7/30/2016

Maduro y su mundo

    Voy en el carro, enciendo la radio y, para variar, Maduro está encadenado. A punto de oprimir el off escucho parte de la cháchara: el Presidente despotrica de los conquistadores y da vítores a Guaicaipuro, a Tamanaco, a  otros nombres indígenas.
    Me viene a la memoria un episodio protagonizado por la vena autóctona chavista. Recuerdo entonces el derribamiento de una estatua de Colón y los intríngulis nacionalistas que le hicieron coro. Mala cosa. Uno se pregunta qué atravesará las neuronas de Maduro cuando reniega de España y a continuación alaba el mundo prehispánico. Debe jurar que nuestra identidad (menuda palabreja cuando se trata de un colectivo) se asienta en la cosmovisión kariña, en el universo yanomami o en la sensibilidad goajira.
    Hay aquí una confusión que sólo se cura leyendo, es decir, echándose en brazos, sin complejo  alguno, de eso que dieron en llamar cultura. Lo que Maduro guarda entre ceja y ceja es un particular modo de expresión racista, una mutilación tan peligrosa de lo que en el fondo nos conforma que resulta siempre en el chauvinismo más atroz. De lo escuchado en la radio al nacionalismo de un inquisidor hay pocos pasos. En verdad, somos cuanto arroja en nosotros la cultura precolombina, pero somos también Sócrates, Platón, Aristóteles, la tradición latina y medieval, así como el Renacimiento o los logros de la Ilustración, hasta llegar a este Occidente que, lo afirmemos o neguemos, termina por engullirnos y acogernos en su vientre. Somos indígenas, negros y europeos, lo cual es una bendición por la razón sencilla de que, bien asumida, nos libra de esa hemiplejia cultural típica de pseudorrevolucionarios tercermundistas.
    Toda nación se fragua (reto a cualquiera a demostrar lo contrario) gracias a encuentros, desencuentros, amalgamas producto de traiciones, cuchilladas y fragores regados de pólvora, ante lo cual Venezuela no es la excepción. Es mentira que las culturas prehispánicas fueron ajenas a la guerra y a la imposición de unas sobre otras mediante el uso de la fuerza. En lo que hoy es nuestro país hubo sangre de por medio a lo largo de su constitución, y no por menos los incas o aztecas, nada más que por dar un par de ejemplos, merecieron el nombre de imperios. La idea del buen salvaje carcome las sienes del señor Maduro, y si hay algo nocivo a este mestizaje fabuloso que protagonizamos es la demagogia nacionalista con la que se llena la boca: sandeces ideológicas que caricaturizan cuanto ha venido creándose en el magma histórico de nuestro ser. Es bueno mantener a buen resguardo tal verdad, pues ya sabemos que no existe vacuna contra la barbarie o la idiotez colectivas. Aunque haya alcanzado elevados niveles de civilización, un país jamás se encuentra por completo a salvo de la locura fanática (desde la pureza racial hasta la posesión de la verdad única religiosa) y de, en fin, el complejo de superioridad cultural. No es verdad, preciso es recordarlo con todas sus letras, que lo español deba ser execrado o violentado, como no es verdad que sólo hemos bebido de una única fuente a la hora de mirarnos en el espejo de la historia.
    Somos pueblos que hoy por hoy pertenecemos a una hechura múltiple en el crisol de las razas, costumbres y maneras de concebir el universo, siempre en constante ebullición. Estamos hundidos hasta el cuello en el caldo del mejor cultivo: el de la universalidad, esa que cuaja una ciudadanía más allá de fronteras, pasaportes, cédulas de identidad y, como quisiera Nicolás Maduro, nacionalismos que a la larga o a la corta únicamente sirven para segregar odios, originar falsos conflictos y transformar la convivencia en una orgía de malentendidos permanentes.
    Haría bien el Presidente en acercarse a la historia con mayúsculas y mojarse los pies (y los axones y dendritas) en sus profundidades. Hacerlo supone percatarse de cuánto sufrimiento puede ahorrarse una sociedad cuando desaparecen reduccionismos patrioteros y en su lugar afloran horizontes cargados de tolerancia, minimizando la posibilidad de fanatismos a diestra y a siniestra.
    Le guste o no le guste a muchos, los españoles, al igual que lo peor y lo mejor de Occidente, produjeron esto que algunos llaman venezolanidad, y no son ellos, por cierto, los responsables del desastre que hoy se traga a un país de mil caras, convirtiéndolo en el hazmerreír del continente gracias a los disparates de un gobierno que sembró miseria e involución durante  diecisiete años haciendo de las suyas. Es preciso asumir el pasado con altura de miras, sin complejos empequeñecedores, y desde el presente sumarnos a la modernización, abriéndonos al ancho mundo y aprovechando para ello nuestras ventajas comparativas, que son bastantes. Yo estoy orgulloso de ser venezolano, o lo que es lo mismo, de hablar español, de llevar en las alforjas el Siglo de Pericles, el Siglo de las Luces y lo más granado de Occidente, de comer tortillas, frijoles, arepas y saberme atravesado por lo indígena y a la vez lo universal. Yo, lo que soy yo, estoy contento por aquella raza cósmica, la de Vasconcelos, en que deliciosamente chapoteamos.

