4/08/2018

El humo de aquella pipa


    Tengo dos hijos con los que suelo largarme a algún café para sentarnos a leer. Y cuando leo, enciendo mi pipa, el calor que despide me calienta las manos, disfruto del humo y sus aromas, enarbolo el rito que supone fumar como Dios manda. Entonces me increpan, me preguntan, me averiguan, ¿por qué llevarse a la boca un artefacto tan raro como misterioso?
    Desde esas interrogantes me da por pensar. Es decir, por pensar sobre el acto de fumar, pipa para más señas, y llego a la conclusión de que todo pasa por la memoria. En mí, la pipa es sinónimo de mi padre. O casi. Mira por dónde va el asunto.
    Cada vez que elijo lugar y mesa para contemplar, para leer o escribir, cada vez que acto seguido saco la pipa de mi bolso con el hedonista objetivo de gozarla, en el fondo lo hago en honor de mi viejo y a propósito de los años en que lo veía encender la suya como si de expresar un mantra se tratara. Entonces los recuerdos se materializan, me agarran por el cuello y ahí aparece el taqueador, por ejemplo, instrumento que usaba a manera de herramienta compactadora del tabaco y que a mí   -tendría yo siete u ocho años-  me parecía el objeto más extraño e inútil de este mundo. Cuán equivocado estaba. Hoy  en día guardo mi pipa en un estuche de cuero que le perteneció y al sacarla en esta terraza puedo verlo, como si fuera ayer, deslizar la cremallera con placer mientras la pipa asoma su belleza y termina por fin aprisionada entre sus labios.
    El humo de la pipa implica el vivo retrato olfativo de papá y créeme que percibir su olor es como sentirlo aquí a mi lado, disfrutando de la picadura, paladeando aquel humo que escapaba de inmediato en volutas de tranquilidad. La nostalgia, sí, es la nostalgia, sin dudas, un bicho que ataca y muerde y anda poco dispuesto a soltar a su presa así no más.
    Leer mientras siento que me desmigajo entre las páginas, leer casi diluyéndome en el Captain Black o el Caporal (este último paquete de tabaco no he vuelto a hallarlo en el mercado) equivale a viajar en el tiempo, supone lanzarme de cabeza y a mis anchas a deambular en el pretérito perfecto del indicativo, nada menos, lo que es la maravilla de las maravillas cuando en el fondo permanece el encuentro, la mágica certeza de conjurar abismos o despedidas para otra vez estar, otra vez ser, otra vez zambullirme en momentos que terminaron convertidos en arena.
    Converso con Camila y con Daniel, les digo que la memoria tiene sus cosas raras, de modo que es muy posible vislumbrar no sólo objetos, frases, juegos que apenas transcurrieron hace poco, sino también afectos, amores, impresiones, angustias, dolores o felicidades desencadenados por la chispa del humo de esta pipa o la imagen del estuche que un artesano del cuero ecuatoriano devolvió a sus viejos esplendores. Es lo fascinante de la condición humana: no estamos sujetos al aquí o al ahora, al contexto inmediato que nos esclaviza. Tenemos la oportunidad de echarnos en brazos de otros enigmas, como el de la nostalgia, pongo por caso, y saborearlos,  y sumergirnos hasta el cuello en eso que ya no tenemos a la mano.
    Doy unas chupadas, miro a mis pequeños entregarse a sus lecturas y entonces me elevo entre una nube azul, entre volutas. Voy al lejano sitio del ayer donde permanecen aún determinadas sensaciones. Ahí mi padre enciende otra vez aquella pipa y piensa y sueña quizás con asuntos parecidos a los míos. Sonrío y me digo que nada hay más parecido a la felicidad. Entonces continúo leyendo. Con Camila y Daniel sigo leyendo.

3/31/2018

Girar el picaporte


    Cuando se gira el picaporte se abre también el sésamo de mundos que exigen de visión periférica. A veces, claro, la periferia dice más que el centro, asunto en pocas ocasiones tratado con la justicia que merece.
    Cuando giras el picaporte giras además el universo, y en esa apertura los duendes de mil jardines que se bifurcan bailan calipso y sonríen a la manera de los grandes amigos. Pienso en músicos que crearon sello improvisando o en escritores capaces de sacarle punta hasta a las piedras en eso de decir, exprimir, contar, no dar todo por sentado, etcétera, etcétera, etcétera.
    Para girar el picaporte hacen falta manos pero sobre todo cierto candor entremezclado con anhelos varios, últimamente poco vistos en los alrededores, porque girar el picaporte supone en tremendísima medida la disposición de dos estadios sin los cuales todo va a parar al carajo. El primero, girar y empujar el sésamo. El segundo, girar y empujar sin perder de vista que girar y empujar trasciende el significado de este par de verbos tan comunes, corrientes, escuetos y percuetos.
    De modo que ahí lo tienes: giras y entras, navegas en las aguas que el don de la curiosidad o la osadía ponen a un palmo de tus narices o te quedas plantado, como si nada, lo más parecido a esa fea palabra conocida como inmovilismo, sinónimo de petrificado, equivalente a mansedumbre, lo cual no tiene por qué ser bueno o malo en absoluto. Simplemente es.
    Total, haciendo las sumas y las restas, que girar el picaporte guarda para sí la acción y efecto de estrellar los dientes, a modo de mordida, contra una superficie sólida por donde la mires, ferrosa hasta más no poder, cargada como puedes observar de una dureza extrema y peligrosa, cuestión que pide a gritos un caldo elaborado a base de atrevimiento, cuando no de temeridad monda, y también lironda.  ¿Sí? ¿Me explico? ¿Patinamos todos en el mismo charco?
    Para girar el picaporte colocas una o ambas manos  -tú eliges-,  aplicas un golpe hacia abajo con fuerza y luego empujas vista al norte, rumbo al horizonte, ese mundo acostado que se despliega enfrente, con foco en la diana donde confluyen todos los puntos de fuga reales e imaginarios. Y sientes la brisa, los dedos que te despeinan entre soplidos, susurros, chubascos, nubarrones o sol meridional. Sigues eligiendo.
    De adolescente aprendí a girar el picaporte, cosa nada fácil si a ver vamos porque nadie dijo que asomarse al balcón o a la ventana garantiza algo. Girar el picaporte es sólo eso, girar el picaporte, con el infinito a cuestas y los poros cargados de latidos, pulsiones, esos bichos gelatinosos cuyos verdaderos nombres tengo la impresión de que aún no fueron inventados. Giras, empujas, entras y ya. Rompes la quietud, resquebrajas el témpano, traquetean los  engranajes debido a que al final otros relojes marcan a plenitud las horas.
    Ruuuuuaaaacccccc, giras el picaporte, empujas, entras, y a la historia se le ocurre empezar. No sé si me explico.

3/15/2018

Estudiantes Platón


    Hoy vengo en plan de malas pulgas. Sucede que llevo dos décadas en esto de trabajar en universidades, de dar clases y toda la parafernalia. Estoy harto de hallar gente que sabe mucho y ahí se queda, sin  brillar, como si nada, dando por seguro que somos polvo en el viento, y gente con la arrogancia erigida en rascacielos. Hay que ver todo lo que se te pone enfrente en un salón de clases.
    El otro día estaba dale que te dale a las ideas, al delicioso quehacer -cuando lo logras- de promover el pensamiento, la discusión, el toma y dame natural que, bien entendido, obliga a asociar A con B para llegar a C. Me refiero al uso discrecional de las neuronas. Entonces, como casi siempre ocurre, levanta la voz un sabihondo oriundo ve tú a saber de cuál hoyo epistémico, y dice blablablá, y frunce el ceño, y enarca las cejas, y escupe frases con magnífica latonería pero con octanaje a ras de suelo.
    Perdí la cuenta de las veces que he lidiado con tales personajes. Si no fuese porque el semestre es largo, la cosa no pasaría a mayores: egos estrafalarios abundan y no hay demasiado por hacer. Sin embargo la cosa se complica en función de la constancia de semejantes individuos. Continúan abriendo la boca, insisten en alumbrar el universo con su ilustración. Lo saben todo, lo han leído todo, lo tienen todo en la punta de la lengua, por lo que el mundo existe para sucumbir ante sus revelaciones. Hay que joderse, y claro, hay que rebelarse.
    Cuando entran en escena pienso en Borges. Viene de perlas aquel señor Funes, incapaz de olvidar hasta las mínimas tonalidades de las hojas de algún árbol cuando le daba la luz a las cinco de la tarde, en un enero cuarenta años atrás. Funes, máquina infernal cuyos engranajes producen recuerdos a modo de salchichas. Éste, el de mi aula, rebana lecturas, zas zas, como charcutero en su elemento, lleva en el lomo páginas y páginas, vomita oraciones al mejor estilo de predicador en plaza pública, y ya, y punto, sanseacabó. Es que hay estudiantes –también profesores, todo es bueno decirlo-, hay gente convencida de tener a Dios cogido por las barbas. Lo que soy yo, me esfuerzo en ponerlos de una buena vez en su lugar, y mientras más rápido mejor, no vaya a ser que terminen seguros de que la sala B del edificio de Filosofía es su particular ágora, su coto personal a la hora de emitir sin ton ni son lo que el hígado dicte en función de los relojes. Ni en sueños.
    Existen pieles refractarias a toda humildad, impermeables a esa verdad entre fascinante y aterradora de sabernos mínimos. Tengo la impresión de que mientras más tontos son algunos mayor es el reflejo torcido que de sí mismos vuelca el espejo. Otros profesores los soportan con resignación, porque están ahí, porque ocupan un pupitre y porque, en fin, tienen el derecho de manifestarse. Pues bien, estoy de acuerdo, aunque me reservo el placer de patear egos indecibles.
    Leer por el placer de hacerlo, escudriñar los recovecos de las ideas, de eso que otros han pensado a lo largo de sus vidas, con enormes sacrificios, con el gesto humilde de apenas atreverse a emitir juicios largamente sopesados, todo ello, y más, implica un reconocimiento: que el saber requiere silencios, reflexión, huida de las poses y los flashes. Que abrir la boca para impresionar va de la mano con la estupidez.  Hace tiempo que no estoy dispuesto a dejar pasar gato por liebre. Decir lo que piensas es valioso y tomo para mí la sentencia de Voltaire cuando dejó sentado que detestaba lo que otro decía, pero detestaba mucho más que por X o Y no pudiera decirlo, aunque fuesen idioteces. A estas alturas toda señorita o caballero tiene luz verde para iluminar la sala, para restregar su genio a media humanidad, pero con la condición de estar dispuestos a escuchar lo suyo. Justicia por los cuatro puntos cardinales. Que me den, que ya daré.
    Me quedo con quienes tienen por seguro que no saben nada, o muy poco de todo. Quizás esa sea la máxima a tener en cuenta, que las ideas, que el saber, que los libros existen para acercarse a ellos con pasión pero también con cautela, guardando la certeza de que pueden torcerte el pescuezo y que el intelecto es una alambrada de púas muy capaz de rajarte el pellejo cuando menos lo esperes. Lo demás es tontería a la enésima, bodrio cargado de autosuficiencia desechable. Y ahí permanece.

