1/30/2020

La inteligencia como un dolor de muelas


    Enciendes la tele o la radio, te das una vuelta por la cuadra, escuchas cierto murmullo en la mesa contigua a la que ocupas y dices hay que ver cómo está el patio. Y el patio, lo descubres cada vez que pones patitas en la calle, termina siendo músicas a toda pasta, turistas cámara al pescuezo para la foto de la estatua que aparece en los folletos y gente con el chicle a punto,  rascándose los huevos en cualquier esquina.
    Si lo anterior te cubre de cabo a rabo, suma y sigue. En mis cuentas entra de cajón el tipo que quiere ser inteligente, para remate no sólo dispuesto a restregarte lo listo que es a quemarropa sino a mantenerlo desplegado, como un pavo real del intelecto, las putas veces que se te ponga enfrente.
    Imagino que cualquiera desea serlo. Inteligente, digo. Pero una cosa es eso, anhelar cierta condición como algo natural y necesario y otra la patética intención de hacer ver, de mostrar, de soplar al cuello de los otros tu talento (real o no), tu capacidad de ser muy pilas (falsa o verdadera), tu encarnación del lince que todos deben conocer, apreciar, envidiar en sus fueros más profundos.
    Entonces basta poner un pie en las aceras para darte de bruces con semejantes personajes. Juro por todos los dioses que su número es directamente proporcional a la estupidez que hace mella en nosotros, con la facilidad del cuchillo atravesando la manteca. Frente a tales fenómenos saco mis pistolas: si el asunto toma el cariz que a todas luces pulula, pues abajo las neuronas, las circunvoluciones cerebrales, el coeficiente intelectual y demás pseudoindicadores parecidos. Estos bichos se metieron entre ceja y ceja que ser inteligente es el numerito que les tocó a rajatabla en la lotería de las cabezas súper amobladas, de modo que resulta urgente espantarlos, darles con la punta de la bota en la espinilla, mandar al diablo tanta  pelotudez empaquetada en un ego como el de Maradona.
    Como si ser inteligente fuese el único horizonte. Como si la inteligencia, esa masa informe, extraña, gelatinosa y tantas veces esquiva implicara un fin y no apenas el medio. He conocido brutos redomados sumamente listos y lumbreras andantes, verdaderos asnos por la línea del medio. Jumentos de pe a pa que los ves y no lo crees. Me saca de las casillas el cretino que frunce el ceño y se sostiene en ademán de genio el mentón con la mano izquierda, para soltar con airecillo superior la voz  en plan aquí estoy mira qué maravilla y pretender pontificado neuronal con pies de vidrio o barro. Estamos hasta las narices de individuos fagocitados por una creencia, la de que son la última Coca Cola en el erial de nosotros, pobres mentes coloquiales mondas y lirondas.
    En la panadería están, en las salas de espera de los hospitales, en el autobús, en la academia, en la reunión de padres y representantes de tu hijo, en el bar, en el salón de clases, en las farmacias y también en los burdeles. Como de infecciones parecidas casi que no hay lugar a salvo decides darte unas vacaciones, alejarte, procurarte la asepsia que supone el mar, las olas, el cielo estrellado de sus noches. En esas andas cuando echado en la tumbona miras de reojo el libro que lee un señor gordo a dos metros de ti: “Cómo ser inteligente en diez lecciones”. Y ahí acaba el asunto. Ahí coges tu cerveza y te largas en silencio, para no volver jamás.

1/22/2020

Yo, el inmigrante


    De alguna manera todos somos de todas partes así que nadie, de entrada, es originario de un único lugar. Semejante afirmación guarda bastante lógica pues a estas alturas hablar de pureza cultural, racial o cosa parecida es un disparate por donde lo mires. Cada quien crea sus afectos, construye un sentido de pertenencia, echa en la memoria la fascinación, alegrías, frustraciones y anhelos vinculados al sitio que le tocó vivir, pero en el fondo nos traviesa la condición múltiple de llevar en las alforjas esa transhumancia de quienes vinieron antes.
    Mi padre es el ejemplo más próximo que tengo al respecto. Llegó a Venezuela embadurnado de juventud y ahí labró sus días como extranjero que de a poco fue ganándose un lugar en la geografía que le sirvió de asiento. Hizo amigos, apreció y se sintió apreciado en aquel presente no exento de incertidumbres y erigió un futuro con las manos. Formó una familia, trabajó, soñó, murió años después en la Upata que se le incrustó como una estaca de vida en pleno corazón. Jamás hubo en él partición alguna en cuanto a su espacio existencial: era un francés venezolano y un venezolano francés. Así, sin más contradicciones, sin otros efectos mutuamente excluyentes.
    Nunca imaginé que me tocaría ir tras sus pasos. Mientras estuve en Venezuela juraba alejarme de ella sólo por períodos muy cortos. Unas vacaciones, un viaje debido a razones académicas, cierto traslado por motivos diversos pero con el punto de fuga anclado en mi zona de confort, no otra que esa donde coseché familia, amigos, sudores, proyectos, en fin, el día a día como invención y experiencia constitutiva.
    Pero ya sabes, el mundo es como es así que llegó el momento de partir. Lo que no sorprende a nadie ya: el país como espejo hecho pedazos; los hijos, que merecen un futuro cuya concreción estás cuando menos obligado a despejar; tú mismo, porque vivir supone esforzarte, quebrarte el lomo aquí o allá, darte de bruces con los fantasmas que te persiguen e intentar domarlos en función del horizonte que te habías metido entre ceja y ceja. De tal manera que irrumpe de pronto, como aguacero en el trópico, la palabra exilio. Uno autoimpuesto, abrazado a tu respiración, a cada minuto de tus días.
    Llevo más de tres años en Quito, ciudad que a decir verdad me atrapó a primera vista. Debo aclarar que soy un hombre con suerte, he escrito en otra parte que mi estadía en la Mérida venezolana durante mis años universitarios hizo lo suyo: al llegar aquí noté un no sé qué, cierta familiaridad que me arrojó otra vez a aquellos tiempos idos. Me los devolvió cubiertos de nostalgias, lo que supuso el primer paso de un encuentro menos duro con la nueva realidad. Después, tengo la impresión de que sucedió a la inversa: por razones que ignoro le caí bien a esta ciudad cargada de tanto por reconocer, de interrogantes y de frío y bueno, hay que celebrar que nos llevamos de puta madre hasta el presente.
    Decía arriba que jamás pasó por mis circunvoluciones cerebrales moverme de Venezuela, instalarme en otras latitudes. Eso que llaman venezolanidad, cosa que ignoro desde el intelecto pero que soy capaz de percibir, de asimilar con los poros, la adrenalina, el subconsciente o como diablos se diga, estuvo arraigada en mí hasta la médula. Emigrar era un verbo carente del cemento necesario para atarme siquiera a una posibilidad. Pero aquí estoy, hecho caldo de cultivo, magma con fondo de Ciudad Guayana, de Upata, de los Llanos o de Mérida entremezclado con una tierra extraña que también ahora conforma al hombre que voy siendo. Entonces recuerdo a mi padre y sonrío, lo comprendo mejor, lo conozco más que ayer, sé qué le cruzaba el alma al recordar historias de su infancia, lugares cotidianos de su juventud, la vida como abanico de momentos aceptados, incorporados, novedosos en función de realidades que llegan, que abarcan y asfixian y oxigenan luego, por fin hechas suyas sin que se contradigan o repelen. También soy un inmigrante en la ciudad de Quito, amalgama entre el país que traigo en las espaldas y éste que me recibe y me deja ser y me permite. Toda una experiencia que jamás busqué. Todo un entramado que enriquece.

