1/20/2017

Ver y no ver

    Hace poco di con un escrito que me pareció soberbio. Lo que leí, un texto sobre salud de esos que sirven para todo menos para curar, hizo las veces de relajante en su más genuina significación, es decir, me olvidé de los problemas y me concentré en historias médicas  -horrible pasatiempo, ya lo sé-   que vaya uno a saber por qué diablos terminan por encantarme. Conmigo ha sido siempre así, qué le voy a hacer.
   Lo cierto es que de la revista en cuestión no pude desprenderme hasta devorarla de un tirón. Ciento cuarenta y seis páginas de una pesquisa al más puro estilo Sherlock Holmes, donde una patología de lo más extraña, querido Watson, hace de las suyas con la complicidad del anonimato.
    Me explico: ceguera facial, que es como se llama la asesina en serie, consiste en un mal que pulveriza, que hace añicos la humana particularidad de reconocer rostros. Así como lo lees, te coge por el pescuezo semejante monstruo y hasta ahí llegaste compañero, entras de cabeza en un mundo desconocido, imposible de identificar hasta en sus más íntimos pliegues, ésos que tiempito atrás formaban parte de tu cotidianidad, de tus afectos, casi que de tus entrañas. Tu madre, tu mujer, tus críos, tu abuelita o tu mejor amiga van directo al hueco del inodoro. Apuesto cien a uno a que no tenías puta idea sobre el asunto.
    Total, que se me ocurrió de seguidas practicar un ejercicio de extensión. Son ciegos quienes no ven, por supuesto: Steve Wonder, José Feliciano o el señor que la otra vez cruzaba la calle con sus lentes de sol guiado por un Collie amaestrado. Pero en verdad tú o aquel otro o yo pulseamos la vida entera con tal oscuridad. Cualquiera que viste y calza como el mejor de los videntes es un ciego mondo y lirondo aunque nunca se le haya ocurrido siquiera imaginarlo.
    Así como descubrí la ceguera para los caretos, piensa en la gente que no ama y en esa otra que le pateó el culo a la bondad. Date cuenta  -menuda realidad que a diario nos aplasta la nariz-  de que el mundo se llenó de ciegos para el sentido común o para cuando menos olfatear esa cosa pastosa que llamamos lógica cotidiana. Embusteros compulsivos, mitómanos al por mayor, inventores de una realidad inexistente, hay de todo. Busca por los alrededores y verás cómo saltan los conejos: invidentes para el placer sexual -léase: anorgásmicos de toda ralea-, cegatos para la belleza, es decir, impedidos estéticos, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Me comprendes Méndez? Quién lo iba a decir, todos los males habidos y por haber bebiendo de la misma fuente pestilente, esa venda en los ojos que alguien dejó puesta justo en el ganglio adecuado para activar el horror hecho totalidad.
    Todos somos unos ciegos redomados. Apenas medio vemos, apenas vislumbramos a un palmo de nuestras narices gracias a que aún no nos ponen el parche sobre el nervio justo. Ya la puntería del francotirador hará de las suyas y al demonio el mecanismo para percibir cierta alegría, algún sentido de justicia, la sensualidad más arrebatadora y, en fin, agrégale después lo que te venga en gana. La ceguera es nuestro santo y seña, no faltaba más. Jamás lo hubiese sospechado.

