2/20/2017

La otra historia

    Hay gente que vende a su madre por triunfar. Vaya uno a saber qué vericuetos cobran forma en la caja craneana de algunos, pero en fin, desde que tengo uso de razón me atrajo mucho más el fracaso  -o cuando menos el no dar del todo en el blanco-  que cruzar la meta antes que los demás.
    Quienes se desviven por alcanzar sus sueños guardan entre ceja y ceja cierta condición robótica, es decir, tengo la impresión de que saltar la verja que da al mundo de los proyectos cumplidos lleva en las entrañas bastante de quehacer condicionado, kilos de Pavlov haciendo de las suyas toda vez que te desvives por la medalla o los aplausos. En el fondo suena siempre la misma campanita, cling-cling, y otra vez salivación, otra vez la línea del horizonte que te guiña un ojo, que te llama con el dedo mientras se alza un poco la falda, cruza las piernas y  te deja ver las  medias negras hasta lo más profundo de los muslos. Pavlov a pleno día cuchillo en mano, digo para que despabiles.
    Caer, no necesariamente con estrépito,  es lo normal, es esta realidad monda y lironda que te da un coñazo a cada instante en la nariz. Sin embargo no falta alguien empeñado en pervertir, en trastocar, en transitar de triunfo en triunfo de modo que esos pequeños fracasos terminan convertidos en vivencias infernales. Cuando perder bien puede transformarse en punto de apoyo para al fin ganar, ciertos imbéciles están ahí  enarcando las cejas a lo Bogart, porque así es el negocio, viejo, porque debe ser ganancia diaria, en cash para remate, cigarrillo ladeado de por medio, mira tú, que si te descuidas me quedo siempre con la chica guapa.   
    Pero decía arriba que prefiero el halo gótico y mediocre de algunas historias particulares al relumbrón de los flashes tan ansiados por cualquiera. No sé tú, pero jamás he concebido esto que se llama vida como gabinete para exhibir lauros.  Debe ser porque los de verdad no caben en ciertos espacios cuadriculados. Y entonces volvemos a lo mismo: el hilo de algunos esfuerzos en vano resulta mucho más interesante, humano, curioso y digno de emular que el final rosadito al puro estilo muchacho de la película.
    Todo evento que termina con bonita música de fondo es asimismo un relato de fraudes agazapados. Los finales risueños son también el engendro de opacidades que conviene más esconder bajo la alfombra, no vaya a ser que tanta carcajada acompañada de buen vino se torne grisácea al contacto con el sol resplandeciente. No sé, la verdad es que no sé. De niño me simpatizaron los segundones, los últimos de la fila, los creadores de tramas que se imponen a codazos y a mordiscos, sin cámaras que les sigan los pasos, y ellos me caen bien desde esos tiempos. No brillar en los noticieros va siendo sinónimo de esa cosa magnífica, llámala como quieras, que encuentras en medio de las piedras o a milímetros de las espinas, pienso y sostengo. Lo demás es huevo de pato, moco verde embadurnando pañuelos de seda, perfume transitorio entre los senos de la dama.
    La otra vez, leyendo uno de sus cuentos, el gran Benedetti me salió con esto: “en toda victoria histórica hay algo de turbio, de injusto, de obsceno”. Entonces sí que me agarró por las pelotas, el muy cabrón.  Por eso me gusta la cara oculta de la Luna, el envés de la trama, la dulzura que suelen llevar encima ciertos nobles fracasos.

2/17/2017

Un clásico

Una canción de Luis Eduardo Aute que me acompañó en la adolescencia. "Las cuatro y diez".

