7/31/2019

Lo que no sucede


    Compro el diario en la esquina, voy al café de siempre, echo mano de lo necesario para acceder al placer. Americano, vaso de agua, un puro ecuatoriano y el ensayo de Steven Pinker que llevo por la ciento treinta y seis.
    Antes de entrarle al libraco paso revista a las noticias. Entonces veo la luz: un periodismo de lo que no sucede. Eso es, ahí yace el punto de inflexión y todo cuanto requieres para estar más que informado. ¿Quién lo hubiera dicho?, a estas alturas lo cotidiano aplasta como lápida de concreto armado. La actualidad, claro, estilo decimonónico, oficio triturado por los días presentes y por venir, madeja de consecuencias cuyas causas son la presa a cazar, el premio gordo, la gota que completa el vaso. Pues no.
    Eso mismo. No. Imagina ahora un titular así: “En Venezuela no hay epidemia de cólera”, o mejor aún: “Informamos que en la calle mengana del barrio zutano no ha habido una explosión social”, o “Reportamos en vivo para CNN que el ganador del premio Nobel no fue el profesor fulano”. Lo que no sucede en función del día a día por la simple razón de que lo que no sucede también es noticia, coñazo en la nariz, y lo es con mayor fuerza que lo ocurrido ayer o hace una hora. ¿Sabes tú lo que no sucede en este mundo? ¿Te has percatado de cuánta ignorancia llevas en la espalda? Buscas tanto lo que pasa, te desvives tras la pista de lo que va ocurriendo que en el fondo, allá en el sedimento de la información le haces fo a la veta, pateas el oro, obvias como si nada lo que en realidad importa.
    “La NASA no ha puesto a un hombre en Plutón”. Lo que no sucede pasa desapercibido casi en su totalidad, mira qué cosas, por lo que yo, lo que soy yo, prefiero dar en el clavo donde nadie atina. No hay las hambrunas de mil años atrás y las pandemias tampoco matan a más de tres cuartos de un continente en un solo chasquido. ¿Lo ves? ¿Estabas al tanto de lo que no acontece? Suma y sigue.
    “Continúa en pie la torre Eiffel”, “Damasco no ha sido arrasada a metralla”, “Un hombre mordió a un perro”, ahí está, así salta al escenario la nueva forma de mirar el universo con ganas de enterar a fondo, sin amarillismos detestables ni cuentos biliosos de objetividad a ultranza o periodismo creíble aunque todos sepamos que es embuste. Tiene cojones el asunto.
    Un noticiero de lo que no sucede editaría, pongo por caso, un número equis de periódicos en particular cada diez años, o cinco si me apuras, con el cabal objetivo -ahora sí- de ofrecer tubazos  y bombas informativas a punto, trascendentes, globales por donde los mires, que te cagas. Y al diablo tanta tinta, papel y chismorreo del día a día. Joderse, es que hay que joderse. He dicho.

7/24/2019

El hombre que quiso ser otro


    Un hombre se sabe cargado de defectos y no lo soporta. Camina por la plaza, entra a un café, pide un expresso mientras  hojea el periódico y repito que no lo soporta.
    Por un momento imagina al joven que fue, dialoga con él, lo interroga a mansalva y se da cuenta de que no es lo que soñó. “El hombre que soy” -piensa- “no cabe hoy en las entrañas de aquél que dibujé”. Y tampoco lo soporta.
    La chatura de sus días hace contraste, negro sobre blanco, con la imaginación, con sus calles, semáforos y esquinas. Vislumbra escenas, proyecta situaciones, crea ámbitos en los que se siente a sus anchas, partícipe fundamental de mil y una ocurrencias dadoras de sentido, de momentos no escritos acordes con la trama siempre anclada en sus bolsillos.
    Liberarse de ciertos barrotes, eso es. El hombre que se sabe cargado de defectos no soporta la grisura de sus dientes o la poca brillantez de su pelaje, esa opacidad que es como la mantequilla: blanda, untable, capaz de chorrearte por la piel y tú ahí, como si nada, esperando a Godot que prometió llegar al rato.
    La realidad se dedica a aplastar narices y él a destorcerlas en un movimiento rápido de manos, zas zas, como quien abre la llave de algún grifo. Desaplasta narices en tanto inventa mundos, porque vivir cargado de defectos tiene mucho de mueca horripilante y poco de lo que en verdad es en las entrañas. Hacerse un universo, claro, y meterle adentro otro, y otro y otro. Sus mundos: muñecas rusas que la plastilina de lo cotidiano permite patear en las machorras bolas, a estas alturas no pequeña cosa.
    El hombre que se sabe imbuido de defectos no puede soportarlo y es por esto que de la nada oprime el botón de universos paralelos hasta jugar al gato y al ratón consigo mismo. Se sabe cargado de defectos, mediocre y chapucero, al punto de imaginarse el sueño de otro. Entonces lo pellizca para que despierte, le hace cosquillas en los pies, termina por vaciarle un cubo de agua encima. Y nada. Nunca pasa nada.
    Un día frente al espejo mira a alguien que no es él y lo saluda. Ríe, levanta la mano, dice hola buenas. Nota cierto parecido pero ya se sabe que el mundo es engañoso, poco fiable, y empieza a conversar. El hombre cargado de defectos, oscuro y sin razón se planta y dice, deja su impronta frente al otro que responde con una carcajada.
    El espejo hecho añicos es una escena más. Como otras, tantas, tantísimas, que olvida el asunto de inmediato para ocuparse de cuestiones más urgentes. Fue otro, cuando menos lo intentó, en serio, a pulso y desde lo más hondo, pero terminó por ser el mismo. Siempre por completo el mismo.    

7/18/2019

Bichos buenos y bichos malos


    Cualquiera jura que camina por el mundo tal cual es, así como luce en las esquinas. Qué va.
    Siempre me dio por sospechar que no estamos limpios, que carecemos de esa asepsia según la cual yo soy yo y mis circunstancias y lo demás al diablo. No estamos limpios, no somos nosotros mismos en función del contexto al que te debes y no formamos esa unidad indivisible que te hace individuo, único, entero, hasta el final de la historia y se acabó.
    Basta con pensar que andamos llenos de bichos. Hay que ver cómo te caminan dentro y pastan de lo más tranquilos por tu estómago, hígado, riñones y páncreas. Imagínate a un ser microscópico cazando a otros monstruos en los recovecos de nuestros intestinos, considera los modos de reproducción que terminan multiplicándolos en ti, sin complejo ni medida, por las paredes del colon, los entresijos de líquidos y humores y los laberintos de mucosas, babas o masas gelatinosas.
    Por dentro y por fuera están ahí, a sus anchas. Se lo comenté el otro día a Roberto Buenaño Villafría, mi médico de cabecera, porque fui a su consulta debido a molestias en la espalda. Aparte del ungüento y las píldoras recomendó vacaciones, descanso -será cretino este matasanos-, añadiendo que el asunto no era para tanto, que la naturaleza hace bien su trabajo, que lo normal es cierta convivencia en paz entre esa fauna que califico de apestosa y nosotros, cándidos huéspedes que le hacemos la cama.
    Habráse visto. La otra vez leí un artículo bastante ilustrativo en una revista científica mientras esperaba mi turno en el odontólogo y adivina qué, adivina la historia que contaba con pelos y señales. Una bacteria pulula en el ambiente y pobre de ti si apunta y eres el blanco. Se come tu carne, arrasa con tus pellejos, derrite de a poco tu cuerpo peor que el ácido. Como ves, Roberto Buenaño Villafría sabe de estas cosas lo que yo de astronáutica, fractales o parapetos cuánticos y por supuesto que no he vuelto a escucharlo. Hasta aquí llegué con él.
    En fin, que mientras escribo todo esto de seguro un bicho con diez patas y colmillos ponzoñosos hace de las suyas en lo más profundo de mi duodeno. Entra por un oído, pasa directo a la boca, resbala por la lengua como si ésta fuera un tobogán y finaliza de cabeza, en caída libre por el abismo que va a dar al saco estomacal. Pienso en semejante escena y un frío helado me recorre hasta las uñas. Es imposible controlar los nervios, espantar el miedo, no vaya a ser que cualquier día bestias así  me engullan y las cosas se reviertan: termine entonces arrojado a sus panzas -en vez de continuar con ellos en la mía-, a sus caldos, a sus tripas, convertido de seguidas en baba sanguinolenta a medio digerir, navegando entre enzimas, jugos gástricos y asquerosas sustancias burbujeantes. No, eso no, eso jamás.
    Piénsalo por un momento y dime tú qué tal. Nosotros los buenos a merced de un ejército de bichos malos dispuestos a mascarnos de un bocado y después si te he visto no me acuerdo. ¿En qué quedamos?, los llevamos por dentro, los alimentamos a sus horas, les brindamos eso que inocentes ecologistas, defensores de la naturaleza, verdes e infinidad de tontos por el estilo llaman nicho, hábitat, microclima y demás zarandajas parecidas, ¿y al final qué?, ¿cuál será el último capítulo? Lo que soy yo, cuenta con que no estoy dispuesto a que me devoren de ese modo. Nunca tuve complejo de pizza o sensibilidad de sopa de lentejas. Niet. Por eso continúo buscando, preparando el terreno en función de elemental supervivencia. El doctor Horacio Luzurruaga, figura descollante en el hospital Sigmund Freud de la ciudad finalmente me ha dado la razón. Ahí puedo verlo, conmigo, dispuesto a librar los combates necesarios. Por lo pronto, entre el Valium y pastillas para conciliar el sueño sigo pensando en estas lides. Saldremos vencedores, lo tengo por seguro, es que cantaremos victoria de una vez y para siempre.

