9/18/2020

Un flâneur en plena casa


 

    Ya sabes, es un término que en francés da cuenta del hecho de pasear. Pero no un paseo cualquiera sino todo lo contrario: sales a la calle y ésta se transforma en el Jardín del Edén a propósito de contemplar, de descubrir a cada paso y cada cuadra el escenario cambiante de una urbe que descifras, asimilas y disfrutas con renovado asombro e intención.

    El confinamiento ha hecho de las suyas. Jamás hubiera sospechado que nos tocaría vivir como peces en acuario durante un tiempo que va siendo demasiado. Del teletrabajo a la literatura, de la novela de Roth a la ventana, de la ventana al gabinete donde está la cafetera, de la cafetera a la taza y al sillón, del sillón a darle vueltas a cuanto sueño nunca se te habría ocurrido, y así.

    Hasta que me convertí en lo que soy hoy: flâneur en plena cuarentena.  Ni un teórico como Walter Benjamin, que escribió un tratado peliagudo sobre la cuestión, ni el bueno de Baudelaire, especialista en vagar por las aceras, ni Georg Simmel, alemán que rebanó sus sesos para dar en el clavo y exorcizar la magia de la flânerie, ninguno, en lo absoluto ninguno consideró que el asunto podría también llevarse a cabo de la calle para acá, es decir, puertas adentro y con la carga intacta de hallazgos semiológicos, de códigos despanzurrados, de simplicidad contemplativa en función de ciertas caminatas que te da por emprender en días normales y a una hora cualquiera.

    Entonces, de pronto estos espacios terminaron por abrirse, por verse de frente con la esponja que voy siendo entre puestas en escena de lo más pintorescas, fabulosas sin duda, incluso muy próximas a lo que entiendo por una caricia. El encierro como lomo de gato listo para el mimo, la mano que eres tú deslizándose sobre el pelaje sumergido en ronroneos.

    Como paseante en bulevar ando por las zonas de la casa: alguna callejuela o la vereda que te lleva a ningún sitio, algún pasadizo que termina en algo no pensado, lugares que miras otra vez con los ojos hartos de sorpresa.  El placer de deambular te coge por el cuello, te retuerce y ahí están: nuevos colores, nuevas sensaciones, un olor a madreselva que ni en el reino de lo onírico llegaste a vislumbrar. La sala de mi casa es una sala y es un puñado de otras cosas. La sala de mi casa guarda en las entrañas cierto parecido con ciudades medievales, un todo prefijado por murallas, por ventanas como torres, por paredes límite de una geografía bien cartografiada. Y una puerta principal que asimismo es puente levadizo.

    El Medioevo transita hacia lo contemporáneo gracias al pasillo semiiluminado que lleva a la cocina. Una cocina que se respete es el non plus ultra de la modernidad, con máquinas llenas de interruptores, aparatos que baten, trituran o muelen, amasijos de hierro capaces de colar café, escupir un macciato, tener lista en segundos la papilla para el nene y arrojar hielo en cubitos.

    Pasear por la casa es darse un encontronazo con cuanto no tuviste entre tus planes. Apoltronado, enciendes el tabaco mientras yaces sobre el asiento principal del baño y luego, finalizado el rito de la transferencia, caminas como si nada por la senda que te deposita en una habitación contigua. Ahí respiras a gusto, contemplas a placer, redescubres el lazo invisible que une la cama, la almohada, el sueño y las profundidades del yo con el cuadro surrealista que luce en las paredes de la sala.

    Sigues, abandonas esa estancia para abalanzarte a la despensa, un depósito en el que objetos abrazados con las telarañas -una silla ahora inservible, un reloj cucú desvencijado- juegan al gato y al ratón con la memoria. El paisaje renovado de rincones, muebles, plantas y sofás hace las veces de urbe contenida en cien metros cuadrados. Eres un paseante y marcas tus pisadas en el viaje al fondo de tantas botellas viejas. Pelas la cebolla y allá en el centro reapareces con la cara muy lavada, con esa expresión lela de quien va a lomo de unicornios, serendipias, caminante sin brújula por los resquicios del hogar.

    “Salir cuando nada te obliga y seguir tu inspiración, como si el solo hecho de torcer a derecha o a izquierda fuera en sí mismo un acto esencialmente poético”, escribió Walter Benjamin. Y eso haces, de la sala al baño y de ahí hasta la cocina, pasando por tu habitación, recorres la ciudad, cuatro paredes y un techo donde llora el crío, suena el timbre, duerme el perro encima del cojín mientras tú, feliz y emocionado, creas un universo paralelo.

8/28/2020

El dulce encanto de lo cotidiano



    Tengo la impresión de que esa cosa llamada realidad a veces nos pone de cabeza. Muchos creen que lo extraño o lo insólito, situaciones cargadas de pólvora que terminan  haciendo  bum por el  lado  más flaco, sólo ocurren cada tantos años.

    Jejeje, y se equivocan, por supuesto. Juro y rejuro que este mundo posee menos compartimentos estancos de los que te imaginas. Lo uno y lo otro viven abrazados, besuqueándose a plena luz del día y allá tú si esperas la noche, sus embrujos, sus mitos o sus sombras para darte de bruces con lo inesperado.

    En lo que a mí respecta -como diría un señor muy serio y para remate rascándose las barbas y enarcando mucho las cejas- soy la abstención completa en tales menesteres. Traducido a mi lengua: conmigo no cuenten para eso. A diario lo más raro del universo cabe entero por la hendija de lo cotidiano, de modo que olvídate de lo demás: a mediodía, a cualquier hora de la tarde o mientras disfrutas del café luego del almuerzo ahí está, la caja de Pandora libera sus aromas, suelta sus demonios, entra de cabeza -por puerta principal o por ventanas- a la sala y se acomoda sin vergüenza en el sofá frente a la tele. Dime tú qué le vamos a hacer.

    De niño tenía la seguridad de que la vida era un gigantesco plató de filmación. Cuanto hacías o dejabas de hacer siempre iba a parar al lente de una Sony, manejado con habilidad por el Fellini de turno, así que vivir consistía en sumergirse hasta las narices en una película sin fin. Después me dio por pensar que en la calle todo automóvil implicaba la versión menos humana de ciertos personajes conocidos. Mirar de frente al Ford Fairlane 78 impresionaba por el parecido con el tío Francisco. El parachoques, los focos, la cara del Fiat Superfiorino del 80 expresaba el vivo retrato del primo Edgar, y así. 

    Más adelante, quizás a los once o doce años, gocé encontrando a mis actrices favoritas. No me lo creerás pero en la calle Miranda de Upata, justo a media cuadra de la plaza, topé de frente con Ursula Andress. En cierto punto del mercado, por la esquina de la Ayacucho, noté que caminaba hacia mí nada menos que Uschi Digard, con sus piernas de infarto, culpable de sueños eróticos a diario. Y sólo para darles otro ejemplo, en plena adolescencia me divertí hasta lo indecible sentado en algún banco y mirando los zapatos de algunos caminantes. Imaginaba el rostro de la joven, del chiquillo andando con su madre o de ese anciano que lucía bastón, anteojos y mocasines brillantes y de trenzas. Al cerrar los ojos y soñar fisonomías, y luego abrirlos, tenía enfrente la cara que daba por exacta mi elección. Créeme que todavía hoy experimento asuntos similares pero no, qué va, olvídate de que los cuente aquí.

    Hay escritores, pongo por caso, que se dicen hacedores de historias sobrenaturales. Bien por ellos. A mí me parece un disparate semejante afirmación, sobre todo cuando la rutina, esa señora desdentada tan llena de bostezos para tantos, en verdad acaba por obsequiarte una patada en la nariz.  Leía el otro día a Juan José Millás y como liebre saltó a la palma de mi mano una frase que fue bala en el centro de la diana: “existen autores que buscan la puerta de lo fantástico. Yo busco la puerta de la realidad”. Entonces dije hay que ver, mira a este individuo que anda por ahí con muchísimo en común contigo, y qué bueno y qué divertido sería convidarlo a un café, a una cerveza o lo que sea, mientras enciendes tu tabaco y charlan de lo que les dé la gana.

    Aquí, sentado en esta mesa que da al fondo de una terraza adornada con calefactores llamativos y macetas de flores apiñadas, distingo a un hombre embutido en sobretodo negro. Lleva lentes, hojea el periódico, usa bufanda gris y observo un libro -no alcanzo a leer cuál- a un lado de su taza. Juan José Millás goza tanto de la tarde como yo.

8/14/2020

El café de Jaramillo

 

    Como les he contado antes, me gusta sentarme en los cafés a contemplar, a ver pasar la vida. En ellos pienso, escribo, leo, y a lo largo de los años terminé siendo fiel a algunos pocos.

