6/28/2018

Tiempo


    Aunque no tengas conciencia del asunto vivimos subordinados a los instrumentos. El mundo feliz o trastocado que imaginaron inventores, pensadores de pelajes variopintos o locos entregados a soñar un universo controlado por las máquinas, no anda demasiado lejos. Qué se le va a hacer.
    El otro día me dio por desprenderme de la civilización. Con todas las ganas me eché de cabeza en brazos de un experimento fabuloso. Primero lo planeé en mis ratos libres, intenté darle forma en ese espacio mágico que llevamos dentro  -la imaginación, claro está-  gracias al preciso mecanismo que pintan millones de neuronas. Luego trascendí caja craneana y fui a parar al plano de las concreciones, con el único propósito de respirar más y mejor (respirar más y mejor es una frase que  uso a falta de otra capaz de sustituirla con acierto). En fin.
    Un día, sólo un día sin reloj, sin teléfono, sin leer los periódicos, sin tv, sin  computadora y otros artefactos parecidos. Un día como todos los días: levantarse para ir al trabajo, ducharse, peinarse, vestirse, despedirse de todos con un beso pero eso sí, de espaldas a manecillas, piñones, engranajes, enchufes, tornillos o chips capaces de marcarnos como nada el día o la tarde, capaces de urticarnos con cuanto ocurre o debería ocurrir aquí y al otro lado del planeta. Veinticuatro horas en las que el tiempo se trocó en fisonomías indescriptibles. Las horas, piénsalo un instante, transcurriendo arrastradas por el mero azar. Esa brújula que nos orienta echándose una siestecita de lo más extraña y entonces ahí nos vemos, en el fondo de lo que vamos siendo, a la escucha del rumor de otras estancias, al son de pulsiones no menos inquietantes.
    Quién iba a decir que cronos es una masa pegajosa. Créelo con todas sus letras, una especie de crema batida que se expande sobre el pan de cada segundo impulsado por algo diferente de los minuteros.
    Cuando un reloj vuela en mil pedazos queda en su lugar el hueco de posibles formas nada más prefiguradas por lo que te empeñas en crear. Supongo que algo como esto va de la mano con la libertad. ¿Tiempo libre? No, no, no, el tiempo libre importa aquí un pepino. Por mucho que hagas o no hagas, la médula de la cuestión radica en patearle los huevos al Casio, al Citizen, al Seiko o al Blancpain, orgullosos, felices y sonrientes  desde la pared, o desde tu muñeca. El sitio es lo de menos.
    Juro por todos los dioses que el experimento ha sido cualquier cosa menos fuera de lugar o sin sentido. Al día siguiente, al despertar, cuando me colgué el Tissot encima y di el último sorbo de café mientras escuchaba el noticiero de las siete, cuando terminé de anudarme la corbata  y salí en estampida para la oficina, el reloj de la avenida 12 me sacaba la lengua entre divertido y malintencionado. Comprobé otra vez que el tiempo es un bicho maloliente, sadicón e interminable. Entonces proseguí como si nada. 

6/08/2018

Esos cafés de siempre


    Hay ciertos lugares que suelo frecuentar sólo por respirar sus atmósferas. Algunos cafés, por ejemplo. O uno que otro restaurante. Pasa que cuando me siento en una mesa y digo hola qué tal, un americano, agua mineral, lo de costumbre, también estoy solicitando otras cuestiones, intangibles para más señas, que te juro crucifijo en mano son inexistentes ya en la mayoría de estos espacios, por muy bien decorados que aparezcan o mejor situados que se precien.
    Por mi trayectoria de lector en cuanto lugarejo con anuncio de macciatos y con leches se atraviese, sé al dedillo a qué me refiero: los gatos por liebres hace tiempo los echo a zapatazos y en su lugar he cultivado vista, oído y gusto frente a sitios por lo común menos vistosos, pero llenos de ese clima que no tiene precio, capaz de ofrecer buen trato, soledad, conversación si la buscas, respeto por lo que haces  -en mi caso leer o escribir en las terrazas-, complicidad y sobre todo tacto. Sí, tacto. Y un buen maitre, un buen barman, un excelente mesero curtidos en el oficio son el mejor sabueso a la hora de olfatear qué pretende cada quien. Eso, damas y caballeros, no se encuentra a la vuelta de la esquina.
    El Café de Jerry, pongo por caso. Pequeño, sereno, cuyo dueño, el buen Jerry, es chef, camarero, confidente, alcahuete y otros menesteres, siempre con palabras o silencios a la mano en función de tus pulsiones y de tu huella digital como cliente. O el Sweet & coffee de la plaza Foch, sobrio y discreto a pesar de la zona en que se erige, o el Tres gatos, nuevo hallazgo que hasta el sol de hoy cumple a cabalidad con el rasero inamovible que mantengo aunque los tiempos siempre cambien. En fin, lo que une a cualquiera de estos lugares es la gente. El incordio de alguien disfrazado de mesero me incomoda, pero la sutileza, la inteligencia, el buen tino del ya mencionado Jerry, vuelvo y digo, transforma un café en lugar de peregrinación donde instalar campamento y trabajar, si es el caso, o ver pasar la vida cuando toca. De la pompa vacía y salones frufrú huyo por lo general como Drácula ante un racimo de ajos. Pero la verdad es que me siento como gato ronroneando en su cojín en recovecos que tienden la alfombra al placer de permitirte estar contigo, con el autor y con los personajes del libro que llevas entre manos y, por fin, con quien elijas según te salga de los cojones.  Así de simple y complicado van resultando estos asuntos.
    Un café con personalidad es un dinosaurio en pleno siglo XXI. Existen sin embargo, luchan con puños y dientes en el intento de recrear el carbonífero, y si tienes la paciencia y el ojo entrenado te apuesto diez a uno que terminarás encontrándolo. Lo que soy yo, en cada ciudad he dado en el clavo y ahora mismo disfruto de mi particular trinchera en éste de la Avenida General de Veintemilla, a dos cuadras de la universidad donde trabajo.
    Todo café que se respete vuela en mil pedazos ese cliché tan apreciado en estos días: sólo considerar ambientes que duplican lo prescrito por revistillas de moda o sugerencias de mercadeo efectivo. Quiebro lanzas por los de toda la vida, donde he navegado a mis anchas sin la intromisión de esa baba pegajosa capaz de inundar los sentidos, urticar la piel, anular el pulso que requiero para poner en orden ciertas cosas importantes. Lo demás es historia pasajera, hendiduras sin calado, y va siendo por supuesto nada.

