1/31/2019

Los peligros de pensar


    Cuando era un imberbe me daba por creer que los demás podían adivinar mis pensamientos. Tengo la impresión de que por lo general otros niños hacen el experimento contrario, se divierten al soñar que son capaces de saber qué ocurre en la mente de terceros. Yo no, y no me preguntes por qué. Yo tenía la plena convicción de que cuanto pensaba de inmediato iba a parar a territorios ajenos. Un ser humano sin la posibilidad de guardar secretos, sin la íntima certeza de poseer en los recovecos del yo ese caudal de deseos, de anhelos, de opiniones que siempre albergamos, todo ello compilado en pensamientos efectivos, palabras mondas y lirondas, lenguaje que en condiciones normales yace custodiado, encerrado bajo siete llaves, las llaves de la intimidad. Así me sentía.
    De modo que para evitar males mayores llegué a la conclusión de que no debía pensar. Si el objetivo era salvaguardar mis cavernas y profundidades, es decir, mis diálogos interiores o las conversaciones que mantenía conmigo mismo  -o sea, garantizar particulares soliloquios-, el asunto requería ponerme en off, exigía que el cerebro fuese, en cuestiones de lenguaje, una simple página en blanco. Mira qué mecanismo de protección inventé.
    Entonces me di a la tarea de corretear por la vida en automático, lo cual implica mantener diálogos de variado pelaje, leer anuncios en la calle o resolver una ecuación de segundo grado nada más que llevado por lúdicas acciones de lógica elemental, sin intervención de la peligrosa lengua, la tétrica sintaxis, capaces, las muy cochinas, de ponerme en evidencia y de echarme en brazos tanto de amigos como de enemigos. Lo cierto fue que me empeñé en no pensar para resguardar justo eso, mis pensamientos, al punto de que acabé acostumbrado a la agradable sensación de no tener que pegar un sujeto con un predicado ni a realizar el esfuerzo de razonar mediante palabras.
    Y así, sin quererlo, sin buscarlo adrede, por azarosa intuición di en el clavo: pensar con imágenes, asociar A con B para llegar a C excusando cualquier intromisión del abecedario. No me lo vas a creer pero sentirse en un mundo aparte, flotar, concebir la realidad a partir de lo que catalogué después como de “cierta perspectiva plástica”, pictográfica –qué sé yo-, terminó siendo lo más adictivo de este mundo. Ya adolescente estuve seguro de que los pintores o escultores meditan o vislumbran de forma parecida, actúan de idéntica manera, captan el mundo en función de diagramas, dibujos mentales, potentes planos interiores que para qué demonios las letras y, en fin, la gramática como la conocemos.
    Después, en la adultez –la adultez es una máquina de destrucción masiva, yo que te lo digo-, las obligaciones cotidianas y los compromisos propios de la edad malograron ese estado fundamental en que me arrastraba por la vida, llevándome sin más al agujero negro de los días tal como los despacho hoy. La eme es la eme, la a es la a, la eme con la a ma y punto, y se acabó, adiós privacidad y universo interior a salvo de entrometidos o curiosos.
    A mis años, aunque con torpeza, he aprendido sin embargo a defenderme. Pienso, luego existo, afirmó un iluso hasta la médula. Qué va: pienso, luego lo sabes todo, digo sin que me tiemble un músculo del rostro. He tenido mil problemas, me han descubierto en plena urdimbre de estrategias intelectuales ante una discusión cualquiera, ante un debate público, ante una sencilla conversa de café. He caído de bruces, despojado de intimidad  y lleno de vergüenza, cuando pasaba por mi lado alguna dama con piernas, nalgas y tetas en su sitio, y pensaba, y me decía, y exclamaba para mis adentros las delicias que implicaba, lo hembra y lo salvaje que sería en plena cruzada. Válgame Dios, nada que hacer, nada que ocultar en lo más hondo de mis elucubraciones porque antes de terminarlas ella las había visto, las había leído como quien lee en un libro abierto.
    Así vivo, así llevo la existencia en el presente, pisando como gato en suelo húmedo para medio protegerme e inventando una u otra estratagema buena como escudo a la hora de pensar frente a cualquiera. A veces lo logro, a veces no, y en ésas ando. Cosa rara, qué le vamos a hacer. Cosa sumamente rara.

