12/23/2016

La fuerza de creer

    Daniel, mi pequeño, quiere un hámster para Navidad. Una mascota es el regalo que ahora Santa, o el Niño Jesús o como se diga, tiene la responsabilidad de colocar al pie del árbol. Mañana, tarde y noche, Gordito, que es como se llamará el roedor, cubre las fantasías y diálogos de Dani, porque semejante personaje, según me informa emocionado,  va a ser otro miembro de la familia, una especie de compañero juguetón, un individuo para el toma y dame cotidiano, en las buenas o en las malas, pero sobre todo, papá, amigo para siempre.
    Daniel cree en la amistad sin ataduras, es decir, sin género de dudas. Un compinche entrañable es este ratón con el que ha aterrado a su madre, cuyo nombre la espanta sólo al escucharlo, y también la ardilla de peluche con quien charla de lo lindo por las noches. O el vecinito de enfrente. O también Santa. Un amigo como Santa no va a dejarlo sin Gordito, asegura, por lo que la otra tarde me invitó a una tienda a buscar la mejor jaula, la adecuada, con juguetes adentro y espacio suficiente para que el peludo deambule en libertad. ¿Libertad? Pues sí, papá, libertad, tomando en cuenta que paseará a diario por mi cuarto como si fuese una extensión de su casa, Gordito vivirá en plena libertad.
    Amistad, libertad, son palabras que Dani valora desde su particular mundo infantil, y cuando hablo de infancia ni por asomo lo hago en función del cuadriculado mundillo de nosotros los adultos. Para Daniel uno y otro término son nada menos que organismos vivos, omnívoros por donde los mires, pues llevan una dieta en la que todo cabe. Todo, aquí, significa que amistad y libertad escapan al cedazo de la razón calculadora, de las realizaciones a conveniencia o del universo de intereses que ya en la madurez hemos aportado a esos vocablos. Si alguien me ha dado lecciones a propósito de ser amigo o de ser libre, ése es el chiquillo que espera a un dientón el veinticinco.
    El otro día, al preguntarme con la seriedad del caso si creía o no en el señor de los renos, respondí tramposamente con otra pregunta: ¿y por qué no he de creer, hijo? Porque otros niños me dijeron que no existe, que es un engaño gigantesco. La verdad es que entonces no sólo reafirmé la veracidad del gordinflón, sino que añadí una certeza como pocas: aunque tengas nueve años como ahora, o cincuenta o cien, ahí va a estar tu amigo Santa, o el Niño Jesús o como quieras llamarlo, escondido en la pasión de tus deseos y en la esperanza de lo que esperas y das por descontado.
    Sonrió, me miró con ojos cómplices y asintió con toda la alegría del mundo metida en ese gesto. Lo abracé, me despedí, cogí el bolso para largarme al trabajo. Sé que después de Navidad Daniel recibirá a esa bola de pelos con los brazos abiertos. Estoy seguro de que Santa lo guarda justo para él.

12/19/2016

Venezuela, políticos y estupidez

    Desde hace poco no vivo en Venezuela. A estas alturas en mi nueva geografía conozco ya un par de cafés que son trincheras para terminar el día. Llego, tomo asiento, enciendo un Balmoral y saco el libro que traigo en la mochila. Entonces me digo: hay que ver. Aquí la vida te exige al máximo pero ofrece también eso que buscas si pagas el precio de hacer bien tu tarea, de entregarte en cuerpo y alma y, en fin  -nada nuevo bajo el sol-, de lograr que hechas las sumas y las restas cuanto has dado en buena lid supere a todo lo demás.
    Hasta aquí de maravillas. Luchas a brazo partido, te esfuerzas como un cabrón de sol a sol y tienes derecho a un horizonte con rostro menos duro. Es lo normal, es lo lógico, es lo sensato en un país con pie y cabeza. Coloco entonces el punto y seguido que acabas de dejar atrás y pienso ahora en Venezuela. Ella es mi tatuaje, en la piel, en el alma, en el adn. Pienso en Venezuela, sí, ese lugar del mundo en el que hagas lo que hagas estás condenado a sufrir las consecuencias de lo que una piara de bellacos logró alzar gracias a su estupidez, su ineptitud y su don de buenos para nada. Vil gentuza que maldita la hora en que, junto a la madre que los parió, inventó hasta lo inimaginable para destrozar a una nación.
    Ya ven, hoy llegué de malas pulgas. En este país al que he recalado por asuntos de trabajo siento en la gente una alegría que ya no hallas en el mío. Semejante hecho  -la alegría-  es sinónimo de futuro. Cuando alguien vislumbra un punto de fuga al alcance de su esfuerzo, se lanza en picada a conquistarlo. Más o menos como en aquellos días, cuando una chica hermosa aparecía en el radar y entonces eras águila o halcón y allá ibas, a arrebatar o a desbarrancarte pero cargado de empeño y de valor. Eso se acabó en la Venezuela del presente. Entonces he aterrizado en este café con ganas de volarle los huevos, ratatatata, ratatatatatata, a tanto político degenerado cuyo único proyecto fue pegar un sujeto con un predicado en el intento de chasquear babosadas para demostrar que era revolucionario.
    Cada día alguien me pregunta por Venezuela. Como si fuera un pariente enfermo, un familiar que agoniza. No exagero un ápice si digo que todos, absolutamente todos, maldicen a Maduro y su pandilla de inútiles. Gente de izquierda, de derecha o de centro no da crédito a tanta devastación, a tantísimo talento para destruir, humillar y arruinar. Perfectos delincuentes que una vez terminada la pesadilla que instalaron pasarán sin dudas el resto de sus días tras las rejas. Mientras Latinoamérica avanza, salvo puntuales excepciones, por la senda de la democracia y del progreso, la tierra donde nací es el hazme reír de un continente, retrocedió al siglo XIX. Ése es el fondo del mal sueño, tal es la escena del crimen.
    Pero vamos, sabemos que la vida continúa. Los países no quiebran ni se acaban, es la gente y sus anhelos, un tú, un yo y un nosotros quienes se llevan los palazos o el beneficio de acciones bien pensadas. Hace casi dos décadas Venezuela sólo sabe de cretinos con poder haciendo de las suyas. Ya veremos hasta cuándo.

12/10/2016

Misticismo

    Dicen que papar moscas es oficio de vagos, de tontos, de simples desocupados, pero la verdad es que hay ociosos que jamás se dieron a semejante tarea y gente muy trabajadora que dicta cátedra si de permanecer lelos se trata.
    Tengo un conocido que toda la vida dio por sentado que paparía moscas a diestra y siniestra. Yo también. Quiero decir, yo también disfruto como nadie el hecho de sentarme en un banco o caminar por la calle por el simple placer de contemplar, estupefacto, cómo el mundo vuela a mi alrededor, galopa a través de mis ojos y epidermis, se transforma en cosa ajena y yo, entomólogo agazapado entre el follaje, observo al dedillo, impertérrito, feliz, cuanta escena me pasa por delante. No hay nada más complejo, créeme, que papar moscas como es debido, asunto que llegado el momento y luego de ganar experiencia haciéndolo un poco más seguido cada vez, te aproxima al umbral nada menos que de la clarividencia. Que lo digan si no los místicos que comulgaron con lo desconocido, que entromparon lo elevado, que miraron cara a cara el foco mismo de la iluminación. No es que en mi caso tales cuestiones se hayan dado. Ni por asomo. Pero me tomo con la seriedad debida papar moscas en el sentido más grave de la frase.
     Existen quienes necesitan del contexto adecuado, o sea silencio, cierta paz que no abunda sino todo lo contrario, de modo que buscan los momentos dignos de la práctica a desarrollar alejándose de la comarca, internándose en montes lejanísimos, concentrándose en un punto inamovible, en un objeto cualquiera, en el horizonte o qué sé yo. En cuanto a mí, sólo intento hallar lo que pretendo en medio del bullicio, en plena calle, en mitad de una caminata por la plaza, sin escapismos artificiales o cosa parecida. Niet.
    Es que papar moscas es lo más complicado de este mundo, vuelvo y repito. El otro día se lo comentaba a mi mujer, quien luego de mi confesión terminó escudriñándome con ojos de ternura entremezclados con un brillo lastimero, de condescendencia resignada, como diciendo: mira los estragos de la edad. En fin, cada quien guarda un mundo en su cabeza y el mío va siendo a estas alturas uno echado en brazos de algún esquivo orden metafísico (perdonen la horrible palabreja) que para qué te cuento.
    Sé muy bien que muchos, aunque no demasiados, lo han logrado. Es seguro que tanta insistencia rindió frutos, lo cual día a día  -guardando las distancias, claro-  yo también  llevo adelante en función del premio gordo: vislumbrar el lado oculto o como diablos se llame ese espacio recóndito que es la hendija de la entrevisión. Papar moscas, como ves, no es sólo relajarse y papar moscas, hecho evidenciable en cada segundo de los tantos a propósito de tamaño ejercicio espiritual, pónle el nombre que te dé la gana.
    Mientras, sigo en mis trece. Papo moscas hasta cuando escribo, cada vez con mayor facilidad, lo cual es el mejor indicio de que voy por buen camino. En eso continúo.