3/11/2018

Un clásico

Comme ils disent, un clásico del gran Charles Aznavourinterpretado por Lara Fabian. Sin desperdicio.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=dUngIQnkpWI

2/28/2018

Drácula el fin de semana


    Tomo asiento en un café cerca de la plaza Foch y ahí vamos: marrón a lo venezolano, agua mineral, pipa cargada con tabaco del Ecuador y libro de Adela Cortina. Más de una vez les he contado que me gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida, y ver pasar la vida es respirar el aire de ciertos instantes. Color local, dirían en otros tiempos. En fin.
    El edificio de enfrente me llama la atención, no por su porte o su belleza sino por todo lo contrario. Es una fea construcción de principios del siglo veinte, gris, sucio, descuidado por donde lo mires. Noto además que ya entrada la tarde, aunque con cierta claridad aún, sólo una ventana se encuentra iluminada. Está en el quinto piso, sin cortinas: una lámina de vidrio dibujando un cuadrado perfecto.
    El capítulo ocho de Cortina me hipnotiza. “Construir una democracia auténtica”, lleva por título. Devoro párrafos y páginas, tomo un sorbo de agua, me dispongo a encender por cuarta vez la pipa y justo en el instante en que el fósforo arde noto que la luz de la ventana se apaga. Seis y treinta. Pienso en la mano que oprimió el interruptor  -¿de hombre?, ¿de mujer?, ¿de uñas cuidadas, de piel madura, de acaso largos dedos?-  y sigo con la imaginación los pasos de ese personaje misterioso. Un hombre con sombrero, guantes, portafolio y traje, todo de negro, abre la gran puerta de la planta baja y sale a la calle. Avanza, dobla a la derecha, continúa por la avenida General Ignacio de Veintemilla y se pierde a lo lejos.
    “Sin capacidad de indignación”, escribe Cortina, “podemos no percibir las injusticias”. Me viene a la cabeza Venezuela, no por la incapacidad de cualquiera para indignarse sino porque mi país es a estas alturas una estaca en el corazón, herida abierta que tarda más de la cuenta en sanar. Venezuela cabe en los bolsillos, en la mochila ocupa siempre el lugar de las entrañas. Es un sustantivo que para mí va siendo verbo no sé si conjugable en futuro del indicativo. Pero olvídalo, no me hagas caso.
    Al día siguiente regreso de nuevo a este lugar, dispongo taza, papeles y libro sobre la misma mesa. Adela Cortina, como ayer, teoriza sobre democracia, esa señora esquiva cada vez más ajena al país que ya le pateará el culo a sus tiranos. Alzo la vista y ahí está, otra vez la única luz encendida en esa extraña ventana del cuadrado perfecto. Entonces, como jugando al gato y al ratón, se apaga de inmediato. Qué casualidad, me digo, a las seis y media de la tarde la mano puntualísima baja el interruptor. Pasan veinte, cuarenta, sesenta segundos y entonces el hombre de negro abre la puerta de hierro, se lanza a las aceras, desaparece como si nada.
    Ver pasar la vida sentado en un café tiene la particularidad de hacerte pescar escenas, hechos, circunstancias azarosas que ante un buen ojo implican fiesta para los sentidos. La filósofa escribe ahora acerca de “Consumo y valores economicistas”, antes disertó sobre “El ábaco de bienestar” y ya por último navegaré sobre lo que tituló “El florecimiento humano”. Buena perspectiva. Enciendo la pipa, disfruto del marrón, levanto los ojos y el punto de luz en el piso cinco vuelve a aparecer. Miro el reloj impaciente porque espero a alguien esta vez. Seis y treinta en punto. Como tenía que ser, la mano se desliza hasta el interruptor. Oscuridad. Veinte, cuarenta, sesenta segundos y se abre la puerta de la planta baja.
    Me levanto, camino, él también lo hace embutido en su sobretodo oscuro.  Al llegar a la esquina cruza por la José Tamayo y avanza ahora acomodándose el sombrero. Lo sigo, me acerco, acelera, más rápido, más rápido aún, yo aprieto el paso, casi al trote me doy cuenta de que no podré alcanzarlo. Quería identificarlo pero sé que resultará imposible ver su rostro. En la oscuridad algo aletea muy  cerca de mí en dirección contraria a la que me dirijo. Un murciélago cruza el horizonte.

2/12/2018

Relaciones


    Ya ven, hoy me ha dado por hablar de lectura, de escritura, de eso que me gusta poner sobre la mesa, amigos de por medio, con ánimo de escuchar buenas y malas lenguas, ideas, pareceres, genialidades o disparates, lo cual, como anda el patio,  es ya ganancia suficiente en medio del gris marchito que hace de las suyas por donde pases el ojo.
    Estoy solo, sentado en la mesa de café a la que siempre acudo para ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone un ejercicio óptico que trasciende la mera anatomía. Se trata de un estímulo ocular, por supuesto, pero lo interesante, lo que de veras pretende uno es deambular por ciertos recovecos, escudriñar escenas que están ahí mientras revuelves el azúcar de la taza, capturar gestos cuando nadie más se ha percatado, en fin. Te metes entre las patas de las frases, escuchas escupitajos que son palabras transformadas en el bicho que antes era un ser como cualquiera, digamos, un tal Gregorio Samsa. Y así. La mesa de un café también es explanada donde el mundo paga y se da el vuelto.
    Al lado, un hombre entrado en años le dice a una mujer entrada en carnes: “desde que tengo celular ya no sé de qué está hecho el champú”. Menuda sentencia. Del champú confieso que sé que sirve para lavarse el cabello, para acabar con los piojos, para evitar su caída. Un champú es un champú, punto, se acabó: cobra vida en la ducha, en las peluquerías, en los estantes del supermercado, y hasta ahí. Pero entre el celular y el Head & Shoulders nace, según entrevé mi ojo cafetinesco, cierta relación putañera, es decir que entre el celular y el champú termina por establecerse un vaivén de información equivalente al mercadeo sexual entre un señor y una señora, pongo por caso.
    Semejante hecho noticioso pasa quizás por una denuncia a modo de queja: el teléfono ocupa esa zona del mundo antes invadida por otros oficios. El de la lectura por ejemplo, o el de la escritura, se me ocurre a mí. Extendiendo la relación entre una cosa y otra, la tecnología llevándose en los cachos al simple hecho de abrir una revista y zambullirse en ella. Metáfora de estos días, nada menos que los chips en pleno vómito de bilis antropofágica. No queda nadie, no quedan seres como los que conoció mi abuela. ¿Quién dijo que la Postmodernidad estaba liquidada?
    El señor entrado en años y la dama entrada en carnes charlan de lo lindo asumiendo su papel. Ella instalada en el espacio de la mesa que le corresponde y él dándole la espalda al champú, digo, a la cotidianidad monda y lironda gracias al celular que jamás aleja de su oreja. Lo que soy yo, gozo en medio de la putería a dos pasos de esta silla. El Nokia y el Dove Oil Balance antihorquetillas viven su romance a escondidas. Pensar que entre ambos cabe el universo tal cual podemos verlo, nace un toma y dame capaz de hacer pensar a quien sólo vino por un café y algo de brisa fresca. Este es el mundo en que vivimos. Fíjate hasta dónde hemos llegado. ¿Quién entiende todo esto?

