10/16/2016

Cuestión de feeling

    Ahora, mientras viajo, compruebo una vez más que los libros son como las personas, es decir, bichos cargados de manías, gestos, costumbres y demás aditamentos de su particular idiosincrasia.
    Ayer, mientras caminaba por una callejuela sembrada de flores y cafés, noté un puesto de libros usados. Me acerqué a olisquear, por supuesto, y contemplé con asombro cómo la Rayuela de Cortázar estaba ahí, en idéntica edición a la que reposa sobre el segundo estante justo frente a mi silla de trabajo, en Venezuela, pero sin el menor vínculo con ella. Para empezar, la Rayuela que he trajinado en casa suele guiñarme un ojo cada vez que paso cerca de ella por mi biblioteca, cosa que dejó impasible a este otro tomazo, imperturbable mientras anduve entre anaqueles y charlaba  con el dependiente.
    Si Freud hubiese ocupado mejor sus días psicoanalizando textos en vez de gente, la verdad es que ahora otro sería el cuento. Entenderíamos mejor la esquizofrenia que puebla el conglomerado lingüístico hecho literatura. Pero qué va, hoy en día bien pueden existir manicomios donde encerrar volúmenes completos, centros de rehabilitación hemerográficos, divanes especiales para ediciones acomplejadas y en fin, añade tú cuanta categoría te plazca al paradigma de esas mentes laberínticas que son los libros de cualquier pelaje.
    Tengo un ejemplar del Robinson Crusoe que se las trae. Cada vez que lo abro con intención de releerlo no paso de la página veintinueve, en esencia porque tiene un tic que no he encontrado en ningún otro habitante de mi estantería. Fue un regalo de mi madre, el primero que atesoré en la infancia, de modo que ya en el folio veintitrés, y con alarmante acento en el veintiséis, despierta en mí al Edipo que superé décadas atrás. Quién sabrá por qué razón llega siempre con esa jugada. Lo he encontrado en distintas geografías y latitudes, lo he visto en olorosas ediciones nuevas y en ancestrales librerías de viejo,  al punto de que me he puesto ahí a leerlo, de pie, a escondidas de los dueños, con el corazón transformado en nudo sinónimo de asfixia, y nada, entonces todo fluye, las páginas consisten en llanuras apacibles que pueden cabalgarse con la vista, lo cual comprueba que mi Robinson no guarda relación con estos fantasmas de sí mismo. Es que los libros también son un piélago de contradicciones.
    Por si fuera poco, la otra vez quise desmigajarme en brazos de “La noche boca arriba”, del buen Julio. El cuento, que ocupa su lugar justo al lado de una pila dedicada a Vargas Llosa, puedo alcanzarlo de un sencillo manotazo mientras leo apoltronado en el estudio de mi casa. Pero qué cosas, en estos días un francés entrado años, de pañuelo alrededor del cuello, de bastón con mango hecho de plata y de pipa entre los labios,  uno de esos dandis hoy casi extinguidos, tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar luego de escuchar  cuánto me apetecía releer por estos días esa pequeña obra maestra. Ve tú a saber por qué misterios de la vida el Cortázar que entre líneas suele darme palmaditas en el hombro cuando lo hallo en mi rústica edición de los sesenta y convidarme de seguidas a un gin-tonic, termina por sacarme la lengua y hacerme trompetillas en la aséptica versión de este tomito en tapa dura. Imposible apelar a la razón para explicarlo, pero la verdad sea dicha: cerré el fajo de cuartillas, despaché con prisa un vaso de agua y corrí casi aterrado a devolverlo.
    La locura de un libro hace juego con los desequilibrios del lector, eso lo sé, y sin embargo existe en todo ello un ámbito inquietante, una mancha oculta que sube a la superficie cuando menos te lo esperas.
    Quiero por fin llegar a casa, culminar el viaje, respirar tranquilo entre silencios cómplices hechos de letras, páginas blanquísimas o amarillentas  e historias sazonadas con el no sé qué que otorgan, digo yo, las polillas de mi biblioteca. Cuestión de feeling, eso es.

9/24/2016

Manchas sobre la tela

    Llego al café como llego a la almohada. Desde mis años universitarios he apreciado en su justa medida la bondad de uno de éstos a la orilla de la calle, por la razón simple de que ahí bulle el fermento con que se tejen esperanzas, anhelos, intrigas, amores o traiciones. Un café en medio del camino es para mí la trinchera necesaria, sea en la paz como en la guerra.
    Es la mejor escuela para aprender algunas cosas. A pensar, por ejemplo. A contemplar, a estar con uno mismo, sumo y sigo. No hay valeriana, lexotanil, relajante por vía oral o intravenosa que se le parezca. Una mesa de café al aire libre hace de diván y de terapia. Yo, lo que soy yo, enciendo mi tabaco, pido un marrón humeante, lo acompaño con agua mineral y descubro de seguidas que la felicidad tiene lomo de gato, es acariciable, cabe a la perfección bajo la mano.
    En el café miro pasar la vida no sin sorpresas de cualquier pelaje. Juro por todos los dioses que en ellos he notado lo que ni antes ni después llegó a cruzarse por mis ojos, de modo que un café es caldo de cultivo para vislumbrar con creces nuestra condición de bichos raros, de predecibles y aburridos, de sutiles y exquisitos, de sublimes o hijos de la gran puta que podemos llegar a ser sin que nos tiemble un pelo del cogote.
    Hago una pausa para dar dos o tres chupadas al Balmoral que se consume entre el índice y el medio. Recuerdo que aquí, en el café al que suelo acudir a leer y escribir, descubrí un rayo de luz colándose por ciertas hendijas de las nubes y me petrificó su belleza. He venido una y mil veces, exactamente a las seis y cincuenta de la tarde, por el azul eléctrico que despide el cielo guayanés. Espero ansioso los violetas, rosados, verdeazules de ciertos atardeceres que son irrepetibles. Percibo con alegría, entre bocanadas, las siluetas oscuras de los árboles en las aceras, recortados contra la luz del sol en el poniente.
    Llego, tomo asiento, Miguel, el camarero, se acerca con la indumentaria y los enseres de costumbre. La taza de café en su punto, el vaso de agua estando donde debe estar, las buenas tardes desplazándose con gracia en su viaje desde los pulmones hacia afuera. Observo a un mendigo alimentando a las palomas. Migajas de pan en una mano, algunas bolsas viejas en la otra, un morral colgado a sus espaldas. El hombre, entre los sesenta o los setenta, disfruta lo que hace, juega como niño sin importarle el barullo alrededor. Creo que no todo está perdido, pienso mientras me engancho en el asunto y acompaño hasta el final la escena que protagoniza.  Entonces extiende con suavidad el brazo, da de comer en el pico a una de ellas. Rápido, agilísimo, la atrapa, la lleva a la bolsa, termina su faena.
    Lo veo irse en medio del atardecer que ofrece un fondo sepia desgastado. Se aleja, apenas es ya un punto en el paisaje. Caen las últimas cenizas del tabaco.

