11/30/2011

¿Andrés Bello entre nosotros?


El viernes 25-11 fui invitado, junto con algunos colegas de la Universidad de Guayana, a dialogar sobre Andrés Bello a propósito de los 230 años de su nacimiento. La cita fue en la Universidad Católica Andrés Bello. Dejo aquí la conferencia que escribí para ese día.

Siempre, cuando se trata de conmemorar el natalicio de Andrés Bello, cuando celebramos el Día del Idioma, las escuelas, universidades, colegios, instituciones de cualquier naturaleza, políticos, académicos, gente de la “cultura”, llevan bajo el brazo, de buena fe y quizás con el mejor ánimo, la puesta en escena que año a año cobra vida e intenta dar cuenta del legado y la labor de un venezolano como pocos.
En mis años de bachillerato, y por supuesto en aquellos de primaria, se llenaban carteleras, se hacían actos culturales, el nombre de Bello anidaba en mil cabezas y esas dos sílabas repercutían durante algunos días. Yo buscaba con afán la ayuda de un primo, bueno para el dibujo, que invariablemente me regalaba el placer de entrar, pecho erguido y sonriente, al salón de tercer grado con la pintura que terminaría seleccionada para la exposición bellista. En fin.
Sin embargo, después de algunos años, luego de trajinar ciertos caminos y observar con otros ojos, me pregunto qué tanto conocemos del hombre que recordamos hoy, es decir, cuánto sabemos acerca de la vida que le tocó vivir, por qué hizo lo que hizo, cuál fue su herencia y de qué modo semejante obra nos perfila y nos influye en el presente.
¿Es Andrés Bello conocido en Venezuela? ¿Bebemos de su fuente, de su creatividad, de su genialidad a la hora de construir ideas, desentrañar la lengua, hacer poesía, labrar como nadie una conciencia americana? Creo que no. Me da la impresión de que cometemos el error de la superficialidad, del acomodo fácil, poco exhaustivo ante una obra monumental que está a la altura de las más complejas, totalizadoras y hermosas de la cultura occidental.
Hago memoria y vuelvo a mi escuela primaria. De aquel Bello, el de las carteleras, el señor serísimo cuyo rostro, hierático, de hombre regañón, aparecía impreso hasta en algún billete, el Andrés Bello que llegaba a mí como una bocanada de modorra, de fastidio incomparable, digo, ese hombre tenía más de zona oscura, de pesadez glacial, que procuraba, que lograba un rechazo visceral y las ganas enormes de partir a la carrera tan sólo al escuchar su nombre. Nuestra escuela, qué duda cabe, no estaba (¿lo está hoy?) a la altura de su intelecto, de su sensibilidad, y lo que quizás es peor, de su talante de maestro. Bello me parecía alguien lejano, un ser tan poco mío como un extraterrestre. En verdad ese señor no tenía nada que ver con lo que me rodeaba, ni con lo que me interesaba.
Hoy reflexiono con ustedes y me pregunto cosas. Bello era maestro, era un educador. Es cierto que fue el mejor gramático que conocía y que ha conocido Hispanoamérica. Nadie, ni antes ni después de él ha vislumbrado, ha descrito la anatomía de la lengua española de un modo tan preciso, tan riguroso. Nadie ha logrado escribir una gramática española como la que desarrolló. También fue un jurista indiscutible, redactor de un código civil. Es decir, fue un civilista en la más amplia concepción que el término supone. Fue, asimismo, el creador de una cosmografía, autor de una profunda, abstracta, filosofía del entendimiento. Por supuesto, Bello, abrazado con Bolívar y Miranda, echó el cemento y construyó el andamio sobre el que puede pensarse e intentarse la integración latinoamericana. Don Andrés Bello fue un poeta, como muy pocos, que abrevó en las fuentes del clasicismo grecorromano y desde su hacer literario se transformó en el libertador cultural de América. Como afirma Luis Alberto Crespo: “¿acaso algún profesor explicará a sus alumnos que en los poemas “Alocución a la poesía” y “Silva a la agricultura de la zona tórrida” se vislumbraba ya el “Canto general” de Neruda? ¿Estará en los anaqueles del liceo un ejemplar de su gramática? ¿Qué alumno podría resumir al menos su valor lingüístico?”.
