3/20/2012

La inteligencia de las lenguas



El otro día un señor hablaba por la tele. Más que hablar pontificaba. Decía el personaje que todos echamos mano del lenguaje y bueno, le damos forma a las cosas, dialogamos, nos hacemos entender o no, usando a veces bien y en ocasiones con torpeza esa herramienta fabulosa que es el idioma en el que chapoteamos.
Justo ahí fruncí el ceño. Un asunto es utilizar la lengua (en verdad, cuidado con ser manipulados por ella) para meternos de cabeza en el mundo, y otra muy distinta suponerla herramienta, imaginarla artefacto, medio para un fin simplemente utilitario. En ella nace lo que somos, se extienden nuestras posibilidades de expresión o asimilación en cualquier ámbito: filosófico o literario, académico o barriobajero, cafetinesco, putañero o sacramental. Hay en las lenguas una inteligencia única, tan enigmática como fascinante, donde se asienta su poder de seducción, de creación, de posibilidades de expresión, de totalidad integradora, que nos eleva a la altura de lo humano. No existe otro lenguaje capaz de llegarle a los tobillos cuando media semejante hecho. La comunicación a través de las palabras fraguó seres que ya nunca más verían juntos una flor del mismo modo, o una tarde de lluvia con idéntico horizonte conceptual.
Es posible decir “subo a tus senos y admiro tus llanuras desde el Himalaya”, es posible referirse al “verde menta de tu piel”, es sensato afirmar “tu sombra carmesí baila un tap en mis deseos”. Hay una inteligencia muy extraña, perfectamente coherente, una inteligencia que tiene su razón de ser en comunicar más allá de lo evidente, que pone en contacto superficies o profundidades en apariencia intolerables entre sí y que nos agarra por el cuello para permitir que escudriñemos mil facetas de esto que llamamos vida. Uno habla y luego existe, según Descartes modificado, pero hablar aquí implica partir del lenguaje reflexivo, creador, lleno de hilos que son la punta de un ovillo digno de desentrañar a cada instante.
Hay una inteligencia no necesariamente lógica. En español decimos “la casa blanca”, y se acabó, mientras que suena extraño andarse por ahí con una frase como “the white house”, que es tan normal para los gringos. ¿Quién tiene la razón? ¿Qué oración es más o menos lógica? ¿Cuál es correcta o incorrecta? ¿Alguna de ellas se aproxima con más tino a lo real? Ambas funcionan a la perfección, no cabe duda. Estoy convencido de que la lógica aquí se va de juerga, cada lengua goza de la suya, muy particular, y cada una vale un universo en sí misma.
La belleza para mí quizás tenga poco que ver con la belleza para usted. “Hembra suculenta, piernas de infarto, labios inflamables” dispara adrenalina en torrentes sanguíneos específicos, cuando en otros podría no generar la menor turbulencia. Las palabras significan, significan tanto que los significados en cuestión bien pueden resultar distintos, contrarios, emanados -vaya paradoja- de un mismo párrafo o vocablo. ¿Qué son unos “ojos de Luna al calor de un cigarrillo”? ¿Qué es un “rostro verde de envidia”? ¿Qué será un “pubis insaciablemente angelical”?
Existe el mundo en mí, vislumbro universos, pido un café, pregunto por mi abuela, navego sietes mares con Simbad, porque tengo una lengua que me pone al día con todo ello. Conozco, exploro, llego a internarme en las cavernas de la imaginación, la ficción, lo real, gracias al español, el francés, el wayú o el chino mandarín, que es donde inventamos nuestra puesta en escena, que es donde fabricamos nuestras realidades.

2 comentarios:

Halcón peregrino dijo...

Una interesante perspectiva para ver las lenguas: ser a partir de ella misma. Filosofar me cuesta.

beso.

roger vilain dijo...

Exacto: ser a partir de ellas.