1/08/2020

La punta de la nariz para los lentes


    De niño me causaba gracia la costumbre de ciertos señores: llevar lentes sobre la punta, a un milímetro de ese abismo que aparece enfrente cuando casi se acaba la nariz. Si me lo pidieras no podría explicar las causas, pero sí te puedo asegurar que semejante escena era tan risible como cualquiera de Chaplin protagonizando sus entuertos. Los anteojos en la punta de cualquier nariz colaban la idea de trozo de acetato en plena proyección, es decir, pedazo de cine metido en la vida real, en tu rutina cotidiana.
    Hoy, ya pasadas las lunas de rigor, instalada la presbicia como vieja desdentada para nublarte los ojos, llevo el estuche con mis lentes en el bolsillo de más de una camisa. Me gusta leer artículos, novelas, ensayos y textos de mil pelajes que se publican en las redes. Gozo al hacerlo, soy un hedonista en eso de buscar libros, probarlos, degustarlos como a un vino viejo, sorbo a sorbo -o trozo a trozo, ve tú a saber qué palabra utilizar aquí- de modo que no pierdo el chance de lanzarme de cabeza sobre algún café que aparezca en el camino cuando menos dos veces por semana. En tales paraísos enciendo la pipa, pido un macchiato, me enredo entre páginas escritas, veo pasar la vida alrededor.
    Y entonces los lentes. Mis gafas, especie de duendes que obran el milagro de dejarte coger letras y palabras por los cuernos hasta hacerlas otra vez visibles, mágicamente apreciables a través de los cristales ubicados sobre la punta lejana de tu respingada nariz. Horror, claro. El niño que fui me mira de reojo y le crujen las mandíbulas, ríe como hiena frente a mí. Yo encojo los hombros,  con indiferencia frunzo el ceño, sigo en mis trece, continúo haciendo lo que hago.
    Quién lo iba a decir. Mencioné antes que me gusta ver pasar la vida alrededor, de vez en cuando alzar la vista del libro que devoro en este café sobrado de transeúntes y para ello mis anteojos son cómplices perfectos: en la punta de la nariz hacen de la historia libresca que sostengo entre manos un plasma de cien pulgadas en tecnicolor. Para remate,  como si lo anterior fuese poco, cada tanto permiten un chapuzón en las aguas del contexto. Unos lentes ahí, justo por estar en la mera punta del órgano nasal posibilitan tal hazaña: leer lo que tienes a  treinta centímetros del rostro y si te da la gana, apenas con levantar los ojos por encima de los vidrios, definir con claridad a la dama que camina al otro lado de la calle.
    El niño que fui no deja de observarme. Pegado a la mesa, con pantalones cortos y franela de Brasil en el mundial ochenta y dos el muy cabrón sonríe mientras lo pícaro se le sale por los poros. Soy Charles Chaplin en mitad de sus enredos, soy uno de Los Tres Chiflados sentado en esta silla de café, soy Cantinflas en la escena que prefieras. Tengo doce años, me río de mí, hoy tan cómico, tan patéticamente domeñado, tan señor mayor con estos lentes de pasta verde en plena punta de una nariz que nunca jamás iba a saber de ellos. Entonces le devuelvo la mirada, el hombre que voy siendo fija los ojos en el muchacho que ríe ahora con más ganas y con las pupilas convertidas en puñal lo increpo, indago, pregunto qué ha sido de él, por qué ha vuelto de pronto, qué razones existieron para haberse largado del modo en que lo hizo.
    Como no hay respuestas -sólo carcajadas de lo más hirientes- me hago de la vista gorda. Regreso mi interés a “Lo que fue presente”, diario de Héctor Abad Faciolince para notar de inmediato que el título es mucho más que un título. En la página ciento veintidós leo: “Aquí todo lo feo recobra sus derechos porque mira lo hermoso con la frente alta. Y lo hermoso se ríe para hermosear, sin compasión, a lo feo”. Menuda explicación, vaya manera de ponerme frente a mí en este café de una ciudad que ahora es hogar, exilio, ruta que apunta a nuevas perspectivas. Quién lo hubiera imaginado.

12/14/2019

Un clásico

Rod Stewart - Have yourself a merry little Christmas
Me gusta diciembre, un mes lleno de reconciliación, recuerdos, renovaciones... Feliz Navidad!

12/13/2019

Ella fuma en el café


    La mesa de un café es trinchera y atalaya, es el lugar cuyo punto de fuga supone eso que me dedico a cultivar mientras enciendo un tabaco, pido agua mineral y dispongo taza humeante y libro listos para la batalla.
    Nada como leer en estos sitios que considero divanes, camillas para la contemplación en pleno bullicio cotidiano. La mesa de un café suscribe el raro hecho de albergarme en sus entrañas y producir cierto efecto que de otras maneras cuesta mucho más hallar: siento paz en medio de la calle, olvido tensiones y otras piedras en zapatos, escribo con placer redoblado, leo  -devoro- páginas y páginas como si estuviera en casa y de cuando en cuando alzo la vista para ver pasar la vida alrededor.
    En esas estaba la otra tarde cuando noté que venía cerca. Falda corta, blusa muy ceñida al cuerpo, medias negras, zapatillas altas. Todo un clásico, pensé de inmediato. Marqué con el dedo índice la página setenta y tres del libro de Chocrón que encontré hace poco en una librería de viejo y continué observando. Cuarenta y tantos, susurré en voz baja, a lo mejor ejecutiva en una empresa de las inmediaciones, poco maquillaje, bolso pequeño -a juego con la minifalda-, cabello recogido. Me llamó la atención, para qué voy a negarlo, semejante andar, semejante paso de pantera, y lo que es peor,  el sólido tum-tum de sus caderas que en el arrebato pasaron a dos metros de mí sacándome la lengua.
    Laura, quizás se llame Laura. Toma asiento dos mesas más allá, deja la cartera sobre una de las tres sillas vacías luego de haber sacado un cigarrillo, cruza una pierna, vuelve otra vez al bolso, hurga, coge un encendedor, cierra. La mesa en la que estoy hace las veces de platea y mi asiento se transforma en butaca de un cine cualquiera. Entonces me acomodo, doy una chupada al Partagás que había olvidado sobre el cenicero y ahí está de nuevo, Laura con el rostro semiiluminado mientras enciende el cigarrillo, mientras baja la pierna y sobre ella cruza la otra, mientras el humo crea una nube azul que combina con los flecos blancos de su blusa.
    Tiene unas piernas que para qué te cuento y para más señas tiene unas tetas de infarto. Al cruzarlas deja ver la piel sin marcas, lisa como espejo que destella gracias a la luz del sol que  acaricia sin obstáculos. Rodillas, muslos, y más allá el ámbito oculto que puedo imaginar sin demasiadas complicaciones: bikini diminuto -también negro-, sedas, encajes, transparencias.
    En mi butaca contemplo el paisaje y nada, parece que no pasa nada en esta puesta en escena que ocurre sin razones ni por qués, echada en brazos de la casualidad. Laura fuma, no como Sharon Stone en aquella imagen memorable de Bajos instintos sino como Laura, como ella, nada más que ella aquí y ahora en este café saturado  de erotismo. El aire es una baba, la temperatura una masa pegajosa, el atardecer especie de quietud con gemidos y jadeos inocultables. Cambia de posición, se acomoda sobre el asiento, su falda empequeñece debido a tales contorsiones. El nylon repite su brillo por un golpe certero de luz y casi puedo ver el fin de las medias rematadas en ligas con bordados y arabescos.
    Pide un café o un jugo o qué sé yo y espera. Espera como si fuese el personaje de Beckett soñando con Godot. Fuma, goza en el acto de fumar, aprieta con los labios el filtro de su cigarrillo que a estas alturas es una colilla casi fláccida empapada de rouge. Respira hondo mientras continúa su espera. Vuelve a la carga, lo acerca con lentitud, lo lleva otra vez a los labios y en una chupada larga y lenta da la impresión de engullir el mundo por completo. Una explosión, toda la carga acumulada revienta sostenida por su mano izquierda en la boca, en los labios, en la cara a borbotones, a humaradas, a interminable fuego lento. Fuma, y el humo continúa bañándola de nubes, cubriéndola en torrentes.
    Termina su taza y deja unas monedas al lado. Se limpia con la servilleta, elimina restos de café sobre la comisura de los labios. Ya no cruza las piernas y en fracciones de segundo se arregla la falda, la estira de modo que atraviese esa frontera de la mitad de los muslos hacia abajo. Toma el labial de la cartera, se retoca.
    Entonces se levanta, camina despacio, pasa por mi lado y me observa de reojo como quien mira a un bicho raro. Continúa su caminata mientras al fondo, en la pantalla, puedo leer: The End.