    En Upata, Puerto Ordaz o Caracas hice de cuatro o cinco  ese lugar al que llegas, tomas asiento, enciendes tu tabaco y las cosas empiezan a perfilarse de otro modo. En París hubo uno, Terrasse 17, donde acudía todas las noches a leer en una mesa con dibujos surrealistas de lo más llamativos. En Quito tengo unos cuantos que no cambio por nada a estas alturas.

    Pero ninguno como el café de Jaramillo, en la entrañable Mérida. Viví los años universitarios en esa ciudad, que también fue un hogar -no cualquiera merece el sustantivo-. En la avenida 4, en pleno centro y a media cuadra de la plaza, el café de Jaramillo apenas se distinguía. Mínimo, sin aviso que lo identificara, sólo si mirabas hacia adentro por la única puerta de entrada y de salida te percatabas del asunto. Café de tres metros por cuatro, par de mesas, barra humilde e iluminación precaria.

    Ahí, en el pasillo formado entre aquella barra y la pared de fondo hallabas de pie a Jaramillo. Hombre de mundo afincado en una Mérida que lo atrapó por su belleza, conversador, cascarrabias, lanzaba improperios cada diez minutos a fiscales de tránsito que hacían sonar sus pitos desde la  vereda. En uno de sus extremos, sobre la barra, la máquina para el café daba cuenta del espacio como una extraña nave sideral. Era una Gaggia viejísima que en aquellos tiempos debió tener más de cuarenta años y vomitaba sin pudor el peor café sobre la faz de la Tierra. Pero qué importaba eso, el café de Jaramillo era mágico por donde lo vieras y al poner tus zapatos en él accedías a otra dimensión. Todo ayudaba en un escenario de película: el aroma del grano molido, la estampa literaria del dueño -como salido de un cuento de Cortázar-, los afiches, cuadros, avisos publicitarios en las paredes y la Gaggia, rodeada de un vapor que jamás se disipaba. En fin.

    Cada tarde acabé yendo a ese lugar fantasmagórico por el sencillo placer de conversar con aquel hombre y verlo metamorfosearse en mil individuos diferentes. Gentleman cuando los interlocutores daban para ello, viejo de muy malas pulgas si quienes pedían una Pepsi eran colegiales alborotadores, galán piropero en medio de señoras de buen ver, y así. El café intragable del monstruo sobre la barra apenas era un mal menor porque Jaramillo pasó a ser la parada necesaria a las cinco de la tarde. En sus mesas polvorientas escuché, presencié, tuve frente a mis narices el teatro de lo más genuino multiplicado por cien.

    A un lado el Santa Rosa, amplio y cómodo, entraba de lleno en el imaginario de lo que entendemos por el típico establecimiento de un café venezolano. Muchas veces, mientras pasaba frente a él, vi a Ednodio Quintero íngrimo y solo, con su taza y su cigarro y su rostro hundido en pensamientos quizás soñando un cuento. Si caminabas algunos metros hacia la plaza y atravesabas la calle, te dabas de bruces con el Rodos, éste sí, café pomposo con terraza y pretensiones que para entonces poco llamaban mi atención.

    Cuando terminé los estudios dejé Mérida y por cuestiones académicas regresé ocho años después. Llegué a un congreso en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad de Los Andes, espacio al que aparte de lo profesional me unían afectos muy profundos. La ciudad que me había marcado desde mil horizontes continuaba ahí, cálida y hermosa, lista para saborearla como lo había hecho tanto tiempo atrás. Vagué por la avenida 4, busqué con ansias el café de Jaramillo como si nunca me hubiera ido, como si aún el estudiante que fui, mochila al hombro, se dirigiera una tarde cualquiera a ese recinto novelesco. El Rodos lucía igual, el Santa Rosa permanecía en su sitio y el café de Jaramillo, cerrado ahora, dejaba ver un anuncio comercial sobre el marco de la puerta. Era una tienda de pantaletas, sostenes, perfumes baratos y bisutería. Estuve contemplando un rato, volvieron los recuerdos, entonces seguí mi camino. Había acabado un mito.

8/07/2020

Borges y yo

     Una biblioteca es ese espacio donde los amigos se reúnen para decir. Los amigos son los libros y tú, claro está, de modo que hay de todo: solemnes personajes tapa dura con letras doradas en el lomo, humildes individuos salidos de ediciones de bolsillo o apolillados ejemplares de segunda mano.

    Cada quien con su  cada cual, toda obra se abre camino en función de lo que guarda en las alforjas. Llegan a ti, también tú te aproximas a ellas, hasta que en algún momento ocurre la alianza, sello de fuego en honor a guiños establecidos, complicidades poco a poco forjadas y gustos compartidos sobre esto, aquello o lo otro.

    Mis libros ganaron presencia gracias al forcejeo que llevamos a cabo, pulseada de camioneros donde lo importante es descubrir si vales o no la pena para el otro. Mientras Diálogos de conversos, por ejemplo, se empeña en imponer sus postulados, o El olor de la guayaba dice lo que le dé la gana, por llevarles la contraria me planto en la línea de enfrente, al otro lado de la acera, y así el toma y dame cobra carnadura. Ojos morados, dientes volando por los aires, magulladuras y raspones, cualquier cosa puede suceder. Él dice A, yo digo B, hasta que quizás termino por devolverlo a su anaquel y ya, y no pasa nada, y otro día, el menos esperado, como si los astros de pronto coincidieran para que la constelación exista, ocurre el milagro: teníamos que conectarnos, y nos conectamos; teníamos que ser mano que entra con suavidad en el guante, y es lo que se cumple; había que transformarse en lomo de gato listo para la caricia y la acción se desarrolla a la medida.

    Porque cada libro tiene su tiempo para ser leído, alzo la vista y lo noto. Toda una vida en esa tabla donde reposa junto a Lección del maestro -Henry James siempre hace de las suyas- y La metamorfosis, no me animo todavía a abrirlo, a echarme entre sus hojas. Entonces de golpe siento, no me preguntes cómo ni por qué, que llegó la hora, que es el instante preciso, y golosamente devoro cada letra, cada página, cada hecho de la trama, y el júbilo colma y se desparrama y brinco y canto como lo que soy, duende o niño encantado por el más perfecto acto de magia.

    En mi biblioteca caben todos los momentos, todas las historias. Quizás por eso en semejante punto sé que el mañana es ayer y el hoy se cuela por la retina de un ojo que sólo contempla, asombrado, un mundo sin minuteros donde para qué diablos  los relojes. Si los fantasmas existen ocupan la morada sembrada de volúmenes que cualquier biblioteca digna de ese nombre es capaz de llevar en sus profundidades. Espíritus de escribidores, fantasmas de ideas que de a poco fueron convirtiéndose en historias, espectros de versos, églogas o cantos donde la Ilíada y Homero, pongo por caso, miran de reojo cada noche.

    Leo en mi sillón y de repente salto como liebre. Escribe Jacques Bonnet que “los libros no sólo permitían sanas escapadas de la realidad sino que contenían también herramientas que ayudaban a descifrarla”. Es decir, huir del espacio que te asfixia y a la vez dar cuenta del modo como hacerle frente, hurgándolo para adivinarlo. Menuda realidad. Entonces esperas lo que ciertos ejemplares únicos pueden regalarte, si llegas al momento y a la hora. ¿Tu obsequio?, llaves para continuar abriendo puertas.

    De las bibliotecas busco y procuro la paz que siempre encuentro en ellas. Entre un libro y yo funciona el justo mecanismo cuyo derivado es la alegría. Razón tuvo otra vez Jorge Luis Borges, para quien -cito de memoria- lo anterior se traduce en nada menos que una de las formas de la felicidad.

7/31/2020

Las tapas de los libros


    Ya sabemos que cada cabeza es un mundo, y los libros también. Me acostumbré a observarlos como a gemas, objetos preciosos envueltos por un aire de misterio que siempre acaba fascinando. Lo cierto es que, pongo por caso, suelo entrar a las bibliotecas como quien se pasea por joyerías, de modo que ahí están, relucientes en sus estantes, tentadores no sólo por lo que cuentan sino por el enigma que los atraviesa.

    Hará una punta de años que los imagino así, ideas de todos los pelajes apretujadas entre solapas, lomos y demás, con una carga adicional que vaya uno a saber qué diablos es. Menuda forma de embellecer cuanto sale de neuronas y meninges, allá en el fondo de ciertos seres que llamamos escritores. ¿Tú has visto?, cofre y joya metidos de cabeza en el Paraíso de librerías y otros encantamientos. Razón tenía el señor Borges, para quien la felicidad engordaba en tales sitios.

