6/20/2019

De amplio espectro


    Las cosas que uno vive. El otro día pasaba frente a un quiosco y cuando me detuve por una revista y unos caramelos estaba ahí, a un palmo de mis narices, como metiéndoseme adrede por los ojos.
    Uno en esta vida se da de cabeza con mil cosas. Les conté alguna vez de un periódico en el que sólo aparecían noticias falsas. Pues bien, ahora la historia cobra otra vez pinta informativa pero con la salvedad de que en el diario nada más existen titulares.
    Así como lo lees: titulares. Comenté el asunto con un buen amigo periodista y lo conocía hacía tiempo. “Lo he leído fascinado”, comentó risueño. Adán Astudillo, cuyo olfato  para cuestiones así es el de un súper sabueso, se encogió de hombros mientras explicaba que en los tiempos que nos tocan poco asombra y mucho ocurre sobre el escenario.
    Por re o por fa, porque la velocidad del día a día no da mayores treguas o porque a la gente cierta espectacularidad la atrae como bombillo encendido a los mosquitos, lo cierto es que el periódico que sólo publica titulares ha tenido un éxito sin paralelo. Ni Zygmunt Bauman en sus tratados de sociología, ni el buen Lipovetsky con sus ideas sobre el imperio de lo efímero, ni todos los académicos habidos o por haber pueden dar crédito a semejante fenómeno sin precedentes.
    Lo tuve entre las manos, pagué los tres dólares que pidió el quiosquero y me fui al primer café a leer. Confieso que me agradó de entrada, quizás por la disposición de las imágenes, por la diagramación tan atrayente, por el buen tamaño de las letras, no sé, pero el efecto terminó por recordarme el fuego de artificio, la danza de cohetes, luces y colores que te quita el aliento ante el cielo de una noche iluminada por esos artefactos. Y por supuesto debido al contenido, el cómo se abre frente a ti un mundo de información encapsulada, lista para tragar de un golpe y que dice tanto en tan poco, que sugiere, que insinúa, que culmina en expresión poética, martillazo, bofetada en pleno centro de la noticia como ningún otro medio es capaz de proponer.
    Un periódico que únicamente publica titulares se las trae. Cualquiera podría creer lo contrario porque no hay análisis, no hay opinión, no hay tratamiento alguno de los temas y no obstante lees, pasas las hojas y caes derrotado. Aplastado para ser exacto. Un periódico que sólo publica titulares obsequiando el mejor oficio que puedas figurarte cuando vas en el vagón del tren o muerdes el sandwich que te comes frío mientras hablas con tu novia por el celular y te anudas el cordón de los zapatos. Quién lo iba a decir: qué The New York Times ni qué ocho cuartos, qué Clarín, El Nacional, Le Monde o The New Yorker. Nada de nada, el periódico que sólo publica titulares les da con todo en la nariz, en la madre que los parió gracias a que es una pastilla de amplio espectro.
    De amplio espectro, tal cual lo ves escrito. Como esos antibióticos usados contra un abanico inimaginable de bichos, de bacterias patógenas que tanto daño hacen. Amoxicilina, pongo por caso. O Levofloxacina, moxifloxacina, ciprocloxacina, todos inmersos, esparcidos, fumigados a lo largo y ancho de un periódico cuya tarea fundamental va más allá de la que ofrecen los demás, es decir, toma en cuenta la reunión urgente que tienes esta tarde en el trabajo, la completa entrega que requiere el cierre de inventario aquí en la empresa, los poquísimos minutos disponibles para ir al cine o leer una novela y, en fin, los problemas derivados de andar siempre intentando darle tiempo al tiempo. Como ves, he estado investigando. Como ves, lo anterior no es poca cosa.
    Los antibióticos de espectro reducido apenas actúan sobre grupos pequeños de bacterias enemigas y ahí está la clave, el nódulo basal del por qué este periódico que sólo publica titulares le pateó el culo a sus competidores. Le Fígaro, imagínate, es un diario de espectro reducido. El que te cuento es todo lo contrario, y así.
    Lo cierto es que la química de un periódico tiene bastante que ver con su comportamiento en las calles. Tiene más de lo que te puede pasar por las meninges, asunto vinculado no sólo con el mercado o la sociología -como supone ingenuamente tanta gente- sino con la biología, que es por supuesto lo importante. Quién lo hubiera sospechado. Es que quién lo hubiera adivinado.

6/14/2019

Úslar Pietri y yo


    Conocí a Arturo Úslar Pietri en la Upata de mi infancia. Era yo un imberbe de diez u once años y algunos viernes me daba por ver Valores humanos, espacio de televisión conducido por él y que, vaya uno a saber por cuáles razones, me entretenía, me llamaba la atención y, en fin, me fascinaba.
    Mi madre, celosa como nadie a propósito de la hora en que debía irme a la cama, consentía romper la regla de las nueve y treinta de la noche porque se trataba de “un programa como ése”. Lo cierto es que el nombre de ese señor tan serio -jamás lo vi sonreír-, con lentes, medio tartamudo en ocasiones, se fue  haciendo común, lo mismo que aquella cosa tan extraña, aquel giro tan alejado de lo conocido cuando saludaba a los televidentes: “amigos invisibles…”.
    El saludo de don Úslar me hizo fruncir el ceño. Todas las semanas, hasta la última, se dirigió así a quienes lo veíamos. Yo le daba mil vueltas al asunto, intrigado, confundido, y te cuento que me obligó a pensar. Recuerdo con nitidez la primera vez que escuché semejante lenguarada. Levanté las orejas como perro alerta, aguijoneado por el golpe seco de una frase tan cogida por los pelos, y opté por llevarla a la mesa de disecciones. El único objetivo fue despanzurrarla. “Amigos invisibles…”.
    Entonces descubrí estupefacto que las palabras no eran diosas inviolables ni señoras tan serias e iracundas -ay de ti si escribías halgodón, prinsesa o ervívoro en los deberes de la escuela-. Tuve la impresión de que el lenguaje era materia moldeable, que podía ser un aliado si sabías tratarlo, si le plantabas cara y te imponías, tal como pasaba con los guapetones del salón de clases -que asustaban mostrando los colmillos hasta que te armabas de valor, no expresabas miedo, los enfrentabas y ya, listo, el cambio era de ciento ochenta grados -. Fue Úslar Pietri  el primero en enseñarme a leer de otra manera.
    Valores humanos se transformó en un espacio para la aventura. El maestro se quedaba ahí, sentado, hipnotizándome con sus palabras y yo acostado en mi habitación oía mientras soñaba, mientras me sentía protagonista de esas historias parecidas a las de los suplementos que compraba en el quiosco de la esquina. Qué duda cabe, Úslar era un prestidigitador de lo oral, especie de moderno Homero cantando las hazañas -o torpezas- de la humanidad. No olvido un episodio en el que habló de guerras. Se refirió con pelos y señales a la posibilidad de que una tercera guerra mundial ocurriese. Dio detalles, especuló acerca de la vileza, del mal trocado en ejércitos enfrentados y armas nucleares, conocí  un vocablo nuevo: armagedón, pintó el cuadro terrible de las consecuencias al respecto y, por último, se detuvo frente al día después, la nada que significaría el fin de esto que llamamos vida. Confieso que el terror me engulló por completo. Un frío helado me recorrió hasta las uñas. Me fue imposible dormir, no tuve paz en muchos días sólo por imaginar el acabóse, el hecho tristísimo de no ver de nuevo a mis padres, a mi familia, a mis amigos. Pasaron semanas hasta que por fin, ya ni recuerdo cómo, volví poco a poco a ser lo que era, a acariciar la normalidad.
    Claro, Valores humanos era una novela de aventuras y era también, a veces, un cuento de terror. Pasado un tiempo esa novela y ese cuento los hallé otra vez en su columna Pizarrón, los domingos en el diario El Nacional. A partir de ahí el periódico me acompañó siempre. Todavía hoy, cada vez que me entrego a la tarea frecuente de leerlo me asalta la imagen del escritor cuyas historias me cogían por el pescuezo así luchara en contra, así intentara develar a base de neuronas el misterio de su embrujo, así me propusiera no caer en la trampa.
    Luego, transcurridos otros años, di con sus ensayos de más largo aliento. Los leí todos con el mismo afán aventurero y no me defraudaron. Siempre he creído que el Úslar Pietri ensayista ha sido el gran traductor, el anatomista de la realidad venezolana, esa que contemplamos en la superficie, en el día a día pero que no vislumbramos en sus profundos vínculos con algo más, con el tiempo y la historia que hemos construido y los seres que le dan perfil. Ahí encontré el espejo que devuelve maltrecha la mirada, que golpea a fondo con la misma curiosidad e incertidumbre con que es interrogado. Los ensayos de Úslar son respuestas que se trocan en preguntas y luego otra vez en respuestas y así, en una espiral ascendente que produce vértigos, espasmos, vómitos y la necesidad de reflexión a como dé lugar. Su obra te pone a pensar y se acabó, te obliga a darle vueltas a esta realidad que es la Venezuela del presente, siempre a la luz del trajinar que antes y ahora protagonizamos. Sólo en su trabajo de ficción lo sentí ajeno, otro, un hombre diferente al que hacía rato creía que conocía.
    Habrá que volver al Úslar pensador. Por desgracia no ha sido valorado con el suficiente celo que sus razonamientos ameritan. A pesar de que fue celebrado como el gran intelectual venezolano -quizás el último de una estirpe conformada por Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry y algunos otros-, tengo casi la certeza de que tamaña celebración ha sido más fuego de artificio que conocimiento verdadero. A Úslar hay que sacarlo de las catacumbas, quitarle el almidón, desplancharlo, ya que muchos se dieron a la tarea de engominarlo, de petrificarlo. Sacudirle el aire de estatua, esas que envejecen olvidadas, cagadas por las palomas. Es preciso leerlo y releerlo, estudiarlo, interrogarlo, para que al fin y al cabo el diálogo construido suponga un toma y dame en función de cuanto hemos sido y vamos siendo. Las ideas de Arturo Úslar Pietri siguen tan vivas como siempre.
    El muchacho que lo descubrió en la tele permanece ahí, con ganas de otros hallazgos cada viernes. El muchacho del que hablo vive en Maturín, en Güiria o en Tucupita y ojalá dé con él, lo encuentre otra vez, siempre desde la sorpresa, la curiosidad, la magia y el disfrute.    

