9/08/2014

El otro espejo

    Hay quienes piensan que ver es abrir los ojos y contemplar el panorama, pero la verdad es que éste es un verbo indócil por donde lo mires. Claro está, levantas los párpados y miras, ves las nubes en el cielo o a tu tía Berenice dándose  fresco con el abanico, pero yo hablo aquí de otras rutas menos evidentes. Voy a tratar de explicarme.
    Guardo objetos en mi casa que han estado conmigo (o yo con ellos, o ambas  cosas, vaya uno a saber) desde que tengo uso de razón. Primero en la de mis padres y luego en la mía. Ése fue el camino andado. Trozos de memoria en plena cotidianidad, petrificados, guiñándome un ojo cada vez que nos topamos frente a frente. Un juego de tazas de café, una polvera de cristal que mi abuela usaba a diario luego de su ducha, un estuche de madera, estrellado,  siempre sobre el tramo inferior de una mesa de ratán. Después de tantos años, cada vez que los observo en dos o tres lugares que mis manos y el azar inventaron para ellos, se enciende el mecanismo que desencadena imágenes, olores, escenas resucitadas en muchas ocasiones del modo menos oportuno. Una visita, pongo por caso. Estamos en la sala, charlando alegremente sobre literatura o cine o economía o política y entonces miro de reojo la caja de madera que asoma su timidez desde lo alto de la biblioteca. Nada qué decir, las opiniones del señor Alfredo se convierten en ecos de una realidad perdida, los gestos de doña Paula, su simpática mujer, son ya material de fondo gelatinoso, una puesta en escena sin importancia porque mi padre enciende su pipa con aquél gesto de desenfado que ya a mis ocho años era la más viva muestra de que el disfrute total, la felicidad absoluta metida en un instante podía existir aunque a veces no lo pareciera, y sí, mi padre enciende su pipa, da bocanadas, me relaja y me divierte y es magia pura tanto humo saliendo de su boca. Casi sin darme cuenta sus manos manipulan otra vez la caja de fósforos, sacan un nuevo palillo, lo encienden, mientras  a la velocidad del rayo acercan esa antorcha hasta la chimenea. Queda el aroma, queda una nube azulísima, queda, sobre el cojín del sofá, un atado de tabaco Caporal que luego irá al bolsillo de una camisa verde mar. Paula termina, o continúa, qué voy a saber yo, sus disquisiciones sobre la inflación, los impuestos y el puto gobierno y noto que me mira como a bicho raro, y su marido, el buen Alfredo, y todos, absolutamente todos, verdaderos entomólogos con malas pulgas contemplando al octópodo que yace enfrente.
    Recuerdo con precisión gestos, sensaciones, inflexiones de voz, ciertos brillos de pupila. Vienen diálogos enteros, extraños pero vivos, alrededor de esos objetos. Veo a mi madre limpiándolos con un paño, pasándoles la mano, soplando aquí y allá, a mi abuela recién salida del baño con manchas blanquecinas de Jean Marie Farine en el cuello. Todo regresa al instante, todo entremezclado y ordenado a la vez. Esos objetos están aquí pero no están, son la prueba fehaciente de que también somos lo que recordamos, y lo que recordamos viene empaquetado en cápsulas que a veces te rodean como si fueses una isla en plena rutina de una mañana de un jueves. Es mentira que la realidad es hoy, es falso que el presente es todo cuanto tienes. Me da la impresión de que lo real es una maraña de convenciones, de accidentes infinitos, de presentes y pasados e incluso futuros. Es un puñado de memoria o de anhelos o de sueños entremezclados con mucha duermevela. Cortázar lo percibió sin dudas: “Soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja de sueño”. Menuda puntería.
    La polvera, el juego de tazas de café, están ahí, reciben mi reflejo, rasguñan, escarban en los muros que uno termina por llegar a ser hasta dar con esas piezas, fósiles que llevamos dentro, porque somos muro y somos asimismo lechos incrustados de amonitas, rocas del Terciario, huesos petrificados y otros misterios por el estilo.  
    Mucha gente jura que mirar es abrir los ojos y contemplar el panorama. Pues ahora que lo pienso tienen toda la razón, sólo que ver implica entonces asomarse a un abismo que produce vértigo, tan grande que estás cogido por el cuello, obligado a vislumbrar otros asuntos, además del panorama. Ciertos objetos, en mi casa, son una especie rara en el gigantesco muestrario de cosas que suele uno arrinconar en sus estancias. Yo lo sé y ellos lo saben. Un modo de mirarme en espejos diferentes. Eso es.

