5/28/2016
5/08/2016
Palabras y mentiras
Imagina que lo cotidiano te desborda.
Entonces aprende de una vez: hay algo capaz de trastocar eso que te quita el
sueño, que te aplasta la nariz. Toda evidencia cuyo asiento es la realidad
haciendo de las suyas, si no te cae simpática puedes esconderla debajo de la
alfombra, lo cual no es nada despreciable a la hora de engañar, de sacarle la
lengua a los fracasos o crear ficciones a la altura de tus intereses. El
lenguaje, créelo, tal es el instrumento con el que miles –caudillitos y
politicastros de mala hora- ocultan el
feo espectáculo de resultados ajenos al Paraíso como promesa.
Ante la voladura en pedazos de un contexto derruido por la ineptitud gracias a fiebres no sudadas, un comunista,
un nostálgico de la Guerra Fría o un socialista del siglo XXI, pongo por caso,
echan mano de cuellos listos para ser torcidos si el asunto es concretar
utopías. Poco importa la terca realidad, lo que cuenta es inventarse una
leyenda, narrativa heroica que arrojará sin dudas el sublime saldo tan esquivo
en otros tiempos: igualdad, justicia, hambre cero, y demás logros que sólo se
materializan en forma directamente proporcional a la sensatez política y
económica de gobiernos preparados para cumplir el anhelo mayor de cuanto verdadero
estadista accede al poder, no otro que dejar a sus países en mejores condiciones que
antes de su llegada. Corolario: el bienestar se construye, no se decreta, pero cuidado,
el mundo también puede edificarse a base de palabras. Y son ellas el arma
arrojadiza que un caudillo iluminado suele manejar como le venga en gana.
Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro
después conforman la dupla que desde hace casi veinte años movió los hilos de
la truculencia convertida en asunto cotidiano. Chávez, maestro de maestros en
el arte de la demagogia, supo consolidar sus fantasías, en concreto una red de
acciones, de quehaceres entre el populismo más atrabiliario y el disparate atroz,
con el punto de fuga sobre la permanencia en el poder. Inauguró sus quince minutos
de gloria zambulléndose en las aguas de la palabra, es decir, cambiando una
realidad por otra mediante chasquidos de
la lengua. Nació entonces un delirio llamado Quinta República, descocada
invención de cuyos pellejos se colgó medio mundo. La realidad como
enajenación lingüística, no faltaba más.
Impulsado por los rugientes motores de un
líder carismático, el discurso demagógico paga y se da el vuelto. Hasta que
acabe extinguiéndose, ahogado en su particular detritus, estrellado contra el
muro que terminan siendo las locuras procuradas en nombre de la redención
social, la realidad prefabricada por el verbo incendiario del mago de turno va a
erigir los espejismos necesarios para mantener viva la fe, el sueño mil veces
postergado de un destino rosadito para el pueblo y sus carencias, tantas veces
hecho añicos por esa otra ilusión del verbo que adjudica a terceros la
responsabilidad de nuestros males: el imperio, el burgués, el neoliberalismo, el
traidor o los escuálidos. Entonces, según la nomenklatura, cuanto pretenda
fracturar el noble espinazo de la revolución va a ser enfrentado vía un
fulminante plan de lucha. Una contra el enemigo
-la revolución no tiene adversarios- hecho de sílabas, de verbos, de
preposiciones, pero sobre todo de frases huecas: guerra económica, inflación
inducida, batalla asimétrica, invasión yanqui, capitalismo, pelucones y demás miembros
del rimbombante léxico gobiernero.
Empresarios, escritores, amas de casa,
deportistas, intelectuales, estudiantes, nadie escapa al embrujo populista en
estas tierras. Mientras un país se despedaza por obra y gracia de un gobierno
reñido con la cordura, cierta feligresía todavía aprieta los dientes y cree en
la religión chavista. Es que la revolución da para todo, incluso para engañarse
a estas alturas. El lenguaje, creador de imágenes fantasmagóricas a propósito
de su referente, generador de claridad o confusión según quién lleve las
riendas para manipular, es usado por
Maduro -un ser que al respecto es el
pálido reflejo de Chávez o de Castro, sus mentores- con el propósito de entrampar la realidad, de
sustituirla por la imaginería ideologizada, de producir ideas contrarias frente
a la simple evidencia empírica, con
ánimo de engatusar incautos. Yo no soy
responsable del desastre, grita maduro, ahí está Mendoza y la Polar. Yo soy
apenas una víctima, reclámale al Departamento de Estado. Yo soy como César
González, amigo de todos. El ricachón Macri, el paramilitar Uribe, el gringo
Obama y el escuálido Capriles han sido los malos.
La revolución también es un golpe en el
vacío, un salto hacia la nada. Un embuste preñado de palabras.
5/04/2016
5/01/2016
Teatro
Así como los escritores proyectan vidas
sobre el papel, yo las invento a diario en medio de las calles. Es una
costumbre que lleva años, desde el día en que, aburrido, vi en la gente no el
ir y venir de un colectivo haciendo diligencias, paseando o yendo de un lugar a
otro por motivos de trabajo, sino el hecho fascinante de formar parte de una
historia cuyos hilos movía yo a placer desde la acera.
Me explico: alguna vez imaginé que esa
mujer saliendo de su casa, sonriente y dispuesta a devorarse al mundo, en
verdad huía luego de asesinar a su marido. Y aquel chico que abraza a su padre
(¿es su padre?) mientras en un segundo plano esa niña (¿acaso la hermana?) observa
como si nada, en realidad hace las veces de Judas Iscariote en pleno siglo XXI.
Traiciona a alguien sin lugar a dudas,
es decir, otra vez la historia mordiéndose la cola. Conclusión: de niño
aprendí a mirar los guiños que se cuelan entre escenas de transeúntes,
al punto de que hoy por hoy llego a descubrir secretos, verdades ocultas,
información clave usando el método infalible que, modestia aparte, me
enorgullece haber creado desde que usaba pantalones cortos. No hay mejor teatro
que las tablas de un café, de un mercado, de una zapatería. La vida ofrece un
estreno a cada instante, actuaciones únicas, respuestas confinadas a permanecer
bajo tierra y si te pones a ver, lo cierto es que no hay por qué resignarse a
los enigmas que saturan la existencia. Caminas por ahí, observas cómo el
heladero tiene que ver con la cajera de la panadería, cómo la carambola entre
ellos dos y la chica que justo en ese instante pide su jugo mientras enciende
un cigarrillo perfilan el entramado que, si hurgas bien, da la llave para resolver interrogantes que te hacen la vida de
cuadritos. Tienes la ventaja de que en semejante perfomance eres guionista, a veces actor, y por supuesto director.
