4/12/2019

La memoria de lo que seremos


                                                                                                 
                                                      Para Camila
    
    Hoy vengo con el pasado y el futuro metido entre ceja y ceja. Mientras hojeo la última novela de Paul Auster  en el Sweet&Coffee  de la Foch, Camila hace de las suyas con una biografía de Malala. Se concentra, se toma en serio cuanto lee, de modo que la observo de reojo, miro sus gestos, casi puedo tocar la paciencia con que se desmigaja entre párrafos  y letras.
    Lo disfruta a plenitud, hecho clave cuando se trata de leer. Coger un libro, acostumbrarse a ello, llenarse hasta los tuétanos de cariño y pasión por lo que encierra y por lo que te puede brindar si buscas  la conexión necesaria es un asunto que requiere placer, mucho placer de por medio. Jamás alguien podrá echarse en cuerpo y alma a la lectura -lectura de verdad, con la piel, los dientes y las uñas metidos de lleno en la batalla por el goce en medio de un cuento cualquiera-  si no ha vivido en carne propia el vértigo de lo que implican las historias bien contadas, los versos que golpean el fondo de ti mismo o las ideas que como ensayos, pongo por caso, terminan incendiando tus certezas.
    Entonces pienso en las veces que le he escrito. Desde que llevó pañales he rasguñado el papel con ella en la mirada. Hoy, como ven, he vuelto a las andanzas, así que no me pidan demasiado: soy un padre con ganas de charlar, de decir oye tú, mira esto  y aquello y a quien tengo enfrente es nada menos que a mi hija. Dénse pues por enterados.
    Tengo la impresión de que los artículos que escribí antes para ella encierran una constante, llevan una línea meridiana: de alguna manera Camila se reflejaba en mí. En lo físico, en lo espiritual, en lo intelectual. Hoy no es que semejante condición haya desaparecido por completo -créeme, chiquilla, que me fascina que en ti haya algo de mí y que en mí encuentre tantísimo de ti- sino que en el presente ha modelado mucho más su arcilla, esa que la hace justo lo que hoy va siendo y deja entrever cuanto se consolida. Su idiosincrasia, su forma de entender el mundo, las vueltas que da antes de decir sí o pronunciar no.
    Fíjate que he escrito “lo que hoy va siendo”, y es eso lo que me arrastra a hablar de ella. Sabe de sobra cuánto me gusta cómo compartimos, es decir, esos modos que nos permiten, a través de la literatura por ejemplo, movernos en un plano que no puedo explicar del todo, que procura y permite la más hermosa conexión, que me da paz, equilibrio, felicidad a tope, lo cual sé que también comparte de pe a pa. Ya no es la niña con quien hacía de ciertas tardes una historia novelesca. Ahora miro pasar sus ojos sobre las páginas en este café que es trinchera para ambos y veo la escena que me acelera el corazón, veo a una chica sensible, a sus quince años, que mastica palabras, muerde y selecciona lo que otros pueden decirle,  da un puntapié o un abrazo a ciertas propuestas que nacen ahí, en el fajo de cuartillas que guarda entre las manos, para después incorporarlo todo a sus formas de estar, de sentir, de respirar, de razonar. No sé si soy claro, pero es lo de menos. ¿Lo de más?, el hecho de que ambos podemos comprendernos a partir de silencios que expresan demasiado en un instante que asimismo es fogonazo.
    Te gusta la música, cariño, y te gusta el cine, te gustan los libros, que has aprendido a escoger en función de tu real gana, y cada vez que te descubro en ese plan imagino el adulto que serás en una mirada prospectiva. Entonces pasas las horas, los días,  sumergida en el escudo que te labras a prueba de necios, mediocres o vulgares, que de todo hay y a borbotones. Porque tienes que saberlo, la literatura o la pintura son acero contra la miseria, en cualquiera de sus expresiones, y que se vayan al infierno quienes las vislumbran lejos del aquí y del ahora,  ajenos al sudor o los jadeos de la vida cotidiana, monda y lironda, que a todos nos aplasta.
    Me contenta verte deshojar las margaritas, no como si fuesen cuentas de rosario sino todo lo contrario: a punta de darle cabida a esto otro que resulta clave para una vida plena, o sea, el arte, el pensamiento, lo que va fluyendo por debajo de las cosas que en verdad importan. En fin, eso que a falta de un nombre mejor dieron en llamar cultura. Afinas la mirada, apuntas, disparas, y tus balas van directo al corazón, a lo que eres, a cuanto serás, lo que no es poca cosa tal como anda el patio en estos días.
    Ya ves, hoy me ha dado por decirte, por pensarte en voz alta y en modo papel. Modo tecla, para ser exacto. No me pongo cursi -aunque quién sabe- ni tampoco ridículo -creo yo- en medio del oleaje embravecido, entre vaivenes con sístoles y diástoles aceleradas, y si me equivoco quieran los dioses que al leer  sonrías y pases el explosivo que llevas como inteligencia justo por la línea de flotación que sustenta esto que escribo. Es una delicia, si supieras, imaginar que me lees y acto seguido frunces el ceño, achinas los ojos, preparas la carga y al final heme aquí, volando por los aires.
    Hago un ejercicio futurista y apareces hecha mujer, con el toro cogido por los cuernos. Así me gusta soñarte, libre, indagadora, capaz de pegar un sujeto con un buen predicado y decir tus verdades más allá del contexto y del individuo bien plantado o el bueno para nada que se te ponga enfrente. Entonces ya lo sé, aprecias la belleza, eres capaz de disfrutar con lo mínimo, con las pequeñas cosas que adornan el ancho mundo, no de color rosa pero tampoco sucursal de los infiernos. Este es un filo punzopenetrante  que llevas muy adentro. Úsalo, porque vivir es descubrir que aunque tengas la edad que tengas, a la vuelta de la esquina hallarás almas superiores que iluminan incluso sin saberlo  o pobres diablos capaces de hacer daño a cada paso.
    Aprendes a sentir, lo que a veces importa más que comprender, y aunque en la escuela te enseñen lo contrario así caminas con los ojos abiertos, los de la plenitud, donde caben incrustaciones espirituales que no viene a cuento intelectualizar aquí por razones más que obvias. Esa es una buena forma de lavarse el alma y tú lo haces, y lo seguirás haciendo, refinando la técnica –vaya nombrecito, ¿no?- hasta que te conviertas en la chica de ese futuro que te espera.
    Como decía, me acerco a la memoria de lo que serás y viajo en el tiempo. Te observo, tranquila, ya con líneas de expresión sobre tu rostro, sonriente e inquieta, toda tú de pie a cabeza. Es la memoria de lo que seremos, por supuesto, lo que al fin y al cabo es el otro lado del espejo, como Alicia en el país de las maravillas, que tanto te gustó desde pequeña.
    Memoria de lo que seremos, claro, y de cuanto vamos siendo  ahora.  Memoria de eso que alguna vez también fuimos.     

4/05/2019

Lección de jazz


    Uno va por la calle y piensa. Hay quienes llevan entre ceja y ceja los sinsabores del día: el triste sedimento que dejó en el alma alguna conversación perdida o la mala cara que va poniendo el jefe mientras le pides un aumento. Qué sé yo.  
    Lo cierto es que la calle trae a cuestas sorpresas más parecidas a cuanto sin querer se te va poniendo enfrente. A ver: caminas tranquilo por la avenida al salir del trabajo y ahí está, aparece esa persona en la que pensaste cinco minutos antes. Caminas por la vereda en el parque Metropolitano y entre la brisa y la buena vibra del espacio en el que estás, de una vez resuelves el quebradero de cabeza que te traía patas arriba. Tal cual, como en un chasquear de dedos. Y así.
    La calle es una construcción que deja lelo cualquier acercamiento desde el ámbito que se te ocurra. Puede ser metáfora estupenda de aquello capaz de engullirte como si fueses un tequeño andante, puede resultar el frío hacer de funcionario público sobre un plano citadino desde su despacho en el ministerio tal, puede ser también el hervidero que sin dudas es en horas pico y hasta bien le cabe el argumento de que una calle que se respete, que se erija como tal, lleva en las entrañas a un Pedro Navaja en carne y hueso o en potencia. Sumo y sigo, ponle tú el ejemplo que te venga en gana.
    Para mí las calles son una especie de concierto en vivo donde tienes asegurado el pase de primera a un lugar privilegiado. Lo que soy yo, busco una butaca en cierto café de la platea, cosa que te permite ver mejor y escuchar en dolby stereo. Entonces la vida cotidiana que se abre de piernas, que muestra sus más profundos horizontes, llamarada en la que cada quien, a su manera, ejerce un solo de algo, improvisa, protagoniza su descarga en fresco musical que se empina con crudeza y que te aplasta.
    Te descuidas y Duke Ellington, poeta que llegó a escribir más de dos mil piezas, destroza el piano con la Blanton Webster Band  ahí donde un ciego se detiene a escuchar mientras la señora que lleva bolsas en las manos observa de reojo y continúa como si nada. Cruzas a la izquierda y John Coltrane desdibuja la neblina. Pides otro café y notas a lo lejos cómo se acomoda Billie Holliday frente a un micrófono desvencijado y canta, suelta la voz como una diosa y repite contigo el ritmo, la cadencia de minutos en los que hasta el pensamiento parece nacer de alguna partitura. Respiras hondo, enciendes tu tabaco, acaricias con los dedos el lomo del libro que dejaste sobre la mesa y ves a Django Reinhardt arrancarle lágrimas a unas cuerdas de guitarra.
    La calle es el escenario que da vida a cuanto llevas dentro, eso que termina estrellado en la calzada, materializado en el burdel, convertido en piel, deseo y lujuria cuando lo vislumbras frente a ojos de mujer. La calle como sombra y como espacio desde el fondo que vas siendo.    