5/31/2018

La chica del aeropuerto


    Fue hace más de veinte años. Estaba sentado en la sala de espera y frente a mí, en la fila opuesta, aquella chica leía un libro como si fuese lo último que habría de realizar en esta vida. Apenas metro y medio nos separaba. Entonces me dio por intentar entrometerme, averiguar qué diablos llevaba entre las manos, cuál podría ser el gusto literario de aquella muchacha hermosa que no despegaba los ojos de ese libraco misterioso. Ni por asomo logré el objetivo. No pude dar con el puto título del ejemplar pero por cómo enarcaba las cejas y por la sonrisa cómplice que de vez en cuando echaba al mundo sospeché que la historia se las traía.
    Una mujer bien plantada que lee absorta cualquier cosa es una imagen que de entrada siempre me  ha atraído. Y ella estaba ahí, enfrente, ajena a mis buenas o malas intenciones. Recuerdo que saqué papel y lápiz y algo escribí, un comentario o poema o qué sé yo a propósito de la chica del aeropuerto entregada en cuerpo y alma a un libro como los buenos amantes se entregan el uno al otro. Con el tiempo perdí aquellos rasguños, aquellas líneas que me acompañaron buena cantidad de años guardadas en la caja de textos, de notas, de garabatos y ocurrencias que iban creciendo aquí y allá según las ganas, el lugar, el contexto y la energía que me atraparan. En fin. Hoy he leído un fragmento de  la novela que llevo por la página doscientos veintitrés y no tengo la menor idea de por qué el fondo de la historia me hace recordar la tarde de aeropuerto en que seguía viaje para Mérida, durante mis años universitarios. Leo y hay que ver, me digo: es cierto aquello de que en lo profundo de la literatura todo humano se mira a sí mismo con lo mejor o lo peor que se retuerce en sus abismos.
    La chica del aeropuerto seguía ahí, como si nada, haciendo el amor con las palabras mientras yo soñaba maneras de levantarle la falda transfigurado en metáforas, elipsis, oraciones yuxtapuestas o versos, hasta construir por fin un todo perfecto, una esfera sin fisuras cargada de sudores, jadeos, gritos ahogados, flujos al compás del vaivén que estalla, cuando los encuentros se concretan y punto, sin posibilidad de cosa diferente.
    Sí, algo escribí mientras observaba el strip-tease de aquella dama. Supongo a estas alturas que sería el eco de cuanto imaginaba en medio de los puntos suspensivos que marcaban distancia entre los dos. No lo sé. El enigma de las cosas extraviadas pasa directo por esto: lo que llegaste a expresar en un momento es irrecuperable y sólo te queda la memoria, que es una señora voluptuosa, tramposa, llena de encantos por donde la mires, asunto para nada malo si a ver vamos.
    La chica del aeropuerto apenas pasó los ojos por mi humanidad. Yo, un transeúnte más entre los miles de una tarde como cualquier otra. Podría, claro, haber intentado abordarla, aprovechar un cruce de miradas, dar cuenta al fin  del objeto  -ese libro enigmático-  que quizás hubiera propiciado la amalgama perfecta entre los tres. Pero no. Niet. Nada en lo absoluto.
    Cuando los altavoces anunciaron mi vuelo me despedí en silencio. Le deseé buena tarde, buena lectura y excelente travesía. Cogí mi bolso, doblé las cuartillas que llevaba escritas, me levanté y le di la espalda, yéndome tranquilo mientras ella continuaba cabalgando, jadeando ante el amante que nunca la apartó de sí. La vida continuó su curso y al aterrizar, ya en Mérida, la tarde como siempre era tranquila y fresca.

5/24/2018

Un clásico

Somewhere down the road, un clásico del gran Barry Manilow. Música, magia, memoria. Les dejo el link:

https://www.youtube.com/watch?v=hsqAnpS9EKk

5/04/2018

Después de todo


    A veces llego a este café con ganas de volarle los huevos, bum, bum, bum, fusil en mano, a tanto imbécil que deambula por las calles. Pero hoy me he reconciliado con el universo, ya lo ven.
    Hay días que parecieran abrirse como el Mar Rojo porque en un segundo ocurre algo que termina en giro de ciento ochenta grados. Se apartan las aguas de un mundo cutre y ruin para que de inmediato te aplaste la nariz alguna flor entre las piedras, inequívoca señal de que a pesar de los pesares la vida sigue siendo hermosa y es un regalo que vale la pena disfrutar, exprimir, aprovechar, transitar a fondo.
    A estas alturas de mi almanaque sé muy bien que en las calles abunda el puñal, la estocada por la espalda, el desquiciado a la vuelta de la esquina y el calculador dispuesto a todo para hacer caída y mesa limpia. En el fondo y a medida que pasan los años cada vez descreo de los humanos con más fuerza. Estoy convencido de que el bien y el mal compiten a cuchillo por un trozo del pastel, y lo que es peor, en demasiadas ocasiones tengo la impresión de que lo segundo se encarama sobre lo primero. Para qué voy a negarlo, para qué decir no, si sí. A mis cuarenta y ocho tacos me importa un rábano escribir páginas políticamente correctas. Que se joda el personal.
    Pero les contaba arriba que hoy veo el patio más rosadito que otras veces, lo cual va requetebién. El asunto es que como de costumbre aterrizo en el café de Jerry y pido un americano, agua mineral, saco el tabaco, procedo con lectura y escritura, y de seguidas, como caído de otra dimensión, a pocos pasos de mi mesa el hombre de la moto conversa con quien imagino debe ser su hijo pequeño.
    “Sí cariño, dime”. “He detenido la moto para atenderte pero no tengo mucho tiempo”. “Me bajo luego, después de las entregas, y te devuelvo la llamada…a lo sumo unos diez minutos más”. “Gracias, por supuesto que sí hijo, un abrazo, y otro para Amelia. Te quiero”. De inmediato el tipo guarda el móvil, se acomoda el casco, acelera y desaparece por la calle Foch. Buen viaje amigo mío  -digo para mis adentros-, te deseo feliz arribo y el mejor encuentro con Raúl o Pedro o como se llame el chico que estará en casa esperándote junto a Amelia, su madre o quien quiera que sea.
    Entonces recuerdo que como está el patio, saturado de mediocres, sinvergüenzas, oportunistas e hijos de la gran puta, todavía quedan seres como el que acabo de escuchar y aún va y viene el amor manifestándose así, como si nada, a toda vela, sacándole la lengua a una realidad que en tantas ocasiones no da lugar para pensar que saldremos con bien del polvorín. Y digo hay que ver, la decencia por fortuna no llega todavía a ser un fósil ajeno al presente.
     Por fin bajo la mirada, tomo un sorbo de agua, abro el libraco que pretendo despachar en estos días   -una biografía de Cortázar escrita por Miguel Dalmau-   y me queda en la boca el sabor dulce de haber presenciado una victoria: la del cariño haciendo de las suyas en plena hora pico, a un palmo de la terraza en que me encuentro.

