2/22/2019

El ritmo gris de lo prosaico


    Imagina que eres un actor de cine mudo y andas por la calle en pleno perfomance. Imagina que la trama está por conocerse, que te das a improvisar sobre las tablas. Supón que no hay libreto, que no hay luces en el escenario, que no hay telón de fondo salvo el pulso cotidiano de la vida que ríe a mandíbula batiente o te enseña los colmillos según le venga en gana.
    Imagina que a pesar de los pesares disfrutas como nadie, gozas hasta lo indecible viéndote en blanco y negro mientras caminas por la acera, doblas en aquella esquina y entras a ese café con la pupila a punto para que se cuelen ámbitos, atmósferas, señores bebedores de Pepsi o de cerveza, chulos, putas, curas o  simples amiguetes de bien. Imagina, nada más imagina que tu nombre es Charles Chaplin, Harry Lagdon, Stan Laurel, Buster Keaton, Oliver Hardy o que te llamas -créeme que es lo de menos-  como lo gritas en la cédula y desde un rincón de ti mismo salpicas trozos de cuanto vas siendo.
    Entonces continúas en el plató, que es la calle solitaria, la calle semiiluminada  -como si fuese un cuadro de Masaccio- en la que no basta el soliloquio ni el monólogo interior ni tú eres tú y tus circunstancias. Continúas embutido de cabeza a pies en el metraje en blanco y negro y te observas, te escudriñas, te dices o desdices, cambias de canal en el Sony HD donde un tipo cualquiera hace de las suyas y es tan parecido a ti.
    Guardas la certeza de que eres un actor de cine mudo mientras pides el segundo café de la noche, o de la tarde o qué sé yo, y allá a dos mesas de distancia una dama con piernas de infarto y tetas que para qué te cuento, con ojos de luciérnaga y pinta de sirena en pleno bar, charla con una golondrina, y sabes que se entienden, que se dicen y se dicen cosas a la vez que brindan por la salud de alguien que también puedes ser tú. Nada raro, nada raro porque en blanco y negro todos los gatos son pardos, si a ver vamos.
    El ritmo gris de lo prosaico termina por engullir el universo en tus narices, y no te asombras, y no te impacientas gracias a que continúas improvisando, actuando, poniendo en escena, sorbiendo poco a poco el líquido caliente que tienes ahí, sobre la mesa. Eres un actor de cine mudo en este rodaje que desnuda la piel de los momentos. Y lo sabes, lo procuras, lo saboreas como ese pequeñín que lame su barquilla. Lo encarnas con la seguridad de que nadie antes lo hizo como ahora.
    La película de cine mudo yace a tus pies equilibrada, extraña, pura y dura, insatisfecha hasta que Apolo dictamine, hasta que el augurio de los dioses diga sí o diga no, hasta que todo vuele en mil pedazos. Eres un actor de cine mudo y guardas para ti, va en tu pellejo, la nostalgia completa de los tiempos idos y de los tiempos por venir, incluso aquellos que se te ocurra inventar sobre la marcha. Caminas, corres, vuelves a caminar sin ton ni son en tu película gracias al mundo que quieres encontrar bajo las sábanas, escondido en el baúl con telarañas o en el campanario de aquel templo abandonado.
    El ritmo gris de lo prosaico se llama la cinta que vas dilucidando en pleno desarrollo. El ritmo gris de lo prosaico que besa y muerde y llega a orgasmos entre  gatos en un basural, entre perros que no se llaman Bobby ni Laica ni Nerón y que pululan sin collares, sin amos, sin lechita tibia en plato y con caricias. El ritmo gris que va y viene mientras atraviesas la ciudad como un actor de cine mudo reinventando todo cuanto ve.