9/03/2014

Un clásico

O mejor... dos clásicos: Rosario Flores y "Palabras de amor". El link:

http://www.youtube.com/watch?v=ndIHsELruNc

8/27/2014

La historia, otra vez

    Como muchos, yo también admiré en Israel su capacidad de construcción. Ese Estado que nació en el siglo XX en pocas décadas fue capaz de levantar un vergel  -tal es el lugar común-  sobre la aridez más asfixiante.
    En muy contadas ocasiones el lugar común ha sido tan cabal y cierto. Luego de una diáspora cuyo centro neurálgico fue la esperanza en la Tierra Prometida, el pueblo israelí  hizo un país, un nicho, una patria geográficamente real, levantó una democracia, y con asombro para el mundo fue quemando etapas, persiguiendo el desarrollo a la velocidad del rayo. Cada día más sus condiciones de vida mejoraron y no es exagerado afirmar que, con toda certeza, aleccionaron a quienes dudaban de su asentamiento y despegue.
    Florecer en el desierto, crecer en lo económico, brindar sanidad y educación, todo ello comporta un hacer que ya quisieran otros para sí. El holocausto significó una vergüenza para la especie  que no debe jamás repetirse. Los judíos lo superaron, emergieron del infierno al que fueron obligados a descender, y dejaron constancia de lo que es capaz el espíritu humano cuando se decide a permanecer, crear y trascender.
    A veces, sin embargo, las lecciones que arroja la historia resbalan incluso por la epidermis menos tersa. Quiero decir, parecieran no penetrar, o hacerlo mal, lo cual es igualmente lamentable. El fin del conflicto israelí-palestino implica el mutuo reconocimiento, o sea, el hecho objetivo  de que ambas partes compartan la verdad incuestionable, e inevitable, de que deben coexistir. Coexistir sin entrematarse, es lo que pretendo enfatizar. Y da la impresión de que el gobierno de Israel  -o sus gobiernos sucesivos, para ser más claro-  no ha asimilado la enseñanza que, por haber sido el pueblo judío protagonista en carne viva, tuvo que internalizar con mayor tino: no infligirle a otros el padecimiento que fue parte de su realidad en razón de la estupidez y la ceguera del poder. Hoy en día Palestina vive su holocausto, sufre la agresión salvaje de un país que, bajo el pretexto de la propia defensa, diezma y derrama sufrimientos indecibles a una población civil que al presente suma una carnicería de niños volados en pedazos, ancianos, hombres y mujeres víctimas de una matanza que jamás debió ocurrir.
    Es cierto que todo país goza del legítimo derecho a protegerse. Es verdad que Hamas practica el terror pero su fundamentalismo, hay que decirlo, en poco se diferencia de ese otro que usa las bombas en función del arrase total. Algunos vecinos de Israel han afirmado su pretensión de borrarlo del mapa. Es lo que promueve aquél contra Palestina, vista la brutalidad y desproporción de los ataques en la Franja de Gaza. El terrorismo de Hamas no va a acabarse con el terrorismo del gobierno judío.
    Por fortuna, ha habido y hay gente que piensa en la realidad beligerante entre Israel y Palestina. Intelectuales judíos y árabes  -Edward Said hace algún tiempo, Daniel Gavron, Azmi Bishara, Amos Oz, entre otros-  se han tomado en serio la necesidad de hacer propuestas para la paz, de escribir, de debatir, de alzar la voz con valentía a propósito de lo que viene ocurriendo en el Medio Oriente, y eso, más temprano que tarde, se hace sentir, aporta espacios de reflexión que tanta falta hacen en medio de las tensiones y las balas.
    Repito lo que de cierto modo dije antes: tanto Israel como Palestina tendrán que reconocerse mutuamente como Estados soberanos, como realidades que están ahí y están, además,  para quedarse. Tal reconocimiento implica, desde luego, dar y recibir, obtener pero también ceder. El respeto, la admiración que mereció el Estado de Israel en su afán de labrar, de construir para la vida está siendo acribillado, bombardeado por él mismo, con la misma fuerza que castiga a otro pueblo mucho menos poderoso y con idéntico derecho a existir, autodeterminarse y vivir en paz. En algún momento, ojalá que sea muy pronto, la locura en Gaza tendrá que cesar. Quizás en ese entonces la paz se encuentre más cerca esta vez.