Pero Bello fue más. En la “Gazeta de Caracas”, cuya aparición abre el tránsito de la imprenta en nuestro país y, por si fuera poco, el periodismo en Venezuela, escribió el editorial inaugural. Era un lunes 24 de octubre de 1808. Si a ver vamos, es el primer periódico fundado en Venezuela y por casi tres años se desempeñó como su redactor. Fue, entonces, el primer periodista venezolano. De igual modo, cuando la “Gazeta…” se hallaba en el número 68, en noviembre de 1809, Bello tiene la idea, y la lleva a cabo, de insertar un prospecto del libro intitulado “Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela”. Ahí se le ocurre además incluir un pequeño documento de su autoría: “Resumen de historia de Venezuela”, que llegó a ser el primer texto de historia nacional publicado. Como vemos, nuestro autor fue un editor extraordinario, para lo que vale mencionar además las revistas “Biblioteca americana” (1823) y “El repertorio americano” (1826).
La genialidad de este venezolano arrojó un producto intelectual, hay que decirlo otra vez, monumental. Sus obras completas alcanzan los veintiséis tomos. No obstante, creo que el mismo Bello estaría absolutamente de acuerdo con que su trabajo, sus desvelos, sus reflexiones, sus escritos, dan pie para llamarlo, sencillamente, maestro. Su proyecto fundamental, que trasciende ganar la batalla contra el imperio español desde la perspectiva militar, lleva consigo otra causa: la de nuestra independencia intelectual, cultural, tan necesaria y vital como la política. Es necesario reconstruir las instituciones, crear otra realidad social, formar a la gente. Hace falta perfilar ciudadanos, sembrar cultura, mostrar otra cara de la vida a quienes habitan un territorio diezmado por la guerra de independencia, inmersos en calamidades de todo tipo. Resulta imperativo levantar, crear, inventar una república libre. Bello sabe de sobra que es una tarea ciclópea, pero sabe también que es la única vía para alcanzar poco a poco mejores condiciones de vida. A todo esto se entrega desde su destierro en Londres, y luego desde Chile.
Bello, repito, fue un educador, un humanista. Quiso abarcarlo todo desde su erudición, quiso, qué duda puede haber, comprenderlo todo. Nada humano le era ajeno. Fue un perfecto hombre del Renacimiento. Domingo Miliani y Óscar Sambrano Urdaneta han dicho, con razón, que “para escribir sobre todas las materias que abarcó Andrés Bello se necesitaría una legión de especialistas en gramática, literatura, lenguas clásicas, educación, derecho romano, legislación, geografía, cosmografía, filosofía, historia y periodismo. El secreto de tan dilatados conocimientos reside en una vocación que no se debilitó jamás, y en una acerada disciplina de trabajo que se le convirtió en una segunda naturaleza”. Aún en medio de estrecheces económicas inmensas, solo, lejos de los suyos y de su país, donde finalmente hizo una familia, observó una voluntad de hierro en función de su quehacer, de lo que había elegido como oficio de vida. Para que nos hagamos una idea de las vicisitudes cotidianas en las que transcurría su existencia, veamos lo que él mismo escribe a Bolívar en carta fechada el 21 de diciembre de 1826: “mi destino presente no me proporciona sino lo muy preciso para mi subsistencia y la de mi familia, que es algo crecida. Carezco de los medios necesarios, aún para dar una educación decente a mis hijos; mi constitución, por otra parte, se debilita; me lleno de arrugas y canas; y veo delante de mí, no digo la pobreza, que ni a mí, ni a mi familia, nos espanta, pues ya estamos hechos a tolerarla, sino la mendicidad”.
Pero decía antes que Bello fue un educador. Su norte, su gran preocupación, su ideal era en verdad la cultura, la cultura desde un horizonte popular. Le importaba civilizar. “Yo -decía- ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el gobierno; como una necesidad primera y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas”.