6/06/2019

Gargajos en las aceras


    Leo esa frase en un libro de Paul Auster y sonrío. Me parece que semejante imagen es una metáfora brillante del mundo y sus alrededores. Ahí está el anverso y el reverso, como pretendo sugerir, de lo que construimos a base de experiencias: gargajos/arcoíris, excrementos/manjares suculentos, tempestades en las noches/dulces atardeceres.    
    La verdad es que una acera refleja el universo. Cabe en ella un microcosmos sobre el que leer la fea o hermosa historia del bicho humano a su paso por el tiempo. Tu impronta, la mía, la de todos penetra, como clavadista en el agua, la superficie áspera de una acera que para la mayoría es sólo soporte, lugar donde arrastrar los pies con más pena que gloria.
    El otro día caminaba con Daniel entre la Foch y la Wilson y una flor machacada yacía en el suelo junto a una lata de cerveza. ¿Qué significa? ¿Qué supone un cuadro así? ¿La nada, la muerte, el gris absoluto de lo que ya no es? Luego, dos cuadras más allá, una moneda de veinticinco centavos apenas lograba distinguirse bajo una fina capa de arenilla. Mi hijo pudo verla, corrió feliz hacia ella y la guardó en un bolsillo. ¿Qué significa esto otro?, ¿qué de fantástico encierra este encuentro? De todo, hay de todo en la acera dispuesta como si nada en las orillas de la calle.
    ¿Es de antemano detestable un gargajo en plena vía? Lo es, claro, pero si te pones a pensar  existe ahí un tono, una gradación cromática que obsequia colores jamás vistos. Esputos de matices infinitos, de verdes a amarillos a morados abriéndose en abanico sin principio ni fin. La acera otra vez haciendo de las suyas, encaramada sobre el hecho sorprendente que la transforma en entraña, tubo digestivo por el que atraviesan el hombre y sus circunstancias.
    Dice el diccionario: Acera: “Orilla de la calle u otra vía pública por lo general ligeramente elevada y enlosada, situada junto a las fachadas de las casas y particularmente reservada al tránsito de peatones”. Mentira, el diccionario es un máquina de fabricar embutidos, salchichas de ardides de todos los tamaños. Y para remate: Gargajo: “Mucosidad formada en las vías respiratorias que se expulsa por la boca”. ¿Habráse visto tamaña necedad? ¿Puedes creer ficción de tal calibre?
    Acera y universo o gargajo y esmeralda, ahí está el detalle diría el buen Cantinflas. Un gargajo en una acera implica dinamita a punto de estallar, lo cual trae a colación eso de que vivimos a expensas de ciertos mecanismos muy bien aceitaditos, o lo que es lo mismo, piezas de relojería únicas, algo así como la “patafísica del escupitajo”, con perdón de lo pomposo.  
    De buenas a primeras un gargajo es a una rosa lo que sobaco a diadema, consideración arrastrada por los pelos en medio de este caleidoscopio que es la calle. La escatología de la vida cotidiana danza entre engaños y verdades relativas porque, dime tú, ¿qué es más asqueroso, un salivazo flemático en la acera por la que transitas o la predecible, expectorada respuesta de algún hijo de puta ante cualquiera que muere en una esquina?
    Un gargajo en una acera guarda adentro más respuestas que mocos dando grima. Un gargajo sobre el lienzo de la acera marca a la perfección buena parte de la historia que hemos tejido a fuerza de dentelladas, golpes bajos o sacrificios de mil y una raleas. Un gargajo, qué más da, llave maestra para irnos descubriendo con el lente de lo contemporáneo, del aquí y el ahora, a plena luz y sin muchas náuseas que digamos, siempre con el arma en la sien de eso que alguien denominó género humano.

5/31/2019

La magia del día a día


    Un niño puede darse de bruces con la maravilla de vivir. Estar consciente de que sus días son en verdad la caja de resonancia de lo fabuloso. Lo descubrí hace una punta de años y hoy, leyendo a Hustvedt, lo he recordado a plenitud.
    Las comiquitas de la tarde hicieron lo suyo. Sin embargo lo asocias en el presente con la alegría que te produce el descubrimiento de algún libro, uno que muerde y no suelta hasta destrozar, algún pitbull de la literatura que de cuando en cuando ataca sin misericordia. Entonces eres presa, eres insecto engullido por cierta planta carnívora y sabes que no existe escapatoria.
    Fue en la niñez cuando tuviste conciencia de vivir y del esplendor que puede llevar consigo. Fue en aquellos tiempos cuando empezaste a saborear su miel y te decías, asombrado, que la vida era la mejor ocurrencia de Dios.  Aprendiste -ahora no podrías explicar cómo- a diferenciar lo sencillo de lo recargado, lo importante para ti de lo insignificante. Te ves subido a una mata de guayaba, deambulas por sus ramas, te acomodas, te instalas sobre una de ellas, la más sólida a tu juicio, y comes las frutas, maduras, apetecibles, y sientes después un golpe de brisa que te acaricia el rostro y te despeina y vuelves a repetirte que momentos así no tienen desperdicio. Contemplas, conversas contigo mismo, pasan las horas, hasta que recuerdas el colegio y las tareas pendientes por lo que corres a tu habitación para acabar tus deberes.   
    Eres capaz de abrazar la soledad y en instantes como ese la felicidad entra a borbotones. Te acostumbras a atesorar circunstancias, te empiezas a dar cuenta de que la alegría puede ser fabricada con las manos, con los materiales que encuentras a tu paso. Poco a poco vas otorgando más importancia a todo ello y aún en los días que corren piensas que ser feliz pasa por sostener en la cuenca de las manos verdades parecidas.
    Ahora mismo dejas de escribir, colocas el lápiz a un lado y ves a un niño observando por la mirilla de un caleidoscopio que alguien le ha obsequiado. Ese niño eres tú y en ese milisegundo llegas a comprender que el mundo no es como siempre has creído, que cambia, que lo que te han vendido como realidad y que supones inamovible puede de pronto estallar en mil pedazos,  transformarse en otra cosa, en otras formas, como el caleidoscopio que llevas en las manos. Lo que te alegró al principio termina por entristecerte porque supones que todo es relativo, piensas que nada es lo que parece, y te dices, desconcertado, que el día a día guarda entre las muelas mucho de espejismo, bastante de ilusión a cuestas. Es la primera vez que vislumbras la precariedad de las cosas.
    Sueñas. Con el paso del tiempo aprendes a soñar despierto, no en plan de papanatas -o sí- sino en función de registrar, de percibir por debajo de la alfombra, es decir, de hallar aristas escondidas que de buenas a primeras saltan a la vista al enfocar de otra manera. Descubrirlo, sentirte frente a frente ante este nuevo modo de andarte por ahí hace otra vez que te alegres, que te sientas como un explorador en plenas calles, en plena escuela, en plena reunión familiar o en plena charla con los amigotes.
    Piensas en aquellos tiempos idos, treinta y cinco, cuarenta años atrás, y agradeces al niño de ese entonces por la lección aprendida. Reconoces sus improntas, identificas cómo has llevado sobre las espaldas cuanto hallaste hace tanto y te dices hay que ver, en el fondo seguimos siendo bastante parecidos aunque Heráclito tenga razón, aunque jamás nos sumerjamos dos veces en un mismo río. Y luego sonríes, y enciendes un tabaco, y coges otra vez el lápiz y sigues escribiendo.

