12/14/2019
12/13/2019
Ella fuma en el café
La mesa de un café es trinchera y atalaya,
es el lugar cuyo punto de fuga supone eso que me dedico a cultivar mientras
enciendo un tabaco, pido agua mineral y dispongo taza humeante y libro listos
para la batalla.
Nada como leer en estos sitios que
considero divanes, camillas para la contemplación en pleno bullicio cotidiano.
La mesa de un café suscribe el raro hecho de albergarme en sus entrañas y
producir cierto efecto que de otras maneras cuesta mucho más hallar: siento paz
en medio de la calle, olvido tensiones y otras piedras en zapatos, escribo con
placer redoblado, leo -devoro- páginas y
páginas como si estuviera en casa y de cuando en cuando alzo la vista para ver
pasar la vida alrededor.
En esas estaba la otra tarde cuando noté
que venía cerca. Falda corta, blusa muy ceñida al cuerpo, medias negras,
zapatillas altas. Todo un clásico, pensé de inmediato. Marqué con el dedo
índice la página setenta y tres del libro de Chocrón que encontré hace poco en una
librería de viejo y continué observando. Cuarenta y tantos, susurré en voz
baja, a lo mejor ejecutiva en una empresa de las inmediaciones, poco
maquillaje, bolso pequeño -a juego con la minifalda-, cabello recogido. Me
llamó la atención, para qué voy a negarlo, semejante andar, semejante paso de
pantera, y lo que es peor, el sólido
tum-tum de sus caderas que en el arrebato pasaron a dos metros de mí sacándome
la lengua.
Laura, quizás se llame Laura. Toma asiento
dos mesas más allá, deja la cartera sobre una de las tres sillas vacías luego
de haber sacado un cigarrillo, cruza una pierna, vuelve otra vez al bolso,
hurga, coge un encendedor, cierra. La mesa en la que estoy hace las veces de
platea y mi asiento se transforma en butaca de un cine cualquiera. Entonces me
acomodo, doy una chupada al Partagás que había olvidado sobre el cenicero y ahí
está de nuevo, Laura con el rostro semiiluminado mientras enciende el
cigarrillo, mientras baja la pierna y sobre ella cruza la otra, mientras el
humo crea una nube azul que combina con los flecos blancos de su blusa.
Tiene unas piernas que para qué te cuento y
para más señas tiene unas tetas de infarto. Al cruzarlas deja ver la piel sin
marcas, lisa como espejo que destella gracias a la luz del sol que acaricia sin obstáculos. Rodillas, muslos, y
más allá el ámbito oculto que puedo imaginar sin demasiadas complicaciones:
bikini diminuto -también negro-, sedas, encajes, transparencias.
En mi butaca contemplo el paisaje y nada,
parece que no pasa nada en esta puesta en escena que ocurre sin razones ni por
qués, echada en brazos de la casualidad. Laura fuma, no como Sharon Stone en
aquella imagen memorable de Bajos
instintos sino como Laura, como ella, nada más que ella aquí y ahora en
este café saturado de erotismo. El aire
es una baba, la temperatura una masa pegajosa, el atardecer especie de quietud
con gemidos y jadeos inocultables. Cambia de posición, se acomoda sobre el
asiento, su falda empequeñece debido a tales contorsiones. El nylon repite su
brillo por un golpe certero de luz y casi puedo ver el fin de las medias
rematadas en ligas con bordados y arabescos.
Pide un café o un jugo o qué sé yo y
espera. Espera como si fuese el personaje de Beckett soñando con Godot. Fuma,
goza en el acto de fumar, aprieta con los labios el filtro de su cigarrillo que
a estas alturas es una colilla casi fláccida empapada de rouge. Respira hondo mientras continúa su espera. Vuelve a la
carga, lo acerca con lentitud, lo lleva otra vez a los labios y en una chupada larga
y lenta da la impresión de engullir el mundo por completo. Una explosión, toda
la carga acumulada revienta sostenida por su mano izquierda en la boca, en los
labios, en la cara a borbotones, a humaradas, a interminable fuego lento. Fuma,
y el humo continúa bañándola de nubes, cubriéndola en torrentes.
Termina su taza y deja unas monedas al lado.
Se limpia con la servilleta, elimina restos de café sobre la comisura de los
labios. Ya no cruza las piernas y en fracciones de segundo se arregla la falda,
la estira de modo que atraviese esa frontera de la mitad de los muslos hacia
abajo. Toma el labial de la cartera, se retoca.
Entonces se levanta, camina despacio, pasa
por mi lado y me observa de reojo como quien mira a un bicho raro. Continúa su
caminata mientras al fondo, en la pantalla, puedo leer: The End.
11/29/2019
La ceniza del cigarro
Hay cosas que aún después de acabarse
expresan mucho. La ceniza del cigarro es una de ellas, en principio porque toda
ceniza lleva adentro cierta presencia evocadora capaz de sugerir, de guiñarte
un ojo, de decir a su real gana mil y un asuntos pues carga en las espaldas
todo de cuanto ha sido testigo.
Me pongo a contemplar un cigarro reducido a
la mitad. Reposa al borde de un pequeño recipiente que está sobre la mesa,
adosado a una columna de ceniza que no se desprendió. Ahí se muestra
semidesnudo algún pedazo de historia, cabe en ella la punta de un témpano en
cuyas profundidades júralo que palpitó la vida, reverberaron los sueños, se
agitaron esperanzas. La ceniza de un cigarro, como libro abierto, da cuenta de
ese espacio lleno de sístoles y diástoles que existió a su antojo mientras no
ardió el fósforo que acabó con todo.
¿Qué carga en la memoria el cadáver de un
Marlboro? ¿De qué será testigo ese Gitane consumado? ¿Qué puede contarte un L&M
hecho añicos? El cigarrillo luego de almorzar, el cigarrillo para coronar
orgasmos memorables, el cigarrillo a lo Bogart mientras Sam Spade charla muy
muy de cerca con Ruth Wonderly, el cigarrillo que fumó Sharon Stone cruzando
esas piernazas en Bajos instintos, el
último cigarrillo que Julio Cortázar se llevó a los labios cuando escribía Rayuela, el cigarrillo como personaje en
Sólo para fumadores -obra maestra de
Ramón Ribeyro-, el cigarrillo en aquella foto de Albert Camus, el cigarrillo
compañía de un escritor junto al sonido de las teclas, el cigarrillo que
enciendes echándote en brazos del simple placer, el cigarrillo y el café en una
canción del grupo Guaco, el cigarrillo que cuelga de los labios del soldado
viendo llover bombas tirado en su trinchera, el cigarrillo lleno aún de rojo carmesí
aplastado contra el cenicero, el cigarrillo que ansías para soportar mejor la
espera. Entonces observo la ceniza de lo que parece un Lucky Strike
desvencijado y digo hay que ver, imagina un poco la de cuentos, la de chismes,
la de escenas normalitas o no, reprochables o no, eróticas o no, y supón que
por un mínimo instante puedes entrever lo que hubo antes, la carga de memoria y
de sentido que guarda en las entrañas ese cúmulo de nada y todo que implica la
ceniza de un Camel. Lo que soy yo, respeto y reverencio tantas colillas
arrojadas al suelo, tantas echadas a los contenedores cuyos secretos
propiciarían escándalos sin parangón, historias de porno para arriba, sádico voyeurismo
que en algún momento ha tocado la existencia sin importar horas ni lugares.
En el cuerpo semicalcinado de un cigarro
las cenizas guardan el alcohol de mareos y borracheras. Por eso digo que me da
por preguntarles, mirarlos de frente, increparlos hasta acariciar respuestas
para enigmas insondables. Dime tú si no: entras a esa habitación, contemplas
sábanas, mesa de noche, cortinaje, respiras el aire de un hotel que no está mal
y ahí, resquebrajando la asepsia que te envuelve, descubres el pequeño
cenicero, el cigarrillo truncado a medio fumar. Entonces, un poco más allá, ves
otro con rouge intenso sobre el filtro. Luego piensas: menudo perfomance, qué batalla campal en el king size. Después guardas las maletas,
te echas sobre la cama, cierras los ojos, duermes. Y al amanecer el día
transcurre como si nada.
11/21/2019
Cortázar en gotas, Thomas Mann, ungüento
Josefo Pérez Papadopoulos,
amigo y colega de la universidad, es un apasionado de la antropología. Por
serlo, anda averiguando ciertas relaciones entre la medicina tradicional y la
indígena, lo cual hoy por hoy hace de él un experto en tales lides. Si tienes
un mal que te impide vivir como deseas, mi amigo tendrá al pelo sugerencias
prácticas, ancestrales por decir lo menos, que acabarán con el problema. Créeme
que saldrás renovado, lleno de energías repotenciadas, como liebre saltarina
lista para continuar en este valle de lágrimas.
