Air Supply. I can´t believe my eyes.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=-DB8I0tG6GQ
10/30/2017
10/21/2017
Culo
Para algunos ciertas cosas forman parte de
un todo mayor que las contiene. En el plano de las significaciones no te quiero
contar: el diccionario (ese cementerio, como creo recordar que lo llamó Julio Cortázar) se lleva las palmas de aquí a Japón.
A ver, expresa el libraco que culo es
anatomía, geografía humana, y para más señas punto trasero o delantero de
objetos varios. Y hasta ahí. La verdad es que no se mete el camposanto en el
alma del lenguaje, que si a ver vamos equivale a surfear en esas aguas
tranquilas o ventiscosas de la vida real, monda y lironda, que hoy te besan y
mañana te aplastan con sólo restregar medio con pulgar.
Culo: art. Del lat. Culus. 1. m. Conjunto
de las dos nalgas. 2. m. En algunos animales, zona carnosa que rodea el ano. 3.
m. Extremidad inferior o posterior de algunas cosas. Culo del pepino, del vaso.
Sanseacabó. Menuda definición para esta palabreja que lleva en las entrañas un
ovillo de connotaciones, de imaginación, de picardía sana o malsana, de
erotismo y de mil y un símbolos sin medida ni fin. El culo del mundo, pongo por
caso. Hay que ver, me digo, “el culo del mundo”, tamaña frasecita apunta, fíjate, a unidades
de longitud, cuestión pasada por alto, como si tal cosa, tanto por el humilde
Larousse que descansa en un peldaño de mi biblioteca como por el respingado
DRAE, ubicado allá a lo alto, entre otro de sinónimos y el de Ambrose Bierce.
Se dice fácil.
Ocurre algo parecido con el culo de una
dama. Nada más alejado de la verdad que la ficción diccionaresca -perdónenme la fea palabra- que manda al basurero de la historia, del día
a día y de la cotidianidad que bulle en cada esquina el hecho fascinante
asumido por todo varón que se respete: pasa una señora de muy buen ver y entonces
lo que volteas a ver es con justicia eso, el culo, el culo no del diccionario
(frío conjunto de las dos nalgas) sino un ámbito mayor capaz de subsumirlo, de
encerrarlo en un espacio superior que sin dudas lo engulle por completo, es
decir, que culo va siendo aquí el todo y no la parte, la dama en cuestión de
cabo a rabo, entera de pie a cabeza, cuyo movimiento de las caderas y completa
humanidad vuelvo y repito, genera el chorro de adrenalina, el Vesubio
hirviente, la carga de deseo más explosiva que se haya visto por los
alrededores. Dime tú si me equivoco. Para qué decir sí, si no.
En lo que a mí concierne -biológica, antropológica, semántica y
sinceramente hablando-, desde la
adolescencia un culo, todo él según la explicación de arriba, fue el
responsable del Big Bang, de la sensualidad hecha carne y hecha huesos,
sinónimo de mujer, léase hembra fértil capaz de detener la marcha implacable del
universo. Vaya cortedad la de la realísima Academia, que será de la Lengua y de
cuanto inventario disponga la ficción, etcétera, etcétera, etcétera, pero no de
la vida que reverbera en todo grupo humano y demás hierbas. Pienso otra vez en
el cementerio de Cortázar: es que tenía razón el muy bandido.
Que entre culos te veas, bendito entre los
hombres. Mascullando tal sentencia sé a la perfección que comprendes lo que hay
que comprender, que culo es femenino aunque lo preceda el, que culo es ese
tierno, dulce, trascendental término que acelera el corazón, que enciende
fantasías, que conecta con los dioses -perdón, con las diosas-, más allá de
lexicógrafos acartonados y otras zarandajas por el estilo. Enhorabuena.
Así sea.
10/14/2017
Con la belleza, cara a cara
Les he contado antes que me gusta sentarme
en la terraza de un café y ver pasar la vida. Doy por sentado que todo café que
se respete es un templo de peregrinaje obligatorio para aquél dispuesto a
desmigajarse mientras a las cinco y treinta de la tarde cierta luz pinta de
dorado el panorama.
Semejante costumbre la cultivo desde
adolescente. Si alguna vez he creído asimilar qué diablos significa el término
contemplación, ha sido gracias a la experiencia con un libro, un cappuccino, un Partagás y una mesa bien
ubicada para darle y darle a la lectura, alzar la vista cada cierto tiempo y
observar cómo anda el patio.
Y en esas estaba la otra tarde, junto a
Camila, mi hija de catorce años. Tengo la fortuna inmensa de que esta chiquilla
es mi irremplazable compañera de lecturas. Así como lo lees, sin quitar ni
exagerar. Se acostumbró, a fuerza de mirar, a entrarle a la página en nuestros
cafés predilectos. Teníamos algunos en Venezuela y tenemos algunos aquí, lejos,
adonde vinimos a parar por motivos de trabajo (ésta es una historia que
referiré en otro momento). Leíamos en silencio, metidos de cabeza en el Sweet&Coffee, echados en brazos del
disfrute como bañistas arrojados a las olas: ella sus novelas que según dice la
hipnotizan, yo un libraco gigantesco de Francis Scott Fitzgerald
-“De lo que no es nuestro están hechas las
estrellas”- dijo de pronto, levantando la voz más de lo normal, con la mirada
puesta sobre algún lugar del horizonte. Me llamó la atención ese tajo en medio
de la nada. Le pregunto qué le ocurre, qué le atrajo de la frase, por qué la
coge así, con pinzas, y la expone para escucharla a quemarropa.
-“Porque me gusta”- suelta como si nada.
Créeme que no hay mejor respuesta. Simplemente
le gusta y basta, se acabó. Mi interrogante iba de la mano con la necedad y fue
Camila la encargada de hacérmelo saber, con sutileza, con imaginación, con una
sentencia que resultó aplastante. Es que somos jodidamente cartesianos, en el
peor sentido, y pretendemos la pulpa, los jugos, el corazón de la belleza sin
detenernos en su olor, en su color, en su epidermis. En fin. Decía arriba que
creo vislumbrar por dónde van los tiros a propósito del verbo contemplar, pero
a veces, más de las veces que quisiera, soy un anodino sin redención, mendicante
de pragmatismos que rayan en la estupidez.
Darse de bruces con lo hermoso no merece de
entrada los sablazos de la razón. Toparse con la belleza supone en un primer
momento cierta operación para la cual necesitamos un arsenal de papilas gustativas.
Y ahí las tenemos, y ahí mismo las hacemos a un lado. Cuando Camila saborea su
frase, cuando cata el dulzor o el amargor del lenguaje, sólo existen ella y las
palabras, el sentido, la sorpresa, el hecho que termina siendo mágico por donde
lo mires. Así deben ser los encontronazos con lo bello, con lo valioso, con
cuanto nos inspira e incita a hacer un alto para mirar y remirar. La belleza exige
detenerse, asimilar el puntillazo, entregarse a la petite mort que, ya vemos, trasciende sexo y erotismo.
-“Porque me gusta, papá, porque
me gusta”- respondió. Y yo sonreí y guardé silencio. Esa fue su mejor
explicación.
10/07/2017
Nombrando los días que van pasando
La mayoría de la gente le pone nombre a las
mascotas. Nada más normal que eso. Yo, ve tú a saber por qué, suelo nombrar a
los objetos. Me gusta la filosofía y leo libros, novelas o ensayos sobre
existencialismo, de modo que mi reloj se llama Sartre.
Ser y tiempo, pongo por
caso, es un texto clásico del conocido estudioso alemán, por lo que a mi
escritorio lo bauticé Heidegger. Y así. Tuve una laptop llamada Newton, una
bicicleta que respondía al nombre de Nastassja Kinski, y un buen amigo, a quien
nos referíamos desde los años universitarios como Valentín, puso a su inodoro
Stalin, sólo por seguir mis ocurrencias. Fíjate qué cosas.
Ponerle nombre a los objetos pasa
por colocarles cierta etiqueta diferenciadora. Los vocativos que otros
pronunciaron con el objetivo de ordenar el universo, de llamar pan al pan o
vino al vino, reconozco que tienen su razón de ser. ¿Te imaginas que una silla no gozara de ese
apelativo sino de, por ejemplo, ruiseñor?, y supón que al plumífero lo
ubicáramos lanzando un chasquido como árbol. Fin de mundo, Babel monda y
lironda en pleno siglo XXI. Sumo y sigo: piensa que una flor se denominara
tuerca, y la tuerca coliflor, y la coliflor esperanto y ésta corazón. Ya nada
tendría pie ni cabeza, el mundo sería más desquiciado de lo que ya es, lo cual
ten por seguro, mi querido Watson, no es en lo absoluto poca cosa. Al diablo el
lenguaje creado a base de esperanza comunicativa. Chao español, adiós chino
mandarín, en fin. Pero no me negarás que ponerle nombre a los objetos, tal y
como he venido haciendo todos estos años, se justifica gracias a una razón
menos pragmática: bautizarlos en segundo grado, torcerle el cuello al cisne a
ver si aparece una tortuga, asunto que hasta ahora en nada trastocó el orden
imperante desde que empezamos a intercambiar gruñidos por frases con algún
sentido. Sé que sólo yo practico semejante arte
-no te caigas para atrás: es un arte- lo que, repito, en nada ha significado
condición amenazante para el stablishment
lingüístico, así que continúo en mis trece, sigo nombrando y renombrando para
hurgar en las entrañas de lo cotidiano, en las profundidades del espíritu, en
los intersticios de esa cosa que es la lógica, cartesiana o no, aristotélica o
no, qué le vamos a hacer. Entonces un humilde cenicero resulta cierto guiño a
lo Bogart o esa mancha de labial que decora el borde de la taza un lindo
equivalente al mejor estilo Edwige Fenech. No sé si me explico.
