12/10/2014

Los nuevos tiempos

    
                                                                                                           A Pedro Suárez, el más moderno de mis amigos
    
    Parece que la gente se toma la molestia de ir contigo al cine, o a almorzar, y de antemano debes estar agradecido. Los tiempos cambian, qué se le va a hacer, y semejantes cambios te aplastan de golpe la nariz, te dicen como si nada y a los cuatro vientos: oye tú, cabroncete, mira que te estás poniendo viejo. Como si envejecer fuese algo del otro mundo. Como si el paso de los años por fuerza tendría que suponer alguna maldición divina.
    A lo que voy: los tiempos cambian, pero semejante dinámica te cae de perlas o es un trancazo en la espinilla según el cristal con que lo mires. Salgo a almorzar con Lucía, compañera de liceo a quien no veo desde hace una punta de años. Todo a punto, todo rosadito hasta que suena el celular. Y si no suena, pues será ella quien haga las llamadas. Y si no es charla clásica, vía oralidad telefónica monda y lironda, va a ser conversación escrita, con cigarrillo entre el índice y el medio, por los recovecos del chat. Pasan los minutos, muchos, la sopa se enfría, yo miro al techo, qué puta sensación de desperdicio. Es que envejezco como buena bestia. Como lo que soy.
    Antes, diría mi abuelita, almorzar era almorzar, con hola y qué tal y cuéntame y te cuento y mira a Alejandra lo grande que está. Almorzar era plantarse ante la mesa con la carga de significaciones ya sabidas que el verbo en cuestión lleva soplada hasta las entrañas. Pero resulta que llego con mi amiga al Jardin Des Crepes y ella enfrente y yo aquí, acomodándome la servilleta sobre las piernas, y entonces la señora hace de las suyas, coge el celular o abre el periódico (da lo mismo) y hay que comprender que el mundo es así, que éste es el siglo XXI, el mejor de todos los habidos y por haber, de modo que tranquilo, Rogerín, tranquilo, búscate unas damas chinas o enciende la radio de tu móvil hasta el fin de la jornada y se acabó. Cada quien en lo suyo.
    La madre que la parió. Uno va a ese restaurante dispuesto a sacarle los mocos a los años, es decir, a hablar hasta por los codos de lo humano y lo divino, de los tiempos idos y blablablá, pero fíjate que si la susodicha te cambia por el celular eso es lo más normal del universo. Es preciso paciencia, comprensión. En cambio, cuando la mandas a hurgarle las pelotas a Apolonio eres un vejuco amargadete, un tipo con bastante mala leche, lo que se dice un patán intransigente, premoderno, incapaz de asimilar que el siglo XXI es el siglo XXI y lo demás paja para los equinos. Ahí lo tienes: el glamour de las tecnologías trepándote las piernas, muslos, pecho, cuello.
    Con toda parsimonia me acerqué hasta el plato, alcé la crem-de-fois-a-la-turtié, o como se llame, y le dí media vuelta justo encima de su linda cabellera rubia. Gritó como Naomi Watts en King Kong. Salí a la calle sonriente, vengado, feliz. La ciudad permanecía como si nada.