7/26/2014

El humo del tabaco

    Sábado 26 de julio, tres y media de la tarde. Me acerco a uno de los pocos cafés que en esta ciudad mantiene una terraza  -destartalada, gris, pero terraza al fin-  y da cobijo a voces de cualquier pelaje. Dos borrachines conocidos en la mesa de al lado, tres señoras en la otra. El bebedor de más edad me ve y saluda como si fuese un amigo de toda la vida, dando la impresión de que se ha adueñado del mundo y sus alrededores. Devuelvo el saludo. Entonces pido mi taza, pido agua mineral, enciendo un Don Quijote -vaya nombre literario para un tabaco que me acompañará junto a Paul Auster y la hermosa edición de La música del azar que hallé hace poco en la Latina-.
    La señora gorda, en la otra mesa, abre un periódico y comenta algo en voz baja, luego sorbe un poco de su jugo para continuar gesticulando, diciendo, llevándose por delante cuanto problema echa afuera el manojo de papeles que tiene entre las manos. Logro pasar la vista por algunos titulares: nada extraordinario, el mismo país, siempre el idéntico reflejo transformado en tinta que una realidad desquiciada vomita a modo de tabloide vespertino. Acaban de atrapar  -resalta el titular-  a un funcionario del gobierno en Aruba. Sospechan de narcotráfico, o cosa parecida. Unas líneas más abajo apenas rozo cierto comentario sobre el “Comandante Eterno”. Blablablablá.
    A un caudillo. A eso terminó por rendirse este país. Tampoco es algo nuevo en la historia de América Latina e incluso de Occidente. No hay prácticamente pueblo alguno que se haya resistido en el transcurso de su devenir al canto de estas sirenas tan particulares. Un caudillo, mesías capaz de convertir en oro una tinaja llena de excrementos gracias a la varita mágica del lenguaje y su histrionismo, es justo el virus que recrudeció aquí desde hace tres lustros. Intelectuales, políticos, empresarios, estudiantes, gente de la calle, profesionales de todas la raleas, obreros, vagos, inteligentes, brutos redomados: un líder carismático no tiene miramientos, embruja y ya, engulle y ya, destruye y ya, tritura y ya. Y si no pregúntele a Heiddegger, pregúntele a quienes doblaron la cerviz frente a un Chávez con vértigos de popularidad, barbaridad y disparates. Pregúntele a Neruda o a Silvio Rodríguez, a Luis Alberto Crespo, Chalbaud, Pereira. La lista puede ser interminable.
    Doy una chupada y pienso en Camila. En Daniel. La única vacuna contra lo anterior es aprender que el populismo, en todos los planos de la existencia, termina siempre reventando la vajilla, demoliendo lo poco o mucho que estuviera en pie, cosa que supone educar desde el fondo, desde lo profundo, y a veces ni así. ¿Y cómo se aprende semejante asunto? Tómate tu tiempo, Daniel, abre bien los ojos y mira por dónde van los tiros, pequeña Camila. Se me ocurre ahora, vaya uno a saber por qué razón, que comprendas tú, y tú, que el mundo es bastante más que una hamburguesa, que lleva en sus entrañas mucho más que la clase de historia en el colegio. Ten en cuenta tú, y también tú, que el café descafeinado, que el edulcorante exigido con pomposidad por la señora de la mesa contigua cabe en la palma de la mano, es una minucia. Ten presente que también hay un La Tâche 1929 o un Montrachet dormitando en el olvido, que hay Edith Piaff y La vie en Rose  -¡cómo te fascina esa canción, chiquilla!-, y hay Jacques Brel y besos que se pueden dar bajo la lluvia. Abre el abanico, verás que hay otras cosas.