1/25/2019

La revolución frente al espejo


    Hablar de Venezuela es hablar del cielo y del infierno. Del primero, porque lo tiene todo para materializar, si se sabe cómo, el Paraíso. Del segundo, gracias a ejecutorias que encendieron las calderas del Diablo, es decir, el lado más oscuro del quehacer político irresponsable.
    Hay que ser honestos hasta el dolor. Cierta izquierda venezolana, a la sazón fósil de los sesenta, alimentó sin pudor el carácter mesiánico del líder del Socialismo del Siglo XXI, quien sustentado en el carisma, en la religión laica que promovía y sobre los hombros de empresarios de cortísima visión política, llegó a Miraflores montado en una ola de popularidad impresionante. La revolución aparecería en el escenario a través de los votos y era cuestión de tiempo: la ruina de las instituciones democráticas, desde la democracia misma, estaba cantada.
    El resto es parte de una historia conocida. La revolución bolivariana -así, en minúsculas- se tragó a sus hijos, fagocitó las estructuras fundamentales del país, intentó crear un imaginario heroico cuya narrativa  iniciaba y finalizaba en ella misma, todo aderezado con la retórica estéril de un izquierdismo trasnochado que, como dijera el buen Petkoff, ni olvida ni aprende, en esencia porque la capacidad de construir algo bueno, el talante romántico, la trayectoria violenta como elemento partero de la historia, la aventura guerrillera previa a la toma del cielo por asalto y, en fin, la narrativa mitológica tan cara a determinadas hazañas para que puedan ser hazañas, brillaron siempre por su ausencia.
    Saturados de dólares por el crecimiento astronómico en los precios del oro negro, los hombres de la revolución se frotaron las manos y chasquearon los dedos. Al primer chasquido expropiaron, confiscaron, arrebataron. Al segundo fabricaron ilusiones en función de las apetencias de quienes eran capaces de votar. Aún no era necesario trampear, desconocer candidaturas, usar las armas de la República como garrote personal. El dinero iba y venía a manos llenas, entraba en escena como la vedette que se sabe indispensable. Al tercero tronaron los fusiles. Cuando los platos volaron en pedazos, cuando hubo que recoger los vidrios rotos, metáfora de una realidad inocultable, se hizo necesario contener la rabia, el desencanto, el estupor, la sensación de engaño y resaca instalada en todo un país. Entonces las balas llovieron a mansalva.
    A estas horas parece llegar a su fin el disparate que ha reinado en Venezuela durante dos décadas. Sin embargo, la desgracia de este pueblo, el hecho de que un puñado de criminales usufructe un poder que nadie le ha otorgado, trasciende el plano militar y va más allá del carisma exacerbado de un caudillo felón. Para decirlo de una buena vez: la izquierda en Venezuela, salvo honrosas excepciones -que las hay-, jugó con fuego y se quemó. Junto con las locuras del santón mayor, esa izquierda fue incapaz de mirar el horizonte a un palmo de sus tupidas narices. Generó crispación, produjo división, polarización extrema, odios de mil pelajes, hasta resquebrajar las bases de una nación que, con sus defectos y virtudes, había sido hasta hace poco ejemplo de convivencia ciudadana en la diversidad.  
    La etapa inmediatamente anterior a la explosión del desastre fue una marcada por el relumbrón petrolero, es cierto, y hasta ahí nada nuevo en nuestras sociedades monoproductoras: cuando abundan los recursos hay fiesta y hay piñata, hasta que el período de vacas flacas cae como un peñasco para destrozar el espejismo. El ciclo histórico es harto conocido así que no vale la pena repetirlo aquí. Pero cabe resaltar una y otra vez, para que no se olvide, el ingrediente clave al momento de los balances. Antes de que a los gobernantes venezolanos la dinamita les estallara en plena cara, buena parte de la izquierda carnívora del país -uso aquí la nomenclatura de Carlos Alberto Montaner- hizo de la suyas. Preguntémonos: ¿por qué llegó la gente en Venezuela a polarizarse de esa manera? ¿Por qué un sector social, arengado por irresponsables, se sintió dueño y señor de la verdad, del futuro, de los hilos que nos acercan a la felicidad o lo contrario?, y finalmente, ¿por qué razones estos individuos se creyeron  nada menos que en brazos de la razón, de la justicia y de la historia? Es verdad que quienes gobernaron hasta ahora tienen las manos llenas de sangre. Violaron sistemáticamente derechos humanos, reprimieron, asesinaron, robaron. Pero también es evidente que un grueso espectro de esta izquierda, envalentonada, ayudó a destapar las consabidas cañerías del odio y, error imperdonable, vio para otro lado cuando la bota pisoteaba y los cimientos de la República crujían anunciando lo que llegaría.
    Y hay quienes aún hoy continúan en silencio frente a lo anterior. Intelectuales y gente de la cultura, por ejemplo, actúan ni más ni menos que como los reaccionarios que siempre criticaron. A estas alturas no reconocen su error y mucho menos parecieran estar dispuestos a celebrar el sano y necesario acto de contrición, a erigir su particular mea culpa sustentados en la rectificación y el encuentro con el país que por cobardía, ceguera o interés convalidaron en su devastación. Si la Venezuela del presente vive una tragedia que lacera sus entrañas, recordemos que el infierno estuvo aquí no por simple arte de magia. Fraguar una revolución, ésta que se empina sobre fundamentalismos de variada índole y cuya religión encumbra en sus altares a demagogos,  populistas, enfermos y delirantes sin redención, supone siempre la fractura de la democracia. Equivale a desmontarla de pe a pa, como lo hicieron Chávez y sus adláteres, labor de dinamiteros que pide a gritos cómplices  y enterradores sin ápice de escrúpulos..
    La revolución que la izquierda en su inmensa mayoría intentó erigir tenía los pies de barro. Y los tenía por el sencillo hecho de creerse dueña indiscutible del hoy y del mañana. Ya lo decía Karl Popper, palabras más, palabras menos: la verdad no es única, ni inamovible, ni siempre la posees sólo tú. La verdad es un constructo que se levanta de a poco, con tropiezos, equivocaciones, avances y retrocesos. La revolución bolivariana -mantengamos las minúsculas-, que ni fue revolución ni fue bolivariana, llenó el formulario de los sinsentidos y desató los demonios con los que es mejor no andarse acurrucando: violencia, incordio, resentimiento, cosificación del otro. Maduro, Cabello, William Saab, Padrino López, los hermanos Rodríguez y el resto de la cofradía asesina seguramente tiene ahora mismo los días contados en el poder. Su tiempo como eunucos de alma, como mandones de una propiedad llamada Venezuela se acaba. La cárcel es el horizonte que los abrigará pronto. Mientras, toca ahora plantarse ante el espejo hecho pedazos y recoger los trozos, unir, mirar hacia el futuro para comenzar a rehacer la democracia. No hay otro camino posible.

1/18/2019

La costumbre de vivir


    Les he contado muchas veces que me gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone leer a placer, escribir lo que venga a cuento o simplemente mirar, contemplar sentado, tabaco encendido, taza de macciato a un lado, mientras la gente y lo que te rodea cocina a fuego lento ese teatro que llamamos vida.
    Un joven entra y se presenta. Lleva una guitarra y un morral a cuestas. Su rostro destila lo que todos somos capaces de expresar si atravesamos las calles por la libre, a nuestro fuero, con la nostalgia encima o la alegría inesquivable porque vendrán tiempos mejores. Entonces, de un bolsillo saca un papel doblado en cuatro y lee un poema, de su autoría según nos dice, para rematar con canciones de Yordano, Juanes y Sabina.
    Doy una chupada y observo. Joven, sí, igual que miles que trasiegan la geografía universal con la idea de tomar el cielo por asalto. Y pensar -me digo- que cierta izquierda latinoamericana llegó a inspirar algo parecido: echar abajo las puertas del Paraíso, fusil en mano y sueños en ristre, acabando después volada en pedazos, absurda, sin pantalones frente a caudillos y delirios cuyos flatos Maduro, Ortega o Morales ofrecen respirar hoy.
    Tiene talento. Canta, toca la guitarra con destreza, se ve que domina lo que hace. Se llama Enrique y viene de Venezuela. Sonríe con sinceridad, es espontáneo, lo que ayuda sin dudas a que poco a poco la terraza se fije en él, preste atención, le obsequie aplausos y propinas. Cuenta, entre canción y canción, cómo fue que llegó al lugar donde nos encontramos, cómo era la vida que dejó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Habla desde la melancolía, desde la esperanza, desde el recuerdo de su casa, de sus padres, de sus amigos, de su loro Lucio -a quien confiesa haber empezado a alimentar cuando aún no tenía plumas-, y de su abuelo Abdel, muerto días atrás de mengua, de hambre, de la imposibilidad de mínima atención.
    A pesar de los pesares creo que este muchacho vive, crece, me da por suponer que cuando los criminales estén pudriéndose en la cárcel y Enrique se mire de frente en los espejos, aparecerá un hombre distinto, de una fibra mejor lograda, más asentado en su visión del mundo  y en el cómo y por qué un país llamado Venezuela se catapultó a insospechados niveles de abyección.  Un hombre con las manos más hechas  y el aprendizaje más metido entre las uñas.
    En un momento de silencio, cuando termina su última canción, noto que se dirige a una mesa. Veo a una chica también joven, vislumbrando quizás otras ventanas y otros amaneceres. Él se planta ante ella, le extiende la mano y, siempre sonriendo, le obsequia el poema que leyó minutos antes. Ella también sonríe y en una fracción de segundo -mira la rapidez de este cabroncete-  toma asiento, deja la guitarra a un lado y conversan vaya uno a saber sobre cuáles reinos, mares o unicornios. Lo que soy yo, alzo mi taza y brindo por ellos, por su posible historia, que ojalá sea hermosa y cargada de romance y de aventuras, mientras enciendo otro tabaco para seguir leyendo a Kundera.

