8/03/2017

Las entrañas de lo real

    Es curioso, pero mientras más grande menos aprende la gente. O eso parece. Tienen razón los escritores: a veces la realidad se aleja de lo real para darse de frente con lo ficticio. Vaya certeza la de esta gente.
    La otra vez andaba cabizbajo y opté por lo de siempre, es decir, darle pataditas a lo que me aplasta como quien en plena calle regala puntapiés a una lata vacía de Coca-Cola, sólo para olvidarme un rato del puto día más sus espinas, y pensar, y marear la perdiz a mi manera.
    Pero en fin, decía arriba que ciertos aprendizajes son inversamente proporcionales a la edad y no creo que me equivoque. Después de tantos cabezazos contra la pared he visto la luz, o sea que por fin doy en el blanco si se trata de mover el foco, de tensar el arco para intentar poner la flecha donde pongo el ojo. No sé si me explico pero el asunto viene por ahí. Somos víctimas de la realidad, no cabe duda, por lo que más vale jugar las cartas al respecto.
    Jugar las cartas al respecto implica aprender algo sencillo: si la realidad no es como la pintan es mejor colorearla de modos diferentes, cosa que me llevó una punta de años vislumbrar pero eureka, heme aquí, sentado ante una mesa de café, tabaco en mano frente al lienzo inmaculado de la tarde que me saca la lengua, me mira con extrañeza, mientras rebusco ángulos mezclando azules con aguamarinas en esto de vivir la vida. Y así.
    No me lo vas a creer, pero te juro que es verdad. La otra vez pateaba con desdén la lata de los días y apareció ahí, de cuerpo entero, con sombrero negro, con bastón, con bigotito corto, con las piernas arqueadas. El cine mudo del día a día hacía otra de las suyas: Chaplin en pleno bulevar, a las cuatro de la tarde. Charles Chaplin, el mismo que vistió y calzó. O su doble, o algún fanático dado a deambular por estos lares. Ve tú  a saber. Nadie, excepto yo, se dio cuenta de semejante escena, de modo que el perfomance, o como diablos se diga, resultó un platillo que devoré a mi manera, que terminó siendo plena y absolutamente para mí. Chaplin  a tres metros, como recién salido de El gran dictador, como asomado desde sus Tiempos modernos. Tienen razón los escritores, esos tipos extraños y caraduras que ven un cinco cuando tienes enfrente un cuatro. Lo vi desaparecer entre la gente mientras se alejaba poco a poco, lentísimo, adentrándose en la calle Foch.
    En esta mesa leo o escribo, pienso, miro pasar la vida entre bocanada y bocanada. Hay que ver, me digo, somos víctimas de la realidad más veces de las que deberíamos, y para cuando reaccionamos ya es tiempo de coger los peroles y palmarla, estirar la pata, plop, adiós luz que te apagaste. Tengo un amigo que vive sus ratos como le da la gana, y no te rías porque el caso no es naranja que se desconche facilona. Vivir-la-vida-como-le-da-la-gana es un arte complicado y arriesgado que exige talento, disposición y cojones. Nada menos.
    En eso ando, con subidas y bajadas. Muerdo el polvo y sigo, que algo termina quedando como sostuvo el filósofo. Somos víctimas de la realidad, claro, y lo que soy yo le alzo el vestido aunque sea por dármelas de qué sé yo, aunque sea por joder. A ver cómo me sale el óleo. A ver.

