10/21/2017

Culo

    Para algunos ciertas cosas forman parte de un todo mayor que las contiene. En el plano de las significaciones no te quiero contar: el diccionario (ese cementerio, como creo recordar que lo llamó Julio  Cortázar) se lleva las palmas de aquí a Japón.
    A ver, expresa el libraco que culo es anatomía, geografía humana, y para más señas punto trasero o delantero de objetos varios. Y hasta ahí. La verdad es que no se mete el camposanto en el alma del lenguaje, que si a ver vamos equivale a surfear en esas aguas tranquilas o ventiscosas de la vida real, monda y lironda, que hoy te besan y mañana te aplastan con sólo restregar medio con pulgar.
    Culo: art. Del lat. Culus. 1. m. Conjunto de las dos nalgas. 2. m. En algunos animales, zona carnosa que rodea el ano. 3. m. Extremidad inferior o posterior de algunas cosas. Culo del pepino, del vaso. Sanseacabó. Menuda definición para esta palabreja que lleva en las entrañas un ovillo de connotaciones, de imaginación, de picardía sana o malsana, de erotismo y de mil y un símbolos sin medida ni fin. El culo del mundo, pongo por caso. Hay que ver, me digo, “el culo del mundo”, tamaña frasecita apunta, fíjate, a unidades de longitud, cuestión pasada por alto, como si tal cosa, tanto por el humilde Larousse que descansa en un peldaño de mi biblioteca como por el respingado DRAE, ubicado allá a lo alto, entre otro de sinónimos y el de Ambrose Bierce. Se dice fácil.
    Ocurre algo parecido con el culo de una dama. Nada más alejado de la verdad que la ficción diccionaresca  -perdónenme la fea palabra-  que manda al basurero de la historia, del día a día y de la cotidianidad que bulle en cada esquina el hecho fascinante asumido por todo varón que se respete: pasa una señora de muy buen ver y entonces lo que volteas a ver es con justicia eso, el culo, el culo no del diccionario (frío conjunto de las dos nalgas) sino un ámbito mayor capaz de subsumirlo, de encerrarlo en un espacio superior que sin dudas lo engulle por completo, es decir, que culo va siendo aquí el todo y no la parte, la dama en cuestión de cabo a rabo, entera de pie a cabeza, cuyo movimiento de las caderas y completa humanidad vuelvo y repito, genera el chorro de adrenalina, el Vesubio hirviente, la carga de deseo más explosiva que se haya visto por los alrededores. Dime tú si me equivoco. Para qué decir sí, si no.
    En lo que a mí concierne  -biológica, antropológica, semántica y sinceramente hablando-,  desde la adolescencia un culo, todo él según la explicación de arriba, fue el responsable del Big Bang, de la sensualidad hecha carne y hecha huesos, sinónimo de mujer, léase hembra fértil capaz de detener la marcha implacable del universo. Vaya cortedad la de la realísima Academia, que será de la Lengua y de cuanto inventario disponga la ficción, etcétera, etcétera, etcétera, pero no de la vida que reverbera en todo grupo humano y demás hierbas. Pienso otra vez en el cementerio de Cortázar: es que tenía razón el muy bandido.
    Que entre culos te veas, bendito entre los hombres. Mascullando tal sentencia sé a la perfección que comprendes lo que hay que comprender, que culo es femenino aunque lo preceda el, que culo es ese tierno, dulce, trascendental término que acelera el corazón, que enciende fantasías, que conecta con los  dioses  -perdón, con las diosas-, más allá de lexicógrafos acartonados y otras zarandajas por el estilo. Enhorabuena. Así sea.

