, en el aire seco de las alegrías por las llegadas o las tristezas de las despedidas, nos transformamos en estatuas griegas, en hieráticos veedores. A través de un libro, una revista, un almuerzo o las vitrinas congeladas de las tiendas acabamos por darle un manotazo a los relojes.
En los aeropuertos, fíjese qué curiosidad, la vida se parece a un limbo donde pasado y futuro son una misma cosa. El presente se muere en ese instante. Vamos, venimos, caminamos, y el mundo encapsulado abarca la justa medida de nuestro corazón que palpita al mismo ritmo de un adiós, de una bienvenida, de un viaje acaso mil veces esperado. En esas zonas raras que son los aeropuertos se erige la más grande pompa de jabón, la extraordinaria presencia de un alto en pleno marasmo de los quehaceres cotidianos.
Cada punto de fuga que es la terminal aérea, donde convergen tantos seres que se cruzan en millones de líneas nada más que para de inmediato irse otra vez a sus vidas, es decir, a la vuelta del tiempo y de sus existencias entregadas como amantes a un ambiente de pareja, familiar o de trabajo, digo, en esos sitios llenos de esperanzas porque los minuteros arranquen de nuevo su cuenta regresiva, cabe la gelatinosa presencia de la negación, del no lugar, del quiebre en el transcurso de una rutina establecida que muy pronto debe restaurarse. Ahí, en esa gota que se salió del océano, la vida no se parece a la vida.
Exacto. La vida detenida que en los aeropuertos va de bruces comienza a desperezarse en pleno abrazo gracias al encuentro, a la llegada, o quizás en un arrobamiento nostálgico ante esa persona que se ha ido. Comienza, qué sé yo, justo en el momento del hola y del adiós.

La chica del Mac

Conocí a una chica en McDonald’s y quedé mudo. Fue hace poco. Entré, pedí ensalada y hamburguesa con tocineta, entonces todo comenzó muy rápido. Desde la mesa observé que tendría veinte o a lo sumo veintidós. Joven, sí, guapa por todos los costados, con el cabello recogido y una gorra encima que la hacía ver como deportista prestada al oficio de las papas fritas.
Tres clientes le hablaban, soltaban frases a quemarropa, y por cómo reaccionaba ella pensé en tres hijos de puta. Que un hombre corteje a una mujer, vale. Que lo haga como se cultiva un jardín, con tacto, con ternura, con la frente en alto y con respeto. Va que chuta. Pero éstos daban la impresión de ser pasto del alcohol entremezclado con sadismo puro y duro. Tres joyas de la corona puestos un fin de semana ahí, frente a una chica hermosa e indefensa, para babear la barra y a ella misma.
La joven era un capullo, claro, abatido por vientos que supo capear de inmejorable forma. A estas alturas, defender doncellas porque un trío de bestias abusen de su condición de machos no es que me quite el sueño ni nada que se le parezca. Pero podría jurar que un minuto más y nos reventamos los cojones todos. Mucha gente piensa que somos humanos y ya. Que semejante cualidad basta para otorgarnos certificado de suficiencia. Que cualquier vida, justamente por humana, es asimismo sagrada. Y yo respondo que se vayan al carajo, que una vida humana esforzándose en perjudicarlo todo es menos sacra y goza de menos respeto que muchos perros de la calle. A éstos, la mayoría de las veces les sobra dignidad, van a trancas y barrancas por el mundo, con la vida a cuestas y con el lomo ulcerado, haciendo de las suyas para engullirse un bocado de alimento y llevando su osamenta con la verticalidad del caso. Tengo un asunto personal con estos individuos. Los machos del barrio me producen náuseas, y al verlos en el Mac haciendo lo que hacían deseé que corriera sangre. La de ellos.
Se creen listos, los más listos de la clase. Y suponen que Dios les cuelga del escroto. Esta gentuza se ha dado a la tarea de convencerse de que la inmortalidad los roza, y con ella la superioridad por encima de cualquiera. Pensé en una Colt, en una Magnum, pum pum, y llévense a éstos a abonar rosales. La vida humana, que es frágil, que es un pétalo o un soplo, y saberlo hace que nos tiemblen hasta las pestañas, exige más que una barra, una caja registradora y una chica acosada por coyotes. La vida es frágil, y bastaría un mínimo descalabro, apenas una tuerca mal puesta, un tornillo fuera de su sitio, un virus que entra y nos atrapa o un borracho al volante que nos lleve por el medio, para darle vuelta al mejor de los presagios, ese que suponemos nos ampara, y mandarnos para siempre a freír espárragos en el infierno. Estos tres salidos de la noche relajada ni siquiera se dan cuenta de lo que puede ser la vida, claro, esa que se empeñan en desperdiciar, o la muerte.
La chica del Mac hizo lo suyo y salió adelante. Plantó cara, fue mujer y fue hombre, resistió, toda una artista de la esgrima, una maga del capote. Le pregunté su nombre, Clara, eso me dijo. Cuatro cosas, mascullaron cuatro cosas y por fin se fueron. Sentí algo de vergüenza, debí romperme la crisma intentando rompérselas a ellos, pensé. Le pedí el favor de aceptar un helado. Cuando iba a negarse levanté mi dedo índice y, llevándolo a los labios, en una especie de susurro aclaré que pagaría uno de vainilla, ya sabes, Clara, para que lo tomes cuando por fin te toque irte. Entonces me largué. Afuera aquellos tres bebían de la misma botella.

