4/23/2017

El ornitólogo y la bailarina

    Tengo un amigo ornitólogo que ejerce su vocación como nadie. No sé él, pero lo que soy yo siempre supe que acabaría observando pájaros mañana, tarde y noche. La verdad sea dicha: el amor existe en mil y una maneras, de modo que mi amigo terminó rendido ante un cupido profesional, es decir, ante quehaceres propios de sus inclinaciones avícolas. Nada nuevo para mí, vuelvo y repito.
    Así como la cadencia de una frase, así como el ritmo particular de sintaxis que lo insinúa todo, así como el lenguaje fascina a quien se precie de escritor, pongo por caso, el bueno de mi amigo vivía cual mentecato, tirado de cabeza, sumergido hasta el pescuezo entre plumajes llamativos, cantos extrañísimos, formas de vuelo que ni te imaginas, ritos de enamoramiento o no sé cuántas maneras de construir un nido. Era su amor,  la entrega sin más a una faena que él eligió y ella también a él desde un chispazo cuyo origen se pierde en algún lugar de su lejana infancia.
    Mi amigo, al cabo de los años, dio con otra forma de entrar en pareja, la usual y no por ello menos enigmática. Ahora sí, una mujer de armas tomar desplegó su propia danza, asomó el destello de sus plumas y como avecilla misteriosa descolocó al buen hombre para siempre. Al caminar ella bailaba, se podría decir que casi levitaba y no era para menos. Había pertenecido desde su juventud al cuerpo principal del  American Ballet Theatre, de Nueva York, y ahora, luego de esa experiencia fabulosa, por otras razones regresaba nuevamente a su país y a su ciudad.
    Da la casualidad de que las casualidades no existen. Entonces el hombre de los pájaros se unió a la dama bailarina, un cisne, una gorriona, o como se diga, una palomilla delicada que tensó a la perfección el arco e hizo su disparo: mi amigo resultó flechado, atravesado, cazado por la presa.  Por algo sería. Y entonces pasaron los días, los meses, los años.
    El ornitólogo y la bailarina frecuentaban mi casa, yo la de ellos, preparábamos café, compartíamos algún licor, solíamos almorzar por ahí y créeme, siempre que los tuve enfrente parecían un mandala haciéndose desde ellos mismos, golondrinas en plena faena, dibujándose en el aire, embebidas, atragantadas de piruetas y revoloteos en picada o en zig-zag, libérrimas por donde las vieras, hasta regresar como si nada, en algún instante mutuamente elegido, a la jaula de lo cotidiano, de su labor diaria con los binoculares y el libro de notas (él, claro) y su perfomance sobre las tablas como práctica nunca abandonada a pesar de no trabajar ya como profesional (ella, por supuesto).
    Eran mis amigos y punto. Eran dos seres únicos llevando a cabo lo que les dio la gana. A diferencia de ti o de mí, habían hallado un canal menos común a la hora de decirse cosas, lo que comprendí desde la primera vez y en silencio concebí como lo más natural e incluso necesario de este mundo. El ornitólogo y la bailarina dominaban su lenguaje y qué más da, quise aprenderlo pero fracasé como bellaco. No es fácil asimilar otros idiomas, lo que combinado con mi edad y mi propensión a cierta practicidad que decidí no combatir jamás, levantó un muro inderribable. Resulta extraño: no hablé la lengua de mis amigos pero la intuí. Y eso bastó.
    Diez años, veinte, treinta. El ornitólogo y la bailarina continuaron en lo suyo. Se amaban, no cabe duda, y cierta vez, empinados sobre el jolgorio de unos besos, untados de sudores confundidos en abrazos, fueron poco a poco, lentamente, abriendo aún más las alas, contemplando como nunca el brillo de las plumas, el canto derramado en tonos que subían o bajaban como si fuese una ópera jamás antes escuchada. Ella levantó mucho los brazos, como para atrapar las nubes. Mi amigo la siguió en el gesto y justo en el último segundo, envueltos en jadeos, bañados de aliento y de saliva, batieron las alas y levantaron vuelo. Jamás volví a saber de ellos.

