3/02/2017

La chica de las tetas perfectas

    Así como lo lees. Podrás objetar que la perfección es subjetiva, que en realidad cobra vida sólo en función de un ideal que cada quien lleva entre ceja y ceja, que no existe ni existirá jamás, y la verdad es que me importa un rábano. He visto la perfección a tres metros de distancia y, como dijo el poeta al hablar de la belleza, la senté en mis rodillas, con la pequeña diferencia, señor Rimbaud, de que ni la encontré amarga ni  la injurié.
    Todo lo contrario. De ese sueño magnífico, de transformarme en cabalgadura para que deambule a sus anchas, puedo decir que desperté con la certeza de haber dado un mordisco al Paraíso. Créeme, he visto a la perfección dando brincos a su antojo mientras hojeaba la página ochenta y tres de El limpiabotas del Padre Eterno, un cuento de Max Aub. Alcé la vista desde esta mesa en el Sweet&Coffee y ahí estaba, hecha carne y hecha huesos con toda la desfachatez del mundo haciendo de las suyas.
    Voy a coincidir con San Agustín cuando le preguntaron por el tiempo. El santo respondió que frente a semejante interrogante no tenía la más mínima idea de qué diablos podría ser, pero una cosa estaba de anteojitos: al desaparecer el tono de consulta entonces claro, daba por sentadas de pe a pa y con pelos y señales las respuestas al enigma. Pues bien, mejor enfoque imposible. Toda perfección es prima hermana de ese tiempo, entra en el mismo saco, comparte iguales quebraderos de cabeza, de modo que el tamiz de la razón termina siendo un estropicio inservible, funciona para todo menos para dar en el blanco en asuntos de intereses  cartesianos. He visto a la chica de las tetas perfectas y punto, verdad absoluta, aparición indiscutible.
    Imagínalas como te dé la gana, total, lo probable es que no coincidamos y qué importa. Sin embargo, mira cuánta casualidad, tu perfección y la mía gozan del mismo afán e idéntico punto de fuga, diríase que van por ahí sin negarse al próximo bar, sin amedrentarse frente a la enésima cerveza de la noche. La chica de las tetas perfectas cumple su función, alcanza la cota máxima, humedece los rincones con esa baba fosforescente que a todos despierta y pone alertas.
    Juro que vi a la perfección y la senté en mis piernas. Ella sonrió y luego nada,  por completo nada, apenas esa cosa espumosa que grita mírame, aquí estoy, cuando tres más dos ya no son cinco. Entonces cuentas con los dedos o sacas la calculadora pero ni así, a las sumas y a las restas les da por flotar ahogadas en el pozo séptico próximo al café que sirve de trinchera para traquetear con las ideas, con las palabras, esas doñas vestidas de negro incapaces de hacer nido en tus bolsillos.
    La chica de las tetas perfectas pasó como saeta a un palmo del lugar en el que escribo. Toda perfección es, lo sé hace ya mil años, el producto observable del cada quien que supura por los intersticios del escrutinio, el tuyo o el mío, risueño y feliz el muy degenerado. Y qué le vamos a hacer, San Agustín lo vio con ojos que para qué te cuento, así que basta con la imagen, con las tetas de infarto que a plena luz de día se abren paso entre el universo torcido que, te guste o no, acaba por engullirnos como si fuésemos bocado de un tercero que ve tú a saber cómo nos mastica, nos traga y nos digiere.
    La chica de las tetas diez taconea a su antojo, mueve las caderas frente a tus narices, te hace trompetillas, saca la lengua con ánimo de burla para que no seas bestia, para que por fin aprendas. Después, hay que ver, fumas y piensas, y deseas,  y pretendes tomar venganza a tu manera, por lo que coges el papel con ganas de escribir tres pendejadas. Y así. Es que la perfección tiene sus intríngulis, Cantinflas creo que dixit. Con toda razón, vaya, con toda razón.

2/24/2017

¡La democracia, joder, la democracia!

    Hay quienes juran que la democracia es una flor silvestre que se da como si nada. Craso error, por supuesto. Si le echamos una ojeada a la rueda de la historia es posible notar cómo despuntó apenas con Pericles y luego, tal como la conocemos, hace cuestión de dos centurias. Nada, un suspiro llevado a escala histórica.
    Lo normal, la regla común en el devenir humano ha sido que algunos, los poderosos, los ricos, los bien relacionados, los que se ubican por re o por fa en el vértice superior de la pirámide en cualquier época y lugar, usen como cabalgaduras a los desvalidos, es decir, se encaramen sobre la mayoría. La vuelta de tuerca que significa el hecho democrático consiste, por primera vez, en inventar una forma de convivencia capaz de frenar la tendencia milenaria a que el lobo siempre devore a los corderos. Se trata, más que de un sistema social, de una cosmovisión, de un modo de vida, en fin, de una cultura.
    Por eso la democracia no lleva en sus entrañas garantía alguna de justicia social, progreso, paz o felicidad, pues acceder a ella dista años luz de que en verdad consista en cerrojo frente al camino de regreso a la barbarie. Quien piensa de esta manera se equivoca y, lo que es peor, abre de par en par las puertas al pasado que suponía conjurado.
    Leo en el portal Prodavinci (www.prodavinci.com) una crónica en la que algunos jóvenes comentan sus expectativas, sus esperanzas y desencantos a propósito de la destartalada Venezuela. Una chica afirma lo siguiente: “yo solía estar enamorada de la política, pero últimamente muchas cosas me han hecho cambiar de parecer. Que los políticos no trabajen para la gente es muy grave. La mayoría de las decisiones son tomadas arbitrariamente. Antes al menos disimulaban preguntándole al pueblo. Ahora eso no sucede”. Y ahí aparece vivita y coleando una bomba de tiempo. Si la democracia es una especie rara en nuestra civilización, si hay que cultivarla y mantenerla con uñas y dientes, si requiere alimento diario para no morir de inanición, entonces lo contrario implica darle palos por todos los costados. Cuando para alguien la política y la democracia son sinónimos de vileza, de dolo, de mugre amalgamada con lo menos elevado, quedamos a un paso de populismos capaces de roer la madera más noble de cuanto ellas suponen. ¿Ejemplo?, lo sucedido en la humillada Venezuela. Los polvos del pasado, con una clase política y una sociedad civil sordas, de espaldas a las necesidades de los más necesitados, trajeron estos lodos, barriales fraguados por unos gobernantes cuya única propuesta es esa torcedura de la inteligencia llamada  “Socialismo del Siglo XXI”.
    Que una caterva de imbéciles, gente que se sirve de la política, que se empina sobre la democracia para medrar y enriquecerse, que está dispuesta a engañar, arrasar y destruir haya tenido alguna vez público de sobra para sus sandeces, lleva en las alforjas el germen perfecto para socavarla. Van a ser muchos quienes, decepcionados por los magros resultados de nuestras enclenques democracias, paren las orejas ante el relumbrón de caudillos, iluminados, hombres fuertes y demás bichos en la espesa fauna de los Castro, los Chávez, los Perón, los Trump, los Ortega y dejémoslo hasta aquí por razones de mínima asepsia.
    Alcanzar la democracia es infinitamente menos complicado que conservarla, no cabe duda, lo cual exige estar alertas, pendientes mañana, tarde y noche, porque ella, hay que repetirlo mil veces, no es vacuna contra la peste de autoritarismos, fascismos,  populismos y demás ismos que en el mundo han sido.
    Leo también en El País Semanal lo que escribe Rosa Montero: “la única manera de luchar contra la deriva ultra de los Trump y los Brexit es la regeneración democrática”. Créeme, no le falta razón. A ver si de una vez espabilamos.

2/20/2017

La otra historia

    Hay gente que vende a su madre por triunfar. Vaya uno a saber qué vericuetos cobran forma en la caja craneana de algunos, pero en fin, desde que tengo uso de razón me atrajo mucho más el fracaso  -o cuando menos el no dar del todo en el blanco-  que cruzar la meta antes que los demás.
    Quienes se desviven por alcanzar sus sueños guardan entre ceja y ceja cierta condición robótica, es decir, tengo la impresión de que saltar la verja que da al mundo de los proyectos cumplidos lleva en las entrañas bastante de quehacer condicionado, kilos de Pavlov haciendo de las suyas toda vez que te desvives por la medalla o los aplausos. En el fondo suena siempre la misma campanita, cling-cling, y otra vez salivación, otra vez la línea del horizonte que te guiña un ojo, que te llama con el dedo mientras se alza un poco la falda, cruza las piernas y  te deja ver las  medias negras hasta lo más profundo de los muslos. Pavlov a pleno día cuchillo en mano, digo para que despabiles.
    Caer, no necesariamente con estrépito,  es lo normal, es esta realidad monda y lironda que te da un coñazo a cada instante en la nariz. Sin embargo no falta alguien empeñado en pervertir, en trastocar, en transitar de triunfo en triunfo de modo que esos pequeños fracasos terminan convertidos en vivencias infernales. Cuando perder bien puede transformarse en punto de apoyo para al fin ganar, ciertos imbéciles están ahí  enarcando las cejas a lo Bogart, porque así es el negocio, viejo, porque debe ser ganancia diaria, en cash para remate, cigarrillo ladeado de por medio, mira tú, que si te descuidas me quedo siempre con la chica guapa.   
    Pero decía arriba que prefiero el halo gótico y mediocre de algunas historias particulares al relumbrón de los flashes tan ansiados por cualquiera. No sé tú, pero jamás he concebido esto que se llama vida como gabinete para exhibir lauros.  Debe ser porque los de verdad no caben en ciertos espacios cuadriculados. Y entonces volvemos a lo mismo: el hilo de algunos esfuerzos en vano resulta mucho más interesante, humano, curioso y digno de emular que el final rosadito al puro estilo muchacho de la película.
    Todo evento que termina con bonita música de fondo es asimismo un relato de fraudes agazapados. Los finales risueños son también el engendro de opacidades que conviene más esconder bajo la alfombra, no vaya a ser que tanta carcajada acompañada de buen vino se torne grisácea al contacto con el sol resplandeciente. No sé, la verdad es que no sé. De niño me simpatizaron los segundones, los últimos de la fila, los creadores de tramas que se imponen a codazos y a mordiscos, sin cámaras que les sigan los pasos, y ellos me caen bien desde esos tiempos. No brillar en los noticieros va siendo sinónimo de esa cosa magnífica, llámala como quieras, que encuentras en medio de las piedras o a milímetros de las espinas, pienso y sostengo. Lo demás es huevo de pato, moco verde embadurnando pañuelos de seda, perfume transitorio entre los senos de la dama.
    La otra vez, leyendo uno de sus cuentos, el gran Benedetti me salió con esto: “en toda victoria histórica hay algo de turbio, de injusto, de obsceno”. Entonces sí que me agarró por las pelotas, el muy cabrón.  Por eso me gusta la cara oculta de la Luna, el envés de la trama, la dulzura que suelen llevar encima ciertos nobles fracasos.