6/13/2010

Hojas sueltas

1
Los hechos, piensan unos, son como las aves; vuelan sin decir a dónde. Yo pienso que son como la lluvia; la anuncia un cielo gris.
2
Poema en el agua, como si fuera pez.
Luego el fondo
respirar otras realidades
saltar cuando menos lo esperen.
3
A veces la soledad es una musa que te atrapa,
una especie de sirena en la isla de tu vida
que muestra su encanto y todo lo demás.
4
Me asomo a tu sexo y observo la ciudad dormida.
Despierto tranquilo,
el silencio resopla la última bocanada de la noche
y muerto de risa me señala con el dedo.
5
Esa noche, esa Luna mirándome de reojo,
como cíclope noctámbulo que me cubre con su rostro negro y estrellado.
6
Entrar en una gota de agua y caer desde un techo de zinc.
Entonces mirar un punto allá abajo, medirlo con la precisión más cruel y saltar con todo el cuerpo
sintiendo el vacío
el vértigo
hasta estrellarme y ver cómo salpico de mí mismo.
7
Rompo la silueta llena de otras cosas:
de atardeceres, por ejemplo, a la luz de la luciérnaga que se desploma consumida por el fuego.
Entonces me dibujo mejor,
soy pescador, arrecife, pez azul.
Trazo la línea con los dientes para disfrutar la tibieza de la espuma. Trastoco los cimientos de mis sueños para encontrarme en la cima de ese monte.
Por eso doy tumbos,
me emborracho de estrellas y cometas,
lanzo mis huesos al mar.
8
Lo cierto es que estos poros
cansados de levantar sudores
no saben un coño de enciclopedias
diccionarios
páginas amarillas
luces de neón
o luciérnagas que se roban la noche como soles en medio de la plaza.
Yo sé de una tierra que echa polvo a su paso por las botas
y una boca lanzafuego en medio de las balas.
9
Colgar el teléfono
desconectar la nevera
encerrarse en el mundo
y comenzar a vivir,
entre tantos,
como una botella vieja.
10
Tranquilo
como ciertas hojas seguras de la ruta
de la perfecta sincronía del zig-zag
del suavísimo final de suelo.
11
Y viene la poesía con ese traje de flores rojas.
Para que lo sepa: final feliz, hora de llovizna, de pareja, de abrigos y paraguas, de manos apretadas, de Cortázar a la luz de mi lámpara, de la palabra lumbre.
El pase ansiado de saliva y caricias y te quiero y no me olvides, que soy joven, que tengo la vida por delante, que pez azul, estrellas, luceros, corazones.
12
Voy a lanzarme al combate, al rescate de tus piernas y tus pasos,
pero déjate de historias de pueblo y de calles húmedas de sal de lágrimas, porque yo aquí, en esta esquina, cuento tres y llevo dos.
13
Con la cara de la Luna voy a proponer un juego
con tu rostro y tus brazos
para dar de comer a la imaginación.
Y seré hombre de cielo ancho
y azul
que se trague tu luz y tu cáscara
que te diga "mi amor"
y que de soledad nunca te permita morir.
14
Mi gato gusta hablar de literatura
y lleva un libro deshojado bajo el brazo
y con el rabo marca el compás de las palabras.
A veces mi gato hace el café
y sentado en su cojín, desde lo más íntimo de un ronroneo,
piensa poemas que luego esconde no se sabe dónde.
Mi gato juega al gato y al ratón
y en ocasiones se detiene pensativo
y se rasca los bigotes.
Yo me siento detrás del árbol grande
que da sombras,
entonces saco mis juguetes
para escribir garabatos en la tierra
hasta que aparezcan los luceros.
15
El amante se sacude las manos
y siempre
seguro del día
continúa su caminar hasta la esquina de la plaza.
Lejos ya
del trópico de carne
se empapa en sudor por los amores sembrados como cruces.
Entonces viene
bailando volando jugando
cargado de arcilla
y con cara de tortuga
porque sabe bien
que de amores y canciones
puede vivir para siempre.
16
Y yo me alegro por equivocarme muchas veces
escondido del pudor
del dedo índice
yo por fin me alegro de las naranjas frescas
y de las muchachas llenas de rocío
como lechugas.
Sería tan aburrido
quién sabe
ese manojo de papeles
de hojas apretujadas con un clips
que yo tajantamente me quedo
del lado de los hombres con retazos de carbón sobre sus caras.
17
Pasear por el tejado
retorcerme
virar en círculo
y desplomarme hacia la nada que abraza mi cuerpo.
Entonces comenzar a ronronear
con un movimiento leve de la cola
madurando
sintiendo cómo me hago viejo.
Y ahora sí
hacerme hombre otra vez
hasta encontrar con mis ojos (ahora verdes)
el brillo absoluto de los tuyos.
18
Je, je
un hombre desnudo mira la Luna y se ríe
Je, je
una mujer se guarda el sol entre los senos.
19
Un titiritero de mi pueblo
bebedor de cerveza
de grandes carcajadas
me dijo que la poesía
era una hembra caderuda de enorme cabellera.
20
Licor y música arrebatan sensaciones que el lápiz transcribe a medias
como por joder
haciéndose tu cómplice.