3/21/2019

Allá en el fondo las miradas


    Amanece y pienso en que de niño escuché decir muchas veces a mi madre que los ojos son el espejo del alma. Preparo el café, doy su perrarina a Percy y continúo pensando. Para la mayoría esta frase es buena a la hora de lanzar rocas contra la galería: sirve para perturbar un rato, como frase comodín, como retahíla interesante. A mí me perturbó, claro, y me hizo cosquillas en pleno centro de la curiosidad. Entonces tuve la ocurrencia de averiguar qué diablos había detrás -o encima o qué sé yo- de una mirada. Quise descifrar el entramado que seguramente habita en el misterio de unos ojos.
    ¿Cómo mira la gente y cómo miran las cosas? En mi habitación, en la sala de casa, en la calle o en la escuela terminé por aceptar que de cierta manera todo cuanto nos rodea lleva un poco de nosotros que penetra por los ojos. Mi madre entonces tendría razón y era necesario hacer el esfuerzo, es decir, llegar al alma a  través del sentido de la vista. Menuda tarea concebí entre ceja y ceja.
    Si la palabra obsesión cabe como marco definitorio ante semejante empresa, pues sí, fui un obseso al intentar pararme frente al fondo invisible de las cosas. Vaya palabreja hermosa: invisible. Lo invisible como evidencia práctica en función de la mirada que provee. Recuerdo la emoción que me embargó a los trece años  cuando tuve un ejemplar de El Principito entre las manos. Que lo esencial fuese precisamente eso, invisible, invisible ante los ojos, resultó un mazazo de alegría, de corroboración y de reto que le dio unas palmaditas a la certeza que hacía tiempo había abrazado. Fue uno de los días más felices que recuerdo.
    Dormía poco, comía menos, pensaba, soñaba, suponía un sin fin de asuntos que quizás albergaban las personas, los objetos, la vida en su explosión alrededor. Busqué la forma de saberme en los demás y por supuesto en lo demás. ¿Qué te dicen los ojos de esa chica antes de robarle un beso?, ¿qué te dicen después? Leí todo lo que hallé sobre  Saint-Exupéry: reseñas de sus libros, interpretaciones de algunos exégetas que apenas comprendí, biografías, notas de viajes, pero nada, niet, ni la más mínima respuesta a lo que me arrancaba el sueño.
    Mil veces me pregunté: el gato que deambula entre mis piernas por esta heladería, que va de mesa en mesa como el aviador, como el escritor francés en su aeroplano, ¿lleva algo en la mirada?, ¿cómo será el diálogo de pupilas que plantea? Mis amigos, los amigos de mis amigos, ¿qué cuentan desde sus ojos?, ¿qué historias guardan y quizás comparten si abres bien los tuyos? ¿Qué saben de ti, qué se dicen entre ellos, noche a noche, la lámpara, la mesa de luz, el libro de aventuras que descansa sobre ella y las cortinas de los ventanales? ¿Cómo te observan tus dedos luego de llevar a cuestas aquel bolígrafo azul? ¿Cuántas historias, aparte de las que escribes en su piel, guarda esa hoja en blanco frente a ti? ¿Cómo te reconoce con la vista el lápiz que está allá, echado sobre un libro abierto en tu escritorio? ¿Con qué óptica pasea por lo que eres tu mochila? ¿Qué impresión de lo que has sido tuvieron hace tanto esa cartera, ese taco de lego, aquella taza vacía?, ¿de qué modo invadiste sus retinas? ¿Llevará la Olivetti, regalo de tus padres, nostalgias tuyas a la vista? Y así como en ocasiones no pudiste conciliar el sueño viendo al techo, ¿hasta qué punto lo concilia él?, ¿qué dice de ti y de lo que implicas?
    Mientras escribo vuelvo los ojos al pasado y encuentro los del muchacho que fui en aquellos días. Jamás acerté, nunca encontré, el tiempo pasó y me hice mayor. Ya sabes, hacerse mayor es una cosa seria, casi una pena diría yo, justificada por la impronta de otros horizontes, otros cielos, caminos y demás. Pero sé que tantas miradas siguen ahí, como si nada, y me digo a veces vuelve a ellas, insiste, porque bien valen la pena. Y así, y nada más. En todo esto pensaba esta mañana.

