3/12/2017

Puntos de vista

    Como estamos acostumbrados a nuestra estatura, miras con los mismos ojos el horizonte que tienes enfrente. Yo, que alcanzo 1.83, tengo un particular punto de enfoque. Tú tendrás el tuyo, y así.
    Un amigo rompió todos los esquemas al respecto. “Verás”  -me dijo un buen día-, “no hay nada mejor que ubicarte a ras del suelo para hallarle otro sentido a la existencia”. Mi amigo, que tiene cara de distinto pero no de atolondrado, lleva una punta de años dale que te dale, observado cuanto le rodea desde planos que en nada se parecen a los típicos, esos que tú o yo nos embolsillamos y transformamos en costumbre porque no abunda, qué le vamos a hacer, eso que llaman ojo clínico, creatividad, imaginación, y ya, dejémoslo hasta aquí.  
    El bueno de mi amigo acostumbra echarse de espaldas sobre el piso para ver mejor. Y a veces, créeme, lo encuentro gateando por la biblioteca de su casa, o hurgando entre las patas de los muebles, o haciendo piruetas bajo el escritorio. Total, cuando le pregunto al respecto siempre termina por lanzarme idénticas respuestas: es desde el piso como puedo figurarme otros ámbitos, diversas regiones jamás imaginadas, nuevos planos inexplorados de las cosas.
    No, mi amigo no necesita del psiquiatra. En la única ocasión en que se lo propuse, hace ya más de veinte años, se tomó a pecho mis palabras y al día siguiente fue y sacó la cita. Él y su tratante terminaron discutiendo ciertos problemas de la vida en cuclillas, y en ocasiones acostados boca abajo, reptando sobre la alfombra del consultorio, de modo que el discípulo de Freud aprendió una nueva técnica, tan eficaz según confesó él mismo después como la hipnosis o el psicoanálisis.
    Es que se cuenta y no se cree, repite cada vez que nuestros encuentros nos llevan a tocar el  tema.  Hay ángulos invisibles en una cafetera o una ducha cuando te metes de cabeza en la atalaya de lo común,  del  día a día, y de pronto puntos de fuga, giros particulares, planos renovados que cobran los objetos si vislumbras tu mundo a la altura de un niño pequeño, pongo por caso. Tonos de luz, caminos nunca antes andados, sendas apenas descubiertas por el ojo de la monotonía.
    Ya ves, mi amigo tiene bastante de filósofo aunque ni siquiera lo sospeche. La verdad es que  -para qué decir sí si no-  son más las veces que me he rendido ante el peso de su convicción que las ocasiones en que, atravesado por la lógica aprendida en el colegio, intenté desbaratar su modus operandi. De cualquier modo, cada quien con su cada cual, al punto de que yo soy yo y mis circunstancias, como dijo el otro, y mis circunstancias están plagadas de dos más dos igual a cuatro, y cuatro y dos son seis, y pienso, luego existo, todo adobado con ciertas monsergas de lo más académicas, planchaditas y almidonaditas, fíjate cómo van siendo las cosas.
    Mi amigo, cuando el nivel de nuestra charla finaliza en puntos muertos, es decir, conmigo frunciendo el ceño más de lo debido, se agacha sin anunciarlo, continúa escuchando lo que parloteo, enciende un cigarrillo y asiente sin dificultad.  A esas alturas su argumento resulta irrebatible. Y pasamos a otro asunto.

