1/30/2016

El juego de los espejos

    El momento que vive Venezuela es, como ha dicho Maduro, en verdad una tormenta, sólo que este señor confunde frijoles con catedrales. Si la guerra económica es la causa de todos nuestros males, entonces hay poco que hacer: los pérfidos capitalistas apuntan sus cañones contra un gobierno virtuoso que, de no ser por sus magníficas ejecutorias, hace tiempo nos habríamos desintegrado. Sin embargo ya lo sabemos, el origen de esta locura, de la humillación y vergüenza generalizadas, es otro, nada menos que la ineptitud de una clase gobernante que dilapidó una oportunidad de oro para crear riqueza y bienestar a punta de ocurrencias manicomiales.  
    Al día de hoy, una nueva Asamblea Nacional tiene la obligación de contrapesar, controlar y fiscalizar el nido de abusos, de torpezas que supone el gobierno como un todo, aun cuando esa labor lleve en el ala plomo fino de cuanto gatillo alegre crea el cuento de la revolución, del Socialismo del Siglo XXI, del legado de Chávez y demás loqueteras por el estilo. Una de dos: o se saca pecho y se procura en serio un cambio democrático, constitucional, de gobierno, o el gobierno sacará las pezuñas, que para eso las tiene, y cambiará a la Asamblea por un parapeto vacío sin arte, ni parte, ni nada que se le parezca. Ahí nos vemos.
    Salir a flote, salvar la ruta de esta nave que se fue a pique requiere esfuerzos de imaginación, de trabajo incesante, de coraje, que exigirá sacrificios a todos, pero más aún a esa vasta congregación que alguna vez mordió el anzuelo de la trampa chavista, no otra que la promesa del Paraíso en la Tierra, nada menos que a la vuelta de la esquina. Lo que un líder carismático ofrece, con sus variantes populistas, es en el fondo una sola y misma cosa: demagogia, soluciones mágicas, mitos sustituyendo realidades y esperanzas afincadas sobre  un suelo de arenas movedizas. Mientras el hechizo se mantiene, no hay fuerza más poderosa que la unión entre el caudillo y su feligresía, pero cuando aquél se pulveriza porque el Paraíso termina resultando un infierno, el despertar es la conciencia de los vidrios rotos, del incendio y la humareda postficcional, del despecho como duelo en modo político. Hemos llegado a esa instancia.
    ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo orientar los pasos hacia la orilla del reencuentro entre venezolanos, hacia la justicia, el crecimiento económico, el pluralismo, la economía de mercado, la apertura al mundo, la tolerancia y la legalidad? Si algo posee este país es gente preparada que sabrá cómo enderezar entuertos desde tecnicismos inaplazables y desde la ética y la decencia, cuando la pesadilla acabe. Mientras tanto, hay que enfocarse en un punto ya mismo, ahora, antes de que economistas de primera y estadistas con todas sus letras impulsen los cambios urgentes para torcerle el cuello al buitre de la debacle que vivimos. Me refiero a crear consensos. Sin consensos mínimos entre las fuerzas políticas (incluido el chavismo moderado, por supuesto) de este malogrado país, y entre éstas y la población, tengo casi la certeza de que los esfuerzos por deshacer el disparate se perderán en el camino.
    Un acuerdo general alrededor de la democracia, sin adjetivos ni espejismos delirantes, un acuerdo en función del mercado como mecanismo para la generación de riqueza, un acuerdo que vele y respete la estricta separación de poderes y la indiscutible subordinación militar al estamento civil,  son tan importantes como ganar comicios o revocatorios, son tan medulares como  poner de patitas en la calle, por paliza electoral, a Maduro y sus secuaces. Un pacto tácito respetado por la totalidad del espectro político es quizás la única garantía de cambio, de despegue como país, de aproximación al desarrollo a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo para alcanzarlo? ¿Qué adelantamos para llegar a convicciones básicas que permanezcan intocables aunque los gobiernos, como es natural, se alternen? Creo que muy poco.
    Nada desmoraliza más a una sociedad que percatarse de que su clase política actúa en función de horizontes particulares, para sí misma, cuando alcanza el poder. Es lo que ha ocurrido antes en Venezuela, y lo que sucedió con el chavismo durante diecisiete años, elevado a sus más nefastas consecuencias. Urge el consenso, entenderlo y fabricarlo sustentado en puntos clave, en valores que deben mantenerse intactos si pretendemos emular lo que en su momento hicieron España, Alemania, Irlanda, lo que con todos sus tropiezos está haciendo Chile. Sobran los buenos ejemplos al respecto. A ver si de una vez empezamos. 