1/27/2018

Una mosca me mira


    Ahí está, sobre la mesa. En el lugar acostumbrado, a la hora acostumbrada, café, tabaco, agua mineral y pluma en mano pretendo continuar con Georges Perec.  Lo infraordinario es un libro que empecé hace un par de días y quiero despachar ahora.  “¿Cuántos gestos son necesarios para discar un número telefónico? ¿Por qué?”, se pregunta el francés. En él, a lo largo de las sesenta y nueve páginas que he devorado hasta este instante, ha sido imposible no tener en mente a Cortázar, por aquello del mundo, sus causas y consecuencias, todo bajo la lupa y bajo el entramado que implican los mil y un por qués en relación con los hilos que nos unen, a ti, a mí y a todos en esta red de redes que es la cotidianidad.
    Ha sido imposible no tener en mente a Cortázar y a Breton, el Breton de la Nadja, especie de Rayuela a su manera, prima hermana de ese otro monumento que es El Perseguidor. Y se me viene también a la cabeza Feist con su canción: “¿Qué es lo que nos separa?, ¿qué por casualidad nos reúne?, ¿por qué tantas salidas y llegadas en esta ronda infinita?”. Ahí caben de cabo a rabo la causalidad, el encuentro inesperado, los caminos cruzados entre anhelos y miedos, las concordancias imposibles del tú atravesando una calle y el yo en dirección opuesta hasta hallarse frente a frente contra toda aritmética, contra Descartes planchado, cuadrado, perfumado.
    Ahí está, sobre la mesa. Inmóvil. Noto que me observa, admito sus múltiples ojos escudriñando a un ser con jeans, camisa a cuadros, saco marrón y boca de dragón humeante que a veces lee y a veces rasguña un trozo de papel mientras cada tanto acerca la taza al paladar. Hemos sellado un pacto: la geografía que ocupa nada tiene que ver con mi territorio a lo largo y ancho de este mantel blanco. Me mira con tranquilidad y piensa, seguramente calcula, mide casi con desdén al otro que tiene enfrente.
    “Soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja de sueño”, escribió el buen argentino. La verdad es que más que razón, Cortázar tenía mucho de olfato existencial, de intuición, ésa que trasciende lógicas comunes y corrientes e inventa, o descubre o qué sé yo, realidades más porosas. Me observa, está ahí, como si nada, y sonríe y se frota las patas delanteras en un gesto de reflexión profunda, de deleite a propósito de cuanto esta tarde la casualidad, la causalidad, ve tú a saber qué más, ha puesto frente a sus narices.
    Me pregunto qué estará tramando. Me respondo: disfruta el panorama, ríe ahora a mandíbula batiente en medio de la marejada, a merced de la puesta en escena que personificamos. Sí, me observa, pasa sus ojos compuestos por mi humanidad. Escribo y ahí permanece, como una máquina de pensar que erige premisas, ata cabos, escupe conclusiones y reta a cualquiera a contemplar el mundo desde su horizonte. Soy un bicho, estoy hecho un insecto y desde su trinchera, sobre la superficie blanca continúa hurgando, yo en el portaobjetos, ella pegada al lente surcando espacios, derivando teorías, axiomas, realidades quizás parecidas a las mías.
    Termino de leer, termino de escribir, el camarero anda cerca y aprovecho para con la señal acostumbrada solicitarle la factura. Pago y me levanto. Me sigue, me sigue desde su otra orilla. Levanto el brazo, me atrevo a hacer un gesto como de despedida. Ella mira, quieta como un punto negro en plena estepa siberiana. Recuerdo otra vez a Perec, a Cortázar, a Feist, a Breton. Sigo recordando.

1/18/2018

Abuelos de sus predecesores

    Ciertas revoluciones, para sentir que lo son, requieren de un evangelio que aglutine a la feligresía. La cubana, mítico emblema latinoamericano de quienes creyeron en el socialismo por las buenas, tuvo el suyo, cuya cháchara estructuró la narrativa de un puñado de barbudos capaces de tomar el cielo por asalto. De modo que ya lo sabes, camarada, si tu empeño está en el apelativo revolucionario, pues tendrás que lanzarte a las aguas de un credo en cuyo altar, para empezar, luzca fuerte y rozagante el líder mesiánico sine qua non.
    Hugo Chávez, los hermanitos Castro, Daniel Ortega, Evo Morales o Nicolás Maduro, junto a la pléyade de delincuentes hechos con el mando en Venezuela, exprimieron el término revolución hasta trocarlo en lo que según ellos debe ser: mantra sagrado para quedarse en el poder. Si la ideología de los iluminados tiene a la verdad, a la razón, a la justicia y a la historia comiendo en la mano abierta, y si éstas, para más señas, chapotean entre la baba de los Castro, los cuentos chinos de Ortega o la ignorancia de Maduro, entonces nada, es mejor para todos  -y cuando esta gente dice todos se refiere al universo-  que continúen gobernando. Hasta que el cuerpo aguante. Porque a la vuelta de la esquina o en diez, veinte, cuarenta o sesenta años, qué más da, se alcanzará la felicidad, se albergará al hombre nuevo, cuyos prototipos saltan ya a la vista en la inspiradora humanidad de un Pedro Carreño, un Diosdado o una Varela. Adiós desigualdades, adiós explotación, adiós capitalismo, hola comunismo. Mientras tanto uh, ah, Maduro no se va. Y así.
    El bandidaje que gobierna en Venezuela siempre postuló la historia legitimadora de cuanta locura sostuviera sus quehaceres. El ajedrez pensado en el gobierno, inclinado ante el santoral habanero, hace de las suyas gracias a un tejido harto conocido: hubo un ser, un visionario untado de patria hasta en su sombra que para conjurar tu sufrimiento, el mío y el de este planeta sin luz, se alzó en armas con el desinteresado propósito de sembrar el Edén en Venezuela, y después, compañeritos peseuvistas del mundo, multiplicarlo urbi et orbi, perdónenme el latinazgo. Hace dieciocho años, léelo bien, tal pote de humo fue vendido a todo un país.
    Visto el fracaso hecho tragedia del sinsentido chavista, quienes continuaron la peregrinación destructiva una vez desaparecido el sumo sacerdote reinventaron el espejismo: el culmen revolucionario peligra porque los lobos usan sus colmillos repartiendo buenas dentelladas. La burguesía, la derecha, Trump y Obama, la guerra económica, Santos, Uribe, Macri y Piñera, atacan sin cuartel con la nada desdeñable fuerza de sus mandíbulas. Es preciso pulir el evangelio, resulta urgente parapetear el salvavidas.
    Toda revolución que se respete comete infinidad de desatinos, pero sobre todo dos: primero, espantarse como el diablo ante a un racimo de ajos frente a la prueba de la realidad  -contrastar su catecismo con lo que ocurre en la calle, en el día a día-  y segundo, suponer con fe de carbonero que tiene a Dios agarrado por las barbas. En Venezuela, aún después de haber puesto a la gente a comer de la basura, teniendo hoy en día como únicas conquistas la ruina, la enfermedad, el crimen y la voladura en mil pedazos de la economía, los descocados transmutados en estadistas por obra y gracia de la ideología juran que tendrán el culo puesto en la silla de Miraflores por los siglos de los siglos. Como no hay intención de apartarse, ni motivos para ello, los mandones hacen fastos con la cosa pública, pingües negocitos con el narcotráfico, elementales tareas de supervivencia para quienes lo han dado todo en función del pueblo y  su felicidad suprema.
    La revolución bolivariana, que ni es revolución ni es bolivariana, posee plena conciencia de que al quitarle las pezuñas al coroto irá  a parar  -Maduro y la panda de bandidos que lo acompaña-   de cabeza a las mazmorras, en Venezuela, en La Haya o en alguna cárcel del manido imperio. Lo sabe y un frío helado le recorre hasta los huesos sólo al imaginarlo. La Masacre de El Junquito, ejecuciones extrajudiciales vistas y seguidas a través de las redes sociales prácticamente en tiempo real, es apenas otra muestra de que el mal va in crescendo, de que la Venezuela decente lleva casi dos décadas soportando abusos, ignominia, corrupción, latrocinio y crímenes contra la humanidad. La pústula gobernante, por sus prácticas y desafueros, por su inquina y métodos estalinistas, goza cada vez menos del oxígeno necesario que alguna vez tuvo para imponer su ley. Quienes llevaron al país a la tragedia que hoy vive son los abuelos de sus predecesores: una asco aún mayor que los Videla, los Pinochet, los chapita o los Castro. Todavía falta el desenlace.

