4/28/2017

Estos reaccionarios de izquierda

    Durante lo que va de siglo XXI Venezuela ha sido gobernada por una cleptocracia cívico-militar que a estas alturas la ha llevado a un estado de postración, miseria y retroceso sin parangón en América Latina.
    El país que podría ser la Suiza de estas latitudes yace humillado por la vesania de una mafia literalmente enquistada en el poder y cuyos planes no contemplan soltarlo hasta que se pulvericen sus huesos.
    Mala cosa, por supuesto. El gobierno lleva encima el peso del repudio absoluto y nadie, salvo fanáticos y encantados, los quiere. Sabe bien que cualquier llamado a elecciones terminará en paliza, lo cual le eriza hasta el último de los pelos. Al quitar el culo de Miraflores tendrá que enfrentar a la justicia y, considerando cómo está el patio, viendo el bandidaje que destrozó al país, por sus crímenes irá derecho a las mazmorras. 
    Entre quienes dan cuerpo al andamiaje de apoyo   -mínimo, es cierto, pero andamiaje al fin-  con que cuenta Maduro y sus gansters se halla buena parte de lo que ha sido la pedorra izquierda venezolana. Utilizo semejante epíteto, toda una ventosidad él mismo, porque la historia no lo desmiente un ápice: pedorra, por haberse entregado sin vergüenza a los delirios de un militar felón, ególatra y sin luces; pedorra, por tropezar cien veces con la misma piedra y con el mismo pie, y pedorra por su incapacidad  -salvo honrosas excepciones, que las hay-  para enmendar la metedura de pata, trocarse en demócrata y, por último, intentar cuando menos pensar con cabeza propia.
    Dentro de esa izquierda nostálgica de bengalas revolucionarias, de cielos tomados por asalto y de cuanto parapeto ideológico le recuerde los sesenta, ocupa un lugar destacadísimo cierta intelectualidad que, como dijo alguna vez el buen Petkoff, ni olvida ni aprende. Hay que ver, estando ya crecidita como para  percatarse de que un líder mesiánico siempre termina siendo un producto bueno para nada, abrió de cajón las piernas y aún hoy, luego de la tragedia que engulló al país, permanece así, como si nada, feliz ante el relumbrón del poderoso que lanza sus migajas mientras hace las de Atila.
    Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
    Se me vienen los nombres más rutilantes del boato culturoso gobiernero: Luis Brito García, Laura Antillano, Luis Alberto Crespo, Gustavo Pereira, Román Chalbaud, Earle Herrera y un puñito adicional de intelectuales cuya acción -inclinar la cerviz, callar y alcahuetear, permanecer incólumes y mirar para otro lado cuando se violan derechos humanos a mansalva, cuando se lanza a todo un país por el despeñadero de la desesperación, la indigencia y el hambre-  deja entrever la distancia medida en años luz que los separa como mínimo de la condición de demócratas.
    Venezuela saldrá del horror en que se encuentra, no me caben dudas. Pero reconquistar el camino de la democracia y el progreso pasa por  aprender la lección, no otra que desoír cantos de sirena para no caer otra vez en el pozo al que llegamos, con barra, aplausos y apoyos ciegos al iluminado en turno. Estos reaccionarios de izquierda, encandilados por el hombre fuerte, y por supuesto éste, van de salida. Ojalá que por tiempo prolongado. Ningún pueblo se halla vacunado contra la barbarie, la demagogia o la tentación de seguir como corderos a quienes prometen paraísos a la vuelta de la esquina, cueste lo que cueste. No hay que olvidar las palabras de Camus: en política, son los medios los que justifican el fin, y nunca al contrario.

4/23/2017

El ornitólogo y la bailarina

    Tengo un amigo ornitólogo que ejerce su vocación como nadie. No sé él, pero lo que soy yo siempre supe que acabaría observando pájaros mañana, tarde y noche. La verdad sea dicha: el amor existe en mil y una maneras, de modo que mi amigo terminó rendido ante un cupido profesional, es decir, ante quehaceres propios de sus inclinaciones avícolas. Nada nuevo para mí, vuelvo y repito.
    Así como la cadencia de una frase, así como el ritmo particular de sintaxis que lo insinúa todo, así como el lenguaje fascina a quien se precie de escritor, pongo por caso, el bueno de mi amigo vivía cual mentecato, tirado de cabeza, sumergido hasta el pescuezo entre plumajes llamativos, cantos extrañísimos, formas de vuelo que ni te imaginas, ritos de enamoramiento o no sé cuántas maneras de construir un nido. Era su amor,  la entrega sin más a una faena que él eligió y ella también a él desde un chispazo cuyo origen se pierde en algún lugar de su lejana infancia.
    Mi amigo, al cabo de los años, dio con otra forma de entrar en pareja, la usual y no por ello menos enigmática. Ahora sí, una mujer de armas tomar desplegó su propia danza, asomó el destello de sus plumas y como avecilla misteriosa descolocó al buen hombre para siempre. Al caminar ella bailaba, se podría decir que casi levitaba y no era para menos. Había pertenecido desde su juventud al cuerpo principal del  American Ballet Theatre, de Nueva York, y ahora, luego de esa experiencia fabulosa, por otras razones regresaba nuevamente a su país y a su ciudad.
    Da la casualidad de que las casualidades no existen. Entonces el hombre de los pájaros se unió a la dama bailarina, un cisne, una gorriona, o como se diga, una palomilla delicada que tensó a la perfección el arco e hizo su disparo: mi amigo resultó flechado, atravesado, cazado por la presa.  Por algo sería. Y entonces pasaron los días, los meses, los años.
    El ornitólogo y la bailarina frecuentaban mi casa, yo la de ellos, preparábamos café, compartíamos algún licor, solíamos almorzar por ahí y créeme, siempre que los tuve enfrente parecían un mandala haciéndose desde ellos mismos, golondrinas en plena faena, dibujándose en el aire, embebidas, atragantadas de piruetas y revoloteos en picada o en zig-zag, libérrimas por donde las vieras, hasta regresar como si nada, en algún instante mutuamente elegido, a la jaula de lo cotidiano, de su labor diaria con los binoculares y el libro de notas (él, claro) y su perfomance sobre las tablas como práctica nunca abandonada a pesar de no trabajar ya como profesional (ella, por supuesto).
    Eran mis amigos y punto. Eran dos seres únicos llevando a cabo lo que les dio la gana. A diferencia de ti o de mí, habían hallado un canal menos común a la hora de decirse cosas, lo que comprendí desde la primera vez y en silencio concebí como lo más natural e incluso necesario de este mundo. El ornitólogo y la bailarina dominaban su lenguaje y qué más da, quise aprenderlo pero fracasé como bellaco. No es fácil asimilar otros idiomas, lo que combinado con mi edad y mi propensión a cierta practicidad que decidí no combatir jamás, levantó un muro inderribable. Resulta extraño: no hablé la lengua de mis amigos pero la intuí. Y eso bastó.
    Diez años, veinte, treinta. El ornitólogo y la bailarina continuaron en lo suyo. Se amaban, no cabe duda, y cierta vez, empinados sobre el jolgorio de unos besos, untados de sudores confundidos en abrazos, fueron poco a poco, lentamente, abriendo aún más las alas, contemplando como nunca el brillo de las plumas, el canto derramado en tonos que subían o bajaban como si fuese una ópera jamás antes escuchada. Ella levantó mucho los brazos, como para atrapar las nubes. Mi amigo la siguió en el gesto y justo en el último segundo, envueltos en jadeos, bañados de aliento y de saliva, batieron las alas y levantaron vuelo. Jamás volví a saber de ellos.

