4/25/2014

Literatura y vida cotidiana

    Soy profesor en una universidad y entre otras actividades debo leer. A veces, cuando estoy en un café y enciendo un tabaco y abro luego un libro, me pregunto no sin cierto rubor: ¿por esto me pagan?, ¿por semejante placer debo cobrar? Si algo se encuentra en los confines del valle de lágrimas que para muchos supone ejercer un oficio, ése es el que adelanto casi a diario en los quehaceres académicos. Leer, entonces, como un vicio que se asienta en el hedonismo, únicamente en el goce que intenta escrutar el mundo con ojos distintos, horizontes diferentes, perspectivas incluso contrarias que quizás sólo el hecho literario extiende sobre la mesa con las cartas boca arriba.
    El vicio de leer es uno que nace en cierto instante por alguna razón que no vamos a explorar aquí, y termina ejerciendo la más fascinante de las sensaciones: la de desplegar el abanico, la de ser capaces  de soñar los sueños de otros como si fuesen propios, la de terminar  convencidos de que es posible escudriñar mejor esto que somos. Captar en concreto lo que por lo general es una nebulosa. La vida adquiere así contornos que se van siempre reformando. El sentido de la existencia gana cierta nitidez que de otro modo implicaría nada más que materia oscura, ceguera permanente.
    Hay quienes piensan que la literatura es una figura sucedánea, es decir, actividad para la escuela, quehacer para llenar el tiempo libre, espacio que exige hacer a un lado otras cuestiones porque es justo dedicarle un tiempo predeterminado. Yo creo que es parte de la vida misma, puedo concebirla, y de hecho la concibo así, como inseparable de los días que vivo. Es, en fin, un no sé qué que está metido de cabeza en mi cotidianidad, formando parte de ella como también forma parte la acción simple de dormir o lavarse o sentir hambre. No pretendo definir qué es la literatura. Me interesa desgajar sobre todo cómo la entiendo y qué relación podemos llevar con ella.
    Las palabras, incluso aún sin entenderlas, seducen. No es lo mismo decir una cosa de una manera que decirla de otra, por ejemplo. El lenguaje  nos atraviesa por completo, nos define, y también lo definimos, de modo que termina siendo aquello que permite confiscar el mundo. ¿De qué disponemos a la hora de aprehender e intelectualizar todo cuanto nos rodea? De palabras, de lenguaje. Sin ellos seríamos lechugas en el campo o alambres retorcidos tirados por ahí, no seres humanos. De niño  -y todos los niños creo que viven ese embrujamiento-, hojear un libro equivalía a experimentar el goce en estado puro. Pasar las páginas de uno de cuentos, detenerse en las ilustraciones, imaginar la realidad más allá de ésta que nos tuerce la nariz, implicaba caer rendido ante la seducción de las palabras. De adultos, por ejemplo, ocurre más o menos igual: el encanto del lenguaje es posible hallarlo, aunque no seamos lectores consumados, en la música de otros idiomas. Por eso escuchamos decir que el francés es una lengua cargada de romanticismo o que el alemán lleva por dentro nada menos que la aridez de una lógica cortante. Que el italiano es una partitura explosiva, que muchos idiomas son dulces y otros secos y ásperos. Aunque nada de lo anterior sea estrictamente cierto, sí es verdad que todo ello ocurre porque las palabras, los párrafos, la entonación, las sílabas, las formas de pronunciar el mundo, los textos en general, conforman una realidad que yace en lo más profundo de la condición humana. Es mentira que son sólo herramientas, instrumentos a los que echamos mano para comunicarnos. Si así fuera su existencia entre nosotros equivaldría a una presencia técnica, muy pobre, cuando su razón de ser toca a plenitud el hecho medular de que sin ellas, sin las lenguas, no somos.
    Justamente, por eso no existe cultura humana que no haya inventado literatura. Sea oral u escrita, la poesía, las historias, los dramas, aparecen cuando comenzamos a dejar atrás gruñidos y el lenguaje perfila a quienes escudriñarán el átomo, crearán a Hamlet o El Quijote y llegarán a las estrellas.