4/08/2018

El humo de aquella pipa


    Tengo dos hijos con los que suelo largarme a algún café para sentarnos a leer. Y cuando leo, enciendo mi pipa, el calor que despide me calienta las manos, disfruto del humo y sus aromas, enarbolo el rito que supone fumar como Dios manda. Entonces me increpan, me preguntan, me averiguan, ¿por qué llevarse a la boca un artefacto tan raro como misterioso?
    Desde esas interrogantes me da por pensar. Es decir, por pensar sobre el acto de fumar, pipa para más señas, y llego a la conclusión de que todo pasa por la memoria. En mí, la pipa es sinónimo de mi padre. O casi. Mira por dónde va el asunto.
    Cada vez que elijo lugar y mesa para contemplar, para leer o escribir, cada vez que acto seguido saco la pipa de mi bolso con el hedonista objetivo de gozarla, en el fondo lo hago en honor de mi viejo y a propósito de los años en que lo veía encender la suya como si de expresar un mantra se tratara. Entonces los recuerdos se materializan, me agarran por el cuello y ahí aparece el taqueador, por ejemplo, instrumento que usaba a manera de herramienta compactadora del tabaco y que a mí   -tendría yo siete u ocho años-  me parecía el objeto más extraño e inútil de este mundo. Cuán equivocado estaba. Hoy  en día guardo mi pipa en un estuche de cuero que le perteneció y al sacarla en esta terraza puedo verlo, como si fuera ayer, deslizar la cremallera con placer mientras la pipa asoma su belleza y termina por fin aprisionada entre sus labios.
    El humo de la pipa implica el vivo retrato olfativo de papá y créeme que percibir su olor es como sentirlo aquí a mi lado, disfrutando de la picadura, paladeando aquel humo que escapaba de inmediato en volutas de tranquilidad. La nostalgia, sí, es la nostalgia, sin dudas, un bicho que ataca y muerde y anda poco dispuesto a soltar a su presa así no más.
    Leer mientras siento que me desmigajo entre las páginas, leer casi diluyéndome en el Captain Black o el Caporal (este último paquete de tabaco no he vuelto a hallarlo en el mercado) equivale a viajar en el tiempo, supone lanzarme de cabeza y a mis anchas a deambular en el pretérito perfecto del indicativo, nada menos, lo que es la maravilla de las maravillas cuando en el fondo permanece el encuentro, la mágica certeza de conjurar abismos o despedidas para otra vez estar, otra vez ser, otra vez zambullirme en momentos que terminaron convertidos en arena.
    Converso con Camila y con Daniel, les digo que la memoria tiene sus cosas raras, de modo que es muy posible vislumbrar no sólo objetos, frases, juegos que apenas transcurrieron hace poco, sino también afectos, amores, impresiones, angustias, dolores o felicidades desencadenados por la chispa del humo de esta pipa o la imagen del estuche que un artesano del cuero ecuatoriano devolvió a sus viejos esplendores. Es lo fascinante de la condición humana: no estamos sujetos al aquí o al ahora, al contexto inmediato que nos esclaviza. Tenemos la oportunidad de echarnos en brazos de otros enigmas, como el de la nostalgia, pongo por caso, y saborearlos,  y sumergirnos hasta el cuello en eso que ya no tenemos a la mano.
    Doy unas chupadas, miro a mis pequeños entregarse a sus lecturas y entonces me elevo entre una nube azul, entre volutas. Voy al lejano sitio del ayer donde permanecen aún determinadas sensaciones. Ahí mi padre enciende otra vez aquella pipa y piensa y sueña quizás con asuntos parecidos a los míos. Sonrío y me digo que nada hay más parecido a la felicidad. Entonces continúo leyendo. Con Camila y Daniel sigo leyendo.

3/31/2018

Girar el picaporte


    Cuando se gira el picaporte se abre también el sésamo de mundos que exigen de visión periférica. A veces, claro, la periferia dice más que el centro, asunto en pocas ocasiones tratado con la justicia que merece.
    Cuando giras el picaporte giras además el universo, y en esa apertura los duendes de mil jardines que se bifurcan bailan calipso y sonríen a la manera de los grandes amigos. Pienso en músicos que crearon sello improvisando o en escritores capaces de sacarle punta hasta a las piedras en eso de decir, exprimir, contar, no dar todo por sentado, etcétera, etcétera, etcétera.
    Para girar el picaporte hacen falta manos pero sobre todo cierto candor entremezclado con anhelos varios, últimamente poco vistos en los alrededores, porque girar el picaporte supone en tremendísima medida la disposición de dos estadios sin los cuales todo va a parar al carajo. El primero, girar y empujar el sésamo. El segundo, girar y empujar sin perder de vista que girar y empujar trasciende el significado de este par de verbos tan comunes, corrientes, escuetos y percuetos.
    De modo que ahí lo tienes: giras y entras, navegas en las aguas que el don de la curiosidad o la osadía ponen a un palmo de tus narices o te quedas plantado, como si nada, lo más parecido a esa fea palabra conocida como inmovilismo, sinónimo de petrificado, equivalente a mansedumbre, lo cual no tiene por qué ser bueno o malo en absoluto. Simplemente es.
    Total, haciendo las sumas y las restas, que girar el picaporte guarda para sí la acción y efecto de estrellar los dientes, a modo de mordida, contra una superficie sólida por donde la mires, ferrosa hasta más no poder, cargada como puedes observar de una dureza extrema y peligrosa, cuestión que pide a gritos un caldo elaborado a base de atrevimiento, cuando no de temeridad monda, y también lironda.  ¿Sí? ¿Me explico? ¿Patinamos todos en el mismo charco?
    Para girar el picaporte colocas una o ambas manos  -tú eliges-,  aplicas un golpe hacia abajo con fuerza y luego empujas vista al norte, rumbo al horizonte, ese mundo acostado que se despliega enfrente, con foco en la diana donde confluyen todos los puntos de fuga reales e imaginarios. Y sientes la brisa, los dedos que te despeinan entre soplidos, susurros, chubascos, nubarrones o sol meridional. Sigues eligiendo.
    De adolescente aprendí a girar el picaporte, cosa nada fácil si a ver vamos porque nadie dijo que asomarse al balcón o a la ventana garantiza algo. Girar el picaporte es sólo eso, girar el picaporte, con el infinito a cuestas y los poros cargados de latidos, pulsiones, esos bichos gelatinosos cuyos verdaderos nombres tengo la impresión de que aún no fueron inventados. Giras, empujas, entras y ya. Rompes la quietud, resquebrajas el témpano, traquetean los  engranajes debido a que al final otros relojes marcan a plenitud las horas.
    Ruuuuuaaaacccccc, giras el picaporte, empujas, entras, y a la historia se le ocurre empezar. No sé si me explico.