Veía la necesidad de excelentes maestros, de los mejores libros, de métodos eficaces de enseñanza. A todo eso había que volcarse, procurarlo, hallarlo, crearlo. Bello, en su discurso a propósito de la apertura de la Universidad de Chile, en 1843, afirmaba: “la instrucción literaria y científica es la fuente de donde la instrucción elemental se nutre y vivifica”. Ángel Rosenblat se preguntaba alguna vez, en 1966, y yo retomo esa pregunta, “si el bajo nivel que tiene hoy nuestra enseñanza elemental y media (repito, se lo preguntaba ya en 1966) no se debe a que no hemos sabido dar toda su altura, toda su fuerza germinativa, a nuestros centros de enseñanza superior, a nuestra vida intelectual, científica, artística”.
Se me ocurre añadir, y quisiera compartirlo con ustedes esta noche, que la hipertrofia de la razón, el ensimismamiento tecnocientífico, el humanismo de poca monta que puede uno hallar prácticamente en cualquier parte, de alguna manera exige una aproximación urgente, hoy por hoy, a lo que en realidad significó Andrés Bello, a su programa de acción en función de la enseñanza, de la forja del carácter y del ser ciudadano, con toda la carga de implicaciones que el término posee. ¿No será (sigo preguntándome) que nuestras escuelas, nuestros liceos, incluso buena parte de nuestras universidades, ejercen su función de espaldas a sus ideas? Continúa diciéndonos el profesor Rosenblat: “la escuela adolece hoy de un gran mal: enseña muchas asignaturas, proporciona mucha ciencia infusa, informa (por lo común bastante mal), pero no forma (más bien deforma). No enseña ni siquiera a leer bien y mucho menos a escribir bien. Ahí reside su deficiencia más grave, porque leer y escribir es el único fundamento del saber y del pensar. En cambio, toda la obra educadora de Bello se centra en el preocupación por la lengua, que era para él el instrumento de la formación cultural”.
Cabe pensar al respecto, cabe detenerse un momento y volver a preguntarse: ¿Conocemos, pues, en verdad a nuestro Andrés Bello?, ¿lo conocemos más allá de lo que veía en él en mi infancia, en aquellas carteleras del colegio y en aquellos dibujos que hacía otro y terminaban en la exposición anual sobre él? Tengo la impresión de que incluso la manera en que propiciamos la enseñanza de la lengua, el acercamiento a ella desde la academia, es antibellista.
A lo alargo y ancho del país la gente, las instituciones, los académicos, se llenan la boca con su nombre. Imaginan que siguen su pensamiento porque imparten cátedras en las que nuestro hombre destacó universalmente. Se imponen a los alumnos, y lo que resulta más grave, a los más pequeños de la educación primaria, definiciones lingüísticas, conceptos, nociones, ideas que el mismo Bello desdeñaba, dándole preponderancia al análisis gramatical abstracto, alejado de la vida cotidiana, de la rutina de los estudiantes, de su quehacer diario, cuando enseñar la lengua es en primer lugar mostrar su riqueza, sus matices, su capacidad para hacernos soñar, con la lectura, con la literatura, con el habla viva de todos los días, por ejemplo. No hay manera de deshonrar más el pensamiento de Andrés Bello que ciertas tendencias de la escuela venezolana. ¿Lo conocemos de verdad? ¿Echamos mano de sus propuestas? ¿Lo estudiamos a fondo y lo llevamos a las aulas? Hemos convertido la enseñanza del idioma en un largo bostezo, sinónimo de una sesión aburridísima de clases. Si esto es así, valdrá cada vez menos celebrar el nacimiento del ilustre caraqueño, importará muy poco colocar su nombre a bibliotecas desvencijadas, plazas, museos, calles o parques. Será un saludo más a la bandera colgar retratos para adornar oficinas, erigirle bustos, lanzar proclamas en su nombre. Creo que lo mejor, lo que resultaría fundamental llevar a cabo, alimentar, procurar con urgencia y con agradecimiento a su hacer y en su memoria, es transformar a Andrés Bello en ícono viviente, en carne y hueso, en motor del mejoramiento paulatino, sostenido, indetenible de la educación venezolana, sustentados en su ideario y en sus enseñanzas, en su descubrimiento, en su conocimiento, en la puesta en práctica de lo que hoy nos obsequia como su invalorable herencia.