Cada vez que podemos compartimos charla
entremezclada con café, y también créeme que de sólo atender a cuanto manifiesta
he experimentado mejoría en todo nivel. Soy más perspicaz, menos enfermizo,
mucho más apto para la felicidad, cuestión directamente proporcional al
objetivo que, en el fondo, siempre perseguí en el plano del vivir.
Pues nada, que un descreído como yo terminó
por introducir en primer lugar los pies, luego las piernas y por último el
cuerpo todo en las aguas sanadoras que hasta hace meses tenía puta idea de que
existieran. Dime tú si no: de lo humano descubrí que poco me es ajeno,
corroborado de pe a pa en función de la experiencia que me engulle.
La experiencia que me engulle, claro, ha
desplegado sus alas, va siendo una que jamás supuse para mí. Entonces eureka,
de a ratos desato las amarras y aquí voy, cogiendo impulso gracias a extrañas
brazadas, a inconcebibles movimientos, a trampolines que fabrico a punta de
uñas, dientes, manotazos y sinuosidades de todos los pelajes. Hoy en día he
creado un sistema propio, una terapia individual sustentada en búsquedas no sé
si valoradas por otros en el pasado, por ti o por aquél en el afán de hacerle
morisquetas a la adversidad.
Me explico: la literatura también hace de
las suyas, más allá del arte y por encima de metáforas, estilos o estéticas de
cualquier índole, de modo que ya no voy al médico ni tomo aspirinas o
antibióticos como solía hacerlo tiempo atrás. Me explico aún más: puedo decir
que he dado en el clavo a propósito del hecho literario, que descubrí, pongo
por caso, que para malestares respiratorios Thomas Mann es especial. “La
montaña mágica” funciona no sólo como expectorante sino que hace las veces de
caldo puesto a punto para inhalaciones. Despeja, afloja el pecho,
descongestiona, limpia a fondo los pulmones. Cógela y lee, haz el intento, practícalo
y después me cuentas.
Para dolores musculares los cuentos de
Fernando Iwasaki. Para la obesidad, “Un artista del hambre”, del gran Kafka. Si
lo tuyo son jaquecas o migrañas el remedio es “Cefalea”, que Cortázar escribió
quizás para exorcizar tamaños malestares. Hago aquí un inciso y, ahora que lo
pienso, buena parte del misterio de la creación, de las novelas, cuentos o
poemas, sé que está más que vinculada con indagaciones para nada relativas a lo
estrictamente literario. Ja, quién lo hubiera dicho, es que quién lo hubiera
sospechado.
Cuando hay pérdida del apetito hallé luego de
mucho escudriñar la solución: seis páginas diarias -no más, para evitar
indigestión- de “La gente feliz lee y toma café”, cuya autora es Agnés
Martin-Lugard, y si hay complicaciones artríticas las novelas de Heinrich Böll
o los libros de Iván Égüez resultan una maravilla -el por qué de esta dupla no
me lo preguntes. Ignoro razones específicas-. Hasta aquí y únicamente por ahora
los descubrimientos, mis encontronazos terapéuticos con letras, párrafos, capítulos
cuyos recovecos sanitarios he probado una y mil veces. Sé que no son bastantes
pero ten por seguro que su cortedad no supone falencias en cuanto al hecho que
nos interesa: mandar al cuerno los males referidos. Mientras, trabajo, indago,
continúo en mis trece. Ya verá Papadopoulos cómo le planto este hallazgo
diferente. Por lo pronto aquí lo dejo para ustedes.
11/14/2019
Mi amigo y yo
La amistad tiene sus cosas raras. Hay gente
a la que frecuento a diario y dista de ser cofrade, y están los que veo poco,
incluso demasiado poco, pero son amigos entrañables.
Tampoco es que haya muchos. Un tipo con
tantas amistades como estrellas en el cielo confieso que me pone los pelos de
punta: o es un mentecato o un vulgar estafador, y de semejantes personajes
aprendí a cuidarme desde hace bastante. En fin, que un amigo viene siendo
aquello que lleva en las alforjas eso que también tú portas en las tuyas,
porque ambos saben que cuando se cuecen las habas se erigen asimismo los
afectos, y las habas se cuecen a fuego lento entre actos cómplices, fidelidades
e intereses más o menos comunes a propósito de lo labrado. Lo labrado, aquí,
implica brazos abiertos, manos estrechadas, señas, comprensiones mutuas,
patadas en la ingle a tiempos y lugares.
Tengo amigos que no veo desde hace una
punta de años. La última vez que estuvimos juntos, libando unas cervezas y
dándole a la lengua como si conversar fuera la actividad que más nos humaniza,
fue tan fluido y simple que nos parecía que a la mañana siguiente todos
coincidiríamos en la oficina, como si viviéramos en esta ciudad y fuésemos alegres
compañeros de trabajo. Por mucho tiempo que transcurra, por bastante geografía
que se atraviese en medio, cuando nos encontramos las cosas discurren tocadas
por aguas jabonosas y apenas sentimos que ese señor llamado cronos ha pasado, que
ha lanzado sus escupitajos sobre nosotros, y entonces seguimos la charla,
destrozamos temas, acuchillamos razones, obviamos excusas y vacíos, dándole luz
verde a aquella discusión suspendida al amanecer de un pasado añoso porque se
iba haciendo hora de largarse al aeropuerto.
Para mis amigos -y clarines que para mí
también- un viernes, pongo por caso, es día del almanaque al que llegamos y un
abrazo, cubitos de hielo, whisky clink clink, brindo por ti, por tus hijos, ¿cómo
ha estado tu madre?, y ese encuentro, repito, es la extensión de uno anterior
ocurrido dos, tres, cinco años atrás pero qué diablos importa porque el gran
secreto es que somos jodidamente amigos, jodidamente entrañables, y el secreto
viene aparejado con la llave maestra que abre los candados y te arroja al fondo
del aquí, todo a punto en el ahora que es ese viernes cualquiera de dos mil
ocho, dos mil dieciséis, diecisiete o diecinueve.
Creo que en el fondo la amistad lleva
consigo una sensación de pertenencia -más bien una seguridad- que al ser
compartida tiende puentes de acero inoxidable. La amistad deviene así en punto en
común muy duro de fraguar. En estos días leía algo de Borges y me enteré de que
en cierta ocasión se le ocurrió afirmar que la amistad no requiere de frecuencia,
a diferencia del amor entre parejas que la exige so pena de que el asunto acabe
con las patas para arriba. Por eso a Bioy Casares, su amigo del alma, se le
olvidó participarle de su boda. Yo lo entiendo, claro, y me atrevo a decir más:
si un amigo es un amigo, verlo todos los días carece de importancia. Mi amigo
lo es por la razón compleja de que
atamos cabos por debajo de la mesa, al punto de que tal cuestión permite
obsequiarle un manotazo al mapa y echar los relojes a los siete mares.
Mis amigos lo saben, firman y confirman al
pelo lo anterior, así que palabras como
las que llevo escritas han calado en sus certezas. Lo otro -coincidir a cada
rato, coger el teléfono para charlar a diario- resulta el acto políticamente
correcto que, estoy seguro, terminamos detestando. Celebro que en mi caso no
sea así. Ni en el de ellos.
10/24/2019
La verdadera realidad
Siendo niño me convencí de que el mundo
está mal hecho. En el colegio las monjas explicaban cómo el mismo Dios se había
entregado a la tarea de materializar el universo pero yo, abatido, fruncía el
ceño en mi pupitre mientras restaba crédito a semejante historia, no por su
condición divina sino por tanto resultado chapucero. Dios, mi Dios, nunca
habría firmado obra parecida.
Entonces, como vivía absorto por los
dibujos animados, terminé persuadido de una verdad a rajatabla: ahí yace la
perfección total, esa es la realidad digna de los dioses, una tan lejos de este
valle de lágrimas que olvídate, somos apenas un deseo, anhelo utópico flotando
en líquidos oníricos. Tristes sombras de ve tú a saber qué proyectos abortados.
En el santoral de mis comiquitas Tom y Jerry
ocupó lugar preponderante, y no es para menos. Como en la vida misma, lo bueno
y lo malo, lo apetecible y lo aborrecible, etcétera, etcétera, etcétera, hacen
de las suyas mientras luchan a brazo partido por llegar triunfantes a la meta. El
combate a dentelladas para imponer cuanto creemos, eso que a la postre originó
lo que Darwin llamaba victoria de los más aptos -con la diferencia aquí de que
los más aptos podían ser los menos, los débiles, los vulnerables, seres a
quienes la biología habría barrido de un plumazo- erige como foco ciertas
aventuras de un gato y un ratón, con la particularidad de que éstos envían al mismo
infierno tanta cotidianidad, tanta cosa predecible de este lado del televisor. Marcan
una realidad distinta, permiten suponer un mundo en cuyas leyes tiene cabida el
disparate, la sinrazón, la lógica asentada sobre otra forma de contemplarnos
ante los espejos. Y ahí aparecía yo, me sentía cómodo entre esos personajes, mi
fe en lo que se dejaba ver en la pantalla cobraba carnadura, seguridad a prueba
de cañones y entonces no, podía jurar que no vivíamos en el mejor de los mundos
posibles -te pelaste de cabo a rabo, Gottfried Wilhelm Leibniz- sino todo lo
contrario.