7/11/2019

Las lenguas escondidas


    Siempre me ha dado por creer en ciertas lenguas ocultas por ahora. No me pregunten por qué, pero hubo un tiempo en el que daba por sentado, abrigaba la seguridad de que en algún lugar de la Mancha había otros modos, sorprendentes instrumentos para decir y decirnos que dejarían pasmado al más aventajado de los lingüistas.
    ¿Qué son las lenguas?, ¿acaso no conforman posibilidades de comunicación tan complejas como fascinantes?, ¿de dónde vienen?, ¿cómo pasan por la historia?, ¿qué podemos o no enunciar gracias a ellas? El asunto, como puedes ver, no es de poca monta. Si una lengua te permite concebir el mundo según su alcance y límites, ¿eres un subordinado a ella?, ¿cabes en la palma de su mano y tu cosmovisión no es en verdad tuya sino un apéndice a imagen y semejanza de tamaña señora? Yo soy yo y mis circunstancias, decía el buen Ortega, y vaya que las circunstancias van siendo aquí más circunstancias de lo que imaginé.
    Con pelos y señales llegué a concebir que esas lenguas estaban ahí, definiendo el universo a su manera. Sólo era cuestión de hallarlas, observarlas, hasta incorporar entonces nuevas formas de incrustarse en esto que llamamos realidad. Imagínate un segundo la escena: chocas de frente con cualquiera de ellas y al cabo de esa sorpresa respiras hondo y decides aprenderla. Vista así la cosa, descubres que tienes un caleidoscopio enfrente, al punto de que semejante hecho se transforma en un golpe seco, iluminador, directo a tu nariz. Las lenguas como herramientas para concebir el mundo tan cambiante, tan colorido, tan multiforme y asombroso como lo son ellas mismas. Un caleidoscopio, sin la menor duda. No frunzas el ceño, tampoco pienses que perdí el juicio. Y continúa leyendo porque diré más.
    Tengo la certeza de que existe alguna con tantos vocablos, tantísimos para meter ahí cuanto te rodea, que la memoria resulta insuficiente por lo que es preciso llevar siempre un diccionario para consultarlo a cada rato. Estoy de acuerdo contigo, una lengua así sería poco práctica, chocante, aburrida hasta la médula, pero qué le vamos a hacer, oculta en la geografía estoy convencido de que aguarda y su hallazgo es apenas cuestión de tiempo.
    Hay otra gracias a la que sólo mencionas un objeto, o lo que te venga en gana, y de seguidas puedes vislumbrarlo ante ti, por poco tenerlo enfrente, y cada palabra que utilizas te hace sentir relieves, acariciar texturas, notar pliegues de mil y una condición. Y otra, sí, otra distinta a las demás pero igualmente asombrosa, cuya seña relevante es la ausencia de sintaxis. Con unos pocos términos puedes decirlo todo sobre cualquier tema, ocurrencia o idea que te aterrice en la cabeza. Y por último sé de otra en la que no tienen cabida sinónimos o antónimos o adjetivo alguno porque categorías así son más que innecesarias: tal lengua inventó la palabra exacta para cada referente, para cada escena o circunstancia que imagines.
    No me lo vas a creer pero repito que ahí están. Si de buscar se trata pues ésa es la tarea: hurgar aquí y allá hasta encontrarlas. Verás que la vida arde en posibilidades y sus realizaciones andarán justo al alcance de la mano. No niego que haya otras, que existan muchas más por cualquier punto del mapa, seguro que sí, pero con las que he traído a colación alcanza. Basta y sobra. Cuestión de dar con ellas y aprenderlas. Cuestión de ponerse manos a la obra.  

7/03/2019

Un amigo perfecto


    Tengo un amigo que se deprime cuando las cosas le van mal. Un amigo cuya relación con la pasiflora, el valium o las pastillas para dormir es directamente proporcional al resultado  de sus procederes. A ese amigo el mundo y sus circunstancias le sacan la lengua para siempre, cosa mala por donde la mires.
    Mi amigo siempre ha buscado ahuyentar el error. Grandes o pequeños, la sola posibilidad de cometerlos supone una mancha inaceptable en su hoja de vida que termina por convertirse en náuseas, dolores estomacales, temblores en las piernas  y cierto tic en el párpado izquierdo que le otorga un aire de bufón versallesco en plena Francia del siglo diecisiete.
    En cuanto a mí, nada me aterra más que lo perfecto. Desde niño huí de semejante condición apenas vislumbré que como fantasma aparecía ante mí y flotaba ajena, extraña, al punto de obligarme a correr espantado. Es que lo tengo clarísimo: la perfección siempre me ha asustado. De las cosas que en verdad logran erizarme cabe en primer lugar esa señora esquiva que tanto busca la gente y por la que demasiadas almas fueron vendidas al diablo que osó pedir algo por ellas.
    A Borges, al gran Jorge Luis Borges lo leí tarde porque en un lejano contacto inicial salí alterado, enfermo, desequilibrado, teniendo la impresión de estar frente a un monstruo  vaya uno a saber de qué dimensión escondida. Sus cuentos perfectos, leídos en la adolescencia, erigieron un muro que con mucho esfuerzo he intentado derribar después. Una mujer perfecta, una sinfonía perfecta, una idea perfecta. ¡Horror! Tienen razón los grandes detectives –Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Auguste Dupin, Philip Marlowe, el Padre Brown-, guardan la verdad en el puño cuando cada uno, sin excepción alguna, menosprecia la noción del crimen impecable. No existe realidad parecida a ese universo cerrado sobre sí mismo con la absolutez de la esfera, refractario al más mínimo equívoco.
    Mi amigo busca la excelsitud en su camino, en los quehaceres del trabajo, en la fatiga diaria,  en la vigilia y en el sueño. Menuda intención, peldaño número uno en la ruta del sanatorio, brinco acelerado en pos de la infelicidad. Ni desafíos abismales, ni esas historias de terror que llegué a leer en la habitación semiiluminada de mi infancia y ni siquiera la destructiva sensación de fracaso que a veces me embarga por completo, nada me horroriza más que el aroma, el tacto o el sabor de lo inmejorable. Lo que soy yo, probé hace mil años el valor de los defectos y la belleza de lo inacabado y, qué delicia, saboreé la garantía de vida que encierra como tesoro en las entrañas lo verdaderamente anómalo, imperfecto hasta la médula. En fin, que lo más perfecto es la muerte. Prefiero los lunares del día a día porque evocan horizontes de satisfacción a mediano o largo plazo, vedados casi siempre por el cutis aterciopelado de lo prodigioso. Me quedo con las uñas descuidadas en plena labranza de los años por venir. Sigo en la faena incompleta de esto que llaman existencia, con e minúscula por si las dudas.
    El bueno de mi amigo sufre de jaquecas y de comezones sin explicación mientras da por sentado que la marea de lo defectuoso baja para él a cada instante en función de sus esfuerzos. Iluso, el mes entrante cumplirá cien años. Vaya vida que se ha venido despachando.