    Pues nada, que una tapa bien ejecutada es bomba de neutrones en pleno centro del peor gusto. Hay portadas que dicen más de lo posible, superan con creces aquello expresado entre un puñado de hojas. Las hay también cargadas de esperanza -al verlas sientes un golpe seco de confianza en la nariz-. Y existen otras egoístas que pretenden llevarse la magia y sus alrededores sólo ellas, mientras el pobre lomo -el lomo puede ser todo él un lujo de portada-, digo, mientras el pobre lomo va a un olvido de lo más injusto, hostigado por tapa y contratapa.

    Una buena portada implica sendero cuyo punto de fuga supone el regalo de los dioses, especie de guía material y espiritual que es pieza de arte, sensibilidad a flor de piel, pedazo de historia capaz de contener a esa otra que comienza en la primera página. Y claro, las hay atribuladas, luctuosas, compungidas, apenas intentos en el resbaladizo aquí y ahora de una tapa de libro que se respete. Mediocridad aparte, encuentras asimismo las inexpresivas, las insípidas, cuando su objetivo es clavarse en la retina, permanecer ahí, obsequiar moretones y magulladuras entre sacudidas, temblores y tumultos.

    Confieso que las he hallado justo cuando más lo necesité. No sé tú, pero mirarlas sobre el escritorio o contemplar lomos apretujados en los anaqueles del estudio se transforma en experiencia casi mística que guarda en las entrañas curaciones inmediatas, efectos inefables, realidades de otro cuño sin la intervención de analgésicos, ungüentos o jarabes.  Una tapa de libro es eso: dardo clavado entre sístoles y diástoles para desplegar verdades más allá de las ventanas.

    Entre tapa y contratapa se cuela la memoria como en un fondo marino. Ahí te ves, años atrás o en el presente que te engulle. Ahí tienes tu reflejo y allá tú y lo que decidas, pero entre la solapa de un libro y el resumen de la contracara vives como jamás lo imaginaste, y estás y esperas que ese otro, allá afuera, extienda el brazo para darse de bruces con el hombre que ahora eres.

7/24/2020

El arte de ser lector correcto


    Hay quienes compran libros por moda, por las carátulas o por el simple goce de leer. Tengo un primo que cumple con lo anterior y un poco más.
    A ver, el hombre es un lector consumado -todo hay que decirlo-. Me agrada visitarlo, o encontrarlo en un café y disfrutar de su sapiencia. Se trata de un versado no sólo en obras literarias sino en el celofán que las envuelve, es decir, flashes, tintineos de copas y la crème de la crème alrededor. El “contexto”, como diría algún crítico enarcando las cejas.
    De modo que entre un macchiato y un cigarrillo suelta el último chisme del mundillo en cuestión. Mientras pide la cuenta y se acomoda la bufanda para irnos, en un chasquido torpedea la mala leche que infecta a escritores, academia, canon y vedettes. Y así. Me gusta escucharlo, la paso bien entre el comentario genial sobre los cuentos de Monzó, pongo por caso, y uno que otro escupitajo hecho bilis contra, según afirma, los rastrojos del ambiente literario en nuestros días. Fuego de artificio con mira telescópica.
    Pero decía arriba que mi primo compra libros por varias razones, y la principal, la que más llama mi atención, obedece a cierta costumbre tan extraña como alucinante. Mi primo lee novelas, relatos e incluso poemas porque se sabe personaje en todos ellos. Jura que es capaz de  albergar esas piezas tan ajenas a su mundo y circunstancias y está convencido de que encarna el espíritu de cuanto sin su intervención apenas pasaría de la hoja impresa, la imaginación sin más o el puro intelecto transformado en arte.
    Con cada obra que despacha vive de inmediato la trama que el autor perpetra. Lleno de sorpresa, uno a uno reconozco qué montaje lleva a cabo, cuál idiosincrasia va comiéndole hasta las entrañas. El otro día tuve ante mí a Aureliano Buendía, tal cual, vivo y entero como diciendo mírame, asómbrate, diviértete pedazo de imbécil, y yo lelo miraba, me asombraba y también me divertía en medio del prodigio a un palmo de mis frías narices. Ha pasado con Tiresias, el ciego augur de la Odisea, ocurrió con Oliveira, de Rayuela, y vi al escritor Nathan Glass, de Paul Auster en su Brooklyn follies, hacer y deshacer mientras me acercaba hasta la barra para pedir cerveza en un bar del centro en Quito. Por si fuera poco, reí a mandíbula batiente con las ocurrencias de infinitos personajes de Nazoa.
    Mi primo dice que lee libros, los mastica y saborea porque cada uno de sus días es la  magnífica alucinación de quien los inventó: un escritor al otro lado del espejo capaz de imaginarlo muy campante haciendo siempre esto que hace. Entonces fíjate -nunca jugaría con algo así- basta observarlo dos minutos para comprender, para corroborar perplejo cómo se materializa el ser que de golpe gana forma, identidad, carnadura y lugar en este mundo. Aquiles, La Maga, Jean Valjean, pónle el nombre que te dé la gana. Ahora que lo pienso es raro, pero lo anterior ocurre nada más en el plano literario, jamás vi metamorfosis parecida desde el cine, el teatro o series de t.v. Qué se le va a hacer.
    La otra vez le di uno de mis libros con la intención de averiguar qué iba a ocurrir. Ya en la mesa del café pues nada, no sucedió nada y lo peor fue que empecé a notar cómo de pronto se materializaba Samuel Riba, personaje novelesco de Enrique Vila-Matas que resultó el colmo del desprecio, de la humillación en el mero centro del ego literario. Callé, permanecí absorto en un silencio que casi se podía tocar y antes de apurar el último sorbo del americano grité, con toda la furia pertinente, que semejante individuo, un tipo como Riba, no le iba en lo absoluto, no le calzaba para nada, no le lucía de ningún modo posible. Es más, Riba era un fiasco, un fracaso tan rotundo como deplorable. Me llamó envidioso, falso, embustero, saco de mediocridad y otras lindezas. Arrojó un billete sobre la mesa y se largó.
    Volví a verlo hace poco, nos abrazamos como si nada y habló de un par de libros que en esos días releía con devoción. Entonces, poco a poco fue ganando nitidez el monstruo, una sombra al comienzo, especie de Frankenstein con retazos de Medea y el Satanás de Milton. Dejé las cosas como estaban y salí en volandas. Todavía hoy no he vuelto a saber de él.

7/16/2020

Webinar y otras alergias


    Las palabras, como ciertos hongos o mariscos, pueden producir alergias. Descubrirlas  en esas páginas donde retozan origina vómitos, alucinaciones, visión nublada y, en el peor de los casos, pérdida de la conciencia. ¿Te imaginas?, vas por la calle y entre silbidos de contento y sonrisas de alegría chocas de golpe con ese término y es imposible voltear, hacerte el loco, alejarte, impedir tragártelo como si fuese espina de pescado porque ya lo has leído, lo engulliste, sientes su paso por garganta, tórax, un peso muerto en caída libre hacia el tracto digestivo cuya forma de arruinarte el día apenas comienza.
    Identidad, por ejemplo. La identidad de los pueblos, la identidad de algunas minorías, la identidad que nos denota en el presente debido a la preservación de lo más propio. Menuda palabreja, hueca hasta la última molécula de nada en el vacío. ¿Qué diablos es la identidad?, ¿qué supone frente a un universo de humanidad súper complejo? Existe identidad en alguien, en lo individual: Juan es así, Martha es quizás asao, y se acabó. Cada vez que identidad abre las fauces y se cruza en mi camino para decirme cómo son los maquiritares, los escandinavos o franceses, saco mis pistolas, y las saco en vano, claro: quedan sin efecto gracias al letal veneno que se cuece en sus entrañas. Basta una mordida, apenas su aliento mortecino para que cefaleas vayan y vengan, jadeos incontrolables aparezcan, erupciones de la piel gocen a sus anchas.
    O temática, pongo por caso. Ya no hay temas que tratar, sólo temáticas. Vaya lío el asunto, la temática del calentamiento global, la temática del transporte universal a propósito de los combustibles fósiles, la temática de cómo duermen las hormigas. Tengo un amigo también alérgico que solía responder, cuando un despistado desenvainaba el sable para esparcir el término maldito, que “cada temática tiene su solucionática”, y punto, y adiós, a otra cosa, a otras palabras y horizontes.
    Las hay para cualquier antojo, existen en función de gustos que son colas de pavo real. Aperturar, tensionante, empoderar -mal gusto por donde lo mires- . Apertura la puerta, apertura la nevera, apertura esa boca. Juro por lo más sagrado que el espanto cabe completo en esas líneas. Un horror tal que de lo lingüístico pasa suavecito al cuerpo, como baba salida de película de Hitchcock, dejando a su paso trozos de sí misma que cuelgan de tus dientes, embadurnan el paladar, se te enredan en las manos y chorrean vientre abajo como pasta maloliente mientras anida en tus pies. Una realidad sin asidero cuyas causas, por si te interesan, hay que buscarlas en pleno corazón de nuestro particular modo de vida, indolencia, analfabetismo y mala fe.
    Y el último grito de la moda: webinar. Fíjate qué moderna y acorde con los tiempos. La otra vez hallé tal monstruo en la pantalla del ordenador y casi muero asfixiado. Webinar posee la facultad de ir engordando apenas roza con tu lengua, así que acabas por atragantarte sin tiempo para espabilar y huir horripilado. Mal de consecuencias todavía inimaginables.
    Lo cierto es que el lenguaje carga en sus espaldas más que fonemas, letras, párrafos e información. Identidad o temática, aperturar, empoderar y webinar, tú suma y sigue, alimentados por la pólvora del sinsentido haciendo juego con el mundo descocado en el que chapoteamos. En cuanto a mí, por razones médicas y de otros pelajes me mantengo al margen. Así que no me vengan con la identidad de la tribu tal del Amazonas o con aperturar la exposición de fulano, zutano, mengano y perengano. Menos con la temática del día. Y con webinar, el colmo de los colmos, paso para siempre porque ya se me termina la paciencia, llega a su fin el equilibrio y, para aprovechar las malas pulgas, acabo también de una buena vez este escrito.Tengan todos un bonito día.

