7/26/2014

El humo del tabaco

    Sábado 26 de julio, tres y media de la tarde. Me acerco a uno de los pocos cafés que en esta ciudad mantiene una terraza  -destartalada, gris, pero terraza al fin-  y da cobijo a voces de cualquier pelaje. Dos borrachines conocidos en la mesa de al lado, tres señoras en la otra. El bebedor de más edad me ve y saluda como si fuese un amigo de toda la vida, dando la impresión de que se ha adueñado del mundo y sus alrededores. Devuelvo el saludo. Entonces pido mi taza, pido agua mineral, enciendo un Don Quijote -vaya nombre literario para un tabaco que me acompañará junto a Paul Auster y la hermosa edición de La música del azar que hallé hace poco en la Latina-.
    La señora gorda, en la otra mesa, abre un periódico y comenta algo en voz baja, luego sorbe un poco de su jugo para continuar gesticulando, diciendo, llevándose por delante cuanto problema echa afuera el manojo de papeles que tiene entre las manos. Logro pasar la vista por algunos titulares: nada extraordinario, el mismo país, siempre el idéntico reflejo transformado en tinta que una realidad desquiciada vomita a modo de tabloide vespertino. Acaban de atrapar  -resalta el titular-  a un funcionario del gobierno en Aruba. Sospechan de narcotráfico, o cosa parecida. Unas líneas más abajo apenas rozo cierto comentario sobre el “Comandante Eterno”. Blablablablá.
    A un caudillo. A eso terminó por rendirse este país. Tampoco es algo nuevo en la historia de América Latina e incluso de Occidente. No hay prácticamente pueblo alguno que se haya resistido en el transcurso de su devenir al canto de estas sirenas tan particulares. Un caudillo, mesías capaz de convertir en oro una tinaja llena de excrementos gracias a la varita mágica del lenguaje y su histrionismo, es justo el virus que recrudeció aquí desde hace tres lustros. Intelectuales, políticos, empresarios, estudiantes, gente de la calle, profesionales de todas la raleas, obreros, vagos, inteligentes, brutos redomados: un líder carismático no tiene miramientos, embruja y ya, engulle y ya, destruye y ya, tritura y ya. Y si no pregúntele a Heiddegger, pregúntele a quienes doblaron la cerviz frente a un Chávez con vértigos de popularidad, barbaridad y disparates. Pregúntele a Neruda o a Silvio Rodríguez, a Luis Alberto Crespo, Chalbaud, Pereira. La lista puede ser interminable.
    Doy una chupada y pienso en Camila. En Daniel. La única vacuna contra lo anterior es aprender que el populismo, en todos los planos de la existencia, termina siempre reventando la vajilla, demoliendo lo poco o mucho que estuviera en pie, cosa que supone educar desde el fondo, desde lo profundo, y a veces ni así. ¿Y cómo se aprende semejante asunto? Tómate tu tiempo, Daniel, abre bien los ojos y mira por dónde van los tiros, pequeña Camila. Se me ocurre ahora, vaya uno a saber por qué razón, que comprendas tú, y tú, que el mundo es bastante más que una hamburguesa, que lleva en sus entrañas mucho más que la clase de historia en el colegio. Ten en cuenta tú, y también tú, que el café descafeinado, que el edulcorante exigido con pomposidad por la señora de la mesa contigua cabe en la palma de la mano, es una minucia. Ten presente que también hay un La Tâche 1929 o un Montrachet dormitando en el olvido, que hay Edith Piaff y La vie en Rose  -¡cómo te fascina esa canción, chiquilla!-, y hay Jacques Brel y besos que se pueden dar bajo la lluvia. Abre el abanico, verás que hay otras cosas.