11/28/2011

Descuelgo,vuelvo, reincido, descongelo

Quiero
contigo
acariciar el día
como si fuera
lomo de gato

11/22/2011

Punto de fuga

Cuelgo el blog. Se va al congelador. Hibernación. Siesta. ¿A quién le importa leer? ¿Para qué tanto cable y tanto chips? El mundo sigue dando vueltas. Hasta la próxima.

11/21/2011

El Chupacabras



Miércoles, diciembre de 2000




No digamos que el pueblo es sabio, pero aceptemos que guarda sus verdades. Y una de ellas quizás podamos encontrarla entre los seres que conforman su imaginario. Para muestra un botón: ahí está el ya muy famoso Chupacabras. En extremo peligroso, afirman los entendidos que es capaz de acabar con el macho mejor plantado de un rebaño de búfalos sin otorgarle el mínimo respiro. Pero hagamos un alto y pasemos, antes de darle continuidad a esta idea, a lo que verdaderamente me interesa: extenderles una invitación. En un ejercicio de memoria, de reconocimiento histórico, echemos un vistazo al pasado venezolano, a aquel siglo XIX en el que se origina la República. Acaso topemos, helados de sorpresa y con un terror digno de Hitchcock, con el vivo retrato de lo que vamos siendo; con el mismísimo monstruo que nos ofrece, hoy, la mitología contemporánea.
Desde el lejano 1830, justo el momento en que nos separamos efectivamente de la Gran Colombia, iniciamos un camino que, según supusimos, nos llevaría a un futuro cargado de prosperidad y que, lo digo con tristeza, en el presente ha dado media vuelta (paradoja entre paradojas: nuestro “avanzar” desde hace tiempo enfiló hacia el pasado). Al intentar remontar, pues, el río de lo que hemos venido siendo, es importante empezar precisando que el comienzo del período republicano en nuestro país se caracterizó por el exacerbado culto de los personalismos, por el populismo desbocado en la clase dirigente, por las incontables rivalidades que no dieron lugar a la paz, a la reflexión requeridas para llevar adelante un proyecto de nación, y pare usted de contar. Los ideales de un Andrés Bello, de un Simón Rodríguez, habían sido lanzados por la borda. Pero si volvemos un instante al presente, a este minuto en la vida del país que tenemos, y nos preguntamos cuál podría ser el paralelismo de un día como éste, cinco de diciembre, en relación con el boceto ofrecido algunas líneas antes, sin realizar un gran esfuerzo saltará a la vista que (y nada más refiriéndonos al mundillo electoral), los principales contrincantes de la más vergonzosa batalla política se sustentan en idénticas actitudes, en idéntico piso, en el mismo espíritu.
Cuando en el siglo XVIII se experimentó un mediano crecimiento económico producto del aumento en los precios de los productos agrícolas (¡oh azar que siempre nos atiendes!), la deplorable e infortunada situación acaecida a partir de 1830 dio al traste con esta mejoría. Análogamente, hoy cinco de diciembre, mientras leemos la prensa, el desastre de gobierno que padecemos golpea con los pies lo que pudo lograrse en los tan cacareados cuarenta años. (Hay que reivindicar, y resulta urgente aclararlo desde ya, lo que conocemos, a falta de mejor nombre, como período democrático venezolano. Sólo una ignorancia atroz, criminal por donde se mire, es capaz de desconocer lo bueno que en él se generó, muy aparte de la asquerosa actuación que la mayoría de las veces protagonizaron los partidos políticos, sólo por dar un ejemplo de lo que podemos reprocharle).
Lastimosamente, todavía no rompemos con el estado de cosas que existía hace más de ciento cincuenta años. En esa época nos movíamos en el ámbito absoluto de las emociones: la gente de a pie, recién salida de una guerra independentista, sin escuela, sin formación, sin saber leer ni escribir, era manejada por el pequeñísimo número de líderes que para el momento mantenía el poder. Su razonamiento consistía en uno elemental: éste es bueno, aquél es malo. Éste me beneficia, aquél no me beneficia. No hay que esforzarse demasiado para darse cuenta de que también hoy, cinco de diciembre, mientras posiblemente disfruta usted de su café, el espejo de este viaje temporal nos devuelve la exacta imagen que a través de él reflejamos: unos personajes que sufren profunda falta de preparación, y que actúan, en general, bajo los impulsos del instinto. La ausencia de una educación política que funcione como debe ser (que, en fin, siempre ha sido el gran problema a resolver) nos aplasta casi tanto como antes. Manuel Caballero, en uno de sus muy buenos libros titulado “Las crisis de la Venezuela contemporánea”, expone que somos un pueblo culto. No estoy de acuerdo. Y no lo estoy sencillamente porque cuando lleguemos a ese nivel nuestras razones actuarán, y en mucha menor cuantía nuestras pasiones.