1/12/2018

Aquella máquina de escribir

    A los trece años me compraron una máquina de escribir. Era Olivetti, y era la protagonista de uno de mis sueños recurrentes: inventar con ella historias que como mínimo no resbalaran, así como si nada, por la piel de los lectores. Imaginaba que mi máquina y yo penetraríamos, abecedario de por medio, la humanidad de medio mundo hasta danzar en sus adentros.
    Con el tiempo llegué a usarla como el mejor de los expertos. Aparte de los deberes del liceo me habitué a acribillar el papel bond con letras, frases, párrafos, signos de puntuación e ideas con la pretensión de convertirlos en algo más que la tarea obligada. Fue entonces cuando descubrí que escribir supone también una descarga  -de dolor, alegría esperanza o rabia-  y una búsqueda sinónimo de cacería. Mi máquina se transformó en campo de batalla y en laboratorio: experimenté con sueños, ocurrencias, imaginación, tramas, y en fin, acabé por aprender que para decir, para abarcar este resbaladizo mundo desde lo que vamos siendo es preciso armarse de lenguaje.
    Los sonidos de mi máquina no he vuelto a hallarlos en ningún lugar. La cadencia de las teclas del computador, su suavidad aberrante, dista años luz del traqueteo romántico que la Olivetti ofrecía en plena madrugada. Sí, la madrugada. Fueron aquellos tiempos los que prefiguraron a quien años después sería un noctámbulo de corazón y raza. El placer de la literatura a las dos de la mañana es uno de los pocos que han salido indemnes del trapiche de la historia. La historia particular de cada quien, en este caso mía. A las dos de la mañana no todos los gatos son pardos, lo cual implica que a esas horas ciertos matices, algunos ritmos, determinadas significaciones saltan al  -o del-  papel como batracios o duendes para insinuar mil cosas. Ese resultó otro hallazgo: el verbo insinuar va de la mano con el hecho literario.
    De la vieja máquina, con sus teclas firmes y el cling al terminar  la línea, con ese taca taca equivalente a martillar la lengua, metáfora del hojalatero de palabras, acababa uno la faena con los dedos sucios, manchados de blanco gracias a la labor de poda: retroceder y comenzar en brazos del corrector líquido. Mi máquina Olivetti estuvo conmigo hasta pasados unos años en la universidad. Luego desapareció en silencio, tal y como había llegado, esfumándose una vez de mi habitación del piso siete en la torre de Los Apamates.
    Sobre el estuche de plástico que servía para guardarla pegué un recorte de revista, el rostro de Julio Cortázar con su cigarrillo a lo Bogart. Con ella, la Olivetti que llevo en la memoria como acompañante de mil y una batallas, el mundo se abrió al misterio agazapado detrás de las palabras. Imagino que es un sentimiento parecido al del marino cuando, solo en medio de la noche y las olas y un cielo con estrellas al más puro estilo de Van Gogh, piensa en la vida, en el pasado o el presente mientras enciende su tabaco.
    A mano o en computadora, cada vez que escribo escucho a la Olivetti y su golpe  de teclas, hecha un trasto sin perder la reciedumbre. Veo los tipos de metal dándole a la cinta, al papel, al rodillo que les sirve de apoyo. Entonces me digo que escribir, sin duda, es también y por supuesto un ejercicio de memoria. Y de qué modo.

1/09/2018

La meme histoire

La meme histoire, compuesta e interpretada por Leslie Feist. Una canción que lleva mucho de esa ciudad única llamada París. Encuentros, desencuentros, coincidencias, amores, cafés, destinos: una melodía y una letra abrazadas a cierta  cosmovisión que bien puede ser la de  Julio Cortázar o André Breton (pienso aquí en la Nadja). Serendipia. Nada más que decir.

El link: https://www.youtube.com/watch?v=ud0DcQaZGmo

12/22/2017

Muñecas rusas

    Los atardeceres en Quito son el destello de una playa en Margarita. Aquí el poniente es el lado especular de cuantas sensaciones escondo en mi ADN, o lo que es lo mismo, mirar el horizonte y sus colores desde la mesa en la que escribo supone experimentar, como un vicario del que fui en Venezuela, imágenes, matices, olores y ese tono de luz único que cubre todo cuanto toca a las cinco en punto de la tarde.
    A nueve grados, desde la terraza que me sirve de trinchera vislumbro el trópico. Calores y cayenas, olas, brisa y el aguamarina de un país que revienta en las entrañas. Quizás sea eso la nostalgia: un mundo dentro de otro mundo, muñeca rusa que se erige frente a ti mientras lees o intentas escribir en la atalaya que has labrado muy lejos de tu casa. Entonces piensas en los grandes solitarios de esta vida, seres que han llenado páginas de una literatura que no te es extraña, que has masticado desde niño. Piensas en el viejo Robinson allá en su isla desierta, piensas en la Maga y sus locuras, su modo de plantarse en el mundo y afirmar ésta soy yo y vivo desde la hondura más íngrima. Piensas en el fabuloso Leopold Bloom, en los heterónimos jamás acompañados de Pessoa. Piensas en las Soledades de alguien llamado Góngora. En ellos cabes, en ellos tienes la doble implicatura de verte y de sentirte.
    Mientras escribo contemplo la línea espumosa de una tarde en playa El Agua y veo desmigajarse el minutero del ocaso en Puerto Ordaz. Miro calles resplandecientes de mi pueblo justo ahora, cinco y cuarenta y siete, y te cuento que el reloj no se equivoca, como tampoco el hecho de saber que te mueves como pez en el mar de la memoria, en las babas del tiempo, y así nadas entre una muñeca y otra, deambulas por ellas, atraviesas como si tal cosa la malla elástica, porosa, finísima que separa lugares, soles o tempestades.
    Vuelvo y repito, es probable que en ello radique la nostalgia. Le das un puntapié al olvido hasta que por fin haces con él lo que el artista con el barro: creas tus utensilios, juegas con la tierra para inventar e inventarte. Morriña, saudade, ve tú a saber cuál es la etiqueta y qué puede importar.
    Busco en mi libreta una frase de Camus que anoté hace tiempo. “¿Qué es la felicidad sino el simple acuerdo entre un ser y la existencia que lleva?” La escribió en Nupcias, un libro de sus comienzos. Ahí, de semejante acuerdo deriva buena parte de lo que vamos siendo. Lo que vamos siendo, por supuesto, es el presente y es la memoria y ahora lo veo: el acto de recordar es un fenómeno que se abraza a la nostalgia, quizás única manera de patear en la ingle a la señora amnesia. Dime tú si no.
    En Quito, a esta hora el claroscuro le hace el amor al horizonte. Desde el frío pega el calor de otros instantes y me dejo llevar. Memorias, saudades, soledades a la sombra de una pipa o de un tabaco. Venezuela cabe por completo en una bocanada.

12/09/2017

Un clásico

Un regalo de los dioses: Poncho Sánchez & Óscar de León. Sin comentarios.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=RzLrzkbaRqk

Objetos polvorientos

    Desde niño tuve la sensación de que revelar el mundo equivale a cierta forma de felicidad. Cada quien opta por el tránsito que llevará a cabo, sigue recto o dobla hacia la izquierda, y en ese vaivén construye su día a día, su particular nicho en esta vida que es de todo menos de color rosa.
    Lo digo porque la otra vez, contemplando desde el sofá algunos ejemplares de mi colección de gatos, pensaba en lo que he aprendido sólo investigando aquí y allá para conocerlos más. Cuánto tiempo he invertido al hundirme en lugarejos de todos los pelajes con la esperanza de hallarlos en madera, en metal en arcilla o ve tú a saber qué más.
    De algo puedes estar seguro: coleccionar objetos no es sólo compilarlos. Menuda estupidez la equivalencia entre la simple, árida posesión y la satisfacción automática. Coleccionar postales, monedas, lápices o exlibris es regresar de alguna extraña manera a uno mismo porque, dime tú si no, semejante ruta trae aparejada la alegría, seguida de un aprendizaje sinónimo de autodescubrimiento.  En el fondo, coleccionar implica encontrarte a partir de eso que rastreas.
    Cuando te metes en el ojo del huracán que coleccionas buceas en la memoria, te sumerges en la historia menuda, sin mayores pretensiones, escrita en minúsculas sobre la piel del universo cotidiano mientras das cuenta del pasado,  esplendoroso o no, estimulante o no, pero humano al fin y bebes de él cuanto puedes, para bien y para mal.
    Coleccionar objetos es quizás otra forma de amor: amas aquello que persigues con la pasión a tope, y al encontrar lo que buscas arrancas un pedazo de felicidad quién sabe a qué o a quién. Por mi colección de marcalibros he vagado años enteros escudriñando formas, mensajes, diseños, historias de afecto o de vileza detrás de un objeto en especial, y por los felinos ocurre otro tanto: creo conocerlos hasta en su fuero interno, desde el divino rol que disfrutaron en el antiguo Egipto hasta el presente, no otro que deambular a veces entre bolsas de basura olisqueando sardinas, envases putrefactos, restos apenas comestibles mientras la elegancia hace de las suyas, mientras un mazazo de entera libertad ronronea por los solares a la luz de la Luna.
    Vale el esfuerzo de detener los minuteros y restregarle al tiempo la mueca del olvido hecho presente, rescatado de las garras, de las fauces del nunca jamás que, gracias a tu labor detectivesca, ya no tendrá el horizonte únicamente para sí. Coleccionar botellas, piedras o cajas de fósforos es al fin y al cabo limpiar de telarañas lo que vamos siendo y es así mismo zarandear a la alegría para que de cabo a rabo abra sus alas, de par en par y a plena luz. Ni más ni menos.