4/16/2017

El chavismo y el calvario

    Maduro y su pandilla pretenden envejecer en el poder. De eso no hay duda. El chavismo, untándose la cara con preceptos democráticos, llegó a Miraflores para desde ahí socavar el sistema que tan poca gracia le hace. ¿Se saldrá con la suya? Más bien parece que terminará con las tablas en la cabeza, que el país entero le descarga ya una patada en pleno culo.
    Pero vayamos por partes. Eso de la libertad de expresión, a oídos del hilarante presidente que gobierna en Venezuela, lleva en las entrañas un condimento burgués inadmisible. Todo revolucionario que se respete sueña con tomar el cielo por asalto, vive su burbuja de fusil y de montaña. Es la narrativa que lo legitima ante las masas, ante la predecible historia, y no será una aburrida democracia, con su ñoñez paquidérmica, la que sustituya al exultante imaginario y al fuego de artificio propio de revoluciones en su ley. De igual manera, algo tan básico como la alternancia en el poder es cosa de alienados perdiendo su tiempo en formalidades desechables -¿elecciones?, ¡vaya morisqueta capitalista!, ¿división de poderes?, ¡patrañas del liberalismo opresor!-. La lógica chavista, en el fondo primita hermana de la estalinista, sabe únicamente de poder sin contrapesos, dinero a manos llenas, imposición, corrupción y miedo. Con tales variables apretadas en el puño no hay tu tía: obedeces, obedeces y obedeces, salvo que tu vocación ronde la condición de mártir. Pero el caldo se le pone morado, muy negro, cuando la línea de acción, los razonamientos que fundamentan sus disparates, se tuercen en función de desviaciones que no aparecían en el libreto.
    El pueblo respondón, por ejemplo. O una oposición más inteligente, terca y envalentonada. O la pérdida del poder legitimado en sus inicios por una amplia votación cuya esperanza se trocó en colosal estafa, sostenido luego por el piso falso de las bayonetas. Entonces Nicolás Maduro, desnudo en pelotas, sin dólares para el circo, sin amiguitos verdaderos en el orbe  -las focas de antaño están ya creciditas para estarle haciendo caso a un limpio-, sin el falso maquillaje democrático que tanto bien le hizo a Hugo Chávez, da zarpazos a ciegas, reprime a placer, viola con ahínco Derechos Humanos, encarcela a disidentes, amenaza fuera de sí como novio abandonado. En el fondo, Maduro y su combo chorrean pánico, destilan terror gracias a una verdad que les carcome el alma: vislumbran con tino qué les depara el futuro, olfatean como sabuesos sus negros pormenores, sienten el miedo soplándoles en la nuca de sólo imaginarse enfrentando a la justicia, pagando sus crímenes tras las rejas.
    A estas alturas del asunto creo con Fernando Mires -un intelectual lúcido y honesto a quien le importa la realidad venezolana-, que es el momento de exigir sin desviaciones, sin perder el foco, lo que manda la Constitución, es decir, elecciones regionales. Elecciones, ese es el mantra político colgado de la realidad venezolana en los minutos que corren. Si el régimen hizo lo que quiso al torpedear con éxito el revocatorio, si se burló de medio mundo en el fulano diálogo y pretende dar igualmente un manotazo al mandato constitucional de llamar a elegir gobernadores, la oposición debería sin cortapisas, amalgamada, unida como nunca, exigir ahora mismo y desde todos los flancos la realización de éstas, pues hacerlo es acatar el mandato expedito de la ley. Tal es el punto de fuga, ese es el objetivo, y no otro, cuya fuerza abrazada a la legalidad levantó en el presente, como jamás antes, el sólido apoyo de los gobiernos y demócratas del mundo. No es concha de ajo tamaña realidad.
    La dictadura atornillada en Venezuela conoce el resultado electoral de antemano: una paliza de antología, un puntapié en las meras nalgas que la mandará al infierno, por lo que despliega sus maniobras, ya sin vergüenza y sin caretas, para otra vez burlar la voluntad de los venezolanos. La gente decente y los líderes actuales le ponen la mano en el pecho, desde la Asamblea Nacional, desde la razón y la Constitución, desde las calles, al desastre hecho gobierno con el fin de recobrar la senda de la democracia, el bien común y el progreso en paz. La Lucha sin cuartel ahora debe ser, hay que repetirlo mil veces, por elecciones, por el nítido llamado a éstas implícito en nuestra Carta Magna y porque el mundo se ha plegado a ellas de modo contundente, sin ambages, como horizonte constitucional para salir de la trampa del chavismo y sus nefastas consecuencias. Esto hay  que aprovecharlo.
    Ojalá y sea éste el próximo paisaje en el cielo de Venezuela. Y ojalá se aprenda la lección: los cantos de sirenas, los caudillos iluminados, los idiotas disfrazados de estadistas siempre están más cerca de la destrucción, de la ruina y del calvario que de los paraísos ofrecidos justo aquí, muy cerca, a la vuelta de la esquina.