11/29/2019

La ceniza del cigarro


    Hay cosas que aún después de acabarse expresan mucho. La ceniza del cigarro es una de ellas, en principio porque toda ceniza lleva adentro cierta presencia evocadora capaz de sugerir, de guiñarte un ojo, de decir a su real gana mil y un asuntos pues carga en las espaldas todo de cuanto ha sido testigo.
    Me pongo a contemplar un cigarro reducido a la mitad. Reposa al borde de un pequeño recipiente que está sobre la mesa, adosado a una columna de ceniza que no se desprendió. Ahí se muestra semidesnudo algún pedazo de historia, cabe en ella la punta de un témpano en cuyas profundidades júralo que palpitó la vida, reverberaron los sueños, se agitaron esperanzas. La ceniza de un cigarro, como libro abierto, da cuenta de ese espacio lleno de sístoles y diástoles que existió a su antojo mientras no ardió el fósforo que acabó con todo.
    ¿Qué carga en la memoria el cadáver de un Marlboro? ¿De qué será testigo ese Gitane consumado? ¿Qué puede contarte un L&M hecho añicos? El cigarrillo luego de almorzar, el cigarrillo para coronar orgasmos memorables, el cigarrillo a lo Bogart mientras Sam Spade charla muy muy de cerca con Ruth Wonderly, el cigarrillo que fumó Sharon Stone cruzando esas piernazas en Bajos instintos, el último cigarrillo que Julio Cortázar se llevó a los labios cuando escribía Rayuela, el cigarrillo como personaje en Sólo para fumadores -obra maestra de Ramón Ribeyro-, el cigarrillo en aquella foto de Albert Camus, el cigarrillo compañía de un escritor junto al sonido de las teclas, el cigarrillo que enciendes echándote en brazos del simple placer, el cigarrillo y el café en una canción del grupo Guaco, el cigarrillo que cuelga de los labios del soldado viendo llover bombas tirado en su trinchera, el cigarrillo lleno aún de rojo carmesí aplastado contra el cenicero, el cigarrillo que ansías para soportar mejor la espera. Entonces observo la ceniza de lo que parece un Lucky Strike desvencijado y digo hay que ver, imagina un poco la de cuentos, la de chismes, la de escenas normalitas o no, reprochables o no, eróticas o no, y supón que por un mínimo instante puedes entrever lo que hubo antes, la carga de memoria y de sentido que guarda en las entrañas ese cúmulo de nada y todo que implica la ceniza de un Camel. Lo que soy yo, respeto y reverencio tantas colillas arrojadas al suelo, tantas echadas a los contenedores cuyos secretos propiciarían escándalos sin parangón, historias de porno para arriba, sádico voyeurismo que en algún momento ha tocado la existencia sin importar horas ni lugares.
    En el cuerpo semicalcinado de un cigarro las cenizas guardan el alcohol de mareos y borracheras. Por eso digo que me da por preguntarles, mirarlos de frente, increparlos hasta acariciar respuestas para enigmas insondables. Dime tú si no: entras a esa habitación, contemplas sábanas, mesa de noche, cortinaje, respiras el aire de un hotel que no está mal y ahí, resquebrajando la asepsia que te envuelve, descubres el pequeño cenicero, el cigarrillo truncado a medio fumar. Entonces, un poco más allá, ves otro con rouge intenso sobre el filtro. Luego piensas: menudo perfomance, qué batalla campal en el king size. Después guardas las maletas, te echas sobre la cama, cierras los ojos, duermes. Y al amanecer el día transcurre como si nada.

11/21/2019

Cortázar en gotas, Thomas Mann, ungüento



       Josefo Pérez Papadopoulos, amigo y colega de la universidad, es un apasionado de la antropología. Por serlo, anda averiguando ciertas relaciones entre la medicina tradicional y la indígena, lo cual hoy por hoy hace de él un experto en tales lides. Si tienes un mal que te impide vivir como deseas, mi amigo tendrá al pelo sugerencias prácticas, ancestrales por decir lo menos, que acabarán con el problema. Créeme que saldrás renovado, lleno de energías repotenciadas, como liebre saltarina lista para continuar en este valle de lágrimas.
    Cada vez que podemos compartimos charla entremezclada con café, y también créeme que de sólo atender a cuanto manifiesta he experimentado mejoría en todo nivel. Soy más perspicaz, menos enfermizo, mucho más apto para la felicidad, cuestión directamente proporcional al objetivo que, en el fondo, siempre perseguí en el plano del vivir.
    Pues nada, que un descreído como yo terminó por introducir en primer lugar los pies, luego las piernas y por último el cuerpo todo en las aguas sanadoras que hasta hace meses tenía puta idea de que existieran. Dime tú si no: de lo humano descubrí que poco me es ajeno, corroborado de pe a pa en función de la experiencia que me engulle.
    La experiencia que me engulle, claro, ha desplegado sus alas, va siendo una que jamás supuse para mí. Entonces eureka, de a ratos desato las amarras y aquí voy, cogiendo impulso gracias a extrañas brazadas, a inconcebibles movimientos, a trampolines que fabrico a punta de uñas, dientes, manotazos y sinuosidades de todos los pelajes. Hoy en día he creado un sistema propio, una terapia individual sustentada en búsquedas no sé si valoradas por otros en el pasado, por ti o por aquél en el afán de hacerle morisquetas a la adversidad.
    Me explico: la literatura también hace de las suyas, más allá del arte y por encima de metáforas, estilos o estéticas de cualquier índole, de modo que ya no voy al médico ni tomo aspirinas o antibióticos como solía hacerlo tiempo atrás. Me explico aún más: puedo decir que he dado en el clavo a propósito del hecho literario, que descubrí, pongo por caso, que para malestares respiratorios Thomas Mann es especial. “La montaña mágica” funciona no sólo como expectorante sino que hace las veces de caldo puesto a punto para inhalaciones. Despeja, afloja el pecho, descongestiona, limpia a fondo los pulmones. Cógela y lee, haz el intento, practícalo y después me cuentas.
    Para dolores musculares los cuentos de Fernando Iwasaki. Para la obesidad, “Un artista del hambre”, del gran Kafka. Si lo tuyo son jaquecas o migrañas el remedio es “Cefalea”, que Cortázar escribió quizás para exorcizar tamaños malestares. Hago aquí un inciso y, ahora que lo pienso, buena parte del misterio de la creación, de las novelas, cuentos o poemas, sé que está más que vinculada con indagaciones para nada relativas a lo estrictamente literario. Ja, quién lo hubiera dicho, es que quién lo hubiera sospechado.
    Cuando hay pérdida del apetito hallé luego de mucho escudriñar la solución: seis páginas diarias -no más, para evitar indigestión- de “La gente feliz lee y toma café”, cuya autora es Agnés Martin-Lugard, y si hay complicaciones artríticas las novelas de Heinrich Böll o los libros de Iván Égüez resultan una maravilla -el por qué de esta dupla no me lo preguntes. Ignoro razones específicas-. Hasta aquí y únicamente por ahora los descubrimientos, mis encontronazos terapéuticos con letras, párrafos, capítulos cuyos recovecos sanitarios he probado una y mil veces. Sé que no son bastantes pero ten por seguro que su cortedad no supone falencias en cuanto al hecho que nos interesa: mandar al cuerno los males referidos. Mientras, trabajo, indago, continúo en mis trece. Ya verá Papadopoulos cómo le planto este hallazgo diferente. Por lo pronto aquí lo dejo para ustedes.

11/14/2019

Mi amigo y yo


    La amistad tiene sus cosas raras. Hay gente a la que frecuento a diario y dista de ser cofrade, y están los que veo poco, incluso demasiado poco, pero son amigos entrañables.
    Tampoco es que haya muchos. Un tipo con tantas amistades como estrellas en el cielo confieso que me pone los pelos de punta: o es un mentecato o un vulgar estafador, y de semejantes personajes aprendí a cuidarme desde hace bastante. En fin, que un amigo viene siendo aquello que lleva en las alforjas eso que también tú portas en las tuyas, porque ambos saben que cuando se cuecen las habas se erigen asimismo los afectos, y las habas se cuecen a fuego lento entre actos cómplices, fidelidades e intereses más o menos comunes a propósito de lo labrado. Lo labrado, aquí, implica brazos abiertos, manos estrechadas, señas, comprensiones mutuas, patadas en la ingle a tiempos y lugares.
    Tengo amigos que no veo desde hace una punta de años. La última vez que estuvimos juntos, libando unas cervezas y dándole a la lengua como si conversar fuera la actividad que más nos humaniza, fue tan fluido y simple que nos parecía que a la mañana siguiente todos coincidiríamos en la oficina, como si viviéramos en esta ciudad y fuésemos alegres compañeros de trabajo. Por mucho tiempo que transcurra, por bastante geografía que se atraviese en medio, cuando nos encontramos las cosas discurren tocadas por aguas jabonosas y apenas sentimos que ese señor llamado cronos ha pasado, que ha lanzado sus escupitajos sobre nosotros, y entonces seguimos la charla, destrozamos temas, acuchillamos razones, obviamos excusas y vacíos, dándole luz verde a aquella discusión suspendida al amanecer de un pasado añoso porque se iba haciendo hora de largarse al aeropuerto.
    Para mis amigos -y clarines que para mí también- un viernes, pongo por caso, es día del almanaque al que llegamos y un abrazo, cubitos de hielo, whisky clink clink, brindo por ti, por tus hijos, ¿cómo ha estado tu madre?, y ese encuentro, repito, es la extensión de uno anterior ocurrido dos, tres, cinco años atrás pero qué diablos importa porque el gran secreto es que somos jodidamente amigos, jodidamente entrañables, y el secreto viene aparejado con la llave maestra que abre los candados y te arroja al fondo del aquí, todo a punto en el ahora que es ese viernes cualquiera de dos mil ocho, dos mil dieciséis, diecisiete o diecinueve.
    Creo que en el fondo la amistad lleva consigo una sensación de pertenencia -más bien una seguridad- que al ser compartida tiende puentes de acero inoxidable. La amistad deviene así en punto en común muy duro de fraguar. En estos días leía algo de Borges y me enteré de que en cierta ocasión se le ocurrió afirmar que la amistad no requiere de frecuencia, a diferencia del amor entre parejas que la exige so pena de que el asunto acabe con las patas para arriba. Por eso a Bioy Casares, su amigo del alma, se le olvidó participarle de su boda. Yo lo entiendo, claro, y me atrevo a decir más: si un amigo es un amigo, verlo todos los días carece de importancia. Mi amigo lo es  por la razón compleja de que atamos cabos por debajo de la mesa, al punto de que tal cuestión permite obsequiarle un manotazo al mapa y echar los relojes a los siete mares.
    Mis amigos lo saben, firman y confirman al pelo lo anterior,  así que palabras como las que llevo escritas han calado en sus certezas. Lo otro -coincidir a cada rato, coger el teléfono para charlar a diario- resulta el acto políticamente correcto que, estoy seguro, terminamos detestando. Celebro que en mi caso no sea así. Ni en el de ellos.