    Me da porque pienses, mientras caminas por una calle de pueblo atestada de transeúntes y de escombros en los que nadie repara, en lo afortunado, en lo afortunada que has sido al poder dar justo ese paseo y entristecerte o maravillarte por tanta cosa desapercibida. Siéntate en la mesa de un café sencillo y échale un vistazo al señor de enfrente que, vestido con sobria humildad, saca de una caja una pastilla y bebe con ella un sorbo de agua con la fe del universo puesta en su posible curación. La esperanza sólo existe cuando vamos siendo humanos.
    Deslízate hasta un lecho de enfermo, ve lo que hay en cualquier hospital desvencijado, ¿reconoces ahí el sufrimiento de los otros? ¿Los ves acompañados de la misericordia o la alegría que alguien regala? Anda, pasa y averígualo tú mismo, descúbrelo tú misma. Horrorízate o llénate de paz según el caso. Detente alguna vez ante el portal de una casona vieja y vislumbra cómo el tiempo hace tan bien lo suyo. Mira cómo los muros, grises, hunden sus uñas en épocas ya idas. Pásmate al pie de semejantes monumentos.
    Piensa en la alegría y en la tristeza, en la grandeza o mediocridad de una existencia humana. Busca respuestas en la calle, en los supermercados, en las panaderías, palacios y suburbios. Ve al teatro, entra al cine, escucha discos, devora los libros que quieras. Encontrarás de todo en ellos, tal como en la vida misma, y eso enseña.
    Si quieres afligir tu corazón llega a una parada en el centro y observa con cuidado una perrera, esos miserables trastos que hacen las veces de transporte público. Descubrirás ahí el lazo entre lo premoderno y lo moderno: una vía infecta olvidada por Caronte y sus acólitos. Averigua también quién es Caronte. Recuerda ahora que todos somos culpables y fíjate entonces que para hacer más pequeña esta verdad tienes que pensar por ti mismo, separar paja de trigo por ti misma, lo que al fin y al cabo requiere de esa libertad que sólo pudimos obtener después de mucha sangre derramada.
   Detente en lo mucho que te gusta la música, en el temblor de hoja que supone un poco de Mozart mientras escudriñas aquel libro, esta postal, una nota manuscrita y gozas cada línea como si fuese la última, hasta que alguien te interrumpe porque la cena estuvo lista.
    26 de julio, cinco y media de la tarde. Paul Auster continúa sobre la mesa. Doy otra bocanada: las volutas juegan a su antojo. Entonces pongo el bolígrafo a un lado y dejo de escribir. Suena el teléfono. En casa quieren que lleve no sé qué en spray para aflojar herrajes. Pido la cuenta, pago y me voy.