12/07/2015

Time after time

Excelente versión.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=cAfDnCQLJCY

11/16/2015

Un clásico

Cinema Paradiso, una película de Giuseppe Tornatore.
El link del tema central: https://www.youtube.com/watch?v=mzXMpBrwbNU
y otra versión:  https://www.youtube.com/watch?v=RTy_XOpG2ag

11/11/2015

Discurso, realidad y disparate

A lo largo de este año escribí una columna de opinión semanal para el diario El Universal. En ella traté lo humano y lo divino, aparte del tema político, que por supuesto estuvo presente -sin mayores inconvenientes- las veces que lo consideré necesario. Sin embargo, mi artículo del próximo viernes fue censurado. Las razones para excluirlo resultan más que obvias: el ejercicio de un periodismo cobardón y complaciente por parte de un diario que llegó a ser ejemplo de valentía y ética en su misión crítica y de contrapeso frente al poder. He dado por finalizada mi labor como articulista en esas páginas, tal como de inmediato se los hice saber. Dejo aquí el artículo en cuestión. 

    El lenguaje es un bosque y ahí habita el espíritu de mil cosas. Las palabras son frutos, pulpa y carne, jugo semántico que nos toca exprimir para darle sentido a la experiencia. Hoy en día la debacle lingüística no se asienta en el reducido número de términos que cualquiera usa para comunicarse. No es verdad que la mediocridad en la lengua deriva por ejemplo del poco sex appeal que medio mundo percibe en los libros, qué va, la cuestión supone el peliagudo hecho del vacío de contenidos, o su tergiversación impune: las palabras desinfladas en su quehacer significativo, convertidas nada menos que en su antítesis por obra y gracia de una torcedura que pareciera llegar para quedarse. Pongo por caso: “El ejercicio de la libertad es incompatible con cualquier tipo de presión o amenaza. Nadie en lo personal está facultado para determinar si el derecho a la libre expresión está bien usado o no lo está. Para esa calificación están los Tribunales de la República. Ninguna otra autoridad, al menos así ocurre en este país, puede pronunciarse sobre materia tan complicada y difícil (…) Nada hay que defina mejor la condición en sí de un régimen político, que su actitud frente a la prensa. Si ésta es perseguida, amordazada, silenciada, será un régimen tiránico y despótico”.
    Lo anterior no es un discurso de Capriles, ni dicción rimbombante en Ramón Guillermo Aveledo. Tamaña verdad  tampoco es retórica sutil de algún escuálido fascista, vende patria, imperialista. Nada de eso. Lo anterior, lance una carcajada o cáigase para atrás, nos dice Sanoja Hernández que son palabras de José Vicente Rangel. ¿Que no?, ¿que qué diablos es eso? ¿que si esto es una tomadura de pelo? ¿que cómo va a ser? Pues siendo. Búsquelo y léalo  en  Simón Jurado Blanco: Medidas de alta policía o el “avepismo en la prensa”. New York, Prineo Press, INC, 1960, p. 40, recogido por Jesús Sanoja Hernández en Entre golpes y revoluciones, Tomo II, Caracas: Debate, 2007, p.56. Cuando una verdad única se mete entre ceja y ceja lo demás es ruido y pocas nueces. Desde hace mucho yo, lo que soy yo, desprecio tales certezas por la razón sencilla de que nos automatizan, falsifican la realidad plural, contradictoria, dinámica, en la que me gusta chapotear. Ahí queda por los siglos de los siglos el parrafito de Rangel, hombre cuya verdad es una sola, ya la sabemos, mientras lo demás pareciera no existir.
    En nombre del socialismo se cometen injusticias, abusos que jamás deben ocurrir, ¿y qué sucede?, que el convencido por lo general se aferra con uñas y dientes a su convencimiento. La palabra socialismo, ¿qué significa en el presente?, ¿qué diablos cruza las neuronas de un creyente cuando la política se ha trocado en religión?, ¿qué relámpago de misticismo lo atraviesa en estos tiempos de descreimiento, de cambalache al más puro estilo de Discépolo? ¿Hablamos del socialismo cubano, escandinavo, vietnamita, soviético, francés, español? ¿Hablamos del suscrito por  la  “República Popular Democrática de Corea” (¡nada menos que Corea del Norte!) o el de la “República Federal Democrática de Nepal” o el de la “Gran República Árabe Libia Popular y Socialista” o el de la “República Democrática Popular Lao? Saco de gatos por donde lo mires.
    El gobierno de este país hecho añicos, indigestado con supercherías, obvia la lección política que ofrece nuestro entorno. La realidad, el día a día, dictaminan sobre la falibilidad o no del mandato ideológico. En Latinoamérica, y por supuesto en Venezuela, quienes se han entregado a convicciones negadas, superadas por la historia, acaban aplastados por el dogma religioso que es una máquina de triturar huesos endebles: la ideología a secas. Tal es el modelo típico de esquematismo, de visión unilateral que encarna la triste feligresía que da cuerpo  al stablishment revolucionario.
    Buena parte de la izquierda venezolana fue capaz de doblegarse, de inclinarse sin vergüenza ante un militar que les ofreció el Edén ahí mismo, a la vuelta de la esquina, coartada perfecta para otra vez, como si los relojes no dejaran a su paso la osamenta molida del desbarajuste humano, abjurar en la práctica de la democracia, por burguesa y otras babosadas similares, y rendirse a colectivismos que en mala hora sembraron de fracasos, sangre y miseria a los pueblos que ciegos y esperanzados se echaron en sus brazos.  Mala cosa, muy mala cosa. A ver si alguna vez nos da por aprender. Aunque sea alguna vez. 