2/17/2017

Un clásico

Una canción de Luis Eduardo Aute que me acompañó en la adolescencia. "Las cuatro y diez".

El link:  https://www.youtube.com/watch?v=56W8zudUAy0

2/10/2017

El Comandante

    Leo una entrevista a Moisés Naim y pienso: qué cojones. Vargas Llosa tiene razón, digan lo que digan los envidiosos, los izquierdosos y los ultrosos. Vamos a ver, doy una pasadita por twitter y ahí está, salta como liebre, brinca aquí y allá, satura los rincones de la virtualidad hecha espectáculo, al por mayor, al quién da más. Parece que es verdad, atravesamos la cultura de los flashes, del relumbrón mediático, del jaleo sin peso específico al más puro estilo hard show bussines .
    Me refiero a la serie El Comandante, que según el entrevistado no es biografía alguna de Hugo Chávez sino exactamente lo contrario, una obra para la televisión inspirada en cierto libro de su autoría, cargado hasta el cuello de ficción. Despacho la entrevista y quedo satisfecho. Las ideas de Naim siempre me han parecido ejemplos de conexión con el cerebro, con el mundo que nos toca transitar para bien o para mal, duro, complicado, universo rosadito a veces e hijo de la gran puta casi siempre. Entonces me digo: hay que ver. Una serie de sesenta capítulos dedicados nada menos que a Chávez. Supongo que el hombre es garantía de éxito, que su popularidad, sustentada en el histrión que encarnó, es más que un  buen aval si se trata de vender. La Sony no tiene un pelo de tonta. ¿Qué hizo, después de todo, Hugo Chávez en su vida sino vender y vender? Se vendió a sí mismo y la pegó, vendió un proyecto delirante y tuvo fortuna, y vendió un país a los demonios de la sinrazón con idéntica buena suerte.
    Entonces paso la vista a mi álbum particular de personajes latinoamericanos con lustre e impronta indiscutible. Aparece Óscar Arias, irrumpe Fernando Cardoso, imagino a Rómulo Betancourt, vislumbro a Carlos Rangel, pienso en Ricardo Lagos, en fin. Revuelvo imágenes en sepia de individuos que metieron sus narices con respetabilidad en la política y nada, que alguno de ellos protagonizara tamaña serie es algo que únicamente puede ocurrírsele a un desquiciado. O sea a mí. Bancarrota por donde lo mires. Al lado del Che y Fidel Castro, acota Naim, “Chávez es el líder político de mayor fama mundial en estas latitudes”. Por eso la peliculita y por eso andamos como andamos, concluyo aún con la entrevista en las manos. Un sesudo Rangel, un pausado Lagos, un estadista como Arias, embutidos en esas aburridas formas que echan mano de la legalidad, del diálogo, de la tolerancia, untados por el ritmo lento que exige el actuar y el hacer desde las exigencias democráticas, ¿qué pueden buscar frente al vértigo castrista o el ventarrón mitómano, embrujador, hilarante, del caudillo venezolano? Un pepino. Nada entre la nada.
    Que Sony Entertainment Television haga su agosto llevando a la pantalla chica lo que le venga en gana, vale. Pero que la peste política, es decir, dictadores eternos o aprendices de tales gocen de los favores del público, que se embolsillen el raiting cuyo punto de fuga es la alfombra roja de Hollywood, indica una tara que ve tú a saber cuándo pasará a la historia. Vargas Llosa y su civilización del espectáculo, no te quepa la más mínima duda. Cala mucho más el estruendo descocado de un Chávez que se jura pieza clave de la historia, con sus disparates y megalomanía a cuestas, que el aire sosegado de demócratas refractarios a estruendos de la lengua y terremotos tras sus pasos, pongo por caso.
    Con razón el Socialismo del Siglo XXI, ensalada con la vinagreta más amarga de estos tiempos, tuvo tan espectacular acogida. Los exquisitos paladares de aquella rocambolesca fanaticada premiaron con creces el experimento de un recetario a punto de caramelo, o sea, listo para la intoxicación generalizada, a reventar. La civilización del espectáculo, dime tú si no, haciendo de las suyas por donde eches el ojo. Digerir un plato semejante fue darse de bruces con el macabro resultado de sus invectivas. Pero lo importante aquí ha sido y es el tintineo de copas, el relumbrón fulgurante, la atracción fatal que un encantador de serpientes ejerce en función de la histeria, del hígado  y las gónadas. Ese eufemismo que dieron en llamar carisma.
    Sostiene Naim que la serie está bien hecha, mejor actuada, magistralmente escrita. Y no lo dudo. Pero de Chávez Venezuela tiene suficiente. Lo que soy yo, paso la página. Enhorabuena la democracia otra vez, más temprano que tarde, amén.

2/06/2017

Quijotes de papel

    La diáspora venezolana, como toda diáspora, levanta una polvareda que con el tiempo pasará de largo. Estoy seguro de que las cosas volverán más temprano que tarde a su lugar, pero vamos, el cuándo o cómo de semejante regreso al equilibrio no es lo que pretendo para la página de hoy.
    Hay de todo, pero abundan cagatintas que señalan con el dedo, que acusan y cubren de epítetos made in las mazmorras del hígado a quienes cogieron una muda, dos peroles y se largaron, y habladores de pendejadas cuya lógica es tan patética como hueca: eres un desalmado porque te vas, eres muy nacionalista porque te quedas. 
    Confieso que me tocan el ganglio de los cojones quienes practican tamaña ética maniquea, hermanita gemela de esa otra con que el sumo sacerdote de la religión chavista infectó cajas craneanas, sesos si los había y cuanto patuque haya existido en los confines de tales cavidades. Una ética al servicio de ciertos chasquidos de la lengua que apelan a la conveniencia, fraguada a ras del suelo, incapaz de elevarse aunque sea medio centímetro pensando en la vergüenza al menos. Al carajo. Es la de esta gente una forma de mirar jamás dispuesta a estirar el pescuezo para  vislumbrar que el mundo no acaba en los límites de la comarca, ahí donde nacieron, se criaron y juran como mero centro de lo habido y por haber. Dicho en corto, para que me entiendan: una ética que se enreda en la idiotez de sus abanderados.
    El año pasado hurgaba en el portal de cierta universidad extranjera y descubrí un llamado a concurso para profesores. Nada mal el asunto, me dije, así que hice click click y continué leyendo. Lo normal, lo básico, lo que cualquier académico sabe que tiene que desarrollar aquí o allá: docencia, investigación, extensión, seminarios, congresos, conferencias, en fin. Anoté requisitos, preparé mi asunto y nada, ahora escribo esto fuera del país, ese pedazo de tierra tan mía como de quien salió antes o saldrá después. Una Venezuela que navega a sus anchas en mi adn, con más fuerza que aquella instalada en la bandera o en el himno de tanto chauvinista lápiz en mano tejiendo disparates más que peligrosos, estúpidos y reduccionistas. Lo primero, porque del patrioterismo ramplón a las exclusiones fratricidas hay pocos pasos, y lo segundo y lo tercero por simple derivación comparativa: endilgar adjetivos perversos a quienes cruzan las fronteras se parece demasiado a etiquetar del mismo modo a los que no lo han hecho, aunque se hayan ido del corral, del grito a coro, apartado del llamado de la tribu, de la recua dictando su sentencia: piensa como yo y serás patriota, piensa distinto y eres un escuálido.
    Al carajo, vuelvo y digo. Leyendo el otro día un cuento de Benedetti, aquí, en el mismo café al que regreso cada vez que puedo a escribir algo, encontré esta frase memorable: “Los lugares valen por los recuerdos que dejan”. Y de seguidas esta otra que apunta al mismo blanco: “Los más entrañables son los lugares ya cargados de memorias”. Y eso es, eso basta. En cuanto a mí, abrazo la ciudadanía universal, el librepensamiento, en fin, eso tan apetecido y tan poco entendido como la libertad. EL cosmopolitismo, ubicado en las antípodas del provincianismo de anteojeras, da para hacer más por un lugar, por una geografía, echando mano del mundo, que es lo mismo que decir del horizonte ancho, abierto, cargado de posibilidades. Hay que ver, pienso. Aquí, a media pulgada de donde me encuentro, existen quienes superan con creces en su entrega de esfuerzos, alma y energías por una causa al grupito histérico de opinadores sin remedio y a tuiteros enchinchorrados cuya arma de destrucción masiva es Nicolás, vete ya. Menuda tarea la de estos caballeros, quijotes del teclado, sin rocín, lanza en ristre ni escudero.