Un número cualquiera vislumbrado a través
de una ventana, unas caricias en medio de la noche y a la luz del poste en un
banco de la plaza, un drama entre amigos que charlan en el bar, eso y más
ofrece el proscenio cotidiano que supera con creces a tanto grupo malo empeñado
en montajes que jamás valdrán más que un mediocre intento. Así es, el día a día
vomita sus enigmas, revela sus entrañas sólo con saber leerlo.
Leer, de eso se trata. La gente lee en
clave de escuela, pobrecitos, en negro sobre blanco. Yo leo a fuerza de
situaciones irrepetibles que las circunstancias me ponen enfrente. Leo gestos,
intenciones, relaciones, y noto las costuras que vinculan al perro que mueve la
cola mientras el dueño lo acaricia con el último crimen ocurrido en la ciudad. Entonces
meto la mano en la respuesta. Hay quienes entienden la borra del café, las
cartas, el tabaco. Pamplinas. Yo entiendo la puesta en escena que te aplasta
las narices y eso basta para ver las cosas desde la otra orilla.
Haz el intento y verás. La próxima vez que
salgas a la calle mira al tipo del kiosco y fíjate cómo el diálogo con la señora que le pide El Nacional escupe la
solución al problema de la bolsa. Te darás cuenta de que ese otro chiquillo,
cuando mete el gol luego de cobrar la falta, pateó la explicación que termina por saltarte al
cuello. Gritarás eureka, lo juro. Hazlo,
hazlo y después terminas por contarme.
4/23/2016
La pantalla de mi Sony
De niño juraba que
un mundo como el nuestro existía en lo profundo de los televisores. Para que
una película pudiera suceder, gente diminuta en medio de calles, sillas, vasos,
casas, vehículos, escuelas, tiendas u hospitales tenía que vivir en las
entrañas de esos aparatos. Es que las tecnologías eran cosa de otro mundo, una dimensión ajena al muchacho que iba siendo. Lilliput
cabía hasta las narices en los intestinos del tv y encenderlo suponía un vómito
de historias como las que me gustaban.
Cierta vez,
asomándome por alguna hendija, creí ver a Supermán transformándose en Clark Kent
y a Tarzán cayéndose a trompadas con una pantera. Cuanto le conté a mi madre
sonrió con dulzura y cuando, emocionado, le confesé mi descubrimiento a un
amigo del colegio, me miró con desprecio argumentando que un tv era sólo eso,
un tv, y que si yo era pendejo él sí que no, pues hacía ya mucho que conocía el
secreto de sus cavernas: allá adentro únicamente existen cables, tornillos,
bobinas, tuercas y demás piezas aburridas.
A veces tengo la
impresión de que la memoria es un televisor incrustado en alguna región del
cerebro, de modo que cuando lo encendemos aparecen en pantalla esas imágenes
que nos obnubilan, nos hielan o nos espantan. Para más señas, cogemos el
control remoto y en pleno zapping, si hay suerte, damos con la secuencia de
unos besos, borrosos ya, probablemente en blanco y negro, o con el nacimiento
de Lucía, la última de tus hijas, cuando todavía tenías cabello y mucha
esperanza saliéndosete por los poros. En fin, la vida humana tiene bastante de
historia novelesca, de puesta en escena televisiva al mejor estilo Delia
Fiallo. Quién lo iba a decir.
Quizás por eso
pensamos en imágenes, quizás por eso soñamos en imágenes y quizás también por
eso casi es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Total, que no es
verdad la letanía simplona de que vivimos una época dominada por lo
audiovisual cuyo corolario es el desplazamiento de lo escrito hacia un segundo
o tercer plano. Lo dicho: atravesamos tiempos donde la impresión de la pupila marca
una agenda que siempre nos coge por el cuello, aún desde los cavernícolas. Moraleja y conclusión: el televisor es
la punta de un iceberg que se adentra
en nuestra historia y va a parar a los dibujos de Altamira. Mira por dónde van
los tiros.
Así que cuando un
sabihondo sentencia con el ceño fruncido que la pantalla de mi Sony es la
culpable de la violencia en las calles o de que Juancito no se acerque a un
libro, es decir, que no lea ni la o por lo redondo, lo pongo de patitas en la
calle al muy cretino. Es que estamos hechos de imágenes, las llevamos embutidas
como productos Oscar Mayer en la caja craneana, cuestión que ni es muy buena ni
muy mala pero sencillamente es. Dispongo
del gatillo, o del control remoto, que viene a ser lo mismo. Preparo, apunto,
fuego.
4/16/2016
La máquina del tiempo
A veces los relojes
se detienen, se adelantan o retroceden como echados en brazos de una máquina
del tiempo. Sin ir muy lejos, pásale la vista a Maduro y sus secuaces: la
Guerra Fría sigue presente, el Muro de Berlín continúa intacto, Gorbachov queda
en el futuro más lejano y Nikita Kruschev hace de las suyas entre vodkas y
ginebras con bastante hielo. Los sesenta lucen como nunca en los más tercos
delirios que dinosaurio alguno pueda haber soñado en estas tierras.
A veces el tiempo
retrocede, digo, sin más explicaciones que la realidad monda y lironda: un
coñazo en la nariz a fuerza de escasez, de colas, de ineptos en el gobierno, de
inseguridad traducida en número cada vez más elevado de malandros por milímetro
cuadrado. Supongo que gracias a semejante medio ambiente tengo un amigo que
únicamente escucha discos de acetato y sólo ve películas en su televisor a
blanco y negro, ya sabes, cuatro patas largas y pañito con florero encima,
retro por donde lo mires. Para remate, escribe en una Remington y borra con
typex o correctores líquidos, de modo que sus dedos llevan siempre salpicaduras
blanquecinas producto del asedio a errores, letras, palabras y frases que son
en el papel lo que virus y bacterias en el organismo. Menuda realidad.