3/15/2019

Lo que pasa cuando no pasa nada


    Junto con otros pilluelos el fútbol entró en mí a cortísima edad. Y las películas de Tarzán, La Pandillita o los animados del lagarto Juancho. En aquellos días la escuela  era el equivalente a atravesar una dimensión desconocida, aburrida e inquietante las más de las veces, hasta que la diversión y la aventura me tragaban de un bocado al terminar el día de clases. Entonces me transformaba en Maradona, luchaba contra leones o panteras y terminaba hipnotizado por las comiquitas de Hanna-Barbera.
    Los libros, elementos que casi todo adulto afirma que son buenos para la infancia -como si la infancia fuese la etapa que más los necesita y hasta ahí, después si te he visto no me acuerdo- tenían conmigo una relación más o menos tangencial. Estaban ahí, los miraba de reojo, a veces los olisqueaba, frunciendo el ceño cada vez que la maestra de Lenguaje abría la boca para recomendarlos.
    Fue a través de los suplementos que cada lunes llegaban a los quioscos -Kalimán, Arandú, Martín Valiente, Águila Solitaria- que mi amistad con ellos se afianzó al cabo del tiempo. El placer, el puro placer de hallar historias que literalmente me echaban fuera de este mundo sirvió de anzuelo, de trampa mortal, de aproximación a un universo que dejó de ser paralelo y terminó por convertirse en parte viva de mi cotidianidad. Desde esos primeros momentos y hasta hoy mi estímulo, mi fuente de atracción y mi devoción por meterme hasta el pescuezo en las aguas de la literatura ha sido el hedonismo mondo y lirondo, la búsqueda inacabable del éxtasis, de una forma de diversión que no hallé jamás en ámbitos distintos.
    Todo esto ocurría en la lejana primaria. Después, recuerdo con alegría otros descubrimientos. Ya en el bachillerato tuve enfrente a contados profesores capaces de reflejar su pasión por el hecho literario. Dillys Perdomo, por ejemplo, una guapa profesora de Castellano que en el caluroso salón de primer año “A” leía a viva voz para nosotros. No tengo la menor idea de qué sucedía en las mentes de mis compañeros, pero en esos momentos, cuando la voz de la hermosa Dillys fluía entre lo erótico y lo celestial, yo volaba, salía de mi cuerpo e invadía Troya en pos de Helena, navegaba con Odiseo, reventaba de risa escuchando a Aquiles Nazoa, temblaba con Poe, y así. Y algún tiempo después, en el entrañable Instituto San Antonio, Carmelo Degrazia enseñaba Psicología y alguna otra materia. Fue entonces cuando lo conocí.
    Jamás tuve la fortuna de que fuese mi profesor, pero aún puedo sentir la pared fría del inmenso ventanal sobre el que me apoyaba para escuchar parte de sus disertaciones a los muchachos de cuarto, mientras  mis cinco minutos de receso entre una clase  y otra se esfumaban con la rapidez del trueno. La psicología me importaba un rábano, pero Carmelo hablaba de libros, de muchos libros que recomendaba como si fuesen las cosas más sabrosas de este mundo. Yo creí lo que decía y, como pude comprobar después, resultaron siéndolo.
    Carmelo Degrazia, desde esos días amigo hasta el presente, para rematar como rematan los buenos toreros llevaba siempre un libro encima: uno entre las manos, en el maletín, en el asiento del carro, en la calle, en el liceo o en la panadería de sus padres. Yo lo observaba, me llamaba la atención que cada vez que lo encontraba aquí o allá un libraco y él formaran una dupla -o mejor, una unidad- indestructible. Observaba con curiosidad de gato cómo leía y, algo que resultó impactante, cómo subrayaba las páginas y apuntaba qué sé yo qué diablos en las márgenes, dejando entrever que resaltar de esa manera equivalía a atrapar lo mejor de las ideas para que no escaparan, para que estuvieran siempre al alcance de la mano. A partir de esos instantes por imitación aprendí a hacerlo y muchas veces hoy, cuando me descubro rasguñando mis propios textos, recuerdo al profesor  haciendo de las suyas frente a la hoja impresa.
    Una vez decidí acercarme y hablé, es decir, le comenté con timidez de ese tal Freud, nombre que le había escuchado mencionar varias veces mientras me asomaba a los retazos de sus clases. Y le conté además de alguna historia, de algún título, de ciertas obras que habían pasado por mis manos. Entonces se abrió una puerta, pude entrar y fui bien recibido por aquel señor que me trataba como adulto, permitiéndome decir disparates, ocurrencias, opiniones que yo creía interesantes y que para un imberbe de trece años suponen el non plus ultra de la galaxia y sus alrededores. Pude preguntar, pude expresarme y pude pensar con libertad. Me sentí incluido, claro, y además retado.
    Enseguida me hice asiduo de la panadería Central, allá en la Upata de los ochenta, y cuando mi madre casi al anochecer me encargaba la compra de charcutería y otras cuestiones, aprovechaba para colarme en la lectura de mi amigo y plantear conversa a propósito de temas o personajes literarios, lo cual consumía los diez minutos arrancados al tiempo preciso para llegar  a casa con la mercancía. Carmelo llegó a prestarme, en un alarde de confianza en mí que me elevaba a las nubes, textos con la condición de devolverlos sanos, salvos y leídos, y me atendió luego cuando por fin me atreví a emitir juicio sobre lo que había encontrado en ellos. Llegué a sentir que opinar, que emitir ideas, que leer y traducir en función de tu mundo el fondo de lo leído valía algo y era de veras importante. Con él y con su hermano Américo, junto con otros amigos de la época, llegamos a realizar tertulias encendidas, auténticas veladas en torno a la literatura, la política o el cine que ahora, tantos años después, recuerdo con idéntica emoción a la que llegué a sentir sólo por pertenecer a semejante cofradía.
    Lo que pasa cuando no pasa nada es de lo más sencillo. Esta semana he visto un debate televisado acerca de la muerte del libro, la muerte del autor y otras zarandajas parecidas y alguien asomó, sin que le temblara un pelo del cuero cabelludo, que enseñar a leer e insuflar amor por la literatura es difícil, es requetedifícil y para ello recomendó aplicar la teoría lingüística de fulano y los postulados psicosomáticos  -o como demonios se diga- de mengano. Fulano y mengano pueden ser muy respetables y qué maravilla de teorías, pero me dije hay que ver, los años que han pasado y  tengo la certeza de que para muchos los libros y los niños continúan siendo compartimentos estancos, agua y aceite, refracción mutua hasta los huesos, cuando la clave pasa por la risa, cuando el gancho exige divertirse para torcerle el cuello al tedio e incitar al más sublime de los encuentros amorosos.
    Lo que pasa cuando no pasa nada es el desierto, el embuste de asociar los buenos libros y el placer de abrirlos con un erial, con algo parecido a un interminable bostezo. Y así vamos. Leer como una actividad muerta cuyos cadáveres apestan ahí, en esos anaqueles fúnebres llamados bibliotecas.  

3/08/2019

La mujer del cine


    Me siento a escribir y viene a mi memoria una época en la que llegué a ser, con todas sus letras, un cinéfilo empedernido. Hablo de la adolescencia, entre los quince, dieciséis o diecisiete años.
    Alguna vez fui a ver una película con Catherine Deneuve. La chica que recibía al público para acompañarlo a los asientos era idéntica a la actriz. Quedé pasmado. Después, a la semana siguiente, opté por una con Charlon Heston. No me lo creerás pero el señor de las cotufas, en plena antesala al patio de butacas, era el vivo retrato de Judá Ben-Hur, personificado por Heston, en la cinta de William Wyler. Y te juro que es verdad, quince días después vi por enésima vez Cinema Paradiso, de Giussepe Tornatore. Claro, adivinaste: el tipo que me vendió el boleto y Philippe Noiret, en el papel de Alfredo, eran dos gotas de agua.
    Fue una época feliz donde cine y vida cotidiana se entremezclaban, se confundían de tal manera que a veces me costaba un mundo encontrar la línea divisoria entre uno y otra. Sentía que la calle, los bares, mi casa, la universidad, todo conformaba  una telaraña de secuencias y de escenas, un plató de filmación al aire libre en el que a nuestro modo actuábamos, dirigíamos, besábamos a Marlene Dietrich, a Ava Gardner, a Rita Hayworth o a Judy Garland y hacíamos también de extras, de dobles, de tramoyistas, en fin.
    En cierta ocasión caminaba por la acera y en el kiosko de la esquina Playboy, mítica revista de mis años juveniles, regalaba en su portada la figura alucinante de una mujer como salida de los más profundos sueños húmedos. Me acerqué, miré la foto con lascivia, se llamaba Uschie. Uschie Digart, para más señas, y recuerdo que presté atención a los pocos datos que sobre mi nueva musa se ofrecía en esa portada de infarto. Uschie era modelo -informaba-, era modelo y era actriz.
    Jamás había oído hablar de ella. Yo, un asiduo del cine, un fanático mondo y lirondo, un espectador taladrado hasta más no poder por las historias de la sala oscura primero en la Upata de mi infancia y luego en la Mérida de mis años universitarios, nunca, nunca entre los nuncas me enteré de aquella diosa con piernazas para morirse y tetas reflejo de la más absoluta perfección. Entonces indagué, empecé a buscarla, hurgué por ahí con la clara intención de conocerla. Si había dado con Deneuve, con el mismo Heston así sin querer, por pura coincidencia para bien o para mal, imagínate lo que supondría hallar a semejante diva como objetivo clave, como punto de fuga de mi curiosidad cargada de lujuria.
    Puse manos a la obra y se produjo una pesquisa digna de Sherlock Holmes en Vestida para matar, con el extraordinario Basil Rathbone. Como puñales clavé los ojos sobre la muchacha que recibía los tickets en la entrada de la sala, escruté con mirada de águila a señoras que esperaban turno en la cola frente a las vitrinas de los dulces, no aparté la vista de cuanta chica se levantó, en plena proyección, para ir al baño pero nada, Uschie se había transformado en un fantasma. Uschie encarnaba a esas alturas el erotismo oculto entre las páginas de una revista y la mujer que, si haces el esfuerzo necesario, aparece ante ti, literal y metafóricamente hablando, sin nada que esconder y bastante que mostrar. La actriz jugaba al gato y al ratón, huía a placer, hacía muecas desde el séptimo arte, era mi humillación hecha personaje cinematográfico.
    Hasta que una tarde Shelock hizo de las suyas mientras, sentado en la mesa del café esperando a que sonara el timbre para ver a Joan Crawford en El mundo que baila, le pareció encontrarla. Dos mesas más allá fumaba un cigarrillo al más puro estilo Sharon Stone seduciendo a Michael Douglas -¡ah, Bajos instintos!- mientras apuraba un trago de gin tonic con suma lentitud. Llevaba un vestido diminuto y el escote le pareció la sucursal del Paraíso. Era ella, Uschie Digart a un palmo de sus deseos.
    Apuró el café en medio de una avalancha de latidos y en cierto instante sus ojos coincidieron con los suyos. Sintió un golpe de electricidad recorriéndole la espalda. Se armó de valor y volvió a mirarla: ahí estaban otra vez sus ojazos oscuros, como si nada, como encarándolo desde un pedestal, como diciéndole mira tú, ¿qué diablos te ocurre?, ¿qué demonios pasa contigo? Sonó el timbre indicando el inicio de la función y entonces ella recogió su bolso y él la vio andar a paso de pantera, cual Venus moderna surgiendo de las masas en ese cine atestado. Se fue, se perdió en la oscuridad.  Él se levantó, quiso seguirla para no perderla. Ya adentro buscó en medio de la gente, entre los asientos, en cada espacio semiiluminado de la sala y no, por ninguna parte dio con ella. Hasta hoy no ha vuelto a saber de su existencia.