Hay que ver


    Hay que ver. Hay que joderse. Uno apenas responde ciertas interrogantes, íntimamente vinculadas con nuestra cotidianidad, con lo que somos, y las responde temblando. Son respuestas cargadas de incertidumbre y de dudas, formas que intentamos dar a eso que nos tuerce el pescuezo y que de algún modo exigen explicación, atención. Nos piden algo qué decir, y lo que decimos quizás anda más cerca del embuste o del autoengaño pero qué se le va a hacer, terminan siendo soporte, apoyadero, hombros sobre los que pretendemos empinarnos.
    Entonces hojeas una revista, lees algo en Internet y ahí está, sientes el puño en la nariz reventándote los cornetes. Miren ustedes el titular que me aplastó el otro día las fosas nasales: “La respuesta a todos los misterios del universo”. Es que tiene cojones el asunto. Imagino que semejante atrevimiento debe ser uno divino, cercano a la santidad o cosa parecida, lo cual supone ya un doble coñazo -el del título, claro, más sus implicaciones-.
    Tengo la impresión de que informar, lo que se llama hacer periodismo de raza, es actividad venida a menos en el vecindario. Importa el gancho al hígado más que el tratamiento informativo de la noticia. Si un titular estimula la curiosidad haciéndose llamativo por el titular mismo, eso es lo rentable, equivale al criterio sine qua non para darle alas al punto y ya, anúncialo que su opuesto es ínfimo en la escala de lo mediáticamente suculento, siempre a ojos de estos señores cuyas directrices confunden la gimnasia con la magnesia, es decir, información seria y bien trajinada con simple propaganda y se acabó.
    El artículo de marras pretende dar cuenta de los agujeros negros, esas oquedades tan de moda por estas fechas, y en él se afirma que “es allí donde espacio y tiempo se funden”, y los científicos entonces “esperan encontrar las respuestas a todas las preguntas que lleva haciéndose el ser humano”. Menuda pontificación, vaya lenguarada tan cogida por los pelos.
    Lo que soy yo, me río y estoy seguro de que el día en que respondamos a esas pregunticas estaremos definitivamente muertos. Fríos y tiesos como un fiambre, para ser preciso. Decía Ortega que “yo soy yo y mis circunstancias”, y créanme que las circunstancias juegan al gato y al ratón, cambian, van y vienen, se transfiguran como mejor les sale de la entrepierna y de paso inciden, como nada y como nadie, sobre las respuestas que en función de esto o lo otro se viene haciendo el bicho humano. Lo que soy yo, vuelvo y repito, me río a mandíbula batiente y me pregunto de seguidas sobre qué diablos  nos pondríamos a hacer luego de que contestáramos a la última entre las últimas interrogantes existentes o por existir. O sea, o sea. Y lo mejor: después de tener el cuestionario muy respondidito alguien se encogería de hombros, se rascaría el cogote y espetaría como si nada: ¿y ahora qué?
    Nacería así otro misterio, continuaría el enigma de la condición humana, levantaría cabeza el número infinito de signos de interrogación atravesando nuestras cajas craneanas. Pero en fin, es que hay que joderse, compañero, es que en verdad hay que joderse.

Chávez, Maduro y la mafia


    No cabe duda de que progresamos moralmente. La civilización consiste, entre otras cosas, en percatarnos de que hay valores por los cuales precisamos entregarlo todo.  Nos damos cuenta de que existen formas de vivir que enarbolan pulsiones capaces de enaltecer la humanidad. Hoy en día muy pocos osarían defender la esclavitud sin que les temblara un pelo del cuero cabelludo ni la autocracia como mejor forma de gobierno por encima de esa dama a veces tan esquiva que los griegos llamaron democracia. Esto únicamente que por darles dos ejemplos.
    Lo que pretendo decir es que en los tiempos actuales, por más hijo de puta que sea el bicho humano, gozamos de mayor libertad, de mayor igualdad que cuando Aristóteles, Bentham o Locke nos iluminaron con sus reflexiones acerca de la moral. Y por si acaso, no nos engañemos: lo anterior, aparte de cierto, no equivale al quebradizo axioma de que en el presente seamos mejores personas, pongo por caso, que quienes nos antecedieron en la Grecia Clásica, en el Medioevo o el Renacimiento. Perdónenme pero qué va.  Así, por mucho que el progreso moral haya dicho hola buenas, aquí estoy, más de uno se las arregla para sacarle la lengua, retorcer el asunto y, si los dejamos, ponerle una jaula a la libertad, un kalashnikov en la sien a la igualdad frente a  la ley y dinamita sin complejos a lo que huela a democracia.
    ¿Ejemplo para ilustrar el punto?, la satrapía de Venezuela, por no ir más lejos y porque me toca los cojones ya que vivo afuera pero soy uno más de ese país.  Chávez, Maduro,  Cabello, El Aisami, los hermanitos Rodríguez, William Saab y el resto de los criminales que han demolido, a base de muerte y latrocinio, cuanto hasta hace poco fue tierra próspera y de sueños, están ahí para corroborarlo. Todos se creyeron, se juraron beatos, portadores de un ideal cogido por los pelos que es el  famoso hombre nuevo. Un ideal harto manoseado por la izquierda carnívora  latinoamericana -Montaner dixit- abstracto e interesado, que deambula a sus anchas como gato sobre tejado gracias al blablablá de semejante corporación ideológica. La izquierda borbónica, según el buen Petkoff, que ni olvida ni aprende.
    Supone ésta, y cómo iba a ser de otra manera, valores inamovibles -jamás especifica cuáles salvo el consabido estribillo de lugares comunes- que de plano otorgan superioridad moral traducida en epicentro del progresismo que bajará el Paraíso a la Tierra. Sobre esta farsa, cuyos resultados aseguran el desastre, la izquierda en cuestión se ofrece almidonada y perfumada,  bellamente empaquetada en las vitrinas del mundo y el mundo -occidental para mayor escándalo-  cae rendido ante las luces de bengala. El fuego de artificio que estos vendedores de humo esgrime sirve como trampa mortal que, de acertar y llevarlos al poder, culminará en el triste final de los platos reventados cuando menos, y cuando más en la tragedia que padece el pueblo venezolano.
    Por supuesto que el progreso moral es característico de la civilización y es una conquista que da cuenta de la vida, de la convivencia pacífica en la diversidad, de la igualdad frente a la legalidad, de la democracia y de los Derechos Humanos. Pero lo otro también existe, es decir, la contraparte de la moral y el civismo, esa que muestra los colmillos apenas parpadeamos. El carnicero Maduro, Padrino López o Pedro Carreño son el ejemplo más cercano en pleno corazón de América. Creo que no llegarán a buen puerto.