Hay gente
maravillada, en estado de fascinación permanente porque este mes o el otro va a
salir el juguetito nuevo de la Apple, el último grito de la Nokia, el non plus ultra de algunos aparatos
japoneses. Mi amigo vive como el caracol que es, metido en su concha, y así
como un glóbulo rojo es un glóbulo rojo y nada a favor del torrente sanguíneo
chapoteando feliz entre plaquetas, leucocitos y demás adminículos por el
estilo, él hace tiburoning en las playas del pasado, corre las olas del
celuloide hecho vida cotidiana en súper 8 y cada minuto de su día exige un
revelado Kodak, o en su defecto la instantánea polaroid que termina por escupir
la camarita y ahí te ves, sonriendo mientras
vas directo a la posteridad.
Tengo la impresión
de que uno inventa su vida como Robert Louis Stevenson inventó sus novelas: a
punta de imaginación y terquedad, y por supuesto algo de mala o buena suerte.
Por eso mi amigo es un dechado de cosas extrañas, por supuesto, y también fabulosas.
Maneja a la perfección el cóctel de la existencia entre retazos de imágenes
llenas de telarañas y cabos sueltos hechos de remembranzas que poco a poco va
labrando como si fuese un albañil del día a día. Entonces el pasado está aquí y
el aquí en el pasado, asunto que sin querer va sonando ya como trabalenguas
pero qué se puede hacer, total, si la vida es a veces una lengua trabada,
lenguaje hecho añicos, sintaxis sin pie ni cabeza (pregúntale al gobierno) que
mejor es dejar de lado para no jodernos el ahora con lamentos o tristezas que
para qué te cuento.
La otra vez fui a
visitarlo y lo hallé escribiendo cartas para arrojarlas luego al buzón del
correo ordinario. Había algunas en papel de biblia y más allá un cúmulo de
postales -sí, postales, imagínalas tal
cual- con imágenes descoloridas de
avenidas, de edificios, de paisajes antiguos que apenas cabrán en el recuerdo.
Me emocionó ver a alguien escribiendo la correspondencia de su puño y letra y
pensé en qué diría don Pedro Suárez, hombre moderno como ninguno, si conociera
a Clodoveo de Brindis Pérez, protagonista de esta historia. Me encojo de
hombros y sigo mi camino.
En un país
despedazado como éste la máquina del tiempo estuvo ahí antes de soñarla. Abres
los ojos, sales a la calle, despabilas un poco y la tienes enfrente. Quién iba
a sospecharlo.
4/10/2016
Escenario psicosocial en Venezuela (entrevista)
Alirio Pérez Lo Presti, más que un amigo, es un hermano. Hicimos amistad desde los días merideños cuando ambos estudiábamos en la Universidad de los Andes y compartíamos vida cotidiana entre libros, academia, literatura, cervezas, librerías, juergas y tertulias que sabíamos cuándo empezaban pero jamás cuándo finalizaban. Dejo una entrevista imperdible que hace muy poco le hicieran a propósito de esta locura colectiva llamada Venezuela.
El link: http://perezlopresti.blogspot.com/2016/04/escenario-psicosocial-en-venezuela.html
3/27/2016
Julio Cortázar y Carol Dunlop
La historia de amor entre Julio Cortázar y Carol Dunlop. Un documental que debió aparecer en 2014. Aquí un extracto de la obra:
http://cinealsur.blogspot.com/2014/02/documental-julio-carol-los-exploradores.html
http://cinealsur.blogspot.com/2014/02/documental-julio-carol-los-exploradores.html
2/28/2016
Gente y literatura
Cuando era niño me daba por vincular
ciertos objetos con personas. El Maverick del setenta y ocho tenía un parecido
con mi tío Francisco que me dejaba helado. Una caja de chiclets Adams llevaba
en sus entrañas el vivo retrato de algún primo, y así. Pues resulta que en
plena adolescencia la literatura cobraba fisonomía particular, cargaba adentro
parte de la humanidad que iba descubriendo en esa edad donde los días son
volcanes en efervescencia permanente.
Desde esa fecha vislumbré cierta extraña
identidad en nosotros, tripartita para más señas, cuyo punto de fuga guardaba
un fondo que me fascinaba. Los hombres eran como chorros de palabras, les
colgaban del pellejo, de la voz, de la silueta, océanos de historias fraguadas
a punta de literatura, nada menos. Eran como géneros literarios, de modo que
develarlos poco a poco y desentrañarles huellas dactilares en el alma terminó
siendo ocupación que absorbió buena parte de mis horas juveniles. La literatura
como antropofagia, un caníbal que a la vuelta de la esquina te engulle sin dar
explicaciones.
Así como sucede en el hecho literario, un
ser humano podía ser cuento, ensayo o novela, siempre en función del uso del
lenguaje, de la disposición de comas y de puntos, de la construcción del tejido
narrativo que terminaba por tragarlo de un bocado. Mi madre era sin dudas
novelesca: amplia, anchurosa, con centenares de páginas a cuestas. En ella
cabían todos los géneros, tal como demuestra el buen Balzac o el señor Dickens.
En ella la vida equivalía a la Gran Sabana multiplicada por mil, al punto de
que la comedia humana chapoteaba en el centro de mi casa, hecha carne y hecha
huesos haciendo de las suyas por todos los rincones. Hay gente novela, sin la menor duda, condenada a ese papel y punto y fin, y eso no es bueno ni es malo, sólo es.
Y hay quienes son cuento por donde los
mires. Mi amigo Pedro Suárez, por ejemplo. Pedro es poeta, lo sé desde que la
amistad terminó atravesándonos, pero lo que él nunca imaginó fue que resultaba
un individuo cuento hasta la pared de enfrente. Tensionales y discretos,
económicos en léxico y sintaxis, tales bichos sentencian el punto y final en
tres párrafos máximo porque saben bien que el universo cabe en un puño, en un
pañuelo, en la botella que comparten con quien sepa qué decir y cómo en el
momento oportuno, ni más ni menos. Si un ser novela lleva el mundo adentro y lo
expresa a cada instante en cuatroscientas veintinueve páginas, uno cuento
escupe trazos de la galaxia empaquetados como si fuesen aspirinas. Y ahí te
quedas.
