10/24/2019

La verdadera realidad


    Siendo niño me convencí de que el mundo está mal hecho. En el colegio las monjas explicaban cómo el mismo Dios se había entregado a la tarea de materializar el universo pero yo, abatido, fruncía el ceño en mi pupitre mientras restaba crédito a semejante historia, no por su condición divina sino por tanto resultado chapucero. Dios, mi Dios, nunca habría firmado obra parecida.
    Entonces, como vivía absorto por los dibujos animados, terminé persuadido de una verdad a rajatabla: ahí yace la perfección total, esa es la realidad digna de los dioses, una tan lejos de este valle de lágrimas que olvídate, somos apenas un deseo, anhelo utópico flotando en líquidos oníricos. Tristes sombras de ve tú a saber qué proyectos abortados.
    En el santoral de mis comiquitas Tom y Jerry ocupó lugar preponderante, y no es para menos. Como en la vida misma, lo bueno y lo malo, lo apetecible y lo aborrecible, etcétera, etcétera, etcétera, hacen de las suyas mientras luchan a brazo partido por llegar triunfantes a la meta. El combate a dentelladas para imponer cuanto creemos, eso que a la postre originó lo que Darwin llamaba victoria de los más aptos -con la diferencia aquí de que los más aptos podían ser los menos, los débiles, los vulnerables, seres a quienes la biología habría barrido de un plumazo- erige como foco ciertas aventuras de un gato y un ratón, con la particularidad de que éstos envían al mismo infierno tanta cotidianidad, tanta cosa predecible de este lado del televisor. Marcan una realidad distinta, permiten suponer un mundo en cuyas leyes tiene cabida el disparate, la sinrazón, la lógica asentada sobre otra forma de contemplarnos ante los espejos. Y ahí aparecía yo, me sentía cómodo entre esos personajes, mi fe en lo que se dejaba ver en la pantalla cobraba carnadura, seguridad a prueba de cañones y entonces no, podía jurar que no vivíamos en el mejor de los mundos posibles -te pelaste de cabo a rabo, Gottfried Wilhelm Leibniz- sino todo lo contrario.
    Las comiquitas eran tan reales como la mesa o la licuadora, tan verdaderas como el lápiz o el maletín de la maestra. Para mí eran la realidad viva y coleando, y lo eran porque llevaban sobre las espaldas el universo que aprendí a meterme entre ceja y ceja. Por eso nunca me intrigó lo que a muchos marcaba frontera con esto que somos: desde su cueva Jerry estiraba el brazo cuarenta o cincuenta metros y al mover con sigilo una mano, tomaba el queso que Tom guardaba a un palmo de su cama. Y Tom, al abrir un ojo y percatarse del robo en pleno desarrollo, alargaba los dedos de una pata, los extendía hasta la cocina, abría con ellos el gabinete, reptaba en su interior y cogía el martillo de aplastar la carne para estrellarlo en las sienes del ladrón. Asunto resuelto, no más problemas por ahora. Al ratoncito le lloverían otras oportunidades para ganar y desquitarse.
    El mundo de El lagarto Juancho, Las Urracas parlanchinas, Mazinger Z o El conejo de la suerte fue uno que sustituyó con creces las verdades truculentas de esa masa gelatinosa, incomprensible, poco agraciada, injusta las más de las veces, en que se había convertido el día a día. Una clase de historia, los ejercicios de matemáticas, delirios como algunas explicaciones sobre el origen del sol o los volcanes y, para remate, fantasías tipo oración yuxtapuesta copulativa, sujeto, predicado, complemento circunstancial y otros chasquidos de la lengua sí que suponían embustes colosales. ¿Qué era en verdad creíble, real, aceptable, el fototropismo negativo de las raíces de los árboles o la voz astuta del zorro Brillantín en Las fábulas del bosque verde? Piensa un poco, adivina. ¿Acaso la realidad invisible de inaguantables restas y divisiones de quebrados, la multiplicación de polinomios, o más bien el vuelo de una nave, entre cometas y asteroides por toda la Vía Láctea, transportando al Capitán Futuro? Sumo y sigo: ¿el concepto de patria, la noción de ciudadano, los deberes y derechos en la Constitución o las fabulosas peripecias del gallo Claudio? Elige tú.
    Lo que soy yo, tomé partido desde pequeñín. Aún en estos días me pregunto por el buen Jerry y sus avatares, recuerdo a Porkys y su tartamudez, vislumbro en el pasado a la tortuga D’artagnan, colgada de una liana, en mil fragores blandiendo su espada nada menos que en combate con un rayo. Esa era, con toda razón, la realidad. Y es que no podía ser de otra manera. Dime tú si no.

10/18/2019

El arte de subrayar los libros


    Voy al café de costumbre: un libro entre las manos, tabaco, macchiato, agua mineral. “Lección pasada de moda”, de Javier Marías, página ciento dieciséis. Entonces comienzo a leer, me atrapan los tentáculos que un buen libro utiliza para enganchar a su presa.
    Y los síntomas van apareciendo. Son sensaciones que disparan sin perdón a quemarropa, pues la magia de la historia ingerida por los ojos no da tregua, y al no darla quiero retenerla, de algún modo obligarla a permanecer conmigo, a la vista, dispuesta siempre a brincarme en los brazos tan pronto haya cerrado el libro y vuelva luego a él con ánimo de perderme en sus entrañas. Leo, operan los mecanismos del simple seducir, entro de golpe en ese estado cuya analogía exacta es la levitación.
    Ya no puedo, ni quiero, evitar el asunto. Cojo el bolígrafo y subrayo. Subrayo lo que me patea, todo aquello escrito con la fuerza para estremecer desde la frase, desde las imágenes, desde el lenguaje, desde las ideas. Resalto, hago anotaciones al margen, también convierto esa hoja impresa en block de notas, consecuencia inevitable de la fascinación. Leer supone entre otras cosas incrementar cuanto me gusta, marcar esto que hallo en los intersticios de un párrafo o en las meras tripas de un decir que no tiene vuelta atrás: hay, repito, que subrayarlo, hay que insuflarle neón a tope, hay que preservarlo en las alturas.
    No te imaginas las mil escenas que he protagonizado gracias a rasguñar folios aquí o allá, porque me da la gana. La gente, tan circunspecta donde se encuentre haciendo de las suyas -quizá en la mesa contigua devorándose un yogurt, engullendo feliz la torta de manzana o dándole a la lengua mientras acaba el helado-, más de una vez me mira como a bicho raro, entomólogo frente al microscopio, y en ocasiones se aproxima sin perder ápice de circunspección para atreverse a gruñir: “¿Sabe qué?, los libros no se rayan, los libros no se maltratan, es que los libros, señor, no se destruyen”.
    Menuda confesión y vaya manera de ponerla en práctica. Como si echarte en brazos de lo que lees, con pasión cultivada desde la niñez, fuese un acto equivalente a monstruosidad sin par, es decir, perfecto crimen de lesa bibliofilia. Frente a tamaña intromisión opto -con circunspección idéntica a la de esta artillera de café- por mandarla al mismo infierno y cerrar de una buena vez el capítulo en cuestión, pero antes de que la potencia se transforme en acto me muerdo la lengua y nada más me limito a sonreír, a dar las gracias, a desear suerte y continuar pegado al buen Marías.
    Tengo para mí que enredarme con un libro implica un toma y dame que pasa por el diálogo, el dime y también te digo, la captura al vuelo de ciertos guiños mutuos y, sin duda, la lúdica experiencia de llevarles la contraria o sucumbir frente a sus argumentos. Para eso es necesario lápiz, bolígrafo, resaltador o cualquier instrumento capaz de dejar huella sobre el texto que leo y que me reta. Subrayar se transforma en diana, punto de fuga de una relación que entre ese objeto y yo hemos labrado a pulso y subrayar, lo digo sin remordimientos, es la mejor forma de ponerme los guantes y recibir mi buena tunda, no sin antes lanzar ganchos, rectos, ramalazos a la cabeza o al hígado y, en fin, intercambiar los golpes necesarios.
    Hay quienes tienen libros, bibliotecas enteras, volúmenes exquisitos cuyos lomos cuchis lucen de lo lindo frente a las cortinas de la sala. Combinan que te cagas. A mí que me registren, pero un libro sin rasguños, sin cicatrices que evidencien su paso por la vida termina siendo algo así como la imagen casta de un puritanismo ajeno a las hormonas, a los líquidos sexuales o al juego de caricias que llevará por fin a la entrega y al orgasmo.
    Desde la mesa del café practico, porque me sale de los cojones, el hecho de subrayar mis ejemplares. De tapa blanda o dura, de bolsillo o de la colección fulana por la que te sacan una buena pasta, subrayar es demostrar cariño, amor mondo y lirondo, interés por cuanto cabe esperar de una charla entre nosotros. Lo demás es monserga y fruslería que para qué te cuento. Y punto, y se acabó.  