4/29/2010

La tragedia del Facebook

Así, con todas sus letras, soy un dinosaurio a la hora de surfear en el oleaje de la tecnología. Si a ver vamos, apenas con la computadora he logrado cubrir el a, b, c de estos asuntos, más a regañadientes que por cualquier otra razón. Todavía guardo la vieja Olivetti en el fondo del escaparate, con sus teclas oxidadas, y de vez en cuando los ataques de nostalgia casi me hacen rescatarla del desuso y de las telarañas.
En estos días un amigo llegó con sus cuentos. Después de cuatro cervezas nos dio por hablar de tiempos en los que, cuales García Márquez, éramos felices e indocumentados. Recordé a Rafael, a Laura, a María Luisa, aquella flaca de senos como rascacielos y caderas incendiarias. Recordé los días universitarios, esa época abrazada al día a día, al Carpe Diem horaciano, justo cuando el horizonte tiene el tamaño exacto de los diecisiete años. Entonces habló del Facebook. Me invitó al Facebook. El tipo hilvanó bien, lo hizo en el momento preciso y en el lugar adecuado. Uno, que prefiere escuchar radio con el radio, ver televisión con el televisor, y usar como agenda esos cuadernos que venden en las papelerías, razón por la que termina dándole la espalda a cuanto celular ofrece estos servicios todo en uno, digo, yo que soy el estegosaurio rey en plena era digital, acabé rindiéndome ante la memoria, ante el hecho facilón de revivir los lustros idos, y respondí que sí.
A la mañana siguiente gozaba del Face en mi computadora. Aprendí a usarlo emocionado, puse fotos, los primos, los colegas de la universidad, uno que otro tío, todos confirmamos otra vez nuestra amistad gracias al milagro de los chips. Mi esposa no daba crédito a lo que tenía enfrente.
Entonces el color rosado se fue haciendo más opaco. Rafael no apareció, Laura de ninguna manera se atravesó en mis búsquedas. María Luisa, la flaca de antaño, lucía en la pantalla con treinta y dos kilos de más, cuatro hijos y un esposo, y yo a estas alturas naufragaba en el océano de la incertidumbre y la tristeza. Es que todo tiempo pasado fue mejor.
Cierta mañana recibí el saludo de aquel degenerado que me quitó una novia, y de otro que terminó siendo un vulgar estafador. Del Facebook, tan ardorosamente presente en la cotidianidad del hoy por hoy, la verdad es que prefería estar bien lejos, porque un dinosaurio es un dinosaurio, y lo demás es puro cuento. Ha sido una tragedia. Yo que pensaba en tanta gente hermosa, en tantos conocidos cuyos rostros había prácticamente olvidado por obra y gracia de los años y sus recovecos. Yo que con el corazón en la mano esperaba todos los días darme de frente con una atmósfera desaparecida, ida hace décadas, cargada de frescura por los cuatro costados, encontré el horror metido en mi computadora. No faltaba más. Gente que no quería ver ni en pintura, mujeres que me dejaron por otro, condenados que me serrucharon algún puesto, sirenas encantadoras transformadas ahora en todo lo contrario, a cada rato salían como conejos, no sé de dónde diablos, convidándome, llamándome, alegrándose porque después de tanto tiempo, ay, Roger, gracias a esta maravilla vuelvo a dar por fin contigo. Ni que estuviera loco.
Por fortuna soy un dinosaurio, eso está más que comprobado. Me quedo con el radio viejo y con mi celular del año de la pera. Y sin el Facebook. ¡Ah!, y sin el bendito Facebook.