    Me da porque pienses, mientras caminas por una calle de pueblo atestada de transeúntes y de escombros en los que nadie repara, en lo afortunado, en lo afortunada que has sido al poder dar justo ese paseo y entristecerte o maravillarte por tanta cosa desapercibida. Siéntate en la mesa de un café sencillo y échale un vistazo al señor de enfrente que, vestido con sobria humildad, saca de una caja una pastilla y bebe con ella un sorbo de agua con la fe del universo puesta en su posible curación. La esperanza sólo existe cuando vamos siendo humanos.
    Deslízate hasta un lecho de enfermo, ve lo que hay en cualquier hospital desvencijado, ¿reconoces ahí el sufrimiento de los otros? ¿Los ves acompañados de la misericordia o la alegría que alguien regala? Anda, pasa y averígualo tú mismo, descúbrelo tú misma. Horrorízate o llénate de paz según el caso. Detente alguna vez ante el portal de una casona vieja y vislumbra cómo el tiempo hace tan bien lo suyo. Mira cómo los muros, grises, hunden sus uñas en épocas ya idas. Pásmate al pie de semejantes monumentos.
    Piensa en la alegría y en la tristeza, en la grandeza o mediocridad de una existencia humana. Busca respuestas en la calle, en los supermercados, en las panaderías, palacios y suburbios. Ve al teatro, entra al cine, escucha discos, devora los libros que quieras. Encontrarás de todo en ellos, tal como en la vida misma, y eso enseña.
    Si quieres afligir tu corazón llega a una parada en el centro y observa con cuidado una perrera, esos miserables trastos que hacen las veces de transporte público. Descubrirás ahí el lazo entre lo premoderno y lo moderno: una vía infecta olvidada por Caronte y sus acólitos. Averigua también quién es Caronte. Recuerda ahora que todos somos culpables y fíjate entonces que para hacer más pequeña esta verdad tienes que pensar por ti mismo, separar paja de trigo por ti misma, lo que al fin y al cabo requiere de esa libertad que sólo pudimos obtener después de mucha sangre derramada.
   Detente en lo mucho que te gusta la música, en el temblor de hoja que supone un poco de Mozart mientras escudriñas aquel libro, esta postal, una nota manuscrita y gozas cada línea como si fuese la última, hasta que alguien te interrumpe porque la cena estuvo lista.
    26 de julio, cinco y media de la tarde. Paul Auster continúa sobre la mesa. Doy otra bocanada: las volutas juegan a su antojo. Entonces pongo el bolígrafo a un lado y dejo de escribir. Suena el teléfono. En casa quieren que lleve no sé qué en spray para aflojar herrajes. Pido la cuenta, pago y me voy.