9/18/2016

Tercermundismo reloaded

    Uno cree que con los años cierto aprendizaje cala en las neuronas y los poros. Qué va. El tiempo no es garantía de avance en línea recta. Ya sabemos que andamos en zing zag, de banda en banda, con progresos, retrocesos y reinicios. Razón tenía Popper, la historia es una construcción humana, de seres como tú o como yo, sin determinismos que indiquen lo contrario. En fin.
    Sales a la calle, te sientas en el primer café que se enreda en tu camino. Marrón, tabaco, agua mineral, abres tu libro, lees, paras, alzas la mirada, ves pasar la vida desde la mesa veintidós. Cuando te dispones a pagar la tarjeta explota hecha confeti. “Está vencida, señor”  -ruge el camarero-. Hoy es 17-09-2016, en el plástico aparece 15-10-2018. Misterios del Tercer Mundo.
    Estamos mal por culpa de otros, cuenta la progresía cuyos dedos índices señalan al imperio, a la CÍA, a la oligarquía o a los escuálidos. Un iluminado es elemento clave, ente sobrenatural capaz de exorcizar perjuicios sembrando el Paraíso a la vuelta de la esquina. Si todo sale bien juran que la historia, con mayúsculas, está de nuestro lado camarada. Si las cosas terminan como siempre, o sea retorcidas, nada menos puedes esperar de la derecha. El tercermundismo sentado en la palma de una mano.
    Cuentas hasta cien, hasta doscientos, y en el ínterin descubres una verdad que aplasta como paquidermo. Respiras hondo, te dices que son gajes del oficio, palabras de alguien acogotado por fiebres no sudadas. ¿A cuál verdad me refiero?, “el salvajismo de unos no es jamás atenuante del salvajismo de otros”, escribe Savater. Le creo, le creo porque esa sentencia navega en aguas que conozco de pe a pa, es una idea que no caló en la lógica de esta revolución de pacotilla, desmentida a cada instante. Hay presos políticos, hay claras evidencias de abusos contra los derechos humanos, hay todo un expediente de afrentas contra quienes han pensado diferente en diecisiete años de absoluto poder sin control ni contrapesos. No tienen excusas, no tienen forma de tapar el sol con un dedo, las cosas no eran más siniestras en aquella imperfecta democracia, cuando la peste chavista aún no hacía acto de presencia. Somos otra vez una republiqueta bananera. Tercer Mundo por donde lo mires.
    Comienza el semestre en la universidad. Imparto mis clases, avanzamos, estudiamos lo que debemos estudiar. Debatimos, escudriñamos, criticamos, intentamos pensar. Hago exámenes, corrijo, califico al fin. El último día del seminario, luego de despedirnos, se acerca un estudiante, quiere conversar conmigo, desea que lo atienda en mi oficina. Con gusto, vamos a ver qué se te ofrece. Qué se le ofrece: ayuda, necesita ayuda. Pienso que pide otra oportunidad, pienso en alguna revisión de prueba o cosa parecida. No. La ayuda es tajante: su madre está enferma, perderá la beca, le urge un diez, “no puedo reprobar”. Tercermundismo al por mayor. Mínimo esfuerzo sin vergüenza alguna.
    El Presidente llama coño de madre a un político en televisión. El político no es un ángel del cielo ni por asomo. De hecho, no le tembló la lengua cierta vez para adornar a Chávez con idéntica oración. Está muy mal degradar a niveles de subsuelo el debate cívico, está requetemal insultar porque yo soy guapo y tú un mequetrefe subnormal, es deplorable que algún ciudadano utilice cierto lenguaje de albañal para agredir, por ejemplo, a Nicolás Maduro, pero resulta inaceptable, imperdonable, que éste manche la investidura que para bien o para mal ostenta (sí, estamos de acuerdo: para mal) irrespetando al país con expresiones dignas de las cloacas. Tercer Mundo saliéndose hasta por los poros.
    (Retomo la escritura tres horas después del punto y aparte anterior. Un apagón desbarató lo que hacía). Entro al consultorio, luego de media tarde a la espera tomo asiento frente al tipo de la bata blanca. Lee sus notas, se acomoda los anteojos mientras juega con su barba. “Señor Pérez”  -dice-  ¿cómo le ha ido con los antibióticos? ¿Ya no sale pus? Que yo sepa no soy el señor Pérez ni me la paso por ahí chorreando esa cosa amarillenta. Repite que sí, que debo ser el señor Pérez, que ahí puede verlo, vivito y coleando en la ficha, en el expediente, en el click de su computadora. Insisto en que el buen Pérez debe andar con su pus por otra parte, que me llamo Roger, que su ficha y su expediente me importan un pepino y que por fortuna aún guardo plena conciencia de mí. Termina rendido ante las evidencias, “claro, claro, no es usted el señor Pérez ni nada que se le parezca. Suponga que ha venido por primera vez y comencemos de nuevo”. No existo, soy borrón y cuenta nueva, olvido personificado, irresponsable y sin disculpas. El Tercer Mundo sentado sobre mí.
    En este país, como en cualquiera, la historia es una fragua humana. Ni Marx ni científicos sociales ni demás fantasías por el estilo. Como decía al principio, en ocasiones vamos en zigzag, por los costados o en reversa, pero siempre en función de lo que hagamos, de nuestras formas de comportamiento en sociedad. Del tercero al Quinto Mundo, es lo que pinta en estos días el horizonte. Para allá vamos.

9/11/2016

Memoria y día a día

    Leo a Borges y en “Funes el memorioso” hallo un ejemplo de aparente totalidad. Ahí, alguien es capaz de recordarlo todo, de modo que supone la viva encarnación del absoluto. Es una suposición falsa, claro, pues recordar como Funes equivale a transformarse en máquina, lo que sin duda anida en las profundidades del cuento.
    La paradoja florece: recordarlo todo es imposible por una razón de espacios y de bits. No estamos dotados para albergar el recuerdo infinito de cuanto vivimos y, es más, cualquier recuerdo termina por convertirse en una manera de olvidar. Entonces Funes es máquina, es cosa, es un aparato como aquel radio casette-recorder que tanto me maravillaba en la infancia (¡ah, quién pudiera presionar play y al mismo tiempo rec y ya, guardar hasta el último apunte en la cabeza para el examen del lunes!). Tenía razón Kundera, “el recuerdo no es la negación del olvido”.
    Existe un gentío entregado a la faena de mantener intacta la memoria y no les quito razón. Otra vez la paradoja haciendo de las suyas. Esa forma extrema de olvido, el olvido del yo, hoy en día implica el espanto sin par. La palabra alzheimer, que significa olvidarse de sí mismo, ha derivado en el coco de los tiempos modernos, porque olvidarse de sí mismo te aproxima al miedo personificado, a un Funes del siglo XXI.
    Fitina, ginko biloba, moringa, crucigramas al por mayor, caminatas por el parque, eso y más conforman estrategias para invocar al dios de la memoria. Dime cuánto olvidas y te diré cuánto queda de ti. El recuerdo como la cara opuesta del olvido se erige en el protagonista estrella de esa telenovela que va siendo la existencia ahora. Si recordar es vivir, como dice el refrán, olvidar lleva en las alforjas cierto modo de ir muriendo, lo cual no tiene nada de simpático, como puedes descubrir con sólo echar una mirada alrededor.
    Si el recuerdo también es otra manera de fallo en la memoria, entonces el asunto se reduce a un punto clave: aprender a vivir con lo que hay. Cero engaños, cero atajos posibles. Dicho de otro modo, siempre usamos nuestras ventajas comparativas. Punto. Y en eso andamos, aunque lo ignoremos. ¿Te lo habías imaginado?

9/02/2016

Daniel y yo

    Antes del amanecer corre a nuestra cama. Como un vendaval entra a la habitación y de un salto termina bajo las cobijas, abrazado a mí, acurrucado en la cueva. La cueva es el espacio construido por ambos, delimitado por los confines de las sábanas  que nos echamos encima.
    Daniel y yo hemos elaborado un código secreto, un lenguaje único del que nos servimos con descaro a diario. Explotamos la invención de mundos sólo habitados por los dos. Somos conscientes de la felicidad que chorrea por nuestros labios.
    Usé arriba la palabra felicidad. Confieso aquí que semejante término lo menciono con pies de plomo.  Cuando hablo de felicidad supongo el fuego o el océano, palabras que desde adolescente propiciaron en mí una sensación de aplastamiento, de vértigo, de respeto y asombro muy difícil de reproducir mientras escribo. La felicidad es lo más próximo a cuanto puede ser inefable.
    Y sin embargo los mundos creados por Daniel y por mí son tan reales como las rosquillas que sirvieron para el desayuno, lo cual decanta en un punto de fuga que nos hace felices con mayúsculas.
    Ciertas cosas sencillas que Daniel me invita a hacer y para las que asume toda dirección y estímulo terminaron por quebrarle el espinazo al cotidiano estado de falta de fe en que por lo general se mueven los adultos. La falta de fe, claro, es típica de quienes suponen un medio ambiente cuadriculado, refractario a ciertos cambios, llenos de una inercia que los lleva a atracar en los mismos puertos, navegar las mismas aguas, culminar en derroteros idénticos a los anteriores.
    Vemos una película juntos, leemos algo a dos voces, comemos un helado, compramos chocolate, discutimos, nos abrazamos, charlamos de la vida y eso, repito, nos hace felices. Atrozmente felices.  Antes pensaba que ser feliz   -o sentirse más feliz de lo normal-  era cosa de insensibles o de estúpidos. Hoy he variado tamaña opinión, y es más, reconozco que era un soberano disparate. Sentirse feliz, o cuando menos tomarse la molestia de aproximarse a ello, es propio de gente inteligente.
    Daniel, haciendo uso y disfrute del lenguaje inventado a fuerza de complicidades y mutuas alcahueterías, es capaz de abrir la caja de Pandora, es decir, quitarle la tapa a la olla del caldo donde se cuecen las habas de la alegría, la ternura, la pelea a almohadazos y la comprensión en su estado químicamente puro. Ese es el punto: él y yo nos comprendemos, cosa que dicho sea de paso nada tiene que ver con lo intelectual. Ahí se enclava el universo que hemos hecho propio.
    Daniel es inteligente, le gustan las buenas historias, sueña algunas que me dejan sin habla y cada día exige la cuota de imaginación justa para mantener en pie nuestro común acuerdo. Ambos sabemos que el otro está ahí, en silencio, a la espera, todas las veces. Y con eso basta para sonreír desde estas líneas.

9/01/2016

Cinco en Fusión

Cinco en Fusión (5nFusion) es un ensamble musical formado por jóvenes estudiantes universitarios de Puerto Ordaz cuyo talento rasguña las estrellas. Vale la pena escucharlos en su versión de Tu boca.