1/29/2017

Obra y gracia de los sueños

    Hay gente que se atreve a bailar, a comer platos exóticos o a lanzarse montada en un kayak por las cataratas del Niágara, pero no a pensar. Pensar, lo que se dice vincular A con B para llegar a C, parece que cuesta un ojo de la cara.
    Lo digo por mí, claro. De adolescente, cuando juraba por todos los dioses que tenía salud de roca, que sería por siempre joven y que de ñapa era inmortal, imaginaba también que en el arte de mover las neuronas corría cien metros planos en nueve segundos. Fíjate qué forma tan común de creerse pensante, de  darle y darle a la materia gris, pero en reversa.
    Después, ya en la primera adultez, continué alimentando la seguridad de que día a día dibujaba el perfomance de alguien entregado a los quehaceres del intelecto. René Descartes en pleno siglo XXI, haciendo de las suyas con este graffitti pegado de la frente: pienso, luego existo. Y lo demás huevos de pato.
    Hasta que alguna vez soñé un sueño al mejor estilo Borges, o creí haberlo soñado, qué más da, o pretendí soñarlo pero ya ves, lo imaginé quizás sentado en la nada romántica poceta o en medio del profundísimo relax que a veces nos pesca metidos en la ducha. Lo cierto es que soñé o quise soñar que me soñaban.
    A partir de esa experiencia, que bien pudo haber nacido, como he afirmado arriba, en el nada filosófico baño de mi casa, terminé convencido de que ciertos hilos nos llevan y nos traen, nos incitan a amarnos o a odiarnos, nos meten de cabeza en un mundo que es baba onírica chorreada por otro mientras ronca a pierna suelta, ve tú a saber dónde, cómo, cuándo y por qué.
    Ponte a pensar (o mejor, ponte a creer que piensas) y vislúmbrate abrazado, acurrucado con tu novia. Mírate de cabo a rabo preparándote para ese examen del viernes. Échate el ojo llevando a tu bebé en brazos y cuéntame. ¿Te parece de lo más interesante el sueño de alguien, donde existes por los pelos de un mosquito? ¿Reconoces una puesta en escena que es claro ejemplo de la siesta que supones nada menos que tu propia vida?
    Cuando descubrí que somos consecuencia de la resaca de un tercero, que formamos parte de alguna pesadilla, de cierta indigestión que nos echó afuera mientras el enfermo dormitaba largo a largo en un colchón, sentí casi tocar el misterio de lo humano. Créeme, jamás sospeché que al fin y al cabo todo fuese tan sencillo. Por eso hay gente noble y tierna como una fruta en su momento, o endurecidos al punto de competir con las piedras. Nacieron de un camarón sublime, placentero, luego de que sus soñadores practicaran el amor como bestias saturadas de afecto y de deseo, o son la evidencia tosca de sueños cuyo seguro antecedente fue dormir la mona después de una oscura decepción.
    La verdad es que por donde lo mires eres la obra magna, colorida, sublime de ese que te lleva en un bostezo y, quién se atrevería a lanzar un no, hasta emanación gaseosa de otro que te expulsó como ventosidad en sus rudos forcejeos con Morfeo. Es que todavía no salgo de mi asombro. Es que, dime tú si no, todo esto se cuenta y no se cree.

1/23/2017

El café de la felicidad

    De entre las cosas que suelo hacer con mis dos niños, leer juntos es quizás la que nos gusta más. Desde hace años labramos una secreta complicidad, savia y médula de algo que jamás abandonamos: meternos una tarde completa en los bolsillos y largarnos a nuestro café preferido sólo a aventurar entre la tinta y el papel.
    No ha sido difícil lograr que saboreen con gusto la palabra escrita, como no ha sido de mayor complicación llevarlos a comer helados. Claro, un libro es tan placentero como el sundae de chocolate si tienes el cuidado de presentarlo así, de vivirlo como tal.
    Aunque sus gustos son diferentes, Camila y Daniel piden el menú que mejor sienta al paladar que poco a poco afinan. Ella delira por historias juveniles donde chorrea cierto universo que se parece a sus sueños, esperanzas o elucubraciones, y él engulle comics que ponen patas arriba el mundo cuadriculado que soporta a diario en la escuela, en la casa o en los diálogos con los mayores. Y yo, lo que soy yo y alabado sean todos los dioses, me hago feliz, babeo alegría metido en mis papeles, ahí en la esquina de la mesa del Sweet and Coffee al que me traen para que mil aventuras revoloteen entre nosotros como ranas saltarinas de mano en mano, de silla en silla y de emoción en emoción.
    Si leer fuese una maldición divina los libros equivaldrían a la quinta paila del infierno. No es así. Sabemos que no lo es, pero sin embargo medio mundo se pregunta cómo hacer para que los niños y jóvenes se acerquen con curiosidad de gato hambriento a poemas, cuentos o novelas. Y quizás por ahí ande la clave, entre brincos a lomo de enigmas que despiertan apetito de saber. Un niño es muchas cosas  a la vez, pero sobre todo manojo de inquietudes con la interrogante siempre colgada del pescuezo. No conozco cajas de pandora tan sorprendentes como los buenos textos, como las buenas historias. Ésas pueden ser el gancho.
    La otra vez sonó mi celular y era Camila. Llamaba para hacerme el reclamo más serio que a sus once años había llegado a pronunciar. La hora de irnos al café se pasaba, yo no aparecía aún y ella, según sentenció, no aceptaría excusas. Hice a un lado lo que me ocupó, despaché con rapidez al latoso que pedía algún dato para el informe del jueves y, desanudando la atadura con esa burocracia que termina engulléndote aunque no te lo parezca, acudí a la cita más importante de este mundo.
    De lo demás ni te cuento. Las andanzas desde nuestra mesa transformada en océano para navegar como Simbad, el rostro iluminado de esa niña que tiene la gracia de Alicia en el País de las Maravillas, su sonrisa desbocada porque un trozo de tiempo compartido nos espera con los brazos abiertos, valen toda la riqueza que pueda imaginarse. Un libro, un café de la calle, mis pequeños conmigo y el universo entero rendido a nuestros pies. Nada más que pedir.

1/20/2017

Ver y no ver

    Hace poco di con un escrito que me pareció soberbio. Lo que leí, un texto sobre salud de esos que sirven para todo menos para curar, hizo las veces de relajante en su más genuina significación, es decir, me olvidé de los problemas y me concentré en historias médicas  -horrible pasatiempo, ya lo sé-   que vaya uno a saber por qué diablos terminan por encantarme. Conmigo ha sido siempre así, qué le voy a hacer.
   Lo cierto es que de la revista en cuestión no pude desprenderme hasta devorarla de un tirón. Ciento cuarenta y seis páginas de una pesquisa al más puro estilo Sherlock Holmes, donde una patología de lo más extraña, querido Watson, hace de las suyas con la complicidad del anonimato.
    Me explico: ceguera facial, que es como se llama la asesina en serie, consiste en un mal que pulveriza, que hace añicos la humana particularidad de reconocer rostros. Así como lo lees, te coge por el pescuezo semejante monstruo y hasta ahí llegaste compañero, entras de cabeza en un mundo desconocido, imposible de identificar hasta en sus más íntimos pliegues, ésos que tiempito atrás formaban parte de tu cotidianidad, de tus afectos, casi que de tus entrañas. Tu madre, tu mujer, tus críos, tu abuelita o tu mejor amiga van directo al hueco del inodoro. Apuesto cien a uno a que no tenías puta idea sobre el asunto.
    Total, que se me ocurrió de seguidas practicar un ejercicio de extensión. Son ciegos quienes no ven, por supuesto: Steve Wonder, José Feliciano o el señor que la otra vez cruzaba la calle con sus lentes de sol guiado por un Collie amaestrado. Pero en verdad tú o aquel otro o yo pulseamos la vida entera con tal oscuridad. Cualquiera que viste y calza como el mejor de los videntes es un ciego mondo y lirondo aunque nunca se le haya ocurrido siquiera imaginarlo.
    Así como descubrí la ceguera para los caretos, piensa en la gente que no ama y en esa otra que le pateó el culo a la bondad. Date cuenta  -menuda realidad que a diario nos aplasta la nariz-  de que el mundo se llenó de ciegos para el sentido común o para cuando menos olfatear esa cosa pastosa que llamamos lógica cotidiana. Embusteros compulsivos, mitómanos al por mayor, inventores de una realidad inexistente, hay de todo. Busca por los alrededores y verás cómo saltan los conejos: invidentes para el placer sexual -léase: anorgásmicos de toda ralea-, cegatos para la belleza, es decir, impedidos estéticos, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Me comprendes Méndez? Quién lo iba a decir, todos los males habidos y por haber bebiendo de la misma fuente pestilente, esa venda en los ojos que alguien dejó puesta justo en el ganglio adecuado para activar el horror hecho totalidad.
    Todos somos unos ciegos redomados. Apenas medio vemos, apenas vislumbramos a un palmo de nuestras narices gracias a que aún no nos ponen el parche sobre el nervio justo. Ya la puntería del francotirador hará de las suyas y al demonio el mecanismo para percibir cierta alegría, algún sentido de justicia, la sensualidad más arrebatadora y, en fin, agrégale después lo que te venga en gana. La ceguera es nuestro santo y seña, no faltaba más. Jamás lo hubiese sospechado.