La retrospectiva encuentra ahora una de las esencias fundamentales que ha macerado, que ha labrado al quehacer político venezolano: el caudillismo. Si en el XIX se erigió, se fortaleció e imperó, tampoco en el presente ha desaparecido. Probablemente la figura del caudillo como fenómeno latinoamericano explique esa tendencia que mostramos en cuanto a la aceptación, casi siempre resignada, de un gendarme necesario. Cada quien, a su manera, lleva un caudillo adentro y este martes cinco de diciembre, del año 2000, es casi seguro que los más visibles (Chávez, Chávez, y más Chávez) saturan con sus miserias y ridiculeces las páginas de los diarios. Ellos personifican, de un solo golpe y como por arte de magia, la salvación misma; son los héroes de cartón que nuestra psiquis reclama, y para complacernos han transformado lo que son y lo que los rodea en la triste, pobre y perjudicial representación de un templete.
También, en el pasado postindependentista, vivimos tiempos de revoluciones. No sé cuántas se dieron en ese siglo (alguien ha dicho que una cada año y medio), pero lo cierto es que en el diciembre que transcurre no podemos negar la vendimia de una revolución que produce la más espantosa de las carcajadas. Consideremos, y dejémoslo hasta ahí, el parapeto de las Escuelas Bolivarianas y la farsa del Banco del Pueblo. De igual modo, las diferencias de clase estaban a la orden del día, el abismo entre ricos y pobres no podía ser más profundo. ¿Acaso en estos días no ha recrudecido? ¿Acaso la boliburguesía es un cuento de camino?
Así como antes encontramos refugio en la heroicidad del pasado, en el talante épico que una generación de hombres nacidos aquí gestó, hoy, cinco de diciembre, los bufones que gobiernan repiten el mismo hecho en el intento de velar y distraer la atención de la mediocridad y el hazmerreír que en poco tiempo han construido. Y así como antes fuimos tutorados por constituciones perfectas, pero siempre con el país a sus espaldas, diciembre nos sorprende sin la consecución de mayores y radicales diferencias. Nuestra constitución de estreno permanece en el hiperuranio, irrespetada hasta el cansancio, toda vez que el Presidente y su pandilla hacen con ella lo que les viene en gana.
Por último, el siglo XIX no deparaba crecimiento, esperanza de mejores condiciones de vida a la inmensa mayoría de la gente salvo que un golpe de suerte ocurriera (lo que los llevaba, en consecuencia, a probar fortuna incursionando en la revolución armada o en la aventura del oro que apenas nacía en las selvas guayanesas). La verdad sea dicha: hoy martes, cinco de diciembre, los venezolanos creen como nunca en el azar, en la astrología, en la ayuda que llegue desde afuera. No propiciamos, y por lo tanto no existe, una conciencia del trabajo creador, del sudor y del esfuerzo individual como la única vía para salir del foso en el que nos hallamos.
La capacidad que ha demostrado este gobierno para desaprovechar oportunidades doradas, para acabar con lo que encuentra a su paso, para dividir y fomentar odios de todo tipo, es sorprendente y más que peligrosa. Sorprendente por la naturaleza de Midas, de Rey Midas patas arriba, éste es un gobierno que todo lo que toca va a parar al basurero; peligrosa porque Chávez nos acerca, con el fuego de su incompetencia, nulidad y torpeza, a un barril de combustible. El monstruo, el mito de un ser que siembra la desolación, el Chupacabras del que hizo las delicias toda prensa amarillista que se respete, está de vuelta. Sí, el pueblo guarda sus verdades, deja al descubierto sus misterios, y en ocasiones a plena luz del día.