3/02/2017

La chica de las tetas perfectas

    Así como lo lees. Podrás objetar que la perfección es subjetiva, que en realidad cobra vida sólo en función de un ideal que cada quien lleva entre ceja y ceja, que no existe ni existirá jamás, y la verdad es que me importa un rábano. He visto la perfección a tres metros de distancia y, como dijo el poeta al hablar de la belleza, la senté en mis rodillas, con la pequeña diferencia, señor Rimbaud, de que ni la encontré amarga ni  la injurié.
    Todo lo contrario. De ese sueño magnífico, de transformarme en cabalgadura para que deambule a sus anchas, puedo decir que desperté con la certeza de haber dado un mordisco al Paraíso. Créeme, he visto a la perfección dando brincos a su antojo mientras hojeaba la página ochenta y tres de El limpiabotas del Padre Eterno, un cuento de Max Aub. Alcé la vista desde esta mesa en el Sweet&Coffee y ahí estaba, hecha carne y hecha huesos con toda la desfachatez del mundo haciendo de las suyas.
    Voy a coincidir con San Agustín cuando le preguntaron por el tiempo. El santo respondió que frente a semejante interrogante no tenía la más mínima idea de qué diablos podría ser, pero una cosa estaba de anteojitos: al desaparecer el tono de consulta entonces claro, daba por sentadas de pe a pa y con pelos y señales las respuestas al enigma. Pues bien, mejor enfoque imposible. Toda perfección es prima hermana de ese tiempo, entra en el mismo saco, comparte iguales quebraderos de cabeza, de modo que el tamiz de la razón termina siendo un estropicio inservible, funciona para todo menos para dar en el blanco en asuntos de intereses  cartesianos. He visto a la chica de las tetas perfectas y punto, verdad absoluta, aparición indiscutible.
    Imagínalas como te dé la gana, total, lo probable es que no coincidamos y qué importa. Sin embargo, mira cuánta casualidad, tu perfección y la mía gozan del mismo afán e idéntico punto de fuga, diríase que van por ahí sin negarse al próximo bar, sin amedrentarse frente a la enésima cerveza de la noche. La chica de las tetas perfectas cumple su función, alcanza la cota máxima, humedece los rincones con esa baba fosforescente que a todos despierta y pone alertas.
    Juro que vi a la perfección y la senté en mis piernas. Ella sonrió y luego nada,  por completo nada, apenas esa cosa espumosa que grita mírame, aquí estoy, cuando tres más dos ya no son cinco. Entonces cuentas con los dedos o sacas la calculadora pero ni así, a las sumas y a las restas les da por flotar ahogadas en el pozo séptico próximo al café que sirve de trinchera para traquetear con las ideas, con las palabras, esas doñas vestidas de negro incapaces de hacer nido en tus bolsillos.
    La chica de las tetas perfectas pasó como saeta a un palmo del lugar en el que escribo. Toda perfección es, lo sé hace ya mil años, el producto observable del cada quien que supura por los intersticios del escrutinio, el tuyo o el mío, risueño y feliz el muy degenerado. Y qué le vamos a hacer, San Agustín lo vio con ojos que para qué te cuento, así que basta con la imagen, con las tetas de infarto que a plena luz de día se abren paso entre el universo torcido que, te guste o no, acaba por engullirnos como si fuésemos bocado de un tercero que ve tú a saber cómo nos mastica, nos traga y nos digiere.
    La chica de las tetas diez taconea a su antojo, mueve las caderas frente a tus narices, te hace trompetillas, saca la lengua con ánimo de burla para que no seas bestia, para que por fin aprendas. Después, hay que ver, fumas y piensas, y deseas,  y pretendes tomar venganza a tu manera, por lo que coges el papel con ganas de escribir tres pendejadas. Y así. Es que la perfección tiene sus intríngulis, Cantinflas creo que dixit. Con toda razón, vaya, con toda razón.

2/24/2017

¡La democracia, joder, la democracia!