1/09/2017

Estúpido y feliz

    Parece que la estupidez produce dependencia. Mientras más estúpido se es, mayor dosis de estupidez hace falta para sentirse a tono. Hay quien jura que se acaba siendo estúpido o no en función del número de conexiones neuronales que dispone haciendo de las suyas por milímetro cuadrado. Qué va. Conozco a gentes que son neuronas andantes, sinapsis personificadas, y para qué te cuento, sus niveles de estupidez rayan en lo alarmante.
    Yo mismo, sin ir muy lejos, soy vivo ejemplo de cuanto he dicho arriba: siempre di por sentado  -¡menudo signo de estupidización!- que disponía de alguna célula nerviosa extra chapoteando en su nicho encefálico con sus compinches, pero fíjate, el otro día casi me asfixio en el océano de naderías al que me lancé de bruces desde que me conozco. ¿Para qué voy a negarlo si no hay alternativa? ¿Por qué decir no, si sí? La verdad sea siempre dicha, duélale a quien le duela.
    Pero lo peor es cuanto afirmaba al comienzo, es decir, la adicción que parece instalarse prácticamente de por vida en quien se transforma en estúpido redomado. No sé tú, pero lo que soy yo jamás he visto un caso de restitución, siquiera a condiciones cuando menos dignas, de individuos mordidos por semejante peste. Eres estúpido y sanseacabó, lo vas a ser hasta el fin de tus días. Ahora bien, lo otro, la estupidización repentina o por etapas, sí que ocurre a diario en este mundo, que por algo te lo digo con la seguridad de quien tiene a Dios agarrado por las barbas. Pero como de adicciones es que hablamos, créeme que no hay estupefaciente más poderoso. Un estúpido por los cuatro costados hará lo inimaginable para incrementar su cota, para no abandonar nunca ese paraíso artificial que lo engulle de pe a pa. No basta la estupidez llana, existe tal gradación que, una vez entrados en ella, sólo conoces el ascenso sin techo ni parangón. Triste pero cierto, realidad monda y lironda que te aplasta a cada rato las narices.
    Todo adicto a la estupidez depende de esa estupidez en forma directamente proporcional al coeficiente de felicidad que lleve metido en las entrañas  -para lo que tratamos aquí, uno y otro término, o sea estupidez y felicidad, valga la redundancia, son sinónimos absolutos-, lo que demuestra una cuestión de Perogrullo: mientras más feliz más estúpido, y mientras más estúpido, pues más feliz.
    En fin,  y sirva otra vez mi humanidad como ejemplo, he llegado a esta edad siendo un hombre no menos que felicísimo, para decirlo con todas sus letras. Mientras, dejo ya de escribir estupideces, que en algún momento hay que parar, aparte de que se acaba la página. Que pases el mejor día.

1/03/2017

Sueños

        La otra vez soñé que desaparecían los adultos y cuando por fin desperté créeme que casi rompo a llorar. El mundo había cobrado el aroma de la infancia, era otra vez un lugar que chorreaba aquella sensibilidad ahogada por la madurez, es decir, lo cubría una pátina pueril, adolescente, de eterna juventud o qué sé yo como llamarla, cuya presencia me lanzaba otra vez al lego, a la fantasía y a los pantalones cortos.
    Desaparecen los adultos como por arte de magia. En ese sueño fascinante resultaba imposible preguntar por qué, indagar la suerte de tanta gente entrada en años. Desaparecían y ya, y punto, y se acabó. Como en un videojuego olvidado  -recuerda el Pacman de los primeros tiempos-, terminaban engullidos, chas chas, por vaya uno a saber qué monstruo virtual haciendo de las suyas.
    Niños, hay nada más que niños. El mundo tiene rostro lúdico, cuerpo de bebé envuelto en pañales. Este planeta huele a chupeta, a chicle bomba, lleva en las entrañas esa inocencia típica del joven para quien únicamente existe el hoy en día. Un carrusel, un triciclo, una patineta, adornan el paisaje que es también el enigma del vacío de arrugas, de la inexperiencia por donde la mires. Soñé que desaparecían todos los adultos, chao pescao, y juro por Dios que me sentí de lo mejor, relajado entre las comiquitas de las cuatro y las historias de la abuela después de ir a cenar.
    Un universo sin adultos, quién lo iba a decir. No me preguntes cómo ni de qué manera, pero de semejante realidad se desprendía cierto sabor gelatinoso, imperecedero, tan dulce como puede ser un buen recuerdo en el trajinado paladar de la memoria. Ese mundo despojado de adultos que soñé el otro día, te lo digo con tristeza y sin que me tiemble un músculo del careto, merecía algo distinto que desfallecer metido en su burbuja, pinchado por el día mondo y lirondo que te baña el rostro con un vaso de agua helada cada amanecer.
    Pero la verdad sea dicha: lo disfruté mientras duró. Una noche, algunos minutos, quizás la misma eternidad. Repito, no preguntes, no indagues, porque carezco de respuestas. Lo único tangible ha sido la bendita ausencia, el no estar de la adultez, ese polo opuesto al imaginario infantil despanzurrado gracias a la pacmanía y su furia desatada. Un hombre maduro, y otro, y otro, caminando con los ojos vendados por la tabla del barco pirata que estuvo siempre ahí, en el parque temático de mis diez o doce años. Hombre al agua y lo demás seguirá igual, como si nada.
    Existen de veras las hadas, Santa Claus ríe a mandíbula batiente desde el Polo Norte, las brujas vuelan encaramadas sobre sus escobas. Desaparecen los adultos y, cosa curiosa, en el sueño permanezco inmune, tan campante, como si una coraza de niñez, parecida al escudo de Batfin o al entramado de superpoderes que siempre envidié a Ultrasiete, me envolviera de cabeza a pies.
    Desaparecían los adultos, sí, y el mundo era un libro de cuentos, de fábulas sin fin.