6/28/2019

Las huellas del recuerdo


    Ya se sabe: lo que somos cobra carnadura en función de la memoria. Hasta aquí perfecto, bonita frase. ¿Pero qué son los recuerdos? Entonces cojo el diccionario: “memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló”. Y comienza el librito a jugar al gato y al ratón. ¿Memoria? ¿Memoria de lo que se hace o aviso que se da de algo pasado? Joder, volvemos al principio. ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué es por fin eso que dieron en llamar memoria?
    Tengo la impresión de que recordar pasa por echarse un trago de subjetividad. De asépticos, los recuerdos tienen lo que yo de puro y casto, es decir nada. Guardan en las entrañas más fantasías que hechos verídicos, más de ficción que sucesos contantes y sonantes, cosa fabulosa si entre líneas lo que buscas es inventarte una vida explosiva, colorida, con adrenalina chorreándote por las narices. Un vaivén existencial de puta madre, para que me entiendas.
    Cada vez que recuerdas se te mete el diablo de las ensoñaciones en el cuerpo. Vaya uno a saber si algún día acariciaste tiburones nadando en las aguas de Hawai o te arrojaste por despeñaderos colgado de una cuerda elástica mientras sonreías para una selfie en plena caída libre, pero júralo, hay quienes fraguan sus memorias a base de escenas parecidas, clavo y martillo listos en el taller de efectos especiales que supone cualquier reminiscencia.
    Yo que te lo digo. La otra vez, escuchando una música de antaño, me vino a la mente un sinfín de remembranzas sobre tiempos idos. Puedes creerme o mandarme al cuerno pero ahí estaba con el rifle a cuestas, cruzado el pecho por correas llenas de balas. Cazaba elefantes en África, era mi hobbie, prueba de ello esa cabeza colgada en las paredes de mi estudio. Qué momentos, qué experiencias, vaya manera de pasar las vacaciones. Mientras los amigos engordaban en una playa de Falcón cazuela de mariscos, cerveza en mano y libro de Coelho a punto, yo fabricaba sístoles y diástoles a punta de pólvora y sudor en las estepas. Tenía cojones el asunto.
    La huella de los recuerdos va de la mano con lo que eres, ya lo he dicho, de modo que ni Freud ni Jung ni la madre que los parió, a ellos y a quienes llegaron después, a la hora de las definiciones, las improntas o el territorio marcado que vas dejando tras de ti. Tu olor, tu marca de fábrica, tu sello a fuego sobre la piel son el vivo retrato de todas las quimeras, vuelvo y digo, e implican el núcleo único y duro que te define. Así que no me vengan con mariposeos.
    ¿Otro ejemplo? ¿Más evidencias contundentes? Mírate al espejo y rememora. Piensa en lo que has sido y coge por el pescuezo ciertas evocaciones que revolotean escondidas allá en el fondo de tu propio barro. En cuanto a mí, recuerdo cuando en la adolescencia me armé de valor y le quité el capote a un primo con ínfulas de torero. Él, que estudiaba en serio el arte de la tauromaquia, no terminaba de pararse frente al animal y dar por fin el espectáculo. Entonces bajé al ruedo, le arranqué la muleta y la tela y le pedí muy serio que se fuera. Menuda faena, qué tarde aquella de rabo y orejas. Veo como si fuera ayer las caras de las chicas, sus besos apabullándome, la imagen nítida de no sé cuántas tetas apenas anunciándose entre los escotes, aplastadas contra mi pecho en cada abrazo. Todavía guardo el sombrero de paja toquilla que una de ellas arrebató a su acompañante para obsequiármelo por semejante hazaña.
    La verdad es que toda alusión a propósito de lo que significas lleva metido entre ceja y ceja el herraje para fabricarte cierta estampa a la medida. Terminas siendo el hojalatero de la existencia, de una vida que de lo contrario sería tan chata como la nariz de un perro pug. Hefesto, un moderno Hefesto es lo que al fin y al cabo encarnas, benditos sean todos los dioses.  
    P.D.: Pienso mejor el asunto, le doy las vueltas necesarias y la imagen llega y ahí está, cabeza, capote y sombrero los compré hace mil años en una venta de garaje en Maracaibo.  Las cartas boca arriba porque todo hay que decirlo. Sí, todo hay que referirlo.

6/20/2019

De amplio espectro


    Las cosas que uno vive. El otro día pasaba frente a un quiosco y cuando me detuve por una revista y unos caramelos estaba ahí, a un palmo de mis narices, como metiéndoseme adrede por los ojos.
    Uno en esta vida se da de cabeza con mil cosas. Les conté alguna vez de un periódico en el que sólo aparecían noticias falsas. Pues bien, ahora la historia cobra otra vez pinta informativa pero con la salvedad de que en el diario nada más existen titulares.
    Así como lo lees: titulares. Comenté el asunto con un buen amigo periodista y lo conocía hacía tiempo. “Lo he leído fascinado”, comentó risueño. Adán Astudillo, cuyo olfato  para cuestiones así es el de un súper sabueso, se encogió de hombros mientras explicaba que en los tiempos que nos tocan poco asombra y mucho ocurre sobre el escenario.
    Por re o por fa, porque la velocidad del día a día no da mayores treguas o porque a la gente cierta espectacularidad la atrae como bombillo encendido a los mosquitos, lo cierto es que el periódico que sólo publica titulares ha tenido un éxito sin paralelo. Ni Zygmunt Bauman en sus tratados de sociología, ni el buen Lipovetsky con sus ideas sobre el imperio de lo efímero, ni todos los académicos habidos o por haber pueden dar crédito a semejante fenómeno sin precedentes.
    Lo tuve entre las manos, pagué los tres dólares que pidió el quiosquero y me fui al primer café a leer. Confieso que me agradó de entrada, quizás por la disposición de las imágenes, por la diagramación tan atrayente, por el buen tamaño de las letras, no sé, pero el efecto terminó por recordarme el fuego de artificio, la danza de cohetes, luces y colores que te quita el aliento ante el cielo de una noche iluminada por esos artefactos. Y por supuesto debido al contenido, el cómo se abre frente a ti un mundo de información encapsulada, lista para tragar de un golpe y que dice tanto en tan poco, que sugiere, que insinúa, que culmina en expresión poética, martillazo, bofetada en pleno centro de la noticia como ningún otro medio es capaz de proponer.
    Un periódico que únicamente publica titulares se las trae. Cualquiera podría creer lo contrario porque no hay análisis, no hay opinión, no hay tratamiento alguno de los temas y no obstante lees, pasas las hojas y caes derrotado. Aplastado para ser exacto. Un periódico que sólo publica titulares obsequiando el mejor oficio que puedas figurarte cuando vas en el vagón del tren o muerdes el sandwich que te comes frío mientras hablas con tu novia por el celular y te anudas el cordón de los zapatos. Quién lo iba a decir: qué The New York Times ni qué ocho cuartos, qué Clarín, El Nacional, Le Monde o The New Yorker. Nada de nada, el periódico que sólo publica titulares les da con todo en la nariz, en la madre que los parió gracias a que es una pastilla de amplio espectro.
    De amplio espectro, tal cual lo ves escrito. Como esos antibióticos usados contra un abanico inimaginable de bichos, de bacterias patógenas que tanto daño hacen. Amoxicilina, pongo por caso. O Levofloxacina, moxifloxacina, ciprocloxacina, todos inmersos, esparcidos, fumigados a lo largo y ancho de un periódico cuya tarea fundamental va más allá de la que ofrecen los demás, es decir, toma en cuenta la reunión urgente que tienes esta tarde en el trabajo, la completa entrega que requiere el cierre de inventario aquí en la empresa, los poquísimos minutos disponibles para ir al cine o leer una novela y, en fin, los problemas derivados de andar siempre intentando darle tiempo al tiempo. Como ves, he estado investigando. Como ves, lo anterior no es poca cosa.
    Los antibióticos de espectro reducido apenas actúan sobre grupos pequeños de bacterias enemigas y ahí está la clave, el nódulo basal del por qué este periódico que sólo publica titulares le pateó el culo a sus competidores. Le Fígaro, imagínate, es un diario de espectro reducido. El que te cuento es todo lo contrario, y así.
    Lo cierto es que la química de un periódico tiene bastante que ver con su comportamiento en las calles. Tiene más de lo que te puede pasar por las meninges, asunto vinculado no sólo con el mercado o la sociología -como supone ingenuamente tanta gente- sino con la biología, que es por supuesto lo importante. Quién lo hubiera sospechado. Es que quién lo hubiera adivinado.