7/20/2014

Un clásico

Michelle, una hermosa y nostálgica canción de Gérard Lenorman.

El enlace: http://www.youtube.com/watch?v=sfQNSWM_eGI

Cosas raras

    La verdad es que las cosas cobran forma según el lente con que echemos el vistazo. Estoy de acuerdo: si algo es A o es B en función de mi capacidad para enfocar, entonces yo soy yo y mis circunstancias. Ortega no lo pudo ver más claro.
    Pero como toda regla dejaría de serlo si no llevara colgando del pescuezo su excepción, a veces uno, por mucho que entienda y suponga que en ciertos episodios incluso las excepciones superan numéricamente a las reglas, termina sorprendido por tanta cuestión rara que nos magulla la nariz.
    Yo, por ejemplo, tengo la costumbre de hablar solo. Demasiadas veces, cuando me da por fumar y contemplar o cuando alguna mortificación más honda me rasguña las entrañas, termino en voz alta sopesando variables y analizando rutas a tomar. Créame que el método es de lo mejor, cartesiano hasta los huesos. Voy a explicarme de inmediato: antes me bastaba con un paso menos en el procedimiento, es decir, llevaba a cabo lo que hasta entonces consideraba muy común y muy normal a la hora de enfrentar dificultades: problema+charla conmigo mismo= solución X, Y ó Z. Los resultados, claro, también eran de lo más normales. A veces llegaba la luz y se me iluminaban las entendederas, y en ocasiones   -debo decir que las más de las veces-  el producto de la ecuación me ponía enfrente la fatalidad en carne viva. Nada oculto bajo el sol.
    Pero vaya usted a saber por cuáles designios de la divinidad opté un buen día por autodiscutir, autocharlar, autorrebatir y autoargumentar en voz alta, y zas, casi de golpe los asuntos comenzaron a aclararse, los caminos a despejarse, las fabulosas soluciones a atravesarse, de modo que no me pareció práctico hacer a un lado de buenas a primeras tamaño descubrimiento. Hoy en día en los cafés, en las panaderías, a medio andar entre la casa y la oficina, pienso en voz alta cada quebradero de cabeza en procura de la rápida fortuna, en espera de la solución ideal para cada inconveniente. Nuevo mecanismo: problema+charla conmigo mismo+ levantamiento de la voz= P, donde P es el mejor de los resultados posibles. Diga usted si no vuelo ahora de lo aventajado.
    Pensar en voz alta, como se ve, es una maravilla, salvo por el desagradable hecho de que cualquiera pasa, te ve, y listo, eres  ya un  loco para siempre desde ese mismo instante. Te quedas con las tejas flojas para el resto de la puta vida. Fíjate que la gente es más rara de lo que uno suele imaginar. Yo soy yo y mis circunstancias, eso lo sé, razón por la que justamente debería importarme un rábano que me crean loco o majareta o chiflado o perturbado  y la madre que los parió. Pero oye, que el jaleo no es tan así. Entonces me da por suponer que esa verdad ortegueana anda escondida, como la mayoría de las verdades en este valle de lágrimas, y hay que sudar la gota gorda y buscarla hasta debajo de las piedras para que termine haciendo de las suyas.
    En cuanto a mí, pues vuelvo y digo, yo soy yo y mis circunstancias, así que al diablo con cada transeúnte que se erige en juez y en carcelero. Y ni qué hablar, con todo y eso sigo imaginando rarezas: hablo solo en la mesa del café y la pareja de al lado me observa como si anduviera desnudo, pero hablo solo mientras duermo y aquí no ha pasado nada. Hablo solo y por casualidad me observas y sales corriendo en busca del psiquiatra, pero hablo solo en la ducha mientras me enjabono y la vida sigue siendo color rosa. Sostengo, contra el universo entero y contra quienes juran lo contrario, que hablar solo en voz alta, lo he comprobado hasta el hartazgo, es tan normalito como hablar solo mientras piensas, no me vengas a estas alturas con que no. Quién lo hubiera imaginado: la cordura o la locura mediadas por un golpe de voz, vaya sumidero demencial.
    Como yo soy yo y mis circunstancias he llegado a la soberana conclusión de que hablar solo en silencio sí que es la perfecta variante de la locura colectiva. Son más los desquiciados practicándola comparados con quienes usan con soltura mi particular puesta en escena. Las estadísticas no se equivocan. Ahora mira, ja, a quién se le volaron los tapones y a quién no. Cosas raras, qué más da. Cosas sumamente raras.