La otra vez servía un trago de whisky de mi
botella Hemingway mientras encendía un Churchill que saturaba la estancia con
ese olor inconfundible a Roger Vilain B, mi padre, todo humo y Churchill él.
Tampoco sé si me explico, pero puedo jurarte que no es mal de morirse. Por otro
lado, ponerle nombre a los objetos, a las cosas, a algunos hechos incluso, va
de la mano con el psicoanálisis si quieres un mecanismo explicativo -a mí me lleva sin cuidado-, pero quitándole
parafernalia o vanidoso intelectualismo de academia. El sillón de la sala que
llamaste Freud no es más que una enigmática proyección de tu tía Adelita, y no preguntes más. A la luz de mi lámpara, apodada Edison por razones obvias,
pienso en todo esto. Y mi bolígrafo Cortázar, y Gandhi -mis viejos anteojos- y también Jack, la navaja que utilizo para
destripar sobres, para descuartizar cajas que llegan por correo, terminan
dándome razón.
La nomenclatura que me dio por inventar,
por cifrar en particular lengua un cosmos a lo largo de los años acaba siempre
por arrojar sus dividendos. Nada que ver con Milton Friedman o Von Mises, es
decir, pura y simple economía. Lo que puedo asegurar es que mi método está
hundido hasta los huesos en el magma que todos llevamos en las entrañas. Una
lenguarada como “a la luz de mi lámpara pienso en todo esto y mi bolígrafo y
mis anteojos y también la navaja que me sirve para abrir los sobres” y
blablablablablá, tal como escribí antes, dice mucho, para mí y para cualquiera.
Pero “a la luz de Edison pienso en todo esto y Cortázar y Gandhi y también
Jack, terminan por darme la razón”… dice más, infinitamente más, y me lo dice
al oído, de forma única y por supuesto cargada de distintas pulsaciones, de
mensajes secretos, de resonancias zambullidas en las cavernas de mis días.
Ponerle nombre a los objetos terminó por
convertirse en manía, en código críptico, verdadero lenguaje para entender y
entenderme, con gran elocuencia, contundencia, exactitud. Dime si no vale el
esfuerzo. Dime tú si no.
9/30/2017
El chavismo y el desastre
Sin duda la tragedia venezolana
se origina y desarrolla desde el populismo. Una panda de forajidos, descocados
sin redención, individuos que jamás sudaron las fiebres de los sesenta, ofreció
erigir el Paraíso en la Tierra.
Hoy en día la amenaza universal contra las
democracias ya no pasa por los ismos que tanto daño repartieron a lo largo y
ancho del siglo pasado. El comunismo y el nazismo, por ejemplo, perdieron el
terreno que alguna vez tuvieron en el puño, producto de su incapacidad para
cumplir las promesas que con tanta fuerza calaban en las cabezas de millones de
esperanzados. El verdadero peligro es ahora la enfermedad populista.
Sobre la base del espejismo mayor -el
pueblo llegó para gobernar- un populista accede al poder y atrincherado
ahí, utilizando con máximo provecho los valores típicos de la democracia,
comienza su labor contra el sistema. Me explico: la lógica populista parte de
un principio irrenunciable, no otro que “el pueblo soy yo”. Y si el pueblo soy
yo y yo estoy en el gobierno, olvídate de lo demás, camarada, porque lo que lo
que soy yo no permitiré que otros, advenedizos, lacayos, oligarcas o pitiyankis
regresen a lo suyo. Moraleja y conclusión, todo aquel capaz de mover una
neurona y criticar, todo el que disiente por A o por B del pueblo ejerciendo el
mando, simplemente es enemigo. Irrumpe así la polarización, se instaura un
maniqueísmo político, existencial, que echará al fuego todo matiz: o estás
conmigo o contra mí, o estás con el pueblo o en su contra. Bienvenido a la
revolución, por si no te has dado cuenta.
En Venezuela la razón política, es decir,
el arte de discutir, de no estar de acuerdo y expresarlo, de criticar sin que
te crucifiquen luego, acabó siendo presa del fanatismo desbocado. Manifestar lo
que supones es afrenta suficiente para la exclusión, para el baño de mugre que,
júralo, te viene seguro por atreverte a pensar de forma autónoma. Implica que
salió tu número en la repartición de la violencia. Para todo populista que se
respete el conflicto -quien esgrime ideas
distintas es un desestabilizador- guarda
significados diametralmente opuestos a la noción que de él tiene un demócrata.
Para éste, las diferencias de variado cuño son necesarias y por tanto
bienvenidas, asunto natural en sociedades abiertas; para aquél, no son más que
traiciones al pueblo por fin hecho con la silleta de Miraflores. En los
populistas la figura del pueblo es el caramelo mentolado que jamás se sacan de
la boca. Dicen que genera aliento fresco, aseguran que produce sonrisitas
Pepsodent.
Por tal motivo, cuando el gobierno
populista se equivoca de cabo a rabo y crea las calamidades que está llamado a producir,
culpa a terceros. Si el pueblo no se equivoca, entonces la razón, la historia,
la justicia y la verdad son parte constitutiva de esta lógica del espejo -me miro en él y se refleja la muchedumbre en
el azogue- y con seguridad son otros quienes
impiden la fragua paradisíaca, el advenimiento arcangélico, la realidad
equivalente a esa Edad de Oro que, no lo
dudes un minuto, se levantará gracias al Intergaláctico. La Cía, el
Departamento de Estado, los escuálidos, la Guerra Económica, el Imperio y los extraterrestres, he ahí los saboteadores,
aquí los tienes, sorprendidos con las manos en la masa. Si te fijas, un manojo de
neuronas inconexas fabrica en consecuencia una realidad patas arriba.
Al ser los populistas el vivo retrato de la
moral y la pureza, resulta imposible que en sus filas aniden esas rémoras que
en el pasado -el pasado es un fetiche al
que bien vale regalarle buena parte de las culpas- desangraron a la patria. Latrocinios,
corrupción, crímenes, ineptitud, todo ello existe, sí, pero en los enemigos. Verbigracia, en quien se
les planta con valor y opone resistencia. No hay manera, compa, no queda mínima
esperanza: un populista es como un coco seco, duro, inflexible, árido,
impermeable a cuanta evidencia empírica denuncie sus locuras. Viéndolo bien, en
el fondo es muy sencillo. Los malos están allá, los buenos estamos aquí. Tal es
la llave maestra de su relación con el mundo. Hugo Chávez alguna vez lo
sentenció: “esto no es entre Chávez y
los que están en contra de Chávez, sino entre los patriotas y los enemigos de
la patria”. Menudo delirante.
Ante esta perspectiva no se ha inventado
aún recurso alguno para ablandar semejantes
convicciones, para dinamitar la total seguridad de que tienen a Dios agarrado
por las bolas. Pase lo que pase, el cáncer revolucionario exorcisa toda
responsabilidad, cualquier viso de sensatez en función de la política y la cosa
pública -muchas manos peludas haciendo
de las suyas- y, por supuesto, carcome rutas
que podrían llevan a la autocrítica, a la rectificación. Ahí está Maduro y su
atajo de delincuentes chapuceando en el sueño de quedarse en el poder hasta que
se les pudran los huesos. Lo piensan, lo desean, lo buscan y lo dicen como si
nada luego de la tragedia que le propinaron a un país. Una revolución también puede ser un circo.
Llegará el día en que, desde la cárcel,
respondan por el desastre, aun cuando
resuenen tras las rejas los chasquidos de esas lenguas incansables, esas
que arrojan del cerco de los dientes para afuera, como diría Homero, la fetidez
y peligrosidad extrema de sus disparates.
9/22/2017
Gestos mínimos
Hay gente cuyos
horizontes coinciden con la grandilocuencia. Todo supone quehaceres XL, gestos
supremos, esfuerzos más allá de lo humano. Si de realizar una tarea se trata,
la hazaña suprema es lo mínimo aceptable. Caso contrario no vale un pepino el
asunto.
Por este camino
permanecemos en el sitio. Patinando. Al considerar la factura que resulta
obligatorio mostrar para ganarse el aplauso, o la buena pro o el reconocimiento
en función de las tareas cumplidas como ciudadanos, y al considerar igualmente que
aquello digno de una palmadita en el hombro o de una sonrisa aprobatoria sólo
es dado gracias a logros tenidos como extraordinarios, no avanzaremos un ápice
a propósito de aflojar algún tornillo y
apretar ciertas tuercas en esto de vivir en sociedad, de hacer ciudad, de
convivir procurando el mayor entendimiento, lo cual va siendo ya más que
catastrófico en el puto mundo que tenemos como lugar de residencia.
