5/18/2018
5/04/2018
Después de todo
A veces llego a este café con ganas de volarle
los huevos, bum, bum, bum, fusil en mano, a tanto imbécil que deambula por las
calles. Pero hoy me he reconciliado con el universo, ya lo ven.
Hay días que parecieran abrirse como el Mar
Rojo porque en un segundo ocurre algo que termina en giro de ciento ochenta
grados. Se apartan las aguas de un mundo cutre y ruin para que de inmediato te
aplaste la nariz alguna flor entre las piedras, inequívoca señal de que a pesar
de los pesares la vida sigue siendo hermosa y es un regalo que vale la pena
disfrutar, exprimir, aprovechar, transitar a fondo.
A estas alturas de mi almanaque sé muy bien
que en las calles abunda el puñal, la estocada por la espalda, el desquiciado a
la vuelta de la esquina y el calculador dispuesto a todo para hacer caída y
mesa limpia. En el fondo y a medida que pasan los años cada vez descreo de los
humanos con más fuerza. Estoy convencido de que el bien y el mal compiten a
cuchillo por un trozo del pastel, y lo que es peor, en demasiadas ocasiones tengo
la impresión de que lo segundo se encarama sobre lo primero. Para qué voy a
negarlo, para qué decir no, si sí. A mis cuarenta y ocho tacos me importa un
rábano escribir páginas políticamente correctas. Que se joda el personal.
Pero les contaba arriba que hoy veo el patio
más rosadito que otras veces, lo cual va requetebién. El asunto es que como de
costumbre aterrizo en el café de Jerry y pido un americano, agua mineral, saco
el tabaco, procedo con lectura y escritura, y de seguidas, como caído de otra
dimensión, a pocos pasos de mi mesa el hombre de la moto conversa con quien imagino
debe ser su hijo pequeño.
“Sí cariño, dime”. “He detenido la moto
para atenderte pero no tengo mucho tiempo”. “Me bajo luego, después de las
entregas, y te devuelvo la llamada…a lo sumo unos diez minutos más”. “Gracias,
por supuesto que sí hijo, un abrazo, y otro para Amelia. Te quiero”. De
inmediato el tipo guarda el móvil, se acomoda el casco, acelera y desaparece
por la calle Foch. Buen viaje amigo mío
-digo para mis adentros-, te deseo feliz arribo y el mejor encuentro con
Raúl o Pedro o como se llame el chico que estará en casa esperándote junto a
Amelia, su madre o quien quiera que sea.
Entonces recuerdo que como está el patio,
saturado de mediocres, sinvergüenzas, oportunistas e hijos de la gran puta,
todavía quedan seres como el que acabo de escuchar y aún va y viene el amor
manifestándose así, como si nada, a toda vela, sacándole la lengua a una
realidad que en tantas ocasiones no da lugar para pensar que saldremos con bien
del polvorín. Y digo hay que ver, la decencia por fortuna no llega todavía a
ser un fósil ajeno al presente.
Por
fin bajo la mirada, tomo un sorbo de agua, abro el libraco que pretendo
despachar en estos días -una biografía de Cortázar escrita por Miguel
Dalmau- y me queda en la boca el sabor
dulce de haber presenciado una victoria: la del cariño haciendo de las suyas en
plena hora pico, a un palmo de la terraza en que me encuentro.
4/08/2018
El humo de aquella pipa
Tengo dos hijos con los que suelo largarme
a algún café para sentarnos a leer. Y cuando leo, enciendo mi pipa, el calor
que despide me calienta las manos, disfruto del humo y sus aromas, enarbolo el
rito que supone fumar como Dios manda. Entonces me increpan, me preguntan, me
averiguan, ¿por qué llevarse a la boca un artefacto tan raro como misterioso?
Desde esas interrogantes me da por pensar.
Es decir, por pensar sobre el acto de fumar, pipa para más señas, y llego a la
conclusión de que todo pasa por la memoria. En mí, la pipa es sinónimo de mi
padre. O casi. Mira por dónde va el asunto.
Cada vez que elijo lugar y mesa para
contemplar, para leer o escribir, cada vez que acto seguido saco la pipa de mi
bolso con el hedonista objetivo de gozarla, en el fondo lo hago en honor de mi
viejo y a propósito de los años en que lo veía encender la suya como si de
expresar un mantra se tratara. Entonces los recuerdos se materializan, me
agarran por el cuello y ahí aparece el taqueador, por ejemplo, instrumento que
usaba a manera de herramienta compactadora del tabaco y que a mí -tendría yo siete u ocho años- me parecía el objeto más extraño e inútil de
este mundo. Cuán equivocado estaba. Hoy
en día guardo mi pipa en un estuche de cuero que le perteneció y al sacarla
en esta terraza puedo verlo, como si fuera ayer, deslizar la cremallera con
placer mientras la pipa asoma su belleza y termina por fin aprisionada entre
sus labios.
El humo de la pipa implica el vivo retrato
olfativo de papá y créeme que percibir su olor es como sentirlo aquí a mi lado,
disfrutando de la picadura, paladeando aquel humo que escapaba de inmediato en
volutas de tranquilidad. La nostalgia, sí, es la nostalgia, sin dudas, un bicho
que ataca y muerde y anda poco dispuesto a soltar a su presa así no más.
Leer mientras siento que me desmigajo entre
las páginas, leer casi diluyéndome en el Captain Black o el Caporal (este
último paquete de tabaco no he vuelto a hallarlo en el mercado) equivale a
viajar en el tiempo, supone lanzarme de cabeza y a mis anchas a deambular en el
pretérito perfecto del indicativo, nada menos, lo que es la maravilla de las
maravillas cuando en el fondo permanece el encuentro, la mágica certeza de
conjurar abismos o despedidas para otra vez estar, otra vez ser, otra vez
zambullirme en momentos que terminaron convertidos en arena.
Converso con Camila y con Daniel, les digo
que la memoria tiene sus cosas raras, de modo que es muy posible vislumbrar no
sólo objetos, frases, juegos que apenas transcurrieron hace poco, sino también
afectos, amores, impresiones, angustias, dolores o felicidades desencadenados
por la chispa del humo de esta pipa o la imagen del estuche que un artesano del
cuero ecuatoriano devolvió a sus viejos esplendores. Es lo fascinante de la
condición humana: no estamos sujetos al aquí o al ahora, al contexto inmediato
que nos esclaviza. Tenemos la oportunidad de echarnos en brazos de otros
enigmas, como el de la nostalgia, pongo por caso, y saborearlos, y sumergirnos hasta el cuello en eso que ya no
tenemos a la mano.
Doy unas chupadas, miro a mis pequeños
entregarse a sus lecturas y entonces me elevo entre una nube azul, entre
volutas. Voy al lejano sitio del ayer donde permanecen aún determinadas
sensaciones. Ahí mi padre enciende otra vez aquella pipa y piensa y sueña
quizás con asuntos parecidos a los míos. Sonrío y me digo que nada hay más
parecido a la felicidad. Entonces continúo leyendo. Con Camila y Daniel sigo
leyendo.
3/31/2018
Girar el picaporte
Cuando se gira el picaporte se abre también
el sésamo de mundos que exigen de visión periférica. A veces, claro, la
periferia dice más que el centro, asunto en pocas ocasiones tratado con la
justicia que merece.
Cuando giras el picaporte giras además el
universo, y en esa apertura los duendes de mil jardines que se bifurcan bailan calipso y sonríen a la manera de los grandes amigos. Pienso en músicos que
crearon sello improvisando o en escritores capaces de sacarle punta hasta a las
piedras en eso de decir, exprimir, contar, no dar todo por sentado, etcétera,
etcétera, etcétera.
Para girar el picaporte hacen falta manos
pero sobre todo cierto candor entremezclado con anhelos varios, últimamente
poco vistos en los alrededores, porque girar el picaporte supone en
tremendísima medida la disposición de dos estadios sin los cuales todo va a
parar al carajo. El primero, girar y empujar el sésamo. El segundo, girar y
empujar sin perder de vista que girar y empujar trasciende el significado de este
par de verbos tan comunes, corrientes, escuetos y percuetos.
De modo que ahí lo tienes: giras y entras,
navegas en las aguas que el don de la curiosidad o la osadía ponen a un palmo
de tus narices o te quedas plantado, como si nada, lo más parecido a esa fea
palabra conocida como inmovilismo, sinónimo de petrificado, equivalente a
mansedumbre, lo cual no tiene por qué ser bueno o malo en absoluto. Simplemente
es.