7/20/2014

Un clásico

Michelle, una hermosa y nostálgica canción de Gérard Lenorman.

El enlace: http://www.youtube.com/watch?v=sfQNSWM_eGI

Cosas raras

    La verdad es que las cosas cobran forma según el lente con que echemos el vistazo. Estoy de acuerdo: si algo es A o es B en función de mi capacidad para enfocar, entonces yo soy yo y mis circunstancias. Ortega no lo pudo ver más claro.
    Pero como toda regla dejaría de serlo si no llevara colgando del pescuezo su excepción, a veces uno, por mucho que entienda y suponga que en ciertos episodios incluso las excepciones superan numéricamente a las reglas, termina sorprendido por tanta cuestión rara que nos magulla la nariz.
    Yo, por ejemplo, tengo la costumbre de hablar solo. Demasiadas veces, cuando me da por fumar y contemplar o cuando alguna mortificación más honda me rasguña las entrañas, termino en voz alta sopesando variables y analizando rutas a tomar. Créame que el método es de lo mejor, cartesiano hasta los huesos. Voy a explicarme de inmediato: antes me bastaba con un paso menos en el procedimiento, es decir, llevaba a cabo lo que hasta entonces consideraba muy común y muy normal a la hora de enfrentar dificultades: problema+charla conmigo mismo= solución X, Y ó Z. Los resultados, claro, también eran de lo más normales. A veces llegaba la luz y se me iluminaban las entendederas, y en ocasiones   -debo decir que las más de las veces-  el producto de la ecuación me ponía enfrente la fatalidad en carne viva. Nada oculto bajo el sol.
    Pero vaya usted a saber por cuáles designios de la divinidad opté un buen día por autodiscutir, autocharlar, autorrebatir y autoargumentar en voz alta, y zas, casi de golpe los asuntos comenzaron a aclararse, los caminos a despejarse, las fabulosas soluciones a atravesarse, de modo que no me pareció práctico hacer a un lado de buenas a primeras tamaño descubrimiento. Hoy en día en los cafés, en las panaderías, a medio andar entre la casa y la oficina, pienso en voz alta cada quebradero de cabeza en procura de la rápida fortuna, en espera de la solución ideal para cada inconveniente. Nuevo mecanismo: problema+charla conmigo mismo+ levantamiento de la voz= P, donde P es el mejor de los resultados posibles. Diga usted si no vuelo ahora de lo aventajado.
    Pensar en voz alta, como se ve, es una maravilla, salvo por el desagradable hecho de que cualquiera pasa, te ve, y listo, eres  ya un  loco para siempre desde ese mismo instante. Te quedas con las tejas flojas para el resto de la puta vida. Fíjate que la gente es más rara de lo que uno suele imaginar. Yo soy yo y mis circunstancias, eso lo sé, razón por la que justamente debería importarme un rábano que me crean loco o majareta o chiflado o perturbado  y la madre que los parió. Pero oye, que el jaleo no es tan así. Entonces me da por suponer que esa verdad ortegueana anda escondida, como la mayoría de las verdades en este valle de lágrimas, y hay que sudar la gota gorda y buscarla hasta debajo de las piedras para que termine haciendo de las suyas.
    En cuanto a mí, pues vuelvo y digo, yo soy yo y mis circunstancias, así que al diablo con cada transeúnte que se erige en juez y en carcelero. Y ni qué hablar, con todo y eso sigo imaginando rarezas: hablo solo en la mesa del café y la pareja de al lado me observa como si anduviera desnudo, pero hablo solo mientras duermo y aquí no ha pasado nada. Hablo solo y por casualidad me observas y sales corriendo en busca del psiquiatra, pero hablo solo en la ducha mientras me enjabono y la vida sigue siendo color rosa. Sostengo, contra el universo entero y contra quienes juran lo contrario, que hablar solo en voz alta, lo he comprobado hasta el hartazgo, es tan normalito como hablar solo mientras piensas, no me vengas a estas alturas con que no. Quién lo hubiera imaginado: la cordura o la locura mediadas por un golpe de voz, vaya sumidero demencial.
    Como yo soy yo y mis circunstancias he llegado a la soberana conclusión de que hablar solo en silencio sí que es la perfecta variante de la locura colectiva. Son más los desquiciados practicándola comparados con quienes usan con soltura mi particular puesta en escena. Las estadísticas no se equivocan. Ahora mira, ja, a quién se le volaron los tapones y a quién no. Cosas raras, qué más da. Cosas sumamente raras.