4/07/2017

Magia en las entrañas

    Para algunos toda magia es allanada por la diosa razón. Sale un conejo de un sombrero, desaparece una moneda en la mano, cierta mujer es serruchada en dos. Entonces la razón entra en acción: extiende un mapa explicativo, saca el manual de instrucciones, despliega esa lógica cortante que le da un puntapié a la ilusión.
    De niño, cuando aún dos más dos podía ser cinco, la magia formaba parte de la vida cotidiana, es decir, existía como tal, porque sí y punto, sin nada más que hablar. No obstante, en ocasiones me rascaba asombrado la cabeza preguntándome cosas al respecto  -ya sabes, desde que nacemos nos cuadriculan la mirada, nos entuban los ángulos de entrevisión-. Por fortuna prevalecía la maravilla, el asombro sin muros o alambradas: esa atmósfera de enigma que no necesita de mayores escrutinios y en la que el intelecto culmina, alabados sean todos los dioses, siempre de patitas en la calle. La razón, esa señora que nos esclaviza, ni hacía falta ni se la extrañaba.
    Que yo recuerde, la primera vez que quedé patidifuá por esa sensación llamada mágica fue allá lejos, en la escuela, más o menos a los cinco años de edad. La mudez de la hache  -así como lo lees, mudez, cosa contraria al parloteo-  implicó un mazazo en pleno occipital del logos cartesiano que desde imberbes las Terciarias Capuchinas nos hacían masticar y tragar crudo. Que la hache fuera muda cobraba un aire de irrealidad percibida como el primer oxímoron plantado frente a mí. Sonaba a imposibilidad hecha posible. Menuda paradoja, mi querido Watson. Almohada, hemisferio, cacahuate, ¿sufrían de alguna enfermedad?, ¿habría algún estado patológico en herramienta, en huracán, en hermetismo, que no se vislumbraba en automóvil, cigarrillo o abuelita? Pensar que la hache fuese muda, según el dictum de la hermana Concepción, arrojaba cierta inaprensible idea de que el mundo era menos seguro de lo que imaginaba, más jabonoso que lleno de certezas, más cómico que de ceño fruncido. Empecé a considerar que el universo monta en sus espaldas una palabrita que  sólo pude comprender mucho después: relatividad.
    Como la hache hacía silencio,  pagué caro descubrir sus consecuencias. Es que no podía ser de otra manera, su mudez serviría para jugar, para reír y divertirme. Phelhotha, hombligo, avihón y bihcicleta ya no tendrían nada de extraño, se lanzaban en picada al baúl de los juguetes si el punto era relacionarme con lo otro, con todo aquello ubicado de la epidermis para allá. Htrompo, roboht, therciopelo, fhlor. Así lo escribí en una tarea y así lo repetí en el examen de lenguaje. Suspendido, claro, y encima boleta de citación para mis padres. Vaya problema de marca mayor que me gané.
    Después, transcurridos varios años, quedé patitieso cuando en la Foto Roma de mi pueblo  -un pequeño fotoestudio al que a veces me acercaba para hablar de composición, velocidad y enfoque con Juvenal, el dependiente-  se hizo realidad, como visión  fantasmagórica, primero el perfil y luego los volúmenes, nítidos, muy bien definidos, de personas y objetos sobre un trozo de papel en el cuarto apenas iluminado gracias a un bombillo rojo. Magia pura, magia cubriéndolo todo, magia entrando hasta por los poros. ¿Cómo era posible? El buen hombre, sonriente, explicó de seguidas el asunto, dio en el clavo al momento de desentrañar misterios, pero lo olvidé adrede, lo borré de un plumazo, mandé al diablo cuanto pudiera deshacer encantos.
    Todavía hoy procuro esos estados. Créeme que a mis años echo mano de la magia para que la molienda de la vida real no me triture por completo.  Literatura: magia por donde la mires. Camila y Daniel, mis hijos: magos de cabo a rabo. La calle: varita al más puro estilo Harry Potter con sus cafés, tiendas, semáforos y perros famélicos que lleva en las entrañas el poder capaz de sorprenderte, de obsequiarte a cada paso un coñazo en la nariz.
    En eso ando, con tamaña realidad me encuentro cara a cara. Buena forma de mantener a raya a la locura, o ve a saber si a la cordura. Dime tú si no.