    Cuando era niño tenía la costumbre de hallar en los cuentos que leía a gente de mi entorno. A mi familia, a mis amigos, de tal manera que en ocasiones me rascaba la cabeza confundido preguntándome si en Blanca Nieves y los siete enanos, Tío Tigre y Tío Conejo, La isla del tesoro, El hombre invisible, Sandokan o Gulliver, sus autores habrían conocido a ciertos tíos o a algunos primos. Casi podía jurar en aquellos días de infancia que mi padre o mi madre estaban metidos de cabeza en esos libros, lo cual me fascinaba y aterraba en proporciones más o menos equivalentes. Esa fue la primera vez que intuí algo que jamás dejó de sorprenderme: que la literatura habita debajo de mi cama, que ella se introduce en mi casa por la puerta principal o brinca por las ventanas, que a veces se lanza por el techo pero que siempre, absolutamente siempre, se encuentra en el día  a día que me toca transitar.
    La literatura es lenguaje y el lenguaje es vida cotidiana. El lenguaje, pues, no era la gramática que con torpeza tenía la obligación  de estudiar en primaria y secundaria. No era esa triste y árida experiencia, la de despanzurrar una frase, un texto, para encontrar un complemento directo o un artículo determinado, un pluscuamperfecto cargado de fastidio o una oración yuxtapuesta copulativa. Repito, la literatura es lenguaje y el lenguaje es vida cotidiana, y así, pude descubrir otro secreto: que el arte y la literatura son requeridos por nosotros tal como necesitamos del agua, del amor, del sexo, del sueño y de lo que sentimos más íntimo.
    Uno cree en demasiadas ocasiones que la literatura queda lejos de lo cotidiano. Uno piensa por lo general que la literatura y la rutina de nuestro día a día son compartimentos estancos, para remate mutuamente excluyentes. Es un error, desde luego. Como lo es suponer que el arte abstracto, sólo por darles un ejemplo, tiene poco que ver con eso que llamamos realismo. Y resulta que vivimos rodeados de abstracción, de símbolos que bien pudieran parecer inescrutables de buenas a primeras. Pienso en un crucifijo, pienso en la balanza que denota la justicia, pienso en la cruz roja, pienso en las señales de tránsito o en el tablero de un carro. Signos y símbolos abstractos que andan codo a codo con nosotros entremezclados con el universo de lo que suponemos lo real. Si hurgamos un poco más en el asunto quizás notemos que lo abstracto es tan realista como jamás lo imaginamos, y es más, lo abstracto a veces tiene más realismo que el cuadro al óleo del atardecer que cuelga orgulloso en la sala de la tía Adelina.
    Pues la literatura guarda también esas verdades. Yo estoy convencido a estas alturas de que la literatura chapotea en las calles de Ciudad Bolívar o Helsinki, en las panaderías y en los cafés, en la aburrida y tan aparentemente poco literaria cotidianidad. Porque leer las palabras en una novela, leer los versos del poeta y leer historias a través de los siglos va de la mano con leer el abanico frondoso de cuanto va existiendo. La mirada lee, como escribió alguna vez Joan Manuel Gisbert, “lo que había bajo la piel de los rostros, los mensajes de las manos y los cuerpos, los elementos que dotaban de una especial atmósfera a los lugares, los cambios de luz y de color de los espacios abiertos, las huellas del paso del tiempo, las formas seductoras del arte, los vestigios del pasado, los atisbos del futuro y tantas otras manifestaciones de la diversidad del mundo que se ofrecía a nuestra percepción”. Leer las horas y los meses, leer el pulso del acontecer que termina atravesándonos desde que amanece y hasta que nos vamos a la cama.  Leer de semejante modo, claro está, e intentar llevarlo entonces al plano literario.
    No es verdad, hay que subrayarlo siempre, que lo literario sólo pertenece al ámbito libresco y para hallarlo es preciso abrir un texto escrito. Encontramos literatura, como vemos, en el día a día, en la experiencia intrascendente de la cotidianidad; descubrimos que la literatura es una forma de entender el mundo, una forma de navegar en él. Digamos con Flaubert que la literatura es una manera de vivir.
    Jamás olvido lo que en cierto momento, ya hace bastantes años, escuché decir a un querido profesor: sentir y captar las imágenes de la realidad se eleva a niveles insospechados y cobra mayor intensidad cuando la experiencia es traducida mediante estructuras verbales. El lenguaje otra vez haciendo de las suyas, torciéndonos el cuello hasta que el universo, extendido de nuestra epidermis hacia afuera, entra en la cuenca de la mano, en la impresión de la pupila, en pleno abecedario. Creo que si la literatura fuese un cúmulo de párrafos con la intención de expresar algo en función de ciertas vivencias que nos exaltan o aplastan,  ésta fuese asimismo materia prescindible. Por fortuna la literatura tiene poco que ver con lo que nos enseñan en la escuela y se aleja bastante de esas verdades irreductibles que encierran los manuales. Nada más propicio para destrozar en un joven la curiosidad por el arte de escribir y el placer de leer que dejarlo a su suerte frente a la visión que endosa a la literatura un recetario de técnicas al uso, de “gramática novelesca” (si me permiten usar tamaña componenda), de rimas asonantes y consonantes o recursos literarios que es preciso hallar en cada página so pena de fracasar en los exámenes.