Las comiquitas eran tan reales como la mesa
o la licuadora, tan verdaderas como el lápiz o el maletín de la maestra. Para
mí eran la realidad viva y coleando, y lo eran porque llevaban sobre las espaldas
el universo que aprendí a meterme entre ceja y ceja. Por eso nunca me intrigó
lo que a muchos marcaba frontera con esto que somos: desde su cueva Jerry
estiraba el brazo cuarenta o cincuenta metros y al mover con sigilo una mano,
tomaba el queso que Tom guardaba a un palmo de su cama. Y Tom, al abrir un ojo
y percatarse del robo en pleno desarrollo, alargaba los dedos de una pata, los
extendía hasta la cocina, abría con ellos el gabinete, reptaba en su interior y
cogía el martillo de aplastar la carne para estrellarlo en las sienes del
ladrón. Asunto resuelto, no más problemas por ahora. Al ratoncito le lloverían
otras oportunidades para ganar y desquitarse.
El
mundo de El lagarto Juancho, Las Urracas
parlanchinas, Mazinger Z o El conejo de la suerte fue uno que
sustituyó con creces las verdades truculentas de esa masa gelatinosa, incomprensible,
poco agraciada, injusta las más de las veces, en que se había convertido el día
a día. Una clase de historia, los ejercicios de matemáticas, delirios como
algunas explicaciones sobre el origen del sol o los volcanes y, para remate,
fantasías tipo oración yuxtapuesta copulativa, sujeto, predicado, complemento
circunstancial y otros chasquidos de la lengua sí que suponían embustes
colosales. ¿Qué era en verdad creíble, real, aceptable, el fototropismo
negativo de las raíces de los árboles o la voz astuta del zorro Brillantín en Las fábulas del bosque verde? Piensa un
poco, adivina. ¿Acaso la realidad invisible de inaguantables restas y
divisiones de quebrados, la multiplicación de polinomios, o más bien el vuelo
de una nave, entre cometas y asteroides por toda la Vía Láctea, transportando
al Capitán Futuro? Sumo y sigo: ¿el concepto de patria, la noción de ciudadano,
los deberes y derechos en la Constitución o las fabulosas peripecias del gallo
Claudio? Elige tú.
Lo que soy yo, tomé partido desde pequeñín.
Aún en estos días me pregunto por el buen Jerry y sus avatares, recuerdo a
Porkys y su tartamudez, vislumbro en el pasado a la tortuga D’artagnan, colgada
de una liana, en mil fragores blandiendo su espada nada menos que en combate
con un rayo. Esa era, con toda razón, la realidad. Y es que no podía ser de
otra manera. Dime tú si no.
10/18/2019
El arte de subrayar los libros
Voy al café de costumbre: un libro entre
las manos, tabaco, macchiato, agua mineral. “Lección pasada de moda”, de Javier Marías, página ciento dieciséis.
Entonces comienzo a leer, me atrapan los tentáculos que un buen libro utiliza
para enganchar a su presa.
Y los síntomas van apareciendo. Son
sensaciones que disparan sin perdón a quemarropa, pues la magia de la historia
ingerida por los ojos no da tregua, y al no darla quiero retenerla, de algún
modo obligarla a permanecer conmigo, a la vista, dispuesta siempre a brincarme
en los brazos tan pronto haya cerrado el libro y vuelva luego a él con ánimo de
perderme en sus entrañas. Leo, operan los mecanismos del simple seducir, entro
de golpe en ese estado cuya analogía exacta es la levitación.
Ya no puedo, ni quiero, evitar el asunto.
Cojo el bolígrafo y subrayo. Subrayo lo que me patea, todo aquello escrito con
la fuerza para estremecer desde la frase, desde las imágenes, desde el
lenguaje, desde las ideas. Resalto, hago anotaciones al margen, también convierto
esa hoja impresa en block de notas,
consecuencia inevitable de la fascinación. Leer supone entre otras cosas incrementar
cuanto me gusta, marcar esto que hallo en los intersticios de un párrafo o en
las meras tripas de un decir que no tiene vuelta atrás: hay, repito, que
subrayarlo, hay que insuflarle neón a tope, hay que preservarlo en las alturas.
No te imaginas las mil escenas que he
protagonizado gracias a rasguñar folios aquí o allá, porque me da la gana. La
gente, tan circunspecta donde se encuentre haciendo de las suyas -quizá en la
mesa contigua devorándose un yogurt, engullendo feliz la torta de manzana o
dándole a la lengua mientras acaba el helado-, más de una vez me mira como a
bicho raro, entomólogo frente al microscopio, y en ocasiones se aproxima sin
perder ápice de circunspección para atreverse a gruñir: “¿Sabe qué?, los libros
no se rayan, los libros no se maltratan, es que los libros, señor, no se
destruyen”.
Menuda confesión y vaya manera de ponerla
en práctica. Como si echarte en brazos de lo que lees, con pasión cultivada
desde la niñez, fuese un acto equivalente a monstruosidad sin par, es decir, perfecto
crimen de lesa bibliofilia. Frente a tamaña intromisión opto -con circunspección
idéntica a la de esta artillera de café- por mandarla al mismo infierno y
cerrar de una buena vez el capítulo en cuestión, pero antes de que la potencia
se transforme en acto me muerdo la lengua y nada más me limito a sonreír, a dar
las gracias, a desear suerte y continuar pegado al buen Marías.
Tengo para mí que enredarme con un libro
implica un toma y dame que pasa por el diálogo, el dime y también te digo, la
captura al vuelo de ciertos guiños mutuos y, sin duda, la lúdica experiencia de
llevarles la contraria o sucumbir frente a sus argumentos. Para eso es
necesario lápiz, bolígrafo, resaltador o cualquier instrumento capaz de dejar
huella sobre el texto que leo y que me reta. Subrayar se transforma en diana,
punto de fuga de una relación que entre ese objeto y yo hemos labrado a pulso y
subrayar, lo digo sin remordimientos, es la mejor forma de ponerme los guantes
y recibir mi buena tunda, no sin antes lanzar ganchos, rectos, ramalazos a la
cabeza o al hígado y, en fin, intercambiar los golpes necesarios.
Hay quienes tienen libros, bibliotecas
enteras, volúmenes exquisitos cuyos lomos cuchis lucen de lo lindo frente a las
cortinas de la sala. Combinan que te cagas. A mí que me registren, pero un
libro sin rasguños, sin cicatrices que evidencien su paso por la vida termina
siendo algo así como la imagen casta de un puritanismo ajeno a las hormonas, a
los líquidos sexuales o al juego de caricias que llevará por fin a la entrega y
al orgasmo.
Desde la mesa del café practico, porque me
sale de los cojones, el hecho de subrayar mis ejemplares. De tapa blanda o
dura, de bolsillo o de la colección fulana por la que te sacan una buena pasta,
subrayar es demostrar cariño, amor mondo y lirondo, interés por cuanto cabe
esperar de una charla entre nosotros. Lo demás es monserga y fruslería que para
qué te cuento. Y punto, y se acabó.
10/13/2019
Salir, irse, emigrar
Emigrar supone mudar el cuerpo pero también
el alma. Irse, cuando lo que tenías como horizonte era permanecer en tu lugar
de origen, lleva en las entrañas una realidad que no es fácil describir, sobre
todo porque irse equivale al destierro que te fractura por lo menos en dos: un
pedazo se queda en la tierra donde naciste y otro lleva la mochila a cuestas
por esos mundos de Dios.
En cuanto a mí, he sido afortunado. Salí
con trabajo, con un norte más o menos visible allá a lo lejos. Obtuve una plaza
como profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y desde mi
llegada sólo encontré muestras de afecto, de amistad, de respeto por el
quehacer intelectual, de profundo y consolador espacio para llegar, para
intentar crear, para estar.
En mis tres años en Quito, ciudad que va
siendo parte de mis querencias más profundas, he hallado a muchos con menos suerte
pero con agallas infinitas si lo que resta es plantarle cara al presente, al futuro.
Después de todo, lo urgente pasa por darle un manotazo a la ignominia, eso que
Maduro y su corporación del crimen instalaron a lo largo y ancho de un país, lo
cual exige tomar el morral, echar ahí lo poco que puedas remolcar en la huida,
y lanzarte a la aventura como Quijote lanza en ristre para desfacer entuertos.
Los he visto llegar apenas con lo que
llevan puesto. Los he visto ofrecer en las aceras caramelos por algunos
centavos y los he visto agradecer con sinceridad a prueba de fuego la ayuda que
viene -a veces tarde, a menudo insuficiente- de otros capaces de encontrar
enfrente el reflejo de sí mismos. En el fondo albergamos cierto sedimento que
nos aproxima, humanidad que danza codo a codo en Quito, Buenos Aires,Tegucigalpa,
Lima o Madrid.