3/15/2018

Estudiantes Platón


    Hoy vengo en plan de malas pulgas. Sucede que llevo dos décadas en esto de trabajar en universidades, de dar clases y toda la parafernalia. Estoy harto de hallar gente que sabe mucho y ahí se queda, sin  brillar, como si nada, dando por seguro que somos polvo en el viento, y gente con la arrogancia erigida en rascacielos. Hay que ver todo lo que se te pone enfrente en un salón de clases.
    El otro día estaba dale que te dale a las ideas, al delicioso quehacer -cuando lo logras- de promover el pensamiento, la discusión, el toma y dame natural que, bien entendido, obliga a asociar A con B para llegar a C. Me refiero al uso discrecional de las neuronas. Entonces, como casi siempre ocurre, levanta la voz un sabihondo oriundo ve tú a saber de cuál hoyo epistémico, y dice blablablá, y frunce el ceño, y enarca las cejas, y escupe frases con magnífica latonería pero con octanaje a ras de suelo.
    Perdí la cuenta de las veces que he lidiado con tales personajes. Si no fuese porque el semestre es largo, la cosa no pasaría a mayores: egos estrafalarios abundan y no hay demasiado por hacer. Sin embargo la cosa se complica en función de la constancia de semejantes individuos. Continúan abriendo la boca, insisten en alumbrar el universo con su ilustración. Lo saben todo, lo han leído todo, lo tienen todo en la punta de la lengua, por lo que el mundo existe para sucumbir ante sus revelaciones. Hay que joderse, y claro, hay que rebelarse.
    Cuando entran en escena pienso en Borges. Viene de perlas aquel señor Funes, incapaz de olvidar hasta las mínimas tonalidades de las hojas de algún árbol cuando le daba la luz a las cinco de la tarde, en un enero cuarenta años atrás. Funes, máquina infernal cuyos engranajes producen recuerdos a modo de salchichas. Éste, el de mi aula, rebana lecturas, zas zas, como charcutero en su elemento, lleva en el lomo páginas y páginas, vomita oraciones al mejor estilo de predicador en plaza pública, y ya, y punto, sanseacabó. Es que hay estudiantes –también profesores, todo es bueno decirlo-, hay gente convencida de tener a Dios cogido por las barbas. Lo que soy yo, me esfuerzo en ponerlos de una buena vez en su lugar, y mientras más rápido mejor, no vaya a ser que terminen seguros de que la sala B del edificio de Filosofía es su particular ágora, su coto personal a la hora de emitir sin ton ni son lo que el hígado dicte en función de los relojes. Ni en sueños.
    Existen pieles refractarias a toda humildad, impermeables a esa verdad entre fascinante y aterradora de sabernos mínimos. Tengo la impresión de que mientras más tontos son algunos mayor es el reflejo torcido que de sí mismos vuelca el espejo. Otros profesores los soportan con resignación, porque están ahí, porque ocupan un pupitre y porque, en fin, tienen el derecho de manifestarse. Pues bien, estoy de acuerdo, aunque me reservo el placer de patear egos indecibles.
    Leer por el placer de hacerlo, escudriñar los recovecos de las ideas, de eso que otros han pensado a lo largo de sus vidas, con enormes sacrificios, con el gesto humilde de apenas atreverse a emitir juicios largamente sopesados, todo ello, y más, implica un reconocimiento: que el saber requiere silencios, reflexión, huida de las poses y los flashes. Que abrir la boca para impresionar va de la mano con la estupidez.  Hace tiempo que no estoy dispuesto a dejar pasar gato por liebre. Decir lo que piensas es valioso y tomo para mí la sentencia de Voltaire cuando dejó sentado que detestaba lo que otro decía, pero detestaba mucho más que por X o Y no pudiera decirlo, aunque fuesen idioteces. A estas alturas toda señorita o caballero tiene luz verde para iluminar la sala, para restregar su genio a media humanidad, pero con la condición de estar dispuestos a escuchar lo suyo. Justicia por los cuatro puntos cardinales. Que me den, que ya daré.
    Me quedo con quienes tienen por seguro que no saben nada, o muy poco de todo. Quizás esa sea la máxima a tener en cuenta, que las ideas, que el saber, que los libros existen para acercarse a ellos con pasión pero también con cautela, guardando la certeza de que pueden torcerte el pescuezo y que el intelecto es una alambrada de púas muy capaz de rajarte el pellejo cuando menos lo esperes. Lo demás es tontería a la enésima, bodrio cargado de autosuficiencia desechable. Y ahí permanece.

3/11/2018

Un clásico

Comme ils disent, un clásico del gran Charles Aznavourinterpretado por Lara Fabian. Sin desperdicio.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=dUngIQnkpWI

