5/21/2017

Relaciones íntimas

    El otro día, fumando un puro, resolví un acertijo matemático. No sé tú, pero en mi caso para llegar al punto b, saliendo de a, en general no sigo una línea recta. Las más de las veces dar un rodeo termina por ser ruta expedita.
    A ver si me explico: en cierta ocasión quise escribir un poema pero mi mente estaba en blanco. Supuse que sufría eso que los escritores llaman bloqueo. Bueno, bloqueo o no la verdad fue que cogí el manual de instrucciones de la licuadora con ánimo de meterle mano, pues a mi esposa días antes se le había descompuesto. ¡Eureka!, seguí al pie las indicaciones y finalmente al encenderla noté que las palabras, sueltas, desmenuzadas, perfectas, llegaban una tras otra como anillo al dedo, o mejor, como anillo al poema. Ese aparato, Oster si la memoria no me falla, servía también para deshacer nudos literarios.
    Fenómenos como el anterior pude descubrirlos siendo todavía un crío. Ante problemas de artimética o frente a quebraderos de cabeza en sociales, escuchar a los Beatles y leer a Kalimán, pongo por caso, era atinar a cualquier blanco imaginable, significaba eliminar de un plumazo cuanto obstáculo osara retrasar la victoria. Si tales procesos pueden parecerte extraño, créeme que es lo de menos. Despejar incógnitas, solventar enigmas, desentrañar misterios, lo importante es vislumbrar ciertos caminos y lograr atravesarlos, no importa que describas una curva o un zig-zag en el proceso. Total, la distancia más corta entre dos puntos a veces también es un círculo.
    Yo no lo dudo un solo instante, las cosas son así y punto, se acabó. Si a mi mujer le da por reclamar airada debido a que olvidé arreglar la tubería, respondo que el cuadrado de la longitud de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de las respectivas longitudes de los catetos y asunto resuelto. No falla. Y si el jefe da bronca gracias a un bajón en la bolsa que nos cogió desprevenidos, echo mano de las fases de la Luna a propósito de su influencia en las mareas del Báltico, que van y vienen, suben y bajan como la bolsa en estos días, lo cual atempera malestares y por supuesto ayuda como no tienes idea si pensamos en próximas negociaciones. Traba despachada.
    La gente cree con fe religiosa que uno más uno es igual a dos, cosa no muy veraz si a ver vamos. Haz la prueba, es decir, razona menos e intuye más, que es lo que desde hace una punta de años he puesto en práctica a pesar de Descartes, de la filosofía moderna y de mi maestro de física, José Camacaro, allá en tercero de bachillerato. El pobre, por mucho que lidió para cuadricularme la materia gris, para almidonarme y plancharme como Dios manda todas y cada una de las circunvoluciones cerebrales, fracasó en el empeño. Qué le voy a hacer si apenas rocé el diez para aprobar.
    A lo mejor suena de lo más raro, pero no tengo otros modos de andarme por la vida. Si yo soy yo y mis circunstancias, según el buen Ortega, también yo soy yo y mis manías, asunto lógico por donde lo mires. En fin.
    Ahora intento desentrañar un lío académico. El punto es dar con la influencia del pensamiento prerrenacentista en la concepción kantiana de verdad. Mientras, pienso en las agujas del reloj que observo ahí, enfrente, a propósito de horas, lustros, décadas o siglos. Y pienso además en los embustes y certezas que atravesaron la historia de pe a pa. Castañetea la solución. A lo mejor doy en el clavo. Ya veré.