1/12/2019

El otro que me habita


    Voy al Juan Valdez en plena plaza Foch porque a veces el bullicio no es lo que la mayoría supone. La mayoría supone que un café atestado de transeúntes es la antítesis de la quietud, del silencio, de esas condiciones necesarias para entregarse a la lectura o la escritura. Y quizás tengan razón, aunque en mi caso, que acudo a estos lugares entre otras razones para contemplar, para rasguñar papel y para atragantarme de historias literarias, la gente alrededor, el hervidero, el tráfico o las  escenas que ocurren a un palmo de donde me encuentro producen el caldo que me resulta estimulante. Qué le voy a hacer, a unos les encanta el verde y a otros el azul. Y así.
    Pero les decía que llego a este café a ver pasar la vida y entonces la mesa a dos pasos de la calle, la mochila a un lado, el tabaco, el macciato, el libro que dejé marcado en la página noventa y seis, es decir, la atmósfera perfecta para entregarse al fisgoneo, a la escucha, al escrutinio fabuloso del streptease que la vida ofrece sin pudores tan pronto afinas la mirada. De eso se trata: de acercarte cuanto puedas a ciertos hilos que nos unen. No hay nada más revelador que un diálogo cogido al vuelo. Nada más sugerente que darte de bruces con el juego de miradas que dos mantienen en secreto mientras beben un té a tres mesas de distancia. Nada, en fin, como seguir las huellas del azar que hace al pelo su trabajo, que te pone enfrente a buenos para nada, a chulos, putas, santos o simples comensales. La terraza de un café es escuela a su manera porque más allá del lugar donde te sientas, te arrellanas y pides tu cerveza fría es asimismo trinchera donde se echa panza arriba el cúmulo de circunstancias, elementos y respuestas que hasta hace dos segundos deambulaba oculto en tu cabeza.
    A tales asuntos les entraba cuando dos chiquillos se plantaron ante mí. A lo sumo tendrían siete u ocho años. El primero llevaba un bolso a las espaldas y el segundo ofrecía chicles, tabaco y caramelos. Señalo la caja de los mentolados y les extiendo un trozo de los panecillos que muerdo mientras leo. Ambos, vivos como ardillas, se miran a las caras y sonríen, aceptan, se abalanzan sobre el botín. Les pregunto sus nombres, los dejo decir, los escucho, charlamos un rato. Cuentan lo que ya sé pero que es necesario escribir: ayudan en la casa, trabajan, juegan en la calle y mientras juegan en realidad trajinan los centavos que al final del día entregarán a su madre, con quien viven desde siempre.
    Se despiden, dicen adiós con la palabra y con la mano. Yo también les regalo un hasta luego junto con el último pedazo de pan azucarado que nos queda. Al verlos alejarse tomo un sorbo de café y en silencio les deseo la mejor venta, buena tarde y buena entraña, mientras pienso que no todo está perdido, que en ellos va algo del futuro que todos luchamos por forjarnos. Y también sonrío, y regreso a la lectura, ahora con una emoción que me reconcilia con el mundo.

1/04/2019

Tinta, papel y lágrimas


    Soy del Carbonífero, de eso no cabe duda. Ante la pantalla del computador suelo actuar como perro frente a gato: cerril, gruñón, en definitiva bronco. Para qué decir no, si sí. En fin.
    Leo en estos días que una anciana ha recibido, luego de varias décadas, la misiva de amor escrita por su enamorado, un soldado británico muerto en la II Guerra Mundial. La carta fue encontrada hace poco, junto con muchas otras, entre los restos del mercante Gairsoppa, hundido nada menos que en 1941.
    Phyllis Pontting recibió la nota a la venerable edad de 99 años. Hace tres cuartos de siglo había aceptado la propuesta de matrimonio que le hiciera Bill Walker y dio cuenta de ello también mediante carta, con el inesperado desenlace referido arriba. A veces la vida juega al gato y al ratón mientras sus piruetas van desarrollando un entramado de sombras jamás tenido en cuenta por los protagonistas. Dice el periódico  que la señora Pontting se casó dos veces, es abuela de siete nietos y ya, por fin, se ha enterado de que míster Walker arrojó lágrimas de felicidad al saber del sí de la mujer amada. El Anagké, el destino caprichoso, dirían los griegos, sacándonos la lengua a placer.
    Les comentaba al inicio que soy del Carbonífero. La verdad sea dicha: reconozco el valor de los chips, de las pantallas líquidas y del silicio. Le doy y le sigo dando a la tecla en una hp como Dios manda  -aclaro: las Remington siempre me parecieron más hermosas, qué le voy a hacer-, pero me gotea el colmillo y una especie de brillo relamido me chorrea de las pupilas cuando el viento de relatos como el de Pontting sopla fuerte en plena era de la digitalización, bendita sea, y de los superconductores, el ciberespacio, los internautas y bla-bla-bla-bla-blá.
    Entonces frunzo el ceño, arrugo la piel de la nariz, enarco las cejas. Para serles sincero, me froto las manos y me pregunto qué habría sido de esta historia si el papel  -para alegría de ecologistas, progres y otros yerbateros de las buenas conciencias- termina, como sueñan éstos y otros notables sepultureros, encajado en algún reducto polvoriento de la memoria, en cierto romántico lugar de la nostalgia. Es decir, en el museo del ya nunca jamás.
    Lo que soy yo, creo de pe a pa que tinta y papel tienen bastante qué decir. Decir, claro, no sólo en el sentido literal  -la escritura de tu puño y letra, para que me entiendan-, sino un decir que trasciende el rasguño tipográfico y va a parar a los confines de situaciones, circunstancias, hechos y, en fin, suma de realizaciones aleatorias que acaban cogiéndonos por la pechera o doblándonos el cuello porque la vida es así, absurda a veces, impredecible, sorprendente, injusta, cruel, maravillosa, y muestra los dientes cuando menos lo esperamos, por ejemplo, gracias a esa carta escrita como se escribían las cartas, a mano, a lápiz, a ida y vuelta de correo con matasellos de por medio y todo el intríngulis que se les ocurra. Pontting y Walker, para más señas.
    Ya sé que soy un dinosaurio, no es preciso que me lo repitan. Lo que sí repito yo es que me gotea el colmillo, saliva pura, después de la noticia que el diario trajo una mañana cualquiera. Joder -me digo-, una historia que pudo haberse ido al carajo yace aquí, para que se sorprendan y admiren y piensen que no todo está perdido, vía tinta, papel y lágrimas. Es que aplaudo de pie. Por un buen rato aplaudo de pie.


CORDIALMENTE INVITADOS: 
("Noche de las ideas", tema: "De cara al presente").
Lanzada en 2016 en París, la Nuit des idées (Noche de las Ideas) reúne cada año a las principales voces francesas e internacionales para debatir sobre los grandes temas de nuestro tiempo. Así, año tras año, el último jueves de enero, el Instituto Francés solicita a portadores de la cultura y del conocimiento, tanto de Francia como de los cinco continentes, a celebrar la libre circulación de las ideas, proponiendo, durante esa misma velada, conferencias, encuentros, foros, mesas redondas, en torno a un tema común, que cada sitio ambienta a su manera.

Este año, para esta 3ª edición, debatiremos sobre la temática: “De Cara al Presente”. Para ello, la AllianceFrançaise de Quito invitó a cuatro instituciones quiteñas a formar parte de esta reflexión conjunta, cada una tratando el tema con un enfoque particular: el Fondo de Cultura Económica (enfoque social), el Instituto Nacional de Patrimonio (enfoque histórico), el Centro Cultural Benjamín Carrión (enfoque literario), y la Universidad San Francisco (enfoque económico). En cuanto a la AllianceFrançaise de Quito, presentaremos una reflexión sobre las distintas percepciones culturales frente al presente y la violencia que pueden engendrar.

DE CARA AL PRESENTE  INVITADO DE HONOR: Dr. Philippe CHARLIER.
Expositores: Dr. Julian García Labrador, Dr. Roger Vilain, Dr. Stéphane Vinolo, Dennis Schutijser y Dra. Nora Sigal.
"Las sociedades contemporáneas parecen haber perdido la concepción de los tiempos largos. En las políticas públicas, en la urgencia de la rentabilidad financiera, en la dificultad de los compromisos, en los trastornos del sujeto o en las redes sociales, se puede ver que nuestros tiempos se ha acelerado de manera vertiginosa. Pero ¿en qué medida podemos aceptar esta violencia del presente? ¿Qué humanidad se construye sin proyección ni memoria?".
Lugar: Alliance Francaise, Quito. 31-01-2019, 19h00.