Pero la más rara y por eso la más
extravagante es la gente ensayo. Aquí sí que los datos son un abuso de la
estadística por aquello de las muestras insignificantes. Es que la cuentas con
los dedos de una mano y sobran, mira cómo son las cosas. Sapientes, densos, con
actos y gestos cargados de citas bibliográficas, cubiertos de fichas o
anotaciones, enterrados en notas al pie y demás aparataje por el estilo,
recuerdo a un amigo ensayo que es la viva información con sístoles y diástoles,
sabiduría monda y lironda, qué se le va a hacer.
Lo cierto es que me quedo con la novela y
el cuento, cosa rara, porque en el plano de la hoja impresa un buen ensayo me
atrapa y no me suelta. En fin, el mundo como biblioteca, como literatura que
respira y puedes contemplarla en el café de la esquina y en el bar que está a dos cuadras. El universo entre anaqueles y Julio Verne yendo y viniendo como le
da la gana, sentado contigo mientras da el último sorbo a su cerveza. Y Borges,
y Garmendia, y Kapucinski entre tequilas y rones con bastante hielo. Quién lo
hubiera sospechado.
1/30/2016
El juego de los espejos
El momento que vive Venezuela es, como ha
dicho Maduro, en verdad una tormenta, sólo que este señor confunde frijoles con
catedrales. Si la guerra económica es la causa de todos nuestros males,
entonces hay poco que hacer: los pérfidos capitalistas apuntan sus cañones
contra un gobierno virtuoso que, de no ser por sus magníficas ejecutorias, hace
tiempo nos habríamos desintegrado. Sin embargo ya lo sabemos, el origen de esta
locura, de la humillación y vergüenza generalizadas, es otro, nada menos que la
ineptitud de una clase gobernante que dilapidó una oportunidad de oro para
crear riqueza y bienestar a punta de ocurrencias manicomiales.
Al día de hoy, una nueva Asamblea Nacional
tiene la obligación de contrapesar, controlar y fiscalizar el nido de abusos,
de torpezas que supone el gobierno como un todo, aun cuando esa labor lleve en
el ala plomo fino de cuanto gatillo alegre crea el cuento de la revolución, del
Socialismo del Siglo XXI, del legado de Chávez y demás loqueteras por el
estilo. Una de dos: o se saca pecho y se procura en serio un cambio democrático,
constitucional, de gobierno, o el gobierno sacará las pezuñas, que para eso las
tiene, y cambiará a la Asamblea por un parapeto vacío sin arte, ni parte, ni
nada que se le parezca. Ahí nos vemos.
Salir a flote, salvar la ruta de
esta nave que se fue a pique requiere esfuerzos de imaginación, de trabajo incesante,
de coraje, que exigirá sacrificios a todos, pero más aún a esa vasta congregación
que alguna vez mordió el anzuelo de la trampa chavista, no otra que la promesa
del Paraíso en la Tierra, nada menos que a la vuelta de la esquina. Lo que un
líder carismático ofrece, con sus variantes populistas, es en el fondo una sola
y misma cosa: demagogia, soluciones mágicas, mitos sustituyendo realidades y esperanzas
afincadas sobre un suelo de arenas
movedizas. Mientras el hechizo se mantiene, no hay fuerza más poderosa que la
unión entre el caudillo y su feligresía, pero cuando aquél se pulveriza porque
el Paraíso termina resultando un infierno, el despertar es la conciencia de los
vidrios rotos, del incendio y la humareda postficcional, del despecho como
duelo en modo político. Hemos llegado a esa instancia.
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo orientar los
pasos hacia la orilla del reencuentro entre venezolanos, hacia la justicia, el
crecimiento económico, el pluralismo, la economía de mercado, la apertura al
mundo, la tolerancia y la legalidad? Si algo posee este país es gente preparada
que sabrá cómo enderezar entuertos desde tecnicismos inaplazables y desde la
ética y la decencia, cuando la pesadilla acabe. Mientras tanto, hay que
enfocarse en un punto ya mismo, ahora, antes de que economistas de primera y
estadistas con todas sus letras impulsen los cambios urgentes para torcerle el
cuello al buitre de la debacle que vivimos. Me refiero a crear consensos. Sin
consensos mínimos entre las fuerzas políticas (incluido el chavismo moderado, por
supuesto) de este malogrado país, y entre éstas y la población, tengo casi la
certeza de que los esfuerzos por deshacer el disparate se perderán en el
camino.
Un acuerdo general alrededor de
la democracia, sin adjetivos ni espejismos delirantes, un acuerdo en función
del mercado como mecanismo para la generación de riqueza, un acuerdo que vele y
respete la estricta separación de poderes y la indiscutible subordinación
militar al estamento civil, son tan importantes como ganar comicios o revocatorios, son tan medulares como poner de patitas en la calle, por paliza
electoral, a Maduro y sus secuaces. Un pacto tácito respetado por la totalidad
del espectro político es quizás la única garantía de cambio, de despegue como
país, de aproximación al desarrollo a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos
haciendo para alcanzarlo? ¿Qué adelantamos para llegar a convicciones básicas
que permanezcan intocables aunque los gobiernos, como es natural, se alternen?
Creo que muy poco.
Nada desmoraliza más a una sociedad que percatarse
de que su clase política actúa en función de horizontes particulares, para sí
misma, cuando alcanza el poder. Es lo que ha ocurrido antes en Venezuela, y lo
que sucedió con el chavismo durante diecisiete años, elevado a sus más nefastas
consecuencias. Urge el consenso, entenderlo y fabricarlo sustentado en puntos
clave, en valores que deben mantenerse intactos si pretendemos emular lo que en
su momento hicieron España, Alemania, Irlanda, lo que con todos sus tropiezos
está haciendo Chile. Sobran los buenos ejemplos al respecto. A ver si de una
vez empezamos.
12/07/2015
11/16/2015
Un clásico
Cinema Paradiso, una película de Giuseppe Tornatore.