    Hay quienes juran que la democracia es una flor silvestre que se da como si nada. Craso error, por supuesto. Si le echamos una ojeada a la rueda de la historia es posible notar cómo despuntó apenas con Pericles y luego, tal como la conocemos, hace cuestión de dos centurias. Nada, un suspiro llevado a escala histórica.
    Lo normal, la regla común en el devenir humano ha sido que algunos, los poderosos, los ricos, los bien relacionados, los que se ubican por re o por fa en el vértice superior de la pirámide en cualquier época y lugar, usen como cabalgaduras a los desvalidos, es decir, se encaramen sobre la mayoría. La vuelta de tuerca que significa el hecho democrático consiste, por primera vez, en inventar una forma de convivencia capaz de frenar la tendencia milenaria a que el lobo siempre devore a los corderos. Se trata, más que de un sistema social, de una cosmovisión, de un modo de vida, en fin, de una cultura.
    Por eso la democracia no lleva en sus entrañas garantía alguna de justicia social, progreso, paz o felicidad, pues acceder a ella dista años luz de que en verdad consista en cerrojo frente al camino de regreso a la barbarie. Quien piensa de esta manera se equivoca y, lo que es peor, abre de par en par las puertas al pasado que suponía conjurado.
    Leo en el portal Prodavinci (www.prodavinci.com) una crónica en la que algunos jóvenes comentan sus expectativas, sus esperanzas y desencantos a propósito de la destartalada Venezuela. Una chica afirma lo siguiente: “yo solía estar enamorada de la política, pero últimamente muchas cosas me han hecho cambiar de parecer. Que los políticos no trabajen para la gente es muy grave. La mayoría de las decisiones son tomadas arbitrariamente. Antes al menos disimulaban preguntándole al pueblo. Ahora eso no sucede”. Y ahí aparece vivita y coleando una bomba de tiempo. Si la democracia es una especie rara en nuestra civilización, si hay que cultivarla y mantenerla con uñas y dientes, si requiere alimento diario para no morir de inanición, entonces lo contrario implica darle palos por todos los costados. Cuando para alguien la política y la democracia son sinónimos de vileza, de dolo, de mugre amalgamada con lo menos elevado, quedamos a un paso de populismos capaces de roer la madera más noble de cuanto ellas suponen. ¿Ejemplo?, lo sucedido en la humillada Venezuela. Los polvos del pasado, con una clase política y una sociedad civil sordas, de espaldas a las necesidades de los más necesitados, trajeron estos lodos, barriales fraguados por unos gobernantes cuya única propuesta es esa torcedura de la inteligencia llamada  “Socialismo del Siglo XXI”.
    Que una caterva de imbéciles, gente que se sirve de la política, que se empina sobre la democracia para medrar y enriquecerse, que está dispuesta a engañar, arrasar y destruir haya tenido alguna vez público de sobra para sus sandeces, lleva en las alforjas el germen perfecto para socavarla. Van a ser muchos quienes, decepcionados por los magros resultados de nuestras enclenques democracias, paren las orejas ante el relumbrón de caudillos, iluminados, hombres fuertes y demás bichos en la espesa fauna de los Castro, los Chávez, los Perón, los Trump, los Ortega y dejémoslo hasta aquí por razones de mínima asepsia.
    Alcanzar la democracia es infinitamente menos complicado que conservarla, no cabe duda, lo cual exige estar alertas, pendientes mañana, tarde y noche, porque ella, hay que repetirlo mil veces, no es vacuna contra la peste de autoritarismos, fascismos,  populismos y demás ismos que en el mundo han sido.
    Leo también en El País Semanal lo que escribe Rosa Montero: “la única manera de luchar contra la deriva ultra de los Trump y los Brexit es la regeneración democrática”. Créeme, no le falta razón. A ver si de una vez espabilamos.