10/13/2019

Salir, irse, emigrar


    Emigrar supone mudar el cuerpo pero también el alma. Irse, cuando lo que tenías como horizonte era permanecer en tu lugar de origen, lleva en las entrañas una realidad que no es fácil describir, sobre todo porque irse equivale al destierro que te fractura por lo menos en dos: un pedazo se queda en la tierra donde naciste y otro lleva la mochila a cuestas por esos mundos de Dios.   
    En cuanto a mí, he sido afortunado. Salí con trabajo, con un norte más o menos visible allá a lo lejos. Obtuve una plaza como profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y desde mi llegada sólo encontré muestras de afecto, de amistad, de respeto por el quehacer intelectual, de profundo y consolador espacio para llegar, para intentar crear, para estar.
    En mis tres años en Quito, ciudad que va siendo parte de mis querencias más profundas, he hallado a muchos con menos suerte pero con agallas infinitas si lo que resta es plantarle cara al presente, al futuro. Después de todo, lo urgente pasa por darle un manotazo a la ignominia, eso que Maduro y su corporación del crimen instalaron a lo largo y ancho de un país, lo cual exige tomar el morral, echar ahí lo poco que puedas remolcar en la huida, y lanzarte a la aventura como Quijote lanza en ristre para desfacer entuertos.
    Los he visto llegar apenas con lo que llevan puesto. Los he visto ofrecer en las aceras caramelos por algunos centavos y los he visto agradecer con sinceridad a prueba de fuego la ayuda que viene -a veces tarde, a menudo insuficiente- de otros capaces de encontrar enfrente el reflejo de sí mismos. En el fondo albergamos cierto sedimento que nos aproxima, humanidad que danza codo a codo en Quito, Buenos Aires,Tegucigalpa, Lima o Madrid.
    Me alegra saber que desde aquí, a pesar de los pesares y más allá de incomprensiones bullendo a la vuelta de la esquina, gente hecha de madera única ha dado un golpe sobre la mesa. En Quito, nada más que por mencionar un par de ejemplos, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) llevan adelante planes de ayuda que trascienden paños de agua tibia. La labor desplegada con uñas, corazón y dientes, dice mucho acerca de la realidad que atravesamos: frente a la indiferencia o señalamientos vanos, digamos, por el lugar de procedencia, cabe el trabajo apostólico, la entrega desinteresada de tantos, de muchísimos cuyo punto de fuga es echar una mano, curar, salvar vidas, ofrecer un lugar amplio para que no mueran anhelos e ilusiones. Lo digo con conocimiento de causa: desde la Universidad  he tenido la magnífica oportunidad de acercarme, de participar en el proyecto PUCE-Solidaria y me faltan palabras para agradecer la buena voluntad, el espíritu de hermanos puesto a la orden mediante su Dirección de Identidad y Misión, a la que estoy adscrito. En fin, que la mano amiga y el abrazo sanador viven día a día, sin desfallecer.
    Emigrar es una experiencia que implica cierta esquizofrenia, partición de cuerpo y alma que, como creo haber insinuado al comienzo, desgaja vidas enteras. Me refiero a la migración no sustentada en un proyecto de futuro. Me refiero por supuesto al hecho de salir como sinónimo de escape, de único y urgente modo de salvación cuando en tu tierra eres preso de conciencia, un convicto por tus ideas, por tu pobreza material o por tu falta de oportunidades. Exiliado aún sin haber echado a andar más allá de las fronteras.
    Siento profundo respeto por quienes decidieron quedarse. Gente que resiste, que lucha con fiereza y estoicismo contra los zarpazos del poder omnímodo. Y siento asimismo admiración por quienes forman la diáspora, en su mayoría esparcidos por este planeta sin más andamios para caminar erguidos que la voluntad y la esperanza. Sé que esta verdad terminará por hacer del sufrimiento la escuela del renacimiento. Nada ni nadie me saca de la cabeza una convicción plena: la concreción de un ideal de libertad, la vuelta a sus orígenes de una familia desmembrada -Venezuela- cuya tragedia jamás debió ocurrir.

10/11/2019

Quito, justo ahora


    Vivo en Quito desde hace tres años y hoy cabe de lleno en mis entrañas. Llegar a una ciudad supone un movimiento originado en varios flancos, por lo que llegar a una ciudad implica hacerlo desde la alegría, la obligación, el dolor o la esperanza. En mi caso, todo ello perfiló razones válidas para hacer el equipaje.
    Es verdad que la nostalgia crea nido incluso antes de que el viaje cobre carnadura. Somos animales nostálgicos porque el centro de nuestra condición en gran medida pasa por la necesidad de evocación, punta de lanza a la hora de labrar identidad, mantener afectos y darle un manotazo a esa señora que llamamos desmemoria.
    Llegué a la mitad del mundo un veintinueve de septiembre del año dos mil dieciséis. Camila y Daniel andaban de mi mano. Ana Luisa, mi esposa, arribaría un mes después. Veinticinco días atrás la Pontificia Universidad Católica del Ecuador me daba luz verde para recoger los trapos: había obtenido una plaza como profesor luego de presentarme a concurso gracias al mundo virtual y aquí estaba, plantado en tierra extraña un día antes de mi cita con las autoridades de la Facultad. Eran las ocho de la noche.
    La incertidumbre siempre hace de las suyas, por lo que fue casi imposible descansar. Al amanecer me acerqué a la ventana y un océano de edificios, entre neblina y llovizna sin fin, se extendía como si nada. Ya en la calle el viento helado, unas montañas elegantes, ese ir y venir de la gente ignorándome en su día a día me hicieron sentir bien. Poco a poco comprobaba la nueva realidad. Era un extranjero, debía arreglar papeles, decodificar el entramado en el que estaba y, en fin, acomodarme lo mejor posible al nuevo espacio.
    Una ciudad -esa que puedas llamar tuya-, o cuando menos la idea que de ella me he forjado, pasa por asemejarse al lugar que reviste de algún modo tus expectativas. Si éstas se ven mínimamente incluidas, respiras tranquilo, vislumbras futuros más amables, descubres en ese mismo instante guiños que calan en tu espíritu. La ciudad de Quito, una geografía desconocida horas antes, implicó amor a primera vista. Como en las películas cursis, como esas puestas en escena que ipso facto te dibujan una sonrisa de desdén. Poner pie en ella y comenzar a recorrerla supuso sin embargo aceptación inmediata. Estuve seguro, no me preguntes por qué, de que las cosas estaban en su sitio. Pude haber jurado que todo marcharía de lo mejor.
    Siempre deseé regresar a la Mérida de mis tiempos universitarios, especie de Ítaca que me ha llevado -y me lleva todavía- más de los veinte años que Odiseo necesitó para volver. Ahí fui feliz, quise quedarme, hallé a una mujer, aprendí a conocerme un poco más y dejé amigos que hasta el sol de hoy han dicho hola buenas, pasa adelante, cuando he tocado  a sus puertas. La literatura, el cine, la farra a punta de música y cerveza, baile, decepciones y anhelos de  cualquier pelaje rondaron al alcance de la mano. Alirio Pérez Lo Presti, Mariano Nava, José Rodríguez, Lis Torres, Lubio Cardoso, María Fuentes, Jesús Alberto López, Juan Sebastián Rodríguez, gente que sabía trocar pedazos del minutero en amistad pura y dura aún forman parte de mis posesiones más profundas.
    Así, en Quito, los pasos iniciales se convirtieron en regreso a los orígenes, ámbito en el que aprendí a ver en la ciudad una extensión de la casa, del nicho infantil o adolescente cargado de fútbol, patineta, novias furtivas y sueños tramados para cuando asomara la adultez. Quito trajo de inmediato remembranzas que llevaban rato hundidas en el pozo de lo tantas veces ansiado y  tantas veces confinado al pasado, hecho extraño  que en buena hora vino a aparecer, ya con la amenaza de concreción inesperada, sorpresiva, fabulosa. Justo cuando el desarraigo toca el portón sin solicitar permiso, dos ciudades se abrazan en casi idéntico horizonte.
    Durante tres años la experiencia no ha variado un ápice. Semejante diálogo fructífero, tan sencillo y mágico como evocar o soñar continúa vivo. Una ciudad y otra juegan al gato y al ratón, buscándose, hallándose en rincones escondidos, desencontrándose después y volviendo a hurgarse mutuamente, de modo que la nostalgia, asunto de lo más curioso, envuelve con su aliento traducido en país y en época ya ida -de aulas universitarias, habitaciones baratas, vida estudiantil, mochilas y cuadernos- y deja a su vez la estela de sosiego tan necesario en momentos lejos del lugar amado.
    Entonces aquí, justo ahora, Venezuela cabe en una acera, un café o el libro de turno que llevo bajo el brazo. Más de una vez, sentado en cualquier terraza con el marrón enfrente, novela a mano, agua mineral y tabaco, los atardeceres bien podrían ser alguno en Margarita, Upata o Puerto Ordaz. El dolor y los crímenes que ha soportado mi país tienen la particularidad de inmiscuirse hasta en lo que suponía más refractario a ellos: cuando Heinrich Böll o Thomas Mann se desmigajan entre los dedos a las cinco en punto de la tarde, pienso, rememoro, me hundo hasta lo indecible en una Venezuela que, ultrajada durante veinte años de inquina, insiste en continuar de pie, erguida, entre heridas abiertas y cicatrices supurantes.
    Pero decía arriba que desde el primero de mis días en Quito la complicidad apareció como fantasma en las esquinas, en los buses, en la universidad, en el frío de una ciudad donde he hallado amistad, trabajo, refugio, motivos para hacer de los recuerdos el amasijo de afectos que son también terapia, puesta al día en función de lo que he sido y soy. Y es una verdad monda y lironda. Nunca como en estas horas me doy cuenta de que ha sido bueno andar tantos kilómetros para corroborar que estés donde estés y pase lo que pase, la maleta que llevas contigo termina por increparte cuando te miras al espejo y ahí apareces, ahí te ves de cuerpo entero: perteneces a un lugar, cargas tus memorias y tus muertos y el mundo te alberga sin que dejes de anhelar aquel espacio donde una vez todo comenzó. Es una verdad y es un alivio compartirlo. Tres años después lo confirmo a plenitud.