4/04/2017

La dictadura venezolana

    Imagínate que el poder se hubiese utilizado para construir. Imagínate por un segundo cuándo esta gentuza que gobierna a Venezuela terminaría su mandato si únicamente hubiera aplicado parte de eso que llaman sentido común. Imagínate a Chávez, luego a Maduro y después a cualquiera de los incapaces del gobierno, usando una mínima parte del dineral que dilapidaron, que malversaron y se robaron, en función del bien general. Con todo el poder del que gozaron, con toda la popularidad  -la del caudillo iluminado-  que llegaron a tener, con la inesperada fortuna que les cayó del cielo, imagínate, imagínate cuándo semejantes buenos para nada, sin contrapesos institucionales ni oposición estructurada, hubiesen apartado el culo del sillón de Miraflores.
    Tuvieron la suerte de pegar la lotería a propósito del alza astronómica en los precios del petróleo pero experimentaron su antítesis gracias a los demonios que muertos de la risa esparcen sus maldiciones: en este caso ser depositarios de una ineptitud, estupidez y cortedad de luces que mira a dónde hemos llegado. La dialéctica del señor Hegel desamarrándoles la botija, poniéndoles el caldo de morado a negro. Coño, quién lo hubiera sospechado.  
    Negro, eso es. Negro tinta es el presente y ni qué decir el futuro de Maduro y su pandilla. Hoy por hoy, ¿adónde fue a parar el capital chavista?, pues sencillo, a las cloacas, a las alcantarillas, al arrojadero de los desperdicios. El gobierno autoritario del Galáctico, atragantado de dólares, prepotencia y mesianismo, derivó en el lastimero perfomance  de un triste bailador de salsa, hazmerreír del universo. Un dictador con todas sus letras cuya última gesta ha sido despachar de un plumazo, vía los esbirros del Tribunal Supremo de Justicia, la máscara de cierta democracia transformada en mueca desde comienzos de siglo.
    La peligrosidad del régimen que ahora patalea aumenta en forma directamente proporcional al nivel de excrementos que llega a su pescuezo. Maduro sabe, junto con su banda, que soltar el poder es sinónimo de juicios, de cárcel, de fin de una locura que jamás debió ocurrir. Lo saben y se aferrarán con dientes y uñas, a como dé lugar, a costa de lo que sea, a él. No hay vuelta atrás. Los demócratas de mi país, en las horas cruciales que vive Venezuela, tendrán que desplegar el abanico de imaginación, creatividad, previsión, inteligencia y coraje que la situación actual exige sin demora.
    El gobierno de Maduro, campeón de la trampa, del embuste y de la intolerancia, violador sistemático de los Derechos Humanos y con toda seguridad uno de los más corruptos de la Tierra, no es, como la propaganda oficial se encargó de proferir cuando había el dinero y el músculo suficiente, un gobierno progresista, de izquierda o cosa que se le parezca. Encarna una clara dictadura militarista, retrógrada, delincuente como todas, entregada por si fuera poco a la satrapía cubana. Al momento de escribir estas líneas, hasta la Internacional Socialista condenó el autogolpe, ridículamente “revertido”   -impase lo llamó el cándido salsero-  por el Tribunal que emitió la sentencia al servicio del Ejecutivo.
    Las democracias del mundo, la gente decente y de buena voluntad no pueden hacerse de la vista gorda ante lo que ocurre en Venezuela. Un gobierno incapaz de gerenciar con un mínimo de resultados positivos, vinculado además con lo más impresentable en el marco de los líderes mundiales, que hambrea y reprime a mansalva, que llevó a la catástrofe humanitaria a una república cuyas riquezas naturales y talento humano pudieron convertirla en la Suiza de Latinoamérica, es un gobierno que debe estar de patitas en la calle, respondiendo ante jueces por sus crímenes. Elecciones, como manda la Constitución, es lo que deben pedir con contundencia y presionar en serio para que se produzcan, la oposición interna, que es mayoría sobrada en el país, y la comunidad internacional. Será la única manera de que Venezuela se enrumbe por otros derroteros: el de la paz, la democracia recuperada y la construcción del futuro que merece. Tal realidad no debe perderse de vista. Por ningún motivo.