11/29/2016

Fidel Castro y sus congéneres

    Te cuento algo, compañero. Cincuenta y siete años en el poder no es cualquier cosa. Si no hay controles, contrapesos, eso que los clásicos de la filosofía política tramaron con oportuna y fabulosa ocurrencia, al más pintado se le afilan las pezuñas.
    Fidel Castro acaba de morir y no doy crédito a la cháchara que mañana, tarde y noche han armado los medios de comunicación. Presidentes, políticos de toda ralea, gente decente e indecente, artistas de verdad, de embuste y vivos de la vulgata cotidiana ungen al mandón como si de un Ghandi caribeño se tratara. Me echo agua fría, me froto los ojos, despacho una caja de hisopos limpiándome cada oreja y nada. Castro es el prohombre del momento, un ornitorrinco del liderazgo tercermundista bañado en sahumerio por la corrección política y la desvergüenza.
    No me vengan con cánticos de pato. Que la muerte de cualquiera suponga el recogimiento de rigor, el respetuoso silencio, pasa. Pero que cierto personal, señores que dejaron el pellejo jugándosela por calzarse  -y calzarnos-  una mejor forma de vivir en sociedad, léase democracia, termine catalogando a un tirano de prócer, ilustre, insigne y demás sandeces parecidas, es el chiste que los iguala a la peña que conforma el patio: bolsiclones que buscan la foto, la declaración de prensa, la cámara que los ponche un minutico en El Informador. Hoy, respetables luchadores por un mundo más humano voltearon para otro lado cuando su deber era seguir llamando pan al pan y vino al vino.
    Que gentuza como Nicolás Maduro y la pléyade de buenos para nada que le hace coro invente la idiotez que mejor se subordine a su talento, es comprensible. No se pueden esperar variaciones en tamaña ensalada de ineptos. Pero de ahí al espectáculo, repito, puesto a punto y cacareado por individuos con solvencia intelectual y política, diría mi abuelita que es el acabóse. ¿De cuándo a acá un dictador que jamás permitió elecciones, prensa libre o partidos políticos de oposición, que encarceló disidentes, violó Derechos Humanos a mansalva y mató gente como quien mata moscas, es digno de reconocimiento alguno, de honores destinados a verdaderos genios, benefactores de la humanidad?
    Es que Castro no fue un dictador de derecha, supongo. Por eso la pedorra izquierda de este país, pongo por caso, salvando excepciones microscópicas, aflojaba los esfínteres frente al barbudo. Por decir lo menos, una cantidad impresionante de intelectuales, atragantados de ceguera política, sinvergüenzas tanto antes como ahora, aplaudió sus demenciales ocurrencias, justificó su  perverso mandato y pasará a la historia sin el tiquecito de absolución que soñara el tirano para sí. La izquierda caviar, claro, que ni olvida ni aprende ni tiene puta idea de con qué se come la palabra dignidad a estas alturas de la desgracia. Verbigracia: Venezuela. Humillada, destrozada por todos los flancos gracias a una panda de canallas apoyada por egregios pensadores, escritores, gente de la cultura y demás golfos de idéntico follaje. Hay que tener dos cojones, me digo, para echarse encima la ruindad como tarea sin que les tiemble un pelo del cogote.
    Que despistados o fanáticos prendan incienso como tributo a mastodontes, vuelvo y digo, guarda lógica y tiene pedigrí de mala entraña. Pero que la decencia se cuele en hedores semejantes es como para obsequiarle una patada en pleno culo, por alcahueta y por zafrisca. Ahí nos vemos.

11/21/2016

Clark Gable por estos lados

    Desde mi silla lo observo. Llega en las tardes, hace su nido de cartones y se echa sobre ellos como quien se apoltrona en la oficina. No debe tener más de sesenta. Su porte refleja el maltrato de la vida, lo que no le impide sonreír. Me llama la atención su educación, la forma en que pide dinero, los ademanes simpáticos con que agradece cada moneda que va acumulándose en el plato.
    Cuando me da por café, tabaco, libros y agua mineral para desde ahí, entre párrafo y párrafo, ver pasar la vida, caigo ipso facto por el Alameda con la seguridad de que al levantarme terminaré reconciliado con la vida. Decía arriba que me sorprende el gesto amable, exquisito, de un hombre que en la esquina únicamente se sienta a esperar que le des algún dinero. Si lo miras con atención  te regala una cátedra de cómo, mientras pasa el tiempo, mientras sorteas la marejada humana que va y viene y por poco te aplasta, es posible mantener el buen ánimo a la vez que pescas eso que transeúntes absortos en su mundo, casi robotizados, te arrojan en el pote.
    Saluda, sonríe a lo Clark Gable frente a Vivien Leigh, y de seguidas agradece tu bondad con la alegría de haber cerrado un negocio suculento. Hay que tener disposición, me digo, y talento y buena cara para extender la mano y pedir, sin que el perfomance degenere en patetismo, vulgaridad o vergüenza. Es que incluso para abrir la palma de la mano y esperar a que te suelten algo hace falta mucho garbo, no vaya a ser que el escenario se transforme en pacotilla donde un bueno para nada, sin orgullo, amor propio, dignidad o como diablos se llame,  te meta una mano en el bolsillo sin tocarte y aquí no ha pasado nada.
    Todo hay que decirlo. Lo que soy yo, cuando uno de estos vivos pone cara de sufrido y pide porque la vida le pateó el trasero, pienso en la cantidad de congéneres rompiéndose los lomos para ganarse el pan en buena lid, haciendo lo que sea sólo para mal alimentarse pero al fin y al cabo con la vista en alto porque trabajar, lo que se dice trabajar, dignifica al más pintado. Entonces, frente a un avispado que chorrea flojera  sigo de largo por la razón sencilla de que un hombre entero, saludable y fuerte puede arrimar sacos o caletear aquí y allá para merecerse el alimento, cosa inencontrable, claro, a lo largo y ancho de tanto pedigüeño metido de cabeza en un bostezo. No es el caso del compadre de la esquina.
    Desde mi trinchera observo al tipo sobre los cartones y pienso: hay que ver. Este individuo se acuesta ahí en la tarde, hace como los políticos, es decir, utiliza con astucia su carisma, que para eso lo tiene a manos llenas, y el tintineo de las monedas sobre el peltre cae como metralla. Lo observo y resulta todo un espectáculo: Clark Gable haciendo de las suyas a las cinco de la tarde en una avenida concurrida. Clark Gable sonriendo, encantando a tirios y troyanos, con el cigarro ladeado dándole lecciones de buena educación, de refinamiento por donde lo mires, de tratamiento cortés y distinguido a tanto patán e hijo de puta que pasa embutido en flux, corbata y maletín. Quién iba a sospecharlo. Si no lo hubiera visto jamás lo hubiera creído. Así anda el patio a estas alturas.