12/02/2017

Leer con hambre

    Cuando me acerco a un libro lo hago desde las tripas. Es lo que procuro mantener como función catalizadora entre tanta página escrita y entre el cúmulo de desechos  que en buena medida ofrecen las librerías.
    Semejante esperanza echa mano de la más pura condición hedonista, porque la verdad sea dicha: no concibo leer sin consecuencias placenteras, lo cual, llámenlo ustedes como quieran, a estas alturas va siendo poco menos que un vicio del que no estoy dispuesto a prescindir. La lectura por obligación, porque alguien la impone y se acabó, termina por trocarse en perversión. Supone el uso de la fuerza ante un ejercicio que debería ser voluntario. Leer porque algún hijo de la gran puta te pone un treinta y ocho en plena sien resulta un crimen, de lesa inteligencia para ser exacto, y no hay cárceles suficientes en La Haya para tanto bienintencionado a la hora de repartir el gusto por los libros. Pienso en padres y  maestros, instituciones de cualquier pelaje, ciertas campañas a favor de la literatura, Ministerios y demás lugarejos por el estilo.  Una de dos, o lees porque es un hacer apasionante o no lees y al carajo García Márquez, Heinrich Boll, Dumas, Rulfo  y la madre que los parió.
    Tengo la costumbre de largarme a  buscar historias tantas veces como pueda. Y si la cosa es justamente ésa, poder, créeme que soy capaz de echarme a las espaldas el trabajo pendiente de hoy, de mañana y de pasado, con el delicioso objetivo de entregarme entonces a una librería de viejo. En esto me acompañan Camila y Daniel, mis dos pequeños mosqueteros, y río de lo lindo al percatarme, al verlos escudriñar con la curiosidad comiéndoles el corazón, entre anaqueles polvorientos, pilas destartaladas o mesones cubiertos por ejemplares apolillados.
    Salir a buscar libros equivale a salir de cacería. Literalmente hurgamos en terrenos literarios para luego, con el botín a cuestas, caer sonrientes por el Sweet & Coffee y despedazar gozosos a las víctimas. No hay mayor placer, tenlo por seguro, que una mañana de sábado en trajines semejantes. Leer con la esperanza de hallar esa escritura que te agarra por el cuello y no te deja escapatoria, que te refleja en sus letras, que dibuja sobre el lecho profundo de algunas ideas el perfil que reconoces como tuyo. Cuando eso ocurre, lees seis o siete párrafos, te detienes de pronto, ves pasar la vida alrededor y de seguidas continúas hundiendo los colmillos en la carne blanda del papel.
    No quieres que se acaben las historias, no deseas que culmine el embrujo. Me ocurre con Cortázar, con  Mario Vargas Llosa, me pasa con Paul Auster y acabo de sentirlo al ingerir la autobiografía de Salman Rushdie, seiscientas y tantas páginas de magia pura y dura.
    Leer con hambre y descubrir, probado el plato, que el paladar agradece cada sílaba que engulles. A nada menos está llamado quien espera el goce como recompensa en su vaivén con títulos, carátulas, cubiertas de tapa blanda o dura e historias llegadas de todos los confines. Al final, por fin exclamas: hay que ver, menuda felicidad ésta. Y dices gracias, que se repita, y también Amén.

11/24/2017

Jamás lo hubiera sospechado

    Cada cabeza es un mundo, lo cual es tan cierto como la existencia de la noche. He leído un diario que sólo publica noticias falsas, con el dato adicional de que este año resultó el más vendido entre una veintena de competidores. Nada mal si te pones a ver.
    Al fin y al cabo, hay quienes se fabrican verdades a la medida. Yo, por no ir más lejos, tiendo a creer lo que en el fondo deseo que predomine. Para muestra un botón: como no soy amigo de los médicos, cada vez que a alguno le ha entrado la idea de meterme en un quirófano para operarme las amígdalas, o decide ordenarme abstención persécula de dulces y otros placeres por el estilo, busco ipso facto otra opinión, eso sí, previo hallazgo del consultorio indicado que a los efectos arroje la sugerencia complaciente. Dicho y hecho: “habría que esperar un tiempo adicional para su cirugía, caballero”, o “no se trata de eliminar esos alimentos de la dieta, sino de moderarlos”, y sanseacabó, asunto resuelto. Existe eso que he deseado que exista.
    Después de leerlo por primera vez me hice un asiduo del periódico en cuestión. Disfruto el placentero hecho de ser un abonado mensual, por cinco años a partir del mes pasado, y créeme, las noticias falsas terminan por imponerse, por torcerle el pescuezo a tantos testarudos que sin medir las consecuencias vaticinan guerras para ahora mismo, maremotos casi a punto de ocurrir o tragedias ecológicas indetenibles. Una noticia falsa tiene la virtud de cogerle el pulso al día a día sobre la base de un razonamiento aséptico, quirúrgico, cierto por donde le metas el ojo. La verdad es cosa de consenso, lo otro es pupú de pato macho.
    No te imaginas cuánta falta le hace a la gente leer lo que tiene que leer, enterarse de eso que esperó toda la vida, darse de bruces contra la pared de una mentira suave como almohadón de plumas. Poco a poco, mientras consumía lo que este diario me traía cada mañana, fui abandonando la prensa cotidiana. He llegado a aborrecerla, claro, por su lado siempre oscuro en eso de inventarse realidades en nada compatibles con lo que a todas luces sucede cuando te empeñas en que ocurran siempre a tu manera. Ni El Nacional, ni Le Monde, ni El Universo, ni The New York Times, en lo absoluto. Cuando pienso en las noticias vislumbro únicamente el hecho inobjetable de una escala de ocurrencias que nos toca en tanto forman parte de nuestras proyecciones, anhelos, ganas y convencimientos. Ahí radica la certeza de la realidad, del coñazo en la nariz o la caricia en la mejilla.
   Eso es: convencimiento. Una noticia contundente, real como plato de lentejas, es religiosa cuestión de fe: primero tienes que creerla, o terminar creyéndola, y después pasará a conformar tu realidad. No frunzas el ceño porque ya lo he comprobado. Sin aceptación no hay mundo objetivo que valga, y sin mundo objetivo que valga olvídate de lógica aristotélica o como se llame. Chao Descartes, good bye racionalismos de cualquier pelaje y toda la parafernalia.
    Desde que me apunté al diario aludido soy un hombre más equilibrado, más feliz y por supuesto mucho más enterado. Conocer noticias falsas tiene la ventaja de hacerte menos crédulo y de acrecentar tu condición de ser maduro y crítico, lo que no es cosa despreciable. Un diario de noticias falsas es lo que hacía falta para entender mejor el mundo en que vivimos. Nunca se me hubiera ocurrido.

11/10/2017

Putadas del día a día

    Hoy me ha dado por terminar la clase que debo dictar de dos a cuatro y salir. Cuando digo salir lo afirmo empleándome a fondo, cogiendo por el cuello al verbo que esta tarde se ceba en mis entrañas. Entonces tomo el ascensor y bajo, camino hacia la puerta norte, salgo.
    Resulta que existen ocasiones, muchas más veces de las que desearías, en que el tono de los grises parecen cubrir más de la cuenta, abarcar todo cuanto miras: dan la impresión de empinarse con fuerza hasta magullarte el rostro, sacarte la lengua con terca impunidad. Por re o por fa, por mil motivos grandes o pequeños a los que culminas dando la razón y ante los que doblas la cerviz inclinándote frente a esos molinos que en principio desafiaste lanza en ristre, con tu armadura a cuestas y la locura intacta.
    Pasan esos días cuyo trasfondo es el sedimento baboso de una humanidad falta de luces, de sensibilidad y de cojones. Esos en los que juras a la especie que te da cobijo digna del precipicio, del acabóse o del fuego, incapaz de trascender su propia hez. Es ahí cuando aseguras que el mundo está repleto de hijos de la gran puta y te detienes un momento, enciendes un cigarrillo o un tabaco y dices hay que ver, tenía razón el fulano que echó a rodar la clara idea del perro y mis congéneres: mientras más conozco a esta gentuza más extraño a mi buen Bobby.
    Y de pronto, como para quebrarte el plato en la cabeza, ocurre el milagro. Da la casualidad de que por milésima vez te enteras de que sí, de que en realizad existen, andan aquí y allá mondos y lirondos y en ocasiones  -que no dejan de aumentar todos los días-   se sientan por ahí, te esperan, se rascan los pies a la vuelta de la esquina mientras tú caminas, absorto, maldiciente, con la bilis todavía revoloteando en plena boca.
    Un detalle, un gesto, un color, un perro callejero fiel a su amo como nadie, algo entre el calor o el frío de un día cualquiera es la rama que acabas por alcanzar de un manotazo. Y te abrazas, te sostienes, sales a flote con la felicidad abofeteando al enemigo.
    No puedo enumerar las veces que he experimentado cosa parecida porque te confieso que perdí la cuenta. Ciertos milagros hacen nido en tu camino, de eso sí que estoy seguro, y si te pones a ver para remate suceden casi  a diario, benditos sean todos los dioses. Un aroma, una palabra, aquella escena como caricia a la mirada, sumo y sigo, cafés, recuerdos, inventivas, prospectivas, en fin. La alegría, claro, concentrada en un instante, metida de cabeza en el regazo del domingo hasta que desaparece así como llegó, sin decir hola buenas, sin decir adiós, sin aspavientos ensordecedores y otras hierbas por el estilo. Te salva el día y con eso basta. Hasta la próxima dosis de veneno, hasta la siguiente puteada cotidiana. Quién lo hubiera imaginado.