10/24/2019

La verdadera realidad


    Siendo niño me convencí de que el mundo está mal hecho. En el colegio las monjas explicaban cómo el mismo Dios se había entregado a la tarea de materializar el universo pero yo, abatido, fruncía el ceño en mi pupitre mientras restaba crédito a semejante historia, no por su condición divina sino por tanto resultado chapucero. Dios, mi Dios, nunca habría firmado obra parecida.
    Entonces, como vivía absorto por los dibujos animados, terminé persuadido de una verdad a rajatabla: ahí yace la perfección total, esa es la realidad digna de los dioses, una tan lejos de este valle de lágrimas que olvídate, somos apenas un deseo, anhelo utópico flotando en líquidos oníricos. Tristes sombras de ve tú a saber qué proyectos abortados.
    En el santoral de mis comiquitas Tom y Jerry ocupó lugar preponderante, y no es para menos. Como en la vida misma, lo bueno y lo malo, lo apetecible y lo aborrecible, etcétera, etcétera, etcétera, hacen de las suyas mientras luchan a brazo partido por llegar triunfantes a la meta. El combate a dentelladas para imponer cuanto creemos, eso que a la postre originó lo que Darwin llamaba victoria de los más aptos -con la diferencia aquí de que los más aptos podían ser los menos, los débiles, los vulnerables, seres a quienes la biología habría barrido de un plumazo- erige como foco ciertas aventuras de un gato y un ratón, con la particularidad de que éstos envían al mismo infierno tanta cotidianidad, tanta cosa predecible de este lado del televisor. Marcan una realidad distinta, permiten suponer un mundo en cuyas leyes tiene cabida el disparate, la sinrazón, la lógica asentada sobre otra forma de contemplarnos ante los espejos. Y ahí aparecía yo, me sentía cómodo entre esos personajes, mi fe en lo que se dejaba ver en la pantalla cobraba carnadura, seguridad a prueba de cañones y entonces no, podía jurar que no vivíamos en el mejor de los mundos posibles -te pelaste de cabo a rabo, Gottfried Wilhelm Leibniz- sino todo lo contrario.
    Las comiquitas eran tan reales como la mesa o la licuadora, tan verdaderas como el lápiz o el maletín de la maestra. Para mí eran la realidad viva y coleando, y lo eran porque llevaban sobre las espaldas el universo que aprendí a meterme entre ceja y ceja. Por eso nunca me intrigó lo que a muchos marcaba frontera con esto que somos: desde su cueva Jerry estiraba el brazo cuarenta o cincuenta metros y al mover con sigilo una mano, tomaba el queso que Tom guardaba a un palmo de su cama. Y Tom, al abrir un ojo y percatarse del robo en pleno desarrollo, alargaba los dedos de una pata, los extendía hasta la cocina, abría con ellos el gabinete, reptaba en su interior y cogía el martillo de aplastar la carne para estrellarlo en las sienes del ladrón. Asunto resuelto, no más problemas por ahora. Al ratoncito le lloverían otras oportunidades para ganar y desquitarse.
    El mundo de El lagarto Juancho, Las Urracas parlanchinas, Mazinger Z o El conejo de la suerte fue uno que sustituyó con creces las verdades truculentas de esa masa gelatinosa, incomprensible, poco agraciada, injusta las más de las veces, en que se había convertido el día a día. Una clase de historia, los ejercicios de matemáticas, delirios como algunas explicaciones sobre el origen del sol o los volcanes y, para remate, fantasías tipo oración yuxtapuesta copulativa, sujeto, predicado, complemento circunstancial y otros chasquidos de la lengua sí que suponían embustes colosales. ¿Qué era en verdad creíble, real, aceptable, el fototropismo negativo de las raíces de los árboles o la voz astuta del zorro Brillantín en Las fábulas del bosque verde? Piensa un poco, adivina. ¿Acaso la realidad invisible de inaguantables restas y divisiones de quebrados, la multiplicación de polinomios, o más bien el vuelo de una nave, entre cometas y asteroides por toda la Vía Láctea, transportando al Capitán Futuro? Sumo y sigo: ¿el concepto de patria, la noción de ciudadano, los deberes y derechos en la Constitución o las fabulosas peripecias del gallo Claudio? Elige tú.
    Lo que soy yo, tomé partido desde pequeñín. Aún en estos días me pregunto por el buen Jerry y sus avatares, recuerdo a Porkys y su tartamudez, vislumbro en el pasado a la tortuga D’artagnan, colgada de una liana, en mil fragores blandiendo su espada nada menos que en combate con un rayo. Esa era, con toda razón, la realidad. Y es que no podía ser de otra manera. Dime tú si no.

10/18/2019

El arte de subrayar los libros


    Voy al café de costumbre: un libro entre las manos, tabaco, macchiato, agua mineral. “Lección pasada de moda”, de Javier Marías, página ciento dieciséis. Entonces comienzo a leer, me atrapan los tentáculos que un buen libro utiliza para enganchar a su presa.
    Y los síntomas van apareciendo. Son sensaciones que disparan sin perdón a quemarropa, pues la magia de la historia ingerida por los ojos no da tregua, y al no darla quiero retenerla, de algún modo obligarla a permanecer conmigo, a la vista, dispuesta siempre a brincarme en los brazos tan pronto haya cerrado el libro y vuelva luego a él con ánimo de perderme en sus entrañas. Leo, operan los mecanismos del simple seducir, entro de golpe en ese estado cuya analogía exacta es la levitación.
    Ya no puedo, ni quiero, evitar el asunto. Cojo el bolígrafo y subrayo. Subrayo lo que me patea, todo aquello escrito con la fuerza para estremecer desde la frase, desde las imágenes, desde el lenguaje, desde las ideas. Resalto, hago anotaciones al margen, también convierto esa hoja impresa en block de notas, consecuencia inevitable de la fascinación. Leer supone entre otras cosas incrementar cuanto me gusta, marcar esto que hallo en los intersticios de un párrafo o en las meras tripas de un decir que no tiene vuelta atrás: hay, repito, que subrayarlo, hay que insuflarle neón a tope, hay que preservarlo en las alturas.
    No te imaginas las mil escenas que he protagonizado gracias a rasguñar folios aquí o allá, porque me da la gana. La gente, tan circunspecta donde se encuentre haciendo de las suyas -quizá en la mesa contigua devorándose un yogurt, engullendo feliz la torta de manzana o dándole a la lengua mientras acaba el helado-, más de una vez me mira como a bicho raro, entomólogo frente al microscopio, y en ocasiones se aproxima sin perder ápice de circunspección para atreverse a gruñir: “¿Sabe qué?, los libros no se rayan, los libros no se maltratan, es que los libros, señor, no se destruyen”.
    Menuda confesión y vaya manera de ponerla en práctica. Como si echarte en brazos de lo que lees, con pasión cultivada desde la niñez, fuese un acto equivalente a monstruosidad sin par, es decir, perfecto crimen de lesa bibliofilia. Frente a tamaña intromisión opto -con circunspección idéntica a la de esta artillera de café- por mandarla al mismo infierno y cerrar de una buena vez el capítulo en cuestión, pero antes de que la potencia se transforme en acto me muerdo la lengua y nada más me limito a sonreír, a dar las gracias, a desear suerte y continuar pegado al buen Marías.
    Tengo para mí que enredarme con un libro implica un toma y dame que pasa por el diálogo, el dime y también te digo, la captura al vuelo de ciertos guiños mutuos y, sin duda, la lúdica experiencia de llevarles la contraria o sucumbir frente a sus argumentos. Para eso es necesario lápiz, bolígrafo, resaltador o cualquier instrumento capaz de dejar huella sobre el texto que leo y que me reta. Subrayar se transforma en diana, punto de fuga de una relación que entre ese objeto y yo hemos labrado a pulso y subrayar, lo digo sin remordimientos, es la mejor forma de ponerme los guantes y recibir mi buena tunda, no sin antes lanzar ganchos, rectos, ramalazos a la cabeza o al hígado y, en fin, intercambiar los golpes necesarios.
    Hay quienes tienen libros, bibliotecas enteras, volúmenes exquisitos cuyos lomos cuchis lucen de lo lindo frente a las cortinas de la sala. Combinan que te cagas. A mí que me registren, pero un libro sin rasguños, sin cicatrices que evidencien su paso por la vida termina siendo algo así como la imagen casta de un puritanismo ajeno a las hormonas, a los líquidos sexuales o al juego de caricias que llevará por fin a la entrega y al orgasmo.
    Desde la mesa del café practico, porque me sale de los cojones, el hecho de subrayar mis ejemplares. De tapa blanda o dura, de bolsillo o de la colección fulana por la que te sacan una buena pasta, subrayar es demostrar cariño, amor mondo y lirondo, interés por cuanto cabe esperar de una charla entre nosotros. Lo demás es monserga y fruslería que para qué te cuento. Y punto, y se acabó.  