4/16/2017

El chavismo y el calvario

    Maduro y su pandilla pretenden envejecer en el poder. De eso no hay duda. El chavismo, untándose la cara con preceptos democráticos, llegó a Miraflores para desde ahí socavar el sistema que tan poca gracia le hace. ¿Se saldrá con la suya? Más bien parece que terminará con las tablas en la cabeza, que el país entero le descarga ya una patada en pleno culo.
    Pero vayamos por partes. Eso de la libertad de expresión, a oídos del hilarante presidente que gobierna en Venezuela, lleva en las entrañas un condimento burgués inadmisible. Todo revolucionario que se respete sueña con tomar el cielo por asalto, vive su burbuja de fusil y de montaña. Es la narrativa que lo legitima ante las masas, ante la predecible historia, y no será una aburrida democracia, con su ñoñez paquidérmica, la que sustituya al exultante imaginario y al fuego de artificio propio de revoluciones en su ley. De igual manera, algo tan básico como la alternancia en el poder es cosa de alienados perdiendo su tiempo en formalidades desechables -¿elecciones?, ¡vaya morisqueta capitalista!, ¿división de poderes?, ¡patrañas del liberalismo opresor!-. La lógica chavista, en el fondo primita hermana de la estalinista, sabe únicamente de poder sin contrapesos, dinero a manos llenas, imposición, corrupción y miedo. Con tales variables apretadas en el puño no hay tu tía: obedeces, obedeces y obedeces, salvo que tu vocación ronde la condición de mártir. Pero el caldo se le pone morado, muy negro, cuando la línea de acción, los razonamientos que fundamentan sus disparates, se tuercen en función de desviaciones que no aparecían en el libreto.
    El pueblo respondón, por ejemplo. O una oposición más inteligente, terca y envalentonada. O la pérdida del poder legitimado en sus inicios por una amplia votación cuya esperanza se trocó en colosal estafa, sostenido luego por el piso falso de las bayonetas. Entonces Nicolás Maduro, desnudo en pelotas, sin dólares para el circo, sin amiguitos verdaderos en el orbe  -las focas de antaño están ya creciditas para estarle haciendo caso a un limpio-, sin el falso maquillaje democrático que tanto bien le hizo a Hugo Chávez, da zarpazos a ciegas, reprime a placer, viola con ahínco Derechos Humanos, encarcela a disidentes, amenaza fuera de sí como novio abandonado. En el fondo, Maduro y su combo chorrean pánico, destilan terror gracias a una verdad que les carcome el alma: vislumbran con tino qué les depara el futuro, olfatean como sabuesos sus negros pormenores, sienten el miedo soplándoles en la nuca de sólo imaginarse enfrentando a la justicia, pagando sus crímenes tras las rejas.
    A estas alturas del asunto creo con Fernando Mires -un intelectual lúcido y honesto a quien le importa la realidad venezolana-, que es el momento de exigir sin desviaciones, sin perder el foco, lo que manda la Constitución, es decir, elecciones regionales. Elecciones, ese es el mantra político colgado de la realidad venezolana en los minutos que corren. Si el régimen hizo lo que quiso al torpedear con éxito el revocatorio, si se burló de medio mundo en el fulano diálogo y pretende dar igualmente un manotazo al mandato constitucional de llamar a elegir gobernadores, la oposición debería sin cortapisas, amalgamada, unida como nunca, exigir ahora mismo y desde todos los flancos la realización de éstas, pues hacerlo es acatar el mandato expedito de la ley. Tal es el punto de fuga, ese es el objetivo, y no otro, cuya fuerza abrazada a la legalidad levantó en el presente, como jamás antes, el sólido apoyo de los gobiernos y demócratas del mundo. No es concha de ajo tamaña realidad.
    La dictadura atornillada en Venezuela conoce el resultado electoral de antemano: una paliza de antología, un puntapié en las meras nalgas que la mandará al infierno, por lo que despliega sus maniobras, ya sin vergüenza y sin caretas, para otra vez burlar la voluntad de los venezolanos. La gente decente y los líderes actuales le ponen la mano en el pecho, desde la Asamblea Nacional, desde la razón y la Constitución, desde las calles, al desastre hecho gobierno con el fin de recobrar la senda de la democracia, el bien común y el progreso en paz. La Lucha sin cuartel ahora debe ser, hay que repetirlo mil veces, por elecciones, por el nítido llamado a éstas implícito en nuestra Carta Magna y porque el mundo se ha plegado a ellas de modo contundente, sin ambages, como horizonte constitucional para salir de la trampa del chavismo y sus nefastas consecuencias. Esto hay  que aprovecharlo.
    Ojalá y sea éste el próximo paisaje en el cielo de Venezuela. Y ojalá se aprenda la lección: los cantos de sirenas, los caudillos iluminados, los idiotas disfrazados de estadistas siempre están más cerca de la destrucción, de la ruina y del calvario que de los paraísos ofrecidos justo aquí, muy cerca, a la vuelta de la esquina.

4/07/2017

Magia en las entrañas

    Para algunos toda magia es allanada por la diosa razón. Sale un conejo de un sombrero, desaparece una moneda en la mano, cierta mujer es serruchada en dos. Entonces la razón entra en acción: extiende un mapa explicativo, saca el manual de instrucciones, despliega esa lógica cortante que le da un puntapié a la ilusión.
    De niño, cuando aún dos más dos podía ser cinco, la magia formaba parte de la vida cotidiana, es decir, existía como tal, porque sí y punto, sin nada más que hablar. No obstante, en ocasiones me rascaba asombrado la cabeza preguntándome cosas al respecto  -ya sabes, desde que nacemos nos cuadriculan la mirada, nos entuban los ángulos de entrevisión-. Por fortuna prevalecía la maravilla, el asombro sin muros o alambradas: esa atmósfera de enigma que no necesita de mayores escrutinios y en la que el intelecto culmina, alabados sean todos los dioses, siempre de patitas en la calle. La razón, esa señora que nos esclaviza, ni hacía falta ni se la extrañaba.
    Que yo recuerde, la primera vez que quedé patidifuá por esa sensación llamada mágica fue allá lejos, en la escuela, más o menos a los cinco años de edad. La mudez de la hache  -así como lo lees, mudez, cosa contraria al parloteo-  implicó un mazazo en pleno occipital del logos cartesiano que desde imberbes las Terciarias Capuchinas nos hacían masticar y tragar crudo. Que la hache fuera muda cobraba un aire de irrealidad percibida como el primer oxímoron plantado frente a mí. Sonaba a imposibilidad hecha posible. Menuda paradoja, mi querido Watson. Almohada, hemisferio, cacahuate, ¿sufrían de alguna enfermedad?, ¿habría algún estado patológico en herramienta, en huracán, en hermetismo, que no se vislumbraba en automóvil, cigarrillo o abuelita? Pensar que la hache fuese muda, según el dictum de la hermana Concepción, arrojaba cierta inaprensible idea de que el mundo era menos seguro de lo que imaginaba, más jabonoso que lleno de certezas, más cómico que de ceño fruncido. Empecé a considerar que el universo monta en sus espaldas una palabrita que  sólo pude comprender mucho después: relatividad.
    Como la hache hacía silencio,  pagué caro descubrir sus consecuencias. Es que no podía ser de otra manera, su mudez serviría para jugar, para reír y divertirme. Phelhotha, hombligo, avihón y bihcicleta ya no tendrían nada de extraño, se lanzaban en picada al baúl de los juguetes si el punto era relacionarme con lo otro, con todo aquello ubicado de la epidermis para allá. Htrompo, roboht, therciopelo, fhlor. Así lo escribí en una tarea y así lo repetí en el examen de lenguaje. Suspendido, claro, y encima boleta de citación para mis padres. Vaya problema de marca mayor que me gané.
    Después, transcurridos varios años, quedé patitieso cuando en la Foto Roma de mi pueblo  -un pequeño fotoestudio al que a veces me acercaba para hablar de composición, velocidad y enfoque con Juvenal, el dependiente-  se hizo realidad, como visión  fantasmagórica, primero el perfil y luego los volúmenes, nítidos, muy bien definidos, de personas y objetos sobre un trozo de papel en el cuarto apenas iluminado gracias a un bombillo rojo. Magia pura, magia cubriéndolo todo, magia entrando hasta por los poros. ¿Cómo era posible? El buen hombre, sonriente, explicó de seguidas el asunto, dio en el clavo al momento de desentrañar misterios, pero lo olvidé adrede, lo borré de un plumazo, mandé al diablo cuanto pudiera deshacer encantos.
    Todavía hoy procuro esos estados. Créeme que a mis años echo mano de la magia para que la molienda de la vida real no me triture por completo.  Literatura: magia por donde la mires. Camila y Daniel, mis hijos: magos de cabo a rabo. La calle: varita al más puro estilo Harry Potter con sus cafés, tiendas, semáforos y perros famélicos que lleva en las entrañas el poder capaz de sorprenderte, de obsequiarte a cada paso un coñazo en la nariz.
    En eso ando, con tamaña realidad me encuentro cara a cara. Buena forma de mantener a raya a la locura, o ve a saber si a la cordura. Dime tú si no.