1/09/2017

Estúpido y feliz

    Parece que la estupidez produce dependencia. Mientras más estúpido se es, mayor dosis de estupidez hace falta para sentirse a tono. Hay quien jura que se acaba siendo estúpido o no en función del número de conexiones neuronales que dispone haciendo de las suyas por milímetro cuadrado. Qué va. Conozco a gentes que son neuronas andantes, sinapsis personificadas, y para qué te cuento, sus niveles de estupidez rayan en lo alarmante.
    Yo mismo, sin ir muy lejos, soy vivo ejemplo de cuanto he dicho arriba: siempre di por sentado  -¡menudo signo de estupidización!- que disponía de alguna célula nerviosa extra chapoteando en su nicho encefálico con sus compinches, pero fíjate, el otro día casi me asfixio en el océano de naderías al que me lancé de bruces desde que me conozco. ¿Para qué voy a negarlo si no hay alternativa? ¿Por qué decir no, si sí? La verdad sea siempre dicha, duélale a quien le duela.
    Pero lo peor es cuanto afirmaba al comienzo, es decir, la adicción que parece instalarse prácticamente de por vida en quien se transforma en estúpido redomado. No sé tú, pero lo que soy yo jamás he visto un caso de restitución, siquiera a condiciones cuando menos dignas, de individuos mordidos por semejante peste. Eres estúpido y sanseacabó, lo vas a ser hasta el fin de tus días. Ahora bien, lo otro, la estupidización repentina o por etapas, sí que ocurre a diario en este mundo, que por algo te lo digo con la seguridad de quien tiene a Dios agarrado por las barbas. Pero como de adicciones es que hablamos, créeme que no hay estupefaciente más poderoso. Un estúpido por los cuatro costados hará lo inimaginable para incrementar su cota, para no abandonar nunca ese paraíso artificial que lo engulle de pe a pa. No basta la estupidez llana, existe tal gradación que, una vez entrados en ella, sólo conoces el ascenso sin techo ni parangón. Triste pero cierto, realidad monda y lironda que te aplasta a cada rato las narices.
    Todo adicto a la estupidez depende de esa estupidez en forma directamente proporcional al coeficiente de felicidad que lleve metido en las entrañas  -para lo que tratamos aquí, uno y otro término, o sea estupidez y felicidad, valga la redundancia, son sinónimos absolutos-, lo que demuestra una cuestión de Perogrullo: mientras más feliz más estúpido, y mientras más estúpido, pues más feliz.
    En fin,  y sirva otra vez mi humanidad como ejemplo, he llegado a esta edad siendo un hombre no menos que felicísimo, para decirlo con todas sus letras. Mientras, dejo ya de escribir estupideces, que en algún momento hay que parar, aparte de que se acaba la página. Que pases el mejor día.

1/03/2017

Sueños

        La otra vez soñé que desaparecían los adultos y cuando por fin desperté créeme que casi rompo a llorar. El mundo había cobrado el aroma de la infancia, era otra vez un lugar que chorreaba aquella sensibilidad ahogada por la madurez, es decir, lo cubría una pátina pueril, adolescente, de eterna juventud o qué sé yo como llamarla, cuya presencia me lanzaba otra vez al lego, a la fantasía y a los pantalones cortos.
    Desaparecen los adultos como por arte de magia. En ese sueño fascinante resultaba imposible preguntar por qué, indagar la suerte de tanta gente entrada en años. Desaparecían y ya, y punto, y se acabó. Como en un videojuego olvidado  -recuerda el Pacman de los primeros tiempos-, terminaban engullidos, chas chas, por vaya uno a saber qué monstruo virtual haciendo de las suyas.
    Niños, hay nada más que niños. El mundo tiene rostro lúdico, cuerpo de bebé envuelto en pañales. Este planeta huele a chupeta, a chicle bomba, lleva en las entrañas esa inocencia típica del joven para quien únicamente existe el hoy en día. Un carrusel, un triciclo, una patineta, adornan el paisaje que es también el enigma del vacío de arrugas, de la inexperiencia por donde la mires. Soñé que desaparecían todos los adultos, chao pescao, y juro por Dios que me sentí de lo mejor, relajado entre las comiquitas de las cuatro y las historias de la abuela después de ir a cenar.
    Un universo sin adultos, quién lo iba a decir. No me preguntes cómo ni de qué manera, pero de semejante realidad se desprendía cierto sabor gelatinoso, imperecedero, tan dulce como puede ser un buen recuerdo en el trajinado paladar de la memoria. Ese mundo despojado de adultos que soñé el otro día, te lo digo con tristeza y sin que me tiemble un músculo del careto, merecía algo distinto que desfallecer metido en su burbuja, pinchado por el día mondo y lirondo que te baña el rostro con un vaso de agua helada cada amanecer.
    Pero la verdad sea dicha: lo disfruté mientras duró. Una noche, algunos minutos, quizás la misma eternidad. Repito, no preguntes, no indagues, porque carezco de respuestas. Lo único tangible ha sido la bendita ausencia, el no estar de la adultez, ese polo opuesto al imaginario infantil despanzurrado gracias a la pacmanía y su furia desatada. Un hombre maduro, y otro, y otro, caminando con los ojos vendados por la tabla del barco pirata que estuvo siempre ahí, en el parque temático de mis diez o doce años. Hombre al agua y lo demás seguirá igual, como si nada.
    Existen de veras las hadas, Santa Claus ríe a mandíbula batiente desde el Polo Norte, las brujas vuelan encaramadas sobre sus escobas. Desaparecen los adultos y, cosa curiosa, en el sueño permanezco inmune, tan campante, como si una coraza de niñez, parecida al escudo de Batfin o al entramado de superpoderes que siempre envidié a Ultrasiete, me envolviera de cabeza a pies.
    Desaparecían los adultos, sí, y el mundo era un libro de cuentos, de fábulas sin fin.

12/23/2016

La fuerza de creer

    Daniel, mi pequeño, quiere un hámster para Navidad. Una mascota es el regalo que ahora Santa, o el Niño Jesús o como se diga, tiene la responsabilidad de colocar al pie del árbol. Mañana, tarde y noche, Gordito, que es como se llamará el roedor, cubre las fantasías y diálogos de Dani, porque semejante personaje, según me informa emocionado,  va a ser otro miembro de la familia, una especie de compañero juguetón, un individuo para el toma y dame cotidiano, en las buenas o en las malas, pero sobre todo, papá, amigo para siempre.
    Daniel cree en la amistad sin ataduras, es decir, sin género de dudas. Un compinche entrañable es este ratón con el que ha aterrado a su madre, cuyo nombre la espanta sólo al escucharlo, y también la ardilla de peluche con quien charla de lo lindo por las noches. O el vecinito de enfrente. O también Santa. Un amigo como Santa no va a dejarlo sin Gordito, asegura, por lo que la otra tarde me invitó a una tienda a buscar la mejor jaula, la adecuada, con juguetes adentro y espacio suficiente para que el peludo deambule en libertad. ¿Libertad? Pues sí, papá, libertad, tomando en cuenta que paseará a diario por mi cuarto como si fuese una extensión de su casa, Gordito vivirá en plena libertad.
    Amistad, libertad, son palabras que Dani valora desde su particular mundo infantil, y cuando hablo de infancia ni por asomo lo hago en función del cuadriculado mundillo de nosotros los adultos. Para Daniel uno y otro término son nada menos que organismos vivos, omnívoros por donde los mires, pues llevan una dieta en la que todo cabe. Todo, aquí, significa que amistad y libertad escapan al cedazo de la razón calculadora, de las realizaciones a conveniencia o del universo de intereses que ya en la madurez hemos aportado a esos vocablos. Si alguien me ha dado lecciones a propósito de ser amigo o de ser libre, ése es el chiquillo que espera a un dientón el veinticinco.
    El otro día, al preguntarme con la seriedad del caso si creía o no en el señor de los renos, respondí tramposamente con otra pregunta: ¿y por qué no he de creer, hijo? Porque otros niños me dijeron que no existe, que es un engaño gigantesco. La verdad es que entonces no sólo reafirmé la veracidad del gordinflón, sino que añadí una certeza como pocas: aunque tengas nueve años como ahora, o cincuenta o cien, ahí va a estar tu amigo Santa, o el Niño Jesús o como quieras llamarlo, escondido en la pasión de tus deseos y en la esperanza de lo que esperas y das por descontado.
    Sonrió, me miró con ojos cómplices y asintió con toda la alegría del mundo metida en ese gesto. Lo abracé, me despedí, cogí el bolso para largarme al trabajo. Sé que después de Navidad Daniel recibirá a esa bola de pelos con los brazos abiertos. Estoy seguro de que Santa lo guarda justo para él.