Me alegra saber que desde aquí, a pesar de
los pesares y más allá de incomprensiones bullendo a la vuelta de la esquina,
gente hecha de madera única ha dado un golpe sobre la mesa. En Quito, nada más
que por mencionar un par de ejemplos, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) y
la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) llevan adelante planes de
ayuda que trascienden paños de agua tibia. La labor desplegada con uñas, corazón
y dientes, dice mucho acerca de la realidad que atravesamos: frente a la
indiferencia o señalamientos vanos, digamos, por el lugar de procedencia, cabe
el trabajo apostólico, la entrega desinteresada de tantos, de muchísimos cuyo
punto de fuga es echar una mano, curar, salvar vidas, ofrecer un lugar amplio
para que no mueran anhelos e ilusiones. Lo digo con conocimiento de causa: desde
la Universidad he tenido la magnífica oportunidad
de acercarme, de participar en el proyecto PUCE-Solidaria y me faltan palabras
para agradecer la buena voluntad, el espíritu de hermanos puesto a la orden
mediante su Dirección de Identidad y Misión, a la que estoy adscrito. En fin,
que la mano amiga y el abrazo sanador viven día a día, sin desfallecer.
Emigrar es una experiencia que implica
cierta esquizofrenia, partición de cuerpo y alma que, como creo haber insinuado
al comienzo, desgaja vidas enteras. Me refiero a la migración no sustentada en
un proyecto de futuro. Me refiero por supuesto al hecho de salir como sinónimo
de escape, de único y urgente modo de salvación cuando en tu tierra eres preso
de conciencia, un convicto por tus ideas, por tu pobreza material o por tu
falta de oportunidades. Exiliado aún sin haber echado a andar más allá de las
fronteras.
Siento profundo respeto por quienes decidieron
quedarse. Gente que resiste, que lucha con fiereza y estoicismo contra los
zarpazos del poder omnímodo. Y siento asimismo admiración por quienes forman la
diáspora, en su mayoría esparcidos por este planeta sin más andamios para
caminar erguidos que la voluntad y la esperanza. Sé que esta verdad terminará
por hacer del sufrimiento la escuela del renacimiento. Nada ni nadie me saca de
la cabeza una convicción plena: la concreción de un ideal de libertad, la
vuelta a sus orígenes de una familia desmembrada -Venezuela- cuya tragedia
jamás debió ocurrir.
10/11/2019
Quito, justo ahora
Vivo en Quito desde hace tres años y hoy
cabe de lleno en mis entrañas. Llegar a una ciudad supone un movimiento
originado en varios flancos, por lo que llegar a una ciudad implica hacerlo
desde la alegría, la obligación, el dolor o la esperanza. En mi caso, todo ello
perfiló razones válidas para hacer el equipaje.
Es verdad que la nostalgia crea nido
incluso antes de que el viaje cobre carnadura. Somos animales nostálgicos
porque el centro de nuestra condición en gran medida pasa por la necesidad de
evocación, punta de lanza a la hora de labrar identidad, mantener afectos y darle
un manotazo a esa señora que llamamos desmemoria.
Llegué a la mitad del mundo un veintinueve
de septiembre del año dos mil dieciséis. Camila y Daniel andaban de mi mano.
Ana Luisa, mi esposa, arribaría un mes después. Veinticinco días atrás la Pontificia Universidad Católica del Ecuador me daba luz
verde para recoger los trapos: había obtenido una plaza como profesor luego de
presentarme a concurso gracias al mundo virtual y aquí estaba, plantado en
tierra extraña un día antes de mi cita con las autoridades de la Facultad. Eran
las ocho de la noche.
La incertidumbre siempre hace de las suyas,
por lo que fue casi imposible descansar. Al amanecer me acerqué a la ventana y
un océano de edificios, entre neblina y llovizna sin fin, se extendía como si
nada. Ya en la calle el viento helado, unas montañas elegantes, ese ir y venir
de la gente ignorándome en su día a día me hicieron sentir bien. Poco a poco
comprobaba la nueva realidad. Era un extranjero, debía arreglar papeles, decodificar
el entramado en el que estaba y, en fin, acomodarme lo mejor posible al nuevo
espacio.
Una ciudad -esa que puedas llamar tuya-, o
cuando menos la idea que de ella me he forjado, pasa por asemejarse al lugar
que reviste de algún modo tus expectativas. Si éstas se ven mínimamente
incluidas, respiras tranquilo, vislumbras futuros más amables, descubres en ese
mismo instante guiños que calan en tu espíritu. La ciudad de Quito, una geografía
desconocida horas antes, implicó amor a primera vista. Como en las películas
cursis, como esas puestas en escena que ipso
facto te dibujan una sonrisa de desdén. Poner pie en ella y comenzar a
recorrerla supuso sin embargo aceptación inmediata. Estuve seguro, no me
preguntes por qué, de que las cosas estaban en su sitio. Pude haber jurado que
todo marcharía de lo mejor.
Siempre deseé regresar a la Mérida de mis
tiempos universitarios, especie de Ítaca que me ha llevado -y me lleva todavía-
más de los veinte años que Odiseo necesitó para volver. Ahí fui feliz, quise
quedarme, hallé a una mujer, aprendí a conocerme un poco más y dejé amigos que
hasta el sol de hoy han dicho hola buenas, pasa adelante, cuando he tocado a sus puertas. La literatura, el cine, la
farra a punta de música y cerveza, baile, decepciones y anhelos de cualquier pelaje rondaron al alcance de la
mano. Alirio Pérez Lo Presti, Mariano Nava, José Rodríguez, Lis Torres, Lubio
Cardoso, María Fuentes, Jesús Alberto López, Juan Sebastián Rodríguez, gente
que sabía trocar pedazos del minutero en amistad pura y dura aún forman parte
de mis posesiones más profundas.
Así, en Quito, los pasos iniciales se
convirtieron en regreso a los orígenes, ámbito en el que aprendí a ver en la
ciudad una extensión de la casa, del nicho infantil o adolescente cargado de
fútbol, patineta, novias furtivas y sueños tramados para cuando asomara la
adultez. Quito trajo de inmediato remembranzas que llevaban rato hundidas en el
pozo de lo tantas veces ansiado y tantas
veces confinado al pasado, hecho extraño
que en buena hora vino a aparecer, ya con la amenaza de concreción
inesperada, sorpresiva, fabulosa. Justo cuando el desarraigo toca el portón sin
solicitar permiso, dos ciudades se abrazan en casi idéntico horizonte.
Durante tres años la experiencia no ha
variado un ápice. Semejante diálogo fructífero, tan sencillo y mágico como
evocar o soñar continúa vivo. Una ciudad y otra juegan al gato y al ratón,
buscándose, hallándose en rincones escondidos, desencontrándose después y
volviendo a hurgarse mutuamente, de modo que la nostalgia, asunto de lo más
curioso, envuelve con su aliento traducido en país y en época ya ida -de aulas
universitarias, habitaciones baratas, vida estudiantil, mochilas y cuadernos- y
deja a su vez la estela de sosiego tan necesario en momentos lejos del lugar
amado.
Entonces aquí, justo ahora, Venezuela cabe
en una acera, un café o el libro de turno que llevo bajo el brazo. Más de una
vez, sentado en cualquier terraza con el marrón enfrente, novela a mano, agua
mineral y tabaco, los atardeceres bien podrían ser alguno en Margarita, Upata o
Puerto Ordaz. El dolor y los crímenes que ha soportado mi país tienen la
particularidad de inmiscuirse hasta en lo que suponía más refractario a ellos: cuando
Heinrich Böll o Thomas Mann se desmigajan entre los dedos a las cinco en punto de
la tarde, pienso, rememoro, me hundo hasta lo indecible en una Venezuela que,
ultrajada durante veinte años de inquina, insiste en continuar de pie, erguida,
entre heridas abiertas y cicatrices supurantes.
Pero decía arriba que desde el primero de
mis días en Quito la complicidad apareció como fantasma en las esquinas, en los
buses, en la universidad, en el frío de una ciudad donde he hallado amistad,
trabajo, refugio, motivos para hacer de los recuerdos el amasijo de afectos que
son también terapia, puesta al día en función de lo que he sido y soy. Y es una
verdad monda y lironda. Nunca como en estas horas me doy cuenta de que ha sido
bueno andar tantos kilómetros para corroborar que estés donde estés y pase lo
que pase, la maleta que llevas contigo termina por increparte cuando te miras
al espejo y ahí apareces, ahí te ves de cuerpo entero: perteneces a un lugar,
cargas tus memorias y tus muertos y el mundo te alberga sin que dejes de anhelar aquel espacio donde una vez todo comenzó. Es una verdad y es un
alivio compartirlo. Tres años después lo confirmo a plenitud.