12/23/2016

La fuerza de creer

    Daniel, mi pequeño, quiere un hámster para Navidad. Una mascota es el regalo que ahora Santa, o el Niño Jesús o como se diga, tiene la responsabilidad de colocar al pie del árbol. Mañana, tarde y noche, Gordito, que es como se llamará el roedor, cubre las fantasías y diálogos de Dani, porque semejante personaje, según me informa emocionado,  va a ser otro miembro de la familia, una especie de compañero juguetón, un individuo para el toma y dame cotidiano, en las buenas o en las malas, pero sobre todo, papá, amigo para siempre.
    Daniel cree en la amistad sin ataduras, es decir, sin género de dudas. Un compinche entrañable es este ratón con el que ha aterrado a su madre, cuyo nombre la espanta sólo al escucharlo, y también la ardilla de peluche con quien charla de lo lindo por las noches. O el vecinito de enfrente. O también Santa. Un amigo como Santa no va a dejarlo sin Gordito, asegura, por lo que la otra tarde me invitó a una tienda a buscar la mejor jaula, la adecuada, con juguetes adentro y espacio suficiente para que el peludo deambule en libertad. ¿Libertad? Pues sí, papá, libertad, tomando en cuenta que paseará a diario por mi cuarto como si fuese una extensión de su casa, Gordito vivirá en plena libertad.
    Amistad, libertad, son palabras que Dani valora desde su particular mundo infantil, y cuando hablo de infancia ni por asomo lo hago en función del cuadriculado mundillo de nosotros los adultos. Para Daniel uno y otro término son nada menos que organismos vivos, omnívoros por donde los mires, pues llevan una dieta en la que todo cabe. Todo, aquí, significa que amistad y libertad escapan al cedazo de la razón calculadora, de las realizaciones a conveniencia o del universo de intereses que ya en la madurez hemos aportado a esos vocablos. Si alguien me ha dado lecciones a propósito de ser amigo o de ser libre, ése es el chiquillo que espera a un dientón el veinticinco.
    El otro día, al preguntarme con la seriedad del caso si creía o no en el señor de los renos, respondí tramposamente con otra pregunta: ¿y por qué no he de creer, hijo? Porque otros niños me dijeron que no existe, que es un engaño gigantesco. La verdad es que entonces no sólo reafirmé la veracidad del gordinflón, sino que añadí una certeza como pocas: aunque tengas nueve años como ahora, o cincuenta o cien, ahí va a estar tu amigo Santa, o el Niño Jesús o como quieras llamarlo, escondido en la pasión de tus deseos y en la esperanza de lo que esperas y das por descontado.
    Sonrió, me miró con ojos cómplices y asintió con toda la alegría del mundo metida en ese gesto. Lo abracé, me despedí, cogí el bolso para largarme al trabajo. Sé que después de Navidad Daniel recibirá a esa bola de pelos con los brazos abiertos. Estoy seguro de que Santa lo guarda justo para él.