4/22/2010

Rozando la epidermis

Tengo una camisa que se las trae. Las guerras de todos los días terminan por curtirlo a uno, y mi camisa azul soporta inclemencias, soles tropicales, lluvias sin fin aparente, cubriéndome como si nada.
Una camisa puede ser la compañera que envejece mientras tú pateas caminos y enfrentas dragones en las calles. Por eso hay camisas de camisas: indignas y desvergonzadas, o tercamente heroicas, como la mía, como la azul que a estas alturas es una segunda piel, una coraza a prueba de granadas y obuses de todos los pelajes.
La compré en una rebaja de octubre, lejos, y ahí estaba, azul como el Atlántico esperándome en el anaquel de aquella tienda. Fiel, mi camisa vieja hace que voltee al pasado, que me descubra en el presente, me hace recordar que somos hojarasca arrastrada por los vientos, pero también que existe la perseverancia, el empeño, la fragua de lo que se va siendo.
Cualquiera se la pone y ya, sale a la calle, pasea con su chica, la arroja luego al cesto de la ropa sucia, mientras lo que ha llevado encima es una indumentaria. Y a veces se llega a más: esa indumentaria termina por ser la vida cotidiana, que ahoga y deja los pulmones y el alma hechos pedazos. La mayoría opta por meterse en una camisa de fuerza.
Toda camisa que se respete tiene un horizonte definido, ser una camisa de principio a fin y demostrarlo a tu lado codo a codo. La mía, desteñida como está, bañada en mil sudores, me guiña un ojo cada vez que va conmigo y vivo la aventura de liarme a trompadas con las circunstancias. Sabe de luchas, de lanzas, de cómo muerdo el polvo sin contemplaciones muchas más veces de las que desearía. Por eso la decencia la acompaña y sé que al fin, cuando la desabotono porque ya he perdido o he ganado y entonces me voy a las duchas, sólo me mira de reojo y parece decir nada, compañero, menudos cojones los de este día que se acabó.
Ya no se encuentran camisas como ésta. Puedo verlas en la vía, en los cafés y en los pasillos, como en procesión sin gracia de algodones, linos, retazos cubriendo cuerpos que solamente llevan un adorno. Mi camisa, por fortuna, es una diferente: conoce su lugar en esta vida, y es todo menos una prenda bonita, fresca o llamativa. Es todo, cualquier cosa menos eso.