12/19/2016

Venezuela, políticos y estupidez

    Desde hace poco no vivo en Venezuela. A estas alturas en mi nueva geografía conozco ya un par de cafés que son trincheras para terminar el día. Llego, tomo asiento, enciendo un Balmoral y saco el libro que traigo en la mochila. Entonces me digo: hay que ver. Aquí la vida te exige al máximo pero ofrece también eso que buscas si pagas el precio de hacer bien tu tarea, de entregarte en cuerpo y alma y, en fin  -nada nuevo bajo el sol-, de lograr que hechas las sumas y las restas cuanto has dado en buena lid supere a todo lo demás.
    Hasta aquí de maravillas. Luchas a brazo partido, te esfuerzas como un cabrón de sol a sol y tienes derecho a un horizonte con rostro menos duro. Es lo normal, es lo lógico, es lo sensato en un país con pie y cabeza. Coloco entonces el punto y seguido que acabas de dejar atrás y pienso ahora en Venezuela. Ella es mi tatuaje, en la piel, en el alma, en el adn. Pienso en Venezuela, sí, ese lugar del mundo en el que hagas lo que hagas estás condenado a sufrir las consecuencias de lo que una piara de bellacos logró alzar gracias a su estupidez, su ineptitud y su don de buenos para nada. Vil gentuza que maldita la hora en que, junto a la madre que los parió, inventó hasta lo inimaginable para destrozar a una nación.
    Ya ven, hoy llegué de malas pulgas. En este país al que he recalado por asuntos de trabajo siento en la gente una alegría que ya no hallas en el mío. Semejante hecho  -la alegría-  es sinónimo de futuro. Cuando alguien vislumbra un punto de fuga al alcance de su esfuerzo, se lanza en picada a conquistarlo. Más o menos como en aquellos días, cuando una chica hermosa aparecía en el radar y entonces eras águila o halcón y allá ibas, a arrebatar o a desbarrancarte pero cargado de empeño y de valor. Eso se acabó en la Venezuela del presente. Entonces he aterrizado en este café con ganas de volarle los huevos, ratatatata, ratatatatatata, a tanto político degenerado cuyo único proyecto fue pegar un sujeto con un predicado en el intento de chasquear babosadas para demostrar que era revolucionario.
    Cada día alguien me pregunta por Venezuela. Como si fuera un pariente enfermo, un familiar que agoniza. No exagero un ápice si digo que todos, absolutamente todos, maldicen a Maduro y su pandilla de inútiles. Gente de izquierda, de derecha o de centro no da crédito a tanta devastación, a tantísimo talento para destruir, humillar y arruinar. Perfectos delincuentes que una vez terminada la pesadilla que instalaron pasarán sin dudas el resto de sus días tras las rejas. Mientras Latinoamérica avanza, salvo puntuales excepciones, por la senda de la democracia y del progreso, la tierra donde nací es el hazme reír de un continente, retrocedió al siglo XIX. Ése es el fondo del mal sueño, tal es la escena del crimen.
    Pero vamos, sabemos que la vida continúa. Los países no quiebran ni se acaban, es la gente y sus anhelos, un tú, un yo y un nosotros quienes se llevan los palazos o el beneficio de acciones bien pensadas. Hace casi dos décadas Venezuela sólo sabe de cretinos con poder haciendo de las suyas. Ya veremos hasta cuándo.

12/10/2016

Misticismo

    Dicen que papar moscas es oficio de vagos, de tontos, de simples desocupados, pero la verdad es que hay ociosos que jamás se dieron a semejante tarea y gente muy trabajadora que dicta cátedra si de permanecer lelos se trata.
    Tengo un conocido que toda la vida dio por sentado que paparía moscas a diestra y siniestra. Yo también. Quiero decir, yo también disfruto como nadie el hecho de sentarme en un banco o caminar por la calle por el simple placer de contemplar, estupefacto, cómo el mundo vuela a mi alrededor, galopa a través de mis ojos y epidermis, se transforma en cosa ajena y yo, entomólogo agazapado entre el follaje, observo al dedillo, impertérrito, feliz, cuanta escena me pasa por delante. No hay nada más complejo, créeme, que papar moscas como es debido, asunto que llegado el momento y luego de ganar experiencia haciéndolo un poco más seguido cada vez, te aproxima al umbral nada menos que de la clarividencia. Que lo digan si no los místicos que comulgaron con lo desconocido, que entromparon lo elevado, que miraron cara a cara el foco mismo de la iluminación. No es que en mi caso tales cuestiones se hayan dado. Ni por asomo. Pero me tomo con la seriedad debida papar moscas en el sentido más grave de la frase.
     Existen quienes necesitan del contexto adecuado, o sea silencio, cierta paz que no abunda sino todo lo contrario, de modo que buscan los momentos dignos de la práctica a desarrollar alejándose de la comarca, internándose en montes lejanísimos, concentrándose en un punto inamovible, en un objeto cualquiera, en el horizonte o qué sé yo. En cuanto a mí, sólo intento hallar lo que pretendo en medio del bullicio, en plena calle, en mitad de una caminata por la plaza, sin escapismos artificiales o cosa parecida. Niet.
    Es que papar moscas es lo más complicado de este mundo, vuelvo y repito. El otro día se lo comentaba a mi mujer, quien luego de mi confesión terminó escudriñándome con ojos de ternura entremezclados con un brillo lastimero, de condescendencia resignada, como diciendo: mira los estragos de la edad. En fin, cada quien guarda un mundo en su cabeza y el mío va siendo a estas alturas uno echado en brazos de algún esquivo orden metafísico (perdonen la horrible palabreja) que para qué te cuento.
    Sé muy bien que muchos, aunque no demasiados, lo han logrado. Es seguro que tanta insistencia rindió frutos, lo cual día a día  -guardando las distancias, claro-  yo también  llevo adelante en función del premio gordo: vislumbrar el lado oculto o como diablos se llame ese espacio recóndito que es la hendija de la entrevisión. Papar moscas, como ves, no es sólo relajarse y papar moscas, hecho evidenciable en cada segundo de los tantos a propósito de tamaño ejercicio espiritual, pónle el nombre que te dé la gana.
    Mientras, sigo en mis trece. Papo moscas hasta cuando escribo, cada vez con mayor facilidad, lo cual es el mejor indicio de que voy por buen camino. En eso continúo.

11/29/2016

Fidel Castro y sus congéneres

    Te cuento algo, compañero. Cincuenta y siete años en el poder no es cualquier cosa. Si no hay controles, contrapesos, eso que los clásicos de la filosofía política tramaron con oportuna y fabulosa ocurrencia, al más pintado se le afilan las pezuñas.
    Fidel Castro acaba de morir y no doy crédito a la cháchara que mañana, tarde y noche han armado los medios de comunicación. Presidentes, políticos de toda ralea, gente decente e indecente, artistas de verdad, de embuste y vivos de la vulgata cotidiana ungen al mandón como si de un Ghandi caribeño se tratara. Me echo agua fría, me froto los ojos, despacho una caja de hisopos limpiándome cada oreja y nada. Castro es el prohombre del momento, un ornitorrinco del liderazgo tercermundista bañado en sahumerio por la corrección política y la desvergüenza.
    No me vengan con cánticos de pato. Que la muerte de cualquiera suponga el recogimiento de rigor, el respetuoso silencio, pasa. Pero que cierto personal, señores que dejaron el pellejo jugándosela por calzarse  -y calzarnos-  una mejor forma de vivir en sociedad, léase democracia, termine catalogando a un tirano de prócer, ilustre, insigne y demás sandeces parecidas, es el chiste que los iguala a la peña que conforma el patio: bolsiclones que buscan la foto, la declaración de prensa, la cámara que los ponche un minutico en El Informador. Hoy, respetables luchadores por un mundo más humano voltearon para otro lado cuando su deber era seguir llamando pan al pan y vino al vino.
    Que gentuza como Nicolás Maduro y la pléyade de buenos para nada que le hace coro invente la idiotez que mejor se subordine a su talento, es comprensible. No se pueden esperar variaciones en tamaña ensalada de ineptos. Pero de ahí al espectáculo, repito, puesto a punto y cacareado por individuos con solvencia intelectual y política, diría mi abuelita que es el acabóse. ¿De cuándo a acá un dictador que jamás permitió elecciones, prensa libre o partidos políticos de oposición, que encarceló disidentes, violó Derechos Humanos a mansalva y mató gente como quien mata moscas, es digno de reconocimiento alguno, de honores destinados a verdaderos genios, benefactores de la humanidad?
    Es que Castro no fue un dictador de derecha, supongo. Por eso la pedorra izquierda de este país, pongo por caso, salvando excepciones microscópicas, aflojaba los esfínteres frente al barbudo. Por decir lo menos, una cantidad impresionante de intelectuales, atragantados de ceguera política, sinvergüenzas tanto antes como ahora, aplaudió sus demenciales ocurrencias, justificó su  perverso mandato y pasará a la historia sin el tiquecito de absolución que soñara el tirano para sí. La izquierda caviar, claro, que ni olvida ni aprende ni tiene puta idea de con qué se come la palabra dignidad a estas alturas de la desgracia. Verbigracia: Venezuela. Humillada, destrozada por todos los flancos gracias a una panda de canallas apoyada por egregios pensadores, escritores, gente de la cultura y demás golfos de idéntico follaje. Hay que tener dos cojones, me digo, para echarse encima la ruindad como tarea sin que les tiemble un pelo del cogote.
    Que despistados o fanáticos prendan incienso como tributo a mastodontes, vuelvo y digo, guarda lógica y tiene pedigrí de mala entraña. Pero que la decencia se cuele en hedores semejantes es como para obsequiarle una patada en pleno culo, por alcahueta y por zafrisca. Ahí nos vemos.