El link:  https://www.youtube.com/watch?v=56W8zudUAy0

2/10/2017

El Comandante

    Leo una entrevista a Moisés Naim y pienso: qué cojones. Vargas Llosa tiene razón, digan lo que digan los envidiosos, los izquierdosos y los ultrosos. Vamos a ver, doy una pasadita por twitter y ahí está, salta como liebre, brinca aquí y allá, satura los rincones de la virtualidad hecha espectáculo, al por mayor, al quién da más. Parece que es verdad, atravesamos la cultura de los flashes, del relumbrón mediático, del jaleo sin peso específico al más puro estilo hard show bussines .
    Me refiero a la serie El Comandante, que según el entrevistado no es biografía alguna de Hugo Chávez sino exactamente lo contrario, una obra para la televisión inspirada en cierto libro de su autoría, cargado hasta el cuello de ficción. Despacho la entrevista y quedo satisfecho. Las ideas de Naim siempre me han parecido ejemplos de conexión con el cerebro, con el mundo que nos toca transitar para bien o para mal, duro, complicado, universo rosadito a veces e hijo de la gran puta casi siempre. Entonces me digo: hay que ver. Una serie de sesenta capítulos dedicados nada menos que a Chávez. Supongo que el hombre es garantía de éxito, que su popularidad, sustentada en el histrión que encarnó, es más que un  buen aval si se trata de vender. La Sony no tiene un pelo de tonta. ¿Qué hizo, después de todo, Hugo Chávez en su vida sino vender y vender? Se vendió a sí mismo y la pegó, vendió un proyecto delirante y tuvo fortuna, y vendió un país a los demonios de la sinrazón con idéntica buena suerte.
    Entonces paso la vista a mi álbum particular de personajes latinoamericanos con lustre e impronta indiscutible. Aparece Óscar Arias, irrumpe Fernando Cardoso, imagino a Rómulo Betancourt, vislumbro a Carlos Rangel, pienso en Ricardo Lagos, en fin. Revuelvo imágenes en sepia de individuos que metieron sus narices con respetabilidad en la política y nada, que alguno de ellos protagonizara tamaña serie es algo que únicamente puede ocurrírsele a un desquiciado. O sea a mí. Bancarrota por donde lo mires. Al lado del Che y Fidel Castro, acota Naim, “Chávez es el líder político de mayor fama mundial en estas latitudes”. Por eso la peliculita y por eso andamos como andamos, concluyo aún con la entrevista en las manos. Un sesudo Rangel, un pausado Lagos, un estadista como Arias, embutidos en esas aburridas formas que echan mano de la legalidad, del diálogo, de la tolerancia, untados por el ritmo lento que exige el actuar y el hacer desde las exigencias democráticas, ¿qué pueden buscar frente al vértigo castrista o el ventarrón mitómano, embrujador, hilarante, del caudillo venezolano? Un pepino. Nada entre la nada.
    Que Sony Entertainment Television haga su agosto llevando a la pantalla chica lo que le venga en gana, vale. Pero que la peste política, es decir, dictadores eternos o aprendices de tales gocen de los favores del público, que se embolsillen el raiting cuyo punto de fuga es la alfombra roja de Hollywood, indica una tara que ve tú a saber cuándo pasará a la historia. Vargas Llosa y su civilización del espectáculo, no te quepa la más mínima duda. Cala mucho más el estruendo descocado de un Chávez que se jura pieza clave de la historia, con sus disparates y megalomanía a cuestas, que el aire sosegado de demócratas refractarios a estruendos de la lengua y terremotos tras sus pasos, pongo por caso.
    Con razón el Socialismo del Siglo XXI, ensalada con la vinagreta más amarga de estos tiempos, tuvo tan espectacular acogida. Los exquisitos paladares de aquella rocambolesca fanaticada premiaron con creces el experimento de un recetario a punto de caramelo, o sea, listo para la intoxicación generalizada, a reventar. La civilización del espectáculo, dime tú si no, haciendo de las suyas por donde eches el ojo. Digerir un plato semejante fue darse de bruces con el macabro resultado de sus invectivas. Pero lo importante aquí ha sido y es el tintineo de copas, el relumbrón fulgurante, la atracción fatal que un encantador de serpientes ejerce en función de la histeria, del hígado  y las gónadas. Ese eufemismo que dieron en llamar carisma.
    Sostiene Naim que la serie está bien hecha, mejor actuada, magistralmente escrita. Y no lo dudo. Pero de Chávez Venezuela tiene suficiente. Lo que soy yo, paso la página. Enhorabuena la democracia otra vez, más temprano que tarde, amén.