10/13/2019

Salir, irse, emigrar


    Emigrar supone mudar el cuerpo pero también el alma. Irse, cuando lo que tenías como horizonte era permanecer en tu lugar de origen, lleva en las entrañas una realidad que no es fácil describir, sobre todo porque irse equivale al destierro que te fractura por lo menos en dos: un pedazo se queda en la tierra donde naciste y otro lleva la mochila a cuestas por esos mundos de Dios.   
    En cuanto a mí, he sido afortunado. Salí con trabajo, con un norte más o menos visible allá a lo lejos. Obtuve una plaza como profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y desde mi llegada sólo encontré muestras de afecto, de amistad, de respeto por el quehacer intelectual, de profundo y consolador espacio para llegar, para intentar crear, para estar.
    En mis tres años en Quito, ciudad que va siendo parte de mis querencias más profundas, he hallado a muchos con menos suerte pero con agallas infinitas si lo que resta es plantarle cara al presente, al futuro. Después de todo, lo urgente pasa por darle un manotazo a la ignominia, eso que Maduro y su corporación del crimen instalaron a lo largo y ancho de un país, lo cual exige tomar el morral, echar ahí lo poco que puedas remolcar en la huida, y lanzarte a la aventura como Quijote lanza en ristre para desfacer entuertos.
    Los he visto llegar apenas con lo que llevan puesto. Los he visto ofrecer en las aceras caramelos por algunos centavos y los he visto agradecer con sinceridad a prueba de fuego la ayuda que viene -a veces tarde, a menudo insuficiente- de otros capaces de encontrar enfrente el reflejo de sí mismos. En el fondo albergamos cierto sedimento que nos aproxima, humanidad que danza codo a codo en Quito, Buenos Aires,Tegucigalpa, Lima o Madrid.
    Me alegra saber que desde aquí, a pesar de los pesares y más allá de incomprensiones bullendo a la vuelta de la esquina, gente hecha de madera única ha dado un golpe sobre la mesa. En Quito, nada más que por mencionar un par de ejemplos, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) llevan adelante planes de ayuda que trascienden paños de agua tibia. La labor desplegada con uñas, corazón y dientes, dice mucho acerca de la realidad que atravesamos: frente a la indiferencia o señalamientos vanos, digamos, por el lugar de procedencia, cabe el trabajo apostólico, la entrega desinteresada de tantos, de muchísimos cuyo punto de fuga es echar una mano, curar, salvar vidas, ofrecer un lugar amplio para que no mueran anhelos e ilusiones. Lo digo con conocimiento de causa: desde la Universidad  he tenido la magnífica oportunidad de acercarme, de participar en el proyecto PUCE-Solidaria y me faltan palabras para agradecer la buena voluntad, el espíritu de hermanos puesto a la orden mediante su Dirección de Identidad y Misión, a la que estoy adscrito. En fin, que la mano amiga y el abrazo sanador viven día a día, sin desfallecer.
    Emigrar es una experiencia que implica cierta esquizofrenia, partición de cuerpo y alma que, como creo haber insinuado al comienzo, desgaja vidas enteras. Me refiero a la migración no sustentada en un proyecto de futuro. Me refiero por supuesto al hecho de salir como sinónimo de escape, de único y urgente modo de salvación cuando en tu tierra eres preso de conciencia, un convicto por tus ideas, por tu pobreza material o por tu falta de oportunidades. Exiliado aún sin haber echado a andar más allá de las fronteras.
    Siento profundo respeto por quienes decidieron quedarse. Gente que resiste, que lucha con fiereza y estoicismo contra los zarpazos del poder omnímodo. Y siento asimismo admiración por quienes forman la diáspora, en su mayoría esparcidos por este planeta sin más andamios para caminar erguidos que la voluntad y la esperanza. Sé que esta verdad terminará por hacer del sufrimiento la escuela del renacimiento. Nada ni nadie me saca de la cabeza una convicción plena: la concreción de un ideal de libertad, la vuelta a sus orígenes de una familia desmembrada -Venezuela- cuya tragedia jamás debió ocurrir.

10/11/2019

Quito, justo ahora


    Vivo en Quito desde hace tres años y hoy cabe de lleno en mis entrañas. Llegar a una ciudad supone un movimiento originado en varios flancos, por lo que llegar a una ciudad implica hacerlo desde la alegría, la obligación, el dolor o la esperanza. En mi caso, todo ello perfiló razones válidas para hacer el equipaje.
    Es verdad que la nostalgia crea nido incluso antes de que el viaje cobre carnadura. Somos animales nostálgicos porque el centro de nuestra condición en gran medida pasa por la necesidad de evocación, punta de lanza a la hora de labrar identidad, mantener afectos y darle un manotazo a esa señora que llamamos desmemoria.
    Llegué a la mitad del mundo un veintinueve de septiembre del año dos mil dieciséis. Camila y Daniel andaban de mi mano. Ana Luisa, mi esposa, arribaría un mes después. Veinticinco días atrás la Pontificia Universidad Católica del Ecuador me daba luz verde para recoger los trapos: había obtenido una plaza como profesor luego de presentarme a concurso gracias al mundo virtual y aquí estaba, plantado en tierra extraña un día antes de mi cita con las autoridades de la Facultad. Eran las ocho de la noche.
    La incertidumbre siempre hace de las suyas, por lo que fue casi imposible descansar. Al amanecer me acerqué a la ventana y un océano de edificios, entre neblina y llovizna sin fin, se extendía como si nada. Ya en la calle el viento helado, unas montañas elegantes, ese ir y venir de la gente ignorándome en su día a día me hicieron sentir bien. Poco a poco comprobaba la nueva realidad. Era un extranjero, debía arreglar papeles, decodificar el entramado en el que estaba y, en fin, acomodarme lo mejor posible al nuevo espacio.
    Una ciudad -esa que puedas llamar tuya-, o cuando menos la idea que de ella me he forjado, pasa por asemejarse al lugar que reviste de algún modo tus expectativas. Si éstas se ven mínimamente incluidas, respiras tranquilo, vislumbras futuros más amables, descubres en ese mismo instante guiños que calan en tu espíritu. La ciudad de Quito, una geografía desconocida horas antes, implicó amor a primera vista. Como en las películas cursis, como esas puestas en escena que ipso facto te dibujan una sonrisa de desdén. Poner pie en ella y comenzar a recorrerla supuso sin embargo aceptación inmediata. Estuve seguro, no me preguntes por qué, de que las cosas estaban en su sitio. Pude haber jurado que todo marcharía de lo mejor.
    Siempre deseé regresar a la Mérida de mis tiempos universitarios, especie de Ítaca que me ha llevado -y me lleva todavía- más de los veinte años que Odiseo necesitó para volver. Ahí fui feliz, quise quedarme, hallé a una mujer, aprendí a conocerme un poco más y dejé amigos que hasta el sol de hoy han dicho hola buenas, pasa adelante, cuando he tocado  a sus puertas. La literatura, el cine, la farra a punta de música y cerveza, baile, decepciones y anhelos de  cualquier pelaje rondaron al alcance de la mano. Alirio Pérez Lo Presti, Mariano Nava, José Rodríguez, Lis Torres, Lubio Cardoso, María Fuentes, Jesús Alberto López, Juan Sebastián Rodríguez, gente que sabía trocar pedazos del minutero en amistad pura y dura aún forman parte de mis posesiones más profundas.
    Así, en Quito, los pasos iniciales se convirtieron en regreso a los orígenes, ámbito en el que aprendí a ver en la ciudad una extensión de la casa, del nicho infantil o adolescente cargado de fútbol, patineta, novias furtivas y sueños tramados para cuando asomara la adultez. Quito trajo de inmediato remembranzas que llevaban rato hundidas en el pozo de lo tantas veces ansiado y  tantas veces confinado al pasado, hecho extraño  que en buena hora vino a aparecer, ya con la amenaza de concreción inesperada, sorpresiva, fabulosa. Justo cuando el desarraigo toca el portón sin solicitar permiso, dos ciudades se abrazan en casi idéntico horizonte.
    Durante tres años la experiencia no ha variado un ápice. Semejante diálogo fructífero, tan sencillo y mágico como evocar o soñar continúa vivo. Una ciudad y otra juegan al gato y al ratón, buscándose, hallándose en rincones escondidos, desencontrándose después y volviendo a hurgarse mutuamente, de modo que la nostalgia, asunto de lo más curioso, envuelve con su aliento traducido en país y en época ya ida -de aulas universitarias, habitaciones baratas, vida estudiantil, mochilas y cuadernos- y deja a su vez la estela de sosiego tan necesario en momentos lejos del lugar amado.
    Entonces aquí, justo ahora, Venezuela cabe en una acera, un café o el libro de turno que llevo bajo el brazo. Más de una vez, sentado en cualquier terraza con el marrón enfrente, novela a mano, agua mineral y tabaco, los atardeceres bien podrían ser alguno en Margarita, Upata o Puerto Ordaz. El dolor y los crímenes que ha soportado mi país tienen la particularidad de inmiscuirse hasta en lo que suponía más refractario a ellos: cuando Heinrich Böll o Thomas Mann se desmigajan entre los dedos a las cinco en punto de la tarde, pienso, rememoro, me hundo hasta lo indecible en una Venezuela que, ultrajada durante veinte años de inquina, insiste en continuar de pie, erguida, entre heridas abiertas y cicatrices supurantes.
    Pero decía arriba que desde el primero de mis días en Quito la complicidad apareció como fantasma en las esquinas, en los buses, en la universidad, en el frío de una ciudad donde he hallado amistad, trabajo, refugio, motivos para hacer de los recuerdos el amasijo de afectos que son también terapia, puesta al día en función de lo que he sido y soy. Y es una verdad monda y lironda. Nunca como en estas horas me doy cuenta de que ha sido bueno andar tantos kilómetros para corroborar que estés donde estés y pase lo que pase, la maleta que llevas contigo termina por increparte cuando te miras al espejo y ahí apareces, ahí te ves de cuerpo entero: perteneces a un lugar, cargas tus memorias y tus muertos y el mundo te alberga sin que dejes de anhelar aquel espacio donde una vez todo comenzó. Es una verdad y es un alivio compartirlo. Tres años después lo confirmo a plenitud.