No, no es verdad
que para alterar algunas cosas y torcerle el cuello a uno que otro hábito sea
necesaria una erupción volcánica. Para que buen número de situaciones cambie se
requieren ínfimos movimientos, diminutos gestos capaces de perfilar otros
rostros. Por ahí van los tiros. Reconocer tales hechos, apreciarlos, brindar
porque permanezcan y gritar salud a todo pulmón, para que se oiga, para que se
enteren los vecinos, es también un hacer que lleva implícitos cambios en sí
mismo. Alguien escribió: “creo que al mundo van a salvarlo millones de gestos
pequeños”, y perdónenme no recordar al artífice de tamaña frase, pero la leí y
me gustó, me pareció redonda y verdadera, todo un coñazo en la nariz, en
nuestras pulcras y respingadas narices.
Lo que soy yo, me
alegro por la certeza que ello alberga en las entrañas. Es que me hace feliz
una imagen sencilla, un detalle en apariencia insignificante, me conmueve
incluso la señora que pasea a su perro, que guarda la bolsa consigo y se
apresura a recoger el excremento que Bobby, o como se llame la mascota, echa al
mundo mientras juguetea. Así no ocurrirá otra vez, dicho sea de paso, lo que he
o has vivido en tantas otras: mierda en los zapatos, maldiciones a granel,
pestilencias hasta nuevo aviso.
La frase que leí va
aparejada con la idea de que, sin lugar a dudas, vivimos en medio de héroes
anónimos por donde metas el ojo. Basta
con que salgas a la calle para que te percates. Y esa verdad es bueno tenerla
presente y reconocerla con todas las de la ley, y créeme que resulta fabuloso
maravillarse frente a ella. Hay que repetirlo: no es cierto que para merecer
una sonrisa de aprobación, unas hurras por la acción perpetrada sean
obligatorias hazañas mitológicas. Después de todo, molinos de viento aparecen a
la vuelta de la esquina y a cada rato la gente los enfrenta y resulta
victoriosa. Existen héroes caminando a un palmo de ti, ahora mismo. Me gusta
mirarlos, descubrirlos, convidarlos alguna vez a una cerveza porque es muy cierto
que de músicos, poetas y locos… (y de Quijotes también)… todos tenemos un poco.
8/03/2017
Las entrañas de lo real
Es curioso, pero mientras más grande menos
aprende la gente. O eso parece. Tienen razón los escritores: a veces la
realidad se aleja de lo real para darse de frente con lo ficticio. Vaya certeza
la de estos señores.
La otra vez andaba cabizbajo y opté por lo
de siempre, es decir, darle pataditas a lo que me aplasta como quien en plena
calle regala puntapiés a una lata vacía de Coca-Cola, sólo para olvidarme un
rato del puto día más sus espinas, y pensar, y marear la perdiz a mi manera.
Pero en fin, decía arriba que ciertos
aprendizajes son inversamente proporcionales a la edad y no creo que me equivoque.
Después de tantos cabezazos contra la pared he visto la luz, o sea que por fin
doy en el blanco si se trata de mover el foco, de tensar el arco para intentar
poner la flecha donde pongo el ojo. No sé si me explico pero el asunto viene
por ahí. Somos víctimas de la realidad, no cabe duda, por lo que más vale jugar
las cartas al respecto.
Jugar las cartas al respecto implica
aprender algo sencillo: si la realidad no es como la pintan es mejor colorearla
de modos diferentes, cosa que me llevó una punta de años vislumbrar pero
eureka, heme aquí, sentado ante una mesa de café, tabaco en mano frente al
lienzo inmaculado de la tarde que me saca la lengua, me mira con extrañeza,
mientras rebusco ángulos mezclando azules con aguamarinas en esto de vivir la
vida. Y así.
No me lo vas a creer, pero te juro que es
verdad. La otra vez pateaba con desdén la lata de los días y apareció ahí, de
cuerpo entero, con sombrero negro, con bastón, con bigotito corto, con las
piernas arqueadas. El cine mudo del día a día hacía otra de las suyas: Chaplin
en pleno bulevar, a las cuatro de la tarde. Charles Chaplin, el mismo que vistió
y calzó. O su doble, o algún fanático dado a deambular por estos lares. Ve
tú a saber. Nadie, excepto yo, se dio
cuenta de semejante escena, de modo que el perfomance,
o como diablos se diga, resultó un platillo que devoré a mi manera, que terminó
siendo plena y absolutamente para mí. Chaplin
a tres metros, como recién salido de El
gran dictador, como asomado desde sus Tiempos
modernos. Tienen razón los escritores, esos tipos extraños y caraduras que
ven un cinco cuando tienes enfrente un cuatro. Lo vi desaparecer entre la gente
mientras se alejaba poco a poco, lentísimo, adentrándose en la calle Foch.
En esta mesa leo o escribo, pienso, miro
pasar la vida entre bocanada y bocanada. Hay que ver, me digo, somos víctimas
de la realidad más veces de las que deberíamos, y para cuando reaccionamos ya
es tiempo de coger los peroles y palmarla, estirar la pata, plop, adiós luz que
te apagaste. Tengo un amigo que vive sus ratos como le da la gana, y no te rías
porque el caso no es naranja que se desconche facilona.
Vivir-la-vida-como-le-da-la-gana es un arte complicado y arriesgado que exige
talento, disposición y cojones. Nada menos.
En eso ando, con subidas y
bajadas. Muerdo el polvo y sigo, que algo termina quedando como sostuvo el
filósofo. Somos víctimas de la realidad, claro, y lo que soy yo le alzo el
vestido aunque sea por dármelas de qué sé yo, aunque sea por joder. A ver cómo
me sale el óleo. A ver.7/27/2017
Intriga
Como nos gusta complicar las cosas vivimos
invocando lo que trascienda el aquí y el ahora. Me explico: no nos basta la
realidad monda y lironda, ésa que a diario termina por quebrarnos un plato en
la cabeza. Buscamos más, esperamos más, a no ser que tengamos una piedra por
espíritu o la cabeza llena de aserrín, lo cual tampoco es que sorprenda demasiado.
Desde que tengo uso de razón me ha dado por
indagar en regiones poco transparentes. Uno se pregunta qué se oculta del otro
lado de las cosas, qué significan ciertos hechos, cuáles secretos de este mundo
se revelan sólo si los escrutamos desde ángulos distintos, y entonces nada, hay
que ideárselas para dar con meollos de pelaje variopinto.
Tengo un amigo que de lunes a domingo, pase
lo que pase, a las cinco de la tarde le da por papar moscas donde esté. Papar
moscas, según dice, es el mantra que culmina poniendo boca arriba algunas
cartas, lo cual ha implicado para él nada menos que dar sopotocientas veces en
el clavo. Acertar tiene sus bemoles, verdad que descubrí hace ya una punta de
años, razón por la que puedo entenderlo de pe a pa: ha encontrado su camino,
echó a andar su metodología y sanseacabó, recoge cuantas perlas puede, que ya
es decir bastante.
Tú, sin ir muy lejos, tendrás tus
particulares vericuetos. Enhorabuena. En cuanto a mí, como la razón goza de
mala salud en estos casos es mejor darle unas palmaditas en el hombro y
mandarla a cocinar lagartos, o cuando menos ubicarse de costado, sin exponerse
demasiado, no vaya a ser que acabes embestido y con la femoral troceadita en
dos mitades, qué mierda de suerte la de algunos.
Todo lo anterior para decir que últimamente he
chocado de frente con un enigma de lo más llamativo. De lo más común y
cotidiano pero subestimado la mayoría de las veces por la ingente suma de almas
que pasan por la vida como quien atraviesa un valle de lágrimas o, en el mejor
de los casos, un paisajillo apenas rosadito. Me refiero a las escaleras. Las
mecánicas, para ser exacto.
¿A dónde nos llevan semejantes artefactos?
Pones el ojo, siembras la mirada en el primer peldaño, movedizo como los demás,
y luego alzas la vista con la esperanza de que el procedimiento se repita, se
repita, se repita, y avances y por fin llegues a ese lugarejo, punto de fuga de
tu desplazamiento. Esperas que se haga la luz, claro. Pero qué va, nada de nada,
olvídate. En los centros comerciales, en los aeropuertos, en el metro, cada día
en mayor número y medida como hidras amenazadoras se multiplican tales bichos.
Te subes, pones el pie, pones el otro, esperas mientras te llevan, y la
pregunta cunde como manada de piojos: ¿cuál es el destino? ¿A qué indeterminada
geografía van a parar unas gradas empujándose a sí mismas?
Ayer, mientras fumaba un Partagás con un
macciato en Sweet&Coffe, dediqué buen tiempo a observar a la bestia, a
escudriñar el misterio que me quita el sueño hace semanas. A pocos metros de mi
mesa la criatura que conecta con el primer piso mantenía en silencio su quehacer.