7/10/2014

El descoñetamiento

    Jorge Giordani ha explotado. No pudo más. En una carta a su jefe se quita las pepitas de la lengua para entonar sus verdades a ritmo de pasodoble. No llegó al nido de sus últimos quince años para hacerle el juego a los mediocres, qué va, y hoy en día, según su cantaleta, va siendo hora de poner algunas molotov. ¡Bum!, qué personaje tan lleno de coraje.
    El cuento del yo no fui es comodín fabuloso para torear bien sean lloviznas o tormentas, de modo que la epístola del monje loco se abraza al redoble de la negritud que ya tenemos encima. Parece que el señor vislumbra cielos encapotados y prefiere poner las barbas en lugar mojado: amigos, todo andaba lindo hasta que llegó Maduro.
    Si lo que dice en su panfleto es cierto, entonces Giordani no es menos que un vulgar cómplice. Casi tres lustros disponiendo e inventando a su antojo lo hacen corresponsable del desastre económico que Hugo y sus secuaces obsequiaron al país. Maduro, pobrecito, aún con el campeonato de torpeza que se ha embolsillado a punta de talento, no pudo lograr tierra arrasada en seis meses. Tal saco de gatos es herencia de Hugo Chávez, amo y señor de la cabeza más disparatada entre las muchas que adornan el jardín florido de la izquierda retrógrada continental. No es concha de ajo. Giordani, sin que le tiemble un pelo de la vergüenza que alguna vez debió tener, reconoce en su misiva la podredumbre del gobierno, el desagüe institucional del Estado. ¿En qué lugar se encontraba mientras tanto? Construyendo el Paraíso Terrenal, no cabe duda.
    Entonces uno se rasca la cabeza y se pregunta: ¿cuáles polvos trajeron estos lodos?, y entonces uno se continúa rascando y se responde: en primer lugar el liderazgo mesiánico, de la mano con el populismo más atroz, y en segundo la  fe ciega en alucinaciones tipo Socialismo del Siglo XXI. Sigue el interrogatorio: ¿a quién se le ocurre tal delirium tremens?, a un superfilósofo apellidado Dieterich. ¿Y quién se presta a hacerlo realidad? El señor Chávez, no faltaba más, con el espaldarazo de un genio cuyo nombre es Jorge, mira qué cuchi va saliendo todo. Ceresole, Fidel Castro y la pléyade de estrellas que ha sido el alto gobierno a lo largo y ancho del manicomio chavista pusieron el resto.
    La carta de Giordani tiene mucho de esa condición que atraviesa a cuanto político brilla en la constelación de gobiernos manirrotos e irresponsables en Latinoamérica. Me refiero a la pésima costumbre de culpar a otros por las miserias particulares. Todo tercermundista lleva en el chaleco su lista de culpables, desde Estados Unidos, pasando por el mundo desarrollado en pleno y hasta los extraterrestres, si el caso lo amerita. Una excusa también es una magnífica razón.
    El yo no fui giordianesco cabe en la palma de la mano. Entonces usted se lo acerca a los ojos, lo hurga, le mira el pelaje gris para luego comprobar que un país hecho añicos, que el descoñetamiento espeluznante del que hoy somos beneficiarios pasa por un par de hechos que desde el Ejecutivo nos magullan el alma: ineptitud y desvergüenza, con la ñapa de un  cinismo hundido hasta los huesos. La primera es más que obvia, putrefacción inherente al gobierno revolucionario desde que se apoltronó en Miraflores, y la segunda es parte y consecuencia de la anterior, es decir, la ineptitud a flor de piel, monda y lironda, sin guayucos u otros taparrabos imaginables.
    No voy a llenar estas cuartillas con cifras y datos que dan cuenta de Chávez y Maduro como gamelotes de la administración pública. La patética realidad venezolana es una lápida que pesa un universo, el mismo que en tantas ocasiones quisieron concretar los hermanitos Castro, los Pol Pot, los Stalin de este mundo y que terminó pulverizado y pulverizándolos. Escribo más para el mañana, para mis hijos, para decirles únicamente que en asuntos de  Estado son necesarios estadistas, y que una nación, para salir adelante, tiene alguna vez que desprenderse a dentelladas de tanto enano intelectual, de tanto demagogo pretendiendo labrar el Paraíso en sólo cuestión del tiempecito que se les regale en el poder, el máximo posible, por supuesto,  y sin contrapesos que fastidien la misión celestial para la que lógicamente nacieron. Chequecito en blanco que con puntualidad de reloj suizo otorga una y otra vez la gente en estas geografías sin que se les mueva una hebra de la cabellera.
    Hay que aprender las lecciones, sacar pecho, alzar la frente y continuar. Venezuela parece hacerlo al estilo paquidermo, de modo que aún  -y quién sabe hasta cuándo-  chapoteamos en semejantes lodazales. Un  día estos señores tendrán que refocilarse en Cuba, en Corea del Norte o en ese lugarejo que el buen Dante dibujó tan divinamente bien. Todos son uno y lo mismo. Saque usted sus conclusiones.

7/02/2014

Aquí no se ponga...

Filosofía de la oficina.