El link:   https://www.youtube.com/watch?v=Lc8xUVbaJB4

8/28/2016

Cosas perdidas

        No me vengas a decir que no se te han perdido cosas. Perder cosas es lo más común de la vida, pero lo que me quita el sueño, lo que en verdad motiva mis desvelos es el punto de fuga de semejantes extravíos.
    Me explico: botas los anteojos, botas las llaves, botas el carnet de conducir, maldices y remaldices hasta que das o no con ellos, pero nunca preguntas por el lugar que es su guarida. Lo que soy yo, siempre fruncí el ceño al respecto, desde muy niño intenté descubrir adónde van a parar los objetos perdidos y a estas alturas, créeme, puedo jurar que hay una tierra extraña que los contiene. Plaf, plaf, aterrizan ahí mientras te rebanas los sesos revolviendo hasta el último rincón con la esperanza de encontrarlos. Menuda pérdida de tiempo.
    Y eso no es lo peor, claro. Así como a veces notamos que somos un imán para atraer ciertos hechos, para materializar actos, sucesos que quizás deseamos o tememos, de igual modo terminamos por ser pieza clave del jueguito de otro, una especie de algo o alguien  capaz de hacer de las suyas a costa de tu mala suerte, si es que es posible llamar de esa manera a todo esto. En fin.
    Lo digo porque de las mil y una cosas que he extraviado, nada como un lápiz Móngol. Ellos vinieron a mí y se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos.  Lo sé desde los años en la escuela, desde el primer grado cuando los regaños de mi madre  se afincaban no en darle a la lata para que aprendiera la lección o hiciera los deberes  -jamás tuve problemas al respecto, puedo confesarlo sin pecar de vanidoso-  sino en advertirme que ése, el que tenía en mis manos, sería el último lápiz que compraba para mí hasta el nuevo año escolar. Nada, a las veinticuatro horas perdía el Móngol, como de costumbre.
    Supe, no me pidan ahora explicaciones, que existía un lugar al que llamé Paraíso de los Objetos Perdidos. Semejante isla oculta -pues sí, era una isla-  idéntica a la de Crusoe o quizás a la de Stevenson, era el hogar de cuanta cosa puedas imaginar, todas desaparecidas, todas engullidas por el Mar de los Zargazos, esas arenas movedizas en las que pataleamos día a día. Cada  lápiz Móngol al que dije adiós se hallaba de cabo a rabo en ella, viviendo una curiosa existencia, sin mayores aventuras, sin escribir o dibujar o todo lo que suelo hacer cuando un Móngol reposa entre mi medio y mi índice, asistidos por el buen pulgar. Lo cierto es que el misterio había sido resuelto. Ya suponía yo que tanta pérdida, tanto Móngol arrebatado frente a mis narices obedecía a algo más que el descuido, es decir, a causas mucho más profundas que mi constante chapotear entre las nubes. Desde entonces papar moscas mañana, tarde y noche no fue la explicación de por qué un Móngol invisibilizado, evaporado cada tres o cuatro días. Respiré tranquilo.
    Como podrás adivinar, a mis cuarenta y seis tacos sé muy bien lo que sucede cuando pierdo algún objeto. Por eso no caigo en inútiles lamentaciones, ni cosa parecida, como suele hacer la mayoría. La otra vez, para variar, extravié el bolígrafo con el que escribo cuentos, tomo apuntes y hago anotaciones varias. Lo imaginé contento en su isla del nunca jamás, trabando amistad con otros lápices que corrieron igual suerte. Solución: fui por otro al kiosco de la esquina. En fin, la vida continúa, me digo, y ya, asunto resuelto.    

8/13/2016

Lo más extraño de este mundo

    Te sientas en un café y entras a una dimensión que es casi una patente universal. Pides el marrón, una botella de agua mineral, enciendes tu tabaco y entonces la franquicia se abre por todos los costados. En Argelia o en Bolivia, lo cierto es que un café es el punto de encuentro para mil y una historias. Hoy quiero escribir de esos que lo saben todo.
    No hay cosa más difícil en esta puta vida que decir no sé. Reconocer la ignorancia, vislumbrarse mínimo, tan pequeño como un bicho peludo y microscópico chapoteando en mitad del universo no es cuestión que acepte todo el mundo. Nanai. Me siento en el café de siempre y escucho la autosuficiencia en pasta que engorda y se alimenta de sí misma, que se autofagocita en una especie de expansión interminable. Si alguien pregunta por la vía expedita para burlar un atolladero judicial, Enrique o Miguel tienen la respuesta. Si el carro suena como lavadora vieja, Enrique o Miguel conocen el por qué y su solución. Si pregunto por la enigmática relojería de mi gps, Enrique cuenta los intríngulis de su endiablado mecanismo y Miguel propone mejorías sobre la marcha.
    Aterrizas en el café de la esquina y encuentras al tipo que lo explicó todo. Explicarlo todo es un deporte muy particular, una extensión del  hombre del Renacimiento enclavada en pleno siglo XXI, lo cual supone conocimiento alquímico entremezclado con física cuántica, historia del arte, poesía lírica grecolatina y pastelería suiza postmoderna. Aquí, entre mesas con mantelito blanco y batidos de lechosa hay a patadas quienes lo saben todo o creen saberlo todo, que para los efectos no es una diferencia como para generar caos. El quid es la explicación: explicar, eso, explicar hasta por los codos otorga señorío a la afilada dentadura del tiburón Enrique y el caimán Miguel. Por eso un café es zona pantanosa capaz de engullir, zuas zuas, a un 747 y transformarse en cementerio de Titanics y tú ahí como si nada, dándote de bruces frente a misterios develados o por develarse: por qué una ventolera te despeina, por qué la Luna tiene cuernos, por qué un kilo de plomo no pesa más que un kilo de algodón, por qué si el sapo salta pues se ensarta, por qué la Tierra no es plana, por qué el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, por qué la hipotenusa y no la hipotermia, pongamos por caso, o la hipostasis o la hipoteca o cosa parecida, y así.
    La lógica aplastante de Merlines cafetinescos siempre me ha maravillado. Una vez quise experimentar el método para explicarlo todo, pero entre tanto sentido común y vueltas al fondo de cada problemática terminé con dolores de cabeza que para qué te cuento. Moraleja y conclusión: mi fracaso al intentar explicarlo todo es directamente proporcional a mi talento para no explicar absolutamente nada e inversamente proporcional a mis ganas para ello. Demasiados cojones y poca materia gris, como imagino ya pescaste.
    El otro día, en Ciudad Bolívar, juro por Dios que a orillas de la avenida Táchira vi a un hombre sentado ante una mesa sobre la que descansaba una Remington de las de antes y un fajo de carpetas y papeles que daban la sensación de oficina itinerante. Desde el carro leí un aviso que colgaba. Decía esto: “Se soluciona cualquier tipo de problema”.
    Demonios, explicarlo todo sí que va más allá del café de la cuadra y fíjate que cae como peñasco en el ancho mundo, lo que va siendo bastante decir. La fenomenología trascendental  -perdonen el feo academicismo-  de un hecho como explicarlo todo se quiebra justamente cuando intento dar razones que solventen el asunto. Entonces ni modo, me conformo con saborear el marrón y permanecer tras bastidores, observando y buscando entender, hasta donde me alcancen las meninges. Que me expliquen, que me expliquen, que me sigan explicando.
    Explicarlo todo es poco menos que una ciencia exacta, claro está, cosa que en el fondo es la razón fundamental por la que no abandono mi café predilecto. Tabaco, marrón, agua mineral y de pronto, por obra y gracia de cierta cadencia renacentista que ve tú a saber por qué diablos se cuela desde esos confines hasta aquí, digo, de pronto se hace la luz, se desanuda el nudo, lo torcido se destuerce y la explicación diáfana, sencilla, total, cabe en boca de Enriques y Migueles. Es que un café es lo más extraño de este mundo, rediós, lo más extraño de este mundo.