Total, haciendo las sumas y las restas, que
girar el picaporte guarda para sí la acción y efecto de estrellar los dientes,
a modo de mordida, contra una superficie sólida por donde la mires, ferrosa
hasta más no poder, cargada como puedes observar de una dureza extrema y
peligrosa, cuestión que pide a gritos un caldo elaborado a base de atrevimiento,
cuando no de temeridad monda, y también lironda. ¿Sí? ¿Me explico? ¿Patinamos todos en el mismo
charco?
Para girar el picaporte colocas una o ambas
manos -tú eliges-, aplicas un golpe hacia abajo con fuerza y
luego empujas vista al norte, rumbo al horizonte, ese mundo acostado que se
despliega enfrente, con foco en la diana donde confluyen todos los puntos de
fuga reales e imaginarios. Y sientes la brisa, los dedos que te despeinan entre
soplidos, susurros, chubascos, nubarrones o sol meridional. Sigues eligiendo.
De adolescente aprendí a girar el
picaporte, cosa nada fácil si a ver vamos porque nadie dijo que asomarse al
balcón o a la ventana garantiza algo. Girar el picaporte es sólo eso, girar el
picaporte, con el infinito a cuestas y los poros cargados de latidos, pulsiones,
esos bichos gelatinosos cuyos verdaderos nombres tengo la impresión de que aún
no fueron inventados. Giras, empujas, entras y ya. Rompes la quietud,
resquebrajas el témpano, traquetean los
engranajes debido a que al final otros relojes marcan a plenitud las
horas.
Ruuuuuaaaacccccc, giras el picaporte,
empujas, entras, y a la historia se le ocurre empezar. No sé si me explico.
3/15/2018
Estudiantes Platón
Hoy vengo en plan de malas pulgas. Sucede
que llevo dos décadas en esto de trabajar en universidades, de dar clases y
toda la parafernalia. Estoy harto de hallar gente que sabe mucho y ahí se queda,
sin brillar, como si nada, dando por
seguro que somos polvo en el viento, y gente con la arrogancia erigida en
rascacielos. Hay que ver todo lo que se te pone enfrente en un salón de clases.
El otro día estaba dale que te dale a las
ideas, al delicioso quehacer -cuando lo logras- de promover el pensamiento, la
discusión, el toma y dame natural que, bien entendido, obliga a asociar A con B
para llegar a C. Me refiero al uso discrecional de las neuronas. Entonces, como
casi siempre ocurre, levanta la voz un sabihondo oriundo ve tú a saber de cuál
hoyo epistémico, y dice blablablá, y frunce el ceño, y enarca las cejas, y
escupe frases con magnífica latonería pero con octanaje a ras de suelo.
Perdí la cuenta de las veces que he lidiado
con tales personajes. Si no fuese porque el semestre es largo, la cosa no
pasaría a mayores: egos estrafalarios abundan y no hay demasiado por hacer. Sin
embargo la cosa se complica en función de la constancia de semejantes
individuos. Continúan abriendo la boca, insisten en alumbrar el universo con su
ilustración. Lo saben todo, lo han leído todo, lo tienen todo en la punta de la
lengua, por lo que el mundo existe para sucumbir ante sus revelaciones. Hay que
joderse, y claro, hay que rebelarse.
Cuando entran en escena pienso en Borges.
Viene de perlas aquel señor Funes, incapaz de olvidar hasta las mínimas tonalidades
de las hojas de algún árbol cuando le daba la luz a las cinco de la tarde, en un
enero cuarenta años atrás. Funes, máquina infernal cuyos engranajes producen
recuerdos a modo de salchichas. Éste, el de mi aula, rebana lecturas, zas zas,
como charcutero en su elemento, lleva en el lomo páginas y páginas, vomita
oraciones al mejor estilo de predicador en plaza pública, y ya, y punto, sanseacabó.
Es que hay estudiantes –también profesores, todo es bueno decirlo-, hay gente
convencida de tener a Dios cogido por las barbas. Lo que soy yo, me esfuerzo en
ponerlos de una buena vez en su lugar, y mientras más rápido mejor, no vaya a
ser que terminen seguros de que la sala B del edificio de Filosofía es su
particular ágora, su coto personal a la hora de emitir sin ton ni son lo que el
hígado dicte en función de los relojes. Ni en sueños.
Existen pieles refractarias a toda
humildad, impermeables a esa verdad entre fascinante y aterradora de sabernos
mínimos. Tengo la impresión de que mientras más tontos son algunos mayor es el
reflejo torcido que de sí mismos vuelca el espejo. Otros profesores los
soportan con resignación, porque están ahí, porque ocupan un pupitre y porque,
en fin, tienen el derecho de manifestarse. Pues bien, estoy de acuerdo, aunque
me reservo el placer de patear egos indecibles.
Leer por el placer de hacerlo, escudriñar los
recovecos de las ideas, de eso que otros han pensado a lo largo de sus vidas,
con enormes sacrificios, con el gesto humilde de apenas atreverse a emitir
juicios largamente sopesados, todo ello, y más, implica un reconocimiento: que
el saber requiere silencios, reflexión, huida de las poses y los flashes. Que
abrir la boca para impresionar va de la mano con la estupidez. Hace tiempo que no estoy dispuesto a dejar
pasar gato por liebre. Decir lo que piensas es valioso y tomo para mí la sentencia
de Voltaire cuando dejó sentado que detestaba lo que otro decía, pero detestaba
mucho más que por X o Y no pudiera decirlo, aunque fuesen idioteces. A estas
alturas toda señorita o caballero tiene luz verde para iluminar la sala, para
restregar su genio a media humanidad, pero con la condición de estar dispuestos
a escuchar lo suyo. Justicia por los cuatro puntos cardinales. Que me den, que
ya daré.
Me quedo con quienes tienen por seguro que
no saben nada, o muy poco de todo. Quizás esa sea la máxima a tener en cuenta,
que las ideas, que el saber, que los libros existen para acercarse a ellos con pasión
pero también con cautela, guardando la certeza de que pueden torcerte el
pescuezo y que el intelecto es una alambrada de púas muy capaz de rajarte el
pellejo cuando menos lo esperes. Lo demás es tontería a la enésima, bodrio cargado
de autosuficiencia desechable. Y ahí permanece.
3/11/2018
Un clásico
Comme ils disent, un clásico del gran Charles Aznavour, interpretado por Lara Fabian. Sin desperdicio.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=dUngIQnkpWI
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=dUngIQnkpWI
2/28/2018
Drácula el fin de semana
Tomo asiento en un café cerca de la plaza
Foch y ahí vamos: marrón a lo venezolano, agua mineral, pipa cargada con tabaco
del Ecuador y libro de Adela Cortina. Más de una vez les he contado que me
gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida, y ver pasar la vida es
respirar el aire de ciertos instantes. Color local, dirían en otros tiempos. En
fin.
El edificio de enfrente me llama la
atención, no por su porte o su belleza sino por todo lo contrario. Es una fea
construcción de principios del siglo veinte, gris, sucio, descuidado por donde
lo mires. Noto además que ya entrada la tarde, aunque con cierta claridad aún,
sólo una ventana se encuentra iluminada. Está en el quinto piso, sin cortinas:
una lámina de vidrio dibujando un cuadrado perfecto.
El capítulo ocho de Cortina me hipnotiza.
“Construir una democracia auténtica”, lleva por título. Devoro párrafos y
páginas, tomo un sorbo de agua, me dispongo a encender por cuarta vez la pipa y
justo en el instante en que el fósforo arde noto que la luz de la ventana se
apaga. Seis y treinta. Pienso en la mano que oprimió el interruptor -¿de hombre?, ¿de mujer?, ¿de uñas cuidadas,
de piel madura, de acaso largos dedos?-
y sigo con la imaginación los pasos de ese personaje misterioso. Un hombre
con sombrero, guantes, portafolio y traje, todo de negro, abre la gran puerta
de la planta baja y sale a la calle. Avanza, dobla a la derecha, continúa por
la avenida General Ignacio de Veintemilla y se pierde a lo lejos.
“Sin capacidad de indignación”, escribe Cortina,
“podemos no percibir las injusticias”. Me viene a la cabeza Venezuela, no por
la incapacidad de cualquiera para indignarse sino porque mi país es a estas
alturas una estaca en el corazón, herida abierta que tarda más de la cuenta en
sanar. Venezuela cabe en los bolsillos, en la mochila ocupa siempre el lugar de
las entrañas. Es un sustantivo que para mí va siendo verbo no sé si
conjugable en futuro del indicativo. Pero olvídalo, no me hagas caso.