7/03/2016

El gramático

    Hay quienes pierden la capacidad de asombro, mala cosa. Si abres bien los ojos te sorprenderás  a cada paso, lo que es mucho decir en tiempos de desencanto, postmodernidad y demás palabrejas rimbombantes.
    Un profesor de la Facultad resulta vivo ejemplo de lo que digo. Es catedrático de Gramática Española, por lo que se pasa el día viviendo el lenguaje, según afirma, al punto de que su relación con nuestra parla llega a niveles inexplicables. Te darás cuenta en un momento. Mientras habla con alguien, el tipo mide a su interlocutor en estricto sentido académico, cosa aburrida hasta las narices, digo yo, pero que él goza como niño ante juguete nuevo. Si la gente no tiene puta idea de su pasmosa habilidad, peor para ella y mejor para él, porque el profesor vive el lenguaje, repito, y vivirlo implica degustarlo en mente, cuerpo y alma, lo que no es concha de ajo, como descubrirás en este instante.
    Si tú, que eres una mujer guapa, pongamos por caso, dialogas con él en un café, en el supermercado o en los pasillos de la universidad, el gramático hace de las suyas desnudándote sin pudor, es decir, te quita las ropas lingüísticamente, te desabotona la blusa desde un pluscuamperfecto, te desliza la falda a partir de una esdrújula sin tilde o te remueve el bikini porque dijiste precioso con ese. El profesor sufre lo que a su manera le ocurrió al bueno del Quijano: de tanto darle a lo que más le gustaba terminó víctima de su quehacer favorito. El Quijote, loco por donde lo mires; el catedrático, preso en un corsé gramatical que para qué te cuento.
    Llegó a construir una escala estructural en función de los errores ortográficos que pronuncias y el streep tease que te monta apenas comienzas a equivocarte. Escucha tus errores, los coge al vuelo mientras surfeas en vano oraciones y párrafos hasta que no tienes escapatoria: acabas en pelotas por acumulación de desaciertos. La oralidad hecha zona de caza, campo de batalla para atrapar meteduras de pata ortográficas. Menuda habilidad la de este personaje.
    Si se te escapa un te, de mandarina o yerbabuena, qué demonios importa eso, y lo sueltas así, libre de acento según manda la RAE, júralo que bajará el cierre de tu pantalón. Si el error es de mayor monta  -pides una sopa del dia seguida de pan cacero y vejetales mixtos con aseitunas negras-  vas a quedarte sin esa linda minifalda roja que llevas a juego con la cartera. Y si continúas dándole con las patas al idioma, pues terminarás en meros cueros.
    Una vez fui a su oficina a pedirle un libro que le había prestado y lo hallé embelesado. “Los senos de la morena que acababa de salir”, comentó, “es que no son para menos”. “Cómo te explico… esa mujer tiene las tetas inversamente proporcionales a haalcol, a bino tinto chileno, a dextresas inteleptuales para desembolberse en la vida”. No entendí un pepino, me encogí de hombros y salí.
    Pero hoy lo afirmo sin que me tiemble un pelo: el gramático terminó siendo maestro de la desnudez. Si otros lo han sido porque trabajaron como ángeles (ahí está  Goya y su divina Maja, ahí tienes a Herman Puig fotografiando cuerpos femeninos como Dios los trajo al mundo), el gramático se transformó en virtuoso de muslos perfectos al son del dequeísmo o curador de primera línea en el museo lingüístico del erotismo, todo gracias a la sinrazón morfosintáctica, ortográfica y demás especies de la desabrida academia en cualquiera de sus manifestaciones. Semejante profesor, que escucha como si nada aberraciones de la ortografía, logró levantar templos de sensualidad sustentados en María o en Laura y sus disparates idiomáticos. Quién lo hubiera dicho, se cuenta y no se cree. Es que te juro algo: yo jamás lo hubiera sospechado.

6/24/2016

Las piernas de una dama

    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien lo ponga en duda nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone su firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas de una dama. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.

6/12/2016

Todos los días

    Hay verdades ni tan ciertas y mentiras que parecen reales. Un amigo, que va a caballo entre la mitomanía absoluta y la sinceridad atroz, da cuenta de lo que digo. Es el vivo ejemplo de que para hacer de este mundo un lugar más habitable todos prefiguramos nuestras vidas en función de lo que llevamos en el saco. Y lo que llevamos en el saco, claro, se origina en el abismo de cuanto vamos siendo. No es concha de ajo: lo fantástico besuqueándose con la realidad monda y lironda, esa que inventó Descartes hace ya un caudal de años, y sacarle punta y además hacerlo con provecho.
    Pues nada, hay verdades que cobran su fisonomía porque nacieron de un embuste que para qué te cuento. Por ejemplo, mi amigo el mitómano cree ser escritor y nadie lo saca de sus trece. Se cree escritor con pruebas físicas al canto: un manojo de papeles rasguñados en la adolescencia. De escritores que no escriben y bailarines que no bailan está lleno el patio pero eso es lo de menos. Lo de más es el manejo de los hilos, edificar cierta atmósfera y no otra, inventarse un diente roto al más puro estilo Coll, que sabe muy bien de lo que hablo (¿o soy yo quien sabe al pelo lo que él dice?).
    Uno vislumbra algún futuro, rehace como le plazca el pasado y sumerge el presente en un caldo fantasioso tan necesario para la cordura como un par de aspirinas para la jaqueca. Si te pones a ver, el cuerdo es Don Quijote, el humano es Mr. Hyde, Teseo, y no el pobre Minotauro, es el malandrín de la comarca. Lo cierto aquí trasciende conceptos de diccionario, encerronas epistémicas, definiciones totalizadoras, es decir, lo real es así o lo irreal es asao y todos felices y a brindar, que se calientan las cervezas. Estás pelao, Wenceslao. Si este mundo fuese una caja de compartimentos estancos, júralo que tres segundos ahí equivaldrían a  la eternidad en los infiernos.
    Lo que soy yo, asumo que lo cotidiano tiene mucho que ver con mi caja craneana, o sea, le pongo desde adentro un toque de sal al estofado desabrido que se desparrama de lunes a lunes, al punto de que dos más dos a veces da cuatro pero en ocasiones cinco. ¿Quién se atreve a decir no? En el comercio diario de sonrisas, garrotes, vilezas, amores o mentiras, construimos significados, elevamos a alturas de vértigo lo cierto y lo falso, lo imaginario y lo que no lo es, única trocha para sumergirse hasta el cuello en la aventura de atravesar los días  con la ñapa de sobrevivir en el intento. Lo anterior es sencillo, pero no trivial, y por ahí se arma el lío que ahora mismo espanto de un puntapié en plena espinilla. Ya lo dijo Savater: “trivialidad es lo que se le queda en la cabeza a un imbécil cuando oye algo dicho con sencillez”. Eso es, no faltaba más.

5/28/2016

En concierto

La señorita Camila toca para Papá.