3/29/2017

Me enamoré de un maniquí

    Hay gente que vive enamorada y eso es bueno. Por supuesto, hablar de amor no pasa necesariamente por el cedazo de la relación de pareja. Que un hombre o una mujer, o un hombre y un hombre, o una dama con otra dama se metan de cabeza en los vericuetos del corazón, pues muy bien. En fin, que de amores (y desamores, claro) está hasta las narices el universo, de modo que hoy me dio por hacerle cosqu8illas a tales asuntos.
    A mis cuarenta y siete vueltas al almanaque estoy casado, con hijos, trabajo y toda la parafernalia. A falta de perro, Daniel, mi hijo menor, tiene un hámster y créeme que al pobre sólo le falta ladrar. Con mi pareja pienso envejecer, a no ser que un mal día me ponga de patitas en la calle, Dios y los santos me libren, pero otros amores  -todo hay que decirlo-  me atravesaron de cabo a rabo desde que tuve uso de razón.
    Vamos a ver. De chico me enamoré de un maniquí, de mi maestra y de una actriz de culebrones, en ese orden. En la calle Miranda de Upata, cruce con unión, la tienda La Selecta disponía para sus atuendos ciertos maniquíes de muy buen ver. Recuerdo a Lucía, una muñeca blanquísima y de formas que me dejaban boquiabierto. La bauticé Lucía ve tú  a saber por qué, y cada vez que salía de casa y me daba de frente con la vitrina que era el hogar de mi amada, soñaba con que alguna vez saldría de ahí para vivir por fin nuestra historia de amor.
    Después rodé cuesta abajo por una maestra en cuarto grado. Ya a esos años, mis ocho o nueve, disfrutaba con la silueta de sus piernas insinuadas a través de una ajustada falda colada bajo el escritorio. Por aquella maestra, compañero, vislumbré lo que era patear la calle de la amargura. Iba feliz al colegio pero hasta ahí, nada de coger apuntes o concentrarme en lengua o geografía. Me hice experto en soñar despierto, en deambular lelo, en papar moscas y en imaginar que la maestra descargaba a cada instante una punta de caricias sobre mis mejillas, sobre mi frente, sobre mis cabellos rulos. Menuda inocencia entremezclada con erotismos incipientes.
    Pasado el tiempo, a los diez u once, terminé fulminado por Amanda Gutiérrez y sus apariciones en el canal ocho. Era la belleza personificada, una especie de Venus televisiva que hacía acto de presencia, diosa total, en mil capítulos de una serie que no estaba dispuesto a perderme por nada de este puto mundo. El romance duraba hasta el ocaso de la telenovela. Entonces fin de la historia, adiós Venus y sus carnosidades, bienvenida la resaca.
    De amores y amoríos cada quien tiene su historia y bueno, la mía lleva en las alforjas el recuerdo de tres gestas que me reventaron el piso. No sé si las maestras de ahora guardan el sello de la sensualidad. En las actrices de estos tiempos extraño el garbo, aquella mirada lúbrica, punzopenetrante, y la estampa chorreante de erotismo de Gutiérrez, pantera de la tele. Y aunque no todo tiempo pasado fue mejor, cierta nostalgia me agarra por el cuello para remarcar entre brumas las figuras de una hembra. Hay que ver, los laberintos de la memoria. Hay que ver.