7/27/2017

Intriga

    Como nos gusta complicar las cosas vivimos invocando lo que trascienda el aquí y el ahora. Me explico: no nos basta la realidad monda y lironda, ésa que a diario termina por quebrarnos un plato en la cabeza. Buscamos más, esperamos más, a no ser que tengamos una piedra por espíritu o la cabeza llena de aserrín, lo cual tampoco es que sorprenda demasiado.
    Desde que tengo uso de razón me ha dado por indagar en regiones poco transparentes. Uno se pregunta qué se oculta del otro lado de las cosas, qué significan ciertos hechos, cuáles secretos de este mundo se revelan sólo si los escrutamos desde ángulos distintos, y entonces nada, hay que ideárselas para dar con meollos de pelaje variopinto.
    Tengo un amigo que de lunes a domingo, pase lo que pase, a las cinco de la tarde le da por papar moscas donde esté. Papar moscas, según dice, es el mantra que culmina poniendo boca arriba algunas cartas, lo cual ha implicado para él nada menos que dar sopotocientas veces en el clavo. Acertar tiene sus bemoles, verdad que descubrí hace ya una punta de años, razón por la que puedo entenderlo de pe a pa: ha encontrado su camino, echó a andar su metodología y sanseacabó, recoge cuantas perlas puede, que ya es decir bastante.
    Tú, sin ir muy lejos, tendrás tus particulares vericuetos. Enhorabuena. En cuanto a mí, como la razón goza de mala salud en estos casos es mejor darle unas palmaditas en el hombro y mandarla a cocinar lagartos, o cuando menos ubicarse de costado, sin exponerse demasiado, no vaya a ser que acabes embestido y con la femoral troceadita en dos mitades, qué mierda de suerte la de algunos.  
    Todo lo anterior para decir que últimamente he chocado de frente con un enigma de lo más llamativo. De lo más común y cotidiano pero subestimado la mayoría de las veces por la ingente suma de almas que pasan por la vida como quien atraviesa un valle de lágrimas o, en el mejor de los casos, un paisajillo apenas rosadito. Me refiero a las escaleras. Las mecánicas, para ser exacto.
    ¿A dónde nos llevan semejantes artefactos? Pones el ojo, siembras la mirada en el primer peldaño, movedizo como los demás, y luego alzas la vista con la esperanza de que el procedimiento se repita, se repita, se repita, y avances y por fin llegues a ese lugarejo, punto de fuga de tu desplazamiento. Esperas que se haga la luz, claro. Pero qué va, nada de nada, olvídate. En los centros comerciales, en los aeropuertos, en el metro, cada día en mayor número y medida como hidras amenazadoras se multiplican tales bichos. Te subes, pones el pie, pones el otro, esperas mientras te llevan, y la pregunta cunde como manada de piojos: ¿cuál es el destino? ¿A qué indeterminada geografía van a parar unas gradas empujándose a sí mismas?
    Ayer, mientras fumaba un Partagás con un macciato en Sweet&Coffe, dediqué buen tiempo a observar a la bestia, a escudriñar el misterio que me quita el sueño hace semanas. A pocos metros de mi mesa la criatura que conecta con el primer piso mantenía en silencio su quehacer. Un hombre con sombrero y traje gris se embarcó en la travesía. Lo vi encaramarse, lo vi cabalgar risueño sobre el alazán metálico y al final, ya justo cuando el último eslabón debía arrojarlo al suelo de la primera planta desapareció como por arte de magia. Entonces el abismo, entonces otra vez la duda, esa pregunta que me hago sin que lleguen las respuestas: ¿a dónde nos llevan las escaleras mecánicas?  