Un hombre con sombrero y traje gris se embarcó en la travesía. Lo vi
encaramarse, lo vi cabalgar risueño sobre el alazán metálico
y al final, ya justo cuando el último eslabón debía arrojarlo al suelo de la
primera planta desapareció como por arte de magia. Entonces el abismo, entonces
otra vez la duda, esa pregunta que me hago sin que lleguen las respuestas: ¿a dónde nos llevan las escaleras mecánicas? 5/27/2017
5/21/2017
Relaciones íntimas
El otro día, fumando un puro, resolví un
acertijo matemático. No sé tú, pero en mi caso para llegar al punto b, saliendo
de a, en general no sigo una línea recta. Las más de las veces dar un rodeo
termina por ser ruta expedita.
A ver si me explico: en cierta ocasión
quise escribir un poema pero mi mente estaba en blanco. Supuse que sufría eso
que los escritores llaman bloqueo. Bueno, bloqueo o no la verdad fue que cogí
el manual de instrucciones de la licuadora con ánimo de meterle mano, pues a mi
esposa días antes se le había descompuesto. ¡Eureka!, seguí al pie las
indicaciones y finalmente al encenderla noté que las palabras, sueltas, desmenuzadas,
perfectas, llegaban una tras otra como anillo al dedo, o mejor, como anillo al
poema. Ese aparato, Oster si la memoria no me falla, servía también para
deshacer nudos literarios.
Fenómenos como el anterior pude descubrirlos
siendo todavía un crío. Ante problemas de artimética o frente a quebraderos de
cabeza en sociales, escuchar a los Beatles y leer a Kalimán, pongo por caso,
era atinar a cualquier blanco imaginable, significaba eliminar de un plumazo
cuanto obstáculo osara retrasar la victoria. Si tales procesos pueden parecerte
extraño, créeme que es lo de menos. Despejar incógnitas, solventar enigmas,
desentrañar misterios, lo importante es vislumbrar ciertos caminos y lograr atravesarlos,
no importa que describas una curva o un zig-zag en el proceso. Total, la
distancia más corta entre dos puntos a veces también es un círculo.
Yo no lo dudo un solo instante, las cosas
son así y punto, se acabó. Si a mi mujer le da por reclamar airada debido a que
olvidé arreglar la tubería, respondo que el cuadrado de la
longitud de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de las
respectivas longitudes de los catetos y asunto resuelto. No
falla. Y si el jefe da bronca gracias a un bajón en la bolsa que nos cogió
desprevenidos, echo mano de las fases de la Luna a propósito de su influencia
en las mareas del Báltico, que van y vienen, suben y bajan como la bolsa en
estos días, lo cual atempera malestares y por supuesto ayuda como no tienes
idea si pensamos en próximas negociaciones. Traba despachada.
La gente cree con fe religiosa que uno más
uno es igual a dos, cosa no muy veraz si a ver vamos. Haz la prueba, es decir,
razona menos e intuye más, que es lo que desde hace una punta de años he puesto
en práctica a pesar de Descartes, de la filosofía moderna y de mi maestro de
física, José Camacaro, allá en tercero de bachillerato. El pobre, por mucho que
lidió para cuadricularme la materia gris, para almidonarme y plancharme como
Dios manda todas y cada una de las circunvoluciones cerebrales, fracasó en el
empeño. Qué le voy a hacer si apenas rocé el diez para aprobar.
A lo mejor suena de lo más raro, pero no
tengo otros modos de andarme por la vida. Si yo soy yo y mis circunstancias,
según el buen Ortega, también yo soy yo y mis manías, asunto lógico por donde
lo mires. En fin.
Ahora intento desentrañar un lío académico.
El punto es dar con la influencia del pensamiento prerrenacentista en la
concepción kantiana de verdad. Mientras, pienso en las agujas del reloj que
observo ahí, enfrente, a propósito de horas, lustros, décadas o siglos. Y
pienso además en los embustes y certezas que atravesaron la historia de pe a
pa. Castañetea la solución. A lo mejor doy en el clavo. Ya veré.
5/14/2017
La dictadura en su delirio
La dignidad individual, en buena hora
acogida por Occidente como el sustento de los Derechos Humanos, lleva en las
entrañas una verdad incuestionable: no tenemos precio, poseemos valor. Sólo por
ser Hombres (así, con mayúsculas) gozamos de una valía universal que nos iguala
ante la ley, descabezándose cualquier rasero del que pudieran echar mano
gobernantes trastornados, ideologías devenidas en estiércol o gente común llena
de prejuicios variopintos.
Cuando la dignidad es pisoteada aparece un
monstruo contra el que nunca estaremos por completo vacunados, no otro que la
afilada dentadura de líderes mesiánicos, mil y un salvadores de la patria,
pseudopolíticos iluminados, caudillos con sed infinita de poder y otros bichos
parecidos. Es lo que ocurrió en Venezuela y engendró al hombre de la verruga.
Es lo que ha sucedido en un país que hace más de tres lustros vive en carne
propia la tragedia de gobiernos -primero
Chávez y luego el bailarín- refractarios
a la democracia, emponzoñados por el veneno de la codicia, del poder por los
siglos de los siglos y entregados sin
vergüenza a la satrapía más longeva de estos rincones del mundo.
Venezuela es una tierra con profunda capacidad
de aguante, pacífica hasta la médula, amante de la libertad, de la alegría y de
la fiesta. La palabra solidaridad le es consustancial, tanto como el término
olvidar, por ejemplo. En mi país todo se olvida con facilidad, a la historia se
la lleva el viento más veces de las que haría falta, de modo que por ahí cargan
ventaja bandidos de tomo y lomo, de verdadera uña en el rabo. Hugo Chávez y
Nicolás Maduro, pongo por caso. En medio de fiebres y delirios, serviles a la
voluntad de los Castro, borracho el primero de petrodólares e ignorancia y
harto el segundo de ineptitud entremezclada con demencia, pretendieron sobre la
base de la desmemoria inventarlo todo,
descubrir el agua tibia, refundar a la madre que los parió. Hasta llegar al
llegadero, es decir, a la vorágine de locura y horror que aplasta en el
presente.
Hoy, cuando los derechos de tantos han sido
vapuleados, desconocidos, ignorados sin misericordia por una mafia cuyo
horizonte más claro es sin dudas la cárcel, Venezuela ha dicho basta. No tengo
la menor idea de cuándo acabará el desastre, pero sospecho que más temprano que
tarde. Hay claros indicios de que el régimen se asfixia, se ahoga en su
particular pudridero, y el primero de ellos es la brutalidad represora. Con el
miedo soplándole en la nunca Maduro intenta golpear fuerte. Lo hace y atiza el
incendio. Es repudiado con más fuerza aquí y allá, en el país y fuera de él.
Jamás antes la oposición estuvo tan clara, unida y lúcida y nunca recibió un apoyo
general tan contundente como ahora.
El segundo indicio es la grieta enorme que
se observa en el chavismo, no sólo entre quienes lo sustentaron desde la calle,
gente sencilla, esperanzada, hipnotizada, sino entre quienes forman parte del status quo, del entramado de poder, esos
que dan vida a la bestia por dentro. La fiscal general, algunos diputados
oficialistas y en buena medida hijos, hermanos, primos, sobrinos o tíos de
individuos que mucho tendrán que explicar al país y a la justicia cuando la
barbarie acabe. En fin, existen razones para suponer que un viento helado cala
en los huesos de la dictadura. Respira con pronóstico reservado.
El ser humano es un fin en sí mismo y no un
medio utilizable por terceros, regla de oro que el gobierno venezolano se pasó
por la entrepierna como le dio la gana. Craso error que le extiende factura en su hora none. Y como callar, mirar
para otro lado cuando se violan los Derechos Humanos a mansalva es de cobardes
y de cómplices, tantos ahora mismo señalan, acusan a sus familiares, reclaman
reacción, desmarcaje, retiro de apoyo a los esbirros.
El gobierno de Maduro se ha quedado solo,
con su latrocinio a cuestas, con sus cadáveres en la conciencia, con el
bullicio atronador de un silencio que fractura hasta a las piedras. Ser
demócrata exige entre otras cosas detenerse, hacer balance y pensar. Exige el
coraje de reconocer el lado oscuro de un quehacer y corregir. Es, repito,
lo que han llevado a cabo algunos, lo
que pide a gritos el valiente hijo de William
Saab, la hermana del embajador en Francia, los parientes de un gorila
cuyo apellido es Padrino. Muchas vidas dependen del valor, del paso al frente y
de las palabras basta, suficiente, hasta aquí te acompañamos Nicolás Maduro.
Ojalá el déspota y sus socios terminen de una buena vez sin piso, sin el apoyo
de una cúpula de bayonetas que lo sostiene aún. Ojalá acaben desnudos frente al espejo de la
realidad y de la historia, cara a cara con sus íntimos demonios. Amén.