11/15/2016

La condena

    Todo el mundo busca entender las cosas pero nadie se esfuerza por desentenderlas. La ley de gravitación universal, la ecuación de Maxwell, los recovecos de la mente humana, cualquiera da un ojo de la cara por comprenderlos. Yo, quizás porque de niño fui un desprevenido (asunto que hoy continúa como si nada), la verdad es que me dedico a desmontar entendimientos de múltiples raleas.
    Tengo un tío que se desvive por dar en el clavo a la hora de mover neuronas a propósito de grandes  o pequeños problemas. El pobre hace su mejor esfuerzo pero son más las ocasiones del yerro que las del acierto.  Lo peor es que cada fracaso supone la hecatombe para su círculo más íntimo: arde Troya por la razón de que no llegó a desentrañar ciertos mecanismos.
    Cada vez que mi esposa explica algo importante (lo sé por ese modo de enarcar las cejas y gesticular que adopta en tales circunstancias) respondo que no he comprendido un ápice. El comentario la saca de sus casillas pero a mí me hace sentir mundano, vivo, más cerca incluso de la sabiduría, porque el saber que más admiro es el de los ascetas, cuyo empacho entronca con una vía iluminativa de aproximación al mundo que le saca la lengua a Descartes y a su pomposo ergo sum.
    Con tal horizonte entre ceja y ceja, el otro día me dio por desaprender algunas cosas. Estaba en ello (desaprendía a anudar cordones de zapatos) cuando alcé la vista y apareció enfrente, cuarto tramo de la biblioteca a la izquierda, “Historias de cronopios y de famas”. Confieso que se hizo la luz, ya no me sentí tan solo. Recordé en el acto que Cortázar regala ahí instrucciones para subir una escalera, otras para dar cuerda al reloj, e incluso algunas para aprender a llorar. Semejante libro de consejos pide a gritos, claro, una premisa fundamental: darse de bruces con no comprender, con desandar en primer lugar lo andado. Bendito sea Julio Cortázar. Fue como recibir palmaditas en el hombro.
    Cuando la mayoría ha optado por entenderlo todo, porque el mundo es de los que saben y por aquella estupidez de la sociedad del conocimiento y blablablá, yo me tomo la molestia de estirar los brazos, largar un bostezo de ocio griego y cobrar fuerzas para comprender menos el universo que habitamos. A lo mejor así termina uno captando más, quién lo iba a decir, sin tanto ceño fruncido y títulos de maestro por centímetro cuadrado.
    Al fin y al cabo al nacer estamos condenados. Te lanzan a este mundo y desde ese comienzo incierto, la verdad sea dicha, empiezas a desembarazarte, a descomprender poco a poco, durante cada segundo y cada hora, cada semana y cada lustro, hasta el día final, cuando te desentiendes a fondo, íntegro,  por completo de todo y de ti mismo. 

10/31/2016

No hacer el revocatorio

    El gobierno, a través de su brazo jurídico (el Tribunal Supremo de Justicia), cerró la válvula de escape a tensiones políticas de cada vez mayor calado. El desastre socioeconómico legado por Chávez y Maduro ha socavado las bases de la convivencia en paz y ha creado una situación desesperada que no deja hueso sano: todos sienten la trituradora haciendo de las suyas en eso que dieron en llamar calidad de vida.
    Maduro y sus secuaces, en alarde de jugarreta más cercana a la necedad que a movida inteligente,  suponen que no hacer el revocatorio es vía expedita para mantenerse en el poder. Creen que un leguleyismo impuesto gracias al chasquido de los dedos servirá de piso sólido a la hora de aferrarse con las uñas al sillón de Miraflores. Piensan que la vida política es directamente proporcional al veneno ideológico entremezclado con el alicate: arengas por aquí, el malo imperio por allá, y a la vez cerrar el puño de la represión donde vaya haciendo falta.
    Pobres seres. No hacer el revocatorio es continuar la abierta exposición del gobierno a la erosión desde todos los flancos, consecuencia obvia de la incapacidad, el abuso, la corrupción, el desfalco y el atentado criminal perpetrado contra la sociedad venezolana. Si el señor Maduro sufriera por un segundo el ataque de aunque fuese una dosis pediátrica de inteligencia, es decir, si alguna neurona descarriada y esquizofrénica llegara a convencer a su vecina de que hacer ciertas sinapsis redundaría en algo por fin bueno, el revocatorio quizás no fuese el coco que le desatornilla los esfínteres. Estoy seguro de que no hacer el revocatorio terminará por barrer al chavismo, incluido su desvencijado eco llamado madurismo.
    Y lo barrerá por simple causa de lógica elemental, no otra que el hartazgo de un país luego de casi dos décadas soportando  burlas y escupitajos. Repito: si Maduro amaneciera un día de éstos con el cerebro funcionando, entendería cómo nada, nada, nada y nada para únicamente sucumbir en la orilla. Su práctica, que es el hacer del gorila hojilla en mano, arrastrará al foso a su partido, porque la credibilidad, el respeto, la soberanía, la libertad o la independencia, con los que se llena la boca  -blablismo continuado a favor de pájaros preñados revoloteando aún en los sesenta-  son paja al cubo cuando sólo hay miseria y hambre alrededor. Monserga premiun para que los demagogos lleguen al éxtasis con ella.
    La historia no predetermina la acción de los hombres en las sociedades. Es al revés. Maduro, en su concepción chata de la vida y del poder, cree tener a Dios agarrado por las barbas. Jura que éste bajará en cualquier ratico, le dará una palmadita en las espaldas y lo convidará a tomar cervezas en la esquina. Nicolás tiene la certeza de que su comandante eterno, o  como diablos lo llamen, y en consecuencia él gracias a asuntos de herencia y demás hierbas parecidas, son los ungidos por la historia, por el destino, por la patria y por otras babosadas similares, de modo que su rol anda más que definido: construir el hombre nuevo, salvar la humanidad, reinventar el socialismo. Como se cree único y predestinado, ¿para qué perder el tiempo en  elecciones o revocatorios? ¿No son acaso éstos burgueses entramados para manipular a los pueblos?, es mejor mandarlos a la porra y hacerle un gran favor a Venezuela, que mañana, al alcanzar la lucidez que hoy no posee, agradecerá su mandato.
    No hacer el revocatorio, en fin, es la llegada al llegadero para el régimen, impronta que marcará el fin de un tiempo ojalá irrepetible para un país que jamás imaginó tanta ruindad. Los pueblos sí se equivocan y sí se merecen los gobiernos que tienen, cosa que los lleva a sufrir las consecuencias y quizás a aprender de ellas. Aprender de ellas, hay que subrayarlo. Amanecerá y veremos.