5/27/2017

Un clásico

Air Supply. Come what may

El link: https://www.youtube.com/watch?v=w8vSqjJA4G0

5/21/2017

Relaciones íntimas

    El otro día, fumando un puro, resolví un acertijo matemático. No sé tú, pero en mi caso para llegar al punto b, saliendo de a, en general no sigo una línea recta. Las más de las veces dar un rodeo termina por ser ruta expedita.
    A ver si me explico: en cierta ocasión quise escribir un poema pero mi mente estaba en blanco. Supuse que sufría eso que los escritores llaman bloqueo. Bueno, bloqueo o no la verdad fue que cogí el manual de instrucciones de la licuadora con ánimo de meterle mano, pues a mi esposa días antes se le había descompuesto. ¡Eureka!, seguí al pie las indicaciones y finalmente al encenderla noté que las palabras, sueltas, desmenuzadas, perfectas, llegaban una tras otra como anillo al dedo, o mejor, como anillo al poema. Ese aparato, Oster si la memoria no me falla, servía también para deshacer nudos literarios.
    Fenómenos como el anterior pude descubrirlos siendo todavía un crío. Ante problemas de artimética o frente a quebraderos de cabeza en sociales, escuchar a los Beatles y leer a Kalimán, pongo por caso, era atinar a cualquier blanco imaginable, significaba eliminar de un plumazo cuanto obstáculo osara retrasar la victoria. Si tales procesos pueden parecerte extraño, créeme que es lo de menos. Despejar incógnitas, solventar enigmas, desentrañar misterios, lo importante es vislumbrar ciertos caminos y lograr atravesarlos, no importa que describas una curva o un zig-zag en el proceso. Total, la distancia más corta entre dos puntos a veces también es un círculo.
    Yo no lo dudo un solo instante, las cosas son así y punto, se acabó. Si a mi mujer le da por reclamar airada debido a que olvidé arreglar la tubería, respondo que el cuadrado de la longitud de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de las respectivas longitudes de los catetos y asunto resuelto. No falla. Y si el jefe da bronca gracias a un bajón en la bolsa que nos cogió desprevenidos, echo mano de las fases de la Luna a propósito de su influencia en las mareas del Báltico, que van y vienen, suben y bajan como la bolsa en estos días, lo cual atempera malestares y por supuesto ayuda como no tienes idea si pensamos en próximas negociaciones. Traba despachada.
    La gente cree con fe religiosa que uno más uno es igual a dos, cosa no muy veraz si a ver vamos. Haz la prueba, es decir, razona menos e intuye más, que es lo que desde hace una punta de años he puesto en práctica a pesar de Descartes, de la filosofía moderna y de mi maestro de física, José Camacaro, allá en tercero de bachillerato. El pobre, por mucho que lidió para cuadricularme la materia gris, para almidonarme y plancharme como Dios manda todas y cada una de las circunvoluciones cerebrales, fracasó en el empeño. Qué le voy a hacer si apenas rocé el diez para aprobar.
    A lo mejor suena de lo más raro, pero no tengo otros modos de andarme por la vida. Si yo soy yo y mis circunstancias, según el buen Ortega, también yo soy yo y mis manías, asunto lógico por donde lo mires. En fin.
    Ahora intento desentrañar un lío académico. El punto es dar con la influencia del pensamiento prerrenacentista en la concepción kantiana de verdad. Mientras, pienso en las agujas del reloj que observo ahí, enfrente, a propósito de horas, lustros, décadas o siglos. Y pienso además en los embustes y certezas que atravesaron la historia de pe a pa. Castañetea la solución. A lo mejor doy en el clavo. Ya veré.