10/04/2019

El filósofo


    Que la vida no es un valle de lágrimas Percy lo suscribe de pe a pa.”Dolce far niente” es una frase que le viene como anillo al dedo, hay que ver, sobre todo por esa disposición, ese buen tono para vivir demostrado hasta en los peores días de su existencia (no te creas, los ha tenido y muy muy feos).
    Aprendí a verlo como el mejor de los ejemplos si es preciso darle un manotazo a la tristeza, al pesimismo o la apatía. Nunca conocí a un ser capaz de buscarle un último sentido a la lógica más aplastante o al absurdo más rocambolesco. No te imaginas cómo es, cómo se maneja ante la adversidad, qué haceres le da por desplegar donde y cuando se le venga en gana y de qué forma le saca punta incluso hasta a las piedras. Para decirlo de una buena vez, es un filósofo por donde lo mires.
    Si el saber ocupa espacio no te quepa duda de que se encuentra en sus entrañas. Lo veo, escudriño su conducta, observo con impaciencia el método que poco a poco tengo la esperanza de llegar a descubrir  y juro por mis muertos más frescos que es como para no creerlo. Un filósofo, es de verdad un filósofo de cabo a rabo, un filósofo como los de antes, duro, abrasivo, abarcador, capaz el muy cabrón de haber elaborado un sistema apto para hurgar aquí y allá, para explicar mil y una cosas y ahí lo ves, tan tranquilazo, echado en brazos de la modorra como quien nunca rompió un plato. Los platos de la sabiduría, claro, esa cosa típica de iluminados, gente rara, personajes convocados ve tú a saber por qué o quién para hurgarlo y comprenderlo todo. Menudo hallazgo, vaya forma de andarse como si nada por el mundo.
    Aprovecho para decir que me siento afortunado. No es asunto de todos los días recibir de golpe una enseñanza, algún ejemplo inigualable, cierta revelación a propósito de los misterios del universo o como diablos se le diga. Soy un hombre con suerte entre otras cosas porque nada hice para merecer tal privilegio. Imagina cuántos viven detrás de lo que a mí se me ofreció sin más. Imagina lo que significa verse de pronto arropado por la buena estrella. Qué va, compañerito, no y no. Ni hablar de lo que esto significa.
    Alguna vez, estando yo a punto de quebrarme por razones que no viene a cuento detallar, lo vi pasar y detenerse justo frente a mí para de seguidas escrutarme con ojos llenos de profunda lucidez. Era una mirada más allá de las miradas,  con el instrumental a cuestas listo para afrontar las grandes o mínimas tribulaciones del día a día. Ahí estaba inmóvil, enfrente, y bastó verlo un segundo para que esas pupilas encendidas arrojaran la solución perfecta a cuanto me aplastaba. Inspiradora, intuitiva, estimulante, aleccionadora, llámala como quieras, pero la verdad es que en lo más hondo de su entrevisión me hallé de pronto, en pleno abordaje de otros planos, otras realidades y otras maneras de entrarle al arte de existir.
    Desde ese día soy un hombre nuevo. No con la novedad que -falsa y ridícula- pregonan profetas de a pie, charlatanes de la política y personajillos del New Age, sino alguien cuya esencia rodó con los patines bien calzados por los oscuros rieles del conocimiento.
    Entonces permaneció quieto, con sus ojos clavados en mí, observándome paciente y no sin un dejo de desdén. Por fin, después de haber visto la luz, comprendido y siendo otro, seguí mi camino, chasqueé los dedos para que se acercara y como de costumbre acaricié su lomo y le busqué galletas en señal de gratitud. Se quedó ahí, feliz, moviendo rápido la cola y mordisqueando sus manjares.

9/27/2019

El fondo de una taza


    Llego a la mesa y pido americano, agua mineral, hojeo la Biografía de la humanidad, de José Antonio Marina y Javier Rambaud, y al rato escribo algo, rasguños, ocurrencias que acaso sirvan para algún artículo más adelante. Esto es la gloria, llevar a palabras lo que apenas es una nebulosa, masa informe diseminada entre neuronas que presupone cierta historia, anécdotas por materializar en texto a tu real y único entender.
    Sucede que a veces estoy metido hasta el pescuezo en las aguas de una idea, lápiz en mano, entre sorbo y sorbo, y cuando me percato, cuando por un segundo espabilo allá en el fondo de la taza queda apenas un dedo de café que en plan autómata termino por beber muy  poco a poco. Me concentro tanto que miro alrededor, noto cuanto ocurre, puedo vislumbrar el espacio en el que permanezco como a través de un cristal, especie de acuario en el que floto, me hundo, nado, hasta que el vaivén del agua me arrastra como quiere, como le da la gana. Entonces se acerca el mesero a retirar la taza. Y no reacciono. Sostengo el lápiz, lelo, hipnotizado, pensativo. No debo permitir que se esfume lo que busco, no debo consentir que la imaginación reviente, que estalle como fruta madura al caer al suelo. Si cedo se escabullen las ideas, cuyo punto de fuga es la hoja en blanco transformada en líneas, párrafos, y así.
    Veo al mesero alejarse y créeme, siento que una parte de cuanto deseo escribir va metida de cabeza en esa taza, ahí, de golpe y porrazo en el minúsculo charco que era aquel último sorbo. ¿Te ocurre? ¿Te pasa a veces? ¿Notas cómo alguien o algo parte en dos, de un estacazo, la unidad con pie y cabeza que pretendías construir?
    Quizás cualquier historia va de la mano con esto: encadenamiento muy cerrado, esférico, que exige una imagen, un concepto para transfigurarse en lo que llamamos artículo, novela, ensayo o incluso poema, y pide la existencia de un elemento aglutinador para dar sentido a lo que escribes, cosa que no puedes suspender mientras  las ideas fluyen de tu mano a los folios que llenas y llenas no se sabe hasta qué punto. Me viene en este instante esa metáfora que Julio Cortázar gustaba utilizar para explicar su noción de cuento: redondez, esfericidad, unidad plegada sobre sí, mordiéndose la cola, sin dar indicios de dónde comienza y dónde finaliza. En fin.
    Sigo en mi mesa con el hilo conductor de esto que deseé escribir hecho pedazos. El mesero lleva la taza y una bandeja con dos o tres vasos camino al lavadero. Ahí se escurrirá el esbozo de relato que ya no levantará cabeza. Por el desagüe en la cocina de este café diminuto va a las alcantarillas un trozo de imaginación entremezclada con borra, cafeína, agua sucia, un poco de saliva y ve tú a saber qué más.
    Misterios de la escritura, cosas raras de la invención a la hora del dale que te dale en aras de contar algo para bien o para mal. Lo cierto es que allá, ahogadas en una taza de café fueron a dar ciertas esquinas de mis ideas, claves para concretar eso que tuve entre ceja y ceja y saboreé feliz mientras el hachazo no llegaba y ahora fíjate, nada más el naufragio, los restos diseminados por el recipiente. Una historia diluida, como edulcorante o qué se yo, en el abismo de esa taza.