3/01/2019

Letras


    Un amigo sostiene que estamos hechos de palabras. Me  pongo a pensar y termino por darle la razón. Estamos hechos de palabras y bueno, si es así, el universo pasa de cabeza por el abecedario.
    Viéndolo bien, noten el menudo lío que mi amigo y yo nos echamos encima: el mundo es un pastel de letras y entonces bebes lenguaje, orinas fonemas, metabolizas símiles y elaboras tejido adiposo a base de grafías, pongo por caso. Con razón las vitaminas nos llegan rotuladas por el mismo que inventó aquellas cartillas -a, e, i, o, u, ma, me, mi, mo, mu, ¿recuerdas?- que en el jardín de infantes nos obsequiaban con el propósito de enseñarnos a leer. Vitamina A, vitamina C, vitamina E, mira por dónde van los tiros.
    Uno anda por la vida haciendo de las suyas, hurgando en las calles, oteando horizontes, pidiendo un café gracias a esa cosa que llamamos lenguaje y fíjate, mientras disparas con pólvora lingüística te llenas los bolsillos de imágenes, respuestas, dudas, certezas o intuiciones, todo a partir de metáforas, adverbios, subjuntivos, oraciones activas y pasivas, etcétera etcétera. Lo que soy yo créeme que nunca lo hubiera imaginado, más aún con lo poco atractivo que de entrada suena aquello de vivir en una jungla idéntica al diccionario.
    El otro día caminaba por la plaza pensando en el asunto, dándole una vez más la razón a mi amigo, y ocurrió algo que todavía me sorprende. No me preguntes cómo pero en vez de gente, en lugar de individuos parlantes y sonantes vi letras, minúsculas, mayúsculas, góticas, ariales, en fin. Fue como adentrarse por caminos donde lo único seguro, la evidencia del mundo en el que estabas eran esas formas entre ridículas y cómicas, entre apesadumbradas y asombrosas. Haches, efes, jotas que sin ton ni son deambulan por ahí con una mochila a las espaldas, un portafolios en las manos, un rojo carmesí sobre los labios. Imagínate a una eme espigada, circunspecta, con aretes dorados y tacones de aguja y minifalda. Intenta vislumbrar una erre con boina calada y cigarrillo Gauloise aprisionado entre los labios, como si de pronto anduviera por cierta calle parisina. Mira a una O rechoncha con mejillas rosadas y con pecas,  apurada mientras mastica un trozo de galleta.
    Después de lo anterior comprenderás que no tengo lugar a dudas. Me alimento de palabras, sueño eróticas escenas cuya sintaxis es una inflamable cadencia de rimas, versos libres, pura lengua que recorre noches y días como si nada. El bueno de mi amigo lleva toda la razón y lo he llamado hace muy poco para corroborarlo. Descolgó el teléfono de su oficina, saludó, me identifiqué, fui directo al grano: Javier -dije-,  es cierto, somos un tejido de comas, puntos, puntos y comas, puntos suspensivos, sílabas y letras y se acabó. Eso somos.
    Hubo silencio. Ese paréntesis también estuvo cargado de lenguaje. Entonces callé. Nunca estuvimos más de acuerdo.

2/22/2019

El ritmo gris de lo prosaico


    Imagina que eres un actor de cine mudo y andas por la calle en pleno perfomance. Imagina que la trama está por conocerse, que te das a improvisar sobre las tablas. Supón que no hay libreto, que no hay luces en el escenario, que no hay telón de fondo salvo el pulso cotidiano de la vida que ríe a mandíbula batiente o te enseña los colmillos según le venga en gana.
    Imagina que a pesar de los pesares disfrutas como nadie, gozas hasta lo indecible viéndote en blanco y negro mientras caminas por la acera, doblas en aquella esquina y entras a ese café con la pupila a punto para que se cuelen ámbitos, atmósferas, señores bebedores de Pepsi o de cerveza, chulos, putas, curas o  simples amiguetes de bien. Imagina, nada más imagina que tu nombre es Charles Chaplin, Harry Lagdon, Stan Laurel, Buster Keaton, Oliver Hardy o que te llamas -créeme que es lo de menos-  como lo gritas en la cédula y desde un rincón de ti mismo salpicas trozos de cuanto vas siendo.
    Entonces continúas en el plató, que es la calle solitaria, la calle semiiluminada  -como si fuese un cuadro de Masaccio- en la que no basta el soliloquio ni el monólogo interior ni tú eres tú y tus circunstancias. Continúas embutido de cabeza a pies en el metraje en blanco y negro y te observas, te escudriñas, te dices o desdices, cambias de canal en el Sony HD donde un tipo cualquiera hace de las suyas y es tan parecido a ti.
    Guardas la certeza de que eres un actor de cine mudo mientras pides el segundo café de la noche, o de la tarde o qué sé yo, y allá a dos mesas de distancia una dama con piernas de infarto y tetas que para qué te cuento, con ojos de luciérnaga y pinta de sirena en pleno bar, charla con una golondrina, y sabes que se entienden, que se dicen y se dicen cosas a la vez que brindan por la salud de alguien que también puedes ser tú. Nada raro, nada raro porque en blanco y negro todos los gatos son pardos, si a ver vamos.
    El ritmo gris de lo prosaico termina por engullir el universo en tus narices, y no te asombras, y no te impacientas gracias a que continúas improvisando, actuando, poniendo en escena, sorbiendo poco a poco el líquido caliente que tienes ahí, sobre la mesa. Eres un actor de cine mudo en este rodaje que desnuda la piel de los momentos. Y lo sabes, lo procuras, lo saboreas como ese pequeñín que lame su barquilla. Lo encarnas con la seguridad de que nadie antes lo hizo como ahora.
    La película de cine mudo yace a tus pies equilibrada, extraña, pura y dura, insatisfecha hasta que Apolo dictamine, hasta que el augurio de los dioses diga sí o diga no, hasta que todo vuele en mil pedazos. Eres un actor de cine mudo y guardas para ti, va en tu pellejo, la nostalgia completa de los tiempos idos y de los tiempos por venir, incluso aquellos que se te ocurra inventar sobre la marcha. Caminas, corres, vuelves a caminar sin ton ni son en tu película gracias al mundo que quieres encontrar bajo las sábanas, escondido en el baúl con telarañas o en el campanario de aquel templo abandonado.
    El ritmo gris de lo prosaico se llama la cinta que vas dilucidando en pleno desarrollo. El ritmo gris de lo prosaico que besa y muerde y llega a orgasmos entre  gatos en un basural, entre perros que no se llaman Bobby ni Laica ni Nerón y que pululan sin collares, sin amos, sin lechita tibia en plato y con caricias. El ritmo gris que va y viene mientras atraviesas la ciudad como un actor de cine mudo reinventando todo cuanto ve.