5/07/2017
La destrucción del silencio
Cuando el tiempo apremia los hombres, y
también las instituciones, evidencian con más fuerza sus matices, sus luces y
sombras, el ámbito predominante que se erige por último frente a la adversidad.
Desde hace más de tres lustros Venezuela,
como en otros episodios de su pasado, vive días oscuros: la deriva pestilente
del chavismo poco a poco fue carcomiéndola y al fin, en el presente, la
dictadura pura y dura hace estragos, pretende quedarse hasta que el cuerpo
aguante.
La desvergüenza de ciertos individuos, esos
mujiquitas de toda la vida, ha existido desde que la tragedia comenzó. Gente
que debió alzar la voz, denunciar abusos, señalar desviaciones que crecieron
como un tumor maligno y plantarse con valentía ante los delincuentes que
gobiernan, hizo mutis, miró para otro lado, y por acción u omisión terminó
convertida en Celestina, alcahueta de un bandidaje que a estas alturas perdió
hasta la última migaja de humanidad.
Semejante descalabro va más allá de nombres
y apellidos hartos a reventar de cobardía. Personajes e instituciones de todos
los pelajes abrieron las piernas, inclinaron la cerviz, cedieron a la dictadura
con la esperanza de salvar el pellejo, continuar respirando, cuidar el negocito,
mantener el contrato, vivir en la isla de una fantasía sin la molesta presencia
de esa realidad que es siempre un coñazo en la nariz, pese al axioma que en materia de estalinismos
resulta incuestionable: para un gobierno desnaturalizado existes mientras seas
esclavo. Caso contrario importas un pepino, te conviertes en materia
desechable.
Amén de lo anterior, es decir, aun cuando
todo un contingente de incondicionales pretendió correr la ola del tsunami
hecho poder, buena parte de la sociedad civil cumplió con su conciencia, llevó
adelante gracias a un coraje a toda prueba eso que los demócratas están
llamados a mantener con uñas y dientes, no otra cosa que la defensa de la
libertad, las garantías irrenunciables y el Estado de Derecho, a sabiendas de que hacerlo significaría represión,
exclusión -recuérdese el apartheid
Tascón, por ejemplo-, estigmatización -¿la
palabra “escuálido”, vil invento de Hugo
Chávez, te dice algo?- y demás abusos o discriminaciones por el estilo.
Entre otros hechos dignos de mención, es
bueno tener presente que un periodismo consciente de su naturaleza ha hecho lo
indecible para combatir la locura enquistada en Miraflores. Han sido
pocos los medios de comunicación, es cierto, pero se atrevieron -y se atreven- a cuestionar con fuerza, a desenmascarar la dictadura en mil y una instancias y no
desfallecen pese a la brutalidad de los verdugos. Cuando esta pesadilla acabe
sus nombres brillarán con luz propia en la historia reciente de la Venezuela
destrozada que nos va quedando, y estoy seguro de que estarán presentes en el
descomunal trabajo que significará reconstruir lo destruido. Periódicos como El Nacional, como Correo del Caroní en el interior del país, semanarios como Tal
Cual, sólo por mencionar algunos impresos
-súmense a ellos las alternativas
virtuales, que las hay, y con una dignidad que roza las nubes-, cumplen a cabalidad la tarea sagrada que otro
periodismo temeroso, complaciente y acomodaticio escupió: desnudar el poder,
escudriñarlo, señalar el pus donde se encuentre, batallar hasta el final. Son
garantes de la democracia porque son también contrapeso de todo gobierno, y
esa, mal que duele y daña inmensamente, no fue práctica generalizada en la
prensa venezolana durante estos años de
retroceso, tragedia, corrupción, crímenes contra la humanidad, derrumbe
económico y asfixia de nuestros valores. Repito, apenas unos pocos llevaron
sobre sus espaldas y pudieron ejercer con gallardía, asunto que los honra, la
misión que toda sociedad democrática les encomienda.
Finalizará esta época de horror, desastre y
sumisión de tantos frente a los jerarcas con pies de barro y ahí continuarán
los mejores periodistas, los mejores medios, erguidos, dignos de su oficio, con
la triste certeza de que una tragedia que bien pudo evitarse si todos hubiesen
sido uno, culminó en la vergüenza de hoy, en la triste realidad que ultrajó a
todo un país. Mi reconocimiento y respeto para ellos, ayer, hoy y mañana.
4/28/2017
Estos reaccionarios de izquierda
Durante lo que va de siglo XXI Venezuela ha
sido gobernada por una cleptocracia cívico-militar que a estas alturas la ha
llevado a un estado de postración, miseria y retroceso sin parangón en América
Latina.
El país que podría ser la Suiza de estas
latitudes yace humillado por la vesania de una mafia literalmente enquistada en
el poder y cuyos planes no contemplan soltarlo hasta que se pulvericen sus
huesos.
Mala cosa, por supuesto. El gobierno lleva
encima el peso del repudio absoluto y nadie, salvo fanáticos y encantados, los
quiere. Sabe bien que cualquier llamado a elecciones terminará en paliza, lo
cual le eriza hasta el último de los pelos. Al quitar el culo de Miraflores
tendrá que enfrentar a la justicia y, considerando cómo está el patio, viendo el
bandidaje que destrozó al país, por sus crímenes irá derecho a las mazmorras.
Entre quienes dan cuerpo al andamiaje de
apoyo -mínimo, es cierto, pero
andamiaje al fin- con que cuenta Maduro
y sus gansters se halla buena parte
de lo que ha sido la pedorra izquierda venezolana. Utilizo semejante epíteto,
toda una ventosidad él mismo, porque la historia no lo desmiente un ápice:
pedorra, por haberse entregado sin vergüenza a los delirios de un militar
felón, ególatra y sin luces; pedorra, por tropezar cien veces con la misma
piedra y con el mismo pie, y pedorra por su incapacidad -salvo honrosas excepciones, que las hay- para enmendar la metedura de pata, trocarse en
demócrata y, por último, intentar cuando menos pensar con cabeza propia.
Dentro de esa izquierda nostálgica de bengalas
revolucionarias, de cielos tomados por asalto y de cuanto parapeto ideológico
le recuerde los sesenta, ocupa un lugar destacadísimo cierta intelectualidad
que, como dijo alguna vez el buen Petkoff, ni olvida ni aprende. Hay que ver,
estando ya crecidita como para
percatarse de que un líder mesiánico siempre termina siendo un producto
bueno para nada, abrió de cajón las piernas y aún hoy, luego de la tragedia
que engulló al país, permanece así, como si nada, feliz ante el relumbrón
del poderoso que lanza sus migajas mientras hace las de Atila.
Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
Se me vienen los nombres más rutilantes del
boato culturoso gobiernero: Luis Brito García, Laura Antillano, Luis Alberto
Crespo, Gustavo Pereira, Román Chalbaud, Earle Herrera y un puñito adicional de
intelectuales cuya acción -inclinar la cerviz, callar y alcahuetear, permanecer
incólumes y mirar para otro lado cuando se violan derechos humanos a mansalva,
cuando se lanza a todo un país por el despeñadero de la desesperación, la
indigencia y el hambre- deja entrever la
distancia medida en años luz que los separa como mínimo de la condición de
demócratas.
Venezuela saldrá del horror en que se
encuentra, no me caben dudas. Pero reconquistar el camino de la democracia y el
progreso pasa por aprender la lección,
no otra que desoír cantos de sirena para no caer otra vez en el pozo al que
llegamos, con barra, aplausos y apoyos ciegos al iluminado en turno. Estos
reaccionarios de izquierda, encandilados por el hombre fuerte, y por supuesto éste,
van de salida. Ojalá que por tiempo prolongado. Ningún pueblo se halla vacunado
contra la barbarie, la demagogia o la tentación de seguir como corderos a
quienes prometen paraísos a la vuelta de la esquina, cueste lo que cueste. No
hay que olvidar las palabras de Camus: en política, son los medios los que
justifican el fin, y nunca al contrario.4/23/2017
El ornitólogo y la bailarina
Tengo un amigo ornitólogo que ejerce su
vocación como nadie. No sé él, pero lo que soy yo siempre supe que acabaría
observando pájaros mañana, tarde y noche. La verdad sea dicha: el amor existe
en mil y una maneras, de modo que mi amigo terminó rendido ante un cupido
profesional, es decir, ante quehaceres propios de sus inclinaciones avícolas.
Nada nuevo para mí, vuelvo y repito.
Así como la cadencia de una frase, así como
el ritmo particular de sintaxis que lo insinúa todo, así como el lenguaje
fascina a quien se precie de escritor, pongo por caso, el bueno de mi amigo
vivía cual mentecato, tirado de cabeza, sumergido hasta el pescuezo entre
plumajes llamativos, cantos extrañísimos, formas de vuelo que ni te imaginas,
ritos de enamoramiento o no sé cuántas maneras de construir un nido. Era su
amor, la entrega sin más a una faena que
él eligió y ella también a él desde un chispazo cuyo origen se pierde en algún
lugar de su lejana infancia.