10/20/2016

Buenas lecturas

    Yo soy un despistado y mi amigo Pedro Suárez un centrado. Siempre he creído que a los centrados hay que llevarles la contraria, no vaya a ser que termine uno enloquecido por razones de orden y concierto, de organización y método, lo cual tiene poco que ver conmigo.
    El buen Pedro lleva meses recomendándome leer a Juan Tallón. Juan Tallón es un escritor español, dice, de ésos que llevan pegamento en las letras. Cuando despachas sus primeras líneas ya no hay forma de dejarlas porque terminas enganchado. Pues bien, luego de darle largas al asunto, una tarde tecleé el nombre del recomendado en el sabelotodo Google. Click, y de seguidas “Descartemos el revólver”, que es el blog personal del escritor digno del equilibrado Suárez.
    Yo no sé ustedes, pero mi tiempo es mío y de nadie más, es decir, mi tiempo libre por supuesto, y procuro ahorrarlo, mimarlo, disfrutarlo hasta más no poder, de modo que en cuestiones de literatura me gusta que pongan la bala donde ponen el ojo. Y me gusta además, como diría El Chavo, que le pierdan el respeto a las palabras sin perdérselo un ápice. Sin querer queriendo, para ser más preciso. Hay escritores de escritores, pero escritores en la línea de Guillermo Tell, cuya flecha da en el mero centro de cualquier manzana así ésta cuelgue de una rama o repose sobre una cabeza, la verdad es que hay bien pocos.
    Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Alfredo Bryce Echenique, Héctor Abad Faciolince, Arturo Pérez Reverte, Juan José Millás, Rosa Montero, Paul Auster, Arturo Úslar Pietri, Ibsen Martínez, son ejemplos de francotiradores al mejor estilo de un John Wayne, gente marcada por la tinta indeleble de esa pluma capaz de arrastrarte río abajo hasta sumergirte sin remedio. En literatura, como en cualquier oficio, al descubrir que el gato hace de las suyas en lugar de la liebre, se acaba de inmediato la función, y siempre es mejor que la función no pare, claro. Es que hacen falta  prestidigitadores.
    Leí a Juan Tallón por obra y gracia de mi hermano Pedro Suárez y debo reconocer aquí, en público, al desnudo, que ha sido una apuesta excelente. En asuntos de libros y otras monsergas afines  mi amigo es un sabueso con personalidad definida, próximo a las artes de un grande en sus quehaceres: el puntillizo Sherlock Holmes. Suárez, que ha tenido una experiencia para nada desdeñable en la actividad editorial, sabe cómo se cuecen las cebollas. Soy un despistado, he dicho antes, y un provocador, y le llevo la contraria todas las veces que pueda para rajonearlo y para gozar así del sabroso permofance del esgrimista en plena acción. Qué bueno es oírlo decir, por ejemplo, “mira el cielo azul de esta mañana” y entonces responder, hojilla en mano, “sí, el cielo encapotado resulta una maravilla a estas horas”. Joder por joder, Manolo, como diría el gallego aquél.
    Pues hoy le doy completamente la razón. Hice click click, le entré de bruces a las historias del Tallón, y aquí estoy, contándoles al punto la movida. Gracias, don Pedro, por los favores recibidos.

10/16/2016

Cuestión de feeling

    Ahora, mientras viajo, compruebo una vez más que los libros son como las personas, es decir, bichos cargados de manías, gestos, costumbres y demás aditamentos de su particular idiosincrasia.
    Ayer, mientras caminaba por una callejuela sembrada de flores y cafés, noté un puesto de libros usados. Me acerqué a olisquear, por supuesto, y contemplé con asombro cómo la Rayuela de Cortázar estaba ahí, en idéntica edición a la que reposa sobre el segundo estante justo frente a mi silla de trabajo, en Venezuela, pero sin el menor vínculo con ella. Para empezar, la Rayuela que he trajinado en casa suele guiñarme un ojo cada vez que paso cerca de ella por mi biblioteca, cosa que dejó impasible a este otro tomazo, imperturbable mientras anduve entre anaqueles y charlaba  con el dependiente.
    Si Freud hubiese ocupado mejor sus días psicoanalizando textos en vez de gente, la verdad es que ahora otro sería el cuento. Entenderíamos mejor la esquizofrenia que puebla el conglomerado lingüístico hecho literatura. Pero qué va, hoy en día bien pueden existir manicomios donde encerrar volúmenes completos, centros de rehabilitación hemerográficos, divanes especiales para ediciones acomplejadas y en fin, añade tú cuanta categoría te plazca al paradigma de esas mentes laberínticas que son los libros de cualquier pelaje.
    Tengo un ejemplar del Robinson Crusoe que se las trae. Cada vez que lo abro con intención de releerlo no paso de la página veintinueve, en esencia porque tiene un tic que no he encontrado en ningún otro habitante de mi estantería. Fue un regalo de mi madre, el primero que atesoré en la infancia, de modo que ya en el folio veintitrés, y con alarmante acento en el veintiséis, despierta en mí al Edipo que superé décadas atrás. Quién sabrá por qué razón llega siempre con esa jugada. Lo he encontrado en distintas geografías y latitudes, lo he visto en olorosas ediciones nuevas y en ancestrales librerías de viejo,  al punto de que me he puesto ahí a leerlo, de pie, a escondidas de los dueños, con el corazón transformado en nudo sinónimo de asfixia, y nada, entonces todo fluye, las páginas consisten en llanuras apacibles que pueden cabalgarse con la vista, lo cual comprueba que mi Robinson no guarda relación con estos fantasmas de sí mismo. Es que los libros también son un piélago de contradicciones.
    Por si fuera poco, la otra vez quise desmigajarme en brazos de “La noche boca arriba”, del buen Julio. El cuento, que ocupa su lugar justo al lado de una pila dedicada a Vargas Llosa, puedo alcanzarlo de un sencillo manotazo mientras leo apoltronado en el estudio de mi casa. Pero qué cosas, en estos días un francés entrado años, de pañuelo alrededor del cuello, de bastón con mango hecho de plata y de pipa entre los labios,  uno de esos dandis hoy casi extinguidos, tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar luego de escuchar  cuánto me apetecía releer por estos días esa pequeña obra maestra. Ve tú a saber por qué misterios de la vida el Cortázar que entre líneas suele darme palmaditas en el hombro cuando lo hallo en mi rústica edición de los sesenta y convidarme de seguidas a un gin-tonic, termina por sacarme la lengua y hacerme trompetillas en la aséptica versión de este tomito en tapa dura. Imposible apelar a la razón para explicarlo, pero la verdad sea dicha: cerré el fajo de cuartillas, despaché con prisa un vaso de agua y corrí casi aterrado a devolverlo.
    La locura de un libro hace juego con los desequilibrios del lector, eso lo sé, y sin embargo existe en todo ello un ámbito inquietante, una mancha oculta que sube a la superficie cuando menos te lo esperas.
    Quiero por fin llegar a casa, culminar el viaje, respirar tranquilo entre silencios cómplices hechos de letras, páginas blanquísimas o amarillentas  e historias sazonadas con el no sé qué que otorgan, digo yo, las polillas de mi biblioteca. Cuestión de feeling, eso es.

9/24/2016

Manchas sobre la tela

    Llego al café como llego a la almohada. Desde mis años universitarios he apreciado en su justa medida la bondad de uno de éstos a la orilla de la calle, por la razón simple de que ahí bulle el fermento con que se tejen esperanzas, anhelos, intrigas, amores o traiciones. Un café en medio del camino es para mí la trinchera necesaria, sea en la paz como en la guerra.
    Es la mejor escuela para aprender algunas cosas. A pensar, por ejemplo. A contemplar, a estar con uno mismo, sumo y sigo. No hay valeriana, lexotanil, relajante por vía oral o intravenosa que se le parezca. Una mesa de café al aire libre hace de diván y de terapia. Yo, lo que soy yo, enciendo mi tabaco, pido un marrón humeante, lo acompaño con agua mineral y descubro de seguidas que la felicidad tiene lomo de gato, es acariciable, cabe a la perfección bajo la mano.
    En el café miro pasar la vida no sin sorpresas de cualquier pelaje. Juro por todos los dioses que en ellos he notado lo que ni antes ni después llegó a cruzarse por mis ojos, de modo que un café es caldo de cultivo para vislumbrar con creces nuestra condición de bichos raros, de predecibles y aburridos, de sutiles y exquisitos, de sublimes o hijos de la gran puta que podemos llegar a ser sin que nos tiemble un pelo del cogote.
    Hago una pausa para dar dos o tres chupadas al Balmoral que se consume entre el índice y el medio. Recuerdo que aquí, en el café al que suelo acudir a leer y escribir, descubrí un rayo de luz colándose por ciertas hendijas de las nubes y me petrificó su belleza. He venido una y mil veces, exactamente a las seis y cincuenta de la tarde, por el azul eléctrico que despide el cielo guayanés. Espero ansioso los violetas, rosados, verdeazules de ciertos atardeceres que son irrepetibles. Percibo con alegría, entre bocanadas, las siluetas oscuras de los árboles en las aceras, recortados contra la luz del sol en el poniente.
    Llego, tomo asiento, Miguel, el camarero, se acerca con la indumentaria y los enseres de costumbre. La taza de café en su punto, el vaso de agua estando donde debe estar, las buenas tardes desplazándose con gracia en su viaje desde los pulmones hacia afuera. Observo a un mendigo alimentando a las palomas. Migajas de pan en una mano, algunas bolsas viejas en la otra, un morral colgado a sus espaldas. El hombre, entre los sesenta o los setenta, disfruta lo que hace, juega como niño sin importarle el barullo alrededor. Creo que no todo está perdido, pienso mientras me engancho en el asunto y acompaño hasta el final la escena que protagoniza.  Entonces extiende con suavidad el brazo, da de comer en el pico a una de ellas. Rápido, agilísimo, la atrapa, la lleva a la bolsa, termina su faena.
    Lo veo irse en medio del atardecer que ofrece un fondo sepia desgastado. Se aleja, apenas es ya un punto en el paisaje. Caen las últimas cenizas del tabaco.