11/03/2017

Mud, Maduro y fraude

    La Mesa de la Unidad Democrática es un compendio de actores y de voces. Como si fuese un coro filarmónico, la idea es que sus ejecuciones confirmen tonos, ritmos y puesta en escena sustentados en un quehacer que evidencie unicidad. Bastante de eso se ha logrado en el camino, pero hoy los chirridos se han colado, han aparecido esperpénticas composiciones, en vivo y directo, en plena función.
    Después de lo ocurrido en las elecciones regionales mucha gente perdió las esperanzas. No los critico, en esencia porque luego de golpe semejante tendemos a buscar trinchera, a pasar la resaca e intentar subir la cuesta, a superar poco a poco los hechos, desalentadores por donde metas el ojo. La estafa perpetrada por Maduro y su guacal de delincuentes es la guinda del pastel. Un fraude continuado, puro y duro cuando menos desde el 2015  -permíteme creer que desde mucho antes-,  coronó hace pocas semanas convertido en pedradas a la lámpara, sin pudor alguno, sin vergüenza, sin máscaras que oculten el talante gangsteril de la jugada. Al Capone en technicolor.
    Lo anterior tiene una doble lectura: ésa que da cuenta del sector opositor y aquélla vinculada al narcogobierno. En el primer caso no hay mucho que decir: la incoherencia, la improvisación y la completa ausencia de un plan B, un quehacer alternativo frente al más que posible arrebatón, mostraron la patética conducta de una dirigencia MUD a ras del suelo. Recibido el coñazo en la nariz, el hormiguero se dejó ver desconcertado, sin brújula, a ciegas. Mil y un chasquidos brotan ahora de las voces dirigentes, argumentos raídos, faltos de imaginación y verdadero análisis, ya sabidos de antemano, pero en ningún caso un necesario y sincero mea culpa   -salvo lo llevado a cabo por VP, asunto digno de aplaudir-  cuya punta de lanza llegue hasta lo medular, es decir, a la renuncia, en pleno, de inmediato, por razones de mínima asepsia ética. Los líderes de la MUD debieron poner sus cargos a la orden, sin chistar, uno seguidito del otro. Para dar ejemplo, además. De lógica política, de integridad, de vergüenza ante el país. Nada ocurrió. Cualquier parecido con Maduro, con Cabello o con William Saab  es pura coincidencia.
    El segundo caso, relativo al régimen dictatorial, guarda en las entrañas el hecho cierto de una euforia con los pies de barro. Me explico: si ganar supone apretar en el puño a un país, embolsillarse como sea una pírrica victoria,  Venezuela yace a esta hora en las profundidades del  lujoso pantalón que lleva puesto una casta de entregados al senil dueño de Cuba. Esto supone, ni más ni menos, que la jaula está terminada, puesta en uso y a punto de cerrarse con doble llave. Revolución eterna, Cabello para rato, uh, ah, Maduro no se va.
    Pero en el fondo tengo la impresión de que la tragedia del gobierno puede ser amplia y profunda. Vuelvo a explicarme: con lo realizado el 15 de octubre Nicolás y su banda mandaron por el inodoro cuanto representaría, a esta hora menguada para la Venezuela decente, su última carta de presentación, no otra que la legitimidad de origen. Si antes el mundo dudaba a propósito de ésta, hoy sencillamente no existe. El parapeto que la dictadura construyó al respecto voló en mil pedazos, reventado por su podrida carga de excrementos.  Nadie cree en los resultados de estas elecciones, en ningún lugar de este planeta. Ni los chavistas más recalcitrantes muerden ese anzuelo sumergido en heces gobierneras. Un atajo de bandidos que destrozó la economía, que puso a la gente a comer de la basura, que  entronizó la miseria y la desesperanza en sitial de honor, que encarcela a quienes piensan diferente, que mata de mengua, represión y enfermedad; un gobierno indolente que es hoy peligro nacional y universal, con mucho que explicar a los venezolanos por sus desafueros, por su corrupción indetenible y por sus impresionantes logros delincuenciales, ya sabemos que no obtiene ni en sueños un ochenta por ciento de los cargos en disputa electoral. Todo lo contrario, tú, el resto del mundo y yo sabemos que es exactamente al revés.
    ¿Qué significa tamaña cuestión?, que no todo está perdido. Que la MUD fue torpe y cometió un error garrafal  -ir a elecciones sin garantías, sin ruta clara a seguir en caso de fraude masivo-,  pero que, haciendo las sumas y las restas, el crimen incrustado en el poder tiene bastante que perder.  La aparente fortaleza de la dictadura implica en realidad su opuesto. Es tal su ausencia de musculatura que debió recurrir al más grande fraude electoral cometido en la historia de Venezuela. Urge el reacomodo de la MUD, o como diablos termine por llamarse, y urge que los actores emergentes cumplan a cabalidad lo que jamás debió perderse: unidad, objetivos claros, respeto al ciudadano, coherencia en las acciones y plan B, a todas luces inexistente frente al robo del quince. Amanecerá y veremos.

10/30/2017

Un clásico

Air Supply. I can´t believe my eyes.

El link: https://www.youtube.com/watch?v=-DB8I0tG6GQ

10/21/2017

Culo

    Para algunos ciertas cosas forman parte de un todo mayor que las contiene. En el plano de las significaciones no te quiero contar: el diccionario (ese cementerio, como creo recordar que lo llamó Julio  Cortázar) se lleva las palmas de aquí a Japón.
    A ver, expresa el libraco que culo es anatomía, geografía humana, y para más señas punto trasero o delantero de objetos varios. Y hasta ahí. La verdad es que no se mete el camposanto en el alma del lenguaje, que si a ver vamos equivale a surfear en esas aguas tranquilas o ventiscosas de la vida real, monda y lironda, que hoy te besan y mañana te aplastan con sólo restregar medio con pulgar.
    Culo: art. Del lat. Culus. 1. m. Conjunto de las dos nalgas. 2. m. En algunos animales, zona carnosa que rodea el ano. 3. m. Extremidad inferior o posterior de algunas cosas. Culo del pepino, del vaso. Sanseacabó. Menuda definición para esta palabreja que lleva en las entrañas un ovillo de connotaciones, de imaginación, de picardía sana o malsana, de erotismo y de mil y un símbolos sin medida ni fin. El culo del mundo, pongo por caso. Hay que ver, me digo, “el culo del mundo”, tamaña frasecita apunta, fíjate, a unidades de longitud, cuestión pasada por alto, como si tal cosa, tanto por el humilde Larousse que descansa en un peldaño de mi biblioteca como por el respingado DRAE, ubicado allá a lo alto, entre otro de sinónimos y el de Ambrose Bierce. Se dice fácil.
    Ocurre algo parecido con el culo de una dama. Nada más alejado de la verdad que la ficción diccionaresca  -perdónenme la fea palabra-  que manda al basurero de la historia, del día a día y de la cotidianidad que bulle en cada esquina el hecho fascinante asumido por todo varón que se respete: pasa una señora de muy buen ver y entonces lo que volteas a ver es con justicia eso, el culo, el culo no del diccionario (frío conjunto de las dos nalgas) sino un ámbito mayor capaz de subsumirlo, de encerrarlo en un espacio superior que sin dudas lo engulle por completo, es decir, que culo va siendo aquí el todo y no la parte, la dama en cuestión de cabo a rabo, entera de pie a cabeza, cuyo movimiento de las caderas y completa humanidad vuelvo y repito, genera el chorro de adrenalina, el Vesubio hirviente, la carga de deseo más explosiva que se haya visto por los alrededores. Dime tú si me equivoco. Para qué decir sí, si no.
    En lo que a mí concierne  -biológica, antropológica, semántica y sinceramente hablando-,  desde la adolescencia un culo, todo él según la explicación de arriba, fue el responsable del Big Bang, de la sensualidad hecha carne y hecha huesos, sinónimo de mujer, léase hembra fértil capaz de detener la marcha implacable del universo. Vaya cortedad la de la realísima Academia, que será de la Lengua y de cuanto inventario disponga la ficción, etcétera, etcétera, etcétera, pero no de la vida que reverbera en todo grupo humano y demás hierbas. Pienso otra vez en el cementerio de Cortázar: es que tenía razón el muy bandido.
    Que entre culos te veas, bendito entre los hombres. Mascullando tal sentencia sé a la perfección que comprendes lo que hay que comprender, que culo es femenino aunque lo preceda el, que culo es ese tierno, dulce, trascendental término que acelera el corazón, que enciende fantasías, que conecta con los  dioses  -perdón, con las diosas-, más allá de lexicógrafos acartonados y otras zarandajas por el estilo. Enhorabuena. Así sea.