12/19/2016

Venezuela, políticos y estupidez

    Desde hace poco no vivo en Venezuela. A estas alturas en mi nueva geografía conozco ya un par de cafés que son trincheras para terminar el día. Llego, tomo asiento, enciendo un Balmoral y saco el libro que traigo en la mochila. Entonces me digo: hay que ver. Aquí la vida te exige al máximo pero ofrece también eso que buscas si pagas el precio de hacer bien tu tarea, de entregarte en cuerpo y alma y, en fin  -nada nuevo bajo el sol-, de lograr que hechas las sumas y las restas cuanto has dado en buena lid supere a todo lo demás.
    Hasta aquí de maravillas. Luchas a brazo partido, te esfuerzas como un cabrón de sol a sol y tienes derecho a un horizonte con rostro menos duro. Es lo normal, es lo lógico, es lo sensato en un país con pie y cabeza. Coloco entonces el punto y seguido que acabas de dejar atrás y pienso ahora en Venezuela. Ella es mi tatuaje, en la piel, en el alma, en el adn. Pienso en Venezuela, sí, ese lugar del mundo en el que hagas lo que hagas estás condenado a sufrir las consecuencias de lo que una piara de bellacos logró alzar gracias a su estupidez, su ineptitud y su don de buenos para nada. Vil gentuza que maldita la hora en que, junto a la madre que los parió, inventó hasta lo inimaginable para destrozar a una nación.
    Ya ven, hoy llegué de malas pulgas. En este país al que he recalado por asuntos de trabajo siento en la gente una alegría que ya no hallas en el mío. Semejante hecho  -la alegría-  es sinónimo de futuro. Cuando alguien vislumbra un punto de fuga al alcance de su esfuerzo, se lanza en picada a conquistarlo. Más o menos como en aquellos días, cuando una chica hermosa aparecía en el radar y entonces eras águila o halcón y allá ibas, a arrebatar o a desbarrancarte pero cargado de empeño y de valor. Eso se acabó en la Venezuela del presente. Entonces he aterrizado en este café con ganas de volarle los huevos, ratatatata, ratatatatatata, a tanto político degenerado cuyo único proyecto fue pegar un sujeto con un predicado en el intento de chasquear babosadas para demostrar que era revolucionario.
    Cada día alguien me pregunta por Venezuela. Como si fuera un pariente enfermo, un familiar que agoniza. No exagero un ápice si digo que todos, absolutamente todos, maldicen a Maduro y su pandilla de inútiles. Gente de izquierda, de derecha o de centro no da crédito a tanta devastación, a tantísimo talento para destruir, humillar y arruinar. Perfectos delincuentes que una vez terminada la pesadilla que instalaron pasarán sin dudas el resto de sus días tras las rejas. Mientras Latinoamérica avanza, salvo puntuales excepciones, por la senda de la democracia y del progreso, la tierra donde nací es el hazme reír de un continente, retrocedió al siglo XIX. Ése es el fondo del mal sueño, tal es la escena del crimen.
    Pero vamos, sabemos que la vida continúa. Los países no quiebran ni se acaban, es la gente y sus anhelos, un tú, un yo y un nosotros quienes se llevan los palazos o el beneficio de acciones bien pensadas. Hace casi dos décadas Venezuela sólo sabe de cretinos con poder haciendo de las suyas. Ya veremos hasta cuándo.

12/10/2016

Misticismo

    Dicen que papar moscas es oficio de vagos, de tontos, de simples desocupados, pero la verdad es que hay ociosos que jamás se dieron a semejante tarea y gente muy trabajadora que dicta cátedra si de permanecer lelos se trata.
    Tengo un conocido que toda la vida dio por sentado que paparía moscas a diestra y siniestra. Yo también. Quiero decir, yo también disfruto como nadie el hecho de sentarme en un banco o caminar por la calle por el simple placer de contemplar, estupefacto, cómo el mundo vuela a mi alrededor, galopa a través de mis ojos y epidermis, se transforma en cosa ajena y yo, entomólogo agazapado entre el follaje, observo al dedillo, impertérrito, feliz, cuanta escena me pasa por delante. No hay nada más complejo, créeme, que papar moscas como es debido, asunto que llegado el momento y luego de ganar experiencia haciéndolo un poco más seguido cada vez, te aproxima al umbral nada menos que de la clarividencia. Que lo digan si no los místicos que comulgaron con lo desconocido, que entromparon lo elevado, que miraron cara a cara el foco mismo de la iluminación. No es que en mi caso tales cuestiones se hayan dado. Ni por asomo. Pero me tomo con la seriedad debida papar moscas en el sentido más grave de la frase.
     Existen quienes necesitan del contexto adecuado, o sea silencio, cierta paz que no abunda sino todo lo contrario, de modo que buscan los momentos dignos de la práctica a desarrollar alejándose de la comarca, internándose en montes lejanísimos, concentrándose en un punto inamovible, en un objeto cualquiera, en el horizonte o qué sé yo. En cuanto a mí, sólo intento hallar lo que pretendo en medio del bullicio, en plena calle, en mitad de una caminata por la plaza, sin escapismos artificiales o cosa parecida. Niet.
    Es que papar moscas es lo más complicado de este mundo, vuelvo y repito. El otro día se lo comentaba a mi mujer, quien luego de mi confesión terminó escudriñándome con ojos de ternura entremezclados con un brillo lastimero, de condescendencia resignada, como diciendo: mira los estragos de la edad. En fin, cada quien guarda un mundo en su cabeza y el mío va siendo a estas alturas uno echado en brazos de algún esquivo orden metafísico (perdonen la horrible palabreja) que para qué te cuento.
    Sé muy bien que muchos, aunque no demasiados, lo han logrado. Es seguro que tanta insistencia rindió frutos, lo cual día a día  -guardando las distancias, claro-  yo también  llevo adelante en función del premio gordo: vislumbrar el lado oculto o como diablos se llame ese espacio recóndito que es la hendija de la entrevisión. Papar moscas, como ves, no es sólo relajarse y papar moscas, hecho evidenciable en cada segundo de los tantos a propósito de tamaño ejercicio espiritual, pónle el nombre que te dé la gana.
    Mientras, sigo en mis trece. Papo moscas hasta cuando escribo, cada vez con mayor facilidad, lo cual es el mejor indicio de que voy por buen camino. En eso continúo.