Mi amigo, al cabo de los años, dio con otra
forma de entrar en pareja, la usual y no por ello menos enigmática. Ahora sí,
una mujer de armas tomar desplegó su propia danza, asomó el destello de sus plumas
y como avecilla misteriosa descolocó al buen hombre para siempre. Al caminar
ella bailaba, se podría decir que casi levitaba y no era para menos. Había
pertenecido desde su juventud al cuerpo principal del American Ballet Theatre, de Nueva York, y
ahora, luego de esa experiencia fabulosa, por otras razones regresaba
nuevamente a su país y a su ciudad.
Da la casualidad de que las casualidades no
existen. Entonces el hombre de los pájaros se unió a la dama bailarina, un
cisne, una gorriona, o como se diga, una palomilla delicada que tensó a la
perfección el arco e hizo su disparo: mi amigo resultó flechado, atravesado,
cazado por la presa. Por algo sería. Y
entonces pasaron los días, los meses, los años.
El ornitólogo y la bailarina frecuentaban
mi casa, yo la de ellos, preparábamos café, compartíamos algún licor, solíamos
almorzar por ahí y créeme, siempre que los tuve enfrente parecían un mandala
haciéndose desde ellos mismos, golondrinas en plena faena, dibujándose en el
aire, embebidas, atragantadas de piruetas y revoloteos en picada o en zig-zag,
libérrimas por donde las vieras, hasta regresar como si nada, en algún instante
mutuamente elegido, a la jaula de lo cotidiano, de su labor diaria con los
binoculares y el libro de notas (él, claro) y su perfomance sobre las tablas como práctica nunca abandonada a pesar
de no trabajar ya como profesional (ella, por supuesto).
Eran mis amigos y punto. Eran dos seres
únicos llevando a cabo lo que les dio la gana. A diferencia de ti o de mí,
habían hallado un canal menos común a la hora de decirse cosas, lo que
comprendí desde la primera vez y en silencio concebí como lo más natural e
incluso necesario de este mundo. El ornitólogo y la bailarina dominaban su
lenguaje y qué más da, quise aprenderlo pero fracasé como bellaco. No es fácil
asimilar otros idiomas, lo que combinado con mi edad y mi propensión a cierta
practicidad que decidí no combatir jamás, levantó un muro inderribable. Resulta
extraño: no hablé la lengua de mis amigos pero la intuí. Y eso bastó.
Diez años, veinte, treinta. El ornitólogo y
la bailarina continuaron en lo suyo. Se amaban, no cabe duda, y cierta vez,
empinados sobre el jolgorio de unos besos, untados de sudores confundidos en
abrazos, fueron poco a poco, lentamente, abriendo aún más las alas, contemplando
como nunca el brillo de las plumas, el canto derramado en tonos que subían o
bajaban como si fuese una ópera jamás antes escuchada. Ella levantó mucho los
brazos, como para atrapar las nubes. Mi amigo la siguió en el gesto y justo en
el último segundo, envueltos en jadeos, bañados de aliento y de saliva, batieron
las alas y levantaron vuelo. Jamás volví a saber de ellos.
4/16/2017
El chavismo y el calvario
Maduro y su
pandilla pretenden envejecer en el poder. De eso no hay duda. El chavismo,
untándose la cara con preceptos democráticos, llegó a Miraflores para desde ahí
socavar el sistema que tan poca gracia le hace. ¿Se saldrá con la suya? Más
bien parece que terminará con las tablas en la cabeza, que el país entero le
descarga ya una patada en pleno culo.
Pero vayamos por
partes. Eso de la libertad de expresión, a oídos del hilarante presidente que
gobierna en Venezuela, lleva en las entrañas un condimento burgués inadmisible.
Todo revolucionario que se respete sueña con tomar el cielo por asalto, vive su
burbuja de fusil y de montaña. Es la narrativa que lo legitima ante las masas,
ante la predecible historia, y no será una aburrida democracia, con su ñoñez
paquidérmica, la que sustituya al exultante imaginario y al fuego de artificio
propio de revoluciones en su ley. De igual manera, algo tan básico como la alternancia
en el poder es cosa de alienados perdiendo su tiempo en formalidades
desechables -¿elecciones?, ¡vaya morisqueta capitalista!, ¿división de
poderes?, ¡patrañas del liberalismo opresor!-. La lógica chavista, en el fondo
primita hermana de la estalinista, sabe únicamente de poder sin contrapesos,
dinero a manos llenas, imposición, corrupción y miedo. Con tales variables
apretadas en el puño no hay tu tía: obedeces, obedeces y obedeces, salvo que tu
vocación ronde la condición de mártir. Pero el caldo se le pone morado, muy
negro, cuando la línea de acción, los razonamientos que fundamentan sus
disparates, se tuercen en función de desviaciones que no aparecían en el
libreto.
El pueblo
respondón, por ejemplo. O una oposición más inteligente, terca y envalentonada.
O la pérdida del poder legitimado en sus inicios por una amplia votación cuya
esperanza se trocó en colosal estafa, sostenido luego por el piso falso de las
bayonetas. Entonces Nicolás Maduro, desnudo en pelotas, sin dólares para el
circo, sin amiguitos verdaderos en el orbe
-las focas de antaño están ya creciditas para estarle haciendo caso a un
limpio-, sin el falso maquillaje democrático que tanto bien le hizo a Hugo
Chávez, da zarpazos a ciegas, reprime a placer, viola con ahínco Derechos
Humanos, encarcela a disidentes, amenaza fuera de sí como novio abandonado. En
el fondo, Maduro y su combo chorrean pánico, destilan terror gracias a una
verdad que les carcome el alma: vislumbran con tino qué les depara el futuro,
olfatean como sabuesos sus negros pormenores, sienten el miedo soplándoles en
la nuca de sólo imaginarse enfrentando a la justicia, pagando sus crímenes tras
las rejas.
A estas alturas del
asunto creo con Fernando Mires -un intelectual lúcido y honesto a quien le
importa la realidad venezolana-, que es el momento de exigir sin desviaciones,
sin perder el foco, lo que manda la Constitución, es decir, elecciones
regionales. Elecciones, ese es el mantra político colgado de la realidad
venezolana en los minutos que corren. Si el régimen hizo lo que quiso al
torpedear con éxito el revocatorio, si se burló de medio mundo en el fulano
diálogo y pretende dar igualmente un manotazo al mandato constitucional de
llamar a elegir gobernadores, la oposición debería sin cortapisas, amalgamada,
unida como nunca, exigir ahora mismo y desde todos los flancos la realización
de éstas, pues hacerlo es acatar el mandato expedito de la ley. Tal es el punto
de fuga, ese es el objetivo, y no otro, cuya fuerza abrazada a la legalidad
levantó en el presente, como jamás antes, el sólido apoyo de los gobiernos y demócratas
del mundo. No es concha de ajo tamaña realidad.
La dictadura
atornillada en Venezuela conoce el resultado electoral de antemano: una paliza
de antología, un puntapié en las meras nalgas que la mandará al infierno, por
lo que despliega sus maniobras, ya sin vergüenza y sin caretas, para otra vez burlar
la voluntad de los venezolanos. La gente decente y los líderes actuales le
ponen la mano en el pecho, desde la Asamblea Nacional, desde la razón y la
Constitución, desde las calles, al desastre hecho gobierno con el fin de
recobrar la senda de la democracia, el bien común y el progreso en paz. La
Lucha sin cuartel ahora debe ser, hay que repetirlo mil veces, por elecciones,
por el nítido llamado a éstas implícito en nuestra Carta Magna y porque el
mundo se ha plegado a ellas de modo contundente, sin ambages, como horizonte
constitucional para salir de la trampa del chavismo y sus nefastas consecuencias.
Esto hay que aprovecharlo.
Ojalá y sea éste el próximo paisaje en el
cielo de Venezuela. Y ojalá se aprenda la lección: los cantos de sirenas, los
caudillos iluminados, los idiotas disfrazados de estadistas siempre están más
cerca de la destrucción, de la ruina y del calvario que de los paraísos
ofrecidos justo aquí, muy cerca, a la vuelta de la esquina.
4/07/2017
Magia en las entrañas
Para algunos toda magia es allanada por la
diosa razón. Sale un conejo de un sombrero, desaparece una moneda en la mano,
cierta mujer es serruchada en dos. Entonces la razón entra en acción: extiende
un mapa explicativo, saca el manual de instrucciones, despliega esa lógica
cortante que le da un puntapié a la ilusión.
De niño, cuando aún dos más dos podía ser
cinco, la magia formaba parte de la vida cotidiana, es decir, existía como tal,
porque sí y punto, sin nada más que hablar. No obstante, en ocasiones me
rascaba asombrado la cabeza preguntándome cosas al respecto -ya sabes, desde que nacemos nos cuadriculan
la mirada, nos entuban los ángulos de entrevisión-. Por fortuna prevalecía la
maravilla, el asombro sin muros o alambradas: esa atmósfera de enigma que no
necesita de mayores escrutinios y en la que el intelecto culmina, alabados sean
todos los dioses, siempre de patitas en la calle. La razón, esa señora que nos
esclaviza, ni hacía falta ni se la extrañaba.