10/04/2019
El filósofo
Que la vida no es un valle de lágrimas
Percy lo suscribe de pe a pa.”Dolce far
niente” es una frase que le viene como anillo al dedo, hay que ver, sobre
todo por esa disposición, ese buen tono para vivir demostrado hasta en los
peores días de su existencia (no te creas, los ha tenido y muy muy feos).
Aprendí a verlo como el mejor de los ejemplos
si es preciso darle un manotazo a la tristeza, al pesimismo o la apatía. Nunca
conocí a un ser capaz de buscarle un último sentido a la lógica más aplastante o
al absurdo más rocambolesco. No te imaginas cómo es, cómo se maneja ante la
adversidad, qué haceres le da por desplegar donde y cuando se le venga en gana
y de qué forma le saca punta incluso hasta a las piedras. Para decirlo de una
buena vez, es un filósofo por donde lo mires.
Si el saber ocupa espacio no te quepa duda
de que se encuentra en sus entrañas. Lo veo, escudriño su conducta, observo con
impaciencia el método que poco a poco tengo la esperanza de llegar a descubrir y juro por mis muertos más frescos que es como
para no creerlo. Un filósofo, es de verdad un filósofo de cabo a rabo, un
filósofo como los de antes, duro, abrasivo, abarcador, capaz el muy cabrón de
haber elaborado un sistema apto para hurgar aquí y allá, para explicar mil y
una cosas y ahí lo ves, tan tranquilazo, echado en brazos de la modorra como
quien nunca rompió un plato. Los platos de la sabiduría, claro, esa cosa típica
de iluminados, gente rara, personajes convocados ve tú a saber por qué o quién para
hurgarlo y comprenderlo todo. Menudo hallazgo, vaya forma de andarse como si
nada por el mundo.
Aprovecho para decir que me siento
afortunado. No es asunto de todos los días recibir de golpe una enseñanza,
algún ejemplo inigualable, cierta revelación a propósito de los misterios del
universo o como diablos se le diga. Soy un hombre con suerte entre otras cosas
porque nada hice para merecer tal privilegio. Imagina cuántos viven detrás de
lo que a mí se me ofreció sin más. Imagina lo que significa verse de pronto arropado
por la buena estrella. Qué va, compañerito, no y no. Ni hablar de lo que esto
significa.
Alguna vez, estando yo a punto de quebrarme
por razones que no viene a cuento detallar, lo vi pasar y detenerse justo
frente a mí para de seguidas escrutarme con ojos llenos de profunda lucidez.
Era una mirada más allá de las miradas,
con el instrumental a cuestas listo para afrontar las grandes o mínimas
tribulaciones del día a día. Ahí estaba inmóvil, enfrente, y bastó verlo un
segundo para que esas pupilas encendidas arrojaran la solución perfecta a
cuanto me aplastaba. Inspiradora, intuitiva, estimulante, aleccionadora,
llámala como quieras, pero la verdad es que en lo más hondo de su entrevisión
me hallé de pronto, en pleno abordaje de otros planos, otras realidades y otras
maneras de entrarle al arte de existir.
Desde ese día soy un hombre nuevo. No con
la novedad que -falsa y ridícula- pregonan profetas de a pie, charlatanes de la
política y personajillos del New Age, sino alguien cuya esencia rodó con los
patines bien calzados por los oscuros rieles del conocimiento.
Entonces permaneció quieto, con sus ojos
clavados en mí, observándome paciente y no sin un dejo de desdén. Por fin,
después de haber visto la luz, comprendido y siendo otro, seguí mi camino,
chasqueé los dedos para que se acercara y como de costumbre acaricié su lomo y
le busqué galletas en señal de gratitud. Se quedó ahí, feliz, moviendo rápido la
cola y mordisqueando sus manjares.
9/27/2019
El fondo de una taza
Llego a la mesa y
pido americano, agua mineral, hojeo la Biografía
de la humanidad, de José Antonio Marina y Javier Rambaud, y al rato escribo
algo, rasguños, ocurrencias que acaso sirvan para algún artículo más adelante.
Esto es la gloria, llevar a palabras lo que apenas es una nebulosa, masa
informe diseminada entre neuronas que presupone cierta historia, anécdotas por
materializar en texto a tu real y único entender.
Sucede que a veces
estoy metido hasta el pescuezo en las aguas de una idea, lápiz en mano, entre
sorbo y sorbo, y cuando me percato, cuando por un segundo espabilo allá en el
fondo de la taza queda apenas un dedo de café que en plan autómata termino por
beber muy poco a poco. Me concentro
tanto que miro alrededor, noto cuanto ocurre, puedo vislumbrar el espacio en el
que permanezco como a través de un cristal, especie de acuario en el que floto,
me hundo, nado, hasta que el vaivén del agua me arrastra como quiere, como le
da la gana. Entonces se acerca el mesero a retirar la taza. Y no reacciono.
Sostengo el lápiz, lelo, hipnotizado, pensativo. No debo permitir que se esfume
lo que busco, no debo consentir que la imaginación reviente, que estalle como
fruta madura al caer al suelo. Si cedo se escabullen las ideas, cuyo punto de
fuga es la hoja en blanco transformada en líneas, párrafos, y así.
Veo al mesero
alejarse y créeme, siento que una parte de cuanto deseo escribir va metida de
cabeza en esa taza, ahí, de golpe y porrazo en el minúsculo charco que era
aquel último sorbo. ¿Te ocurre? ¿Te pasa a veces? ¿Notas cómo alguien o algo
parte en dos, de un estacazo, la unidad con pie y cabeza que pretendías
construir?
Quizás cualquier
historia va de la mano con esto: encadenamiento muy cerrado, esférico, que
exige una imagen, un concepto para transfigurarse en lo que llamamos artículo, novela,
ensayo o incluso poema, y pide la existencia de un elemento aglutinador para
dar sentido a lo que escribes, cosa que no puedes suspender mientras las ideas fluyen de tu mano a los folios que
llenas y llenas no se sabe hasta qué punto. Me viene en este instante esa metáfora
que Julio Cortázar gustaba utilizar para explicar su noción de cuento:
redondez, esfericidad, unidad plegada sobre sí, mordiéndose la cola, sin dar
indicios de dónde comienza y dónde finaliza. En fin.
Sigo en mi mesa con
el hilo conductor de esto que deseé escribir hecho pedazos. El mesero lleva la
taza y una bandeja con dos o tres vasos camino al lavadero. Ahí se escurrirá el
esbozo de relato que ya no levantará cabeza. Por el desagüe en la cocina de
este café diminuto va a las alcantarillas un trozo de imaginación entremezclada
con borra, cafeína, agua sucia, un poco de saliva y ve tú a saber qué más.
Misterios de la
escritura, cosas raras de la invención a la hora del dale que te dale en aras
de contar algo para bien o para mal. Lo cierto es que allá, ahogadas en una
taza de café fueron a dar ciertas esquinas de mis ideas, claves para concretar
eso que tuve entre ceja y ceja y saboreé feliz mientras el hachazo no llegaba y
ahora fíjate, nada más el naufragio, los restos diseminados por el recipiente.
Una historia diluida, como edulcorante o qué se yo, en el abismo de esa taza.
9/19/2019
Cuando te dicen maricón
En un debate televisado Felipe Mujica,
político venido a menos en las lides de Venezuela, llama homosexual al escritor
Gustavo Tovar Arroyo, quien lo interpela a raíz de sus últimas actuaciones
frente a la corporación criminal encabezada por Maduro.
No encuentra el señor Mujica otro modo de
descalificar a su oponente que a través del subterfugio ad hominem. Como el político en cuestión se ve desnudo, sin argumentos
para continuar la defensa de lo que cree justo -su punto de vista a propósito
de la discusión que sostiene- entonces escupe la mesa y saca las pistolas.
En el largo recorrido del Homo sapiens y antes del Siglo de las
Luces lo normal, lo aceptado por la mayoría, lo que no ameritaba diatribas
mayores era justo cuanto ha llevado a cabo Mujica: excluir, discriminar,
pretender invisibilizar, aplastar al otro en función de razones espurias, es
decir, erigir el abuso, justificar la práctica de hacer lo que me venga en gana
porque soy más fuerte, más rico, más blanco, más poderoso que tú.
En proyección histórica, apenas desde hace
un puñado de años el bicho humano se percató de su error. El otro, ese tú que
tienes enfrente y que resulta imprescindible para construir un nosotros, hace las
veces de palanca impulsora cuyo punto de fuga es la convivencia, armonía, equilibrio
y, en fin, procura de lo que llamamos civilización. Ideas reñidas con lo que
hemos logrado hasta hoy en materia de Derechos Humanos, reconocimiento de la
alteridad e individualidad -soy maricón, ateo, madrilista, de los Yankees,
comunista o liberal porque me sale de los cojones- es innegable que existen
todavía a lo largo y ancho del vasto mundo. No obstante, el horizonte se
perfila claro: en la modernidad tu vida privada es básicamente eso, tu jodida
vida privada, de manera que si no perjudicas a terceros ni violas ley alguna,
transitas por ella según tu real entender y proceder. Y punto, y se acabó. Los
mujiquitas de cualquier pelaje bien pueden largarse a hacer puñetas al
infierno.