11/29/2016

Fidel Castro y sus congéneres

    Te cuento algo, compañero. Cincuenta y siete años en el poder no es cualquier cosa. Si no hay controles, contrapesos, eso que los clásicos de la filosofía política tramaron con oportuna y fabulosa ocurrencia, al más pintado se le afilan las pezuñas.
    Fidel Castro acaba de morir y no doy crédito a la cháchara que mañana, tarde y noche han armado los medios de comunicación. Presidentes, políticos de toda ralea, gente decente e indecente, artistas de verdad, de embuste y vivos de la vulgata cotidiana ungen al mandón como si de un Ghandi caribeño se tratara. Me echo agua fría, me froto los ojos, despacho una caja de hisopos limpiándome cada oreja y nada. Castro es el prohombre del momento, un ornitorrinco del liderazgo tercermundista bañado en sahumerio por la corrección política y la desvergüenza.
    No me vengan con cánticos de pato. Que la muerte de cualquiera suponga el recogimiento de rigor, el respetuoso silencio, pasa. Pero que cierto personal, señores que dejaron el pellejo jugándosela por calzarse  -y calzarnos-  una mejor forma de vivir en sociedad, léase democracia, termine catalogando a un tirano de prócer, ilustre, insigne y demás sandeces parecidas, es el chiste que los iguala a la peña que conforma el patio: bolsiclones que buscan la foto, la declaración de prensa, la cámara que los ponche un minutico en El Informador. Hoy, respetables luchadores por un mundo más humano voltearon para otro lado cuando su deber era seguir llamando pan al pan y vino al vino.
    Que gentuza como Nicolás Maduro y la pléyade de buenos para nada que le hace coro invente la idiotez que mejor se subordine a su talento, es comprensible. No se pueden esperar variaciones en tamaña ensalada de ineptos. Pero de ahí al espectáculo, repito, puesto a punto y cacareado por individuos con solvencia intelectual y política, diría mi abuelita que es el acabóse. ¿De cuándo a acá un dictador que jamás permitió elecciones, prensa libre o partidos políticos de oposición, que encarceló disidentes, violó Derechos Humanos a mansalva y mató gente como quien mata moscas, es digno de reconocimiento alguno, de honores destinados a verdaderos genios, benefactores de la humanidad?
    Es que Castro no fue un dictador de derecha, supongo. Por eso la pedorra izquierda de este país, pongo por caso, salvando excepciones microscópicas, aflojaba los esfínteres frente al barbudo. Por decir lo menos, una cantidad impresionante de intelectuales, atragantados de ceguera política, sinvergüenzas tanto antes como ahora, aplaudió sus demenciales ocurrencias, justificó su  perverso mandato y pasará a la historia sin el tiquecito de absolución que soñara el tirano para sí. La izquierda caviar, claro, que ni olvida ni aprende ni tiene puta idea de con qué se come la palabra dignidad a estas alturas de la desgracia. Verbigracia: Venezuela. Humillada, destrozada por todos los flancos gracias a una panda de canallas apoyada por egregios pensadores, escritores, gente de la cultura y demás golfos de idéntico follaje. Hay que tener dos cojones, me digo, para echarse encima la ruindad como tarea sin que les tiemble un pelo del cogote.
    Que despistados o fanáticos prendan incienso como tributo a mastodontes, vuelvo y digo, guarda lógica y tiene pedigrí de mala entraña. Pero que la decencia se cuele en hedores semejantes es como para obsequiarle una patada en pleno culo, por alcahueta y por zafrisca. Ahí nos vemos.