2/14/2019

El arte del aburrimiento


    Lo ves y no lo crees. Hay gente jurando que las cosas raras pasan al otro lado del planeta, a años luz de distancia o en confines dignos de ensoñaciones calenturientas. De ningún modo, Cuasimodo. Tengo un amigo que no se aburre nunca. Así como lo lees, cada día silba y sonríe feliz, divertido hasta las entrañas, loco de atar como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. Cosa más rara, camarada.
    Y no es que semejante condición se dé del cerco de los dientes para afuera, como decía Homero (no Simpson sino el otro), qué va. La diversión y el cachondeo nacen en plenas cavernas de su yo, es decir, que la felicidad y la alegría bañan su minutero dándole la espalda a todo límite, a todo espacio, a toda negación del displacer, mira tú cuánta rareza propinándome un batazo en la nariz.
    Mi amigo, que no tiene un pelo de teórico -literariamente hablando es un hombre poeta, porque ensayista ni en broma-, ha realizado considerables esfuerzos por responder a cabalidad cuanto pregunto, frunciendo el ceño y rascándome la cabeza, a propósito de técnicas para patear la abulia, el tedio, la lata que sabemos son los días cuando aprieta el hastío. Entonces, como si nada, desde una frase solemne parecida a un templo cuenta que el secreto está en la entrevisión.
    Me deja de piedra, me pregunto si el hijo de puta me está tomando el pelo. Siento ganas de orinar y voy al baño y en el espejo observo el rostro de un bolsa redomado.  ¿Entrevisión? ¿Qué coño es la entrevisión? ¿De veras tengo, muestro, porto, correteo por la vida con la cara que escupe el azogue desde la pared? Pienso, luego existo, sostenía aquél, frase que en momentos así termina insuflándome una llamarada de terquedad mulera, así que me detengo un instante, busco la calma, respiro, tomo asiento, doblo el codo y asumo la irrevocable decisión de reflexionar, sí, como el mismísimo Dante en la escultura de Rodin.
    Nada. Niet. En lo absoluto. No sucede nada de nada por más que piense y piense y me rebane los sesos buscando. La entrevisión, joder, la entrevisión -menudo chiste, digo para mis adentros-. Pero como pensar no es un acto únicamente consciente ni únicamente intelectual, tiempo después, cuando casi había dejado la cuestión a un lado, me llama la atención cierta frase  que al voleo hallo en Dublinesca, novela de Enrique Vila-Matas que hojeo en este café donde me encuentro.
    Mira qué belleza: “Nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. Página sesenta y tres, Seix Barral, Biblioteca Breve para más señas. Me da por suponer que la escurridiza entrevisión tiene que ver con este párrafo que me revolotea en las meninges. Se hacen carantoñas, se encuentran y se abrazan, qué sé yo. Si la fulana entrevisión cobra un poco de sentido al tropezar con su paralelo literario, yo entreveo entonces que el enigma comienza acaso a hacerse menos denso. Hay que ver -me digo ahora- los recovecos que a veces damos para saltar de A y caer en B. La vida sabe poco de líneas rectas, de atajos, de trucos o vueltas de tuerca para llegar antes.
    Repito hasta el cansancio que el bueno de mi amigo nunca se aburre. Aburrirse para él es un arte que no ha pretendido nunca dominar, y con razón. Qué cabronada tan sutil e interesante, y remato añadiendo que qué cabronada tan simple, tan sencilla, tan ajena a confusos entramados o a nebulosas disquisiciones filosóficas. Es que “nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. ¿Lo ves?, ¿lo entrevés? Yo, lo que soy yo, intento meterme entre pecho y espalda tal cuestión desde el instante en que me di de bruces con la frase en la novela pero sostengo con tristeza que he fracasado hasta ahora. La sencillez de una sentencia como ésa no implica compresión de facto o cosa que se le parezca. Puedes resolver ecuaciones diferenciales con los ojos cerrados, desentrañar en un chasquido la Crítica de la razón pura o mascar chicle mientras conduces tu bicicleta pero fíjate que la entrevisión, con toda su simplicidad a cuestas según  sugiere Vila-Matas, es un muro que mil veces me pareció infranqueable, una roca impenetrable, llámala como te dé la gana, que algún día, escríbelo, atravesaré por fin como quien cruza una meta y bebe del éxito a verdaderos borbotones.
    Tengo un amigo que jamás se aburre y cuando quien escribe acceda por fin a semejante dimensión les juro que  hablaré por la línea del medio, que develaré códigos, combinaciones, señas, contraseñas y secretos, y que ya nada quedará en las sombras. En esas ando, en esas justamente ando, y  me despido hasta entonces.