Gustavo Tovar Arroyo, un caballero cuyas
inclinaciones artísticas, gastronómicas, sexuales o lo que sea deben importarle
un rábano a nadie, expuso sus ideas en el debate y éstas le cayeron como patada
en la ingle a don Felipe. Peor para él. Con toda razón el primero se limitó a
llamarlo bruto, además de imbécil -yo
habría escogido epítetos menos agradables-, encima de dejarlo en cueros cuando
de intercambio de opiniones se trata. Que en trajines intelectuales te pateen
el culo en buena lid no debería dar pie para que emerja, de golpe y porrazo, el
perfecto bellaco que llevas por dentro. Menuda reacción. Vaya estólida
demostración acabó haciendo este individuo.
Con sus luces y sombras siempre me he
sentido afortunado por vivir en la época que vivo. Comulgo con los valores
occidentales -escoger la orientación sexual que te salga de la entrepierna es
uno de ellos-, los cuales han costado sangre, sudor y lágrimas, y los defiendo
y los promuevo a pesar de Felipe Mujica y sus entrañas cavernarias. Paso la
página. Son tiempos, éstos, que reclaman más y mejores batallas. He dicho.
9/11/2019
Conga y filosofía
Los sueños, Segismundo, sueños son. Creí
aprender tal sentencia ya de grande, luego de puños y patadas que la vida regala
a borbotones. Es que soy profesor universitario y desde niño quise ser
cantante. No uno como los demás sino alguien distinto, único, capaz de parecerme
a los Beatles pero en buena medida
diferente, con pizca de Mick Jagger pero manteniéndome a distancia, digno de
Sinatra pero sin enredarme en sus zapatos. Así crecí y con ello tuve la certeza
-intuición de imberbe, que ya es bastante- de que lo demás era cuestión de
tiempo, de cargarme de paciencia mientras los minuteros daban la cara al porvenir.
He dicho certeza, sí, de luces parpadeantes, guitarras clásicas o electroacústicas,
decibeles y álbumes con mi rostro impreso ahí, feliz e imperturbable, mirando
al infinito como en pagana anunciación: la de sonidos jamás antes emitidos, la
de músicas que trepan el aire para hechizo de cualquiera.
Camino hacia el liceo y una lata de naranja
hit sirve para marcar el son. Avanzo, mochila al hombro, y el balón de aluminio
que golpeo -juro que es la batería de Ringo Starr- termina aplastada junto a vasos de yogurt, cartones
de leche Indosa y paquetes arrugados de cigarrillos Astor. He querido ser cantante
y la puerta principal del Instituto San Antonio, en la Upata de mi
adolescencia, se transforma en línea que separa de su público al artista listo para salir al
escenario, ávido de acordes, fuegos de
artificio, ritmos a fuerza de cadera y percusión.
Entonces, ciertas realidades aplastan la
nariz. La hora de la verdad cae como una losa y terminar bachillerato supone la
gran prueba de fuego, es decir, tomar de una vez los instrumentos por asalto. Y
los instrumentos, más que de cuerdas o de viento, dijeron aquí estoy yo en
forma de letras, párrafos, signos de
puntuación y hojas impresas. Si la música cabe en una partitura, llegué a la
conclusión de que eso mismo podría ocurrir con la literatura, y también con la
filosofía, asunto que si bien no implica copia fiel de cuanto había soñado, era
sin dudas una aproximación más que decente. Por eso siempre Cortázar me pareció
un fenómeno del rock -qué jazz ni qué ocho cuartos, qué improvisar en torno al
papel en blanco ni qué zarandajas por el estilo-. Cortázar es rock puro y
duro, ácido por donde lo mires. Coge otra vez Las babas del diablo, escucha
bien Continuidad de los parques, pónle atención a Queremos tanto a Glenda y
déjate de tonterías. ¿Úslar Pietri?, pues sin discusión música sacra, ¿Manuel
Puig?, lleva a Morricone en los bolsillos, ¿Severo Sarduy?, bolero de cabo a
rabo y listo, se acabó. Parece mentira pero ahora que lo noto Ednodio Quintero
suelta una especie de joropo entremezclado a ratos con gaita zuliana. Montejo
hace de las suyas con un piano en tempo adagio y presto. Argenis Rodríguez sabe
a vieja Trova, Ángel Gustavo Infante es vallenato cristalino -un Pastor López
dándole pachanga a las historias-. ¿Capisci?,
hay cercanía y hay puntos de contacto, mi estimado. Hay música, filosofía, literatura
y viceversa, todas para una y una para todas así que ánimo compadre, suenan los
timbales como nunca.
De niño quise ser cantante y aunque le
busqué la vuelta a lo que hago, lo que hago terminó siendo distinto. De
niño quise ser cantante y mírame, preparo clases, dicto seminarios, escribo
artículos científicos. Hay que ver, a veces llego a creer que fracasé, que
cargo la derrota sellada en la cara, que soy un fiasco de pe a pa, lo que
genera días de desazón y de tristeza. Pero en otros lances, como ahora, tomo
las cosas con calma, pienso, cuento hasta cien, cierro los ojos y me miro, me
contemplo, después de todo el aula es mi tablado, mi proscenio, un espacio lleno de almas hasta
reventar propinándose codazos en plan apártate porque este concierto lo he
esperado siempre, porque este concierto sí que no lo perderé jamás. Y de
seguidas escucho los aplausos, desde el escritorio alzo la vista y apenas puedo
distinguir la muchedumbre, encandilado por las luces. Ni Van Halen, ni Michael
Jackson, mucho menos Elton John, nadie como yo en el perfomance que desde el
salón B5, segundo piso a la derecha -ahí frente a la fotocopiadora- llevo
adelante sustentado en Kant, Sócrates, Bobbio o Stuart Mill.
He cumplido a mi manera -haces que me
acuerde de My way-. Lo compruebo
gracias al chorro de octanaje que satura mis arterias, que incorpora más
latidos al ritmo normal del corazón, todo a punto con los focos y los
altavoces, el vestuario, los ensayos y, maravilla por donde metas el ojo, esa
puesta en escena cada lunes, miércoles y viernes de cuatro a siete de la noche
aquí en el piso dos. Quién lo hubiera sospechado, los presocráticos en do
mayor, Tomás de Aquino o San Agustín en clave sinfónica, ciertos ilustrados en
coro operístico que para qué te cuento. Es que créeme, es la purísima verdad,
quién lo hubiera imaginado. Los sueños, Segismundo, ¿sueños son?
9/06/2019
Un clásico
Desde hace mucho, un clásico que fue y es fabuloso. Stars in your eyes, de Air Supply.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=kEn-DwQGApw
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=kEn-DwQGApw
8/29/2019
El humo de mi pipa
En la Universidad Católica del Ecuador,
donde trabajo, me siento en el café de Filosofía. Disfruto visitarlo porque se
puede leer en paz, el mocaccino vale
la pena y los jardines alrededor son un placer. Llevo par de libros, entre
ellos “Charlas con Troylo”, de
Antonio Gala, que abro en la página noventa y seis. Pido un americano y agua
mineral. Mientras, pipa encendida y toda la disposición de echarme en brazos de eso que llaman
placer: el de leer, saborear, contemplar.
Una señora pasa a mi lado y noto que me
observa. Apenas levanto la mano, a manera de saludo en plan de respuesta a su
curiosidad, y continúo haciendo lo que hago. Antonio Gala se desgaja en un
artículo que es delicia pura: “Sexo y figura”, en el que escribe: “aquí los
dirigentes, por tradición secular, se reputan, en la obligación de redimir
nuestras almas del infierno y nuestras inteligencias del error… ¿Por qué creerá
nadie que Dios le ha señalado con su dedo para misiones salvadoras?” Es una
pregunta que desde hace mil años ha reverberado también en mis entrañas. ¿Por
qué tanto imbécil termina suponiéndose especial y único? ¿A qué se debe tamaña
autosuficiencia, antes y después, a propósito de cualquier cosa?
Su voz interrumpe como martillazo y al alzar
la vista puedo verla ahí, de pie frente a mi mesa. Es la mujer que hace dos
minutos pasó por aquí y saludé con gesto apenas perceptible. Da los buenos días
y dispara a quemarropa: ¿puedo hacerle una fotografía sentado como está, con su
pipa y su lectura? Me quedé de piedra. Ni que fuera yo El Puma, Camilo Sesto o
Julio Iglesias.
-Buenas, hola. La verdad, de modelo
tengo lo que de trapecista -respondo-.
-No importa en lo absoluto -dice
ella-.