Al día siguiente regreso de nuevo a este lugar,
dispongo taza, papeles y libro sobre la misma mesa. Adela Cortina, como ayer,
teoriza sobre democracia, esa señora esquiva cada vez más ajena al país que ya
le pateará el culo a sus tiranos. Alzo la vista y ahí está, otra vez la única
luz encendida en esa extraña ventana del cuadrado perfecto. Entonces, como
jugando al gato y al ratón, se apaga de inmediato. Qué casualidad, me digo, a
las seis y media de la tarde la mano puntualísima baja el interruptor. Pasan
veinte, cuarenta, sesenta segundos y entonces el hombre de negro abre la puerta
de hierro, se lanza a las aceras, desaparece como si nada.
Ver pasar la vida sentado en un café tiene
la particularidad de hacerte pescar escenas, hechos, circunstancias azarosas
que ante un buen ojo implican fiesta para los sentidos. La filósofa escribe
ahora acerca de “Consumo y valores economicistas”, antes disertó sobre “El
ábaco de bienestar” y ya por último navegaré sobre lo que tituló “El
florecimiento humano”. Buena perspectiva. Enciendo la pipa, disfruto del
marrón, levanto los ojos y el punto de luz en el piso cinco vuelve a aparecer.
Miro el reloj impaciente porque espero a alguien esta vez. Seis y treinta en punto. Como
tenía que ser, la mano se desliza hasta el interruptor. Oscuridad. Veinte,
cuarenta, sesenta segundos y se abre la puerta de la planta baja.
Me levanto, camino, él también lo hace
embutido en su sobretodo oscuro. Al
llegar a la esquina cruza por la José Tamayo y avanza ahora acomodándose el
sombrero. Lo sigo, me acerco, acelera, más rápido, más rápido aún, yo aprieto
el paso, casi al trote me doy cuenta de que no podré alcanzarlo. Quería
identificarlo pero sé que resultará imposible ver su rostro. En la oscuridad
algo aletea muy cerca de mí en dirección
contraria a la que me dirijo. Un murciélago cruza el horizonte.
2/12/2018
Relaciones
Ya ven, hoy me ha dado por hablar de
lectura, de escritura, de eso que me gusta poner sobre la mesa, amigos de por
medio, con ánimo de escuchar buenas y malas lenguas, ideas, pareceres, genialidades
o disparates, lo cual, como anda el patio,
es ya ganancia suficiente en medio del gris marchito que hace de las
suyas por donde pases el ojo.
Estoy solo, sentado en la mesa de café a la
que siempre acudo para ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone un ejercicio
óptico que trasciende la mera anatomía. Se trata de un estímulo ocular, por
supuesto, pero lo interesante, lo que de veras pretende uno es deambular por
ciertos recovecos, escudriñar escenas que están ahí mientras revuelves el
azúcar de la taza, capturar gestos cuando nadie más se ha percatado, en fin. Te
metes entre las patas de las frases, escuchas escupitajos que son palabras
transformadas en el bicho que antes era un ser como cualquiera, digamos, un tal
Gregorio Samsa. Y así. La mesa de un café también es explanada donde el mundo
paga y se da el vuelto.
Al lado, un hombre entrado en años le dice
a una mujer entrada en carnes: “desde que tengo celular ya no sé de qué está
hecho el champú”. Menuda sentencia. Del champú confieso que sé que sirve para
lavarse el cabello, para acabar con los piojos, para evitar su caída. Un champú
es un champú, punto, se acabó: cobra vida en la ducha, en las peluquerías, en
los estantes del supermercado, y hasta ahí. Pero entre el celular y el Head
& Shoulders nace, según entrevé mi ojo cafetinesco, cierta relación
putañera, es decir que entre el celular y el champú termina por establecerse un
vaivén de información equivalente al mercadeo sexual entre un señor y una
señora, pongo por caso.
Semejante hecho noticioso pasa quizás por
una denuncia a modo de queja: el teléfono ocupa esa zona del mundo antes
invadida por otros oficios. El de la lectura por ejemplo, o el de la escritura,
se me ocurre a mí. Extendiendo la relación entre una cosa y otra, la tecnología
llevándose en los cachos al simple hecho de abrir una revista y zambullirse en
ella. Metáfora de estos días, nada menos que los chips en pleno vómito de bilis
antropofágica. No queda nadie, no quedan seres como los que conoció mi abuela.
¿Quién dijo que la Postmodernidad estaba liquidada?
El señor entrado en años y la dama entrada
en carnes charlan de lo lindo asumiendo su papel. Ella instalada en el espacio
de la mesa que le corresponde y él dándole la espalda al champú, digo, a la
cotidianidad monda y lironda gracias al celular que jamás aleja de su oreja. Lo
que soy yo, gozo en medio de la putería a dos pasos de esta silla. El Nokia y
el Dove Oil Balance antihorquetillas viven su romance a escondidas. Pensar que
entre ambos cabe el universo tal cual podemos verlo, nace un toma y dame capaz
de hacer pensar a quien sólo vino por un café y algo de brisa fresca. Este es
el mundo en que vivimos. Fíjate hasta dónde hemos llegado. ¿Quién entiende todo
esto?
1/27/2018
Una mosca me mira
Ahí está, sobre la mesa. En el lugar
acostumbrado, a la hora acostumbrada, café, tabaco, agua mineral y pluma en
mano pretendo continuar con Georges Perec.
Lo infraordinario es un libro
que empecé hace un par de días y quiero despachar
ahora. “¿Cuántos gestos son necesarios
para discar un número telefónico? ¿Por qué?”, se pregunta el francés. En él, a
lo largo de las sesenta y nueve páginas que he devorado hasta este instante, ha
sido imposible no tener en mente a Cortázar, por aquello del mundo, sus causas
y consecuencias, todo bajo la lupa y bajo el entramado que implican los mil y
un por qués en relación con los hilos que nos unen, a ti, a mí y a todos en
esta red de redes que es la cotidianidad.
Ha sido imposible no tener en mente a
Cortázar y a Breton, el Breton de la Nadja,
especie de Rayuela a su manera,
prima hermana de ese otro monumento que es El
Perseguidor. Y se me viene también a la cabeza Feist con su canción: “¿Qué
es lo que nos separa?, ¿qué por casualidad nos reúne?, ¿por qué tantas salidas
y llegadas en esta ronda infinita?”. Ahí caben de cabo a rabo la causalidad, el
encuentro inesperado, los caminos cruzados entre anhelos y miedos, las
concordancias imposibles del tú atravesando una calle y el yo en dirección
opuesta hasta hallarse frente a frente contra toda aritmética, contra Descartes
planchado, cuadrado, perfumado.
Ahí está, sobre la mesa. Inmóvil. Noto que
me observa, admito sus múltiples ojos escudriñando a un ser con jeans, camisa a
cuadros, saco marrón y boca de dragón humeante que a veces lee y a veces
rasguña un trozo de papel mientras cada tanto acerca la taza al paladar. Hemos
sellado un pacto: la geografía que ocupa nada tiene que ver con mi territorio a
lo largo y ancho de este mantel blanco. Me mira con tranquilidad y piensa,
seguramente calcula, mide casi con desdén al otro que tiene enfrente.
“Soy realista porque me niego a dejar fuera
de la realidad hasta la última migaja de sueño”, escribió el buen argentino. La
verdad es que más que razón, Cortázar tenía mucho de olfato existencial, de
intuición, ésa que trasciende lógicas comunes y corrientes e inventa, o
descubre o qué sé yo, realidades más porosas. Me observa, está ahí, como si
nada, y sonríe y se frota las patas delanteras en un gesto de reflexión
profunda, de deleite a propósito de cuanto esta tarde la casualidad, la causalidad,
ve tú a saber qué más, ha puesto frente a sus narices.
Me pregunto qué estará tramando. Me
respondo: disfruta el panorama, ríe ahora a mandíbula batiente en medio de la
marejada, a merced de la puesta en escena que personificamos. Sí, me observa,
pasa sus ojos compuestos por mi humanidad. Escribo y ahí permanece, como una
máquina de pensar que erige premisas, ata cabos, escupe conclusiones y reta a
cualquiera a contemplar el mundo desde su horizonte. Soy un bicho, estoy hecho
un insecto y desde su trinchera, sobre la superficie blanca continúa hurgando,
yo en el portaobjetos, ella pegada al lente surcando espacios, derivando
teorías, axiomas, realidades quizás parecidas a las mías.