2/20/2017

La otra historia

    Hay gente que vende a su madre por triunfar. Vaya uno a saber qué vericuetos cobran forma en la caja craneana de algunos, pero en fin, desde que tengo uso de razón me atrajo mucho más el fracaso  -o cuando menos el no dar del todo en el blanco-  que cruzar la meta antes que los demás.
    Quienes se desviven por alcanzar sus sueños guardan entre ceja y ceja cierta condición robótica, es decir, tengo la impresión de que saltar la verja que da al mundo de los proyectos cumplidos lleva en las entrañas bastante de quehacer condicionado, kilos de Pavlov haciendo de las suyas toda vez que te desvives por la medalla o los aplausos. En el fondo suena siempre la misma campanita, cling-cling, y otra vez salivación, otra vez la línea del horizonte que te guiña un ojo, que te llama con el dedo mientras se alza un poco la falda, cruza las piernas y  te deja ver las  medias negras hasta lo más profundo de los muslos. Pavlov a pleno día cuchillo en mano, digo para que despabiles.
    Caer, no necesariamente con estrépito,  es lo normal, es esta realidad monda y lironda que te da un coñazo a cada instante en la nariz. Sin embargo no falta alguien empeñado en pervertir, en trastocar, en transitar de triunfo en triunfo de modo que esos pequeños fracasos terminan convertidos en vivencias infernales. Cuando perder bien puede transformarse en punto de apoyo para al fin ganar, ciertos imbéciles están ahí  enarcando las cejas a lo Bogart, porque así es el negocio, viejo, porque debe ser ganancia diaria, en cash para remate, cigarrillo ladeado de por medio, mira tú, que si te descuidas me quedo siempre con la chica guapa.   
    Pero decía arriba que prefiero el halo gótico y mediocre de algunas historias particulares al relumbrón de los flashes tan ansiados por cualquiera. No sé tú, pero jamás he concebido esto que se llama vida como gabinete para exhibir lauros.  Debe ser porque los de verdad no caben en ciertos espacios cuadriculados. Y entonces volvemos a lo mismo: el hilo de algunos esfuerzos en vano resulta mucho más interesante, humano, curioso y digno de emular que el final rosadito al puro estilo muchacho de la película.
    Todo evento que termina con bonita música de fondo es asimismo un relato de fraudes agazapados. Los finales risueños son también el engendro de opacidades que conviene más esconder bajo la alfombra, no vaya a ser que tanta carcajada acompañada de buen vino se torne grisácea al contacto con el sol resplandeciente. No sé, la verdad es que no sé. De niño me simpatizaron los segundones, los últimos de la fila, los creadores de tramas que se imponen a codazos y a mordiscos, sin cámaras que les sigan los pasos, y ellos me caen bien desde esos tiempos. No brillar en los noticieros va siendo sinónimo de esa cosa magnífica, llámala como quieras, que encuentras en medio de las piedras o a milímetros de las espinas, pienso y sostengo. Lo demás es huevo de pato, moco verde embadurnando pañuelos de seda, perfume transitorio entre los senos de la dama.
    La otra vez, leyendo uno de sus cuentos, el gran Benedetti me salió con esto: “en toda victoria histórica hay algo de turbio, de injusto, de obsceno”. Entonces sí que me agarró por las pelotas, el muy cabrón.  Por eso me gusta la cara oculta de la Luna, el envés de la trama, la dulzura que suelen llevar encima ciertos nobles fracasos.

2/17/2017

Un clásico

Una canción de Luis Eduardo Aute que me acompañó en la adolescencia. "Las cuatro y diez".