4/21/2010

Antonio y las chicas guapas

Cuando lo conocí y pregunté su nombre, respondió sonriente: Antonio José Rojas, “Anthony Joseph Red”, para servirle. Cuida carros frente al Café Jazz, en Puerto Ordaz, y siempre guarda, según dice, el mejor humor para los amigos. Al verme sentado ante la taza y el libro que suelo hojear mientras miro pasar la vida, Antonio abre un paréntesis en su trabajo y se acerca. Por lo general pide que le invite a tomar algo. Yo lo hago con gusto.
Al cabo de los años se ha hecho mi amigo. No las ha tenido todas de su parte porque la vida, ciertos hijos de puta y él mismo se las arreglaron para hacerle bastante corto el horizonte. Fue casi un alcohólico, entró de cabeza al agujero negro que puede ser la noche en una ciudad que si te descuidas te tritura, y vivió y casi murió en su ley, la del más fuerte, la del sálvese quien pueda, la del que patea huevos antes de que lo aplasten primero.
He conocido a pocos como Antonio, sobre todo cuando se habla de coraje, de entereza, de autenticidad, de capacidad para caerse a trompadas con el mundo, llevar las de perder, terminar entre los últimos, y luego ver la luz, salir a flote, resucitar prácticamente. El otro día le dije, justo al sentarse frente a mí y empezar a hojear el libro que traía, y después de aceptarme el café negro, cargado, lleno de adrenalina y de emociones, digo, el otro día le solté en plena cara que me enorgullecía que alguien como él me considerase amigo.
Antonio José Rojas, es decir, “Anthony Joseph Red, para servirle”, sonrió. Entonces habló de sus memorias, de sus anhelos, de su pueblo que está lejos, de esta ciudad con poca alma donde habitan más miserables por milímetro cuadrado que en ningún otro lugar del mundo. Jovial, alegre, confiesa que en este café y cabalgando en bólidos de todas las raleas, las mujeres más guapas jamás le devuelven el saludo. “Ni la mitad de uno”, asegura con sorna.
Mi buen amigo es uno de los individuos más inteligentes que he llegado a conocer. Mezcla de neuronas y cojones, le ha arrancado a dentelladas buena cantidad de tajos a la vida. “Si digo guapas”, afirma a quemarropa, “digo guapas de verdad”. Las mira, las sigue con la vista, y cuando a veces la belleza abusa porque alguna dama se robó toda la hermosura para sí, deja colar un suspiro, una especie de exhalación entre lamento, nostalgia o deseo.
Me gusta su amistad porque nos une entre otras cosas el afán por construir lo que deseamos con las tripas, con las uñas, aunque él las encontrara siempre mucho más difíciles. Haciendo las sumas y las restas, de entre todas sus broncas el resultado ha sido la victoria. Por eso espera la respuesta, el día, que llegará pronto y de eso jura estar seguro, en que la chica guapa que aguarda desde hace tanto lo mire, se detenga un instante, le devuelva el saludo y le entregue el corazón. “Eso lo celebraremos”, cuenta en voz bajísima, “como de costumbre en esta mesa y con un whisky, amigo mío, esa vez con un buen vaso de whisky”.