6/14/2019

Úslar Pietri y yo


    Conocí a Arturo Úslar Pietri en la Upata de mi infancia. Era yo un imberbe de diez u once años y algunos viernes me daba por ver Valores humanos, espacio de televisión conducido por él y que, vaya uno a saber por cuáles razones, me entretenía, me llamaba la atención y, en fin, me fascinaba.
    Mi madre, celosa como nadie a propósito de la hora en que debía irme a la cama, consentía romper la regla de las nueve y treinta de la noche porque se trataba de “un programa como ése”. Lo cierto es que el nombre de ese señor tan serio -jamás lo vi sonreír-, con lentes, medio tartamudo en ocasiones, se fue  haciendo común, lo mismo que aquella cosa tan extraña, aquel giro tan alejado de lo conocido cuando saludaba a los televidentes: “amigos invisibles…”.
    El saludo de don Úslar me hizo fruncir el ceño. Todas las semanas, hasta la última, se dirigió así a quienes lo veíamos. Yo le daba mil vueltas al asunto, intrigado, confundido, y te cuento que me obligó a pensar. Recuerdo con nitidez la primera vez que escuché semejante lenguarada. Levanté las orejas como perro alerta, aguijoneado por el golpe seco de una frase tan cogida por los pelos, y opté por llevarla a la mesa de disecciones. El único objetivo fue despanzurrarla. “Amigos invisibles…”.
    Entonces descubrí estupefacto que las palabras no eran diosas inviolables ni señoras tan serias e iracundas -ay de ti si escribías halgodón, prinsesa o ervívoro en los deberes de la escuela-. Tuve la impresión de que el lenguaje era materia moldeable, que podía ser un aliado si sabías tratarlo, si le plantabas cara y te imponías, tal como pasaba con los guapetones del salón de clases -que asustaban mostrando los colmillos hasta que te armabas de valor, no expresabas miedo, los enfrentabas y ya, listo, el cambio era de ciento ochenta grados -. Fue Úslar Pietri  el primero en enseñarme a leer de otra manera.
    Valores humanos se transformó en un espacio para la aventura. El maestro se quedaba ahí, sentado, hipnotizándome con sus palabras y yo acostado en mi habitación oía mientras soñaba, mientras me sentía protagonista de esas historias parecidas a las de los suplementos que compraba en el quiosco de la esquina. Qué duda cabe, Úslar era un prestidigitador de lo oral, especie de moderno Homero cantando las hazañas -o torpezas- de la humanidad. No olvido un episodio en el que habló de guerras. Se refirió con pelos y señales a la posibilidad de que una tercera guerra mundial ocurriese. Dio detalles, especuló acerca de la vileza, del mal trocado en ejércitos enfrentados y armas nucleares, conocí  un vocablo nuevo: armagedón, pintó el cuadro terrible de las consecuencias al respecto y, por último, se detuvo frente al día después, la nada que significaría el fin de esto que llamamos vida. Confieso que el terror me engulló por completo. Un frío helado me recorrió hasta las uñas. Me fue imposible dormir, no tuve paz en muchos días sólo por imaginar el acabóse, el hecho tristísimo de no ver de nuevo a mis padres, a mi familia, a mis amigos. Pasaron semanas hasta que por fin, ya ni recuerdo cómo, volví poco a poco a ser lo que era, a acariciar la normalidad.
    Claro, Valores humanos era una novela de aventuras y era también, a veces, un cuento de terror. Pasado un tiempo esa novela y ese cuento los hallé otra vez en su columna Pizarrón, los domingos en el diario El Nacional. A partir de ahí el periódico me acompañó siempre. Todavía hoy, cada vez que me entrego a la tarea frecuente de leerlo me asalta la imagen del escritor cuyas historias me cogían por el pescuezo así luchara en contra, así intentara develar a base de neuronas el misterio de su embrujo, así me propusiera no caer en la trampa.
    Luego, transcurridos otros años, di con sus ensayos de más largo aliento. Los leí todos con el mismo afán aventurero y no me defraudaron. Siempre he creído que el Úslar Pietri ensayista ha sido el gran traductor, el anatomista de la realidad venezolana, esa que contemplamos en la superficie, en el día a día pero que no vislumbramos en sus profundos vínculos con algo más, con el tiempo y la historia que hemos construido y los seres que le dan perfil. Ahí encontré el espejo que devuelve maltrecha la mirada, que golpea a fondo con la misma curiosidad e incertidumbre con que es interrogado. Los ensayos de Úslar son respuestas que se trocan en preguntas y luego otra vez en respuestas y así, en una espiral ascendente que produce vértigos, espasmos, vómitos y la necesidad de reflexión a como dé lugar. Su obra te pone a pensar y se acabó, te obliga a darle vueltas a esta realidad que es la Venezuela del presente, siempre a la luz del trajinar que antes y ahora protagonizamos. Sólo en su trabajo de ficción lo sentí ajeno, otro, un hombre diferente al que hacía rato creía que conocía.
    Habrá que volver al Úslar pensador. Por desgracia no ha sido valorado con el suficiente celo que sus razonamientos ameritan. A pesar de que fue celebrado como el gran intelectual venezolano -quizás el último de una estirpe conformada por Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry y algunos otros-, tengo casi la certeza de que tamaña celebración ha sido más fuego de artificio que conocimiento verdadero. A Úslar hay que sacarlo de las catacumbas, quitarle el almidón, desplancharlo, ya que muchos se dieron a la tarea de engominarlo, de petrificarlo. Sacudirle el aire de estatua, esas que envejecen olvidadas, cagadas por las palomas. Es preciso leerlo y releerlo, estudiarlo, interrogarlo, para que al fin y al cabo el diálogo construido suponga un toma y dame en función de cuanto hemos sido y vamos siendo. Las ideas de Arturo Úslar Pietri siguen tan vivas como siempre.
    El muchacho que lo descubrió en la tele permanece ahí, con ganas de otros hallazgos cada viernes. El muchacho del que hablo vive en Maturín, en Güiria o en Tucupita y ojalá dé con él, lo encuentre otra vez, siempre desde la sorpresa, la curiosidad, la magia y el disfrute.    

6/06/2019

Gargajos en las aceras


    Leo esa frase en un libro de Paul Auster y sonrío. Me parece que semejante imagen es una metáfora brillante del mundo y sus alrededores. Ahí está el anverso y el reverso, como pretendo sugerir, de lo que construimos a base de experiencias: gargajos/arcoíris, excrementos/manjares suculentos, tempestades en las noches/dulces atardeceres.    
    La verdad es que una acera refleja el universo. Cabe en ella un microcosmos sobre el que leer la fea o hermosa historia del bicho humano a su paso por el tiempo. Tu impronta, la mía, la de todos penetra, como clavadista en el agua, la superficie áspera de una acera que para la mayoría es sólo soporte, lugar donde arrastrar los pies con más pena que gloria.
    El otro día caminaba con Daniel entre la Foch y la Wilson y una flor machacada yacía en el suelo junto a una lata de cerveza. ¿Qué significa? ¿Qué supone un cuadro así? ¿La nada, la muerte, el gris absoluto de lo que ya no es? Luego, dos cuadras más allá, una moneda de veinticinco centavos apenas lograba distinguirse bajo una fina capa de arenilla. Mi hijo pudo verla, corrió feliz hacia ella y la guardó en un bolsillo. ¿Qué significa esto otro?, ¿qué de fantástico encierra este encuentro? De todo, hay de todo en la acera dispuesta como si nada en las orillas de la calle.
    ¿Es de antemano detestable un gargajo en plena vía? Lo es, claro, pero si te pones a pensar  existe ahí un tono, una gradación cromática que obsequia colores jamás vistos. Esputos de matices infinitos, de verdes a amarillos a morados abriéndose en abanico sin principio ni fin. La acera otra vez haciendo de las suyas, encaramada sobre el hecho sorprendente que la transforma en entraña, tubo digestivo por el que atraviesan el hombre y sus circunstancias.
    Dice el diccionario: Acera: “Orilla de la calle u otra vía pública por lo general ligeramente elevada y enlosada, situada junto a las fachadas de las casas y particularmente reservada al tránsito de peatones”. Mentira, el diccionario es un máquina de fabricar embutidos, salchichas de ardides de todos los tamaños. Y para remate: Gargajo: “Mucosidad formada en las vías respiratorias que se expulsa por la boca”. ¿Habráse visto tamaña necedad? ¿Puedes creer ficción de tal calibre?
    Acera y universo o gargajo y esmeralda, ahí está el detalle diría el buen Cantinflas. Un gargajo en una acera implica dinamita a punto de estallar, lo cual trae a colación eso de que vivimos a expensas de ciertos mecanismos muy bien aceitaditos, o lo que es lo mismo, piezas de relojería únicas, algo así como la “patafísica del escupitajo”, con perdón de lo pomposo.  
    De buenas a primeras un gargajo es a una rosa lo que sobaco a diadema, consideración arrastrada por los pelos en medio de este caleidoscopio que es la calle. La escatología de la vida cotidiana danza entre engaños y verdades relativas porque, dime tú, ¿qué es más asqueroso, un salivazo flemático en la acera por la que transitas o la predecible, expectorada respuesta de algún hijo de puta ante cualquiera que muere en una esquina?
    Un gargajo en una acera guarda adentro más respuestas que mocos dando grima. Un gargajo sobre el lienzo de la acera marca a la perfección buena parte de la historia que hemos tejido a fuerza de dentelladas, golpes bajos o sacrificios de mil y una raleas. Un gargajo, qué más da, llave maestra para irnos descubriendo con el lente de lo contemporáneo, del aquí y el ahora, a plena luz y sin muchas náuseas que digamos, siempre con el arma en la sien de eso que alguien denominó género humano.