11/28/2014

Hay que ver cómo es la gente

  Hay palabras que viven bajo tierra. Existen muchas, estoy más que seguro, cuya predilección es hacer nido en la cara oscura de la Luna. Me explico: así como existen palabras feas por donde les metas el ojo  -aperturar, empoderar, accesar y un etcétera que exige al Libro Gordo de Petete sólo para ellas-, las hay con vocación de anonimato por los cuatro costados.
    Conozco gente que tiene bastante de término silente, es decir, personas que nacieron tomando para sí el mutis existencial que las lleva sin mayores sobresaltos de la cuna hasta la tumba. Así como ves pasar a un hombre atravesado de oquedades, un queso gruyére con nombre y apellido, pongo por caso, te das de bruces con vocablos que vinieron a este valle de lágrimas nada más que para hacer tienda en el diccionario. Palabras que de pe a pa son como esos bichos subterráneos, insectos o batracios, qué sé yo, viviendo sin ojos, sin oxígeno, sin luz: babosas entre el humus de principio a fin.
    Acleido, por ejemplo. Euforbiácea, doncellueca. Ahora que lo pienso, tengo un amigo acléidico hasta los huesos con todo y que algunas veces se da el lujo de salir a la  calle, de atender cuando lo llamo por teléfono, en fin. Los euforbiáceos son simplemente impresentables y de los doncelluecos para qué te cuento. Palabras que terminan siendo como miles de fulanos, individuos lexicales, combinación sorda de sílabas  petrificadas en las cuatro paredes de un glosario, quién lo iba a decir. Un diccionario polvoriento es también la casa de transeúntes que te tropiezas en las calles, que pagan a punto sus impuestos, que no rompen un plato.
    El otro día caminaba aburrido por la avenida Las Américas y observé a una señora con el rostro y los gestos de asfacelo y caparídeo que me pararon los pelos. La seguí en medio de la muchedumbre, traté de dar con el misterio de lo que representa a simple vista pero nada, no soy como esos inspectores que ves en las películas de detectives, metódicos, deductivos hasta el hígado, capaces de escudriñar bajo los árboles, entre raíces o detritos y sacar las más sorprendentes conclusiones. Por más que lo intenté no hallé mínimo significado, plausible, convincente. Al no llevar conmigo un diccionario que pudiera de una vez por todas resolver el asunto, me encogí de hombros y continué andando seguro de que la buena mujer había nacido únicamente para ser consultada en el Larousse. Vaya existencia miserable.
    Costribo, ultriz, xenismo, ulano, ménsula, trincadura, la lista es larga. Voy por la calle y ahí están, más ulanas que nunca, más ultrices que la madre que las parió, más xenistas que la última ménsula trincada del desierto.
    El bueno de mi amigo cabe a sus anchas en el lugarejo más gris del Espasa Calpe, acomodado entre una veintena de sustantivos fofos en plena página doscientos veintitrés. Si te lo tropiezas por ahí sabrás al pelo de qué hablo. Hay que ver cómo es la gente. Hay que ver.

11/03/2014

Casos raros

    Juancho, un amigo de la infancia, tiene dos pies que viven haciendo de las suyas. Uno no sabe si reír a mandíbula batiente o llorar a moco tendido cada vez que sus extremidades inferiores juegan al gato y al ratón con el resto de ese cuerpo al que yacen adheridas. Total, que la naturaleza tiene sus cosas raras, no faltaba más, asunto que en estos días se ha intensificado al punto de que el bueno de amigo fue al podólogo con ánimo de mejorar sus días.
    Podólogo, podólogo, podólogo. Suena más a nombre de jardinería que a ciencia médica, pero en fin, la cuestión es que cuando Juancho mueve un pie con la inocente intención, digamos, de girar hacia la izquierda, éste se va incólume para la derecha, y cuando a veces desea poner ruta hacia adelante, el bueno para nada con el mayor descaro emprende marcha atrás, lo cual genera en mi amigo problemas no digamos ya peliagudos de locomoción, sino existenciales de marca mayor que para qué Sartre o Heiddeger y la madre que los parió.
    El doctor Sánchez, según los entendidos toda una eminencia en el arte de la podología, ha dicho que no hay motivo de preocupación. Dispuso apenas de un jarabe para los nervios acompañado de masajes interdiarios en ambas plantas de los pies y yemas de los dedos. Pero lo cierto es que después del doctor Sánchez, podólogo hasta la pared de enfrente, los episodios que tanto molestan a Juancho no sólo continúan como si nada: se han incrementado de forma exponencial sin que medie causa lógica a propósito de semejantes hechos, de modo que mi amigo visitó ahora al psiquiatra, quien restó importancia a lo referido por tan llamativo paciente, dedicando la sesión completa a pontificar sobre cierto estudio de la mente y de la personalidad que está llevando a cabo y sobre cayos, pies de atleta, problemas en las uñas y diversos males que con toda seguridad inciden en lo que ocurre.
    El otro día, pobrecito, al despertar en la mañana quiso ponerse los zapatos y al intentar anudarse los cordones cada pie empezó a sacudirse a su real gana, como poseído por el espíritu de alguno que obviamente no es el suyo. Lo peor fue que después de una lucha sin cuartel que lo dejó exhausto y sudoroso, cada uno decidió tomar rumbo contrario a propósito del otro, desatándose la situación más ridícula en toda esta historia, que dicho sea de paso parece salida de un cuento de Borges. Al hallarlo en posición tan poco decorosa, abierto de piernas, tirado en el suelo, con ambos pies brincando a su antojo como si fuesen batracios o pulgas en un circo, su mujer cogió el martillo del fondo del closet y optó por golpearle los pulgares -¿qué otra cosa hubiera podido hacer la buena señora?-, dejándole ambos dedos machacados y sin posibilidad de calzarse para llegar a la junta de las ocho en la oficina. Menudo lío apenas despuntando el día.
    Según el podólogo de marras, quien otra vez fue consultado, mi amigo sufre de cansancio extremo. Es la opinión categórica de una autoridad en la materia. Entonces Juancho bebe valerianas, toronjiles, aguas de cayena aliñadas con gotas de passiflora y endulzadas con miel de la India pero nada, su pie derecho se encamina por recovecos muy particulares y el izquierdo toma el horizonte que le venga en gana. Caso único de extremidades autónomas cuyas desconexiones con la corteza cerebral son evidentes, sentenció por último el psicólogo de la empresa en que labora. Supe que el asunto va a ser presentado en el  cuadragésimo noveno Encuentro Internacional de Podología, a celebrarse en Viena. Casos raros, sin ninguna duda. Casos sumamente raros.

