5/01/2016

Teatro

    Así como los escritores proyectan vidas sobre el papel, yo las invento a diario en medio de las calles. Es una costumbre que lleva años, desde el día en que, aburrido, vi en la gente no el ir y venir de un colectivo haciendo diligencias, paseando o yendo de un lugar a otro por motivos de trabajo, sino el hecho fascinante de formar parte de una historia cuyos hilos movía yo a placer desde la acera.
    Me explico: alguna vez imaginé que esa mujer saliendo de su casa, sonriente y dispuesta a devorarse al mundo, en verdad huía luego de asesinar a su marido. Y aquel chico que abraza a su padre (¿es su padre?) mientras en un segundo plano esa niña (¿acaso la hermana?) observa como si nada, en realidad hace las veces de Judas Iscariote en pleno siglo XXI. Traiciona a alguien sin lugar a dudas,  es decir, otra vez la historia mordiéndose la cola. Conclusión: de niño aprendí a mirar los guiños que se cuelan entre escenas de transeúntes, al punto de que hoy por hoy llego a descubrir secretos, verdades ocultas, información clave usando el método infalible que, modestia aparte, me enorgullece haber creado desde que usaba pantalones cortos. No hay mejor teatro que las tablas de un café, de un mercado, de una zapatería. La vida ofrece un estreno a cada instante, actuaciones únicas, respuestas confinadas a permanecer bajo tierra y si te pones a ver, lo cierto es que no hay por qué resignarse a los enigmas que saturan la existencia. Caminas por ahí, observas cómo el heladero tiene que ver con la cajera de la panadería, cómo la carambola entre ellos dos y la chica que justo en ese instante pide su jugo mientras enciende un cigarrillo perfilan el entramado que, si hurgas bien, da la llave para resolver  interrogantes que te hacen la vida de cuadritos. Tienes la ventaja de que en semejante perfomance eres guionista, a veces actor, y por supuesto director.
    Un número cualquiera vislumbrado a través de una ventana, unas caricias en medio de la noche y a la luz del poste en un banco de la plaza, un drama entre amigos que charlan en el bar, eso y más ofrece el proscenio cotidiano que supera con creces a tanto grupo malo empeñado en montajes que jamás valdrán más que un mediocre intento. Así es, el día a día vomita sus enigmas, revela sus entrañas sólo con saber leerlo.
    Leer, de eso se trata. La gente lee en clave de escuela, pobrecitos, en negro sobre blanco. Yo leo a fuerza de situaciones irrepetibles que las circunstancias me ponen enfrente. Leo gestos, intenciones, relaciones, y noto las costuras que vinculan al perro que mueve la cola mientras el dueño lo acaricia con el último crimen ocurrido en la ciudad. Entonces meto la mano en la respuesta. Hay quienes entienden la borra del café, las cartas, el tabaco. Pamplinas. Yo entiendo la puesta en escena que te aplasta las narices y eso basta para ver las cosas desde la otra orilla.
    Haz el intento y verás. La próxima vez que salgas a la calle mira al tipo del kiosco y fíjate cómo el diálogo con  la señora que le pide El Nacional escupe la solución al problema de la bolsa. Te darás cuenta de que ese otro chiquillo, cuando mete el gol luego de cobrar la falta, pateó  la explicación que termina por saltarte al cuello. Gritarás eureka, lo juro.  Hazlo, hazlo y después terminas por contarme.

4/23/2016

La pantalla de mi Sony

    De niño juraba que un mundo como el nuestro existía en lo profundo de los televisores. Para que una película pudiera suceder, gente diminuta en medio de calles, sillas, vasos, casas, vehículos, escuelas, tiendas u hospitales tenía que vivir en las entrañas de esos aparatos. Es que las tecnologías eran cosa de otro mundo, una  dimensión ajena al muchacho que iba siendo. Lilliput cabía hasta las narices en los intestinos del tv y encenderlo suponía un vómito de historias como las que me gustaban.
    Cierta vez, asomándome por alguna hendija, creí ver a Supermán transformándose en Clark Kent y a Tarzán cayéndose a trompadas con una pantera. Cuanto le conté a mi madre sonrió con dulzura y cuando, emocionado, le confesé mi descubrimiento a un amigo del colegio, me miró con desprecio argumentando que un tv era sólo eso, un tv, y que si yo era pendejo él sí que no, pues hacía ya mucho que conocía el secreto de sus cavernas: allá adentro únicamente existen cables, tornillos, bobinas, tuercas y demás piezas aburridas.
    A veces tengo la impresión de que la memoria es un televisor incrustado en alguna región del cerebro, de modo que cuando lo encendemos aparecen en pantalla esas imágenes que nos obnubilan, nos hielan o nos espantan. Para más señas, cogemos el control remoto y en pleno zapping, si hay suerte, damos con la secuencia de unos besos, borrosos ya, probablemente en blanco y negro, o con el nacimiento de Lucía, la última de tus hijas, cuando todavía tenías cabello y mucha esperanza saliéndosete por los poros. En fin, la vida humana tiene bastante de historia novelesca, de puesta en escena televisiva al mejor estilo Delia Fiallo. Quién lo iba a decir.
    Quizás por eso pensamos en imágenes, quizás por eso soñamos en imágenes y quizás también por eso casi es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Total, que no es verdad la letanía simplona de que vivimos una época dominada por lo audiovisual cuyo corolario es el desplazamiento de lo escrito hacia un segundo o tercer plano. Lo dicho: atravesamos tiempos donde la impresión de la pupila marca una agenda que siempre nos coge por el cuello, aún desde los cavernícolas. Moraleja y conclusión: el televisor es la punta de un iceberg que se adentra en nuestra historia y va a parar a los dibujos de Altamira. Mira por dónde van los tiros.
    Así que cuando un sabihondo sentencia con el ceño fruncido que la pantalla de mi Sony es la culpable de la violencia en las calles o de que Juancito no se acerque a un libro, es decir, que no lea ni la o por lo redondo, lo pongo de patitas en la calle al muy cretino. Es que estamos hechos de imágenes, las llevamos embutidas como productos Oscar Mayer en la caja craneana, cuestión que ni es muy buena ni muy mala pero  sencillamente es. Dispongo del gatillo, o del control remoto, que viene a ser lo mismo. Preparo, apunto, fuego.