2/06/2017

Quijotes de papel

    La diáspora venezolana, como toda diáspora, levanta una polvareda que con el tiempo pasará de largo. Estoy seguro de que las cosas volverán más temprano que tarde a su lugar, pero vamos, el cuándo o cómo de semejante regreso al equilibrio no es lo que pretendo para la página de hoy.
    Hay de todo, pero abundan cagatintas que señalan con el dedo, que acusan y cubren de epítetos made in las mazmorras del hígado a quienes cogieron una muda, dos peroles y se largaron, y habladores de pendejadas cuya lógica es tan patética como hueca: eres un desalmado porque te vas, eres muy nacionalista porque te quedas. 
    Confieso que me tocan el ganglio de los cojones quienes practican tamaña ética maniquea, hermanita gemela de esa otra con que el sumo sacerdote de la religión chavista infectó cajas craneanas, sesos si los había y cuanto patuque haya existido en los confines de tales cavidades. Una ética al servicio de ciertos chasquidos de la lengua que apelan a la conveniencia, fraguada a ras del suelo, incapaz de elevarse aunque sea medio centímetro pensando en la vergüenza al menos. Al carajo. Es la de esta gente una forma de mirar jamás dispuesta a estirar el pescuezo para  vislumbrar que el mundo no acaba en los límites de la comarca, ahí donde nacieron, se criaron y juran como mero centro de lo habido y por haber. Dicho en corto, para que me entiendan: una ética que se enreda en la idiotez de sus abanderados.
    El año pasado hurgaba en el portal de cierta universidad extranjera y descubrí un llamado a concurso para profesores. Nada mal el asunto, me dije, así que hice click click y continué leyendo. Lo normal, lo básico, lo que cualquier académico sabe que tiene que desarrollar aquí o allá: docencia, investigación, extensión, seminarios, congresos, conferencias, en fin. Anoté requisitos, preparé mi asunto y nada, ahora escribo esto fuera del país, ese pedazo de tierra tan mía como de quien salió antes o saldrá después. Una Venezuela que navega a sus anchas en mi adn, con más fuerza que aquella instalada en la bandera o en el himno de tanto chauvinista lápiz en mano tejiendo disparates más que peligrosos, estúpidos y reduccionistas. Lo primero, porque del patrioterismo ramplón a las exclusiones fratricidas hay pocos pasos, y lo segundo y lo tercero por simple derivación comparativa: endilgar adjetivos perversos a quienes cruzan las fronteras se parece demasiado a etiquetar del mismo modo a los que no lo han hecho, aunque se hayan ido del corral, del grito a coro, apartado del llamado de la tribu, de la recua dictando su sentencia: piensa como yo y serás patriota, piensa distinto y eres un escuálido.
    Al carajo, vuelvo y digo. Leyendo el otro día un cuento de Benedetti, aquí, en el mismo café al que regreso cada vez que puedo a escribir algo, encontré esta frase memorable: “Los lugares valen por los recuerdos que dejan”. Y de seguidas esta otra que apunta al mismo blanco: “Los más entrañables son los lugares ya cargados de memorias”. Y eso es, eso basta. En cuanto a mí, abrazo la ciudadanía universal, el librepensamiento, en fin, eso tan apetecido y tan poco entendido como la libertad. EL cosmopolitismo, ubicado en las antípodas del provincianismo de anteojeras, da para hacer más por un lugar, por una geografía, echando mano del mundo, que es lo mismo que decir del horizonte ancho, abierto, cargado de posibilidades. Hay que ver, pienso. Aquí, a media pulgada de donde me encuentro, existen quienes superan con creces en su entrega de esfuerzos, alma y energías por una causa al grupito histérico de opinadores sin remedio y a tuiteros enchinchorrados cuya arma de destrucción masiva es Nicolás, vete ya. Menuda tarea la de estos caballeros, quijotes del teclado, sin rocín, lanza en ristre ni escudero.