Cortázar y yo


Buenos Aires, año cuarenta y uno: si no me equivoco, cuenta Leila Guerriero que la librería Viau era lugar para el encuentro de intelectuales, lectores, gente de la cultura y demás bichos librescos. Quito, año dos mil diecinueve: Juan Valdez de la Foch, libre en la universidad por ser día del trabajador. Cargo la pipa con tabaco ecuatoriano, “Raíces”, para más señas. No es lo mejor pero qué más da, siempre se agradecen algunas bocanadas mientras un americano con azúcar morena acomoda el terreno para echarse a leer como Dios manda. Traigo conmigo el primer tomo de las cartas completas de Julio Cortázar -por un ojo de la cara compré hace poco los cinco volúmenes y créeme que van siendo una delicia- y en eso ando, página 121, misiva a su amiga Mercedes Arias fechada en Chivilcoy, trece de julio.
El calor pega más fuerte que de costumbre en una ciudad donde la temperatura media obliga a abrigarse a diario y al paraguas. Desde la mesa escucho a unos árabes charlar y gesticular como italianos y a un nórdico en claro alarde de su geografía -lleva pantalones cortos, simple camiseta y sandalias en estas tierras del trópico, según la lógica que probablemente sigue-. Una mujer con sobretodo en los brazos, vestido diminuto, muy ceñido al cuerpo, entra junto a una chica que parece ser su hija. Piernas hechas a mano, paso de pantera, tetas incendiarias.
Leo y la prosa del argentino me agarra por el cuello. Tenía Cortázar esa cosa que sólo llamo talento, oficio, habilidad para decir con el lápiz, poder para doblegar a la palabra. Como si el libro fuese un espejo y como si yo fuese Alicia en el café de las maravillas, no puedo escapar al embrujo, ni quiero, ni lo intento. Entonces pienso que Buenos Aires es una ciudad cosmopolita, quizás la más literaria de América Latina. La librería Viau resulta ser como la he imaginado, sobria, sencilla, modesta, con aparadores y anaqueles que ofrecen material al alcance de cualquiera. Puedes tomarlos, hojearlos, leer un poco y devolverlos luego a su lugar y aquí no ha pasado nada. “Sin compromiso”, suele la gente decir en estos tiempos.
Ahora sí, como Alicia en el país de las maravillas recorro sorprendido el espacio, absorto en el paisaje, literalmente encantado, metido de cabeza en este lado del espejo. Viau produce la extraña sensación de ser y no ser, de estar y no estar, asunto chocante en un principio pero que de seguidas hago a un lado. Es lunes, es de mañana y se aproxima el mediodía, no me pregunten por qué pero lo sé. Es lunes y es de mañana, se acerca el mediodía y la gente entra, sale, algunos compran, otros nada más conversan un instante, fuman, comentan idioteces o cosas interesantes con libros y estanterías a modo de escenario. Música, jazz al fondo -Sidney Bechet, William Lee Conley- y literatura que flota en el ambiente al mejor estilo de un cuento de Cortázar, de El perseguidor, pongo por caso, o de Rayuela, ponte tú a pensar.
El Juan Valdez continúa como si nada, vibra en medio de la tarde. Enciendo otra vez la pipa, doy un sorbo al café que empieza a enfriarse y el muchacho de pie, al fondo del pasillo, toma un ejemplar y lo escudriña como entomólogo ocupado en tareas de disección, de estudio, de clasificación, cosas así. Desde mi metro ochenta y tres calculo sus diez o quince centímetros de más. Doy otra chupada, siento el humo haciendo de las suyas, jugueteando entre mi lengua, mis dientes mis fosas nasales, e insisto perplejo en observar. El entomólogo con su libro entre las manos es a su vez la libélula o quizás el lepidóptero que tengo justo enfrente. Blanco, muy lampiño, serio, bastante formal, devuelve el libro y da unos pasos más allá, con la intención de posarse sobre otro, de olisquear, de hacerlo suyo. Lo saca de su sitio y sin alejarse demasiado me doy cuenta de que se detiene en la contraportada.
Siento curiosidad por la obra de Borges, quiero de pronto preguntar por Borges en este sitio mítico, aprovechar que estoy en Viau porque con toda seguridad debe haber algo aquí que seguramente desconozco. Cierta edición rara, algún ejemplar inencontrable, en fin. Entonces me decido a preguntarle, dirijo los pasos hacia el jovencito que no se ha percatado de mi cercanía para intentar charlar un rato, convidarlo a un café, solicitar su orientación en esta maraña de textos, en esta librería que apareció como si nada.
Vuelvo a la carta. En el Juan Valdez el calor sigue apretando. Mercedes Arias, por lo visto, fue una amiga con quien Julio Cortázar, veintisiete años a lo sumo, se sentó más de una vez a charlar, a entregar sus horas sin remordimientos y a compartir lecturas. Acaba las líneas, termina de escribir a su destinataria, se despide con educación extrema y luego firma. En el antepenúltimo párrafo apunta: “¿Leyó The murder of Roger Ackroid, de Ágatha Christie? ¡Léalo! (pero ni se le ocurra espiar el final; pegue con goma las últimas páginas si la tentación le asalta). Lo encontrará, muy barato, en la colección Pocket Book (EE.UU.), también en Viau. (Usted va a creer que mi amistad hacia la gente de esa casa  me obliga a hacerles propaganda; la verdad es que yo compro casi todos mis libros allí y que su colección de libros en inglés es extraordinaria). Si usted quiere, ¿por qué no va allá algún lunes de mañana, a las once u once y media? Suelo andar huroneando por los estantes, y podríamos ver algo juntos”.  Me quedé de piedra. Lunes, lunes en la mañana cercano el mediodía. Comprendí. Cerré el libro, chupé largamente de la pipa y me dediqué a hurgar el horizonte.

4/12/2019

La memoria de lo que seremos


                                                                                                 
                                                      Para Camila
    
    Hoy vengo con el pasado y el futuro metido entre ceja y ceja. Mientras hojeo la última novela de Paul Auster  en el Sweet&Coffee  de la Foch, Camila hace de las suyas con una biografía de Malala. Se concentra, se toma en serio cuanto lee, de modo que la observo de reojo, miro sus gestos, casi puedo tocar la paciencia con que se desmigaja entre párrafos  y letras.
    Lo disfruta a plenitud, hecho clave cuando se trata de leer. Coger un libro, acostumbrarse a ello, llenarse hasta los tuétanos de cariño y pasión por lo que encierra y por lo que te puede brindar si buscas  la conexión necesaria es un asunto que requiere placer, mucho placer de por medio. Jamás alguien podrá echarse en cuerpo y alma a la lectura -lectura de verdad, con la piel, los dientes y las uñas metidos de lleno en la batalla por el goce en medio de un cuento cualquiera-  si no ha vivido en carne propia el vértigo de lo que implican las historias bien contadas, los versos que golpean el fondo de ti mismo o las ideas que como ensayos, pongo por caso, terminan incendiando tus certezas.
    Entonces pienso en las veces que le he escrito. Desde que llevó pañales he rasguñado el papel con ella en la mirada. Hoy, como ven, he vuelto a las andanzas, así que no me pidan demasiado: soy un padre con ganas de charlar, de decir oye tú, mira esto  y aquello y a quien tengo enfrente es nada menos que a mi hija. Dénse pues por enterados.
    Tengo la impresión de que los artículos que escribí antes para ella encierran una constante, llevan una línea meridiana: de alguna manera Camila se reflejaba en mí. En lo físico, en lo espiritual, en lo intelectual. Hoy no es que semejante condición haya desaparecido por completo -créeme, chiquilla, que me fascina que en ti haya algo de mí y que en mí encuentre tantísimo de ti- sino que en el presente ha modelado mucho más su arcilla, esa que la hace justo lo que hoy va siendo y deja entrever cuanto se consolida. Su idiosincrasia, su forma de entender el mundo, las vueltas que da antes de decir sí o pronunciar no.
    Fíjate que he escrito “lo que hoy va siendo”, y es eso lo que me arrastra a hablar de ella. Sabe de sobra cuánto me gusta cómo compartimos, es decir, esos modos que nos permiten, a través de la literatura por ejemplo, movernos en un plano que no puedo explicar del todo, que procura y permite la más hermosa conexión, que me da paz, equilibrio, felicidad a tope, lo cual sé que también comparte de pe a pa. Ya no es la niña con quien hacía de ciertas tardes una historia novelesca. Ahora miro pasar sus ojos sobre las páginas en este café que es trinchera para ambos y veo la escena que me acelera el corazón, veo a una chica sensible, a sus quince años, que mastica palabras, muerde y selecciona lo que otros pueden decirle,  da un puntapié o un abrazo a ciertas propuestas que nacen ahí, en el fajo de cuartillas que guarda entre las manos, para después incorporarlo todo a sus formas de estar, de sentir, de respirar, de razonar. No sé si soy claro, pero es lo de menos. ¿Lo de más?, el hecho de que ambos podemos comprendernos a partir de silencios que expresan demasiado en un instante que asimismo es fogonazo.
    Te gusta la música, cariño, y te gusta el cine, te gustan los libros, que has aprendido a escoger en función de tu real gana, y cada vez que te descubro en ese plan imagino el adulto que serás en una mirada prospectiva. Entonces pasas las horas, los días,  sumergida en el escudo que te labras a prueba de necios, mediocres o vulgares, que de todo hay y a borbotones. Porque tienes que saberlo, la literatura o la pintura son acero contra la miseria, en cualquiera de sus expresiones, y que se vayan al infierno quienes las vislumbran lejos del aquí y del ahora,  ajenos al sudor o los jadeos de la vida cotidiana, monda y lironda, que a todos nos aplasta.
    Me contenta verte deshojar las margaritas, no como si fuesen cuentas de rosario sino todo lo contrario: a punta de darle cabida a esto otro que resulta clave para una vida plena, o sea, el arte, el pensamiento, lo que va fluyendo por debajo de las cosas que en verdad importan. En fin, eso que a falta de un nombre mejor dieron en llamar cultura. Afinas la mirada, apuntas, disparas, y tus balas van directo al corazón, a lo que eres, a cuanto serás, lo que no es poca cosa tal como anda el patio en estos días.
    Ya ves, hoy me ha dado por decirte, por pensarte en voz alta y en modo papel. Modo tecla, para ser exacto. No me pongo cursi -aunque quién sabe- ni tampoco ridículo -creo yo- en medio del oleaje embravecido, entre vaivenes con sístoles y diástoles aceleradas, y si me equivoco quieran los dioses que al leer  sonrías y pases el explosivo que llevas como inteligencia justo por la línea de flotación que sustenta esto que escribo. Es una delicia, si supieras, imaginar que me lees y acto seguido frunces el ceño, achinas los ojos, preparas la carga y al final heme aquí, volando por los aires.
    Hago un ejercicio futurista y apareces hecha mujer, con el toro cogido por los cuernos. Así me gusta soñarte, libre, indagadora, capaz de pegar un sujeto con un buen predicado y decir tus verdades más allá del contexto y del individuo bien plantado o el bueno para nada que se te ponga enfrente. Entonces ya lo sé, aprecias la belleza, eres capaz de disfrutar con lo mínimo, con las pequeñas cosas que adornan el ancho mundo, no de color rosa pero tampoco sucursal de los infiernos. Este es un filo punzopenetrante  que llevas muy adentro. Úsalo, porque vivir es descubrir que aunque tengas la edad que tengas, a la vuelta de la esquina hallarás almas superiores que iluminan incluso sin saberlo  o pobres diablos capaces de hacer daño a cada paso.
    Aprendes a sentir, lo que a veces importa más que comprender, y aunque en la escuela te enseñen lo contrario así caminas con los ojos abiertos, los de la plenitud, donde caben incrustaciones espirituales que no viene a cuento intelectualizar aquí por razones más que obvias. Esa es una buena forma de lavarse el alma y tú lo haces, y lo seguirás haciendo, refinando la técnica –vaya nombrecito, ¿no?- hasta que te conviertas en la chica de ese futuro que te espera.
    Como decía, me acerco a la memoria de lo que serás y viajo en el tiempo. Te observo, tranquila, ya con líneas de expresión sobre tu rostro, sonriente e inquieta, toda tú de pie a cabeza. Es la memoria de lo que seremos, por supuesto, lo que al fin y al cabo es el otro lado del espejo, como Alicia en el país de las maravillas, que tanto te gustó desde pequeña.
    Memoria de lo que seremos, claro, y de cuanto vamos siendo  ahora.  Memoria de eso que alguna vez también fuimos.     