11/05/2015

La piel bajo las cosas

    Hay objetos, como ciertos individuos, que llevan una vida doble. Existen cosas en la calle, en la casa, en el abasto de la esquina, capaces de aplastarnos la nariz o darnos un puntapié en plena espinilla cuando menos lo esperamos, cobrando segunda o tercera identidad sin explicación de ningún tipo. Vaya uno a saber cómo ocurrieron los hechos.
    Una mesa, pongo por caso, o unos zapatos viejos. A lo mejor el bolígrafo aquél, la taza en la que bebes tu café por las mañanas, quizás un libro carcomido por los años. Lo cierto es que también la esquizofrenia se instala en un sillón, quién quita en una maleta, y hace de las suyas sin miramientos acomodaticios, por lo que el cinturón que llevas puesto, regalo de tu esposa, de buenas a primeras se convierte en un abrazo, literalmente su abrazo que dura horas, ella colgada a tu cintura mientras tú tan campante preparas el informe en la oficina.
    Si supieras las cosas que puede ocultar un objeto. Dicho y hecho. El tabaco que enciendo en la mesa del café al que llego para escribir esto que lees  es, créeme que es, la extensión del último Bermúdez que fumó mi padre. El humo en volutas forma parte de su exhalación, al punto de que regresa una imagen que no sé si ocurrió o la he construido: siendo un niño de ocho años, vislumbro por primera vez la maravilla de aprender a estarme quieto, empiezo a percibir la magia que supone simplemente contemplar, y ahí está un cenicero y  los restos de un cumanés recién abandonado, su hilo moribundo de humo azul, y ahí estoy, sentado ante la mesa de la sala, absorto frente al cadáver oloroso que el viejo abandonó hace apenas dos minutos.
    La memoria juega al gato y al ratón, lo cual marca el semblante lúdico de cuanto propone. Recordar es necesario, ¿quién se atreve a decir no?, con el añadido no tan bueno de que toda remembranza tiene su carácter, y muchas veces mal carácter, y además platica en voz muy baja, juega al ajedrez a su manera, a la gallinita ciega, a los escondrijos. Tira la piedra y oculta rapidísimo la mano.
    Una taza de café no siempre es una taza de café. La mía, en función de un guayoyo o un con leche, adopta formas que a veces son risibles y en ocasiones inquietantes. Es que si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto, compartirías conmigo tanta realidad babosa en la que allá, en el fondo, sabes que nos movemos. Una taza de café es taza y es amanecer a punto de salir con los niños al colegio, es taza y es olor a grama húmeda pues la abuela te ha ofrecido, hace ya todos los años de este mundo, un bebedizo para calentarte mientras el cielo revienta y cae en forma de aguacero. Mira tú, quién iba a decirlo. Cada objeto viene siendo un baúl sin fondo, así que basta abrir los ojos para asistir al desfile de añoranzas que lleva en sus entrañas. Un desdoblamiento sin contemplaciones, rudo y duro. Una mudanza de pieles a modo de serpiente, que por ofídicas razones termina siempre envuelta en tu pescuezo.
    La memoria suele esconderse justo en medio de eso que ha permanecido entre el corazón y la pupila, todo lo cual supone el arcoiris que te atraviesa de cabeza a pies. Recuerdas con los ojos, con los poros, con la pituitaria, con la lengua y con el minutero, no faltaba más. Ya el doctor Freud se olisqueaba semejante laberinto, fruncía el ceño boquiabierto ante esa maraña, y entonces ahí también quedan los sueños, primitos hermanos de la más pura evocación.
    Qué cosas, cómo son las cosas. Para recordar por supuesto que tuviste que olvidar. Por eso Funes, el memorioso, no tuvo idea de cuánto se perdía. Jorge Luis Borges cometió el acto más ruin contra ese pobre ser: cercenó, amputó, mutiló con precisión de reloj suizo, como si fuera Jack, el destripador de las pampas, a un hombre desde el fondo mismo de su humanidad, es decir, lo expulsó del Paraíso, del entrecruzamiento de reminiscencias en el que felices chapoteamos gracias a la memoria, condenándolo a vagar por los desiertos de la razón sin más. El infierno en la Tierra, no cabe la más mínima duda.
    No hay que olvidar que recordar es vivir, claro. Es revivir, me atrevo a agregar yo. Y en el vaivén de los días elaboramos esa fe de vida sobre la base de reminiscencias, de la relación que establecemos con el primo Leo, con la lámpara del cuarto o con el teclado del computador. No sabes de las cosas que puede ocultar un solo objeto, de lo mucho o poco que al fin y al cabo se agazapa debajo de la alfombra, entre períodos de tiempo dilatados.
    La esquizofrenia de los objetos ata ciertos hilos, tiende una red sobre la que terminas arrojándote mientras acabas el balance contable, mientras das el toque maestro al presupuesto, mientras te enjabonas en la ducha.
    Si tú supieras, mira, si tú supieras las cosas que puede ocultar un solo objeto.