    Recuerdo un cuento en el que alguien asesinaba a una nevera y ésta aparecía desangrada en la cocina. Recuerdo los perros, loros, cochinos y chicheros de Aquiles Nazoa, los bares y las putas de Francisco Arévalo, las palabrotas en los escritos de Pérez Reverte, recuerdo una novela en la que tantas páginas cuentan la historia de un día en la vida de un señor llamado Bloom. Reducir la experiencia a una maraña de símbolos, quizás la invención más trascendente de la humanidad, podría morir ahí: un quehacer comunicativo cuyo desenlace es una cuartilla impresa. Sin embargo  -y cito con esto a Cunqueiro-, precisamente como quien bebe agua, necesitamos de igual modo beber sueños. Y el agua y el sueño conforman verdades que a su manera están ahí todos los días, todas las horas y todos los instantes. La literatura, también tengo esa impresión, puede explicar el mundo, y al hacerlo no necesariamente echa mano de abstracciones inaccesibles para los no iniciados, como lo hace la filosofía, o de ecuaciones cargadas de un significado oculto, sino de hechos concretos, del tú y el yo y el nosotros que está hasta el tope empapado de existencia común, monda y lironda. De modo que escribir y leer van abrazados con el minutero que nos despierta a las seis, nos pone en la oficina a las ocho, nos invita a almorzar a las doce y así más o menos por el estilo, con todas las variantes que a ustedes se les ocurran. Con razón Antonio Tabucchi llegó a decir  que “la literatura siempre ha sido un excelente instrumento para medir tanto la adquisición de certezas como su abandono”.
    Así, es posible llevar adelante el acto de leer (también el de escribir) para ir conociendo el mundo. Digan lo que digan los epistemólogos, y me perdonan la herejía, guardo las más firmes sospechas de que la literatura es una forma de conocimiento, un conocimiento ontológico del mundo en la medida en que vamos respirándolo, incorporándolo, internalizándolo de una manera particularísima, hasta hacernos una idea de cómo es y de cómo nos movemos en su seno a propósito de nuestra condición humana.
    El juego plástico de las palabras, la función vertebradora del lenguaje yace en buena medida sobre tal conocimiento, alimentado en la molienda de la historia, la historia con letras doradas y en mayúsculas, pero también la historia menuda que termina imponiéndose de sol a sol, todos los días, desde que fuimos Homo sapiens. La historia hecha literatura, quiero decir, porque ésta tiene la particularidad de que en ocasiones resulta más objetiva que aquélla, si me permiten nuevamente ejercer el papel de hereje. En la universidad, muchas veces hablamos de los días que corren en mi clase de literatura o de filosofía. Hablar de los días que corren es hablar de Homero o de Aquino, o de Rimbaud o Ramos sucre. Hablar de lo moderno y de lo antiguo es también hablar de Rafael Cadenas, de su obra, por supuesto, y con esto quiero dejar dicho, que conste en actas esta tarde, que la literatura enfoca como nadie el universo en el que nos movemos. Cuando un estudiante preguntaba hace poco por el clima de horror, de incertidumbre, de espanto que caracterizó a las típicas dictaduras latinoamericanas, del Caribe y del Cono Sur, le recomendé vérselas con La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Noten por favor que no referí un libro de historia. La literatura lleva a cuestas nuestro ámbito estrictamente cotidiano, y empinándose sobre ello cuenta una historia, la lleva al plano de lo concreto, la hace creíble, a la altura del café de la otra cuadra o del burdel, el palacio o el planeta Mercurio si es preciso. La literatura, qué maravilla que así sea, anida en el tabaco que enciendo a las cinco de la tarde o en las piernas de una dama, en unas medias sucias, en un lucero de la noche. Sume y siga. Es una clara incitación a hacer un alto y detenerse, a disminuir el vértigo,  a observar la vida.