11/20/2011

Cuestión de fe

Alguna vez
tuve la certeza
de que el amor era azul

11/18/2011

Confesión

Quiero
contigo
beber vino recinoso
en las tabernas de tu cuerpo

11/16/2011

Plegaria

Ojalá nunca pierda
ese fervor
como luz que explota
de golpe
en los ojos.
Ojalá nunca me abandone
esa ansiedad deliciosa
frente a la belleza.

Cultura Sónica

Hablar de educación supone mirar el alma humana. Desde que nació Occidente se ha pensado el hecho educativo a partir de ángulos diversos, pero siempre, no faltaba más, educarse y educar nos diferencia de un ser vivo a secas para acercarnos a la idea de individuo, cabal, civilizado, capaz de vivir en sociedad.


Para conversar de éste y otros temas nos acompaña esta tarde Aura Balbi, psicóloga, doctora en Ciencias de la Educación, profesora de la Universidad de Guayana adscrita al Centro de Investigaciones en Ciencias de la Educación, amiga con quien compartimos espacios de trabajo, dudas, mil interrogantes sobre esto que hemos sido y somos.


Bienvenida Aura a "Cultura Sónica", es un honor y un placer inmenso que compartas con nosotros el programa de hoy.

Cuerpo adentro

Cae la lluvia
cae
alzo el rostro
se aplastan las gotas
contra él
una estrella
mil luceros
dos trozos de sol
danzan a lo lejos
tu lengua en mi epidermis
tus dedos
raíces caminantes
avanzan por mi espalda
bailan tap con mis cabellos
bebo un daikirí en tu lagrimal
me acerco
me acerco más a tus caderas
sueltas dos botones
oigo el click del sujetador
cremallera abajo
recorro justo la distancia
que va desde tu vientre
al punto Sur
meridional
de la Venus que
guardas entre piernas
entonces nos bebemos
jugamos al gato y al ratón
te muerdo despacito
y finalmente
en tus pozos y en tus pliegues
cae la lluvia
cae
sin que pensemos
nunca
en abrir nuestros paraguas.