El link del tema central: https://www.youtube.com/watch?v=mzXMpBrwbNU
y otra versión: https://www.youtube.com/watch?v=RTy_XOpG2ag
El link del tema central: https://www.youtube.com/watch?v=mzXMpBrwbNU
y otra versión: https://www.youtube.com/watch?v=RTy_XOpG2ag
11/11/2015
Discurso, realidad y disparate
A lo largo de este año escribí una columna de opinión semanal para el diario El Universal. En ella traté lo humano y lo divino, aparte del tema político, que por supuesto estuvo presente -sin mayores inconvenientes- las veces que lo consideré necesario. Sin embargo, mi artículo del próximo viernes fue censurado. Las razones para excluirlo resultan más que obvias: el ejercicio de un periodismo cobardón y complaciente por parte de un diario que llegó a ser ejemplo de valentía y ética en su misión crítica y de contrapeso frente al poder. He dado por finalizada mi labor como articulista en esas páginas, tal como de inmediato se los hice saber. Dejo aquí el artículo en cuestión.
El lenguaje es un bosque y ahí
habita el espíritu de mil cosas. Las palabras son frutos, pulpa y carne, jugo
semántico que nos toca exprimir para darle sentido a la experiencia. Hoy en día
la debacle lingüística no se asienta en el reducido número de términos que cualquiera
usa para comunicarse. No es verdad que la mediocridad en la lengua deriva por
ejemplo del poco sex appeal que medio
mundo percibe en los libros, qué va, la cuestión supone el peliagudo hecho del
vacío de contenidos, o su tergiversación impune: las palabras desinfladas en su
quehacer significativo, convertidas nada menos que en su antítesis por obra y
gracia de una torcedura que pareciera llegar para quedarse. Pongo por caso: “El
ejercicio de la libertad es incompatible con cualquier tipo de presión o
amenaza. Nadie en lo personal está facultado para determinar si el derecho a la
libre expresión está bien usado o no lo está. Para esa calificación están los
Tribunales de la República. Ninguna otra autoridad, al menos así ocurre en este
país, puede pronunciarse sobre materia tan complicada y difícil (…) Nada hay
que defina mejor la condición en sí de un régimen político, que su actitud
frente a la prensa. Si ésta es perseguida, amordazada, silenciada, será un
régimen tiránico y despótico”.
Lo anterior no es un discurso de
Capriles, ni dicción rimbombante en Ramón Guillermo Aveledo. Tamaña verdad tampoco es retórica sutil de algún escuálido fascista,
vende patria, imperialista. Nada de eso. Lo anterior, lance una carcajada o cáigase
para atrás, nos dice Sanoja Hernández que son palabras de José Vicente Rangel. ¿Que
no?, ¿que qué diablos es eso? ¿que si esto es una tomadura de pelo? ¿que cómo
va a ser? Pues siendo. Búsquelo y léalo en Simón Jurado Blanco: Medidas de alta policía o el “avepismo en la prensa”. New York,
Prineo Press, INC, 1960, p. 40, recogido por Jesús Sanoja Hernández en Entre golpes y revoluciones, Tomo II,
Caracas: Debate, 2007, p.56. Cuando una verdad única se mete entre ceja y ceja
lo demás es ruido y pocas nueces. Desde hace mucho yo, lo que soy yo, desprecio
tales certezas por la razón sencilla de que nos automatizan, falsifican la
realidad plural, contradictoria, dinámica, en la que me gusta chapotear. Ahí queda por los siglos de los siglos el parrafito de Rangel, hombre cuya verdad es una sola, ya la sabemos, mientras lo demás pareciera no existir.
En nombre del socialismo se
cometen injusticias, abusos que jamás deben ocurrir, ¿y qué sucede?, que el convencido
por lo general se aferra con uñas y dientes a su convencimiento. La palabra
socialismo, ¿qué significa en el presente?, ¿qué diablos cruza las neuronas de
un creyente cuando la política se ha trocado en religión?, ¿qué relámpago de
misticismo lo atraviesa en estos tiempos de descreimiento, de cambalache al más
puro estilo de Discépolo? ¿Hablamos del socialismo cubano, escandinavo,
vietnamita, soviético, francés, español? ¿Hablamos del suscrito por la “República Popular Democrática de Corea” (¡nada
menos que Corea del Norte!) o el de la “República Federal Democrática de Nepal”
o el de la “Gran República Árabe Libia Popular y Socialista” o el de la
“República Democrática Popular Lao? Saco de gatos por donde lo mires.
El gobierno de este país hecho
añicos, indigestado con supercherías, obvia la lección política que ofrece
nuestro entorno. La realidad, el día a día, dictaminan sobre la falibilidad o
no del mandato ideológico. En Latinoamérica, y por supuesto en Venezuela,
quienes se han entregado a convicciones negadas, superadas por la historia,
acaban aplastados por el dogma religioso que es una máquina de triturar huesos endebles: la ideología a secas. Tal es el modelo típico de esquematismo, de
visión unilateral que encarna la triste feligresía que da cuerpo al stablishment
revolucionario.
Buena parte de la izquierda
venezolana fue capaz de doblegarse, de inclinarse sin vergüenza ante un militar
que les ofreció el Edén ahí mismo, a la vuelta de la esquina, coartada perfecta
para otra vez, como si los relojes no dejaran a su paso la osamenta molida del
desbarajuste humano, abjurar en la práctica de la democracia, por burguesa y
otras babosadas similares, y rendirse a colectivismos que en mala hora
sembraron de fracasos, sangre y miseria a los pueblos que ciegos y esperanzados
se echaron en sus brazos. Mala cosa, muy
mala cosa. A ver si alguna vez nos da por aprender. Aunque sea alguna vez.
11/05/2015
La piel bajo las cosas
Hay objetos, como ciertos individuos, que
llevan una vida doble. Existen cosas en la calle, en la casa, en el abasto de
la esquina, capaces de aplastarnos la nariz o darnos un puntapié en plena
espinilla cuando menos lo esperamos, cobrando segunda o tercera identidad sin
explicación de ningún tipo. Vaya uno a saber cómo ocurrieron los hechos.
Una mesa, pongo por caso, o unos zapatos
viejos. A lo mejor el bolígrafo aquél, la taza en la que bebes tu café por las
mañanas, quizás un libro carcomido por los años. Lo cierto es que también la
esquizofrenia se instala en un sillón, quién quita en una maleta, y hace de las
suyas sin miramientos acomodaticios, por lo que el cinturón que llevas puesto, regalo
de tu esposa, de buenas a primeras se convierte en un abrazo, literalmente su
abrazo que dura horas, ella colgada a tu cintura mientras tú tan campante
preparas el informe en la oficina.