12/28/2018

Afán de comprensión


    La gente busca por todos los medios comprender. Desde las matemáticas a la pareja, o el sentido que quiso darle fulano de tal a sus escritos, comprender ha sido el motor que mueve a esta cosa que llamamos mundo.
    Pues no. Comprender es el punto final de una aventura que, de no contar con semejante acabóse, crece y crece y se expande como un gas o, para darles un ejemplo literario, llega hasta las nubes de forma parecida al árbol de habichuelas en aquel cuento de la infancia. Al diablo toda comprensión y al fuego cuanta exégesis guindada de los pelos merodee a un palmo de mi caja craneana. De hermeneutas y maniáticos está lleno el patio pero qué va, conmigo no cuenten. He comprobado que el horizonte se hace mucho más infinito cuando la falta de entendimiento lo horada sin orden ni medida, hasta que la vista alcanza, jadea, se aplasta contra la nada.
    Cierta vez me dio por intentar comprender a diario. Comprender ecuaciones diferenciales, comprender la relojería del cerebro femenino, comprender el misterio de la Santísima Trinidad, comprenderme a mí mismo. En fin. No hay que decir lo rudo que pintó el paisaje, la nula claridad que logré obtener luego de semejante atrevimiento. Comprender, linterna en mano como si fuésemos Diógenes actuales equivale a perdición tan completa, tan segura, que sólo tienes que salir a la calle para comprobarlo. ¿Qué comprendes tú? ¿Qué comprende él? ¿Qué comprendemos todos? ¿Qué comprendes, Méndez?
    Cuando mis estudiantes confiesan que no pudieron comprender a Epicteto, que les resultó imposible entrarle a Kant, que ni en cinco vidas lograrían hincarle el diente al Tractatus Logico Philosophicus, les doy una palmadita en el hombro y los convido a unas cervezas. No lo vas a creer, pero toda comprensión es inversamente proporcional al ánimo de entendimiento absoluto, elevado al cubo, de quienes buscan conocer  a cualquier precio. No sé si me entiendas  -ni falta que hace-, pero a tal conclusión llegué después de muchas lunas. Tampoco me pidas que lo explique  -no serviría de nada-, porque habrás notado ya que el cerebro poco tiene que ver con el asunto. Y así.
    Cuando medio mundo se rebana los sesos en procura de agudizar el intelecto y machacar los secretos de cuanto le haga fruncir el ceño, yo enciendo mi tabaco y sonrío feliz. El otro día se lo confesaba a un primo, semanas después a un amigo íntimo, y fíjate que ambos reaccionaron con displicencia, tosieron, cambiaron rápidamente el tema y, en nobles gestos de comprensión hacia mí, terminaron por disimular su desacuerdo, su lástima, su preocupación por cómo yo, antaño racional, calculador, planchado, almidonado y cartesiano hasta los huesos, derivé en esto que no tiene pie ni mucho menos cabeza. Es que para comprender, como diría  Kafka, hay que irse lejos para seguir aquí.
    Eso: pie y cabeza. Desde que me convencí de lo evidente  -pie y cabeza dependen de variables demasiado escurridizas-, soy un hombre que por fin halló la luz. Entonces duermo como oso, pienso como me salga de la entrepierna y gozo más del sexo y los atardeceres. Quién lo hubiera dicho a estas alturas. Quién lo hubiera imaginado.

12/20/2018

La chifladura de Augusto Pérez Roth


    Pulsó el botón, eligió cociente intelectual, estatura, carácter, disposición para una buena salud en general y tiró de la palanca. Una cápsula blanda, como las que antaño funcionaban a manera de píldoras-medicamento, emergió de la máquina tragamonedas. El óvulo fecundado era denso, gelatinoso, una especie de caldo espeso que hacía recordar el mundo primitivo en que surgió la vida.
    Pensó en la isla de Margarita, paraíso del Caribe. Contempló paisajes, cocoteros despuntando a contraluz en el poniente. Sintió el oleaje lamiéndole los pies mientras daba algunos pasos por la playa. A lo lejos tres barcazas de tamaño respetable y un velero de menor calado cortaban el agua atravesando la bahía. Cliqueó enter y al punto, titilante, apareció la clave que llevó al lector láser de la computadora. Cerró los ojos, pasó por el escáner incorporado a la máquina para estos casos y de inmediato el olor a sal, a yodo, la luz del mediodía, la brisa marina haciendo de las suyas.
    Soñó un lugar inexistente, ciudad amurallada parecida a la de aquellos días del Medioevo. Cafés, fuentes de agua, jardines colgantes en las calles, libros, conciertos, vino tinto de un sabor profundo, dulce y amargo a la vez, como un ponto apenas inventado por cierto Homero de los nuevos días. Imagina, vislumbra, siente, presiona la tecla azul donde puede leerse go, y ahí va, al sitio concebido dos minutos antes.
    Augusto Pérez Roth es un hombre de mediana edad, un hombre como otros. Construye el universo a su imagen y semejanza, da cuenta día a día de sus afectos, de sus desesperanzas, echa mano de las oportunidades cuando puede y, en fin, vive aplastado por la velocidad del presente, que siempre ahoga y a veces mata. Sin temor a equivocarme puedo decir que es un ser metido de cabeza en el mare magnum de su época, cuya telaraña lo cubre como traje a la medida. Augusto Pérez Roth es, qué duda cabe, un digno representante de su tiempo.
    Subasta de antigüedades en una calle de El Cairo. Por supuesto, desea como nadie estar ahí. Introduce la contraseña en el teclado: como por arte de magia bullicio, aromas de especias que  atacan la nariz, objetos conocidos y extraños  apareciendo alrededor en medio de un callejón ruidoso, largo, que se extiende de izquierda a derecha y enseguida el idioma milenario, áspero, un árabe que a la postre es el mismo (¿lo es?) que una vez habló el profeta o los oficiantes modernos del extraño rito en que ha derivado la antigua religión.
    Escuchó tonos de voz, conocidos, presentes en esa masa informe que a veces termina siendo la memoria. Recordó esquinas, vio las casas de sus antiguos compañeros, bares, plazas, cines, rostros. Era su pueblo, el de la infancia, un sitio del que joven aún se despidió para no regresar nunca, siempre con la idea de exorcizar viejos amores, dolorosas rencillas, hondos conflictos que en ocasiones aplastan sin remedio. La tecla adecuada, otra vez el botón go y sin demoras el viento pueblerino alborotando sus cabellos.
    Luego, mucho después, recordó lo que se lee en enciclopedias de silicio y ha observado en hologramas de historia universal: un tiempo en el que era imposible no volar, no navegar o no lanzarse a recorrer kilómetros de carretera, sólo por dar un ejemplo, si querías llegar a algún destino. Imaginó los días en que resultaba imprescindible hacer el amor, unir los cuerpos, fundirse en orgasmos que desconocía si llevabas la intención de procrear. Contempló su realidad, suspiró, frunció el ceño en la sospecha de que un mundo mejor quizá podría llegar aún. Entonces ahí, en el sillón de terciopelo verde donde se hallaba reclinado, durmió como niño de pecho. Al despertar todo permanecía igual, como si nada.