5/14/2017

La dictadura en su delirio

    La dignidad individual, en buena hora acogida por Occidente como el sustento de los Derechos Humanos, lleva en las entrañas una verdad incuestionable: no tenemos precio, poseemos valor. Sólo por ser Hombres (así, con mayúsculas) gozamos de una valía universal que nos iguala ante la ley, descabezándose cualquier rasero del que pudieran echar mano gobernantes trastornados, ideologías devenidas en estiércol o gente común llena de prejuicios variopintos.
    Cuando la dignidad es pisoteada aparece un monstruo contra el que nunca estaremos por completo vacunados, no otro que la afilada dentadura de líderes mesiánicos, mil y un salvadores de la patria, pseudopolíticos iluminados, caudillos con sed infinita de poder y otros bichos parecidos. Es lo que ocurrió en Venezuela y engendró al hombre de la verruga. Es lo que ha sucedido en un país que hace más de tres lustros vive en carne propia la tragedia de gobiernos  -primero Chávez y luego el bailarín-  refractarios a la democracia, emponzoñados por el veneno de la codicia, del poder por los siglos de los siglos y entregados sin vergüenza a la satrapía más longeva de estos rincones del mundo.
    Venezuela es una tierra con profunda capacidad de aguante, pacífica hasta la médula, amante de la libertad, de la alegría y de la fiesta. La palabra solidaridad le es consustancial, tanto como el término olvidar, por ejemplo. En mi país todo se olvida con facilidad, a la historia se la lleva el viento más veces de las que haría falta, de modo que por ahí cargan ventaja bandidos de tomo y lomo, de verdadera uña en el rabo. Hugo Chávez y Nicolás Maduro, pongo por caso. En medio de fiebres y delirios, serviles a la voluntad de los Castro, borracho el primero de petrodólares e ignorancia y harto el segundo de ineptitud entremezclada con demencia, pretendieron sobre la base de la desmemoria  inventarlo todo, descubrir el agua tibia, refundar a la madre que los parió. Hasta llegar al llegadero, es decir, a la vorágine de locura y horror que aplasta en el presente.
    Hoy, cuando los derechos de tantos han sido vapuleados, desconocidos, ignorados sin misericordia por una mafia cuyo horizonte más claro es sin dudas la cárcel, Venezuela ha dicho basta. No tengo la menor idea de cuándo acabará el desastre, pero sospecho que más temprano que tarde. Hay claros indicios de que el régimen se asfixia, se ahoga en su particular pudridero, y el primero de ellos es la brutalidad represora. Con el miedo soplándole en la nunca Maduro intenta golpear fuerte. Lo hace y atiza el incendio. Es repudiado con más fuerza aquí y allá, en el país y fuera de él. Jamás antes la oposición estuvo tan clara, unida y lúcida y nunca recibió un apoyo general tan contundente como ahora.
    El segundo indicio es la grieta enorme que se observa en el chavismo, no sólo entre quienes lo sustentaron desde la calle, gente sencilla, esperanzada, hipnotizada, sino entre quienes forman parte del status quo, del entramado de poder, esos que dan vida a la bestia por dentro. La fiscal general, algunos diputados oficialistas y en buena medida hijos, hermanos, primos, sobrinos o tíos de individuos que mucho tendrán que explicar al país y a la justicia cuando la barbarie acabe. En fin, existen razones para suponer que un viento helado cala en los huesos de la dictadura. Respira con pronóstico reservado.
    El ser humano es un fin en sí mismo y no un medio utilizable por terceros, regla de oro que el gobierno venezolano se pasó por la entrepierna como le dio la gana. Craso error que le extiende  factura en su hora none. Y como callar, mirar para otro lado cuando se violan los Derechos Humanos a mansalva es de cobardes y de cómplices, tantos ahora mismo señalan, acusan a sus familiares, reclaman reacción, desmarcaje, retiro de apoyo a los esbirros.
    El gobierno de Maduro se ha quedado solo, con su latrocinio a cuestas, con sus cadáveres en la conciencia, con el bullicio atronador de un silencio que fractura hasta a las piedras. Ser demócrata exige entre otras cosas detenerse, hacer balance y pensar. Exige el coraje de reconocer el lado oscuro de un quehacer y corregir. Es, repito, lo  que han llevado a cabo algunos, lo que pide a gritos el valiente hijo de William  Saab, la hermana del embajador en Francia, los parientes de un gorila cuyo apellido es Padrino. Muchas vidas dependen del valor, del paso al frente y de las palabras basta, suficiente, hasta aquí te acompañamos Nicolás Maduro. Ojalá el déspota y sus socios terminen de una buena vez sin piso, sin el apoyo de una cúpula de bayonetas que lo sostiene aún. Ojalá  acaben desnudos frente al espejo de la realidad y de la historia, cara a cara con sus íntimos demonios. Amén.