4/05/2019

Lección de jazz


    Uno va por la calle y piensa. Hay quienes llevan entre ceja y ceja los sinsabores del día: el triste sedimento que dejó en el alma alguna conversación perdida o la mala cara que va poniendo el jefe mientras le pides un aumento. Qué sé yo.  
    Lo cierto es que la calle trae a cuestas sorpresas más parecidas a cuanto sin querer se te va poniendo enfrente. A ver: caminas tranquilo por la avenida al salir del trabajo y ahí está, aparece esa persona en la que pensaste cinco minutos antes. Caminas por la vereda en el parque Metropolitano y entre la brisa y la buena vibra del espacio en el que estás, de una vez resuelves el quebradero de cabeza que te traía patas arriba. Tal cual, como en un chasquear de dedos. Y así.
    La calle es una construcción que deja lelo cualquier acercamiento desde el ámbito que se te ocurra. Puede ser metáfora estupenda de aquello capaz de engullirte como si fueses un tequeño andante, puede resultar el frío hacer de funcionario público sobre un plano citadino desde su despacho en el ministerio tal, puede ser también el hervidero que sin dudas es en horas pico y hasta bien le cabe el argumento de que una calle que se respete, que se erija como tal, lleva en las entrañas a un Pedro Navaja en carne y hueso o en potencia. Sumo y sigo, ponle tú el ejemplo que te venga en gana.
    Para mí las calles son una especie de concierto en vivo donde tienes asegurado el pase de primera a un lugar privilegiado. Lo que soy yo, busco una butaca en cierto café de la platea, cosa que te permite ver mejor y escuchar en dolby stereo. Entonces la vida cotidiana que se abre de piernas, que muestra sus más profundos horizontes, llamarada en la que cada quien, a su manera, ejerce un solo de algo, improvisa, protagoniza su descarga en fresco musical que se empina con crudeza y que te aplasta.
    Te descuidas y Duke Ellington, poeta que llegó a escribir más de dos mil piezas, destroza el piano con la Blanton Webster Band  ahí donde un ciego se detiene a escuchar mientras la señora que lleva bolsas en las manos observa de reojo y continúa como si nada. Cruzas a la izquierda y John Coltrane desdibuja la neblina. Pides otro café y notas a lo lejos cómo se acomoda Billie Holliday frente a un micrófono desvencijado y canta, suelta la voz como una diosa y repite contigo el ritmo, la cadencia de minutos en los que hasta el pensamiento parece nacer de alguna partitura. Respiras hondo, enciendes tu tabaco, acaricias con los dedos el lomo del libro que dejaste sobre la mesa y ves a Django Reinhardt arrancarle lágrimas a unas cuerdas de guitarra.
    La calle es el escenario que da vida a cuanto llevas dentro, eso que termina estrellado en la calzada, materializado en el burdel, convertido en piel, deseo y lujuria cuando lo vislumbras frente a ojos de mujer. La calle como sombra y como espacio desde el fondo que vas siendo.    

3/21/2019

Allá en el fondo las miradas


    Amanece y pienso en que de niño escuché decir muchas veces a mi madre que los ojos son el espejo del alma. Preparo el café, doy su perrarina a Percy y continúo pensando. Para la mayoría esta frase es buena a la hora de lanzar rocas contra la galería: sirve para perturbar un rato, como frase comodín, como retahíla interesante. A mí me perturbó, claro, y me hizo cosquillas en pleno centro de la curiosidad. Entonces tuve la ocurrencia de averiguar qué diablos había detrás -o encima o qué sé yo- de una mirada. Quise descifrar el entramado que seguramente habita en el misterio de unos ojos.
    ¿Cómo mira la gente y cómo miran las cosas? En mi habitación, en la sala de casa, en la calle o en la escuela terminé por aceptar que de cierta manera todo cuanto nos rodea lleva un poco de nosotros que penetra por los ojos. Mi madre entonces tendría razón y era necesario hacer el esfuerzo, es decir, llegar al alma a  través del sentido de la vista. Menuda tarea concebí entre ceja y ceja.
    Si la palabra obsesión cabe como marco definitorio ante semejante empresa, pues sí, fui un obseso al intentar pararme frente al fondo invisible de las cosas. Vaya palabreja hermosa: invisible. Lo invisible como evidencia práctica en función de la mirada que provee. Recuerdo la emoción que me embargó a los trece años  cuando tuve un ejemplar de El Principito entre las manos. Que lo esencial fuese precisamente eso, invisible, invisible ante los ojos, resultó un mazazo de alegría, de corroboración y de reto que le dio unas palmaditas a la certeza que hacía tiempo había abrazado. Fue uno de los días más felices que recuerdo.
    Dormía poco, comía menos, pensaba, soñaba, suponía un sin fin de asuntos que quizás albergaban las personas, los objetos, la vida en su explosión alrededor. Busqué la forma de saberme en los demás y por supuesto en lo demás. ¿Qué te dicen los ojos de esa chica antes de robarle un beso?, ¿qué te dicen después? Leí todo lo que hallé sobre  Saint-Exupéry: reseñas de sus libros, interpretaciones de algunos exégetas que apenas comprendí, biografías, notas de viajes, pero nada, niet, ni la más mínima respuesta a lo que me arrancaba el sueño.
    Mil veces me pregunté: el gato que deambula entre mis piernas por esta heladería, que va de mesa en mesa como el aviador, como el escritor francés en su aeroplano, ¿lleva algo en la mirada?, ¿cómo será el diálogo de pupilas que plantea? Mis amigos, los amigos de mis amigos, ¿qué cuentan desde sus ojos?, ¿qué historias guardan y quizás comparten si abres bien los tuyos? ¿Qué saben de ti, qué se dicen entre ellos, noche a noche, la lámpara, la mesa de luz, el libro de aventuras que descansa sobre ella y las cortinas de los ventanales? ¿Cómo te observan tus dedos luego de llevar a cuestas aquel bolígrafo azul? ¿Cuántas historias, aparte de las que escribes en su piel, guarda esa hoja en blanco frente a ti? ¿Cómo te reconoce con la vista el lápiz que está allá, echado sobre un libro abierto en tu escritorio? ¿Con qué óptica pasea por lo que eres tu mochila? ¿Qué impresión de lo que has sido tuvieron hace tanto esa cartera, ese taco de lego, aquella taza vacía?, ¿de qué modo invadiste sus retinas? ¿Llevará la Olivetti, regalo de tus padres, nostalgias tuyas a la vista? Y así como en ocasiones no pudiste conciliar el sueño viendo al techo, ¿hasta qué punto lo concilia él?, ¿qué dice de ti y de lo que implicas?
    Mientras escribo vuelvo los ojos al pasado y encuentro los del muchacho que fui en aquellos días. Jamás acerté, nunca encontré, el tiempo pasó y me hice mayor. Ya sabes, hacerse mayor es una cosa seria, casi una pena diría yo, justificada por la impronta de otros horizontes, otros cielos, caminos y demás. Pero sé que tantas miradas siguen ahí, como si nada, y me digo a veces vuelve a ellas, insiste, porque bien valen la pena. Y así, y nada más. En todo esto pensaba esta mañana.