11/15/2011

Mientras escribo

Estudio, leo un poco, intento escribir con los dientes, con los pies, con el sudor de los dedos una conferencia para mañana a las nueve aeme. Respiro, cojo aire, sí, respiro hondo, un tabaco, un café, pienso, respiro y pienso, doy vuelta a las ideas, las miro de reojo, me gustan menos. Escucho un clásico (http://www.youtube.com/watch?v=IlMmLWv8sNk) y otra vez a las andanzas, al golpe de las teclas y a ver qué aparece, cómo nace un texto, cómo coge cuerpo, acaso, lo que muy temprano va a ser pasto de los asistentes.

Nocturno

Anduve
la otra noche dije sí
acaricié sus crines
piqué con las espuelas
mordí el frío
alcé los brazos
fui jinete
fui un jinete
por fin
sobre la Luna llena

11/11/2011

La vaca y el jugo

Llego a casa y Camila es toda sonrisas y besos. Me lleva a la computadora y me explica, muy solemnemente, que ha escrito varios cuentos. Abre sus carpetas y entonces leo. Leo y disfruto, le comento lo mucho que me gustan y terminamos en un abrazo profundo y muy largo. Dejo aquí uno de ellos, tal y como apareció ante mí. Con ustedes, La vaca y el jugo:


Había una vez una vaca llamada Nicole que no botaba leche, botaba jugo. Y un día de mucha sequía el granjero no podía hacer jugo ya que no tenía árboles de donde sacar frutas para tomar y comer. Entonces ya que la vaca Nicole no podía hablar y solo decir MU la vaca trató con señas pero con sus patas gruesas no podía hacerlas. La vaca Nicole no se rindió jamás en su vida, siguió su camino y se dirigió al granjero a ver si podía hablar con la palabra MU, así que le dijo MU MUMU MUM MU MUM MU. Aunque el granjero no le entendió ni una palabra de lo que dijo ella empezó a estudiar hasta que aprendió a escribir y le escribió hola granjero yo no boto leche yo boto jugo. Y entonces el granjero obtuvo jugo para todos sus amigos. Y fin.

11/09/2011

¿Qué hubo, señor Gardel?

Si arrastré por este mundo

la vergüenza de haber sido

y el dolor de ya no ser.

Bajo el ala del sombrero

cuantas veces, embozada,una lágrima asomada

yo no pude contener.

Si crucé por los caminos

como un paria que el destino

se empeñó en deshacer.

Si fui flojo, si fui ciego, sólo quiero que comprendas

el valor que representa

el coraje de querer.

11/07/2011

Vasos comunicantes

Es curioso. Yo, que suelo cargar una caja de tabacos encima y encenderlos en cafés, con lecturas o escrituras de por medio, acabo de olisquear bocanadas que un señor entrado en años arroja desde la mesa junto a mí. El efecto ha sido arrollador.
Pensé en mi padre. Me llegó “ipso facto” su recuerdo. Guardo una pipa que era suya y por bastante tiempo llevé conmigo, en la memoria, aromas de picaduras, de tabaco rubio o negro que él fumaba mientras conducía, mientras leía el periódico y a la vez yo lo observaba, niño aún, en esa especie de rito fabuloso que consistía en un puro goce: el placer de pensar y jugar con las volutas, con cada chupada, con las ideas que iban y venían al leer, al reflexionar frente al volante, en un silencio de a ratos fracturado sólo para dialogar conmigo.
Sentí el humo en la nariz y me fui a los setenta, a los ochenta, a los noventa, a días antes de su muerte. Ahora que lo pienso, creo que comencé a fumar puros nada más que por las ganas de escarbar en ciertas capas, por el deseo inmenso de redescubrir sensaciones asociadas con papá y que estaban ahí, en las raíces de mi memoria olfativa. Encender un tabaco y percibir sus olores desata un efecto-cascada de recuerdos, abre un baúl de imágenes que yo sé no voy a hallar de otra manera.
Respiro el humo de la mesa que está próxima a la que me sirve de trinchera y sí, pienso en mi padre, ya no como reacción instantánea sino a conciencia y a placer. Me hubiera gustado compartir con él un Partagás, un Cohiba, un cumanés, o extenderle aquellas cerillas de madera para que prendiera la carga de su pipa. La vida es un soplo y me doy cuenta, como tantas veces, de que también voy conociendo mucho más al hombre que no veo desde hace tanto, que no dejo de compartir a su lado aun cuando ya no está. Es curioso, pero recordar de esta manera implica que la memoria hace a fondo su trabajo, es decir, modela en el presente una figura, agrega un poco de esto o aquello y resulta entonces que mi viejo, por ejemplo, ha cambiado, va dentro de mí muy diferente a la última vez que caminamos juntos y charlamos, abrazado a esas conspicuas formas, caprichosas, entrañables, que el recuerdo y los años de ausencia van creando.
Lo imagino a mi lado, o frente a mí, en esta mesa de café, yo un amante de tantas cosas que él también amó, y me pregunto si podría verme en sus pupilas así como puedo vislumbrarme en los ojos de Daniel o de Camila, mis dos pequeños hijos. Creo que ser padre va siendo como ser hijo al revés, de modo que también me encojo de hombros al interrogarme sobre qué hallaría él en mi mirada. En fin. Lo imagino en toda su estatura, y me veo apenas un chicuelo, recitándole al oído aquellas frases que me enseñó a decirle, como un secreto entre los dos, en la primera infancia: “Je t'aime. Je suis ton petit garçon. Je t'aime beaucoup”. Lo imagino, lo escucho, también desde mi preescolar o mis primeros años del colegio, con su mal español, con todas esas erres arrastradas, desconcertado porque era increíble, absolutamente increíble que alguien pudiera hablar así, de una forma tan extraña, tan poco común, tan alocada y divertida. Lo imagino, ahora sí, desde el mesón en el que lucho con los deberes de segundo o tercer grado, fascinado, mientras él está al teléfono y habla con su hermana, la tía a quien yo todavía no conocía, en esa lengua deslumbrante, llena de sonidos que era música para mis oídos.
Lo imagino a mi lado, o frente a mí, en esta mesa de café y siento ganas de abrazarlo, un abrazo fuerte, gigantesco, abarcante. Luego, siento además ganas de besarlo en las mejillas, en cada una de ellas, como solía hacer conmigo en las mañanas. Después hablar, eso, conversar, conversar de mil asuntos, de tanta cosa que permaneció en el tintero, de tanta promesa que voló por los aires, de tantos planes y decires y cuentos que nos echamos sólo a medias. Diálogo sin cortapisas, claro. Nada nuevo, cosas que aprendí a su lado. Y entonces decirle te amo, te recuerdo, te llevo en los adentros. Mirar el reloj y acordarme de aquel verso de Cortázar: “Allá en el fondo está la muerte”. Luego continuar hablando, diciendo, ya sin importar la presencia de alguien en esa mesa de al lado, ya sin que una bocanada desate este regreso a otros tiempos.