3/12/2017

Puntos de vista

    Como estamos acostumbrados a nuestra estatura, miras con los mismos ojos el horizonte que tienes enfrente. Yo, que alcanzo 1.83, tengo un particular punto de enfoque. Tú tendrás el tuyo, y así.
    Un amigo rompió todos los esquemas al respecto. “Verás”  -me dijo un buen día-, “no hay nada mejor que ubicarte a ras del suelo para hallarle otro sentido a la existencia”. Mi amigo, que tiene cara de distinto pero no de atolondrado, lleva una punta de años dale que te dale, observado cuanto le rodea desde planos que en nada se parecen a los típicos, esos que tú o yo nos embolsillamos y transformamos en costumbre porque no abunda, qué le vamos a hacer, eso que llaman ojo clínico, creatividad, imaginación, y ya, dejémoslo hasta aquí.  
    El bueno de mi amigo acostumbra echarse de espaldas sobre el piso para ver mejor. Y a veces, créeme, lo encuentro gateando por la biblioteca de su casa, o hurgando entre las patas de los muebles, o haciendo piruetas bajo el escritorio. Total, cuando le pregunto al respecto siempre termina por lanzarme idénticas respuestas: es desde el piso como puedo figurarme otros ámbitos, diversas regiones jamás imaginadas, nuevos planos inexplorados de las cosas.
    No, mi amigo no necesita del psiquiatra. En la única ocasión en que se lo propuse, hace ya más de veinte años, se tomó a pecho mis palabras y al día siguiente fue y sacó la cita. Él y su tratante terminaron discutiendo ciertos problemas de la vida en cuclillas, y en ocasiones acostados boca abajo, reptando sobre la alfombra del consultorio, de modo que el discípulo de Freud aprendió una nueva técnica, tan eficaz según confesó él mismo después como la hipnosis o el psicoanálisis.
    Es que se cuenta y no se cree, repite cada vez que nuestros encuentros nos llevan a tocar el  tema.  Hay ángulos invisibles en una cafetera o una ducha cuando te metes de cabeza en la atalaya de lo común,  del  día a día, y de pronto puntos de fuga, giros particulares, planos renovados que cobran los objetos si vislumbras tu mundo a la altura de un niño pequeño, pongo por caso. Tonos de luz, caminos nunca antes andados, sendas apenas descubiertas por el ojo de la monotonía.
    Ya ves, mi amigo tiene bastante de filósofo aunque ni siquiera lo sospeche. La verdad es que  -para qué decir sí si no-  son más las veces que me he rendido ante el peso de su convicción que las ocasiones en que, atravesado por la lógica aprendida en el colegio, intenté desbaratar su modus operandi. De cualquier modo, cada quien con su cada cual, al punto de que yo soy yo y mis circunstancias, como dijo el otro, y mis circunstancias están plagadas de dos más dos igual a cuatro, y cuatro y dos son seis, y pienso, luego existo, todo adobado con ciertas monsergas de lo más académicas, planchaditas y almidonaditas, fíjate cómo van siendo las cosas.
    Mi amigo, cuando el nivel de nuestra charla finaliza en puntos muertos, es decir, conmigo frunciendo el ceño más de lo debido, se agacha sin anunciarlo, continúa escuchando lo que parloteo, enciende un cigarrillo y asiente sin dificultad.  A esas alturas su argumento resulta irrebatible. Y pasamos a otro asunto.