10/04/2019

El filósofo


    Que la vida no es un valle de lágrimas Percy lo suscribe de pe a pa.”Dolce far niente” es una frase que le viene como anillo al dedo, hay que ver, sobre todo por esa disposición, ese buen tono para vivir demostrado hasta en los peores días de su existencia (no te creas, los ha tenido y muy muy feos).
    Aprendí a verlo como el mejor de los ejemplos si es preciso darle un manotazo a la tristeza, al pesimismo o la apatía. Nunca conocí a un ser capaz de buscarle un último sentido a la lógica más aplastante o al absurdo más rocambolesco. No te imaginas cómo es, cómo se maneja ante la adversidad, qué haceres le da por desplegar donde y cuando se le venga en gana y de qué forma le saca punta incluso hasta a las piedras. Para decirlo de una buena vez, es un filósofo por donde lo mires.
    Si el saber ocupa espacio no te quepa duda de que se encuentra en sus entrañas. Lo veo, escudriño su conducta, observo con impaciencia el método que poco a poco tengo la esperanza de llegar a descubrir  y juro por mis muertos más frescos que es como para no creerlo. Un filósofo, es de verdad un filósofo de cabo a rabo, un filósofo como los de antes, duro, abrasivo, abarcador, capaz el muy cabrón de haber elaborado un sistema apto para hurgar aquí y allá, para explicar mil y una cosas y ahí lo ves, tan tranquilazo, echado en brazos de la modorra como quien nunca rompió un plato. Los platos de la sabiduría, claro, esa cosa típica de iluminados, gente rara, personajes convocados ve tú a saber por qué o quién para hurgarlo y comprenderlo todo. Menudo hallazgo, vaya forma de andarse como si nada por el mundo.
    Aprovecho para decir que me siento afortunado. No es asunto de todos los días recibir de golpe una enseñanza, algún ejemplo inigualable, cierta revelación a propósito de los misterios del universo o como diablos se le diga. Soy un hombre con suerte entre otras cosas porque nada hice para merecer tal privilegio. Imagina cuántos viven detrás de lo que a mí se me ofreció sin más. Imagina lo que significa verse de pronto arropado por la buena estrella. Qué va, compañerito, no y no. Ni hablar de lo que esto significa.
    Alguna vez, estando yo a punto de quebrarme por razones que no viene a cuento detallar, lo vi pasar y detenerse justo frente a mí para de seguidas escrutarme con ojos llenos de profunda lucidez. Era una mirada más allá de las miradas,  con el instrumental a cuestas listo para afrontar las grandes o mínimas tribulaciones del día a día. Ahí estaba inmóvil, enfrente, y bastó verlo un segundo para que esas pupilas encendidas arrojaran la solución perfecta a cuanto me aplastaba. Inspiradora, intuitiva, estimulante, aleccionadora, llámala como quieras, pero la verdad es que en lo más hondo de su entrevisión me hallé de pronto, en pleno abordaje de otros planos, otras realidades y otras maneras de entrarle al arte de existir.
    Desde ese día soy un hombre nuevo. No con la novedad que -falsa y ridícula- pregonan profetas de a pie, charlatanes de la política y personajillos del New Age, sino alguien cuya esencia rodó con los patines bien calzados por los oscuros rieles del conocimiento.
    Entonces permaneció quieto, con sus ojos clavados en mí, observándome paciente y no sin un dejo de desdén. Por fin, después de haber visto la luz, comprendido y siendo otro, seguí mi camino, chasqueé los dedos para que se acercara y como de costumbre acaricié su lomo y le busqué galletas en señal de gratitud. Se quedó ahí, feliz, moviendo rápido la cola y mordisqueando sus manjares.

9/27/2019

El fondo de una taza


    Llego a la mesa y pido americano, agua mineral, hojeo la Biografía de la humanidad, de José Antonio Marina y Javier Rambaud, y al rato escribo algo, rasguños, ocurrencias que acaso sirvan para algún artículo más adelante. Esto es la gloria, llevar a palabras lo que apenas es una nebulosa, masa informe diseminada entre neuronas que presupone cierta historia, anécdotas por materializar en texto a tu real y único entender.
    Sucede que a veces estoy metido hasta el pescuezo en las aguas de una idea, lápiz en mano, entre sorbo y sorbo, y cuando me percato, cuando por un segundo espabilo allá en el fondo de la taza queda apenas un dedo de café que en plan autómata termino por beber muy  poco a poco. Me concentro tanto que miro alrededor, noto cuanto ocurre, puedo vislumbrar el espacio en el que permanezco como a través de un cristal, especie de acuario en el que floto, me hundo, nado, hasta que el vaivén del agua me arrastra como quiere, como le da la gana. Entonces se acerca el mesero a retirar la taza. Y no reacciono. Sostengo el lápiz, lelo, hipnotizado, pensativo. No debo permitir que se esfume lo que busco, no debo consentir que la imaginación reviente, que estalle como fruta madura al caer al suelo. Si cedo se escabullen las ideas, cuyo punto de fuga es la hoja en blanco transformada en líneas, párrafos, y así.
    Veo al mesero alejarse y créeme, siento que una parte de cuanto deseo escribir va metida de cabeza en esa taza, ahí, de golpe y porrazo en el minúsculo charco que era aquel último sorbo. ¿Te ocurre? ¿Te pasa a veces? ¿Notas cómo alguien o algo parte en dos, de un estacazo, la unidad con pie y cabeza que pretendías construir?
    Quizás cualquier historia va de la mano con esto: encadenamiento muy cerrado, esférico, que exige una imagen, un concepto para transfigurarse en lo que llamamos artículo, novela, ensayo o incluso poema, y pide la existencia de un elemento aglutinador para dar sentido a lo que escribes, cosa que no puedes suspender mientras  las ideas fluyen de tu mano a los folios que llenas y llenas no se sabe hasta qué punto. Me viene en este instante esa metáfora que Julio Cortázar gustaba utilizar para explicar su noción de cuento: redondez, esfericidad, unidad plegada sobre sí, mordiéndose la cola, sin dar indicios de dónde comienza y dónde finaliza. En fin.
    Sigo en mi mesa con el hilo conductor de esto que deseé escribir hecho pedazos. El mesero lleva la taza y una bandeja con dos o tres vasos camino al lavadero. Ahí se escurrirá el esbozo de relato que ya no levantará cabeza. Por el desagüe en la cocina de este café diminuto va a las alcantarillas un trozo de imaginación entremezclada con borra, cafeína, agua sucia, un poco de saliva y ve tú a saber qué más.
    Misterios de la escritura, cosas raras de la invención a la hora del dale que te dale en aras de contar algo para bien o para mal. Lo cierto es que allá, ahogadas en una taza de café fueron a dar ciertas esquinas de mis ideas, claves para concretar eso que tuve entre ceja y ceja y saboreé feliz mientras el hachazo no llegaba y ahora fíjate, nada más el naufragio, los restos diseminados por el recipiente. Una historia diluida, como edulcorante o qué se yo, en el abismo de esa taza.