9/18/2016

Tercermundismo reloaded

    Uno cree que con los años cierto aprendizaje cala en las neuronas y los poros. Qué va. El tiempo no es garantía de avance en línea recta. Ya sabemos que andamos en zing zag, de banda en banda, con progresos, retrocesos y reinicios. Razón tenía Popper, la historia es una construcción humana, de seres como tú o como yo, sin determinismos que indiquen lo contrario. En fin.
    Sales a la calle, te sientas en el primer café que se enreda en tu camino. Marrón, tabaco, agua mineral, abres tu libro, lees, paras, alzas la mirada, ves pasar la vida desde la mesa veintidós. Cuando te dispones a pagar la tarjeta explota hecha confeti. “Está vencida, señor”  -ruge el camarero-. Hoy es 17-09-2016, en el plástico aparece 15-10-2018. Misterios del Tercer Mundo.
    Estamos mal por culpa de otros, cuenta la progresía cuyos dedos índices señalan al imperio, a la CÍA, a la oligarquía o a los escuálidos. Un iluminado es elemento clave, ente sobrenatural capaz de exorcizar perjuicios sembrando el Paraíso a la vuelta de la esquina. Si todo sale bien juran que la historia, con mayúsculas, está de nuestro lado camarada. Si las cosas terminan como siempre, o sea retorcidas, nada menos puedes esperar de la derecha. El tercermundismo sentado en la palma de una mano.
    Cuentas hasta cien, hasta doscientos, y en el ínterin descubres una verdad que aplasta como paquidermo. Respiras hondo, te dices que son gajes del oficio, palabras de alguien acogotado por fiebres no sudadas. ¿A cuál verdad me refiero?, “el salvajismo de unos no es jamás atenuante del salvajismo de otros”, escribe Savater. Le creo, le creo porque esa sentencia navega en aguas que conozco de pe a pa, es una idea que no caló en la lógica de esta revolución de pacotilla, desmentida a cada instante. Hay presos políticos, hay claras evidencias de abusos contra los derechos humanos, hay todo un expediente de afrentas contra quienes han pensado diferente en diecisiete años de absoluto poder sin control ni contrapesos. No tienen excusas, no tienen forma de tapar el sol con un dedo, las cosas no eran más siniestras en aquella imperfecta democracia, cuando la peste chavista aún no hacía acto de presencia. Somos otra vez una republiqueta bananera. Tercer Mundo por donde lo mires.
    Comienza el semestre en la universidad. Imparto mis clases, avanzamos, estudiamos lo que debemos estudiar. Debatimos, escudriñamos, criticamos, intentamos pensar. Hago exámenes, corrijo, califico al fin. El último día del seminario, luego de despedirnos, se acerca un estudiante, quiere conversar conmigo, desea que lo atienda en mi oficina. Con gusto, vamos a ver qué se te ofrece. Qué se le ofrece: ayuda, necesita ayuda. Pienso que pide otra oportunidad, pienso en alguna revisión de prueba o cosa parecida. No. La ayuda es tajante: su madre está enferma, perderá la beca, le urge un diez, “no puedo reprobar”. Tercermundismo al por mayor. Mínimo esfuerzo sin vergüenza alguna.
    El Presidente llama coño de madre a un político en televisión. El político no es un ángel del cielo ni por asomo. De hecho, no le tembló la lengua cierta vez para adornar a Chávez con idéntica oración. Está muy mal degradar a niveles de subsuelo el debate cívico, está requetemal insultar porque yo soy guapo y tú un mequetrefe subnormal, es deplorable que algún ciudadano utilice cierto lenguaje de albañal para agredir, por ejemplo, a Nicolás Maduro, pero resulta inaceptable, imperdonable, que éste manche la investidura que para bien o para mal ostenta (sí, estamos de acuerdo: para mal) irrespetando al país con expresiones dignas de las cloacas. Tercer Mundo saliéndose hasta por los poros.
    (Retomo la escritura tres horas después del punto y aparte anterior. Un apagón desbarató lo que hacía). Entro al consultorio, luego de media tarde a la espera tomo asiento frente al tipo de la bata blanca. Lee sus notas, se acomoda los anteojos mientras juega con su barba. “Señor Pérez”  -dice-  ¿cómo le ha ido con los antibióticos? ¿Ya no sale pus? Que yo sepa no soy el señor Pérez ni me la paso por ahí chorreando esa cosa amarillenta. Repite que sí, que debo ser el señor Pérez, que ahí puede verlo, vivito y coleando en la ficha, en el expediente, en el click de su computadora. Insisto en que el buen Pérez debe andar con su pus por otra parte, que me llamo Roger, que su ficha y su expediente me importan un pepino y que por fortuna aún guardo plena conciencia de mí. Termina rendido ante las evidencias, “claro, claro, no es usted el señor Pérez ni nada que se le parezca. Suponga que ha venido por primera vez y comencemos de nuevo”. No existo, soy borrón y cuenta nueva, olvido personificado, irresponsable y sin disculpas. El Tercer Mundo sentado sobre mí.
    En este país, como en cualquiera, la historia es una fragua humana. Ni Marx ni científicos sociales ni demás fantasías por el estilo. Como decía al principio, en ocasiones vamos en zigzag, por los costados o en reversa, pero siempre en función de lo que hagamos, de nuestras formas de comportamiento en sociedad. Del tercero al Quinto Mundo, es lo que pinta en estos días el horizonte. Para allá vamos.

9/11/2016

Memoria y día a día

    Leo a Borges y en “Funes el memorioso” hallo un ejemplo de aparente totalidad. Ahí, alguien es capaz de recordarlo todo, de modo que supone la viva encarnación del absoluto. Es una suposición falsa, claro, pues recordar como Funes equivale a transformarse en máquina, lo que sin duda anida en las profundidades del cuento.
    La paradoja florece: recordarlo todo es imposible por una razón de espacios y de bits. No estamos dotados para albergar el recuerdo infinito de cuanto vivimos y, es más, cualquier recuerdo termina por convertirse en una manera de olvidar. Entonces Funes es máquina, es cosa, es un aparato como aquel radio casette-recorder que tanto me maravillaba en la infancia (¡ah, quién pudiera presionar play y al mismo tiempo rec y ya, guardar hasta el último apunte en la cabeza para el examen del lunes!). Tenía razón Kundera, “el recuerdo no es la negación del olvido”.
    Existe un gentío entregado a la faena de mantener intacta la memoria y no les quito razón. Otra vez la paradoja haciendo de las suyas. Esa forma extrema de olvido, el olvido del yo, hoy en día implica el espanto sin par. La palabra alzheimer, que significa olvidarse de sí mismo, ha derivado en el coco de los tiempos modernos, porque olvidarse de sí mismo te aproxima al miedo personificado, a un Funes del siglo XXI.
    Fitina, ginko biloba, moringa, crucigramas al por mayor, caminatas por el parque, eso y más conforman estrategias para invocar al dios de la memoria. Dime cuánto olvidas y te diré cuánto queda de ti. El recuerdo como la cara opuesta del olvido se erige en el protagonista estrella de esa telenovela que va siendo la existencia ahora. Si recordar es vivir, como dice el refrán, olvidar lleva en las alforjas cierto modo de ir muriendo, lo cual no tiene nada de simpático, como puedes descubrir con sólo echar una mirada alrededor.
    Si el recuerdo también es otra manera de fallo en la memoria, entonces el asunto se reduce a un punto clave: aprender a vivir con lo que hay. Cero engaños, cero atajos posibles. Dicho de otro modo, siempre usamos nuestras ventajas comparativas. Punto. Y en eso andamos, aunque lo ignoremos. ¿Te lo habías imaginado?

