12/09/2017

Un clásico

Un regalo de los dioses: Poncho Sánchez & Óscar de León. Sin comentarios.
Les dejo el link: https://www.youtube.com/watch?v=RzLrzkbaRqk

Objetos polvorientos

    Desde niño tuve la sensación de que revelar el mundo equivale a cierta forma de felicidad. Cada quien opta por el tránsito que llevará a cabo, sigue recto o dobla hacia la izquierda, y en ese vaivén construye su día a día, su particular nicho en esta vida que es de todo menos de color rosa.
    Lo digo porque la otra vez, contemplando desde el sofá algunos ejemplares de mi colección de gatos, pensaba en lo que he aprendido sólo investigando aquí y allá para conocerlos más. Cuánto tiempo he invertido al hundirme en lugarejos de todos los pelajes con la esperanza de hallarlos en madera, en metal en arcilla o ve tú a saber qué más.
    De algo puedes estar seguro: coleccionar objetos no es sólo compilarlos. Menuda estupidez la equivalencia entre la simple, árida posesión y la satisfacción automática. Coleccionar postales, monedas, lápices o exlibris es regresar de alguna extraña manera a uno mismo porque, dime tú si no, semejante ruta trae aparejada la alegría, seguida de un aprendizaje sinónimo de autodescubrimiento.  En el fondo, coleccionar implica encontrarte a partir de eso que rastreas.
    Cuando te metes en el ojo del huracán que coleccionas buceas en la memoria, te sumerges en la historia menuda, sin mayores pretensiones, escrita en minúsculas sobre la piel del universo cotidiano mientras das cuenta del pasado,  esplendoroso o no, estimulante o no, pero humano al fin y bebes de él cuanto puedes, para bien y para mal.
    Coleccionar objetos es quizás otra forma de amor: amas aquello que persigues con la pasión a tope, y al encontrar lo que buscas arrancas un pedazo de felicidad quién sabe a qué o a quién. Por mi colección de marcalibros he vagado años enteros escudriñando formas, mensajes, diseños, historias de afecto o de vileza detrás de un objeto en especial, y por los felinos ocurre otro tanto: creo conocerlos hasta en su fuero interno, desde el divino rol que disfrutaron en el antiguo Egipto hasta el presente, no otro que deambular a veces entre bolsas de basura olisqueando sardinas, envases putrefactos, restos apenas comestibles mientras la elegancia hace de las suyas, mientras un mazazo de entera libertad ronronea por los solares a la luz de la Luna.
    Vale el esfuerzo de detener los minuteros y restregarle al tiempo la mueca del olvido hecho presente, rescatado de las garras, de las fauces del nunca jamás que, gracias a tu labor detectivesca, ya no tendrá el horizonte únicamente para sí. Coleccionar botellas, piedras o cajas de fósforos es al fin y al cabo limpiar de telarañas lo que vamos siendo y es así mismo zarandear a la alegría para que de cabo a rabo abra sus alas, de par en par y a plena luz. Ni más ni menos.