7/30/2016

Maduro y su mundo

    Voy en el carro, enciendo la radio y, para variar, Maduro está encadenado. A punto de oprimir el off escucho parte de la cháchara: el Presidente despotrica de los conquistadores y da vítores a Guaicaipuro, a Tamanaco, a  otros nombres indígenas.
    Me viene a la memoria un episodio protagonizado por la vena autóctona chavista. Recuerdo entonces el derribamiento de una estatua de Colón y los intríngulis nacionalistas que le hicieron coro. Mala cosa. Uno se pregunta qué atravesará las neuronas de Maduro cuando reniega de España y a continuación alaba el mundo prehispánico. Debe jurar que nuestra identidad (menuda palabreja cuando se trata de un colectivo) se asienta en la cosmovisión kariña, en el universo yanomami o en la sensibilidad goajira.
    Hay aquí una confusión que sólo se cura leyendo, es decir, echándose en brazos, sin complejo  alguno, de eso que dieron en llamar cultura. Lo que Maduro guarda entre ceja y ceja es un particular modo de expresión racista, una mutilación tan peligrosa de lo que en el fondo nos conforma que resulta siempre en el chauvinismo más atroz. De lo escuchado en la radio al nacionalismo de un inquisidor hay pocos pasos. En verdad, somos cuanto arroja en nosotros la cultura precolombina, pero somos también Sócrates, Platón, Aristóteles, la tradición latina y medieval, así como el Renacimiento o los logros de la Ilustración, hasta llegar a este Occidente que, lo afirmemos o neguemos, termina por engullirnos y acogernos en su vientre. Somos indígenas, negros y europeos, lo cual es una bendición por la razón sencilla de que, bien asumida, nos libra de esa hemiplejia cultural típica de pseudorrevolucionarios tercermundistas.
    Toda nación se fragua (reto a cualquiera a demostrar lo contrario) gracias a encuentros, desencuentros, amalgamas producto de traiciones, cuchilladas y fragores regados de pólvora, ante lo cual Venezuela no es la excepción. Es mentira que las culturas prehispánicas fueron ajenas a la guerra y a la imposición de unas sobre otras mediante el uso de la fuerza. En lo que hoy es nuestro país hubo sangre de por medio a lo largo de su constitución, y no por menos los incas o aztecas, nada más que por dar un par de ejemplos, merecieron el nombre de imperios. La idea del buen salvaje carcome las sienes del señor Maduro, y si hay algo nocivo a este mestizaje fabuloso que protagonizamos es la demagogia nacionalista con la que se llena la boca: sandeces ideológicas que caricaturizan cuanto ha venido creándose en el magma histórico de nuestro ser. Es bueno mantener a buen resguardo tal verdad, pues ya sabemos que no existe vacuna contra la barbarie o la idiotez colectivas. Aunque haya alcanzado elevados niveles de civilización, un país jamás se encuentra por completo a salvo de la locura fanática (desde la pureza racial hasta la posesión de la verdad única religiosa) y de, en fin, el complejo de superioridad cultural. No es verdad, preciso es recordarlo con todas sus letras, que lo español deba ser execrado o violentado, como no es verdad que sólo hemos bebido de una única fuente a la hora de mirarnos en el espejo de la historia.
    Somos pueblos que hoy por hoy pertenecemos a una hechura múltiple en el crisol de las razas, costumbres y maneras de concebir el universo, siempre en constante ebullición. Estamos hundidos hasta el cuello en el caldo del mejor cultivo: el de la universalidad, esa que cuaja una ciudadanía más allá de fronteras, pasaportes, cédulas de identidad y, como quisiera Nicolás Maduro, nacionalismos que a la larga o a la corta únicamente sirven para segregar odios, originar falsos conflictos y transformar la convivencia en una orgía de malentendidos permanentes.
    Haría bien el Presidente en acercarse a la historia con mayúsculas y mojarse los pies (y los axones y dendritas) en sus profundidades. Hacerlo supone percatarse de cuánto sufrimiento puede ahorrarse una sociedad cuando desaparecen reduccionismos patrioteros y en su lugar afloran horizontes cargados de tolerancia, minimizando la posibilidad de fanatismos a diestra y a siniestra.
    Le guste o no le guste a muchos, los españoles, al igual que lo peor y lo mejor de Occidente, produjeron esto que algunos llaman venezolanidad, y no son ellos, por cierto, los responsables del desastre que hoy se traga a un país de mil caras, convirtiéndolo en el hazmerreír del continente gracias a los disparates de un gobierno que sembró miseria e involución durante  diecisiete años haciendo de las suyas. Es preciso asumir el pasado con altura de miras, sin complejos empequeñecedores, y desde el presente sumarnos a la modernización, abriéndonos al ancho mundo y aprovechando para ello nuestras ventajas comparativas, que son bastantes. Yo estoy orgulloso de ser venezolano, o lo que es lo mismo, de hablar español, de llevar en las alforjas el Siglo de Pericles, el Siglo de las Luces y lo más granado de Occidente, de comer tortillas, frijoles, arepas y saberme atravesado por lo indígena y a la vez lo universal. Yo, lo que soy yo, estoy contento por aquella raza cósmica, la de Vasconcelos, en que deliciosamente chapoteamos.

7/03/2016

El gramático

    Hay quienes pierden la capacidad de asombro, mala cosa. Si abres bien los ojos te sorprenderás  a cada paso, lo que es mucho decir en tiempos de desencanto, postmodernidad y demás palabrejas rimbombantes.
    Un profesor de la Facultad resulta vivo ejemplo de lo que digo. Es catedrático de Gramática Española, por lo que se pasa el día viviendo el lenguaje, según afirma, al punto de que su relación con nuestra parla llega a niveles inexplicables. Te darás cuenta en un momento. Mientras habla con alguien, el tipo mide a su interlocutor en estricto sentido académico, cosa aburrida hasta las narices, digo yo, pero que él goza como niño ante juguete nuevo. Si la gente no tiene puta idea de su pasmosa habilidad, peor para ella y mejor para él, porque el profesor vive el lenguaje, repito, y vivirlo implica degustarlo en mente, cuerpo y alma, lo que no es concha de ajo, como descubrirás en este instante.
    Si tú, que eres una mujer guapa, pongamos por caso, dialogas con él en un café, en el supermercado o en los pasillos de la universidad, el gramático hace de las suyas desnudándote sin pudor, es decir, te quita las ropas lingüísticamente, te desabotona la blusa desde un pluscuamperfecto, te desliza la falda a partir de una esdrújula sin tilde o te remueve el bikini porque dijiste precioso con ese. El profesor sufre lo que a su manera le ocurrió al bueno del Quijano: de tanto darle a lo que más le gustaba terminó víctima de su quehacer favorito. El Quijote, loco por donde lo mires; el catedrático, preso en un corsé gramatical que para qué te cuento.
    Llegó a construir una escala estructural en función de los errores ortográficos que pronuncias y el streep tease que te monta apenas comienzas a equivocarte. Escucha tus errores, los coge al vuelo mientras surfeas en vano oraciones y párrafos hasta que no tienes escapatoria: acabas en pelotas por acumulación de desaciertos. La oralidad hecha zona de caza, campo de batalla para atrapar meteduras de pata ortográficas. Menuda habilidad la de este personaje.
    Si se te escapa un te, de mandarina o yerbabuena, qué demonios importa eso, y lo sueltas así, libre de acento según manda la RAE, júralo que bajará el cierre de tu pantalón. Si el error es de mayor monta  -pides una sopa del dia seguida de pan cacero y vejetales mixtos con aseitunas negras-  vas a quedarte sin esa linda minifalda roja que llevas a juego con la cartera. Y si continúas dándole con las patas al idioma, pues terminarás en meros cueros.
    Una vez fui a su oficina a pedirle un libro que le había prestado y lo hallé embelesado. “Los senos de la morena que acababa de salir”, comentó, “es que no son para menos”. “Cómo te explico… esa mujer tiene las tetas inversamente proporcionales a haalcol, a bino tinto chileno, a dextresas inteleptuales para desembolberse en la vida”. No entendí un pepino, me encogí de hombros y salí.
    Pero hoy lo afirmo sin que me tiemble un pelo: el gramático terminó siendo maestro de la desnudez. Si otros lo han sido porque trabajaron como ángeles (ahí está  Goya y su divina Maja, ahí tienes a Herman Puig fotografiando cuerpos femeninos como Dios los trajo al mundo), el gramático se transformó en virtuoso de muslos perfectos al son del dequeísmo o curador de primera línea en el museo lingüístico del erotismo, todo gracias a la sinrazón morfosintáctica, ortográfica y demás especies de la desabrida academia en cualquiera de sus manifestaciones. Semejante profesor, que escucha como si nada aberraciones de la ortografía, logró levantar templos de sensualidad sustentados en María o en Laura y sus disparates idiomáticos. Quién lo hubiera dicho, se cuenta y no se cree. Es que te juro algo: yo jamás lo hubiera sospechado.

6/24/2016

Las piernas de una dama

    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien lo ponga en duda nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone su firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas de una dama. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.