5/07/2017

La destrucción del silencio

    Cuando el tiempo apremia los hombres, y también las instituciones, evidencian con más fuerza sus matices, sus luces y sombras, el ámbito predominante que se erige por último frente a la adversidad.
    Desde hace más de tres lustros Venezuela, como en otros episodios de su pasado, vive días oscuros: la deriva pestilente del chavismo poco a poco fue carcomiéndola y al fin, en el presente, la dictadura pura y dura hace estragos, pretende quedarse hasta que el cuerpo aguante.
    La desvergüenza de ciertos individuos, esos mujiquitas de toda la vida, ha existido desde que la tragedia comenzó. Gente que debió alzar la voz, denunciar abusos, señalar desviaciones que crecieron como un tumor maligno y plantarse con valentía ante los delincuentes que gobiernan, hizo mutis, miró para otro lado, y por acción u omisión terminó convertida en Celestina, alcahueta de un bandidaje que a estas alturas perdió hasta la última migaja de humanidad.
    Semejante descalabro va más allá de nombres y apellidos hartos a reventar de cobardía. Personajes e instituciones de todos los pelajes abrieron las piernas, inclinaron la cerviz, cedieron a la dictadura con la esperanza de salvar el pellejo, continuar respirando, cuidar el negocito, mantener el contrato, vivir en la isla de una fantasía sin la molesta presencia de esa realidad que es siempre un coñazo en la nariz,  pese al axioma que en materia de estalinismos resulta incuestionable: para un gobierno desnaturalizado existes mientras seas esclavo. Caso contrario importas un pepino, te conviertes en materia desechable.
    Amén de lo anterior, es decir, aun cuando todo un contingente de incondicionales pretendió correr la ola del tsunami hecho poder, buena parte de la sociedad civil cumplió con su conciencia, llevó adelante gracias a un coraje a toda prueba eso que los demócratas están llamados a mantener con uñas y dientes, no otra cosa que la defensa de la libertad, las garantías irrenunciables y el Estado de Derecho, a sabiendas de  que hacerlo significaría represión, exclusión  -recuérdese el apartheid Tascón, por ejemplo-, estigmatización  -¿la palabra “escuálido”, vil  invento de Hugo Chávez, te dice algo?- y demás abusos o discriminaciones por el estilo.
    Entre otros hechos dignos de mención, es bueno tener presente que un periodismo consciente de su naturaleza ha hecho lo indecible para combatir la locura enquistada en Miraflores. Han sido pocos los medios de comunicación, es cierto, pero se atrevieron  -y se atreven-  a cuestionar con fuerza, a desenmascarar  la dictadura en mil y una instancias y no desfallecen pese a la brutalidad de los verdugos. Cuando esta pesadilla acabe sus nombres brillarán con luz propia en la historia reciente de la Venezuela destrozada que nos va quedando, y estoy seguro de que estarán presentes en el descomunal trabajo que significará reconstruir lo destruido. Periódicos como El Nacional, como Correo del Caroní en el interior del país, semanarios  como Tal Cual, sólo por mencionar algunos  impresos   -súmense a ellos las alternativas virtuales, que las hay, y con una dignidad que roza las nubes-, cumplen  a cabalidad la tarea sagrada que otro periodismo temeroso, complaciente y acomodaticio escupió: desnudar el poder, escudriñarlo, señalar el pus donde se encuentre, batallar hasta el final. Son garantes de la democracia porque son también contrapeso de todo gobierno, y esa, mal que duele y daña inmensamente, no fue práctica generalizada en la prensa  venezolana durante estos años de retroceso, tragedia, corrupción, crímenes contra la humanidad, derrumbe económico y asfixia de nuestros valores. Repito, apenas unos pocos llevaron sobre sus espaldas y pudieron ejercer con gallardía, asunto que los honra, la misión que toda sociedad democrática les encomienda.
    Finalizará esta época de horror, desastre y sumisión de tantos frente a los jerarcas con pies de barro y ahí continuarán los mejores periodistas, los mejores medios, erguidos, dignos de su oficio, con la triste certeza de que una tragedia que bien pudo evitarse si todos hubiesen sido uno, culminó en la vergüenza de hoy, en la triste realidad que ultrajó a todo un país. Mi reconocimiento y respeto para ellos, ayer, hoy y mañana.