5/08/2016

Palabras y mentiras

    Imagina que lo cotidiano te desborda. Entonces aprende de una vez: hay algo capaz de trastocar eso que te quita el sueño, que te aplasta la nariz. Toda evidencia cuyo asiento es la realidad haciendo de las suyas, si no te cae simpática puedes esconderla debajo de la alfombra, lo cual no es nada despreciable a la hora de engañar, de sacarle la lengua a los fracasos o crear ficciones a la altura de tus intereses. El lenguaje, créelo, tal es el instrumento con el que miles –caudillitos y politicastros de mala hora-  ocultan el feo espectáculo de resultados ajenos al Paraíso como promesa.
    Ante la voladura en pedazos de un contexto derruido por la ineptitud gracias a fiebres no sudadas, un comunista, un nostálgico de la Guerra Fría o un socialista del siglo XXI, pongo por caso, echan mano de cuellos listos para ser torcidos si el asunto es concretar utopías. Poco importa la terca realidad, lo que cuenta es inventarse una leyenda, narrativa heroica que arrojará sin dudas el sublime saldo tan esquivo en otros tiempos: igualdad, justicia, hambre cero, y demás logros que sólo se materializan en forma directamente proporcional a la sensatez política y económica de gobiernos preparados para cumplir el anhelo mayor de cuanto verdadero estadista accede al poder, no otro que  dejar a sus países en mejores condiciones que antes de su llegada. Corolario: el bienestar se construye, no se decreta, pero cuidado, el mundo también puede edificarse a base de palabras. Y son ellas el arma arrojadiza que un caudillo iluminado suele manejar como le venga en gana.
    Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después conforman la dupla que desde hace casi veinte años movió los hilos de la truculencia convertida en asunto cotidiano. Chávez, maestro de maestros en el arte de la demagogia, supo consolidar sus fantasías, en concreto una red de acciones, de quehaceres entre el populismo más atrabiliario y el disparate atroz, con el punto de fuga sobre la permanencia en el poder. Inauguró sus quince minutos de gloria zambulléndose en las aguas de la palabra, es decir, cambiando una realidad  por otra mediante chasquidos de la lengua. Nació entonces un delirio llamado Quinta República, descocada invención de cuyos pellejos se colgó medio mundo. La realidad como enajenación lingüística, no faltaba más.
    Impulsado por los rugientes motores de un líder carismático, el discurso demagógico paga y se da el vuelto. Hasta que acabe extinguiéndose, ahogado en su particular detritus, estrellado contra el muro que terminan siendo las locuras procuradas en nombre de la redención social, la realidad prefabricada por el verbo incendiario del mago de turno va a erigir los espejismos necesarios para mantener viva la fe, el sueño mil veces postergado de un destino rosadito para el pueblo y sus carencias, tantas veces hecho añicos por esa otra ilusión del verbo que adjudica a terceros la responsabilidad de nuestros males: el imperio, el burgués, el neoliberalismo, el traidor o los escuálidos. Entonces, según la nomenklatura, cuanto pretenda fracturar el noble espinazo de la revolución va a ser enfrentado vía un fulminante plan de lucha. Una contra el enemigo  -la revolución no tiene adversarios- hecho de sílabas, de verbos, de preposiciones, pero sobre todo de frases huecas: guerra económica, inflación inducida, batalla asimétrica, invasión yanqui, capitalismo, pelucones y demás miembros del rimbombante léxico gobiernero.
    Empresarios, escritores, amas de casa, deportistas, intelectuales, estudiantes, nadie escapa al embrujo populista en estas tierras. Mientras un país se despedaza por obra y gracia de un gobierno reñido con la cordura, cierta feligresía todavía aprieta los dientes y cree en la religión chavista. Es que la revolución da para todo, incluso para engañarse a estas alturas. El lenguaje, creador de imágenes fantasmagóricas a propósito de su referente, generador de claridad o confusión según quién lleve las riendas para manipular, es usado  por Maduro  -un ser que al respecto es el pálido reflejo de Chávez o de Castro, sus mentores-  con el propósito de entrampar la realidad, de sustituirla por la imaginería ideologizada, de producir ideas contrarias frente a  la simple evidencia empírica, con ánimo de engatusar  incautos. Yo no soy responsable del desastre, grita maduro, ahí está Mendoza y la Polar. Yo soy apenas una víctima, reclámale al Departamento de Estado. Yo soy como César González, amigo de todos. El ricachón Macri, el paramilitar Uribe, el gringo Obama y el escuálido Capriles han sido los malos.
    La revolución también es un golpe en el vacío, un salto hacia la nada. Un embuste preñado de palabras.

5/01/2016

Teatro

    Así como los escritores proyectan vidas sobre el papel, yo las invento a diario en medio de las calles. Es una costumbre que lleva años, desde el día en que, aburrido, vi en la gente no el ir y venir de un colectivo haciendo diligencias, paseando o yendo de un lugar a otro por motivos de trabajo, sino el hecho fascinante de formar parte de una historia cuyos hilos movía yo a placer desde la acera.
    Me explico: alguna vez imaginé que esa mujer saliendo de su casa, sonriente y dispuesta a devorarse al mundo, en verdad huía luego de asesinar a su marido. Y aquel chico que abraza a su padre (¿es su padre?) mientras en un segundo plano esa niña (¿acaso la hermana?) observa como si nada, en realidad hace las veces de Judas Iscariote en pleno siglo XXI. Traiciona a alguien sin lugar a dudas,  es decir, otra vez la historia mordiéndose la cola. Conclusión: de niño aprendí a mirar los guiños que se cuelan entre escenas de transeúntes, al punto de que hoy por hoy llego a descubrir secretos, verdades ocultas, información clave usando el método infalible que, modestia aparte, me enorgullece haber creado desde que usaba pantalones cortos. No hay mejor teatro que las tablas de un café, de un mercado, de una zapatería. La vida ofrece un estreno a cada instante, actuaciones únicas, respuestas confinadas a permanecer bajo tierra y si te pones a ver, lo cierto es que no hay por qué resignarse a los enigmas que saturan la existencia. Caminas por ahí, observas cómo el heladero tiene que ver con la cajera de la panadería, cómo la carambola entre ellos dos y la chica que justo en ese instante pide su jugo mientras enciende un cigarrillo perfilan el entramado que, si hurgas bien, da la llave para resolver  interrogantes que te hacen la vida de cuadritos. Tienes la ventaja de que en semejante perfomance eres guionista, a veces actor, y por supuesto director.
    Un número cualquiera vislumbrado a través de una ventana, unas caricias en medio de la noche y a la luz del poste en un banco de la plaza, un drama entre amigos que charlan en el bar, eso y más ofrece el proscenio cotidiano que supera con creces a tanto grupo malo empeñado en montajes que jamás valdrán más que un mediocre intento. Así es, el día a día vomita sus enigmas, revela sus entrañas sólo con saber leerlo.
    Leer, de eso se trata. La gente lee en clave de escuela, pobrecitos, en negro sobre blanco. Yo leo a fuerza de situaciones irrepetibles que las circunstancias me ponen enfrente. Leo gestos, intenciones, relaciones, y noto las costuras que vinculan al perro que mueve la cola mientras el dueño lo acaricia con el último crimen ocurrido en la ciudad. Entonces meto la mano en la respuesta. Hay quienes entienden la borra del café, las cartas, el tabaco. Pamplinas. Yo entiendo la puesta en escena que te aplasta las narices y eso basta para ver las cosas desde la otra orilla.
    Haz el intento y verás. La próxima vez que salgas a la calle mira al tipo del kiosco y fíjate cómo el diálogo con  la señora que le pide El Nacional escupe la solución al problema de la bolsa. Te darás cuenta de que ese otro chiquillo, cuando mete el gol luego de cobrar la falta, pateó  la explicación que termina por saltarte al cuello. Gritarás eureka, lo juro.  Hazlo, hazlo y después terminas por contarme.