4/04/2017

La dictadura venezolana

    Imagínate que el poder se hubiese utilizado para construir. Imagínate por un segundo cuándo esta gentuza que gobierna a Venezuela terminaría su mandato si únicamente hubiera aplicado parte de eso que llaman sentido común. Imagínate a Chávez, luego a Maduro y después a cualquiera de los incapaces del gobierno, usando una mínima parte del dineral que dilapidaron, que malversaron y se robaron, en función del bien general. Con todo el poder del que gozaron, con toda la popularidad  -la del caudillo iluminado-  que llegaron a tener, con la inesperada fortuna que les cayó del cielo, imagínate, imagínate cuándo semejantes buenos para nada, sin contrapesos institucionales ni oposición estructurada, hubiesen apartado el culo del sillón de Miraflores.
    Tuvieron la suerte de pegar la lotería a propósito del alza astronómica en los precios del petróleo pero experimentaron su antítesis gracias a los demonios que muertos de la risa esparcen sus maldiciones: en este caso ser depositarios de una ineptitud, estupidez y cortedad de luces que mira a dónde hemos llegado. La dialéctica del señor Hegel desamarrándoles la botija, poniéndoles el caldo de morado a negro. Coño, quién lo hubiera sospechado.  
    Negro, eso es. Negro tinta es el presente y ni qué decir el futuro de Maduro y su pandilla. Hoy por hoy, ¿adónde fue a parar el capital chavista?, pues sencillo, a las cloacas, a las alcantarillas, al arrojadero de los desperdicios. El gobierno autoritario del Galáctico, atragantado de dólares, prepotencia y mesianismo, derivó en el lastimero perfomance  de un triste bailador de salsa, hazmerreír del universo. Un dictador con todas sus letras cuya última gesta ha sido despachar de un plumazo, vía los esbirros del Tribunal Supremo de Justicia, la máscara de cierta democracia transformada en mueca desde comienzos de siglo.
    La peligrosidad del régimen que ahora patalea aumenta en forma directamente proporcional al nivel de excrementos que llega a su pescuezo. Maduro sabe, junto con su banda, que soltar el poder es sinónimo de juicios, de cárcel, de fin de una locura que jamás debió ocurrir. Lo saben y se aferrarán con dientes y uñas, a como dé lugar, a costa de lo que sea, a él. No hay vuelta atrás. Los demócratas de mi país, en las horas cruciales que vive Venezuela, tendrán que desplegar el abanico de imaginación, creatividad, previsión, inteligencia y coraje que la situación actual exige sin demora.
    El gobierno de Maduro, campeón de la trampa, del embuste y de la intolerancia, violador sistemático de los Derechos Humanos y con toda seguridad uno de los más corruptos de la Tierra, no es, como la propaganda oficial se encargó de proferir cuando había el dinero y el músculo suficiente, un gobierno progresista, de izquierda o cosa que se le parezca. Encarna una clara dictadura militarista, retrógrada, delincuente como todas, entregada por si fuera poco a la satrapía cubana. Al momento de escribir estas líneas, hasta la Internacional Socialista condenó el autogolpe, ridículamente “revertido”   -impase lo llamó el cándido salsero-  por el Tribunal que emitió la sentencia al servicio del Ejecutivo.
    Las democracias del mundo, la gente decente y de buena voluntad no pueden hacerse de la vista gorda ante lo que ocurre en Venezuela. Un gobierno incapaz de gerenciar con un mínimo de resultados positivos, vinculado además con lo más impresentable en el marco de los líderes mundiales, que hambrea y reprime a mansalva, que llevó a la catástrofe humanitaria a una república cuyas riquezas naturales y talento humano pudieron convertirla en la Suiza de Latinoamérica, es un gobierno que debe estar de patitas en la calle, respondiendo ante jueces por sus crímenes. Elecciones, como manda la Constitución, es lo que deben pedir con contundencia y presionar en serio para que se produzcan, la oposición interna, que es mayoría sobrada en el país, y la comunidad internacional. Será la única manera de que Venezuela se enrumbe por otros derroteros: el de la paz, la democracia recuperada y la construcción del futuro que merece. Tal realidad no debe perderse de vista. Por ningún motivo.

3/29/2017

Me enamoré de un maniquí

    Hay gente que vive enamorada y eso es bueno. Por supuesto, hablar de amor no pasa necesariamente por el cedazo de la relación de pareja. Que un hombre o una mujer, o un hombre y un hombre, o una dama con otra dama se metan de cabeza en los vericuetos del corazón, pues muy bien. En fin, que de amores (y desamores, claro) está hasta las narices el universo, de modo que hoy me dio por hacerle cosqu8illas a tales asuntos.
    A mis cuarenta y siete vueltas al almanaque estoy casado, con hijos, trabajo y toda la parafernalia. A falta de perro, Daniel, mi hijo menor, tiene un hámster y créeme que al pobre sólo le falta ladrar. Con mi pareja pienso envejecer, a no ser que un mal día me ponga de patitas en la calle, Dios y los santos me libren, pero otros amores  -todo hay que decirlo-  me atravesaron de cabo a rabo desde que tuve uso de razón.
    Vamos a ver. De chico me enamoré de un maniquí, de mi maestra y de una actriz de culebrones, en ese orden. En la calle Miranda de Upata, cruce con unión, la tienda La Selecta disponía para sus atuendos ciertos maniquíes de muy buen ver. Recuerdo a Lucía, una muñeca blanquísima y de formas que me dejaban boquiabierto. La bauticé Lucía ve tú  a saber por qué, y cada vez que salía de casa y me daba de frente con la vitrina que era el hogar de mi amada, soñaba con que alguna vez saldría de ahí para vivir por fin nuestra historia de amor.
    Después rodé cuesta abajo por una maestra en cuarto grado. Ya a esos años, mis ocho o nueve, disfrutaba con la silueta de sus piernas insinuadas a través de una ajustada falda colada bajo el escritorio. Por aquella maestra, compañero, vislumbré lo que era patear la calle de la amargura. Iba feliz al colegio pero hasta ahí, nada de coger apuntes o concentrarme en lengua o geografía. Me hice experto en soñar despierto, en deambular lelo, en papar moscas y en imaginar que la maestra descargaba a cada instante una punta de caricias sobre mis mejillas, sobre mi frente, sobre mis cabellos rulos. Menuda inocencia entremezclada con erotismos incipientes.
    Pasado el tiempo, a los diez u once, terminé fulminado por Amanda Gutiérrez y sus apariciones en el canal ocho. Era la belleza personificada, una especie de Venus televisiva que hacía acto de presencia, diosa total, en mil capítulos de una serie que no estaba dispuesto a perderme por nada de este puto mundo. El romance duraba hasta el ocaso de la telenovela. Entonces fin de la historia, adiós Venus y sus carnosidades, bienvenida la resaca.
    De amores y amoríos cada quien tiene su historia y bueno, la mía lleva en las alforjas el recuerdo de tres gestas que me reventaron el piso. No sé si las maestras de ahora guardan el sello de la sensualidad. En las actrices de estos tiempos extraño el garbo, aquella mirada lúbrica, punzopenetrante, y la estampa chorreante de erotismo de Gutiérrez, pantera de la tele. Y aunque no todo tiempo pasado fue mejor, cierta nostalgia me agarra por el cuello para remarcar entre brumas las figuras de una hembra. Hay que ver, los laberintos de la memoria. Hay que ver.