5/14/2017

La dictadura en su delirio

    La dignidad individual, en buena hora acogida por Occidente como el sustento de los Derechos Humanos, lleva en las entrañas una verdad incuestionable: no tenemos precio, poseemos valor. Sólo por ser Hombres (así, con mayúsculas) gozamos de una valía universal que nos iguala ante la ley, descabezándose cualquier rasero del que pudieran echar mano gobernantes trastornados, ideologías devenidas en estiércol o gente común llena de prejuicios variopintos.
    Cuando la dignidad es pisoteada aparece un monstruo contra el que nunca estaremos por completo vacunados, no otro que la afilada dentadura de líderes mesiánicos, mil y un salvadores de la patria, pseudopolíticos iluminados, caudillos con sed infinita de poder y otros bichos parecidos. Es lo que ocurrió en Venezuela y engendró al hombre de la verruga. Es lo que ha sucedido en un país que hace más de tres lustros vive en carne propia la tragedia de gobiernos  -primero Chávez y luego el bailarín-  refractarios a la democracia, emponzoñados por el veneno de la codicia, del poder por los siglos de los siglos y entregados sin vergüenza a la satrapía más longeva de estos rincones del mundo.
    Venezuela es una tierra con profunda capacidad de aguante, pacífica hasta la médula, amante de la libertad, de la alegría y de la fiesta. La palabra solidaridad le es consustancial, tanto como el término olvidar, por ejemplo. En mi país todo se olvida con facilidad, a la historia se la lleva el viento más veces de las que haría falta, de modo que por ahí cargan ventaja bandidos de tomo y lomo, de verdadera uña en el rabo. Hugo Chávez y Nicolás Maduro, pongo por caso. En medio de fiebres y delirios, serviles a la voluntad de los Castro, borracho el primero de petrodólares e ignorancia y harto el segundo de ineptitud entremezclada con demencia, pretendieron sobre la base de la desmemoria  inventarlo todo, descubrir el agua tibia, refundar a la madre que los parió. Hasta llegar al llegadero, es decir, a la vorágine de locura y horror que aplasta en el presente.
    Hoy, cuando los derechos de tantos han sido vapuleados, desconocidos, ignorados sin misericordia por una mafia cuyo horizonte más claro es sin dudas la cárcel, Venezuela ha dicho basta. No tengo la menor idea de cuándo acabará el desastre, pero sospecho que más temprano que tarde. Hay claros indicios de que el régimen se asfixia, se ahoga en su particular pudridero, y el primero de ellos es la brutalidad represora. Con el miedo soplándole en la nunca Maduro intenta golpear fuerte. Lo hace y atiza el incendio. Es repudiado con más fuerza aquí y allá, en el país y fuera de él. Jamás antes la oposición estuvo tan clara, unida y lúcida y nunca recibió un apoyo general tan contundente como ahora.
    El segundo indicio es la grieta enorme que se observa en el chavismo, no sólo entre quienes lo sustentaron desde la calle, gente sencilla, esperanzada, hipnotizada, sino entre quienes forman parte del status quo, del entramado de poder, esos que dan vida a la bestia por dentro. La fiscal general, algunos diputados oficialistas y en buena medida hijos, hermanos, primos, sobrinos o tíos de individuos que mucho tendrán que explicar al país y a la justicia cuando la barbarie acabe. En fin, existen razones para suponer que un viento helado cala en los huesos de la dictadura. Respira con pronóstico reservado.
    El ser humano es un fin en sí mismo y no un medio utilizable por terceros, regla de oro que el gobierno venezolano se pasó por la entrepierna como le dio la gana. Craso error que le extiende  factura en su hora none. Y como callar, mirar para otro lado cuando se violan los Derechos Humanos a mansalva es de cobardes y de cómplices, tantos ahora mismo señalan, acusan a sus familiares, reclaman reacción, desmarcaje, retiro de apoyo a los esbirros.
    El gobierno de Maduro se ha quedado solo, con su latrocinio a cuestas, con sus cadáveres en la conciencia, con el bullicio atronador de un silencio que fractura hasta a las piedras. Ser demócrata exige entre otras cosas detenerse, hacer balance y pensar. Exige el coraje de reconocer el lado oscuro de un quehacer y corregir. Es, repito, lo  que han llevado a cabo algunos, lo que pide a gritos el valiente hijo de William  Saab, la hermana del embajador en Francia, los parientes de un gorila cuyo apellido es Padrino. Muchas vidas dependen del valor, del paso al frente y de las palabras basta, suficiente, hasta aquí te acompañamos Nicolás Maduro. Ojalá el déspota y sus socios terminen de una buena vez sin piso, sin el apoyo de una cúpula de bayonetas que lo sostiene aún. Ojalá  acaben desnudos frente al espejo de la realidad y de la historia, cara a cara con sus íntimos demonios. Amén.