4/23/2016

La pantalla de mi Sony

    De niño juraba que un mundo como el nuestro existía en lo profundo de los televisores. Para que una película pudiera suceder, gente diminuta en medio de calles, sillas, vasos, casas, vehículos, escuelas, tiendas u hospitales tenía que vivir en las entrañas de esos aparatos. Es que las tecnologías eran cosa de otro mundo, una  dimensión ajena al muchacho que iba siendo. Lilliput cabía hasta las narices en los intestinos del tv y encenderlo suponía un vómito de historias como las que me gustaban.
    Cierta vez, asomándome por alguna hendija, creí ver a Supermán transformándose en Clark Kent y a Tarzán cayéndose a trompadas con una pantera. Cuanto le conté a mi madre sonrió con dulzura y cuando, emocionado, le confesé mi descubrimiento a un amigo del colegio, me miró con desprecio argumentando que un tv era sólo eso, un tv, y que si yo era pendejo él sí que no, pues hacía ya mucho que conocía el secreto de sus cavernas: allá adentro únicamente existen cables, tornillos, bobinas, tuercas y demás piezas aburridas.
    A veces tengo la impresión de que la memoria es un televisor incrustado en alguna región del cerebro, de modo que cuando lo encendemos aparecen en pantalla esas imágenes que nos obnubilan, nos hielan o nos espantan. Para más señas, cogemos el control remoto y en pleno zapping, si hay suerte, damos con la secuencia de unos besos, borrosos ya, probablemente en blanco y negro, o con el nacimiento de Lucía, la última de tus hijas, cuando todavía tenías cabello y mucha esperanza saliéndosete por los poros. En fin, la vida humana tiene bastante de historia novelesca, de puesta en escena televisiva al mejor estilo Delia Fiallo. Quién lo iba a decir.
    Quizás por eso pensamos en imágenes, quizás por eso soñamos en imágenes y quizás también por eso casi es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Total, que no es verdad la letanía simplona de que vivimos una época dominada por lo audiovisual cuyo corolario es el desplazamiento de lo escrito hacia un segundo o tercer plano. Lo dicho: atravesamos tiempos donde la impresión de la pupila marca una agenda que siempre nos coge por el cuello, aún desde los cavernícolas. Moraleja y conclusión: el televisor es la punta de un iceberg que se adentra en nuestra historia y va a parar a los dibujos de Altamira. Mira por dónde van los tiros.
    Así que cuando un sabihondo sentencia con el ceño fruncido que la pantalla de mi Sony es la culpable de la violencia en las calles o de que Juancito no se acerque a un libro, es decir, que no lea ni la o por lo redondo, lo pongo de patitas en la calle al muy cretino. Es que estamos hechos de imágenes, las llevamos embutidas como productos Oscar Mayer en la caja craneana, cuestión que ni es muy buena ni muy mala pero  sencillamente es. Dispongo del gatillo, o del control remoto, que viene a ser lo mismo. Preparo, apunto, fuego.

4/16/2016

La máquina del tiempo

    A veces los relojes se detienen, se adelantan o retroceden como echados en brazos de una máquina del tiempo. Sin ir muy lejos, pásale la vista a Maduro y sus secuaces: la Guerra Fría sigue presente, el Muro de Berlín continúa intacto, Gorbachov queda en el futuro más lejano y Nikita Kruschev hace de las suyas entre vodkas y ginebras con bastante hielo. Los sesenta lucen como nunca en los más tercos delirios que dinosaurio alguno pueda haber soñado en estas tierras.
    A veces el tiempo retrocede, digo, sin más explicaciones que la realidad monda y lironda: un coñazo en la nariz a fuerza de escasez, de colas, de ineptos en el gobierno, de inseguridad traducida en número cada vez más elevado de malandros por milímetro cuadrado. Supongo que gracias a semejante medio ambiente tengo un amigo que únicamente escucha discos de acetato y sólo ve películas en su televisor a blanco y negro, ya sabes, cuatro patas largas y pañito con florero encima, retro por donde lo mires. Para remate, escribe en una Remington y borra con typex o correctores líquidos, de modo que sus dedos llevan siempre salpicaduras blanquecinas producto del asedio a errores, letras, palabras y frases que son en el papel lo que virus y bacterias en el organismo. Menuda realidad.
    Hay gente maravillada, en estado de fascinación permanente porque este mes o el otro va a salir el juguetito nuevo de la Apple, el último grito de la Nokia, el non plus ultra de algunos aparatos japoneses. Mi amigo vive como el caracol que es, metido en su concha, y así como un glóbulo rojo es un glóbulo rojo y nada a favor del torrente sanguíneo chapoteando feliz entre plaquetas, leucocitos y demás adminículos por el estilo, él hace tiburoning en las playas del pasado, corre las olas del celuloide hecho vida cotidiana en súper 8 y cada minuto de su día exige un revelado Kodak, o en su defecto la instantánea polaroid que termina por escupir la camarita y ahí te ves, sonriendo mientras  vas directo a la posteridad.
    Tengo la impresión de que uno inventa su vida como Robert Louis Stevenson inventó sus novelas: a punta de imaginación y terquedad, y por supuesto algo de mala o buena suerte. Por eso mi amigo es un dechado de cosas extrañas, por supuesto, y también fabulosas. Maneja a la perfección el cóctel de la existencia entre retazos de imágenes llenas de telarañas y cabos sueltos hechos de remembranzas que poco a poco va labrando como si fuese un albañil del día a día. Entonces el pasado está aquí y el aquí en el pasado, asunto que sin querer va sonando ya como trabalenguas pero qué se puede hacer, total, si la vida es a veces una lengua trabada, lenguaje hecho añicos, sintaxis sin pie ni cabeza (pregúntale al gobierno) que mejor es dejar de lado para no jodernos el ahora con lamentos o tristezas que para qué te cuento.
    La otra vez fui a visitarlo y lo hallé escribiendo cartas para arrojarlas luego al buzón del correo ordinario. Había algunas en papel de biblia y más allá un cúmulo de postales  -sí, postales, imagínalas tal cual-  con imágenes descoloridas de avenidas, de edificios, de paisajes antiguos que apenas cabrán en el recuerdo. Me emocionó ver a alguien escribiendo la correspondencia de su puño y letra y pensé en qué diría don Pedro Suárez, hombre moderno como ninguno, si conociera a Clodoveo de Brindis Pérez, protagonista de esta historia. Me encojo de hombros y sigo mi camino.
    En un país despedazado como éste la máquina del tiempo estuvo ahí antes de soñarla. Abres los ojos, sales a la calle, despabilas un poco y la tienes enfrente. Quién iba a sospecharlo.