4/28/2017

Estos reaccionarios de izquierda

    Durante lo que va de siglo XXI Venezuela ha sido gobernada por una cleptocracia cívico-militar que a estas alturas la ha llevado a un estado de postración, miseria y retroceso sin parangón en América Latina.
    El país que podría ser la Suiza de estas latitudes yace humillado por la vesania de una mafia literalmente enquistada en el poder y cuyos planes no contemplan soltarlo hasta que se pulvericen sus huesos.
    Mala cosa, por supuesto. El gobierno lleva encima el peso del repudio absoluto y nadie, salvo fanáticos y encantados, los quiere. Sabe bien que cualquier llamado a elecciones terminará en paliza, lo cual le eriza hasta el último de los pelos. Al quitar el culo de Miraflores tendrá que enfrentar a la justicia y, considerando cómo está el patio, viendo el bandidaje que destrozó al país, por sus crímenes irá derecho a las mazmorras. 
    Entre quienes dan cuerpo al andamiaje de apoyo   -mínimo, es cierto, pero andamiaje al fin-  con que cuenta Maduro y sus gansters se halla buena parte de lo que ha sido la pedorra izquierda venezolana. Utilizo semejante epíteto, toda una ventosidad él mismo, porque la historia no lo desmiente un ápice: pedorra, por haberse entregado sin vergüenza a los delirios de un militar felón, ególatra y sin luces; pedorra, por tropezar cien veces con la misma piedra y con el mismo pie, y pedorra por su incapacidad  -salvo honrosas excepciones, que las hay-  para enmendar la metedura de pata, trocarse en demócrata y, por último, intentar cuando menos pensar con cabeza propia.
    Dentro de esa izquierda nostálgica de bengalas revolucionarias, de cielos tomados por asalto y de cuanto parapeto ideológico le recuerde los sesenta, ocupa un lugar destacadísimo cierta intelectualidad que, como dijo alguna vez el buen Petkoff, ni olvida ni aprende. Hay que ver, estando ya crecidita como para  percatarse de que un líder mesiánico siempre termina siendo un producto bueno para nada, abrió de cajón las piernas y aún hoy, luego de la tragedia que engulló al país, permanece así, como si nada, feliz ante el relumbrón del poderoso que lanza sus migajas mientras hace las de Atila.
    Cualquiera puede ser de izquierda, de centro o de derecha, sin duda, decisión que Pedro o Juan se pasan por el forro de las gónadas individuales y punto, pero lo criticable, lo imperdonable, es que quienes están obligados a no abdicar de la función de pensar por sí mismos, de cotejar la realidad con la teoría y corregir rumbos si fuese necesario, hayan claudicado, enajenado sin más sus voluntades, dejado en manos del caudillo y a su completa discreción el hecho de hacer lo que le venga en gana, sin señalamientos ni críticas al canto, sin decir mu, sin enterarse -pobrecitos- de que esa boca es de ellos. Y encima y para remate aplaudirlo. Celestinaje, por acción u omisión, se llama tamaña irresponsabilidad.
    Se me vienen los nombres más rutilantes del boato culturoso gobiernero: Luis Brito García, Laura Antillano, Luis Alberto Crespo, Gustavo Pereira, Román Chalbaud, Earle Herrera y un puñito adicional de intelectuales cuya acción -inclinar la cerviz, callar y alcahuetear, permanecer incólumes y mirar para otro lado cuando se violan derechos humanos a mansalva, cuando se lanza a todo un país por el despeñadero de la desesperación, la indigencia y el hambre-  deja entrever la distancia medida en años luz que los separa como mínimo de la condición de demócratas.
    Venezuela saldrá del horror en que se encuentra, no me caben dudas. Pero reconquistar el camino de la democracia y el progreso pasa por  aprender la lección, no otra que desoír cantos de sirena para no caer otra vez en el pozo al que llegamos, con barra, aplausos y apoyos ciegos al iluminado en turno. Estos reaccionarios de izquierda, encandilados por el hombre fuerte, y por supuesto éste, van de salida. Ojalá que por tiempo prolongado. Ningún pueblo se halla vacunado contra la barbarie, la demagogia o la tentación de seguir como corderos a quienes prometen paraísos a la vuelta de la esquina, cueste lo que cueste. No hay que olvidar las palabras de Camus: en política, son los medios los que justifican el fin, y nunca al contrario.