5/31/2019

La magia del día a día


    Un niño puede darse de bruces con la maravilla de vivir. Estar consciente de que sus días son en verdad la caja de resonancia de lo fabuloso. Lo descubrí hace una punta de años y hoy, leyendo a Hustvedt, lo he recordado a plenitud.
    Las comiquitas de la tarde hicieron lo suyo. Sin embargo lo asocias en el presente con la alegría que te produce el descubrimiento de algún libro, uno que muerde y no suelta hasta destrozar, algún pitbull de la literatura que de cuando en cuando ataca sin misericordia. Entonces eres presa, eres insecto engullido por cierta planta carnívora y sabes que no existe escapatoria.
    Fue en la niñez cuando tuviste conciencia de vivir y del esplendor que puede llevar consigo. Fue en aquellos tiempos cuando empezaste a saborear su miel y te decías, asombrado, que la vida era la mejor ocurrencia de Dios.  Aprendiste -ahora no podrías explicar cómo- a diferenciar lo sencillo de lo recargado, lo importante para ti de lo insignificante. Te ves subido a una mata de guayaba, deambulas por sus ramas, te acomodas, te instalas sobre una de ellas, la más sólida a tu juicio, y comes las frutas, maduras, apetecibles, y sientes después un golpe de brisa que te acaricia el rostro y te despeina y vuelves a repetirte que momentos así no tienen desperdicio. Contemplas, conversas contigo mismo, pasan las horas, hasta que recuerdas el colegio y las tareas pendientes por lo que corres a tu habitación para acabar tus deberes.   
    Eres capaz de abrazar la soledad y en instantes como ese la felicidad entra a borbotones. Te acostumbras a atesorar circunstancias, te empiezas a dar cuenta de que la alegría puede ser fabricada con las manos, con los materiales que encuentras a tu paso. Poco a poco vas otorgando más importancia a todo ello y aún en los días que corren piensas que ser feliz pasa por sostener en la cuenca de las manos verdades parecidas.
    Ahora mismo dejas de escribir, colocas el lápiz a un lado y ves a un niño observando por la mirilla de un caleidoscopio que alguien le ha obsequiado. Ese niño eres tú y en ese milisegundo llegas a comprender que el mundo no es como siempre has creído, que cambia, que lo que te han vendido como realidad y que supones inamovible puede de pronto estallar en mil pedazos,  transformarse en otra cosa, en otras formas, como el caleidoscopio que llevas en las manos. Lo que te alegró al principio termina por entristecerte porque supones que todo es relativo, piensas que nada es lo que parece, y te dices, desconcertado, que el día a día guarda entre las muelas mucho de espejismo, bastante de ilusión a cuestas. Es la primera vez que vislumbras la precariedad de las cosas.
    Sueñas. Con el paso del tiempo aprendes a soñar despierto, no en plan de papanatas -o sí- sino en función de registrar, de percibir por debajo de la alfombra, es decir, de hallar aristas escondidas que de buenas a primeras saltan a la vista al enfocar de otra manera. Descubrirlo, sentirte frente a frente ante este nuevo modo de andarte por ahí hace otra vez que te alegres, que te sientas como un explorador en plenas calles, en plena escuela, en plena reunión familiar o en plena charla con los amigotes.
    Piensas en aquellos tiempos idos, treinta y cinco, cuarenta años atrás, y agradeces al niño de ese entonces por la lección aprendida. Reconoces sus improntas, identificas cómo has llevado sobre las espaldas cuanto hallaste hace tanto y te dices hay que ver, en el fondo seguimos siendo bastante parecidos aunque Heráclito tenga razón, aunque jamás nos sumerjamos dos veces en un mismo río. Y luego sonríes, y enciendes un tabaco, y coges otra vez el lápiz y sigues escribiendo.

Hay que ver


    Hay que ver. Hay que joderse. Uno apenas responde ciertas interrogantes, íntimamente vinculadas con nuestra cotidianidad, con lo que somos, y las responde temblando. Son respuestas cargadas de incertidumbre y de dudas, formas que intentamos dar a eso que nos tuerce el pescuezo y que de algún modo exigen explicación, atención. Nos piden algo qué decir, y lo que decimos quizás anda más cerca del embuste o del autoengaño pero qué se le va a hacer, terminan siendo soporte, apoyadero, hombros sobre los que pretendemos empinarnos.
    Entonces hojeas una revista, lees algo en Internet y ahí está, sientes el puño en la nariz reventándote los cornetes. Miren ustedes el titular que me aplastó el otro día las fosas nasales: “La respuesta a todos los misterios del universo”. Es que tiene cojones el asunto. Imagino que semejante atrevimiento debe ser uno divino, cercano a la santidad o cosa parecida, lo cual supone ya un doble coñazo -el del título, claro, más sus implicaciones-.
    Tengo la impresión de que informar, lo que se llama hacer periodismo de raza, es actividad venida a menos en el vecindario. Importa el gancho al hígado más que el tratamiento informativo de la noticia. Si un titular estimula la curiosidad haciéndose llamativo por el titular mismo, eso es lo rentable, equivale al criterio sine qua non para darle alas al punto y ya, anúncialo que su opuesto es ínfimo en la escala de lo mediáticamente suculento, siempre a ojos de estos señores cuyas directrices confunden la gimnasia con la magnesia, es decir, información seria y bien trajinada con simple propaganda y se acabó.
    El artículo de marras pretende dar cuenta de los agujeros negros, esas oquedades tan de moda por estas fechas, y en él se afirma que “es allí donde espacio y tiempo se funden”, y los científicos entonces “esperan encontrar las respuestas a todas las preguntas que lleva haciéndose el ser humano”. Menuda pontificación, vaya lenguarada tan cogida por los pelos.
    Lo que soy yo, me río y estoy seguro de que el día en que respondamos a esas pregunticas estaremos definitivamente muertos. Fríos y tiesos como un fiambre, para ser preciso. Decía Ortega que “yo soy yo y mis circunstancias”, y créanme que las circunstancias juegan al gato y al ratón, cambian, van y vienen, se transfiguran como mejor les sale de la entrepierna y de paso inciden, como nada y como nadie, sobre las respuestas que en función de esto o lo otro se viene haciendo el bicho humano. Lo que soy yo, vuelvo y repito, me río a mandíbula batiente y me pregunto de seguidas sobre qué diablos  nos pondríamos a hacer luego de que contestáramos a la última entre las últimas interrogantes existentes o por existir. O sea, o sea. Y lo mejor: después de tener el cuestionario muy respondidito alguien se encogería de hombros, se rascaría el cogote y espetaría como si nada: ¿y ahora qué?
    Nacería así otro misterio, continuaría el enigma de la condición humana, levantaría cabeza el número infinito de signos de interrogación atravesando nuestras cajas craneanas. Pero en fin, es que hay que joderse, compañero, es que en verdad hay que joderse.

Chávez, Maduro y la mafia


    No cabe duda de que progresamos moralmente. La civilización consiste, entre otras cosas, en percatarnos de que hay valores por los cuales precisamos entregarlo todo.  Nos damos cuenta de que existen formas de vivir que enarbolan pulsiones capaces de enaltecer la humanidad. Hoy en día muy pocos osarían defender la esclavitud sin que les temblara un pelo del cuero cabelludo ni la autocracia como mejor forma de gobierno por encima de esa dama a veces tan esquiva que los griegos llamaron democracia. Esto únicamente que por darles dos ejemplos.
    Lo que pretendo decir es que en los tiempos actuales, por más hijo de puta que sea el bicho humano, gozamos de mayor libertad, de mayor igualdad que cuando Aristóteles, Bentham o Locke nos iluminaron con sus reflexiones acerca de la moral. Y por si acaso, no nos engañemos: lo anterior, aparte de cierto, no equivale al quebradizo axioma de que en el presente seamos mejores personas, pongo por caso, que quienes nos antecedieron en la Grecia Clásica, en el Medioevo o el Renacimiento. Perdónenme pero qué va.  Así, por mucho que el progreso moral haya dicho hola buenas, aquí estoy, más de uno se las arregla para sacarle la lengua, retorcer el asunto y, si los dejamos, ponerle una jaula a la libertad, un kalashnikov en la sien a la igualdad frente a  la ley y dinamita sin complejos a lo que huela a democracia.
    ¿Ejemplo para ilustrar el punto?, la satrapía de Venezuela, por no ir más lejos y porque me toca los cojones ya que vivo afuera pero soy uno más de ese país.  Chávez, Maduro,  Cabello, El Aisami, los hermanitos Rodríguez, William Saab y el resto de los criminales que han demolido, a base de muerte y latrocinio, cuanto hasta hace poco fue tierra próspera y de sueños, están ahí para corroborarlo. Todos se creyeron, se juraron beatos, portadores de un ideal cogido por los pelos que es el  famoso hombre nuevo. Un ideal harto manoseado por la izquierda carnívora  latinoamericana -Montaner dixit- abstracto e interesado, que deambula a sus anchas como gato sobre tejado gracias al blablablá de semejante corporación ideológica. La izquierda borbónica, según el buen Petkoff, que ni olvida ni aprende.
    Supone ésta, y cómo iba a ser de otra manera, valores inamovibles -jamás especifica cuáles salvo el consabido estribillo de lugares comunes- que de plano otorgan superioridad moral traducida en epicentro del progresismo que bajará el Paraíso a la Tierra. Sobre esta farsa, cuyos resultados aseguran el desastre, la izquierda en cuestión se ofrece almidonada y perfumada,  bellamente empaquetada en las vitrinas del mundo y el mundo -occidental para mayor escándalo-  cae rendido ante las luces de bengala. El fuego de artificio que estos vendedores de humo esgrime sirve como trampa mortal que, de acertar y llevarlos al poder, culminará en el triste final de los platos reventados cuando menos, y cuando más en la tragedia que padece el pueblo venezolano.
    Por supuesto que el progreso moral es característico de la civilización y es una conquista que da cuenta de la vida, de la convivencia pacífica en la diversidad, de la igualdad frente a la legalidad, de la democracia y de los Derechos Humanos. Pero lo otro también existe, es decir, la contraparte de la moral y el civismo, esa que muestra los colmillos apenas parpadeamos. El carnicero Maduro, Padrino López o Pedro Carreño son el ejemplo más cercano en pleno corazón de América. Creo que no llegarán a buen puerto.