Termino de leer, termino de escribir, el
camarero anda cerca y aprovecho para con la señal acostumbrada solicitarle la
factura. Pago y me levanto. Me sigue, me sigue desde su otra orilla. Levanto el
brazo, me atrevo a hacer un gesto como de despedida. Ella mira, quieta como un
punto negro en plena estepa siberiana. Recuerdo otra vez a Perec, a Cortázar, a
Feist, a Breton. Sigo recordando.
1/18/2018
Abuelos de sus predecesores
Ciertas revoluciones,
para sentir que lo son, requieren de un evangelio que aglutine a la feligresía.
La cubana, mítico emblema latinoamericano de quienes creyeron en el socialismo
por las buenas, tuvo el suyo, cuya cháchara estructuró la narrativa de un
puñado de barbudos capaces de tomar el cielo por asalto. De modo que ya lo
sabes, camarada, si tu empeño está en el apelativo revolucionario, pues tendrás
que lanzarte a las aguas de un credo en cuyo altar, para empezar, luzca fuerte
y rozagante el líder mesiánico sine qua
non.
Hugo Chávez, los
hermanitos Castro, Daniel Ortega, Evo Morales o Nicolás Maduro, junto a la
pléyade de delincuentes hechos con el mando en Venezuela, exprimieron el
término revolución hasta trocarlo en lo que según ellos debe ser: mantra
sagrado para quedarse en el poder. Si la ideología de los iluminados tiene a la
verdad, a la razón, a la justicia y a la historia comiendo en la mano abierta,
y si éstas, para más señas, chapotean entre la baba de los Castro, los cuentos
chinos de Ortega o la ignorancia de Maduro, entonces nada, es mejor para todos -y cuando esta gente dice todos se refiere al
universo- que continúen gobernando.
Hasta que el cuerpo aguante. Porque a la vuelta de la esquina o en diez, veinte,
cuarenta o sesenta años, qué más da, se alcanzará la felicidad, se albergará al
hombre nuevo, cuyos prototipos saltan ya a la vista en la inspiradora humanidad
de un Pedro Carreño, un Diosdado o una Varela. Adiós desigualdades, adiós
explotación, adiós capitalismo, hola comunismo. Mientras tanto uh, ah, Maduro
no se va. Y así.
El bandidaje que
gobierna en Venezuela siempre postuló la historia legitimadora de cuanta locura
sostuviera sus quehaceres. El ajedrez pensado en el gobierno, inclinado ante el
santoral habanero, hace de las suyas gracias a un tejido harto conocido: hubo
un ser, un visionario untado de patria hasta en su sombra que para conjurar tu sufrimiento,
el mío y el de este planeta sin luz, se alzó en armas con el desinteresado
propósito de sembrar el Edén en Venezuela, y después, compañeritos peseuvistas
del mundo, multiplicarlo urbi et orbi, perdónenme
el latinazgo. Hace dieciocho años, léelo bien, tal pote de humo fue vendido a todo
un país.
Visto el fracaso hecho
tragedia del sinsentido chavista, quienes continuaron la peregrinación
destructiva una vez desaparecido el sumo sacerdote reinventaron el espejismo:
el culmen revolucionario peligra porque los lobos usan sus colmillos
repartiendo buenas dentelladas. La burguesía, la derecha, Trump y Obama, la
guerra económica, Santos, Uribe, Macri y Piñera, atacan sin cuartel con la nada
desdeñable fuerza de sus mandíbulas. Es preciso pulir el evangelio, resulta
urgente parapetear el salvavidas.
Toda revolución que
se respete comete infinidad de desatinos, pero sobre todo dos: primero,
espantarse como el diablo ante a un racimo de ajos frente a la prueba de la
realidad -contrastar su catecismo con lo
que ocurre en la calle, en el día a día-
y segundo, suponer con fe de carbonero que tiene a Dios agarrado por las
barbas. En Venezuela, aún después de haber puesto a la gente a comer de la
basura, teniendo hoy en día como únicas conquistas la ruina, la enfermedad, el
crimen y la voladura en mil pedazos de la economía, los descocados transmutados
en estadistas por obra y gracia de la ideología juran que tendrán el culo
puesto en la silla de Miraflores por los siglos de los siglos. Como no hay
intención de apartarse, ni motivos para ello, los mandones hacen fastos con la
cosa pública, pingües negocitos con el narcotráfico, elementales tareas de
supervivencia para quienes lo han dado todo en función del pueblo y su felicidad suprema.
La revolución
bolivariana, que ni es revolución ni es bolivariana, posee plena conciencia de
que al quitarle las pezuñas al coroto irá a parar -Maduro y la panda de bandidos que lo
acompaña- de cabeza a las mazmorras, en Venezuela, en La
Haya o en alguna cárcel del manido imperio. Lo sabe y un frío helado le recorre
hasta los huesos sólo al imaginarlo. La Masacre de El Junquito, ejecuciones
extrajudiciales vistas y seguidas a través de las redes sociales prácticamente
en tiempo real, es apenas otra muestra de que el mal va in crescendo, de que la Venezuela decente lleva casi dos décadas
soportando abusos, ignominia, corrupción, latrocinio y crímenes contra la
humanidad. La pústula gobernante, por sus prácticas y desafueros, por su
inquina y métodos estalinistas, goza cada vez menos del oxígeno necesario que
alguna vez tuvo para imponer su ley. Quienes llevaron al país a la tragedia que
hoy vive son los abuelos de sus predecesores: una asco aún mayor que los Videla,
los Pinochet, los chapita o los Castro. Todavía falta el desenlace.
1/12/2018
Aquella máquina de escribir
A los trece años me
compraron una máquina de escribir. Era Olivetti, y era la protagonista de uno
de mis sueños recurrentes: inventar con ella historias que como mínimo no
resbalaran, así como si nada, por la piel de los lectores. Imaginaba que mi
máquina y yo penetraríamos, abecedario de por medio, la humanidad de medio
mundo hasta danzar en sus adentros.
Con el tiempo
llegué a usarla como el mejor de los expertos. Aparte de los deberes del liceo
me habitué a acribillar el papel bond con letras, frases, párrafos, signos de
puntuación e ideas con la pretensión de convertirlos en algo más que la tarea
obligada. Fue entonces cuando descubrí que escribir supone también una
descarga -de dolor, alegría esperanza o rabia- y una búsqueda sinónimo de cacería. Mi
máquina se transformó en campo de batalla y en laboratorio: experimenté con
sueños, ocurrencias, imaginación, tramas, y en fin, acabé por aprender que para
decir, para abarcar este resbaladizo mundo desde lo que vamos siendo es preciso
armarse de lenguaje.
Los sonidos de mi
máquina no he vuelto a hallarlos en ningún lugar. La cadencia de las teclas del
computador, su suavidad aberrante, dista años luz del traqueteo romántico que
la Olivetti ofrecía en plena madrugada. Sí, la madrugada. Fueron aquellos
tiempos los que prefiguraron a quien años después sería un noctámbulo de
corazón y raza. El placer de la literatura a las dos de la mañana es uno de los
pocos que han salido indemnes del trapiche de la historia. La historia
particular de cada quien, en este caso mía. A las dos de la mañana no todos los
gatos son pardos, lo cual implica que a esas horas ciertos matices, algunos
ritmos, determinadas significaciones saltan al
-o del- papel como batracios o
duendes para insinuar mil cosas. Ese resultó otro hallazgo: el verbo insinuar
va de la mano con el hecho literario.
De la vieja
máquina, con sus teclas firmes y el cling al terminar la línea, con ese taca taca equivalente a
martillar la lengua, metáfora del hojalatero de palabras, acababa uno la faena
con los dedos sucios, manchados de blanco gracias a la labor de poda:
retroceder y comenzar en brazos del corrector líquido. Mi máquina Olivetti
estuvo conmigo hasta pasados unos años en la universidad. Luego desapareció en
silencio, tal y como había llegado, esfumándose una vez de mi habitación del
piso siete en la torre de Los Apamates.
Sobre el estuche de
plástico que servía para guardarla pegué un recorte de revista, el rostro de
Julio Cortázar con su cigarrillo a lo Bogart. Con ella, la Olivetti que llevo
en la memoria como acompañante de mil y una batallas, el mundo se abrió al
misterio agazapado detrás de las palabras. Imagino que es un sentimiento
parecido al del marino cuando, solo en medio de la noche y las olas y un cielo
con estrellas al más puro estilo de Van Gogh, piensa en la vida, en el pasado o
el presente mientras enciende su tabaco.