12/02/2017

Leer con hambre

    Cuando me acerco a un libro lo hago desde las tripas. Es lo que procuro mantener como función catalizadora entre tanta página escrita y entre el cúmulo de desechos  que en buena medida ofrecen las librerías.
    Semejante esperanza echa mano de la más pura condición hedonista, porque la verdad sea dicha: no concibo leer sin consecuencias placenteras, lo cual, llámenlo ustedes como quieran, a estas alturas va siendo poco menos que un vicio del que no estoy dispuesto a prescindir. La lectura por obligación, porque alguien la impone y se acabó, termina por trocarse en perversión. Supone el uso de la fuerza ante un ejercicio que debería ser voluntario. Leer porque algún hijo de la gran puta te pone un treinta y ocho en plena sien resulta un crimen, de lesa inteligencia para ser exacto, y no hay cárceles suficientes en La Haya para tanto bienintencionado a la hora de repartir el gusto por los libros. Pienso en padres y  maestros, instituciones de cualquier pelaje, ciertas campañas a favor de la literatura, Ministerios y demás lugarejos por el estilo.  Una de dos, o lees porque es un hacer apasionante o no lees y al carajo García Márquez, Heinrich Boll, Dumas, Rulfo  y la madre que los parió.
    Tengo la costumbre de largarme a  buscar historias tantas veces como pueda. Y si la cosa es justamente ésa, poder, créeme que soy capaz de echarme a las espaldas el trabajo pendiente de hoy, de mañana y de pasado, con el delicioso objetivo de entregarme entonces a una librería de viejo. En esto me acompañan Camila y Daniel, mis dos pequeños mosqueteros, y río de lo lindo al percatarme, al verlos escudriñar con la curiosidad comiéndoles el corazón, entre anaqueles polvorientos, pilas destartaladas o mesones cubiertos por ejemplares apolillados.
    Salir a buscar libros equivale a salir de cacería. Literalmente hurgamos en terrenos literarios para luego, con el botín a cuestas, caer sonrientes por el Sweet & Coffee y despedazar gozosos a las víctimas. No hay mayor placer, tenlo por seguro, que una mañana de sábado en trajines semejantes. Leer con la esperanza de hallar esa escritura que te agarra por el cuello y no te deja escapatoria, que te refleja en sus letras, que dibuja sobre el lecho profundo de algunas ideas el perfil que reconoces como tuyo. Cuando eso ocurre, lees seis o siete párrafos, te detienes de pronto, ves pasar la vida alrededor y de seguidas continúas hundiendo los colmillos en la carne blanda del papel.
    No quieres que se acaben las historias, no deseas que culmine el embrujo. Me ocurre con Cortázar, con  Mario Vargas Llosa, me pasa con Paul Auster y acabo de sentirlo al ingerir la autobiografía de Salman Rushdie, seiscientas y tantas páginas de magia pura y dura.
    Leer con hambre y descubrir, probado el plato, que el paladar agradece cada sílaba que engulles. A nada menos está llamado quien espera el goce como recompensa en su vaivén con títulos, carátulas, cubiertas de tapa blanda o dura e historias llegadas de todos los confines. Al final, por fin exclamas: hay que ver, menuda felicidad ésta. Y dices gracias, que se repita, y también Amén.

11/24/2017

Jamás lo hubiera sospechado

    Cada cabeza es un mundo, lo cual es tan cierto como la existencia de la noche. He leído un diario que sólo publica noticias falsas, con el dato adicional de que este año resultó el más vendido entre una veintena de competidores. Nada mal si te pones a ver.
    Al fin y al cabo, hay quienes se fabrican verdades a la medida. Yo, por no ir más lejos, tiendo a creer lo que en el fondo deseo que predomine. Para muestra un botón: como no soy amigo de los médicos, cada vez que a alguno le ha entrado la idea de meterme en un quirófano para operarme las amígdalas, o decide ordenarme abstención persécula de dulces y otros placeres por el estilo, busco ipso facto otra opinión, eso sí, previo hallazgo del consultorio indicado que a los efectos arroje la sugerencia complaciente. Dicho y hecho: “habría que esperar un tiempo adicional para su cirugía, caballero”, o “no se trata de eliminar esos alimentos de la dieta, sino de moderarlos”, y sanseacabó, asunto resuelto. Existe eso que he deseado que exista.
    Después de leerlo por primera vez me hice un asiduo del periódico en cuestión. Disfruto el placentero hecho de ser un abonado mensual, por cinco años a partir del mes pasado, y créeme, las noticias falsas terminan por imponerse, por torcerle el pescuezo a tantos testarudos que sin medir las consecuencias vaticinan guerras para ahora mismo, maremotos casi a punto de ocurrir o tragedias ecológicas indetenibles. Una noticia falsa tiene la virtud de cogerle el pulso al día a día sobre la base de un razonamiento aséptico, quirúrgico, cierto por donde le metas el ojo. La verdad es cosa de consenso, lo otro es pupú de pato macho.
    No te imaginas cuánta falta le hace a la gente leer lo que tiene que leer, enterarse de eso que esperó toda la vida, darse de bruces contra la pared de una mentira suave como almohadón de plumas. Poco a poco, mientras consumía lo que este diario me traía cada mañana, fui abandonando la prensa cotidiana. He llegado a aborrecerla, claro, por su lado siempre oscuro en eso de inventarse realidades en nada compatibles con lo que a todas luces sucede cuando te empeñas en que ocurran siempre a tu manera. Ni El Nacional, ni Le Monde, ni El Universo, ni The New York Times, en lo absoluto. Cuando pienso en las noticias vislumbro únicamente el hecho inobjetable de una escala de ocurrencias que nos toca en tanto forman parte de nuestras proyecciones, anhelos, ganas y convencimientos. Ahí radica la certeza de la realidad, del coñazo en la nariz o la caricia en la mejilla.
   Eso es: convencimiento. Una noticia contundente, real como plato de lentejas, es religiosa cuestión de fe: primero tienes que creerla, o terminar creyéndola, y después pasará a conformar tu realidad. No frunzas el ceño porque ya lo he comprobado. Sin aceptación no hay mundo objetivo que valga, y sin mundo objetivo que valga olvídate de lógica aristotélica o como se llame. Chao Descartes, good bye racionalismos de cualquier pelaje y toda la parafernalia.
    Desde que me apunté al diario aludido soy un hombre más equilibrado, más feliz y por supuesto mucho más enterado. Conocer noticias falsas tiene la ventaja de hacerte menos crédulo y de acrecentar tu condición de ser maduro y crítico, lo que no es cosa despreciable. Un diario de noticias falsas es lo que hacía falta para entender mejor el mundo en que vivimos. Nunca se me hubiera ocurrido.