4/23/2017

El ornitólogo y la bailarina

    Tengo un amigo ornitólogo que ejerce su vocación como nadie. No sé él, pero lo que soy yo siempre supe que acabaría observando pájaros mañana, tarde y noche. La verdad sea dicha: el amor existe en mil y una maneras, de modo que mi amigo terminó rendido ante un cupido profesional, es decir, ante quehaceres propios de sus inclinaciones avícolas. Nada nuevo para mí, vuelvo y repito.
    Así como la cadencia de una frase, así como el ritmo particular de sintaxis que lo insinúa todo, así como el lenguaje fascina a quien se precie de escritor, pongo por caso, el bueno de mi amigo vivía cual mentecato, tirado de cabeza, sumergido hasta el pescuezo entre plumajes llamativos, cantos extrañísimos, formas de vuelo que ni te imaginas, ritos de enamoramiento o no sé cuántas maneras de construir un nido. Era su amor,  la entrega sin más a una faena que él eligió y ella también a él desde un chispazo cuyo origen se pierde en algún lugar de su lejana infancia.
    Mi amigo, al cabo de los años, dio con otra forma de entrar en pareja, la usual y no por ello menos enigmática. Ahora sí, una mujer de armas tomar desplegó su propia danza, asomó el destello de sus plumas y como avecilla misteriosa descolocó al buen hombre para siempre. Al caminar ella bailaba, se podría decir que casi levitaba y no era para menos. Había pertenecido desde su juventud al cuerpo principal del  American Ballet Theatre, de Nueva York, y ahora, luego de esa experiencia fabulosa, por otras razones regresaba nuevamente a su país y a su ciudad.
    Da la casualidad de que las casualidades no existen. Entonces el hombre de los pájaros se unió a la dama bailarina, un cisne, una gorriona, o como se diga, una palomilla delicada que tensó a la perfección el arco e hizo su disparo: mi amigo resultó flechado, atravesado, cazado por la presa.  Por algo sería. Y entonces pasaron los días, los meses, los años.
    El ornitólogo y la bailarina frecuentaban mi casa, yo la de ellos, preparábamos café, compartíamos algún licor, solíamos almorzar por ahí y créeme, siempre que los tuve enfrente parecían un mandala haciéndose desde ellos mismos, golondrinas en plena faena, dibujándose en el aire, embebidas, atragantadas de piruetas y revoloteos en picada o en zig-zag, libérrimas por donde las vieras, hasta regresar como si nada, en algún instante mutuamente elegido, a la jaula de lo cotidiano, de su labor diaria con los binoculares y el libro de notas (él, claro) y su perfomance sobre las tablas como práctica nunca abandonada a pesar de no trabajar ya como profesional (ella, por supuesto).
    Eran mis amigos y punto. Eran dos seres únicos llevando a cabo lo que les dio la gana. A diferencia de ti o de mí, habían hallado un canal menos común a la hora de decirse cosas, lo que comprendí desde la primera vez y en silencio concebí como lo más natural e incluso necesario de este mundo. El ornitólogo y la bailarina dominaban su lenguaje y qué más da, quise aprenderlo pero fracasé como bellaco. No es fácil asimilar otros idiomas, lo que combinado con mi edad y mi propensión a cierta practicidad que decidí no combatir jamás, levantó un muro inderribable. Resulta extraño: no hablé la lengua de mis amigos pero la intuí. Y eso bastó.
    Diez años, veinte, treinta. El ornitólogo y la bailarina continuaron en lo suyo. Se amaban, no cabe duda, y cierta vez, empinados sobre el jolgorio de unos besos, untados de sudores confundidos en abrazos, fueron poco a poco, lentamente, abriendo aún más las alas, contemplando como nunca el brillo de las plumas, el canto derramado en tonos que subían o bajaban como si fuese una ópera jamás antes escuchada. Ella levantó mucho los brazos, como para atrapar las nubes. Mi amigo la siguió en el gesto y justo en el último segundo, envueltos en jadeos, bañados de aliento y de saliva, batieron las alas y levantaron vuelo. Jamás volví a saber de ellos.