    Cuenta Patxi Zubizarreta en un bello ensayo sobre el hecho de leer, intitulado Yo también habría jugado al fútbol, una anécdota que alguna vez le oyó a Bernardo Atxaga: “el autor  -el lector-  venía a proponer que, en la clase, incluso a nivel individual, se hiciera una colección de los textos más hermosos, más incisivos, más conmovedores que se habían leído durante el curso; pero su propuesta era novedosa en el sentido de que no se limitaba a la literatura stricto sensu: los textos podían recogerse también de algún diálogo de alguna película, de la letra de una canción, de la etiqueta de una botella de vino, de un anuncio, de una noticia, en definitiva, del mundo cotidiano que nos rodea”. Ahí radica, me parece, buena parte del meollo que vine a compartir hoy con ustedes: la literatura y la cotidianidad vistas como una matriuska, esas muñecas cuya maravilla consiste en que una de ellas, la mayor, contiene a las demás. En el caso que nos toca, lo maravilloso es aún más impresionante, pues la literatura contiene a la vida y la vida a su vez a la literatura. Nada menos.
    Vargas llosa afirma que la literatura nos hace vivir otras vidas que jamás podríamos siquiera imaginar. Vicariamente usurpamos el lugar de otros, nos metemos dentro de otras pieles. Nuestra gris, chata, mediocre realidad se ve impelida de pronto hacia espacios desconocidos, estimulantes. Desde la música, y en el fondo por supuesto desde la poesía, Joaquín Sabina lleva a cabo un planteamiento parecido. Canta, sin hacerlo explícito, lo que en gran medida supone el hecho literario zambullido en el espíritu humano. El discurso musical lee la diversidad, la experiencia cotidiana en el común trajín de múltiples oficios y en la canción nos dice que la literatura es el sostén  de la existencia, conforma la savia que impide la locura colectiva: “más de cien palabras más de cien motivos, para no cortarse de un tajo las venas. Más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena”.
    Alfonso Reyes sostuvo una idea que me gustaría repetir hoy aquí: “el escribir, según los diálogos platónicos, no pasa de  ser una diversión. La escritura, accidente del lenguaje, pudo o no haber sido: el lenguaje existe sin ella. Pero la escritura, al dar fijeza a la fluidez de lenguaje, funda una de las bases indispensables a la verdadera civilización. Al menos, lo que nosotros entendemos por tal. Cierta dosis de conservación en las cosas nos parece una cláusula sine qua non para aceptar el contrato de la existencia”.  Tal conservación marca con justicia el hálito fundamental que derivó en Shakespeare, San Juan de la Cruz, Gabriel García Márquez o Kavafis. El contrato de la existencia pasa por trastocar el hilo cotidiano de los días y llevarlo al horizonte literario mediante el poder del lenguaje y la ficción.
    “La palabra  -humo de la boca en el jeroglifo chino-“, continúa diciéndonos Alfonso Reyes, “quiere deshacerse en el aire; se la lleva el viento. Verba volant, scripta manent. Para que persista la palabra, para que ligue y comprometa la conducta del que la profiere, nació el derecho burocrático que, mientras llegaba el derecho constitucional, por lo menos obligaba al soberano a no desdecirse constantemente. Para que no se pierdan las creaciones de la palabra, los fastos humanos que ella recoge y perpetúa, el museo y la escuela del hombre, que ella por sí sola representa, para todos esos fines mágicos se inventó la fijación del lenguaje”. Y esos fines mágicos, y semejante fijación, permitió recoger un gesto, entresacar un diálogo, vislumbrar una escena intrascendente, registrarla por los siglos. Literatura y vida cotidiana haciéndose caricias, juntas en un mismo sofá, cara a cara a pesar de los pesares.
    Fue posible entonces leer diferente, hallar literatura en el fondo de un baúl desvencijado, en los simples quehaceres de todos los días, en el corre corre inevitable del cualquier momento en la existencia de todos ustedes. Miren alrededor y díganme si no.
    Apelo otra vez a Reyes. “hay una estética latente en todas nuestras concepciones y, como dijo Santayana, hasta el aire es arquitectura”. Sin el lenguaje no somos, creo haberlo sugerido en esta charla, de modo que la experiencia cotidiana pasa por el tamiz de una mirada que la fija y la transforma en obra literaria. Tal realización, por cierto, no podría estar más cerca de nosotros.