11/10/2017

Putadas del día a día

    Hoy me ha dado por terminar la clase que debo dictar de dos a cuatro y salir. Cuando digo salir lo afirmo empleándome a fondo, cogiendo por el cuello al verbo que esta tarde se ceba en mis entrañas. Entonces tomo el ascensor y bajo, camino hacia la puerta norte, salgo.
    Resulta que existen ocasiones, muchas más veces de las que desearías, en que el tono de los grises parecen cubrir más de la cuenta, abarcar todo cuanto miras: dan la impresión de empinarse con fuerza hasta magullarte el rostro, sacarte la lengua con terca impunidad. Por re o por fa, por mil motivos grandes o pequeños a los que culminas dando la razón y ante los que doblas la cerviz inclinándote frente a esos molinos que en principio desafiaste lanza en ristre, con tu armadura a cuestas y la locura intacta.
    Pasan esos días cuyo trasfondo es el sedimento baboso de una humanidad falta de luces, de sensibilidad y de cojones. Esos en los que juras a la especie que te da cobijo digna del precipicio, del acabóse o del fuego, incapaz de trascender su propia hez. Es ahí cuando aseguras que el mundo está repleto de hijos de la gran puta y te detienes un momento, enciendes un cigarrillo o un tabaco y dices hay que ver, tenía razón el fulano que echó a rodar la clara idea del perro y mis congéneres: mientras más conozco a esta gentuza más extraño a mi buen Bobby.
    Y de pronto, como para quebrarte el plato en la cabeza, ocurre el milagro. Da la casualidad de que por milésima vez te enteras de que sí, de que en realizad existen, andan aquí y allá mondos y lirondos y en ocasiones  -que no dejan de aumentar todos los días-   se sientan por ahí, te esperan, se rascan los pies a la vuelta de la esquina mientras tú caminas, absorto, maldiciente, con la bilis todavía revoloteando en plena boca.
    Un detalle, un gesto, un color, un perro callejero fiel a su amo como nadie, algo entre el calor o el frío de un día cualquiera es la rama que acabas por alcanzar de un manotazo. Y te abrazas, te sostienes, sales a flote con la felicidad abofeteando al enemigo.
    No puedo enumerar las veces que he experimentado cosa parecida porque te confieso que perdí la cuenta. Ciertos milagros hacen nido en tu camino, de eso sí que estoy seguro, y si te pones a ver para remate suceden casi  a diario, benditos sean todos los dioses. Un aroma, una palabra, aquella escena como caricia a la mirada, sumo y sigo, cafés, recuerdos, inventivas, prospectivas, en fin. La alegría, claro, concentrada en un instante, metida de cabeza en el regazo del domingo hasta que desaparece así como llegó, sin decir hola buenas, sin decir adiós, sin aspavientos ensordecedores y otras hierbas por el estilo. Te salva el día y con eso basta. Hasta la próxima dosis de veneno, hasta la siguiente puteada cotidiana. Quién lo hubiera imaginado.