2/08/2019

Un clásico

Michéle, de Gérad Lenorman, una canción que me acompañó en la adolescencia. Les dejo el enlace (con subtítulos en español):

https://www.youtube.com/watch?v=5PcODolL6rs

2/07/2019

El paraíso que llevamos dentro


    Permíteme llover sobre mojado pero hay que repetirlo en alta voz: la dictadura venezolana ha sido cruel, asesina, ladrona y violadora de absolutamente todos los Derechos Humanos. Su abyección sobrepasó cualquier parámetro, al punto de que hoy el mundo libre la condena sin matices. Quienes se autodenominan neutrales y quienes, vergüenza a un lado, apoyan a estas alturas las monstruosidades de Maduro, forman parte de un delirante cuerpo colegiado seccionado en dos fétidas porciones: nostálgicos del comunismo, del Padrecito Stalin, de la Guerra Fría por una parte, y víctimas esperanzadas de ideologías colectivistas e  interesados en negocios pingües que arrojaron millones en su momento, por la otra. Pura y dura real politik revolucionaria. Y hasta ahí.
    Jamás imaginaron mis compatriotas que las fiebres chavistas acabarían voladas en pedazos. La experiencia ha sido larga, cruenta y ojalá que aleccionadora. Se vivió el horror del socialismo del siglo XXI -siempre en minúsculas, por Dios- y quedaron nada más cenizas, dolores, restos humeantes. Probablemente las cicatrices no desaparezcan nunca, acaso como triste evidencia de lo que no debió ocurrir un solo instante. Es necesario, dicen, aprender por cuenta propia, digerir el abc de esos valores que es preciso mantener en tanto naciones libres y percatarse de que existen demonios cuyo sueño es mejor no perturbar. A propósito de Venezuela algunos lo advirtieron hace más de veinte años -pienso en Carlos Alberto Montaner o en Mario Vargas Llosa- pero ya sabemos adónde fueron a parar tales monsergas. Ha tocado recoger los vidrios rotos.
    La diáspora, la desesperanza, el hambre o la enfermedad, los crímenes del gobierno, siempre estando ahí  como animales que acechan y despedazan, no hundieron el puñal en lo que somos. ¿Y qué somos?, no voy a caer aquí en la pretensión de definir lo indefinible, pero tengo para mí que el país, como un todo más o menos unitario, lleva en sus adentros lo que necesita para sacudirse el polvo, lavarse la sangre y recuperarse de los golpes para reinventar la realidad, cosa que va siendo urgente. Urgente y posible. Venezuela requiere inventar otra vez el piso sobre el que hacer tienda y proseguir.
    Nada nuevo bajo el sol, o sea, nada que no hayan hecho otros igualmente humillados. La Europa de postguerra, los países del cono Sur latinoamericano, Sudáfrica luego del apartheid y Venezuela, sí, esta Venezuela que supo patearle el culo a Gómez, a Pérez Jiménez, hasta meterse de cabeza en el mundo civilizado, en el universo de la libertad, solo para hablar del siglo XX. Nada nuevo bajo el sol, pero con la impronta de lo que en el fondo rehacer entre tú, él, aquél y yo. Entre nosotros. Tal es el sino que nos define, uno que será abrazado, o no, con manos, entrañas e intelecto.
    Siempre se ha dicho que este país es capaz de reír incluso a costa de sus más descarnadas tragedias, esto es, reírse de sí mismo, lo cual es una bendición. El chavismo hecho gobierno ha sido justo eso, una tragedia de dimensiones quizás no del todo concebidas aún. No hay que olvidarlo: reímos y esa risa es medicina para el alma, para el cuerpo, para las migajas en que pretendieron convertirnos. La risa, el humor inteligente -tautología que de todas formas es imperativo pronunciar- son un carburante que jamás falló y ahora tampoco será la excepción. Cuando Maduro esté pudriéndose en la cárcel, cuando un demente llamado Diosdado sea apenas  roncha purulenta en la memoria, cuando Saab, los Rodríguez, Varela o El Aissami constituyan verrugas en la historia, echaremos la vista atrás para observar lo que la locura y el crimen son capaces de materializar pero, asimismo, respiraremos desde la reconstrucción, desde el país que vayamos soñando, forjando, instituyendo, y desde la sonrisa que alimenta el alma a partir de los escombros.
    Falta poco, falta muy poco para que se haga la luz, para la calma, para emprender hasta lograr lo que creamos merecer. Será duro y será lento, pero será. A nada menos podemos anhelar según el paraíso que llevamos dentro.