6/12/2016

Todos los días

    Hay verdades ni tan ciertas y mentiras que parecen reales. Un amigo, que va a caballo entre la mitomanía absoluta y la sinceridad atroz, da cuenta de lo que digo. Es el vivo ejemplo de que para hacer de este mundo un lugar más habitable todos prefiguramos nuestras vidas en función de lo que llevamos en el saco. Y lo que llevamos en el saco, claro, se origina en el abismo de cuanto vamos siendo. No es concha de ajo: lo fantástico besuqueándose con la realidad monda y lironda, esa que inventó Descartes hace ya un caudal de años, y sacarle punta y además hacerlo con provecho.
    Pues nada, hay verdades que cobran su fisonomía porque nacieron de un embuste que para qué te cuento. Por ejemplo, mi amigo el mitómano cree ser escritor y nadie lo saca de sus trece. Se cree escritor con pruebas físicas al canto: un manojo de papeles rasguñados en la adolescencia. De escritores que no escriben y bailarines que no bailan está lleno el patio pero eso es lo de menos. Lo de más es el manejo de los hilos, edificar cierta atmósfera y no otra, inventarse un diente roto al más puro estilo Coll, que sabe muy bien de lo que hablo (¿o soy yo quien sabe al pelo lo que él dice?).
    Uno vislumbra algún futuro, rehace como le plazca el pasado y sumerge el presente en un caldo fantasioso tan necesario para la cordura como un par de aspirinas para la jaqueca. Si te pones a ver, el cuerdo es Don Quijote, el humano es Mr. Hyde, Teseo, y no el pobre Minotauro, es el malandrín de la comarca. Lo cierto aquí trasciende conceptos de diccionario, encerronas epistémicas, definiciones totalizadoras, es decir, lo real es así o lo irreal es asao y todos felices y a brindar, que se calientan las cervezas. Estás pelao, Wenceslao. Si este mundo fuese una caja de compartimentos estancos, júralo que tres segundos ahí equivaldrían a  la eternidad en los infiernos.
    Lo que soy yo, asumo que lo cotidiano tiene mucho que ver con mi caja craneana, o sea, le pongo desde adentro un toque de sal al estofado desabrido que se desparrama de lunes a lunes, al punto de que dos más dos a veces da cuatro pero en ocasiones cinco. ¿Quién se atreve a decir no? En el comercio diario de sonrisas, garrotes, vilezas, amores o mentiras, construimos significados, elevamos a alturas de vértigo lo cierto y lo falso, lo imaginario y lo que no lo es, única trocha para sumergirse hasta el cuello en la aventura de atravesar los días  con la ñapa de sobrevivir en el intento. Lo anterior es sencillo, pero no trivial, y por ahí se arma el lío que ahora mismo espanto de un puntapié en plena espinilla. Ya lo dijo Savater: “trivialidad es lo que se le queda en la cabeza a un imbécil cuando oye algo dicho con sencillez”. Eso es, no faltaba más.

5/28/2016

En concierto

La señorita Camila toca para Papá.

5/08/2016

Palabras y mentiras

    Imagina que lo cotidiano te desborda. Entonces aprende de una vez: hay algo capaz de trastocar eso que te quita el sueño, que te aplasta la nariz. Toda evidencia cuyo asiento es la realidad haciendo de las suyas, si no te cae simpática puedes esconderla debajo de la alfombra, lo cual no es nada despreciable a la hora de engañar, de sacarle la lengua a los fracasos o crear ficciones a la altura de tus intereses. El lenguaje, créelo, tal es el instrumento con el que miles –caudillitos y politicastros de mala hora-  ocultan el feo espectáculo de resultados ajenos al Paraíso como promesa.
    Ante la voladura en pedazos de un contexto derruido por la ineptitud gracias a fiebres no sudadas, un comunista, un nostálgico de la Guerra Fría o un socialista del siglo XXI, pongo por caso, echan mano de cuellos listos para ser torcidos si el asunto es concretar utopías. Poco importa la terca realidad, lo que cuenta es inventarse una leyenda, narrativa heroica que arrojará sin dudas el sublime saldo tan esquivo en otros tiempos: igualdad, justicia, hambre cero, y demás logros que sólo se materializan en forma directamente proporcional a la sensatez política y económica de gobiernos preparados para cumplir el anhelo mayor de cuanto verdadero estadista accede al poder, no otro que  dejar a sus países en mejores condiciones que antes de su llegada. Corolario: el bienestar se construye, no se decreta, pero cuidado, el mundo también puede edificarse a base de palabras. Y son ellas el arma arrojadiza que un caudillo iluminado suele manejar como le venga en gana.
    Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después conforman la dupla que desde hace casi veinte años movió los hilos de la truculencia convertida en asunto cotidiano. Chávez, maestro de maestros en el arte de la demagogia, supo consolidar sus fantasías, en concreto una red de acciones, de quehaceres entre el populismo más atrabiliario y el disparate atroz, con el punto de fuga sobre la permanencia en el poder. Inauguró sus quince minutos de gloria zambulléndose en las aguas de la palabra, es decir, cambiando una realidad  por otra mediante chasquidos de la lengua. Nació entonces un delirio llamado Quinta República, descocada invención de cuyos pellejos se colgó medio mundo. La realidad como enajenación lingüística, no faltaba más.
    Impulsado por los rugientes motores de un líder carismático, el discurso demagógico paga y se da el vuelto. Hasta que acabe extinguiéndose, ahogado en su particular detritus, estrellado contra el muro que terminan siendo las locuras procuradas en nombre de la redención social, la realidad prefabricada por el verbo incendiario del mago de turno va a erigir los espejismos necesarios para mantener viva la fe, el sueño mil veces postergado de un destino rosadito para el pueblo y sus carencias, tantas veces hecho añicos por esa otra ilusión del verbo que adjudica a terceros la responsabilidad de nuestros males: el imperio, el burgués, el neoliberalismo, el traidor o los escuálidos. Entonces, según la nomenklatura, cuanto pretenda fracturar el noble espinazo de la revolución va a ser enfrentado vía un fulminante plan de lucha. Una contra el enemigo  -la revolución no tiene adversarios- hecho de sílabas, de verbos, de preposiciones, pero sobre todo de frases huecas: guerra económica, inflación inducida, batalla asimétrica, invasión yanqui, capitalismo, pelucones y demás miembros del rimbombante léxico gobiernero.
    Empresarios, escritores, amas de casa, deportistas, intelectuales, estudiantes, nadie escapa al embrujo populista en estas tierras. Mientras un país se despedaza por obra y gracia de un gobierno reñido con la cordura, cierta feligresía todavía aprieta los dientes y cree en la religión chavista. Es que la revolución da para todo, incluso para engañarse a estas alturas. El lenguaje, creador de imágenes fantasmagóricas a propósito de su referente, generador de claridad o confusión según quién lleve las riendas para manipular, es usado  por Maduro  -un ser que al respecto es el pálido reflejo de Chávez o de Castro, sus mentores-  con el propósito de entrampar la realidad, de sustituirla por la imaginería ideologizada, de producir ideas contrarias frente a  la simple evidencia empírica, con ánimo de engatusar  incautos. Yo no soy responsable del desastre, grita maduro, ahí está Mendoza y la Polar. Yo soy apenas una víctima, reclámale al Departamento de Estado. Yo soy como César González, amigo de todos. El ricachón Macri, el paramilitar Uribe, el gringo Obama y el escuálido Capriles han sido los malos.
    La revolución también es un golpe en el vacío, un salto hacia la nada. Un embuste preñado de palabras.

5/01/2016

Teatro

    Así como los escritores proyectan vidas sobre el papel, yo las invento a diario en medio de las calles. Es una costumbre que lleva años, desde el día en que, aburrido, vi en la gente no el ir y venir de un colectivo haciendo diligencias, paseando o yendo de un lugar a otro por motivos de trabajo, sino el hecho fascinante de formar parte de una historia cuyos hilos movía yo a placer desde la acera.
    Me explico: alguna vez imaginé que esa mujer saliendo de su casa, sonriente y dispuesta a devorarse al mundo, en verdad huía luego de asesinar a su marido. Y aquel chico que abraza a su padre (¿es su padre?) mientras en un segundo plano esa niña (¿acaso la hermana?) observa como si nada, en realidad hace las veces de Judas Iscariote en pleno siglo XXI. Traiciona a alguien sin lugar a dudas,  es decir, otra vez la historia mordiéndose la cola. Conclusión: de niño aprendí a mirar los guiños que se cuelan entre escenas de transeúntes, al punto de que hoy por hoy llego a descubrir secretos, verdades ocultas, información clave usando el método infalible que, modestia aparte, me enorgullece haber creado desde que usaba pantalones cortos. No hay mejor teatro que las tablas de un café, de un mercado, de una zapatería. La vida ofrece un estreno a cada instante, actuaciones únicas, respuestas confinadas a permanecer bajo tierra y si te pones a ver, lo cierto es que no hay por qué resignarse a los enigmas que saturan la existencia. Caminas por ahí, observas cómo el heladero tiene que ver con la cajera de la panadería, cómo la carambola entre ellos dos y la chica que justo en ese instante pide su jugo mientras enciende un cigarrillo perfilan el entramado que, si hurgas bien, da la llave para resolver  interrogantes que te hacen la vida de cuadritos. Tienes la ventaja de que en semejante perfomance eres guionista, a veces actor, y por supuesto director.
    Un número cualquiera vislumbrado a través de una ventana, unas caricias en medio de la noche y a la luz del poste en un banco de la plaza, un drama entre amigos que charlan en el bar, eso y más ofrece el proscenio cotidiano que supera con creces a tanto grupo malo empeñado en montajes que jamás valdrán más que un mediocre intento. Así es, el día a día vomita sus enigmas, revela sus entrañas sólo con saber leerlo.
    Leer, de eso se trata. La gente lee en clave de escuela, pobrecitos, en negro sobre blanco. Yo leo a fuerza de situaciones irrepetibles que las circunstancias me ponen enfrente. Leo gestos, intenciones, relaciones, y noto las costuras que vinculan al perro que mueve la cola mientras el dueño lo acaricia con el último crimen ocurrido en la ciudad. Entonces meto la mano en la respuesta. Hay quienes entienden la borra del café, las cartas, el tabaco. Pamplinas. Yo entiendo la puesta en escena que te aplasta las narices y eso basta para ver las cosas desde la otra orilla.
    Haz el intento y verás. La próxima vez que salgas a la calle mira al tipo del kiosco y fíjate cómo el diálogo con  la señora que le pide El Nacional escupe la solución al problema de la bolsa. Te darás cuenta de que ese otro chiquillo, cuando mete el gol luego de cobrar la falta, pateó  la explicación que termina por saltarte al cuello. Gritarás eureka, lo juro.  Hazlo, hazlo y después terminas por contarme.