4/10/2016

Escenario psicosocial en Venezuela (entrevista)

Alirio Pérez Lo Presti, más que un amigo, es un hermano. Hicimos amistad desde los días merideños cuando ambos estudiábamos en la Universidad de los Andes y compartíamos vida cotidiana entre libros, academia, literatura, cervezas, librerías, juergas y tertulias que sabíamos cuándo empezaban pero jamás cuándo finalizaban. Dejo una entrevista imperdible que hace muy poco le hicieran a propósito de esta locura colectiva llamada Venezuela.

El link:  http://perezlopresti.blogspot.com/2016/04/escenario-psicosocial-en-venezuela.html

3/27/2016

Julio Cortázar y Carol Dunlop

La historia de amor entre Julio Cortázar y Carol Dunlop. Un documental que debió aparecer en 2014. Aquí un extracto de la obra:

http://cinealsur.blogspot.com/2014/02/documental-julio-carol-los-exploradores.html

2/28/2016

Gente y literatura

    Cuando era niño me daba por vincular ciertos objetos con personas. El Maverick del setenta y ocho tenía un parecido con mi tío Francisco que me dejaba helado. Una caja de chiclets Adams llevaba en sus entrañas el vivo retrato de algún primo, y así. Pues resulta que en plena adolescencia la literatura cobraba fisonomía particular, cargaba adentro parte de la humanidad que iba descubriendo en esa edad donde los días son volcanes en efervescencia permanente.
    Desde esa fecha vislumbré cierta extraña identidad en nosotros, tripartita para más señas, cuyo punto de fuga guardaba un fondo que me fascinaba. Los hombres eran como chorros de palabras, les colgaban del pellejo, de la voz, de la silueta, océanos de historias fraguadas a punta de literatura, nada menos. Eran como géneros literarios, de modo que develarlos poco a poco y desentrañarles huellas dactilares en el alma terminó siendo ocupación que absorbió buena parte de mis horas juveniles. La literatura como antropofagia, un caníbal que a la vuelta de la esquina te engulle sin dar explicaciones.
    Así como sucede en el hecho literario, un ser humano podía ser cuento, ensayo o novela, siempre en función del uso del lenguaje, de la disposición de comas y de puntos, de la construcción del tejido narrativo que terminaba por tragarlo de un bocado. Mi madre era sin dudas novelesca: amplia, anchurosa, con centenares de páginas a cuestas. En ella cabían todos los géneros, tal como demuestra el buen Balzac o el señor Dickens. En ella la vida equivalía a la Gran Sabana multiplicada por mil, al punto de que la comedia humana chapoteaba en el centro de mi casa, hecha carne y hecha huesos haciendo de las suyas por todos los rincones. Hay gente novela, sin la menor duda, condenada a ese papel y punto y fin, y eso no es bueno ni es malo, sólo es.
    Y hay quienes son cuento por donde los mires. Mi amigo Pedro Suárez, por ejemplo. Pedro es poeta, lo sé desde que la amistad terminó atravesándonos, pero lo que él nunca imaginó fue que resultaba un individuo cuento hasta la pared de enfrente. Tensionales y discretos, económicos en léxico y sintaxis, tales bichos sentencian el punto y final en tres párrafos máximo porque saben bien que el universo cabe en un puño, en un pañuelo, en la botella que comparten con quien sepa qué decir y cómo en el momento oportuno, ni más ni menos. Si un ser novela lleva el mundo adentro y lo expresa a cada instante en cuatroscientas veintinueve páginas, uno cuento escupe trazos de la galaxia empaquetados como si fuesen aspirinas. Y ahí te quedas.
    Pero la más rara y por eso la más extravagante es la gente ensayo. Aquí sí que los datos son un abuso de la estadística por aquello de las muestras insignificantes. Es que la cuentas con los dedos de una mano y sobran, mira cómo son las cosas. Sapientes, densos, con actos y gestos cargados de citas bibliográficas, cubiertos de fichas o anotaciones, enterrados en notas al pie y demás aparataje por el estilo, recuerdo a un amigo ensayo que es la viva información con sístoles y diástoles, sabiduría monda y lironda, qué se le va a hacer.
    Lo cierto es que me quedo con la novela y el cuento, cosa rara, porque en el plano de la hoja impresa un buen ensayo me atrapa y no me suelta. En fin, el mundo como biblioteca, como literatura que respira y puedes contemplarla en el café de la esquina y en el bar que está a dos cuadras. El universo entre anaqueles y Julio Verne yendo y viniendo como le da la gana, sentado contigo mientras da el último sorbo a su cerveza. Y Borges, y Garmendia, y Kapucinski entre tequilas y rones con bastante hielo. Quién lo hubiera sospechado.