2/28/2018

Drácula el fin de semana


    Tomo asiento en un café cerca de la plaza Foch y ahí vamos: marrón a lo venezolano, agua mineral, pipa cargada con tabaco del Ecuador y libro de Adela Cortina. Más de una vez les he contado que me gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida, y ver pasar la vida es respirar el aire de ciertos instantes. Color local, dirían en otros tiempos. En fin.
    El edificio de enfrente me llama la atención, no por su porte o su belleza sino por todo lo contrario. Es una fea construcción de principios del siglo veinte, gris, sucio, descuidado por donde lo mires. Noto además que ya entrada la tarde, aunque con cierta claridad aún, sólo una ventana se encuentra iluminada. Está en el quinto piso, sin cortinas: una lámina de vidrio dibujando un cuadrado perfecto.
    El capítulo ocho de Cortina me hipnotiza. “Construir una democracia auténtica”, lleva por título. Devoro párrafos y páginas, tomo un sorbo de agua, me dispongo a encender por cuarta vez la pipa y justo en el instante en que el fósforo arde noto que la luz de la ventana se apaga. Seis y treinta. Pienso en la mano que oprimió el interruptor  -¿de hombre?, ¿de mujer?, ¿de uñas cuidadas, de piel madura, de acaso largos dedos?-  y sigo con la imaginación los pasos de ese personaje misterioso. Un hombre con sombrero, guantes, portafolio y traje, todo de negro, abre la gran puerta de la planta baja y sale a la calle. Avanza, dobla a la derecha, continúa por la avenida General Ignacio de Veintemilla y se pierde a lo lejos.
    “Sin capacidad de indignación”, escribe Cortina, “podemos no percibir las injusticias”. Me viene a la cabeza Venezuela, no por la incapacidad de cualquiera para indignarse sino porque mi país es a estas alturas una estaca en el corazón, herida abierta que tarda más de la cuenta en sanar. Venezuela cabe en los bolsillos, en la mochila ocupa siempre el lugar de las entrañas. Es un sustantivo que para mí va siendo verbo no sé si conjugable en futuro del indicativo. Pero olvídalo, no me hagas caso.
    Al día siguiente regreso de nuevo a este lugar, dispongo taza, papeles y libro sobre la misma mesa. Adela Cortina, como ayer, teoriza sobre democracia, esa señora esquiva cada vez más ajena al país que ya le pateará el culo a sus tiranos. Alzo la vista y ahí está, otra vez la única luz encendida en esa extraña ventana del cuadrado perfecto. Entonces, como jugando al gato y al ratón, se apaga de inmediato. Qué casualidad, me digo, a las seis y media de la tarde la mano puntualísima baja el interruptor. Pasan veinte, cuarenta, sesenta segundos y entonces el hombre de negro abre la puerta de hierro, se lanza a las aceras, desaparece como si nada.
    Ver pasar la vida sentado en un café tiene la particularidad de hacerte pescar escenas, hechos, circunstancias azarosas que ante un buen ojo implican fiesta para los sentidos. La filósofa escribe ahora acerca de “Consumo y valores economicistas”, antes disertó sobre “El ábaco de bienestar” y ya por último navegaré sobre lo que tituló “El florecimiento humano”. Buena perspectiva. Enciendo la pipa, disfruto del marrón, levanto los ojos y el punto de luz en el piso cinco vuelve a aparecer. Miro el reloj impaciente porque espero a alguien esta vez. Seis y treinta en punto. Como tenía que ser, la mano se desliza hasta el interruptor. Oscuridad. Veinte, cuarenta, sesenta segundos y se abre la puerta de la planta baja.
    Me levanto, camino, él también lo hace embutido en su sobretodo oscuro.  Al llegar a la esquina cruza por la José Tamayo y avanza ahora acomodándose el sombrero. Lo sigo, me acerco, acelera, más rápido, más rápido aún, yo aprieto el paso, casi al trote me doy cuenta de que no podré alcanzarlo. Quería identificarlo pero sé que resultará imposible ver su rostro. En la oscuridad algo aletea muy  cerca de mí en dirección contraria a la que me dirijo. Un murciélago cruza el horizonte.

2/12/2018

Relaciones


    Ya ven, hoy me ha dado por hablar de lectura, de escritura, de eso que me gusta poner sobre la mesa, amigos de por medio, con ánimo de escuchar buenas y malas lenguas, ideas, pareceres, genialidades o disparates, lo cual, como anda el patio,  es ya ganancia suficiente en medio del gris marchito que hace de las suyas por donde pases el ojo.
    Estoy solo, sentado en la mesa de café a la que siempre acudo para ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone un ejercicio óptico que trasciende la mera anatomía. Se trata de un estímulo ocular, por supuesto, pero lo interesante, lo que de veras pretende uno es deambular por ciertos recovecos, escudriñar escenas que están ahí mientras revuelves el azúcar de la taza, capturar gestos cuando nadie más se ha percatado, en fin. Te metes entre las patas de las frases, escuchas escupitajos que son palabras transformadas en el bicho que antes era un ser como cualquiera, digamos, un tal Gregorio Samsa. Y así. La mesa de un café también es explanada donde el mundo paga y se da el vuelto.
    Al lado, un hombre entrado en años le dice a una mujer entrada en carnes: “desde que tengo celular ya no sé de qué está hecho el champú”. Menuda sentencia. Del champú confieso que sé que sirve para lavarse el cabello, para acabar con los piojos, para evitar su caída. Un champú es un champú, punto, se acabó: cobra vida en la ducha, en las peluquerías, en los estantes del supermercado, y hasta ahí. Pero entre el celular y el Head & Shoulders nace, según entrevé mi ojo cafetinesco, cierta relación putañera, es decir que entre el celular y el champú termina por establecerse un vaivén de información equivalente al mercadeo sexual entre un señor y una señora, pongo por caso.
    Semejante hecho noticioso pasa quizás por una denuncia a modo de queja: el teléfono ocupa esa zona del mundo antes invadida por otros oficios. El de la lectura por ejemplo, o el de la escritura, se me ocurre a mí. Extendiendo la relación entre una cosa y otra, la tecnología llevándose en los cachos al simple hecho de abrir una revista y zambullirse en ella. Metáfora de estos días, nada menos que los chips en pleno vómito de bilis antropofágica. No queda nadie, no quedan seres como los que conoció mi abuela. ¿Quién dijo que la Postmodernidad estaba liquidada?
    El señor entrado en años y la dama entrada en carnes charlan de lo lindo asumiendo su papel. Ella instalada en el espacio de la mesa que le corresponde y él dándole la espalda al champú, digo, a la cotidianidad monda y lironda gracias al celular que jamás aleja de su oreja. Lo que soy yo, gozo en medio de la putería a dos pasos de esta silla. El Nokia y el Dove Oil Balance antihorquetillas viven su romance a escondidas. Pensar que entre ambos cabe el universo tal cual podemos verlo, nace un toma y dame capaz de hacer pensar a quien sólo vino por un café y algo de brisa fresca. Este es el mundo en que vivimos. Fíjate hasta dónde hemos llegado. ¿Quién entiende todo esto?