10/14/2017

Con la belleza, cara a cara

    Les he contado antes que me gusta sentarme en la terraza de un café y ver pasar la vida. Doy por sentado que todo café que se respete es un templo de peregrinaje obligatorio para aquél dispuesto a desmigajarse mientras a las cinco y treinta de la tarde cierta luz pinta de dorado el panorama.
    Semejante costumbre la cultivo desde adolescente. Si alguna vez he creído asimilar qué diablos significa el término contemplación, ha sido gracias a la experiencia con un libro, un cappuccino, un Partagás y una mesa bien ubicada para darle y darle a la lectura, alzar la vista cada cierto tiempo y observar cómo anda el patio.
    Y en esas estaba la otra tarde, junto a Camila, mi hija de catorce años. Tengo la fortuna inmensa de que esta chiquilla es mi irremplazable compañera de lecturas. Así como lo lees, sin quitar ni exagerar. Se acostumbró, a fuerza de mirar, a entrarle a la página en nuestros cafés predilectos. Teníamos algunos en Venezuela y tenemos algunos aquí, lejos, adonde vinimos a parar por motivos de trabajo (ésta es una historia que referiré en otro momento). Leíamos en silencio, metidos de cabeza en el Sweet&Coffee, echados en brazos del disfrute como bañistas arrojados a las olas: ella sus novelas que según dice la hipnotizan, yo un libraco gigantesco de Francis Scott Fitzgerald
    -“De lo que no es nuestro están hechas las estrellas”- dijo de pronto, levantando la voz más de lo normal, con la mirada puesta sobre algún lugar del horizonte. Me llamó la atención ese tajo en medio de la nada. Le pregunto qué le ocurre, qué le atrajo de la frase, por qué la coge así, con pinzas, y la expone para escucharla a quemarropa.
    -“Porque me gusta”- suelta como si nada.
    Créeme que no hay mejor respuesta. Simplemente le gusta y basta, se acabó. Mi interrogante iba de la mano con la necedad y fue Camila la encargada de hacérmelo saber, con sutileza, con imaginación, con una sentencia que resultó aplastante. Es que somos jodidamente cartesianos, en el peor sentido, y pretendemos la pulpa, los jugos, el corazón de la belleza sin detenernos en su olor, en su color, en su epidermis. En fin. Decía arriba que creo vislumbrar por dónde van los tiros a propósito del verbo contemplar, pero a veces, más de las veces que quisiera, soy un anodino sin redención, mendicante de pragmatismos que rayan en la estupidez.
    Darse de bruces con lo hermoso no merece de entrada los sablazos de la razón. Toparse con la belleza supone en un primer momento cierta operación para la cual necesitamos un arsenal de papilas gustativas. Y ahí las tenemos, y ahí mismo las hacemos a un lado. Cuando Camila saborea su frase, cuando cata el dulzor o el amargor del lenguaje, sólo existen ella y las palabras, el sentido, la sorpresa, el hecho que termina siendo mágico por donde lo mires. Así deben ser los encontronazos con lo bello, con lo valioso, con cuanto nos inspira e incita a hacer un alto para mirar y remirar. La belleza exige detenerse, asimilar el puntillazo, entregarse a la petite mort que, ya vemos, trasciende sexo y erotismo.
    -“Porque me gusta, papá, porque me gusta”- respondió. Y yo sonreí y guardé silencio. Esa fue su mejor explicación.