1/31/2019

Los peligros de pensar


    Cuando era un imberbe me daba por creer que los demás podían adivinar mis pensamientos. Tengo la impresión de que por lo general otros niños hacen el experimento contrario, se divierten al soñar que son capaces de saber qué ocurre en la mente de terceros. Yo no, y no me preguntes por qué. Yo tenía la plena convicción de que cuanto pensaba de inmediato iba a parar a territorios ajenos. Un ser humano sin la posibilidad de guardar secretos, sin la íntima certeza de poseer en los recovecos del yo ese caudal de deseos, de anhelos, de opiniones que siempre albergamos, todo ello compilado en pensamientos efectivos, palabras mondas y lirondas, lenguaje que en condiciones normales yace custodiado, encerrado bajo siete llaves, las llaves de la intimidad. Así me sentía.
    De modo que para evitar males mayores llegué a la conclusión de que no debía pensar. Si el objetivo era salvaguardar mis cavernas y profundidades, es decir, mis diálogos interiores o las conversaciones que mantenía conmigo mismo  -o sea, garantizar particulares soliloquios-, el asunto requería ponerme en off, exigía que el cerebro fuese, en cuestiones de lenguaje, una simple página en blanco. Mira qué mecanismo de protección inventé.
    Entonces me di a la tarea de corretear por la vida en automático, lo cual implica mantener diálogos de variado pelaje, leer anuncios en la calle o resolver una ecuación de segundo grado nada más que llevado por lúdicas acciones de lógica elemental, sin intervención de la peligrosa lengua, la tétrica sintaxis, capaces, las muy cochinas, de ponerme en evidencia y de echarme en brazos tanto de amigos como de enemigos. Lo cierto fue que me empeñé en no pensar para resguardar justo eso, mis pensamientos, al punto de que acabé acostumbrado a la agradable sensación de no tener que pegar un sujeto con un predicado ni a realizar el esfuerzo de razonar mediante palabras.
    Y así, sin quererlo, sin buscarlo adrede, por azarosa intuición di en el clavo: pensar con imágenes, asociar A con B para llegar a C excusando cualquier intromisión del abecedario. No me lo vas a creer pero sentirse en un mundo aparte, flotar, concebir la realidad a partir de lo que catalogué después como de “cierta perspectiva plástica”, pictográfica –qué sé yo-, terminó siendo lo más adictivo de este mundo. Ya adolescente estuve seguro de que los pintores o escultores meditan o vislumbran de forma parecida, actúan de idéntica manera, captan el mundo en función de diagramas, dibujos mentales, potentes planos interiores que para qué demonios las letras y, en fin, la gramática como la conocemos.
    Después, en la adultez –la adultez es una máquina de destrucción masiva, yo que te lo digo-, las obligaciones cotidianas y los compromisos propios de la edad malograron ese estado fundamental en que me arrastraba por la vida, llevándome sin más al agujero negro de los días tal como los despacho hoy. La eme es la eme, la a es la a, la eme con la a ma y punto, y se acabó, adiós privacidad y universo interior a salvo de entrometidos o curiosos.
    A mis años, aunque con torpeza, he aprendido sin embargo a defenderme. Pienso, luego existo, afirmó un iluso hasta la médula. Qué va: pienso, luego lo sabes todo, digo sin que me tiemble un músculo del rostro. He tenido mil problemas, me han descubierto en plena urdimbre de estrategias intelectuales ante una discusión cualquiera, ante un debate público, ante una sencilla conversa de café. He caído de bruces, despojado de intimidad  y lleno de vergüenza, cuando pasaba por mi lado alguna dama con piernas, nalgas y tetas en su sitio, y pensaba, y me decía, y exclamaba para mis adentros las delicias que implicaba, lo hembra y lo salvaje que sería en plena cruzada. Válgame Dios, nada que hacer, nada que ocultar en lo más hondo de mis elucubraciones porque antes de terminarlas ella las había visto, las había leído como quien lee en un libro abierto.
    Así vivo, así llevo la existencia en el presente, pisando como gato en suelo húmedo para medio protegerme e inventando una u otra estratagema buena como escudo a la hora de pensar frente a cualquiera. A veces lo logro, a veces no, y en ésas ando. Cosa rara, qué le vamos a hacer. Cosa sumamente rara.