9/02/2016

Daniel y yo

    Antes del amanecer corre a nuestra cama. Como un vendaval entra a la habitación y de un salto termina bajo las cobijas, abrazado a mí, acurrucado en la cueva. La cueva es el espacio construido por ambos, delimitado por los confines de las sábanas  que nos echamos encima.
    Daniel y yo hemos elaborado un código secreto, un lenguaje único del que nos servimos con descaro a diario. Explotamos la invención de mundos sólo habitados por los dos. Somos conscientes de la felicidad que chorrea por nuestros labios.
    Usé arriba la palabra felicidad. Confieso aquí que semejante término lo menciono con pies de plomo.  Cuando hablo de felicidad supongo el fuego o el océano, palabras que desde adolescente propiciaron en mí una sensación de aplastamiento, de vértigo, de respeto y asombro muy difícil de reproducir mientras escribo. La felicidad es lo más próximo a cuanto puede ser inefable.
    Y sin embargo los mundos creados por Daniel y por mí son tan reales como las rosquillas que sirvieron para el desayuno, lo cual decanta en un punto de fuga que nos hace felices con mayúsculas.
    Ciertas cosas sencillas que Daniel me invita a hacer y para las que asume toda dirección y estímulo terminaron por quebrarle el espinazo al cotidiano estado de falta de fe en que por lo general se mueven los adultos. La falta de fe, claro, es típica de quienes suponen un medio ambiente cuadriculado, refractario a ciertos cambios, llenos de una inercia que los lleva a atracar en los mismos puertos, navegar las mismas aguas, culminar en derroteros idénticos a los anteriores.
    Vemos una película juntos, leemos algo a dos voces, comemos un helado, compramos chocolate, discutimos, nos abrazamos, charlamos de la vida y eso, repito, nos hace felices. Atrozmente felices.  Antes pensaba que ser feliz   -o sentirse más feliz de lo normal-  era cosa de insensibles o de estúpidos. Hoy he variado tamaña opinión, y es más, reconozco que era un soberano disparate. Sentirse feliz, o cuando menos tomarse la molestia de aproximarse a ello, es propio de gente inteligente.
    Daniel, haciendo uso y disfrute del lenguaje inventado a fuerza de complicidades y mutuas alcahueterías, es capaz de abrir la caja de Pandora, es decir, quitarle la tapa a la olla del caldo donde se cuecen las habas de la alegría, la ternura, la pelea a almohadazos y la comprensión en su estado químicamente puro. Ese es el punto: él y yo nos comprendemos, cosa que dicho sea de paso nada tiene que ver con lo intelectual. Ahí se enclava el universo que hemos hecho propio.
    Daniel es inteligente, le gustan las buenas historias, sueña algunas que me dejan sin habla y cada día exige la cuota de imaginación justa para mantener en pie nuestro común acuerdo. Ambos sabemos que el otro está ahí, en silencio, a la espera, todas las veces. Y con eso basta para sonreír desde estas líneas.

9/01/2016

Cinco en Fusión

Cinco en Fusión (5nFusion) es un ensamble musical formado por jóvenes estudiantes universitarios de Puerto Ordaz cuyo talento rasguña las estrellas. Vale la pena escucharlos en su versión de Tu boca.

El link:   https://www.youtube.com/watch?v=Lc8xUVbaJB4

8/28/2016

Cosas perdidas

        No me vengas a decir que no se te han perdido cosas. Perder cosas es lo más común de la vida, pero lo que me quita el sueño, lo que en verdad motiva mis desvelos es el punto de fuga de semejantes extravíos.
    Me explico: botas los anteojos, botas las llaves, botas el carnet de conducir, maldices y remaldices hasta que das o no con ellos, pero nunca preguntas por el lugar que es su guarida. Lo que soy yo, siempre fruncí el ceño al respecto, desde muy niño intenté descubrir adónde van a parar los objetos perdidos y a estas alturas, créeme, puedo jurar que hay una tierra extraña que los contiene. Plaf, plaf, aterrizan ahí mientras te rebanas los sesos revolviendo hasta el último rincón con la esperanza de encontrarlos. Menuda pérdida de tiempo.
    Y eso no es lo peor, claro. Así como a veces notamos que somos un imán para atraer ciertos hechos, para materializar actos, sucesos que quizás deseamos o tememos, de igual modo terminamos por ser pieza clave del jueguito de otro, una especie de algo o alguien  capaz de hacer de las suyas a costa de tu mala suerte, si es que es posible llamar de esa manera a todo esto. En fin.
    Lo digo porque de las mil y una cosas que he extraviado, nada como un lápiz Móngol. Ellos vinieron a mí y se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos.  Lo sé desde los años en la escuela, desde el primer grado cuando los regaños de mi madre  se afincaban no en darle a la lata para que aprendiera la lección o hiciera los deberes  -jamás tuve problemas al respecto, puedo confesarlo sin pecar de vanidoso-  sino en advertirme que ése, el que tenía en mis manos, sería el último lápiz que compraba para mí hasta el nuevo año escolar. Nada, a las veinticuatro horas perdía el Móngol, como de costumbre.
    Supe, no me pidan ahora explicaciones, que existía un lugar al que llamé Paraíso de los Objetos Perdidos. Semejante isla oculta -pues sí, era una isla-  idéntica a la de Crusoe o quizás a la de Stevenson, era el hogar de cuanta cosa puedas imaginar, todas desaparecidas, todas engullidas por el Mar de los Zargazos, esas arenas movedizas en las que pataleamos día a día. Cada  lápiz Móngol al que dije adiós se hallaba de cabo a rabo en ella, viviendo una curiosa existencia, sin mayores aventuras, sin escribir o dibujar o todo lo que suelo hacer cuando un Móngol reposa entre mi medio y mi índice, asistidos por el buen pulgar. Lo cierto es que el misterio había sido resuelto. Ya suponía yo que tanta pérdida, tanto Móngol arrebatado frente a mis narices obedecía a algo más que el descuido, es decir, a causas mucho más profundas que mi constante chapotear entre las nubes. Desde entonces papar moscas mañana, tarde y noche no fue la explicación de por qué un Móngol invisibilizado, evaporado cada tres o cuatro días. Respiré tranquilo.
    Como podrás adivinar, a mis cuarenta y seis tacos sé muy bien lo que sucede cuando pierdo algún objeto. Por eso no caigo en inútiles lamentaciones, ni cosa parecida, como suele hacer la mayoría. La otra vez, para variar, extravié el bolígrafo con el que escribo cuentos, tomo apuntes y hago anotaciones varias. Lo imaginé contento en su isla del nunca jamás, trabando amistad con otros lápices que corrieron igual suerte. Solución: fui por otro al kiosco de la esquina. En fin, la vida continúa, me digo, y ya, asunto resuelto.    