9/19/2019

Cuando te dicen maricón


    En un debate televisado Felipe Mujica, político venido a menos en las lides de Venezuela, llama homosexual al escritor Gustavo Tovar Arroyo, quien lo interpela a raíz de sus últimas actuaciones frente a la corporación criminal encabezada por Maduro.
    No encuentra el señor Mujica otro modo de descalificar a su oponente que a través del subterfugio ad hominem. Como el político en cuestión se ve desnudo, sin argumentos para continuar la defensa de lo que cree justo -su punto de vista a propósito de la discusión que sostiene- entonces escupe la mesa y saca las pistolas.
    En el largo recorrido del Homo sapiens y antes del Siglo de las Luces lo normal, lo aceptado por la mayoría, lo que no ameritaba diatribas mayores era justo cuanto ha llevado a cabo Mujica: excluir, discriminar, pretender invisibilizar, aplastar al otro en función de razones espurias, es decir, erigir el abuso, justificar la práctica de hacer lo que me venga en gana porque soy más fuerte, más rico, más blanco, más poderoso que tú.
    En proyección histórica, apenas desde hace un puñado de años el bicho humano se percató de su error. El otro, ese tú que tienes enfrente y que resulta imprescindible para construir un nosotros, hace las veces de palanca impulsora cuyo punto de fuga es la convivencia, armonía, equilibrio y, en fin, procura de lo que llamamos civilización. Ideas reñidas con lo que hemos logrado hasta hoy en materia de Derechos Humanos, reconocimiento de la alteridad e individualidad -soy maricón, ateo, madrilista, de los Yankees, comunista o liberal porque me sale de los cojones- es innegable que existen todavía a lo largo y ancho del vasto mundo. No obstante, el horizonte se perfila claro: en la modernidad tu vida privada es básicamente eso, tu jodida vida privada, de manera que si no perjudicas a terceros ni violas ley alguna, transitas por ella según tu real entender y proceder. Y punto, y se acabó. Los mujiquitas de cualquier pelaje bien pueden largarse a hacer puñetas al infierno.
    Gustavo Tovar Arroyo, un caballero cuyas inclinaciones artísticas, gastronómicas, sexuales o lo que sea deben importarle un rábano a nadie, expuso sus ideas en el debate y éstas le cayeron como patada en la ingle a don Felipe. Peor para él. Con toda razón el primero se limitó a llamarlo bruto, además de imbécil  -yo habría escogido epítetos menos agradables-, encima de dejarlo en cueros cuando de intercambio de opiniones se trata. Que en trajines intelectuales te pateen el culo en buena lid no debería dar pie para que emerja, de golpe y porrazo, el perfecto bellaco que llevas por dentro. Menuda reacción. Vaya estólida demostración acabó haciendo este individuo.
    Con sus luces y sombras siempre me he sentido afortunado por vivir en la época que vivo. Comulgo con los valores occidentales -escoger la orientación sexual que te salga de la entrepierna es uno de ellos-, los cuales han costado sangre, sudor y lágrimas, y los defiendo y los promuevo a pesar de Felipe Mujica y sus entrañas cavernarias. Paso la página. Son tiempos, éstos, que reclaman más y mejores batallas. He dicho.

9/11/2019

Conga y filosofía


    Los sueños, Segismundo, sueños son. Creí aprender tal sentencia ya de grande, luego de puños y patadas que la vida regala a borbotones. Es que soy profesor universitario y desde niño quise ser cantante. No uno como los demás sino alguien distinto, único, capaz de parecerme a los Beatles pero en buena medida diferente, con pizca de Mick Jagger pero manteniéndome a distancia, digno de Sinatra pero sin enredarme en sus zapatos. Así crecí y con ello tuve la certeza -intuición de imberbe, que ya es bastante- de que lo demás era cuestión de tiempo, de cargarme de paciencia mientras los minuteros daban la cara al porvenir. He dicho certeza, sí, de luces parpadeantes, guitarras clásicas o electroacústicas, decibeles y álbumes con mi rostro impreso ahí, feliz e imperturbable, mirando al infinito como en pagana anunciación: la de sonidos jamás antes emitidos, la de músicas que trepan el aire para hechizo de cualquiera.
    Camino hacia el liceo y una lata de naranja hit sirve para marcar el son. Avanzo, mochila al hombro, y el balón de aluminio que golpeo -juro que es la batería de Ringo Starr- termina  aplastada junto a vasos de yogurt, cartones de leche Indosa y paquetes arrugados de cigarrillos Astor. He querido ser cantante y la puerta principal del Instituto San Antonio, en la Upata de mi adolescencia, se transforma en línea que separa de su público al artista listo para salir al escenario, ávido de acordes, fuegos de artificio, ritmos a fuerza de cadera y percusión.
    Entonces, ciertas realidades aplastan la nariz. La hora de la verdad cae como una losa y terminar bachillerato supone la gran prueba de fuego, es decir, tomar de una vez los instrumentos por asalto. Y los instrumentos, más que de cuerdas o de viento, dijeron aquí estoy yo en forma  de letras, párrafos, signos de puntuación y hojas impresas. Si la música cabe en una partitura, llegué a la conclusión de que eso mismo podría ocurrir con la literatura, y también con la filosofía, asunto que si bien no implica copia fiel de cuanto había soñado, era sin dudas una aproximación más que decente. Por eso siempre Cortázar me pareció un fenómeno del rock -qué jazz ni qué ocho cuartos, qué improvisar en torno al papel en blanco ni qué zarandajas por el estilo-. Cortázar es rock puro y duro, ácido por donde lo mires. Coge otra vez Las babas del diablo, escucha bien Continuidad de los parques, pónle atención a Queremos tanto a Glenda y déjate de tonterías. ¿Úslar Pietri?, pues sin discusión música sacra, ¿Manuel Puig?, lleva a Morricone en los bolsillos, ¿Severo Sarduy?, bolero de cabo a rabo y listo, se acabó. Parece mentira pero ahora que lo noto Ednodio Quintero suelta una especie de joropo entremezclado a ratos con gaita zuliana. Montejo hace de las suyas con un piano en tempo adagio y presto. Argenis Rodríguez sabe a vieja Trova, Ángel Gustavo Infante es vallenato cristalino -un Pastor López dándole pachanga a las historias-. ¿Capisci?, hay cercanía y hay puntos de contacto, mi estimado. Hay música, filosofía, literatura y viceversa, todas para una y una para todas así que ánimo compadre, suenan los timbales como nunca.
    De niño quise ser cantante y aunque le busqué la vuelta a lo que hago, lo que hago terminó siendo distinto. De niño quise ser cantante y mírame, preparo clases, dicto seminarios, escribo artículos científicos. Hay que ver, a veces llego a creer que fracasé, que cargo la derrota sellada en la cara, que soy un fiasco de pe a pa, lo que genera días de desazón y de tristeza. Pero en otros lances, como ahora, tomo las cosas con calma, pienso, cuento hasta cien, cierro los ojos y me miro, me contemplo, después de todo el aula es mi tablado, mi proscenio, un espacio lleno de almas hasta reventar propinándose codazos en plan apártate porque este concierto lo he esperado siempre, porque este concierto sí que no lo perderé jamás. Y de seguidas escucho los aplausos, desde el escritorio alzo la vista y apenas puedo distinguir la muchedumbre, encandilado por las luces. Ni Van Halen, ni Michael Jackson, mucho menos Elton John, nadie como yo en el perfomance que desde el salón B5, segundo piso a la derecha -ahí frente a la fotocopiadora- llevo adelante sustentado en Kant, Sócrates, Bobbio o Stuart Mill.
    He cumplido a mi manera -haces que me acuerde de My way-. Lo compruebo gracias al chorro de octanaje que satura mis arterias, que incorpora más latidos al ritmo normal del corazón, todo a punto con los focos y los altavoces, el vestuario, los ensayos y, maravilla por donde metas el ojo, esa puesta en escena cada lunes, miércoles y viernes de cuatro a siete de la noche aquí en el piso dos. Quién lo hubiera sospechado, los presocráticos en do mayor, Tomás de Aquino o San Agustín en clave sinfónica, ciertos ilustrados en coro operístico que para qué te cuento. Es que créeme, es la purísima verdad, quién lo hubiera imaginado. Los sueños, Segismundo, ¿sueños son?

9/06/2019

Un clásico

Desde hace mucho, un clásico que fue y es fabuloso. Stars in your eyes, de Air Supply.

Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=kEn-DwQGApw

8/29/2019

El humo de mi pipa


    En la Universidad Católica del Ecuador, donde trabajo, me siento en el café de Filosofía. Disfruto visitarlo porque se puede leer en paz, el mocaccino vale la pena y los jardines alrededor son un placer. Llevo par de libros, entre ellos “Charlas con Troylo”, de Antonio Gala, que abro en la página noventa y seis. Pido un americano y agua mineral. Mientras, pipa encendida y toda la disposición  de echarme en brazos de eso que llaman placer: el de leer, saborear, contemplar.
    Una señora pasa a mi lado y noto que me observa. Apenas levanto la mano, a manera de saludo en plan de respuesta a su curiosidad, y continúo haciendo lo que hago. Antonio Gala se desgaja en un artículo que es delicia pura: “Sexo y figura”, en el que escribe: “aquí los dirigentes, por tradición secular, se reputan, en la obligación de redimir nuestras almas del infierno y nuestras inteligencias del error… ¿Por qué creerá nadie que Dios le ha señalado con su dedo para misiones salvadoras?” Es una pregunta que desde hace mil años ha reverberado también en mis entrañas. ¿Por qué tanto imbécil termina suponiéndose especial y único? ¿A qué se debe tamaña autosuficiencia, antes y después, a propósito de cualquier cosa?
    Su voz interrumpe como martillazo y al alzar la vista puedo verla ahí, de pie frente a mi mesa. Es la mujer que hace dos minutos pasó por aquí y saludé con gesto apenas perceptible. Da los buenos días y dispara a quemarropa: ¿puedo hacerle una fotografía sentado como está, con su pipa y su lectura? Me quedé de piedra. Ni que fuera yo El Puma, Camilo Sesto o Julio Iglesias.
-Buenas, hola. La verdad, de modelo tengo lo que de trapecista -respondo-.
-No importa en lo absoluto -dice ella-.
    Al final accedo, con ganas de que me dejen solo, y por fin el click, el rostro satisfecho, las gracias porque ¿sabe?, guardo imágenes de viejecitos con pipa, con su aura de misterio, pero ninguna, créame, ninguna así como ésta, alguien fumando y leyendo a dos pasos de donde me encuentro, alguien con ella como usted ahora y blablablá.
    Entonces me pongo a pensar y recuerdo que también yo me relaciono con semejante objeto, con el humo, las volutas y el perfume del tabaco rubio, y aunque no persigo imágenes de ancianos en acción llevo conmigo la memoria de mi padre que era un hombre pegado a una pipa y sus aromas. Qué más da, desde aquí puedo comprenderla. Quizás esa mujer cabe también en una historia parecida, de manera que así mantiene vivas sus evocaciones hasta gozar colgando en las paredes escenas que le llegan a lo hondo. Me encojo de hombros, doy una chupada y sigo en mis trece con Gala.
    Somos lo que somos porque regalamos un certero puntapié al olvido. Escribió cierta vez Ortega y Gasset que “el hombre es un animal que lleva dentro historia, que lleva dentro toda la historia … Si alguien mágicamente extirpase de cualquiera de nosotros todo ese pasado humano, resurgiría en él de modo automático el semigorila inicial del que partimos”. Al fin y al cabo construimos una realidad cercana a los fantasmas que nos dulcifican, con el agravante de no tener seguridades sobre el resultado. Buscamos, hurgamos en plazas, bares, parques o cafés, y al anochecer nos vamos a la cama con la convicción de acaso haber encontrado alguna pieza extra, ladrillo adicional de nuestro particular rompecabezas.
    Lo cierto es que somos animales mucho más entregados a la remembranza y la morriña de lo que imaginamos. Tanto es así que hasta el futuro se perfila como esa memoria que seremos. Mientras, continúo en lo mío: leo, sigo aquí sentado, y el humo de mi pipa cuela otra vez la silueta de mi viejo. Magnífico por donde lo mires. Qué maravilla que así sea.   

8/22/2019

Un elefante en la habitación


    Los recovecos de la mente humana son laberintos sorprendentes. Que esto sea así implica una maravilla, pues ahí se fundamenta la inspiración, la creatividad, el fuelle para hacer arte o llegar a las estrellas.
    Y de semejante realidad toma impulso un hecho que también me asombra: gente incapaz de contrastar ciertas ideas con el mundo circundante, con lo que se extiende más allá de su epidermis, uno que de golpe aplasta la nariz  y revienta hígados sin misericordia.
    Tengo amigos, conocidos, créeme, personas refractarias a eso llamado insensatez, que a este kilometraje de sus crímenes defienden todavía a Chávez, a Maduro, a Cabello, a William Saab y al gobierno como un todo en nombre de la ideología que llevan incrustada hasta en la bilis. Ideología, claro, que cobra carnadura en función de un universo fraguado a través de los años: las peroratas de Fidel Castro, el resentimiento de la izquierda carnívora latinoamericana, las cancioncitas de la Trova, las estupideces de los gringos en política exterior durante la Guerra Fría, más algún tardío romanticismo heredado de las gestas libertadoras. Lo anterior genera una premisa: gente como Hugo, como Evo, como Nicolás o como Lula son nada menos que neoindependentistas, los muchachos de la película, los últimos refresquitos del Sahara, mandamases por obra y gracia del ideario revolucionario que sembrará el Paraíso en la Tierra y por ello dignos de culto, de corona y de cetro. Y lo anterior genera además ruda conclusión: como no espabilan los pobres, soberbio coñazo les espera al caer de esas alturas.
    Siempre me he preguntado por qué Neruda cantó loas a Stalin, por qué Heiddegger murió con el carnet de nazi en los bolsillos, por qué Michel Foucault o Walter Benjamin  se inclinaron ante la hoz y el martillo, por qué García Márquez defendió como nadie a los hermanitos Castro, por qué Carl Schmitt, György Lukács y compañía sucumbieron a los cantos del poder despótico, por qué Pablo Milanés y demás compañeritos de viaje ofrendaron su talento arrodillándoseles a un dictador. Hace buen tiempo Mark Lilla escribió un libro (Pensadores temerarios, ed. Debate) cuya fascinante realidad no termina de propiciar las respuestas necesarias, aunque suponga esfuerzo extraordinario. De cualquier modo, la verdad es que los pasadizos de la mente humana -la de los de a pie o la de individuos con demostrada solvencia intelectual- no entrañan necesariamente aciertos, prudencia, cuidados a propósito de sus quehaceres políticos, arrebatos, cegueras y debilidades  frente a los poderosos. En fin, es preferible que el recelo, la duda, el ceño fruncido estén presentes, de manera que el alegre obsequio de cheques en blanco a dictadorzuelos e iluminados tan caro a la feligresía revolucionaria en Latinoamérica, pierda impulso y más temprano que tarde acabe sus días como maña deleznable que mucho daño, a tantos, llegó a generar.
    Tengo amigos que a estas alturas excusan a Maduro, dan otra oportunidad a ese bebé de pecho llamado Diosdado, comprenden el buenismo para nada que surfea en almas como las de El Aissami o Jorge Rodríguez y, en fin, sueñan, como si de Bambi se tratara, que “la era está pariendo un corazón”, según letra del no menos alcahueta Silvio. ¿Por qué? ¿Qué razones profundas se deslizan bajo tales disparates? Me inclino por la evasión de realidades circundantes, esas que están ahí, golpean duro, directo a las machorras bolas, pero de algún extraño modo dejan inexplicable espacio para la esperanza. Mis amigos sienten que el piso se les mueve de los pies, que las certezas les estallan en la cara, que el lindo panorama trocado en rosadito por la ideología fue a hacer puñetas lejos. Y no, eso no puede ser verdad. Eso no puede permitirse.
    Las locuras de un Chávez presidente, los crímenes de Maduro y sus adláteres, los Derechos Humanos como papel mojado, el genocidio a cuentagotas que sufre un país potencialmente riquísimo, el hambre, la escasez y la enfermedad como hechos cotidianos son las consecuencias de un hacer desde el poder devenido en camarilla pútrida, en piltrafa gobernante capaz de lo impensable sólo para resguardarse otro día más en Miraflores. Un elefante deambula por la habitación y algunos miran para otro lado. Dan por sentado que no existe, juran que el mundo, debido al poder de sus anhelos, devendrá en lecho de rosas.

8/15/2019

El otro viaje


    Cerré los ojos, creí, emití un mantra, me concentré como nunca y lo logré. Había llegado al lugar escogido, un tiempo en el que apenas sabía de mí mismo y recordaba confortable, protegido, feliz.
    Dice la psicología que los humanos son bichos raros. Entre otros extraños comportamientos, tendemos a idealizar el pasado y añorarlo como el mejor de los mundos. La perfección, si existe, vive a sus anchas décadas atrás.
    Camino de la mano de mi padre, de vez en cuando  me acaricia los cabellos, se detiene para encender su pipa, entonces continuamos andando mientras de nuevo siento cómo emite las palabras, esas erres guturales que me parecían la cosa más extraña, cómo suelta sus ideas a manera de reclamos o consejos. Charlamos, caminamos y charlamos. ¿De qué hablamos? No lo veo con claridad pero seguramente responde a alguna duda, comenta cierta ocurrencia que le manifiesto: increpa o señala o dice en función de mis ingenuidades. Soy un niño, seis o siete años, y otra vez el humo del tabaco llega puntual, aparece de inmediato, como si los minuteros se hubiesen detenido sin aviso.
    Cambia el escenario y me encuentro con ambos, padre y madre bajo un árbol frondoso, tendidos sobre la lona de un camastro de esos que se usan en los campamentos. Hay brisa y hay sol, que da calor y que enceguece. Mi madre cuenta una historia oscura que recuerdo a medias, habla de un primo lejano, y mi padre sonríe quitándole importancia al asunto para luego verme a la orilla de la playa en Cumaná, recogiendo piedras, hermosas pero sobre todo extrañas  -como talladas a mano- y voy guardándolas en mi mochila con intención de colocarlas, ya en Upata, sobre las tablas de mi biblioteca donde adornarán durante años.
    Mencioné arriba que cerré los ojos, que creí, que emití un mantra y que me concentré hasta lograrlo. Viajé en el tiempo sin máquina, sin física cuántica o como diablos se diga y sin Einstein de por medio. Qué teorías de la relatividad, qué E=mc al cuadrado ni qué ocho cuartos. Había viajado al pasado y apenas escapaba de mi asombro. Y no es para que te rías, para que me mires como a loco de pueblo o eches a un lado con desdén esto que lees. Viajé al pasado en cuerpo y alma y fui el protagonista de un sueño albergado desde siempre.
    Es verdad que somos bichos raros, enigmáticos hasta la médula, impredecibles.  Es verdad que de un manotazo enviamos el hoy a los infiernos e idealizamos las horas que acaban de escurrirse entre los dedos, amenazando reventar ese espejo que tenemos por lo general enfrente. La nostalgia del pasado, así es. Somos hombres nostálgicos más que hombres sapiens, hombres ludens, hombres videns  y demás cantinelas parecidas. Saudades andantes, morriñas de pie a cabeza, qué le vamos a hacer.
    He viajado en el tiempo, créelo de una buena vez, con la buena fortuna de hallar a esta edad cuanto dejé en épocas que ya no vuelven, que busqué a diario y que sólo pude acariciar gracias a ciertos vericuetos de la memoria, señora bien trajeada que puede obsequiarte el streptease con más morbo sobre  la faz de tus anhelos.
    Estuve ahí, regresé a esos días de oro encarnados en quince minutos de gloria. El pasado es incapaz de repetirse, de emerger otra vez porque como la vida misma no se construye en borrador, es decir, vives tu presente, lo engulles y lo  escupes y un instante después vas por otro distinto, hasta el último que llegará acompañado de tu lápida. Y se acabó. El único viaje, el verdadero, es el de aquí y ahora. Logré irme años atrás para corroborarlo. Queda evocar, nada menos que la remembranza, regalo de los dioses para voltear y mirar, para hallarte vivo entre espacios  irrecuperables.