1/30/2016

El juego de los espejos

    El momento que vive Venezuela es, como ha dicho Maduro, en verdad una tormenta, sólo que este señor confunde frijoles con catedrales. Si la guerra económica es la causa de todos nuestros males, entonces hay poco que hacer: los pérfidos capitalistas apuntan sus cañones contra un gobierno virtuoso que, de no ser por sus magníficas ejecutorias, hace tiempo nos habríamos desintegrado. Sin embargo ya lo sabemos, el origen de esta locura, de la humillación y vergüenza generalizadas, es otro, nada menos que la ineptitud de una clase gobernante que dilapidó una oportunidad de oro para crear riqueza y bienestar a punta de ocurrencias manicomiales.  
    Al día de hoy, una nueva Asamblea Nacional tiene la obligación de contrapesar, controlar y fiscalizar el nido de abusos, de torpezas que supone el gobierno como un todo, aun cuando esa labor lleve en el ala plomo fino de cuanto gatillo alegre crea el cuento de la revolución, del Socialismo del Siglo XXI, del legado de Chávez y demás loqueteras por el estilo. Una de dos: o se saca pecho y se procura en serio un cambio democrático, constitucional, de gobierno, o el gobierno sacará las pezuñas, que para eso las tiene, y cambiará a la Asamblea por un parapeto vacío sin arte, ni parte, ni nada que se le parezca. Ahí nos vemos.
    Salir a flote, salvar la ruta de esta nave que se fue a pique requiere esfuerzos de imaginación, de trabajo incesante, de coraje, que exigirá sacrificios a todos, pero más aún a esa vasta congregación que alguna vez mordió el anzuelo de la trampa chavista, no otra que la promesa del Paraíso en la Tierra, nada menos que a la vuelta de la esquina. Lo que un líder carismático ofrece, con sus variantes populistas, es en el fondo una sola y misma cosa: demagogia, soluciones mágicas, mitos sustituyendo realidades y esperanzas afincadas sobre  un suelo de arenas movedizas. Mientras el hechizo se mantiene, no hay fuerza más poderosa que la unión entre el caudillo y su feligresía, pero cuando aquél se pulveriza porque el Paraíso termina resultando un infierno, el despertar es la conciencia de los vidrios rotos, del incendio y la humareda postficcional, del despecho como duelo en modo político. Hemos llegado a esa instancia.
    ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo orientar los pasos hacia la orilla del reencuentro entre venezolanos, hacia la justicia, el crecimiento económico, el pluralismo, la economía de mercado, la apertura al mundo, la tolerancia y la legalidad? Si algo posee este país es gente preparada que sabrá cómo enderezar entuertos desde tecnicismos inaplazables y desde la ética y la decencia, cuando la pesadilla acabe. Mientras tanto, hay que enfocarse en un punto ya mismo, ahora, antes de que economistas de primera y estadistas con todas sus letras impulsen los cambios urgentes para torcerle el cuello al buitre de la debacle que vivimos. Me refiero a crear consensos. Sin consensos mínimos entre las fuerzas políticas (incluido el chavismo moderado, por supuesto) de este malogrado país, y entre éstas y la población, tengo casi la certeza de que los esfuerzos por deshacer el disparate se perderán en el camino.
    Un acuerdo general alrededor de la democracia, sin adjetivos ni espejismos delirantes, un acuerdo en función del mercado como mecanismo para la generación de riqueza, un acuerdo que vele y respete la estricta separación de poderes y la indiscutible subordinación militar al estamento civil,  son tan importantes como ganar comicios o revocatorios, son tan medulares como  poner de patitas en la calle, por paliza electoral, a Maduro y sus secuaces. Un pacto tácito respetado por la totalidad del espectro político es quizás la única garantía de cambio, de despegue como país, de aproximación al desarrollo a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo para alcanzarlo? ¿Qué adelantamos para llegar a convicciones básicas que permanezcan intocables aunque los gobiernos, como es natural, se alternen? Creo que muy poco.
    Nada desmoraliza más a una sociedad que percatarse de que su clase política actúa en función de horizontes particulares, para sí misma, cuando alcanza el poder. Es lo que ha ocurrido antes en Venezuela, y lo que sucedió con el chavismo durante diecisiete años, elevado a sus más nefastas consecuencias. Urge el consenso, entenderlo y fabricarlo sustentado en puntos clave, en valores que deben mantenerse intactos si pretendemos emular lo que en su momento hicieron España, Alemania, Irlanda, lo que con todos sus tropiezos está haciendo Chile. Sobran los buenos ejemplos al respecto. A ver si de una vez empezamos. 

12/07/2015

Time after time

Excelente versión.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=cAfDnCQLJCY

11/16/2015

Un clásico

Cinema Paradiso, una película de Giuseppe Tornatore.
El link del tema central: https://www.youtube.com/watch?v=mzXMpBrwbNU
y otra versión:  https://www.youtube.com/watch?v=RTy_XOpG2ag

11/11/2015

Discurso, realidad y disparate

A lo largo de este año escribí una columna de opinión semanal para el diario El Universal. En ella traté lo humano y lo divino, aparte del tema político, que por supuesto estuvo presente -sin mayores inconvenientes- las veces que lo consideré necesario. Sin embargo, mi artículo del próximo viernes fue censurado. Las razones para excluirlo resultan más que obvias: el ejercicio de un periodismo cobardón y complaciente por parte de un diario que llegó a ser ejemplo de valentía y ética en su misión crítica y de contrapeso frente al poder. He dado por finalizada mi labor como articulista en esas páginas, tal como de inmediato se los hice saber. Dejo aquí el artículo en cuestión. 