5/07/2017

La destrucción del silencio

    Cuando el tiempo apremia los hombres, y también las instituciones, evidencian con más fuerza sus matices, sus luces y sombras, el ámbito predominante que se erige por último frente a la adversidad.
    Desde hace más de tres lustros Venezuela, como en otros episodios de su pasado, vive días oscuros: la deriva pestilente del chavismo poco a poco fue carcomiéndola y al fin, en el presente, la dictadura pura y dura hace estragos, pretende quedarse hasta que el cuerpo aguante.
    La desvergüenza de ciertos individuos, esos mujiquitas de toda la vida, ha existido desde que la tragedia comenzó. Gente que debió alzar la voz, denunciar abusos, señalar desviaciones que crecieron como un tumor maligno y plantarse con valentía ante los delincuentes que gobiernan, hizo mutis, miró para otro lado, y por acción u omisión terminó convertida en Celestina, alcahueta de un bandidaje que a estas alturas perdió hasta la última migaja de humanidad.
    Semejante descalabro va más allá de nombres y apellidos hartos a reventar de cobardía. Personajes e instituciones de todos los pelajes abrieron las piernas, inclinaron la cerviz, cedieron a la dictadura con la esperanza de salvar el pellejo, continuar respirando, cuidar el negocito, mantener el contrato, vivir en la isla de una fantasía sin la molesta presencia de esa realidad que es siempre un coñazo en la nariz,  pese al axioma que en materia de estalinismos resulta incuestionable: para un gobierno desnaturalizado existes mientras seas esclavo. Caso contrario importas un pepino, te conviertes en materia desechable.
    Amén de lo anterior, es decir, aun cuando todo un contingente de incondicionales pretendió correr la ola del tsunami hecho poder, buena parte de la sociedad civil cumplió con su conciencia, llevó adelante gracias a un coraje a toda prueba eso que los demócratas están llamados a mantener con uñas y dientes, no otra cosa que la defensa de la libertad, las garantías irrenunciables y el Estado de Derecho, a sabiendas de  que hacerlo significaría represión, exclusión  -recuérdese el apartheid Tascón, por ejemplo-, estigmatización  -¿la palabra “escuálido”, vil  invento de Hugo Chávez, te dice algo?- y demás abusos o discriminaciones por el estilo.
    Entre otros hechos dignos de mención, es bueno tener presente que un periodismo consciente de su naturaleza ha hecho lo indecible para combatir la locura enquistada en Miraflores. Han sido pocos los medios de comunicación, es cierto, pero se atrevieron  -y se atreven-  a cuestionar con fuerza, a desenmascarar  la dictadura en mil y una instancias y no desfallecen pese a la brutalidad de los verdugos. Cuando esta pesadilla acabe sus nombres brillarán con luz propia en la historia reciente de la Venezuela destrozada que nos va quedando, y estoy seguro de que estarán presentes en el descomunal trabajo que significará reconstruir lo destruido. Periódicos como El Nacional, como Correo del Caroní en el interior del país, semanarios  como Tal Cual, sólo por mencionar algunos  impresos   -súmense a ellos las alternativas virtuales, que las hay, y con una dignidad que roza las nubes-, cumplen  a cabalidad la tarea sagrada que otro periodismo temeroso, complaciente y acomodaticio escupió: desnudar el poder, escudriñarlo, señalar el pus donde se encuentre, batallar hasta el final. Son garantes de la democracia porque son también contrapeso de todo gobierno, y esa, mal que duele y daña inmensamente, no fue práctica generalizada en la prensa  venezolana durante estos años de retroceso, tragedia, corrupción, crímenes contra la humanidad, derrumbe económico y asfixia de nuestros valores. Repito, apenas unos pocos llevaron sobre sus espaldas y pudieron ejercer con gallardía, asunto que los honra, la misión que toda sociedad democrática les encomienda.
    Finalizará esta época de horror, desastre y sumisión de tantos frente a los jerarcas con pies de barro y ahí continuarán los mejores periodistas, los mejores medios, erguidos, dignos de su oficio, con la triste certeza de que una tragedia que bien pudo evitarse si todos hubiesen sido uno, culminó en la vergüenza de hoy, en la triste realidad que ultrajó a todo un país. Mi reconocimiento y respeto para ellos, ayer, hoy y mañana.