7/10/2020

Otras orillas


    Me enteré esta semana de la muerte de Morricone y los recuerdos volaron como confetis. Años ochenta, estudiante universitario, mes de agosto o diciembre. Como Caracas se atravesaba en la ruta Mérida-Upata y como tenía amigos en la capital que también hacían vida entre libros, salones de clase y cierta bohemia que nunca caía mal, las vacaciones empezaban por ahí, en plena urbe a la que me entregaba un par de días con la sola idea de atragantarme de películas, cine, cervezas, teatro, amistad y charlas, sobre todo charlas, pongamos por caso, en el café de la Sala Rajatabla.
    En esas andaba, saliendo de algún lugar en Sabana Grande, acompañado por amigos del alma que hasta hoy dicen presente, cuando no sé quién mencionó la película que no demasiado lejos podríamos ver si apurábamos el paso. En la marquesina de La Previsora se leía: Cinema Paradiso.
    Con Jean Claude y Fayad Douaihy, Gerardo González, Jorge Nazzur, Agustín Millán y Kinen Aboud salí hecho polvo. Era una historia concéntrica en la que otra, y otra, como en espiral ascendente, te engullían, despanzurraban, molían a golpes de vida, de nostalgias, de amores, poniéndote enfrente un espejo con el que te estrellabas de cabeza.  Vi en esa película el recuento de cualquier existencia digna de tal nombre y descubrí asimismo cómo un rollo de acetato tiene mucho de cuanto somos sin llegar a sustituir, jamás de los jamases, la realidad en la que permaneces incrustado como estaca.
    Fue en esa instancia, al salir de la sala, al procesar el estado de ánimo en que todos habíamos caído cuando reconocimos, unánimes, la magia de la música, esas melodías casi fundidas con escenas, gestos, diálogos a lo largo y ancho de Cinema Paradiso. Entonces Ennio Morricone no fue el compositor ni el maestro recién hallado en lo alto del Olimpo cinematográfico sino el genio de la lámpara, especie de mago a ras del suelo capaz de concederte el don de la memoria untada de saudade, un ir y venir  a otras orillas gracias a solos de violín, escupitajos de piano, notas, acordes y qué sé yo qué otros embrujos parecidos. Con Cinema Paradiso, con Morricone, encontré una arista adicional en la geometría fantástica que en la adolescencia intentaba mordisquear, una colgada del cine como ámbito para entrever allá adentro, en tus profundidades, lo que has sido y eres. Menuda pretensión la de aquel chico.
    En esos días tenía la seguridad, o cuando menos la intuición, de que la literatura en particular y el arte en general constituían pilares sin los cuales ningún hombre podría ser capaz de sostenerse. Era una ingenuidad, por supuesto, pero haciendo las sumas y las restas llego a la conclusión de que sin tales búsquedas, sin el posterior hallazgo, sin darme de bruces con una novela, una sinfonía, una película, una pieza como las de Morricone o una representación de Macbeth no sería ahora el que soy, para bien, para mal o para regular. Por eso creo que una obra de arte existe no sólo para que la admires y clic clic, hagas la foto, sino para cambiar modos de concebir esto que llamamos mundo, para transformar, para actuar como explosivo que vuela en pedazos -pónle aquí cámara lenta si quieres- maneras de pensar, de estar y de existir. Ocurre poco a poco, muy lentamente, pero estoy convencido de que en el plano de lo artístico es una fabulosa consecuencia.
    Tengo la certeza de que Morricone, un músico con alma de dinamitero, hizo lo suyo al respecto, a su manera, como le dio la gana. Si no me crees anda, levántate y escribe Cinema Paradiso-Ennio Morricone ahí en Youtube y date vida. Y dime después si estoy equivocado. Dime entonces si no hablamos de un genio, sin aspavientos ni chorradas, que hizo de la música artilugio para llevarte a otras orillas.

7/02/2020

Me llevo a París un solo disco


    La editorial Alfaguara publicó cinco tomos con las cartas de Julio Cortázar. La verdad es que durante mucho tiempo fui dado a cierta idea que luego deseché de cabo a rabo: no husmear en la correspondencia de mis ídolos literarios, entre otras razones por aquello del respeto. A la privacidad, al plano íntimo, a ese mundo que no tiene por qué salir a la luz si no nos da la gana y que Cortázar defendía con uñas y dientes. Todo un hacer que preserva de miradas furtivas, chismes de pasillo o cotilleos que nunca vienen al caso.  Sin embargo, vislumbré después que aproximarse con reverencia al universo de nuestros creadores abre puertas para ahondar en una cosmovisión que de otro modo se mantendría siempre a la sombra. Entonces cedí a la tentación.
    Puse los ojos como platos al instante en que los vi sobre el mesón. Cinco libracos de puro magma literario, vital, a dos metros de mí. Acaricié sus portadas, los cogí para saborearlos también gracias al tacto y de inmediato sentí la conexión. O la seña, o el guiño, o como diablos se diga. Ahí, en la librería del Fondo de Cultura Económica ipso facto los introduje en mi mochila previa visita a la sonriente dama de la caja registradora. Entonces chin chin, pagué el precio que dicho sea de paso aterrizó con oferta de por medio. Salí, salí feliz con el tesoro a cuestas igual que cualquier niño en medio de un cajón de golosinas.
    De 1937 a 1984, sí, tal como suena, pero por si acaso devuélvete y relee. Treinta y siete largos años el buen Julio dando volteretas entre un sello postal, París, Buenos Aires y el sistema planetario que erigió a su medida.  En estas cartas lo primero que notas es que el autor de Rayuela fue el sastre de sí mismo, ni más ni menos. Un modisto que para qué Dior o Philippe Laurent y la madre que los parió. Es más,  confieso que el banquete es de troglodita -aún leo y leo, pues no termino los tomos en cuestión-, con el beneficio adicional de que no hay indigestión posible. Desde mis catorce años, época en que descubrí al argentino en una Upata que ya va quedando lejos, leerlo ha significado plena revelación de mil hechos literarios colgados de la vida misma, de las calles o las cafeterías, como si fuesen pellejos desprendidos a fuerza de intensidad y de pasión. Si algo me enseñó este escritor fue a concebir cada mañana, tarde y noche impregnadas de literatura, como algo natural, normalísimo, que colma, que enriquece, que chorrea por la comisura de los labios de modo que vida cotidiana y cuentos y novelas van de la mano entremezclados, fundidos, siendo dos cosas y una misma, lista para llevársela a la boca.
    No tienes idea de cuántas pistas, señas, azares y descubrimientos caben en estas páginas. Un  Cortázar ávido de Francia, un parisino sin haber pisado la ciudad se ve de pronto en determinada habitación de la Casa Argentina de París, en 1952, y entonces comienza la aventura, una que lo lleva a mirarse de golpe por dentro, a toparse sin aviso y sin protesta con Julio Florencio Cortázar en una especie de autohallazgo que le obsequiará las armas para iniciar tarea: ser argentino como ninguno, latinoamericano como el que más y edificar obra tan bonaerense y universal que qué puede importar seguir hablándote de estos asuntos si existen ya los tomazos de marras para que te los comas como se come el pollo con los dedos. Pero ni modo, sumo y sigo.
    He gozado con este Cortázar lleno de asombro en la ciudad que lo recibe, en la París que era nostalgia antes de llegar a ser lo que significó, donde un escritor se prepara, tonifica los músculos y anda y chupa, como las esponjas, el tuétano de la existencia desparramado a izquierda y a derecha. Del lado de acá y del lado de allá, si lo prefieres. Un ser que abre de par en par las ventanas de lo lúdico, de la entrevisión, metido de cabeza en el océano del arte, del intelecto puro y duro, del jazz, del tango, de Stravinski, de Cocteau y del pensamiento por donde te dé la gana, todo en su primera madurez, hasta que como imagen de caleidoscopio se desdibuja paciente, muy de a poco, borroneándose el intelectual en su burbuja y emergiendo por allá alguien cuyo destino pasó de la página impresa, de los libros, de la exquisitez purista del esteta al día a día cuyo punto de fuga es el claxon de los automóviles, la señora que hace los bizcochos al doblar la esquina o el aroma del café en esta realidad que nos aplasta la nariz.
    Noto cómo nacen sus cuentos, el por qué de “Axolotl”, el germen de “La noche boca arriba”, la huella de La Maga antes de soñar con Rayuela. Aquí, en este epistolario, los cronopios dejan su particular estela, hilo de Ariadna que te permite seguirlos hasta sus orígenes. Vaya datos con los que me cruzo y fíjate qué forma tan cortazariana de dar con todos ellos mientras nado entre palabras por el mar a veces sosegado y a veces proceloso de su pluma. “Me llevo a París un solo disco metido entre la ropa”, escribió antes de partir y luego de regalar música, libros, objetos que fueron suyos tantos años en la Argentina que dejaba atrás, “es un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante que se llama Stack O’Lee Blues, y que me guarda toda la juventud”. Yo, lo que soy yo, mientras tanto sigo leyendo el tomo cuatro.