Cortázar y yo


Buenos Aires, año cuarenta y uno: si no me equivoco, cuenta Leila Guerriero que la librería Viau era lugar para el encuentro de intelectuales, lectores, gente de la cultura y demás bichos librescos. Quito, año dos mil diecinueve: Juan Valdez de la Foch, libre en la universidad por ser día del trabajador. Cargo la pipa con tabaco ecuatoriano, “Raíces”, para más señas. No es lo mejor pero qué más da, siempre se agradecen algunas bocanadas mientras un americano con azúcar morena acomoda el terreno para echarse a leer como Dios manda. Traigo conmigo el primer tomo de las cartas completas de Julio Cortázar -por un ojo de la cara compré hace poco los cinco volúmenes y créeme que van siendo una delicia- y en eso ando, página 121, misiva a su amiga Mercedes Arias fechada en Chivilcoy, trece de julio.
El calor pega más fuerte que de costumbre en una ciudad donde la temperatura media obliga a abrigarse a diario y al paraguas. Desde la mesa escucho a unos árabes charlar y gesticular como italianos y a un nórdico en claro alarde de su geografía -lleva pantalones cortos, simple camiseta y sandalias en estas tierras del trópico, según la lógica que probablemente sigue-. Una mujer con sobretodo en los brazos, vestido diminuto, muy ceñido al cuerpo, entra junto a una chica que parece ser su hija. Piernas hechas a mano, paso de pantera, tetas incendiarias.
Leo y la prosa del argentino me agarra por el cuello. Tenía Cortázar esa cosa que sólo llamo talento, oficio, habilidad para decir con el lápiz, poder para doblegar a la palabra. Como si el libro fuese un espejo y como si yo fuese Alicia en el café de las maravillas, no puedo escapar al embrujo, ni quiero, ni lo intento. Entonces pienso que Buenos Aires es una ciudad cosmopolita, quizás la más literaria de América Latina. La librería Viau resulta ser como la he imaginado, sobria, sencilla, modesta, con aparadores y anaqueles que ofrecen material al alcance de cualquiera. Puedes tomarlos, hojearlos, leer un poco y devolverlos luego a su lugar y aquí no ha pasado nada. “Sin compromiso”, suele la gente decir en estos tiempos.
Ahora sí, como Alicia en el país de las maravillas recorro sorprendido el espacio, absorto en el paisaje, literalmente encantado, metido de cabeza en este lado del espejo. Viau produce la extraña sensación de ser y no ser, de estar y no estar, asunto chocante en un principio pero que de seguidas hago a un lado. Es lunes, es de mañana y se aproxima el mediodía, no me pregunten por qué pero lo sé. Es lunes y es de mañana, se acerca el mediodía y la gente entra, sale, algunos compran, otros nada más conversan un instante, fuman, comentan idioteces o cosas interesantes con libros y estanterías a modo de escenario. Música, jazz al fondo -Sidney Bechet, William Lee Conley- y literatura que flota en el ambiente al mejor estilo de un cuento de Cortázar, de El perseguidor, pongo por caso, o de Rayuela, ponte tú a pensar.
El Juan Valdez continúa como si nada, vibra en medio de la tarde. Enciendo otra vez la pipa, doy un sorbo al café que empieza a enfriarse y el muchacho de pie, al fondo del pasillo, toma un ejemplar y lo escudriña como entomólogo ocupado en tareas de disección, de estudio, de clasificación, cosas así. Desde mi metro ochenta y tres calculo sus diez o quince centímetros de más. Doy otra chupada, siento el humo haciendo de las suyas, jugueteando entre mi lengua, mis dientes mis fosas nasales, e insisto perplejo en observar. El entomólogo con su libro entre las manos es a su vez la libélula o quizás el lepidóptero que tengo justo enfrente. Blanco, muy lampiño, serio, bastante formal, devuelve el libro y da unos pasos más allá, con la intención de posarse sobre otro, de olisquear, de hacerlo suyo. Lo saca de su sitio y sin alejarse demasiado me doy cuenta de que se detiene en la contraportada.
Siento curiosidad por la obra de Borges, quiero de pronto preguntar por Borges en este sitio mítico, aprovechar que estoy en Viau porque con toda seguridad debe haber algo aquí que seguramente desconozco. Cierta edición rara, algún ejemplar inencontrable, en fin. Entonces me decido a preguntarle, dirijo los pasos hacia el jovencito que no se ha percatado de mi cercanía para intentar charlar un rato, convidarlo a un café, solicitar su orientación en esta maraña de textos, en esta librería que apareció como si nada.
Vuelvo a la carta. En el Juan Valdez el calor sigue apretando. Mercedes Arias, por lo visto, fue una amiga con quien Julio Cortázar, veintisiete años a lo sumo, se sentó más de una vez a charlar, a entregar sus horas sin remordimientos y a compartir lecturas. Acaba las líneas, termina de escribir a su destinataria, se despide con educación extrema y luego firma. En el antepenúltimo párrafo apunta: “¿Leyó The murder of Roger Ackroid, de Ágatha Christie? ¡Léalo! (pero ni se le ocurra espiar el final; pegue con goma las últimas páginas si la tentación le asalta). Lo encontrará, muy barato, en la colección Pocket Book (EE.UU.), también en Viau. (Usted va a creer que mi amistad hacia la gente de esa casa  me obliga a hacerles propaganda; la verdad es que yo compro casi todos mis libros allí y que su colección de libros en inglés es extraordinaria). Si usted quiere, ¿por qué no va allá algún lunes de mañana, a las once u once y media? Suelo andar huroneando por los estantes, y podríamos ver algo juntos”.  Me quedé de piedra. Lunes, lunes en la mañana cercano el mediodía. Comprendí. Cerré el libro, chupé largamente de la pipa y me dediqué a hurgar el horizonte.