9/19/2019

Cuando te dicen maricón


    En un debate televisado Felipe Mujica, político venido a menos en las lides de Venezuela, llama homosexual al escritor Gustavo Tovar Arroyo, quien lo interpela a raíz de sus últimas actuaciones frente a la corporación criminal encabezada por Maduro.
    No encuentra el señor Mujica otro modo de descalificar a su oponente que a través del subterfugio ad hominem. Como el político en cuestión se ve desnudo, sin argumentos para continuar la defensa de lo que cree justo -su punto de vista a propósito de la discusión que sostiene- entonces escupe la mesa y saca las pistolas.
    En el largo recorrido del Homo sapiens y antes del Siglo de las Luces lo normal, lo aceptado por la mayoría, lo que no ameritaba diatribas mayores era justo cuanto ha llevado a cabo Mujica: excluir, discriminar, pretender invisibilizar, aplastar al otro en función de razones espurias, es decir, erigir el abuso, justificar la práctica de hacer lo que me venga en gana porque soy más fuerte, más rico, más blanco, más poderoso que tú.
    En proyección histórica, apenas desde hace un puñado de años el bicho humano se percató de su error. El otro, ese tú que tienes enfrente y que resulta imprescindible para construir un nosotros, hace las veces de palanca impulsora cuyo punto de fuga es la convivencia, armonía, equilibrio y, en fin, procura de lo que llamamos civilización. Ideas reñidas con lo que hemos logrado hasta hoy en materia de Derechos Humanos, reconocimiento de la alteridad e individualidad -soy maricón, ateo, madrilista, de los Yankees, comunista o liberal porque me sale de los cojones- es innegable que existen todavía a lo largo y ancho del vasto mundo. No obstante, el horizonte se perfila claro: en la modernidad tu vida privada es básicamente eso, tu jodida vida privada, de manera que si no perjudicas a terceros ni violas ley alguna, transitas por ella según tu real entender y proceder. Y punto, y se acabó. Los mujiquitas de cualquier pelaje bien pueden largarse a hacer puñetas al infierno.
    Gustavo Tovar Arroyo, un caballero cuyas inclinaciones artísticas, gastronómicas, sexuales o lo que sea deben importarle un rábano a nadie, expuso sus ideas en el debate y éstas le cayeron como patada en la ingle a don Felipe. Peor para él. Con toda razón el primero se limitó a llamarlo bruto, además de imbécil  -yo habría escogido epítetos menos agradables-, encima de dejarlo en cueros cuando de intercambio de opiniones se trata. Que en trajines intelectuales te pateen el culo en buena lid no debería dar pie para que emerja, de golpe y porrazo, el perfecto bellaco que llevas por dentro. Menuda reacción. Vaya estólida demostración acabó haciendo este individuo.
    Con sus luces y sombras siempre me he sentido afortunado por vivir en la época que vivo. Comulgo con los valores occidentales -escoger la orientación sexual que te salga de la entrepierna es uno de ellos-, los cuales han costado sangre, sudor y lágrimas, y los defiendo y los promuevo a pesar de Felipe Mujica y sus entrañas cavernarias. Paso la página. Son tiempos, éstos, que reclaman más y mejores batallas. He dicho.

9/11/2019

Conga y filosofía


    Los sueños, Segismundo, sueños son. Creí aprender tal sentencia ya de grande, luego de puños y patadas que la vida regala a borbotones. Es que soy profesor universitario y desde niño quise ser cantante. No uno como los demás sino alguien distinto, único, capaz de parecerme a los Beatles pero en buena medida diferente, con pizca de Mick Jagger pero manteniéndome a distancia, digno de Sinatra pero sin enredarme en sus zapatos. Así crecí y con ello tuve la certeza -intuición de imberbe, que ya es bastante- de que lo demás era cuestión de tiempo, de cargarme de paciencia mientras los minuteros daban la cara al porvenir. He dicho certeza, sí, de luces parpadeantes, guitarras clásicas o electroacústicas, decibeles y álbumes con mi rostro impreso ahí, feliz e imperturbable, mirando al infinito como en pagana anunciación: la de sonidos jamás antes emitidos, la de músicas que trepan el aire para hechizo de cualquiera.
    Camino hacia el liceo y una lata de naranja hit sirve para marcar el son. Avanzo, mochila al hombro, y el balón de aluminio que golpeo -juro que es la batería de Ringo Starr- termina  aplastada junto a vasos de yogurt, cartones de leche Indosa y paquetes arrugados de cigarrillos Astor. He querido ser cantante y la puerta principal del Instituto San Antonio, en la Upata de mi adolescencia, se transforma en línea que separa de su público al artista listo para salir al escenario, ávido de acordes, fuegos de artificio, ritmos a fuerza de cadera y percusión.
    Entonces, ciertas realidades aplastan la nariz. La hora de la verdad cae como una losa y terminar bachillerato supone la gran prueba de fuego, es decir, tomar de una vez los instrumentos por asalto. Y los instrumentos, más que de cuerdas o de viento, dijeron aquí estoy yo en forma  de letras, párrafos, signos de puntuación y hojas impresas. Si la música cabe en una partitura, llegué a la conclusión de que eso mismo podría ocurrir con la literatura, y también con la filosofía, asunto que si bien no implica copia fiel de cuanto había soñado, era sin dudas una aproximación más que decente. Por eso siempre Cortázar me pareció un fenómeno del rock -qué jazz ni qué ocho cuartos, qué improvisar en torno al papel en blanco ni qué zarandajas por el estilo-. Cortázar es rock puro y duro, ácido por donde lo mires. Coge otra vez Las babas del diablo, escucha bien Continuidad de los parques, pónle atención a Queremos tanto a Glenda y déjate de tonterías. ¿Úslar Pietri?, pues sin discusión música sacra, ¿Manuel Puig?, lleva a Morricone en los bolsillos, ¿Severo Sarduy?, bolero de cabo a rabo y listo, se acabó. Parece mentira pero ahora que lo noto Ednodio Quintero suelta una especie de joropo entremezclado a ratos con gaita zuliana. Montejo hace de las suyas con un piano en tempo adagio y presto. Argenis Rodríguez sabe a vieja Trova, Ángel Gustavo Infante es vallenato cristalino -un Pastor López dándole pachanga a las historias-. ¿Capisci?, hay cercanía y hay puntos de contacto, mi estimado. Hay música, filosofía, literatura y viceversa, todas para una y una para todas así que ánimo compadre, suenan los timbales como nunca.
    De niño quise ser cantante y aunque le busqué la vuelta a lo que hago, lo que hago terminó siendo distinto. De niño quise ser cantante y mírame, preparo clases, dicto seminarios, escribo artículos científicos. Hay que ver, a veces llego a creer que fracasé, que cargo la derrota sellada en la cara, que soy un fiasco de pe a pa, lo que genera días de desazón y de tristeza. Pero en otros lances, como ahora, tomo las cosas con calma, pienso, cuento hasta cien, cierro los ojos y me miro, me contemplo, después de todo el aula es mi tablado, mi proscenio, un espacio lleno de almas hasta reventar propinándose codazos en plan apártate porque este concierto lo he esperado siempre, porque este concierto sí que no lo perderé jamás. Y de seguidas escucho los aplausos, desde el escritorio alzo la vista y apenas puedo distinguir la muchedumbre, encandilado por las luces. Ni Van Halen, ni Michael Jackson, mucho menos Elton John, nadie como yo en el perfomance que desde el salón B5, segundo piso a la derecha -ahí frente a la fotocopiadora- llevo adelante sustentado en Kant, Sócrates, Bobbio o Stuart Mill.
    He cumplido a mi manera -haces que me acuerde de My way-. Lo compruebo gracias al chorro de octanaje que satura mis arterias, que incorpora más latidos al ritmo normal del corazón, todo a punto con los focos y los altavoces, el vestuario, los ensayos y, maravilla por donde metas el ojo, esa puesta en escena cada lunes, miércoles y viernes de cuatro a siete de la noche aquí en el piso dos. Quién lo hubiera sospechado, los presocráticos en do mayor, Tomás de Aquino o San Agustín en clave sinfónica, ciertos ilustrados en coro operístico que para qué te cuento. Es que créeme, es la purísima verdad, quién lo hubiera imaginado. Los sueños, Segismundo, ¿sueños son?