3/15/2019

Lo que pasa cuando no pasa nada


    Junto con otros pilluelos el fútbol entró en mí a cortísima edad. Y las películas de Tarzán, La Pandillita o los animados del lagarto Juancho. En aquellos días la escuela  era el equivalente a atravesar una dimensión desconocida, aburrida e inquietante las más de las veces, hasta que la diversión y la aventura me tragaban de un bocado al terminar el día de clases. Entonces me transformaba en Maradona, luchaba contra leones o panteras y terminaba hipnotizado por las comiquitas de Hanna-Barbera.
    Los libros, elementos que casi todo adulto afirma que son buenos para la infancia -como si la infancia fuese la etapa que más los necesita y hasta ahí, después si te he visto no me acuerdo- tenían conmigo una relación más o menos tangencial. Estaban ahí, los miraba de reojo, a veces los olisqueaba, frunciendo el ceño cada vez que la maestra de Lenguaje abría la boca para recomendarlos.
    Fue a través de los suplementos que cada lunes llegaban a los quioscos -Kalimán, Arandú, Martín Valiente, Águila Solitaria- que mi amistad con ellos se afianzó al cabo del tiempo. El placer, el puro placer de hallar historias que literalmente me echaban fuera de este mundo sirvió de anzuelo, de trampa mortal, de aproximación a un universo que dejó de ser paralelo y terminó por convertirse en parte viva de mi cotidianidad. Desde esos primeros momentos y hasta hoy mi estímulo, mi fuente de atracción y mi devoción por meterme hasta el pescuezo en las aguas de la literatura ha sido el hedonismo mondo y lirondo, la búsqueda inacabable del éxtasis, de una forma de diversión que no hallé jamás en ámbitos distintos.
    Todo esto ocurría en la lejana primaria. Después, recuerdo con alegría otros descubrimientos. Ya en el bachillerato tuve enfrente a contados profesores capaces de reflejar su pasión por el hecho literario. Dillys Perdomo, por ejemplo, una guapa profesora de Castellano que en el caluroso salón de primer año “A” leía a viva voz para nosotros. No tengo la menor idea de qué sucedía en las mentes de mis compañeros, pero en esos momentos, cuando la voz de la hermosa Dillys fluía entre lo erótico y lo celestial, yo volaba, salía de mi cuerpo e invadía Troya en pos de Helena, navegaba con Odiseo, reventaba de risa escuchando a Aquiles Nazoa, temblaba con Poe, y así. Y algún tiempo después, en el entrañable Instituto San Antonio, Carmelo Degrazia enseñaba Psicología y alguna otra materia. Fue entonces cuando lo conocí.
    Jamás tuve la fortuna de que fuese mi profesor, pero aún puedo sentir la pared fría del inmenso ventanal sobre el que me apoyaba para escuchar parte de sus disertaciones a los muchachos de cuarto, mientras  mis cinco minutos de receso entre una clase  y otra se esfumaban con la rapidez del trueno. La psicología me importaba un rábano, pero Carmelo hablaba de libros, de muchos libros que recomendaba como si fuesen las cosas más sabrosas de este mundo. Yo creí lo que decía y, como pude comprobar después, resultaron siéndolo.
    Carmelo Degrazia, desde esos días amigo hasta el presente, para rematar como rematan los buenos toreros llevaba siempre un libro encima: uno entre las manos, en el maletín, en el asiento del carro, en la calle, en el liceo o en la panadería de sus padres. Yo lo observaba, me llamaba la atención que cada vez que lo encontraba aquí o allá un libraco y él formaran una dupla -o mejor, una unidad- indestructible. Observaba con curiosidad de gato cómo leía y, algo que resultó impactante, cómo subrayaba las páginas y apuntaba qué sé yo qué diablos en las márgenes, dejando entrever que resaltar de esa manera equivalía a atrapar lo mejor de las ideas para que no escaparan, para que estuvieran siempre al alcance de la mano. A partir de esos instantes por imitación aprendí a hacerlo y muchas veces hoy, cuando me descubro rasguñando mis propios textos, recuerdo al profesor  haciendo de las suyas frente a la hoja impresa.
    Una vez decidí acercarme y hablé, es decir, le comenté con timidez de ese tal Freud, nombre que le había escuchado mencionar varias veces mientras me asomaba a los retazos de sus clases. Y le conté además de alguna historia, de algún título, de ciertas obras que habían pasado por mis manos. Entonces se abrió una puerta, pude entrar y fui bien recibido por aquel señor que me trataba como adulto, permitiéndome decir disparates, ocurrencias, opiniones que yo creía interesantes y que para un imberbe de trece años suponen el non plus ultra de la galaxia y sus alrededores. Pude preguntar, pude expresarme y pude pensar con libertad. Me sentí incluido, claro, y además retado.
    Enseguida me hice asiduo de la panadería Central, allá en la Upata de los ochenta, y cuando mi madre casi al anochecer me encargaba la compra de charcutería y otras cuestiones, aprovechaba para colarme en la lectura de mi amigo y plantear conversa a propósito de temas o personajes literarios, lo cual consumía los diez minutos arrancados al tiempo preciso para llegar  a casa con la mercancía. Carmelo llegó a prestarme, en un alarde de confianza en mí que me elevaba a las nubes, textos con la condición de devolverlos sanos, salvos y leídos, y me atendió luego cuando por fin me atreví a emitir juicio sobre lo que había encontrado en ellos. Llegué a sentir que opinar, que emitir ideas, que leer y traducir en función de tu mundo el fondo de lo leído valía algo y era de veras importante. Con él y con su hermano Américo, junto con otros amigos de la época, llegamos a realizar tertulias encendidas, auténticas veladas en torno a la literatura, la política o el cine que ahora, tantos años después, recuerdo con idéntica emoción a la que llegué a sentir sólo por pertenecer a semejante cofradía.
    Lo que pasa cuando no pasa nada es de lo más sencillo. Esta semana he visto un debate televisado acerca de la muerte del libro, la muerte del autor y otras zarandajas parecidas y alguien asomó, sin que le temblara un pelo del cuero cabelludo, que enseñar a leer e insuflar amor por la literatura es difícil, es requetedifícil y para ello recomendó aplicar la teoría lingüística de fulano y los postulados psicosomáticos  -o como demonios se diga- de mengano. Fulano y mengano pueden ser muy respetables y qué maravilla de teorías, pero me dije hay que ver, los años que han pasado y  tengo la certeza de que para muchos los libros y los niños continúan siendo compartimentos estancos, agua y aceite, refracción mutua hasta los huesos, cuando la clave pasa por la risa, cuando el gancho exige divertirse para torcerle el cuello al tedio e incitar al más sublime de los encuentros amorosos.
    Lo que pasa cuando no pasa nada es el desierto, el embuste de asociar los buenos libros y el placer de abrirlos con un erial, con algo parecido a un interminable bostezo. Y así vamos. Leer como una actividad muerta cuyos cadáveres apestan ahí, en esos anaqueles fúnebres llamados bibliotecas.  

3/08/2019

La mujer del cine


    Me siento a escribir y viene a mi memoria una época en la que llegué a ser, con todas sus letras, un cinéfilo empedernido. Hablo de la adolescencia, entre los quince, dieciséis o diecisiete años.
    Alguna vez fui a ver una película con Catherine Deneuve. La chica que recibía al público para acompañarlo a los asientos era idéntica a la actriz. Quedé pasmado. Después, a la semana siguiente, opté por una con Charlon Heston. No me lo creerás pero el señor de las cotufas, en plena antesala al patio de butacas, era el vivo retrato de Judá Ben-Hur, personificado por Heston, en la cinta de William Wyler. Y te juro que es verdad, quince días después vi por enésima vez Cinema Paradiso, de Giussepe Tornatore. Claro, adivinaste: el tipo que me vendió el boleto y Philippe Noiret, en el papel de Alfredo, eran dos gotas de agua.
    Fue una época feliz donde cine y vida cotidiana se entremezclaban, se confundían de tal manera que a veces me costaba un mundo encontrar la línea divisoria entre uno y otra. Sentía que la calle, los bares, mi casa, la universidad, todo conformaba  una telaraña de secuencias y de escenas, un plató de filmación al aire libre en el que a nuestro modo actuábamos, dirigíamos, besábamos a Marlene Dietrich, a Ava Gardner, a Rita Hayworth o a Judy Garland y hacíamos también de extras, de dobles, de tramoyistas, en fin.
    En cierta ocasión caminaba por la acera y en el kiosko de la esquina Playboy, mítica revista de mis años juveniles, regalaba en su portada la figura alucinante de una mujer como salida de los más profundos sueños húmedos. Me acerqué, miré la foto con lascivia, se llamaba Uschie. Uschie Digart, para más señas, y recuerdo que presté atención a los pocos datos que sobre mi nueva musa se ofrecía en esa portada de infarto. Uschie era modelo -informaba-, era modelo y era actriz.
    Jamás había oído hablar de ella. Yo, un asiduo del cine, un fanático mondo y lirondo, un espectador taladrado hasta más no poder por las historias de la sala oscura primero en la Upata de mi infancia y luego en la Mérida de mis años universitarios, nunca, nunca entre los nuncas me enteré de aquella diosa con piernazas para morirse y tetas reflejo de la más absoluta perfección. Entonces indagué, empecé a buscarla, hurgué por ahí con la clara intención de conocerla. Si había dado con Deneuve, con el mismo Heston así sin querer, por pura coincidencia para bien o para mal, imagínate lo que supondría hallar a semejante diva como objetivo clave, como punto de fuga de mi curiosidad cargada de lujuria.
    Puse manos a la obra y se produjo una pesquisa digna de Sherlock Holmes en Vestida para matar, con el extraordinario Basil Rathbone. Como puñales clavé los ojos sobre la muchacha que recibía los tickets en la entrada de la sala, escruté con mirada de águila a señoras que esperaban turno en la cola frente a las vitrinas de los dulces, no aparté la vista de cuanta chica se levantó, en plena proyección, para ir al baño pero nada, Uschie se había transformado en un fantasma. Uschie encarnaba a esas alturas el erotismo oculto entre las páginas de una revista y la mujer que, si haces el esfuerzo necesario, aparece ante ti, literal y metafóricamente hablando, sin nada que esconder y bastante que mostrar. La actriz jugaba al gato y al ratón, huía a placer, hacía muecas desde el séptimo arte, era mi humillación hecha personaje cinematográfico.
    Hasta que una tarde Shelock hizo de las suyas mientras, sentado en la mesa del café esperando a que sonara el timbre para ver a Joan Crawford en El mundo que baila, le pareció encontrarla. Dos mesas más allá fumaba un cigarrillo al más puro estilo Sharon Stone seduciendo a Michael Douglas -¡ah, Bajos instintos!- mientras apuraba un trago de gin tonic con suma lentitud. Llevaba un vestido diminuto y el escote le pareció la sucursal del Paraíso. Era ella, Uschie Digart a un palmo de sus deseos.
    Apuró el café en medio de una avalancha de latidos y en cierto instante sus ojos coincidieron con los suyos. Sintió un golpe de electricidad recorriéndole la espalda. Se armó de valor y volvió a mirarla: ahí estaban otra vez sus ojazos oscuros, como si nada, como encarándolo desde un pedestal, como diciéndole mira tú, ¿qué diablos te ocurre?, ¿qué demonios pasa contigo? Sonó el timbre indicando el inicio de la función y entonces ella recogió su bolso y él la vio andar a paso de pantera, cual Venus moderna surgiendo de las masas en ese cine atestado. Se fue, se perdió en la oscuridad.  Él se levantó, quiso seguirla para no perderla. Ya adentro buscó en medio de la gente, entre los asientos, en cada espacio semiiluminado de la sala y no, por ninguna parte dio con ella. Hasta hoy no ha vuelto a saber de su existencia.