11/03/2017

Mud, Maduro y fraude

    La Mesa de la Unidad Democrática es un compendio de actores y de voces. Como si fuese un coro filarmónico, la idea es que sus ejecuciones confirmen tonos, ritmos y puesta en escena sustentados en un quehacer que evidencie unicidad. Bastante de eso se ha logrado en el camino, pero hoy los chirridos se han colado, han aparecido esperpénticas composiciones, en vivo y directo, en plena función.
    Después de lo ocurrido en las elecciones regionales mucha gente perdió las esperanzas. No los critico, en esencia porque luego de golpe semejante tendemos a buscar trinchera, a pasar la resaca e intentar subir la cuesta, a superar poco a poco los hechos, desalentadores por donde metas el ojo. La estafa perpetrada por Maduro y su guacal de delincuentes es la guinda del pastel. Un fraude continuado, puro y duro cuando menos desde el 2015  -permíteme creer que desde mucho antes-,  coronó hace pocas semanas convertido en pedradas a la lámpara, sin pudor alguno, sin vergüenza, sin máscaras que oculten el talante gangsteril de la jugada. Al Capone en technicolor.
    Lo anterior tiene una doble lectura: ésa que da cuenta del sector opositor y aquélla vinculada al narcogobierno. En el primer caso no hay mucho que decir: la incoherencia, la improvisación y la completa ausencia de un plan B, un quehacer alternativo frente al más que posible arrebatón, mostraron la patética conducta de una dirigencia MUD a ras del suelo. Recibido el coñazo en la nariz, el hormiguero se dejó ver desconcertado, sin brújula, a ciegas. Mil y un chasquidos brotan ahora de las voces dirigentes, argumentos raídos, faltos de imaginación y verdadero análisis, ya sabidos de antemano, pero en ningún caso un necesario y sincero mea culpa   -salvo lo llevado a cabo por VP, asunto digno de aplaudir-  cuya punta de lanza llegue hasta lo medular, es decir, a la renuncia, en pleno, de inmediato, por razones de mínima asepsia ética. Los líderes de la MUD debieron poner sus cargos a la orden, sin chistar, uno seguidito del otro. Para dar ejemplo, además. De lógica política, de integridad, de vergüenza ante el país. Nada ocurrió. Cualquier parecido con Maduro, con Cabello o con William Saab  es pura coincidencia.
    El segundo caso, relativo al régimen dictatorial, guarda en las entrañas el hecho cierto de una euforia con los pies de barro. Me explico: si ganar supone apretar en el puño a un país, embolsillarse como sea una pírrica victoria,  Venezuela yace a esta hora en las profundidades del  lujoso pantalón que lleva puesto una casta de entregados al senil dueño de Cuba. Esto supone, ni más ni menos, que la jaula está terminada, puesta en uso y a punto de cerrarse con doble llave. Revolución eterna, Cabello para rato, uh, ah, Maduro no se va.
    Pero en el fondo tengo la impresión de que la tragedia del gobierno puede ser amplia y profunda. Vuelvo a explicarme: con lo realizado el 15 de octubre Nicolás y su banda mandaron por el inodoro cuanto representaría, a esta hora menguada para la Venezuela decente, su última carta de presentación, no otra que la legitimidad de origen. Si antes el mundo dudaba a propósito de ésta, hoy sencillamente no existe. El parapeto que la dictadura construyó al respecto voló en mil pedazos, reventado por su podrida carga de excrementos.  Nadie cree en los resultados de estas elecciones, en ningún lugar de este planeta. Ni los chavistas más recalcitrantes muerden ese anzuelo sumergido en heces gobierneras. Un atajo de bandidos que destrozó la economía, que puso a la gente a comer de la basura, que  entronizó la miseria y la desesperanza en sitial de honor, que encarcela a quienes piensan diferente, que mata de mengua, represión y enfermedad; un gobierno indolente que es hoy peligro nacional y universal, con mucho que explicar a los venezolanos por sus desafueros, por su corrupción indetenible y por sus impresionantes logros delincuenciales, ya sabemos que no obtiene ni en sueños un ochenta por ciento de los cargos en disputa electoral. Todo lo contrario, tú, el resto del mundo y yo sabemos que es exactamente al revés.
    ¿Qué significa tamaña cuestión?, que no todo está perdido. Que la MUD fue torpe y cometió un error garrafal  -ir a elecciones sin garantías, sin ruta clara a seguir en caso de fraude masivo-,  pero que, haciendo las sumas y las restas, el crimen incrustado en el poder tiene bastante que perder.  La aparente fortaleza de la dictadura implica en realidad su opuesto. Es tal su ausencia de musculatura que debió recurrir al más grande fraude electoral cometido en la historia de Venezuela. Urge el reacomodo de la MUD, o como diablos termine por llamarse, y urge que los actores emergentes cumplan a cabalidad lo que jamás debió perderse: unidad, objetivos claros, respeto al ciudadano, coherencia en las acciones y plan B, a todas luces inexistente frente al robo del quince. Amanecerá y veremos.