12/14/2018

El olor de aquellos días


    A veces me da por recordar momentos, escenas de la niñez y adolescencia porque un aroma o un sabor se posan ahí mismo, a un lado de donde me encuentro, y  se convierten  en disparadores.
    Frente a mí Daniel lee The crazy Haacks, un libro que me pidió esta mañana. Ríe como nadie desde el primer párrafo, lo cual supone el mejor comienzo para una historia que me parece terminará más que enganchándolo. Por mi parte, sigo en mis trece: desde hace una punta de años leo y releo los libros de Julio Cortázar, además de aquellos que lo hacen tema de cabecera. Ahora me gotea el colmillo mientras echo una mirada a la primera página de una biografía que quizás valga la pena. Cortázar sin barba, de Eduardo Montes-Bradley.
    Pero les decía arriba que a veces me da por recordar ciertos momentos casi al modo de mirando llover en Macondo. Entonces, por ejemplo, llega nítida la imagen del tío Perucho, en la Upata de mi infancia. Enciendo mi tabaco y de seguidas van apareciendo escenas: yo jugando con un guante, una pelota y un bate de béisbol (fue el primero en regalarme tales cosas allá en su casa de la calle Unión número cuarenta y ocho). Era un tío de esos que también son cómplices. Murió hace no demasiados años, avanzados sus ochenta.
    Lo recuerdo feliz a los cuatro vientos con mil y una historias a flor de labios. Las veces que  visitaba nuestra casa daba por sentado que era un hombre de aventuras sólo comparables a las de Tarzán o a las de aquellos héroes que descubrí en los suplementos de la época y que esperaba cada semana en el quiosco de la esquina con suspenso y ansias apenas disimuladas: Kalimán, Arandú, Martín Valiente, Águila Solitaria. Digo esto porque en esos días tenía un trabajo que lo obligaba a viajar todas las semanas de Upata a Caicara del Orinoco por caminos imposibles, cuya travesía solía relatarme mientras yo escuchaba admirado, deseoso de emularlo alguna vez e imaginando peligros en la selva, retos formidables en los ríos que atravesaba, experiencias que deliraba por vivir ahí mismo, de inmediato, sin excusas, largas ni demoras. De una de sus expediciones a Caicara (aún hoy ese nombre me suena a lo que después hallé sólo en Salgari, Julio Verne o Joseph Conrad) me trajo como obsequio una pequeña linterna, muy hermosa, que guardé con celo en mi mesita de noche para en muchas ocasiones, entrada la madrugada, rescatarla con sigilo y encenderla en mi habitación que en ese instante era jungla tenebrosa, pantano traicionero, volcán a punto de hacer erupción, todos lugares lejanísimos infectados de fieras y alimañas.
    Pensándolo bien el tío Perucho, sin saberlo, anidó en mí la vocación de lector. Escucharlo contar sus historias lograba el efecto mágico de desear que esos relatos jamás se terminasen, para luego yo mismo intentar llevarlos al papel. Era un primer acercamiento al oficio de escritor que mucho después trataría de practicar con uñas y dientes. Tales son los recovecos del lenguaje, de la palabra oral o escrita, de la imaginación encendida si se cuenta con el estímulo adecuado.
    Doy una chupada al tabaco y me veo sentado sobre sus piernas a mis siete u ocho años, llevando el volante de su pick-up amarilla. Entonces me transformo en capitán de un barco enorme, en solitario conductor de un tren como los que aparecían en la tele, en piloto de un avión que avanza a gran velocidad por la pista antes de levantar vuelo.
    Era mi tío, pero desde que tengo uso de razón lo llamé papá. Como he dicho, me contaba historias, me recitaba poemas y reía a placer cada vez que entraba en casa y me llevaba a pasear en carro por el pueblo. En secreto, el niño que yo era siempre se jactó de tener dos papás y dos mamás (a mi abuela también la llamé así), motivo suficiente para sentirme tan afortunado como uno más de aquellos felices personajes, privilegiados, que protagonizaban sus relatos.
    Murió hace algunos años, como dije antes, y hoy escribo, fumo mi tabaco, leo junto a Daniel y añoro esos tiempos con nostalgia. Fue envejeciendo, yo crecí, hasta que llegó el día en que las cosas cambiaron y entonces fui yo quien comenzó a pasearlo. En el carro, a menudo los fines de semana cuando desde otra ciudad iba a visitar a mi madre, salíamos por un café y a dar unas vueltas. Caminaba con esfuerzo, lentamente, pero su humor y su lucidez  intactos eran armas contundentes, punzopenetrantes. Contaba, evocaba, como quien lleva en la memoria un pedazo del cielo, y me daba cuenta de que hacer lo que hacíamos, conversar, recordar, hablar de lo humano y lo divino terminó siendo una actividad a la que jamás renunciaría. Donde quiera que esté seguirá charlando como nadie. Y riendo como ninguno.

11/16/2018

Autoayuda


        Más de uno tiene la costumbre de poner de patitas en la calle a ciertos textos que llaman de autoayuda y créeme que, de entrada, discrepo.
    Supongo que la autoayuda en cuestión pasa por meter en el saco de los best-sellers psicológicos a cuanto libro indique cómo hacerse rico en cuatro días, ganar un millón de amigos o vivir sin preocupaciones en este valle de lágrimas. Vuelvo a discrepar.
    Sucede que el bicho humano es dispar y entiende A cuando otros dicen B, y viceversa. Lo que soy yo, prefiero llamar pan al pan y vino al vino: textos de psicología en sus casilleros, literatura monda y lironda en el suyo. Dicho esto, confieso que jamás he podido entender por qué diablos la autoayuda guarda tanta mala prensa. Es más, a estas alturas no concibo  -ya tengo canas en la barba, mira tú-  ninguna literatura alejada de la ayuda. Y de la autoayuda para ser exacto. Hablar de autoayuda, claro, es hablar de Fitzgerald, Hemingway, Borges o Cortázar, por el sencillo motivo de que no soy el hombre que soy, para bien o para mal, si la flecha envenenada de Rayuela no me hubiera atravesado hace una punta de años. ¿Me comprendes Méndez?
    No tengo la menor idea del plano en el que ubicarás a Leo Buscaglia o a Wayne W. Dyer, pongo por caso, pero de lo que estoy segurísimo es de que más psicólogo que ambos es Chesterton, acompañado por Montejo, Cadenas, Stevenson y Gary Romain. Nadie mejor que semejantes caballeros para meter el ojo por los recovecos del alma y salir con las manos llenas de pegotes y líquidos chorreantes que luego comparten con nosotros hasta reventarnos el espejo en plena cara. Y así.
    No sé si me explico, pero jamás de los jamases he regresado indemne luego de El cumpleaños de Juan Ángel, Pedro Páramo o La piedra lunar. Digo más: cada vez que los abro lo hago entre otras cosas por razones de autoayuda, que no es poco afirmar, dime tú si no. Para soportar cuanto me rodea, para soportarme a mí mismo, para curarme de males de cualquier pelaje y para atragantarme de fuerza vital, que tampoco es concha de ajo. Fue en un libro donde me ayudé (o autoayudé, si lo prefieres) a aguantar, a seguir, a dar un paso y otro y otro luego de la muerte de mi padre, y es en la literatura donde me autoayudo todos los días desde que tengo uso de razón.
    Cuando entro a una librería y observo en los anaqueles el rótulo de historia, filosofía, literatura y la consabida autoayuda se me erizan hasta las uñas y me da la impresión de que el mundo va por allá mientras yo pululo por aquí, lo cual no es que sea trágico ni mucho menos. Toda literatura que se respete es de autoayuda, para decirlo de una buena vez, por lo que si no termina siéndolo, anda entonces más cerca de la trigonometría o de la gimnasia rítmica que del noble arte de utilizar el lenguaje para crear mundos. Entonces ya, hasta aquí. Y a ver si me he explicado. A ver.