11/21/2016

Clark Gable por estos lados

    Desde mi silla lo observo. Llega en las tardes, hace su nido de cartones y se echa sobre ellos como quien se apoltrona en la oficina. No debe tener más de sesenta. Su porte refleja el maltrato de la vida, lo que no le impide sonreír. Me llama la atención su educación, la forma en que pide dinero, los ademanes simpáticos con que agradece cada moneda que va acumulándose en el plato.
    Cuando me da por café, tabaco, libros y agua mineral para desde ahí, entre párrafo y párrafo, ver pasar la vida, caigo ipso facto por el Alameda con la seguridad de que al levantarme terminaré reconciliado con la vida. Decía arriba que me sorprende el gesto amable, exquisito, de un hombre que en la esquina únicamente se sienta a esperar que le des algún dinero. Si lo miras con atención  te regala una cátedra de cómo, mientras pasa el tiempo, mientras sorteas la marejada humana que va y viene y por poco te aplasta, es posible mantener el buen ánimo a la vez que pescas eso que transeúntes absortos en su mundo, casi robotizados, te arrojan en el pote.
    Saluda, sonríe a lo Clark Gable frente a Vivien Leigh, y de seguidas agradece tu bondad con la alegría de haber cerrado un negocio suculento. Hay que tener disposición, me digo, y talento y buena cara para extender la mano y pedir, sin que el perfomance degenere en patetismo, vulgaridad o vergüenza. Es que incluso para abrir la palma de la mano y esperar a que te suelten algo hace falta mucho garbo, no vaya a ser que el escenario se transforme en pacotilla donde un bueno para nada, sin orgullo, amor propio, dignidad o como diablos se llame,  te meta una mano en el bolsillo sin tocarte y aquí no ha pasado nada.
    Todo hay que decirlo. Lo que soy yo, cuando uno de estos vivos pone cara de sufrido y pide porque la vida le pateó el trasero, pienso en la cantidad de congéneres rompiéndose los lomos para ganarse el pan en buena lid, haciendo lo que sea sólo para mal alimentarse pero al fin y al cabo con la vista en alto porque trabajar, lo que se dice trabajar, dignifica al más pintado. Entonces, frente a un avispado que chorrea flojera  sigo de largo por la razón sencilla de que un hombre entero, saludable y fuerte puede arrimar sacos o caletear aquí y allá para merecerse el alimento, cosa inencontrable, claro, a lo largo y ancho de tanto pedigüeño metido de cabeza en un bostezo. No es el caso del compadre de la esquina.
    Desde mi trinchera observo al tipo sobre los cartones y pienso: hay que ver. Este individuo se acuesta ahí en la tarde, hace como los políticos, es decir, utiliza con astucia su carisma, que para eso lo tiene a manos llenas, y el tintineo de las monedas sobre el peltre cae como metralla. Lo observo y resulta todo un espectáculo: Clark Gable haciendo de las suyas a las cinco de la tarde en una avenida concurrida. Clark Gable sonriendo, encantando a tirios y troyanos, con el cigarro ladeado dándole lecciones de buena educación, de refinamiento por donde lo mires, de tratamiento cortés y distinguido a tanto patán e hijo de puta que pasa embutido en flux, corbata y maletín. Quién iba a sospecharlo. Si no lo hubiera visto jamás lo hubiera creído. Así anda el patio a estas alturas.

11/15/2016

La condena

    Todo el mundo busca entender las cosas pero nadie se esfuerza por desentenderlas. La ley de gravitación universal, la ecuación de Maxwell, los recovecos de la mente humana, cualquiera da un ojo de la cara por comprenderlos. Yo, quizás porque de niño fui un desprevenido (asunto que hoy continúa como si nada), la verdad es que me dedico a desmontar entendimientos de múltiples raleas.
    Tengo un tío que se desvive por dar en el clavo a la hora de mover neuronas a propósito de grandes  o pequeños problemas. El pobre hace su mejor esfuerzo pero son más las ocasiones del yerro que las del acierto.  Lo peor es que cada fracaso supone la hecatombe para su círculo más íntimo: arde Troya por la razón de que no llegó a desentrañar ciertos mecanismos.
    Cada vez que mi esposa explica algo importante (lo sé por ese modo de enarcar las cejas y gesticular que adopta en tales circunstancias) respondo que no he comprendido un ápice. El comentario la saca de sus casillas pero a mí me hace sentir mundano, vivo, más cerca incluso de la sabiduría, porque el saber que más admiro es el de los ascetas, cuyo empacho entronca con una vía iluminativa de aproximación al mundo que le saca la lengua a Descartes y a su pomposo ergo sum.
    Con tal horizonte entre ceja y ceja, el otro día me dio por desaprender algunas cosas. Estaba en ello (desaprendía a anudar cordones de zapatos) cuando alcé la vista y apareció enfrente, cuarto tramo de la biblioteca a la izquierda, “Historias de cronopios y de famas”. Confieso que se hizo la luz, ya no me sentí tan solo. Recordé en el acto que Cortázar regala ahí instrucciones para subir una escalera, otras para dar cuerda al reloj, e incluso algunas para aprender a llorar. Semejante libro de consejos pide a gritos, claro, una premisa fundamental: darse de bruces con no comprender, con desandar en primer lugar lo andado. Bendito sea Julio Cortázar. Fue como recibir palmaditas en el hombro.
    Cuando la mayoría ha optado por entenderlo todo, porque el mundo es de los que saben y por aquella estupidez de la sociedad del conocimiento y blablablá, yo me tomo la molestia de estirar los brazos, largar un bostezo de ocio griego y cobrar fuerzas para comprender menos el universo que habitamos. A lo mejor así termina uno captando más, quién lo iba a decir, sin tanto ceño fruncido y títulos de maestro por centímetro cuadrado.
    Al fin y al cabo al nacer estamos condenados. Te lanzan a este mundo y desde ese comienzo incierto, la verdad sea dicha, empiezas a desembarazarte, a descomprender poco a poco, durante cada segundo y cada hora, cada semana y cada lustro, hasta el día final, cuando te desentiendes a fondo, íntegro,  por completo de todo y de ti mismo. 

10/31/2016

No hacer el revocatorio

    El gobierno, a través de su brazo jurídico (el Tribunal Supremo de Justicia), cerró la válvula de escape a tensiones políticas de cada vez mayor calado. El desastre socioeconómico legado por Chávez y Maduro ha socavado las bases de la convivencia en paz y ha creado una situación desesperada que no deja hueso sano: todos sienten la trituradora haciendo de las suyas en eso que dieron en llamar calidad de vida.
    Maduro y sus secuaces, en alarde de jugarreta más cercana a la necedad que a movida inteligente,  suponen que no hacer el revocatorio es vía expedita para mantenerse en el poder. Creen que un leguleyismo impuesto gracias al chasquido de los dedos servirá de piso sólido a la hora de aferrarse con las uñas al sillón de Miraflores. Piensan que la vida política es directamente proporcional al veneno ideológico entremezclado con el alicate: arengas por aquí, el malo imperio por allá, y a la vez cerrar el puño de la represión donde vaya haciendo falta.
    Pobres seres. No hacer el revocatorio es continuar la abierta exposición del gobierno a la erosión desde todos los flancos, consecuencia obvia de la incapacidad, el abuso, la corrupción, el desfalco y el atentado criminal perpetrado contra la sociedad venezolana. Si el señor Maduro sufriera por un segundo el ataque de aunque fuese una dosis pediátrica de inteligencia, es decir, si alguna neurona descarriada y esquizofrénica llegara a convencer a su vecina de que hacer ciertas sinapsis redundaría en algo por fin bueno, el revocatorio quizás no fuese el coco que le desatornilla los esfínteres. Estoy seguro de que no hacer el revocatorio terminará por barrer al chavismo, incluido su desvencijado eco llamado madurismo.
    Y lo barrerá por simple causa de lógica elemental, no otra que el hartazgo de un país luego de casi dos décadas soportando  burlas y escupitajos. Repito: si Maduro amaneciera un día de éstos con el cerebro funcionando, entendería cómo nada, nada, nada y nada para únicamente sucumbir en la orilla. Su práctica, que es el hacer del gorila hojilla en mano, arrastrará al foso a su partido, porque la credibilidad, el respeto, la soberanía, la libertad o la independencia, con los que se llena la boca  -blablismo continuado a favor de pájaros preñados revoloteando aún en los sesenta-  son paja al cubo cuando sólo hay miseria y hambre alrededor. Monserga premiun para que los demagogos lleguen al éxtasis con ella.
    La historia no predetermina la acción de los hombres en las sociedades. Es al revés. Maduro, en su concepción chata de la vida y del poder, cree tener a Dios agarrado por las barbas. Jura que éste bajará en cualquier ratico, le dará una palmadita en las espaldas y lo convidará a tomar cervezas en la esquina. Nicolás tiene la certeza de que su comandante eterno, o  como diablos lo llamen, y en consecuencia él gracias a asuntos de herencia y demás hierbas parecidas, son los ungidos por la historia, por el destino, por la patria y por otras babosadas similares, de modo que su rol anda más que definido: construir el hombre nuevo, salvar la humanidad, reinventar el socialismo. Como se cree único y predestinado, ¿para qué perder el tiempo en  elecciones o revocatorios? ¿No son acaso éstos burgueses entramados para manipular a los pueblos?, es mejor mandarlos a la porra y hacerle un gran favor a Venezuela, que mañana, al alcanzar la lucidez que hoy no posee, agradecerá su mandato.
    No hacer el revocatorio, en fin, es la llegada al llegadero para el régimen, impronta que marcará el fin de un tiempo ojalá irrepetible para un país que jamás imaginó tanta ruindad. Los pueblos sí se equivocan y sí se merecen los gobiernos que tienen, cosa que los lleva a sufrir las consecuencias y quizás a aprender de ellas. Aprender de ellas, hay que subrayarlo. Amanecerá y veremos.