1/29/2017

Obra y gracia de los sueños

    Hay gente que se atreve a bailar, a comer platos exóticos o a lanzarse montada en un kayak por las cataratas del Niágara, pero no a pensar. Pensar, lo que se dice vincular A con B para llegar a C, parece que cuesta un ojo de la cara.
    Lo digo por mí, claro. De adolescente, cuando juraba por todos los dioses que tenía salud de roca, que sería por siempre joven y que de ñapa era inmortal, imaginaba también que en el arte de mover las neuronas corría cien metros planos en nueve segundos. Fíjate qué forma tan común de creerse pensante, de  darle y darle a la materia gris, pero en reversa.
    Después, ya en la primera adultez, continué alimentando la seguridad de que día a día dibujaba el perfomance de alguien entregado a los quehaceres del intelecto. René Descartes en pleno siglo XXI, haciendo de las suyas con este graffitti pegado de la frente: pienso, luego existo. Y lo demás huevos de pato.
    Hasta que alguna vez soñé un sueño al mejor estilo Borges, o creí haberlo soñado, qué más da, o pretendí soñarlo pero ya ves, lo imaginé quizás sentado en la nada romántica poceta o en medio del profundísimo relax que a veces nos pesca metidos en la ducha. Lo cierto es que soñé o quise soñar que me soñaban.
    A partir de esa experiencia, que bien pudo haber nacido, como he afirmado arriba, en el nada filosófico baño de mi casa, terminé convencido de que ciertos hilos nos llevan y nos traen, nos incitan a amarnos o a odiarnos, nos meten de cabeza en un mundo que es baba onírica chorreada por otro mientras ronca a pierna suelta, ve tú a saber dónde, cómo, cuándo y por qué.
    Ponte a pensar (o mejor, ponte a creer que piensas) y vislúmbrate abrazado, acurrucado con tu novia. Mírate de cabo a rabo preparándote para ese examen del viernes. Échate el ojo llevando a tu bebé en brazos y cuéntame. ¿Te parece de lo más interesante el sueño de alguien, donde existes por los pelos de un mosquito? ¿Reconoces una puesta en escena que es claro ejemplo de la siesta que supones nada menos que tu propia vida?
    Cuando descubrí que somos consecuencia de la resaca de un tercero, que formamos parte de alguna pesadilla, de cierta indigestión que nos echó afuera mientras el enfermo dormitaba largo a largo en un colchón, sentí casi tocar el misterio de lo humano. Créeme, jamás sospeché que al fin y al cabo todo fuese tan sencillo. Por eso hay gente noble y tierna como una fruta en su momento, o endurecidos al punto de competir con las piedras. Nacieron de un camarón sublime, placentero, luego de que sus soñadores practicaran el amor como bestias saturadas de afecto y de deseo, o son la evidencia tosca de sueños cuyo seguro antecedente fue dormir la mona después de una oscura decepción.
    La verdad es que por donde lo mires eres la obra magna, colorida, sublime de ese que te lleva en un bostezo y, quién se atrevería a lanzar un no, hasta emanación gaseosa de otro que te expulsó como ventosidad en sus rudos forcejeos con Morfeo. Es que todavía no salgo de mi asombro. Es que, dime tú si no, todo esto se cuenta y no se cree.

1/23/2017

El café de la felicidad

    De entre las cosas que suelo hacer con mis dos niños, leer juntos es quizás la que nos gusta más. Desde hace años labramos una secreta complicidad, savia y médula de algo que jamás abandonamos: meternos una tarde completa en los bolsillos y largarnos a nuestro café preferido sólo a aventurar entre la tinta y el papel.
    No ha sido difícil lograr que saboreen con gusto la palabra escrita, como no ha sido de mayor complicación llevarlos a comer helados. Claro, un libro es tan placentero como el sundae de chocolate si tienes el cuidado de presentarlo así, de vivirlo como tal.
    Aunque sus gustos son diferentes, Camila y Daniel piden el menú que mejor sienta al paladar que poco a poco afinan. Ella delira por historias juveniles donde chorrea cierto universo que se parece a sus sueños, esperanzas o elucubraciones, y él engulle comics que ponen patas arriba el mundo cuadriculado que soporta a diario en la escuela, en la casa o en los diálogos con los mayores. Y yo, lo que soy yo y alabado sean todos los dioses, me hago feliz, babeo alegría metido en mis papeles, ahí en la esquina de la mesa del Sweet and Coffee al que me traen para que mil aventuras revoloteen entre nosotros como ranas saltarinas de mano en mano, de silla en silla y de emoción en emoción.
    Si leer fuese una maldición divina los libros equivaldrían a la quinta paila del infierno. No es así. Sabemos que no lo es, pero sin embargo medio mundo se pregunta cómo hacer para que los niños y jóvenes se acerquen con curiosidad de gato hambriento a poemas, cuentos o novelas. Y quizás por ahí ande la clave, entre brincos a lomo de enigmas que despiertan apetito de saber. Un niño es muchas cosas  a la vez, pero sobre todo manojo de inquietudes con la interrogante siempre colgada del pescuezo. No conozco cajas de pandora tan sorprendentes como los buenos textos, como las buenas historias. Ésas pueden ser el gancho.
    La otra vez sonó mi celular y era Camila. Llamaba para hacerme el reclamo más serio que a sus once años había llegado a pronunciar. La hora de irnos al café se pasaba, yo no aparecía aún y ella, según sentenció, no aceptaría excusas. Hice a un lado lo que me ocupó, despaché con rapidez al latoso que pedía algún dato para el informe del jueves y, desanudando la atadura con esa burocracia que termina engulléndote aunque no te lo parezca, acudí a la cita más importante de este mundo.
    De lo demás ni te cuento. Las andanzas desde nuestra mesa transformada en océano para navegar como Simbad, el rostro iluminado de esa niña que tiene la gracia de Alicia en el País de las Maravillas, su sonrisa desbocada porque un trozo de tiempo compartido nos espera con los brazos abiertos, valen toda la riqueza que pueda imaginarse. Un libro, un café de la calle, mis pequeños conmigo y el universo entero rendido a nuestros pies. Nada más que pedir.