Que yo recuerde, la primera vez que quedé
patidifuá por esa sensación llamada mágica fue allá lejos, en la escuela, más o
menos a los cinco años de edad. La mudez de la hache -así como lo lees, mudez, cosa contraria al
parloteo- implicó un mazazo en pleno
occipital del logos cartesiano que desde imberbes las Terciarias Capuchinas nos
hacían masticar y tragar crudo. Que la hache fuera muda cobraba un aire de
irrealidad percibida como el primer oxímoron plantado frente a mí. Sonaba a
imposibilidad hecha posible. Menuda paradoja, mi querido Watson. Almohada,
hemisferio, cacahuate, ¿sufrían de alguna enfermedad?, ¿habría algún estado
patológico en herramienta, en huracán, en hermetismo, que no se vislumbraba en
automóvil, cigarrillo o abuelita? Pensar que la hache fuese muda, según el dictum de la hermana Concepción,
arrojaba cierta inaprensible idea de que el mundo era menos seguro de lo que
imaginaba, más jabonoso que lleno de certezas, más cómico que de ceño fruncido.
Empecé a considerar que el universo monta en sus espaldas una palabrita que sólo pude comprender mucho después:
relatividad.
Como la hache hacía silencio, pagué caro descubrir sus consecuencias. Es
que no podía ser de otra manera, su mudez serviría para jugar, para reír y
divertirme. Phelhotha, hombligo, avihón y bihcicleta ya no tendrían nada de
extraño, se lanzaban en picada al baúl de los juguetes si el punto era relacionarme
con lo otro, con todo aquello ubicado de la epidermis para allá. Htrompo,
roboht, therciopelo, fhlor. Así lo escribí en una tarea y así lo repetí en el
examen de lenguaje. Suspendido, claro, y encima boleta de citación para mis
padres. Vaya problema de marca mayor que me gané.
Después, transcurridos varios años, quedé
patitieso cuando en la Foto Roma de mi pueblo
-un pequeño fotoestudio al que a veces me acercaba para hablar de composición,
velocidad y enfoque con Juvenal, el dependiente- se hizo realidad, como visión fantasmagórica, primero el perfil y luego los
volúmenes, nítidos, muy bien definidos, de personas y objetos sobre un trozo de
papel en el cuarto apenas iluminado gracias a un bombillo rojo. Magia pura,
magia cubriéndolo todo, magia entrando hasta por los poros. ¿Cómo era posible?
El buen hombre, sonriente, explicó de seguidas el asunto, dio en el clavo al momento
de desentrañar misterios, pero lo olvidé adrede, lo borré de un plumazo, mandé
al diablo cuanto pudiera deshacer encantos.
Todavía hoy procuro esos estados.
Créeme que a mis años echo mano de la magia para que la molienda de la vida
real no me triture por completo.
Literatura: magia por donde la mires. Camila y Daniel, mis hijos: magos
de cabo a rabo. La calle: varita al más puro estilo Harry Potter con sus cafés,
tiendas, semáforos y perros famélicos que lleva en las entrañas el poder capaz
de sorprenderte, de obsequiarte a cada paso un coñazo en la nariz.
En eso ando, con tamaña realidad me
encuentro cara a cara. Buena forma de mantener a raya a la locura, o ve a saber
si a la cordura. Dime tú si no.4/04/2017
La dictadura venezolana
Imagínate que el poder se hubiese utilizado
para construir. Imagínate por un segundo cuándo esta gentuza que gobierna a
Venezuela terminaría su mandato si únicamente hubiera aplicado parte de eso que
llaman sentido común. Imagínate a Chávez, luego a Maduro y después a cualquiera
de los incapaces del gobierno, usando una mínima parte del dineral que
dilapidaron, que malversaron y se robaron, en función del bien general. Con
todo el poder del que gozaron, con toda la popularidad -la del caudillo iluminado- que llegaron a tener, con la inesperada
fortuna que les cayó del cielo, imagínate, imagínate cuándo semejantes buenos
para nada, sin contrapesos institucionales ni oposición estructurada, hubiesen
apartado el culo del sillón de Miraflores.
Tuvieron la suerte de pegar la lotería a
propósito del alza astronómica en los precios del petróleo pero experimentaron su
antítesis gracias a los demonios que muertos de la risa esparcen sus
maldiciones: en este caso ser depositarios de una ineptitud, estupidez y
cortedad de luces que mira a dónde hemos llegado. La dialéctica del señor Hegel
desamarrándoles la botija, poniéndoles el caldo de morado a negro. Coño, quién
lo hubiera sospechado.
Negro, eso es. Negro tinta es el presente y
ni qué decir el futuro de Maduro y su pandilla. Hoy por hoy, ¿adónde fue a
parar el capital chavista?, pues sencillo, a las cloacas, a las alcantarillas,
al arrojadero de los desperdicios. El gobierno autoritario del Galáctico,
atragantado de dólares, prepotencia y mesianismo, derivó en el lastimero perfomance de un triste bailador de salsa, hazmerreír del
universo. Un dictador con todas sus letras cuya última gesta ha sido despachar
de un plumazo, vía los esbirros del Tribunal Supremo de Justicia, la máscara de
cierta democracia transformada en mueca desde comienzos de siglo.
La peligrosidad del régimen que ahora
patalea aumenta en forma directamente proporcional al nivel de excrementos que
llega a su pescuezo. Maduro sabe, junto con su banda, que soltar el poder es
sinónimo de juicios, de cárcel, de fin de una locura que jamás debió ocurrir.
Lo saben y se aferrarán con dientes y uñas, a como dé lugar, a costa de lo que
sea, a él. No hay vuelta atrás. Los demócratas de mi país, en las horas
cruciales que vive Venezuela, tendrán que desplegar el abanico de imaginación, creatividad,
previsión, inteligencia y coraje que la situación actual exige sin demora.
El gobierno de Maduro, campeón de la
trampa, del embuste y de la intolerancia, violador sistemático de los Derechos
Humanos y con toda seguridad uno de los más corruptos de la Tierra, no es, como
la propaganda oficial se encargó de proferir cuando había el dinero y el músculo
suficiente, un gobierno progresista, de izquierda o cosa que se le parezca.
Encarna una clara dictadura militarista, retrógrada, delincuente como todas,
entregada por si fuera poco a la satrapía cubana. Al momento de escribir estas
líneas, hasta la Internacional Socialista condenó el autogolpe, ridículamente “revertido”
-impase lo llamó el cándido salsero- por el Tribunal que emitió la sentencia al
servicio del Ejecutivo.
Las democracias del mundo, la gente decente
y de buena voluntad no pueden hacerse de la vista gorda ante lo que ocurre en
Venezuela. Un gobierno incapaz de gerenciar con un mínimo de resultados
positivos, vinculado además con lo más impresentable en el marco de los líderes
mundiales, que hambrea y reprime a mansalva, que llevó a la catástrofe
humanitaria a una república cuyas riquezas naturales y talento humano pudieron
convertirla en la Suiza de Latinoamérica, es un gobierno que debe estar de
patitas en la calle, respondiendo ante jueces por sus crímenes. Elecciones,
como manda la Constitución, es lo que deben pedir con contundencia y presionar
en serio para que se produzcan, la oposición interna, que es mayoría sobrada en
el país, y la comunidad internacional. Será la única manera de que Venezuela se
enrumbe por otros derroteros: el de la paz, la democracia recuperada y la
construcción del futuro que merece. Tal realidad no debe perderse de vista. Por
ningún motivo.
3/29/2017
Me enamoré de un maniquí
Hay gente que vive enamorada y eso es
bueno. Por supuesto, hablar de amor no pasa necesariamente por el cedazo de la
relación de pareja. Que un hombre o una mujer, o un hombre y un hombre, o una
dama con otra dama se metan de cabeza en los vericuetos del corazón, pues muy
bien. En fin, que de amores (y desamores, claro) está hasta las narices el
universo, de modo que hoy me dio por hacerle cosqu8illas a tales asuntos.
A mis cuarenta y siete vueltas al almanaque
estoy casado, con hijos, trabajo y toda la parafernalia. A falta de perro,
Daniel, mi hijo menor, tiene un hámster y créeme que al pobre sólo le falta
ladrar. Con mi pareja pienso envejecer, a no ser que un mal día me ponga de
patitas en la calle, Dios y los santos me libren, pero otros amores -todo hay que decirlo- me atravesaron de cabo a rabo desde que tuve
uso de razón.
Vamos a ver. De chico me enamoré de un
maniquí, de mi maestra y de una actriz de culebrones, en ese orden. En la calle
Miranda de Upata, cruce con unión, la tienda La Selecta disponía para sus
atuendos ciertos maniquíes de muy buen ver. Recuerdo a Lucía, una muñeca
blanquísima y de formas que me dejaban boquiabierto. La bauticé Lucía ve
tú a saber por qué, y cada vez que salía
de casa y me daba de frente con la vitrina que era el hogar de mi amada, soñaba
con que alguna vez saldría de ahí para vivir por fin nuestra historia de amor.