8/13/2016

Lo más extraño de este mundo

    Te sientas en un café y entras a una dimensión que es casi una patente universal. Pides el marrón, una botella de agua mineral, enciendes tu tabaco y entonces la franquicia se abre por todos los costados. En Argelia o en Bolivia, lo cierto es que un café es el punto de encuentro para mil y una historias. Hoy quiero escribir de esos que lo saben todo.
    No hay cosa más difícil en esta puta vida que decir no sé. Reconocer la ignorancia, vislumbrarse mínimo, tan pequeño como un bicho peludo y microscópico chapoteando en mitad del universo no es cuestión que acepte todo el mundo. Nanai. Me siento en el café de siempre y escucho la autosuficiencia en pasta que engorda y se alimenta de sí misma, que se autofagocita en una especie de expansión interminable. Si alguien pregunta por la vía expedita para burlar un atolladero judicial, Enrique o Miguel tienen la respuesta. Si el carro suena como lavadora vieja, Enrique o Miguel conocen el por qué y su solución. Si pregunto por la enigmática relojería de mi gps, Enrique cuenta los intríngulis de su endiablado mecanismo y Miguel propone mejorías sobre la marcha.
    Aterrizas en el café de la esquina y encuentras al tipo que lo explicó todo. Explicarlo todo es un deporte muy particular, una extensión del  hombre del Renacimiento enclavada en pleno siglo XXI, lo cual supone conocimiento alquímico entremezclado con física cuántica, historia del arte, poesía lírica grecolatina y pastelería suiza postmoderna. Aquí, entre mesas con mantelito blanco y batidos de lechosa hay a patadas quienes lo saben todo o creen saberlo todo, que para los efectos no es una diferencia como para generar caos. El quid es la explicación: explicar, eso, explicar hasta por los codos otorga señorío a la afilada dentadura del tiburón Enrique y el caimán Miguel. Por eso un café es zona pantanosa capaz de engullir, zuas zuas, a un 747 y transformarse en cementerio de Titanics y tú ahí como si nada, dándote de bruces frente a misterios develados o por develarse: por qué una ventolera te despeina, por qué la Luna tiene cuernos, por qué un kilo de plomo no pesa más que un kilo de algodón, por qué si el sapo salta pues se ensarta, por qué la Tierra no es plana, por qué el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, por qué la hipotenusa y no la hipotermia, pongamos por caso, o la hipostasis o la hipoteca o cosa parecida, y así.
    La lógica aplastante de Merlines cafetinescos siempre me ha maravillado. Una vez quise experimentar el método para explicarlo todo, pero entre tanto sentido común y vueltas al fondo de cada problemática terminé con dolores de cabeza que para qué te cuento. Moraleja y conclusión: mi fracaso al intentar explicarlo todo es directamente proporcional a mi talento para no explicar absolutamente nada e inversamente proporcional a mis ganas para ello. Demasiados cojones y poca materia gris, como imagino ya pescaste.
    El otro día, en Ciudad Bolívar, juro por Dios que a orillas de la avenida Táchira vi a un hombre sentado ante una mesa sobre la que descansaba una Remington de las de antes y un fajo de carpetas y papeles que daban la sensación de oficina itinerante. Desde el carro leí un aviso que colgaba. Decía esto: “Se soluciona cualquier tipo de problema”.
    Demonios, explicarlo todo sí que va más allá del café de la cuadra y fíjate que cae como peñasco en el ancho mundo, lo que va siendo bastante decir. La fenomenología trascendental  -perdonen el feo academicismo-  de un hecho como explicarlo todo se quiebra justamente cuando intento dar razones que solventen el asunto. Entonces ni modo, me conformo con saborear el marrón y permanecer tras bastidores, observando y buscando entender, hasta donde me alcancen las meninges. Que me expliquen, que me expliquen, que me sigan explicando.
    Explicarlo todo es poco menos que una ciencia exacta, claro está, cosa que en el fondo es la razón fundamental por la que no abandono mi café predilecto. Tabaco, marrón, agua mineral y de pronto, por obra y gracia de cierta cadencia renacentista que ve tú a saber por qué diablos se cuela desde esos confines hasta aquí, digo, de pronto se hace la luz, se desanuda el nudo, lo torcido se destuerce y la explicación diáfana, sencilla, total, cabe en boca de Enriques y Migueles. Es que un café es lo más extraño de este mundo, rediós, lo más extraño de este mundo.

7/30/2016

Maduro y su mundo

    Voy en el carro, enciendo la radio y, para variar, Maduro está encadenado. A punto de oprimir el off escucho parte de la cháchara: el Presidente despotrica de los conquistadores y da vítores a Guaicaipuro, a Tamanaco, a  otros nombres indígenas.
    Me viene a la memoria un episodio protagonizado por la vena autóctona chavista. Recuerdo entonces el derribamiento de una estatua de Colón y los intríngulis nacionalistas que le hicieron coro. Mala cosa. Uno se pregunta qué atravesará las neuronas de Maduro cuando reniega de España y a continuación alaba el mundo prehispánico. Debe jurar que nuestra identidad (menuda palabreja cuando se trata de un colectivo) se asienta en la cosmovisión kariña, en el universo yanomami o en la sensibilidad goajira.
    Hay aquí una confusión que sólo se cura leyendo, es decir, echándose en brazos, sin complejo  alguno, de eso que dieron en llamar cultura. Lo que Maduro guarda entre ceja y ceja es un particular modo de expresión racista, una mutilación tan peligrosa de lo que en el fondo nos conforma que resulta siempre en el chauvinismo más atroz. De lo escuchado en la radio al nacionalismo de un inquisidor hay pocos pasos. En verdad, somos cuanto arroja en nosotros la cultura precolombina, pero somos también Sócrates, Platón, Aristóteles, la tradición latina y medieval, así como el Renacimiento o los logros de la Ilustración, hasta llegar a este Occidente que, lo afirmemos o neguemos, termina por engullirnos y acogernos en su vientre. Somos indígenas, negros y europeos, lo cual es una bendición por la razón sencilla de que, bien asumida, nos libra de esa hemiplejia cultural típica de pseudorrevolucionarios tercermundistas.
    Toda nación se fragua (reto a cualquiera a demostrar lo contrario) gracias a encuentros, desencuentros, amalgamas producto de traiciones, cuchilladas y fragores regados de pólvora, ante lo cual Venezuela no es la excepción. Es mentira que las culturas prehispánicas fueron ajenas a la guerra y a la imposición de unas sobre otras mediante el uso de la fuerza. En lo que hoy es nuestro país hubo sangre de por medio a lo largo de su constitución, y no por menos los incas o aztecas, nada más que por dar un par de ejemplos, merecieron el nombre de imperios. La idea del buen salvaje carcome las sienes del señor Maduro, y si hay algo nocivo a este mestizaje fabuloso que protagonizamos es la demagogia nacionalista con la que se llena la boca: sandeces ideológicas que caricaturizan cuanto ha venido creándose en el magma histórico de nuestro ser. Es bueno mantener a buen resguardo tal verdad, pues ya sabemos que no existe vacuna contra la barbarie o la idiotez colectivas. Aunque haya alcanzado elevados niveles de civilización, un país jamás se encuentra por completo a salvo de la locura fanática (desde la pureza racial hasta la posesión de la verdad única religiosa) y de, en fin, el complejo de superioridad cultural. No es verdad, preciso es recordarlo con todas sus letras, que lo español deba ser execrado o violentado, como no es verdad que sólo hemos bebido de una única fuente a la hora de mirarnos en el espejo de la historia.
    Somos pueblos que hoy por hoy pertenecemos a una hechura múltiple en el crisol de las razas, costumbres y maneras de concebir el universo, siempre en constante ebullición. Estamos hundidos hasta el cuello en el caldo del mejor cultivo: el de la universalidad, esa que cuaja una ciudadanía más allá de fronteras, pasaportes, cédulas de identidad y, como quisiera Nicolás Maduro, nacionalismos que a la larga o a la corta únicamente sirven para segregar odios, originar falsos conflictos y transformar la convivencia en una orgía de malentendidos permanentes.
    Haría bien el Presidente en acercarse a la historia con mayúsculas y mojarse los pies (y los axones y dendritas) en sus profundidades. Hacerlo supone percatarse de cuánto sufrimiento puede ahorrarse una sociedad cuando desaparecen reduccionismos patrioteros y en su lugar afloran horizontes cargados de tolerancia, minimizando la posibilidad de fanatismos a diestra y a siniestra.
    Le guste o no le guste a muchos, los españoles, al igual que lo peor y lo mejor de Occidente, produjeron esto que algunos llaman venezolanidad, y no son ellos, por cierto, los responsables del desastre que hoy se traga a un país de mil caras, convirtiéndolo en el hazmerreír del continente gracias a los disparates de un gobierno que sembró miseria e involución durante  diecisiete años haciendo de las suyas. Es preciso asumir el pasado con altura de miras, sin complejos empequeñecedores, y desde el presente sumarnos a la modernización, abriéndonos al ancho mundo y aprovechando para ello nuestras ventajas comparativas, que son bastantes. Yo estoy orgulloso de ser venezolano, o lo que es lo mismo, de hablar español, de llevar en las alforjas el Siglo de Pericles, el Siglo de las Luces y lo más granado de Occidente, de comer tortillas, frijoles, arepas y saberme atravesado por lo indígena y a la vez lo universal. Yo, lo que soy yo, estoy contento por aquella raza cósmica, la de Vasconcelos, en que deliciosamente chapoteamos.