3/12/2017

Puntos de vista

    Como estamos acostumbrados a nuestra estatura, miras con los mismos ojos el horizonte que tienes enfrente. Yo, que alcanzo 1.83, tengo un particular punto de enfoque. Tú tendrás el tuyo, y así.
    Un amigo rompió todos los esquemas al respecto. “Verás”  -me dijo un buen día-, “no hay nada mejor que ubicarte a ras del suelo para hallarle otro sentido a la existencia”. Mi amigo, que tiene cara de distinto pero no de atolondrado, lleva una punta de años dale que te dale, observado cuanto le rodea desde planos que en nada se parecen a los típicos, esos que tú o yo nos embolsillamos y transformamos en costumbre porque no abunda, qué le vamos a hacer, eso que llaman ojo clínico, creatividad, imaginación, y ya, dejémoslo hasta aquí.  
    El bueno de mi amigo acostumbra echarse de espaldas sobre el piso para ver mejor. Y a veces, créeme, lo encuentro gateando por la biblioteca de su casa, o hurgando entre las patas de los muebles, o haciendo piruetas bajo el escritorio. Total, cuando le pregunto al respecto siempre termina por lanzarme idénticas respuestas: es desde el piso como puedo figurarme otros ámbitos, diversas regiones jamás imaginadas, nuevos planos inexplorados de las cosas.
    No, mi amigo no necesita del psiquiatra. En la única ocasión en que se lo propuse, hace ya más de veinte años, se tomó a pecho mis palabras y al día siguiente fue y sacó la cita. Él y su tratante terminaron discutiendo ciertos problemas de la vida en cuclillas, y en ocasiones acostados boca abajo, reptando sobre la alfombra del consultorio, de modo que el discípulo de Freud aprendió una nueva técnica, tan eficaz según confesó él mismo después como la hipnosis o el psicoanálisis.
    Es que se cuenta y no se cree, repite cada vez que nuestros encuentros nos llevan a tocar el  tema.  Hay ángulos invisibles en una cafetera o una ducha cuando te metes de cabeza en la atalaya de lo común,  del  día a día, y de pronto puntos de fuga, giros particulares, planos renovados que cobran los objetos si vislumbras tu mundo a la altura de un niño pequeño, pongo por caso. Tonos de luz, caminos nunca antes andados, sendas apenas descubiertas por el ojo de la monotonía.
    Ya ves, mi amigo tiene bastante de filósofo aunque ni siquiera lo sospeche. La verdad es que  -para qué decir sí si no-  son más las veces que me he rendido ante el peso de su convicción que las ocasiones en que, atravesado por la lógica aprendida en el colegio, intenté desbaratar su modus operandi. De cualquier modo, cada quien con su cada cual, al punto de que yo soy yo y mis circunstancias, como dijo el otro, y mis circunstancias están plagadas de dos más dos igual a cuatro, y cuatro y dos son seis, y pienso, luego existo, todo adobado con ciertas monsergas de lo más académicas, planchaditas y almidonaditas, fíjate cómo van siendo las cosas.
    Mi amigo, cuando el nivel de nuestra charla finaliza en puntos muertos, es decir, conmigo frunciendo el ceño más de lo debido, se agacha sin anunciarlo, continúa escuchando lo que parloteo, enciende un cigarrillo y asiente sin dificultad.  A esas alturas su argumento resulta irrebatible. Y pasamos a otro asunto.

3/02/2017

La chica de las tetas perfectas

    Así como lo lees. Podrás objetar que la perfección es subjetiva, que en realidad cobra vida sólo en función de un ideal que cada quien lleva entre ceja y ceja, que no existe ni existirá jamás, y la verdad es que me importa un rábano. He visto la perfección a tres metros de distancia y, como dijo el poeta al hablar de la belleza, la senté en mis rodillas, con la pequeña diferencia, señor Rimbaud, de que ni la encontré amarga ni  la injurié.
    Todo lo contrario. De ese sueño magnífico, de transformarme en cabalgadura para que deambule a sus anchas, puedo decir que desperté con la certeza de haber dado un mordisco al Paraíso. Créeme, he visto a la perfección dando brincos a su antojo mientras hojeaba la página ochenta y tres de El limpiabotas del Padre Eterno, un cuento de Max Aub. Alcé la vista desde esta mesa en el Sweet&Coffee y ahí estaba, hecha carne y hecha huesos con toda la desfachatez del mundo haciendo de las suyas.
    Voy a coincidir con San Agustín cuando le preguntaron por el tiempo. El santo respondió que frente a semejante interrogante no tenía la más mínima idea de qué diablos podría ser, pero una cosa estaba de anteojitos: al desaparecer el tono de consulta entonces claro, daba por sentadas de pe a pa y con pelos y señales las respuestas al enigma. Pues bien, mejor enfoque imposible. Toda perfección es prima hermana de ese tiempo, entra en el mismo saco, comparte iguales quebraderos de cabeza, de modo que el tamiz de la razón termina siendo un estropicio inservible, funciona para todo menos para dar en el blanco en asuntos de intereses  cartesianos. He visto a la chica de las tetas perfectas y punto, verdad absoluta, aparición indiscutible.
    Imagínalas como te dé la gana, total, lo probable es que no coincidamos y qué importa. Sin embargo, mira cuánta casualidad, tu perfección y la mía gozan del mismo afán e idéntico punto de fuga, diríase que van por ahí sin negarse al próximo bar, sin amedrentarse frente a la enésima cerveza de la noche. La chica de las tetas perfectas cumple su función, alcanza la cota máxima, humedece los rincones con esa baba fosforescente que a todos despierta y pone alertas.
    Juro que vi a la perfección y la senté en mis piernas. Ella sonrió y luego nada,  por completo nada, apenas esa cosa espumosa que grita mírame, aquí estoy, cuando tres más dos ya no son cinco. Entonces cuentas con los dedos o sacas la calculadora pero ni así, a las sumas y a las restas les da por flotar ahogadas en el pozo séptico próximo al café que sirve de trinchera para traquetear con las ideas, con las palabras, esas doñas vestidas de negro incapaces de hacer nido en tus bolsillos.
    La chica de las tetas perfectas pasó como saeta a un palmo del lugar en el que escribo. Toda perfección es, lo sé hace ya mil años, el producto observable del cada quien que supura por los intersticios del escrutinio, el tuyo o el mío, risueño y feliz el muy degenerado. Y qué le vamos a hacer, San Agustín lo vio con ojos que para qué te cuento, así que basta con la imagen, con las tetas de infarto que a plena luz de día se abren paso entre el universo torcido que, te guste o no, acaba por engullirnos como si fuésemos bocado de un tercero que ve tú a saber cómo nos mastica, nos traga y nos digiere.
    La chica de las tetas diez taconea a su antojo, mueve las caderas frente a tus narices, te hace trompetillas, saca la lengua con ánimo de burla para que no seas bestia, para que por fin aprendas. Después, hay que ver, fumas y piensas, y deseas,  y pretendes tomar venganza a tu manera, por lo que coges el papel con ganas de escribir tres pendejadas. Y así. Es que la perfección tiene sus intríngulis, Cantinflas creo que dixit. Con toda razón, vaya, con toda razón.

2/24/2017

¡La democracia, joder, la democracia!

    Hay quienes juran que la democracia es una flor silvestre que se da como si nada. Craso error, por supuesto. Si le echamos una ojeada a la rueda de la historia es posible notar cómo despuntó apenas con Pericles y luego, tal como la conocemos, hace cuestión de dos centurias. Nada, un suspiro llevado a escala histórica.
    Lo normal, la regla común en el devenir humano ha sido que algunos, los poderosos, los ricos, los bien relacionados, los que se ubican por re o por fa en el vértice superior de la pirámide en cualquier época y lugar, usen como cabalgaduras a los desvalidos, es decir, se encaramen sobre la mayoría. La vuelta de tuerca que significa el hecho democrático consiste, por primera vez, en inventar una forma de convivencia capaz de frenar la tendencia milenaria a que el lobo siempre devore a los corderos. Se trata, más que de un sistema social, de una cosmovisión, de un modo de vida, en fin, de una cultura.
    Por eso la democracia no lleva en sus entrañas garantía alguna de justicia social, progreso, paz o felicidad, pues acceder a ella dista años luz de que en verdad consista en cerrojo frente al camino de regreso a la barbarie. Quien piensa de esta manera se equivoca y, lo que es peor, abre de par en par las puertas al pasado que suponía conjurado.
    Leo en el portal Prodavinci (www.prodavinci.com) una crónica en la que algunos jóvenes comentan sus expectativas, sus esperanzas y desencantos a propósito de la destartalada Venezuela. Una chica afirma lo siguiente: “yo solía estar enamorada de la política, pero últimamente muchas cosas me han hecho cambiar de parecer. Que los políticos no trabajen para la gente es muy grave. La mayoría de las decisiones son tomadas arbitrariamente. Antes al menos disimulaban preguntándole al pueblo. Ahora eso no sucede”. Y ahí aparece vivita y coleando una bomba de tiempo. Si la democracia es una especie rara en nuestra civilización, si hay que cultivarla y mantenerla con uñas y dientes, si requiere alimento diario para no morir de inanición, entonces lo contrario implica darle palos por todos los costados. Cuando para alguien la política y la democracia son sinónimos de vileza, de dolo, de mugre amalgamada con lo menos elevado, quedamos a un paso de populismos capaces de roer la madera más noble de cuanto ellas suponen. ¿Ejemplo?, lo sucedido en la humillada Venezuela. Los polvos del pasado, con una clase política y una sociedad civil sordas, de espaldas a las necesidades de los más necesitados, trajeron estos lodos, barriales fraguados por unos gobernantes cuya única propuesta es esa torcedura de la inteligencia llamada  “Socialismo del Siglo XXI”.
    Que una caterva de imbéciles, gente que se sirve de la política, que se empina sobre la democracia para medrar y enriquecerse, que está dispuesta a engañar, arrasar y destruir haya tenido alguna vez público de sobra para sus sandeces, lleva en las alforjas el germen perfecto para socavarla. Van a ser muchos quienes, decepcionados por los magros resultados de nuestras enclenques democracias, paren las orejas ante el relumbrón de caudillos, iluminados, hombres fuertes y demás bichos en la espesa fauna de los Castro, los Chávez, los Perón, los Trump, los Ortega y dejémoslo hasta aquí por razones de mínima asepsia.
    Alcanzar la democracia es infinitamente menos complicado que conservarla, no cabe duda, lo cual exige estar alertas, pendientes mañana, tarde y noche, porque ella, hay que repetirlo mil veces, no es vacuna contra la peste de autoritarismos, fascismos,  populismos y demás ismos que en el mundo han sido.
    Leo también en El País Semanal lo que escribe Rosa Montero: “la única manera de luchar contra la deriva ultra de los Trump y los Brexit es la regeneración democrática”. Créeme, no le falta razón. A ver si de una vez espabilamos.