4/16/2017

El chavismo y el calvario

    Maduro y su pandilla pretenden envejecer en el poder. De eso no hay duda. El chavismo, untándose la cara con preceptos democráticos, llegó a Miraflores para desde ahí socavar el sistema que tan poca gracia le hace. ¿Se saldrá con la suya? Más bien parece que terminará con las tablas en la cabeza, que el país entero le descarga ya una patada en pleno culo.
    Pero vayamos por partes. Eso de la libertad de expresión, a oídos del hilarante presidente que gobierna en Venezuela, lleva en las entrañas un condimento burgués inadmisible. Todo revolucionario que se respete sueña con tomar el cielo por asalto, vive su burbuja de fusil y de montaña. Es la narrativa que lo legitima ante las masas, ante la predecible historia, y no será una aburrida democracia, con su ñoñez paquidérmica, la que sustituya al exultante imaginario y al fuego de artificio propio de revoluciones en su ley. De igual manera, algo tan básico como la alternancia en el poder es cosa de alienados perdiendo su tiempo en formalidades desechables -¿elecciones?, ¡vaya morisqueta capitalista!, ¿división de poderes?, ¡patrañas del liberalismo opresor!-. La lógica chavista, en el fondo primita hermana de la estalinista, sabe únicamente de poder sin contrapesos, dinero a manos llenas, imposición, corrupción y miedo. Con tales variables apretadas en el puño no hay tu tía: obedeces, obedeces y obedeces, salvo que tu vocación ronde la condición de mártir. Pero el caldo se le pone morado, muy negro, cuando la línea de acción, los razonamientos que fundamentan sus disparates, se tuercen en función de desviaciones que no aparecían en el libreto.
    El pueblo respondón, por ejemplo. O una oposición más inteligente, terca y envalentonada. O la pérdida del poder legitimado en sus inicios por una amplia votación cuya esperanza se trocó en colosal estafa, sostenido luego por el piso falso de las bayonetas. Entonces Nicolás Maduro, desnudo en pelotas, sin dólares para el circo, sin amiguitos verdaderos en el orbe  -las focas de antaño están ya creciditas para estarle haciendo caso a un limpio-, sin el falso maquillaje democrático que tanto bien le hizo a Hugo Chávez, da zarpazos a ciegas, reprime a placer, viola con ahínco Derechos Humanos, encarcela a disidentes, amenaza fuera de sí como novio abandonado. En el fondo, Maduro y su combo chorrean pánico, destilan terror gracias a una verdad que les carcome el alma: vislumbran con tino qué les depara el futuro, olfatean como sabuesos sus negros pormenores, sienten el miedo soplándoles en la nuca de sólo imaginarse enfrentando a la justicia, pagando sus crímenes tras las rejas.
    A estas alturas del asunto creo con Fernando Mires -un intelectual lúcido y honesto a quien le importa la realidad venezolana-, que es el momento de exigir sin desviaciones, sin perder el foco, lo que manda la Constitución, es decir, elecciones regionales. Elecciones, ese es el mantra político colgado de la realidad venezolana en los minutos que corren. Si el régimen hizo lo que quiso al torpedear con éxito el revocatorio, si se burló de medio mundo en el fulano diálogo y pretende dar igualmente un manotazo al mandato constitucional de llamar a elegir gobernadores, la oposición debería sin cortapisas, amalgamada, unida como nunca, exigir ahora mismo y desde todos los flancos la realización de éstas, pues hacerlo es acatar el mandato expedito de la ley. Tal es el punto de fuga, ese es el objetivo, y no otro, cuya fuerza abrazada a la legalidad levantó en el presente, como jamás antes, el sólido apoyo de los gobiernos y demócratas del mundo. No es concha de ajo tamaña realidad.
    La dictadura atornillada en Venezuela conoce el resultado electoral de antemano: una paliza de antología, un puntapié en las meras nalgas que la mandará al infierno, por lo que despliega sus maniobras, ya sin vergüenza y sin caretas, para otra vez burlar la voluntad de los venezolanos. La gente decente y los líderes actuales le ponen la mano en el pecho, desde la Asamblea Nacional, desde la razón y la Constitución, desde las calles, al desastre hecho gobierno con el fin de recobrar la senda de la democracia, el bien común y el progreso en paz. La Lucha sin cuartel ahora debe ser, hay que repetirlo mil veces, por elecciones, por el nítido llamado a éstas implícito en nuestra Carta Magna y porque el mundo se ha plegado a ellas de modo contundente, sin ambages, como horizonte constitucional para salir de la trampa del chavismo y sus nefastas consecuencias. Esto hay  que aprovecharlo.
    Ojalá y sea éste el próximo paisaje en el cielo de Venezuela. Y ojalá se aprenda la lección: los cantos de sirenas, los caudillos iluminados, los idiotas disfrazados de estadistas siempre están más cerca de la destrucción, de la ruina y del calvario que de los paraísos ofrecidos justo aquí, muy cerca, a la vuelta de la esquina.