1/27/2018

Una mosca me mira


    Ahí está, sobre la mesa. En el lugar acostumbrado, a la hora acostumbrada, café, tabaco, agua mineral y pluma en mano pretendo continuar con Georges Perec.  Lo infraordinario es un libro que empecé hace un par de días y quiero despachar ahora.  “¿Cuántos gestos son necesarios para discar un número telefónico? ¿Por qué?”, se pregunta el francés. En él, a lo largo de las sesenta y nueve páginas que he devorado hasta este instante, ha sido imposible no tener en mente a Cortázar, por aquello del mundo, sus causas y consecuencias, todo bajo la lupa y bajo el entramado que implican los mil y un por qués en relación con los hilos que nos unen, a ti, a mí y a todos en esta red de redes que es la cotidianidad.
    Ha sido imposible no tener en mente a Cortázar y a Breton, el Breton de la Nadja, especie de Rayuela a su manera, prima hermana de ese otro monumento que es El Perseguidor. Y se me viene también a la cabeza Feist con su canción: “¿Qué es lo que nos separa?, ¿qué por casualidad nos reúne?, ¿por qué tantas salidas y llegadas en esta ronda infinita?”. Ahí caben de cabo a rabo la causalidad, el encuentro inesperado, los caminos cruzados entre anhelos y miedos, las concordancias imposibles del tú atravesando una calle y el yo en dirección opuesta hasta hallarse frente a frente contra toda aritmética, contra Descartes planchado, cuadrado, perfumado.
    Ahí está, sobre la mesa. Inmóvil. Noto que me observa, admito sus múltiples ojos escudriñando a un ser con jeans, camisa a cuadros, saco marrón y boca de dragón humeante que a veces lee y a veces rasguña un trozo de papel mientras cada tanto acerca la taza al paladar. Hemos sellado un pacto: la geografía que ocupa nada tiene que ver con mi territorio a lo largo y ancho de este mantel blanco. Me mira con tranquilidad y piensa, seguramente calcula, mide casi con desdén al otro que tiene enfrente.
    “Soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja de sueño”, escribió el buen argentino. La verdad es que más que razón, Cortázar tenía mucho de olfato existencial, de intuición, ésa que trasciende lógicas comunes y corrientes e inventa, o descubre o qué sé yo, realidades más porosas. Me observa, está ahí, como si nada, y sonríe y se frota las patas delanteras en un gesto de reflexión profunda, de deleite a propósito de cuanto esta tarde la casualidad, la causalidad, ve tú a saber qué más, ha puesto frente a sus narices.
    Me pregunto qué estará tramando. Me respondo: disfruta el panorama, ríe ahora a mandíbula batiente en medio de la marejada, a merced de la puesta en escena que personificamos. Sí, me observa, pasa sus ojos compuestos por mi humanidad. Escribo y ahí permanece, como una máquina de pensar que erige premisas, ata cabos, escupe conclusiones y reta a cualquiera a contemplar el mundo desde su horizonte. Soy un bicho, estoy hecho un insecto y desde su trinchera, sobre la superficie blanca continúa hurgando, yo en el portaobjetos, ella pegada al lente surcando espacios, derivando teorías, axiomas, realidades quizás parecidas a las mías.
    Termino de leer, termino de escribir, el camarero anda cerca y aprovecho para con la señal acostumbrada solicitarle la factura. Pago y me levanto. Me sigue, me sigue desde su otra orilla. Levanto el brazo, me atrevo a hacer un gesto como de despedida. Ella mira, quieta como un punto negro en plena estepa siberiana. Recuerdo otra vez a Perec, a Cortázar, a Feist, a Breton. Sigo recordando.

1/18/2018

Abuelos de sus predecesores

    Ciertas revoluciones, para sentir que lo son, requieren de un evangelio que aglutine a la feligresía. La cubana, mítico emblema latinoamericano de quienes creyeron en el socialismo por las buenas, tuvo el suyo, cuya cháchara estructuró la narrativa de un puñado de barbudos capaces de tomar el cielo por asalto. De modo que ya lo sabes, camarada, si tu empeño está en el apelativo revolucionario, pues tendrás que lanzarte a las aguas de un credo en cuyo altar, para empezar, luzca fuerte y rozagante el líder mesiánico sine qua non.
    Hugo Chávez, los hermanitos Castro, Daniel Ortega, Evo Morales o Nicolás Maduro, junto a la pléyade de delincuentes hechos con el mando en Venezuela, exprimieron el término revolución hasta trocarlo en lo que según ellos debe ser: mantra sagrado para quedarse en el poder. Si la ideología de los iluminados tiene a la verdad, a la razón, a la justicia y a la historia comiendo en la mano abierta, y si éstas, para más señas, chapotean entre la baba de los Castro, los cuentos chinos de Ortega o la ignorancia de Maduro, entonces nada, es mejor para todos  -y cuando esta gente dice todos se refiere al universo-  que continúen gobernando. Hasta que el cuerpo aguante. Porque a la vuelta de la esquina o en diez, veinte, cuarenta o sesenta años, qué más da, se alcanzará la felicidad, se albergará al hombre nuevo, cuyos prototipos saltan ya a la vista en la inspiradora humanidad de un Pedro Carreño, un Diosdado o una Varela. Adiós desigualdades, adiós explotación, adiós capitalismo, hola comunismo. Mientras tanto uh, ah, Maduro no se va. Y así.
    El bandidaje que gobierna en Venezuela siempre postuló la historia legitimadora de cuanta locura sostuviera sus quehaceres. El ajedrez pensado en el gobierno, inclinado ante el santoral habanero, hace de las suyas gracias a un tejido harto conocido: hubo un ser, un visionario untado de patria hasta en su sombra que para conjurar tu sufrimiento, el mío y el de este planeta sin luz, se alzó en armas con el desinteresado propósito de sembrar el Edén en Venezuela, y después, compañeritos peseuvistas del mundo, multiplicarlo urbi et orbi, perdónenme el latinazgo. Hace dieciocho años, léelo bien, tal pote de humo fue vendido a todo un país.
    Visto el fracaso hecho tragedia del sinsentido chavista, quienes continuaron la peregrinación destructiva una vez desaparecido el sumo sacerdote reinventaron el espejismo: el culmen revolucionario peligra porque los lobos usan sus colmillos repartiendo buenas dentelladas. La burguesía, la derecha, Trump y Obama, la guerra económica, Santos, Uribe, Macri y Piñera, atacan sin cuartel con la nada desdeñable fuerza de sus mandíbulas. Es preciso pulir el evangelio, resulta urgente parapetear el salvavidas.
    Toda revolución que se respete comete infinidad de desatinos, pero sobre todo dos: primero, espantarse como el diablo ante a un racimo de ajos frente a la prueba de la realidad  -contrastar su catecismo con lo que ocurre en la calle, en el día a día-  y segundo, suponer con fe de carbonero que tiene a Dios agarrado por las barbas. En Venezuela, aún después de haber puesto a la gente a comer de la basura, teniendo hoy en día como únicas conquistas la ruina, la enfermedad, el crimen y la voladura en mil pedazos de la economía, los descocados transmutados en estadistas por obra y gracia de la ideología juran que tendrán el culo puesto en la silla de Miraflores por los siglos de los siglos. Como no hay intención de apartarse, ni motivos para ello, los mandones hacen fastos con la cosa pública, pingües negocitos con el narcotráfico, elementales tareas de supervivencia para quienes lo han dado todo en función del pueblo y  su felicidad suprema.
    La revolución bolivariana, que ni es revolución ni es bolivariana, posee plena conciencia de que al quitarle las pezuñas al coroto irá  a parar  -Maduro y la panda de bandidos que lo acompaña-   de cabeza a las mazmorras, en Venezuela, en La Haya o en alguna cárcel del manido imperio. Lo sabe y un frío helado le recorre hasta los huesos sólo al imaginarlo. La Masacre de El Junquito, ejecuciones extrajudiciales vistas y seguidas a través de las redes sociales prácticamente en tiempo real, es apenas otra muestra de que el mal va in crescendo, de que la Venezuela decente lleva casi dos décadas soportando abusos, ignominia, corrupción, latrocinio y crímenes contra la humanidad. La pústula gobernante, por sus prácticas y desafueros, por su inquina y métodos estalinistas, goza cada vez menos del oxígeno necesario que alguna vez tuvo para imponer su ley. Quienes llevaron al país a la tragedia que hoy vive son los abuelos de sus predecesores: una asco aún mayor que los Videla, los Pinochet, los chapita o los Castro. Todavía falta el desenlace.