1/25/2019

La revolución frente al espejo


    Hablar de Venezuela es hablar del cielo y del infierno. Del primero, porque lo tiene todo para materializar, si se sabe cómo, el Paraíso. Del segundo, gracias a ejecutorias que encendieron las calderas del Diablo, es decir, el lado más oscuro del quehacer político irresponsable.
    Hay que ser honestos hasta el dolor. Cierta izquierda venezolana, a la sazón fósil de los sesenta, alimentó sin pudor el carácter mesiánico del líder del Socialismo del Siglo XXI, quien sustentado en el carisma, en la religión laica que promovía y sobre los hombros de empresarios de cortísima visión política, llegó a Miraflores montado en una ola de popularidad impresionante. La revolución aparecería en el escenario a través de los votos y era cuestión de tiempo: la ruina de las instituciones democráticas, desde la democracia misma, estaba cantada.
    El resto es parte de una historia conocida. La revolución bolivariana -así, en minúsculas- se tragó a sus hijos, fagocitó las estructuras fundamentales del país, intentó crear un imaginario heroico cuya narrativa  iniciaba y finalizaba en ella misma, todo aderezado con la retórica estéril de un izquierdismo trasnochado que, como dijera el buen Petkoff, ni olvida ni aprende, en esencia porque la capacidad de construir algo bueno, el talante romántico, la trayectoria violenta como elemento partero de la historia, la aventura guerrillera previa a la toma del cielo por asalto y, en fin, la narrativa mitológica tan cara a determinadas hazañas para que puedan ser hazañas, brillaron siempre por su ausencia.
    Saturados de dólares por el crecimiento astronómico en los precios del oro negro, los hombres de la revolución se frotaron las manos y chasquearon los dedos. Al primer chasquido expropiaron, confiscaron, arrebataron. Al segundo fabricaron ilusiones en función de las apetencias de quienes eran capaces de votar. Aún no era necesario trampear, desconocer candidaturas, usar las armas de la República como garrote personal. El dinero iba y venía a manos llenas, entraba en escena como la vedette que se sabe indispensable. Al tercero tronaron los fusiles. Cuando los platos volaron en pedazos, cuando hubo que recoger los vidrios rotos, metáfora de una realidad inocultable, se hizo necesario contener la rabia, el desencanto, el estupor, la sensación de engaño y resaca instalada en todo un país. Entonces las balas llovieron a mansalva.
    A estas horas parece llegar a su fin el disparate que ha reinado en Venezuela durante dos décadas. Sin embargo, la desgracia de este pueblo, el hecho de que un puñado de criminales usufructe un poder que nadie le ha otorgado, trasciende el plano militar y va más allá del carisma exacerbado de un caudillo felón. Para decirlo de una buena vez: la izquierda en Venezuela, salvo honrosas excepciones -que las hay-, jugó con fuego y se quemó. Junto con las locuras del santón mayor, esa izquierda fue incapaz de mirar el horizonte a un palmo de sus tupidas narices. Generó crispación, produjo división, polarización extrema, odios de mil pelajes, hasta resquebrajar las bases de una nación que, con sus defectos y virtudes, había sido hasta hace poco ejemplo de convivencia ciudadana en la diversidad.  