9/06/2019

Un clásico

Desde hace mucho, un clásico que fue y es fabuloso. Stars in your eyes, de Air Supply.

Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=kEn-DwQGApw

8/29/2019

El humo de mi pipa


    En la Universidad Católica del Ecuador, donde trabajo, me siento en el café de Filosofía. Disfruto visitarlo porque se puede leer en paz, el mocaccino vale la pena y los jardines alrededor son un placer. Llevo par de libros, entre ellos “Charlas con Troylo”, de Antonio Gala, que abro en la página noventa y seis. Pido un americano y agua mineral. Mientras, pipa encendida y toda la disposición  de echarme en brazos de eso que llaman placer: el de leer, saborear, contemplar.
    Una señora pasa a mi lado y noto que me observa. Apenas levanto la mano, a manera de saludo en plan de respuesta a su curiosidad, y continúo haciendo lo que hago. Antonio Gala se desgaja en un artículo que es delicia pura: “Sexo y figura”, en el que escribe: “aquí los dirigentes, por tradición secular, se reputan, en la obligación de redimir nuestras almas del infierno y nuestras inteligencias del error… ¿Por qué creerá nadie que Dios le ha señalado con su dedo para misiones salvadoras?” Es una pregunta que desde hace mil años ha reverberado también en mis entrañas. ¿Por qué tanto imbécil termina suponiéndose especial y único? ¿A qué se debe tamaña autosuficiencia, antes y después, a propósito de cualquier cosa?
    Su voz interrumpe como martillazo y al alzar la vista puedo verla ahí, de pie frente a mi mesa. Es la mujer que hace dos minutos pasó por aquí y saludé con gesto apenas perceptible. Da los buenos días y dispara a quemarropa: ¿puedo hacerle una fotografía sentado como está, con su pipa y su lectura? Me quedé de piedra. Ni que fuera yo El Puma, Camilo Sesto o Julio Iglesias.
-Buenas, hola. La verdad, de modelo tengo lo que de trapecista -respondo-.
-No importa en lo absoluto -dice ella-.
    Al final accedo, con ganas de que me dejen solo, y por fin el click, el rostro satisfecho, las gracias porque ¿sabe?, guardo imágenes de viejecitos con pipa, con su aura de misterio, pero ninguna, créame, ninguna así como ésta, alguien fumando y leyendo a dos pasos de donde me encuentro, alguien con ella como usted ahora y blablablá.
    Entonces me pongo a pensar y recuerdo que también yo me relaciono con semejante objeto, con el humo, las volutas y el perfume del tabaco rubio, y aunque no persigo imágenes de ancianos en acción llevo conmigo la memoria de mi padre que era un hombre pegado a una pipa y sus aromas. Qué más da, desde aquí puedo comprenderla. Quizás esa mujer cabe también en una historia parecida, de manera que así mantiene vivas sus evocaciones hasta gozar colgando en las paredes escenas que le llegan a lo hondo. Me encojo de hombros, doy una chupada y sigo en mis trece con Gala.
    Somos lo que somos porque regalamos un certero puntapié al olvido. Escribió cierta vez Ortega y Gasset que “el hombre es un animal que lleva dentro historia, que lleva dentro toda la historia … Si alguien mágicamente extirpase de cualquiera de nosotros todo ese pasado humano, resurgiría en él de modo automático el semigorila inicial del que partimos”. Al fin y al cabo construimos una realidad cercana a los fantasmas que nos dulcifican, con el agravante de no tener seguridades sobre el resultado. Buscamos, hurgamos en plazas, bares, parques o cafés, y al anochecer nos vamos a la cama con la convicción de acaso haber encontrado alguna pieza extra, ladrillo adicional de nuestro particular rompecabezas.
    Lo cierto es que somos animales mucho más entregados a la remembranza y la morriña de lo que imaginamos. Tanto es así que hasta el futuro se perfila como esa memoria que seremos. Mientras, continúo en lo mío: leo, sigo aquí sentado, y el humo de mi pipa cuela otra vez la silueta de mi viejo. Magnífico por donde lo mires. Qué maravilla que así sea.   

8/22/2019

Un elefante en la habitación


    Los recovecos de la mente humana son laberintos sorprendentes. Que esto sea así implica una maravilla, pues ahí se fundamenta la inspiración, la creatividad, el fuelle para hacer arte o llegar a las estrellas.
    Y de semejante realidad toma impulso un hecho que también me asombra: gente incapaz de contrastar ciertas ideas con el mundo circundante, con lo que se extiende más allá de su epidermis, uno que de golpe aplasta la nariz  y revienta hígados sin misericordia.
    Tengo amigos, conocidos, créeme, personas refractarias a eso llamado insensatez, que a este kilometraje de sus crímenes defienden todavía a Chávez, a Maduro, a Cabello, a William Saab y al gobierno como un todo en nombre de la ideología que llevan incrustada hasta en la bilis. Ideología, claro, que cobra carnadura en función de un universo fraguado a través de los años: las peroratas de Fidel Castro, el resentimiento de la izquierda carnívora latinoamericana, las cancioncitas de la Trova, las estupideces de los gringos en política exterior durante la Guerra Fría, más algún tardío romanticismo heredado de las gestas libertadoras. Lo anterior genera una premisa: gente como Hugo, como Evo, como Nicolás o como Lula son nada menos que neoindependentistas, los muchachos de la película, los últimos refresquitos del Sahara, mandamases por obra y gracia del ideario revolucionario que sembrará el Paraíso en la Tierra y por ello dignos de culto, de corona y de cetro. Y lo anterior genera además ruda conclusión: como no espabilan los pobres, soberbio coñazo les espera al caer de esas alturas.
    Siempre me he preguntado por qué Neruda cantó loas a Stalin, por qué Heiddegger murió con el carnet de nazi en los bolsillos, por qué Michel Foucault o Walter Benjamin  se inclinaron ante la hoz y el martillo, por qué García Márquez defendió como nadie a los hermanitos Castro, por qué Carl Schmitt, György Lukács y compañía sucumbieron a los cantos del poder despótico, por qué Pablo Milanés y demás compañeritos de viaje ofrendaron su talento arrodillándoseles a un dictador. Hace buen tiempo Mark Lilla escribió un libro (Pensadores temerarios, ed. Debate) cuya fascinante realidad no termina de propiciar las respuestas necesarias, aunque suponga esfuerzo extraordinario. De cualquier modo, la verdad es que los pasadizos de la mente humana -la de los de a pie o la de individuos con demostrada solvencia intelectual- no entrañan necesariamente aciertos, prudencia, cuidados a propósito de sus quehaceres políticos, arrebatos, cegueras y debilidades  frente a los poderosos. En fin, es preferible que el recelo, la duda, el ceño fruncido estén presentes, de manera que el alegre obsequio de cheques en blanco a dictadorzuelos e iluminados tan caro a la feligresía revolucionaria en Latinoamérica, pierda impulso y más temprano que tarde acabe sus días como maña deleznable que mucho daño, a tantos, llegó a generar.
    Tengo amigos que a estas alturas excusan a Maduro, dan otra oportunidad a ese bebé de pecho llamado Diosdado, comprenden el buenismo para nada que surfea en almas como las de El Aissami o Jorge Rodríguez y, en fin, sueñan, como si de Bambi se tratara, que “la era está pariendo un corazón”, según letra del no menos alcahueta Silvio. ¿Por qué? ¿Qué razones profundas se deslizan bajo tales disparates? Me inclino por la evasión de realidades circundantes, esas que están ahí, golpean duro, directo a las machorras bolas, pero de algún extraño modo dejan inexplicable espacio para la esperanza. Mis amigos sienten que el piso se les mueve de los pies, que las certezas les estallan en la cara, que el lindo panorama trocado en rosadito por la ideología fue a hacer puñetas lejos. Y no, eso no puede ser verdad. Eso no puede permitirse.
    Las locuras de un Chávez presidente, los crímenes de Maduro y sus adláteres, los Derechos Humanos como papel mojado, el genocidio a cuentagotas que sufre un país potencialmente riquísimo, el hambre, la escasez y la enfermedad como hechos cotidianos son las consecuencias de un hacer desde el poder devenido en camarilla pútrida, en piltrafa gobernante capaz de lo impensable sólo para resguardarse otro día más en Miraflores. Un elefante deambula por la habitación y algunos miran para otro lado. Dan por sentado que no existe, juran que el mundo, debido al poder de sus anhelos, devendrá en lecho de rosas.