1/12/2018

Aquella máquina de escribir

    A los trece años me compraron una máquina de escribir. Era Olivetti, y era la protagonista de uno de mis sueños recurrentes: inventar con ella historias que como mínimo no resbalaran, así como si nada, por la piel de los lectores. Imaginaba que mi máquina y yo penetraríamos, abecedario de por medio, la humanidad de medio mundo hasta danzar en sus adentros.
    Con el tiempo llegué a usarla como el mejor de los expertos. Aparte de los deberes del liceo me habitué a acribillar el papel bond con letras, frases, párrafos, signos de puntuación e ideas con la pretensión de convertirlos en algo más que la tarea obligada. Fue entonces cuando descubrí que escribir supone también una descarga  -de dolor, alegría esperanza o rabia-  y una búsqueda sinónimo de cacería. Mi máquina se transformó en campo de batalla y en laboratorio: experimenté con sueños, ocurrencias, imaginación, tramas, y en fin, acabé por aprender que para decir, para abarcar este resbaladizo mundo desde lo que vamos siendo es preciso armarse de lenguaje.
    Los sonidos de mi máquina no he vuelto a hallarlos en ningún lugar. La cadencia de las teclas del computador, su suavidad aberrante, dista años luz del traqueteo romántico que la Olivetti ofrecía en plena madrugada. Sí, la madrugada. Fueron aquellos tiempos los que prefiguraron a quien años después sería un noctámbulo de corazón y raza. El placer de la literatura a las dos de la mañana es uno de los pocos que han salido indemnes del trapiche de la historia. La historia particular de cada quien, en este caso mía. A las dos de la mañana no todos los gatos son pardos, lo cual implica que a esas horas ciertos matices, algunos ritmos, determinadas significaciones saltan al  -o del-  papel como batracios o duendes para insinuar mil cosas. Ese resultó otro hallazgo: el verbo insinuar va de la mano con el hecho literario.
    De la vieja máquina, con sus teclas firmes y el cling al terminar  la línea, con ese taca taca equivalente a martillar la lengua, metáfora del hojalatero de palabras, acababa uno la faena con los dedos sucios, manchados de blanco gracias a la labor de poda: retroceder y comenzar en brazos del corrector líquido. Mi máquina Olivetti estuvo conmigo hasta pasados unos años en la universidad. Luego desapareció en silencio, tal y como había llegado, esfumándose una vez de mi habitación del piso siete en la torre de Los Apamates.
    Sobre el estuche de plástico que servía para guardarla pegué un recorte de revista, el rostro de Julio Cortázar con su cigarrillo a lo Bogart. Con ella, la Olivetti que llevo en la memoria como acompañante de mil y una batallas, el mundo se abrió al misterio agazapado detrás de las palabras. Imagino que es un sentimiento parecido al del marino cuando, solo en medio de la noche y las olas y un cielo con estrellas al más puro estilo de Van Gogh, piensa en la vida, en el pasado o el presente mientras enciende su tabaco.
    A mano o en computadora, cada vez que escribo escucho a la Olivetti y su golpe  de teclas, hecha un trasto sin perder la reciedumbre. Veo los tipos de metal dándole a la cinta, al papel, al rodillo que les sirve de apoyo. Entonces me digo que escribir, sin duda, es también y por supuesto un ejercicio de memoria. Y de qué modo.

1/09/2018

La meme histoire

La meme histoire, compuesta e interpretada por Leslie Feist. Una canción que lleva mucho de esa ciudad única llamada París. Encuentros, desencuentros, coincidencias, amores, cafés, destinos: una melodía y una letra abrazadas a cierta  cosmovisión que bien puede ser la de  Julio Cortázar o André Breton (pienso aquí en la Nadja). Serendipia. Nada más que decir.

El link: https://www.youtube.com/watch?v=ud0DcQaZGmo

12/22/2017

Muñecas rusas

    Los atardeceres en Quito son el destello de una playa en Margarita. Aquí el poniente es el lado especular de cuantas sensaciones escondo en mi ADN, o lo que es lo mismo, mirar el horizonte y sus colores desde la mesa en la que escribo supone experimentar, como un vicario del que fui en Venezuela, imágenes, matices, olores y ese tono de luz único que cubre todo cuanto toca a las cinco en punto de la tarde.
    A nueve grados, desde la terraza que me sirve de trinchera vislumbro el trópico. Calores y cayenas, olas, brisa y el aguamarina de un país que revienta en las entrañas. Quizás sea eso la nostalgia: un mundo dentro de otro mundo, muñeca rusa que se erige frente a ti mientras lees o intentas escribir en la atalaya que has labrado muy lejos de tu casa. Entonces piensas en los grandes solitarios de esta vida, seres que han llenado páginas de una literatura que no te es extraña, que has masticado desde niño. Piensas en el viejo Robinson allá en su isla desierta, piensas en la Maga y sus locuras, su modo de plantarse en el mundo y afirmar ésta soy yo y vivo desde la hondura más íngrima. Piensas en el fabuloso Leopold Bloom, en los heterónimos jamás acompañados de Pessoa. Piensas en las Soledades de alguien llamado Góngora. En ellos cabes, en ellos tienes la doble implicatura de verte y de sentirte.
    Mientras escribo contemplo la línea espumosa de una tarde en playa El Agua y veo desmigajarse el minutero del ocaso en Puerto Ordaz. Miro calles resplandecientes de mi pueblo justo ahora, cinco y cuarenta y siete, y te cuento que el reloj no se equivoca, como tampoco el hecho de saber que te mueves como pez en el mar de la memoria, en las babas del tiempo, y así nadas entre una muñeca y otra, deambulas por ellas, atraviesas como si tal cosa la malla elástica, porosa, finísima que separa lugares, soles o tempestades.
    Vuelvo y repito, es probable que en ello radique la nostalgia. Le das un puntapié al olvido hasta que por fin haces con él lo que el artista con el barro: creas tus utensilios, juegas con la tierra para inventar e inventarte. Morriña, saudade, ve tú a saber cuál es la etiqueta y qué puede importar.
    Busco en mi libreta una frase de Camus que anoté hace tiempo. “¿Qué es la felicidad sino el simple acuerdo entre un ser y la existencia que lleva?” La escribió en Nupcias, un libro de sus comienzos. Ahí, de semejante acuerdo deriva buena parte de lo que vamos siendo. Lo que vamos siendo, por supuesto, es el presente y es la memoria y ahora lo veo: el acto de recordar es un fenómeno que se abraza a la nostalgia, quizás única manera de patear en la ingle a la señora amnesia. Dime tú si no.
    En Quito, a esta hora el claroscuro le hace el amor al horizonte. Desde el frío pega el calor de otros instantes y me dejo llevar. Memorias, saudades, soledades a la sombra de una pipa o de un tabaco. Venezuela cabe por completo en una bocanada.