10/30/2017

Un clásico

Air Supply. I can´t believe my eyes.

El link: https://www.youtube.com/watch?v=-DB8I0tG6GQ

10/21/2017

Culo

    Para algunos ciertas cosas forman parte de un todo mayor que las contiene. En el plano de las significaciones no te quiero contar: el diccionario (ese cementerio, como creo recordar que lo llamó Julio  Cortázar) se lleva las palmas de aquí a Japón.
    A ver, expresa el libraco que culo es anatomía, geografía humana, y para más señas punto trasero o delantero de objetos varios. Y hasta ahí. La verdad es que no se mete el camposanto en el alma del lenguaje, que si a ver vamos equivale a surfear en esas aguas tranquilas o ventiscosas de la vida real, monda y lironda, que hoy te besan y mañana te aplastan con sólo restregar medio con pulgar.
    Culo: art. Del lat. Culus. 1. m. Conjunto de las dos nalgas. 2. m. En algunos animales, zona carnosa que rodea el ano. 3. m. Extremidad inferior o posterior de algunas cosas. Culo del pepino, del vaso. Sanseacabó. Menuda definición para esta palabreja que lleva en las entrañas un ovillo de connotaciones, de imaginación, de picardía sana o malsana, de erotismo y de mil y un símbolos sin medida ni fin. El culo del mundo, pongo por caso. Hay que ver, me digo, “el culo del mundo”, tamaña frasecita apunta, fíjate, a unidades de longitud, cuestión pasada por alto, como si tal cosa, tanto por el humilde Larousse que descansa en un peldaño de mi biblioteca como por el respingado DRAE, ubicado allá a lo alto, entre otro de sinónimos y el de Ambrose Bierce. Se dice fácil.
    Ocurre algo parecido con el culo de una dama. Nada más alejado de la verdad que la ficción diccionaresca  -perdónenme la fea palabra-  que manda al basurero de la historia, del día a día y de la cotidianidad que bulle en cada esquina el hecho fascinante asumido por todo varón que se respete: pasa una señora de muy buen ver y entonces lo que volteas a ver es con justicia eso, el culo, el culo no del diccionario (frío conjunto de las dos nalgas) sino un ámbito mayor capaz de subsumirlo, de encerrarlo en un espacio superior que sin dudas lo engulle por completo, es decir, que culo va siendo aquí el todo y no la parte, la dama en cuestión de cabo a rabo, entera de pie a cabeza, cuyo movimiento de las caderas y completa humanidad vuelvo y repito, genera el chorro de adrenalina, el Vesubio hirviente, la carga de deseo más explosiva que se haya visto por los alrededores. Dime tú si me equivoco. Para qué decir sí, si no.
    En lo que a mí concierne  -biológica, antropológica, semántica y sinceramente hablando-,  desde la adolescencia un culo, todo él según la explicación de arriba, fue el responsable del Big Bang, de la sensualidad hecha carne y hecha huesos, sinónimo de mujer, léase hembra fértil capaz de detener la marcha implacable del universo. Vaya cortedad la de la realísima Academia, que será de la Lengua y de cuanto inventario disponga la ficción, etcétera, etcétera, etcétera, pero no de la vida que reverbera en todo grupo humano y demás hierbas. Pienso otra vez en el cementerio de Cortázar: es que tenía razón el muy bandido.
    Que entre culos te veas, bendito entre los hombres. Mascullando tal sentencia sé a la perfección que comprendes lo que hay que comprender, que culo es femenino aunque lo preceda el, que culo es ese tierno, dulce, trascendental término que acelera el corazón, que enciende fantasías, que conecta con los  dioses  -perdón, con las diosas-, más allá de lexicógrafos acartonados y otras zarandajas por el estilo. Enhorabuena. Así sea.