El link:  https://www.youtube.com/watch?v=56W8zudUAy0

2/10/2017

El Comandante

    Leo una entrevista a Moisés Naim y pienso: qué cojones. Vargas Llosa tiene razón, digan lo que digan los envidiosos, los izquierdosos y los ultrosos. Vamos a ver, doy una pasadita por twitter y ahí está, salta como liebre, brinca aquí y allá, satura los rincones de la virtualidad hecha espectáculo, al por mayor, al quién da más. Parece que es verdad, atravesamos la cultura de los flashes, del relumbrón mediático, del jaleo sin peso específico al más puro estilo hard show bussines .
    Me refiero a la serie El Comandante, que según el entrevistado no es biografía alguna de Hugo Chávez sino exactamente lo contrario, una obra para la televisión inspirada en cierto libro de su autoría, cargado hasta el cuello de ficción. Despacho la entrevista y quedo satisfecho. Las ideas de Naim siempre me han parecido ejemplos de conexión con el cerebro, con el mundo que nos toca transitar para bien o para mal, duro, complicado, universo rosadito a veces e hijo de la gran puta casi siempre. Entonces me digo: hay que ver. Una serie de sesenta capítulos dedicados nada menos que a Chávez. Supongo que el hombre es garantía de éxito, que su popularidad, sustentada en el histrión que encarnó, es más que un  buen aval si se trata de vender. La Sony no tiene un pelo de tonta. ¿Qué hizo, después de todo, Hugo Chávez en su vida sino vender y vender? Se vendió a sí mismo y la pegó, vendió un proyecto delirante y tuvo fortuna, y vendió un país a los demonios de la sinrazón con idéntica buena suerte.
    Entonces paso la vista a mi álbum particular de personajes latinoamericanos con lustre e impronta indiscutible. Aparece Óscar Arias, irrumpe Fernando Cardoso, imagino a Rómulo Betancourt, vislumbro a Carlos Rangel, pienso en Ricardo Lagos, en fin. Revuelvo imágenes en sepia de individuos que metieron sus narices con respetabilidad en la política y nada, que alguno de ellos protagonizara tamaña serie es algo que únicamente puede ocurrírsele a un desquiciado. O sea a mí. Bancarrota por donde lo mires. Al lado del Che y Fidel Castro, acota Naim, “Chávez es el líder político de mayor fama mundial en estas latitudes”. Por eso la peliculita y por eso andamos como andamos, concluyo aún con la entrevista en las manos. Un sesudo Rangel, un pausado Lagos, un estadista como Arias, embutidos en esas aburridas formas que echan mano de la legalidad, del diálogo, de la tolerancia, untados por el ritmo lento que exige el actuar y el hacer desde las exigencias democráticas, ¿qué pueden buscar frente al vértigo castrista o el ventarrón mitómano, embrujador, hilarante, del caudillo venezolano? Un pepino. Nada entre la nada.
    Que Sony Entertainment Television haga su agosto llevando a la pantalla chica lo que le venga en gana, vale. Pero que la peste política, es decir, dictadores eternos o aprendices de tales gocen de los favores del público, que se embolsillen el raiting cuyo punto de fuga es la alfombra roja de Hollywood, indica una tara que ve tú a saber cuándo pasará a la historia. Vargas Llosa y su civilización del espectáculo, no te quepa la más mínima duda. Cala mucho más el estruendo descocado de un Chávez que se jura pieza clave de la historia, con sus disparates y megalomanía a cuestas, que el aire sosegado de demócratas refractarios a estruendos de la lengua y terremotos tras sus pasos, pongo por caso.
    Con razón el Socialismo del Siglo XXI, ensalada con la vinagreta más amarga de estos tiempos, tuvo tan espectacular acogida. Los exquisitos paladares de aquella rocambolesca fanaticada premiaron con creces el experimento de un recetario a punto de caramelo, o sea, listo para la intoxicación generalizada, a reventar. La civilización del espectáculo, dime tú si no, haciendo de las suyas por donde eches el ojo. Digerir un plato semejante fue darse de bruces con el macabro resultado de sus invectivas. Pero lo importante aquí ha sido y es el tintineo de copas, el relumbrón fulgurante, la atracción fatal que un encantador de serpientes ejerce en función de la histeria, del hígado  y las gónadas. Ese eufemismo que dieron en llamar carisma.
    Sostiene Naim que la serie está bien hecha, mejor actuada, magistralmente escrita. Y no lo dudo. Pero de Chávez Venezuela tiene suficiente. Lo que soy yo, paso la página. Enhorabuena la democracia otra vez, más temprano que tarde, amén.

