1/19/2012

La magia de los sonidos





Camila, mi hija, siente pasión por la música. Probablemente el gusanillo que la azuza nace en el acercamiento hacia ese modo de concebir la vida -la música lo es- que ha observado, desde que era una imberbe, en quienes la rodean. Entonces hubo un momento en que se hizo necesario llevarla de la mano a instancias más formales, donde el cultivo y el amor por el canto, por el ritmo, por la magia de los sonidos, por el arte, fuese el objeto central, la razón de ser, el fin último de los convocados.
El Coro Infantil Andrés Bello, dependiente de la Universidad Católica Andrés Bello, resultó el lugar ideal. Ahí la música, el canto coral, la disciplina, lo lúdico, la responsabilidad, el placer, el aprendizaje, forman el entramado magnífico que un hada como pocas, María Cecilia Angarita, aprovecha para crear un mundo en el que la sensibilidad musical es primordial y en el que la convivencia, el respeto, la tolerancia y, en fin, el ser humano desde una perspectiva totalizadora, constituyen ejes que crecen y se entrecruzan tanto como el amor por Mozart, por el calipso o por las obras de autores venezolanos, brasileños, catalanes, en buena parte interpretadas por esos niños que todos los martes y jueves se encuentran para gozar cantando.
La música es un lenguaje, por supuesto. Es una manera de expresarnos que trasciende palabras o gestos. Requiere, para disfrutarla por entero, afinar la sensibilidad, educar el gusto. Cuando esto se logra las puertas de otra realidad parecieran abrirse y entonces el ámbito en el que nos hallamos se hace más vivible y más hermoso, y nos sentimos más capaces de movernos en él, de hurgarlo, de asirlo, de pensarlo, de señalarlo y criticarlo. La música, no me cabe duda, nos hace más felices, nos hace más rebeldes e inconformes, nos hace más inteligentes.
Porque el Coro Infantil Andrés Bello enseña a mirar de otro modo. No es casual que alguien, tocado en sus fibras por el misterio del arte, pueda cotejar el universo desde ángulos distintos de quienes sólo se conforman con reproducirse o tragar. El Coro Infantil Andrés Bello modela una forma de estar, muestra un sentido de la vida, pone frente a los pequeños el hecho extraordinario de que desarrollarse como humanos supone la consideración de un sin fin de aristas, de posibilidades, de coexistencias, de espacios confluyendo en idéntico punto de fuga, y el hecho musical es en sí mismo el perfecto ejemplo de todo esto: hay merengue, hay salsa, hay reguetón, hay rancheras y hay rock, pero también hay tangos, y ópera, y además canto coral, jazz, blues, bossa nova, música sinfónica. Así somos, así es el mundo, así de complejos son nuestros contextos y así es la música igualmente, de modo que puede obsequiarnos, si abrimos bien los ojos y las tripas, las claves necesarias para el ábrete sésamo que nos lleve a contemplar otros ámbitos y otros horizontes.
Camila está enamorada del lugar al que la llevo, como he dicho antes, los martes y los jueves. Y no es para menos: en él la diversión está a la orden, el cariño por el arte deambula a sus anchas, y la música, siempre, siempre, es la niña consentida que sientan en primera fila.

2 comentarios:

Halcón peregrino dijo...

Bravo, excelente reconocimiento, escrito hermosamente.

beso.

roger vilain dijo...

Gracias... Es verdad que la apasiona el canto.