4/16/2010

La gramática y el coco

Algunos de mis estudiantes llegan a clases con la idea de que la gramática no sirve para nada. Sienten en lo más profundo de su fuero interno que tratar con ella es tiempo perdido. Además, confiesan que es difícil, aburrida, y que de un plumazo, si tuvieran el poder de hacerlo, sin que les temblara el pulso la desaparecerían de todo régimen de estudios; más aún, la borrarían de la faz de la Tierra. El Coco gramatical anda suelto y haciendo de las suyas. En lo que a mí respecta, suelo echarles el cuento de que si no fuese por su culpa me las vería negras para expresar desde estados de ánimo hasta órdenes, quejas o la más pura y simple frasecilla de amor. Eso de que la gramática carezca de importancia y ande por ahí arreglándoselas para complicarle la existencia a cualquiera, suena cuando menos bastante apresurado. El problema, creo, consiste en que lleva su tiempo vislumbrar conexiones entre ella y la vida misma. Suponer, como la mayoría, que la gramática se divorcia de lo que nos rodea es como aceptar sin ton ni son que las actividades humanas permanecen rígidas, inmóviles, sin interacción alguna, clavadas en compartimentos estancos. No faltaba más. Por mucho que hago el esfuerzo no logro imaginar periódicos, libros, una receta de cocina o un cotorreo en una esquina, sin la presencia vivita y coleando de esa soberana “aridez” que, a falta de mejor nombre, dieron en llamar gramática. ¿Cuál es la herramienta, tipo martillo o serrucho, de la que disponemos para concebir intelectualmente el mundo?, ¿de qué otra cosa podríamos echar mano si no del lenguaje para decir y decirnos?. No en balde Octavio Paz publicó un libro sabiamente titulado: "El mono gramático". O sea, que de primates podemos tener mucho, pero al final nadie nos quita lo bailao, lo cual implica que si de nuestros primos peludos se trata, pues nada, una serie de chasquidos lingüísticos, perfectamente estructurados y únicos, nos mantienen muy a raya. Vea usted por dónde van los tiros. Aclaro: más que vincularse o no con el mundo, la gramática casi es el mundo mismo, asunto menos complicado de aceptar una vez que nos percatamos de que sin ella no somos, de que “sin ella”, como dicen los boleros, no valdríamos más allá de nuestras pobres concreciones, de nuestra humilde condición de trasquilados bípedos. En fin, bien podemos darle con ganas a la lengua, bien podemos sostener, mire pues, una conversa de lo más sabrosa, de lo más humana. Sí, en esto la gramática parece el objeto de un bolero, esas canciones de arrebato que curan o hunden para siempre. Termina por fortuna salvándonos, tiende el puente entre posibles universos, unos oscuros, subterráneos y llenos de telarañas, otros luminosos, apolíneos, redimidos. Las fronteras entre ella y eso que han nombrado “vida real”, insisto, cargan cuando menos bastante neblina a cuestas, un denso claroscuro digno más bien de una pintura del gran Rembrandt. Mientras muchos hacen el intento de desaparecerla, mientras un conglomerado busca esperanzado las maneras de enviarla al infierno si es posible, en lo personal la tengo a buen recaudo. Nada más que por si acaso.

4/13/2010

La chica de Ámsterdam

Cuando bajé del avión me pareció que el tiempo se había detenido. Casi no sentí las horas transcurridas entre Caracas y Ámsterdam, lo cual supuso una alegría adicional: aparte del hecho simple y llano que implicaba estar ya en mi destino, mis energías sobrepasaban las expectativas. Mientras descendía por las escalerillas comencé a imaginar, o mejor dicho, empecé a maquinar mi plan perfecto, la razón fundamental que me había llevado hasta la tierra de los tulipanes.
El clima era el mejor, con ese toque frío que toda la vida he añorado desde estos calorones, típico de tardes primaverales. Seguí con la chaqueta que unos días antes había comprado en una tienda de Upata, y añadí una bufanda con motivos del oso Yogui que el primo Raúl me obsequió cuando supo de mi viaje. Tomé un taxi. Como pude me hice entender: quería ir a la casa de Erick, el amigo ucraniano que no veía desde los días universitarios, quien vivía en este país gracias a una beca de estudios doctorales y, luego, a cierta osadía académica que lo llevó a optar por una cátedra en la universidad y que le arrojó dividendos muy interesantes: alojarse para siempre en el país de sus sueños.
Después de instalarme, darme una ducha y comer como Dios manda, tomé otro taxi. El Barrio Rojo, pequeño espacio que desde hacía mucho había llamado mi atención, estaba ahora al alcance de la mano. El chofer me dejó en pleno corazón de ese lugar hecho a la medida de un golpe de adrenalina. Aquel barrio significaba nada menos que la posibilidad de oír, ver, respirar y sentir el erotismo en plena calle, a la luz del día, martes, viernes o domingo; la transacción de feromonas, el entramado de fluidos que el sexo expone en el vaivén de cuerpos, miembros y lujuria. Pagué, me bajé, para luego pensar que había llegado a mi isla de la felicidad. Estaba en territorio prohibido. Me daba de bruces con mi sueño dorado.
En situaciones como ésta, vagar es una delicia. El placer de no hacer nada, de sólo contemplar, equivale a tenerlo todo. Entré a un bar que llamó mi atención por su fachada claroscura en la que una inmensa mujer de espaldas, con las piernas abiertas, hacía las veces de puerta principal. Pedí whisky y observé. A mi alrededor pululaban parejas de amantes, maricones a granel, putas elegantes, chicas a medio vestir.
Continué el paseo. Una mujer de pelo largo, sobretodo beige y mirada lasciva casi me embrujó. Era una reina en plena calle, una especie de diosa encarnada en alguien común y corriente. A través de su ropaje grueso se perfilaban los senos, se delineaba la cintura, te asaltaban sus caderas. Se fue, pasó de largo, pero había dejado una huella, sentí su presencia como un coñazo en la nariz. “Esas son las mujeres que valen la pena”, mascullé. Y continué mi camino al azar.
Entre abastos de productos afrodisíacos, sexshops de todos los pelajes y bares nudistas para ambos sexos me atrajeron las vitrinas decoradas con chicas ofreciendo sus encantos. Mujeres que, posando como Dios las trajo al mundo, escribían el precio en un cartón rosado. Nada de artificios, nada de trampas, nada de engaños viles: aquí estoy yo, allá estás tú, y en el medio la cifra del acercamiento, el orgasmo prometido.
Una morena brillaba con luz propia. Me acerqué, hablamos, era de Barquisimeto. Le di la vuelta al mundo para comprobar lo que siempre se ha dicho, que las de aquí no tienen competencia, que en cuanto a feminidad y otros encantos como las de aquí no existen otras. Lo comprobé a diez mil kilómetros de estos parajes. María Alejandra Zambrano, que así se llamaba aquella chica, era la ecuación perfecta.