4/13/2014

Te conozco

Silvio Rodríguez: Te conozco

"El lago parece mar, el viento sirve de abrigo...todo se vuelve a inventar, si lo comparto contigo...". Hermosa canción. Dejo el enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=etAl7nkNJtU

Y añado: Candil de nieve, una canción de Raúl Torres, a dúo con Pablo Milanés. El enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=5Yugrb9Pw-g

4/05/2014

Proust y la parodia literaria

Hace algún tiempo mi querido amigo Carlos Yusti publicó un texto, para divertirse y divertirnos, en el que se propuso "escribir como sus amigos". Cuando me lo hizo llegar reí un montón y admiré mucho más su talento y su inmenso sentido del humor. Copio aquí un fragmento de lo que fue su regalo, a propósito de mi columna "Café del Día".

PROUST Y LA PARODIA LITERARIA 
Carlos Yusti

A Marcel Proust se le asocia por lo general con la actividad literaria llevada al límite. Enfermizo desde niño, estuvo de vago y bohemio gran parte de su vida. En esta etapa se dedicó a mirar pasar la vida a su alrededor sin perder detalle. Un día decide llevar todas sus observaciones al papel. Desde ese instante se convierte en un escritor metódico y constante. Su actividad como literato, a primera vista, parece alejada de cualquier requiebro superfluo, de toda peripecia relajada. No obstante, Proust recurrió a la parodia literaria para darle rienda a su ingenio y a su sentido de humor.

En el año 1908 un fraude se convirtió en la comidilla predilecta de los parisinos. Las anécdotas y chistes proliferaban como moscas irredentas en salones y tertulias. El fraude involucraba como protagonistas a Sir Julius Werner, director general de De Beer’s, una sociedad financiera dedicada a la explotación de minas de diamantes, y al técnico electricista Lemoine. Según se cuenta Werner y el técnico coincidieron en Londres. Lemoine le aseguró a Sir Julios que había descubierto un método para fabricar diamantes y el cual apenas requería solo de un horno, un crisol, carbón y algo de capital. Lemoine le hizo una demostración al crédulo Werner. Lemoine introdujo un carbón en un horno, le agregó una sustancia, movió un interruptor y al momento tenía un pequeño diamante genuino. A Werner le brillaron los ojos de codicia y de allí a entregarle dinero al técnico hubo un solo paso. Sir Julius fue entregando pequeñas sumas de dinero hasta completar la cifra de sesenta y cuatro mil libras esterlinas de la época.