Si supieras las cosas que puede ocultar un
objeto. Dicho y hecho. El tabaco que enciendo en la mesa del café al que llego para
escribir esto que lees es, créeme que
es, la extensión del último Bermúdez que fumó mi padre. El humo en volutas
forma parte de su exhalación, al punto de que regresa una imagen que no sé si
ocurrió o la he construido: siendo un niño de ocho años, vislumbro por primera
vez la maravilla de aprender a estarme quieto, empiezo a percibir la magia que
supone simplemente contemplar, y ahí está un cenicero y los restos de un cumanés recién abandonado, su
hilo moribundo de humo azul, y ahí estoy, sentado ante la mesa de la sala,
absorto frente al cadáver oloroso que el viejo abandonó hace apenas dos
minutos.
La memoria juega al gato y al ratón, lo
cual marca el semblante lúdico de cuanto propone. Recordar es necesario, ¿quién
se atreve a decir no?, con el añadido no tan bueno de que toda remembranza
tiene su carácter, y muchas veces mal carácter, y además platica en voz muy
baja, juega al ajedrez a su manera, a la gallinita ciega, a los escondrijos.
Tira la piedra y oculta rapidísimo la mano.
Una taza de café no siempre es una taza de
café. La mía, en función de un guayoyo o un con leche, adopta formas que a
veces son risibles y en ocasiones inquietantes. Es que si tú supieras las cosas
que puede ocultar un solo objeto, compartirías conmigo tanta realidad babosa en
la que allá, en el fondo, sabes que nos movemos. Una taza de café es taza y es
amanecer a punto de salir con los niños al colegio, es taza y es olor a grama
húmeda pues la abuela te ha ofrecido, hace ya todos los años de este mundo, un
bebedizo para calentarte mientras el cielo revienta y cae en forma de aguacero.
Mira tú, quién iba a decirlo. Cada objeto viene siendo un baúl sin fondo, así
que basta abrir los ojos para asistir al desfile de añoranzas que lleva en sus
entrañas. Un desdoblamiento sin contemplaciones, rudo y duro. Una mudanza de
pieles a modo de serpiente, que por ofídicas razones termina siempre envuelta
en tu pescuezo.
La memoria suele esconderse justo en medio
de eso que ha permanecido entre el corazón y la pupila, todo lo cual supone el
arcoiris que te atraviesa de cabeza a pies. Recuerdas con los ojos, con los
poros, con la pituitaria, con la lengua y con el minutero, no faltaba más. Ya el
doctor Freud se olisqueaba semejante laberinto, fruncía el ceño boquiabierto ante
esa maraña, y entonces ahí también quedan los sueños, primitos hermanos de la
más pura evocación.
Qué cosas, cómo son las cosas. Para
recordar por supuesto que tuviste que olvidar. Por eso Funes, el memorioso, no
tuvo idea de cuánto se perdía. Jorge Luis Borges cometió el acto más ruin
contra ese pobre ser: cercenó, amputó, mutiló con precisión de reloj suizo,
como si fuera Jack, el destripador de las pampas, a un hombre desde el fondo
mismo de su humanidad, es decir, lo expulsó del Paraíso, del entrecruzamiento
de reminiscencias en el que felices chapoteamos gracias a la memoria,
condenándolo a vagar por los desiertos de la razón sin más. El infierno en la
Tierra, no cabe la más mínima duda.
No hay que olvidar que recordar es vivir,
claro. Es revivir, me atrevo a agregar yo. Y en el vaivén de los días
elaboramos esa fe de vida sobre la base de reminiscencias, de la relación que
establecemos con el primo Leo, con la lámpara del cuarto o con el teclado del
computador. No sabes de las cosas que puede ocultar un solo objeto, de lo mucho
o poco que al fin y al cabo se agazapa debajo de la alfombra, entre períodos de
tiempo dilatados.
La esquizofrenia de los objetos ata ciertos
hilos, tiende una red sobre la que terminas arrojándote mientras acabas el
balance contable, mientras das el toque maestro al presupuesto, mientras te
enjabonas en la ducha.
Si tú supieras, mira, si tú supieras las
cosas que puede ocultar un solo objeto.
11/01/2015
10/28/2015
La revolución y el disparate
Karl Popper mostró que la verdad no es
inamovible, es decir, logró enseñarnos que ésta se mantiene en pie hasta que
una nueva la hace tambalear. De ahí que en el ámbito del conocimiento cuanto
consideramos verdadero lo es por tiempo definido.
Según Popper, una verdad consiste entonces
en algo relativo, y mucho más en el plano ya no de las ciencias naturales sino
en el de lo social, donde el saber incrementa su condición resbaladiza. En La sociedad abierta y sus enemigos
Popper da en el blanco a propósito de la convivencia humana y las trampas que
se le presentan. Nada más peligroso, cuando de gobernar se trata, que aquellos
incapaces de entender lo que con tanta suspicacia vislumbró el filósofo
austríaco. Si quienes detentan el poder se creen ungidos por certezas infalibles
o por verdades incuestionables, entonces se está a un paso del acto de fe, del
caudillo iluminado, del personalismo más atroz, lo que llevará tarde o temprano
a dictaduras de todos los pelajes.
Es lo que ha ocurrido con la izquierda
recalcitrante, latinoamericana y universal, que como dijera el buen Petkoff,
“ni olvida ni aprende”. Aunque hablar de ellas hoy en día implica utilizar el
plural (¿acaso pertenecen Lula, Correa, Ortega, Kirchner, Lagos o Mujica al
mismo bando?), sabemos que una izquierda moderna termina por aceptar la
democracia, la alternancia en el poder, la
economía de mercado, dejando sólo para las gradas el desvencijado
sonsonete de sus disparates ideológicos. No existe otra manera que renovarse,
modernizarse, para al fin entender cómo generar riqueza y repartirla. Lo otro,
esquivar la democracia, es miseria y es atraso.
Hay que preguntarse lo siguiente: ¿por qué
la Revolución Cubana acabó siendo el parapeto destartalado que sin dudas es?