6/09/2020

En estos días


    Como a la mayoría, el encierro me sorprendió por completo. Una sorpresa de doble vertiente: por una parte, la noticia en la Universidad de que toda actividad en el campus se suspendía a partir del mediodía (¿tan pronto?, ¿y eso?, ¿estamos así de complicados?); por otra, el hecho de que el confinamiento terminara significando algo distinto a cuanto imaginé desde un principio.
    A ver si me explico. Tengo entendido que soy alguien cuya relación con cuanto le rodea pasa por un toma y dame sustentado en lo estrictamente fáctico. Pensar, leer o escribir en la calle, en los cafés, en la trastienda del sillón mullido en aquel rincón de casa.  A medida que el tiempo avanza compruebo cómo termino por meterme de cabeza en estas cuatro paredes: aceptándolas, primero a regañadientes, y luego con un dejo de resignación entre equilibrado y a punto de explotar. Entonces el confinamiento, palabreja que al inicio bullía en medio de significados inquietantes, fue protagonista de cierta metamorfosis que hoy viernes ya ni sé desde qué instante dejó de apuñalarme. Confinarse es también un ejercicio a contrapelo de aislarse, supone algún estado cuya catadura, en mi caso, excluye de pe a pa al Robinson Crusoe que con tanta nitidez vislumbré hasta hace muy poco. Un alter ego que poco a poco vuela en mil pedazos.
    Y así los días marcan su particular tránsito en el vaivén de la sala, en la geografía redescubierta del sofá, en el mundillo de pensamientos que en buena medida pretenden diseccionar esto que se nos clavó en lo cotidiano. Por lo que, en primer lugar y aunque suene de lo más raro, he trabajado más que en tiempos sin corona y sin virus. La computadora hace de las suyas, las clases también, de modo que a diario los encuentros ocurren y las discusiones van y vienen, sumergidas en esa masa gelatinosa que dieron en llamar virtualidad. Clases, corrección de pruebas, reuniones de trabajo -el día a día disfrazado de normalidad gracias al chip, a la pantalla líquida, al milagro de un chasquido denominado conexión-, mil y un eventos que impone la academia pero también cine, literatura, charlas con ahínco alrededor del desayuno, escritura y soledad. Ah, y la Casa de papel, serie en las entrañas de Netflix que empezamos a ver -yo sin mayor ánimo, la verdad sea dicha- cuya puesta en escena terminó cogiéndome por el pescuezo y qué le voy a hacer, todos los días de ocho a diez, dos capítulos de un solo golpe, a ver qué pasa y cómo acaba la cuestión, porque son tres temporadas y navego en la mitad de la segunda. En el fondo uno se aferra, al pasado, al futuro, a la inercia o qué sé yo, en una dinámica que todavía llevas contigo aunque le hayan magullado la nariz.
    Y de la soledad, pues de la soledad saltan como liebres búsquedas, vueltas de tuerca, explicaciones en función de estas circunstancias que nos tocan. Ante la pandemia, sus orígenes y consecuencias, intento con mucho ruido y menos nueces cuadricularla, vincularla con el tipo de vida que hemos llevado hasta hoy y entonces pretendo echar una ojeada a cuanto vendrá, a ese caldo espeso que pretendo amasar tan pronto pueda largarme a la calle. ¿Será la misma vida?, ¿habrá que imponer cambios?, ¿transitaremos como si nada por los vientos del presente?, ¿qué de todo esto sacaremos en limpio? Desde la mesa del comedor o mientras te duchas imaginas, piensas, te rebanas las meninges, pretendes embadurnar de lógica común el espacio que te engulle. ¿Seremos capaces de reconfigurar algo -no me preguntes cómo- para darle manotazos a aquellos polvos que quizás trajeron estos lodos?, ¿sí?, ¿no?, ¿estoy diciendo estupideces?, ¿las cosas, el mundo, nuestra realidad o como diablos se diga, en definitiva permanecerán como si nada?
    Lo que soy yo, no me hago demasiadas ilusiones. Sin embargo me da por imaginar que un mínimo de decencia, un impulso ético en función de nosotros mismos y los otros podría sacudir algún resorte, movernos cuando menos a reflexionar qué ha sido todo esto y cómo pretendemos, de cara al futuro, el mundo en que vivimos.  La libertad individual postpandemia, pongo por caso. ¿Cómo asumir lo que vendrá en función de nuestra relación con el Estado -pienso aquí en aquella libertad negativa de la que escribiera Isaiah Berlin-, sobre la base de la seguridad ciudadana?, ¿qué decir acerca de la solidaridad, de quienes comparten con nosotros este mundo, de nuestros vínculos con cuanto se extiende de la epidermis para allá?, ¿cuál será la iniciativa en relación con la seguridad social para que, en vista de esta pesadilla, la cobertura en nuestros países pueda de veras transformarse en amplia y eficaz?, piensa tú, dime tú, ¿es que acaso continúo escribiendo tonterías? ¿Mejor busco otro tema porque ya se sabe que todo cambiará para que todo siga igual?
    Mientras, el encierro hace de las suyas. Una especie de espiral a modo de silencio, definido por cuatro paredes, implica nuevas relaciones con lo otro. Y lo otro es todo aquello que hasta hace muy poco llevaba en el alma connotaciones que al presente van rotando, cambiando, como un caleidoscopio cuya existencia no te imaginabas. Ahí, en el ojo de un huracán que despeina, te sacude y te revienta, vives la experiencia que alguna vez, esperas, comentarás a tus nietos. Vuelvo y digo, ¿seremos los mismos en ese futuro que nos mira de reojo?, es posible que no, aunque lo más probable sea que sí. Por ahora hay que vivir el presente, y el presente obliga cuando menos a decirse cosas, a intentar pensar, a hurgar en el qué haremos desde esto que vamos siendo. Entonces veremos. Seguro que ya veremos.

6/05/2020

Un clásico

Air Supply. "Here i am", un clásico sin discusión. 