11/09/2018

Hija de la gran puta


    Me cuenta el dueño de una librería-café recién estrenada en la ciudad un asunto que termina por ponerme los pelos de punta.
    A veces cuanto imaginamos se ubica sobre la línea de flotación de eso que llamamos realidad. Yo, que ando por la vida buscándoles cinco patas a los gatos, sé bien de lo que hablo, por lo que te juro que si poseo algo para rato es mi capacidad de asombro. Andar buscándole la quinta pata al gato supone cuando menos darse de bruces con lo extraño, con lo agarrado por los pelos, con lo jodidamente increíble, y no siempre para bien.
    En una ciudad donde no sobran las propuestas a la hora del hecho literario, de la plástica o de la música, mi amigo invirtió dinero, energías y tiempo en una librería distinta. Mi amigo se atrevió con un café-librería que es también un sueño a base de deseo porque otras cosas pasen, relativas a la creación, a la poesía, al arte por donde metas el ojo, en fin.
    Su idea cuajó en un espacio magnífico para el encuentro, el abrazo, la conversa, donde es posible tomarte un café o empinarte una copa mientras hojeas algún libro y al fondo suena el último disco de tu banda preferida -el libro lo compras o no, te lo llevas o no, pero siempre queda la posibilidad de echarle un buen vistazo, incluso de leerlo ahí mismo si te sobran tiempo y ganas-. Lo cierto es que mi amigo apostó fuerte: lo menos fácil si se trata de ganarse unos centavos, cuestión de vida o muerte si pretendes labrarte el pan de cada día. Pero hubo fortuna, o buena suerte o qué sé yo. Su idea cuajó, como lo dije arriba, de modo que las cosas marcharon rumbo a horizontes más abiertos, cálidos, prometedores.
    Hasta que ocurrió lo que colinda con el disparate. Pasó lo que  tiene que pasar si el realismo mágico comienza a chorrear por los poros de lo cotidiano. Tenían razón García Márquez, Carpentier o Úslar Pietri: aquí no hay que inventar el universo patas arriba porque éste se construye a sí mismo, brota en los árboles, sucede desde la normalidad monda y lironda. Ocurre que un buen día la librería fue denunciada a las autoridades por un vecino purista, uno de esos individuos salidos de un cuento sombrío, gótico por todos los costados, para quien una metáfora, un párrafo connotativo o un sencillo verso libre son el enemigo, el infierno, sinónimos de perdición.
    La librería fue señalada, acosada y por último multada, porque en ella se leyó una noche poesía. Sí, cáete de la silla, levántate, sacúdete el polvo y créetelo. Ahí se leyó poesía, se celebraron cánticos en honor a Neruda, a Machado, a Szymborska, a Montejo: alguien tomó la palabra, dejó en el aire su pulsión erótica, o su nostalgia por otros momentos y otras tierras, y así. Entonces el cancerbero de la libertad, la inquisición estúpida que respira en pleno siglo XXI  levantó sus orejas y apuntó, tirando del gatillo.
    Que un lugar donde reinan la literatura, la música, la charla y las ideas termine nada menos que con una multa elevadísima por la razón de que micrófono en mano se lanzaron poemas al viento, porque la poesía erótica dijo presente, porque las palabras culo o semen o tetas atravesaron el aire sin alcabalas de por medio, es cuando menos una aberración. La realidad saltándose a la torera los más elementales gestos en favor del espíritu libre, de la civilización. Un mundo a contrapelo de la humanidad, que es, dime tú si no, por supuesto y sobre todo arte, belleza, experimentación, apuesta por lo que en verdad vale la pena y ruptura constante. Eso: ruptura a cada instante. Pero otra vez alzó cabeza la policía del pensamiento, a la vuelta de la esquina, haciendo de las suyas. Otra vez y aquí no ha pasado nada. Hija de la gran puta.

9/05/2018

Enigmas cotidianos


    Una lavadora es un enigma de material ferroso. Me explico: esas máquinas para la limpieza guardan en las entrañas vaya uno a saber qué, pero lo cierto es que allá adentro, en las profundidades de las tuberías, de ciertos compartimentos inefables o del pozo que llevan como panza, deambulan elementos que hemos dado por perdidos. Una media, pongo por caso, aquél sostén de encajes rojos, el pañuelo del abuelo. En fin.
    Desde niño me he preguntado qué habrá en el fondo de semejantes oquedades. A mis seis o siete años juraba que esos monstruos lavatorios comprendían raras variantes de dragones, animales extraordinarios listos también para lanzar fuego ante enemigos de la peor calaña, pero ya ven, me he enterado con el tiempo de que un agujero negro  yace incrustado de cabeza  en tales artefactos. Tal cual, así como lo lees.  Es que es parte de su anatomía.
    Los botones perdidos de tantas camisas, ¿adónde fueron a parar? ¿Existe un mundo diferente cuya desembocadura es el fondo de una lavadora? Lo que soy yo, estoy seguro de que sí. Las trenzas de aquellos zapatos que jamás aparecieron, la llave olvidada en un bolsillo y que se coló en el vientre de ese ser, un par de monedas que corrieron igual suerte, ¿dónde están? ¿Por qué razón nunca he podido dar con ellos?
    El fondo de una lavadora, pensándolo bien, quizás tiene bastante que ver con el otro lado de cualquier ventana. Éstas, si te pones a ver, tienen un punto de fuga equivalente al abismo de la Mabe, de la General Electric, de la Electrolux. Y no digamos ya el escaparate  -¿te has puesto a imaginar las conexiones entre tu lavadora, tu ventana y un escaparate?-. Un escaparate es el vientre de la ballena sin lugar a dudas. El cuarto oscuro de los terrores infantiles ante el que una asomada disparaba tétricas historias, cuentos abominables, es decir, el hecho helado del horror concentrado en un único punto de tu habitación.
    Ahora que lo pienso, la desembocadura del escaparate lleva sin desviaciones a los intestinos de la lavadora, y de aquí al otro lado de la ventana no hay más que pocos pasos. Tres objetos tan disímiles comparten un secreto jamás antes explorado, lo que supone echar manos a la obra y escudriñar con ahínco hasta dar cuenta de domésticos misterios que nos aplastan la nariz. La hebilla extraviada en el escaparate con toda razón aparece en el fondo de la lavadora y la mujer que miras a través de tu ventana lleva puesto el suéter que horas antes dormitaba en el armario, colgado de su gancho. Se hace la luz, ahora lo comprendo todo.
    Trilogía perfecta, nudo que las ata más allá del día a día: lavadora-ventana-escaparate como anuncio del alfa y del omega, de principios y de fines. Premisa y conclusión, causa y consecuencia. Por su puesto que se hizo la luz, dime tú si no, anda, es que dime tú si no.

