4/15/2011

Venezuela: 1830 a nuestros días

Hablar de política, en el marco de una república, supone hablar de ciudadanos, y esta condición se fragua a través de los años sobre la base de un caldo de cultivo que debe incluir las posibles formas de gobierno, las instituciones, la sociedad como una red de relaciones cuyo punto de fuga es la libertad y los derechos fundamentales. Venezuela: 1830 a nuestros días, es una aproximación histórica al quehacer político venezolano desde la fundación de la República y hasta el presente. Sin duda, el período colonial dejó una impronta que no es posible soslayar: marcó a fuego cierta condición, cierta manera de entender lo social, un horizonte desde el que partió la aventura de lo construido hasta ahora, sobre el cual el tiempo y la tinta han corrido abrazados en un intento de comprensión de lo venezolano y, más aún, de lo hispanoamericano. La venezolanidad, así, fue atravesada por una doble línea, paradójica además, que Arráiz Lucca señala luego de su travesía por la trama de nuestras andanzas políticas, esto es, da cuenta en primer lugar del Derecho Indiano, del cabildo como “ámbito en el que los terratenientes del patio, y otros criollos con poder, ventilaban sus asuntos, y gobernaban sobre ellos mucho más de lo que cierta historiografía admite”, y en segundo, da cuenta además del caudillismo, ese modo de actuar que aún es observable en el ovillo político venezolano. El libro que esta noche tengo el honor de presentar, más que la relación histórica de unos acontecimientos, cobra el perfil de un análisis sociológico, es decir, construye desde la historia una fisonomía política que incorpora felizmente la reflexión y el escrutinio de algunos por qués, de cómo hemos sido para ser esto que somos, lo cual apunta hacia el futuro, toda vez que del presente, del aquí y ahora se abre un signo de interrogación que llama al debate, al diálogo entre tradición y modernidad, y entre ésta y los tiempos por venir. No es poca cosa. El libro de Arráiz Lucca, como la Rayuela de Cortázar, puede leerse de varias maneras. Es uno y es muchos. En este sentido ofrece posibilidades abiertas de aproximación, creando un juego entre obra y lector que trasciende la relación unívoca. Así, puede leerse a partir de una consideración sustentada en la necesidad de toparse con un manual de historia. Sería entonces un suscinto, ameno y logrado texto en función de esta apetencia. De igual modo es un libro de consulta. Los hechos, los datos, la madeja de acontecimientos se halla lo suficientemente explicitada, señalada, clarificada, al punto de facilitar ciertas búsquedas puntuales. En mi caso, opto por otra variante, encuentro un documento que reflexiona sobre, que argumenta a propósito de. Esto implica que la presentación de lo ocurrido, las relaciones concatenadas en el tiempo poseen el valor agregado de un atrevimiento que uno termina por agradecer: la tarea interpretativa, el hecho de que el autor fije posición, dé explicaciones, se entregue a la tarea de pensar. Cuando este elemento se encuentra presente, como en efecto ocurre aquí, el trabajo de investigación, el discurso académico, la apelación a la historia y sus afanes de objetividad (asunto este último poco menos que imposible) se transforman en una delicia. Ésto, junto con el manejo del lenguaje, hace del libro de Arráiz una pieza literaria. Decía que podemos leer la obra a partir de un horizonte amplio. El mío entonces rescata al autor que escribe un ensayo, con todas sus implicaciones, de tal manera que aparte de la información histórico-política, siempre presente en el volumen, resalto las consideraciones acerca del caudillo como personaje fundamental en la Venezuela del siglo XIX (que nace y va ganando cuerpo desde mucho tiempo atrás). Si a ver vamos, tomando esta punta de hilo es posible vislumbrar buena parte del entramado político actual acercándonos al caudillismo como fenómeno, remontándonos a su aparición y a su desenvolvimiento en la historia del poder en Venezuela. Si pretendemos analizar cómo fue la siembra republicana, cómo erigimos una República después de la separación de la Gran Colombia, es clave estudiar la presencia, el