El link: https://www.youtube.com/watch?v=yjKbiD9Lg_I

4/16/2020

Lo real y lo evocado


    Tengo un amigo que ve el mundo en blanco y negro. Quizás así somos en el fondo: tendemos a clasificarlo todo, a intentar separar el trigo de la paja, a diferenciar lo hermoso de lo feo, lo noble de lo innoble y lo valioso de lo menos importante.
    Lo cierto es que semejante esquizofrenia atraviesa las paredes y termina por cubrir todas las superficies. Mi amigo ve el mundo en blanco y negro y no sabe de medias verdades ni supone matices entre un hecho y otro. Una vez alguien le preguntó por ciertas realidades, ésas que no sabes distinguir en un primer momento y pueda que tampoco luego, a lo que sólo respondió con el silencio, una especie de quietud, de encogimiento de hombros porque es mejor callar, no decir nada, que buscarle cinco patas a los gatos. Al pan pan y al vino vino, así que dos más dos son cuatro y lo demás déjaselo a quienes se preocupan por el lado oscuro de la Luna.
    Entre lo real y lo evocado tengo la impresión de que media un terreno con arenas movedizas cuya existencia es aconsejable no dejar de lado. En primer lugar porque puedes perecer engullido y en segundo por elemental sentido común. Mi amigo supone que el universo es un tablero de ajedrez, tú juegas con las negras mientras él se mueve con las blancas y así, te orientas por el cálculo de lo posible, de lo fijado en función de reglas sacrosantas con absoluta precisión de reloj suizo. Dos más dos son cuatro y cuatro y dos son seis, y se acabó.
    Lo real y lo evocado pueden convivir en ámbitos no estancos, tal es el asunto. Aquí la ecuación se complica y si te pones a ver las soluciones distan años luz del manual guardado en la caja de herramientas o en la segunda gaveta a mano derecha, allá  en el cuarto de los trastes. Lo real cabe en la palma de la mano aunque también lo observes en el microscopio, o con los cristales de la entrevisión  -no hay que olvidar la sentencia de Cortázar: “soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja del sueño”-. ¿Entonces? Mi amigo frunce el ceño, se sirve un whisky doble, piensa como Descartes y responde a quemarropa entre una sonrisa burlona. Lo que dice no me dice mucho pero ya lo sabemos, mi amigo ve el mundo en blanco y negro y qué le vamos a hacer. Bebe otro trago, termina de reír por completo y suelta desde las entrañas: “vete a la mierda”.
    Antes de largarme al universo de las heces me da por imaginar lo que tenemos claro y lo que no y concluyo que lo primero es apenas un trozo de oscuridad incrustado en lo segundo, que lo contiene por completo. Y luego vamos por el mundo tan campantes, traqueteando pasos como si fuésemos un número sembrado en medio del gran bosque de las matemáticas, hermosa disciplina que termina por cuadricularnos siempre. Dos más dos continúa siendo cuatro.  Blanco o negro, buenos y malos, izquierdosos y derechosos, brutos o inteligentes, desprevenidos o acuciosos, miserables o dadores, excéntricos y bienpensantes, suma y sigue y dale hasta que te hartes.
    Obedecí a mi amigo en lo de irme pero no en el destino de su sugerencia. Me fui, por supuesto que me fui, pero no sin antes preguntarme hacia qué sitio. ¿Dónde está arriba o abajo? ¿Dónde la diestra o la siniestra? Decidí entrar al primer café que se me puso enfrente. Me gustó que el silencio reinaba por completo.

3/23/2020

Un clásico

I'll Never Love This Way Again - Jona

Un clásico en versión renovada. Hermosa voz.

3/20/2020

La chica del bar


    Entro a un bar de la calle Foch y ahí está. Piernas cruzadas, vestido corto, sonrisa a la medida, copa de cerveza en mano. Por seguirle la corriente pido una igual, Club Premiun helada, tres dedos de espuma con burbujas a punto, y mientras enciendo un tabaco me observa como si nada, como afirmando para sus adentros miren a éste, a ver qué se trae ahora.
    La verdad es que siempre me he tomado el tiempo necesario para detallarla. Desde la primera vez vislumbré en ella cierta condición literaria, un personaje de Margaret Atwood quizás, de Quim Monzó o Bolaños, no lo sé con exactitud, pero sin duda emergiendo de la fantasía hecha ahora realidad, una especie de Afrodita a diez metros de mí desplazándose sobre las aguas como en una aparición cargada de misterio y de erotismo.
    Ríe como ella sola, a menudo entre fantasmagórica, divertida o melancólica. La chica del bar, pongamos que se llama Amelia, Lucía, incluso Bárbara. Sí, Doña Bárbara en pleno dos mil veinte sin caballo, sin hacienda ni sombrero. Doña Bárbara con vestido a mitad de muslos, tan ceñido que casi es otra piel encima de la suya, una piel de durazno que te incita a acariciar con mucha, mucha gloria y poca pena.
    La sigues con la vista y casi mueres, compañero. Una muerte lenta entre piernazas y tetas de infarto. Un morir que supone el más allá aquí mismo, Paraíso incluido, a escasos diez metros entre tú y esas curvas que prometen llevarte a la cueva del placer. Ahí está, ahí yace de cerca y no me preguntes cómo ni por qué pero mírala, róbatela con los ojos, disfruta si puedes de esos labios como una emanación, como cerezas, y si lo haces qué te va importar  el mundo y la madre que lo parió hasta que de nuevo sonrisas, piel, muslos descubiertos, cerveza fría y salud, porque levantas tu vaso y brindas, observas, continúas observando con tu trago alzado mientras vuelves a decir salud y ella sólo ríe, tan campante, tan tranquila, tan pícara que semejante manera de reír no sabes si implica su particular respuesta, su brindis personalísimo únicamente contigo y para ti, o si por el contrario es un hachazo, gesto desolador, tétrico sarcasmo para mandarte al mismo infierno.
    La chica del bar parece comprenderte, es oráculo cuyas respuestas son justo las que necesitas. Da en el clavo como no tienes idea, atiende, sabe, escucha sin interrupciones y nunca, jamás de los jamases abandona esa sonrisa. Como una Gioconda ensimismada tampoco aparta los ojos de donde te encuentres. Lo sabes porque estés donde estés, en tu mesa sorbiendo tu cerveza o al levantarte para ir al baño o acercarte al tipo que sirve tragos en la barra, en todo momento la miras y te mira, desde cualquier ángulo no dejan de coincidir, buscas sus ojos y los hallas sumergidos en los tuyos. Hoy, a estas alturas, sabe de mí más que cualquiera, navega en lo que soy, increpa, recrimina  sin misericordia, o por el contrario asiente, estimula, aprueba y felicita eso que comparto, que cuento desde mi lugar en esta mesa desolada con la autoridad de mujer que tiene a todos cogidos por las bolas.
    Regreso al bar de la Foch y no la encuentro. Por primera vez no está donde la hallaba cualquier fin de semana. La chica con el vestido que la abraza, como una segunda piel, mientras cruza unas piernas muy largas, mientras bebe su cerveza Premium, mientras sonríe y te mira y tú le devuelves el gesto, la chica del bar casi confesándote que ya empezaba a imaginar que no aparecerías se ha ido ve tú a saber a qué parajes y con quién. En su lugar Johnnie Walker, Black Label, deambula en su botella con levita, sombrero y bastón.
     -El afiche estaba casi por venirse al suelo-, dice el barman al otro lado de la barra. 
    -No daba para más-, remata a quemarropa. Entonces frunzo el ceño, me encojo de hombros y me marcho. Afuera, la noche me engulle por completo.

3/06/2020

Fantasmas en la memoria


    La gente hace cualquier cosa por recordar pero lo que soy yo intento darme de bruces con el olvido. La gran manía de estos tiempos es ésa, pillarlo todo con la evocación al punto de convertir la desmemoria en trazas lejanas de lo que ya no es.
    Los nunca olvidadizos Funes tienen mucho a su favor porque de ellos cuelgan mil aliados inimaginables. Fitina en cápsulas blandas, ginseng en gotas milagrosas, terapias oxigenantes del cerebro, fármacos de cualquier pelaje para patearle los huevos a la desmemoria y, en fin, mil modos de aborrecer la amnesia que si te pones a ver, un buen día todo puede acabar en tétricas realidades que de sólo imaginarlas me ponen los pelos de punta.
    Supón que todo lo recuerdas. Mírate engullido por un agujero negro donde el cuento borgeano pasó a ser realidad monda y lironda. Por un segundo ten la certeza de que guardas en tu cabezota los trozos intactos de lo vivido, ayer, hoy, mañana y siempre. El infierno, compañero, las pailas ardientes de una cotidianidad que al mínimo descuido te masticará y escupirá sin remedio.
    Leí hace años que el escritor Ednodio Quintero siente por Japón y su cultura una admiración entrañable. Sé que es cierto porque fue mi profesor en la universidad y semejante adoración le chorreaba por los poros. En el documento que llegó a mis manos contó una historia: sus padres viajaron al Oriente becados por asuntos académicos. El señor embarazó a una japonesa y el niño, al nacer, se quedó con ellos. Cuando regresaron a Venezuela fue presentado en el registro civil de Las Mesitas, allá en los Andes trujillanos. ¿Cómo salido de un relato de Cortázar, no?, pues bien, la historia explica al pelo esa atracción de Quintero por el mundo japonés. Al morir el padre, el escritor continúa diciéndonos que por casualidad halla un fajo de papeles en un baúl perdido y justo en ese instante vislumbra la impronta del Japón en su vida familiar. Descubre asimismo la experiencia de mamá y papá en aquellas lejanías al punto de que luego, al comentarla con ella, termina por confesarle la verdad: ocurre que no es su verdadera madre.  Punto y fin. Colorín colorado, el relato se ha acabado, lo cual deja entrever una historia extravagante que me impresionó, me dejó lelo, patidifuá en el preciso momento de haberla conocido.
    Seguí hurgando acerca de lo referido por Quintero, cuestión que sumó más datos al escueto testimonio que he expresado aquí. Sin embargo, con el tiempo creo haber obviado detalles,  aspectos claves al respecto, y por supuesto mis recuerdos son apenas el vestigio de una verdad que ve tú a saber si lo es en el estricto sentido que esa palabreja significa.
    Mejor así, claro. Ahora que lo pienso, el cuento de mi profe escritor estarás de acuerdo conmigo en que resulta extraño, muy literario, incluso fantástico por donde lo mires. Me he preguntado si serán ciertos, si tales acontecimientos pasan por el cedazo de lo auténtico o se mueven en esa masa gelatinosa de los relativismos a la hora de decir lo que decimos, de exponer con palabras cuanto nos sucede. ¿Será alimentada nuestra narrativa por la imaginación y blablablá, heredera o derivada del olvido que siempre anida en nosotros? ¿Serán nuestras lagunas, desmemorias y páginas mentales en blanco motor de ensoñaciones clave a la hora de nombrarnos Homo sapiens?  Pueda que sí o pueda que no, a mí que me registren. Importa un rábano, digo yo, la terapia génica o como diablos se diga en función del recuerdo y sus bondades. Para qué decir no, si sí: el olvidadizo que voy siendo mira el mundo con la belleza, sueño y fantasía que ya quisiera para sí aquel Funes, súpermemorioso, que tan en buena hora nos obsequió Borges con un cuento -fíjate ahora qué paradoja- por completo inolvidable.