6/27/2014

Calle Bolívar, cine Principal

    La infancia suele ofrecernos el tiempo perfecto para ser felices. Me refiero a la felicidad absoluta, por supuesto, y no a esa otra que luego, años después, intentamos mordisquear de a ratos mientras dura la adultez.
    En mi caso ser feliz va aparejado al cine que, a cuadra y media de la casa, llevaba en las entrañas la posibilidad de darle un puntapié a la vida cotidiana. Bud Spencer y Terence Hill, Bruce Lee y la “Operación Dragón”, Mario Moreno haciendo de las suyas, todo esto suponía entrarle a las cosas por su lado menos rígido, más alegre, diferente por donde lo vieras de ese modo tan cargado de bostezo que tenían los días cuando sólo el colegio, los deberes, la hojarasca rutinaria  -pesada como una montaña-  se arrojaba sobre mí.
    Confieso con la nostalgia del caso que el cine Principal, lugarejo clave en horas de la adolescencia, invadió a su antojo el corazón de un puñado de manganzones ávidos de respirar otros aires. La Upata de esos tiempos, echada en brazos del V.H.S., de los patines en la plaza, del mundial México 86 o de las permanentes luciendo furiosas en las cabelleras de cuanta quinceañera se paseara por la calle, fue un pueblo que sin pena ni gloria daba cobijo a la anarquía en medio de sus inamovibles coordenadas: 8°1’00’’ de latitud norte y 62°24’0’’W de longitud.
    Entonces el cine latía a fuerza de sístoles y diástoles arrastrándonos por las aguas de la imaginación, haciéndonos intuir que en ese rayo de luz cabía también, aparte de la carcajada fácil o la evasión más oportuna, la mirada diferente que inventaba un mundo cuando menos más interesante, jamás antes contemplado.
    No era poca cosa. Me atrevo a sostener que para mi generación el cine Principal, a pocos metros de ese otro tesoro gigantesco que fue la plaza Bolívar, significa hoy pilar de valor incalculable a la hora de evocar aquellos años. Los primeros besos, las primeras novias, los primeros cigarrillos, los primeros tragos de un ron más que barato a pico de la carterita que corría de mano en mano entre los amigotes, las primeras piernas dibujándose bajo nuestras manos, las primeras, en fin, caminatas por la arena de una playa llamada descubrimiento. Ahí, en las butacas del cine Principal contemplamos mil y una películas, excelentes, buenas, regulares, malas y malísimas, y vi proyectado asimismo el despliegue de mi propio encuentro con la condición adulta.
    El cine de cinco, de siete, de nueve, todas las funciones colmaron los bolsillos donde danzaban entremezclados algunas monedas, un chocolate, una caja de chiclet’s o las simples manos vacías. Viéndolo bien, mi amor por la pantalla grande, mi interés por la forma en que una buena película da en el clavo al momento de poner la vida patas arriba y sacudirla, nace en la inmensa sala del Principal, hoy guarida de un supermercado chino en el que escasean la Harina Pan, los pañales y el aceite junto con los gritos destemplados de la muchedumbre porque la película había sido cortada. Joder, cómo pasa el tiempo. Hay que ver.
    Todas las veces que soñé con una chica, en las muchas o pocas ocasiones que tuve para sentirme a solas con ella, salir al cine y convidarla a ver “Flashdance” supuso el modo expedito de, llegado ese momento no apto para cardíacos, acercar mi mano a la suya y jugarme el premio gordo de la lotería. El cine fue más que el cine, y ahí, a oscuras, la película que iba siendo mi propia existencia, con sus esperanzas a cuestas, con la alegría del romance o la bofetada a punto, terminaba fundida con la historia de Richard Gere y Debra Winger en “Reto al destino” o con las ocurrencias de Buster Keaton en sus múltiples variantes. Coronar un amor a la saga de Robby Benson y Lynn-Holly Johnson en “Castillos de Hielo”, música de fondo de Melissa Manchester fue, lo reconozco a miles de kilómetros andados, el non plus ultra de un idilio tantas veces esperado.
    Siempre he tenido la sensación de que la realidad parece en ocasiones un plató de filmación. Y no es para menos: el cine, desde la lejana infancia, llegó a constituir el día a día, ese punto de fuga que es lo cotidiano como centro y señor de todas las verdades. La vida, ni más ni menos, como sucedánea de una obra de arte.  