10/20/2016

Buenas lecturas

    Yo soy un despistado y mi amigo Pedro Suárez un centrado. Siempre he creído que a los centrados hay que llevarles la contraria, no vaya a ser que termine uno enloquecido por razones de orden y concierto, de organización y método, lo cual tiene poco que ver conmigo.
    El buen Pedro lleva meses recomendándome leer a Juan Tallón. Juan Tallón es un escritor español, dice, de ésos que llevan pegamento en las letras. Cuando despachas sus primeras líneas ya no hay forma de dejarlas porque terminas enganchado. Pues bien, luego de darle largas al asunto, una tarde tecleé el nombre del recomendado en el sabelotodo Google. Click, y de seguidas “Descartemos el revólver”, que es el blog personal del escritor digno del equilibrado Suárez.
    Yo no sé ustedes, pero mi tiempo es mío y de nadie más, es decir, mi tiempo libre por supuesto, y procuro ahorrarlo, mimarlo, disfrutarlo hasta más no poder, de modo que en cuestiones de literatura me gusta que pongan la bala donde ponen el ojo. Y me gusta además, como diría El Chavo, que le pierdan el respeto a las palabras sin perdérselo un ápice. Sin querer queriendo, para ser más preciso. Hay escritores de escritores, pero escritores en la línea de Guillermo Tell, cuya flecha da en el mero centro de cualquier manzana así ésta cuelgue de una rama o repose sobre una cabeza, la verdad es que hay bien pocos.
    Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Alfredo Bryce Echenique, Héctor Abad Faciolince, Arturo Pérez Reverte, Juan José Millás, Rosa Montero, Paul Auster, Arturo Úslar Pietri, Ibsen Martínez, son ejemplos de francotiradores al mejor estilo de un John Wayne, gente marcada por la tinta indeleble de esa pluma capaz de arrastrarte río abajo hasta sumergirte sin remedio. En literatura, como en cualquier oficio, al descubrir que el gato hace de las suyas en lugar de la liebre, se acaba de inmediato la función, y siempre es mejor que la función no pare, claro. Es que hacen falta  prestidigitadores.
    Leí a Juan Tallón por obra y gracia de mi hermano Pedro Suárez y debo reconocer aquí, en público, al desnudo, que ha sido una apuesta excelente. En asuntos de libros y otras monsergas afines  mi amigo es un sabueso con personalidad definida, próximo a las artes de un grande en sus quehaceres: el puntillizo Sherlock Holmes. Suárez, que ha tenido una experiencia para nada desdeñable en la actividad editorial, sabe cómo se cuecen las cebollas. Soy un despistado, he dicho antes, y un provocador, y le llevo la contraria todas las veces que pueda para rajonearlo y para gozar así del sabroso permofance del esgrimista en plena acción. Qué bueno es oírlo decir, por ejemplo, “mira el cielo azul de esta mañana” y entonces responder, hojilla en mano, “sí, el cielo encapotado resulta una maravilla a estas horas”. Joder por joder, Manolo, como diría el gallego aquél.
    Pues hoy le doy completamente la razón. Hice click click, le entré de bruces a las historias del Tallón, y aquí estoy, contándoles al punto la movida. Gracias, don Pedro, por los favores recibidos.

10/16/2016

Cuestión de feeling

    Ahora, mientras viajo, compruebo una vez más que los libros son como las personas, es decir, bichos cargados de manías, gestos, costumbres y demás aditamentos de su particular idiosincrasia.
    Ayer, mientras caminaba por una callejuela sembrada de flores y cafés, noté un puesto de libros usados. Me acerqué a olisquear, por supuesto, y contemplé con asombro cómo la Rayuela de Cortázar estaba ahí, en idéntica edición a la que reposa sobre el segundo estante justo frente a mi silla de trabajo, en Venezuela, pero sin el menor vínculo con ella. Para empezar, la Rayuela que he trajinado en casa suele guiñarme un ojo cada vez que paso cerca de ella por mi biblioteca, cosa que dejó impasible a este otro tomazo, imperturbable mientras anduve entre anaqueles y charlaba  con el dependiente.
    Si Freud hubiese ocupado mejor sus días psicoanalizando textos en vez de gente, la verdad es que ahora otro sería el cuento. Entenderíamos mejor la esquizofrenia que puebla el conglomerado lingüístico hecho literatura. Pero qué va, hoy en día bien pueden existir manicomios donde encerrar volúmenes completos, centros de rehabilitación hemerográficos, divanes especiales para ediciones acomplejadas y en fin, añade tú cuanta categoría te plazca al paradigma de esas mentes laberínticas que son los libros de cualquier pelaje.
    Tengo un ejemplar del Robinson Crusoe que se las trae. Cada vez que lo abro con intención de releerlo no paso de la página veintinueve, en esencia porque tiene un tic que no he encontrado en ningún otro habitante de mi estantería. Fue un regalo de mi madre, el primero que atesoré en la infancia, de modo que ya en el folio veintitrés, y con alarmante acento en el veintiséis, despierta en mí al Edipo que superé décadas atrás. Quién sabrá por qué razón llega siempre con esa jugada. Lo he encontrado en distintas geografías y latitudes, lo he visto en olorosas ediciones nuevas y en ancestrales librerías de viejo,  al punto de que me he puesto ahí a leerlo, de pie, a escondidas de los dueños, con el corazón transformado en nudo sinónimo de asfixia, y nada, entonces todo fluye, las páginas consisten en llanuras apacibles que pueden cabalgarse con la vista, lo cual comprueba que mi Robinson no guarda relación con estos fantasmas de sí mismo. Es que los libros también son un piélago de contradicciones.
    Por si fuera poco, la otra vez quise desmigajarme en brazos de “La noche boca arriba”, del buen Julio. El cuento, que ocupa su lugar justo al lado de una pila dedicada a Vargas Llosa, puedo alcanzarlo de un sencillo manotazo mientras leo apoltronado en el estudio de mi casa. Pero qué cosas, en estos días un francés entrado años, de pañuelo alrededor del cuello, de bastón con mango hecho de plata y de pipa entre los labios,  uno de esos dandis hoy casi extinguidos, tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar luego de escuchar  cuánto me apetecía releer por estos días esa pequeña obra maestra. Ve tú a saber por qué misterios de la vida el Cortázar que entre líneas suele darme palmaditas en el hombro cuando lo hallo en mi rústica edición de los sesenta y convidarme de seguidas a un gin-tonic, termina por sacarme la lengua y hacerme trompetillas en la aséptica versión de este tomito en tapa dura. Imposible apelar a la razón para explicarlo, pero la verdad sea dicha: cerré el fajo de cuartillas, despaché con prisa un vaso de agua y corrí casi aterrado a devolverlo.
    La locura de un libro hace juego con los desequilibrios del lector, eso lo sé, y sin embargo existe en todo ello un ámbito inquietante, una mancha oculta que sube a la superficie cuando menos te lo esperas.
    Quiero por fin llegar a casa, culminar el viaje, respirar tranquilo entre silencios cómplices hechos de letras, páginas blanquísimas o amarillentas  e historias sazonadas con el no sé qué que otorgan, digo yo, las polillas de mi biblioteca. Cuestión de feeling, eso es.

9/24/2016

Manchas sobre la tela

    Llego al café como llego a la almohada. Desde mis años universitarios he apreciado en su justa medida la bondad de uno de éstos a la orilla de la calle, por la razón simple de que ahí bulle el fermento con que se tejen esperanzas, anhelos, intrigas, amores o traiciones. Un café en medio del camino es para mí la trinchera necesaria, sea en la paz como en la guerra.
    Es la mejor escuela para aprender algunas cosas. A pensar, por ejemplo. A contemplar, a estar con uno mismo, sumo y sigo. No hay valeriana, lexotanil, relajante por vía oral o intravenosa que se le parezca. Una mesa de café al aire libre hace de diván y de terapia. Yo, lo que soy yo, enciendo mi tabaco, pido un marrón humeante, lo acompaño con agua mineral y descubro de seguidas que la felicidad tiene lomo de gato, es acariciable, cabe a la perfección bajo la mano.
    En el café miro pasar la vida no sin sorpresas de cualquier pelaje. Juro por todos los dioses que en ellos he notado lo que ni antes ni después llegó a cruzarse por mis ojos, de modo que un café es caldo de cultivo para vislumbrar con creces nuestra condición de bichos raros, de predecibles y aburridos, de sutiles y exquisitos, de sublimes o hijos de la gran puta que podemos llegar a ser sin que nos tiemble un pelo del cogote.
    Hago una pausa para dar dos o tres chupadas al Balmoral que se consume entre el índice y el medio. Recuerdo que aquí, en el café al que suelo acudir a leer y escribir, descubrí un rayo de luz colándose por ciertas hendijas de las nubes y me petrificó su belleza. He venido una y mil veces, exactamente a las seis y cincuenta de la tarde, por el azul eléctrico que despide el cielo guayanés. Espero ansioso los violetas, rosados, verdeazules de ciertos atardeceres que son irrepetibles. Percibo con alegría, entre bocanadas, las siluetas oscuras de los árboles en las aceras, recortados contra la luz del sol en el poniente.
    Llego, tomo asiento, Miguel, el camarero, se acerca con la indumentaria y los enseres de costumbre. La taza de café en su punto, el vaso de agua estando donde debe estar, las buenas tardes desplazándose con gracia en su viaje desde los pulmones hacia afuera. Observo a un mendigo alimentando a las palomas. Migajas de pan en una mano, algunas bolsas viejas en la otra, un morral colgado a sus espaldas. El hombre, entre los sesenta o los setenta, disfruta lo que hace, juega como niño sin importarle el barullo alrededor. Creo que no todo está perdido, pienso mientras me engancho en el asunto y acompaño hasta el final la escena que protagoniza.  Entonces extiende con suavidad el brazo, da de comer en el pico a una de ellas. Rápido, agilísimo, la atrapa, la lleva a la bolsa, termina su faena.
    Lo veo irse en medio del atardecer que ofrece un fondo sepia desgastado. Se aleja, apenas es ya un punto en el paisaje. Caen las últimas cenizas del tabaco.