7/10/2014

El descoñetamiento

    Jorge Giordani ha explotado. No pudo más. En una carta a su jefe se quita las pepitas de la lengua para entonar sus verdades a ritmo de pasodoble. No llegó al nido de sus últimos quince años para hacerle el juego a los mediocres, qué va, y hoy en día, según su cantaleta, va siendo hora de poner algunas molotov. ¡Bum!, qué personaje tan lleno de coraje.
    El cuento del yo no fui es comodín fabuloso para torear bien sean lloviznas o tormentas, de modo que la epístola del monje loco se abraza al redoble de la negritud que ya tenemos encima. Parece que el señor vislumbra cielos encapotados y prefiere poner las barbas en lugar mojado: amigos, todo andaba lindo hasta que llegó Maduro.
    Si lo que dice en su panfleto es cierto, entonces Giordani no es menos que un vulgar cómplice. Casi tres lustros disponiendo e inventando a su antojo lo hacen corresponsable del desastre económico que Hugo y sus secuaces obsequiaron al país. Maduro, pobrecito, aún con el campeonato de torpeza que se ha embolsillado a punta de talento, no pudo lograr tierra arrasada en seis meses. Tal saco de gatos es herencia de Hugo Chávez, amo y señor de la cabeza más disparatada entre las muchas que adornan el jardín florido de la izquierda retrógrada continental. No es concha de ajo. Giordani, sin que le tiemble un pelo de la vergüenza que alguna vez debió tener, reconoce en su misiva la podredumbre del gobierno, el desagüe institucional del Estado. ¿En qué lugar se encontraba mientras tanto? Construyendo el Paraíso Terrenal, no cabe duda.
    Entonces uno se rasca la cabeza y se pregunta: ¿cuáles polvos trajeron estos lodos?, y entonces uno se continúa rascando y se responde: en primer lugar el liderazgo mesiánico, de la mano con el populismo más atroz, y en segundo la  fe ciega en alucinaciones tipo Socialismo del Siglo XXI. Sigue el interrogatorio: ¿a quién se le ocurre tal delirium tremens?, a un superfilósofo apellidado Dieterich. ¿Y quién se presta a hacerlo realidad? El señor Chávez, no faltaba más, con el espaldarazo de un genio cuyo nombre es Jorge, mira qué cuchi va saliendo todo. Ceresole, Fidel Castro y la pléyade de estrellas que ha sido el alto gobierno a lo largo y ancho del manicomio chavista pusieron el resto.
    La carta de Giordani tiene mucho de esa condición que atraviesa a cuanto político brilla en la constelación de gobiernos manirrotos e irresponsables en Latinoamérica. Me refiero a la pésima costumbre de culpar a otros por las miserias particulares. Todo tercermundista lleva en el chaleco su lista de culpables, desde Estados Unidos, pasando por el mundo desarrollado en pleno y hasta los extraterrestres, si el caso lo amerita. Una excusa también es una magnífica razón.
    El yo no fui giordianesco cabe en la palma de la mano. Entonces usted se lo acerca a los ojos, lo hurga, le mira el pelaje gris para luego comprobar que un país hecho añicos, que el descoñetamiento espeluznante del que hoy somos beneficiarios pasa por un par de hechos que desde el Ejecutivo nos magullan el alma: ineptitud y desvergüenza, con la ñapa de un  cinismo hundido hasta los huesos. La primera es más que obvia, putrefacción inherente al gobierno revolucionario desde que se apoltronó en Miraflores, y la segunda es parte y consecuencia de la anterior, es decir, la ineptitud a flor de piel, monda y lironda, sin guayucos u otros taparrabos imaginables.
    No voy a llenar estas cuartillas con cifras y datos que dan cuenta de Chávez y Maduro como gamelotes de la administración pública. La patética realidad venezolana es una lápida que pesa un universo, el mismo que en tantas ocasiones quisieron concretar los hermanitos Castro, los Pol Pot, los Stalin de este mundo y que terminó pulverizado y pulverizándolos. Escribo más para el mañana, para mis hijos, para decirles únicamente que en asuntos de  Estado son necesarios estadistas, y que una nación, para salir adelante, tiene alguna vez que desprenderse a dentelladas de tanto enano intelectual, de tanto demagogo pretendiendo labrar el Paraíso en sólo cuestión del tiempecito que se les regale en el poder, el máximo posible, por supuesto,  y sin contrapesos que fastidien la misión celestial para la que lógicamente nacieron. Chequecito en blanco que con puntualidad de reloj suizo otorga una y otra vez la gente en estas geografías sin que se les mueva una hebra de la cabellera.
    Hay que aprender las lecciones, sacar pecho, alzar la frente y continuar. Venezuela parece hacerlo al estilo paquidermo, de modo que aún  -y quién sabe hasta cuándo-  chapoteamos en semejantes lodazales. Un  día estos señores tendrán que refocilarse en Cuba, en Corea del Norte o en ese lugarejo que el buen Dante dibujó tan divinamente bien. Todos son uno y lo mismo. Saque usted sus conclusiones.

7/02/2014

Aquí no se ponga...

Filosofía de la oficina.