    La etapa inmediatamente anterior a la explosión del desastre fue una marcada por el relumbrón petrolero, es cierto, y hasta ahí nada nuevo en nuestras sociedades monoproductoras: cuando abundan los recursos hay fiesta y hay piñata, hasta que el período de vacas flacas cae como un peñasco para destrozar el espejismo. El ciclo histórico es harto conocido así que no vale la pena repetirlo aquí. Pero cabe resaltar una y otra vez, para que no se olvide, el ingrediente clave al momento de los balances. Antes de que a los gobernantes venezolanos la dinamita les estallara en plena cara, buena parte de la izquierda carnívora del país -uso aquí la nomenclatura de Carlos Alberto Montaner- hizo de la suyas. Preguntémonos: ¿por qué llegó la gente en Venezuela a polarizarse de esa manera? ¿Por qué un sector social, arengado por irresponsables, se sintió dueño y señor de la verdad, del futuro, de los hilos que nos acercan a la felicidad o lo contrario?, y finalmente, ¿por qué razones estos individuos se creyeron  nada menos que en brazos de la razón, de la justicia y de la historia? Es verdad que quienes gobernaron hasta ahora tienen las manos llenas de sangre. Violaron sistemáticamente derechos humanos, reprimieron, asesinaron, robaron. Pero también es evidente que un grueso espectro de esta izquierda, envalentonada, ayudó a destapar las consabidas cañerías del odio y, error imperdonable, vio para otro lado cuando la bota pisoteaba y los cimientos de la República crujían anunciando lo que llegaría.
    Y hay quienes aún hoy continúan en silencio frente a lo anterior. Intelectuales y gente de la cultura, por ejemplo, actúan ni más ni menos que como los reaccionarios que siempre criticaron. A estas alturas no reconocen su error y mucho menos parecieran estar dispuestos a celebrar el sano y necesario acto de contrición, a erigir su particular mea culpa sustentados en la rectificación y el encuentro con el país que por cobardía, ceguera o interés convalidaron en su devastación. Si la Venezuela del presente vive una tragedia que lacera sus entrañas, recordemos que el infierno estuvo aquí no por simple arte de magia. Fraguar una revolución, ésta que se empina sobre fundamentalismos de variada índole y cuya religión encumbra en sus altares a demagogos,  populistas, enfermos y delirantes sin redención, supone siempre la fractura de la democracia. Equivale a desmontarla de pe a pa, como lo hicieron Chávez y sus adláteres, labor de dinamiteros que pide a gritos cómplices  y enterradores sin ápice de escrúpulos..
    La revolución que la izquierda en su inmensa mayoría intentó erigir tenía los pies de barro. Y los tenía por el sencillo hecho de creerse dueña indiscutible del hoy y del mañana. Ya lo decía Karl Popper, palabras más, palabras menos: la verdad no es única, ni inamovible, ni siempre la posees sólo tú. La verdad es un constructo que se levanta de a poco, con tropiezos, equivocaciones, avances y retrocesos. La revolución bolivariana -mantengamos las minúsculas-, que ni fue revolución ni fue bolivariana, llenó el formulario de los sinsentidos y desató los demonios con los que es mejor no andarse acurrucando: violencia, incordio, resentimiento, cosificación del otro. Maduro, Cabello, William Saab, Padrino López, los hermanos Rodríguez y el resto de la cofradía asesina seguramente tiene ahora mismo los días contados en el poder. Su tiempo como eunucos de alma, como mandones de una propiedad llamada Venezuela se acaba. La cárcel es el horizonte que los abrigará pronto. Mientras, toca ahora plantarse ante el espejo hecho pedazos y recoger los trozos, unir, mirar hacia el futuro para comenzar a rehacer la democracia. No hay otro camino posible.