¿Por qué eso que dieron en llamar Socialismo del Siglo XXI se trocó en el
patético aquelarre de estos días? Varias razones responden, por supuesto, pero
una de las fundamentales es que fueron concebidos en función de una verdad única
escondida en la chistera. Fidel Castro, Hugo Chávez y el resto de la feligresía
(en realidad ambos han sido los jefes supremos de una religión) creyeron tener
a Dios agarrado por las barbas. Se sintieron poseedores de una certeza
inalterable.
Y claro, si quien llega al palacio de
gobierno jura que es el último refresquito de la comarca, lo lógico es que
pretenda imponer la visión y convicciones que le queman las entrañas. ¿Imponerlas
por las buenas?, sería maravilloso. ¿Imponerlas como sea?, ya entenderá el
pueblo, si alguna vez madura, que todo se hace por su bien. Más claro, señor
Popper, no canta un gallo.
Por mucho que la realidad les aplaste las
narices, hay pocas probabilidades de que un revolucionario convencido entre en
razón. Verbigracia: el desastre de la Venezuela actual. Con la inflación más
alta del mundo, los índices de escasez entre los más elevados del planeta, la
corrupción como jamás antes y la educación, la sanidad o la esperanza en un
futuro mejor por los suelos, lo cierto es que los responsables del descalabro
de las condiciones de vida en general siempre serán otros. La CÍA, el imperio,
la oligarquía, la guerra psicológica, los medios de comunicación o el invento
más risible de cuanta cabeza hierve por las fiebres no sudadas: la guerra
económica. En fin, no existe espacio para equivocarse: después de la
Revolución, sencillamente el diluvio.
El 6-D crea la posibilidad de plantarle cara
a tanta destrucción, con ánimo de detenerla. La realidad, los hechos, la
humillación cotidiana que sufre la gente en este país pulverizado, indica que
es urgente un cambio. Y el voto es el arma para lograrlo.
10/18/2015
El chicle y la realidad
Los límites de la cotidianidad son más
porosos que el filtro del café. Usted camina por la calle, mira alrededor,
silba, va feliz como Gene Kelly bailando en Singing
in the rain, y de pronto plaf, saltan los conejos de cualquier sombrero.
El otro día tuve un sueño raro: iba a besar
a una chica, una tan linda como la de sexto A, esa que me ponía a sudar con
sólo verla, que me producía fiebres nocturnas con nada más imaginarla.
Entonces, justo cuando mis labios estaban a punto de rozar los suyos, la bruja de
tantas pesadillas cobraba carnadura. Nariz de pajarraco, verruga en su lugar,
greñas en vez de largas y doradas trenzas, voz de ultratumba, en fin, como para
salir espantado, como para procurarse el insomnio más atroz.
A lo mejor -pensé-, el asunto se explicaba
por la sobreexposición a ciertas influencias góticas, es decir, por leer hasta
al abuso los libros de William Beckford
o Mervyn Peake. Total, que cuando menos lo pensamos se nos clava el aguijón de
lo inesperado, de eso que pulula bajo el césped y hace de las suyas mientras le
buscamos justificaciones cartesianas, lógicas almidonadas y planchadas.
Una vez me dio por pensar en números al
azar y juro por Dios que acerté todas las veces. Me explico: deambulaba por la
avenida Las Américas, zumbaba un carro a mi lado, pensaba en el cuatro y ahí
estaba, la placa terminaba en semejante dígito. O imaginaba una cierta cantidad
dos segundos antes de preguntarle al cliente su número telefónico y pues nada,
la cifra que tenía en mente coincidía al pelo con la que me dictaba el hombre.
Y hay más: me dolía un poco la cabeza por lo que durante unos segundos cerré
los ojos mientras caminaba. Entonces vislumbré una larga columna de números, la
vi danzando frente a mí, con la posterior sorpresa de un descubrimiento que me
heló hasta las uñas: ésta se repetía idéntica en el código de barras del libro
que leía esa tarde. Es que se cuenta y no se cree.
Falló, sólo falló el método, el fenómeno o
como se llame, cuando me propuse obtener el premio gordo de la lotería. Pensé
en las cifras ganadoras de ese día, las dibujé en la mente, las tenía ahí, al alcance, compré luego tantos
talones como pude, pero los resultados fueron desastrosos. Me equivoqué de cabo a rabo. La verdad es que no sólo
perdí hasta el último centavo de lo invertido sino que, todo hay que decirlo,
jamás he dado en el blanco cuando de apuestas se trata, cuando el envite y el azar
suben al escenario. Qué se le va a hacer.
Ni modo, la realidad tiene sus cosas de lo
más extrañas. Se estira como chicle y ya no es lo que parece. En ella cabe todo,
por supuesto, en ella el Aleph borgeano es un simple invento de muchachos. Ni
Poe, ni Verne en su mejor veta fantástica, ni Garmendia ni Lovecraft se
referían a cuestiones de otro mundo, qué va, apenas nos comunicaban anécdotas
extraordinarias, que es distinto. Decía Cortázar que él era un realista por
todos los costados gracias a que se negaba a dejar fuera de la realidad hasta el último resquicio de
sueño. Tuvo razón, claro, aunque el día a día juegue al gato y al ratón con los
transeúntes, es decir con usted o conmigo sin el menor indicio de algo
diferente. Y tuvo razón Carlos Sandoval al lanzar un dardo contundente, o sea, al expresar que “los fenómenos de la
naturaleza no pueden explicarse satisfactoriamente si el análisis elude la
parte que ocupa el misterio en todas las cosas”. Vaya misterio el que me agarra por el cuello.
Sabrán los dioses de qué modo algunos
engranajes de lo cotidiano hacen su trabajo, pero lo cierto es que
disparan a quemarropa. Por darles otro
ejemplo, el señor Alfredo es imaginado gesticulando y preguntando cosas por
doña Fernanda y al final resulta que ésta casi muere de un soponcio debido al
cumplimiento exacto de tantos gestos y preguntas en el plano de los días mondos
y lirondos, pues sin ápice de error el imaginado Alfredo se topa de frente con
la incrédula señora en el pasillo del supermercado, justo entre los tomates y
las papas.