Al final accedo, con ganas de que me dejen
solo, y por fin el click, el rostro satisfecho, las gracias porque ¿sabe?,
guardo imágenes de viejecitos con pipa, con su aura de misterio, pero ninguna,
créame, ninguna así como ésta, alguien fumando y leyendo a dos pasos de donde
me encuentro, alguien con ella como usted ahora y blablablá.
Entonces me pongo a pensar y recuerdo que
también yo me relaciono con semejante objeto, con el humo, las volutas y el
perfume del tabaco rubio, y aunque no persigo imágenes de ancianos en acción
llevo conmigo la memoria de mi padre que era un hombre pegado a una pipa y sus
aromas. Qué más da, desde aquí puedo comprenderla. Quizás esa mujer cabe
también en una historia parecida, de manera que así mantiene vivas sus
evocaciones hasta gozar colgando en las paredes escenas que le llegan a lo
hondo. Me encojo de hombros, doy una chupada y sigo en mis trece con Gala.
Somos lo que somos porque regalamos un
certero puntapié al olvido. Escribió cierta vez Ortega y Gasset que “el hombre
es un animal que lleva dentro historia, que lleva dentro toda la historia … Si
alguien mágicamente extirpase de cualquiera de nosotros todo ese pasado humano,
resurgiría en él de modo automático el semigorila inicial del que partimos”. Al
fin y al cabo construimos una realidad cercana a los fantasmas que nos
dulcifican, con el agravante de no tener seguridades sobre el resultado.
Buscamos, hurgamos en plazas, bares, parques o cafés, y al anochecer nos vamos
a la cama con la convicción de acaso haber encontrado alguna pieza extra,
ladrillo adicional de nuestro particular rompecabezas.
Lo cierto es que somos animales mucho más
entregados a la remembranza y la morriña de lo que imaginamos. Tanto es así que
hasta el futuro se perfila como esa memoria que seremos. Mientras, continúo en
lo mío: leo, sigo aquí sentado, y el humo de mi pipa cuela otra vez la silueta
de mi viejo. Magnífico por donde lo mires. Qué maravilla que así sea.
8/22/2019
Un elefante en la habitación
Los recovecos de la mente humana son
laberintos sorprendentes. Que esto sea así implica una maravilla, pues ahí se
fundamenta la inspiración, la creatividad, el fuelle para hacer arte o llegar a
las estrellas.
Y de semejante realidad toma impulso un
hecho que también me asombra: gente incapaz de contrastar ciertas ideas con el
mundo circundante, con lo que se extiende más allá de su epidermis, uno que de
golpe aplasta la nariz y revienta
hígados sin misericordia.
Tengo amigos, conocidos, créeme, personas
refractarias a eso llamado insensatez, que a este kilometraje de sus crímenes
defienden todavía a Chávez, a Maduro, a Cabello, a William Saab y al gobierno
como un todo en nombre de la ideología que llevan incrustada hasta en la bilis.
Ideología, claro, que cobra carnadura en función de un universo fraguado a
través de los años: las peroratas de Fidel Castro, el resentimiento de la
izquierda carnívora latinoamericana, las cancioncitas de la Trova, las
estupideces de los gringos en política exterior durante la Guerra Fría, más
algún tardío romanticismo heredado de las gestas libertadoras. Lo anterior
genera una premisa: gente como Hugo, como Evo, como Nicolás o como Lula son nada
menos que neoindependentistas, los muchachos de la película, los últimos refresquitos
del Sahara, mandamases por obra y gracia del ideario revolucionario que
sembrará el Paraíso en la Tierra y por ello dignos de culto, de corona y de cetro.
Y lo anterior genera además ruda conclusión: como no espabilan los pobres,
soberbio coñazo les espera al caer de esas alturas.
Siempre me he preguntado por qué Neruda
cantó loas a Stalin, por qué Heiddegger murió con el carnet de nazi en los
bolsillos, por qué Michel Foucault o Walter Benjamin se inclinaron ante la hoz y el martillo, por
qué García Márquez defendió como nadie a los hermanitos Castro, por qué Carl
Schmitt, György Lukács y compañía sucumbieron a los cantos del poder despótico,
por qué Pablo Milanés y demás compañeritos de viaje ofrendaron su talento arrodillándoseles
a un dictador. Hace buen tiempo Mark Lilla escribió un libro (Pensadores temerarios, ed. Debate) cuya
fascinante realidad no termina de propiciar las respuestas necesarias, aunque
suponga esfuerzo extraordinario. De cualquier modo, la verdad es que los
pasadizos de la mente humana -la de los de a pie o la de individuos con demostrada
solvencia intelectual- no entrañan necesariamente aciertos, prudencia, cuidados
a propósito de sus quehaceres políticos, arrebatos, cegueras y debilidades frente a los poderosos. En fin, es preferible
que el recelo, la duda, el ceño fruncido estén presentes, de manera que el
alegre obsequio de cheques en blanco a dictadorzuelos e iluminados tan caro a
la feligresía revolucionaria en Latinoamérica, pierda impulso y más temprano
que tarde acabe sus días como maña deleznable que mucho daño, a tantos, llegó a
generar.
Tengo amigos que a estas alturas excusan a
Maduro, dan otra oportunidad a ese bebé de pecho llamado Diosdado, comprenden
el buenismo para nada que surfea en almas como las de El Aissami o Jorge
Rodríguez y, en fin, sueñan, como si de Bambi se tratara, que “la era está
pariendo un corazón”, según letra del no menos alcahueta Silvio. ¿Por qué? ¿Qué
razones profundas se deslizan bajo tales disparates? Me inclino por la evasión
de realidades circundantes, esas que están ahí, golpean duro, directo a las
machorras bolas, pero de algún extraño modo dejan inexplicable espacio para la
esperanza. Mis amigos sienten que el piso se les mueve de los pies, que las
certezas les estallan en la cara, que el lindo panorama trocado en rosadito por
la ideología fue a hacer puñetas lejos. Y no, eso no puede ser verdad. Eso no
puede permitirse.
Las locuras de un Chávez presidente, los crímenes
de Maduro y sus adláteres, los Derechos Humanos como papel mojado, el genocidio
a cuentagotas que sufre un país potencialmente riquísimo, el hambre, la escasez
y la enfermedad como hechos cotidianos son las consecuencias de un hacer desde
el poder devenido en camarilla pútrida, en piltrafa gobernante capaz de lo
impensable sólo para resguardarse otro día más en Miraflores. Un elefante
deambula por la habitación y algunos miran para otro lado. Dan por sentado que no
existe, juran que el mundo, debido al poder de sus anhelos, devendrá en lecho
de rosas.
8/15/2019
El otro viaje
Cerré los ojos, creí, emití un mantra, me
concentré como nunca y lo logré. Había llegado al lugar escogido, un tiempo en
el que apenas sabía de mí mismo y recordaba confortable, protegido, feliz.
Dice la psicología que los humanos son
bichos raros. Entre otros extraños comportamientos, tendemos a idealizar el
pasado y añorarlo como el mejor de los mundos. La perfección, si existe, vive a
sus anchas décadas atrás.
Camino de la mano de mi padre, de vez en
cuando me acaricia los cabellos, se
detiene para encender su pipa, entonces continuamos andando mientras de nuevo
siento cómo emite las palabras, esas erres guturales que me parecían la cosa
más extraña, cómo suelta sus ideas a manera de reclamos o consejos. Charlamos,
caminamos y charlamos. ¿De qué hablamos? No lo veo con claridad pero
seguramente responde a alguna duda, comenta cierta ocurrencia que le
manifiesto: increpa o señala o dice en función de mis ingenuidades. Soy un
niño, seis o siete años, y otra vez el humo del tabaco llega puntual, aparece
de inmediato, como si los minuteros se hubiesen detenido sin aviso.
Cambia el escenario y me encuentro con
ambos, padre y madre bajo un árbol frondoso, tendidos sobre la lona de un
camastro de esos que se usan en los campamentos. Hay brisa y hay sol, que da
calor y que enceguece. Mi madre cuenta una historia oscura que recuerdo a
medias, habla de un primo lejano, y mi padre sonríe quitándole importancia al
asunto para luego verme a la orilla de la playa en Cumaná, recogiendo piedras,
hermosas pero sobre todo extrañas -como
talladas a mano- y voy guardándolas en mi mochila con intención de colocarlas, ya en Upata,
sobre las tablas de mi biblioteca donde adornarán durante años.
Mencioné arriba que cerré los ojos, que
creí, que emití un mantra y que me concentré hasta lograrlo. Viajé en el tiempo
sin máquina, sin física cuántica o como diablos se diga y sin Einstein de por
medio. Qué teorías de la relatividad, qué E=mc al cuadrado ni qué ocho cuartos.
Había viajado al pasado y apenas escapaba de mi asombro. Y no es para que te
rías, para que me mires como a loco de pueblo o eches a un lado con desdén esto
que lees. Viajé al pasado en cuerpo y alma y fui el protagonista de un sueño
albergado desde siempre.
Es verdad que somos bichos raros,
enigmáticos hasta la médula, impredecibles.