    El lenguaje es un bosque y ahí habita el espíritu de mil cosas. Las palabras son frutos, pulpa y carne, jugo semántico que nos toca exprimir para darle sentido a la experiencia. Hoy en día la debacle lingüística no se asienta en el reducido número de términos que cualquiera usa para comunicarse. No es verdad que la mediocridad en la lengua deriva por ejemplo del poco sex appeal que medio mundo percibe en los libros, qué va, la cuestión supone el peliagudo hecho del vacío de contenidos, o su tergiversación impune: las palabras desinfladas en su quehacer significativo, convertidas nada menos que en su antítesis por obra y gracia de una torcedura que pareciera llegar para quedarse. Pongo por caso: “El ejercicio de la libertad es incompatible con cualquier tipo de presión o amenaza. Nadie en lo personal está facultado para determinar si el derecho a la libre expresión está bien usado o no lo está. Para esa calificación están los Tribunales de la República. Ninguna otra autoridad, al menos así ocurre en este país, puede pronunciarse sobre materia tan complicada y difícil (…) Nada hay que defina mejor la condición en sí de un régimen político, que su actitud frente a la prensa. Si ésta es perseguida, amordazada, silenciada, será un régimen tiránico y despótico”.
    Lo anterior no es un discurso de Capriles, ni dicción rimbombante en Ramón Guillermo Aveledo. Tamaña verdad  tampoco es retórica sutil de algún escuálido fascista, vende patria, imperialista. Nada de eso. Lo anterior, lance una carcajada o cáigase para atrás, nos dice Sanoja Hernández que son palabras de José Vicente Rangel. ¿Que no?, ¿que qué diablos es eso? ¿que si esto es una tomadura de pelo? ¿que cómo va a ser? Pues siendo. Búsquelo y léalo  en  Simón Jurado Blanco: Medidas de alta policía o el “avepismo en la prensa”. New York, Prineo Press, INC, 1960, p. 40, recogido por Jesús Sanoja Hernández en Entre golpes y revoluciones, Tomo II, Caracas: Debate, 2007, p.56. Cuando una verdad única se mete entre ceja y ceja lo demás es ruido y pocas nueces. Desde hace mucho yo, lo que soy yo, desprecio tales certezas por la razón sencilla de que nos automatizan, falsifican la realidad plural, contradictoria, dinámica, en la que me gusta chapotear. Ahí queda por los siglos de los siglos el parrafito de Rangel, hombre cuya verdad es una sola, ya la sabemos, mientras lo demás pareciera no existir.
    En nombre del socialismo se cometen injusticias, abusos que jamás deben ocurrir, ¿y qué sucede?, que el convencido por lo general se aferra con uñas y dientes a su convencimiento. La palabra socialismo, ¿qué significa en el presente?, ¿qué diablos cruza las neuronas de un creyente cuando la política se ha trocado en religión?, ¿qué relámpago de misticismo lo atraviesa en estos tiempos de descreimiento, de cambalache al más puro estilo de Discépolo? ¿Hablamos del socialismo cubano, escandinavo, vietnamita, soviético, francés, español? ¿Hablamos del suscrito por  la  “República Popular Democrática de Corea” (¡nada menos que Corea del Norte!) o el de la “República Federal Democrática de Nepal” o el de la “Gran República Árabe Libia Popular y Socialista” o el de la “República Democrática Popular Lao? Saco de gatos por donde lo mires.
    El gobierno de este país hecho añicos, indigestado con supercherías, obvia la lección política que ofrece nuestro entorno. La realidad, el día a día, dictaminan sobre la falibilidad o no del mandato ideológico. En Latinoamérica, y por supuesto en Venezuela, quienes se han entregado a convicciones negadas, superadas por la historia, acaban aplastados por el dogma religioso que es una máquina de triturar huesos endebles: la ideología a secas. Tal es el modelo típico de esquematismo, de visión unilateral que encarna la triste feligresía que da cuerpo  al stablishment revolucionario.
    Buena parte de la izquierda venezolana fue capaz de doblegarse, de inclinarse sin vergüenza ante un militar que les ofreció el Edén ahí mismo, a la vuelta de la esquina, coartada perfecta para otra vez, como si los relojes no dejaran a su paso la osamenta molida del desbarajuste humano, abjurar en la práctica de la democracia, por burguesa y otras babosadas similares, y rendirse a colectivismos que en mala hora sembraron de fracasos, sangre y miseria a los pueblos que ciegos y esperanzados se echaron en sus brazos.  Mala cosa, muy mala cosa. A ver si alguna vez nos da por aprender. Aunque sea alguna vez. 