2/14/2019

El arte del aburrimiento


    Lo ves y no lo crees. Hay gente jurando que las cosas raras pasan al otro lado del planeta, a años luz de distancia o en confines dignos de ensoñaciones calenturientas. De ningún modo, Cuasimodo. Tengo un amigo que no se aburre nunca. Así como lo lees, cada día silba y sonríe feliz, divertido hasta las entrañas, loco de atar como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. Cosa más rara, camarada.
    Y no es que semejante condición se dé del cerco de los dientes para afuera, como decía Homero (no Simpson sino el otro), qué va. La diversión y el cachondeo nacen en plenas cavernas de su yo, es decir, que la felicidad y la alegría bañan su minutero dándole la espalda a todo límite, a todo espacio, a toda negación del displacer, mira tú cuánta rareza propinándome un batazo en la nariz.
    Mi amigo, que no tiene un pelo de teórico -literariamente hablando es un hombre poeta, porque ensayista ni en broma-, ha realizado considerables esfuerzos por responder a cabalidad cuanto pregunto, frunciendo el ceño y rascándome la cabeza, a propósito de técnicas para patear la abulia, el tedio, la lata que sabemos son los días cuando aprieta el hastío. Entonces, como si nada, desde una frase solemne parecida a un templo cuenta que el secreto está en la entrevisión.
    Me deja de piedra, me pregunto si el hijo de puta me está tomando el pelo. Siento ganas de orinar y voy al baño y en el espejo observo el rostro de un bolsa redomado.  ¿Entrevisión? ¿Qué coño es la entrevisión? ¿De veras tengo, muestro, porto, correteo por la vida con la cara que escupe el azogue desde la pared? Pienso, luego existo, sostenía aquél, frase que en momentos así termina insuflándome una llamarada de terquedad mulera, así que me detengo un instante, busco la calma, respiro, tomo asiento, doblo el codo y asumo la irrevocable decisión de reflexionar, sí, como el mismísimo Dante en la escultura de Rodin.
    Nada. Niet. En lo absoluto. No sucede nada de nada por más que piense y piense y me rebane los sesos buscando. La entrevisión, joder, la entrevisión -menudo chiste, digo para mis adentros-. Pero como pensar no es un acto únicamente consciente ni únicamente intelectual, tiempo después, cuando casi había dejado la cuestión a un lado, me llama la atención cierta frase  que al voleo hallo en Dublinesca, novela de Enrique Vila-Matas que hojeo en este café donde me encuentro.
    Mira qué belleza: “Nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. Página sesenta y tres, Seix Barral, Biblioteca Breve para más señas. Me da por suponer que la escurridiza entrevisión tiene que ver con este párrafo que me revolotea en las meninges. Se hacen carantoñas, se encuentran y se abrazan, qué sé yo. Si la fulana entrevisión cobra un poco de sentido al tropezar con su paralelo literario, yo entreveo entonces que el enigma comienza acaso a hacerse menos denso. Hay que ver -me digo ahora- los recovecos que a veces damos para saltar de A y caer en B. La vida sabe poco de líneas rectas, de atajos, de trucos o vueltas de tuerca para llegar antes.
    Repito hasta el cansancio que el bueno de mi amigo nunca se aburre. Aburrirse para él es un arte que no ha pretendido nunca dominar, y con razón. Qué cabronada tan sutil e interesante, y remato añadiendo que qué cabronada tan simple, tan sencilla, tan ajena a confusos entramados o a nebulosas disquisiciones filosóficas. Es que “nada nos dice dónde nos encontramos y cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”. ¿Lo ves?, ¿lo entrevés? Yo, lo que soy yo, intento meterme entre pecho y espalda tal cuestión desde el instante en que me di de bruces con la frase en la novela pero sostengo con tristeza que he fracasado hasta ahora. La sencillez de una sentencia como ésa no implica compresión de facto o cosa que se le parezca. Puedes resolver ecuaciones diferenciales con los ojos cerrados, desentrañar en un chasquido la Crítica de la razón pura o mascar chicle mientras conduces tu bicicleta pero fíjate que la entrevisión, con toda su simplicidad a cuestas según  sugiere Vila-Matas, es un muro que mil veces me pareció infranqueable, una roca impenetrable, llámala como te dé la gana, que algún día, escríbelo, atravesaré por fin como quien cruza una meta y bebe del éxito a verdaderos borbotones.
    Tengo un amigo que jamás se aburre y cuando quien escribe acceda por fin a semejante dimensión les juro que  hablaré por la línea del medio, que develaré códigos, combinaciones, señas, contraseñas y secretos, y que ya nada quedará en las sombras. En esas ando, en esas justamente ando, y  me despido hasta entonces.

2/08/2019

Un clásico

Michéle, de Gérad Lenorman, una canción que me acompañó en la adolescencia. Les dejo el enlace (con subtítulos en español):

https://www.youtube.com/watch?v=5PcODolL6rs

2/07/2019

El paraíso que llevamos dentro


    Permíteme llover sobre mojado pero hay que repetirlo en alta voz: la dictadura venezolana ha sido cruel, asesina, ladrona y violadora de absolutamente todos los Derechos Humanos. Su abyección sobrepasó cualquier parámetro, al punto de que hoy el mundo libre la condena sin matices. Quienes se autodenominan neutrales y quienes, vergüenza a un lado, apoyan a estas alturas las monstruosidades de Maduro, forman parte de un delirante cuerpo colegiado seccionado en dos fétidas porciones: nostálgicos del comunismo, del Padrecito Stalin, de la Guerra Fría por una parte, y víctimas esperanzadas de ideologías colectivistas e  interesados en negocios pingües que arrojaron millones en su momento, por la otra. Pura y dura real politik revolucionaria. Y hasta ahí.
    Jamás imaginaron mis compatriotas que las fiebres chavistas acabarían voladas en pedazos. La experiencia ha sido larga, cruenta y ojalá que aleccionadora. Se vivió el horror del socialismo del siglo XXI -siempre en minúsculas, por Dios- y quedaron nada más cenizas, dolores, restos humeantes. Probablemente las cicatrices no desaparezcan nunca, acaso como triste evidencia de lo que no debió ocurrir un solo instante. Es necesario, dicen, aprender por cuenta propia, digerir el abc de esos valores que es preciso mantener en tanto naciones libres y percatarse de que existen demonios cuyo sueño es mejor no perturbar. A propósito de Venezuela algunos lo advirtieron hace más de veinte años -pienso en Carlos Alberto Montaner o en Mario Vargas Llosa- pero ya sabemos adónde fueron a parar tales monsergas. Ha tocado recoger los vidrios rotos.
    La diáspora, la desesperanza, el hambre o la enfermedad, los crímenes del gobierno, siempre estando ahí  como animales que acechan y despedazan, no hundieron el puñal en lo que somos. ¿Y qué somos?, no voy a caer aquí en la pretensión de definir lo indefinible, pero tengo para mí que el país, como un todo más o menos unitario, lleva en sus adentros lo que necesita para sacudirse el polvo, lavarse la sangre y recuperarse de los golpes para reinventar la realidad, cosa que va siendo urgente. Urgente y posible. Venezuela requiere inventar otra vez el piso sobre el que hacer tienda y proseguir.
    Nada nuevo bajo el sol, o sea, nada que no hayan hecho otros igualmente humillados. La Europa de postguerra, los países del cono Sur latinoamericano, Sudáfrica luego del apartheid y Venezuela, sí, esta Venezuela que supo patearle el culo a Gómez, a Pérez Jiménez, hasta meterse de cabeza en el mundo civilizado, en el universo de la libertad, solo para hablar del siglo XX. Nada nuevo bajo el sol, pero con la impronta de lo que en el fondo rehacer entre tú, él, aquél y yo. Entre nosotros. Tal es el sino que nos define, uno que será abrazado, o no, con manos, entrañas e intelecto.
    Siempre se ha dicho que este país es capaz de reír incluso a costa de sus más descarnadas tragedias, esto es, reírse de sí mismo, lo cual es una bendición. El chavismo hecho gobierno ha sido justo eso, una tragedia de dimensiones quizás no del todo concebidas aún. No hay que olvidarlo: reímos y esa risa es medicina para el alma, para el cuerpo, para las migajas en que pretendieron convertirnos. La risa, el humor inteligente -tautología que de todas formas es imperativo pronunciar- son un carburante que jamás falló y ahora tampoco será la excepción. Cuando Maduro esté pudriéndose en la cárcel, cuando un demente llamado Diosdado sea apenas  roncha purulenta en la memoria, cuando Saab, los Rodríguez, Varela o El Aissami constituyan verrugas en la historia, echaremos la vista atrás para observar lo que la locura y el crimen son capaces de materializar pero, asimismo, respiraremos desde la reconstrucción, desde el país que vayamos soñando, forjando, instituyendo, y desde la sonrisa que alimenta el alma a partir de los escombros.
    Falta poco, falta muy poco para que se haga la luz, para la calma, para emprender hasta lograr lo que creamos merecer. Será duro y será lento, pero será. A nada menos podemos anhelar según el paraíso que llevamos dentro.