8/08/2019

La solitaria muchedumbre


    Una biblioteca es un lugar de muchedumbres e implica la sociedad secreta menos acompañada de este mundo. Toda biblioteca mantiene para siempre una conexión especial con quien la posee donde los guiños, las miradas cómplices y los encuentros, furtivos o no, están a un palmo de distancia.
    Los personajes de una biblioteca van y vienen, deambulan por ella como les da la gana, y si afinas el oído y abres bien los ojos puedes escuchar y ver el universo que llevan consigo. Allí, en esa biblioteca que vas poco a poco construyendo durante años -durante la vida, para ser exacto- entran de cabeza tus manías, frustraciones, deseos más íntimos o verdades entrañables, es decir, se transforma en el lugar por el que pulula a sus anchas tu alter ego, ese otro yo que cuando menos lo esperas te mira de frente, te increpa, te patea el hígado y termina por dar un portazo y largarse a beber cervezas con los amigotes.
    Tengo un montón de libros en Venezuela, bellamente ordenados y dispuestos -bellamente para mí, claro-  y durante años me llamó la atención cierta pregunta en torno a ellos lanzada a quemarropa por despistados de la peor calaña: y usted, ¿los ha leído todos?
    Es una pregunta con poco fundamento, más allá del impulso que obliga a arrojarla en medio de una tremenda ingenuidad. Cualquier biblioteca está compuesta por ejemplares leídos y por otros dejados a medio leer -aquello de que no todo libraco es para ti nunca fue más oportuno y cierto-, y lo más emocionante, por títulos que esperas engullir con prontitud. De algún extraño modo eres un duende que proyecta el destino de tu biblioteca, sus zonas gordas y áreas flacas, su estatura y fisonomía, de manera que ahí perviven juntos y además revueltos nombres, solapas, autores, aventuras, búsquedas, encuentros o desencuentros, símbolos, cálices que sólo tú degustas, secretos por develar, fantasmas, ensoñaciones, cuyos desenlaces vas de a poco esculpiendo sin saberlo. “¿Los ha leído todos?”, suena a cementerio. Es una alusión simplona que deja entrever paredes forradas de libros cuyo único punto de fuga es leerlos y luego enterrarlos. Nada más triste. Nada más alejado del espíritu de una biblioteca.
    Los hay hermosos, bien editados. Aunque viejos o de segunda mano, te das cuenta del gusto con que fueron creados, amasados, inventados. Los libros son almas pero también cuerpos, no cabe duda. A veces los contemplo a cierta distancia, como quien disfruta de un atardecer, y me doy cuenta de que en mis anaqueles hay también muchos fotocopiados, con plásticos y resortes a modo de lomos. Cuánta fealdad, cuánta pérdida de belleza en función del pragmatismo de un momento -los necesito y no los consigo, desaparecieron de todos los catálogos, brillan por su ausencia hasta en las librerías de viejo-. Sin embargo, tienen su razón de ser y en alarde de grandeza entregan su cuota de existencia con nobleza, gallardía, humildad, en aquel rincón poco vistoso de las tablas. Una biblioteca culmina siendo ese espacio que contemplas, tocas y respiras a partir del yo interior que dice sí o dice no, que yace feliz cuando se sabe instalado en medio de portadas, papeles, humo de tabaco, lápices, polvo, cuadros, música que se cuela entre las páginas en medio de un silencio que resuena por donde asomes las orejas.
    Desde que vivo en la hermosa Quito me he desprendido de mil y un objetos bastante fieles a mi vida antes de llegar aquí. Y no pasa nada: es cosa de vivir y aceptar las reglas de juego. Te desprendes de lo material como te quitas la camisa al final del día y se acabó. Pero los libros, mi biblioteca, es un lugar que a estas alturas va siendo casi imaginario, siempre incrustado en mis nostalgias a pesar de los pesares, en mi necesidad de tenerla al alcance de la mano para  impregnarme de su clima, de su ethos,  de sus resonancias. “Sin la literatura la ciudad, cualquier ciudad”, escribe Abilio Estévez, “no pasa de ser un conjunto de barrios, de calles, de esquinas, de casas, de jardines. Es la literatura, insisto, la que eleva una ciudad de ser una suma de edificios y de personas que viven en ellos, a ser lo que se conoce verdaderamente por una ciudad”. Asimismo es la literatura, con todas sus implicaciones y verdades, aquella que transformas en el sound track de tu existencia, la que da pie y cabeza, razón y sentido a eso que llega a convertirse nada menos que en tu biblioteca. Y cuánta falta me hace.

7/31/2019

Lo que no sucede


    Compro el diario en la esquina, voy al café de siempre, echo mano de lo necesario para acceder al placer. Americano, vaso de agua, un puro ecuatoriano y el ensayo de Steven Pinker que llevo por la ciento treinta y seis.
    Antes de entrarle al libraco paso revista a las noticias. Entonces veo la luz: un periodismo de lo que no sucede. Eso es, ahí yace el punto de inflexión y todo cuanto requieres para estar más que informado. ¿Quién lo hubiera dicho?, a estas alturas lo cotidiano aplasta como lápida de concreto armado. La actualidad, claro, estilo decimonónico, oficio triturado por los días presentes y por venir, madeja de consecuencias cuyas causas son la presa a cazar, el premio gordo, la gota que completa el vaso. Pues no.
    Eso mismo. No. Imagina ahora un titular así: “En Venezuela no hay epidemia de cólera”, o mejor aún: “Informamos que en la calle mengana del barrio zutano no ha habido una explosión social”, o “Reportamos en vivo para CNN que el ganador del premio Nobel no fue el profesor fulano”. Lo que no sucede en función del día a día por la simple razón de que lo que no sucede también es noticia, coñazo en la nariz, y lo es con mayor fuerza que lo ocurrido ayer o hace una hora. ¿Sabes tú lo que no sucede en este mundo? ¿Te has percatado de cuánta ignorancia llevas en la espalda? Buscas tanto lo que pasa, te desvives tras la pista de lo que va ocurriendo que en el fondo, allá en el sedimento de la información le haces fo a la veta, pateas el oro, obvias como si nada lo que en realidad importa.
    “La NASA no ha puesto a un hombre en Plutón”. Lo que no sucede pasa desapercibido casi en su totalidad, mira qué cosas, por lo que yo, lo que soy yo, prefiero dar en el clavo donde nadie atina. No hay las hambrunas de mil años atrás y las pandemias tampoco matan a más de tres cuartos de un continente en un solo chasquido. ¿Lo ves? ¿Estabas al tanto de lo que no acontece? Suma y sigue.
    “Continúa en pie la torre Eiffel”, “Damasco no ha sido arrasada a metralla”, “Un hombre mordió a un perro”, ahí está, así salta al escenario la nueva forma de mirar el universo con ganas de enterar a fondo, sin amarillismos detestables ni cuentos biliosos de objetividad a ultranza o periodismo creíble aunque todos sepamos que es embuste. Tiene cojones el asunto.
    Un noticiero de lo que no sucede editaría, pongo por caso, un número equis de periódicos en particular cada diez años, o cinco si me apuras, con el cabal objetivo -ahora sí- de ofrecer tubazos  y bombas informativas a punto, trascendentes, globales por donde los mires, que te cagas. Y al diablo tanta tinta, papel y chismorreo del día a día. Joderse, es que hay que joderse. He dicho.