Tengo la impresión de que dos más dos son
indudablemente cuatro, pero hasta cierto punto, lo cual hace pensar en gomosos estiramientos
de lo real que terminan por sacarle la lengua a nuestras más preciadas
convicciones. Un bolibomba justo en medio de los días. Ni modo, chapoteamos en
la orilla, apenas nos mojamos los pies, y que el buen Descartes arree con lo
demás, porque ya sabemos que primero hay que pensar (al más puro estilo don
René) y de seguidas existir.
¿Que qué significa esto? ¿Que qué diablos ocurre? ¿Que si me he vuelto loco? A
mí, lo que se dice a mí, déjeme decirle que me faltan todas las respuestas. Ah,
y por lo que más quiera, ya no pregunte usted más. 10/12/2015
10/09/2015
La batalla de un hombre solo
La batalla de un hombre solo, artículo de Mario Vargas Llosa en el que, de la mano de Pierre Boncenne, exalta la honestidad de un intelectual (Simon Leys) empinada sobre la ceguera y la idiotez.
El link: http://larepublica.pe/impresa/opinion/4023-la-batalla-de-un-hombre-solo
9/11/2015
Uno y sus circunstancias
Un querido amigo, Mariano Nava Contreras (a la izquierda), ha escrito hoy para El Universal un artículo hermoso y relevante. Lo copio aquí para ustedes.
Recuerdo la primera vez que me invitaron a dar clase en la Universidad Complutense de Madrid. Fue hace ya unos cuantos años. Mi querido amigo Felipe González Muñoz, catedrático de griego de esa Universidad, me invitó a hablarles a sus alumnos de un tema que me ha apasionado desde siempre y que he estudiado bastante. Me dio la oportunidad de hablar de la tradición clásica en el pensamiento de la Independencia venezolana, es decir, de cómo la lectura de los clásicos griegos y latinos influyó en las ideas políticas de nuestros Libertadores.
Recuerdo la impresión que tuve al llegar a la Universidad. El aula estaba en los primeros pisos del viejo edificio de la Facultad de Filología en Ciudad Universitaria. Me impresionó ver en el vestíbulo un gran panel de mármol negro con los nombres de los estudiantes caídos en la Guerra Civil defendiendo su Universidad. Ya en el aula, un amplio ventanal dejaba ver bajo un cielo azulísimo la Sierra de Guadarrama con las últimas nieves de la primavera madrileña. Más acá verdeaban los bosques de La Moncloa, escenario de tantos combates hace menos de ocho décadas. Dicen que aún es posible caminar entre los árboles y encontrar cascos de balas. Los alumnos aguardaban la llegada del "profesor venezolano", venido de un país que remotamente les sonaba por ser productor de petróleo y de las mujeres más bellas. Mi amigo me presentó con el protocolo usual, exagerando un poco mis méritos académicos, como debe ser. Después, antes de alejarse, se acercó a mi oído y me susurró: "Estás dando clase en el aula donde daba Ortega y Gasset. Dicen que aquí se le ocurrió lo del hombre y sus circunstancias". No tengo que explicar mi estupor y lo que me costó concentrarme para dar mi clase. Cuando terminé, me le acerqué y le reclamé con cariño: "no me lo vuelvas a hacer".
José Ortega y Gasset es uno de mis héroes filosóficos y autor de uno de los primeros libros de filosofía que leí allá por mi lejana adolescencia, La rebelión de las masas. Recuerdo que fue el primer número de una magnífica colección quincenal llamada "La Historia del Pensamiento", que compraba yo puntualmente en los quioscos de revista por la exorbitante suma de treinta y cinco bolívares, apartados de los cincuenta semanales que me daba mi padre para la merienda en el colegio. La rebelión de las masas es uno de los libros más incomprendidos del siglo XX y por supuesto yo tampoco entendí mucho aquella vez, pero de su lectura me quedó una enseñanza esencial: que el pensador, el humanista, tiene ante todo un compromiso con el aquí y el ahora. Que todo humanista tiene la responsabilidad fundamental de ejercer el pensamiento crítico con respecto del mundo y la sociedad que le rodea.
José Ortega y Gasset fue uno de esos pensadores valientes que se atrevieron a revisar profundamente su tiempo y su entorno, así no le gustara a algunos. Fue además un excelente ensayista, escritor capaz de elevar con sencillez la prosa castellana a la altura de sus ideas filosóficas, cosa nada fácil. En uno de sus primeros libros, las Meditaciones del Quijote (1914), formuló una frase contundente que quedó como resumen de toda su filosofía: "Yo soy yo y mi circunstancia. Si no la salvo a ella no me salvo yo". Esto significa que la conducta del hombre no está condicionada solamente por la propia voluntad, sino que hay una serie de factores externos que influyen en esta conducta. Ser uno y su circunstancia equivale a asumir la cantidad de factores históricos, culturales, materiales y también espirituales que condicionan la vida. Influencias no solo directas sino también indirectas, no solo inmediatas sino remotas, conocidas y desconocidas. Vivir, pues, consistirá en relacionarse e intercambiar activamente con el mundo que nos rodea, pero también con el que ya no está y que de alguna manera nos sigue influyendo, con nuestro pasado. Finalmente, estos factores varían dependiendo de la perspectiva desde donde los miremos, pues está claro que no nos influyen a todos de la misma manera. Es lo que Ortega llama el "perspectivismo". La realidad es distinta para cada quien, dependiendo desde donde la miremos. Y esto no es subjetivismo, pues cada quien descubre sus propios caminos para llegar o no a la verdad, que es igual para todos. Quizás en eso pensaba Ortega cuando veía desde aquel ventanal los cambiantes colores de la Sierra de Guadarrama, sus nieves que aparecen y desaparecen según la estación.
Hoy pienso que las ideas de Ortega pueden servirnos para entendernos un poco más en estos días inciertos y atribulados. ¿Por qué algunos huyen aterrorizados, dejando el país de sus padres y sus abuelos? ¿Por qué otros deciden quedarse, hacen planes, resisten y luchan? ¿Por qué unos cierran los ojos y pretenden que nada está pasando? ¿Por qué otros enferman y mueren? ¿Por qué es tan difícil encontrar el camino de la unión y la libertad? Un asunto, diría Nietzsche, demasiado humano.
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