4/07/2017

Magia en las entrañas

    Para algunos toda magia es allanada por la diosa razón. Sale un conejo de un sombrero, desaparece una moneda en la mano, cierta mujer es serruchada en dos. Entonces la razón entra en acción: extiende un mapa explicativo, saca el manual de instrucciones, despliega esa lógica cortante que le da un puntapié a la ilusión.
    De niño, cuando aún dos más dos podía ser cinco, la magia formaba parte de la vida cotidiana, es decir, existía como tal, porque sí y punto, sin nada más que hablar. No obstante, en ocasiones me rascaba asombrado la cabeza preguntándome cosas al respecto  -ya sabes, desde que nacemos nos cuadriculan la mirada, nos entuban los ángulos de entrevisión-. Por fortuna prevalecía la maravilla, el asombro sin muros o alambradas: esa atmósfera de enigma que no necesita de mayores escrutinios y en la que el intelecto culmina, alabados sean todos los dioses, siempre de patitas en la calle. La razón, esa señora que nos esclaviza, ni hacía falta ni se la extrañaba.
    Que yo recuerde, la primera vez que quedé patidifuá por esa sensación llamada mágica fue allá lejos, en la escuela, más o menos a los cinco años de edad. La mudez de la hache  -así como lo lees, mudez, cosa contraria al parloteo-  implicó un mazazo en pleno occipital del logos cartesiano que desde imberbes las Terciarias Capuchinas nos hacían masticar y tragar crudo. Que la hache fuera muda cobraba un aire de irrealidad percibida como el primer oxímoron plantado frente a mí. Sonaba a imposibilidad hecha posible. Menuda paradoja, mi querido Watson. Almohada, hemisferio, cacahuate, ¿sufrían de alguna enfermedad?, ¿habría algún estado patológico en herramienta, en huracán, en hermetismo, que no se vislumbraba en automóvil, cigarrillo o abuelita? Pensar que la hache fuese muda, según el dictum de la hermana Concepción, arrojaba cierta inaprensible idea de que el mundo era menos seguro de lo que imaginaba, más jabonoso que lleno de certezas, más cómico que de ceño fruncido. Empecé a considerar que el universo monta en sus espaldas una palabrita que  sólo pude comprender mucho después: relatividad.
    Como la hache hacía silencio,  pagué caro descubrir sus consecuencias. Es que no podía ser de otra manera, su mudez serviría para jugar, para reír y divertirme. Phelhotha, hombligo, avihón y bihcicleta ya no tendrían nada de extraño, se lanzaban en picada al baúl de los juguetes si el punto era relacionarme con lo otro, con todo aquello ubicado de la epidermis para allá. Htrompo, roboht, therciopelo, fhlor. Así lo escribí en una tarea y así lo repetí en el examen de lenguaje. Suspendido, claro, y encima boleta de citación para mis padres. Vaya problema de marca mayor que me gané.
    Después, transcurridos varios años, quedé patitieso cuando en la Foto Roma de mi pueblo  -un pequeño fotoestudio al que a veces me acercaba para hablar de composición, velocidad y enfoque con Juvenal, el dependiente-  se hizo realidad, como visión  fantasmagórica, primero el perfil y luego los volúmenes, nítidos, muy bien definidos, de personas y objetos sobre un trozo de papel en el cuarto apenas iluminado gracias a un bombillo rojo. Magia pura, magia cubriéndolo todo, magia entrando hasta por los poros. ¿Cómo era posible? El buen hombre, sonriente, explicó de seguidas el asunto, dio en el clavo al momento de desentrañar misterios, pero lo olvidé adrede, lo borré de un plumazo, mandé al diablo cuanto pudiera deshacer encantos.
    Todavía hoy procuro esos estados. Créeme que a mis años echo mano de la magia para que la molienda de la vida real no me triture por completo.  Literatura: magia por donde la mires. Camila y Daniel, mis hijos: magos de cabo a rabo. La calle: varita al más puro estilo Harry Potter con sus cafés, tiendas, semáforos y perros famélicos que lleva en las entrañas el poder capaz de sorprenderte, de obsequiarte a cada paso un coñazo en la nariz.
    En eso ando, con tamaña realidad me encuentro cara a cara. Buena forma de mantener a raya a la locura, o ve a saber si a la cordura. Dime tú si no.