4/28/2017

Estos reaccionarios de izquierda

    Durante lo que va de siglo XXI Venezuela ha sido gobernada por una cleptocracia cívico-militar que a estas alturas la ha llevado a un estado de postración, miseria y retroceso sin parangón en América Latina.
    El país que podría ser la Suiza de estas latitudes yace humillado por la vesania de una mafia literalmente enquistada en el poder y cuyos planes no contemplan soltarlo hasta que se pulvericen sus huesos.
    Mala cosa, por supuesto. El gobierno lleva encima el peso del repudio absoluto y nadie, salvo fanáticos y encantados, los quiere. Sabe bien que cualquier llamado a elecciones terminará en paliza, lo cual le eriza hasta el último de los pelos. Al quitar el culo de Miraflores tendrá que enfrentar a la justicia y, considerando cómo está el patio, viendo el bandidaje que destrozó al país, por sus crímenes irá derecho a las mazmorras. 
    Entre quienes dan cuerpo al andamiaje de apoyo   -mínimo, es cierto, pero andamiaje al fin-  con que cuenta Maduro y sus gansters se halla buena parte de lo que ha sido la pedorra izquierda venezolana. Utilizo semejante epíteto, toda una ventosidad él mismo, porque la historia no lo desmiente un ápice: pedorra, por haberse entregado sin vergüenza a los delirios de un militar felón, ególatra y sin luces; pedorra, por tropezar cien veces con la misma piedra y con el mismo pie, y pedorra por su incapacidad  -salvo honrosas excepciones, que las hay-  para enmendar la metedura de pata, trocarse en demócrata y, por último, intentar cuando menos pensar con cabeza propia.
    Dentro de esa izquierda nostálgica de bengalas revolucionarias, de cielos tomados por asalto y de cuanto parapeto ideológico le recuerde los sesenta, ocupa un lugar destacadísimo cierta intelectualidad que, como dijo alguna vez el buen Petkoff, ni olvida ni aprende. Hay que ver, estando ya crecidita como para  percatarse de que un líder mesiánico siempre termina siendo un producto bueno para nada, abrió de cajón las piernas y aún hoy, luego de la tragedia que engulló al país, permanece así, como si nada, feliz ante el relumbrón del poderoso que lanza sus migajas mientras hace las de Atila.
    Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
    Se me vienen los nombres más rutilantes del boato culturoso gobiernero: Luis Brito García, Laura Antillano, Luis Alberto Crespo, Gustavo Pereira, Román Chalbaud, Earle Herrera y un puñito adicional de intelectuales cuya acción -inclinar la cerviz, callar y alcahuetear, permanecer incólumes y mirar para otro lado cuando se violan derechos humanos a mansalva, cuando se lanza a todo un país por el despeñadero de la desesperación, la indigencia y el hambre-  deja entrever la distancia medida en años luz que los separa como mínimo de la condición de demócratas.
    Venezuela saldrá del horror en que se encuentra, no me caben dudas. Pero reconquistar el camino de la democracia y el progreso pasa por  aprender la lección, no otra que desoír cantos de sirena para no caer otra vez en el pozo al que llegamos, con barra, aplausos y apoyos ciegos al iluminado en turno. Estos reaccionarios de izquierda, encandilados por el hombre fuerte, y por supuesto éste, van de salida. Ojalá que por tiempo prolongado. Ningún pueblo se halla vacunado contra la barbarie, la demagogia o la tentación de seguir como corderos a quienes prometen paraísos a la vuelta de la esquina, cueste lo que cueste. No hay que olvidar las palabras de Camus: en política, son los medios los que justifican el fin, y nunca al contrario.