Lemoine, para hacer creíble su timo, mostraba nuevos diamantes a su incauta víctima, pero se cuidaba de no revelar su técnica. Entonces, Sir Julius decidió apelar a los tribunales. Lemoine fue interpelado en presencia de abogados. Su abogado defensor fue nada menos que el mismo que asistió en su defensa a Richard Dreyfus. El asunto de los diamantes Lemoine encontró eco a nivel mundial.

El plan de Lemoine era enrevesado y audaz: consistía en hacer público su método, comprar el mayor número de acciones de la sociedad de De Beer’s cuando se produjera la gran baja que dicho anuncio provocaría. Luego vendería de nuevo las acciones tan pronto el mercado retornara a la normalidad. La investigación comprobó que los famosos diamantes fabricados en verdad fueron adquiridos por la esposa de Lemoine en algunas joyerías de París. La prensa se divirtió durante meses con el caso.

Proust siguió con atención el caso hasta que pudo verle el lado cómico y enseguida comprendió que aquel escándalo financiero parecía calcado de una novela de Balzac o de Flaubert o de cualquier otro autor en boga para el momento.

Cuando la estafa de los diamantes se hizo pública la parodia literaria vivía su mejor momento en diarios y revistas. Incluso Charles Müller y Paul Reboux habían publicado un suculento libro de imitaciones cómicas de escritores titulado “A la Manière de…”, que fue un éxito editorial.

Con estos antecedentes Proust, quiso “retratar este trivial caso jurídico”, como lo denominó en una de sus cartas, a través del estilo de otros escritores. Un caso tan absurdo requería un tratamiento igual. El primer grupo de autores incluidos fue Balzac, Emile Faguet, Michelet y Edmond de Goncourt. Las parodias se publicaron en el suplemento cultural de “Le Figaro”. El segundo grupo de imitados estaba conformado por Flaubert, Saint-Beuve y Renan, con el cual disfrutó tanto que el texto se ramificó más de lo esperado.

Las parodias de Proust se distinguen por la profundidad con la cual se mete en el estilo de los otros escritores. Mi preferido es la parodia a Michelet, autor al que Roland Barthes le dedicara un estupendo libro, debido a su gran nivel de virtuosismo. Proust, aparte de imitar esos ramalazos eruditos a los que acostumbraba Michelet, hace malabares con el modo rebuscado y poético. Vale la pena el inicio del texto: “El diamante puede extraerse a profundidades singulares (1.300 metros). Para conseguir la piedra, tan brillante, que es la única que puede desafiar el fuego de una mirada de mujer (en Afganistán, el diamante se llama “ojo de llama”) sin fin, habrá que descender al reino de la sombras”.

Para justifica sus parodias Proust argumenta: “En el caso de los escritores gravemente intoxicados por Flaubert, jamás recomendaré con el suficiente encarecimiento la purgante y saludable virtud de la parodia; es preciso que hagamos una parodia a plena conciencia, para evitar malgastar el resto de nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias”.

Todo esto me ha servido como base para acometer la parodia a varios de los respetables columnistas de este diario. Como no soy Proust, no tengo genio ni engreimiento para ello, recurro a mi vocación de lector traspapelado entre libros y bohemia, para escribir mis parodias donde, de forma impune, utilizo frases, giros y hasta palabras de los textos que pertenecen a los articulistas parodiados.