A mano o en
computadora, cada vez que escribo escucho a la Olivetti y su golpe de teclas, hecha un trasto sin perder la
reciedumbre. Veo los tipos de metal dándole a la cinta, al papel, al rodillo
que les sirve de apoyo. Entonces me digo que escribir, sin duda, es también y
por supuesto un ejercicio de memoria. Y de qué modo.
1/09/2018
La meme histoire
La meme histoire, compuesta e interpretada por Leslie Feist. Una canción que lleva mucho de esa ciudad única llamada París. Encuentros, desencuentros, coincidencias, amores, cafés, destinos: una melodía y una letra abrazadas a cierta cosmovisión que bien puede ser la de Julio Cortázar o André Breton (pienso aquí en la Nadja). Serendipia. Nada más que decir.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=ud0DcQaZGmo
12/22/2017
Muñecas rusas
Los atardeceres en Quito son el destello de
una playa en Margarita. Aquí el poniente es el lado especular de cuantas
sensaciones escondo en mi ADN, o lo que es lo mismo, mirar el horizonte y sus
colores desde la mesa en la que escribo supone experimentar, como un vicario
del que fui en Venezuela, imágenes, matices, olores y ese tono de luz único que
cubre todo cuanto toca a las cinco en punto de la tarde.
A nueve grados, desde la terraza que me sirve
de trinchera vislumbro el trópico. Calores y cayenas, olas, brisa y el
aguamarina de un país que revienta en las entrañas. Quizás sea eso la
nostalgia: un mundo dentro de otro mundo, muñeca rusa que se erige frente a ti
mientras lees o intentas escribir en la atalaya que has labrado muy lejos de tu
casa. Entonces piensas en los grandes solitarios de esta vida, seres que han
llenado páginas de una literatura que no te es extraña, que has masticado desde
niño. Piensas en el viejo Robinson allá en su isla desierta, piensas en la Maga
y sus locuras, su modo de plantarse en el mundo y afirmar ésta soy yo y vivo
desde la hondura más íngrima. Piensas en el fabuloso Leopold Bloom, en los
heterónimos jamás acompañados de Pessoa. Piensas en las Soledades de alguien llamado
Góngora. En ellos cabes, en ellos tienes la doble implicatura de verte y de
sentirte.
Mientras escribo contemplo la línea
espumosa de una tarde en playa El Agua y veo desmigajarse el minutero del ocaso
en Puerto Ordaz. Miro calles resplandecientes de mi pueblo justo ahora, cinco y
cuarenta y siete, y te cuento que el reloj no se equivoca, como tampoco el
hecho de saber que te mueves como pez en el mar de la memoria, en las babas del
tiempo, y así nadas entre una muñeca y otra, deambulas por ellas, atraviesas
como si tal cosa la malla elástica, porosa, finísima que separa lugares, soles
o tempestades.
Vuelvo y repito, es probable que en ello
radique la nostalgia. Le das un puntapié al olvido hasta que por fin haces con
él lo que el artista con el barro: creas tus utensilios, juegas con la tierra
para inventar e inventarte. Morriña, saudade, ve tú a saber cuál es la etiqueta
y qué puede importar.
Busco en mi libreta una frase de Camus que
anoté hace tiempo. “¿Qué es la felicidad sino el simple acuerdo entre un ser y
la existencia que lleva?” La escribió en Nupcias,
un libro de sus comienzos. Ahí, de semejante acuerdo deriva buena parte de lo
que vamos siendo. Lo que vamos siendo, por supuesto, es el presente y es la
memoria y ahora lo veo: el acto de recordar es un fenómeno que se abraza a la
nostalgia, quizás única manera de patear en la ingle a la señora amnesia. Dime
tú si no.
En Quito, a esta hora el claroscuro le hace
el amor al horizonte. Desde el frío pega el calor de otros instantes y me dejo
llevar. Memorias, saudades, soledades a la sombra de una pipa o de un tabaco.
Venezuela cabe por completo en una bocanada.12/09/2017
Un clásico
Un regalo de los dioses: Poncho Sánchez & Óscar de León. Sin comentarios.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=RzLrzkbaRqk
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=RzLrzkbaRqk
Objetos polvorientos
Desde niño tuve la sensación
de que revelar el mundo equivale a cierta forma de felicidad. Cada quien opta
por el tránsito que llevará a cabo, sigue recto o dobla hacia la izquierda, y
en ese vaivén construye su día a día, su particular nicho en esta vida que es
de todo menos de color rosa.
Lo digo porque la otra vez,
contemplando desde el sofá algunos ejemplares de mi colección de gatos, pensaba
en lo que he aprendido sólo investigando aquí y allá para conocerlos más. Cuánto
tiempo he invertido al hundirme en lugarejos de todos los pelajes con la
esperanza de hallarlos en madera, en metal en arcilla o ve tú a saber qué más.
De algo puedes estar seguro:
coleccionar objetos no es sólo compilarlos. Menuda estupidez la equivalencia
entre la simple, árida posesión y la satisfacción automática. Coleccionar
postales, monedas, lápices o exlibris es regresar de alguna extraña manera a
uno mismo porque, dime tú si no, semejante ruta trae aparejada la alegría,
seguida de un aprendizaje sinónimo de autodescubrimiento. En el fondo, coleccionar implica encontrarte
a partir de eso que rastreas.
Cuando te metes en el ojo del
huracán que coleccionas buceas en la memoria, te sumerges en la historia
menuda, sin mayores pretensiones, escrita en minúsculas sobre la piel del
universo cotidiano mientras das cuenta del pasado, esplendoroso o no, estimulante o no, pero
humano al fin y bebes de él cuanto puedes, para bien y para mal.
Coleccionar objetos es quizás
otra forma de amor: amas aquello que persigues con la pasión a tope, y al
encontrar lo que buscas arrancas un pedazo de felicidad quién sabe a qué o a
quién. Por mi colección de marcalibros he vagado años enteros escudriñando
formas, mensajes, diseños, historias de afecto o de vileza detrás de un objeto
en especial, y por los felinos ocurre otro tanto: creo conocerlos hasta en su
fuero interno, desde el divino rol que disfrutaron en el antiguo Egipto hasta
el presente, no otro que deambular a veces entre bolsas de basura olisqueando sardinas,
envases putrefactos, restos apenas comestibles mientras la elegancia hace de
las suyas, mientras un mazazo de entera libertad ronronea por los solares a la
luz de la Luna.
Vale el esfuerzo de detener
los minuteros y restregarle al tiempo la mueca del olvido hecho presente,
rescatado de las garras, de las fauces del nunca jamás que, gracias a tu labor
detectivesca, ya no tendrá el horizonte únicamente para sí. Coleccionar
botellas, piedras o cajas de fósforos es al fin y al cabo limpiar de telarañas
lo que vamos siendo y es así mismo zarandear a la alegría para que de cabo a
rabo abra sus alas, de par en par y a plena luz. Ni más ni menos.12/02/2017
Leer con hambre
Cuando me acerco a un libro lo
hago desde las tripas. Es lo que procuro mantener como función catalizadora
entre tanta página escrita y entre el cúmulo de desechos que en buena medida ofrecen las librerías.
Semejante esperanza echa mano
de la más pura condición hedonista, porque la verdad sea dicha: no concibo leer
sin consecuencias placenteras, lo cual, llámenlo ustedes como quieran, a estas
alturas va siendo poco menos que un vicio del que no estoy dispuesto a
prescindir. La lectura por obligación, porque alguien la impone y se acabó,
termina por trocarse en perversión. Supone el uso de la fuerza ante un
ejercicio que debería ser voluntario. Leer porque algún hijo de la gran puta te
pone un treinta y ocho en plena sien resulta un crimen, de lesa inteligencia
para ser exacto, y no hay cárceles suficientes en La Haya para tanto
bienintencionado a la hora de repartir el gusto por los libros. Pienso en
padres y maestros, instituciones de
cualquier pelaje, ciertas campañas a favor de la literatura, Ministerios y
demás lugarejos por el estilo. Una de
dos, o lees porque es un hacer apasionante o no lees y al carajo García
Márquez, Heinrich Boll, Dumas, Rulfo y
la madre que los parió.
