De ser cierto lo que dice, el
audioventilador de Mario Silva voló en pedazos un secreto a toda voz: la
injerencia extranjera es tolerada y auspiciada por quienes gobiernan, el
Consejo Nacional Electoral es una caja negra, la corrupción engordó como jamás
antes, haciendo metástasis a placer, y las pugnas entre facciones convirtieron
al oficialismo en archipiélago donde el poder se pretende a fuerza de incisivos,
caninos, molares y otros dientecitos por el estilo. A modo de colofón, el
miedo, confesado por Silva en sus develados cánticos, reina triunfante en las
trincheras gobierneras luego de haber hecho lo que les dio la gana por casi
tres lustros.
No es casualidad que estemos donde estamos.
De una conducción inepta, de una pésima gerencia de la cosa pública sólo puede
resultar el desastre del presente. Hugo Chávez fue el padre de la criatura,
especie de Rey Midas al revés que a su antojo y sin controles de ningún tipo
manejó entre disparates un país que debería estar ahora mismo, cuando menos,
entre los más cultos, eficientes y desarrollados de América Latina. De los
gallineros verticales, de la ruta de la empanada, del trueque, de cada invento
producto de cuanto seso calenturiento ha pasado por la revolución, cosechamos
la realidad que hoy nos aplasta. Nicolás Maduro ha sostenido que es hijo del
señor Chávez, y yo le creo de pe a pa.
Demostró heredar, como el mejor, esa carga de incapacidad y torpeza para
dirigir nada menos que los destinos de un país.
Da
escalofríos ver a un hombre, vicario de Chávez en Miraflores, superar al padre
Atila cabalgando y arrasando. Su gobierno va a seguir combatiendo a los
imperios, va a salvar a la
América toda, al planeta y la galaxia si da tiempo, pero no
puede con los malandros en las calles, con las escuelas que se caen, con la
falta de harina, mantequilla, pollo o papel tualé. No puede con la inflación,
con el desastre económico que produjo en las universidades, con el desempleo,
con la espeluznante dependencia petrolera, con la improductividad generalizada,
con los hospitales que dan lástima, con el cementerio de empresas que a la
fecha son la mitad de las que había al comienzo de este incendio. Sabe amenazar,
expropiar, asfixiar cuanto huela a emprendimiento, hablar hasta por los codos,
abusar del poder y poco más. Menuda clase gobernante ésta, llena de medallas sin
haber ganado una batalla.
El audioventilador del señor Silva implica
un golpe seco a propósito de lo que cierta izquierda, local y continental, vendió
como historia magna, gesta imaginaria que quiso parecerse a la
Cuba de los hermanitos Castro. Hasta el chavismo más
recalcitrante tendrá que revisar las bisagras de su tarima, los soportes de sus
creencias, los clavos que la sostienen. No es poca cosa eso que croa Mario Silva
desde el pantano revolucionario.
Mientras tanto el país continúa a la
expectativa. La entrega por capítulos de esta novela negra, prometida por
Ismael garcía, seguramente arrojará más gasolina al fuego del escándalo actual. Mucha gente advenediza,
numerosos defensores del negociado oficialista aportaron su sainete al explicar
con malabarismos lo ocurrido: se trata, claro, de un vulgar montaje.
Intelectuales gobierneros, por ejemplo, no han abierto la boca, pobrecitos, o
lo han hecho sólo para lanzar chasquidos insufribles de la lengua. Bla, bla,
bla, bla. En fin, que ante expresiones hilarantes o insultos como los de Maduro
al mensajero, lo cierto es que el mensaje es lo menos considerado por quienes
gozan del poder. Más de lo mismo.
Tengo la impresión de que el piso cruje de
lo lindo. Mario Silva prendió una antorcha entre vapores inflamables. Aún no terminan
las explosiones.












