9/24/2016

Manchas sobre la tela

    Llego al café como llego a la almohada. Desde mis años universitarios he apreciado en su justa medida la bondad de uno de éstos a la orilla de la calle, por la razón simple de que ahí bulle el fermento con que se tejen esperanzas, anhelos, intrigas, amores o traiciones. Un café en medio del camino es para mí la trinchera necesaria, sea en la paz como en la guerra.
    Es la mejor escuela para aprender algunas cosas. A pensar, por ejemplo. A contemplar, a estar con uno mismo, sumo y sigo. No hay valeriana, lexotanil, relajante por vía oral o intravenosa que se le parezca. Una mesa de café al aire libre hace de diván y de terapia. Yo, lo que soy yo, enciendo mi tabaco, pido un marrón humeante, lo acompaño con agua mineral y descubro de seguidas que la felicidad tiene lomo de gato, es acariciable, cabe a la perfección bajo la mano.
    En el café miro pasar la vida no sin sorpresas de cualquier pelaje. Juro por todos los dioses que en ellos he notado lo que ni antes ni después llegó a cruzarse por mis ojos, de modo que un café es caldo de cultivo para vislumbrar con creces nuestra condición de bichos raros, de predecibles y aburridos, de sutiles y exquisitos, de sublimes o hijos de la gran puta que podemos llegar a ser sin que nos tiemble un pelo del cogote.
    Hago una pausa para dar dos o tres chupadas al Balmoral que se consume entre el índice y el medio. Recuerdo que aquí, en el café al que suelo acudir a leer y escribir, descubrí un rayo de luz colándose por ciertas hendijas de las nubes y me petrificó su belleza. He venido una y mil veces, exactamente a las seis y cincuenta de la tarde, por el azul eléctrico que despide el cielo guayanés. Espero ansioso los violetas, rosados, verdeazules de ciertos atardeceres que son irrepetibles. Percibo con alegría, entre bocanadas, las siluetas oscuras de los árboles en las aceras, recortados contra la luz del sol en el poniente.
    Llego, tomo asiento, Miguel, el camarero, se acerca con la indumentaria y los enseres de costumbre. La taza de café en su punto, el vaso de agua estando donde debe estar, las buenas tardes desplazándose con gracia en su viaje desde los pulmones hacia afuera. Observo a un mendigo alimentando a las palomas. Migajas de pan en una mano, algunas bolsas viejas en la otra, un morral colgado a sus espaldas. El hombre, entre los sesenta o los setenta, disfruta lo que hace, juega como niño sin importarle el barullo alrededor. Creo que no todo está perdido, pienso mientras me engancho en el asunto y acompaño hasta el final la escena que protagoniza.  Entonces extiende con suavidad el brazo, da de comer en el pico a una de ellas. Rápido, agilísimo, la atrapa, la lleva a la bolsa, termina su faena.
    Lo veo irse en medio del atardecer que ofrece un fondo sepia desgastado. Se aleja, apenas es ya un punto en el paisaje. Caen las últimas cenizas del tabaco.