2/28/2020

La terraza del café


    Me siento en la terraza de un café a ver pasar la vida. Expresso, bolsa de tabaco para la pipa y un libro de cuentos de Ednodio Quintero, página noventa y tres. Ver desde una mesa de café tiene la ventaja de que enfocas como nunca, pones tu atención a punto, olvidas por un rato las historias de Quintero y ya, de veras ves, miras, hurgas en eso que de otra manera sería imposible contemplar.
    Me siento en la terraza del café y observo. La vendedora de rosas salta de mesa en mesa, el hombre del sombrero toma la mano de esa chica, aquel perro echado da la impresión de escrutar el universo  mientras una nube de mosquitos es desfigurada por la violencia de su cola. Veo desde esta mesa de café y pienso. Escenas de infancia, calles empedradas, tarantines, quioscos, ventas ambulantes a cada lado de la calle. Miro desde el café y sin dejar de ver, ubicado justo en esta mesa con mantel a cuadros, me detengo en lo que no veo. Es decir, veo como cualquiera, en concreto, eso que mis ojos abarcan desde la trinchera en plena calle Foch pero me concentro en mirar lo que no veo nada más que sentado en esta silla. Y ahí aparece un trozo de playa en la costa, ciertos puestos de verduras en un mercado maloliente, una mujer semidesnuda que baila alrededor de un tubo.
    Sentado aquí miro cuanto tengo enfrente y basta con eso. No miro como miras tú, o como yo mismo lo hago fuera de este paréntesis que es sentarme a ver desde el café. Tan pronto miro desde la terraza del café se abre una dimensión distinta y lo que menos importa a simple vista es eso que veo sentado en este sitio. Es mucho más urgente, cobra relevancia incuestionable, necesidad ontológica según diría algún filósofo frustrado, cuanto no veo desde aquí y cuanto no podría mirar si no me hubiese dispuesto a contemplar desde esta terraza de café.
    La verdad es que ver desde la mesa de un café tiene mucho de mirada hacia adentro, dime tú si no. Un adentro que por raro que te suene puedes vislumbrar en el afuera que es este horizonte apostado ahí, al mirar de cierto modo cuando echas un vistazo desde la mesa en la terraza del café. Por eso de vez en cuando vale la pena sentarse a observar no como observan tantos que se sientan y entre cortado y galletitas hurgan y escudriñan hasta que se cansan de atisbar, sino, digo, vale la pena observar justo eso que no ves desde esta posición, desde la geografía de la mesa que eliges y es atalaya, escondrijo, rincón único a la hora de pasar la vista por los recovecos de eso que se expande frente a ti, como un gas, aunque no puedas verlo si ves como ves cuando no estás sentado en la terraza de un café.
    Entonces sigues en lo tuyo, miras a lo lejos, bajas luego la vista para comprobar que todo sigue como lo dejaste: Ednodio Quintero en su libro, un expresso que se enfría, media botella de agua mineral, tu pipa apagada a un lado del cuaderno listo para que apuntes tonterías. Y escuchas el ruido, las voces de muchos que ocupan mesas cercanas, y alguien que sentencia: “aquí hace falta un Hitler”, y otro que suelta: “ese virus es un invento de la CÍA”. Y vuelves de seguidas a mirar, a cubrir el horizonte, a ver lo que jamás verías sin tomarte la molestia de observar desde esta mesa de café.

2/04/2020

La belleza de la melancolía


    Acabo de leer  Vista desde un punto, de Arturo Úslar Pietri, y sentí nostalgia. Hallé ese libro mientras caminaba por el centro gracias al vicio de recalar en lugares donde puedes olfatear estantes, encontrar títulos raros y charlar con el librero, experiencia que procuro repetir los fines de semana.
    En esas estaba cuando el ejemplar de Monte Ávila se me atravesó como si nada. Por setenta centavos -no es broma, setenta centavos-  lo metí en la mochila y me largué al café de costumbre con el ímpetu hedonista a punto: lanzarme en brazos de sus páginas, de un buen cappuccino, del tabaco y del silencio. Y hay que ver cómo esa señora llamada memoria juega a placer con nosotros. Lo digo porque la avalancha de imágenes llegó de golpe, hizo de las suyas, me llevó a otras épocas mientras chapoteaba en la lectura.
    Conocí a Úslar siendo un imberbe de ocho o diez años en aquella Upata ya desdibujada por los años. Narraba, como un Scherezade de estos tiempos, las mil y una historias que ha sido capaz de inventarse el homo sapiens desde el período de las cavernas hasta su viaje a las estrellas. En Valores humanos, programa de televisión emitido por VTV a las once de la noche que acabó por convertirse en ícono de cultura, buen hacer televisivo y buena entraña, el maestro disertaba sobre el Renacimiento, las costumbres medievales, los románticos alemanes o el Holocausto. No sé por qué diablos me gustaba tanto -el poder encantatorio del escritor hacía trizas conmigo- pero la verdad es que mi madre, hosca como gata en celo en cuanto a la hora de irse a la cama, complacía el capricho de estarme despierto un rato más “únicamente por tratarse de un programa como ése”. Ahora, transcurridos cuarenta años, tengo a mi lado el libro de don Úslar y lo miro, toco sus hojas, recuerdo su oficio intelectual y me digo fíjate tú, qué días aquellos, vaya manera de volver con la imaginación a la Venezuela que dejaste hace más de tres años.
    Úslar Pietri fue el primer ensayista que leí en su columna Pizarrón, los domingos en El Nacional. Tendría yo doce, máximo trece años. Kalimán, Memín Pingüín, Águila Solitaria y los artículos del caraqueño eran tesoros que cada siete días esperaba allá en el kiosco de la esquina, a dos cuadras de mi casa. Siempre me he preguntado qué pude ver en los textos de Pizarrón, qué sirenas alucinantes vislumbraba en ellos, y como ocurría con la tv, en el universo de su escritura pienso que terminó por engancharme el talante aventurero, la atmósfera intrigante de tantos enigmas propuestos en la saga -pues sí, leí a Úslar como al autor de El señor de los anillos-, contaminándome hasta lo indecible, de modo que sus entregas para la prensa siempre me dejaron con ganas de leer más, resultaron cortísimas, fugaces, poco espaciosas ante el vasto tamaño de aquel periódico cuyo único interés, para mí, radicaba en un artículo de opinión. Luego me hallé de frente con sus novelas y cuentos y años después, ya en la Mérida de mi época universitaria, gocé como niño con chupete cada vez que el viejo amigo daba una entrevista en ciertos programas de televisión.
    Acabo de leer el libro que hallé en Quito y aquí está, sobre la mesa del café, entre el humo del tabaco y entre Upata, Mérida o Caracas. Muchas veces, en vacaciones, de paso por la capital y antes de continuar al Sur, a casa de mis padres, Caracas supuso uno o dos días de errancias por el centro en  busca de libros usados, de casettes a buenos precios -descubrí a Bill Evans, a Stan Getz, a Poncho Sánchez-, supuso algunas cervezas con paisanos que hacían estudios en la Central, en fin, literatura, música, también cine en el entrañable Ateneo. Ahí, en esa Caracas de los ochenta, abría de par en par el cofre de los deseos, lleno de miel y de sorpresas deslumbrantes: libros encontrados como perlas en las profundidades de algunos tarantines bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas, libros medianamente asequibles en la Librería Lectura, en Chacaíto, libros escondidos en los tenderetes  de algún vendedor furtivo en pleno bulevar de Sabana Grande y Úslar, de pronto Úslar, puntual al saltar como conejo en medio de semejantes búsquedas.
    El otro día, cuando menos lo esperaba, hizo acto de presencia. No tienes idea, ni puta idea de qué manera esa felicidad casi olvidada irrumpió tal como ayer. Y yo cumplí, leyendo, y él cumplió, con el obsequio de delicias hechas páginas. Y la melancolía fue una invitada inesperada. Y fue, claro, una dama más que bienvenida.