7/24/2019

El hombre que quiso ser otro


    Un hombre se sabe cargado de defectos y no lo soporta. Camina por la plaza, entra a un café, pide un expresso mientras  hojea el periódico y repito que no lo soporta.
    Por un momento imagina al joven que fue, dialoga con él, lo interroga a mansalva y se da cuenta de que no es lo que soñó. “El hombre que soy” -piensa- “no cabe hoy en las entrañas de aquél que dibujé”. Y tampoco lo soporta.
    La chatura de sus días hace contraste, negro sobre blanco, con la imaginación, con sus calles, semáforos y esquinas. Vislumbra escenas, proyecta situaciones, crea ámbitos en los que se siente a sus anchas, partícipe fundamental de mil y una ocurrencias dadoras de sentido, de momentos no escritos acordes con la trama siempre anclada en sus bolsillos.
    Liberarse de ciertos barrotes, eso es. El hombre que se sabe cargado de defectos no soporta la grisura de sus dientes o la poca brillantez de su pelaje, esa opacidad que es como la mantequilla: blanda, untable, capaz de chorrearte por la piel y tú ahí, como si nada, esperando a Godot que prometió llegar al rato.
    La realidad se dedica a aplastar narices y él a destorcerlas en un movimiento rápido de manos, zas zas, como quien abre la llave de algún grifo. Desaplasta narices en tanto inventa mundos, porque vivir cargado de defectos tiene mucho de mueca horripilante y poco de lo que en verdad es en las entrañas. Hacerse un universo, claro, y meterle adentro otro, y otro y otro. Sus mundos: muñecas rusas que la plastilina de lo cotidiano permite patear en las machorras bolas, a estas alturas no pequeña cosa.
    El hombre que se sabe imbuido de defectos no puede soportarlo y es por esto que de la nada oprime el botón de universos paralelos hasta jugar al gato y al ratón consigo mismo. Se sabe cargado de defectos, mediocre y chapucero, al punto de imaginarse el sueño de otro. Entonces lo pellizca para que despierte, le hace cosquillas en los pies, termina por vaciarle un cubo de agua encima. Y nada. Nunca pasa nada.
    Un día frente al espejo mira a alguien que no es él y lo saluda. Ríe, levanta la mano, dice hola buenas. Nota cierto parecido pero ya se sabe que el mundo es engañoso, poco fiable, y empieza a conversar. El hombre cargado de defectos, oscuro y sin razón se planta y dice, deja su impronta frente al otro que responde con una carcajada.
    El espejo hecho añicos es una escena más. Como otras, tantas, tantísimas, que olvida el asunto de inmediato para ocuparse de cuestiones más urgentes. Fue otro, cuando menos lo intentó, en serio, a pulso y desde lo más hondo, pero terminó por ser el mismo. Siempre por completo el mismo.    

7/18/2019

Bichos buenos y bichos malos


    Cualquiera jura que camina por el mundo tal cual es, así como luce en las esquinas. Qué va.
    Siempre me dio por sospechar que no estamos limpios, que carecemos de esa asepsia según la cual yo soy yo y mis circunstancias y lo demás al diablo. No estamos limpios, no somos nosotros mismos en función del contexto al que te debes y no formamos esa unidad indivisible que te hace individuo, único, entero, hasta el final de la historia y se acabó.
    Basta con pensar que andamos llenos de bichos. Hay que ver cómo te caminan dentro y pastan de lo más tranquilos por tu estómago, hígado, riñones y páncreas. Imagínate a un ser microscópico cazando a otros monstruos en los recovecos de nuestros intestinos, considera los modos de reproducción que terminan multiplicándolos en ti, sin complejo ni medida, por las paredes del colon, los entresijos de líquidos y humores y los laberintos de mucosas, babas o masas gelatinosas.
    Por dentro y por fuera están ahí, a sus anchas. Se lo comenté el otro día a Roberto Buenaño Villafría, mi médico de cabecera, porque fui a su consulta debido a molestias en la espalda. Aparte del ungüento y las píldoras recomendó vacaciones, descanso -será cretino este matasanos-, añadiendo que el asunto no era para tanto, que la naturaleza hace bien su trabajo, que lo normal es cierta convivencia en paz entre esa fauna que califico de apestosa y nosotros, cándidos huéspedes que le hacemos la cama.
    Habráse visto. La otra vez leí un artículo bastante ilustrativo en una revista científica mientras esperaba mi turno en el odontólogo y adivina qué, adivina la historia que contaba con pelos y señales. Una bacteria pulula en el ambiente y pobre de ti si apunta y eres el blanco. Se come tu carne, arrasa con tus pellejos, derrite de a poco tu cuerpo peor que el ácido. Como ves, Roberto Buenaño Villafría sabe de estas cosas lo que yo de astronáutica, fractales o parapetos cuánticos y por supuesto que no he vuelto a escucharlo. Hasta aquí llegué con él.
    En fin, que mientras escribo todo esto de seguro un bicho con diez patas y colmillos ponzoñosos hace de las suyas en lo más profundo de mi duodeno. Entra por un oído, pasa directo a la boca, resbala por la lengua como si ésta fuera un tobogán y finaliza de cabeza, en caída libre por el abismo que va a dar al saco estomacal. Pienso en semejante escena y un frío helado me recorre hasta las uñas. Es imposible controlar los nervios, espantar el miedo, no vaya a ser que cualquier día bestias así  me engullan y las cosas se reviertan: termine entonces arrojado a sus panzas -en vez de continuar con ellos en la mía-, a sus caldos, a sus tripas, convertido de seguidas en baba sanguinolenta a medio digerir, navegando entre enzimas, jugos gástricos y asquerosas sustancias burbujeantes. No, eso no, eso jamás.
    Piénsalo por un momento y dime tú qué tal. Nosotros los buenos a merced de un ejército de bichos malos dispuestos a mascarnos de un bocado y después si te he visto no me acuerdo. ¿En qué quedamos?, los llevamos por dentro, los alimentamos a sus horas, les brindamos eso que inocentes ecologistas, defensores de la naturaleza, verdes e infinidad de tontos por el estilo llaman nicho, hábitat, microclima y demás zarandajas parecidas, ¿y al final qué?, ¿cuál será el último capítulo? Lo que soy yo, cuenta con que no estoy dispuesto a que me devoren de ese modo. Nunca tuve complejo de pizza o sensibilidad de sopa de lentejas. Niet. Por eso continúo buscando, preparando el terreno en función de elemental supervivencia. El doctor Horacio Luzurruaga, figura descollante en el hospital Sigmund Freud de la ciudad finalmente me ha dado la razón. Ahí puedo verlo, conmigo, dispuesto a librar los combates necesarios. Por lo pronto, entre el Valium y pastillas para conciliar el sueño sigo pensando en estas lides. Saldremos vencedores, lo tengo por seguro, es que cantaremos victoria de una vez y para siempre.

7/11/2019

Las lenguas escondidas


    Siempre me ha dado por creer en ciertas lenguas ocultas por ahora. No me pregunten por qué, pero hubo un tiempo en el que daba por sentado, abrigaba la seguridad de que en algún lugar de la Mancha había otros modos, sorprendentes instrumentos para decir y decirnos que dejarían pasmado al más aventajado de los lingüistas.
    ¿Qué son las lenguas?, ¿acaso no conforman posibilidades de comunicación tan complejas como fascinantes?, ¿de dónde vienen?, ¿cómo pasan por la historia?, ¿qué podemos o no enunciar gracias a ellas? El asunto, como puedes ver, no es de poca monta. Si una lengua te permite concebir el mundo según su alcance y límites, ¿eres un subordinado a ella?, ¿cabes en la palma de su mano y tu cosmovisión no es en verdad tuya sino un apéndice a imagen y semejanza de tamaña señora? Yo soy yo y mis circunstancias, decía el buen Ortega, y vaya que las circunstancias van siendo aquí más circunstancias de lo que imaginé.
    Con pelos y señales llegué a concebir que esas lenguas estaban ahí, definiendo el universo a su manera. Sólo era cuestión de hallarlas, observarlas, hasta incorporar entonces nuevas formas de incrustarse en esto que llamamos realidad. Imagínate un segundo la escena: chocas de frente con cualquiera de ellas y al cabo de esa sorpresa respiras hondo y decides aprenderla. Vista así la cosa, descubres que tienes un caleidoscopio enfrente, al punto de que semejante hecho se transforma en un golpe seco, iluminador, directo a tu nariz. Las lenguas como herramientas para concebir el mundo tan cambiante, tan colorido, tan multiforme y asombroso como lo son ellas mismas. Un caleidoscopio, sin la menor duda. No frunzas el ceño, tampoco pienses que perdí el juicio. Y continúa leyendo porque diré más.
    Tengo la certeza de que existe alguna con tantos vocablos, tantísimos para meter ahí cuanto te rodea, que la memoria resulta insuficiente por lo que es preciso llevar siempre un diccionario para consultarlo a cada rato. Estoy de acuerdo contigo, una lengua así sería poco práctica, chocante, aburrida hasta la médula, pero qué le vamos a hacer, oculta en la geografía estoy convencido de que aguarda y su hallazgo es apenas cuestión de tiempo.
    Hay otra gracias a la que sólo mencionas un objeto, o lo que te venga en gana, y de seguidas puedes vislumbrarlo ante ti, por poco tenerlo enfrente, y cada palabra que utilizas te hace sentir relieves, acariciar texturas, notar pliegues de mil y una condición. Y otra, sí, otra distinta a las demás pero igualmente asombrosa, cuya seña relevante es la ausencia de sintaxis. Con unos pocos términos puedes decirlo todo sobre cualquier tema, ocurrencia o idea que te aterrice en la cabeza. Y por último sé de otra en la que no tienen cabida sinónimos o antónimos o adjetivo alguno porque categorías así son más que innecesarias: tal lengua inventó la palabra exacta para cada referente, para cada escena o circunstancia que imagines.
    No me lo vas a creer pero repito que ahí están. Si de buscar se trata pues ésa es la tarea: hurgar aquí y allá hasta encontrarlas. Verás que la vida arde en posibilidades y sus realizaciones andarán justo al alcance de la mano. No niego que haya otras, que existan muchas más por cualquier punto del mapa, seguro que sí, pero con las que he traído a colación alcanza. Basta y sobra. Cuestión de dar con ellas y aprenderlas. Cuestión de ponerse manos a la obra.  