3/02/2017

La chica de las tetas perfectas

    Así como lo lees. Podrás objetar que la perfección es subjetiva, que en realidad cobra vida sólo en función de un ideal que cada quien lleva entre ceja y ceja, que no existe ni existirá jamás, y la verdad es que me importa un rábano. He visto la perfección a tres metros de distancia y, como dijo el poeta al hablar de la belleza, la senté en mis rodillas, con la pequeña diferencia, señor Rimbaud, de que ni la encontré amarga ni  la injurié.
    Todo lo contrario. De ese sueño magnífico, de transformarme en cabalgadura para que deambule a sus anchas, puedo decir que desperté con la certeza de haber dado un mordisco al Paraíso. Créeme, he visto a la perfección dando brincos a su antojo mientras hojeaba la página ochenta y tres de El limpiabotas del Padre Eterno, un cuento de Max Aub. Alcé la vista desde esta mesa en el Sweet&Coffee y ahí estaba, hecha carne y hecha huesos con toda la desfachatez del mundo haciendo de las suyas.
    Voy a coincidir con San Agustín cuando le preguntaron por el tiempo. El santo respondió que frente a semejante interrogante no tenía la más mínima idea de qué diablos podría ser, pero una cosa estaba de anteojitos: al desaparecer el tono de consulta entonces claro, daba por sentadas de pe a pa y con pelos y señales las respuestas al enigma. Pues bien, mejor enfoque imposible. Toda perfección es prima hermana de ese tiempo, entra en el mismo saco, comparte iguales quebraderos de cabeza, de modo que el tamiz de la razón termina siendo un estropicio inservible, funciona para todo menos para dar en el blanco en asuntos de intereses  cartesianos. He visto a la chica de las tetas perfectas y punto, verdad absoluta, aparición indiscutible.
    Imagínalas como te dé la gana, total, lo probable es que no coincidamos y qué importa. Sin embargo, mira cuánta casualidad, tu perfección y la mía gozan del mismo afán e idéntico punto de fuga, diríase que van por ahí sin negarse al próximo bar, sin amedrentarse frente a la enésima cerveza de la noche. La chica de las tetas perfectas cumple su función, alcanza la cota máxima, humedece los rincones con esa baba fosforescente que a todos despierta y pone alertas.
    Juro que vi a la perfección y la senté en mis piernas. Ella sonrió y luego nada,  por completo nada, apenas esa cosa espumosa que grita mírame, aquí estoy, cuando tres más dos ya no son cinco. Entonces cuentas con los dedos o sacas la calculadora pero ni así, a las sumas y a las restas les da por flotar ahogadas en el pozo séptico próximo al café que sirve de trinchera para traquetear con las ideas, con las palabras, esas doñas vestidas de negro incapaces de hacer nido en tus bolsillos.
    La chica de las tetas perfectas pasó como saeta a un palmo del lugar en el que escribo. Toda perfección es, lo sé hace ya mil años, el producto observable del cada quien que supura por los intersticios del escrutinio, el tuyo o el mío, risueño y feliz el muy degenerado. Y qué le vamos a hacer, San Agustín lo vio con ojos que para qué te cuento, así que basta con la imagen, con las tetas de infarto que a plena luz de día se abren paso entre el universo torcido que, te guste o no, acaba por engullirnos como si fuésemos bocado de un tercero que ve tú a saber cómo nos mastica, nos traga y nos digiere.
    La chica de las tetas diez taconea a su antojo, mueve las caderas frente a tus narices, te hace trompetillas, saca la lengua con ánimo de burla para que no seas bestia, para que por fin aprendas. Después, hay que ver, fumas y piensas, y deseas,  y pretendes tomar venganza a tu manera, por lo que coges el papel con ganas de escribir tres pendejadas. Y así. Es que la perfección tiene sus intríngulis, Cantinflas creo que dixit. Con toda razón, vaya, con toda razón.