1/30/2020

La inteligencia como un dolor de muelas


    Enciendes la tele o la radio, te das una vuelta por la cuadra, escuchas cierto murmullo en la mesa contigua a la que ocupas y dices hay que ver cómo está el patio. Y el patio, lo descubres cada vez que pones patitas en la calle, termina siendo músicas a toda pasta, turistas cámara al pescuezo para la foto de la estatua que aparece en los folletos y gente con el chicle a punto,  rascándose los huevos en cualquier esquina.
    Si lo anterior te cubre de cabo a rabo, suma y sigue. En mis cuentas entra de cajón el tipo que quiere ser inteligente, para remate no sólo dispuesto a restregarte lo listo que es a quemarropa sino a mantenerlo desplegado, como un pavo real del intelecto, las putas veces que se te ponga enfrente.
    Imagino que cualquiera desea serlo. Inteligente, digo. Pero una cosa es eso, anhelar cierta condición como algo natural y necesario y otra la patética intención de hacer ver, de mostrar, de soplar al cuello de los otros tu talento (real o no), tu capacidad de ser muy pilas (falsa o verdadera), tu encarnación del lince que todos deben conocer, apreciar, envidiar en sus fueros más profundos.
    Entonces basta poner un pie en las aceras para darte de bruces con semejantes personajes. Juro por todos los dioses que su número es directamente proporcional a la estupidez que hace mella en nosotros, con la facilidad del cuchillo atravesando la manteca. Frente a tales fenómenos saco mis pistolas: si el asunto toma el cariz que a todas luces pulula, pues abajo las neuronas, las circunvoluciones cerebrales, el coeficiente intelectual y demás pseudoindicadores parecidos. Estos bichos se metieron entre ceja y ceja que ser inteligente es el numerito que les tocó a rajatabla en la lotería de las cabezas súper amobladas, de modo que resulta urgente espantarlos, darles con la punta de la bota en la espinilla, mandar al diablo tanta  pelotudez empaquetada en un ego como el de Maradona.
    Como si ser inteligente fuese el único horizonte. Como si la inteligencia, esa masa informe, extraña, gelatinosa y tantas veces esquiva implicara un fin y no apenas el medio. He conocido brutos redomados sumamente listos y lumbreras andantes, verdaderos asnos por la línea del medio. Jumentos de pe a pa que los ves y no lo crees. Me saca de las casillas el cretino que frunce el ceño y se sostiene en ademán de genio el mentón con la mano izquierda, para soltar con airecillo superior la voz  en plan aquí estoy mira qué maravilla y pretender pontificado neuronal con pies de vidrio o barro. Estamos hasta las narices de individuos fagocitados por una creencia, la de que son la última Coca Cola en el erial de nosotros, pobres mentes coloquiales mondas y lirondas.
    En la panadería están, en las salas de espera de los hospitales, en el autobús, en la academia, en la reunión de padres y representantes de tu hijo, en el bar, en el salón de clases, en las farmacias y también en los burdeles. Como de infecciones parecidas casi que no hay lugar a salvo decides darte unas vacaciones, alejarte, procurarte la asepsia que supone el mar, las olas, el cielo estrellado de sus noches. En esas andas cuando echado en la tumbona miras de reojo el libro que lee un señor gordo a dos metros de ti: “Cómo ser inteligente en diez lecciones”. Y ahí acaba el asunto. Ahí coges tu cerveza y te largas en silencio, para no volver jamás.

1/22/2020

Yo, el inmigrante


    De alguna manera todos somos de todas partes así que nadie, de entrada, es originario de un único lugar. Semejante afirmación guarda bastante lógica pues a estas alturas hablar de pureza cultural, racial o cosa parecida es un disparate por donde lo mires. Cada quien crea sus afectos, construye un sentido de pertenencia, echa en la memoria la fascinación, alegrías, frustraciones y anhelos vinculados al sitio que le tocó vivir, pero en el fondo nos traviesa la condición múltiple de llevar en las alforjas esa transhumancia de quienes vinieron antes.
    Mi padre es el ejemplo más próximo que tengo al respecto. Llegó a Venezuela embadurnado de juventud y ahí labró sus días como extranjero que de a poco fue ganándose un lugar en la geografía que le sirvió de asiento. Hizo amigos, apreció y se sintió apreciado en aquel presente no exento de incertidumbres y erigió un futuro con las manos. Formó una familia, trabajó, soñó, murió años después en la Upata que se le incrustó como una estaca de vida en pleno corazón. Jamás hubo en él partición alguna en cuanto a su espacio existencial: era un francés venezolano y un venezolano francés. Así, sin más contradicciones, sin otros efectos mutuamente excluyentes.
    Nunca imaginé que me tocaría ir tras sus pasos. Mientras estuve en Venezuela juraba alejarme de ella sólo por períodos muy cortos. Unas vacaciones, un viaje debido a razones académicas, cierto traslado por motivos diversos pero con el punto de fuga anclado en mi zona de confort, no otra que esa donde coseché familia, amigos, sudores, proyectos, en fin, el día a día como invención y experiencia constitutiva.
    Pero ya sabes, el mundo es como es así que llegó el momento de partir. Lo que no sorprende a nadie ya: el país como espejo hecho pedazos; los hijos, que merecen un futuro cuya concreción estás cuando menos obligado a despejar; tú mismo, porque vivir supone esforzarte, quebrarte el lomo aquí o allá, darte de bruces con los fantasmas que te persiguen e intentar domarlos en función del horizonte que te habías metido entre ceja y ceja. De tal manera que irrumpe de pronto, como aguacero en el trópico, la palabra exilio. Uno autoimpuesto, abrazado a tu respiración, a cada minuto de tus días.
    Llevo más de tres años en Quito, ciudad que a decir verdad me atrapó a primera vista. Debo aclarar que soy un hombre con suerte, he escrito en otra parte que mi estadía en la Mérida venezolana durante mis años universitarios hizo lo suyo: al llegar aquí noté un no sé qué, cierta familiaridad que me arrojó otra vez a aquellos tiempos idos. Me los devolvió cubiertos de nostalgias, lo que supuso el primer paso de un encuentro menos duro con la nueva realidad. Después, tengo la impresión de que sucedió a la inversa: por razones que ignoro le caí bien a esta ciudad cargada de tanto por reconocer, de interrogantes y de frío y bueno, hay que celebrar que nos llevamos de puta madre hasta el presente.
    Decía arriba que jamás pasó por mis circunvoluciones cerebrales moverme de Venezuela, instalarme en otras latitudes. Eso que llaman venezolanidad, cosa que ignoro desde el intelecto pero que soy capaz de percibir, de asimilar con los poros, la adrenalina, el subconsciente o como diablos se diga, estuvo arraigada en mí hasta la médula. Emigrar era un verbo carente del cemento necesario para atarme siquiera a una posibilidad. Pero aquí estoy, hecho caldo de cultivo, magma con fondo de Ciudad Guayana, de Upata, de los Llanos o de Mérida entremezclado con una tierra extraña que también ahora conforma al hombre que voy siendo. Entonces recuerdo a mi padre y sonrío, lo comprendo mejor, lo conozco más que ayer, sé qué le cruzaba el alma al recordar historias de su infancia, lugares cotidianos de su juventud, la vida como abanico de momentos aceptados, incorporados, novedosos en función de realidades que llegan, que abarcan y asfixian y oxigenan luego, por fin hechas suyas sin que se contradigan o repelen. También soy un inmigrante en la ciudad de Quito, amalgama entre el país que traigo en las espaldas y éste que me recibe y me deja ser y me permite. Toda una experiencia que jamás busqué. Todo un entramado que enriquece.