11/01/2015

Para querer más a Julio

Un documental... Julio Cortázar.
El link: https://www.youtube.com/watch?v=Yzvj_fbPGv0

10/28/2015

La revolución y el disparate

   Karl Popper mostró que la verdad no es inamovible, es decir, logró enseñarnos que ésta se mantiene en pie hasta que una nueva la hace tambalear. De ahí que en el ámbito del conocimiento cuanto consideramos verdadero lo es por tiempo definido.
   Según Popper, una verdad consiste entonces en algo relativo, y mucho más en el plano ya no de las ciencias naturales sino en el de lo social, donde el saber incrementa su condición resbaladiza. En La sociedad abierta y sus enemigos Popper da en el blanco a propósito de la convivencia humana y las trampas que se le presentan. Nada más peligroso, cuando de gobernar se trata, que aquellos incapaces de entender lo que con tanta suspicacia vislumbró el filósofo austríaco. Si quienes detentan el poder se creen ungidos por certezas infalibles o por verdades incuestionables, entonces se está a un paso del acto de fe, del caudillo iluminado, del personalismo más atroz, lo que llevará tarde o temprano a dictaduras de todos los pelajes.
   Es lo que ha ocurrido con la izquierda recalcitrante, latinoamericana y universal, que como dijera el buen Petkoff, “ni olvida ni aprende”. Aunque hablar de ellas hoy en día implica utilizar el plural (¿acaso pertenecen Lula, Correa, Ortega, Kirchner, Lagos o Mujica al mismo bando?), sabemos que una izquierda moderna termina por aceptar la democracia, la alternancia en el poder, la  economía de mercado, dejando sólo para las gradas el desvencijado sonsonete de sus disparates ideológicos. No existe otra manera que renovarse, modernizarse, para al fin entender cómo generar riqueza y repartirla. Lo otro, esquivar la democracia, es miseria y es atraso.
   Hay que preguntarse lo siguiente: ¿por qué la Revolución Cubana acabó siendo el parapeto destartalado que sin dudas es? ¿Por qué eso que dieron en llamar Socialismo del Siglo XXI se trocó en el patético aquelarre de estos días? Varias razones responden, por supuesto, pero una de las fundamentales es que fueron concebidos en función de una verdad única escondida en la chistera. Fidel Castro, Hugo Chávez y el resto de la feligresía (en realidad ambos han sido los jefes supremos de una religión) creyeron tener a Dios agarrado por las barbas. Se sintieron poseedores de una certeza inalterable.
   Y claro, si quien llega al palacio de gobierno jura que es el último refresquito de la comarca, lo lógico es que pretenda imponer la visión y convicciones que le queman las entrañas. ¿Imponerlas por las buenas?, sería maravilloso. ¿Imponerlas como sea?, ya entenderá el pueblo, si alguna vez madura, que todo se hace por su bien. Más claro, señor Popper, no canta un gallo.
   Por mucho que la realidad les aplaste las narices, hay pocas probabilidades de que un revolucionario convencido entre en razón. Verbigracia: el desastre de la Venezuela actual. Con la inflación más alta del mundo, los índices de escasez entre los más elevados del planeta, la corrupción como jamás antes y la educación, la sanidad o la esperanza en un futuro mejor por los suelos, lo cierto es que los responsables del descalabro de las condiciones de vida en general siempre serán otros. La CÍA, el imperio, la oligarquía, la guerra psicológica, los medios de comunicación o el invento más risible de cuanta cabeza hierve por las fiebres no sudadas: la guerra económica. En fin, no existe espacio para equivocarse: después de la Revolución, sencillamente el diluvio.
   El 6-D crea la posibilidad de plantarle cara a tanta destrucción, con ánimo de detenerla. La realidad, los hechos, la humillación cotidiana que sufre la gente en este país pulverizado, indica que es urgente un cambio. Y el voto es el arma para lograrlo.