9/18/2016

Tercermundismo reloaded

    Uno cree que con los años cierto aprendizaje cala en las neuronas y los poros. Qué va. El tiempo no es garantía de avance en línea recta. Ya sabemos que andamos en zing zag, de banda en banda, con progresos, retrocesos y reinicios. Razón tenía Popper, la historia es una construcción humana, de seres como tú o como yo, sin determinismos que indiquen lo contrario. En fin.
    Sales a la calle, te sientas en el primer café que se enreda en tu camino. Marrón, tabaco, agua mineral, abres tu libro, lees, paras, alzas la mirada, ves pasar la vida desde la mesa veintidós. Cuando te dispones a pagar la tarjeta explota hecha confeti. “Está vencida, señor”  -ruge el camarero-. Hoy es 17-09-2016, en el plástico aparece 15-10-2018. Misterios del Tercer Mundo.
    Estamos mal por culpa de otros, cuenta la progresía cuyos dedos índices señalan al imperio, a la CÍA, a la oligarquía o a los escuálidos. Un iluminado es elemento clave, ente sobrenatural capaz de exorcizar perjuicios sembrando el Paraíso a la vuelta de la esquina. Si todo sale bien juran que la historia, con mayúsculas, está de nuestro lado camarada. Si las cosas terminan como siempre, o sea retorcidas, nada menos puedes esperar de la derecha. El tercermundismo sentado en la palma de una mano.
    Cuentas hasta cien, hasta doscientos, y en el ínterin descubres una verdad que aplasta como paquidermo. Respiras hondo, te dices que son gajes del oficio, palabras de alguien acogotado por fiebres no sudadas. ¿A cuál verdad me refiero?, “el salvajismo de unos no es jamás atenuante del salvajismo de otros”, escribe Savater. Le creo, le creo porque esa sentencia navega en aguas que conozco de pe a pa, es una idea que no caló en la lógica de esta revolución de pacotilla, desmentida a cada instante. Hay presos políticos, hay claras evidencias de abusos contra los derechos humanos, hay todo un expediente de afrentas contra quienes han pensado diferente en diecisiete años de absoluto poder sin control ni contrapesos. No tienen excusas, no tienen forma de tapar el sol con un dedo, las cosas no eran más siniestras en aquella imperfecta democracia, cuando la peste chavista aún no hacía acto de presencia. Somos otra vez una republiqueta bananera. Tercer Mundo por donde lo mires.
    Comienza el semestre en la universidad. Imparto mis clases, avanzamos, estudiamos lo que debemos estudiar. Debatimos, escudriñamos, criticamos, intentamos pensar. Hago exámenes, corrijo, califico al fin. El último día del seminario, luego de despedirnos, se acerca un estudiante, quiere conversar conmigo, desea que lo atienda en mi oficina. Con gusto, vamos a ver qué se te ofrece. Qué se le ofrece: ayuda, necesita ayuda. Pienso que pide otra oportunidad, pienso en alguna revisión de prueba o cosa parecida. No. La ayuda es tajante: su madre está enferma, perderá la beca, le urge un diez, “no puedo reprobar”. Tercermundismo al por mayor. Mínimo esfuerzo sin vergüenza alguna.
    El Presidente llama coño de madre a un político en televisión. El político no es un ángel del cielo ni por asomo. De hecho, no le tembló la lengua cierta vez para adornar a Chávez con idéntica oración. Está muy mal degradar a niveles de subsuelo el debate cívico, está requetemal insultar porque yo soy guapo y tú un mequetrefe subnormal, es deplorable que algún ciudadano utilice cierto lenguaje de albañal para agredir, por ejemplo, a Nicolás Maduro, pero resulta inaceptable, imperdonable, que éste manche la investidura que para bien o para mal ostenta (sí, estamos de acuerdo: para mal) irrespetando al país con expresiones dignas de las cloacas. Tercer Mundo saliéndose hasta por los poros.
    (Retomo la escritura tres horas después del punto y aparte anterior. Un apagón desbarató lo que hacía). Entro al consultorio, luego de media tarde a la espera tomo asiento frente al tipo de la bata blanca. Lee sus notas, se acomoda los anteojos mientras juega con su barba. “Señor Pérez”  -dice-  ¿cómo le ha ido con los antibióticos? ¿Ya no sale pus? Que yo sepa no soy el señor Pérez ni me la paso por ahí chorreando esa cosa amarillenta. Repite que sí, que debo ser el señor Pérez, que ahí puede verlo, vivito y coleando en la ficha, en el expediente, en el click de su computadora. Insisto en que el buen Pérez debe andar con su pus por otra parte, que me llamo Roger, que su ficha y su expediente me importan un pepino y que por fortuna aún guardo plena conciencia de mí. Termina rendido ante las evidencias, “claro, claro, no es usted el señor Pérez ni nada que se le parezca. Suponga que ha venido por primera vez y comencemos de nuevo”. No existo, soy borrón y cuenta nueva, olvido personificado, irresponsable y sin disculpas. El Tercer Mundo sentado sobre mí.
    En este país, como en cualquiera, la historia es una fragua humana. Ni Marx ni científicos sociales ni demás fantasías por el estilo. Como decía al principio, en ocasiones vamos en zigzag, por los costados o en reversa, pero siempre en función de lo que hagamos, de nuestras formas de comportamiento en sociedad. Del tercero al Quinto Mundo, es lo que pinta en estos días el horizonte. Para allá vamos.

9/11/2016

Memoria y día a día

    Leo a Borges y en “Funes el memorioso” hallo un ejemplo de aparente totalidad. Ahí, alguien es capaz de recordarlo todo, de modo que supone la viva encarnación del absoluto. Es una suposición falsa, claro, pues recordar como Funes equivale a transformarse en máquina, lo que sin duda anida en las profundidades del cuento.
    La paradoja florece: recordarlo todo es imposible por una razón de espacios y de bits. No estamos dotados para albergar el recuerdo infinito de cuanto vivimos y, es más, cualquier recuerdo termina por convertirse en una manera de olvidar. Entonces Funes es máquina, es cosa, es un aparato como aquel radio casette-recorder que tanto me maravillaba en la infancia (¡ah, quién pudiera presionar play y al mismo tiempo rec y ya, guardar hasta el último apunte en la cabeza para el examen del lunes!). Tenía razón Kundera, “el recuerdo no es la negación del olvido”.
    Existe un gentío entregado a la faena de mantener intacta la memoria y no les quito razón. Otra vez la paradoja haciendo de las suyas. Esa forma extrema de olvido, el olvido del yo, hoy en día implica el espanto sin par. La palabra alzheimer, que significa olvidarse de sí mismo, ha derivado en el coco de los tiempos modernos, porque olvidarse de sí mismo te aproxima al miedo personificado, a un Funes del siglo XXI.
    Fitina, ginko biloba, moringa, crucigramas al por mayor, caminatas por el parque, eso y más conforman estrategias para invocar al dios de la memoria. Dime cuánto olvidas y te diré cuánto queda de ti. El recuerdo como la cara opuesta del olvido se erige en el protagonista estrella de esa telenovela que va siendo la existencia ahora. Si recordar es vivir, como dice el refrán, olvidar lleva en las alforjas cierto modo de ir muriendo, lo cual no tiene nada de simpático, como puedes descubrir con sólo echar una mirada alrededor.
    Si el recuerdo también es otra manera de fallo en la memoria, entonces el asunto se reduce a un punto clave: aprender a vivir con lo que hay. Cero engaños, cero atajos posibles. Dicho de otro modo, siempre usamos nuestras ventajas comparativas. Punto. Y en eso andamos, aunque lo ignoremos. ¿Te lo habías imaginado?

9/02/2016

Daniel y yo

    Antes del amanecer corre a nuestra cama. Como un vendaval entra a la habitación y de un salto termina bajo las cobijas, abrazado a mí, acurrucado en la cueva. La cueva es el espacio construido por ambos, delimitado por los confines de las sábanas  que nos echamos encima.
    Daniel y yo hemos elaborado un código secreto, un lenguaje único del que nos servimos con descaro a diario. Explotamos la invención de mundos sólo habitados por los dos. Somos conscientes de la felicidad que chorrea por nuestros labios.
    Usé arriba la palabra felicidad. Confieso aquí que semejante término lo menciono con pies de plomo.  Cuando hablo de felicidad supongo el fuego o el océano, palabras que desde adolescente propiciaron en mí una sensación de aplastamiento, de vértigo, de respeto y asombro muy difícil de reproducir mientras escribo. La felicidad es lo más próximo a cuanto puede ser inefable.
    Y sin embargo los mundos creados por Daniel y por mí son tan reales como las rosquillas que sirvieron para el desayuno, lo cual decanta en un punto de fuga que nos hace felices con mayúsculas.
    Ciertas cosas sencillas que Daniel me invita a hacer y para las que asume toda dirección y estímulo terminaron por quebrarle el espinazo al cotidiano estado de falta de fe en que por lo general se mueven los adultos. La falta de fe, claro, es típica de quienes suponen un medio ambiente cuadriculado, refractario a ciertos cambios, llenos de una inercia que los lleva a atracar en los mismos puertos, navegar las mismas aguas, culminar en derroteros idénticos a los anteriores.
    Vemos una película juntos, leemos algo a dos voces, comemos un helado, compramos chocolate, discutimos, nos abrazamos, charlamos de la vida y eso, repito, nos hace felices. Atrozmente felices.  Antes pensaba que ser feliz   -o sentirse más feliz de lo normal-  era cosa de insensibles o de estúpidos. Hoy he variado tamaña opinión, y es más, reconozco que era un soberano disparate. Sentirse feliz, o cuando menos tomarse la molestia de aproximarse a ello, es propio de gente inteligente.
    Daniel, haciendo uso y disfrute del lenguaje inventado a fuerza de complicidades y mutuas alcahueterías, es capaz de abrir la caja de Pandora, es decir, quitarle la tapa a la olla del caldo donde se cuecen las habas de la alegría, la ternura, la pelea a almohadazos y la comprensión en su estado químicamente puro. Ese es el punto: él y yo nos comprendemos, cosa que dicho sea de paso nada tiene que ver con lo intelectual. Ahí se enclava el universo que hemos hecho propio.
    Daniel es inteligente, le gustan las buenas historias, sueña algunas que me dejan sin habla y cada día exige la cuota de imaginación justa para mantener en pie nuestro común acuerdo. Ambos sabemos que el otro está ahí, en silencio, a la espera, todas las veces. Y con eso basta para sonreír desde estas líneas.

9/01/2016

Cinco en Fusión

Cinco en Fusión (5nFusion) es un ensamble musical formado por jóvenes estudiantes universitarios de Puerto Ordaz cuyo talento rasguña las estrellas. Vale la pena escucharlos en su versión de Tu boca.

El link:   https://www.youtube.com/watch?v=Lc8xUVbaJB4