2/20/2017

La otra historia

    Hay gente que vende a su madre por triunfar. Vaya uno a saber qué vericuetos cobran forma en la caja craneana de algunos, pero en fin, desde que tengo uso de razón me atrajo mucho más el fracaso  -o cuando menos el no dar del todo en el blanco-  que cruzar la meta antes que los demás.
    Quienes se desviven por alcanzar sus sueños guardan entre ceja y ceja cierta condición robótica, es decir, tengo la impresión de que saltar la verja que da al mundo de los proyectos cumplidos lleva en las entrañas bastante de quehacer condicionado, kilos de Pavlov haciendo de las suyas toda vez que te desvives por la medalla o los aplausos. En el fondo suena siempre la misma campanita, cling-cling, y otra vez salivación, otra vez la línea del horizonte que te guiña un ojo, que te llama con el dedo mientras se alza un poco la falda, cruza las piernas y  te deja ver las  medias negras hasta lo más profundo de los muslos. Pavlov a pleno día cuchillo en mano, digo para que despabiles.
    Caer, no necesariamente con estrépito,  es lo normal, es esta realidad monda y lironda que te da un coñazo a cada instante en la nariz. Sin embargo no falta alguien empeñado en pervertir, en trastocar, en transitar de triunfo en triunfo de modo que esos pequeños fracasos terminan convertidos en vivencias infernales. Cuando perder bien puede transformarse en punto de apoyo para al fin ganar, ciertos imbéciles están ahí  enarcando las cejas a lo Bogart, porque así es el negocio, viejo, porque debe ser ganancia diaria, en cash para remate, cigarrillo ladeado de por medio, mira tú, que si te descuidas me quedo siempre con la chica guapa.   
    Pero decía arriba que prefiero el halo gótico y mediocre de algunas historias particulares al relumbrón de los flashes tan ansiados por cualquiera. No sé tú, pero jamás he concebido esto que se llama vida como gabinete para exhibir lauros.  Debe ser porque los de verdad no caben en ciertos espacios cuadriculados. Y entonces volvemos a lo mismo: el hilo de algunos esfuerzos en vano resulta mucho más interesante, humano, curioso y digno de emular que el final rosadito al puro estilo muchacho de la película.
    Todo evento que termina con bonita música de fondo es asimismo un relato de fraudes agazapados. Los finales risueños son también el engendro de opacidades que conviene más esconder bajo la alfombra, no vaya a ser que tanta carcajada acompañada de buen vino se torne grisácea al contacto con el sol resplandeciente. No sé, la verdad es que no sé. De niño me simpatizaron los segundones, los últimos de la fila, los creadores de tramas que se imponen a codazos y a mordiscos, sin cámaras que les sigan los pasos, y ellos me caen bien desde esos tiempos. No brillar en los noticieros va siendo sinónimo de esa cosa magnífica, llámala como quieras, que encuentras en medio de las piedras o a milímetros de las espinas, pienso y sostengo. Lo demás es huevo de pato, moco verde embadurnando pañuelos de seda, perfume transitorio entre los senos de la dama.
    La otra vez, leyendo uno de sus cuentos, el gran Benedetti me salió con esto: “en toda victoria histórica hay algo de turbio, de injusto, de obsceno”. Entonces sí que me agarró por las pelotas, el muy cabrón.  Por eso me gusta la cara oculta de la Luna, el envés de la trama, la dulzura que suelen llevar encima ciertos nobles fracasos.

2/17/2017

Un clásico

Una canción de Luis Eduardo Aute que me acompañó en la adolescencia. "Las cuatro y diez".

El link:  https://www.youtube.com/watch?v=56W8zudUAy0

2/10/2017

El Comandante

    Leo una entrevista a Moisés Naim y pienso: qué cojones. Vargas Llosa tiene razón, digan lo que digan los envidiosos, los izquierdosos y los ultrosos. Vamos a ver, doy una pasadita por twitter y ahí está, salta como liebre, brinca aquí y allá, satura los rincones de la virtualidad hecha espectáculo, al por mayor, al quién da más. Parece que es verdad, atravesamos la cultura de los flashes, del relumbrón mediático, del jaleo sin peso específico al más puro estilo hard show bussines .
    Me refiero a la serie El Comandante, que según el entrevistado no es biografía alguna de Hugo Chávez sino exactamente lo contrario, una obra para la televisión inspirada en cierto libro de su autoría, cargado hasta el cuello de ficción. Despacho la entrevista y quedo satisfecho. Las ideas de Naim siempre me han parecido ejemplos de conexión con el cerebro, con el mundo que nos toca transitar para bien o para mal, duro, complicado, universo rosadito a veces e hijo de la gran puta casi siempre. Entonces me digo: hay que ver. Una serie de sesenta capítulos dedicados nada menos que a Chávez. Supongo que el hombre es garantía de éxito, que su popularidad, sustentada en el histrión que encarnó, es más que un  buen aval si se trata de vender. La Sony no tiene un pelo de tonta. ¿Qué hizo, después de todo, Hugo Chávez en su vida sino vender y vender? Se vendió a sí mismo y la pegó, vendió un proyecto delirante y tuvo fortuna, y vendió un país a los demonios de la sinrazón con idéntica buena suerte.
    Entonces paso la vista a mi álbum particular de personajes latinoamericanos con lustre e impronta indiscutible. Aparece Óscar Arias, irrumpe Fernando Cardoso, imagino a Rómulo Betancourt, vislumbro a Carlos Rangel, pienso en Ricardo Lagos, en fin. Revuelvo imágenes en sepia de individuos que metieron sus narices con respetabilidad en la política y nada, que alguno de ellos protagonizara tamaña serie es algo que únicamente puede ocurrírsele a un desquiciado. O sea a mí. Bancarrota por donde lo mires. Al lado del Che y Fidel Castro, acota Naim, “Chávez es el líder político de mayor fama mundial en estas latitudes”. Por eso la peliculita y por eso andamos como andamos, concluyo aún con la entrevista en las manos. Un sesudo Rangel, un pausado Lagos, un estadista como Arias, embutidos en esas aburridas formas que echan mano de la legalidad, del diálogo, de la tolerancia, untados por el ritmo lento que exige el actuar y el hacer desde las exigencias democráticas, ¿qué pueden buscar frente al vértigo castrista o el ventarrón mitómano, embrujador, hilarante, del caudillo venezolano? Un pepino. Nada entre la nada.
    Que Sony Entertainment Television haga su agosto llevando a la pantalla chica lo que le venga en gana, vale. Pero que la peste política, es decir, dictadores eternos o aprendices de tales gocen de los favores del público, que se embolsillen el raiting cuyo punto de fuga es la alfombra roja de Hollywood, indica una tara que ve tú a saber cuándo pasará a la historia. Vargas Llosa y su civilización del espectáculo, no te quepa la más mínima duda. Cala mucho más el estruendo descocado de un Chávez que se jura pieza clave de la historia, con sus disparates y megalomanía a cuestas, que el aire sosegado de demócratas refractarios a estruendos de la lengua y terremotos tras sus pasos, pongo por caso.
    Con razón el Socialismo del Siglo XXI, ensalada con la vinagreta más amarga de estos tiempos, tuvo tan espectacular acogida. Los exquisitos paladares de aquella rocambolesca fanaticada premiaron con creces el experimento de un recetario a punto de caramelo, o sea, listo para la intoxicación generalizada, a reventar. La civilización del espectáculo, dime tú si no, haciendo de las suyas por donde eches el ojo. Digerir un plato semejante fue darse de bruces con el macabro resultado de sus invectivas. Pero lo importante aquí ha sido y es el tintineo de copas, el relumbrón fulgurante, la atracción fatal que un encantador de serpientes ejerce en función de la histeria, del hígado  y las gónadas. Ese eufemismo que dieron en llamar carisma.
    Sostiene Naim que la serie está bien hecha, mejor actuada, magistralmente escrita. Y no lo dudo. Pero de Chávez Venezuela tiene suficiente. Lo que soy yo, paso la página. Enhorabuena la democracia otra vez, más temprano que tarde, amén.