11/06/2011

La nostalgia
es un ser vivo
respirando en mí

11/05/2011

Revista "válvula". Edición facsimilar

Presentación de "Revista válvula (1928). Edición facsimilar" (ULA-UNEG). Estudio crítico de Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad. Caracas, librería El Buscón, jueves 27 de octubre de 2011.

El 5 de enero de 1928 “un puñado de hombres jóvenes con fe, con esperanza y sin caridad” (manifiesto “válvula”, p. 7) presentó al público caraqueño el primer y único número de la revista que abriría, para cierto sector de la crítica y la historiografía literarias, la modernidad del arte escrito en Venezuela: válvula. Se trataba de un gesto que vino a cristalizar, como explican Roger Vilain y Diego Rojas Ajmad en el nítido prólogo de esta edición en facsímil, las inquietudes renovadoras que saturaban el ambiente cultural de la ciudad como resultado de la precipitación constante de ideas del otro lado del Atlántico, pero también, qué duda cabe, de las necesidades internas de una literatura un tanto cansada de los juegos de salón en que había devenido la escuela modernista y, sobre todo, de la burda pintura de la realidad nacional –en el caso de la narrativa– hecha con trazos mal acabados, en virtud de una enrarecida asunción de servicio público asumida por muchos de nuestros escritores de principios de siglo XX.
Sobra decir que esa necesidad de cambio fue un fenómeno común en Latinoamericana, no como mera importación de fórmulas europeas de los llamados istmos vanguardistas, sino de resultas de una verdadera revolución del arte occidental y nosotros, quiérase o no, somos occidentales; o acaso debo corregir la frase: nosotros también somos occidentales. Así pues, válvula constituyó la materialización de la vanguardia más estrepitosa de nuestra contemporaneidad, una ruptura que, sedimentada en la conciencia artística colectiva, haría posible un segundo y más profundo momento de cambio: la luminosa década de los sesenta cuando varios grupos literarios retomaron aquel espíritu del año 28 y lo convirtieron en obras que aún hoy continúan regulando el horizonte mental de quienes nos dedicamos a la literatura.
De tal modo, válvula gravita en casi todos los acercamientos históricos que dan cuenta de la entrada del país en el tortuoso camino de la modernización de las formas y contenidos estético-literarios, y aunque tal vez sea cierto lo que señalan los prologuistas y artífices de esta nueva presentación de la revista sobre la poca profundidad de los trabajos que recalan en ella (los cuales, reunidos, acaso “no alcanzan –dicen– las siete cuartillas”), no es menos obvio, como también reconocen, que las firmas impresas en aquella aventura se convertirían en referencias ineludibles de nuestra tradición. Sea propicio recordar, entonces, que en septiembre de aquel mismo 1928 aparecería Barrabás y otros relatos, libro de cuentos de Arturo Uslar Pietri (redactor del manifiesto que abre la revista), el cual se transformaría en el volumen por antonomasia del relato vanguardista venezolano, pese a que dos o tres de las piezas que lo integran no son, en rigor, rupturales.
O el extraño caso de José Antonio Ramos Sucre, quien colabora con un texto que ya anuncia lo que sería su poética del año 29 cuando publica los memorables Las formas del fuego y El cielo de esmalte, pero que, andado el tiempo, confundiría al crítico literario rumano Ştefan Baciu al incorporarlo en su Antología de la poesía surrealista latinoamericana (1974), por lo cual recibiría una reprimenda de nuestro Francisco Rivera y del mismísimo Octavio Paz, respectivamente. Quién sabe, a lo mejor Baciu se dejó llevar por el hecho de que Ramos Sucre había publicado en válvula.
Como quiera que sea, el índice de la revista revela que la generación del 18, ya constituida, se traslapó con la naciente generación del 28, cuyo más sonoro recuerdo quizá sea válvula: es inevitable asociar su nombre con el desarrollo de la vida política venezolana de la segunda mitad del siglo XX. Y es que, permítanme citar lugares comunes de nuestra historiografía literaria, el índice de válvula sirve para conocer de un vistazo los nombres de aquellos que casi de inmediato devendrían figuras no sólo literarias, sino sobremanera públicas en el contexto del país; quiero decir (y de nuevo permítanme una salida fácil): como su título lo indica, por válvula salieron las personalidades descollantes de la Venezuela post-gomecista y, sobre todo, de la democracia representativa, la que se dio a conocer en la llamada “Semana del Estudiante” (febrero de 1928). De allí su impacto en el imaginario cultural venezolano, pese a la rara evidencia de tratarse de un solitario número; válvula es, pues, el emblema de un instante de la historia reciente del país.
No obstante lo trascendental del aporte de la revista, hasta hoy, ochenta y tres años después de su irrupción en la vida pública, ningún organismo puso el debido empeño de reeditar aquellas sesenta páginas. Un hecho insólito al cual no terminamos de acostumbrarnos los que trabajamos o hemos trabajado en eso que se llama la cultura institucionalizada, con todo y que la padecemos diariamente: válvula es apenas un ejemplo de la incuria a la cual sometemos los objetos de nuestra memoria histórica. Por fortuna, dos universidades han sumado esfuerzos, la de Los Andes y la Nacional Experimental de Guayana (energías discriminadas en varios organismos de sus respectivos senos: Dirección General de Cultura y Extensión ULA, Ediciones Actual, Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Febres” ULA, Fondo Editorial Universidad de Guayana, Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes Univ. de Guayana), para traernos de nuevo aquel fascinante y mítico gesto: la primera edición –facsimilar– de válvula.
En este punto debo hacer los debidos elogios a Vilain y a Rojas Ajmad puesto que ambos, sobreponiéndose a la incuria a la que me referí antes, hicieron una labor de pesquisa, a ratos decepcionante, en pos de un ejemplar completo de la revista; y luego, una vez hallado, el delicado proceso de reproducirlo sin convertir en polvo aquel material único. Si esto no bastara, han hecho acompañar el facsímil con una polémica presentación que cuestiona algunas opiniones recurrentes sobre la vanguardia latinoamericana, y venezolana en particular, que todavía circulan en ciertos manuales y estudios relativos al fenómeno. Más aún, examinan el alcance de válvula en algunos contextos intelectuales y dejan el campo abierto en relación con sus proyecciones en una historia de la cultura venezolana del siglo XX. Un rotundo logro crítico y de rigor que deja en claro, una vez más, que contra todo, los universitarios venezolanos seguimos, como siempre, trabajando. Albricias a los ejecutores de esta magnífica realización, y a las instituciones involucradas mis renovadas muestras de respeto.


Dr. Carlos Sandoval

Universidad Simón Bolívar

11/03/2011

Nada menos

Con una chica inteligentííííííííííííííííísima

Mecánica ondulatoria


Cada vez
mientras camino
abrazo el eco de tus pasos.

11/01/2011

Poema y canción

Quizás una de las más hermosas canciones de amor. "Viajera del río", del poeta Manuel Yánez (Ciudad Bolívar, estado Bolívar), interpretada por Serenata Guayanesa:



Dejo además la excelente versión de Ilan Chester: http://www.youtube.com/watch?v=UjAT8Hkn5Nc

Disfrútenla.