10/07/2017

Nombrando los días que van pasando

    La mayoría de la gente le pone nombre a las mascotas. Nada más normal que eso. Yo, ve tú a saber por qué, suelo nombrar a los objetos. Me gusta la filosofía y leo libros, novelas o ensayos sobre existencialismo, de modo que mi reloj se llama Sartre.
    Ser y tiempo, pongo por caso, es un texto clásico del conocido estudioso alemán, por lo que a mi escritorio lo bauticé Heidegger. Y así. Tuve una laptop llamada Newton, una bicicleta que respondía al nombre de Nastassja Kinski, y un buen amigo, a quien nos referíamos desde los años universitarios como Valentín, puso a su inodoro Stalin, sólo por seguir mis ocurrencias. Fíjate qué cosas.
    Ponerle nombre a los objetos pasa por colocarles cierta etiqueta diferenciadora. Los vocativos que otros pronunciaron con el objetivo de ordenar el universo, de llamar pan al pan o vino al vino, reconozco que tienen su razón de ser.  ¿Te imaginas que una silla no gozara de ese apelativo sino de, por ejemplo, ruiseñor?, y supón que al plumífero lo ubicáramos lanzando un chasquido como árbol. Fin de mundo, Babel monda y lironda en pleno siglo XXI. Sumo y sigo: piensa que una flor se denominara tuerca, y la tuerca coliflor, y la coliflor esperanto y ésta corazón. Ya nada tendría pie ni cabeza, el mundo sería más desquiciado de lo que ya es, lo cual ten por seguro, mi querido Watson, no es en lo absoluto poca cosa. Al diablo el lenguaje creado a base de esperanza comunicativa. Chao español, adiós chino mandarín, en fin. Pero no me negarás que ponerle nombre a los objetos, tal y como he venido haciendo todos estos años, se justifica gracias a una razón menos pragmática: bautizarlos en segundo grado, torcerle el cuello al cisne a ver si aparece una tortuga, asunto que hasta ahora en nada trastocó el orden imperante desde que empezamos a intercambiar gruñidos por frases con algún sentido. Sé que sólo yo practico semejante arte  -no te caigas para atrás: es un arte-  lo que, repito, en nada ha significado condición amenazante para el stablishment lingüístico, así que continúo en mis trece, sigo nombrando y renombrando para hurgar en las entrañas de lo cotidiano, en las profundidades del espíritu, en los intersticios de esa cosa que es la lógica, cartesiana o no, aristotélica o no, qué le vamos a hacer. Entonces un humilde cenicero resulta cierto guiño a lo Bogart o esa mancha de labial que decora el borde de la taza un lindo equivalente al mejor estilo Edwige Fenech. No sé si me explico.
    La otra vez servía un trago de whisky de mi botella Hemingway mientras encendía un Churchill que saturaba la estancia con ese olor inconfundible a Roger Vilain B, mi padre, todo humo y Churchill él. Tampoco sé si me explico, pero puedo jurarte que no es mal de morirse. Por otro lado, ponerle nombre a los objetos, a las cosas, a algunos hechos incluso, va de la mano con el psicoanálisis si quieres un mecanismo explicativo  -a mí me lleva sin cuidado-, pero quitándole parafernalia o vanidoso intelectualismo de academia. El sillón de la sala que llamaste Freud no es más que una enigmática proyección de tu tía Adelita, y no preguntes más. A la luz de mi lámpara, apodada Edison por razones obvias, pienso en todo esto. Y mi bolígrafo Cortázar, y Gandhi  -mis viejos anteojos-  y también Jack, la navaja que utilizo para destripar sobres, para descuartizar cajas que llegan por correo, terminan dándome razón.
    La nomenclatura que me dio por inventar, por cifrar en particular lengua un cosmos a lo largo de los años acaba siempre por arrojar sus dividendos. Nada que ver con Milton Friedman o Von Mises, es decir, pura y simple economía. Lo que puedo asegurar es que mi método está hundido hasta los huesos en el magma que todos llevamos en las entrañas. Una lenguarada como “a la luz de mi lámpara pienso en todo esto y mi bolígrafo y mis anteojos y también la navaja que me sirve para abrir los sobres” y blablablablablá, tal como escribí antes, dice mucho, para mí y para cualquiera. Pero “a la luz de Edison pienso en todo esto y Cortázar y Gandhi y también Jack, terminan por darme la razón”… dice más, infinitamente más, y me lo dice al oído, de forma única y por supuesto cargada de distintas pulsaciones, de mensajes secretos, de resonancias zambullidas en las cavernas de mis días.
    Ponerle nombre a los objetos terminó por convertirse en manía, en código críptico, verdadero lenguaje para entender y entenderme, con gran elocuencia, contundencia, exactitud. Dime si no vale el esfuerzo. Dime tú si no.