2/06/2017

Quijotes de papel

    La diáspora venezolana, como toda diáspora, levanta una polvareda que con el tiempo pasará de largo. Estoy seguro de que las cosas volverán más temprano que tarde a su lugar, pero vamos, el cuándo o cómo de semejante regreso al equilibrio no es lo que pretendo para la página de hoy.
    Hay de todo, pero abundan cagatintas que señalan con el dedo, que acusan y cubren de epítetos made in las mazmorras del hígado a quienes cogieron una muda, dos peroles y se largaron, y habladores de pendejadas cuya lógica es tan patética como hueca: eres un desalmado porque te vas, eres muy nacionalista porque te quedas. 
    Confieso que me tocan el ganglio de los cojones quienes practican tamaña ética maniquea, hermanita gemela de esa otra con que el sumo sacerdote de la religión chavista infectó cajas craneanas, sesos si los había y cuanto patuque haya existido en los confines de tales cavidades. Una ética al servicio de ciertos chasquidos de la lengua que apelan a la conveniencia, fraguada a ras del suelo, incapaz de elevarse aunque sea medio centímetro pensando en la vergüenza al menos. Al carajo. Es la de esta gente una forma de mirar jamás dispuesta a estirar el pescuezo para  vislumbrar que el mundo no acaba en los límites de la comarca, ahí donde nacieron, se criaron y juran como mero centro de lo habido y por haber. Dicho en corto, para que me entiendan: una ética que se enreda en la idiotez de sus abanderados.
    El año pasado hurgaba en el portal de cierta universidad extranjera y descubrí un llamado a concurso para profesores. Nada mal el asunto, me dije, así que hice click click y continué leyendo. Lo normal, lo básico, lo que cualquier académico sabe que tiene que desarrollar aquí o allá: docencia, investigación, extensión, seminarios, congresos, conferencias, en fin. Anoté requisitos, preparé mi asunto y nada, ahora escribo esto fuera del país, ese pedazo de tierra tan mía como de quien salió antes o saldrá después. Una Venezuela que navega a sus anchas en mi adn, con más fuerza que aquella instalada en la bandera o en el himno de tanto chauvinista lápiz en mano tejiendo disparates más que peligrosos, estúpidos y reduccionistas. Lo primero, porque del patrioterismo ramplón a las exclusiones fratricidas hay pocos pasos, y lo segundo y lo tercero por simple derivación comparativa: endilgar adjetivos perversos a quienes cruzan las fronteras se parece demasiado a etiquetar del mismo modo a los que no lo han hecho, aunque se hayan ido del corral, del grito a coro, apartado del llamado de la tribu, de la recua dictando su sentencia: piensa como yo y serás patriota, piensa distinto y eres un escuálido.
    Al carajo, vuelvo y digo. Leyendo el otro día un cuento de Benedetti, aquí, en el mismo café al que regreso cada vez que puedo a escribir algo, encontré esta frase memorable: “Los lugares valen por los recuerdos que dejan”. Y de seguidas esta otra que apunta al mismo blanco: “Los más entrañables son los lugares ya cargados de memorias”. Y eso es, eso basta. En cuanto a mí, abrazo la ciudadanía universal, el librepensamiento, en fin, eso tan apetecido y tan poco entendido como la libertad. EL cosmopolitismo, ubicado en las antípodas del provincianismo de anteojeras, da para hacer más por un lugar, por una geografía, echando mano del mundo, que es lo mismo que decir del horizonte ancho, abierto, cargado de posibilidades. Hay que ver, pienso. Aquí, a media pulgada de donde me encuentro, existen quienes superan con creces en su entrega de esfuerzos, alma y energías por una causa al grupito histérico de opinadores sin remedio y a tuiteros enchinchorrados cuya arma de destrucción masiva es Nicolás, vete ya. Menuda tarea la de estos caballeros, quijotes del teclado, sin rocín, lanza en ristre ni escudero.