7/04/2018

Venezuela adentro


    Acabo de leer un texto de mi amigo Juan Guerrero, venezolano como yo y también colega profesor universitario. Por años compartimos trabajo en nuestra entrañable Universidad Nacional Experimental de Guayana, en Puerto Ordaz, hasta que él, jubilado, se fue con su pareja a otras tierras mientras yo salí del país gracias a una plaza que obtuve en algún  lugar remoto de la Mancha.
    El artículo del buen Juan   -"Humillar la academia"-  es claro y conmovedor. Allí expresa, con toda la crudeza de una realidad que asombra e indigna, el patético escenario que una panda de gansters terminó instalando en la academia venezolana. Juan Guerrero cuenta cómo la inmensa mayoría de colegas sobrevive con ingresos que apenas alcanzan el dólar y medio en un mes. Cuenta además con pelos y señales la labor hercúlea de quienes llevados a la miseria por la ignominiosa perversión de un gobierno criminal, se entregan en cuerpo y alma al norte que nunca han perdido de vista: enseñar, crear conocimiento, hacer del país un lugar que a pesar de los pesares se resiste a caer de rodillas, vencido, ofendido, mancillado. La universidad venezolana, hay que decirlo con todas sus letras, es de las pocas instituciones que permanece en pie, en plena lucha por continuar respirando. La dignidad, a flor de piel, le chorrea por cada poro.
    Es natural, desde luego, que el tenebroso panorama que voy describiendo se haya transformado en realidad monda y lironda y trascienda los muros de lo increíble para transformarse en hecho normal de una nación potencialmente riquísima. Quienes aplastaron disidencias y usurparon el poder han perpetrado semejante ruindad con la certeza de tener a Dios cogido por las barbas, craso error que  -es importante aseverarlo-  un poco más acá o algo más allá pagarán rendidos ante la justicia. Ya hace bastante que Karl Popper vislumbró con genio cuanto puede ocurrir si desde el gobierno se asesina la libertad en nombre de la igualdad o la ideología: el caos, la tiranía, la incapacidad para vislumbrar en el otro el espejo del quehacer individual propio y ajeno. La cultura democrática, sostenía el pensador austríaco, debe ser atravesada por un espíritu libre en cuyas entrañas anide la posibilidad del error. Las verdades absolutas, aquí, tienen patas cortas. Chávez primero, luego Maduro y sus esbirros, son la encarnación venezolana de la locura colectivista a propósito de lo que el mismo Popper llamó “miseria del historicismo”, es decir, creer con fe de carbonero que el futuro está marcado a fuego, prefigurado por la lucha de clases y las relaciones de producción, ante lo que sólo cabe dar el empujón final desde la planificación llevada a cabo por un puñado de burócratas. Entonces, según estas mentes afiebradas, se traerá el Paraíso a la Tierra.
    La verdad es que semejante guion ha sembrado de hambre, de cadáveres y de dictaduras a las desdichadas regiones donde se ha pretendido imponer. Nicolás Maduro, hoy, es otra vez el espantoso y vivo ejemplo de que decapitar las libertades consiste en camino expedito para desgraciar a los pueblos. Venezuela sufre en carne propia las consecuencias lapidarias  de un hacer desquiciado que ojalá nunca vuelva a suceder en el futuro. Luego de que la pesadilla acabe, después de que Maduro y sus cómplices paguen por sus crímenes, la lección debe ser aprendida: el futuro es un producto de la creatividad humana, no preelaborado, y la verdad  -así, con minúsculas-  es un constructo al que se llega poco a poco, gracias al ensayo y error, tal como Karl Popper mostró  en sus demoledores trabajos. La verdad que creen tener aprisionada en el puño un Chávez, un Maduro y tantos otros fieles al dogma marxista, no es tal.  Nuestro futuro como pueblo, como género humano, de ningún modo  es ese derivado que propician funcionarios encerrados en despachos, rumiando utopías mientras matan de dolor y hambre a los ciudadanos.
    En su artículo Juan Guerrero escribe con sentido de la realidad, con tino, con valentía, y denuncia una vez más cuanto debe ser mostrado con inteligencia, con pedagogía, sin pérdida de tiempo, para que voces críticas  -las de siempre y otras nuevas-  continúen mostrando la conducta imperdonable de un atajo de bandidos. En contra de lo que Guerrero simboliza, resulta de un patetismo sin nombre el que ciertos escritores, artistas, gente de pensamiento y de ideas, callen, miren para otro lado, den la espalda a la tarea más noble e imprescindible de todo intelectual: pensar con cabeza propia, mostrar el pus donde se encuentre, alzar la voz frente a crímenes de lesa humanidad. Son muchos los que por conveniencia, comodidad o cobardía hacen silencio. Pienso en Luis Brito García, en Ignacio Ramonet, en Laura Antillano, en Gustavo Pereira, en Néstor Francia, avestruces que sin una gota de vergüenza erigen el vivo corolario de aquella “ceguera voluntaria”, descrita por Jean Francoise Revel.
    Hoy por hoy no cabe la más mínima duda de que la desgracia del chavismo instalada en Venezuela tiene pies de cartulina, asunto que, más temprano que tarde, acabará en desplome, como sucede con regímenes que encarnan espíritus de destrucción, de miseria, de muerte. Entonces brillará otra vez el sol.

6/28/2018

Tiempo


    Aunque no tengas conciencia del asunto vivimos subordinados a los instrumentos. El mundo feliz o trastocado que imaginaron inventores, pensadores de pelajes variopintos o locos entregados a soñar un universo controlado por las máquinas, no anda demasiado lejos. Qué se le va a hacer.
    El otro día me dio por desprenderme de la civilización. Con todas las ganas me eché de cabeza en brazos de un experimento fabuloso. Primero lo planeé en mis ratos libres, intenté darle forma en ese espacio mágico que llevamos dentro  -la imaginación, claro está-  gracias al preciso mecanismo que pintan millones de neuronas. Luego trascendí caja craneana y fui a parar al plano de las concreciones, con el único propósito de respirar más y mejor (respirar más y mejor es una frase que  uso a falta de otra capaz de sustituirla con acierto). En fin.
    Un día, sólo un día sin reloj, sin teléfono, sin leer los periódicos, sin tv, sin  computadora y otros artefactos parecidos. Un día como todos los días: levantarse para ir al trabajo, ducharse, peinarse, vestirse, despedirse de todos con un beso pero eso sí, de espaldas a manecillas, piñones, engranajes, enchufes, tornillos o chips capaces de marcarnos como nada el día o la tarde, capaces de urticarnos con cuanto ocurre o debería ocurrir aquí y al otro lado del planeta. Veinticuatro horas en las que el tiempo se trocó en fisonomías indescriptibles. Las horas, piénsalo un instante, transcurriendo arrastradas por el mero azar. Esa brújula que nos orienta echándose una siestecita de lo más extraña y entonces ahí nos vemos, en el fondo de lo que vamos siendo, a la escucha del rumor de otras estancias, al son de pulsiones no menos inquietantes.
    Quién iba a decir que cronos es una masa pegajosa. Créelo con todas sus letras, una especie de crema batida que se expande sobre el pan de cada segundo impulsado por algo diferente de los minuteros.
    Cuando un reloj vuela en mil pedazos queda en su lugar el hueco de posibles formas nada más prefiguradas por lo que te empeñas en crear. Supongo que algo como esto va de la mano con la libertad. ¿Tiempo libre? No, no, no, el tiempo libre importa aquí un pepino. Por mucho que hagas o no hagas, la médula de la cuestión radica en patearle los huevos al Casio, al Citizen, al Seiko o al Blancpain, orgullosos, felices y sonrientes  desde la pared, o desde tu muñeca. El sitio es lo de menos.
    Juro por todos los dioses que el experimento ha sido cualquier cosa menos fuera de lugar o sin sentido. Al día siguiente, al despertar, cuando me colgué el Tissot encima y di el último sorbo de café mientras escuchaba el noticiero de las siete, cuando terminé de anudarme la corbata  y salí en estampida para la oficina, el reloj de la avenida 12 me sacaba la lengua entre divertido y malintencionado. Comprobé otra vez que el tiempo es un bicho maloliente, sadicón e interminable. Entonces proseguí como si nada. 