10/28/2014

Lecciones de escritura


    Hay quienes piensan que escribir es agarrar el lápiz, domar de algún modo el lenguaje, contar una historia y de seguidas estampar la firma. Yo vislumbro lo anterior como absolutamente cierto, claro, si semejante acción supone condición necesaria, pero no suficiente, para hacer literatura.
    No por moverse con fluidez entre los recovecos de la lengua se tiene al toro cogido por los cuernos. Tampoco vale una historia y ya, con principio, desarrollo y fin. El hecho literario exige, exige mucho, de lo que se deriva una verdad casi siempre pasada por alto entre tanta tinta vertida sobre miles de cuartillas: escribir lleva aparejada una vuelta de tuerca, un plus adicional que requiere uso del lenguaje, por supuesto, en combinación mortal con la trama que se despelleja al filo de toda historia que se respete. Quiero decir,  y fíjese por dónde va el asunto, que escribir lleva en sus entrañas la puesta en práctica de un alto en el camino, de un ojo escrutador cuyo calado implica puñalada trapera a cierta lógica que por cotidiana practicamos incluso sin percibirla. Escribir es detenerse, afinar una mirada o cuantas resulten necesarias hasta encontrar el ritmo único sin el que será imposible  expresar lo que tiene que ser dicho. Nada más y nada  menos.
    Un cuento, una novela, un artículo de prensa, una crónica, un ensayo, un poema, van a ser dignos de esos nombres cuando lo que llevan entre manos pase al lector a lomo de palabras que trastocan la realidad porque esa realidad fue abordada desde escondrijos poco transitados, capaces de obsequiarle a quien se asome un buen coñazo en la nariz. Si un texto no te tumba al suelo pierde peso literario, se transforma en puñado de párrafos amontonados, de modo que a falta de mejor lugar lo arrojo al basurero.
    Llevo algún tiempo en eso de rasguñar papeles. Me ha dado por escribir poemas, cuentos, ensayos, crónicas, artículos, y vaya usted a saber qué diablos fui pariendo en cada atrevimiento. Leer mucho, leer como un condenado, leer hasta la etiqueta del pote del champú mientras te duchas, eso, eso y sentarte a teclear sin contemplaciones, son los maestros. No hay más: talento, si lo tienes, terquedad, lectura y escritura. Pero yo encontré además, entre las mil formas que cada quien vislumbra mientras chapotea en las aguas de adjetivos, frases, preposiciones o tachaduras, que mis hijos son algo así como escritores a sus soberanas ganas, verdaderos creadores deambulando por la casa, correteando entre los muebles de la sala, obsequiándome lecciones cada vez que me dispongo a hacerles caso.
    Tienen la facultad de labrar mundos. Transforman la caja del papel tualé en nave espacial, olisquean flores exóticas justo cuando la rutina anda metiéndose por puertas, ventanas y rendijas. Invitan a ser niño otra vez, de modo que he aprendido poco a poco a reordenarlo todo, a hurgar de otras maneras, con lo que el día a día escupe ahora perlas que antes  eran invisibles. Escribir es observar a cada rato, enfocar desde peñascos poco aptos para otear el horizonte. La capacidad de búsqueda, la imaginación a prueba  de adultez, el toma y dame con la lógica que casi con seguridad mañana terminará engulléndolos arroja como consecuencia la maravilla de que puedan sacarle punta hasta a una piedra. Creo haber aprendido eso de mis hijos y para siempre les voy a estar agradecido. Lo que pueda hacer con tal regalo quién sabe si terminará en pieza literaria o en materia para las pocetas, pero de cualquier modo ya no soy el mismo, cuestión que a fin de cuentas  es el hecho existencial de envergadura. A diario me brindan lecciones de escritura, lo que desde luego ignoran. Cuando tengan edad   para entenderlo va a ser muy placentero hacérselos saber, con el añadido de que  -¿quién podría decir si sí o si no?-, acaso lleguen a mostrarme historias, poesía, textos nacidos de sus plumas.  Ya llegará el día de descubrirlo.