9/18/2016

Tercermundismo reloaded

    Uno cree que con los años cierto aprendizaje cala en las neuronas y los poros. Qué va. El tiempo no es garantía de avance en línea recta. Ya sabemos que andamos en zing zag, de banda en banda, con progresos, retrocesos y reinicios. Razón tenía Popper, la historia es una construcción humana, de seres como tú o como yo, sin determinismos que indiquen lo contrario. En fin.
    Sales a la calle, te sientas en el primer café que se enreda en tu camino. Marrón, tabaco, agua mineral, abres tu libro, lees, paras, alzas la mirada, ves pasar la vida desde la mesa veintidós. Cuando te dispones a pagar la tarjeta explota hecha confeti. “Está vencida, señor”  -ruge el camarero-. Hoy es 17-09-2016, en el plástico aparece 15-10-2018. Misterios del Tercer Mundo.
    Estamos mal por culpa de otros, cuenta la progresía cuyos dedos índices señalan al imperio, a la CÍA, a la oligarquía o a los escuálidos. Un iluminado es elemento clave, ente sobrenatural capaz de exorcizar perjuicios sembrando el Paraíso a la vuelta de la esquina. Si todo sale bien juran que la historia, con mayúsculas, está de nuestro lado camarada. Si las cosas terminan como siempre, o sea retorcidas, nada menos puedes esperar de la derecha. El tercermundismo sentado en la palma de una mano.
    Cuentas hasta cien, hasta doscientos, y en el ínterin descubres una verdad que aplasta como paquidermo. Respiras hondo, te dices que son gajes del oficio, palabras de alguien acogotado por fiebres no sudadas. ¿A cuál verdad me refiero?, “el salvajismo de unos no es jamás atenuante del salvajismo de otros”, escribe Savater. Le creo, le creo porque esa sentencia navega en aguas que conozco de pe a pa, es una idea que no caló en la lógica de esta revolución de pacotilla, desmentida a cada instante. Hay presos políticos, hay claras evidencias de abusos contra los derechos humanos, hay todo un expediente de afrentas contra quienes han pensado diferente en diecisiete años de absoluto poder sin control ni contrapesos. No tienen excusas, no tienen forma de tapar el sol con un dedo, las cosas no eran más siniestras en aquella imperfecta democracia, cuando la peste chavista aún no hacía acto de presencia. Somos otra vez una republiqueta bananera. Tercer Mundo por donde lo mires.
    Comienza el semestre en la universidad. Imparto mis clases, avanzamos, estudiamos lo que debemos estudiar. Debatimos, escudriñamos, criticamos, intentamos pensar. Hago exámenes, corrijo, califico al fin. El último día del seminario, luego de despedirnos, se acerca un estudiante, quiere conversar conmigo, desea que lo atienda en mi oficina. Con gusto, vamos a ver qué se te ofrece. Qué se le ofrece: ayuda, necesita ayuda. Pienso que pide otra oportunidad, pienso en alguna revisión de prueba o cosa parecida. No. La ayuda es tajante: su madre está enferma, perderá la beca, le urge un diez, “no puedo reprobar”. Tercermundismo al por mayor. Mínimo esfuerzo sin vergüenza alguna.
    El Presidente llama coño de madre a un político en televisión. El político no es un ángel del cielo ni por asomo. De hecho, no le tembló la lengua cierta vez para adornar a Chávez con idéntica oración. Está muy mal degradar a niveles de subsuelo el debate cívico, está requetemal insultar porque yo soy guapo y tú un mequetrefe subnormal, es deplorable que algún ciudadano utilice cierto lenguaje de albañal para agredir, por ejemplo, a Nicolás Maduro, pero resulta inaceptable, imperdonable, que éste manche la investidura que para bien o para mal ostenta (sí, estamos de acuerdo: para mal) irrespetando al país con expresiones dignas de las cloacas. Tercer Mundo saliéndose hasta por los poros.
    (Retomo la escritura tres horas después del punto y aparte anterior. Un apagón desbarató lo que hacía). Entro al consultorio, luego de media tarde a la espera tomo asiento frente al tipo de la bata blanca. Lee sus notas, se acomoda los anteojos mientras juega con su barba. “Señor Pérez”  -dice-  ¿cómo le ha ido con los antibióticos? ¿Ya no sale pus? Que yo sepa no soy el señor Pérez ni me la paso por ahí chorreando esa cosa amarillenta. Repite que sí, que debo ser el señor Pérez, que ahí puede verlo, vivito y coleando en la ficha, en el expediente, en el click de su computadora. Insisto en que el buen Pérez debe andar con su pus por otra parte, que me llamo Roger, que su ficha y su expediente me importan un pepino y que por fortuna aún guardo plena conciencia de mí. Termina rendido ante las evidencias, “claro, claro, no es usted el señor Pérez ni nada que se le parezca. Suponga que ha venido por primera vez y comencemos de nuevo”. No existo, soy borrón y cuenta nueva, olvido personificado, irresponsable y sin disculpas. El Tercer Mundo sentado sobre mí.
    En este país, como en cualquiera, la historia es una fragua humana. Ni Marx ni científicos sociales ni demás fantasías por el estilo. Como decía al principio, en ocasiones vamos en zigzag, por los costados o en reversa, pero siempre en función de lo que hagamos, de nuestras formas de comportamiento en sociedad. Del tercero al Quinto Mundo, es lo que pinta en estos días el horizonte. Para allá vamos.