Después rodé cuesta abajo por una maestra
en cuarto grado. Ya a esos años, mis ocho o nueve, disfrutaba con la silueta de
sus piernas insinuadas a través de una ajustada falda colada bajo el
escritorio. Por aquella maestra, compañero, vislumbré lo que era patear la
calle de la amargura. Iba feliz al colegio pero hasta ahí, nada de coger
apuntes o concentrarme en lengua o geografía. Me hice experto en soñar
despierto, en deambular lelo, en papar moscas y en imaginar que la maestra
descargaba a cada instante una punta de caricias sobre mis mejillas, sobre mi
frente, sobre mis cabellos rulos. Menuda inocencia entremezclada con erotismos
incipientes.
Pasado el tiempo, a los diez u once,
terminé fulminado por Amanda Gutiérrez y sus apariciones en el canal ocho. Era
la belleza personificada, una especie de Venus televisiva que hacía acto de
presencia, diosa total, en mil capítulos de una serie que no estaba dispuesto a
perderme por nada de este puto mundo. El romance duraba hasta el ocaso de la
telenovela. Entonces fin de la historia, adiós Venus y sus carnosidades,
bienvenida la resaca.
De amores y amoríos cada quien tiene su
historia y bueno, la mía lleva en las alforjas el recuerdo de tres gestas que
me reventaron el piso. No sé si las maestras de ahora guardan el sello de la
sensualidad. En las actrices de estos tiempos extraño el garbo, aquella mirada
lúbrica, punzopenetrante, y la estampa chorreante de erotismo de Gutiérrez, pantera
de la tele. Y aunque no todo tiempo pasado fue mejor, cierta nostalgia me
agarra por el cuello para remarcar entre brumas las figuras de una hembra. Hay
que ver, los laberintos de la memoria. Hay que ver.
3/12/2017
Puntos de vista
Como estamos acostumbrados a nuestra
estatura, miras con los mismos ojos el horizonte que tienes enfrente. Yo, que
alcanzo 1.83, tengo un particular punto de enfoque. Tú tendrás el tuyo, y así.
Un amigo rompió todos los esquemas al
respecto. “Verás” -me dijo un buen día-,
“no hay nada mejor que ubicarte a ras del suelo para hallarle otro sentido a la
existencia”. Mi amigo, que tiene cara de distinto pero no de atolondrado, lleva
una punta de años dale que te dale, observado cuanto le rodea desde planos que
en nada se parecen a los típicos, esos que tú o yo nos embolsillamos y
transformamos en costumbre porque no abunda, qué le vamos a hacer, eso que
llaman ojo clínico, creatividad, imaginación, y ya, dejémoslo hasta aquí.
El bueno de mi amigo acostumbra echarse de
espaldas sobre el piso para ver mejor. Y a veces, créeme, lo encuentro gateando
por la biblioteca de su casa, o hurgando entre las patas de los muebles, o
haciendo piruetas bajo el escritorio. Total, cuando le pregunto al respecto
siempre termina por lanzarme idénticas respuestas: es desde el piso como puedo
figurarme otros ámbitos, diversas regiones jamás imaginadas, nuevos planos inexplorados
de las cosas.
No, mi amigo no necesita del psiquiatra. En
la única ocasión en que se lo propuse, hace ya más de veinte años, se tomó a
pecho mis palabras y al día siguiente fue y sacó la cita. Él y su tratante
terminaron discutiendo ciertos problemas de la vida en cuclillas, y en
ocasiones acostados boca abajo, reptando sobre la alfombra del consultorio, de
modo que el discípulo de Freud aprendió una nueva técnica, tan eficaz según
confesó él mismo después como la hipnosis o el psicoanálisis.
Es que se cuenta y no se cree, repite cada
vez que nuestros encuentros nos llevan a tocar el tema. Hay
ángulos invisibles en una cafetera o una ducha cuando te metes de cabeza en la
atalaya de lo común, del día a día, y de pronto puntos de fuga, giros
particulares, planos renovados que cobran los objetos si vislumbras tu mundo a
la altura de un niño pequeño, pongo por caso. Tonos de luz, caminos nunca antes
andados, sendas apenas descubiertas por el ojo de la monotonía.
Ya ves, mi amigo tiene bastante de filósofo
aunque ni siquiera lo sospeche. La verdad es que -para qué decir sí si no- son más las veces que me he rendido ante el
peso de su convicción que las ocasiones en que, atravesado por la lógica
aprendida en el colegio, intenté desbaratar su modus operandi. De cualquier modo, cada quien con su cada cual, al
punto de que yo soy yo y mis circunstancias, como dijo el otro, y mis
circunstancias están plagadas de dos más dos igual a cuatro, y cuatro y dos son
seis, y pienso, luego existo, todo adobado con ciertas monsergas de lo más académicas,
planchaditas y almidonaditas, fíjate cómo van siendo las cosas.
Mi amigo, cuando el nivel de nuestra charla
finaliza en puntos muertos, es decir, conmigo frunciendo el ceño más de lo
debido, se agacha sin anunciarlo, continúa escuchando lo que parloteo, enciende
un cigarrillo y asiente sin dificultad.
A esas alturas su argumento resulta irrebatible. Y pasamos a otro
asunto.
3/02/2017
La chica de las tetas perfectas
Así como lo lees. Podrás objetar que la
perfección es subjetiva, que en realidad cobra vida sólo en función de un ideal
que cada quien lleva entre ceja y ceja, que no existe ni existirá jamás, y la
verdad es que me importa un rábano. He visto la perfección a tres metros de
distancia y, como dijo el poeta al hablar de la belleza, la senté en mis
rodillas, con la pequeña diferencia, señor Rimbaud, de que ni la encontré
amarga ni la injurié.
Todo lo contrario. De ese sueño magnífico,
de transformarme en cabalgadura para que deambule a sus anchas, puedo decir que
desperté con la certeza de haber dado un mordisco al Paraíso. Créeme, he visto
a la perfección dando brincos a su antojo mientras hojeaba la página ochenta y
tres de El limpiabotas del Padre Eterno,
un cuento de Max Aub. Alcé la vista desde esta mesa en el Sweet&Coffee y
ahí estaba, hecha carne y hecha huesos con toda la desfachatez del mundo
haciendo de las suyas.
Voy a coincidir con San Agustín cuando le
preguntaron por el tiempo. El santo respondió que frente a semejante
interrogante no tenía la más mínima idea de qué diablos podría ser, pero una
cosa estaba de anteojitos: al desaparecer el tono de consulta entonces claro,
daba por sentadas de pe a pa y con pelos y señales las respuestas al enigma.
Pues bien, mejor enfoque imposible. Toda perfección es prima hermana de ese tiempo, entra en el mismo saco, comparte iguales quebraderos de cabeza, de modo que
el tamiz de la razón termina siendo un estropicio inservible, funciona para
todo menos para dar en el blanco en asuntos de intereses cartesianos. He visto a la chica de las tetas
perfectas y punto, verdad absoluta, aparición indiscutible.
Imagínalas como te dé la gana, total, lo
probable es que no coincidamos y qué importa. Sin embargo, mira cuánta
casualidad, tu perfección y la mía gozan del mismo afán e idéntico punto de
fuga, diríase que van por ahí sin negarse al próximo bar, sin amedrentarse
frente a la enésima cerveza de la noche. La chica de las tetas perfectas cumple
su función, alcanza la cota máxima, humedece los rincones con esa baba
fosforescente que a todos despierta y pone alertas.
Juro que vi a la perfección y la senté en
mis piernas. Ella sonrió y luego nada, por completo nada, apenas esa cosa espumosa
que grita mírame, aquí estoy, cuando tres más dos ya no son cinco. Entonces
cuentas con los dedos o sacas la calculadora pero ni así, a las sumas y a las
restas les da por flotar ahogadas en el pozo séptico próximo al café que sirve
de trinchera para traquetear con las ideas, con las palabras, esas doñas
vestidas de negro incapaces de hacer nido en tus bolsillos.
La chica de las tetas perfectas pasó como
saeta a un palmo del lugar en el que escribo. Toda perfección es, lo sé hace
ya mil años, el producto observable del cada quien que supura por los
intersticios del escrutinio, el tuyo o el mío, risueño y feliz el muy
degenerado. Y qué le vamos a hacer, San Agustín lo vio con ojos que para qué te
cuento, así que basta con la imagen, con las tetas de infarto que a plena luz
de día se abren paso entre el universo torcido que, te guste o no, acaba por
engullirnos como si fuésemos bocado de un tercero que ve tú a saber cómo nos
mastica, nos traga y nos digiere.
La chica de las tetas diez taconea a su
antojo, mueve las caderas frente a tus narices, te hace trompetillas, saca la
lengua con ánimo de burla para que no seas bestia, para que por fin aprendas. Después,
hay que ver, fumas y piensas, y deseas, y pretendes tomar venganza a tu manera, por lo
que coges el papel con ganas de escribir tres pendejadas. Y así. Es que la
perfección tiene sus intríngulis, Cantinflas creo que dixit. Con toda razón, vaya, con toda razón.
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