1/31/2019

Los peligros de pensar


    Cuando era un imberbe me daba por creer que los demás podían adivinar mis pensamientos. Tengo la impresión de que por lo general otros niños hacen el experimento contrario, se divierten al soñar que son capaces de saber qué ocurre en la mente de terceros. Yo no, y no me preguntes por qué. Yo tenía la plena convicción de que cuanto pensaba de inmediato iba a parar a territorios ajenos. Un ser humano sin la posibilidad de guardar secretos, sin la íntima certeza de poseer en los recovecos del yo ese caudal de deseos, de anhelos, de opiniones que siempre albergamos, todo ello compilado en pensamientos efectivos, palabras mondas y lirondas, lenguaje que en condiciones normales yace custodiado, encerrado bajo siete llaves, las llaves de la intimidad. Así me sentía.
    De modo que para evitar males mayores llegué a la conclusión de que no debía pensar. Si el objetivo era salvaguardar mis cavernas y profundidades, es decir, mis diálogos interiores o las conversaciones que mantenía conmigo mismo  -o sea, garantizar particulares soliloquios-, el asunto requería ponerme en off, exigía que el cerebro fuese, en cuestiones de lenguaje, una simple página en blanco. Mira qué mecanismo de protección inventé.
    Entonces me di a la tarea de corretear por la vida en automático, lo cual implica mantener diálogos de variado pelaje, leer anuncios en la calle o resolver una ecuación de segundo grado nada más que llevado por lúdicas acciones de lógica elemental, sin intervención de la peligrosa lengua, la tétrica sintaxis, capaces, las muy cochinas, de ponerme en evidencia y de echarme en brazos tanto de amigos como de enemigos. Lo cierto fue que me empeñé en no pensar para resguardar justo eso, mis pensamientos, al punto de que acabé acostumbrado a la agradable sensación de no tener que pegar un sujeto con un predicado ni a realizar el esfuerzo de razonar mediante palabras.
    Y así, sin quererlo, sin buscarlo adrede, por azarosa intuición di en el clavo: pensar con imágenes, asociar A con B para llegar a C excusando cualquier intromisión del abecedario. No me lo vas a creer pero sentirse en un mundo aparte, flotar, concebir la realidad a partir de lo que catalogué después como de “cierta perspectiva plástica”, pictográfica –qué sé yo-, terminó siendo lo más adictivo de este mundo. Ya adolescente estuve seguro de que los pintores o escultores meditan o vislumbran de forma parecida, actúan de idéntica manera, captan el mundo en función de diagramas, dibujos mentales, potentes planos interiores que para qué demonios las letras y, en fin, la gramática como la conocemos.
    Después, en la adultez –la adultez es una máquina de destrucción masiva, yo que te lo digo-, las obligaciones cotidianas y los compromisos propios de la edad malograron ese estado fundamental en que me arrastraba por la vida, llevándome sin más al agujero negro de los días tal como los despacho hoy. La eme es la eme, la a es la a, la eme con la a ma y punto, y se acabó, adiós privacidad y universo interior a salvo de entrometidos o curiosos.
    A mis años, aunque con torpeza, he aprendido sin embargo a defenderme. Pienso, luego existo, afirmó un iluso hasta la médula. Qué va: pienso, luego lo sabes todo, digo sin que me tiemble un músculo del rostro. He tenido mil problemas, me han descubierto en plena urdimbre de estrategias intelectuales ante una discusión cualquiera, ante un debate público, ante una sencilla conversa de café. He caído de bruces, despojado de intimidad  y lleno de vergüenza, cuando pasaba por mi lado alguna dama con piernas, nalgas y tetas en su sitio, y pensaba, y me decía, y exclamaba para mis adentros las delicias que implicaba, lo hembra y lo salvaje que sería en plena cruzada. Válgame Dios, nada que hacer, nada que ocultar en lo más hondo de mis elucubraciones porque antes de terminarlas ella las había visto, las había leído como quien lee en un libro abierto.
    Así vivo, así llevo la existencia en el presente, pisando como gato en suelo húmedo para medio protegerme e inventando una u otra estratagema buena como escudo a la hora de pensar frente a cualquiera. A veces lo logro, a veces no, y en ésas ando. Cosa rara, qué le vamos a hacer. Cosa sumamente rara.

1/25/2019

La revolución frente al espejo


    Hablar de Venezuela es hablar del cielo y del infierno. Del primero, porque lo tiene todo para materializar, si se sabe cómo, el Paraíso. Del segundo, gracias a ejecutorias que encendieron las calderas del Diablo, es decir, el lado más oscuro del quehacer político irresponsable.
    Hay que ser honestos hasta el dolor. Cierta izquierda venezolana, a la sazón fósil de los sesenta, alimentó sin pudor el carácter mesiánico del líder del Socialismo del Siglo XXI, quien sustentado en el carisma, en la religión laica que promovía y sobre los hombros de empresarios de cortísima visión política, llegó a Miraflores montado en una ola de popularidad impresionante. La revolución aparecería en el escenario a través de los votos y era cuestión de tiempo: la ruina de las instituciones democráticas, desde la democracia misma, estaba cantada.
    El resto es parte de una historia conocida. La revolución bolivariana -así, en minúsculas- se tragó a sus hijos, fagocitó las estructuras fundamentales del país, intentó crear un imaginario heroico cuya narrativa  iniciaba y finalizaba en ella misma, todo aderezado con la retórica estéril de un izquierdismo trasnochado que, como dijera el buen Petkoff, ni olvida ni aprende, en esencia porque la capacidad de construir algo bueno, el talante romántico, la trayectoria violenta como elemento partero de la historia, la aventura guerrillera previa a la toma del cielo por asalto y, en fin, la narrativa mitológica tan cara a determinadas hazañas para que puedan ser hazañas, brillaron siempre por su ausencia.
    Saturados de dólares por el crecimiento astronómico en los precios del oro negro, los hombres de la revolución se frotaron las manos y chasquearon los dedos. Al primer chasquido expropiaron, confiscaron, arrebataron. Al segundo fabricaron ilusiones en función de las apetencias de quienes eran capaces de votar. Aún no era necesario trampear, desconocer candidaturas, usar las armas de la República como garrote personal. El dinero iba y venía a manos llenas, entraba en escena como la vedette que se sabe indispensable. Al tercero tronaron los fusiles. Cuando los platos volaron en pedazos, cuando hubo que recoger los vidrios rotos, metáfora de una realidad inocultable, se hizo necesario contener la rabia, el desencanto, el estupor, la sensación de engaño y resaca instalada en todo un país. Entonces las balas llovieron a mansalva.
    A estas horas parece llegar a su fin el disparate que ha reinado en Venezuela durante dos décadas. Sin embargo, la desgracia de este pueblo, el hecho de que un puñado de criminales usufructe un poder que nadie le ha otorgado, trasciende el plano militar y va más allá del carisma exacerbado de un caudillo felón. Para decirlo de una buena vez: la izquierda en Venezuela, salvo honrosas excepciones -que las hay-, jugó con fuego y se quemó. Junto con las locuras del santón mayor, esa izquierda fue incapaz de mirar el horizonte a un palmo de sus tupidas narices. Generó crispación, produjo división, polarización extrema, odios de mil pelajes, hasta resquebrajar las bases de una nación que, con sus defectos y virtudes, había sido hasta hace poco ejemplo de convivencia ciudadana en la diversidad.  
    La etapa inmediatamente anterior a la explosión del desastre fue una marcada por el relumbrón petrolero, es cierto, y hasta ahí nada nuevo en nuestras sociedades monoproductoras: cuando abundan los recursos hay fiesta y hay piñata, hasta que el período de vacas flacas cae como un peñasco para destrozar el espejismo. El ciclo histórico es harto conocido así que no vale la pena repetirlo aquí. Pero cabe resaltar una y otra vez, para que no se olvide, el ingrediente clave al momento de los balances. Antes de que a los gobernantes venezolanos la dinamita les estallara en plena cara, buena parte de la izquierda carnívora del país -uso aquí la nomenclatura de Carlos Alberto Montaner- hizo de la suyas. Preguntémonos: ¿por qué llegó la gente en Venezuela a polarizarse de esa manera? ¿Por qué un sector social, arengado por irresponsables, se sintió dueño y señor de la verdad, del futuro, de los hilos que nos acercan a la felicidad o lo contrario?, y finalmente, ¿por qué razones estos individuos se creyeron  nada menos que en brazos de la razón, de la justicia y de la historia? Es verdad que quienes gobernaron hasta ahora tienen las manos llenas de sangre. Violaron sistemáticamente derechos humanos, reprimieron, asesinaron, robaron. Pero también es evidente que un grueso espectro de esta izquierda, envalentonada, ayudó a destapar las consabidas cañerías del odio y, error imperdonable, vio para otro lado cuando la bota pisoteaba y los cimientos de la República crujían anunciando lo que llegaría.
    Y hay quienes aún hoy continúan en silencio frente a lo anterior. Intelectuales y gente de la cultura, por ejemplo, actúan ni más ni menos que como los reaccionarios que siempre criticaron. A estas alturas no reconocen su error y mucho menos parecieran estar dispuestos a celebrar el sano y necesario acto de contrición, a erigir su particular mea culpa sustentados en la rectificación y el encuentro con el país que por cobardía, ceguera o interés convalidaron en su devastación. Si la Venezuela del presente vive una tragedia que lacera sus entrañas, recordemos que el infierno estuvo aquí no por simple arte de magia. Fraguar una revolución, ésta que se empina sobre fundamentalismos de variada índole y cuya religión encumbra en sus altares a demagogos,  populistas, enfermos y delirantes sin redención, supone siempre la fractura de la democracia. Equivale a desmontarla de pe a pa, como lo hicieron Chávez y sus adláteres, labor de dinamiteros que pide a gritos cómplices  y enterradores sin ápice de escrúpulos..
    La revolución que la izquierda en su inmensa mayoría intentó erigir tenía los pies de barro. Y los tenía por el sencillo hecho de creerse dueña indiscutible del hoy y del mañana. Ya lo decía Karl Popper, palabras más, palabras menos: la verdad no es única, ni inamovible, ni siempre la posees sólo tú. La verdad es un constructo que se levanta de a poco, con tropiezos, equivocaciones, avances y retrocesos. La revolución bolivariana -mantengamos las minúsculas-, que ni fue revolución ni fue bolivariana, llenó el formulario de los sinsentidos y desató los demonios con los que es mejor no andarse acurrucando: violencia, incordio, resentimiento, cosificación del otro. Maduro, Cabello, William Saab, Padrino López, los hermanos Rodríguez y el resto de la cofradía asesina seguramente tiene ahora mismo los días contados en el poder. Su tiempo como eunucos de alma, como mandones de una propiedad llamada Venezuela se acaba. La cárcel es el horizonte que los abrigará pronto. Mientras, toca ahora plantarse ante el espejo hecho pedazos y recoger los trozos, unir, mirar hacia el futuro para comenzar a rehacer la democracia. No hay otro camino posible.