1/18/2019

La costumbre de vivir


    Les he contado muchas veces que me gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone leer a placer, escribir lo que venga a cuento o simplemente mirar, contemplar sentado, tabaco encendido, taza de macciato a un lado, mientras la gente y lo que te rodea cocina a fuego lento ese teatro que llamamos vida.
    Un joven entra y se presenta. Lleva una guitarra y un morral a cuestas. Su rostro destila lo que todos somos capaces de expresar si atravesamos las calles por la libre, a nuestro fuero, con la nostalgia encima o la alegría inesquivable porque vendrán tiempos mejores. Entonces, de un bolsillo saca un papel doblado en cuatro y lee un poema, de su autoría según nos dice, para rematar con canciones de Yordano, Juanes y Sabina.
    Doy una chupada y observo. Joven, sí, igual que miles que trasiegan la geografía universal con la idea de tomar el cielo por asalto. Y pensar -me digo- que cierta izquierda latinoamericana llegó a inspirar algo parecido: echar abajo las puertas del Paraíso, fusil en mano y sueños en ristre, acabando después volada en pedazos, absurda, sin pantalones frente a caudillos y delirios cuyos flatos Maduro, Ortega o Morales ofrecen respirar hoy.
    Tiene talento. Canta, toca la guitarra con destreza, se ve que domina lo que hace. Se llama Enrique y viene de Venezuela. Sonríe con sinceridad, es espontáneo, lo que ayuda sin dudas a que poco a poco la terraza se fije en él, preste atención, le obsequie aplausos y propinas. Cuenta, entre canción y canción, cómo fue que llegó al lugar donde nos encontramos, cómo era la vida que dejó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Habla desde la melancolía, desde la esperanza, desde el recuerdo de su casa, de sus padres, de sus amigos, de su loro Lucio -a quien confiesa haber empezado a alimentar cuando aún no tenía plumas-, y de su abuelo Abdel, muerto días atrás de mengua, de hambre, de la imposibilidad de mínima atención.
    A pesar de los pesares creo que este muchacho vive, crece, me da por suponer que cuando los criminales estén pudriéndose en la cárcel y Enrique se mire de frente en los espejos, aparecerá un hombre distinto, de una fibra mejor lograda, más asentado en su visión del mundo  y en el cómo y por qué un país llamado Venezuela se catapultó a insospechados niveles de abyección.  Un hombre con las manos más hechas  y el aprendizaje más metido entre las uñas.
    En un momento de silencio, cuando termina su última canción, noto que se dirige a una mesa. Veo a una chica también joven, vislumbrando quizás otras ventanas y otros amaneceres. Él se planta ante ella, le extiende la mano y, siempre sonriendo, le obsequia el poema que leyó minutos antes. Ella también sonríe y en una fracción de segundo -mira la rapidez de este cabroncete-  toma asiento, deja la guitarra a un lado y conversan vaya uno a saber sobre cuáles reinos, mares o unicornios. Lo que soy yo, alzo mi taza y brindo por ellos, por su posible historia, que ojalá sea hermosa y cargada de romance y de aventuras, mientras enciendo otro tabaco para seguir leyendo a Kundera.