7/03/2016

El gramático

    Hay quienes pierden la capacidad de asombro, mala cosa. Si abres bien los ojos te sorprenderás  a cada paso, lo que es mucho decir en tiempos de desencanto, postmodernidad y demás palabrejas rimbombantes.
    Un profesor de la Facultad resulta vivo ejemplo de lo que digo. Es catedrático de Gramática Española, por lo que se pasa el día viviendo el lenguaje, según afirma, al punto de que su relación con nuestra parla llega a niveles inexplicables. Te darás cuenta en un momento. Mientras habla con alguien, el tipo mide a su interlocutor en estricto sentido académico, cosa aburrida hasta las narices, digo yo, pero que él goza como niño ante juguete nuevo. Si la gente no tiene puta idea de su pasmosa habilidad, peor para ella y mejor para él, porque el profesor vive el lenguaje, repito, y vivirlo implica degustarlo en mente, cuerpo y alma, lo que no es concha de ajo, como descubrirás en este instante.
    Si tú, que eres una mujer guapa, pongamos por caso, dialogas con él en un café, en el supermercado o en los pasillos de la universidad, el gramático hace de las suyas desnudándote sin pudor, es decir, te quita las ropas lingüísticamente, te desabotona la blusa desde un pluscuamperfecto, te desliza la falda a partir de una esdrújula sin tilde o te remueve el bikini porque dijiste precioso con ese. El profesor sufre lo que a su manera le ocurrió al bueno del Quijano: de tanto darle a lo que más le gustaba terminó víctima de su quehacer favorito. El Quijote, loco por donde lo mires; el catedrático, preso en un corsé gramatical que para qué te cuento.
    Llegó a construir una escala estructural en función de los errores ortográficos que pronuncias y el streep tease que te monta apenas comienzas a equivocarte. Escucha tus errores, los coge al vuelo mientras surfeas en vano oraciones y párrafos hasta que no tienes escapatoria: acabas en pelotas por acumulación de desaciertos. La oralidad hecha zona de caza, campo de batalla para atrapar meteduras de pata ortográficas. Menuda habilidad la de este personaje.
    Si se te escapa un te, de mandarina o yerbabuena, qué demonios importa eso, y lo sueltas así, libre de acento según manda la RAE, júralo que bajará el cierre de tu pantalón. Si el error es de mayor monta  -pides una sopa del dia seguida de pan cacero y vejetales mixtos con aseitunas negras-  vas a quedarte sin esa linda minifalda roja que llevas a juego con la cartera. Y si continúas dándole con las patas al idioma, pues terminarás en meros cueros.
    Una vez fui a su oficina a pedirle un libro que le había prestado y lo hallé embelesado. “Los senos de la morena que acababa de salir”, comentó, “es que no son para menos”. “Cómo te explico… esa mujer tiene las tetas inversamente proporcionales a haalcol, a bino tinto chileno, a dextresas inteleptuales para desembolberse en la vida”. No entendí un pepino, me encogí de hombros y salí.
    Pero hoy lo afirmo sin que me tiemble un pelo: el gramático terminó siendo maestro de la desnudez. Si otros lo han sido porque trabajaron como ángeles (ahí está  Goya y su divina Maja, ahí tienes a Herman Puig fotografiando cuerpos femeninos como Dios los trajo al mundo), el gramático se transformó en virtuoso de muslos perfectos al son del dequeísmo o curador de primera línea en el museo lingüístico del erotismo, todo gracias a la sinrazón morfosintáctica, ortográfica y demás especies de la desabrida academia en cualquiera de sus manifestaciones. Semejante profesor, que escucha como si nada aberraciones de la ortografía, logró levantar templos de sensualidad sustentados en María o en Laura y sus disparates idiomáticos. Quién lo hubiera dicho, se cuenta y no se cree. Es que te juro algo: yo jamás lo hubiera sospechado.

6/24/2016

Las piernas de una dama

    La anatomía humana se luce en las piernas de una mujer. Salir a la calle supone en ocasiones sentarse a contemplar, y hacerlo es en mi caso darme de frente con la estética femenina traducida en carne y huesos. Que unas piernas, cruzadas o no, erguidas  o no, bronceadas  o no, lleven el enigma a cuestas, existan con la música de fondo que más se parece a una nota de violoncello, a un solo de trompeta, a una descarga de piano, hace que el hecho simple de observarlas, de verlas pasar, cobre ribetes casi místicos a la espera del verde en el semáforo.
    Basta salir a la calle y morir arrollado por las piernas de Sheila o de Laura en el mercado, a un paso del parque al que te diriges con tus hijos, a dos metros de tu turno para usar el cajero de Banesco, y entonces te das cuenta, la seguridad de que existe el Paraíso te agarra por el cuello mientras Laura ríe a sus anchas y Sheila continúa su andar como si nada. La otra vez me senté en un banco de la plaza y columnas troncocónicas embutidas en sandalias y a veces en zapatos altos me llevaron a la Atenas de Pericles. Las piernas de una mujer tienen mucho de grecolatinas, la verdad sea dicha, y quien lo ponga en duda nada más échele un vistazo a las esculturas de Fidias para comprobarlo. Hay que ver, él pone su firma a diestra y a siniestra.
En esos monumentos griegos que son las piernas de una mujer en su vaivén está la piel al aire libre, o el nylon de unas medias que terminan allá arriba, en plenos muslos, o el jean mágico que todo lo acomoda, cómplice mayor, celestino irremplazable entre quienes juegan a la tentación en tierras de Afrodita. Sales a la calle, subes por la avenida tal, doblas a la izquierda, y ya en ese trayecto la pasarela que es esta ciudad alborotó hormonas y latidos, prescribió colirios, inventó imágenes devastadoras como un tsunami desde el pulgar hasta la ingle. Entras al primer café que se atraviesa en tu camino, vas directo a tu atalaya, pides el marrón, pides agua mineral, pides el periódico del día, entonces lees con inocencia lo que puedes y al apartar los ojos del papel la película es Fellini, la escena es Sophia Loren con las piernas al acecho. Sales a la calle y caminas en un campo minado, sales a la calle y te cubres por completo de peligro. No hay escapatoria.
    Lleno un cuestionario y me preguntan si tengo interés por cuestiones de avanzada, si comparto ideas o simpatías con movimientos literarios, ecológicos, políticos o culinarios. Blablablá. Respondo en una ráfaga que mientras siga en esta calle y vagabundee por la calzada, el único movimiento que me atrapa es el de las caderas de una dama. Basta la película que se desarrolla enfrente, disfruto un mundo metido de cabeza en ella. Suficiente con el erotismo desbocado en una esquina cualquiera.