Es verdad que de un manotazo enviamos el hoy a los infiernos e
idealizamos las horas que acaban de escurrirse entre los dedos, amenazando reventar
ese espejo que tenemos por lo general enfrente. La nostalgia del pasado, así
es. Somos hombres nostálgicos más que hombres sapiens, hombres ludens,
hombres videns y demás cantinelas parecidas. Saudades
andantes, morriñas de pie a cabeza, qué le vamos a hacer.
He viajado en el tiempo, créelo de una
buena vez, con la buena fortuna de hallar a esta edad cuanto dejé en épocas que
ya no vuelven, que busqué a diario y que sólo pude acariciar gracias a ciertos
vericuetos de la memoria, señora bien trajeada que puede obsequiarte el streptease con más morbo sobre la faz de tus anhelos.
Estuve ahí, regresé a esos días de oro
encarnados en quince minutos de gloria. El pasado es incapaz de repetirse, de
emerger otra vez porque como la vida misma no se construye en borrador, es
decir, vives tu presente, lo engulles y lo
escupes y un instante después vas por otro distinto, hasta el último que
llegará acompañado de tu lápida. Y se acabó. El único viaje, el verdadero, es
el de aquí y ahora. Logré irme años atrás para corroborarlo. Queda evocar, nada menos que la remembranza, regalo de los dioses para voltear y mirar, para hallarte vivo entre
espacios irrecuperables.
8/08/2019
La solitaria muchedumbre
Una biblioteca es un lugar de muchedumbres
e implica la sociedad secreta menos acompañada de este mundo. Toda biblioteca
mantiene para siempre una conexión especial con quien la posee donde los
guiños, las miradas cómplices y los encuentros, furtivos o no, están a un palmo
de distancia.
Los personajes de una biblioteca van y
vienen, deambulan por ella como les da la gana, y si afinas el oído y abres
bien los ojos puedes escuchar y ver el universo que llevan consigo. Allí, en esa
biblioteca que vas poco a poco construyendo durante años -durante la vida, para
ser exacto- entran de cabeza tus manías, frustraciones, deseos más íntimos o
verdades entrañables, es decir, se transforma en el lugar por el que pulula a
sus anchas tu alter ego, ese otro yo
que cuando menos lo esperas te mira de frente, te increpa, te patea el hígado y
termina por dar un portazo y largarse a beber cervezas con los amigotes.
Tengo un montón de libros en Venezuela,
bellamente ordenados y dispuestos -bellamente para mí, claro- y durante años me llamó la atención cierta
pregunta en torno a ellos lanzada a quemarropa por despistados de la peor
calaña: y usted, ¿los ha leído todos?
Es una pregunta con poco fundamento, más
allá del impulso que obliga a arrojarla en medio de una tremenda ingenuidad.
Cualquier biblioteca está compuesta por ejemplares leídos y por otros dejados a
medio leer -aquello de que no todo libraco es para ti nunca fue más oportuno y
cierto-, y lo más emocionante, por títulos que esperas engullir con prontitud.
De algún extraño modo eres un duende que proyecta el destino de tu biblioteca,
sus zonas gordas y áreas flacas, su estatura y fisonomía, de manera que ahí
perviven juntos y además revueltos nombres, solapas, autores, aventuras,
búsquedas, encuentros o desencuentros, símbolos, cálices que sólo tú degustas,
secretos por develar, fantasmas, ensoñaciones, cuyos desenlaces vas de a poco
esculpiendo sin saberlo. “¿Los ha leído todos?”, suena a cementerio. Es una
alusión simplona que deja entrever paredes forradas de libros cuyo único punto
de fuga es leerlos y luego enterrarlos. Nada más triste. Nada más alejado del
espíritu de una biblioteca.
Los hay hermosos, bien editados. Aunque
viejos o de segunda mano, te das cuenta del gusto con que fueron creados,
amasados, inventados. Los libros son almas pero también cuerpos, no cabe duda.
A veces los contemplo a cierta distancia, como quien disfruta de un atardecer,
y me doy cuenta de que en mis anaqueles hay también muchos fotocopiados, con
plásticos y resortes a modo de lomos. Cuánta fealdad, cuánta pérdida de belleza
en función del pragmatismo de un momento -los necesito y no los consigo,
desaparecieron de todos los catálogos, brillan por su ausencia hasta en las
librerías de viejo-. Sin embargo, tienen su razón de ser y en alarde de
grandeza entregan su cuota de existencia con nobleza, gallardía, humildad, en
aquel rincón poco vistoso de las tablas. Una biblioteca culmina siendo ese
espacio que contemplas, tocas y respiras a partir del yo interior que dice sí
o dice no, que yace feliz cuando se sabe instalado en medio de portadas, papeles,
humo de tabaco, lápices, polvo, cuadros, música que se cuela entre las páginas
en medio de un silencio que resuena por donde asomes las orejas.
Desde que vivo en la hermosa Quito me he
desprendido de mil y un objetos bastante fieles a mi vida antes de llegar aquí.
Y no pasa nada: es cosa de vivir y aceptar las reglas de juego. Te desprendes
de lo material como te quitas la camisa al final del día y se acabó. Pero los
libros, mi biblioteca, es un lugar que a estas alturas va siendo casi
imaginario, siempre incrustado en mis nostalgias a pesar de los pesares, en mi
necesidad de tenerla al alcance de la mano para impregnarme de su clima, de su ethos, de sus resonancias. “Sin la literatura la
ciudad, cualquier ciudad”, escribe Abilio Estévez, “no pasa de ser un conjunto
de barrios, de calles, de esquinas, de casas, de jardines. Es la literatura,
insisto, la que eleva una ciudad de ser una suma de edificios y de personas que
viven en ellos, a ser lo que se conoce verdaderamente por una ciudad”. Asimismo
es la literatura, con todas sus implicaciones y verdades, aquella que
transformas en el sound track de tu
existencia, la que da pie y cabeza, razón y sentido a eso que llega a
convertirse nada menos que en tu biblioteca. Y cuánta falta me hace.
7/31/2019
Lo que no sucede
Compro el diario en la esquina, voy al café
de siempre, echo mano de lo necesario para acceder al placer. Americano, vaso
de agua, un puro ecuatoriano y el ensayo de Steven Pinker que llevo por la
ciento treinta y seis.
Antes de entrarle al libraco paso revista a
las noticias. Entonces veo la luz: un periodismo de lo que no sucede. Eso es,
ahí yace el punto de inflexión y todo cuanto requieres para estar más que
informado. ¿Quién lo hubiera dicho?, a estas alturas lo cotidiano aplasta como
lápida de concreto armado. La actualidad, claro, estilo decimonónico, oficio
triturado por los días presentes y por venir, madeja de consecuencias cuyas
causas son la presa a cazar, el premio gordo, la gota que completa el vaso. Pues
no.
Eso mismo. No. Imagina ahora un titular
así: “En Venezuela no hay epidemia de cólera”, o mejor aún: “Informamos que en
la calle mengana del barrio zutano no ha habido una explosión social”, o
“Reportamos en vivo para CNN que el ganador del premio Nobel no fue el profesor
fulano”. Lo que no sucede en función del día a día por la simple razón de que
lo que no sucede también es noticia, coñazo en la nariz, y lo es con mayor
fuerza que lo ocurrido ayer o hace una hora. ¿Sabes tú lo que no sucede en este
mundo? ¿Te has percatado de cuánta ignorancia llevas en la espalda? Buscas
tanto lo que pasa, te desvives tras la pista de lo que va ocurriendo que en el
fondo, allá en el sedimento de la información le haces fo a la veta, pateas el
oro, obvias como si nada lo que en realidad importa.
“La NASA no ha puesto a un hombre en
Plutón”. Lo que no sucede pasa desapercibido casi en su totalidad, mira qué
cosas, por lo que yo, lo que soy yo, prefiero dar en el clavo donde nadie
atina. No hay las hambrunas de mil años atrás y las pandemias tampoco matan a
más de tres cuartos de un continente en un solo chasquido. ¿Lo ves? ¿Estabas al
tanto de lo que no acontece? Suma y sigue.
“Continúa en pie la torre Eiffel”, “Damasco
no ha sido arrasada a metralla”, “Un hombre mordió a un perro”, ahí está, así
salta al escenario la nueva forma de mirar el universo con ganas de enterar a
fondo, sin amarillismos detestables ni cuentos biliosos de objetividad a
ultranza o periodismo creíble aunque todos sepamos que es embuste. Tiene
cojones el asunto.
Un noticiero de lo que no sucede editaría,
pongo por caso, un número equis de periódicos en particular cada diez años, o
cinco si me apuras, con el cabal objetivo -ahora sí- de ofrecer tubazos y bombas informativas a punto, trascendentes,
globales por donde los mires, que te cagas. Y al diablo tanta tinta, papel y
chismorreo del día a día. Joderse, es que hay que joderse. He dicho.
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