10/14/2017

Con la belleza, cara a cara

    Les he contado antes que me gusta sentarme en la terraza de un café y ver pasar la vida. Doy por sentado que todo café que se respete es un templo de peregrinaje obligatorio para aquél dispuesto a desmigajarse mientras a las cinco y treinta de la tarde cierta luz pinta de dorado el panorama.
    Semejante costumbre la cultivo desde adolescente. Si alguna vez he creído asimilar qué diablos significa el término contemplación, ha sido gracias a la experiencia con un libro, un cappuccino, un Partagás y una mesa bien ubicada para darle y darle a la lectura, alzar la vista cada cierto tiempo y observar cómo anda el patio.
    Y en esas estaba la otra tarde, junto a Camila, mi hija de catorce años. Tengo la fortuna inmensa de que esta chiquilla es mi irremplazable compañera de lecturas. Así como lo lees, sin quitar ni exagerar. Se acostumbró, a fuerza de mirar, a entrarle a la página en nuestros cafés predilectos. Teníamos algunos en Venezuela y tenemos algunos aquí, lejos, adonde vinimos a parar por motivos de trabajo (ésta es una historia que referiré en otro momento). Leíamos en silencio, metidos de cabeza en el Sweet&Coffee, echados en brazos del disfrute como bañistas arrojados a las olas: ella sus novelas que según dice la hipnotizan, yo un libraco gigantesco de Francis Scott Fitzgerald
    -“De lo que no es nuestro están hechas las estrellas”- dijo de pronto, levantando la voz más de lo normal, con la mirada puesta sobre algún lugar del horizonte. Me llamó la atención ese tajo en medio de la nada. Le pregunto qué le ocurre, qué le atrajo de la frase, por qué la coge así, con pinzas, y la expone para escucharla a quemarropa.
    -“Porque me gusta”- suelta como si nada.
    Créeme que no hay mejor respuesta. Simplemente le gusta y basta, se acabó. Mi interrogante iba de la mano con la necedad y fue Camila la encargada de hacérmelo saber, con sutileza, con imaginación, con una sentencia que resultó aplastante. Es que somos jodidamente cartesianos, en el peor sentido, y pretendemos la pulpa, los jugos, el corazón de la belleza sin detenernos en su olor, en su color, en su epidermis. En fin. Decía arriba que creo vislumbrar por dónde van los tiros a propósito del verbo contemplar, pero a veces, más de las veces que quisiera, soy un anodino sin redención, mendicante de pragmatismos que rayan en la estupidez.
    Darse de bruces con lo hermoso no merece de entrada los sablazos de la razón. Toparse con la belleza supone en un primer momento cierta operación para la cual necesitamos un arsenal de papilas gustativas. Y ahí las tenemos, y ahí mismo las hacemos a un lado. Cuando Camila saborea su frase, cuando cata el dulzor o el amargor del lenguaje, sólo existen ella y las palabras, el sentido, la sorpresa, el hecho que termina siendo mágico por donde lo mires. Así deben ser los encontronazos con lo bello, con lo valioso, con cuanto nos inspira e incita a hacer un alto para mirar y remirar. La belleza exige detenerse, asimilar el puntillazo, entregarse a la petite mort que, ya vemos, trasciende sexo y erotismo.
    -“Porque me gusta, papá, porque me gusta”- respondió. Y yo sonreí y guardé silencio. Esa fue su mejor explicación.

10/07/2017

Nombrando los días que van pasando

    La mayoría de la gente le pone nombre a las mascotas. Nada más normal que eso. Yo, ve tú a saber por qué, suelo nombrar a los objetos. Me gusta la filosofía y leo libros, novelas o ensayos sobre existencialismo, de modo que mi reloj se llama Sartre.
    Ser y tiempo, pongo por caso, es un texto clásico del conocido estudioso alemán, por lo que a mi escritorio lo bauticé Heidegger. Y así. Tuve una laptop llamada Newton, una bicicleta que respondía al nombre de Nastassja Kinski, y un buen amigo, a quien nos referíamos desde los años universitarios como Valentín, puso a su inodoro Stalin, sólo por seguir mis ocurrencias. Fíjate qué cosas.
    Ponerle nombre a los objetos pasa por colocarles cierta etiqueta diferenciadora. Los vocativos que otros pronunciaron con el objetivo de ordenar el universo, de llamar pan al pan o vino al vino, reconozco que tienen su razón de ser.  ¿Te imaginas que una silla no gozara de ese apelativo sino de, por ejemplo, ruiseñor?, y supón que al plumífero lo ubicáramos lanzando un chasquido como árbol. Fin de mundo, Babel monda y lironda en pleno siglo XXI. Sumo y sigo: piensa que una flor se denominara tuerca, y la tuerca coliflor, y la coliflor esperanto y ésta corazón. Ya nada tendría pie ni cabeza, el mundo sería más desquiciado de lo que ya es, lo cual ten por seguro, mi querido Watson, no es en lo absoluto poca cosa. Al diablo el lenguaje creado a base de esperanza comunicativa. Chao español, adiós chino mandarín, en fin. Pero no me negarás que ponerle nombre a los objetos, tal y como he venido haciendo todos estos años, se justifica gracias a una razón menos pragmática: bautizarlos en segundo grado, torcerle el cuello al cisne a ver si aparece una tortuga, asunto que hasta ahora en nada trastocó el orden imperante desde que empezamos a intercambiar gruñidos por frases con algún sentido. Sé que sólo yo practico semejante arte  -no te caigas para atrás: es un arte-  lo que, repito, en nada ha significado condición amenazante para el stablishment lingüístico, así que continúo en mis trece, sigo nombrando y renombrando para hurgar en las entrañas de lo cotidiano, en las profundidades del espíritu, en los intersticios de esa cosa que es la lógica, cartesiana o no, aristotélica o no, qué le vamos a hacer. Entonces un humilde cenicero resulta cierto guiño a lo Bogart o esa mancha de labial que decora el borde de la taza un lindo equivalente al mejor estilo Edwige Fenech. No sé si me explico.
    La otra vez servía un trago de whisky de mi botella Hemingway mientras encendía un Churchill que saturaba la estancia con ese olor inconfundible a Roger Vilain B, mi padre, todo humo y Churchill él. Tampoco sé si me explico, pero puedo jurarte que no es mal de morirse. Por otro lado, ponerle nombre a los objetos, a las cosas, a algunos hechos incluso, va de la mano con el psicoanálisis si quieres un mecanismo explicativo  -a mí me lleva sin cuidado-, pero quitándole parafernalia o vanidoso intelectualismo de academia. El sillón de la sala que llamaste Freud no es más que una enigmática proyección de tu tía Adelita, y no preguntes más. A la luz de mi lámpara, apodada Edison por razones obvias, pienso en todo esto. Y mi bolígrafo Cortázar, y Gandhi  -mis viejos anteojos-  y también Jack, la navaja que utilizo para destripar sobres, para descuartizar cajas que llegan por correo, terminan dándome razón.
    La nomenclatura que me dio por inventar, por cifrar en particular lengua un cosmos a lo largo de los años acaba siempre por arrojar sus dividendos. Nada que ver con Milton Friedman o Von Mises, es decir, pura y simple economía. Lo que puedo asegurar es que mi método está hundido hasta los huesos en el magma que todos llevamos en las entrañas. Una lenguarada como “a la luz de mi lámpara pienso en todo esto y mi bolígrafo y mis anteojos y también la navaja que me sirve para abrir los sobres” y blablablablablá, tal como escribí antes, dice mucho, para mí y para cualquiera. Pero “a la luz de Edison pienso en todo esto y Cortázar y Gandhi y también Jack, terminan por darme la razón”… dice más, infinitamente más, y me lo dice al oído, de forma única y por supuesto cargada de distintas pulsaciones, de mensajes secretos, de resonancias zambullidas en las cavernas de mis días.
    Ponerle nombre a los objetos terminó por convertirse en manía, en código críptico, verdadero lenguaje para entender y entenderme, con gran elocuencia, contundencia, exactitud. Dime si no vale el esfuerzo. Dime tú si no.