6/08/2018

Esos cafés de siempre


    Hay ciertos lugares que suelo frecuentar sólo por respirar sus atmósferas. Algunos cafés, por ejemplo. O uno que otro restaurante. Pasa que cuando me siento en una mesa y digo hola qué tal, un americano, agua mineral, lo de costumbre, también estoy solicitando otras cuestiones, intangibles para más señas, que te juro crucifijo en mano son inexistentes ya en la mayoría de estos espacios, por muy bien decorados que aparezcan o mejor situados que se precien.
    Por mi trayectoria de lector en cuanto lugarejo con anuncio de macciatos y con leches se atraviese, sé al dedillo a qué me refiero: los gatos por liebres hace tiempo los echo a zapatazos y en su lugar he cultivado vista, oído y gusto frente a sitios por lo común menos vistosos, pero llenos de ese clima que no tiene precio, capaz de ofrecer buen trato, soledad, conversación si la buscas, respeto por lo que haces  -en mi caso leer o escribir en las terrazas-, complicidad y sobre todo tacto. Sí, tacto. Y un buen maitre, un buen barman, un excelente mesero curtidos en el oficio son el mejor sabueso a la hora de olfatear qué pretende cada quien. Eso, damas y caballeros, no se encuentra a la vuelta de la esquina.
    El Café de Jerry, pongo por caso. Pequeño, sereno, cuyo dueño, el buen Jerry, es chef, camarero, confidente, alcahuete y otros menesteres, siempre con palabras o silencios a la mano en función de tus pulsiones y de tu huella digital como cliente. O el Sweet & coffee de la plaza Foch, sobrio y discreto a pesar de la zona en que se erige, o el Tres gatos, nuevo hallazgo que hasta el sol de hoy cumple a cabalidad con el rasero inamovible que mantengo aunque los tiempos siempre cambien. En fin, lo que une a cualquiera de estos lugares es la gente. El incordio de alguien disfrazado de mesero me incomoda, pero la sutileza, la inteligencia, el buen tino del ya mencionado Jerry, vuelvo y digo, transforma un café en lugar de peregrinación donde instalar campamento y trabajar, si es el caso, o ver pasar la vida cuando toca. De la pompa vacía y salones frufrú huyo por lo general como Drácula ante un racimo de ajos. Pero la verdad es que me siento como gato ronroneando en su cojín en recovecos que tienden la alfombra al placer de permitirte estar contigo, con el autor y con los personajes del libro que llevas entre manos y, por fin, con quien elijas según te salga de los cojones.  Así de simple y complicado van resultando estos asuntos.
    Un café con personalidad es un dinosaurio en pleno siglo XXI. Existen sin embargo, luchan con puños y dientes en el intento de recrear el carbonífero, y si tienes la paciencia y el ojo entrenado te apuesto diez a uno que terminarás encontrándolo. Lo que soy yo, en cada ciudad he dado en el clavo y ahora mismo disfruto de mi particular trinchera en éste de la Avenida General de Veintemilla, a dos cuadras de la universidad donde trabajo.
    Todo café que se respete vuela en mil pedazos ese cliché tan apreciado en estos días: sólo considerar ambientes que duplican lo prescrito por revistillas de moda o sugerencias de mercadeo efectivo. Quiebro lanzas por los de toda la vida, donde he navegado a mis anchas sin la intromisión de esa baba pegajosa capaz de inundar los sentidos, urticar la piel, anular el pulso que requiero para poner en orden ciertas cosas importantes. Lo demás es historia pasajera, hendiduras sin calado, y va siendo por supuesto nada.

5/31/2018

La chica del aeropuerto


    Fue hace más de veinte años. Estaba sentado en la sala de espera y frente a mí, en la fila opuesta, aquella chica leía un libro como si fuese lo último que habría de realizar en esta vida. Apenas metro y medio nos separaba. Entonces me dio por intentar entrometerme, averiguar qué diablos llevaba entre las manos, cuál podría ser el gusto literario de aquella muchacha hermosa que no despegaba los ojos de ese libraco misterioso. Ni por asomo logré el objetivo. No pude dar con el puto título del ejemplar pero por cómo enarcaba las cejas y por la sonrisa cómplice que de vez en cuando echaba al mundo sospeché que la historia se las traía.
    Una mujer bien plantada que lee absorta cualquier cosa es una imagen que de entrada siempre me  ha atraído. Y ella estaba ahí, enfrente, ajena a mis buenas o malas intenciones. Recuerdo que saqué papel y lápiz y algo escribí, un comentario o poema o qué sé yo a propósito de la chica del aeropuerto entregada en cuerpo y alma a un libro como los buenos amantes se entregan el uno al otro. Con el tiempo perdí aquellos rasguños, aquellas líneas que me acompañaron buena cantidad de años guardadas en la caja de textos, de notas, de garabatos y ocurrencias que iban creciendo aquí y allá según las ganas, el lugar, el contexto y la energía que me atraparan. En fin. Hoy he leído un fragmento de  la novela que llevo por la página doscientos veintitrés y no tengo la menor idea de por qué el fondo de la historia me hace recordar la tarde de aeropuerto en que seguía viaje para Mérida, durante mis años universitarios. Leo y hay que ver, me digo: es cierto aquello de que en lo profundo de la literatura todo humano se mira a sí mismo con lo mejor o lo peor que se retuerce en sus abismos.
    La chica del aeropuerto seguía ahí, como si nada, haciendo el amor con las palabras mientras yo soñaba maneras de levantarle la falda transfigurado en metáforas, elipsis, oraciones yuxtapuestas o versos, hasta construir por fin un todo perfecto, una esfera sin fisuras cargada de sudores, jadeos, gritos ahogados, flujos al compás del vaivén que estalla, cuando los encuentros se concretan y punto, sin posibilidad de cosa diferente.
    Sí, algo escribí mientras observaba el strip-tease de aquella dama. Supongo a estas alturas que sería el eco de cuanto imaginaba en medio de los puntos suspensivos que marcaban distancia entre los dos. No lo sé. El enigma de las cosas extraviadas pasa directo por esto: lo que llegaste a expresar en un momento es irrecuperable y sólo te queda la memoria, que es una señora voluptuosa, tramposa, llena de encantos por donde la mires, asunto para nada malo si a ver vamos.
    La chica del aeropuerto apenas pasó los ojos por mi humanidad. Yo, un transeúnte más entre los miles de una tarde como cualquier otra. Podría, claro, haber intentado abordarla, aprovechar un cruce de miradas, dar cuenta al fin  del objeto  -ese libro enigmático-  que quizás hubiera propiciado la amalgama perfecta entre los tres. Pero no. Niet. Nada en lo absoluto.
    Cuando los altavoces anunciaron mi vuelo me despedí en silencio. Le deseé buena tarde, buena lectura y excelente travesía. Cogí mi bolso, doblé las cuartillas que llevaba escritas, me levanté y le di la espalda, yéndome tranquilo mientras ella continuaba cabalgando, jadeando ante el amante que nunca la apartó de sí. La vida continuó su curso y al aterrizar, ya en Mérida, la tarde como siempre era tranquila y fresca.

5/24/2018

Un clásico

Somewhere down the road, un clásico del gran Barry Manilow. Música, magia, memoria. Les dejo el link:

https://www.youtube.com/watch?v=hsqAnpS9EKk