Tengo la costumbre de largarme
a buscar historias tantas veces como
pueda. Y si la cosa es justamente ésa, poder, créeme que soy capaz de echarme a
las espaldas el trabajo pendiente de hoy, de mañana y de pasado, con el
delicioso objetivo de entregarme entonces a una librería de viejo. En esto me
acompañan Camila y Daniel, mis dos pequeños mosqueteros, y río de lo lindo al
percatarme, al verlos escudriñar con la curiosidad comiéndoles el corazón,
entre anaqueles polvorientos, pilas destartaladas o mesones cubiertos por
ejemplares apolillados.
Salir a buscar libros equivale
a salir de cacería. Literalmente hurgamos en terrenos literarios para luego,
con el botín a cuestas, caer sonrientes por el Sweet & Coffee y despedazar gozosos a las víctimas. No hay
mayor placer, tenlo por seguro, que una mañana de sábado en trajines
semejantes. Leer con la esperanza de hallar esa escritura que te agarra por el
cuello y no te deja escapatoria, que te refleja en sus letras, que dibuja sobre
el lecho profundo de algunas ideas el perfil que reconoces como tuyo. Cuando
eso ocurre, lees seis o siete párrafos, te detienes de pronto, ves pasar la
vida alrededor y de seguidas continúas hundiendo los colmillos en la carne
blanda del papel.
No quieres que se acaben las
historias, no deseas que culmine el embrujo. Me ocurre con Cortázar, con Mario Vargas Llosa, me pasa con Paul Auster y
acabo de sentirlo al ingerir la autobiografía de Salman Rushdie, seiscientas y
tantas páginas de magia pura y dura.
Leer con hambre y descubrir,
probado el plato, que el paladar agradece cada sílaba que engulles. A nada
menos está llamado quien espera el goce como recompensa en su vaivén con
títulos, carátulas, cubiertas de tapa blanda o dura e historias llegadas de
todos los confines. Al final, por fin exclamas: hay que ver, menuda felicidad
ésta. Y dices gracias, que se repita, y también Amén.11/24/2017
Jamás lo hubiera sospechado
Cada cabeza es un mundo, lo cual es tan
cierto como la existencia de la noche. He leído un diario que sólo publica
noticias falsas, con el dato adicional de que este año resultó el más vendido
entre una veintena de competidores. Nada mal si te pones a ver.
Al fin y al cabo, hay quienes se fabrican
verdades a la medida. Yo, por no ir más lejos, tiendo a creer lo que en el
fondo deseo que predomine. Para muestra un botón: como no soy amigo de los
médicos, cada vez que a alguno le ha entrado la idea de meterme en un quirófano
para operarme las amígdalas, o decide ordenarme abstención persécula de dulces
y otros placeres por el estilo, busco ipso
facto otra opinión, eso sí, previo hallazgo del consultorio indicado que a
los efectos arroje la sugerencia complaciente. Dicho y hecho: “habría que
esperar un tiempo adicional para su cirugía, caballero”, o “no se trata de eliminar
esos alimentos de la dieta, sino de moderarlos”, y sanseacabó, asunto resuelto.
Existe eso que he deseado que exista.
Después de leerlo por primera vez me hice
un asiduo del periódico en cuestión. Disfruto el placentero hecho de ser un
abonado mensual, por cinco años a partir del mes pasado, y créeme, las noticias
falsas terminan por imponerse, por torcerle el pescuezo a tantos testarudos que
sin medir las consecuencias vaticinan guerras para ahora mismo, maremotos casi
a punto de ocurrir o tragedias ecológicas indetenibles. Una noticia falsa tiene
la virtud de cogerle el pulso al día a día sobre la base de un razonamiento
aséptico, quirúrgico, cierto por donde le metas el ojo. La verdad es cosa de
consenso, lo otro es pupú de pato macho.
No te imaginas cuánta falta le hace a la
gente leer lo que tiene que leer, enterarse de eso que esperó toda la vida,
darse de bruces contra la pared de una mentira suave como almohadón de
plumas. Poco a poco, mientras consumía lo que este diario me traía cada mañana,
fui abandonando la prensa cotidiana. He llegado a aborrecerla, claro, por su
lado siempre oscuro en eso de inventarse realidades en nada compatibles con lo
que a todas luces sucede cuando te empeñas en que ocurran siempre a tu manera. Ni El Nacional, ni
Le Monde, ni El Universo, ni The New York Times, en lo absoluto. Cuando pienso
en las noticias vislumbro únicamente el hecho inobjetable de una escala de
ocurrencias que nos toca en tanto forman parte de nuestras proyecciones,
anhelos, ganas y convencimientos. Ahí radica la certeza de la realidad, del
coñazo en la nariz o la caricia en la mejilla.
Eso es: convencimiento. Una noticia contundente, real como plato de
lentejas, es religiosa cuestión de fe: primero tienes que creerla, o terminar
creyéndola, y después pasará a conformar tu realidad. No frunzas el ceño porque
ya lo he comprobado. Sin aceptación no hay mundo objetivo que valga, y sin
mundo objetivo que valga olvídate de lógica aristotélica o como se llame. Chao
Descartes, good bye racionalismos de
cualquier pelaje y toda la parafernalia.
Desde que me apunté al diario aludido soy
un hombre más equilibrado, más feliz y por supuesto mucho más enterado. Conocer
noticias falsas tiene la ventaja de hacerte menos crédulo y de acrecentar tu
condición de ser maduro y crítico, lo que no es cosa despreciable. Un diario de
noticias falsas es lo que hacía falta para entender mejor el mundo en que
vivimos. Nunca se me hubiera ocurrido.11/10/2017
Putadas del día a día
Hoy me ha dado por terminar la clase que
debo dictar de dos a cuatro y salir. Cuando digo salir lo afirmo empleándome a
fondo, cogiendo por el cuello al verbo que esta tarde se ceba en mis entrañas.
Entonces tomo el ascensor y bajo, camino hacia la puerta norte, salgo.
Resulta que existen ocasiones, muchas más
veces de las que desearías, en que el tono de los grises parecen cubrir más de
la cuenta, abarcar todo cuanto miras: dan la impresión de empinarse con fuerza
hasta magullarte el rostro, sacarte la lengua con terca impunidad. Por re o por
fa, por mil motivos grandes o pequeños a los que culminas dando la razón y ante
los que doblas la cerviz inclinándote frente a esos molinos que en principio
desafiaste lanza en ristre, con tu armadura a cuestas y la locura intacta.
Pasan esos días cuyo trasfondo es el
sedimento baboso de una humanidad falta de luces, de sensibilidad y de cojones.
Esos en los que juras a la especie que te da cobijo digna del precipicio, del
acabóse o del fuego, incapaz de trascender su propia hez. Es ahí cuando
aseguras que el mundo está repleto de hijos de la gran puta y te detienes un
momento, enciendes un cigarrillo o un tabaco y dices hay que ver, tenía razón
el fulano que echó a rodar la clara idea del perro y mis congéneres: mientras
más conozco a esta gentuza más extraño a mi buen Bobby.
Y de pronto, como para quebrarte el plato
en la cabeza, ocurre el milagro. Da la casualidad de que por milésima vez te
enteras de que sí, de que en realizad existen, andan aquí y allá mondos y
lirondos y en ocasiones -que no dejan de
aumentar todos los días- se sientan por
ahí, te esperan, se rascan los pies a la vuelta de la esquina mientras tú
caminas, absorto, maldiciente, con la bilis todavía revoloteando en plena boca.
Un detalle, un gesto, un color, un perro
callejero fiel a su amo como nadie, algo entre el calor o el frío de un día
cualquiera es la rama que acabas por alcanzar de un manotazo. Y te abrazas, te
sostienes, sales a flote con la felicidad abofeteando al enemigo.
No puedo enumerar las veces que he
experimentado cosa parecida porque te confieso que perdí la cuenta. Ciertos
milagros hacen nido en tu camino, de eso sí que estoy seguro, y si te pones a
ver para remate suceden casi a diario,
benditos sean todos los dioses. Un aroma, una palabra, aquella escena como caricia
a la mirada, sumo y sigo, cafés, recuerdos, inventivas, prospectivas, en fin.
La alegría, claro, concentrada en un instante, metida de cabeza en el regazo
del domingo hasta que desaparece así como llegó, sin decir hola buenas, sin
decir adiós, sin aspavientos ensordecedores y otras hierbas por el estilo. Te
salva el día y con eso basta. Hasta la próxima dosis de veneno, hasta la
siguiente puteada cotidiana. Quién lo hubiera imaginado.11/03/2017
Mud, Maduro y fraude
La Mesa de la Unidad Democrática es un compendio de actores y de voces.