11/05/2015

La piel bajo las cosas

    Hay objetos, como ciertos individuos, que llevan una vida doble. Existen cosas en la calle, en la casa, en el abasto de la esquina, capaces de aplastarnos la nariz o darnos un puntapié en plena espinilla cuando menos lo esperamos, cobrando segunda o tercera identidad sin explicación de ningún tipo. Vaya uno a saber cómo ocurrieron los hechos.
    Una mesa, pongo por caso, o unos zapatos viejos. A lo mejor el bolígrafo aquél, la taza en la que bebes tu café por las mañanas, quizás un libro carcomido por los años. Lo cierto es que también la esquizofrenia se instala en un sillón, quién quita en una maleta, y hace de las suyas sin miramientos acomodaticios, por lo que el cinturón que llevas puesto, regalo de tu esposa, de buenas a primeras se convierte en un abrazo, literalmente su abrazo que dura horas, ella colgada a tu cintura mientras tú tan campante preparas el informe en la oficina.
    Si supieras las cosas que puede ocultar un objeto. Dicho y hecho. El tabaco que enciendo en la mesa del café al que llego para escribir esto que lees  es, créeme que es, la extensión del último Bermúdez que fumó mi padre. El humo en volutas forma parte de su exhalación, al punto de que regresa una imagen que no sé si ocurrió o la he construido: siendo un niño de ocho años, vislumbro por primera vez la maravilla de aprender a estarme quieto, empiezo a percibir la magia que supone simplemente contemplar, y ahí está un cenicero y  los restos de un cumanés recién abandonado, su hilo moribundo de humo azul, y ahí estoy, sentado ante la mesa de la sala, absorto frente al cadáver oloroso que el viejo abandonó hace apenas dos minutos.
    La memoria juega al gato y al ratón, lo cual marca el semblante lúdico de cuanto propone. Recordar es necesario, ¿quién se atreve a decir no?, con el añadido no tan bueno de que toda remembranza tiene su carácter, y muchas veces mal carácter, y además platica en voz muy baja, juega al ajedrez a su manera, a la gallinita ciega, a los escondrijos. Tira la piedra y oculta rapidísimo la mano.
    Una taza de café no siempre es una taza de café. La mía, en función de un guayoyo o un con leche, adopta formas que a veces son risibles y en ocasiones inquietantes. Es que si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto, compartirías conmigo tanta realidad babosa en la que allá, en el fondo, sabes que nos movemos. Una taza de café es taza y es amanecer a punto de salir con los niños al colegio, es taza y es olor a grama húmeda pues la abuela te ha ofrecido, hace ya todos los años de este mundo, un bebedizo para calentarte mientras el cielo revienta y cae en forma de aguacero. Mira tú, quién iba a decirlo. Cada objeto viene siendo un baúl sin fondo, así que basta abrir los ojos para asistir al desfile de añoranzas que lleva en sus entrañas. Un desdoblamiento sin contemplaciones, rudo y duro. Una mudanza de pieles a modo de serpiente, que por ofídicas razones termina siempre envuelta en tu pescuezo.
    La memoria suele esconderse justo en medio de eso que ha permanecido entre el corazón y la pupila, todo lo cual supone el arcoiris que te atraviesa de cabeza a pies. Recuerdas con los ojos, con los poros, con la pituitaria, con la lengua y con el minutero, no faltaba más. Ya el doctor Freud se olisqueaba semejante laberinto, fruncía el ceño boquiabierto ante esa maraña, y entonces ahí también quedan los sueños, primitos hermanos de la más pura evocación.
    Qué cosas, cómo son las cosas. Para recordar por supuesto que tuviste que olvidar. Por eso Funes, el memorioso, no tuvo idea de cuánto se perdía. Jorge Luis Borges cometió el acto más ruin contra ese pobre ser: cercenó, amputó, mutiló con precisión de reloj suizo, como si fuera Jack, el destripador de las pampas, a un hombre desde el fondo mismo de su humanidad, es decir, lo expulsó del Paraíso, del entrecruzamiento de reminiscencias en el que felices chapoteamos gracias a la memoria, condenándolo a vagar por los desiertos de la razón sin más. El infierno en la Tierra, no cabe la más mínima duda.
    No hay que olvidar que recordar es vivir, claro. Es revivir, me atrevo a agregar yo. Y en el vaivén de los días elaboramos esa fe de vida sobre la base de reminiscencias, de la relación que establecemos con el primo Leo, con la lámpara del cuarto o con el teclado del computador. No sabes de las cosas que puede ocultar un solo objeto, de lo mucho o poco que al fin y al cabo se agazapa debajo de la alfombra, entre períodos de tiempo dilatados.
    La esquizofrenia de los objetos ata ciertos hilos, tiende una red sobre la que terminas arrojándote mientras acabas el balance contable, mientras das el toque maestro al presupuesto, mientras te enjabonas en la ducha.
    Si tú supieras, mira, si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto.

11/01/2015

Para querer más a Julio

Un documental... Julio Cortázar.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=Yzvj_fbPGv0

10/28/2015

La revolución y el disparate

   Karl Popper mostró que la verdad no es inamovible, es decir, logró enseñarnos que ésta se mantiene en pie hasta que una nueva la hace tambalear. De ahí que en el ámbito del conocimiento cuanto consideramos verdadero lo es por tiempo definido.
   Según Popper, una verdad consiste entonces en algo relativo, y mucho más en el plano ya no de las ciencias naturales sino en el de lo social, donde el saber incrementa su condición resbaladiza. En La sociedad abierta y sus enemigos Popper da en el blanco a propósito de la convivencia humana y las trampas que se le presentan. Nada más peligroso, cuando de gobernar se trata, que aquellos incapaces de entender lo que con tanta suspicacia vislumbró el filósofo austríaco. Si quienes detentan el poder se creen ungidos por certezas infalibles o por verdades incuestionables, entonces se está a un paso del acto de fe, del caudillo iluminado, del personalismo más atroz, lo que llevará tarde o temprano a dictaduras de todos los pelajes.
   Es lo que ha ocurrido con la izquierda recalcitrante, latinoamericana y universal, que como dijera el buen Petkoff, “ni olvida ni aprende”. Aunque hablar de ellas hoy en día implica utilizar el plural (¿acaso pertenecen Lula, Correa, Ortega, Kirchner, Lagos o Mujica al mismo bando?), sabemos que una izquierda moderna termina por aceptar la democracia, la alternancia en el poder, la  economía de mercado, dejando sólo para las gradas el desvencijado sonsonete de sus disparates ideológicos. No existe otra manera que renovarse, modernizarse, para al fin entender cómo generar riqueza y repartirla. Lo otro, esquivar la democracia, es miseria y es atraso.
   Hay que preguntarse lo siguiente: ¿por qué la Revolución Cubana acabó siendo el parapeto destartalado que sin dudas es? ¿Por qué eso que dieron en llamar Socialismo del Siglo XXI se trocó en el patético aquelarre de estos días? Varias razones responden, por supuesto, pero una de las fundamentales es que fueron concebidos en función de una verdad única escondida en la chistera. Fidel Castro, Hugo Chávez y el resto de la feligresía (en realidad ambos han sido los jefes supremos de una religión) creyeron tener a Dios agarrado por las barbas. Se sintieron poseedores de una certeza inalterable.
   Y claro, si quien llega al palacio de gobierno jura que es el último refresquito de la comarca, lo lógico es que pretenda imponer la visión y convicciones que le queman las entrañas. ¿Imponerlas por las buenas?, sería maravilloso. ¿Imponerlas como sea?, ya entenderá el pueblo, si alguna vez madura, que todo se hace por su bien. Más claro, señor Popper, no canta un gallo.
   Por mucho que la realidad les aplaste las narices, hay pocas probabilidades de que un revolucionario convencido entre en razón. Verbigracia: el desastre de la Venezuela actual. Con la inflación más alta del mundo, los índices de escasez entre los más elevados del planeta, la corrupción como jamás antes y la educación, la sanidad o la esperanza en un futuro mejor por los suelos, lo cierto es que los responsables del descalabro de las condiciones de vida en general siempre serán otros. La CÍA, el imperio, la oligarquía, la guerra psicológica, los medios de comunicación o el invento más risible de cuanta cabeza hierve por las fiebres no sudadas: la guerra económica. En fin, no existe espacio para equivocarse: después de la Revolución, sencillamente el diluvio.
   El 6-D crea la posibilidad de plantarle cara a tanta destrucción, con ánimo de detenerla. La realidad, los hechos, la humillación cotidiana que sufre la gente en este país pulverizado, indica que es urgente un cambio. Y el voto es el arma para lograrlo.