9/30/2017

El chavismo y el desastre

    Sin duda la tragedia venezolana se origina y desarrolla desde el populismo. Una panda de forajidos, descocados sin redención, individuos que jamás sudaron las fiebres de los sesenta, ofreció erigir el Paraíso en la Tierra.
    Hoy en día la amenaza universal contra las democracias ya no pasa por los ismos que tanto daño repartieron a lo largo y ancho del siglo pasado. El comunismo y el nazismo, por ejemplo, perdieron el terreno que alguna vez tuvieron en el puño, producto de su incapacidad para cumplir las promesas que con tanta fuerza calaban en las cabezas de millones de esperanzados. El verdadero peligro es ahora la enfermedad populista.
    Sobre la base del espejismo mayor   -el pueblo llegó para gobernar-   un populista accede al poder y atrincherado ahí, utilizando con máximo provecho los valores típicos de la democracia, comienza su labor contra el sistema. Me explico: la lógica populista parte de un principio irrenunciable, no otro que “el pueblo soy yo”. Y si el pueblo soy yo y yo estoy en el gobierno, olvídate de lo demás, camarada, porque lo que lo que soy yo no permitiré que otros, advenedizos, lacayos, oligarcas o pitiyankis regresen a lo suyo. Moraleja y conclusión, todo aquel capaz de mover una neurona y criticar, todo el que disiente por A o por B del pueblo ejerciendo el mando, simplemente es enemigo. Irrumpe así la polarización, se instaura un maniqueísmo político, existencial, que echará al fuego todo matiz: o estás conmigo o contra mí, o estás con el pueblo o en su contra. Bienvenido a la revolución, por si no te has dado cuenta.
    En Venezuela la razón política, es decir, el arte de discutir, de no estar de acuerdo y expresarlo, de criticar sin que te crucifiquen luego, acabó siendo presa del fanatismo desbocado. Manifestar lo que supones es afrenta suficiente para la exclusión, para el baño de mugre que, júralo, te viene seguro por atreverte a pensar de forma autónoma. Implica que salió tu número en la repartición de la violencia. Para todo populista que se respete el conflicto  -quien esgrime ideas distintas es un desestabilizador-  guarda significados diametralmente opuestos a la noción que de él tiene un demócrata. Para éste, las diferencias de variado cuño son necesarias y por tanto bienvenidas, asunto natural en sociedades abiertas; para aquél, no son más que traiciones al pueblo por fin hecho con la silleta de Miraflores. En los populistas la figura del pueblo es el caramelo mentolado que jamás se sacan de la boca. Dicen que genera aliento fresco, aseguran que produce sonrisitas Pepsodent.
    Por tal motivo, cuando el gobierno populista se equivoca de cabo a rabo y crea las calamidades que está llamado a producir, culpa a terceros. Si el pueblo no se equivoca, entonces la razón, la historia, la justicia y la verdad son parte constitutiva de esta lógica del espejo  -me miro en él y se refleja la muchedumbre en el azogue-  y con seguridad son otros quienes impiden la fragua paradisíaca, el advenimiento arcangélico, la realidad equivalente a esa Edad de Oro  que, no lo dudes un minuto, se levantará gracias al Intergaláctico. La Cía, el Departamento de Estado, los escuálidos, la Guerra Económica, el Imperio y  los extraterrestres, he ahí los saboteadores, aquí los tienes, sorprendidos con las manos en la masa. Si te fijas, un manojo de neuronas inconexas fabrica en consecuencia una realidad patas arriba.
    Al ser los populistas el vivo retrato de la moral y la pureza, resulta imposible que en sus filas aniden esas rémoras que en el pasado  -el pasado es un fetiche al que bien vale regalarle buena parte de las culpas-  desangraron a la patria. Latrocinios, corrupción, crímenes, ineptitud, todo ello existe, sí,  pero en los enemigos. Verbigracia, en quien se les planta con valor y opone resistencia. No hay manera, compa, no queda mínima esperanza: un populista es como un coco seco, duro, inflexible, árido, impermeable a cuanta evidencia empírica denuncie sus locuras. Viéndolo bien, en el fondo es muy sencillo. Los malos están allá, los buenos estamos aquí. Tal es la llave maestra de su relación con el mundo. Hugo Chávez alguna vez lo sentenció: “esto no es entre Chávez  y los que están en contra de Chávez, sino entre los patriotas y los enemigos de la patria”. Menudo delirante.
    Ante esta perspectiva no se ha inventado aún recurso alguno para  ablandar semejantes convicciones, para dinamitar la total seguridad de que tienen a Dios agarrado por las bolas. Pase lo que pase, el cáncer revolucionario exorcisa toda responsabilidad, cualquier viso de sensatez en función de la política y la cosa pública  -muchas manos peludas haciendo de las suyas-  y, por supuesto, carcome rutas que podrían llevan a la autocrítica, a la rectificación. Ahí está Maduro y su atajo de delincuentes chapuceando en el sueño de quedarse en el poder hasta que se les pudran los huesos. Lo piensan, lo desean, lo buscan y lo dicen como si nada luego de la tragedia que le propinaron a un país.  Una revolución también puede ser un circo.
    Llegará el día en que, desde la cárcel, respondan por el desastre, aun cuando  resuenen tras las rejas los chasquidos de esas lenguas incansables, esas que arrojan del cerco de los dientes para afuera, como diría Homero, la fetidez y peligrosidad extrema de sus disparates.