Como si fuese un coro filarmónico, la idea es que sus ejecuciones confirmen
tonos, ritmos y puesta en escena sustentados en un quehacer que evidencie
unicidad. Bastante de eso se ha logrado en el camino, pero hoy los chirridos se
han colado, han aparecido esperpénticas composiciones, en vivo y directo, en
plena función.
Después de lo ocurrido en las
elecciones regionales mucha gente perdió las esperanzas. No los critico, en esencia
porque luego de golpe semejante tendemos a buscar trinchera, a pasar la resaca
e intentar subir la cuesta, a superar poco a poco los hechos, desalentadores
por donde metas el ojo. La estafa perpetrada por Maduro y su guacal de
delincuentes es la guinda del pastel. Un fraude continuado, puro y duro cuando menos
desde el 2015 -permíteme creer que desde
mucho antes-, coronó hace pocas semanas
convertido en pedradas a la lámpara, sin pudor alguno, sin vergüenza, sin
máscaras que oculten el talante gangsteril de la jugada. Al Capone en
technicolor.
Lo anterior tiene una doble
lectura: ésa que da cuenta del sector opositor y aquélla vinculada al
narcogobierno. En el primer caso no hay mucho que decir: la incoherencia, la
improvisación y la completa ausencia de un plan B, un quehacer alternativo
frente al más que posible arrebatón, mostraron la patética conducta de una
dirigencia MUD a ras del suelo. Recibido el coñazo en la nariz, el hormiguero
se dejó ver desconcertado, sin brújula, a ciegas. Mil y un chasquidos brotan
ahora de las voces dirigentes, argumentos raídos, faltos de imaginación y
verdadero análisis, ya sabidos de antemano, pero en ningún caso un necesario y
sincero mea culpa -salvo lo llevado a cabo por VP, asunto digno
de aplaudir- cuya punta de lanza llegue
hasta lo medular, es decir, a la renuncia, en pleno, de inmediato, por razones
de mínima asepsia ética. Los líderes de la MUD debieron poner sus cargos a la
orden, sin chistar, uno seguidito del otro. Para dar ejemplo, además. De lógica
política, de integridad, de vergüenza ante el país. Nada ocurrió. Cualquier
parecido con Maduro, con Cabello o con William Saab es pura coincidencia.
El segundo caso, relativo al
régimen dictatorial, guarda en las entrañas el hecho cierto de una euforia con
los pies de barro. Me explico: si ganar supone apretar en el puño a un país,
embolsillarse como sea una pírrica victoria,
Venezuela yace a esta hora en las profundidades del lujoso pantalón que lleva puesto una casta de
entregados al senil dueño de Cuba. Esto supone, ni más ni menos, que la jaula
está terminada, puesta en uso y a punto de cerrarse con doble llave. Revolución
eterna, Cabello para rato, uh, ah, Maduro no se va.
Pero en el fondo tengo la
impresión de que la tragedia del gobierno puede ser amplia y profunda. Vuelvo a
explicarme: con lo realizado el 15 de octubre Nicolás y su banda mandaron por
el inodoro cuanto representaría, a esta hora menguada para la Venezuela
decente, su última carta de presentación, no otra que la legitimidad de
origen. Si antes el mundo dudaba a propósito de ésta, hoy sencillamente no
existe. El parapeto que la dictadura construyó al respecto voló en mil pedazos,
reventado por su podrida carga de excrementos. Nadie cree en los resultados de estas elecciones,
en ningún lugar de este planeta. Ni los chavistas más recalcitrantes muerden ese
anzuelo sumergido en heces gobierneras. Un atajo de bandidos que destrozó la
economía, que puso a la gente a comer de la basura, que entronizó la miseria y la desesperanza en sitial
de honor, que encarcela a quienes piensan diferente, que mata de mengua,
represión y enfermedad; un gobierno indolente que es hoy peligro nacional y
universal, con mucho que explicar a los venezolanos por sus desafueros, por su corrupción
indetenible y por sus impresionantes logros delincuenciales, ya sabemos que no
obtiene ni en sueños un ochenta por ciento de los cargos en disputa electoral.
Todo lo contrario, tú, el resto del mundo y yo sabemos que es exactamente al
revés.
¿Qué significa tamaña cuestión?,
que no todo está perdido. Que la MUD fue torpe y cometió un error garrafal -ir a elecciones sin garantías, sin ruta clara
a seguir en caso de fraude masivo-, pero
que, haciendo las sumas y las restas, el crimen incrustado en el poder tiene
bastante que perder. La aparente
fortaleza de la dictadura implica en realidad su opuesto. Es tal su ausencia de
musculatura que debió recurrir al más grande fraude electoral cometido en la
historia de Venezuela. Urge el reacomodo de la MUD, o como diablos termine por
llamarse, y urge que los actores emergentes cumplan a cabalidad lo que jamás
debió perderse: unidad, objetivos claros, respeto al ciudadano, coherencia en
las acciones y plan B, a todas luces inexistente frente al robo del quince.
Amanecerá y veremos.10/30/2017
10/21/2017
Culo
Para algunos ciertas cosas forman parte de
un todo mayor que las contiene. En el plano de las significaciones no te quiero
contar: el diccionario (ese cementerio, como creo recordar que lo llamó Julio Cortázar) se lleva las palmas de aquí a Japón.
A ver, expresa el libraco que culo es
anatomía, geografía humana, y para más señas punto trasero o delantero de
objetos varios. Y hasta ahí. La verdad es que no se mete el camposanto en el
alma del lenguaje, que si a ver vamos equivale a surfear en esas aguas
tranquilas o ventiscosas de la vida real, monda y lironda, que hoy te besan y
mañana te aplastan con sólo restregar medio con pulgar.
Culo: art. Del lat. Culus. 1. m. Conjunto
de las dos nalgas. 2. m. En algunos animales, zona carnosa que rodea el ano. 3.
m. Extremidad inferior o posterior de algunas cosas. Culo del pepino, del vaso.
Sanseacabó. Menuda definición para esta palabreja que lleva en las entrañas un
ovillo de connotaciones, de imaginación, de picardía sana o malsana, de
erotismo y de mil y un símbolos sin medida ni fin. El culo del mundo, pongo por
caso. Hay que ver, me digo, “el culo del mundo”, tamaña frasecita apunta, fíjate, a unidades
de longitud, cuestión pasada por alto, como si tal cosa, tanto por el humilde
Larousse que descansa en un peldaño de mi biblioteca como por el respingado
DRAE, ubicado allá a lo alto, entre otro de sinónimos y el de Ambrose Bierce.
Se dice fácil.
Ocurre algo parecido con el culo de una
dama. Nada más alejado de la verdad que la ficción diccionaresca -perdónenme la fea palabra- que manda al basurero de la historia, del día
a día y de la cotidianidad que bulle en cada esquina el hecho fascinante
asumido por todo varón que se respete: pasa una señora de muy buen ver y entonces
lo que volteas a ver es con justicia eso, el culo, el culo no del diccionario
(frío conjunto de las dos nalgas) sino un ámbito mayor capaz de subsumirlo, de
encerrarlo en un espacio superior que sin dudas lo engulle por completo, es
decir, que culo va siendo aquí el todo y no la parte, la dama en cuestión de
cabo a rabo, entera de pie a cabeza, cuyo movimiento de las caderas y completa
humanidad vuelvo y repito, genera el chorro de adrenalina, el Vesubio
hirviente, la carga de deseo más explosiva que se haya visto por los
alrededores. Dime tú si me equivoco. Para qué decir sí, si no.
En lo que a mí concierne -biológica, antropológica, semántica y
sinceramente hablando-, desde la
adolescencia un culo, todo él según la explicación de arriba, fue el
responsable del Big Bang, de la sensualidad hecha carne y hecha huesos,
sinónimo de mujer, léase hembra fértil capaz de detener la marcha implacable del
universo. Vaya cortedad la de la realísima Academia, que será de la Lengua y de
cuanto inventario disponga la ficción, etcétera, etcétera, etcétera, pero no de
la vida que reverbera en todo grupo humano y demás hierbas. Pienso otra vez en
el cementerio de Cortázar: es que tenía razón el muy bandido.
Que entre culos te veas, bendito entre los
hombres. Mascullando tal sentencia sé a la perfección que comprendes lo que hay
que comprender, que culo es femenino aunque lo preceda el, que culo es ese
tierno, dulce, trascendental término que acelera el corazón, que enciende
fantasías, que conecta con los dioses -perdón, con las diosas-, más allá de
lexicógrafos acartonados y otras zarandajas por el estilo. Enhorabuena.