4/16/2016

La máquina del tiempo

    A veces los relojes se detienen, se adelantan o retroceden como echados en brazos de una máquina del tiempo. Sin ir muy lejos, pásale la vista a Maduro y sus secuaces: la Guerra Fría sigue presente, el Muro de Berlín continúa intacto, Gorbachov queda en el futuro más lejano y Nikita Kruschev hace de las suyas entre vodkas y ginebras con bastante hielo. Los sesenta lucen como nunca en los más tercos delirios que dinosaurio alguno pueda haber soñado en estas tierras.
    A veces el tiempo retrocede, digo, sin más explicaciones que la realidad monda y lironda: un coñazo en la nariz a fuerza de escasez, de colas, de ineptos en el gobierno, de inseguridad traducida en número cada vez más elevado de malandros por milímetro cuadrado. Supongo que gracias a semejante medio ambiente tengo un amigo que únicamente escucha discos de acetato y sólo ve películas en su televisor a blanco y negro, ya sabes, cuatro patas largas y pañito con florero encima, retro por donde lo mires. Para remate, escribe en una Remington y borra con typex o correctores líquidos, de modo que sus dedos llevan siempre salpicaduras blanquecinas producto del asedio a errores, letras, palabras y frases que son en el papel lo que virus y bacterias en el organismo. Menuda realidad.
    Hay gente maravillada, en estado de fascinación permanente porque este mes o el otro va a salir el juguetito nuevo de la Apple, el último grito de la Nokia, el non plus ultra de algunos aparatos japoneses. Mi amigo vive como el caracol que es, metido en su concha, y así como un glóbulo rojo es un glóbulo rojo y nada a favor del torrente sanguíneo chapoteando feliz entre plaquetas, leucocitos y demás adminículos por el estilo, él hace tiburoning en las playas del pasado, corre las olas del celuloide hecho vida cotidiana en súper 8 y cada minuto de su día exige un revelado Kodak, o en su defecto la instantánea polaroid que termina por escupir la camarita y ahí te ves, sonriendo mientras  vas directo a la posteridad.
    Tengo la impresión de que uno inventa su vida como Robert Louis Stevenson inventó sus novelas: a punta de imaginación y terquedad, y por supuesto algo de mala o buena suerte. Por eso mi amigo es un dechado de cosas extrañas, por supuesto, y también fabulosas. Maneja a la perfección el cóctel de la existencia entre retazos de imágenes llenas de telarañas y cabos sueltos hechos de remembranzas que poco a poco va labrando como si fuese un albañil del día a día. Entonces el pasado está aquí y el aquí en el pasado, asunto que sin querer va sonando ya como trabalenguas pero qué se puede hacer, total, si la vida es a veces una lengua trabada, lenguaje hecho añicos, sintaxis sin pie ni cabeza (pregúntale al gobierno) que mejor es dejar de lado para no jodernos el ahora con lamentos o tristezas que para qué te cuento.
    La otra vez fui a visitarlo y lo hallé escribiendo cartas para arrojarlas luego al buzón del correo ordinario. Había algunas en papel de biblia y más allá un cúmulo de postales  -sí, postales, imagínalas tal cual-  con imágenes descoloridas de avenidas, de edificios, de paisajes antiguos que apenas cabrán en el recuerdo. Me emocionó ver a alguien escribiendo la correspondencia de su puño y letra y pensé en qué diría don Pedro Suárez, hombre moderno como ninguno, si conociera a Clodoveo de Brindis Pérez, protagonista de esta historia. Me encojo de hombros y sigo mi camino.
    En un país despedazado como éste la máquina del tiempo estuvo ahí antes de soñarla. Abres los ojos, sales a la calle, despabilas un poco y la tienes enfrente. Quién iba a sospecharlo.