3/01/2019

Letras


    Un amigo sostiene que estamos hechos de palabras. Me  pongo a pensar y termino por darle la razón. Estamos hechos de palabras y bueno, si es así, el universo pasa de cabeza por el abecedario.
    Viéndolo bien, noten el menudo lío que mi amigo y yo nos echamos encima: el mundo es un pastel de letras y entonces bebes lenguaje, orinas fonemas, metabolizas símiles y elaboras tejido adiposo a base de grafías, pongo por caso. Con razón las vitaminas nos llegan rotuladas por el mismo que inventó aquellas cartillas -a, e, i, o, u, ma, me, mi, mo, mu, ¿recuerdas?- que en el jardín de infantes nos obsequiaban con el propósito de enseñarnos a leer. Vitamina A, vitamina C, vitamina E, mira por dónde van los tiros.
    Uno anda por la vida haciendo de las suyas, hurgando en las calles, oteando horizontes, pidiendo un café gracias a esa cosa que llamamos lenguaje y fíjate, mientras disparas con pólvora lingüística te llenas los bolsillos de imágenes, respuestas, dudas, certezas o intuiciones, todo a partir de metáforas, adverbios, subjuntivos, oraciones activas y pasivas, etcétera etcétera. Lo que soy yo créeme que nunca lo hubiera imaginado, más aún con lo poco atractivo que de entrada suena aquello de vivir en una jungla idéntica al diccionario.
    El otro día caminaba por la plaza pensando en el asunto, dándole una vez más la razón a mi amigo, y ocurrió algo que todavía me sorprende. No me preguntes cómo pero en vez de gente, en lugar de individuos parlantes y sonantes vi letras, minúsculas, mayúsculas, góticas, ariales, en fin. Fue como adentrarse por caminos donde lo único seguro, la evidencia del mundo en el que estabas eran esas formas entre ridículas y cómicas, entre apesadumbradas y asombrosas. Haches, efes, jotas que sin ton ni son deambulan por ahí con una mochila a las espaldas, un portafolios en las manos, un rojo carmesí sobre los labios. Imagínate a una eme espigada, circunspecta, con aretes dorados y tacones de aguja y minifalda. Intenta vislumbrar una erre con boina calada y cigarrillo Gauloise aprisionado entre los labios, como si de pronto anduviera por cierta calle parisina. Mira a una O rechoncha con mejillas rosadas y con pecas,  apurada mientras mastica un trozo de galleta.
    Después de lo anterior comprenderás que no tengo lugar a dudas. Me alimento de palabras, sueño eróticas escenas cuya sintaxis es una inflamable cadencia de rimas, versos libres, pura lengua que recorre noches y días como si nada. El bueno de mi amigo lleva toda la razón y lo he llamado hace muy poco para corroborarlo. Descolgó el teléfono de su oficina, saludó, me identifiqué, fui directo al grano: Javier -dije-,  es cierto, somos un tejido de comas, puntos, puntos y comas, puntos suspensivos, sílabas y letras y se acabó. Eso somos.
    Hubo silencio. Ese paréntesis también estuvo cargado de lenguaje. Entonces callé. Nunca estuvimos más de acuerdo.

2/22/2019

El ritmo gris de lo prosaico


    Imagina que eres un actor de cine mudo y andas por la calle en pleno perfomance. Imagina que la trama está por conocerse, que te das a improvisar sobre las tablas. Supón que no hay libreto, que no hay luces en el escenario, que no hay telón de fondo salvo el pulso cotidiano de la vida que ríe a mandíbula batiente o te enseña los colmillos según le venga en gana.
    Imagina que a pesar de los pesares disfrutas como nadie, gozas hasta lo indecible viéndote en blanco y negro mientras caminas por la acera, doblas en aquella esquina y entras a ese café con la pupila a punto para que se cuelen ámbitos, atmósferas, señores bebedores de Pepsi o de cerveza, chulos, putas, curas o  simples amiguetes de bien. Imagina, nada más imagina que tu nombre es Charles Chaplin, Harry Lagdon, Stan Laurel, Buster Keaton, Oliver Hardy o que te llamas -créeme que es lo de menos-  como lo gritas en la cédula y desde un rincón de ti mismo salpicas trozos de cuanto vas siendo.
    Entonces continúas en el plató, que es la calle solitaria, la calle semiiluminada  -como si fuese un cuadro de Masaccio- en la que no basta el soliloquio ni el monólogo interior ni tú eres tú y tus circunstancias. Continúas embutido de cabeza a pies en el metraje en blanco y negro y te observas, te escudriñas, te dices o desdices, cambias de canal en el Sony HD donde un tipo cualquiera hace de las suyas y es tan parecido a ti.
    Guardas la certeza de que eres un actor de cine mudo mientras pides el segundo café de la noche, o de la tarde o qué sé yo, y allá a dos mesas de distancia una dama con piernas de infarto y tetas que para qué te cuento, con ojos de luciérnaga y pinta de sirena en pleno bar, charla con una golondrina, y sabes que se entienden, que se dicen y se dicen cosas a la vez que brindan por la salud de alguien que también puedes ser tú. Nada raro, nada raro porque en blanco y negro todos los gatos son pardos, si a ver vamos.
    El ritmo gris de lo prosaico termina por engullir el universo en tus narices, y no te asombras, y no te impacientas gracias a que continúas improvisando, actuando, poniendo en escena, sorbiendo poco a poco el líquido caliente que tienes ahí, sobre la mesa. Eres un actor de cine mudo en este rodaje que desnuda la piel de los momentos. Y lo sabes, lo procuras, lo saboreas como ese pequeñín que lame su barquilla. Lo encarnas con la seguridad de que nadie antes lo hizo como ahora.
    La película de cine mudo yace a tus pies equilibrada, extraña, pura y dura, insatisfecha hasta que Apolo dictamine, hasta que el augurio de los dioses diga sí o diga no, hasta que todo vuele en mil pedazos. Eres un actor de cine mudo y guardas para ti, va en tu pellejo, la nostalgia completa de los tiempos idos y de los tiempos por venir, incluso aquellos que se te ocurra inventar sobre la marcha. Caminas, corres, vuelves a caminar sin ton ni son en tu película gracias al mundo que quieres encontrar bajo las sábanas, escondido en el baúl con telarañas o en el campanario de aquel templo abandonado.
    El ritmo gris de lo prosaico se llama la cinta que vas dilucidando en pleno desarrollo. El ritmo gris de lo prosaico que besa y muerde y llega a orgasmos entre  gatos en un basural, entre perros que no se llaman Bobby ni Laica ni Nerón y que pululan sin collares, sin amos, sin lechita tibia en plato y con caricias. El ritmo gris que va y viene mientras atraviesas la ciudad como un actor de cine mudo reinventando todo cuanto ve.