2/06/2017

Quijotes de papel

    La diáspora venezolana, como toda diáspora, levanta una polvareda que con el tiempo pasará de largo. Estoy seguro de que las cosas volverán más temprano que tarde a su lugar, pero vamos, el cuándo o cómo de semejante regreso al equilibrio no es lo que pretendo para la página de hoy.
    Hay de todo, pero abundan cagatintas que señalan con el dedo, que acusan y cubren de epítetos made in las mazmorras del hígado a quienes cogieron una muda, dos peroles y se largaron, y habladores de pendejadas cuya lógica es tan patética como hueca: eres un desalmado porque te vas, eres muy nacionalista porque te quedas. 
    Confieso que me tocan el ganglio de los cojones quienes practican tamaña ética maniquea, hermanita gemela de esa otra con que el sumo sacerdote de la religión chavista infectó cajas craneanas, sesos si los había y cuanto patuque haya existido en los confines de tales cavidades. Una ética al servicio de ciertos chasquidos de la lengua que apelan a la conveniencia, fraguada a ras del suelo, incapaz de elevarse aunque sea medio centímetro pensando en la vergüenza al menos. Al carajo. Es la de esta gente una forma de mirar jamás dispuesta a estirar el pescuezo para  vislumbrar que el mundo no acaba en los límites de la comarca, ahí donde nacieron, se criaron y juran como mero centro de lo habido y por haber. Dicho en corto, para que me entiendan: una ética que se enreda en la idiotez de sus abanderados.
    El año pasado hurgaba en el portal de cierta universidad extranjera y descubrí un llamado a concurso para profesores. Nada mal el asunto, me dije, así que hice click click y continué leyendo. Lo normal, lo básico, lo que cualquier académico sabe que tiene que desarrollar aquí o allá: docencia, investigación, extensión, seminarios, congresos, conferencias, en fin. Anoté requisitos, preparé mi asunto y nada, ahora escribo esto fuera del país, ese pedazo de tierra tan mía como de quien salió antes o saldrá después. Una Venezuela que navega a sus anchas en mi adn, con más fuerza que aquella instalada en la bandera o en el himno de tanto chauvinista lápiz en mano tejiendo disparates más que peligrosos, estúpidos y reduccionistas. Lo primero, porque del patrioterismo ramplón a las exclusiones fratricidas hay pocos pasos, y lo segundo y lo tercero por simple derivación comparativa: endilgar adjetivos perversos a quienes cruzan las fronteras se parece demasiado a etiquetar del mismo modo a los que no lo han hecho, aunque se hayan ido del corral, del grito a coro, apartado del llamado de la tribu, de la recua dictando su sentencia: piensa como yo y serás patriota, piensa distinto y eres un escuálido.
    Al carajo, vuelvo y digo. Leyendo el otro día un cuento de Benedetti, aquí, en el mismo café al que regreso cada vez que puedo a escribir algo, encontré esta frase memorable: “Los lugares valen por los recuerdos que dejan”. Y de seguidas esta otra que apunta al mismo blanco: “Los más entrañables son los lugares ya cargados de memorias”. Y eso es, eso basta. En cuanto a mí, abrazo la ciudadanía universal, el librepensamiento, en fin, eso tan apetecido y tan poco entendido como la libertad. EL cosmopolitismo, ubicado en las antípodas del provincianismo de anteojeras, da para hacer más por un lugar, por una geografía, echando mano del mundo, que es lo mismo que decir del horizonte ancho, abierto, cargado de posibilidades. Hay que ver, pienso. Aquí, a media pulgada de donde me encuentro, existen quienes superan con creces en su entrega de esfuerzos, alma y energías por una causa al grupito histérico de opinadores sin remedio y a tuiteros enchinchorrados cuya arma de destrucción masiva es Nicolás, vete ya. Menuda tarea la de estos caballeros, quijotes del teclado, sin rocín, lanza en ristre ni escudero.

1/29/2017

Obra y gracia de los sueños

    Hay gente que se atreve a bailar, a comer platos exóticos o a lanzarse montada en un kayak por las cataratas del Niágara, pero no a pensar. Pensar, lo que se dice vincular A con B para llegar a C, parece que cuesta un ojo de la cara.
    Lo digo por mí, claro. De adolescente, cuando juraba por todos los dioses que tenía salud de roca, que sería por siempre joven y que de ñapa era inmortal, imaginaba también que en el arte de mover las neuronas corría cien metros planos en nueve segundos. Fíjate qué forma tan común de creerse pensante, de  darle y darle a la materia gris, pero en reversa.
    Después, ya en la primera adultez, continué alimentando la seguridad de que día a día dibujaba el perfomance de alguien entregado a los quehaceres del intelecto. René Descartes en pleno siglo XXI, haciendo de las suyas con este graffitti pegado de la frente: pienso, luego existo. Y lo demás huevos de pato.
    Hasta que alguna vez soñé un sueño al mejor estilo Borges, o creí haberlo soñado, qué más da, o pretendí soñarlo pero ya ves, lo imaginé quizás sentado en la nada romántica poceta o en medio del profundísimo relax que a veces nos pesca metidos en la ducha. Lo cierto es que soñé o quise soñar que me soñaban.
    A partir de esa experiencia, que bien pudo haber nacido, como he afirmado arriba, en el nada filosófico baño de mi casa, terminé convencido de que ciertos hilos nos llevan y nos traen, nos incitan a amarnos o a odiarnos, nos meten de cabeza en un mundo que es baba onírica chorreada por otro mientras ronca a pierna suelta, ve tú a saber dónde, cómo, cuándo y por qué.
    Ponte a pensar (o mejor, ponte a creer que piensas) y vislúmbrate abrazado, acurrucado con tu novia. Mírate de cabo a rabo preparándote para ese examen del viernes. Échate el ojo llevando a tu bebé en brazos y cuéntame. ¿Te parece de lo más interesante el sueño de alguien, donde existes por los pelos de un mosquito? ¿Reconoces una puesta en escena que es claro ejemplo de la siesta que supones nada menos que tu propia vida?
    Cuando descubrí que somos consecuencia de la resaca de un tercero, que formamos parte de alguna pesadilla, de cierta indigestión que nos echó afuera mientras el enfermo dormitaba largo a largo en un colchón, sentí casi tocar el misterio de lo humano. Créeme, jamás sospeché que al fin y al cabo todo fuese tan sencillo. Por eso hay gente noble y tierna como una fruta en su momento, o endurecidos al punto de competir con las piedras. Nacieron de un camarón sublime, placentero, luego de que sus soñadores practicaran el amor como bestias saturadas de afecto y de deseo, o son la evidencia tosca de sueños cuyo seguro antecedente fue dormir la mona después de una oscura decepción.
    La verdad es que por donde lo mires eres la obra magna, colorida, sublime de ese que te lleva en un bostezo y, quién se atrevería a lanzar un no, hasta emanación gaseosa de otro que te expulsó como ventosidad en sus rudos forcejeos con Morfeo. Es que todavía no salgo de mi asombro. Es que, dime tú si no, todo esto se cuenta y no se cree.