4/06/2010

Amar en París

Existen lugares que te atrapan, ámbitos prefigurados para el encuentro. De entre los muchos cafés que esta ciudad ofrece, hubo uno que valió como mesa familiar, como espacio de contemplación, geografía perfecta a la hora de leerse un periódico en medio de otras gentes y destinos, buena o fatalmente entrecruzados.
Apenas a tres cuadras de la rue Legendre, adonde estuve en una habitación alquilada por dos meses, “Terrase 17” cumplió su parte del ritual: terminó siendo punto de fuga al que iba a parar después de la jornada.
Entonces el café, o la cerveza, el libro entre las manos, el tabaco que no falta nunca. Y en la otra mesa un joven alto, ni de treinta años. Llega el otro, algo mayor, un abrazo, un afecto compartido. Pienso en Venezuela. Uno se la pasa con el país entre las vísceras y como especie de Zavalita en estos días, se pregunta en qué momento se jodió la patria.
Apuro un sorbo y aquellos dos se toman de las manos, resplandece la sinceridad, son transparentes en ese milímetro cuadrado que es un café parisino a las once de la noche. La emoción les explota en pleno rostro, en el cuerpo a cuerpo cuya primera fase transcurre ante tus ojos. Se miran, sonríen, comparten una copa como quien se bebe en ella todos los pedazos del mundo. Estos tipos confiesan a todos que amar es un verbo y se acabó.
Uno de los dos, el más pícaro seguramente, expresa en el brillo de los ojos una alegría como pocas veces puede verse cuando sales a la calle. Más allá del dedo índice y por encima del imbécil que los escruta con sorna, sus miradas se contienen entre sí, una dentro de la otra, como peces juguetones o como batracios que se sacan las lenguas y no se cansan de jugar. Hablan sin palabras, se comunican en su particular idioma a punta de adrenalina y códigos secretos.
Paso la vista al libro de Manuel Vincent que me acompaña en esas horas, disfruto la prosa como avalancha desprendida de un reloj de arena, llevo el tabaco a la boca y doy algunas bocanadas, alzo otra vez los ojos: dos seres humanos permanecen ahí, se dicen amar con París al fondo y a sus pies. En un café la vida pasa, pero no termina. Aquí el lunes es jueves y el jueves es domingo, y asimismo cada quien lleva el fardo del tiempo que puso unos instantes sobre la silla de al lado, para otra vez echárselo a la espalda y atravesar la rue de Batignoles.
Termina la copa. Terminan la botella. Las miradas continúan mirándose, en silencio, casi en agonía, mientras quizás un juez, un transeúnte de lo más normal, siente ganas de partirles la cara, o el culo, y ordenar la calle y el planeta, que miren lo estropeado que anda.
Entonces cojo mi abrigo y pago. Me doy cuenta de que hay gente auténtica, de que estos dos se las traen, de que todavía es posible hallar cojones. Sigo mi camino atado a mi tabaco.