1/20/2017

Ver y no ver

    Hace poco di con un escrito que me pareció soberbio. Lo que leí, un texto sobre salud de esos que sirven para todo menos para curar, hizo las veces de relajante en su más genuina significación, es decir, me olvidé de los problemas y me concentré en historias médicas  -horrible pasatiempo, ya lo sé-   que vaya uno a saber por qué diablos terminan por encantarme. Conmigo ha sido siempre así, qué le voy a hacer.
   Lo cierto es que de la revista en cuestión no pude desprenderme hasta devorarla de un tirón. Ciento cuarenta y seis páginas de una pesquisa al más puro estilo Sherlock Holmes, donde una patología de lo más extraña, querido Watson, hace de las suyas con la complicidad del anonimato.
    Me explico: ceguera facial, que es como se llama la asesina en serie, consiste en un mal que pulveriza, que hace añicos la humana particularidad de reconocer rostros. Así como lo lees, te coge por el pescuezo semejante monstruo y hasta ahí llegaste compañero, entras de cabeza en un mundo desconocido, imposible de identificar hasta en sus más íntimos pliegues, ésos que tiempito atrás formaban parte de tu cotidianidad, de tus afectos, casi que de tus entrañas. Tu madre, tu mujer, tus críos, tu abuelita o tu mejor amiga van directo al hueco del inodoro. Apuesto cien a uno a que no tenías puta idea sobre el asunto.
    Total, que se me ocurrió de seguidas practicar un ejercicio de extensión. Son ciegos quienes no ven, por supuesto: Steve Wonder, José Feliciano o el señor que la otra vez cruzaba la calle con sus lentes de sol guiado por un Collie amaestrado. Pero en verdad tú o aquel otro o yo pulseamos la vida entera con tal oscuridad. Cualquiera que viste y calza como el mejor de los videntes es un ciego mondo y lirondo aunque nunca se le haya ocurrido siquiera imaginarlo.
    Así como descubrí la ceguera para los caretos, piensa en la gente que no ama y en esa otra que le pateó el culo a la bondad. Date cuenta  -menuda realidad que a diario nos aplasta la nariz-  de que el mundo se llenó de ciegos para el sentido común o para cuando menos olfatear esa cosa pastosa que llamamos lógica cotidiana. Embusteros compulsivos, mitómanos al por mayor, inventores de una realidad inexistente, hay de todo. Busca por los alrededores y verás cómo saltan los conejos: invidentes para el placer sexual -léase: anorgásmicos de toda ralea-, cegatos para la belleza, es decir, impedidos estéticos, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Me comprendes Méndez? Quién lo iba a decir, todos los males habidos y por haber bebiendo de la misma fuente pestilente, esa venda en los ojos que alguien dejó puesta justo en el ganglio adecuado para activar el horror hecho totalidad.
    Todos somos unos ciegos redomados. Apenas medio vemos, apenas vislumbramos a un palmo de nuestras narices gracias a que aún no nos ponen el parche sobre el nervio justo. Ya la puntería del francotirador hará de las suyas y al demonio el mecanismo para percibir cierta alegría, algún sentido de justicia, la sensualidad más arrebatadora y, en fin, agrégale después lo que te venga en gana. La ceguera es nuestro santo y seña, no faltaba más. Jamás lo hubiese sospechado.