1/23/2017

El café de la felicidad

    De entre las cosas que suelo hacer con mis dos niños, leer juntos es quizás la que nos gusta más. Desde hace años labramos una secreta complicidad, savia y médula de algo que jamás abandonamos: meternos una tarde completa en los bolsillos y largarnos a nuestro café preferido sólo a aventurar entre la tinta y el papel.
    No ha sido difícil lograr que saboreen con gusto la palabra escrita, como no ha sido de mayor complicación llevarlos a comer helados. Claro, un libro es tan placentero como el sundae de chocolate si tienes el cuidado de presentarlo así, de vivirlo como tal.
    Aunque sus gustos son diferentes, Camila y Daniel piden el menú que mejor sienta al paladar que poco a poco afinan. Ella delira por historias juveniles donde chorrea cierto universo que se parece a sus sueños, esperanzas o elucubraciones, y él engulle comics que ponen patas arriba el mundo cuadriculado que soporta a diario en la escuela, en la casa o en los diálogos con los mayores. Y yo, lo que soy yo y alabado sean todos los dioses, me hago feliz, babeo alegría metido en mis papeles, ahí en la esquina de la mesa del Sweet and Coffee al que me traen para que mil aventuras revoloteen entre nosotros como ranas saltarinas de mano en mano, de silla en silla y de emoción en emoción.
    Si leer fuese una maldición divina los libros equivaldrían a la quinta paila del infierno. No es así. Sabemos que no lo es, pero sin embargo medio mundo se pregunta cómo hacer para que los niños y jóvenes se acerquen con curiosidad de gato hambriento a poemas, cuentos o novelas. Y quizás por ahí ande la clave, entre brincos a lomo de enigmas que despiertan apetito de saber. Un niño es muchas cosas  a la vez, pero sobre todo manojo de inquietudes con la interrogante siempre colgada del pescuezo. No conozco cajas de pandora tan sorprendentes como los buenos textos, como las buenas historias. Ésas pueden ser el gancho.
    La otra vez sonó mi celular y era Camila. Llamaba para hacerme el reclamo más serio que a sus once años había llegado a pronunciar. La hora de irnos al café se pasaba, yo no aparecía aún y ella, según sentenció, no aceptaría excusas. Hice a un lado lo que me ocupó, despaché con rapidez al latoso que pedía algún dato para el informe del jueves y, desanudando la atadura con esa burocracia que termina engulléndote aunque no te lo parezca, acudí a la cita más importante de este mundo.
    De lo demás ni te cuento. Las andanzas desde nuestra mesa transformada en océano para navegar como Simbad, el rostro iluminado de esa niña que tiene la gracia de Alicia en el País de las Maravillas, su sonrisa desbocada porque un trozo de tiempo compartido nos espera con los brazos abiertos, valen toda la riqueza que pueda imaginarse. Un libro, un café de la calle, mis pequeños conmigo y el universo entero rendido a nuestros pies. Nada más que pedir.

1/20/2017

Ver y no ver

    Hace poco di con un escrito que me pareció soberbio. Lo que leí, un texto sobre salud de esos que sirven para todo menos para curar, hizo las veces de relajante en su más genuina significación, es decir, me olvidé de los problemas y me concentré en historias médicas  -horrible pasatiempo, ya lo sé-   que vaya uno a saber por qué diablos terminan por encantarme. Conmigo ha sido siempre así, qué le voy a hacer.
   Lo cierto es que de la revista en cuestión no pude desprenderme hasta devorarla de un tirón. Ciento cuarenta y seis páginas de una pesquisa al más puro estilo Sherlock Holmes, donde una patología de lo más extraña, querido Watson, hace de las suyas con la complicidad del anonimato.
    Me explico: ceguera facial, que es como se llama la asesina en serie, consiste en un mal que pulveriza, que hace añicos la humana particularidad de reconocer rostros. Así como lo lees, te coge por el pescuezo semejante monstruo y hasta ahí llegaste compañero, entras de cabeza en un mundo desconocido, imposible de identificar hasta en sus más íntimos pliegues, ésos que tiempito atrás formaban parte de tu cotidianidad, de tus afectos, casi que de tus entrañas. Tu madre, tu mujer, tus críos, tu abuelita o tu mejor amiga van directo al hueco del inodoro. Apuesto cien a uno a que no tenías puta idea sobre el asunto.
    Total, que se me ocurrió de seguidas practicar un ejercicio de extensión. Son ciegos quienes no ven, por supuesto: Steve Wonder, José Feliciano o el señor que la otra vez cruzaba la calle con sus lentes de sol guiado por un Collie amaestrado. Pero en verdad tú o aquel otro o yo pulseamos la vida entera con tal oscuridad. Cualquiera que viste y calza como el mejor de los videntes es un ciego mondo y lirondo aunque nunca se le haya ocurrido siquiera imaginarlo.
    Así como descubrí la ceguera para los caretos, piensa en la gente que no ama y en esa otra que le pateó el culo a la bondad. Date cuenta  -menuda realidad que a diario nos aplasta la nariz-  de que el mundo se llenó de ciegos para el sentido común o para cuando menos olfatear esa cosa pastosa que llamamos lógica cotidiana. Embusteros compulsivos, mitómanos al por mayor, inventores de una realidad inexistente, hay de todo. Busca por los alrededores y verás cómo saltan los conejos: invidentes para el placer sexual -léase: anorgásmicos de toda ralea-, cegatos para la belleza, es decir, impedidos estéticos, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Me comprendes Méndez? Quién lo iba a decir, todos los males habidos y por haber bebiendo de la misma fuente pestilente, esa venda en los ojos que alguien dejó puesta justo en el ganglio adecuado para activar el horror hecho totalidad.
    Todos somos unos ciegos redomados. Apenas medio vemos, apenas vislumbramos a un palmo de nuestras narices gracias a que aún no nos ponen el parche sobre el nervio justo. Ya la puntería del francotirador hará de las suyas y al demonio el mecanismo para percibir cierta alegría, algún sentido de justicia, la sensualidad más arrebatadora y, en fin, agrégale después lo que te venga en gana. La ceguera es nuestro santo y seña, no faltaba más. Jamás lo hubiese sospechado.

1/09/2017

Estúpido y feliz

    Parece que la estupidez produce dependencia. Mientras más estúpido se es, mayor dosis de estupidez hace falta para sentirse a tono. Hay quien jura que se acaba siendo estúpido o no en función del número de conexiones neuronales que dispone haciendo de las suyas por milímetro cuadrado. Qué va. Conozco a gentes que son neuronas andantes, sinapsis personificadas, y para qué te cuento, sus niveles de estupidez rayan en lo alarmante.
    Yo mismo, sin ir muy lejos, soy vivo ejemplo de cuanto he dicho arriba: siempre di por sentado  -¡menudo signo de estupidización!- que disponía de alguna célula nerviosa extra chapoteando en su nicho encefálico con sus compinches, pero fíjate, el otro día casi me asfixio en el océano de naderías al que me lancé de bruces desde que me conozco. ¿Para qué voy a negarlo si no hay alternativa? ¿Por qué decir no, si sí? La verdad sea siempre dicha, duélale a quien le duela.
    Pero lo peor es cuanto afirmaba al comienzo, es decir, la adicción que parece instalarse prácticamente de por vida en quien se transforma en estúpido redomado. No sé tú, pero lo que soy yo jamás he visto un caso de restitución, siquiera a condiciones cuando menos dignas, de individuos mordidos por semejante peste. Eres estúpido y sanseacabó, lo vas a ser hasta el fin de tus días. Ahora bien, lo otro, la estupidización repentina o por etapas, sí que ocurre a diario en este mundo, que por algo te lo digo con la seguridad de quien tiene a Dios agarrado por las barbas. Pero como de adicciones es que hablamos, créeme que no hay estupefaciente más poderoso. Un estúpido por los cuatro costados hará lo inimaginable para incrementar su cota, para no abandonar nunca ese paraíso artificial que lo engulle de pe a pa. No basta la estupidez llana, existe tal gradación que, una vez entrados en ella, sólo conoces el ascenso sin techo ni parangón. Triste pero cierto, realidad monda y lironda que te aplasta a cada rato las narices.
    Todo adicto a la estupidez depende de esa estupidez en forma directamente proporcional al coeficiente de felicidad que lleve metido en las entrañas  -para lo que tratamos aquí, uno y otro término, o sea estupidez y felicidad, valga la redundancia, son sinónimos absolutos-, lo que demuestra una cuestión de Perogrullo: mientras más feliz más estúpido, y mientras más estúpido, pues más feliz.
    En fin,  y sirva otra vez mi humanidad como ejemplo, he llegado a esta edad siendo un hombre no menos que felicísimo, para decirlo con todas sus letras. Mientras, dejo ya de escribir estupideces, que en algún momento hay que parar, aparte de que se acaba la página. Que pases el mejor día.