1/18/2019

La costumbre de vivir


    Les he contado muchas veces que me gusta sentarme en los cafés a ver pasar la vida. Ver pasar la vida supone leer a placer, escribir lo que venga a cuento o simplemente mirar, contemplar sentado, tabaco encendido, taza de macciato a un lado, mientras la gente y lo que te rodea cocina a fuego lento ese teatro que llamamos vida.
    Un joven entra y se presenta. Lleva una guitarra y un morral a cuestas. Su rostro destila lo que todos somos capaces de expresar si atravesamos las calles por la libre, a nuestro fuero, con la nostalgia encima o la alegría inesquivable porque vendrán tiempos mejores. Entonces, de un bolsillo saca un papel doblado en cuatro y lee un poema, de su autoría según nos dice, para rematar con canciones de Yordano, Juanes y Sabina.
    Doy una chupada y observo. Joven, sí, igual que miles que trasiegan la geografía universal con la idea de tomar el cielo por asalto. Y pensar -me digo- que cierta izquierda latinoamericana llegó a inspirar algo parecido: echar abajo las puertas del Paraíso, fusil en mano y sueños en ristre, acabando después volada en pedazos, absurda, sin pantalones frente a caudillos y delirios cuyos flatos Maduro, Ortega o Morales ofrecen respirar hoy.
    Tiene talento. Canta, toca la guitarra con destreza, se ve que domina lo que hace. Se llama Enrique y viene de Venezuela. Sonríe con sinceridad, es espontáneo, lo que ayuda sin dudas a que poco a poco la terraza se fije en él, preste atención, le obsequie aplausos y propinas. Cuenta, entre canción y canción, cómo fue que llegó al lugar donde nos encontramos, cómo era la vida que dejó atrás en un abrir y cerrar de ojos. Habla desde la melancolía, desde la esperanza, desde el recuerdo de su casa, de sus padres, de sus amigos, de su loro Lucio -a quien confiesa haber empezado a alimentar cuando aún no tenía plumas-, y de su abuelo Abdel, muerto días atrás de mengua, de hambre, de la imposibilidad de mínima atención.
    A pesar de los pesares creo que este muchacho vive, crece, me da por suponer que cuando los criminales estén pudriéndose en la cárcel y Enrique se mire de frente en los espejos, aparecerá un hombre distinto, de una fibra mejor lograda, más asentado en su visión del mundo  y en el cómo y por qué un país llamado Venezuela se catapultó a insospechados niveles de abyección.  Un hombre con las manos más hechas  y el aprendizaje más metido entre las uñas.
    En un momento de silencio, cuando termina su última canción, noto que se dirige a una mesa. Veo a una chica también joven, vislumbrando quizás otras ventanas y otros amaneceres. Él se planta ante ella, le extiende la mano y, siempre sonriendo, le obsequia el poema que leyó minutos antes. Ella también sonríe y en una fracción de segundo -mira la rapidez de este cabroncete-  toma asiento, deja la guitarra a un lado y conversan vaya uno a saber sobre cuáles reinos, mares o unicornios. Lo que soy yo, alzo mi taza y brindo por ellos, por su posible historia, que ojalá sea hermosa y cargada de romance y de aventuras, mientras enciendo otro tabaco para seguir leyendo a Kundera.

1/12/2019

El otro que me habita


    Voy al Juan Valdez en plena plaza Foch porque a veces el bullicio no es lo que la mayoría supone. La mayoría supone que un café atestado de transeúntes es la antítesis de la quietud, del silencio, de esas condiciones necesarias para entregarse a la lectura o la escritura. Y quizás tengan razón, aunque en mi caso, que acudo a estos lugares entre otras razones para contemplar, para rasguñar papel y para atragantarme de historias literarias, la gente alrededor, el hervidero, el tráfico o las  escenas que ocurren a un palmo de donde me encuentro producen el caldo que me resulta estimulante. Qué le voy a hacer, a unos les encanta el verde y a otros el azul. Y así.
    Pero les decía que llego a este café a ver pasar la vida y entonces la mesa a dos pasos de la calle, la mochila a un lado, el tabaco, el macciato, el libro que dejé marcado en la página noventa y seis, es decir, la atmósfera perfecta para entregarse al fisgoneo, a la escucha, al escrutinio fabuloso del streptease que la vida ofrece sin pudores tan pronto afinas la mirada. De eso se trata: de acercarte cuanto puedas a ciertos hilos que nos unen. No hay nada más revelador que un diálogo cogido al vuelo. Nada más sugerente que darte de bruces con el juego de miradas que dos mantienen en secreto mientras beben un té a tres mesas de distancia. Nada, en fin, como seguir las huellas del azar que hace al pelo su trabajo, que te pone enfrente a buenos para nada, a chulos, putas, santos o simples comensales. La terraza de un café es escuela a su manera porque más allá del lugar donde te sientas, te arrellanas y pides tu cerveza fría es asimismo trinchera donde se echa panza arriba el cúmulo de circunstancias, elementos y respuestas que hasta hace dos segundos deambulaba oculto en tu cabeza.
    A tales asuntos les entraba cuando dos chiquillos se plantaron ante mí. A lo sumo tendrían siete u ocho años. El primero llevaba un bolso a las espaldas y el segundo ofrecía chicles, tabaco y caramelos. Señalo la caja de los mentolados y les extiendo un trozo de los panecillos que muerdo mientras leo. Ambos, vivos como ardillas, se miran a las caras y sonríen, aceptan, se abalanzan sobre el botín. Les pregunto sus nombres, los dejo decir, los escucho, charlamos un rato. Cuentan lo que ya sé pero que es necesario escribir: ayudan en la casa, trabajan, juegan en la calle y mientras juegan en realidad trajinan los centavos que al final del día entregarán a su madre, con quien viven desde siempre.
    Se despiden, dicen adiós con la palabra y con la mano. Yo también les regalo un hasta luego junto con el último pedazo de pan azucarado que nos queda. Al verlos alejarse tomo un sorbo de café y en silencio les deseo la mejor venta, buena tarde y buena entraña, mientras pienso que no todo está perdido, que en ellos va algo del futuro que todos luchamos por forjarnos. Y también sonrío, y regreso a la lectura, ahora con una emoción que me reconcilia con el mundo.