Mis parodias son un homenaje a Diana Gámez, Francisco Arévalo, Adón Soto, Roger Vilain, Abraham Salloun Bitar, Pedro Suárez, Juan Guerrero. También son un saludo efusivo a la escritura regular, y que por aparecer en el común papel del diario es subestimada por esos escritores serios, o de alcurnia, quienes no consentirían en bajar de categoría para ser leído por el hombre y la mujer de la cotidianidad diáfana y cruda. Para el escritor sin pruritos el periódico es una plaza para el diálogo y si Sócrates viviera sin duda escribiría en algún diario de provincias. Además, estos columnistas parodiados son unos estilistas a la hora de emplear el lenguaje, al momento de utilizar las palabras, cuestión que uno como lector agradece.

Proust se atrincheró en la parodia para relajarse un poco ante las tensiones que le producía la monumental novela que ocupó buena parte de su maltrecha existencia. Yo lo hago para deshuesar el estilo de mis amigos y para liberar la tensión de mi propio estilo que muchas veces se anquilosa, se agota hasta llegar a lo aburrido y convencional.

Cuando se escribe con regularidad para la prensa la tensión por escoger un tema a veces paraliza al columnista  y encoña todas las tentativas. Escribir es a veces una agradable zozobra. La parodia es el inigualable divertimento de ese trabajo creador que se llama escritura.

                                                      Té de la Tarde                  
                         PEDRO PICAPIEDRA EN LA ASAMBLEA NACIONAL
                                                      Carlos Yusti
                                              (A la manera de Roger Vilain)

El país, aparte de africanizarse, parece estar llegando a un grado de troglodismo prehistórico como nunca antes.

De las comiquitas de mi infancia, todavía algunas se trasmiten por televisión. Eran mi escape de la realidad. El coyote ideando trampas para capturar al correcaminos, el conejo Bus disfrazándose de mujer para engañar al bigotudo amargado y Pedro Picapiedra viviendo en un mundo prehistórico con su esposa Vilma y sus vecinos Pablo Mármol y Betty.

El país de pronto se ha caricaturizado. El paralelismo con las comiquitas de mi infancia Server es patética por lo exacta: Chávez, ese inefable agente viajero, se ha convertido en el Coyote que proyecta cada día las trampas más inverosímiles contra el referéndum, especie de correcaminos siempre calentando la calle. El presidente no se disfraza de mujer, sino de Pavo Lucas y encaramado en una moto despista a la bigotuda oposición. Pedro Picapiedras se instala en la Asamblea Nacional y en vez de argumentos reparte insultos, golpes o patadas.

Poco a poco nos vamos enterando: Venezuela es un lugar donde el primitivismo político ha tomado el rol protagónico. Por donde el ojo logre encontrar una abertura para ver algo de luz, recibirá un mazazo de oscuridad. La vida aquí es una zozobra antidiluviana. No obstante, creo que el país bien vale un esfuerzo.

Para vivir requerimos de la memoria, necesitamos esa sala de espejos de los recuerdos para ver esa parte de nuestra infancia donde la realidad era menos árida, donde la Upata de mi niñez era un crepúsculo con pájaros volando en el cielo: un sueño cayendo como las hojas en la plaza Bolívar. Lo artístico que tiene la vida se impondrá siempre a las ansias destructoras del hombre. Lo ético y lo poético por encima de esa pasión salvaje que quiere regresarlo todo a la prehistoria. Einstein lo dijo en una oportunidad: con todo este despliegue nuclear la última guerra podría ser con palos y piedras. Me da por creer que este momento prehistórico que vivimos es un mero accidente. Ojalá y no me equivoque, ojalá seamos capaces de reconocer la flor que crece con insistencia entre las piedras.