4/23/2016

La pantalla de mi Sony

    De niño juraba que un mundo como el nuestro existía en lo profundo de los televisores. Para que una película pudiera suceder, gente diminuta en medio de calles, sillas, vasos, casas, vehículos, escuelas, tiendas u hospitales tenía que vivir en las entrañas de esos aparatos. Es que las tecnologías eran cosa de otro mundo, una  dimensión ajena al muchacho que iba siendo. Lilliput cabía hasta las narices en los intestinos del tv y encenderlo suponía un vómito de historias como las que me gustaban.
    Cierta vez, asomándome por alguna hendija, creí ver a Supermán transformándose en Clark Kent y a Tarzán cayéndose a trompadas con una pantera. Cuanto le conté a mi madre sonrió con dulzura y cuando, emocionado, le confesé mi descubrimiento a un amigo del colegio, me miró con desprecio argumentando que un tv era sólo eso, un tv, y que si yo era pendejo él sí que no, pues hacía ya mucho que conocía el secreto de sus cavernas: allá adentro únicamente existen cables, tornillos, bobinas, tuercas y demás piezas aburridas.
    A veces tengo la impresión de que la memoria es un televisor incrustado en alguna región del cerebro, de modo que cuando lo encendemos aparecen en pantalla esas imágenes que nos obnubilan, nos hielan o nos espantan. Para más señas, cogemos el control remoto y en pleno zapping, si hay suerte, damos con la secuencia de unos besos, borrosos ya, probablemente en blanco y negro, o con el nacimiento de Lucía, la última de tus hijas, cuando todavía tenías cabello y mucha esperanza saliéndosete por los poros. En fin, la vida humana tiene bastante de historia novelesca, de puesta en escena televisiva al mejor estilo Delia Fiallo. Quién lo iba a decir.
    Quizás por eso pensamos en imágenes, quizás por eso soñamos en imágenes y quizás también por eso casi es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Total, que no es verdad la letanía simplona de que vivimos una época dominada por lo audiovisual cuyo corolario es el desplazamiento de lo escrito hacia un segundo o tercer plano. Lo dicho: atravesamos tiempos donde la impresión de la pupila marca una agenda que siempre nos coge por el cuello, aún desde los cavernícolas. Moraleja y conclusión: el televisor es la punta de un iceberg que se adentra en nuestra historia y va a parar a los dibujos de Altamira. Mira por dónde van los tiros.
    Así que cuando un sabihondo sentencia con el ceño fruncido que la pantalla de mi Sony es la culpable de la violencia en las calles o de que Juancito no se acerque a un libro, es decir, que no lea ni la o por lo redondo, lo pongo de patitas en la calle al muy cretino. Es que estamos hechos de imágenes, las llevamos embutidas como productos Oscar Mayer en la caja craneana, cuestión que ni es muy buena ni muy mala pero  sencillamente es. Dispongo del gatillo, o del control remoto, que viene a ser lo mismo. Preparo, apunto, fuego.

4/16/2016

La máquina del tiempo

    A veces los relojes se detienen, se adelantan o retroceden como echados en brazos de una máquina del tiempo. Sin ir muy lejos, pásale la vista a Maduro y sus secuaces: la Guerra Fría sigue presente, el Muro de Berlín continúa intacto, Gorbachov queda en el futuro más lejano y Nikita Kruschev hace de las suyas entre vodkas y ginebras con bastante hielo. Los sesenta lucen como nunca en los más tercos delirios que dinosaurio alguno pueda haber soñado en estas tierras.
    A veces el tiempo retrocede, digo, sin más explicaciones que la realidad monda y lironda: un coñazo en la nariz a fuerza de escasez, de colas, de ineptos en el gobierno, de inseguridad traducida en número cada vez más elevado de malandros por milímetro cuadrado. Supongo que gracias a semejante medio ambiente tengo un amigo que únicamente escucha discos de acetato y sólo ve películas en su televisor a blanco y negro, ya sabes, cuatro patas largas y pañito con florero encima, retro por donde lo mires. Para remate, escribe en una Remington y borra con typex o correctores líquidos, de modo que sus dedos llevan siempre salpicaduras blanquecinas producto del asedio a errores, letras, palabras y frases que son en el papel lo que virus y bacterias en el organismo. Menuda realidad.
    Hay gente maravillada, en estado de fascinación permanente porque este mes o el otro va a salir el juguetito nuevo de la Apple, el último grito de la Nokia, el non plus ultra de algunos aparatos japoneses. Mi amigo vive como el caracol que es, metido en su concha, y así como un glóbulo rojo es un glóbulo rojo y nada a favor del torrente sanguíneo chapoteando feliz entre plaquetas, leucocitos y demás adminículos por el estilo, él hace tiburoning en las playas del pasado, corre las olas del celuloide hecho vida cotidiana en súper 8 y cada minuto de su día exige un revelado Kodak, o en su defecto la instantánea polaroid que termina por escupir la camarita y ahí te ves, sonriendo mientras  vas directo a la posteridad.
    Tengo la impresión de que uno inventa su vida como Robert Louis Stevenson inventó sus novelas: a punta de imaginación y terquedad, y por supuesto algo de mala o buena suerte. Por eso mi amigo es un dechado de cosas extrañas, por supuesto, y también fabulosas. Maneja a la perfección el cóctel de la existencia entre retazos de imágenes llenas de telarañas y cabos sueltos hechos de remembranzas que poco a poco va labrando como si fuese un albañil del día a día. Entonces el pasado está aquí y el aquí en el pasado, asunto que sin querer va sonando ya como trabalenguas pero qué se puede hacer, total, si la vida es a veces una lengua trabada, lenguaje hecho añicos, sintaxis sin pie ni cabeza (pregúntale al gobierno) que mejor es dejar de lado para no jodernos el ahora con lamentos o tristezas que para qué te cuento.
    La otra vez fui a visitarlo y lo hallé escribiendo cartas para arrojarlas luego al buzón del correo ordinario. Había algunas en papel de biblia y más allá un cúmulo de postales  -sí, postales, imagínalas tal cual-  con imágenes descoloridas de avenidas, de edificios, de paisajes antiguos que apenas cabrán en el recuerdo. Me emocionó ver a alguien escribiendo la correspondencia de su puño y letra y pensé en qué diría don Pedro Suárez, hombre moderno como ninguno, si conociera a Clodoveo de Brindis Pérez, protagonista de esta historia. Me encojo de hombros y sigo mi camino.
    En un país despedazado como éste la máquina del tiempo estuvo ahí antes de soñarla. Abres los ojos, sales a la calle, despabilas un poco y la tienes enfrente. Quién iba a sospecharlo.

4/10/2016

Escenario psicosocial en Venezuela (entrevista)

Alirio Pérez Lo Presti, más que un amigo, es un hermano. Hicimos amistad desde los días merideños cuando ambos estudiábamos en la Universidad de los Andes y compartíamos vida cotidiana entre libros, academia, literatura, cervezas, librerías, juergas y tertulias que sabíamos cuándo empezaban pero jamás cuándo finalizaban. Dejo una entrevista imperdible que hace muy poco le hicieran a propósito de esta locura colectiva llamada Venezuela.