fenómeno del caudillo y su influencia en el país que se va haciendo. Éste es un valor inmenso que aplaudo en Venezuela: 1830 a nuestros días. Arráiz Lucca se pregunta, “¿podía no ser el caudillismo el signo de la Venezuela republicana, cuando lo había sido durante la Venezuela colonial?”, y afirma, “toda una generación de próceres de la independencia, pasando por encima de las instituciones, buscó el poder para sí, como si se tratara de una deuda que la nación había contraído con ellos”. En paralelo, de la mano del caudillo va surgiendo la idea de que éste, es decir el hombre fuerte, posee dotes de buen gobernante; nace la creencia, que atraviesa el siglo XIX, el XX y lo que va del XXI, de que ciertos personajes tienen en sus manos, por una extraña combinación de carisma, don de mando, militarismo y mano dura, las herramientas para lograr el progreso si se ubican al frente del gobierno. La profesionalización del ejército, que Gómez lleva a cabo durante su dictadura, acentúa de alguna manera semejantes convicciones toda vez que el imaginario caudillesco, ya elevado aquí a la categoría de mito, es recogido en el seno de la institución castrense, produciéndose entonces “prácticas que se tornaron en creencias populares. Me refiero a la disciplina, el orden, la obediencia debida, la verticalidad del mando, que fueron asentándose como valores fundamentales para el ejercicio del poder civil, cuando provenían de fuente militar”. El libro que Arráiz nos ofrece es una especie de disección anatómica del poder, y seguir sus pistas a lo largo de nuestra historia republicana brinda la no muy extendida oportunidad de disfrutar de una prosa suelta, fresca, magníficamente estructurada, junto con la aventura intelectual que supone escudriñar, desde la separación de la Gran Colombia, en el tejido político venezolano hasta llegar al país del siglo XXI. El caudillismo, los conservadores, los liberales, la Guerra Federal, los tiempos de Guzmán Blanco, la hegemonía militar tachirense, el advenimiento de la democracia, la Venezuela petrolera, los golpes de Estado, el Pacto de Punto Fijo, los años del bipartidismo, la crisis de la democracia de partidos políticos, la antipolítica, hasta las presidencias de Hugo Chávez, constituyen momentos cuyas tramas y puestas en escena guardan relaciones entre sí, lazos íntimos, vasos comunicantes que patentizan procesos y fenómenos aparecidos no por azares sin sentido sino todo lo contrario: la historia explica, y explica mucho, tanto así que más allá de preservar la memoria y posibilitar la conciencia de nosotros mismos, destila los vapores de eso que vamos siendo y de aquello que probablemente seremos. Ya para ir finalizando, sostiene el autor que “de la historia política venezolana puede decirse que está determinada por dos factores principales: el militar y el petrolero. El primero ha dificultado la instauración de una práctica democrática, aunque también puede decirse que ha sido expresión de un espíritu autoritario de tradición histórica. El segundo ha terminado por hacer del Estado venezolano un Leviatán que cada día deja menos espacio para la iniciativa particular, dificultándole gravemente a la nación la diversificación de su economía”. Nuestros laberintos, esto es, la imagen especular que la historia nos devuelve, es una guía, sirve entre otras cosas para vislumbrar caminos, trazar posibles rutas, mirar el horizonte. Hemos cometido errores, a veces costosísimos, hemos fraguado un país, esto es innegable, y entramos tardíamente a la Modernidad. ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro destino? ¿Cómo afrontar peligros para terminar logrando el desarrollo, el despegue, el acceso a mejores condiciones de vida para todos? He ahí una incertidumbre. Venezuela: 1830 a nuestros días ofrece algunas pistas, coloca enfrente una voz. Vale el esfuerzo de escucharla.

2 comentarios:

Mutis dijo...

Tu texto es una grata invitación a la lectura del libro, a revisar la historia con placer. Besos.

roger vilain dijo...

Gracias Ana. La historia nos aplasta la nariz, nos invita a repensarnos, y a veces permite, si hacemos el esfuerzo, que vislumbremos el futuro con clarividencia. Un beso.