1/02/2010

Para fumadores

Fumar, afirma alguien sumergido hasta la coronilla en el gran vicio, “ése sí que es un placer”. En tales honduras me ha dado por meterme, ante lo cual añado lo innegable: un tabaco luego del café llega de perlas, justo a la hora en que asoma sus colmillos la modorra postalmuerzo, especie de aura catatónica que se presenta así, como una liviandad inocua, para de a poco arremeter con el peso de una roca en cada párpado. Viéndolo bien, fumar tiene sus uñas calando de lo más hondo. Después de la cópula amorosa muchos sostienen que el cigarrillo es un auténtico broche dorado. No faltaba más, pasar del jolgorio y del jadeo, de la carne hecha explosión a la quietud más absoluta entre bocanada y bocanada, tiene su cuota de sentido, aun cuando semejante escena a estas alturas sea cliché, rutina cinematográfica, marca hollywoodense usada y registrada hasta que se diga lo contrario. Fumar, si a ver vamos, goza de salud envidiable gracias a la resistencia heroica de los fumadores, asunto que a mí, para nada dado a escuchar razones que otros más desocupados y un tanto entrometidos lanzan a los cuatro vientos (siempre con la linda intención de convencer al prójimo, digo, convencerlo de que llevarse un pitillo a los labios es cosa mala, mala, mala) me encanta y me llena de renovadas esperanzas en el ser humano, pues nada peor que andarse por ahí anhelando que otro cambie mientras que quien ardorosamente lo desea resulta la inmutabilidad en pasta. Qué va. Yo vislumbro la cuestión desde otros ángulos. Y es que la nobleza del fumar trasciende al vago que se echa día y noche en brazos de la Polar y de la Belmont. Fíjese que no muy lejos (de la nobleza, aclaro) anda la pipa de la paz, especie bastante alentadora sobre todo por lo que representa en el preciso instante de firmar cualquier fin de cualquier guerra. Fumarla, más temprano que tarde, es el horizonte que pretende definirse, la salvación que todos ansían, el humo pacificador que nadie osaría no respirar. “Fumar es un placer, sensual...” dice la letra de un tango. Nada más y nada menos: de los arrabales al Olimpo, de los mismísimos antros a la garganta de un Gardel. Bogart, el mítico Bogart, sabía de estas cosillas, y ahí queda para siempre su imagen a fuerza de talento, pero también de cigarrillos ladeados que serán lo que usted quiera menos un accesorio como otro. Por supuesto que fumar no es cualquier cosa, y por tamaña verdad, en vez de la muy desabrida “se ha determinado que el fumar es nocivo para la salud. Ley de impuestos sobre cigarrillos”, debería ocupar su lugar un verdadero anuncio, nada restrictivo y por completo alentador, algo así como el subrepticio mensaje que traería aparejados trozos de felicidad, de cielo en las entrañas de la Tierra: “se ha determinado que fumar tiene su lado bueno, mire usted cuánto de humano recogido en una cajetilla”. Porque, la verdad sea dicha, entre lo humano y lo divino se pasea este noble vicio. No en balde un personaje novelesco, de cuyo nombre no me acuerdo ahora por más que le exija a la memoria, sentenció con meridiana lógica lo que era digno de esperarse, es decir, “al cabo de unos días culminó Dios la creación. Vio que lo creado era bueno. Entonces encendió un cigarro”. ¿Quién podría dudarlo?. En el Don Juan de Moliere, la escena número uno del acto primero inicia con el parlamento de Sganarelle, quien lleva una tabaquera en la mano y suelta como si nada lo siguiente: “Digan lo que quieran Aristóteles y toda la filosofía, no hay cosa alguna que iguale al tabaco; en él cifran su pasión las personas bien nacidas, y quien sin tabaco vive no merecería siquiera vivir”. Menudo golpe sobre la mesa. Suscribo esa idea, claro está, porque me quedo con el humo a mediodía, con Moliere y con Sganarelle, con el personaje novelesco de lógica sabia y cortante, y con el señor Bogart. Me quedo, por supuesto, con la pipa de la paz y con las bocanadas que suceden a todo encuentro amoroso que se respete. Y me quedo, también, con “Un cigarrito y un café”, clásico gaitero que sonó a millón alguna vez por estos lares. Con todos ellos me quedo.