7/03/2019

Un amigo perfecto


    Tengo un amigo que se deprime cuando las cosas le van mal. Un amigo cuya relación con la pasiflora, el valium o las pastillas para dormir es directamente proporcional al resultado  de sus procederes. A ese amigo el mundo y sus circunstancias le sacan la lengua para siempre, cosa mala por donde la mires.
    Mi amigo siempre ha buscado ahuyentar el error. Grandes o pequeños, la sola posibilidad de cometerlos supone una mancha inaceptable en su hoja de vida que termina por convertirse en náuseas, dolores estomacales, temblores en las piernas  y cierto tic en el párpado izquierdo que le otorga un aire de bufón versallesco en plena Francia del siglo diecisiete.
    En cuanto a mí, nada me aterra más que lo perfecto. Desde niño huí de semejante condición apenas vislumbré que como fantasma aparecía ante mí y flotaba ajena, extraña, al punto de obligarme a correr espantado. Es que lo tengo clarísimo: la perfección siempre me ha asustado. De las cosas que en verdad logran erizarme cabe en primer lugar esa señora esquiva que tanto busca la gente y por la que demasiadas almas fueron vendidas al diablo que osó pedir algo por ellas.
    A Borges, al gran Jorge Luis Borges lo leí tarde porque en un lejano contacto inicial salí alterado, enfermo, desequilibrado, teniendo la impresión de estar frente a un monstruo  vaya uno a saber de qué dimensión escondida. Sus cuentos perfectos, leídos en la adolescencia, erigieron un muro que con mucho esfuerzo he intentado derribar después. Una mujer perfecta, una sinfonía perfecta, una idea perfecta. ¡Horror! Tienen razón los grandes detectives –Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Auguste Dupin, Philip Marlowe, el Padre Brown-, guardan la verdad en el puño cuando cada uno, sin excepción alguna, menosprecia la noción del crimen impecable. No existe realidad parecida a ese universo cerrado sobre sí mismo con la absolutez de la esfera, refractario al más mínimo equívoco.
    Mi amigo busca la excelsitud en su camino, en los quehaceres del trabajo, en la fatiga diaria,  en la vigilia y en el sueño. Menuda intención, peldaño número uno en la ruta del sanatorio, brinco acelerado en pos de la infelicidad. Ni desafíos abismales, ni esas historias de terror que llegué a leer en la habitación semiiluminada de mi infancia y ni siquiera la destructiva sensación de fracaso que a veces me embarga por completo, nada me horroriza más que el aroma, el tacto o el sabor de lo inmejorable. Lo que soy yo, probé hace mil años el valor de los defectos y la belleza de lo inacabado y, qué delicia, saboreé la garantía de vida que encierra como tesoro en las entrañas lo verdaderamente anómalo, imperfecto hasta la médula. En fin, que lo más perfecto es la muerte. Prefiero los lunares del día a día porque evocan horizontes de satisfacción a mediano o largo plazo, vedados casi siempre por el cutis aterciopelado de lo prodigioso. Me quedo con las uñas descuidadas en plena labranza de los años por venir. Sigo en la faena incompleta de esto que llaman existencia, con e minúscula por si las dudas.
    El bueno de mi amigo sufre de jaquecas y de comezones sin explicación mientras da por sentado que la marea de lo defectuoso baja para él a cada instante en función de sus esfuerzos. Iluso, el mes entrante cumplirá cien años. Vaya vida que se ha venido despachando.

6/28/2019

Las huellas del recuerdo


    Ya se sabe: lo que somos cobra carnadura en función de la memoria. Hasta aquí perfecto, bonita frase. ¿Pero qué son los recuerdos? Entonces cojo el diccionario: “memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló”. Y comienza el librito a jugar al gato y al ratón. ¿Memoria? ¿Memoria de lo que se hace o aviso que se da de algo pasado? Joder, volvemos al principio. ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué es por fin eso que dieron en llamar memoria?
    Tengo la impresión de que recordar pasa por echarse un trago de subjetividad. De asépticos, los recuerdos tienen lo que yo de puro y casto, es decir nada. Guardan en las entrañas más fantasías que hechos verídicos, más de ficción que sucesos contantes y sonantes, cosa fabulosa si entre líneas lo que buscas es inventarte una vida explosiva, colorida, con adrenalina chorreándote por las narices. Un vaivén existencial de puta madre, para que me entiendas.
    Cada vez que recuerdas se te mete el diablo de las ensoñaciones en el cuerpo. Vaya uno a saber si algún día acariciaste tiburones nadando en las aguas de Hawai o te arrojaste por despeñaderos colgado de una cuerda elástica mientras sonreías para una selfie en plena caída libre, pero júralo, hay quienes fraguan sus memorias a base de escenas parecidas, clavo y martillo listos en el taller de efectos especiales que supone cualquier reminiscencia.
    Yo que te lo digo. La otra vez, escuchando una música de antaño, me vino a la mente un sinfín de remembranzas sobre tiempos idos. Puedes creerme o mandarme al cuerno pero ahí estaba con el rifle a cuestas, cruzado el pecho por correas llenas de balas. Cazaba elefantes en África, era mi hobbie, prueba de ello esa cabeza colgada en las paredes de mi estudio. Qué momentos, qué experiencias, vaya manera de pasar las vacaciones. Mientras los amigos engordaban en una playa de Falcón cazuela de mariscos, cerveza en mano y libro de Coelho a punto, yo fabricaba sístoles y diástoles a punta de pólvora y sudor en las estepas. Tenía cojones el asunto.
    La huella de los recuerdos va de la mano con lo que eres, ya lo he dicho, de modo que ni Freud ni Jung ni la madre que los parió, a ellos y a quienes llegaron después, a la hora de las definiciones, las improntas o el territorio marcado que vas dejando tras de ti. Tu olor, tu marca de fábrica, tu sello a fuego sobre la piel son el vivo retrato de todas las quimeras, vuelvo y digo, e implican el núcleo único y duro que te define. Así que no me vengan con mariposeos.
    ¿Otro ejemplo? ¿Más evidencias contundentes? Mírate al espejo y rememora. Piensa en lo que has sido y coge por el pescuezo ciertas evocaciones que revolotean escondidas allá en el fondo de tu propio barro. En cuanto a mí, recuerdo cuando en la adolescencia me armé de valor y le quité el capote a un primo con ínfulas de torero. Él, que estudiaba en serio el arte de la tauromaquia, no terminaba de pararse frente al animal y dar por fin el espectáculo. Entonces bajé al ruedo, le arranqué la muleta y la tela y le pedí muy serio que se fuera. Menuda faena, qué tarde aquella de rabo y orejas. Veo como si fuera ayer las caras de las chicas, sus besos apabullándome, la imagen nítida de no sé cuántas tetas apenas anunciándose entre los escotes, aplastadas contra mi pecho en cada abrazo. Todavía guardo el sombrero de paja toquilla que una de ellas arrebató a su acompañante para obsequiármelo por semejante hazaña.
    La verdad es que toda alusión a propósito de lo que significas lleva metido entre ceja y ceja el herraje para fabricarte cierta estampa a la medida. Terminas siendo el hojalatero de la existencia, de una vida que de lo contrario sería tan chata como la nariz de un perro pug. Hefesto, un moderno Hefesto es lo que al fin y al cabo encarnas, benditos sean todos los dioses.  
    P.D.: Pienso mejor el asunto, le doy las vueltas necesarias y la imagen llega y ahí está, cabeza, capote y sombrero los compré hace mil años en una venta de garaje en Maracaibo.  Las cartas boca arriba porque todo hay que decirlo. Sí, todo hay que referirlo.