9/30/2017

El chavismo y el desastre

    Sin duda la tragedia venezolana se origina y desarrolla desde el populismo. Una panda de forajidos, descocados sin redención, individuos que jamás sudaron las fiebres de los sesenta, ofreció erigir el Paraíso en la Tierra.
    Hoy en día la amenaza universal contra las democracias ya no pasa por los ismos que tanto daño repartieron a lo largo y ancho del siglo pasado. El comunismo y el nazismo, por ejemplo, perdieron el terreno que alguna vez tuvieron en el puño, producto de su incapacidad para cumplir las promesas que con tanta fuerza calaban en las cabezas de millones de esperanzados. El verdadero peligro es ahora la enfermedad populista.
    Sobre la base del espejismo mayor   -el pueblo llegó para gobernar-   un populista accede al poder y atrincherado ahí, utilizando con máximo provecho los valores típicos de la democracia, comienza su labor contra el sistema. Me explico: la lógica populista parte de un principio irrenunciable, no otro que “el pueblo soy yo”. Y si el pueblo soy yo y yo estoy en el gobierno, olvídate de lo demás, camarada, porque lo que lo que soy yo no permitiré que otros, advenedizos, lacayos, oligarcas o pitiyankis regresen a lo suyo. Moraleja y conclusión, todo aquel capaz de mover una neurona y criticar, todo el que disiente por A o por B del pueblo ejerciendo el mando, simplemente es enemigo. Irrumpe así la polarización, se instaura un maniqueísmo político, existencial, que echará al fuego todo matiz: o estás conmigo o contra mí, o estás con el pueblo o en su contra. Bienvenido a la revolución, por si no te has dado cuenta.
    En Venezuela la razón política, es decir, el arte de discutir, de no estar de acuerdo y expresarlo, de criticar sin que te crucifiquen luego, acabó siendo presa del fanatismo desbocado. Manifestar lo que supones es afrenta suficiente para la exclusión, para el baño de mugre que, júralo, te viene seguro por atreverte a pensar de forma autónoma. Implica que salió tu número en la repartición de la violencia. Para todo populista que se respete el conflicto  -quien esgrime ideas distintas es un desestabilizador-  guarda significados diametralmente opuestos a la noción que de él tiene un demócrata. Para éste, las diferencias de variado cuño son necesarias y por tanto bienvenidas, asunto natural en sociedades abiertas; para aquél, no son más que traiciones al pueblo por fin hecho con la silleta de Miraflores. En los populistas la figura del pueblo es el caramelo mentolado que jamás se sacan de la boca. Dicen que genera aliento fresco, aseguran que produce sonrisitas Pepsodent.
    Por tal motivo, cuando el gobierno populista se equivoca de cabo a rabo y crea las calamidades que está llamado a producir, culpa a terceros. Si el pueblo no se equivoca, entonces la razón, la historia, la justicia y la verdad son parte constitutiva de esta lógica del espejo  -me miro en él y se refleja la muchedumbre en el azogue-  y con seguridad son otros quienes impiden la fragua paradisíaca, el advenimiento arcangélico, la realidad equivalente a esa Edad de Oro  que, no lo dudes un minuto, se levantará gracias al Intergaláctico. La Cía, el Departamento de Estado, los escuálidos, la Guerra Económica, el Imperio y  los extraterrestres, he ahí los saboteadores, aquí los tienes, sorprendidos con las manos en la masa. Si te fijas, un manojo de neuronas inconexas fabrica en consecuencia una realidad patas arriba.
    Al ser los populistas el vivo retrato de la moral y la pureza, resulta imposible que en sus filas aniden esas rémoras que en el pasado  -el pasado es un fetiche al que bien vale regalarle buena parte de las culpas-  desangraron a la patria. Latrocinios, corrupción, crímenes, ineptitud, todo ello existe, sí,  pero en los enemigos. Verbigracia, en quien se les planta con valor y opone resistencia. No hay manera, compa, no queda mínima esperanza: un populista es como un coco seco, duro, inflexible, árido, impermeable a cuanta evidencia empírica denuncie sus locuras. Viéndolo bien, en el fondo es muy sencillo. Los malos están allá, los buenos estamos aquí. Tal es la llave maestra de su relación con el mundo. Hugo Chávez alguna vez lo sentenció: “esto no es entre Chávez  y los que están en contra de Chávez, sino entre los patriotas y los enemigos de la patria”. Menudo delirante.
    Ante esta perspectiva no se ha inventado aún recurso alguno para  ablandar semejantes convicciones, para dinamitar la total seguridad de que tienen a Dios agarrado por las bolas. Pase lo que pase, el cáncer revolucionario exorcisa toda responsabilidad, cualquier viso de sensatez en función de la política y la cosa pública  -muchas manos peludas haciendo de las suyas-  y, por supuesto, carcome rutas que podrían llevan a la autocrítica, a la rectificación. Ahí está Maduro y su atajo de delincuentes chapuceando en el sueño de quedarse en el poder hasta que se les pudran los huesos. Lo piensan, lo desean, lo buscan y lo dicen como si nada luego de la tragedia que le propinaron a un país.  Una revolución también puede ser un circo.
    Llegará el día en que, desde la cárcel, respondan por el desastre, aun cuando  resuenen tras las rejas los chasquidos de esas lenguas incansables, esas que arrojan del cerco de los dientes para afuera, como diría Homero, la fetidez y peligrosidad extrema de sus disparates.

9/22/2017

Gestos mínimos

    Hay gente cuyos horizontes coinciden con la grandilocuencia. Todo supone quehaceres XL, gestos supremos, esfuerzos más allá de lo humano. Si de realizar una tarea se trata, la hazaña suprema es lo mínimo aceptable. Caso contrario no vale un pepino el asunto.
    Por este camino permanecemos en el sitio. Patinando. Al considerar la factura que resulta obligatorio mostrar para ganarse el aplauso, o la buena pro o el reconocimiento en función de las tareas cumplidas como ciudadanos, y al considerar igualmente que aquello digno de una palmadita en el hombro o de una sonrisa aprobatoria sólo es dado gracias a logros tenidos como extraordinarios, no avanzaremos un ápice a propósito de aflojar algún tornillo  y apretar ciertas tuercas en esto de vivir en sociedad, de hacer ciudad, de convivir procurando el mayor entendimiento, lo cual va siendo ya más que catastrófico en el puto mundo que tenemos como lugar de residencia.
    No, no es verdad que para alterar algunas cosas y torcerle el cuello a uno que otro hábito sea necesaria una erupción volcánica. Para que buen número de situaciones cambie se requieren ínfimos movimientos, diminutos gestos capaces de perfilar otros rostros. Por ahí van los tiros. Reconocer tales hechos, apreciarlos, brindar porque permanezcan y gritar salud a todo pulmón, para que se oiga, para que se enteren los vecinos, es también un hacer que lleva implícitos cambios en sí mismo. Alguien escribió: “creo que al mundo van a salvarlo millones de gestos pequeños”, y perdónenme no recordar al artífice de tamaña frase, pero la leí y me gustó, me pareció redonda y verdadera, todo un coñazo en la nariz, en nuestras pulcras y respingadas narices.
    Lo que soy yo, me alegro por la certeza que ello alberga en las entrañas. Es que me hace feliz una imagen sencilla, un detalle en apariencia insignificante, me conmueve incluso la señora que pasea a su perro, que guarda la bolsa consigo y se apresura a recoger el excremento que Bobby, o como se llame la mascota, echa al mundo mientras juguetea. Así no ocurrirá otra vez, dicho sea de paso, lo que he o has vivido en tantas otras: mierda en los zapatos, maldiciones a granel, pestilencias hasta nuevo aviso.
    La frase que leí va aparejada con la idea de que, sin lugar a dudas, vivimos en medio de héroes anónimos  por donde metas el ojo. Basta con que salgas a la calle para que te percates. Y esa verdad es bueno tenerla presente y reconocerla con todas las de la ley, y créeme que resulta fabuloso maravillarse frente a ella. Hay que repetirlo: no es cierto que para merecer una sonrisa de aprobación, unas hurras por la acción perpetrada sean obligatorias hazañas mitológicas. Después de todo, molinos de viento aparecen a la vuelta de la esquina y a cada rato la gente los enfrenta y resulta victoriosa. Existen héroes caminando a un palmo de ti, ahora mismo. Me gusta mirarlos, descubrirlos, convidarlos alguna vez a una cerveza porque es muy cierto que de músicos, poetas y locos… (y de Quijotes también)… todos tenemos un poco.

8/03/2017

Las entrañas de lo real

    Es curioso, pero mientras más grande menos aprende la gente. O eso parece. Tienen razón los escritores: a veces la realidad se aleja de lo real para darse de frente con lo ficticio. Vaya certeza la de estos señores.
    La otra vez andaba cabizbajo y opté por lo de siempre, es decir, darle pataditas a lo que me aplasta como quien en plena calle regala puntapiés a una lata vacía de Coca-Cola, sólo para olvidarme un rato del puto día más sus espinas, y pensar, y marear la perdiz a mi manera.
    Pero en fin, decía arriba que ciertos aprendizajes son inversamente proporcionales a la edad y no creo que me equivoque. Después de tantos cabezazos contra la pared he visto la luz, o sea que por fin doy en el blanco si se trata de mover el foco, de tensar el arco para intentar poner la flecha donde pongo el ojo. No sé si me explico pero el asunto viene por ahí. Somos víctimas de la realidad, no cabe duda, por lo que más vale jugar las cartas al respecto.
    Jugar las cartas al respecto implica aprender algo sencillo: si la realidad no es como la pintan es mejor colorearla de modos diferentes, cosa que me llevó una punta de años vislumbrar pero eureka, heme aquí, sentado ante una mesa de café, tabaco en mano frente al lienzo inmaculado de la tarde que me saca la lengua, me mira con extrañeza, mientras rebusco ángulos mezclando azules con aguamarinas en esto de vivir la vida. Y así.
    No me lo vas a creer, pero te juro que es verdad. La otra vez pateaba con desdén la lata de los días y apareció ahí, de cuerpo entero, con sombrero negro, con bastón, con bigotito corto, con las piernas arqueadas. El cine mudo del día a día hacía otra de las suyas: Chaplin en pleno bulevar, a las cuatro de la tarde. Charles Chaplin, el mismo que vistió y calzó. O su doble, o algún fanático dado a deambular por estos lares. Ve tú  a saber. Nadie, excepto yo, se dio cuenta de semejante escena, de modo que el perfomance, o como diablos se diga, resultó un platillo que devoré a mi manera, que terminó siendo plena y absolutamente para mí. Chaplin  a tres metros, como recién salido de El gran dictador, como asomado desde sus Tiempos modernos. Tienen razón los escritores, esos tipos extraños y caraduras que ven un cinco cuando tienes enfrente un cuatro. Lo vi desaparecer entre la gente mientras se alejaba poco a poco, lentísimo, adentrándose en la calle Foch.
    En esta mesa leo o escribo, pienso, miro pasar la vida entre bocanada y bocanada. Hay que ver, me digo, somos víctimas de la realidad más veces de las que deberíamos, y para cuando reaccionamos ya es tiempo de coger los peroles y palmarla, estirar la pata, plop, adiós luz que te apagaste. Tengo un amigo que vive sus ratos como le da la gana, y no te rías porque el caso no es naranja que se desconche facilona. Vivir-la-vida-como-le-da-la-gana es un arte complicado y arriesgado que exige talento, disposición y cojones. Nada menos.
    En eso ando, con subidas y bajadas. Muerdo el polvo y sigo, que algo termina quedando como sostuvo el filósofo. Somos víctimas de la realidad, claro, y lo que soy yo le alzo el vestido aunque sea por dármelas de qué sé yo, aunque sea por joder. A ver cómo me sale el óleo. A ver.