9/22/2017

Gestos mínimos

    Hay gente cuyos horizontes coinciden con la grandilocuencia. Todo supone quehaceres XL, gestos supremos, esfuerzos más allá de lo humano. Si de realizar una tarea se trata, la hazaña suprema es lo mínimo aceptable. Caso contrario no vale un pepino el asunto.
    Por este camino permanecemos en el sitio. Patinando. Al considerar la factura que resulta obligatorio mostrar para ganarse el aplauso, o la buena pro o el reconocimiento en función de las tareas cumplidas como ciudadanos, y al considerar igualmente que aquello digno de una palmadita en el hombro o de una sonrisa aprobatoria sólo es dado gracias a logros tenidos como extraordinarios, no avanzaremos un ápice a propósito de aflojar algún tornillo  y apretar ciertas tuercas en esto de vivir en sociedad, de hacer ciudad, de convivir procurando el mayor entendimiento, lo cual va siendo ya más que catastrófico en el puto mundo que tenemos como lugar de residencia.
    No, no es verdad que para alterar algunas cosas y torcerle el cuello a uno que otro hábito sea necesaria una erupción volcánica. Para que buen número de situaciones cambie se requieren ínfimos movimientos, diminutos gestos capaces de perfilar otros rostros. Por ahí van los tiros. Reconocer tales hechos, apreciarlos, brindar porque permanezcan y gritar salud a todo pulmón, para que se oiga, para que se enteren los vecinos, es también un hacer que lleva implícitos cambios en sí mismo. Alguien escribió: “creo que al mundo van a salvarlo millones de gestos pequeños”, y perdónenme no recordar al artífice de tamaña frase, pero la leí y me gustó, me pareció redonda y verdadera, todo un coñazo en la nariz, en nuestras pulcras y respingadas narices.
    Lo que soy yo, me alegro por la certeza que ello alberga en las entrañas. Es que me hace feliz una imagen sencilla, un detalle en apariencia insignificante, me conmueve incluso la señora que pasea a su perro, que guarda la bolsa consigo y se apresura a recoger el excremento que Bobby, o como se llame la mascota, echa al mundo mientras juguetea. Así no ocurrirá otra vez, dicho sea de paso, lo que he o has vivido en tantas otras: mierda en los zapatos, maldiciones a granel, pestilencias hasta nuevo aviso.
    La frase que leí va aparejada con la idea de que, sin lugar a dudas, vivimos en medio de héroes anónimos  por donde metas el ojo. Basta con que salgas a la calle para que te percates. Y esa verdad es bueno tenerla presente y reconocerla con todas las de la ley, y créeme que resulta fabuloso maravillarse frente a ella. Hay que repetirlo: no es cierto que para merecer una sonrisa de aprobación, unas hurras por la acción perpetrada sean obligatorias hazañas mitológicas. Después de todo, molinos de viento aparecen a la vuelta de la esquina y a cada rato la gente los enfrenta y resulta victoriosa. Existen héroes caminando a un palmo de ti, ahora mismo. Me gusta mirarlos, descubrirlos, convidarlos alguna vez a una cerveza porque es muy cierto que de músicos, poetas y locos… (y de Quijotes también)… todos tenemos un poco.