9/11/2016

Memoria y día a día

    Leo a Borges y en “Funes el memorioso” hallo un ejemplo de aparente totalidad. Ahí, alguien es capaz de recordarlo todo, de modo que supone la viva encarnación del absoluto. Es una suposición falsa, claro, pues recordar como Funes equivale a transformarse en máquina, lo que sin duda anida en las profundidades del cuento.
    La paradoja florece: recordarlo todo es imposible por una razón de espacios y de bits. No estamos dotados para albergar el recuerdo infinito de cuanto vivimos y, es más, cualquier recuerdo termina por convertirse en una manera de olvidar. Entonces Funes es máquina, es cosa, es un aparato como aquel radio casette-recorder que tanto me maravillaba en la infancia (¡ah, quién pudiera presionar play y al mismo tiempo rec y ya, guardar hasta el último apunte en la cabeza para el examen del lunes!). Tenía razón Kundera, “el recuerdo no es la negación del olvido”.
    Existe un gentío entregado a la faena de mantener intacta la memoria y no les quito razón. Otra vez la paradoja haciendo de las suyas. Esa forma extrema de olvido, el olvido del yo, hoy en día implica el espanto sin par. La palabra alzheimer, que significa olvidarse de sí mismo, ha derivado en el coco de los tiempos modernos, porque olvidarse de sí mismo te aproxima al miedo personificado, a un Funes del siglo XXI.
    Fitina, ginko biloba, moringa, crucigramas al por mayor, caminatas por el parque, eso y más conforman estrategias para invocar al dios de la memoria. Dime cuánto olvidas y te diré cuánto queda de ti. El recuerdo como la cara opuesta del olvido se erige en el protagonista estrella de esa telenovela que va siendo la existencia ahora. Si recordar es vivir, como dice el refrán, olvidar lleva en las alforjas cierto modo de ir muriendo, lo cual no tiene nada de simpático, como puedes descubrir con sólo echar una mirada alrededor.
    Si el recuerdo también es otra manera de fallo en la memoria, entonces el asunto se reduce a un punto clave: aprender a vivir con lo que hay. Cero engaños, cero atajos posibles. Dicho de otro modo, siempre usamos nuestras ventajas comparativas. Punto. Y en eso andamos, aunque lo ignoremos. ¿Te lo habías imaginado?

9/02/2016

Daniel y yo

    Antes del amanecer corre a nuestra cama. Como un vendaval entra a la habitación y de un salto termina bajo las cobijas, abrazado a mí, acurrucado en la cueva. La cueva es el espacio construido por ambos, delimitado por los confines de las sábanas  que nos echamos encima.
    Daniel y yo hemos elaborado un código secreto, un lenguaje único del que nos servimos con descaro a diario. Explotamos la invención de mundos sólo habitados por los dos. Somos conscientes de la felicidad que chorrea por nuestros labios.
    Usé arriba la palabra felicidad. Confieso aquí que semejante término lo menciono con pies de plomo.  Cuando hablo de felicidad supongo el fuego o el océano, palabras que desde adolescente propiciaron en mí una sensación de aplastamiento, de vértigo, de respeto y asombro muy difícil de reproducir mientras escribo. La felicidad es lo más próximo a cuanto puede ser inefable.
    Y sin embargo los mundos creados por Daniel y por mí son tan reales como las rosquillas que sirvieron para el desayuno, lo cual decanta en un punto de fuga que nos hace felices con mayúsculas.
    Ciertas cosas sencillas que Daniel me invita a hacer y para las que asume toda dirección y estímulo terminaron por quebrarle el espinazo al cotidiano estado de falta de fe en que por lo general se mueven los adultos. La falta de fe, claro, es típica de quienes suponen un medio ambiente cuadriculado, refractario a ciertos cambios, llenos de una inercia que los lleva a atracar en los mismos puertos, navegar las mismas aguas, culminar en derroteros idénticos a los anteriores.
    Vemos una película juntos, leemos algo a dos voces, comemos un helado, compramos chocolate, discutimos, nos abrazamos, charlamos de la vida y eso, repito, nos hace felices. Atrozmente felices.  Antes pensaba que ser feliz   -o sentirse más feliz de lo normal-  era cosa de insensibles o de estúpidos. Hoy he variado tamaña opinión, y es más, reconozco que era un soberano disparate. Sentirse feliz, o cuando menos tomarse la molestia de aproximarse a ello, es propio de gente inteligente.
    Daniel, haciendo uso y disfrute del lenguaje inventado a fuerza de complicidades y mutuas alcahueterías, es capaz de abrir la caja de Pandora, es decir, quitarle la tapa a la olla del caldo donde se cuecen las habas de la alegría, la ternura, la pelea a almohadazos y la comprensión en su estado químicamente puro. Ese es el punto: él y yo nos comprendemos, cosa que dicho sea de paso nada tiene que ver con lo intelectual. Ahí se enclava el universo que hemos hecho propio.
    Daniel es inteligente, le gustan las buenas historias, sueña algunas que me dejan sin habla y cada día exige la cuota de imaginación justa para mantener en pie nuestro común acuerdo. Ambos sabemos que el otro está ahí, en silencio, a la espera, todas las veces. Y con eso basta para sonreír desde estas líneas.