1/04/2019

Tinta, papel y lágrimas


    Soy del Carbonífero, de eso no cabe duda. Ante la pantalla del computador suelo actuar como perro frente a gato: cerril, gruñón, en definitiva bronco. Para qué decir no, si sí. En fin.
    Leo en estos días que una anciana ha recibido, luego de varias décadas, la misiva de amor escrita por su enamorado, un soldado británico muerto en la II Guerra Mundial. La carta fue encontrada hace poco, junto con muchas otras, entre los restos del mercante Gairsoppa, hundido nada menos que en 1941.
    Phyllis Pontting recibió la nota a la venerable edad de 99 años. Hace tres cuartos de siglo había aceptado la propuesta de matrimonio que le hiciera Bill Walker y dio cuenta de ello también mediante carta, con el inesperado desenlace referido arriba. A veces la vida juega al gato y al ratón mientras sus piruetas van desarrollando un entramado de sombras jamás tenido en cuenta por los protagonistas. Dice el periódico  que la señora Pontting se casó dos veces, es abuela de siete nietos y ya, por fin, se ha enterado de que míster Walker arrojó lágrimas de felicidad al saber del sí de la mujer amada. El Anagké, el destino caprichoso, dirían los griegos, sacándonos la lengua a placer.
    Les comentaba al inicio que soy del Carbonífero. La verdad sea dicha: reconozco el valor de los chips, de las pantallas líquidas y del silicio. Le doy y le sigo dando a la tecla en una hp como Dios manda  -aclaro: las Remington siempre me parecieron más hermosas, qué le voy a hacer-, pero me gotea el colmillo y una especie de brillo relamido me chorrea de las pupilas cuando el viento de relatos como el de Pontting sopla fuerte en plena era de la digitalización, bendita sea, y de los superconductores, el ciberespacio, los internautas y bla-bla-bla-bla-blá.
    Entonces frunzo el ceño, arrugo la piel de la nariz, enarco las cejas. Para serles sincero, me froto las manos y me pregunto qué habría sido de esta historia si el papel  -para alegría de ecologistas, progres y otros yerbateros de las buenas conciencias- termina, como sueñan éstos y otros notables sepultureros, encajado en algún reducto polvoriento de la memoria, en cierto romántico lugar de la nostalgia. Es decir, en el museo del ya nunca jamás.
    Lo que soy yo, creo de pe a pa que tinta y papel tienen bastante qué decir. Decir, claro, no sólo en el sentido literal  -la escritura de tu puño y letra, para que me entiendan-, sino un decir que trasciende el rasguño tipográfico y va a parar a los confines de situaciones, circunstancias, hechos y, en fin, suma de realizaciones aleatorias que acaban cogiéndonos por la pechera o doblándonos el cuello porque la vida es así, absurda a veces, impredecible, sorprendente, injusta, cruel, maravillosa, y muestra los dientes cuando menos lo esperamos, por ejemplo, gracias a esa carta escrita como se escribían las cartas, a mano, a lápiz, a ida y vuelta de correo con matasellos de por medio y todo el intríngulis que se les ocurra. Pontting y Walker, para más señas.
    Ya sé que soy un dinosaurio, no es preciso que me lo repitan. Lo que sí repito yo es que me gotea el colmillo, saliva pura, después de la noticia que el diario trajo una mañana cualquiera. Joder -me digo-, una historia que pudo haberse ido al carajo yace aquí, para que se sorprendan y admiren y piensen que no todo está perdido, vía tinta, papel y lágrimas. Es que aplaudo de pie. Por un buen rato aplaudo de pie.


CORDIALMENTE INVITADOS: 
("Noche de las ideas", tema: "De cara al presente").
Lanzada en 2016 en París, la Nuit des idées (Noche de las Ideas) reúne cada año a las principales voces francesas e internacionales para debatir sobre los grandes temas de nuestro tiempo. Así, año tras año, el último jueves de enero, el Instituto Francés solicita a portadores de la cultura y del conocimiento, tanto de Francia como de los cinco continentes, a celebrar la libre circulación de las ideas, proponiendo, durante esa misma velada, conferencias, encuentros, foros, mesas redondas, en torno a un tema común, que cada sitio ambienta a su manera.

Este año, para esta 3ª edición, debatiremos sobre la temática: “De Cara al Presente”. Para ello, la AllianceFrançaise de Quito invitó a cuatro instituciones quiteñas a formar parte de esta reflexión conjunta, cada una tratando el tema con un enfoque particular: el Fondo de Cultura Económica (enfoque social), el Instituto Nacional de Patrimonio (enfoque histórico), el Centro Cultural Benjamín Carrión (enfoque literario), y la Universidad San Francisco (enfoque económico). En cuanto a la AllianceFrançaise de Quito, presentaremos una reflexión sobre las distintas percepciones culturales frente al presente y la violencia que pueden engendrar.

DE CARA AL PRESENTE  INVITADO DE HONOR: Dr. Philippe CHARLIER.
Expositores: Dr. Julian García Labrador, Dr. Roger Vilain, Dr. Stéphane Vinolo, Dennis Schutijser y Dra. Nora Sigal.
"Las sociedades contemporáneas parecen haber perdido la concepción de los tiempos largos. En las políticas públicas, en la urgencia de la rentabilidad financiera, en la dificultad de los compromisos, en los trastornos del sujeto o en las redes sociales, se puede ver que nuestros tiempos se ha acelerado de manera vertiginosa. Pero ¿en qué medida podemos aceptar esta violencia del presente? ¿Qué humanidad se construye sin proyección ni memoria?".
Lugar: Alliance Francaise, Quito. 31-01-2019, 19h00.

12/28/2018

Afán de comprensión


    La gente busca por todos los medios comprender. Desde las matemáticas a la pareja, o el sentido que quiso darle fulano de tal a sus escritos, comprender ha sido el motor que mueve a esta cosa que llamamos mundo.
    Pues no. Comprender es el punto final de una aventura que, de no contar con semejante acabóse, crece y crece y se expande como un gas o, para darles un ejemplo literario, llega hasta las nubes de forma parecida al árbol de habichuelas en aquel cuento de la infancia. Al diablo toda comprensión y al fuego cuanta exégesis guindada de los pelos merodee a un palmo de mi caja craneana. De hermeneutas y maniáticos está lleno el patio pero qué va, conmigo no cuenten. He comprobado que el horizonte se hace mucho más infinito cuando la falta de entendimiento lo horada sin orden ni medida, hasta que la vista alcanza, jadea, se aplasta contra la nada.
    Cierta vez me dio por intentar comprender a diario. Comprender ecuaciones diferenciales, comprender la relojería del cerebro femenino, comprender el misterio de la Santísima Trinidad, comprenderme a mí mismo. En fin. No hay que decir lo rudo que pintó el paisaje, la nula claridad que logré obtener luego de semejante atrevimiento. Comprender, linterna en mano como si fuésemos Diógenes actuales equivale a perdición tan completa, tan segura, que sólo tienes que salir a la calle para comprobarlo. ¿Qué comprendes tú? ¿Qué comprende él? ¿Qué comprendemos todos? ¿Qué comprendes, Méndez?
    Cuando mis estudiantes confiesan que no pudieron comprender a Epicteto, que les resultó imposible entrarle a Kant, que ni en cinco vidas lograrían hincarle el diente al Tractatus Logico Philosophicus, les doy una palmadita en el hombro y los convido a unas cervezas. No lo vas a creer, pero toda comprensión es inversamente proporcional al ánimo de entendimiento absoluto, elevado al cubo, de quienes buscan conocer  a cualquier precio. No sé si me entiendas  -ni falta que hace-, pero a tal conclusión llegué después de muchas lunas. Tampoco me pidas que lo explique  -no serviría de nada-, porque habrás notado ya que el cerebro poco tiene que ver con el asunto. Y así.
    Cuando medio mundo se rebana los sesos en procura de agudizar el intelecto y machacar los secretos de cuanto le haga fruncir el ceño, yo enciendo mi tabaco y sonrío feliz. El otro día se lo confesaba a un primo, semanas después a un amigo íntimo, y fíjate que ambos reaccionaron con displicencia, tosieron, cambiaron rápidamente el tema y, en nobles gestos de comprensión hacia mí, terminaron por disimular su desacuerdo, su lástima, su preocupación por cómo yo, antaño racional, calculador, planchado, almidonado y cartesiano hasta los huesos, derivé en esto que no tiene pie ni mucho menos cabeza. Es que para comprender, como diría  Kafka, hay que irse lejos para seguir aquí.
    Eso: pie y cabeza. Desde que me convencí de lo evidente  -pie y cabeza dependen de variables demasiado escurridizas-, soy un hombre que por fin halló la luz. Entonces duermo como oso, pienso como me salga de la entrepierna y gozo más del sexo y los atardeceres. Quién lo hubiera dicho a estas alturas. Quién lo hubiera imaginado.