1/03/2017

Sueños

        La otra vez soñé que desaparecían los adultos y cuando por fin desperté créeme que casi rompo a llorar. El mundo había cobrado el aroma de la infancia, era otra vez un lugar que chorreaba aquella sensibilidad ahogada por la madurez, es decir, lo cubría una pátina pueril, adolescente, de eterna juventud o qué sé yo como llamarla, cuya presencia me lanzaba otra vez al lego, a la fantasía y a los pantalones cortos.
    Desaparecen los adultos como por arte de magia. En ese sueño fascinante resultaba imposible preguntar por qué, indagar la suerte de tanta gente entrada en años. Desaparecían y ya, y punto, y se acabó. Como en un videojuego olvidado  -recuerda el Pacman de los primeros tiempos-, terminaban engullidos, chas chas, por vaya uno a saber qué monstruo virtual haciendo de las suyas.
    Niños, hay nada más que niños. El mundo tiene rostro lúdico, cuerpo de bebé envuelto en pañales. Este planeta huele a chupeta, a chicle bomba, lleva en las entrañas esa inocencia típica del joven para quien únicamente existe el hoy en día. Un carrusel, un triciclo, una patineta, adornan el paisaje que es también el enigma del vacío de arrugas, de la inexperiencia por donde la mires. Soñé que desaparecían todos los adultos, chao pescao, y juro por Dios que me sentí de lo mejor, relajado entre las comiquitas de las cuatro y las historias de la abuela después de ir a cenar.
    Un universo sin adultos, quién lo iba a decir. No me preguntes cómo ni de qué manera, pero de semejante realidad se desprendía cierto sabor gelatinoso, imperecedero, tan dulce como puede ser un buen recuerdo en el trajinado paladar de la memoria. Ese mundo despojado de adultos que soñé el otro día, te lo digo con tristeza y sin que me tiemble un músculo del careto, merecía algo distinto que desfallecer metido en su burbuja, pinchado por el día mondo y lirondo que te baña el rostro con un vaso de agua helada cada amanecer.
    Pero la verdad sea dicha: lo disfruté mientras duró. Una noche, algunos minutos, quizás la misma eternidad. Repito, no preguntes, no indagues, porque carezco de respuestas. Lo único tangible ha sido la bendita ausencia, el no estar de la adultez, ese polo opuesto al imaginario infantil despanzurrado gracias a la pacmanía y su furia desatada. Un hombre maduro, y otro, y otro, caminando con los ojos vendados por la tabla del barco pirata que estuvo siempre ahí, en el parque temático de mis diez o doce años. Hombre al agua y lo demás seguirá igual, como si nada.
    Existen de veras las hadas, Santa Claus ríe a mandíbula batiente desde el Polo Norte, las brujas vuelan encaramadas sobre sus escobas. Desaparecen los adultos y, cosa curiosa, en el sueño permanezco inmune, tan campante, como si una coraza de niñez, parecida al escudo de Batfin o al entramado de superpoderes que siempre envidié a Ultrasiete, me envolviera de cabeza a pies.
    Desaparecían los adultos, sí, y el mundo era un libro de cuentos, de fábulas sin fin.

12/23/2016

La fuerza de creer

    Daniel, mi pequeño, quiere un hámster para Navidad. Una mascota es el regalo que ahora Santa, o el Niño Jesús o como se diga, tiene la responsabilidad de colocar al pie del árbol. Mañana, tarde y noche, Gordito, que es como se llamará el roedor, cubre las fantasías y diálogos de Dani, porque semejante personaje, según me informa emocionado,  va a ser otro miembro de la familia, una especie de compañero juguetón, un individuo para el toma y dame cotidiano, en las buenas o en las malas, pero sobre todo, papá, amigo para siempre.
    Daniel cree en la amistad sin ataduras, es decir, sin género de dudas. Un compinche entrañable es este ratón con el que ha aterrado a su madre, cuyo nombre la espanta sólo al escucharlo, y también la ardilla de peluche con quien charla de lo lindo por las noches. O el vecinito de enfrente. O también Santa. Un amigo como Santa no va a dejarlo sin Gordito, asegura, por lo que la otra tarde me invitó a una tienda a buscar la mejor jaula, la adecuada, con juguetes adentro y espacio suficiente para que el peludo deambule en libertad. ¿Libertad? Pues sí, papá, libertad, tomando en cuenta que paseará a diario por mi cuarto como si fuese una extensión de su casa, Gordito vivirá en plena libertad.
    Amistad, libertad, son palabras que Dani valora desde su particular mundo infantil, y cuando hablo de infancia ni por asomo lo hago en función del cuadriculado mundillo de nosotros los adultos. Para Daniel uno y otro término son nada menos que organismos vivos, omnívoros por donde los mires, pues llevan una dieta en la que todo cabe. Todo, aquí, significa que amistad y libertad escapan al cedazo de la razón calculadora, de las realizaciones a conveniencia o del universo de intereses que ya en la madurez hemos aportado a esos vocablos. Si alguien me ha dado lecciones a propósito de ser amigo o de ser libre, ése es el chiquillo que espera a un dientón el veinticinco.
    El otro día, al preguntarme con la seriedad del caso si creía o no en el señor de los renos, respondí tramposamente con otra pregunta: ¿y por qué no he de creer, hijo? Porque otros niños me dijeron que no existe, que es un engaño gigantesco. La verdad es que entonces no sólo reafirmé la veracidad del gordinflón, sino que añadí una certeza como pocas: aunque tengas nueve años como ahora, o cincuenta o cien, ahí va a estar tu amigo Santa, o el Niño Jesús o como quieras llamarlo, escondido en la pasión de tus deseos y en la esperanza de lo que esperas y das por descontado.
    Sonrió, me miró con ojos cómplices y asintió con toda la alegría del mundo metida en ese gesto. Lo abracé, me despedí, cogí el bolso para largarme al trabajo. Sé que después de Navidad Daniel recibirá a esa bola de pelos con los brazos abiertos. Estoy seguro de que Santa lo guarda justo para él.

12/19/2016

Venezuela, políticos y estupidez

    Desde hace poco no vivo en Venezuela. A estas alturas en mi nueva geografía conozco ya un par de cafés que son trincheras para terminar el día. Llego, tomo asiento, enciendo un Balmoral y saco el libro que traigo en la mochila. Entonces me digo: hay que ver. Aquí la vida te exige al máximo pero ofrece también eso que buscas si pagas el precio de hacer bien tu tarea, de entregarte en cuerpo y alma y, en fin  -nada nuevo bajo el sol-, de lograr que hechas las sumas y las restas cuanto has dado en buena lid supere a todo lo demás.
    Hasta aquí de maravillas. Luchas a brazo partido, te esfuerzas como un cabrón de sol a sol y tienes derecho a un horizonte con rostro menos duro. Es lo normal, es lo lógico, es lo sensato en un país con pie y cabeza. Coloco entonces el punto y seguido que acabas de dejar atrás y pienso ahora en Venezuela. Ella es mi tatuaje, en la piel, en el alma, en el adn. Pienso en Venezuela, sí, ese lugar del mundo en el que hagas lo que hagas estás condenado a sufrir las consecuencias de lo que una piara de bellacos logró alzar gracias a su estupidez, su ineptitud y su don de buenos para nada. Vil gentuza que maldita la hora en que, junto a la madre que los parió, inventó hasta lo inimaginable para destrozar a una nación.
    Ya ven, hoy llegué de malas pulgas. En este país al que he recalado por asuntos de trabajo siento en la gente una alegría que ya no hallas en el mío. Semejante hecho  -la alegría-  es sinónimo de futuro. Cuando alguien vislumbra un punto de fuga al alcance de su esfuerzo, se lanza en picada a conquistarlo. Más o menos como en aquellos días, cuando una chica hermosa aparecía en el radar y entonces eras águila o halcón y allá ibas, a arrebatar o a desbarrancarte pero cargado de empeño y de valor. Eso se acabó en la Venezuela del presente. Entonces he aterrizado en este café con ganas de volarle los huevos, ratatatata, ratatatatatata, a tanto político degenerado cuyo único proyecto fue pegar un sujeto con un predicado en el intento de chasquear babosadas para demostrar que era revolucionario.
    Cada día alguien me pregunta por Venezuela. Como si fuera un pariente enfermo, un familiar que agoniza. No exagero un ápice si digo que todos, absolutamente todos, maldicen a Maduro y su pandilla de inútiles. Gente de izquierda, de derecha o de centro no da crédito a tanta devastación, a tantísimo talento para destruir, humillar y arruinar. Perfectos delincuentes que una vez terminada la pesadilla que instalaron pasarán sin dudas el resto de sus días tras las rejas. Mientras Latinoamérica avanza, salvo puntuales excepciones, por la senda de la democracia y del progreso, la tierra donde nací es el hazme reír de un continente, retrocedió al siglo XIX. Ése es el fondo del mal sueño, tal es la escena del crimen.
    Pero vamos, sabemos que la vida continúa. Los países no quiebran ni se acaban, es la gente y sus anhelos, un tú, un yo y un nosotros quienes se llevan los palazos o el beneficio de acciones bien pensadas. Hace casi dos décadas Venezuela sólo sabe de cretinos con poder haciendo de las suyas. Ya veremos hasta cuándo.