El link:  http://perezlopresti.blogspot.com/2016/04/escenario-psicosocial-en-venezuela.html

3/27/2016

Julio Cortázar y Carol Dunlop

La historia de amor entre Julio Cortázar y Carol Dunlop. Un documental que debió aparecer en 2014. Aquí un extracto de la obra:

http://cinealsur.blogspot.com/2014/02/documental-julio-carol-los-exploradores.html

2/28/2016

Gente y literatura

    Cuando era niño me daba por vincular ciertos objetos con personas. El Maverick del setenta y ocho tenía un parecido con mi tío Francisco que me dejaba helado. Una caja de chiclets Adams llevaba en sus entrañas el vivo retrato de algún primo, y así. Pues resulta que en plena adolescencia la literatura cobraba fisonomía particular, cargaba adentro parte de la humanidad que iba descubriendo en esa edad donde los días son volcanes en efervescencia permanente.
    Desde esa fecha vislumbré cierta extraña identidad en nosotros, tripartita para más señas, cuyo punto de fuga guardaba un fondo que me fascinaba. Los hombres eran como chorros de palabras, les colgaban del pellejo, de la voz, de la silueta, océanos de historias fraguadas a punta de literatura, nada menos. Eran como géneros literarios, de modo que develarlos poco a poco y desentrañarles huellas dactilares en el alma terminó siendo ocupación que absorbió buena parte de mis horas juveniles. La literatura como antropofagia, un caníbal que a la vuelta de la esquina te engulle sin dar explicaciones.
    Así como sucede en el hecho literario, un ser humano podía ser cuento, ensayo o novela, siempre en función del uso del lenguaje, de la disposición de comas y de puntos, de la construcción del tejido narrativo que terminaba por tragarlo de un bocado. Mi madre era sin dudas novelesca: amplia, anchurosa, con centenares de páginas a cuestas. En ella cabían todos los géneros, tal como demuestra el buen Balzac o el señor Dickens. En ella la vida equivalía a la Gran Sabana multiplicada por mil, al punto de que la comedia humana chapoteaba en el centro de mi casa, hecha carne y hecha huesos haciendo de las suyas por todos los rincones. Hay gente novela, sin la menor duda, condenada a ese papel y punto y fin, y eso no es bueno ni es malo, sólo es.
    Y hay quienes son cuento por donde los mires. Mi amigo Pedro Suárez, por ejemplo. Pedro es poeta, lo sé desde que la amistad terminó atravesándonos, pero lo que él nunca imaginó fue que resultaba un individuo cuento hasta la pared de enfrente. Tensionales y discretos, económicos en léxico y sintaxis, tales bichos sentencian el punto y final en tres párrafos máximo porque saben bien que el universo cabe en un puño, en un pañuelo, en la botella que comparten con quien sepa qué decir y cómo en el momento oportuno, ni más ni menos. Si un ser novela lleva el mundo adentro y lo expresa a cada instante en cuatroscientas veintinueve páginas, uno cuento escupe trazos de la galaxia empaquetados como si fuesen aspirinas. Y ahí te quedas.
    Pero la más rara y por eso la más extravagante es la gente ensayo. Aquí sí que los datos son un abuso de la estadística por aquello de las muestras insignificantes. Es que la cuentas con los dedos de una mano y sobran, mira cómo son las cosas. Sapientes, densos, con actos y gestos cargados de citas bibliográficas, cubiertos de fichas o anotaciones, enterrados en notas al pie y demás aparataje por el estilo, recuerdo a un amigo ensayo que es la viva información con sístoles y diástoles, sabiduría monda y lironda, qué se le va a hacer.
    Lo cierto es que me quedo con la novela y el cuento, cosa rara, porque en el plano de la hoja impresa un buen ensayo me atrapa y no me suelta. En fin, el mundo como biblioteca, como literatura que respira y puedes contemplarla en el café de la esquina y en el bar que está a dos cuadras. El universo entre anaqueles y Julio Verne yendo y viniendo como le da la gana, sentado contigo mientras da el último sorbo a su cerveza. Y Borges, y Garmendia, y Kapucinski entre tequilas y rones con bastante hielo. Quién lo hubiera sospechado.

1/30/2016

El juego de los espejos

    El momento que vive Venezuela es, como ha dicho Maduro, en verdad una tormenta, sólo que este señor confunde frijoles con catedrales. Si la guerra económica es la causa de todos nuestros males, entonces hay poco que hacer: los pérfidos capitalistas apuntan sus cañones contra un gobierno virtuoso que, de no ser por sus magníficas ejecutorias, hace tiempo nos habríamos desintegrado. Sin embargo ya lo sabemos, el origen de esta locura, de la humillación y vergüenza generalizadas, es otro, nada menos que la ineptitud de una clase gobernante que dilapidó una oportunidad de oro para crear riqueza y bienestar a punta de ocurrencias manicomiales.  
    Al día de hoy, una nueva Asamblea Nacional tiene la obligación de contrapesar, controlar y fiscalizar el nido de abusos, de torpezas que supone el gobierno como un todo, aun cuando esa labor lleve en el ala plomo fino de cuanto gatillo alegre crea el cuento de la revolución, del Socialismo del Siglo XXI, del legado de Chávez y demás loqueteras por el estilo. Una de dos: o se saca pecho y se procura en serio un cambio democrático, constitucional, de gobierno, o el gobierno sacará las pezuñas, que para eso las tiene, y cambiará a la Asamblea por un parapeto vacío sin arte, ni parte, ni nada que se le parezca. Ahí nos vemos.
    Salir a flote, salvar la ruta de esta nave que se fue a pique requiere esfuerzos de imaginación, de trabajo incesante, de coraje, que exigirá sacrificios a todos, pero más aún a esa vasta congregación que alguna vez mordió el anzuelo de la trampa chavista, no otra que la promesa del Paraíso en la Tierra, nada menos que a la vuelta de la esquina. Lo que un líder carismático ofrece, con sus variantes populistas, es en el fondo una sola y misma cosa: demagogia, soluciones mágicas, mitos sustituyendo realidades y esperanzas afincadas sobre  un suelo de arenas movedizas. Mientras el hechizo se mantiene, no hay fuerza más poderosa que la unión entre el caudillo y su feligresía, pero cuando aquél se pulveriza porque el Paraíso termina resultando un infierno, el despertar es la conciencia de los vidrios rotos, del incendio y la humareda postficcional, del despecho como duelo en modo político. Hemos llegado a esa instancia.
    ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo orientar los pasos hacia la orilla del reencuentro entre venezolanos, hacia la justicia, el crecimiento económico, el pluralismo, la economía de mercado, la apertura al mundo, la tolerancia y la legalidad? Si algo posee este país es gente preparada que sabrá cómo enderezar entuertos desde tecnicismos inaplazables y desde la ética y la decencia, cuando la pesadilla acabe. Mientras tanto, hay que enfocarse en un punto ya mismo, ahora, antes de que economistas de primera y estadistas con todas sus letras impulsen los cambios urgentes para torcerle el cuello al buitre de la debacle que vivimos. Me refiero a crear consensos. Sin consensos mínimos entre las fuerzas políticas (incluido el chavismo moderado, por supuesto) de este malogrado país, y entre éstas y la población, tengo casi la certeza de que los esfuerzos por deshacer el disparate se perderán en el camino.
    Un acuerdo general alrededor de la democracia, sin adjetivos ni espejismos delirantes, un acuerdo en función del mercado como mecanismo para la generación de riqueza, un acuerdo que vele y respete la estricta separación de poderes y la indiscutible subordinación militar al estamento civil,  son tan importantes como ganar comicios o revocatorios, son tan medulares como  poner de patitas en la calle, por paliza electoral, a Maduro y sus secuaces. Un pacto tácito respetado por la totalidad del espectro político es quizás la única garantía de cambio, de despegue como país, de aproximación al desarrollo a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo para alcanzarlo? ¿Qué adelantamos para llegar a convicciones básicas que permanezcan intocables aunque los gobiernos, como es natural, se alternen? Creo que muy poco.
    Nada desmoraliza más a una sociedad que percatarse de que su clase política actúa en función de horizontes particulares, para sí misma, cuando alcanza el poder. Es lo que ha ocurrido antes en Venezuela, y lo que sucedió con el chavismo durante diecisiete años, elevado a sus más nefastas consecuencias. Urge el consenso, entenderlo y fabricarlo sustentado en puntos clave, en valores que deben mantenerse intactos si pretendemos emular lo que en su momento hicieron España, Alemania, Irlanda, lo que con todos sus tropiezos está haciendo Chile. Sobran los buenos ejemplos al respecto. A ver si de una vez empezamos. 

12/07/2015

Time after time

Excelente versión.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=cAfDnCQLJCY

11/16/2015

Un clásico

Cinema Paradiso, una película de Giuseppe Tornatore.
El link del tema central: https://www.youtube.com/watch?v=mzXMpBrwbNU
y otra versión:  https://www.youtube.com/watch?v=RTy_XOpG2ag

11/11/2015

Discurso, realidad y disparate

A lo largo de este año escribí una columna de opinión semanal para el diario El Universal. En ella traté lo humano y lo divino, aparte del tema político, que por supuesto estuvo presente -sin mayores inconvenientes- las veces que lo consideré necesario. Sin embargo, mi artículo del próximo viernes fue censurado. Las razones para excluirlo resultan más que obvias: el ejercicio de un periodismo cobardón y complaciente por parte de un diario que llegó a ser ejemplo de valentía y ética en su misión crítica y de contrapeso frente al poder. He dado por finalizada mi labor como articulista en esas páginas, tal como de inmediato se los hice saber. Dejo aquí el artículo en cuestión. 