4/04/2014

La dictadura venezolana

    El gobierno de este país escupe a los demás justo el virus que lo carcome: fascismo mondo y lirondo. Si usted le pregunta a Maduro, a Darío Vivas, a cualquier guapetón con poder tipo Cabello, Ramírez o Ameliach qué demonios entiende por semejante asunto, cerrarán el puño, pondrán los ojos en blanco y se escuchará el disco rayado: fascismo es la oposición, la Iglesia, Voluntad Popular y quienes se abrazan con el imperio, el diablo y los extraterrestres. La bolsería, quién puede negarlo a estas alturas, hace mella hasta en el último hueso.
    Cuando Chávez gobernó tuvo a su favor el genio demagogo que lo poseía así como un caudal de dólares que populista alguno jamás soñó antes. Las cosas fluyeron mejor al son de la chequera y los bailes de tarima. Misiones de cartón, petróleo para regalar a manos llenas, corrupción día, tarde y noche. Desaparecido el Comandante Infinito, Nicolás Maduro aterrizó de cabeza en el piedrero. Sin dotes histriónicos para facilitar megaembauques, sin méritos ni credenciales de caudillo tercermundista, el asunto de gobernar se le transformó en un quebradero de cabeza. Heredó el desastre de Hugo Chávez y muy pronto, a la velocidad del relámpago, terminó de hacer añicos la cristalería. La inflación es la más alta del mundo, la inseguridad en las calles una réplica de país en guerra y la escasez un problema cuya salida sólo pasa por enviar al basurero cuanta ideología barata anida en las neuronas del Ejecutivo,  trocándola sin complejos en empeño por tejer un sector privado que haga su trabajo: crear riqueza, producir, generar empleo, es decir, ponerle los patines a la economía. Estaba cantado el escenario del presente. Ni Chávez primero, ni Maduro después, han calzado los números para meterse en los zapatos de un estadista.
    Cuando medio país se hartó del Socialismo del Siglo XXI, parapeto típico de republiquetas bananeras absolutamente refractario al progreso, a la modernidad, a los tiempos que corren, y se dio cuenta de que no existen instituciones adonde ir ni instancias que procuren la defensa de la ciudadanía que se atreve a disentir, salió a protestar a las calles. Y salió en paz. Ese fue el detonante de la represión más salvaje. Terrorismo de Estado  contra quienes piensan distinto y elevan su voz haciendo que se entere cuanto señorón jura que el mismo Dios le da unas palmaditas en la espalda para luego convidarlo a unas cervezas. Lo insólito, más allá de la inaceptable brutalidad de las fuerzas represivas, ha sido el contubernio entre civiles armados que apoyan al gobierno atacando y llenado de terror buena parte de la geografía urbana del país y ciertos efectivos de la Guardia Nacional. Testimonios documentados a diario, fotografías, videos y testigos de excepción dan cuenta de una realidad que se tradujo en flagrante violación de los DD.HH.  a través de juicios sumarios a alcaldes, torturas a manifestantes, censura en los medios y un llamado a diálogo cuyo correlato es mayor represión, insultos y amenazas.
    Está claro que la actitud del gobierno  consiste en arrojar más combustible a las llamas. ¿A quién beneficia semejante conducta? ¿Por qué instalarse con terquedad en el locus insostenible de la división y el incremento ciego de la violencia? ¿Qué posibilidad existe de continuar gobernando con todos los poderes en un puño, bajo la lógica de un dogma cuyo sumo sacerdote, un aspirante a caudillo iluminado, ha hecho aguas desde hace mucho tiempo?
    A lo mejor Maduro jamás imaginó el nudo de fuerzas encontradas y disparates que recibiría de su mentor. La condición de hombre de Estado supone cualidades que se crean mediante años de experiencia, de preparación, de lecturas (leer libros, leer la vida) y un largo etcétera con el fin de hacerle frente a los problemas que el arte de gobernar sin dudas va a encontrarse en el camino. Ni él ni su antecesor caben, repito, en la talla grande que exige pensar un país, en lidiar con sus circunstancias reales o imaginarias para finalmente intentar dejarlo mejor de lo que lo encontraron. Tal es, en verdad, el objetivo fundamental de todo gobernante que se precie de serlo. Chávez y Maduro, qué duda cabe, hicieron méritos suficientes para ganarse con honores un sitial en la molienda de la historia.