2/14/2019

El arte del aburrimiento


    Lo ves y no lo crees. Hay gente jurando que las cosas raras pasan al otro lado del planeta, a años luz de distancia o en confines dignos de ensoñaciones calenturientas. De ningún modo, Cuasimodo. Tengo un amigo que no se aburre nunca. Así como lo lees, cada día silba y sonríe feliz, divertido hasta las entrañas, loco de atar como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. Cosa más rara, camarada.
    Y no es que semejante condición se dé del cerco de los dientes para afuera, como decía Homero (no Simpson sino el otro), qué va. La diversión y el cachondeo nacen en plenas cavernas de su yo, es decir, que la felicidad y la alegría bañan su minutero dándole la espalda a todo límite, a todo espacio, a toda negación del displacer, mira tú cuánta rareza propinándome un batazo en la nariz.
    Mi amigo, que no tiene un pelo de teórico -literariamente hablando es un hombre poeta, porque ensayista ni en broma-, ha realizado considerables esfuerzos por responder a cabalidad cuanto pregunto, frunciendo el ceño y rascándome la cabeza, a propósito de técnicas para patear la abulia, el tedio, la lata que sabemos son los días cuando aprieta el hastío. Entonces, como si nada, desde una frase solemne parecida a un templo cuenta que el secreto está en la entrevisión.
    Me deja de piedra, me pregunto si el hijo de puta me está tomando el pelo. Siento ganas de orinar y voy al baño y en el espejo observo el rostro de un bolsa redomado.  ¿Entrevisión? ¿Qué coño es la entrevisión? ¿De veras tengo, muestro, porto, correteo por la vida con la cara que escupe el azogue desde la pared? Pienso, luego existo, sostenía aquél, frase que en momentos así termina insuflándome una llamarada de terquedad mulera, así que me detengo un instante, busco la calma, respiro, tomo asiento, doblo el codo y asumo la irrevocable decisión de reflexionar, sí, como el mismísimo Dante en la escultura de Rodin.
    Nada. Niet. En lo absoluto. No sucede nada de nada por más que piense y piense y me rebane los sesos buscando. La entrevisión, joder, la entrevisión -menudo chiste, digo para mis adentros-. Pero como pensar no es un acto únicamente consciente ni únicamente intelectual, tiempo después, cuando casi había dejado la cuestión a un lado, me llama la atención cierta frase  que al voleo hallo en Dublinesca, novela de Enrique Vila-Matas que hojeo en este café donde me encuentro.
    Mira qué belleza: “Nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. Página sesenta y tres, Seix Barral, Biblioteca Breve para más señas. Me da por suponer que la escurridiza entrevisión tiene que ver con este párrafo que me revolotea en las meninges. Se hacen carantoñas, se encuentran y se abrazan, qué sé yo. Si la fulana entrevisión cobra un poco de sentido al tropezar con su paralelo literario, yo entreveo entonces que el enigma comienza acaso a hacerse menos denso. Hay que ver -me digo ahora- los recovecos que a veces damos para saltar de A y caer en B. La vida sabe poco de líneas rectas, de atajos, de trucos o vueltas de tuerca para llegar antes.
    Repito hasta el cansancio que el bueno de mi amigo nunca se aburre. Aburrirse para él es un arte que no ha pretendido nunca dominar, y con razón. Qué cabronada tan sutil e interesante, y remato añadiendo que qué cabronada tan simple, tan sencilla, tan ajena a confusos entramados o a nebulosas disquisiciones filosóficas. Es que “nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. ¿Lo ves?, ¿lo entrevés? Yo, lo que soy yo, intento meterme entre pecho y espalda tal cuestión desde el instante en que me di de bruces con la frase en la novela pero sostengo con tristeza que he fracasado hasta ahora. La sencillez de una sentencia como ésa no implica compresión de facto o cosa que se le parezca. Puedes resolver ecuaciones diferenciales con los ojos cerrados, desentrañar en un chasquido la Crítica de la razón pura o mascar chicle mientras conduces tu bicicleta pero fíjate que la entrevisión, con toda su simplicidad a cuestas según  sugiere Vila-Matas, es un muro que mil veces me pareció infranqueable, una roca impenetrable, llámala como te dé la gana, que algún día, escríbelo, atravesaré por fin como quien cruza una meta y bebe del éxito a verdaderos borbotones.
    Tengo un amigo que jamás se aburre y cuando quien escribe acceda por fin a semejante dimensión les juro que  hablaré por la línea del medio, que develaré códigos, combinaciones, señas, contraseñas y secretos, y que ya nada quedará en las sombras. En esas ando, en esas justamente ando, y  me despido hasta entonces.

2/08/2019

Un clásico

Michéle, de Gérad Lenorman, una canción que me acompañó en la adolescencia. Les dejo el enlace (con subtítulos en español):

https://www.youtube.com/watch?v=5PcODolL6rs

2/07/2019

El paraíso que llevamos dentro


    Permíteme llover sobre mojado pero hay que repetirlo en alta voz: la dictadura venezolana ha sido cruel, asesina, ladrona y violadora de absolutamente todos los Derechos Humanos. Su abyección sobrepasó cualquier parámetro, al punto de que hoy el mundo libre la condena sin matices. Quienes se autodenominan neutrales y quienes, vergüenza a un lado, apoyan a estas alturas las monstruosidades de Maduro, forman parte de un delirante cuerpo colegiado seccionado en dos fétidas porciones: nostálgicos del comunismo, del Padrecito Stalin, de la Guerra Fría por una parte, y víctimas esperanzadas de ideologías colectivistas e  interesados en negocios pingües que arrojaron millones en su momento, por la otra. Pura y dura real politik revolucionaria. Y hasta ahí.
    Jamás imaginaron mis compatriotas que las fiebres chavistas acabarían voladas en pedazos. La experiencia ha sido larga, cruenta y ojalá que aleccionadora. Se vivió el horror del socialismo del siglo XXI -siempre en minúsculas, por Dios- y quedaron nada más cenizas, dolores, restos humeantes. Probablemente las cicatrices no desaparezcan nunca, acaso como triste evidencia de lo que no debió ocurrir un solo instante. Es necesario, dicen, aprender por cuenta propia, digerir el abc de esos valores que es preciso mantener en tanto naciones libres y percatarse de que existen demonios cuyo sueño es mejor no perturbar. A propósito de Venezuela algunos lo advirtieron hace más de veinte años -pienso en Carlos Alberto Montaner o en Mario Vargas Llosa- pero ya sabemos adónde fueron a parar tales monsergas. Ha tocado recoger los vidrios rotos.
    La diáspora, la desesperanza, el hambre o la enfermedad, los crímenes del gobierno, siempre estando ahí  como animales que acechan y despedazan, no hundieron el puñal en lo que somos. ¿Y qué somos?, no voy a caer aquí en la pretensión de definir lo indefinible, pero tengo para mí que el país, como un todo más o menos unitario, lleva en sus adentros lo que necesita para sacudirse el polvo, lavarse la sangre y recuperarse de los golpes para reinventar la realidad, cosa que va siendo urgente. Urgente y posible. Venezuela requiere inventar otra vez el piso sobre el que hacer tienda y proseguir.
    Nada nuevo bajo el sol, o sea, nada que no hayan hecho otros igualmente humillados. La Europa de postguerra, los países del cono Sur latinoamericano, Sudáfrica luego del apartheid y Venezuela, sí, esta Venezuela que supo patearle el culo a Gómez, a Pérez Jiménez, hasta meterse de cabeza en el mundo civilizado, en el universo de la libertad, solo para hablar del siglo XX. Nada nuevo bajo el sol, pero con la impronta de lo que en el fondo rehacer entre tú, él, aquél y yo. Entre nosotros. Tal es el sino que nos define, uno que será abrazado, o no, con manos, entrañas e intelecto.
    Siempre se ha dicho que este país es capaz de reír incluso a costa de sus más descarnadas tragedias, esto es, reírse de sí mismo, lo cual es una bendición. El chavismo hecho gobierno ha sido justo eso, una tragedia de dimensiones quizás no del todo concebidas aún. No hay que olvidarlo: reímos y esa risa es medicina para el alma, para el cuerpo, para las migajas en que pretendieron convertirnos. La risa, el humor inteligente -tautología que de todas formas es imperativo pronunciar- son un carburante que jamás falló y ahora tampoco será la excepción. Cuando Maduro esté pudriéndose en la cárcel, cuando un demente llamado Diosdado sea apenas  roncha purulenta en la memoria, cuando Saab, los Rodríguez, Varela o El Aissami constituyan verrugas en la historia, echaremos la vista atrás para observar lo que la locura y el crimen son capaces de materializar pero, asimismo, respiraremos desde la reconstrucción, desde el país que vayamos soñando, forjando, instituyendo, y desde la sonrisa que alimenta el alma a partir de los escombros.
    Falta poco, falta muy poco para que se haga la luz, para la calma, para emprender hasta lograr lo que creamos merecer. Será duro y será lento, pero será. A nada menos podemos anhelar según el paraíso que llevamos dentro.