Así sea.
10/14/2017
Con la belleza, cara a cara
Les he contado antes que me gusta sentarme
en la terraza de un café y ver pasar la vida. Doy por sentado que todo café que
se respete es un templo de peregrinaje obligatorio para aquél dispuesto a
desmigajarse mientras a las cinco y treinta de la tarde cierta luz pinta de
dorado el panorama.
Semejante costumbre la cultivo desde
adolescente. Si alguna vez he creído asimilar qué diablos significa el término
contemplación, ha sido gracias a la experiencia con un libro, un cappuccino, un Partagás y una mesa bien
ubicada para darle y darle a la lectura, alzar la vista cada cierto tiempo y
observar cómo anda el patio.
Y en esas estaba la otra tarde, junto a
Camila, mi hija de catorce años. Tengo la fortuna inmensa de que esta chiquilla
es mi irremplazable compañera de lecturas. Así como lo lees, sin quitar ni
exagerar. Se acostumbró, a fuerza de mirar, a entrarle a la página en nuestros
cafés predilectos. Teníamos algunos en Venezuela y tenemos algunos aquí, lejos,
adonde vinimos a parar por motivos de trabajo (ésta es una historia que
referiré en otro momento). Leíamos en silencio, metidos de cabeza en el Sweet&Coffee, echados en brazos del
disfrute como bañistas arrojados a las olas: ella sus novelas que según dice la
hipnotizan, yo un libraco gigantesco de Francis Scott Fitzgerald
-“De lo que no es nuestro están hechas las
estrellas”- dijo de pronto, levantando la voz más de lo normal, con la mirada
puesta sobre algún lugar del horizonte. Me llamó la atención ese tajo en medio
de la nada. Le pregunto qué le ocurre, qué le atrajo de la frase, por qué la
coge así, con pinzas, y la expone para escucharla a quemarropa.
-“Porque me gusta”- suelta como si nada.
Créeme que no hay mejor respuesta. Simplemente
le gusta y basta, se acabó. Mi interrogante iba de la mano con la necedad y fue
Camila la encargada de hacérmelo saber, con sutileza, con imaginación, con una
sentencia que resultó aplastante. Es que somos jodidamente cartesianos, en el
peor sentido, y pretendemos la pulpa, los jugos, el corazón de la belleza sin
detenernos en su olor, en su color, en su epidermis. En fin. Decía arriba que
creo vislumbrar por dónde van los tiros a propósito del verbo contemplar, pero
a veces, más de las veces que quisiera, soy un anodino sin redención, mendicante
de pragmatismos que rayan en la estupidez.
Darse de bruces con lo hermoso no merece de
entrada los sablazos de la razón. Toparse con la belleza supone en un primer
momento cierta operación para la cual necesitamos un arsenal de papilas gustativas.
Y ahí las tenemos, y ahí mismo las hacemos a un lado. Cuando Camila saborea su
frase, cuando cata el dulzor o el amargor del lenguaje, sólo existen ella y las
palabras, el sentido, la sorpresa, el hecho que termina siendo mágico por donde
lo mires. Así deben ser los encontronazos con lo bello, con lo valioso, con
cuanto nos inspira e incita a hacer un alto para mirar y remirar. La belleza exige
detenerse, asimilar el puntillazo, entregarse a la petite mort que, ya vemos, trasciende sexo y erotismo.
-“Porque me gusta, papá, porque
me gusta”- respondió. Y yo sonreí y guardé silencio. Esa fue su mejor
explicación.
10/07/2017
Nombrando los días que van pasando
La mayoría de la gente le pone nombre a las
mascotas. Nada más normal que eso. Yo, ve tú a saber por qué, suelo nombrar a
los objetos. Me gusta la filosofía y leo libros, novelas o ensayos sobre
existencialismo, de modo que mi reloj se llama Sartre.
Ser y tiempo, pongo por
caso, es un texto clásico del conocido estudioso alemán, por lo que a mi
escritorio lo bauticé Heidegger. Y así. Tuve una laptop llamada Newton, una
bicicleta que respondía al nombre de Nastassja Kinski, y un buen amigo, a quien
nos referíamos desde los años universitarios como Valentín, puso a su inodoro
Stalin, sólo por seguir mis ocurrencias. Fíjate qué cosas.
Ponerle nombre a los objetos pasa
por colocarles cierta etiqueta diferenciadora. Los vocativos que otros
pronunciaron con el objetivo de ordenar el universo, de llamar pan al pan o
vino al vino, reconozco que tienen su razón de ser. ¿Te imaginas que una silla no gozara de ese
apelativo sino de, por ejemplo, ruiseñor?, y supón que al plumífero lo
ubicáramos lanzando un chasquido como árbol. Fin de mundo, Babel monda y
lironda en pleno siglo XXI. Sumo y sigo: piensa que una flor se denominara
tuerca, y la tuerca coliflor, y la coliflor esperanto y ésta corazón. Ya nada
tendría pie ni cabeza, el mundo sería más desquiciado de lo que ya es, lo cual
ten por seguro, mi querido Watson, no es en lo absoluto poca cosa. Al diablo el
lenguaje creado a base de esperanza comunicativa. Chao español, adiós chino
mandarín, en fin. Pero no me negarás que ponerle nombre a los objetos, tal y
como he venido haciendo todos estos años, se justifica gracias a una razón
menos pragmática: bautizarlos en segundo grado, torcerle el cuello al cisne a
ver si aparece una tortuga, asunto que hasta ahora en nada trastocó el orden
imperante desde que empezamos a intercambiar gruñidos por frases con algún
sentido. Sé que sólo yo practico semejante arte
-no te caigas para atrás: es un arte- lo que, repito, en nada ha significado
condición amenazante para el stablishment
lingüístico, así que continúo en mis trece, sigo nombrando y renombrando para
hurgar en las entrañas de lo cotidiano, en las profundidades del espíritu, en
los intersticios de esa cosa que es la lógica, cartesiana o no, aristotélica o
no, qué le vamos a hacer. Entonces un humilde cenicero resulta cierto guiño a
lo Bogart o esa mancha de labial que decora el borde de la taza un lindo
equivalente al mejor estilo Edwige Fenech. No sé si me explico.
La otra vez servía un trago de whisky de mi
botella Hemingway mientras encendía un Churchill que saturaba la estancia con
ese olor inconfundible a Roger Vilain B, mi padre, todo humo y Churchill él.
Tampoco sé si me explico, pero puedo jurarte que no es mal de morirse. Por otro
lado, ponerle nombre a los objetos, a las cosas, a algunos hechos incluso, va
de la mano con el psicoanálisis si quieres un mecanismo explicativo -a mí me lleva sin cuidado-, pero quitándole
parafernalia o vanidoso intelectualismo de academia. El sillón de la sala que
llamaste Freud no es más que una enigmática proyección de tu tía Adelita, y no preguntes más. A la luz de mi lámpara, apodada Edison por razones obvias,
pienso en todo esto. Y mi bolígrafo Cortázar, y Gandhi -mis viejos anteojos- y también Jack, la navaja que utilizo para
destripar sobres, para descuartizar cajas que llegan por correo, terminan
dándome razón.
La nomenclatura que me dio por inventar,
por cifrar en particular lengua un cosmos a lo largo de los años acaba siempre
por arrojar sus dividendos. Nada que ver con Milton Friedman o Von Mises, es
decir, pura y simple economía. Lo que puedo asegurar es que mi método está
hundido hasta los huesos en el magma que todos llevamos en las entrañas. Una
lenguarada como “a la luz de mi lámpara pienso en todo esto y mi bolígrafo y
mis anteojos y también la navaja que me sirve para abrir los sobres” y
blablablablablá, tal como escribí antes, dice mucho, para mí y para cualquiera.
Pero “a la luz de Edison pienso en todo esto y Cortázar y Gandhi y también
Jack, terminan por darme la razón”… dice más, infinitamente más, y me lo dice
al oído, de forma única y por supuesto cargada de distintas pulsaciones, de
mensajes secretos, de resonancias zambullidas en las cavernas de mis días.
Ponerle nombre a los objetos terminó por
convertirse en manía, en código críptico, verdadero lenguaje para entender y
entenderme, con gran elocuencia, contundencia, exactitud. Dime si no vale el
esfuerzo. Dime tú si no.
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