12/09/2017

Un clásico

Un regalo de los dioses: Poncho Sánchez & Óscar de León. Sin comentarios.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=RzLrzkbaRqk

Objetos polvorientos

    Desde niño tuve la sensación de que revelar el mundo equivale a cierta forma de felicidad. Cada quien opta por el tránsito que llevará a cabo, sigue recto o dobla hacia la izquierda, y en ese vaivén construye su día a día, su particular nicho en esta vida que es de todo menos de color rosa.
    Lo digo porque la otra vez, contemplando desde el sofá algunos ejemplares de mi colección de gatos, pensaba en lo que he aprendido sólo investigando aquí y allá para conocerlos más. Cuánto tiempo he invertido al hundirme en lugarejos de todos los pelajes con la esperanza de hallarlos en madera, en metal en arcilla o ve tú a saber qué más.
    De algo puedes estar seguro: coleccionar objetos no es sólo compilarlos. Menuda estupidez la equivalencia entre la simple, árida posesión y la satisfacción automática. Coleccionar postales, monedas, lápices o exlibris es regresar de alguna extraña manera a uno mismo porque, dime tú si no, semejante ruta trae aparejada la alegría, seguida de un aprendizaje sinónimo de autodescubrimiento.  En el fondo, coleccionar implica encontrarte a partir de eso que rastreas.
    Cuando te metes en el ojo del huracán que coleccionas buceas en la memoria, te sumerges en la historia menuda, sin mayores pretensiones, escrita en minúsculas sobre la piel del universo cotidiano mientras das cuenta del pasado,  esplendoroso o no, estimulante o no, pero humano al fin y bebes de él cuanto puedes, para bien y para mal.
    Coleccionar objetos es quizás otra forma de amor: amas aquello que persigues con la pasión a tope, y al encontrar lo que buscas arrancas un pedazo de felicidad quién sabe a qué o a quién. Por mi colección de marcalibros he vagado años enteros escudriñando formas, mensajes, diseños, historias de afecto o de vileza detrás de un objeto en especial, y por los felinos ocurre otro tanto: creo conocerlos hasta en su fuero interno, desde el divino rol que disfrutaron en el antiguo Egipto hasta el presente, no otro que deambular a veces entre bolsas de basura olisqueando sardinas, envases putrefactos, restos apenas comestibles mientras la elegancia hace de las suyas, mientras un mazazo de entera libertad ronronea por los solares a la luz de la Luna.
    Vale el esfuerzo de detener los minuteros y restregarle al tiempo la mueca del olvido hecho presente, rescatado de las garras, de las fauces del nunca jamás que, gracias a tu labor detectivesca, ya no tendrá el horizonte únicamente para sí. Coleccionar botellas, piedras o cajas de fósforos es al fin y al cabo limpiar de telarañas lo que vamos siendo y es así mismo zarandear a la alegría para que de cabo a rabo abra sus alas, de par en par y a plena luz. Ni más ni menos.

12/02/2017

Leer con hambre

    Cuando me acerco a un libro lo hago desde las tripas. Es lo que procuro mantener como función catalizadora entre tanta página escrita y entre el cúmulo de desechos  que en buena medida ofrecen las librerías.
    Semejante esperanza echa mano de la más pura condición hedonista, porque la verdad sea dicha: no concibo leer sin consecuencias placenteras, lo cual, llámenlo ustedes como quieran, a estas alturas va siendo poco menos que un vicio del que no estoy dispuesto a prescindir. La lectura por obligación, porque alguien la impone y se acabó, termina por trocarse en perversión. Supone el uso de la fuerza ante un ejercicio que debería ser voluntario. Leer porque algún hijo de la gran puta te pone un treinta y ocho en plena sien resulta un crimen, de lesa inteligencia para ser exacto, y no hay cárceles suficientes en La Haya para tanto bienintencionado a la hora de repartir el gusto por los libros. Pienso en padres y  maestros, instituciones de cualquier pelaje, ciertas campañas a favor de la literatura, Ministerios y demás lugarejos por el estilo.  Una de dos, o lees porque es un hacer apasionante o no lees y al carajo García Márquez, Heinrich Boll, Dumas, Rulfo  y la madre que los parió.
    Tengo la costumbre de largarme a  buscar historias tantas veces como pueda. Y si la cosa es justamente ésa, poder, créeme que soy capaz de echarme a las espaldas el trabajo pendiente de hoy, de mañana y de pasado, con el delicioso objetivo de entregarme entonces a una librería de viejo. En esto me acompañan Camila y Daniel, mis dos pequeños mosqueteros, y río de lo lindo al percatarme, al verlos escudriñar con la curiosidad comiéndoles el corazón, entre anaqueles polvorientos, pilas destartaladas o mesones cubiertos por ejemplares apolillados.
    Salir a buscar libros equivale a salir de cacería. Literalmente hurgamos en terrenos literarios para luego, con el botín a cuestas, caer sonrientes por el Sweet & Coffee y despedazar gozosos a las víctimas. No hay mayor placer, tenlo por seguro, que una mañana de sábado en trajines semejantes. Leer con la esperanza de hallar esa escritura que te agarra por el cuello y no te deja escapatoria, que te refleja en sus letras, que dibuja sobre el lecho profundo de algunas ideas el perfil que reconoces como tuyo. Cuando eso ocurre, lees seis o siete párrafos, te detienes de pronto, ves pasar la vida alrededor y de seguidas continúas hundiendo los colmillos en la carne blanda del papel.
    No quieres que se acaben las historias, no deseas que culmine el embrujo. Me ocurre con Cortázar, con  Mario Vargas Llosa, me pasa con Paul Auster y acabo de sentirlo al ingerir la autobiografía de Salman Rushdie, seiscientas y tantas páginas de magia pura y dura.
    Leer con hambre y descubrir, probado el plato, que el paladar agradece cada sílaba que engulles. A nada menos está llamado quien espera el goce como recompensa en su vaivén con títulos, carátulas, cubiertas de tapa blanda o dura e historias llegadas de todos los confines. Al final, por fin exclamas: hay que ver, menuda felicidad ésta. Y dices gracias, que se repita, y también Amén.