4/10/2016

Escenario psicosocial en Venezuela (entrevista)

Alirio Pérez Lo Presti, más que un amigo, es un hermano. Hicimos amistad desde los días merideños cuando ambos estudiábamos en la Universidad de los Andes y compartíamos vida cotidiana entre libros, academia, literatura, cervezas, librerías, juergas y tertulias que sabíamos cuándo empezaban pero jamás cuándo finalizaban. Dejo una entrevista imperdible que hace muy poco le hicieran a propósito de esta locura colectiva llamada Venezuela.

El link:  http://perezlopresti.blogspot.com/2016/04/escenario-psicosocial-en-venezuela.html

3/27/2016

Julio Cortázar y Carol Dunlop

La historia de amor entre Julio Cortázar y Carol Dunlop. Un documental que debió aparecer en 2014. Aquí un extracto de la obra:

http://cinealsur.blogspot.com/2014/02/documental-julio-carol-los-exploradores.html

2/28/2016

Gente y literatura

    Cuando era niño me daba por vincular ciertos objetos con personas. El Maverick del setenta y ocho tenía un parecido con mi tío Francisco que me dejaba helado. Una caja de chiclets Adams llevaba en sus entrañas el vivo retrato de algún primo, y así. Pues resulta que en plena adolescencia la literatura cobraba fisonomía particular, cargaba adentro parte de la humanidad que iba descubriendo en esa edad donde los días son volcanes en efervescencia permanente.
    Desde esa fecha vislumbré cierta extraña identidad en nosotros, tripartita para más señas, cuyo punto de fuga guardaba un fondo que me fascinaba. Los hombres eran como chorros de palabras, les colgaban del pellejo, de la voz, de la silueta, océanos de historias fraguadas a punta de literatura, nada menos. Eran como géneros literarios, de modo que develarlos poco a poco y desentrañarles huellas dactilares en el alma terminó siendo ocupación que absorbió buena parte de mis horas juveniles. La literatura como antropofagia, un caníbal que a la vuelta de la esquina te engulle sin dar explicaciones.
    Así como sucede en el hecho literario, un ser humano podía ser cuento, ensayo o novela, siempre en función del uso del lenguaje, de la disposición de comas y de puntos, de la construcción del tejido narrativo que terminaba por tragarlo de un bocado. Mi madre era sin dudas novelesca: amplia, anchurosa, con centenares de páginas a cuestas. En ella cabían todos los géneros, tal como demuestra el buen Balzac o el señor Dickens. En ella la vida equivalía a la Gran Sabana multiplicada por mil, al punto de que la comedia humana chapoteaba en el centro de mi casa, hecha carne y hecha huesos haciendo de las suyas por todos los rincones. Hay gente novela, sin la menor duda, condenada a ese papel y punto y fin, y eso no es bueno ni es malo, sólo es.
    Y hay quienes son cuento por donde los mires. Mi amigo Pedro Suárez, por ejemplo. Pedro es poeta, lo sé desde que la amistad terminó atravesándonos, pero lo que él nunca imaginó fue que resultaba un individuo cuento hasta la pared de enfrente. Tensionales y discretos, económicos en léxico y sintaxis, tales bichos sentencian el punto y final en tres párrafos máximo porque saben bien que el universo cabe en un puño, en un pañuelo, en la botella que comparten con quien sepa qué decir y cómo en el momento oportuno, ni más ni menos. Si un ser novela lleva el mundo adentro y lo expresa a cada instante en cuatroscientas veintinueve páginas, uno cuento escupe trazos de la galaxia empaquetados como si fuesen aspirinas. Y ahí te quedas.
    Pero la más rara y por eso la más extravagante es la gente ensayo. Aquí sí que los datos son un abuso de la estadística por aquello de las muestras insignificantes. Es que la cuentas con los dedos de una mano y sobran, mira cómo son las cosas. Sapientes, densos, con actos y gestos cargados de citas bibliográficas, cubiertos de fichas o anotaciones, enterrados en notas al pie y demás aparataje por el estilo, recuerdo a un amigo ensayo que es la viva información con sístoles y diástoles, sabiduría monda y lironda, qué se le va a hacer.
    Lo cierto es que me quedo con la novela y el cuento, cosa rara, porque en el plano de la hoja impresa un buen ensayo me atrapa y no me suelta. En fin, el mundo como biblioteca, como literatura que respira y puedes contemplarla en el café de la esquina y en el bar que está a dos cuadras. El universo entre anaqueles y Julio Verne yendo y viniendo como le da la gana, sentado contigo mientras da el último sorbo a su cerveza. Y Borges, y Garmendia, y Kapucinski entre tequilas y rones con bastante hielo. Quién lo hubiera sospechado.