8/03/2017

Las entrañas de lo real

    Es curioso, pero mientras más grande menos aprende la gente. O eso parece. Tienen razón los escritores: a veces la realidad se aleja de lo real para darse de frente con lo ficticio. Vaya certeza la de estos señores.
    La otra vez andaba cabizbajo y opté por lo de siempre, es decir, darle pataditas a lo que me aplasta como quien en plena calle regala puntapiés a una lata vacía de Coca-Cola, sólo para olvidarme un rato del puto día más sus espinas, y pensar, y marear la perdiz a mi manera.
    Pero en fin, decía arriba que ciertos aprendizajes son inversamente proporcionales a la edad y no creo que me equivoque. Después de tantos cabezazos contra la pared he visto la luz, o sea que por fin doy en el blanco si se trata de mover el foco, de tensar el arco para intentar poner la flecha donde pongo el ojo. No sé si me explico pero el asunto viene por ahí. Somos víctimas de la realidad, no cabe duda, por lo que más vale jugar las cartas al respecto.
    Jugar las cartas al respecto implica aprender algo sencillo: si la realidad no es como la pintan es mejor colorearla de modos diferentes, cosa que me llevó una punta de años vislumbrar pero eureka, heme aquí, sentado ante una mesa de café, tabaco en mano frente al lienzo inmaculado de la tarde que me saca la lengua, me mira con extrañeza, mientras rebusco ángulos mezclando azules con aguamarinas en esto de vivir la vida. Y así.
    No me lo vas a creer, pero te juro que es verdad. La otra vez pateaba con desdén la lata de los días y apareció ahí, de cuerpo entero, con sombrero negro, con bastón, con bigotito corto, con las piernas arqueadas. El cine mudo del día a día hacía otra de las suyas: Chaplin en pleno bulevar, a las cuatro de la tarde. Charles Chaplin, el mismo que vistió y calzó. O su doble, o algún fanático dado a deambular por estos lares. Ve tú  a saber. Nadie, excepto yo, se dio cuenta de semejante escena, de modo que el perfomance, o como diablos se diga, resultó un platillo que devoré a mi manera, que terminó siendo plena y absolutamente para mí. Chaplin  a tres metros, como recién salido de El gran dictador, como asomado desde sus Tiempos modernos. Tienen razón los escritores, esos tipos extraños y caraduras que ven un cinco cuando tienes enfrente un cuatro. Lo vi desaparecer entre la gente mientras se alejaba poco a poco, lentísimo, adentrándose en la calle Foch.
    En esta mesa leo o escribo, pienso, miro pasar la vida entre bocanada y bocanada. Hay que ver, me digo, somos víctimas de la realidad más veces de las que deberíamos, y para cuando reaccionamos ya es tiempo de coger los peroles y palmarla, estirar la pata, plop, adiós luz que te apagaste. Tengo un amigo que vive sus ratos como le da la gana, y no te rías porque el caso no es naranja que se desconche facilona. Vivir-la-vida-como-le-da-la-gana es un arte complicado y arriesgado que exige talento, disposición y cojones. Nada menos.
    En eso ando, con subidas y bajadas. Muerdo el polvo y sigo, que algo termina quedando como sostuvo el filósofo. Somos víctimas de la realidad, claro, y lo que soy yo le alzo el vestido aunque sea por dármelas de qué sé yo, aunque sea por joder. A ver cómo me sale el óleo. A ver.