10/15/2014

La piel sobre las cosas


    Uno anda por la vida observando los hechos, poniéndole el ojo a cuanto se nos cruza enfrente y lo cumbre es que vemos sólo de a ratos, contemplamos nada más la piel de la cebolla. Apenas sentimos el impacto en la nariz cuando debajo bulle un cúmulo de causas cuyas menudas consecuencias te aplastan el órgano nasal. Nos conformamos con el tabique roto. Así despachamos la cuestión.
    Por lo general suelo ver la forma de las cosas. Quiero decir, me da por suponer que una silla vieja o el abrigo que cuelga del perchero constituyen un saco de papas arrojado en el camino, y las papas vaya usted a saber si son papas o melones. Pues sí, es como para fruncir el ceño, qué se le va a hacer. De algún modo me las he arreglado para hurgar el mundo que se expone de la epidermis para allá.
    En cierta ocasión me dio por contarles de los carros viejos, así que traigo un pequeño ejemplo a manera de recordatorio. Tengo la costumbre de ponerles rostro a los bólidos que tropiezo en el camino. Un Ford Fairlane de los ochenta, pongo por caso. Sonrisa abierta, cara de pocos amigos. Un Ford Fairlane de los ochenta equivale al personaje que rueda por ahí sobre los límites de lo que termina uno por catalogar como seguro, es decir, borderline: hoy como, fumo, encuentro cama y ducha caliente pero mañana quién quita, cada amanecer lleva pegado de la frente sus particulares quebraderos de cabeza, trae con él su propio afán, y miren que el asunto no tiene un pelo de bíblico. Ford Fairlane, Fiat Supermirafiori o Mustang del 84, lo cierto es que uno a uno pasea su careto por las calles y yo me divierto descubriéndolos, estudiando sus caras, imaginándoles incluso posibles estados de ánimo, y doy por sentado que también ellos, no faltaba más, disfrutan del mutuo reconocimiento. Total, que suelo ver la forma de las cosas, como decía arriba, con lo cual Mustang y Ford Fairlane son Mustang y Ford Fairlane más un puñado de recovecos escondidos, semánticos o como se llamen,  que si me pongo a contarles, ufffff, si me pongo a contarles.
    Llego a mi café predilecto, otra vez un Bermúdez, cumanés que se deja encender como los grandes, humo, chupada, humo, chupada, marrón espumoso de seguidas, el libro en la página noventa y tres, y entonces un hombre entrado en años abre el periódico dos mesas más allá. Pienso en cómo luciría décadas atrás, qué imagen de sí mismo arrojaría en su infancia. Recorro las sienes, la piel fofa de los brazos, el lunar apenas perceptible sobre la barbilla, pantalones cortos, franela con restos de helado, canicas, trompo, la madre apurándolo con el refresco. La forma de las cosas es también esa mano enguantada que al salir deja relieves, huellas, marcas de lo que estuvo y ya no. Ciertos hechos son lomo de felino arqueándose bajo caricias, elementos sueltos a sus anchas sacándole la lengua a los relojes, jugando al gato y al ratón con los transeúntes.
    Es como para fruncir el ceño, claro está. Y aunque la vida o la ciudad fueron pensadas a fuerza de plancha y de almidón, de uno más uno son dos porque Aristóteles y su lógica o Descartes y su método, la verdad es que hay una piel por encima de la superficie y hay sacos de papas que son también melones, figúrese la confusión. Es bueno mirarse en los espejos, hace falta ponerse a ronronear como los gatos.

10/04/2014

Para hablar de libros...

Con Liliana Elías y Eliécer Calzadilla. Mil gracias por la invitación.