4/12/2019

La memoria de lo que seremos


                                                                                                 
                                                      Para Camila
    
    Hoy vengo con el pasado y el futuro metido entre ceja y ceja. Mientras hojeo la última novela de Paul Auster  en el Sweet&Coffee  de la Foch, Camila hace de las suyas con una biografía de Malala. Se concentra, se toma en serio cuanto lee, de modo que la observo de reojo, miro sus gestos, casi puedo tocar la paciencia con que se desmigaja entre párrafos  y letras.
    Lo disfruta a plenitud, hecho clave cuando se trata de leer. Coger un libro, acostumbrarse a ello, llenarse hasta los tuétanos de cariño y pasión por lo que encierra y por lo que te puede brindar si buscas  la conexión necesaria es un asunto que requiere placer, mucho placer de por medio. Jamás alguien podrá echarse en cuerpo y alma a la lectura -lectura de verdad, con la piel, los dientes y las uñas metidos de lleno en la batalla por el goce en medio de un cuento cualquiera-  si no ha vivido en carne propia el vértigo de lo que implican las historias bien contadas, los versos que golpean el fondo de ti mismo o las ideas que como ensayos, pongo por caso, terminan incendiando tus certezas.
    Entonces pienso en las veces que le he escrito. Desde que llevó pañales he rasguñado el papel con ella en la mirada. Hoy, como ven, he vuelto a las andanzas, así que no me pidan demasiado: soy un padre con ganas de charlar, de decir oye tú, mira esto  y aquello y a quien tengo enfrente es nada menos que a mi hija. Dénse pues por enterados.
    Tengo la impresión de que los artículos que escribí antes para ella encierran una constante, llevan una línea meridiana: de alguna manera Camila se reflejaba en mí. En lo físico, en lo espiritual, en lo intelectual. Hoy no es que semejante condición haya desaparecido por completo -créeme, chiquilla, que me fascina que en ti haya algo de mí y que en mí encuentre tantísimo de ti- sino que en el presente ha modelado mucho más su arcilla, esa que la hace justo lo que hoy va siendo y deja entrever cuanto se consolida. Su idiosincrasia, su forma de entender el mundo, las vueltas que da antes de decir sí o pronunciar no.
    Fíjate que he escrito “lo que hoy va siendo”, y es eso lo que me arrastra a hablar de ella. Sabe de sobra cuánto me gusta cómo compartimos, es decir, esos modos que nos permiten, a través de la literatura por ejemplo, movernos en un plano que no puedo explicar del todo, que procura y permite la más hermosa conexión, que me da paz, equilibrio, felicidad a tope, lo cual sé que también comparte de pe a pa. Ya no es la niña con quien hacía de ciertas tardes una historia novelesca. Ahora miro pasar sus ojos sobre las páginas en este café que es trinchera para ambos y veo la escena que me acelera el corazón, veo a una chica sensible, a sus quince años, que mastica palabras, muerde y selecciona lo que otros pueden decirle,  da un puntapié o un abrazo a ciertas propuestas que nacen ahí, en el fajo de cuartillas que guarda entre las manos, para después incorporarlo todo a sus formas de estar, de sentir, de respirar, de razonar. No sé si soy claro, pero es lo de menos. ¿Lo de más?, el hecho de que ambos podemos comprendernos a partir de silencios que expresan demasiado en un instante que asimismo es fogonazo.
    Te gusta la música, cariño, y te gusta el cine, te gustan los libros, que has aprendido a escoger en función de tu real gana, y cada vez que te descubro en ese plan imagino el adulto que serás en una mirada prospectiva. Entonces pasas las horas, los días,  sumergida en el escudo que te labras a prueba de necios, mediocres o vulgares, que de todo hay y a borbotones. Porque tienes que saberlo, la literatura o la pintura son acero contra la miseria, en cualquiera de sus expresiones, y que se vayan al infierno quienes las vislumbran lejos del aquí y del ahora,  ajenos al sudor o los jadeos de la vida cotidiana, monda y lironda, que a todos nos aplasta.
    Me contenta verte deshojar las margaritas, no como si fuesen cuentas de rosario sino todo lo contrario: a punta de darle cabida a esto otro que resulta clave para una vida plena, o sea, el arte, el pensamiento, lo que va fluyendo por debajo de las cosas que en verdad importan. En fin, eso que a falta de un nombre mejor dieron en llamar cultura. Afinas la mirada, apuntas, disparas, y tus balas van directo al corazón, a lo que eres, a cuanto serás, lo que no es poca cosa tal como anda el patio en estos días.
    Ya ves, hoy me ha dado por decirte, por pensarte en voz alta y en modo papel. Modo tecla, para ser exacto. No me pongo cursi -aunque quién sabe- ni tampoco ridículo -creo yo- en medio del oleaje embravecido, entre vaivenes con sístoles y diástoles aceleradas, y si me equivoco quieran los dioses que al leer  sonrías y pases el explosivo que llevas como inteligencia justo por la línea de flotación que sustenta esto que escribo. Es una delicia, si supieras, imaginar que me lees y acto seguido frunces el ceño, achinas los ojos, preparas la carga y al final heme aquí, volando por los aires.
    Hago un ejercicio futurista y apareces hecha mujer, con el toro cogido por los cuernos. Así me gusta soñarte, libre, indagadora, capaz de pegar un sujeto con un buen predicado y decir tus verdades más allá del contexto y del individuo bien plantado o el bueno para nada que se te ponga enfrente. Entonces ya lo sé, aprecias la belleza, eres capaz de disfrutar con lo mínimo, con las pequeñas cosas que adornan el ancho mundo, no de color rosa pero tampoco sucursal de los infiernos. Este es un filo punzopenetrante  que llevas muy adentro. Úsalo, porque vivir es descubrir que aunque tengas la edad que tengas, a la vuelta de la esquina hallarás almas superiores que iluminan incluso sin saberlo  o pobres diablos capaces de hacer daño a cada paso.
    Aprendes a sentir, lo que a veces importa más que comprender, y aunque en la escuela te enseñen lo contrario así caminas con los ojos abiertos, los de la plenitud, donde caben incrustaciones espirituales que no viene a cuento intelectualizar aquí por razones más que obvias. Esa es una buena forma de lavarse el alma y tú lo haces, y lo seguirás haciendo, refinando la técnica –vaya nombrecito, ¿no?- hasta que te conviertas en la chica de ese futuro que te espera.
    Como decía, me acerco a la memoria de lo que serás y viajo en el tiempo. Te observo, tranquila, ya con líneas de expresión sobre tu rostro, sonriente e inquieta, toda tú de pie a cabeza. Es la memoria de lo que seremos, por supuesto, lo que al fin y al cabo es el otro lado del espejo, como Alicia en el país de las maravillas, que tanto te gustó desde pequeña.
    Memoria de lo que seremos, claro, y de cuanto vamos siendo  ahora.  Memoria de eso que alguna vez también fuimos.     

4/05/2019

Lección de jazz


    Uno va por la calle y piensa. Hay quienes llevan entre ceja y ceja los sinsabores del día: el triste sedimento que dejó en el alma alguna conversación perdida o la mala cara que va poniendo el jefe mientras le pides un aumento. Qué sé yo.  
    Lo cierto es que la calle trae a cuestas sorpresas más parecidas a cuanto sin querer se te va poniendo enfrente. A ver: caminas tranquilo por la avenida al salir del trabajo y ahí está, aparece esa persona en la que pensaste cinco minutos antes. Caminas por la vereda en el parque Metropolitano y entre la brisa y la buena vibra del espacio en el que estás, de una vez resuelves el quebradero de cabeza que te traía patas arriba. Tal cual, como en un chasquear de dedos. Y así.
    La calle es una construcción que deja lelo cualquier acercamiento desde el ámbito que se te ocurra. Puede ser metáfora estupenda de aquello capaz de engullirte como si fueses un tequeño andante, puede resultar el frío hacer de funcionario público sobre un plano citadino desde su despacho en el ministerio tal, puede ser también el hervidero que sin dudas es en horas pico y hasta bien le cabe el argumento de que una calle que se respete, que se erija como tal, lleva en las entrañas a un Pedro Navaja en carne y hueso o en potencia. Sumo y sigo, ponle tú el ejemplo que te venga en gana.
    Para mí las calles son una especie de concierto en vivo donde tienes asegurado el pase de primera a un lugar privilegiado. Lo que soy yo, busco una butaca en cierto café de la platea, cosa que te permite ver mejor y escuchar en dolby stereo. Entonces la vida cotidiana que se abre de piernas, que muestra sus más profundos horizontes, llamarada en la que cada quien, a su manera, ejerce un solo de algo, improvisa, protagoniza su descarga en fresco musical que se empina con crudeza y que te aplasta.
    Te descuidas y Duke Ellington, poeta que llegó a escribir más de dos mil piezas, destroza el piano con la Blanton Webster Band  ahí donde un ciego se detiene a escuchar mientras la señora que lleva bolsas en las manos observa de reojo y continúa como si nada. Cruzas a la izquierda y John Coltrane desdibuja la neblina. Pides otro café y notas a lo lejos cómo se acomoda Billie Holliday frente a un micrófono desvencijado y canta, suelta la voz como una diosa y repite contigo el ritmo, la cadencia de minutos en los que hasta el pensamiento parece nacer de alguna partitura. Respiras hondo, enciendes tu tabaco, acaricias con los dedos el lomo del libro que dejaste sobre la mesa y ves a Django Reinhardt arrancarle lágrimas a unas cuerdas de guitarra.
    La calle es el escenario que da vida a cuanto llevas dentro, eso que termina estrellado en la calzada, materializado en el burdel, convertido en piel, deseo y lujuria cuando lo vislumbras frente a ojos de mujer. La calle como sombra y como espacio desde el fondo que vas siendo.    

3/21/2019

Allá en el fondo las miradas


    Amanece y pienso en que de niño escuché decir muchas veces a mi madre que los ojos son el espejo del alma. Preparo el café, doy su perrarina a Percy y continúo pensando. Para la mayoría esta frase es buena a la hora de lanzar rocas contra la galería: sirve para perturbar un rato, como frase comodín, como retahíla interesante. A mí me perturbó, claro, y me hizo cosquillas en pleno centro de la curiosidad. Entonces tuve la ocurrencia de averiguar qué diablos había detrás -o encima o qué sé yo- de una mirada. Quise descifrar el entramado que seguramente habita en el misterio de unos ojos.
    ¿Cómo mira la gente y cómo miran las cosas? En mi habitación, en la sala de casa, en la calle o en la escuela terminé por aceptar que de cierta manera todo cuanto nos rodea lleva un poco de nosotros que penetra por los ojos. Mi madre entonces tendría razón y era necesario hacer el esfuerzo, es decir, llegar al alma a  través del sentido de la vista. Menuda tarea concebí entre ceja y ceja.
    Si la palabra obsesión cabe como marco definitorio ante semejante empresa, pues sí, fui un obseso al intentar pararme frente al fondo invisible de las cosas. Vaya palabreja hermosa: invisible. Lo invisible como evidencia práctica en función de la mirada que provee. Recuerdo la emoción que me embargó a los trece años  cuando tuve un ejemplar de El Principito entre las manos. Que lo esencial fuese precisamente eso, invisible, invisible ante los ojos, resultó un mazazo de alegría, de corroboración y de reto que le dio unas palmaditas a la certeza que hacía tiempo había abrazado. Fue uno de los días más felices que recuerdo.
    Dormía poco, comía menos, pensaba, soñaba, suponía un sin fin de asuntos que quizás albergaban las personas, los objetos, la vida en su explosión alrededor. Busqué la forma de saberme en los demás y por supuesto en lo demás. ¿Qué te dicen los ojos de esa chica antes de robarle un beso?, ¿qué te dicen después? Leí todo lo que hallé sobre  Saint-Exupéry: reseñas de sus libros, interpretaciones de algunos exégetas que apenas comprendí, biografías, notas de viajes, pero nada, niet, ni la más mínima respuesta a lo que me arrancaba el sueño.
    Mil veces me pregunté: el gato que deambula entre mis piernas por esta heladería, que va de mesa en mesa como el aviador, como el escritor francés en su aeroplano, ¿lleva algo en la mirada?, ¿cómo será el diálogo de pupilas que plantea? Mis amigos, los amigos de mis amigos, ¿qué cuentan desde sus ojos?, ¿qué historias guardan y quizás comparten si abres bien los tuyos? ¿Qué saben de ti, qué se dicen entre ellos, noche a noche, la lámpara, la mesa de luz, el libro de aventuras que descansa sobre ella y las cortinas de los ventanales? ¿Cómo te observan tus dedos luego de llevar a cuestas aquel bolígrafo azul? ¿Cuántas historias, aparte de las que escribes en su piel, guarda esa hoja en blanco frente a ti? ¿Cómo te reconoce con la vista el lápiz que está allá, echado sobre un libro abierto en tu escritorio? ¿Con qué óptica pasea por lo que eres tu mochila? ¿Qué impresión de lo que has sido tuvieron hace tanto esa cartera, ese taco de lego, aquella taza vacía?, ¿de qué modo invadiste sus retinas? ¿Llevará la Olivetti, regalo de tus padres, nostalgias tuyas a la vista? Y así como en ocasiones no pudiste conciliar el sueño viendo al techo, ¿hasta qué punto lo concilia él?, ¿qué dice de ti y de lo que implicas?
    Mientras escribo vuelvo los ojos al pasado y encuentro los del muchacho que fui en aquellos días. Jamás acerté, nunca encontré, el tiempo pasó y me hice mayor. Ya sabes, hacerse mayor es una cosa seria, casi una pena diría yo, justificada por la impronta de otros horizontes, otros cielos, caminos y demás. Pero sé que tantas miradas siguen ahí, como si nada, y me digo a veces vuelve a ellas, insiste, porque bien valen la pena. Y así, y nada más. En todo esto pensaba esta mañana.