    El lenguaje es un bosque y ahí habita el espíritu de mil cosas. Las palabras son frutos, pulpa y carne, jugo semántico que nos toca exprimir para darle sentido a la experiencia. Hoy en día la debacle lingüística no se asienta en el reducido número de términos que cualquiera usa para comunicarse. No es verdad que la mediocridad en la lengua deriva por ejemplo del poco sex appeal que medio mundo percibe en los libros, qué va, la cuestión supone el peliagudo hecho del vacío de contenidos, o su tergiversación impune: las palabras desinfladas en su quehacer significativo, convertidas nada menos que en su antítesis por obra y gracia de una torcedura que pareciera llegar para quedarse. Pongo por caso: “El ejercicio de la libertad es incompatible con cualquier tipo de presión o amenaza. Nadie en lo personal está facultado para determinar si el derecho a la libre expresión está bien usado o no lo está. Para esa calificación están los Tribunales de la República. Ninguna otra autoridad, al menos así ocurre en este país, puede pronunciarse sobre materia tan complicada y difícil (…) Nada hay que defina mejor la condición en sí de un régimen político, que su actitud frente a la prensa. Si ésta es perseguida, amordazada, silenciada, será un régimen tiránico y despótico”.
    Lo anterior no es un discurso de Capriles, ni dicción rimbombante en Ramón Guillermo Aveledo. Tamaña verdad  tampoco es retórica sutil de algún escuálido fascista, vende patria, imperialista. Nada de eso. Lo anterior, lance una carcajada o cáigase para atrás, nos dice Sanoja Hernández que son palabras de José Vicente Rangel. ¿Que no?, ¿que qué diablos es eso? ¿que si esto es una tomadura de pelo? ¿que cómo va a ser? Pues siendo. Búsquelo y léalo  en  Simón Jurado Blanco: Medidas de alta policía o el “avepismo en la prensa”. New York, Prineo Press, INC, 1960, p. 40, recogido por Jesús Sanoja Hernández en Entre golpes y revoluciones, Tomo II, Caracas: Debate, 2007, p.56. Cuando una verdad única se mete entre ceja y ceja lo demás es ruido y pocas nueces. Desde hace mucho yo, lo que soy yo, desprecio tales certezas por la razón sencilla de que nos automatizan, falsifican la realidad plural, contradictoria, dinámica, en la que me gusta chapotear. Ahí queda por los siglos de los siglos el parrafito de Rangel, hombre cuya verdad es una sola, ya la sabemos, mientras lo demás pareciera no existir.
    En nombre del socialismo se cometen injusticias, abusos que jamás deben ocurrir, ¿y qué sucede?, que el convencido por lo general se aferra con uñas y dientes a su convencimiento. La palabra socialismo, ¿qué significa en el presente?, ¿qué diablos cruza las neuronas de un creyente cuando la política se ha trocado en religión?, ¿qué relámpago de misticismo lo atraviesa en estos tiempos de descreimiento, de cambalache al más puro estilo de Discépolo? ¿Hablamos del socialismo cubano, escandinavo, vietnamita, soviético, francés, español? ¿Hablamos del suscrito por  la  “República Popular Democrática de Corea” (¡nada menos que Corea del Norte!) o el de la “República Federal Democrática de Nepal” o el de la “Gran República Árabe Libia Popular y Socialista” o el de la “República Democrática Popular Lao? Saco de gatos por donde lo mires.
    El gobierno de este país hecho añicos, indigestado con supercherías, obvia la lección política que ofrece nuestro entorno. La realidad, el día a día, dictaminan sobre la falibilidad o no del mandato ideológico. En Latinoamérica, y por supuesto en Venezuela, quienes se han entregado a convicciones negadas, superadas por la historia, acaban aplastados por el dogma religioso que es una máquina de triturar huesos endebles: la ideología a secas. Tal es el modelo típico de esquematismo, de visión unilateral que encarna la triste feligresía que da cuerpo  al stablishment revolucionario.
    Buena parte de la izquierda venezolana fue capaz de doblegarse, de inclinarse sin vergüenza ante un militar que les ofreció el Edén ahí mismo, a la vuelta de la esquina, coartada perfecta para otra vez, como si los relojes no dejaran a su paso la osamenta molida del desbarajuste humano, abjurar en la práctica de la democracia, por burguesa y otras babosadas similares, y rendirse a colectivismos que en mala hora sembraron de fracasos, sangre y miseria a los pueblos que ciegos y esperanzados se echaron en sus brazos.  Mala cosa, muy mala cosa. A ver si alguna vez nos da por aprender. Aunque sea alguna vez. 

11/05/2015

La piel bajo las cosas

    Hay objetos, como ciertos individuos, que llevan una vida doble. Existen cosas en la calle, en la casa, en el abasto de la esquina, capaces de aplastarnos la nariz o darnos un puntapié en plena espinilla cuando menos lo esperamos, cobrando segunda o tercera identidad sin explicación de ningún tipo. Vaya uno a saber cómo ocurrieron los hechos.
    Una mesa, pongo por caso, o unos zapatos viejos. A lo mejor el bolígrafo aquél, la taza en la que bebes tu café por las mañanas, quizás un libro carcomido por los años. Lo cierto es que también la esquizofrenia se instala en un sillón, quién quita en una maleta, y hace de las suyas sin miramientos acomodaticios, por lo que el cinturón que llevas puesto, regalo de tu esposa, de buenas a primeras se convierte en un abrazo, literalmente su abrazo que dura horas, ella colgada a tu cintura mientras tú tan campante preparas el informe en la oficina.
    Si supieras las cosas que puede ocultar un objeto. Dicho y hecho. El tabaco que enciendo en la mesa del café al que llego para escribir esto que lees  es, créeme que es, la extensión del último Bermúdez que fumó mi padre. El humo en volutas forma parte de su exhalación, al punto de que regresa una imagen que no sé si ocurrió o la he construido: siendo un niño de ocho años, vislumbro por primera vez la maravilla de aprender a estarme quieto, empiezo a percibir la magia que supone simplemente contemplar, y ahí está un cenicero y  los restos de un cumanés recién abandonado, su hilo moribundo de humo azul, y ahí estoy, sentado ante la mesa de la sala, absorto frente al cadáver oloroso que el viejo abandonó hace apenas dos minutos.
    La memoria juega al gato y al ratón, lo cual marca el semblante lúdico de cuanto propone. Recordar es necesario, ¿quién se atreve a decir no?, con el añadido no tan bueno de que toda remembranza tiene su carácter, y muchas veces mal carácter, y además platica en voz muy baja, juega al ajedrez a su manera, a la gallinita ciega, a los escondrijos. Tira la piedra y oculta rapidísimo la mano.
    Una taza de café no siempre es una taza de café. La mía, en función de un guayoyo o un con leche, adopta formas que a veces son risibles y en ocasiones inquietantes. Es que si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto, compartirías conmigo tanta realidad babosa en la que allá, en el fondo, sabes que nos movemos. Una taza de café es taza y es amanecer a punto de salir con los niños al colegio, es taza y es olor a grama húmeda pues la abuela te ha ofrecido, hace ya todos los años de este mundo, un bebedizo para calentarte mientras el cielo revienta y cae en forma de aguacero. Mira tú, quién iba a decirlo. Cada objeto viene siendo un baúl sin fondo, así que basta abrir los ojos para asistir al desfile de añoranzas que lleva en sus entrañas. Un desdoblamiento sin contemplaciones, rudo y duro. Una mudanza de pieles a modo de serpiente, que por ofídicas razones termina siempre envuelta en tu pescuezo.
    La memoria suele esconderse justo en medio de eso que ha permanecido entre el corazón y la pupila, todo lo cual supone el arcoiris que te atraviesa de cabeza a pies. Recuerdas con los ojos, con los poros, con la pituitaria, con la lengua y con el minutero, no faltaba más. Ya el doctor Freud se olisqueaba semejante laberinto, fruncía el ceño boquiabierto ante esa maraña, y entonces ahí también quedan los sueños, primitos hermanos de la más pura evocación.
    Qué cosas, cómo son las cosas. Para recordar por supuesto que tuviste que olvidar. Por eso Funes, el memorioso, no tuvo idea de cuánto se perdía. Jorge Luis Borges cometió el acto más ruin contra ese pobre ser: cercenó, amputó, mutiló con precisión de reloj suizo, como si fuera Jack, el destripador de las pampas, a un hombre desde el fondo mismo de su humanidad, es decir, lo expulsó del Paraíso, del entrecruzamiento de reminiscencias en el que felices chapoteamos gracias a la memoria, condenándolo a vagar por los desiertos de la razón sin más. El infierno en la Tierra, no cabe la más mínima duda.
    No hay que olvidar que recordar es vivir, claro. Es revivir, me atrevo a agregar yo. Y en el vaivén de los días elaboramos esa fe de vida sobre la base de reminiscencias, de la relación que establecemos con el primo Leo, con la lámpara del cuarto o con el teclado del computador. No sabes de las cosas que puede ocultar un solo objeto, de lo mucho o poco que al fin y al cabo se agazapa debajo de la alfombra, entre períodos de tiempo dilatados.
    La esquizofrenia de los objetos ata ciertos hilos, tiende una red sobre la que terminas arrojándote mientras acabas el balance contable, mientras das el toque maestro al presupuesto, mientras te enjabonas en la ducha.
    Si tú supieras, mira, si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto.

11/01/2015

Para querer más a Julio

Un documental... Julio Cortázar.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=Yzvj_fbPGv0