9/01/2016

Cinco en Fusión

Cinco en Fusión (5nFusion) es un ensamble musical formado por jóvenes estudiantes universitarios de Puerto Ordaz cuyo talento rasguña las estrellas. Vale la pena escucharlos en su versión de Tu boca.

El link:   https://www.youtube.com/watch?v=Lc8xUVbaJB4

8/28/2016

Cosas perdidas

        No me vengas a decir que no se te han perdido cosas. Perder cosas es lo más común de la vida, pero lo que me quita el sueño, lo que en verdad motiva mis desvelos es el punto de fuga de semejantes extravíos.
    Me explico: botas los anteojos, botas las llaves, botas el carnet de conducir, maldices y remaldices hasta que das o no con ellos, pero nunca preguntas por el lugar que es su guarida. Lo que soy yo, siempre fruncí el ceño al respecto, desde muy niño intenté descubrir adónde van a parar los objetos perdidos y a estas alturas, créeme, puedo jurar que hay una tierra extraña que los contiene. Plaf, plaf, aterrizan ahí mientras te rebanas los sesos revolviendo hasta el último rincón con la esperanza de encontrarlos. Menuda pérdida de tiempo.
    Y eso no es lo peor, claro. Así como a veces notamos que somos un imán para atraer ciertos hechos, para materializar actos, sucesos que quizás deseamos o tememos, de igual modo terminamos por ser pieza clave del jueguito de otro, una especie de algo o alguien  capaz de hacer de las suyas a costa de tu mala suerte, si es que es posible llamar de esa manera a todo esto. En fin.
    Lo digo porque de las mil y una cosas que he extraviado, nada como un lápiz Móngol. Ellos vinieron a mí y se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos.  Lo sé desde los años en la escuela, desde el primer grado cuando los regaños de mi madre  se afincaban no en darle a la lata para que aprendiera la lección o hiciera los deberes  -jamás tuve problemas al respecto, puedo confesarlo sin pecar de vanidoso-  sino en advertirme que ése, el que tenía en mis manos, sería el último lápiz que compraba para mí hasta el nuevo año escolar. Nada, a las veinticuatro horas perdía el Móngol, como de costumbre.
    Supe, no me pidan ahora explicaciones, que existía un lugar al que llamé Paraíso de los Objetos Perdidos. Semejante isla oculta -pues sí, era una isla-  idéntica a la de Crusoe o quizás a la de Stevenson, era el hogar de cuanta cosa puedas imaginar, todas desaparecidas, todas engullidas por el Mar de los Zargazos, esas arenas movedizas en las que pataleamos día a día. Cada  lápiz Móngol al que dije adiós se hallaba de cabo a rabo en ella, viviendo una curiosa existencia, sin mayores aventuras, sin escribir o dibujar o todo lo que suelo hacer cuando un Móngol reposa entre mi medio y mi índice, asistidos por el buen pulgar. Lo cierto es que el misterio había sido resuelto. Ya suponía yo que tanta pérdida, tanto Móngol arrebatado frente a mis narices obedecía a algo más que el descuido, es decir, a causas mucho más profundas que mi constante chapotear entre las nubes. Desde entonces papar moscas mañana, tarde y noche no fue la explicación de por qué un Móngol invisibilizado, evaporado cada tres o cuatro días. Respiré tranquilo.
    Como podrás adivinar, a mis cuarenta y seis tacos sé muy bien lo que sucede cuando pierdo algún objeto. Por eso no caigo en inútiles lamentaciones, ni cosa parecida, como suele hacer la mayoría. La otra vez, para variar, extravié el bolígrafo con el que escribo cuentos, tomo apuntes y hago anotaciones varias. Lo imaginé contento en su isla del nunca jamás, trabando amistad con otros lápices que corrieron igual suerte. Solución: fui por otro al kiosco de la esquina. En fin, la vida continúa, me digo, y ya, asunto resuelto.