3/15/2019

Lo que pasa cuando no pasa nada


    Junto con otros pilluelos el fútbol entró en mí a cortísima edad. Y las películas de Tarzán, La Pandillita o los animados del lagarto Juancho. En aquellos días la escuela  era el equivalente a atravesar una dimensión desconocida, aburrida e inquietante las más de las veces, hasta que la diversión y la aventura me tragaban de un bocado al terminar el día de clases. Entonces me transformaba en Maradona, luchaba contra leones o panteras y terminaba hipnotizado por las comiquitas de Hanna-Barbera.
    Los libros, elementos que casi todo adulto afirma que son buenos para la infancia -como si la infancia fuese la etapa que más los necesita y hasta ahí, después si te he visto no me acuerdo- tenían conmigo una relación más o menos tangencial. Estaban ahí, los miraba de reojo, a veces los olisqueaba, frunciendo el ceño cada vez que la maestra de Lenguaje abría la boca para recomendarlos.
    Fue a través de los suplementos que cada lunes llegaban a los quioscos -Kalimán, Arandú, Martín Valiente, Águila Solitaria- que mi amistad con ellos se afianzó al cabo del tiempo. El placer, el puro placer de hallar historias que literalmente me echaban fuera de este mundo sirvió de anzuelo, de trampa mortal, de aproximación a un universo que dejó de ser paralelo y terminó por convertirse en parte viva de mi cotidianidad. Desde esos primeros momentos y hasta hoy mi estímulo, mi fuente de atracción y mi devoción por meterme hasta el pescuezo en las aguas de la literatura ha sido el hedonismo mondo y lirondo, la búsqueda inacabable del éxtasis, de una forma de diversión que no hallé jamás en ámbitos distintos.
    Todo esto ocurría en la lejana primaria. Después, recuerdo con alegría otros descubrimientos. Ya en el bachillerato tuve enfrente a contados profesores capaces de reflejar su pasión por el hecho literario. Dillys Perdomo, por ejemplo, una guapa profesora de Castellano que en el caluroso salón de primer año “A” leía a viva voz para nosotros. No tengo la menor idea de qué sucedía en las mentes de mis compañeros, pero en esos momentos, cuando la voz de la hermosa Dillys fluía entre lo erótico y lo celestial, yo volaba, salía de mi cuerpo e invadía Troya en pos de Helena, navegaba con Odiseo, reventaba de risa escuchando a Aquiles Nazoa, temblaba con Poe, y así. Y algún tiempo después, en el entrañable Instituto San Antonio, Carmelo Degrazia enseñaba Psicología y alguna otra materia. Fue entonces cuando lo conocí.
    Jamás tuve la fortuna de que fuese mi profesor, pero aún puedo sentir la pared fría del inmenso ventanal sobre el que me apoyaba para escuchar parte de sus disertaciones a los muchachos de cuarto, mientras  mis cinco minutos de receso entre una clase  y otra se esfumaban con la rapidez del trueno. La psicología me importaba un rábano, pero Carmelo hablaba de libros, de muchos libros que recomendaba como si fuesen las cosas más sabrosas de este mundo. Yo creí lo que decía y, como pude comprobar después, resultaron siéndolo.
    Carmelo Degrazia, desde esos días amigo hasta el presente, para rematar como rematan los buenos toreros llevaba siempre un libro encima: uno entre las manos, en el maletín, en el asiento del carro, en la calle, en el liceo o en la panadería de sus padres. Yo lo observaba, me llamaba la atención que cada vez que lo encontraba aquí o allá un libraco y él formaran una dupla -o mejor, una unidad- indestructible. Observaba con curiosidad de gato cómo leía y, algo que resultó impactante, cómo subrayaba las páginas y apuntaba qué sé yo qué diablos en las márgenes, dejando entrever que resaltar de esa manera equivalía a atrapar lo mejor de las ideas para que no escaparan, para que estuvieran siempre al alcance de la mano. A partir de esos instantes por imitación aprendí a hacerlo y muchas veces hoy, cuando me descubro rasguñando mis propios textos, recuerdo al profesor  haciendo de las suyas frente a la hoja impresa.
    Una vez decidí acercarme y hablé, es decir, le comenté con timidez de ese tal Freud, nombre que le había escuchado mencionar varias veces mientras me asomaba a los retazos de sus clases. Y le conté además de alguna historia, de algún título, de ciertas obras que habían pasado por mis manos. Entonces se abrió una puerta, pude entrar y fui bien recibido por aquel señor que me trataba como adulto, permitiéndome decir disparates, ocurrencias, opiniones que yo creía interesantes y que para un imberbe de trece años suponen el non plus ultra de la galaxia y sus alrededores. Pude preguntar, pude expresarme y pude pensar con libertad. Me sentí incluido, claro, y además retado.
    Enseguida me hice asiduo de la panadería Central, allá en la Upata de los ochenta, y cuando mi madre casi al anochecer me encargaba la compra de charcutería y otras cuestiones, aprovechaba para colarme en la lectura de mi amigo y plantear conversa a propósito de temas o personajes literarios, lo cual consumía los diez minutos arrancados al tiempo preciso para llegar  a casa con la mercancía. Carmelo llegó a prestarme, en un alarde de confianza en mí que me elevaba a las nubes, textos con la condición de devolverlos sanos, salvos y leídos, y me atendió luego cuando por fin me atreví a emitir juicio sobre lo que había encontrado en ellos. Llegué a sentir que opinar, que emitir ideas, que leer y traducir en función de tu mundo el fondo de lo leído valía algo y era de veras importante. Con él y con su hermano Américo, junto con otros amigos de la época, llegamos a realizar tertulias encendidas, auténticas veladas en torno a la literatura, la política o el cine que ahora, tantos años después, recuerdo con idéntica emoción a la que llegué a sentir sólo por pertenecer a semejante cofradía.
    Lo que pasa cuando no pasa nada es de lo más sencillo. Esta semana he visto un debate televisado acerca de la muerte del libro, la muerte del autor y otras zarandajas parecidas y alguien asomó, sin que le temblara un pelo del cuero cabelludo, que enseñar a leer e insuflar amor por la literatura es difícil, es requetedifícil y para ello recomendó aplicar la teoría lingüística de fulano y los postulados psicosomáticos  -o como demonios se diga- de mengano. Fulano y mengano pueden ser muy respetables y qué maravilla de teorías, pero me dije hay que ver, los años que han pasado y  tengo la certeza de que para muchos los libros y los niños continúan siendo compartimentos estancos, agua y aceite, refracción mutua hasta los huesos, cuando la clave pasa por la risa, cuando el gancho exige divertirse para torcerle el cuello al tedio e incitar al más sublime de los encuentros amorosos.
    Lo que pasa cuando no pasa nada es el desierto, el embuste de asociar los buenos libros y el placer de abrirlos con un erial, con algo parecido a un interminable bostezo. Y así vamos. Leer como una actividad muerta cuyos cadáveres apestan ahí, en esos anaqueles fúnebres llamados bibliotecas.