6/24/2014

Mañana soñé contigo

    Mañana tuve una idea y ayer la voy a concretar.  A veces el pasado está a la vuelta de la esquina, entonces pisas el acelerador para avanzar, para hacer más corta la distancia entre el hoy y el ayer, de modo que la bruma desaparece poco a poco, las telarañas caen desvencijadas, el polvo abandona muebles y anaqueles.
    Pienso en el mañana, qué delicia, y las imágenes brillan con ahínco: los ochenta, mi infancia en los setenta, los Beatles una década antes, la caída de Pérez Jiménez, la dictadura gomecista, el siglo XIX y demás señas. Mañana tuve una idea y ya sabes, como todas las ideas ésta lleva el fuego de lo posible, el pleno ayer en sus entrañas. El otro día, martes de la semana próxima para hablar con propiedad, a un amigo se le saltaron las lágrimas recordando el porvenir, dejando adrede que la nostalgia invadiera algunas reminiscencias, tiempos que vendrán, épocas con el sabor picoso y añejo del futuro.
    Tuve una idea, mañana tuve una idea que estoy seguro cumpliré en el mediano plazo, en un pasado, fíjate, no muy distante, porque una cosa sí que es cierta, te duermes en los laureles y te lleva la corriente, te aplasta el tremedal, así que más vale pensar en el pasado, en tu pasado y lo que esperas realizar en él hasta desearlo incluso con los huesos, luchar a brazo partido, conquistarlo sin excusas vanas.
    En  más de una ocasión he escuchado que la esperanza es lo último en perderse. Sé muy bien que esta sentencia encierra una verdad cargada de utopía, saturada de entusiasmo. Imaginar la vida dentro de diez, veinte, treinta años, vislumbrar ese pasado luminoso, echar de menos el futuro que mañana mismo, ahí, a la vuelta de la esquina, era un presente con bastante gris y poco rosa, todo esto, digo, es el acicate para labrar a pulso épocas antañas, prueba tajante, inobjetable, de que lo mejor comienza apenas, de que lo pretérito se acerca indetenible y te muerde los talones, viene, te empapa con su promesa bien trajeada.
    Cada vez que hurgo en el futuro doy por sentado que la historia es un trabajo para fontaneros, es decir, mueves una tuerca aquí, das unos martillazos por allá, al punto de abrirle paso a la memoria como si fuese un desagüadero. Se forman espejismos, claro, zonas de incertidumbre quieta, inamovible, que el mañana se encarga de encajarte entre ceja y ceja.  La verdad sea dicha: de fontanero sólo un poco, de dinamitero todo. Construir los tiempos idos a fuerza de mandar al diablo esa parálisis metida de cabeza en el futuro pluscuamperfecto que viviste hace tantos años ya.
    Las décadas entrantes quedan para la historia, bolitas de naftalina haciendo de las suyas. Lo cierto es que si te empeñas el ayer ofrece su mejor semblante, previo plan de conquista al más cojonudo estilo de un orfebre. El futuro ya pasó, eso lo sabes, pero del pasado recoges en las manos la utopía y la distopía, lo posible y lo imposible, lo que sin dudas, escríbelo, llegará para ti, de manera que cinco lustros hacia atrás y plaf, accedes a tu particular nirvana, a tu realidad soñada, siempre y cuando el esfuerzo y el sudor y toda la parafernalia. Mañana tuve una idea y ayer la voy a concretar, créeme. Cuestión de empecinarse un poco y agarrar el toro de lo que se fue por los cuernos. Siempre guardé mis esperanzas en un pasado mejor, pues él nos pertenece como el sudor a los poros, el guante a la mano o el lomo de gato a la caricia. Mañana tuve una idea, júralo. Ayer la voy a cumplir. Punto.