7/27/2017

Intriga

    Como nos gusta complicar las cosas vivimos invocando lo que trascienda el aquí y el ahora. Me explico: no nos basta la realidad monda y lironda, ésa que a diario termina por quebrarnos un plato en la cabeza. Buscamos más, esperamos más, a no ser que tengamos una piedra por espíritu o la cabeza llena de aserrín, lo cual tampoco es que sorprenda demasiado.
    Desde que tengo uso de razón me ha dado por indagar en regiones poco transparentes. Uno se pregunta qué se oculta del otro lado de las cosas, qué significan ciertos hechos, cuáles secretos de este mundo se revelan sólo si los escrutamos desde ángulos distintos, y entonces nada, hay que ideárselas para dar con meollos de pelaje variopinto.
    Tengo un amigo que de lunes a domingo, pase lo que pase, a las cinco de la tarde le da por papar moscas donde esté. Papar moscas, según dice, es el mantra que culmina poniendo boca arriba algunas cartas, lo cual ha implicado para él nada menos que dar sopotocientas veces en el clavo. Acertar tiene sus bemoles, verdad que descubrí hace ya una punta de años, razón por la que puedo entenderlo de pe a pa: ha encontrado su camino, echó a andar su metodología y sanseacabó, recoge cuantas perlas puede, que ya es decir bastante.
    Tú, sin ir muy lejos, tendrás tus particulares vericuetos. Enhorabuena. En cuanto a mí, como la razón goza de mala salud en estos casos es mejor darle unas palmaditas en el hombro y mandarla a cocinar lagartos, o cuando menos ubicarse de costado, sin exponerse demasiado, no vaya a ser que acabes embestido y con la femoral troceadita en dos mitades, qué mierda de suerte la de algunos.  
    Todo lo anterior para decir que últimamente he chocado de frente con un enigma de lo más llamativo. De lo más común y cotidiano pero subestimado la mayoría de las veces por la ingente suma de almas que pasan por la vida como quien atraviesa un valle de lágrimas o, en el mejor de los casos, un paisajillo apenas rosadito. Me refiero a las escaleras. Las mecánicas, para ser exacto.
    ¿A dónde nos llevan semejantes artefactos? Pones el ojo, siembras la mirada en el primer peldaño, movedizo como los demás, y luego alzas la vista con la esperanza de que el procedimiento se repita, se repita, se repita, y avances y por fin llegues a ese lugarejo, punto de fuga de tu desplazamiento. Esperas que se haga la luz, claro. Pero qué va, nada de nada, olvídate. En los centros comerciales, en los aeropuertos, en el metro, cada día en mayor número y medida como hidras amenazadoras se multiplican tales bichos. Te subes, pones el pie, pones el otro, esperas mientras te llevan, y la pregunta cunde como manada de piojos: ¿cuál es el destino? ¿A qué indeterminada geografía van a parar unas gradas empujándose a sí mismas?
    Ayer, mientras fumaba un Partagás con un macciato en Sweet&Coffe, dediqué buen tiempo a observar a la bestia, a escudriñar el misterio que me quita el sueño hace semanas. A pocos metros de mi mesa la criatura que conecta con el primer piso mantenía en silencio su quehacer. Un hombre con sombrero y traje gris se embarcó en la travesía. Lo vi encaramarse, lo vi cabalgar risueño sobre el alazán metálico y al final, ya justo cuando el último eslabón debía arrojarlo al suelo de la primera planta desapareció como por arte de magia. Entonces el abismo, entonces otra vez la duda, esa pregunta que me hago sin que lleguen las respuestas: ¿a dónde nos llevan las escaleras mecánicas?